Los destructores de máquinas

The Machine Breakers, Eric Hobsbawm. Past and Present nº 1 (Febrero 1952).

Quizá ya va siendo hora de reconsiderar el problema de la destrucción de máquinas durante la temprana historia industrial de Gran Bretaña y demás países. La confusión que rodea a esta temprana lucha obrera aún está muy extendida, incluso entre los historiadores especializados. Así, un excelente trabajo, publicado en 1950, sigue describiendo el ludismo simplemente como una “jaquerie industrial delirante y sin sentido”, y una eminente autoridad, que ha contribuido más que nadie a nuestro conocimiento del tema, pasa por los disturbios endémicos del siglo XVIII sugiriendo que se trataba de torrentes de excitación y entusiasmo[1]. Esta confusión se debe, pienso, a la persistencia de las opiniones acerca de la introducción de la maquinaria elaboradas a comienzos del siglo XIX, así como a las opiniones acerca del trabajo y la historia del sindicalismo formuladas a finales del siglo XIX, principalmente por los Webb y sus discípulos fabianos. Quizá haya que distinguir entre varias perspectivas y conjeturas. En buena parte de los debates acerca de la destrucción de máquinas uno todavía puede percibir las ideas de los apologistas económicos de la burguesía del siglo XIX, sobre que los trabajadores deben aprender a no dirigir sus pensamientos contra la verdad económica, siempre desagradable; o las de los fabianos y liberales, sobre que los métodos de intimidación en la actividad sindical son menos efectivos que la negociación pacífica; o las de ambos, sobre que el temprano movimiento obrero no sabía lo que estaba haciendo, sino que tan solo reaccionaba, a tientas y a ciegas, a la presión de la miseria, al igual que los animales en el laboratorio reaccionan a las corrientes eléctricas. La opinión consciente de la mayor parte de estudiosos se puede resumir así: el triunfo de la mecanización era inevitable. Podemos comprender y sentir simpatía por esta actividad de retaguardia en la que todos los obreros, excepto una minoría de trabajadores favorecidos, combatieron contra este nuevo sistema; pero debemos aceptar su vacuidad y su inevitable derrota.

Las conjeturas implícitas son completamente debatibles. En estas perspectivas conscientes obviamente hay buena parte de verdad. Ambas, no obstante, esconden buena parte de la historia. Así pues, hacen imposible ningún verdadero estudio sobre los métodos de la lucha obrera en el periodo preindustrial. Sin embargo, este estudio es enormemente necesario. Una rápida ojeada al movimiento obrero del siglo XVIII y de la primera parte del XIX muestra lo peligroso que es hacerse la idea de una revuelta y retirada desesperadas, tan familiar entre 1815-1848, ya lejos en el tiempo. Dentro de sus límites (y estos eran intelectual y organizativamente muy restringidos), los movimientos que se desarrollaron durante el largo boom económico que terminó con las guerras napoleónicas no fueron insignificantes ni fracasaron completamente. Buena parte de su éxito quedó oscurecido por las derrotas posteriores: la potente organización en la industria lanera del oeste de Inglaterra declinó completamente, para no resurgir hasta el ascenso de los sindicatos generales durante la primera guerra mundial; las sociedades de oficios de los obreros de la lana belgas, lo bastante fuertes como para ganar virtualmente convenios colectivos en los años 1760, desaparecieron tras 1790, y hasta la primera década del siglo XX el sindicalismo estuvo a efectos prácticos muerto[2].

Sin embargo no hay excusa para pasar por alto la potencia de estos tempranos movimientos, sobre todo en Gran Bretaña; y a menos de que nos demos cuenta que la base de este poder residía en la destrucción de máquinas, los disturbios y la destrucción de la propiedad en general (en términos modernos, sabotaje y acción directa), no comprenderemos nada acerca de ellos.Continue Reading

Estudio económico Capital-Trabajo

Introducción al Estudio económico (Capital /Trabajo) 

El denominado Estudio económico (Capital/Trabajo) que aquí se presenta encaja bien en la definición de “texto de combate”, pese a su temática. Sencillo, directo y conciso; ajeno a la fingida solemnidad o la faramalla pomposa que tan habitual resulta en otros contenidos categorizados bajo la misma etiqueta. Antes al contrario, este Estudio económico tiene también algo de notas de trabajo, de borrador inacabado o redactado a vuelapluma con la premura y urgencia que imponen unos acontecimientos cambiantes y una participación activa en el decurso de los mismos. Nada urge más a la reflexión que la praxis consciente. La paradoja que encierran los grandes momentos de la lucha proletaria es que los textos por ella engendrados envejecen velozmente; casi sin haber nacido, se vuelven caducos. Su carácter efímero es sólo comparable al de la completa ignorancia en la que viven sumidos durante los tumultos. Sólo cuando estos quedan relegados a los anales y anaqueles de la historia, ganan algo de reconocimiento y son objeto de estudio. Esto es lo que verdaderamente define a un texto de combate, a un escrito que responde a las necesidades de la concomitancia histórica y que, partiendo de las experiencias y enseñanzas previas, ofrece una propuesta de acción para dar cuenta de los retos y dificultades que determinan diacrónicamente su emergencia. Será entonces, pues, cuando resulten analizados, debatidos, consagrados o vituperados; testimonios escritudiarios de las mismas potencialidades, limitaciones y contradicciones del proceso revolucionario que los engendró, la pérdida de su sentido histórico inmediato es su verdadera prueba de fuego. En tal caso, corresponde a esta introducción enjuiciar si el Estudio económico del grupo MIL-GAC ha superado el corte, si las lecciones en él contenido sirven a los trabajadores de la actualidad para aprender de los tiempos pasados y enfrentar los desafíos del porvenir en mejores condiciones.

Este Estudio económico (Capital/Trabajo) constituye uno de tantos esfuerzos de clarificación teórico-política que se produjeron entre organizaciones más o menos capaces de apropiarse de los intereses inmediatos e históricos del proletariado durante el periodo histórico que va desde finales de los años sesenta hasta mediados de los setenta, aproximadamente una década en la que se multiplicaron los focos de insurrección obrera por todo el mundo, sin poca coordinación entre ellos, ciertamente, pero con una amplitud y potencia como no se habían conocido desde el periodo de entreguerras. Las profundas transformaciones de la técnica productiva y la subsiguiente emergencia de nuevos sectores económicos de empleo intensivo de mano de obra superflua en otras áreas, la incorporación al mercado laboral de una nueva generación de jóvenes trabajadores que no cargaban en sus espaldas el peso ideológico de la contrarrevolución, y la pérdida casi absoluta de la legitimidad entre la masa obrera de las organizaciones políticas y sindicales con fuerte arraigo en ella, conformaron un polvorín que prendió cuando los estertores de los años de bonanza posteriores a la reconstrucción vinieron a agravar la ya de por sí precaria situación económica a nivel mundial. El impacto global del incremento súbito y generalizado de los precios del petróleo fue posible en virtud de los desequilibrios estructurales que se habían gestado durante los años previos, entre ellos, la fuerte dependencia de una gran industria de transformación progresivamente menos rentable y que expulsaba de su seno a una ingente cantidad de mano de obra. Antes incluso de que los países productores de petróleo decidieran boicotear a Israel y aliados en la guerra de Yon Kippur con un alza generalizada de los precios de tan trascendental materia prima, el desempleo masivo cundía a sus anchas por las principales economías mundiales. Por tanto, como en tantas otras ocasiones, las luchas por mejoras laborales terminaron acompasándose con los conflictos derivados de los sucesivos despidos y los cierres de empresas[1], un semillero de conflictividad a escala planetaria al que el Estado español no resultó ajeno.Continue Reading

Nuestra huelga

Magistratura de Trabajo contra los de Bandas, Agustín Ibarrola.

La huelga de los trabajadores de Laminación de Bandas en Frío Echévarri (del 30 noviembre 1966 al 20 de mayo 1967) fue la más larga llevada a cabo por el proletariado de España en la época franquista. La extensión de la solidaridad obrera por Vizcaya y el resto de la Península sólo pudo ser atajada mediante el decreto del Estado de Excepción en abril de 1967, y la vuelta de los obreros al trabajo sólo fue posible tras el destierro de los militantes más destacados y la prohibición de las reuniones a mano armada.

Las vicisitudes de la lucha quedaron reflejadas en el libro Nuestra huelga, publicado por Ruedo Ibérico en 1968 y del que reproducimos aquí estas reflexiones para militantes obreros, que explican bastante bien cómo actuaban y se desenvolvían los militantes proletarios en las empresas por aquella época, en unas condiciones que nos distan mucho de las actuales.

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REFLEXIONES PARA MILITANTES OBREROS

No hemos escrito nuestro libro principalmente para dejar constancia histórica de esta batalla obrera, sino con la esperanza de poder ofrecer a todos los que luchan contra el capitalismo en la Península una experiencia —con sus aciertos y errores— en la que se desarrollan algunas enseñanzas prácticas de posible utilidad.

Somos conscientes de las limitaciones que nuestra pretensión encierra —lo concreto de nuestra acción, las particularidades de nuestra fábrica, la evolución de las situaciones y por tanto de las tácticas aplicables a cada una de ellas, etc., etc.— pero con plena sinceridad creemos que algunas de estas experiencias pueden tener valor en todo momento ya que se refieren a problemas humanos que en esta etapa de la lucha se presentan de forma permanente. La utilidad de otras de ellas dependerá de las características de la realidad a que se quieran aplicar.

Nuestra lucha ha tenido su culminación durante el desarrollo de la huelga, pero el período al que aquí nos vamos a referir comprende un plazo de tres años aproximadamente. Encontrar explicación a los logros de estos últimos meses de paro, no tendría sentido desligándolos de esta larga etapa de acción y de organización.

Estamos convencidos que los elementos que a continuación desarrollamos son los que de forma fundamental han posibilitado nuestra toma de conciencia colectiva y nuestra resistencia.

Para facilitar su exposición vamos a señalar dos aspectos: TÉCNICOS Y HUMANOS.Continue Reading

Lucha unida, victoria proletaria (la huelga de Blansol)

En los demás ramos, el proceso de desarrollo de Comisiones era aún más lento que en el Metal. En casi ninguna empresa existía una Comisión representativa, aunque bastaba la presencia activa de un militante animado de perseverancia para que se acabase formando un pequeño grupo capaz de movilizar a toda la empresa. Cuando esto sucedía, no cabía esperar más ayuda solidaria eficaz que la económica, y aun ésta limitada. Estos militantes oscuros y abnegados constituían el nervio del movimiento obrero. Existe un libro, escrito por uno de ellos, que refleja con sencillez y sentimiento esta oscura lucha diaria: La huelga de Blansol, sin mención editorial, pues está hecho y distribuido con el mismo espíritu militante que animó el combate que nos narran.

Así se refería José Antonio Díaz Valcarcel (en Luchas internas en Comisiones Obreras) al libro La huelga de Blansol, cuya 2ª edición titulada Lucha unida, victoria proletaria se puede encontrar en este enlace.

Esta novela está cargada de enseñanzas para una clase obrera que actualmente paga un alto precio por su falta de experiencia organizativa y tradición de lucha. A la vista está que los trabajadores, a la hora de defender nuestras condiciones de trabajo y de vida, no podemos contar ni con los sindicatos colaboracionistas mayoritarios, pagados por los patrones y su Estado, ni con los grandes medios de comunicación, al servicio de los capitalistas, ni con los partidos políticos y las leyes que aprueban en el parlamento. Pues a pesar de que las leyes laborales se han ido modificando en los últimos años a favor de los empresarios, estos se saltan sus propias leyes y normas allí donde pueden, imponiendo salarios más bajos y condiciones aún más miserables.

La única alternativa para los trabajadores pasa por la organización clasista y solidaria en defensa del salario y las condiciones laborales, empezando siempre, como muestra el ejemplo de la huelga de Blansol, por aquellas categorías o sectores de asalariados que se encuentran en peor situación, más expuestos a la explotación salvaje del capital.

Como invitación a su lectura completa, reproducimos la presentación y el primer capítulo del libro.

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LUCHA UNIDA, VICTORIA PROLETARIA. Empresa Blansol (1956-1969)

Protagonistas: los obreros de la empresa.
Cronista: un escritor.
Ninguna de las situaciones, personajes, hechos o dichos de esta narración son imaginarios.
Cualquier parecido con la ficción, es pura coincidencia.
Se explica, porque la realidad es más rica y permite más variantes que la misma fantasía.

PRESENTACIÓN

He aquí, un nuevo instrumento de lucha obrera. Una página de la propia vida. Un Libro.

He aquí, una crónica rigurosamente histórica. En este mundo gris, rutinario en apariencia, del trabajo de cada día, se gestó esta aventura humana, digna de trasladar­se a la pantalla y exhibirla en todos los cines, para lec­ción de muchos.

Un grupo reducido de hombres, a modo de acción de « comando » se organizan en una empresa, y en ocho meses logran bloquearla y darle « jaque mate ».

¿La causa profunda? el sentimiento de explotación que el obrero un poco consiente, sufre y no soporta, en una empresa de régimen capitalista.

¿La causa próxima? mantener, el patrón y los repre­sentantes de la Dirección, una injusticia manifiesta con­tra cinco peones, cabezas de familia, al pagarles un sa­lario de 4.000 pesetas al mes.

Esta proeza, es algo nueva en nuestro país, después de la desarticulación que sufrió la clase obrera durante la guerra civil y la postguerra. Por ese motivo se ha creído oportuno darla a conocer. Para que su ejemplo estimule y abra camino a otros compañeros, cansados de aguantar la arbitrariedad como norma de gobierno, y el egoísmo del dinero como única motivación profunda, por parte del patrón.

El cronista ha intentado suprimir la carga ideológica, para poner la experiencia de lucha al alcance del obrero medio del país. En todas sus páginas, hay una inten­ción pedagógica. La forma novelada —por otra parte histórica— del relato, ofrece unas facilidades de com­prensión que no logran ni el ensayo, ni el discurso vi­brante del propagandista.

Es necesario observar, que los obreros han tenido una situación óptima en cuanto a facilidad de maniobra, tanto con respecto a la Dirección de la empresa, como hacia el esfuerzo de sensibilización de los demás com­pañeros de trabajo; aunque ninguno de los obreros perteneciera a partido político clandestino alguno, en cam­bio, sí había quien tenía experiencia en la lucha. Ello ha significado una ventaja práctica, aunque, quizás el no tener por otro lado, una salida política al empuje revolucionario, representa en sí mismo un grado de inmadurez.

El cronista puede contarlo todo con tanto detalle, porque aunque no haya sido trabajador de Blansol, ha vivido los hechos muy de cerca por tener allí buenos amigos y, últimamente, acceso a los documentos que le han decidido a escribir el libro.

Este cronista, quisiera finalmente, recordar que aventuras como las de estas páginas no son tan esporádicas como parecen. Con más o menos fortuna, más largas o más cortas, con más o menos capacidad de moviliza­ción de masas, ese esfuerzo consciente, ese impulso fu­rioso para hacer mella en las filas del enemigo, se en­cuentran por todas partes. Sólo les ha faltado el cro­nista.

Por este motivo, esas páginas son, en el fondo, un monumento a todos los militantes obreros que en el anonimato, se han jugado a veces la vida a cara o cruz, simplemente por no claudicar de la dignidad de hombre libre, o han sido encarcelados por mantener los lazos de la solidaridad con los demás compañeros, en su com­bate por la justicia.

A todos ellos, con admiración y respeto.Continue Reading

Capitalismo y sindicatos

A continuación reproducimos el texto “Capitalismo y sindicatos”, publicado en dos partes en la revista Lucha y Teoría nº 3 y nº4 (1975). Pensamos que el texto presenta un doble interés: por un lado, porque se dedica a analizar una cuestión que la tendencia de la “autonomía obrera” no logró resolver en aquella época y que hoy está a la orden del día: la cuestión sindical; y por otro lado, porque el desarrollo del análisis, en forma de artículo/contra-artículo crítico, es un buen ejemplo de cómo se deberían tratar las divergencias teóricas en toda organización proletaria, dejando que cada tendencia se exprese también en los órganos de prensa.
Dentro del pequeño grupo de trabajadores que colaboran en la publicación de El Salariado también existen diferencias a la hora de valorar la forma sindicato como organización de clase para la lucha económica. El compañero que firma los artículos con el seudónimo de Proletario para sí comparte hasta cierto punto el análisis histórico que se hace en este artículo, según el cual el sindicato ha caducado como forma organizativa al servicio de la clase. Mientras que el resto de miembros se acerca más a las posturas que se expresan en las respuestas críticas, sin llegar tampoco a coincidir por completo.
Y es que, al fin y al cabo, las diferentes visiones que se defienden en este texto terminan coincidiendo en lo esencial: “En este sentido, creemos que los actuales niveles de organización y conciencia de la clase obrera, así como los caracteres de la sociedad capitalista de hoy (crisis, grado de avance tecnológico, socialización del consumo, manipulación ideológica, problemática de la vida cotidiana, etc.) apoyan y dan base a las teorizaciones y a las prácticas dirigidas a la construcción de nuevas formas organizativas y de lucha que rompan la división entre lucha económica, lucha política, lucha ideológica, etc.”. Estas teorizaciones y estas prácticas dieron lugar a la fracasada experiencia de la “autonomía obrera” hace casi 50 años.Continue Reading

Los Comités Sindicalistas Revolucionarios en España. Historia de la tendencia Sindicalista Revolucionaria en la C.N.T. (1919-1925)

Hace 100 años nació la Confederación General del Trabajo de España, reagrupando a los sindicatos que se inspiraban en la experiencia de la CGT francesa. El gobierno prohibió ese nombre, y la organización eligió el de Confederación Nacional del Trabajo.

Esta nueva confederación se reivindicaba de las posturas estratégicas de la Carta de Amiens: unidad obrera, independencia frente a todas las filosofías, huelga general revolucionaria, preparación de la gestión socialista por los sindicatos,…

A partir de 1919, la crisis en el desarrollo de la confederación y el fracaso de la ola revolucionaria provocaron un profundo desánimo y un conflicto interno. Tres tendencias se enfrentarán para determinar la orientación de la CNT.

Muchos antiguos responsables, como Seguí y Pestaña, giran hacia posiciones anarcosindicalistas claramente reformistas.

La desmoralización provoca también el desvío ultraizquierdista de una joven corriente anarcosindicalista, recientemente surgida. Mayoritaria entre los jóvenes militantes, esta corriente lanza a la CNT a una huida hacia adelante militarista y sectaria.

Frente a este doble desvío, una tercera tendencia intenta mantener la orientación sindicalista revolucionaria de la CNT, intentando profundizar en las reflexiones estratégicas. Esta tendencia desemboca en los Comités Sindicalistas Revolucionarios en diciembre 1922. Estos CSR trabajarán de manera muy estrecha con las organizaciones sindicalistas revolucionarias de otros países: la CGTU francesa, los CSR portugueses, la fracción SR de la USI italiana, el Minority Movement británico, el NAS holandés,…

Esta experiencia de los CSR españoles nunca ha sido estudiada. Esta organización revolucionaria a menudo se ha descrito de manera caricaturesca, definiéndola como una tendencia “bolchevique” ligada al Partido Comunista. En realidad esta tendencia es la continuación de la CNT sindicalista revolucionaria de sus orígenes.

Esta experiencia es sin embargo muy rica, pues sirve de enseñanza a los que quieren dar vida de nuevo al sindicalismo revolucionario y rechazan el repliegue sectario del anarcosindicalismo. Esta experiencia nos explica también por qué la CNT fue incapaz de impulsar una dinámica revolucionaria, tanto en 1934 como en 1936, como a mediados de los años setenta. Con este folleto proponemos un primer estudio de estos Comités Sindicalistas Revolucionarios, la tendencia histórica y revolucionaria de la CNT.

Es una contribución a la historia de los 100 años de la CNT.Continue Reading

El Sindicalismo es necesario

Reproducimos a continuación un artículo publicado originalmente en Tierra y Libertad nº 71 (12 de julio 1911). Aunque carece de valor teórico en sí mismo (la primera parte, por ejemplo, donde se resume la historia de las organizaciones obreras, es bastante pobre e ingenua), este documento es una buena prueba de los esfuerzos que realizaron en aquella época algunos militantes proletarios de Cataluña, influidos por el sindicalismo revolucionario francés, para construir la CNT como una organización obrera abierta a todas las tendencias políticas.
Baste señalar que Joaquín Bueso (1880-1920), que escribe este artículo en julio de 1911 en la revista anarquista Tierra y Libertad, era a la sazón director del periódico Solidaridad Obrera, y en octubre se adhiere al PSOE, tras el Congreso de Bellas Artes de septiembre en el que se funda oficialmente la CNT (mientras él está en prisión por participar en un mitin contra la guerra en agosto[1]). Bueso, tipógrafo de profesión, dirigió en 1908 desde la Confederación Regional de Sociedades de Resistencia Solidaridad Obrera la campaña contra el periódico radical El Progreso, surgida a raíz de un conflicto laboral en la imprenta la Neotipia de Barcelona. En aquel entonces él mismo era militante del Partido Radical, que gozaba de gran influencia entre los obreros catalanes. Su paso del radicalismo republicano al socialismo vino acompañado de una intensa labor como militante sindical.
De su postura netamente sindicalista dan fe sus propias palabras en 1911: “Conviene hacer constar, antes de seguir adelante, que no somos anarquistas, que no lo es la Confederación Nacional del Trabajo y que si algún día hubiera de hacerse propaganda ácrata desde las columnas de Solidaridad Obrera, dejaríamos su dirección”; y en 1915: «Solidaridad Obrera fue dirigida por Tomás Herreros, anarquista, quien al mismo tiempo dirigía Tierra y Libertad, y Tomás Herreros no hizo de Solidaridad Obrera una tribuna de avisos ácratas como hoy sucede; Solidaridad Obrera fue después dirigida por Andrés Cuadros, y este compañero también supo eludir el carácter netamente anárquico que hoy tiene el periódico: tomó más tarde la dirección del periódico obrero aludido el tipógrafo Joaquín Bueso, y al igual que los anteriores directores procuró que el periódico no fuera sectario; volvió a la dirección Cuadros, y aunque en esta segunda época de su dirección ya no fue tan imparcial como en la primera, no por eso dejó que descaradamente fuera Solidaridad Obrera un periódico anarquista; pero últimamente ha caído el periódico en manos de Manuel Andreu y desde entonces hace la competencia a Tierra y Libertad en propaganda ácrata.”[2]

EL SINDICALISMO ES NECESARIO

No hay efecto sin causa y, por lo tanto, hemos de buscar el origen del obrero y es­tudiar después sus evoluciones para así comprender mejor la falta que nos hace el sindicalismo moderno. Los sindicatos de hoy no son otra cosa que un efecto de las causas de ayer; justo es, pues, que anali­cemos estas causas.

¿Cómo se creó el obrero? ¡Ah! Es muy sencillo: por la ley del fuerte; nunca mejor que en esta ocasión se puede aplicar aque­lla frase: el pez gordo se come al chico.

En la antigüedad, cuando el mundo se dividía en tribus, y éstas, salvajes por su origen, no reconocían jefes, sus habitantes se dedicaban a la caza para alimentarse; pero la caza sola no satisfacía sus necesidades, y unos, los más estudiosos así como también los más predispuestos por los terrenos que ocupaban crearon una agricultura flore­ciente y más tarde una industria próspera; pero otros, menos favorecidos por la capacidad intelectual e influidos por la barba­rie primitiva, atacaron a sus semejantes y les usurparon por la fuerza lo que ellos eran incapaces de producir.

Dado este primer paso de usurpación, la soberbia de los dominadores no tuvo limi­tes, y tribus enteras, que no aprendieron a trabajar, cayeron sobre los trabajadores pacíficos, apropiándose del fruto de su tra­bajo, matando y exterminando a cuantos se presentaban a su paso; mas inhábiles como eran e incapaces de producir, pronto notaron que les mermaban los productos, por lo que, siendo los más fuertes, obliga­ron a los inteligentes, a los hábiles y ami­gos de la paz a trabajar para sus vencedo­res; los débiles dejáronse humillar y de allí nació la esclavitud.

El origen, pues, del obrero, proviene de aquella época, en la que, a pesar del atraso intelectual, ya existían asociaciones obre­ras. Si bien en la época actual no podemos considerarlas como tales por el carácter religioso que tenían.

Efectivamente, en tiempo de Numa se crearon en Roma los Collegia opificum, que eran sociedades de artesanos con sus jefes, sus propiedades y sus cultos.

Según dice Hinojosa en su Historia del Derecho Español, podían formar parte de ellas los hombres libres y los esclavos, siempre que obtuvieran de sus dueños el permiso oportuno. Los Colegios se forma­ron libremente, pero desde el siglo III el pertenecer a ellos se hizo forzoso, y según expresa Práxedes Zancada en su obra El Obrero en España, los Colegios estaban divididos en maestros, oficiales y aprendi­ces. Estos vivían en casa del maestro y po­dían ser castigados por él. Los oficiales eran los trabajadores sin capital, simples mercenarios que arrendaban sus servicios por un precio determinado.

Aun así constituidas entonces las socie­dades obreras, los asociados gozaban de algunas ventajas sobre los aislados, que estaban expuestos a caer en la esclavitud.

En el tiempo de los godos, la situación del obrero cambió muy poco y únicamente cuando los árabes conquistaron España, los obreros comenzaron a progresar.

Y desde este momento empezó también la lucha de clases; el obrero y patrono se odiaban mutuamente. Las masas populares deseaban una agitación que creían les ha­bía de permitir confiscar el patrimonio de los ricos. Y la revolución estalló, intervi­niendo las sociedades obreras en todos los choques y algaradas sangrientas que se produjeron hasta la implantación de la re­pública cordobesa, llegando a tanto el triun­fo de los explotados, que ellos mismos nombraron Califa, el que hacía vida común con los obreros, y nombró primer ministro a un tejedor.

La reconquista vino a empeorar otra vez la situación del trabajador, el que era con­siderado como cosa y no como hombre, y se adquiría como la propiedad de la tierra, siendo severamente castigado el que no obedecía las órdenes que le daban, vivían en estado miserable y trabajaban hasta que la fatiga les rendía.

Al aparecer el municipio en la historia, en el siglo XII, empieza de nuevo la eman­cipación del trabajador y se crearon los gremios, que venían a ser una especie de continuación de los Colegios anteriores, o sea, sociedades mixtas de patronos y obre­ros, si bien los gremios, aunque defectuosos, no eran tan malos.

Más tarde y con el aspecto obrero más marcado, aparecen las cofradías, que aun­que eminentemente religiosas, según ma­nifiesta el señor Uña en su obra Las Asociaciones Obreras en España, la cofradía de Burgos tenía unas ordenanzas aprobadas en 1259 por las que los fines religiosos fueron quedando en segundo lugar para dar paso a los reglamentos de carácter so­cietario, donde se ordenaban las condicio­nes de trabajo.

Así fueron luchando los obreros con más o menos ventajas, hasta que en el siglo XV, más ilustrados, quisieron acabar con tanta servidumbre y al grito de ¡abajo las fortalezas! se levantaron como un solo hombre demoliendo los castillos feudales, que eran el símbolo de la tiranía y de la opre­sión.

El cronista Medina, que escribió en el siglo XVII, relata este suceso diciendo que el pueblo se levantó por no consentir ser mandado ni regido por ningún poder ex­traño a él, abatiendo por todas partes a la aristocracia despótica.

Según otro cronista, Ruiz Vázquez, se­ñores hubo que quedaron como el día que nacieron, sin tierras y sin vasallos. Los que intentaron resistir pagaron cara su te­nacidad y el feudalismo quedó vencido.

Insurreccionáronse asimismo los obreros del campo y, debido a su enseñanza ruti­naria, sacaron una consecuencia lógica, hija de su educación retrógrada, y procla­maron que, muerto Adán sin testar, la tie­rra era de todos, y el comunismo surgió amenazador, se enseñoreó de las montañas y puso en riesgo a las ciudades; pero el movimiento, debido a manejos de los plu­tócratas, degeneró en político y perdió todo su carácter social.

Dos siglos estuvieron después los obre­ros en la inercia, hasta que a principios del siglo XIX volvieron a reorganizarse y em­pezaron de nuevo a luchar por su emanci­pación.

Medio siglo tardaron aquellos compañe­ros en ir emancipando las conciencias, has­ta que por fin, en 1854, estalló en Cataluña la primera huelga general, ocasionada por la despótica conducta del general Zapatero, capitán general de la región, que enemigo acérrimo de las sociedades obreras, dejó o hizo circular la especie de que iba a acabar con todas ellas. Ante tal amenaza, Barce­lona, Gracia, Badalona, Cornellá, San An­drés, Sans y otros puntos hicieron solemne su protesta con una huelga general, en la que, entre otras víctimas, perdió la vida el diputado a Cortes señor Sol y Padrís. En Igualada y Vich hubo choques entre obre­ros y patronos, hasta que aquellos volvie­ron al trabajo creyendo las promesas que les hiciera el general Espartero de mejorar su situación; promesas que quedaron in­cumplidas, como sucede en todo cuanto los gobernantes ofrecen a los obreros.

Dos años más tarde, en 1856, estallaron graves sucesos sociales en Valencia; y Valladolid y su provincia se insurreccionaron, apedreando el Ayuntamiento y haciendo huir al gobernador, herido; quemándose fábricas y pidiendo la destrucción de la propiedad y la muerte de los ricos.

Las demás luchas obreras, por ser ya relativamente de fechas cercanas; no hace falta mencionarlas, pues, todos o casi todos los trabajadores las tendrán presentes.

Hemos hecho este bosquejo histórico para demostrar que en todas las épocas los obreros han luchado por su emancipación, y cuyas luchas no se hubieran engendrado, no hubieran tenido vida, de no existir sus órganos generadores: las asociaciones obre­ras en todas sus diferentes fases.

Y nos hemos atenido solamente a lo ocu­rrido en España, porque, tocándonos más de cerca, es lo que conocemos más a fondo.

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El obrero, en la actualidad, no puede ne­gar su historia y, por lo tanto, convencidos como estamos y como acabamos de demos­trar con datos, de que la poca libertad de que hoy dispone se la debe a su organiza­ción, a sus asociaciones, ¿cómo vamos a creer que el sindicalismo pueda ser una causa, pueda influir en la perpetua explo­tación?

No, y mil veces no; el sindicalismo, por el contrario, ha de ser el génesis de nues­tra emancipación; del sindicalismo ha de nacer la fuerza generadora de nuestra li­bertad. Él es el que nos ha de conducir a la abolición de la propiedad privada, origen de todo el malestar social.

Téngase en cuenta que la política, ese engendro maldito ideado por los embauca­dores como cebo para perpetuar la igno­rancia, domina aún en los cerebros de los explotados, que lejos de ver en los que la propagan a sus mayores enemigos, los con­sidera como sus maestros, como sus salva­dores, llegando hasta enemistarse unos explotados con otros, por defender al polí­tico que el día de mañana, como sangui­juela, ha de chupar su sangre, no con fin benéfico, como este anélido lo hace.

Y téngase presente que mientras esto suceda, únicamente el sindicato obrero po­drá ser el centro en donde se reúnan los explotados, piensen estos ideológicamente como quieran, para un fin común: para acabar con la explotación, que es precisa­mente todo lo contrario de lo que muchos quieren atribuir al sindicalismo.

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Indudablemente, anarquistas y socialis­tas, por medio de su prensa y de sus gru­pos, han contribuido y contribuyen a aca­bar con este régimen de esclavitud; pero siendo el campo obrero en donde han de sembrar su simiente, ¿cómo podrían pro­pagar sus ideas de no existir sindicatos obreros constituidos? La generalidad de los trabajadores no asociados carecen, no sola­mente de conciencia societaria, sino también de voluntad propia; por lo que es muy difícil, por no decir imposible, incul­car en su cerebro una filosofía que jamás han sentido y que, por no conocerla, la creen perturbadora y contraria a sus inte­reses, pues así se lo han hecho creer sus mismos tiranos.

Ésta gran verdad la conocen mejor que nadie los grupos editores de folletos y periódicos anarquistas y socialistas, según la nación o región donde se expendan, pues la venta de unos y de otros siempre ha sido paralela a la vida próspera o débil de los sindicatos; sobre este punto no conceptua­mos necesario insistir.

Pero aún hay más: los sindicatos obre­ros, creados con un fin puramente económico, evolucionan y hacen evolucionar a sus componentes; y así hemos visto que individuos que ingresaron en la sociedad de su oficio sin espíritu de clase, quizá obligados por sus compañeros de taller, son luego los más rebeldes, y no conformándose únicamente con las peticiones re­formadoras del sindicato, van a engrosar las filas del partido socialista o forman par­te de algún grupo ácrata para trabajar más activamente por su emancipación.

Y si al hacer esta afirmación quieren al­gunos objetarnos que por qué defendemos el sindicalismo si reconocemos que fuera de él puede trabajarse más activamente por nuestra emancipación, hemos de contestar que gracias al sindicalismo se forma esa conciencia de clase, esa savia de rebeldía que nutre los cerebros humanos; repasen los anarquistas sus principios de ansias emancipadoras, sus albores de reivindica­ción, y reconocerán la mayoría (no duda­mos que habrá alguna excepción), que fue en los sindicatos obreros donde empezaron a sentir la necesidad imperativa de cambiar el estado actual de cosas.

Queda, pues, demostrado, que los sindi­catos no solamente trabajan por recabar mejoras inmediatas para sus asociados, sino que son una necesidad para las dos ramas del socialismo, la de Marx y la de Bakunin, puesto que la generalidad de sus componentes se han engendrado en las asociaciones obreras.

Por otro lado, los sindicatos, empujados por las necesidades de los tiempos, van evolucionando hacia la revolución social y así van cambiando sus tácticas de lucha, y hoy proclaman el boicot y el sabotaje, como ayer proclamaban la huelga, la cual, dicho sea de paso, está llamada a desaparecer; pues la verdadera lucha futura será el sa­botaje, arma tan eficaz, que el día en que los obreros sepan aplicarla en conciencia, será, indudablemente, cuando empiece su verdadera emancipación.

Mientras tanto, sostengamos una vez más que los sindicatos no pueden ser, no son, una rémora del progreso, sino por el contrario, son un escalón que conviene su­bir a todos los obreros, porque él les acer­ca a la cumbre de sus redentoras aspira­ciones.

J. BUESO

Barcelona.


[1] En este Congreso, no obstante, junto al mensaje de Anselmo Lorenzo se leerá otro de Bueso:

A las compañeras.A los compañeros.Al pueblo: 

Salud, campeones del bien; Mecenas del progreso, nuevos gladiadores que habéis de luchar con las bestias feroces que se llaman leyes, yo os saludo, y desde la celda en que me tienen injustamente recluido’ los que por la razón de la fuerza dominan, me dirijo a vosotros y os digo:

Esclavos del trabajo, la explotación os ha unido porque estáis cansados de ser ilotas. Es necesario, pues, que de esa unión salga algo práctico, algo útil y algo duradero. Tres días se pasan pronto; no entretengáis las sesiones en discusiones estériles y obrad enérgicamente.

Tened en cuenta que la burguesía os contempla y está pendiente de vuestros acuerdos, y si viera vuestro decaimiento, si notara que vuestras fuerzas se agotan y que os sentís débiles, aumentaría su cotidiano banquete con un plato más.

Arriba, pues, los corazones. No os reunís, como harían los burgueses para celebrar orgías en las que los cantos regionales formaran un armonioso conjunto de zorzicos, gallegadas, jotas, malagueñas, fandangos y sardanas. Vuestra música es muy distinta: está formada por los ayes de los que caen; por los gemidos de sus compañeras; por los llantos de sus hijos, por el ruido de cadenas, el chirriar de cerrojos y llaves y el crujido de algún hueso roto. Esta es vuestra música, mas no tañéis vosotros los instrumentos, sino los verdugos: mejor dicho, vosotros convertidos en verdugos; pues los burgueses únicamente ordenan, mientras vosotros ejecutáis.

Esta es la verdad; amarga es, pero es así. Las leyes mandan matar, encarcelar, custodiar, deportar…, pero ningún burgués mata, encarcela, custodia, ni deporta; sois los obreros los que todo eso hacéis contra los obreros.

¿Puede esto continuar? No.

¿Debéis, pues, rebelaros contra las leyes? Tampoco; sería empeorar vuestra situación. Las leyes son las ramas del árbol burgués. Si a un árbol le cortáis las ramas, deja un año de dar sombra, pero sus brazos crecen luego con más vigor. Rebelaros contra las leyes y nada conseguiréis, pues las leyes más vigorosas, que en este caso serían rigurosas, vendrían a castrar vuestra rebeldía.

La rebelión ha de existir, sí; pero contra los burgueses, contra los capitalistas, que son los que escriben leyes. Eliminando el reptil, se acaba con el veneno. Y esa rebelión ha de ser constante, diaria, intensa, y el mejor armamento es la asociación. Cada nuevo socio es un nuevo soldado en el ejército sindicalista. Cada nueva asociación es una nueva trinchera defensora de nuestros derechos. Cada nueva federación, un nuevo baluarte donde se forman luchadores. Cada nueva  confederación un castillo inexpugnable en donde inútilmente chocarán las fuerzas burguesas.

Haced, pues, Sociedades, federaciones y confederaciones y esperad la lucha: en ella habrá caídos, pero no os paréis a recogerlos, seguid adelante, compañeros habrá quien los socorran, y al final de la batalla no faltará quien de ellos se  encargue, y con vuestra victoria recibirán ellos el premio de su sacrificio.

Tened en cuenta que hemos de prepararnos, no para una lucha de intereses. El siglo xx es el predestinado a abolir la esclavitud moderna. Saludémosle, pues, con alegría y admiremos sus primeros albores, cuya luz han irradiado los obreros ingleses y los infatigables luchadores mejicanos.

Compañeras, compañeros, pueblo: enviad conmigo un cariñoso recuerdo a los proletarios de aquellas tierras.

Joaquín BUESO. Cárcel Celular de Barcelona, 5 septiembre, 1911

[2] Citado en Socialismo y anarquismo en Cataluña (1899-1911). Los orígenes de la CNT, Xabier Quadrat, Ediciones de la Revista del Trabajo, 1976.

La Seguridad Social

Artículo publicado en el Boletín de las Plataformas de CC.OO. nº 5, julio 1971.

La Seguridad Social, como alguien la definió, es la afirmación del derecho humano de disponer de las mismas oportunidades delante del riesgo de enfermedad, invalidez, vejez, etc.

En el siglo XIX, las condiciones de trabajo infrahumanas, los bajos sueldos, el em­pleo de mano de obra barata (niños), etc. dejaban al trabajador en una situación de to­tal «inseguridad”. La lucha y los continuos conflictos que esto creó, obligaron a go­bernantes alemanes a crear un plan sanitario obligatorio, cuya financiación estaría a cargo de los impuestos generales, y a través de éstos del trabajador mismo. En reali­dad, los gobernantes alemanes con esto sólo pretendían poner un freno al socialismo.

EN ESPAÑA

El punto de partida do la Seguridad Social Española, (suponiendo que se pueda llamar Seguridad al sistema que excluye a los enfermos mentales y a los ancianos) es en 1908 con la creación del Instituto Nacional de Previsión, organismo autónomo dependiente del Ministerio de Trabajo, con la puesta en marcha de un seguro voluntario, que será el germen del posterior Seguro Obligatorio de Enfermedad.Continue Reading

La revuelta de los Ciompi: una insurrección proletaria en la Florencia del siglo XIV

La lucha entre el capitalista y el obrero asalariado se inicia al comenzar el capitalismo”. Marx, El Capital.

Hay una alianza contra el bien común cuando cierta clase de gente jura, o garantiza, o conviene que no trabajará más a un precio tan bajo como antes, y aumenta ese precio por su propio designio, se pone de acuerdo en no trabajar por menos, y establece entre sí castigos o amenazas contra los compañeros que no observen esa alianza. Aquel que lo tolerara actuaría contra el derecho común, y nunca podrían concertarse buenos contratos de trabajo, porque los miembros de todos los oficios se esforzarían por exigir salarios más elevados que lo razonable, y el interés común no puede soportar que se atente contra él. Por ello, tan pronto como semejantes alianzas se ponen en conocimiento del soberano o de otros señores, ellos deben echar mano de todas las personas acordadas y tenerlas en larga y celosa prisión. Y, luego de una larga pena de prisión, se puede imponer a cada una setenta sueldos de multa”. Philippe de Beaumanoir (1252-1296), Coutumes de Beauvaisis.

“Aunque los primeros indicios de producción capitalista se presentan ya, esporádicamente, en algunas ciudades del Mediterráneo durante los siglos XIV y XV”, escribe Marx en su famoso capítulo acerca de la acumulación originaria, “la era capitalista solo data, en realidad, del siglo XVI”.
Aquellos indicios de producción capitalista en la Italia del siglo XIV, no obstante, bastaron para que en algunas ciudades se formara una clase de obreros asalariados con capacidad para organizarse e imponer por la fuerza sus propias reivindicaciones al resto de clases, al menos momentáneamente. Por eso se puede hablar de proletariado en Flandes y en la Toscana, en aquella época, y de insurrecciones proletarias en Siena y Florencia, en 1371 y 1378 respectivamente.

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UNA SUBLEVACIÓN PROLETARIA EN LA FLORENCIA DEL SIGLO XIV (Simone Weil)

El final del siglo XIV fue, de una manera general, en Europa, un periodo de revueltas sociales y de sublevaciones populares. Los países donde el movimiento fue más violento fueron aquellos que se encontraban entre los económicamente más avanzados, es decir, Flandes e Italia; en Florencia, ciudad de grandes comerciantes pañeros y manufactureros de la lana, tomó la forma de una verdadera insurrección proletaria, que tuvo un momento victorioso. Esta insurrección conocida con el nombre de la sublevación de los Ciompi, es sin duda, la pri­mera de las insurrecciones proletarias. Por eso merece ser estudiada y aún más porque ya presenta, con una notable pu­reza, los rasgos específicos que más tarde encontraremos en los grandes movimientos de la clase obrera, entonces apenas constituida, y que aparece así como conteniendo un factor revolucionario desde su aparición.Continue Reading

Las reivindicaciones comunes de toda la clase obrera

Artículo publicado en el Boletín de las plataformas de CC.OO. nº 8, febrero 1972.

Después de la Guerra Civil del 36 las organizaciones obreras existentes durante la República fueron fuertemente reprimidas por el fascismo.

Las huelgas asturianas del 62 fueron el despertar de las luchas obreras en España; desde entonces se han ido desarrollando continuamente. Durante el periodo 1962-66 las luchas no se producen únicamente en zonas aisladas, sino que se extienden a toda España, sobre todo en Barcelona.

Pero a diferencia de las luchas mineras, en los demás sitios se producen acciones sin conexión ni unión y otras son completamente espontáneas. Ello conduce a que sean suprimidas y eliminadas fácilmente por la burguesía sin haber consegui­do un aumento real del grado de organización de los obreros. El que las luchas obreras sean espontáneas y aisladas permiten a la burguesía reprimirlas fácilmente y hasta, en ocasiones, su desorganización total.

A partir de estas luchas espontáneas, la vanguardia del movimiento obrero se plantea crear unas Comisiones Obreras unitarias en las empresas. En el desarro­llo de estas Comisiones Obreras van surgiendo contradicciones entre los plan­teamientos que se hacen y la práctica llevada a cabo.

  • Se plantea una organización unitaria de las empresas que son las Comisiones Obreras.
  • Se lleva una práctica que no corresponde a este planteamiento puesto que en lugar de impulsar luchas organizadas dentro de las empresas, que permi­ten elevar la conciencia de las masas, se hacen acciones agitatorias a ni­vel general (como son: fantasmas, manifestaciones, tiradas, etc.) que no correspondían en aquellos momentos a la situación de la clase obrera.

A causa de estas contradicciones y de la fuerte represión que cayó sobre los obreros cuando se impuso en España el Estado de Excepción a principios del año 1969, una parte de la vanguardia de la clase obrera busca nuevas formas organizativas que permitan a los obreros organizarse clandestinamente y formar una verdadera organización de los obreros, llevando un trabajo continuado, partiendo de nuestras necesidades más inmediatas.Continue Reading