Qué son las Alianzas Obreras (G. Munis, 1934)

Qué son las Alianzas Obreras, Grandizo Munis (septiembre de 1934).

La gran tendencia intuitiva hacia la unidad de combate de la clase trabajadora, desarrollada a impulso del triun­fo fascista en Alemania y Austria, nos induce a escribir este folleto con el propósito de esclarecer las ideas de frente único, rodeadas hoy, tanto en España como en otros países, de una atmósfera confusa que empaña los resultados efectivos de la forma más contundente de lu­cha revolucionaria.

Nada aparece tan claro en el momento presente como el espíritu de unidad, que invade los sectores todos del movimiento obrero; sin embargo, juiciosamente, debemos reconocer los escasos resultados prácticos de las acciones colectivas, lo que, sin duda, no es culpa de la política de combate unificado. Los errores, equívocos, deformaciones u omisiones en la idea que cada organización sustenta respecto al frente único, son la causa del estado embrio­nario en que ésta se encuentra. No tratamos de respon­sabilizar por ello a una sola organización, porque esto equivaldría a reconocer justas las posiciones de las res­tantes, cosa que dista bastante de la verdad; pero estamos persuadidos de que una labor eficiente y ordenada, puesta en práctica desde y por las Alianzas Obreras, reco­rrería pronto casi todo el camino de la unificación revo­lucionaria, contra cuyo bloque la reacción saltaría des­pedazada.Continue Reading

La larga marcha del movimiento obrero español hacia su autonomia

Julio Sanz Oller, Horizonte español (1972).

Aunque la lucha obrera nunca desapareció completamente en nuestro país, desde la derrota de 1939, se puede decir que el movimiento obrero, como movimiento organizado, generalizado y permanente, ha recomenzado su existencia a partir del nacimiento de las Comisiones obreras.

Si aún es pronto para intentar una historia del nacimiento y desarrollo de las Comisiones obreras y de la agitación obrera de estos últimos años, no lo es para valorar algunos de sus aspectos más importantes. No sólo no es pronto para eso, sino que ya es tiempo de hacerlo. Los escasos análisis que existen hasta la fecha —dispersos en publicaciones clandestinas o en revistas extranjeras— han sido elaborados casi sin excepción por personas ajenas a la lucha obrera, por los profesionales del análisis, los «pensantes». Y eso, desde una perspectiva leninista, según el clásico esquema prefabri­cado en el que sólo hay que ir rellenando los espacios dejados en blanco. Para esta gente, el fenómeno autonomista que se ha iniciado ya en España no es más que un brote «anarcosindicalista», que encaja muy bien en sus esquemas, para combatirlo, claro.

Los que hemos vivido el nacimiento del movimiento autonomista en Barcelona, por participar activamente en él, no creemos que la cosa sea tan simple como para darle el pasaporte estampillándole una rimbombante etiqueta. Demasiado fácil.

Yo no intentaré hacer ahora el análisis de lo sucedido estos años. Me limitaré simplemente a publicar unas rápidas notas sobre el nacimiento del movimiento autonomista en España, poco conocido porque unos no tienen ganas de que se conozca, y otros no tienen tiempo, capacidad o medios para hacerlo conocer. Al ser reciente, estar muy disperso y sin coordinar, las notas son parciales e incompletas, pues el autor sólo conoce bien lo que ha vivido; anima desde aquí, a los demás grupos dispersos por el país a hacer lo mismo, enviando sus reflexiones a Cuadernos de Ruedo ibérico, mientras no dispongamos de un portavoz común, editado por nosotros sobre el terreno.

Hay que romper la barrera del silencio a la que nos quieren reducir las dos censuras: la oficial y la otra.

1. Todos respetan la autonomía…

La oposición pensante, por una vez, se ha puesto de acuerdo: la organización de los trabajadores debe ser autónoma. He leído docenas de revistas de todos los grupos que han existido en España desde 1964, y no he podido encontrar la rara perla de algún grupo al que se le escapase decir que ellos existían para dirigir la organización de clase de los trabajadores. Todos son «la vanguardia política», eso sí, pero que se sitúa a otro nivel, no interfiriendo por tanto directamente en la específica organización de los trabajadores. Esta, en la ocasión las Comisiones obreras, debe tener su propia dinámica, afirman todos, y decidir por sí misma las moda­lidades y características de acción y organización que los trabajadores estimen convenientes.

Esta es la teoría.

… pero todos quieren dirigir…

En la práctica, si las Comisiones obreras están hoy descuartizadas entre diversas tendencias políticas que las dominan y dirigen, es porque los grupos se han lanzado como hienas sobre el cuerpo del recién nacido, sin darle tiempo a que creciera. No voy ahora a escan­dalizarme ingenuamente de la hipocresía de quien dice una cosa y hace otra. La táctica, en la politiquilla como en la política de altura, obliga a menudo a decir lo contrario de lo que se piensa, a desmentir la evidencia, a contradecirse, sosteniendo imperturbablemente que se está diciendo lo mismo de siempre.

No es eso lo importante. Más interesa averiguar por qué todo el mundo se cree en la obligación de afirmar que apoya la autonomía de la organización de clase. O conocer las restricciones mentales que los teóricos de la dialéctica del disimulo ponen en juego cada vez que pronuncian la palabra «autonomía». Tal vez así nos hiciéramos una idea del tipo de autonomía que los grupos políticos están dispuestos a permitir a los trabajadores que quieren construir una organización de clase.

2. En el principio estaba el leni­nismo…

Se puede decir que cuando nacen las Comisiones obre­ras, entre 1962 y 1965, como una expresión de la lucha cada vez más dura y organizada de los trabajadores, sólo existe el Partido Comunista como fuerza organizada y coherente a nivel nacional. ASO, USO, UGT, CNT, son débiles, cuando no locales o puramente nominales. Los retoños que se van desprendiendo regularmente de la rama madre (M-L, PC [i], etc.) no abandonan su origen marxista leninista. Quedan FLP, ESBA, FOC, en Castilla, País vasco y Cataluña, respectivamente, que empezaron siendo castristas para acabar alineándose en los esque­mas teórico-organizativos clásicos. También existe en Madrid y Navarra la AST (luego ORT), que ni dios sabía lo que era, pero que el Partido Comunista se encargaba de írselo diciendo. Es decir, la casi totalidad de lo que existía organizado políticamente en España por aquel entonces, seguía fielmente los principios del leninismo. Tener esto presente es fundamental para la comprensión de lo que luego ocurrió en las Comisiones obreras.

… claro, sencillo y atrayente…

El esquema de Lenin, expuesto fundamentalmente en su ¿Qué hacer?, es claro, sencillo y atrayente. Lenin parte del principio de que el enfrentamiento contra el capita­lismo debe ser preparado cuidadosamente por la gente más consciente. Pero como la conciencia socialista sólo puede surgir sobre la base de conocimientos científicos profundos y no de la lucha de clases, Lenin concluye diciendo que como el proletariado no posee esa ciencia, depende de quienes la poseen y deben trasmitírsela, es decir, los intelectuales burgueses. Si la lucha obrera no puede por sí sola sobrepasar el estadio de la reivindicación económica, se establece un corte entre el proletariado y su lucha por un lado, y la lucha por el socialismo por el otro. Los trabajadores se organi­zan en sindicatos para conseguir sus reivindicaciones económicas, mientras que la vanguardia política que lucha por el socialismo —porque posee la ciencia y la conciencia socialista— se organiza en el partido político. La subordinación de los sindicatos al partido, en esas condiciones, no deja lugar a dudas, y el partido bolchevi­que intentará por todos los medios dirigir los sindicatos y los soviets, antes de la revolución. Después, acabará incluso con la apariencia de representación autónoma de los trabajadores.

… que divide la lucha en dos cam­pos y dos organizaciones, bajo una sola dirección política…

Así pues, el leninismo distingue y separa la organización de masas y el partido político. Aquella tiene competencia para las cuestiones meramente económicas, y es incapaz de ir más allá. Es en este reducido margen de actividad que Lenin y los leninistas conceden autonomía al movi­miento de masas. La lucha por el socialismo es asunto de la restringida élite, compuesta principalmente por intelectuales y universitarios. Su misión es conducir a las masas obreras hacia la toma del poder.

Naturalmente, las masas obreras no seguirán a la vanguardia espontáneamente, sino que la seguirán en la medida en que sea capaz de convencer a los trabajado­res, gracias a sus planteamientos «justos». ¿Cómo conseguirlo? No disponiendo de la TV, ni de la radio, ni de la prensa, para poder contrarrestar la ideología de la clase dominante, los militantes del partido deben fundirse en la masa, estar presentes en las fábricas, en los barrios obreros, en las organizaciones de clase, para repetir incansablemente las consignas del partido, lograr adeptos, extender su área de influencia y conseguir que el proletariado adhiera a los principios del partido, que podrá así movilizar a amplias capas de la población, cuando y como lo crea necesario.

…que debe imponerse como sea…

Es evidente que el hombre de partido que realiza su trabajo entre las masas no se contenta con una simple labor de propaganda y de captación. Si se limitase a extender su mercancía, junto a la de los otros represen­tantes de las casas políticas de la competencia, esperando que la clientela obrera eligiese, se podría decir que respetaba la autonomía del movimiento de masas. En efecto, esa misma autonomía implica que cada uno piense como quiera y exprese sus opiniones con plena libertad. Pero ese proceder no es eficaz, porque la competencia es grande, ya que las «vanguardias» proliferan y se multiplican. Por otra parte, los pobres trabajadores, tan ignorantes y alienados ellos, no saben lo que les con­viene, y son remisos a seguir las consignas.

… porque la vanguardia siempre va delante…

Lo mejor es que la vanguardia les dirija, incluso en sus organiza­ciones de clase. Así, es más fácil subordinar las reivindi­caciones económicas a las exigencias políticas del programa del partido, que debe basarse en la organización de los obreros para la unificación y desarrollo de la lucha de clases contra el régimen capitalista. Además, quien se siente élite acepta difícilmente no jugar su papel —del que está fuertemente imbuido—, en todas las ocasiones posibles. ¿Y por qué no ponerse de acuer­do entre varios del mismo partido para dirigir más eficazmente a los pobres, ignorantes y alienados obreros, en su propia organización? Al fin y al cabo, es por su bien, pues se trata de acelerar la toma del poder por el prole­tariado. La única pega, una vez más, es la competencia. Muchos grupúsculos —revisionistas, reaccionarios, iz­quierdistas, provocadores, etc.— intentan lo mismo. No se puede permitir que engañen a los trabajadores; hay que desenmascararlos; hay que ser más hábiles y más fuertes que ellos, para marginarlos. Una vez conseguido esto, los trabajadores aceptarán sin rechistar que cope­mos los organismos de dirección. Al fin y al cabo, es por su bien… y como somos la vanguardia…

… aunque las masas la precedan…

Es bajo esta óptica como hay que comprender la noción de autonomía capaz de caber en la mente de un leninista, muy seguro de su capacidad y de su partido, confiando muy poco en la capacidad creadora de las masas. Y cuando las masas se ponen en movimiento, sin avisar a nadie, ni siquiera a la «vanguardia», corren a sacar octavillas y periódicos publicando noticias de la acción, como si hubiese sido dirigida por ellos, intentando relanzarla una segunda vez, para que quede bien patente su intervención, que es lo que interesa. A eso se le llama «recuperar orgánicamente» la inadmisible espontaneidad de las masas.

3. Pequeña historia del naci­miento…

Con lo dicho, creo que ya estamos en condiciones de comprender el hilo conductor de la historia de las Comisiones obreras, desde su nacimiento hasta su des­membración entre los diferentes grupos leninistas. No se puede decir que su contenido inicial fuera el de una crítica radical al capitalismo, pero nacieron como un desafío a las instituciones del Estado, concretamente a la CNS, sindicato de control y represión, respetado desde siempre por el PC, que aceptaba sus reglas de juego y se limitaba a hacer de oposición legal.

… de un movimiento espontáneo revolucionario…

En efecto, las Comisiones obreras, en sus inicios, no son más que una repulsa a la CNS, a sus jurados vendidos e inamovibles, a sus secretas deliberaciones en inaccesi­bles recámaras. Pero en el contexto español de los años 60, esta ruptura con los cauces legales es total­mente revolucionaria. Así lo entiende el gobierno, hacien­do encarcelar a los comisionados. Y así lo entiende el PC, cuya trasnochada estrategia del «aprovechamiento de los cauces legales» es puesta en entredicho, y no por grupos izquierdistas, sino por los sectores más avan­zados del proletariado español. El PC decide pues movi­lizar sus fuerzas a escala nacional. Sus líderes saltan a la palestra. Hay que tomar la cabeza del movimiento. Los católicos, organizados en sus sindicatos clandestinos no serán un estorbo, y muy pronto dejarán el campo libre. Los «felipes» están curando sus heridas.

… y de su recuperación por el Partido Comunista…

La «operación Comisiones obreras» empieza a finales de 1964. Su puesta en práctica varía según los lugares. En un primer tiempo, se trata de enterrar el cadáver de la «Oposición Sindical Obrera» (sindicato clandestino creado por el PC, que nunca llegó a tener más adherentes que los propios militantes del partido), para sustituirlo por las flamantes Comisiones obreras.

Un ejemplo gráfico de cómo se llevó a cabo esta susti­tución nos lo ofrece el boletín Asturias[1] del PC asturiano. Cauteloso, mantiene simultáneamente las dos posibili­dades, por si acaso. Ingenuo, no se preocupa de enmas­carar el cambio, y el boletín aparece simultáneamente en sus dos versiones. Disciplinado, trata en ambos los mismos problemas, y de la misma manera, con el mismo estilo.

En Barcelona, donde los grupos sindicalistas compuestos casi exclusivamente por militantes católicos, ASO, SOC, tienen una cierta fuerza, se trata de integrarlos en el movimiento. La audiencia así adquirida servirá para acreditar a los principales líderes, que serán lanzados a la acción con desprecio total del peligro, sin miedo a «quemarse», esa obsesión en la mayoría de sindicalistas católicos, que no pueden seguir el ritmo impuesto por el PC. Cuando ASO y SOC se marginan, el movimiento ya está lanzado, y algunos jóvenes no organizados de la JOC permanecen en las Comisiones obreras, consti­tuyendo una de las principales canteras del FOC. Se suscitan nuevos luchadores, reviven o se crean más grupos. Pero el PC ya lleva varias vueltas de ventaja y está decidido a conservarlas.

En Madrid se establece una extraña Santa Alianza entre los falangistas de izquierda (corriente Maeztu), la socialdemocracia en su versión tiernogalvanista (cuyo líder obrero es Hernando), los demócratas cristianos (representados por Martínez Conde), los católicos de AST y el PC. Esta amalgama, que dura casi dos años, consigue importantes movilizaciones y se constituye en el centro ideológico del movimiento. En 1966 publican los dos documentos más conocidos sobre las Comisiones obre­ras: «Ante el futuro del sindicalismo», considerado luego demasiado izquierdoso, por lo que se olvidará; la «Declaración de las Comisiones obreras de Madrid», en cambio, será profusamente distribuido.

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Madrid cuenta también con el portavoz más destacado, el líder más conocido: Marcelino Camacho. Antiguo militante de UGT, cuenta 54 años de edad. Estuvo un año en la cárcel, al terminar la guerra, y 14 en el exilio. En 1957 ingresó en la Perkins donde llegó a alcanzar el puesto de jefe de taller, siendo elegido jurado de empresa. Rechonchete, simpático, de palabra y sonrisa fáciles, es el líder y public relations en una pieza. Se pasea por España dando mítines, recibe a sindicalistas extranjeros, escribe en Cuadernos para el Diálogo, multi­plica las declaraciones a los periodistas, contacta perso­nalidades, es siempre el más escuchado, el que dice la última palabra. Ejerce ya las funciones de secretario sindical.

La primera etapa de la operación constituye un éxito sin precedentes en Madrid. Al conjuro de las Comisiones obreras se ha conseguido la unión de los antifranquistas, se logra hacer salir a los trabajadores a la calle y se «colocan» algunos líderes. En Barcelona no puede decirse lo mismo. A causa de una prematura y certera represión, seguida —por otras causas— del abandono de ASO, USO y SOC, desaparece el movimiento, hasta el verano de 1966. En Bilbao, USO y PC juntos logran algunos éxitos. En Asturias y Guipúzcoa habrán de espe­rar a que el nombre de Comisiones obreras se popularice en toda España, aunque la práctica existe en las empre­sas y las minas.

Pero se da la orden para que empiece la segunda etapa. Se trata de aprovechar el aparato que se ha montado, y la influencia de los líderes, para conseguir copar el mayor número posible de puestos en la CNS, que ha convocado elecciones para septiembre de 1966. El sueño dorado del PC a punto de hacerse realidad. Los militantes de Madrid se preparan febrilmente desde hace meses. Los líderes se dejan ver a menudo por el sindicato, aprovechan todas las ocasiones para tomar la palabra, oponiéndose a los jerarcas. Se hacen populares, y son elegidos.

En Barcelona, la consigna de preparar las candidaturas de Comisiones obreras ha sido lanzada muy tarde (un mes antes de las elecciones); pero tiene la virtud de servir de aglutinante. Las Comisiones obreras se vuelven a poner en marcha. Al amparo del referéndum, la policía tolera las reuniones, y antes de que la represión comience de nuevo, el esqueleto organizativo ya está en pie. Los resultados de las elecciones no son muy brillantes para las Comisiones obreras, pero han servido para lanzar­las.

En Vizcaya, la alianza del PC con el USO, que en el norte tiene cierta fuerza, produce buenos resultados. En cambio en Asturias, cuna de las verdaderas comisiones, el porcentaje de votantes es de los más bajos de España. Las Comisiones obreras son ya sobradamente conocidas y prestigiadas. Se puede pasar a la tercera etapa, la de su utilización política. En las mesas redondas con «fuerzas» de la oposición, en los contactos secretos con personalidades «evolucionistas», en su estrategia gene­ral, el PC necesita aparecer como el árbitro indiscutible del Movimiento obrero. A su toque de silbato, las masas se ponen en movimiento y marcan goles al capitalismo. Pero como buen árbitro, el PC obligará al movimiento obrero a observar el reglamento. Ni violencias ni revolucionarismos. No se ataca a la Iglesia, ni al ejército, ni a los capitalistas no monopolistas. Pero en esta etapa empieza a complicársele las cosas al PC. El leninismo ha hecho más pequeños, que han crecido deprisa y reclaman ya su parte de herencia. El FOC en Barcelona, los M-L en Madrid, ESBA en el País vasco, el PC [i]. Afortunadamente, AST-ORT no tiene todavía pretensiones dirigistas y los M-L son relegados a los barrios, puesto que no se hallan implantados en las fábricas. Así que, en Madrid, se salva el liderazgo. No se puede decir lo mismo en las demás localidades. En Vizcaya el USO abandona las Comisiones obreras por incompatibilidad con el PC. La represión se ceba en los dirigentes, dema­siado conocidos, y el nacionalismo vasco se encarga del resto. La huelga de «Laminación de Bandas», al margen de cualquier dirección exterior a los propios trabaja­dores, que evitan titularse «comisión», para evitar con­fusiones, es un ejemplo del tipo de lucha autónoma en el País vasco. En Guipúzcoa las Comisiones obreras nunca han sido muy fuertes, porque ETA, que polariza la lucha política no se ocupa de esos menesteres, ni el PNV tampoco, ni la STV. Se crean en cambio, pluralistas, los «comités de fábrica», que logran una momentánea difusión. Pero la brutal represión que se ejerce ininte­rrumpidamente sobre los trabajadores vascos, con más saña aún que en el resto del país, a causa de las actividades de la ETA, dificulta mucho más la coordina­ción.

En Asturias, la UGT recobra una cierta audiencia. Apare­cen en Gijón las CRAS (Comunas Revolucionarias de Acción Socialista), de tendencias consejistas. Los mine­ros siguen actuando a su guisa.

…y por el FOC…

En Sevilla, el líder Saborido mantenía una cierta agita­ción sin problemas (represión aparte), hasta la llegada del PC [i]. En Barcelona, el FOC, que renace de sus cenizas, demuestra ser menos dócil que la AST, y con las ideas bastante más claras. En 1968, se hace con el control de la Coordinadora Local. El PC se anquilosa, sus viejos dirigentes obreros no encuentran relevo, y cuando la represión se abate sobre ellos, los «felipes» llenan los huecos. La batalla entre los primos hermanos leninistas conduce en 1969 a la división de las Comisiones obreras en dos coordinadoras diferentes. La Coordina­dora Local, burocratizada y esclerotizada, queda en manos del PC, que se encuentra solo, aislado. Las Zonas geo­gráficas, con participación de estudiantes, son dirigidas por el FOC. Pero no iban a durar mucho.

4. La reacción antidirigista del ¿Qué hacer?

Cuando el doble control burocrático de las Comisiones obreras estaba en todo su apogeo (marzo de 1969), surge en Barcelona una revista que expresa la tendencia de los militantes independientes, sin partido, de dicha ciudad. Esta revista, ¿Qué hacer?, arremete contra los reformistas (PC y su Local), y contra los verbalistas (FOC y otros grupitos de menor importancia). Ataca el politiqueo en las Comisiones obreras, la «inevitable burocratización de los partidos», el dirigismo político en las Comisiones obreras.

La nueva tendencia aglutina rápidamente a casi todos los militantes de las Comisiones obreras no encuadrados políticamente, provoca la disolución de las Zonas, el aislamiento del PC en la Local, y precipita la crisis del FOC, que acabará por desaparecer antes de finalizar el año.

… da la señal de alarma…

La importancia de ¿Qué hacer? puede medirse ahora, con tres años de perspectiva. Y sus fallos también. Fue el primer ataque serio al burocratismo de las Comisiones obreras; despertó la conciencia de que la autonomía de la organización de clase era no sólo necesaria sino posible; devolvió la palabra a los trabajadores (aunque bien pocos la usaron) y estuvo en el origen de la revolución autonomista que no ha cesado de desarrollarse desde entonces. Su influencia excedió los límites locales. En Madrid, grupos de trabajadores reproducían los números de la revista, para difundirlos. De Valencia y Sagunto se desplazaron obreros para dialogar con «los de qué hacer»; las CRAS de Asturias se relacionaron con ellos, pues descubrieron varios puntos comunes.

…pero se queda corta…

Pero ¿Qué hacer?, como es lógico, se quedó corto, pues sus militantes más destacados acusaban aún la ideología en la que se habían bañado hasta entonces. Si bien la tendencia ataca sin descanso las nefastas consecuencias de la actuación de los partidos políticos en las Comisio­nes obreras, no se atreve a sacar las conclusiones más radicales que se imponen lógicamente. ¿Qué hacer? sigue distinguiendo entre sindicatos y partidos, entre sindicalismo y política. «La revolución se iniciará en su día por el impulso de una pequeña vanguardia organi­zada». Una de las condiciones para que sea posible la revolución es «la existencia de un partido obrero revolu­cionario en el que la clase confíe». En las Comisiones obreras se hace la toma de conciencia sindical; la minoría política pasa a engrosar las filas de los partidos políticos, que siguen siendo necesarios. Ahora bien, estos partidos deben ser buenos chicos y no atentar a la autonomía de las Comisiones obreras. Como se ve, ¿Qué hacer? cree aún en los Reyes Magos.

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Para defenderse de los ataques de «antipartidismo» y «anarcosindicalismo» que les lanzan sus enemigos, ¿Qué hacer? se cree en la obligación de publicar solemnes declaraciones de fe en los partidos políticos, multiplicando, encuadradas, las frases de Lenin. El leninismo salió intacto, incluso ennoblecido, de las páginas de la revista. Era pronto para atacar de frente a los dogmas, pero la simiente estaba echada, y eso era peligroso. Así lo comprendieron los burócratas de todo pelo, que contemplaban el insólito fenómeno con no poca aprensión. El PC intentó descargar la bomba, y en el n.° 6 de Unidad, año XIII, saludan la aparición del n.° 1 de ¿Qué hacer?, afirmando que el PC siempre ha sido partidario de la autonomía del Movimiento Obrero, como lo demuestran los hechos… PC [i], M-L (tendencia El Comunista), PCR y otros intentaron introducirse disimu­ladamente en la tendencia, para deshacerla. Pero quien más se desmelenó en sus ataques, no vacilando en llegar hasta la calumnia personal, fue el FOC, el más perjudi­cado en el asunto, pues todo empezó en su seno. No hay piedad para los desertores.

Cuando ¿Qué hacer? consideró terminada su labor de denuncia y de aglutinamiento, tuvo que pasar a una etapa más concreta de organización, presentando una alternativa en el terreno de las Comisiones obreras. Optó por disolverse para dar paso a las «Plataformas», que coordinaban por sectores geográficos a las comisiones de empresa, sin distinción de ramos. Empezaron a publi­car Nuestra Clase. Al mismo tiempo, se crearon los «Círculos de formación de cuadros», para todos los trabajadores que sentían la necesidad de una formación teórica, con la que poder apoyar y desarrollar su práctica en la empresa, dándole una dimensión universalista. Estos «Círculos», sin ideología previa, intentarían enseñar el método dialéctico a los militantes, para que estuviesen armados ante cada situación concreta y fuesen capaces de analizarla por sí mismos, sin tener que depender del teórico de turno.

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Como ¿Qué hacer? no había profundizado hasta el análisis último del leninismo, la crítica sólo había alcanzado a los grupos entonces existentes. Así, las «Plataformas» y los «Círculos» no tuvieron inconve­niente en admitir la ayuda de los Bandera Roja, leninis­tas universitarios con «apariencia honrada», como dijo alguien, en mal de base obrera. Con más habilidad, porque con menos fuerza, intentaron repetir la experien­cia del PC y del FOC; es decir, quisieron tomar la dirección, primero ideológica y luego orgánica, de las «Plataformas» y de los «Círculos». Otra desgraciada experiencia más con un grupo leninista. Algunos circulistas empezaron a plantearse la cuestión de fondo. Mientras, las «Plataformas» conocían su primera esci­sión, provocada por los Bandera Roja, que se hicieron fuertes en un barrio de Barcelona, que empezó a funcio­nar como sector aparte, para no contaminar a sus ovejas de la peste anarcosindicalista que, según los pastores, empezaba a causar estragos.

… y fracasan.

Por otra parte, surgió el problema de la formación. Falta­ban cuadros con capacidad para formar a nuevos cua­dros. Tras muchas vacilaciones, decidieron llamar a los intelectuales. Pero, ¿qué perspectiva podía ofrecer el obrerismo de los «Círculos» a un intelectual, como no fuese la de ayudar sin pedir nada a cambio? Pero también lo de Blancanieves es un cuento. Los «Círcu­los» se ahogaban en su propia incapacidad teórica. A juicio de algunos, tardaban ya demasiado en definirse y estructurarse. ¿Qué eran los «Círculos» en el movi­miento obrero? ¿Qué eran las «Plataformas»? ¿Qué relación debían guardar unos y otras? ¿Qué es un movimiento de masas? ¿Qué es una vanguardia? ¿Cómo surge o cómo se construye? Cansados de su incapacidad para resolver estos problemas, los «Círcu­los» se dividieron entre los partidarios de una organiza­ción más estricta, leninista vergonzante, y los irreduc­tibles de la autonomía, dispuestos a seguir la experiencia hasta sus últimas consecuencias. Unos y otros, eso sí, partidarios de la total independencia de la organización de clase. Algo es algo.

Ante la desorientación y división de sus más firmes pro­motores, «Plataformas» fue investida por buen número de minigrupúsculos leninistoides, que esperaban con impaciencia su turno para dirigirlas. Lo malo es que nadie sabía hacia dónde. Empezaron a navegar a la deriva.

5. Pero la simiente autonomista ha echado raíces…

Los agoreros estalinistas no se habían equivocado. La crítica al dirigismo acabó engendrando la crítica a los sistemas organizativos autoritarios. Empezaron a surgir cantidad de grupos autónomos. Sin conexión entre sí, sin objetivos claros, sin capacidad para explicar teóricamente su postura, la práctica cotidiana de la lucha en las empresas y en los barrios creaba núcleos de obreros unidos por el mismo rechazo a las formas clásicas de organización. La huelga de Harry-Walker y la agitación de Santa Coloma, al poner de relieve la inadecuación de los partidos a la lucha que surge de la base, al desen­mascarar públicamente sus deseos dirigistas y recupera­dores, colmó el vaso de la desconfianza. Surgieron grupos autónomos en Santa Coloma, en Barcelona, en el Vallés, en el Bajo Llobregat.

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Se intentó la unificación, pero sin éxito. Estos grupos, si bien consiguieron eliminar el fenómeno burocrático y descentralizador, si bien consiguieron marginar a los estudiantes e intelectuales de la dirección de la lucha obrera, no supieron terminar con el liderismo, ni con las diferencias personales del pasado. Cada líder estaba celoso de su autoridad sobre los miembros de su tribu, y no quería arriesgar su liderazgo en uniones más amplias.

El obrerismo, la dedicación total al trabajo de base cons­tituyen la fuerza y la debilidad de estos grupos. Su fuerza, porque son grupos auténticamente obreros, dedi­cados de lleno a la labor de agitación en empresas y barrios, desbancando en sus sectores la escasa influen­cia que podían haber adquirido tal o cual partido. Los trabajadores se sienten más atraídos por las ideas auto­nomistas que por las dirigistas. Pero al mismo tiempo, esta dedicación exclusiva a la labor de base les hacía caer en el activismo total, en el inmediatismo, en la ausencia de teorización, en el desprecio por los análisis y la reflexión, en la incapacidad de formarse histórica y políticamente. Los grupos autónomos de Barcelona inten­taron algo en este sentido, publicando numerosos traba­jos, unos originales, de tipo práctico: «Lucha contra la represión», «Cómo luchar contra los cronometrajes», «La lucha contra la explotación en la empresa», y otros más teóricos, traducidos del francés: Notas para un análisis de la revolución rusa, textos de Cardan y Pannekoek, La Europa salvaje. Pero finalmente, la frac­ción activista y demagógica se impuso, y el grupo se preocupa hoy más de estructurarse como tal grupo (prospección, organización, etc.) que de ser un centro impulsador del movimiento autonomista, irradiando ideas, reflexiones y realizaciones ejemplares; un centro que ejerciese una crítica constante a formas caducas de organización, facilitando la puesta en marcha de más grupos autónomos. Faltaron militantes con experiencia y capacidad, y optaron por la solución más fácil, per­diendo su originalidad y razón de ser. Hoy son un grupo más.

… y se desarrolla,

En Madrid, con dos años de retraso respecto a Barce­lona, se iniciaba en 1971 un proceso semejante al del ¿Qué hacer? La unidad de la ORT estaba fundada en su ambigüedad, en su no definición. Cuando la sempi­terna e inamovible dirección, influenciada por elementos M-L quiso ir preparando paulatinamente a la base para orientarse hacia formas abiertamente centralizadoras, de acuerdo con los postulados M-L, las células más cons­cientes se opusieron. Se inició la clásica batalla interna de comunicados y contracomunicados, expulsiones y contraexpulsiones, que terminó de una manera no menos clásica, con la división en cuatro fracciones. Actualmente, la división grupuscular supera en Madrid a la que existía en Barcelona en 1968, pero sin un apoyo en las empresas, por mínimo que sea, pues las comisiones que existían acusan hoy los mismos efectos de la represión a la que han sido expuestas a causa de la equivocada política del Partido Comunista, que pudo desarrollarse en Madrid sin oposición. Son contadas las empresas en las que existe un grupo organizado de trabajadores. Contra este estado de cosas, se ha levantado un grupo en Getafe, que ha publicado un manifiesto en el que toma postura contra las antiguas Comisiones obreras dirigidas burocrática­mente por cuatro bonzos, y que se han constituido en Comisiones obreras autónomas. Es pronto para decir si la tentativa va a prosperar, pero la situación general no es favorable a la repercusión de la iniciativa.

Mientras, el campo de actuación de los numerosos grupitos es, como siempre, los barrios, utilizados como plataformas para propagar las respectivas líneas políticas, y como base de reclutamiento. Este Primero de Mayo, en Madrid, ha sido el más débil desde 1965.

… a pesar de sus errores.

Las perspectivas inmediatas del movimiento autónomo que empieza a desarrollarse por todas partes, no pueden, sin embargo, sobrevalorarse. Formado por hombres de base, más acostumbrados a la lucha en la empresa que a la reflexión teórica —a consecuencia de la nefasta distinción entre pensantes y ejecutantes, mantenida por todos los burócratas—, la tarea a la que se enfrentan es superior a sus fuerzas. Boicoteados y atacados por todos los partidos, que reconocen en ellos al enemigo común, tienen que llevar la lucha en un doble frente. Abandonados por los intelectuales y estudiantes, cuyo tradicional papel de dirección pensante y organizadora no tiene razón de ser en estos grupos, se encuentran con un vacío que se hace sentir, especialmente en materia de formación, montaje de servicios auxiliares, etc. No acostumbrados, hasta ahora, a pensar su propia acción, no aprenderán a hacerlo en cuatro días. Por otra parte, ya lo he dicho pero lo repito, el liderismo es un peligro real que acecha especialmente a estos grupos, pues hunde sus raíces en lo más profundo de la psicología humana. Ante la ausencia de una dirección centralizada, fuerte y securizadora, se busca amparo en torno al individuo más capaz, que acaba sustituyendo, él solo, al comité central y ejecutivo juntos.

Pero la importancia del movimiento autonomista no debe medirse por sus perspectivas inmediatas, sino por el hecho de que se ha iniciado ya con carácter irreversible, de que la oposición al dirigismo monopolista de partido existe como otra opción posible, de que por fin se ha abierto el proceso de crítica al dogmatismo imperante.

6. La clase obrera no espera a las vanguardias…

Si echamos una mirada retrospectiva al panorama político de estos últimos años, vemos cómo aparecen y desapare­cen cantidad de grupos que parecían tener «grandes» posibilidades. Han pasado ya las modas M-L, FLP, ORT, PC [i]. Ahora tocan las modas BR, LCR, Federación de Comunistas… El leninismo es prolífico.

Y mientras este ballet de «vanguardias» prosigue, ¿qué ocurre con el objeto de sus desvelos?

… para luchar…

Pues el objeto, que en realidad es el sujeto de la verdadera his­toria, sigue luchando en las fábricas y en la calle. ¿Sin vanguardia organizada? ¡Cómo es posible! Huelgas ejemplares como las de «Laminación de Bandas», ya citada, y la de Altos Hornos, en Vizcaya; Blansol, AEG, Maquinista, Harry-Walker, Seat y Roca en Cataluña; Orbegozo en Guipúzcoa; la construcción en Granada; Superser, Potasas de Navarra, Eaton Ibérica, en Pam­plona; Michelin, en Vitoria; Bazán en Ferrol, por citar sólo las más conocidas, son la expresión de conflictos largos y enfrentamientos sangrientos que ningún grupo político puede adjudicarse, ni presentar otros que se le parezcan. Más de uno tendría que pararse a reflexionar sobre este hecho incuestionable, que demuestra sin dejar lugar a dudas que la clase obrera española supera con su lucha las previsiones más optimistas de los falsos profetas, ridiculizando a los teóricos del «partido diri­gente», a los eternos creadores de líderes prefabricados y soluciones milagrosas a base de reagrupamientos de las «élites», a los burócratas del tres al cuarto, a los obsesos del dirigismo y del control, a tanto estalinista como anda suelto.

…y no permitirá que vuelva a suceder lo del 36.

Está claro hoy, para quien no elabore su análisis en los estrechos márgenes permitidos por el dogmatismo, que en el movimiento obrero español sólo dos fuerzas van a contar: el PC y el movimiento autonomista, que tardará aún en cuajar en una amplia organización de clase. Se trata, desde ahora, de evitar que el primero se coma a la segunda. ¿Es que esto les recuerda algo a los mayores de 50 años?

Barcelona, mayo de 1972.


[1] [NRD. Lo defectuoso de los documentos que han llegado a la redacción de Cuadernos de Ruedo ibérico no ha permitido reproducir en facsímil dos ejemplares de Asturias.]

El marinero como trabajador del mundo

Último capítulo del libro Between the Devil and the Deep Blue Sea, de Marcus Rediker (Cambridge University Press, 1987). Se puede leer como complemento el capítulo 5 de La Hidra de la Revolución, titulado “Hidrarquía: marineros, piratas y el Estado marítimo”.

Ned Ward, uno de los escritores de Grub Street[1] de principios del siglo XVIII, tuvo buen ojo para descubrir un detalle revelador que mostraba un mundo cambiante. Observó que el marinero corriente consideraba sus manos como “sus amigas íntimas”. El lobo de mar “generalmente las llevaba dentro de la pechera o de los bolsillos; no tanto para tenerlas cerca del corazón o de su dinero a bordo, sino como puro principio moral de no exponer sus mejores amigas, siendo las únicas en las que podía confiar”. Barnaby Slush, un “cocinero de a bordo”, expresó un sentimiento similar y describió la misma realidad social que vivían aquellos que estaban despojados de tierra, de instrumentos de trabajo y de propiedad. ¿Qué, se preguntaba, podía esperar un hombre cuando no tenía “más que un par de buenas manos y un vigoroso corazón para aconsejarle”? Esta era la situación del proletariado marítimo. La apasionada pregunta de Slush representaba la respuesta de la clase obrera, la réplica necesaria al distante e impersonal discurso de Sir William Petty acerca del “trabajo de los marineros” como “mercancía”. La economía moral y la economía política se enfrentaban cara a cara. Hablaban con voces diferentes acerca de intereses distintos y opuestos.Continue Reading

Marx y los sindicatos (IV): Marx y el movimiento sindical en Inglaterra

4. Marx y el movimiento sindical en Inglaterra

La primera mitad del siglo XIX se caracterizó por un impetuoso crecimiento y desarrollo del movimiento sindical en Inglaterra. Inmediatamente después de la supresión del decreto prohibitivo de las coaliciones, en 1824, las trade-uniones salen de la clandestinidad y comienzan a extenderse por toda Inglaterra. Las trade-uniones inglesas eran organizaciones estrechamente gremialistas, que se proponían únicamente finalidades prácticas (disminución de la jornada de trabajo, aumento de los salarios, etc.). Marx y Engels observaron durante decenas de años el desarrollo del movimiento obrero de Inglaterra. La primera gran obra de Engels dedicada a la situación de la clase obrera de Inglaterra y El Capital, genial obra de Marx, están basadas en el estudio de la economía inglesa y del movimiento obrero de Inglaterra.

Marx y Engels veían el carácter estrechamente gremial de las trade-uniones y su horizonte restringido, pero las consideraban sin embargo un serio paso hacia adelante en el desarrollo del movimiento obrero inglés, y no solamente inglés.Continue Reading

Marx y los sindicatos (III): Contra el lassallismo, el oportunismo alemán

3. Contra el lassallismo, el oportunismo alemán

Marx seguía con la mayor atención el desarrollo del movimiento obrero en Alemania. La revolución de 1848 fue el punto culminante de la actividad del movimiento obrero de la Alemania de entonces. Después de 1848 comienza el reflujo, el movimiento obrero se dispersa. Una parte considerable de los elementos revolucionarios se ve obligada a emigrar a Francia, Inglaterra y Estados Unidos. En Alemania misma comienzan a surgir toda suerte de hermandades, sociedades de ayuda mutua y otros embriones de sindicatos, etc.

Marx y Engels mantenían estrechas relaciones con la emigración obrera revolucionaria y con los elementos revolucionarios que permanecieron en el país. Después del año 1848 comienza en Alemania el período de la reacción política e ideológica y una serie de compañeros de armas de Marx ve alejan del movimiento revolucionario. Marx trabajaba persistentemente en el desenvolvimiento de su concepción filosófica del mundo, en la elaboración de su sistema económico, llevando a cabo simultáneamente una intensa actividad político-literaria. A fines del año 1850 la depresión empieza a desaparecer. En Alemania comienza el ascenso del movimiento obrero. Lassalle organiza en 1863 “La Asociación General de Obreros” y plantea abiertamente la cuestión de los objetivos y de los derechos políticos de la clase obrera. Lassalle, que aparece en la arena política en el momento en que comienza la animación, comprendió el cambio producido en la mentalidad de las masas obreras y debido a esto su “Asociación General de Obreros” se hizo muy popular. Marx y Engels apreciaban mucho a Lassalle. “Lassalle, a pesar de todos sus ‘peros’, es firme y enérgico”, escribía Marx a Engels el 10 de marzo de 1853. “Lassalle es el único que tiene todavía la audacia de seguir en correspondencia con Londres, y es necesario conseguir que este intercambio no se le torne fastidioso”, escribía Marx a Engels el 18 de julio de 1853. En una carta a Schweitzer fechada el 13 de octubre de 1868, escribe: “Después de quince años de letargo, Lassalle ha despertado de nuevo, en Alemania, al movimiento obrero. Este es su mérito inmortal.”Continue Reading

Marx y los sindicatos (II): Marx contra el proudhonismo y el bakuninismo

2. Marx contra el proudhonismo y el bakuninismo

Marx forjó su concepción del mundo y su táctica, a través de una encarnizada lucha ideológica y política. Tuvo en primer lugar, que chocar con las teorías considerablemente difundidas de Proudhon. Proudhon es el tipo de socialista pequeñoburgués en cuyos trabajos las palabras audaces se compaginan con teorías revolucionarias. Publicista de talento, representante de un vago socialismo sentimental, “de pies a cabeza filósofo y economista de la pequeña burguesía” (Marx), que ha arrojado a la caía de la burguesía la violenta fórmula acusadora ”la propiedad es un robo”, Proudhon se creyó el teórico “de las clases obreras” y se lanzó audazmente a disertaciones teóricas sobre la “filosofía de la miseria”. Pero la teoría fue precisamente el talón de Aquiles de Proudhon, porque no pasó de los límites de la ciencia liberal burguesa de su tiempo, y de aquí el violento ataque de Marx contra Proudhon y el proudhonismo. Proudhon publicó un libro pretencioso, La Filosofía de la miseria, en el que intentó determinar las leyes de desarrollo de la sociedad. En este libro, Proudhon reveló a todo el mundo las siguientes tesis que nos interesan aquí:

“Todo movimiento de alza en los salarios no puede tener otro efecto que el de un alza en el trigo, en el vino, etc.; es decir, el efecto de una carestía. Pues, ¿qué es el salario? Es el precio del costo del trigo, etc., es el precio integral de todas las cosas. Profundicemos más la cuestión: el salario es la proporcionalidad de los elementos que componen la riqueza y que son consumidos reproductivamente todos los días por la masa de los trabajadores. Ahora bien, doblar los salarios… es conceder a cada uno de los productores una parte mayor que su producto, lo cual es contradictorio; y si el alza sólo se verifica en un número reducido de industrias, es provocar una perturbación general en los cambios, en una palabra, una carestía. Yo declaro que es imposible que las huelgas seguidas de un aumento de salarios no tengan por resultado un encarecimiento general, esto es tan cierto como dos y dos son cuatro.”Continue Reading

Socialismo y catalanismo (A. Fabra Ribas, 1909)

Los 3 artículos que siguen fueron publicados en La Internacional los días 9, 16 y 23 de julio de 1909, respectivamente.
El texto es importante para conocer, no sólo la actitud de los socialistas catalanes ante la cuestión nacional de Cataluña a principios del siglo XX, sino también la desconocida y destacada figura del autor. Antonio Fabra Ribas (1879-1958) fue uno de los organizadores de la Asociación de Dependientes de Comercio a principios de siglo, junto con el también socialista Badía Matamala. Tras pasar unos años en el extranjero, donde colaboró con el Vorwaerts y Le Mouvement Socialiste, Fabra Ribas (que firmaba sus artículos a menudo como “Mario Antonio”) fue uno de los impulsores de Solidaridad Obrera y estuvo presente en el Congreso socialista de Stuttgart en 1907, representando oficialmente a la Federación española de Juventudes Socialistas. Por estas fechas mantenía relaciones bastante estrechas con Jaurès y Kautsky. Tras el Congreso de Solidaridad Obrera de septiembre de 1908 (donde la federación pasa a ser regional), Fabra lideró la reorganización de la Federación Socialista Catalana, la cual empezó a publicar el semanario La Internacional como órgano de la Federación, dirigido por Fabra Ribas y suspendido tras la Semana Trágica (julio-agosto 1909). La Internacional se implicó profundamente en el conflicto contra la imprenta La Neotipia y el diario lerrouxista El Progreso, así como en la propaganda societaria. Una vez suspendido el semanario, será sustituido en noviembre de 1909 por La Justicia Social (“una de las publicaciones más importantes de España”, según Andrés Nin). Fabra, que formó parte del Comité de huelga durante la Semana Trágica, tuvo que exiliarse a París debido a la represión, y permaneció allí hasta 1918. Durante esos años siguió colaborando con La Justicia Social, donde polemizó con Nin acerca del nacionalismo catalán, defendiendo las mismas posturas que en estos artículos. La Justicia Social se caracterizaba en aquella época por su oposición a la línea de Pablo Iglesias, criticando la conjunción republicano-socialista y defendiendo posturas sindicalistas. Cuando Fabra regresó a España en 1918, ingresó como funcionario en el Instituto de Reformas Sociales de Madrid, y también en la masonería. A partir de entonces su actividad y su línea política tiene mucha menor relevancia e interés. Continue Reading