Correspondencia en torno a las tareas económicas proletarias

A la web El Salariado

Saludos

Este texto gira en torno a las tareas económicas proletarias (es decir: las tareas de contribución a la aglutinación y demarcación de clase), tomando como referencia tres artículos de interés aparecidos en el último año: dos firmados por Ángel Rojo (Independencia política y lucha obrera independiente y De órganos de clase a engranajes del Estado), y uno anónimo (La Demolición y sus cimientos, firmado por «Un comunista»). El primero publicado en la web El salariado, los otros dos en la web Kursant. El texto tiene dos partes diferenciadas: la primera, unos comentarios sobre el contenido de los artículos; la segunda, una consulta y unas reflexiones sobre tareas económicas y necesidades actuales. 

El primer y tercer artículo son evidentemente confluentes en lo fundamental -la mayoría de mis comentarios son, pues, aplicables a los dos-, y el segundo viene a contribuir a dar un marco histórico a cómo se ha llegado a la situación actual. Expresar de entrada mi convergencia en lo nuclear (1) con lo expuesto en los tres artículos, tanto en la valoración del contexto general  actual como de no-expresión del proletariado como fuerza colectiva independiente, como en la necesidad de tareas económicas y políticas proletarias que contribuyan a alterar esa situación. 

El primer artículo de Ángel Rojo es una contribución alrededor de las tareas económicas proletarias, la independencia de clase y la interacción bidireccional de ambas con las tareas políticas, que se podría resumir en este lúcido fragmento: 

«Por otro lado, como ya hemos comentado en el apartado anterior, la intervención comunista en las luchas económicas, sobre todo hoy en día con la clase obrera desaparecida de la escena histórica, no consiste en ofrecer una alternativa política elegante y atractiva, lista para recibir las simpatías de los trabajadores, lista para consumir. Consiste, como se ha intentado explicar, en colaborar en la reformación de la clase obrera, en el resurgimiento del movimiento obrero independiente y el asociacionismo proletario, sin el cual, por mucho que algunos aparezcan en los medios representando al proletariado y hablando en su nombre, éste seguirá siendo un cadáver.

Aunque el partido formalmente surge fuera de la clase y de su movimiento espontáneo, el desarrollo del partido y el de la clase están íntima y dialécticamente ligados. La fuerza o la debilidad del partido expresa la fuerza o la debilidad de la clase en su conjunto. Y para salir del actual estado de debilidad no hay atajos ni artificios posibles, no conviene aparentar lo que no se es, no es cuestión de una buena campaña de marketing». 

Estando de acuerdo en lo fundamental con lo expuesto en el artículo, sí me gustaría hacer algunos comentarios sobre algunas cosas. El primero es alrededor de la cuestión de la centralidad de los centros de trabajo en las tareas económicas proletarias. El documento expone: 

«En el estado de absoluta dependencia en el que se halla hoy la clase obrera, la defensa de la independencia de clase requiere de una actividad constante en los centros de trabajo que, ante cualquier lance o situación, aclare los principios que deben guiar la lucha o la actitud de los trabajadores. Se trata de una actividad ordinaria y poco gratificante (según los parámetros del «doy para que des») que consiste, sí, en redactar panfletos con hermosas frases sobre la solidaridad de clase, pero también en explicar, por ejemplo, por qué debemos evitar las subidas porcentuales de salario (frente a las subidas nominales), o qué consecuencias puede tener en una huelga la división entre fijos y eventuales si no se toman las medidas oportunas, o qué maniobras está llevando a cabo el patrón junto a sus agentes sindicales, o qué se esconde detrás de un hecho determinado y aparentemente sin importancia, etc. En un centro de trabajo, prácticamente todos los gestos, todas las situaciones, llevan un sello de clase, capitalista o proletario. Y es importante que los trabajadores aprendan a descifrarlo».

Estoy de acuerdo: los centros de trabajo son el terreno central para la aglutinación y demarcación de clase; no el único (cuestiones como el acceso a la vivienda y a productos y servicios básicos, el militarismo y la guerra, la exigencia de servicios públicos adecuados y de seguridad para la clase obrera, etc, no pueden dejar de abordarse en tanto que cuestiones bien reales que afectan cotidianamente a la clase trabajadora, pero siempre vinculándolos al plano de las condiciones de trabajo del proletariado, no desde una perspectiva popular o ciudadana interclasista/aclasista), pero sí el central. Y son, por tanto,  también el terreno central para alterar la relación de fuerzas burguesía-proletariado: sin órganos de clase en el terreno central de la producción, y sin los procesos asociados al desarrollo de esos órganos y a huelgas de clase, esa relación de fuerzas no puede alterarse, ni el proletariado puede autotransformarse a través de la lucha colectiva.

Sobre lo que tengo más dudas es de la validez universal para las condiciones actuales de un esquema rígido (esquema que el artículo no presenta, por otro lado: es más bien una reflexión de mi parte) que concibiera estrechamente esa centralidad como tener que “ir ganando centro por centro con órganos de clase, hasta alcanzar un punto crítico de extensión”. O dicho de otro modo: una unidireccionalidad que necesariamente empiece por el centro de trabajo, de ahí a otro, de ahí a otra empresa, de ahí a otro sector, y de ahí a la expansión territorial, etc. Sin negar que pudieran darse desarrollos en ese sentido, considero que las circunstancias actuales (marcadas por la temporalidad, la atomización, la subcontratación, la dispersión y aislamiento laboral y geográfico de militantes proletarios y contactos afines, etc) son más proclives a desarrollos multidireccionales: luchas en determinadas empresas, sectores y territorios pueden estimular la aparición de órganos y núcleos obreros a nivel de otras empresas, sectores y territorios; pueden darse órganos directamente intercentros, intersectores o de carácter geográfico, animados por militantes y núcleos obreros sin que necesariamente se hayan podido formar previamente órganos en sus centros de trabajo; militantes obreros y políticos pueden contribuir a formar diversas estructuras de contribución a las tareas proletarias sin disponer de una base empresarial concreta; etc. Es decir: una dinámica de interacción multidireccional entre diversas expresiones de lucha y de militancia a nivel de centros y territorio, en lugar de un esquema  unidireccional de desarrollos más o menos  independientes en centros de trabajo, que sólo ya una vez formados y asentados entrarían en contacto o coordinación. Todo ésto partiendo de la premisa de que la autonomización de clase, sus procesos y las tareas asociadas requieren de un terreno físico real y concreto, del desarrollo de una base militante y de redes de contactos a nivel de centros de trabajo y territorial: la lucha de clase y sus procesos no se dan en el aire (ni en el ciberespacio, por más que éste sea una herramienta de gran utilidad correctamente utilizada).

Otro potencial peligro -ya tocado brevemente arriba- de un mal abordaje de la cuestión de la centralidad de los centros de trabajo es que la correcta defensa de esa centralidad, y el correcto rechazo al interclasismo/aclasismo, lleve a un estrecho y artificial laboral-economicismo que no vea más allá de las cuatro paredes del centro de trabajo, abocando a la la falta de respuestas ante los problemas cotidianos que la sociedad burguesa plantea a la clase obrera dentro y fuera del puesto de trabajo: no se puede realmente criticar y tratar de resistir colectivamente a la explotación capitalista bajo el régimen salarial sin una cierta crítica y vinculación al conjunto de la sociedad burguesa y a la existencia proletaria en ella; las mismas condiciones y procesos que deben jalonar la autonomización proletaria, exigen e implican -con la contribución decisiva de las organizaciones comunistas- la politización sobre bases proletarias y científico-marxistas de amplios sectores obreros (lo que no tiene nada que ver con un politicismo exaltado de tipo revolucionarismo ahistórico/maximalismo extemporáneo, sin procesos, y sin táctica y tareas adecuadas al estado de la independencia de clase y la relación de fuerzas burguesía-proletariado: las tareas políticas y económicas proletarias no pueden consistir en limitarse a repetir constantemente que “ésto sólo se arregla con la revolución y el comunismo”, ni en llamamientos al aire a la formación de asambleas obreras o comités de huelga independientes, sin procesos, sin tener en cuenta las condiciones para ello sobre el terreno, sin desarrollos ni aprendizajes, sin núcleos obreros y militantes impulsores).  

El documento en su parte final expone que:

«A grandes rasgos, la situación hoy es la siguiente: Una enorme losa pesa sobre el proletariado, impidiendo que el progresivo deterioro de sus condiciones de existencia desemboque en una lucha independiente en defensa de sus intereses. Esta losa es ante todo de carácter político (en el más amplio sentido de la palabra: cultural, ideológico, institucional, etc.) y adquiere mil formas: el peso de la tradición de décadas de paz social y colaboración de clases (y su reverso, la ausencia de una tradición de lucha viva); la influencia de la ideología y la cultura capitalista dominante, individualista y egocéntrica, y de la mentalidad pequeño burguesa que conlleva; la ley y el derecho burgués; la presencia de los partidos políticos de izquierda; la vigilancia y el colaboracionismo sindical, y un largo etcétera. Todo este peso, esta losa política con la que la burguesía pretende mantener al proletariado hundido, sólo puede ser contrarrestado por el empuje de otra fuerza de carácter político (en este caso proletario) de la misma magnitud y sentido contrario, ayudado también por las circunstancias y condiciones materiales. Cuando digo que se necesita una «fuerza de carácter político», no me refiero a una gran organización política, ni a la publicación de manifiestos grandilocuentes, sino a la presencia sobre el terreno, en los centros de trabajo, de los militantes proletarios, que son los únicos capaces hoy de ejercer de contrapeso frente a todos los factores que contribuyen a mantener al proletariado inmovilizado, y de ayudarle a recuperar lo que una vez fue el ABC de la conducción de la lucha económica, las líneas maestras de la lucha de clases».

Siendo correcto el marco que describe el fragmento, el texto no termina de señalar explícitamente  (aunque quizá sí se pudiera desprender implícitamente de la orientación del conjunto del artículo)  que toda esa losa encuentra en última instancia su base material y de reproducción en el ser social proletario concreto y cotidiano; en la inexistencia actual (si no total, sí generalizada y tendencia dominante) de prácticas colectivas, estructuras organizativas y posiciones obreras independientes ante la realidad cotidiana, sin las cuales no hay materialmente clase autónoma ni tendencia a su desarrollo. Cualquier perspectiva de superación de los elementos de esa losa debe estar estrechamente imbricada a procesos materiales de autonomización de clase. Es decir: la base sobre la que se asienta la losa no es simplemente ideológica, cultural o metodológica (“tomar conciencia” de implementar los buenos métodos de lucha y organización, en lugar de los malos; superar mentalmente el individualismo y el cada uno a la suya por la solidaridad y la visión colectiva, etc), sino que es en el ser social concreto, en la existencia obrera concreta y cotidiana atomizada y diluida en las rspc, dónde esos elementos encuentran su terreno fértil de asentamiento y reproducción; siendo esos elementos a su vez factor activo en la reproducción de esa situación, a la vez efecto y causa reproductora en un círculo vicioso de retroalimentación. El desarrollo y reaparición histórica de la identidad, conciencia, métodos, organización y posiciones de clase sólo puede darse en imbricación bidireccional al desarrollo del ser social de clase, no son planos separados (“la clase/nuestra clase” por un lado, como algo materialmente ya dado y estático, dispuesta a actuar colectivamente, organizarse y a adoptar los buenos métodos y las buenas ideas si alguien se los explica bien, y el ser social concreto y cotidiano bajo las rspc, por el otro). 

El segundo artículo de Ángel Rojo viene a complementar al primero, en tanto que contribución sobre el proceso histórico de disolución del proletariado independiente (esto es: de sus estructuras colectivas, sin las cuales no hay materialmente clase autónoma) bajo el peso de la tendencia general al capitalismo de Estado en sus diversas formas y particularidades. El artículo dice en su parte final: 

«La herencia del periodo de entreguerras, pues, sigue vigente. Los grandes sindicatos de hoy en día, integrados en las estructuras de negociación colectiva, participantes en mesas tripartitas con gobiernos y patronales, gestores de fondos de formación y seguros sociales, son los herederos directos de aquel proceso. Su función objetiva dentro de la estructura social se definió en aquellos años cruciales: canalizar el descontento, contener las efervescencias de clase y garantizar que las relaciones laborales y las reacciones obreras se desarrollen dentro de los límites que el sistema puede tolerar».

Siendo correcta esta descripción de la función objetiva de los sindicatos de Estado, y de manera más general de los marcos laborales y sindicales establecidos por la burguesía, yo añadiría (entroncando con el comentario más arriba sobre el artículo anterior) algo más: que su función no es sólo canalizar y contener las reacciones obreras, sino también -de manera más profunda y político-histórica, si se quiere- el obstaculizar los potenciales procesos de autonomización de clase, aunque sean éstos incipientes y confusos, concretizados en prácticas, estructuras y posiciones en ese sentido. Este matiz me parece importante por dos razones interrelacionadas: la primera, para no caer -de nuevo- en la concepción errónea de que “la clase” ya existe en lo fundamental como fuerza colectiva independientemente de la acción y existencia concreta de los obreros; y la segunda, como brújula necesaria para valorar  correctamente los contenidos y tendencias dominantes en movimientos y huelgas, corriéndose el riesgo si no es el caso de considerar erróneamente cualquier huelga (o incluso  casi cualquier movimiento de protesta) como “lucha de clase”, que simplemente desprendiéndose de un determinado control sindical o político ya encontraría vía libre para su correcto desarrollo, y acabar jugando el papel de seguidista-radical de no importa qué huelga o protesta, bajo no importa qué contenidos e impulsos, lo que en definitiva abre la puerta tanto al interclasismo/aclasismo y al idealismo, como a la supeditación de las tareas económicas y políticas proletarias a los métodos, terrenos y reivindicaciones de huelgas y movilizaciones bajo liderazgo de la pequeña burguesía asalariada y de la aristocracia laboral, natural clientela reproductora y líder de los métodos y concepciones de los sindicatos de Estado y corporativistas. En definitiva: los marcos burgueses de relaciones laborales y sindicales (y los  métodos, concepciones e ideologías asociados a éstos) no son únicamente un obstáculo para la lucha y organización de clase, sino que haciendo eso lo son directamente para la expresión material de clase (estrechamente imbricada a determinados tipos de organización, métodos y cosmovisiones).

Y el matiz -insisto- me parece también importante porque es una visión bastante extendida la de abordar la realidad actual y sus tareas como si el proletariado ya fuera en lo fundamental una clase autónoma, sólo que tendría que «adquirir conciencia» de ello: «hay que luchar como clase obrera, con métodos de clase», «hay que situarse en un terreno de clase», «hay que mostrar solidaridad de clase», «hay que luchar clase contra clase», «no hay que caer en las trampas de la clase enemiga y sus aparatos», «la clase obrera no debe aceptar ningún sacrificio», «lucha por tu clase, no por tu país», etc. Una visión que se dirige a un proletariado que supuestamente ya sería materialmente una clase autónoma, y que estaría más o menos en búsqueda activa de los métodos más adecuados de lucha. En mi opinión, esa visión no se corresponde con la realidad, y sin superarla no se puede hacer un análisis correcto del contexto histórico actual y de sus tendencias dominantes, y de las tareas económicas y políticas asociadas. Dicho ésto, siempre hay que tener cuenta que la realidad no es ni en blanco y negro ni estática: mientras exista la sociedad burguesa y exista el antagonismo de intereses burguesía-proletariado, existe en mayor o menor medida la posibilidad de ciertas expresiones obreras independientes (de la misma forma que siempre va a exisitir, incluso en los más terribles periodos de contrarrevolución, alguna expresión de minorías obreras y políticas con orientación de clase), pero la tendencia dominante en el periodo presente considero que es de no-expresión del proletariado como fuerza autónoma. 

El artículo termina afirmando que:

«La corporativización del sindicalismo fue la respuesta estructural del capitalismo en crisis a la amenaza que representaba un proletariado organizado e independiente. Una amenaza que debe reaparecer en la escena histórica para echar abajo un régimen caduco que arrastra a toda la humanidad a cataclismos aún peores que los del siglo XX». 

Siendo cierto ésto, sería un error considerar (lo que no dice el artículo, sino que lo digo yo a modo de reflexión) que esa imprescindible reaparición en la escena histórica siga cauces exactamente iguales a las expresiones proletarias del pasado: condiciones históricas distintas deben dar pie a procesos en mayor o menor grado distintos, aún manteniéndose como se mantienen las bases, antagonismos y contradicciones fundamentales de la sociedad burguesa ya abordadas hace 180, 100, 80 o 60 años, y la perenne necesidad de organización y expresión obrera independiente frente a ésta.  

El tercer artículo anónimo aborda también lúcidamente diversas cuestiones de interés:

El texto contribuye a la crítica de la confusa visión del espontaneísmo en la lucha obrera: ésta no surge mágicamente de la nada, sin determinados procesos previos, y sin determinadas tareas asumidas tanto por obreros de base como por militantes proletarios y comunistas (o cualquier otra denominación política o sindical orientada a la lucha y autonomización de clase). 

Igualmente, el documento señala la relación bidireccional entre organización y lucha obrera («La organización es premisa y resultado de la lucha de los trabajadores»), contribuyendo así a la crítica a la engañosa y artificial dicotomía entre primacía unidireccional de la acción colectiva sobre la organización, por un lado, y primacía unidireccional de la organización sobre la acción colectiva, por el otro; entre concepciones espontaneístas-creacionistas, por un lado, y concepciones fetichistas organizacionistas independientemente del contexto, contenido y tareas de la organización en cuestión, por el otro. Se trata de planos inseparables, interrelacionados bidireccionalmente, retroalimentados, tanto en sentido positivo como negativo. 

El texto aborda también que el cómo se presentan (y, si es el caso, se obtienen, aunque sea temporalmente) las reivindicaciones obreras, por medio de qué procesos y métodos, determina en gran medida el carácter de clase de éstas: si son una contribución y una expresión de una tendencia a la lucha como clase, si se orientan hacia la autonomización de clase, más allá de si obtienen una victoria momentánea o no, o si por el contrario tienden a reproducir al proletariado como clase a disposición del capital, diluido y atomizado en la sociedad burguesa y sus mecanismos. Obviamente con terrenos grisáceos dinámicos que pudiera haber entre ambas tendencias. 

El documento también critica correctamente las orientaciones de tipo revolucionarismo ahistórico y maximalismo extemporáneo: 

«Pero la lucha de clase no es la revolución, objetarán algunos comunistas «maximalistas».

No, la lucha de clase es la premisa de la revolución comunista, el suelo donde se puede desarrollar. La lucha de clase son los cimientos de la gigantesca obra de demolición que es la revolución comunista. Las luchas económicas por pequeños objetivos inmediatos son, si queremos seguir con la metáfora, una primera excavación en el suelo de la sociedad capitalista. Que en esa excavación arraiguen los cimientos revolucionarios no es algo seguro que se desprenda de cada pequeña lucha: lo que es cierto es que sin excavación no hay cimientos.

El paso de las pequeñas luchas económicas a las grandes huelgas de masas, que son políticas por definición, no es un paso mecánico ni se produce siempre. Lo que es seguro es que sin pequeñas luchas económicas no habrá huelga de masas y sin huelga de masas no habrá revolución.

Del mismo modo que no se pasa de la más aplastante paz social a la insurrección armada de un día para otro, no se llega a la revolución comunista sin miles de pequeñas luchas económicas «mezquinas» y «egoístas» que «no ponen en cuestión el trabajo asalariado».

El valor de las luchas económicas es de servir de escuela de la revolución, no obtener una subida de 50€, aunque esos 50 euros sean la diferencia entre calentarse o no en invierno y sean el motor que pone en marcha la propia lucha. Sin ese enfrentamiento primero, por un puñado de euros, unos minutos para el bocadillo o dos días más libres, asuntos «mezquinos» si se quiere, menudencias muy alejadas del objetivo último de la abolición del trabajo asalariado, la puerta a enfrentamientos más amplios, por objetivos más ambiciosos, por el programa histórico de la clase explotada, está definitivamente cerrada».

Con ésto, el texto contribuye también a plantear la crítica de otra artificial, ahistórica, falsa dicotomía, frecuente en abordajes de revolucionarismo ahistórico y de maximalismo extemporáneo asociados a orientaciones de anticapitalismo radical-pequeñoburgués: “revolución o nada”; o lucha poco menos que insurreccional o directamente revolucionaria,  o supuestas “ilusiones reformistas”, “venta de ilusiones de posibilidad de mejoras a través de la lucha obrera”, o “mera negociación por el precio de la fuerza de trabajo, no lucha por la abolición del régimen salarial” (¡una minucia sin importancia para las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera, y para las condiciones para su autonomización, la lucha alrededor del precio de su fuerza de trabajo y sus implicaciones..!). Para sustentar ésto, estas orientaciones suelen basarse en una especie de neo ley de hierro de los salarios,  aduciendo que supuestamente “el capitalismo ya no da para más” (algunas de estas orientaciones llevan largas décadas anunciando que “el capitalismo ya no da para más” y que “sólo una lucha directamente a muerte contra él está a la orden del día”) y que por tanto -se diga explícita o implícitamente- la lucha obrera no-revolucionaria carece de sentido y de margen sistémico, cuando no directamente es negativa, desgastadora y desviadora de las supuestas cuestiones importantes: sólo la lucha directamente revolucionaria estaría  a la orden del día en “un capitalismo que no da para más”, y las tareas comunistas consistirían en buena medida en “concienciar” de ésto -¿a quién y cómo exactamente?, ¿a qué clases y sobre qué terrenos y contextos?, ¿por medio de qué proceso de forja de las organizaciones y militantes comunistas?: por la puerta o por la ventana, reclamándose de unas cosas u otras, el anticapitalismo radical-pequeñoburgués está abocado y estrechamente ligado al interclasismo/aclasismo y al idealismo-.  Es evidente lo que implican en la práctica estas orientaciones detrás de su fachada grandilocuente y su apariencia radical: negar el papel imprescindible de la lucha obrera en defensa de sus condiciones de trabajo y vida como terreno central para la autonomización de clase, sin lo cual no hay posibilidad histórica para otras metas, y negar las tareas proletarias y comunistas asociadas a ésta. No es difícil entender que una cosa es afirmar ésto, y otra muy distinta es ignorar u ocultar que los métodos y alteraciones en el seno del proletariado necesarios para la lucha y organización de clase y para modificar la relación de fuerzas capital-trabajo implican en mayor o menor medida un enfrentamiento con la burguesía y su Estado (el grado de enfrentamiento dependerá del contexto histórico, y del margen de maniobra de cada capital nacional), una alteración disruptiva de la “normalidad” de la sociedad capitalista y del papel del proletariado en ella, que prefiguran y empujan -no mecánicamente, no sin procesos, no sin tareas proletarias económicas y políticas, no sin saltos abruptos y retrocesos bajo el peso de las condiciones históricas, no de manera lineal-ascedente ni orgánica sin disrupciones- a enfrentamientos y metas a niveles superiores. El proletariado sólo es clase independiente por medio de los fenómenos y alteraciones ligados a la lucha colectiva contra su supeditación a las exigencias de la patronal y su Estado, contra su disolución en las rspc, y es su estado de automización lo que determina en última instancia lo que da de sí históricamente el capitalismo (que no es una Matrix autónoma a analizar abstractamente,  como si fuera un ente flotando en el aire, sino una relación social y entre clases, una organización social humana). 

Igualmente, el texto también contribuye a la crítica a otra engañosa dicotomía entre dos vías erróneas: entre aspirar a decretar de manera voluntarista la lucha de clase, por un lado, y la de renunciar a tareas económicas proletarias por parte de los militantes obreros y políticos más decididos y avanzados, por el otro; la confusa dicotomía entre voluntarismo economicista y observacionismo politicista:

«En estas condiciones ¿Qué pueden hacer los revolucionarios?

Sabemos, y es un hecho cierto, que la lucha de clases no puede ser decretada a voluntad. Y sin embargo algo podemos y debemos hacer, algo mejor y más allá que encerrarnos en nuestros cenáculos a pergeñar la teoría perfecta, el programa impecable para cuando la ocasión sea propicia.

[…] He aquí la tarea, que no es pequeña: desarrollar la conciencia de clase, ayudar en la comprensión de que el único medio para mejorar su situación es la lucha contra la clase de los capitalistas; señalar las necesidades más apremiantes, por cuya satisfacción debe lucharse; analizar las causas que agravan la situación; explicar las leyes y reglamentos; señalar las reivindicaciones de los obreros y hacerlas públicas; elegir la mejor forma de lucha; contribuir a la organización de los obreros; señalar el verdadero objetivo de la lucha.

El texto de Lenin viene de un tiempo en que los sindicatos, todos, eran aún organizaciones obreras y no habían sido absorbidos por el Estado. La presencia asfixiante de los sindicatos patronales de hoy en los centros de trabajo, las prácticas sindicales de colaboración de clases, de supeditación de los intereses de los trabajadores a los del capital, añade nuevas tareas:

Denuncia y crítica despiadada de las reivindicaciones sindicales antiobreras; denuncia de las prácticas sindicales de desgaste –huelgas de días alternos, por turnos, de un día…– y aislamiento. Apuntar las reivindicaciones correctas, de defensa intransigente de los intereses obreros, en cada situación concreta. Señalar las formas de lucha eficaces y clasistas, en contraposición al pasteleo sindical.

Los revolucionarios no podemos renunciar de ninguna manera a estas tareas que no sustituyen, sino que se suman a otras muchas. La lucha de clases es algo demasiado importante para dejársela a los sindicalistas profesionales a sueldo del capital mientras los revolucionarios se dedican a cosas «serias».

Décadas de sindicalismo amarillo «representativo», huelgas aisladas entre los muros de las empresas, «diálogo social» y componendas con la patronal nos han llevado a la calamitosa situación de precariedad y miseria actual.

Es tiempo de que los trabajadores, también los trabajadores comunistas, tomemos la lucha de clases en nuestras manos de nuevo».

La puntualización que haría respecto a la función de los sindicatos de Estado y los marcos burgueses de relaciones laborales y sindicales es la misma que a los artículos de Ángel Rojo: la función de éstos no es sólo la de «domesticar», canalizar y desgastar al proletariado, y de someterlo así a los intereses del capital y su Estado («colaboración de clases» dicen los tres textos; yo hablaría más bien de disolución y atomización del proletariado dentro de la sociedad burguesa, de la consecuente individualización de su existencia mediatizada por las rspc y el Estado burgués y sus mecanismos, y la resultante obstaculización para la acción colectiva y para potenciales tendencias a la independencia de clase, aunque ambas expresiones se refieren en la práctica al mismo fenómeno)  sino también y sobre todo -en imbricación con estas funciones- la de obstáculo a las potenciales tendencias de autonomización. 

El documento presenta entre los principales obstáculos para la lucha obrera independiente «La ilusión reformista y pacifista, según la cual es posible conseguir mejoras duraderas que paulatinamente erosionen la división en clases de la sociedad, y que además es posible hacerlo estrictamente dentro de los límites legales y formales que el propio sistema establece, es uno más de los venenos ideológicos con que se intoxica el cerebro de los trabajadores para evitar su movimiento de lucha. No en vano, de nuevo en palabras del viejo Manifiesto, las ideas dominantes de una época fueron siempre tan sólo las ideas de la clase dominante». 

No comparto esta valoración. No considero ni que el peso de las ilusiones reformistas, legalistas, pacifistas o democratistas sea tan acusado en el seno del proletariado (lo que prima en el proletariado actualmente es la atomización y competencia física y sistémica, la desmovilización colectiva, y la resultante despolitización -de tipo proletaria, se entiende: la ausencia de vinculación entre los problemas individuales y cotidianos obreros con el carácter colectivo y sistémico de éstos-, no esas ilusiones), ni que por tanto eso sea un factor decisivo y uno de los obstáculos principales para el desarrollo de la organización y lucha obrera independiente. De nuevo: considero que el principal obstáculo no es de tipo ideológico ni de ilusiones, sino de ausencia de ser social de clase (concretizado en la ausencia de prácticas colectivas, estructuras organizativas y posiciones de clase); de esa ausencia material se derivan en última instancia y encuentran terreno fértil las confusiones, ilusiones y funestas influencias materiales y mentales burguesas, pequeñoburguesas y lumpen. Las ideas son un factor muy importante, una fuerza material activa en el cerebro de los hombres (y por tanto también un factor político-histórico activo; pero activo no significa independiente, con vida y desarrollo autónomo) y no un mero reflejo pasivo, pero para entender la presencia (o ausencia) de ellas, su aparición y desarrollo, su mayor o menor éxito o efecto, hay que situarlas en su contexto histórico y en el ser social concreto de los hombres que interactúan con ellas. 

Por otro lado, algo más abajo el artículo acierta al decir que:

«Todo el entramado ideológico [entramado que, correctamente expone el documento, es una fuerza material, con implicaciones bien materiales y tangibles en la cotidianeidad obrera] construido en exclusiva para sostener la explotación asalariada no puede ser destruido solo con propaganda y palabras: es necesario el movimiento práctico, la lucha de clases real, para hacerlo».

***

Yendo a un terreno más concreto: ¿qué desarrollos y organizaciones a nivel español e internacional se sitúan en la actualidad según El salariado en esa contribución a la reaparición de un movimiento obrero independiente (además, se entiende, de la propia web El salariado)?  

[…]

En ese sentido, la ausencia -obviamente no total, pero sí bastante generalizada- de publicaciones claramente orientadas a tareas económicas proletarias me parece una situación que debe abordarse:  considero necesaria la aparición de publicaciones (sin menoscabo y en convergencia con los desarrollos que ya pudieran existir en ese sentido: véase por ejemplo la aparición los últimos años del boletín La Huelga, y seguramente existan otros desarrollos más) que claramente estén orientadas a la contribución al desarrollo de un movimiento obrero independiente, orientadas a aquellos sectores proletarios más avanzados e interesados al respecto (no orientadas, en principio, de manera genérica a “la clase obrera en general”: lo que pretende llegar a “todo el mundo”, a “toda la clase”, de manera indeterminada y sin importar el contexto, suele al final no estar orientado realmente a nadie ni a ninguna tarea en concreto; otros tipos de publicaciones u hojas, según contextos, sí pueden y deben obviamente tener un carácter más general), sin aspiraciones a artificiales monolitismos, sin sectarismos, asumiendo la discusión y las críticas bajo los intereses generales y tareas de contribución a la autonomización de clase, y desmarcadas de los habituales medios, referentes y métodos del anticapitalismo pequeñoburgués y de la izquierda extraparlamentaria bajo reclamación “de clase”. Así, por ejemplo, existen cuentas de twitter como la de El salariado o algunas otras donde se expresan con frecuencia lúcidas reflexiones sobre temas de gran importancia  (desde los terrenos, métodos y contenidos de las huelgas obreras en demarcarción a  huelgas y protestas de otras clases y de otros contenidos, a cuestiones como la inmigración, la vivienda, la política burguesa y pequeñoburguesa, la relación entre beneficios empresariales y condiciones de trabajo y vida obreras, el militarismo y la guerra, etc) que considero que es una lástima que se encuentren desperdigadas en decenas o cientos de tweets -o en decenas o cientos de conversaciones privadas o informales-, o aquí y allá en webs o medios heteróclitos en su orientación de clase, en lugar de tender a concentrarse en publicaciones que asuman consciente y explícitamente la tarea de ser un órgano de contribución práctica y teórica al desarrollo de un movimiento obrero independiente (insisto: sin menoscabo de otros desarrollos y publicaciones en esa línea ya existentes, y con espíritu de convergencia en las tareas proletarias; sin pretensiones adanistas ni de reinvención de la rueda, sin absurdas competencias, ni orientaciones clánicas ni sectarias). 

De manera general, se necesitan en mi opinión publicaciones que concreticen en la medida de lo posible necesidades, tareas y posicionamientos ante los fenómenos concretos de la sociedad burguesa desde una orientación de autonomización de clase (que sean órganos de aglutinación, contacto, información, organización, brújula, discusión y demarcación al servicio de las tareas que asumen; que no sean ni un fin en sí mismo ni un volcado unidireccional de artículos o crónicas, sino un órgano activo y en interacción con sus lectores para la contribución a la autonomización de clase), y no tanto llamamientos genéricos a la “lucha obrera intransigente” o a la “unidad y solidaridad proletaria internacional”, ni rápidas crónicas y recuentos cuantitativos de huelgas o protestas aquí o allá como muestras autocomplacientes de “vean: la clase está en lucha/vean: la clase es indomable” (se trata de intentar comprender las tendencias dominantes y las tareas asociadas a éstas, no de presentar listados cuantitativos de huelgas, ni imágenes espectaculares de protestas  o disturbios varios).

Un saludo.

Junio de 2026.

Draba.

***

(1)  Mis posiciones generales alrededor de las tareas económicas proletarias son: 

  • Que sin prácticas colectivas, estructuras organizativas y posicionamientos propios por parte del proletariado frente a la explotación capitalista y frente a la jungla de la sociedad burguesa y sus fenómenos no hay expresión material de clase independiente, y por tanto la clase obrera se encuentra diluida y atomizada a disposición de las exigencias del capital y su Estado. La consigna fundamental de clase es: o contrapeso y resistencia colectiva a las exigencias del capital y su Estado, o condena obrera al hundimiento en la degradación material y espiritual consustancial a su sometimiento a las rspc.  
  • Que la posición de clase, la posición de las tareas económicas y políticas proletarias, no consiste ni en una genérica «defensa de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera», ni en aplaudir acríticamente cualquier protesta o huelga donde haya en mayor o menor medida presencia sociológica proletaria, ni en zalameros obrerismos apologetas e idealizadores de la condición pro letaria a disposición del captial, sino en la contribución práctica y teórica a la autonomización de clase (esto es: la contribución práctica y teórica al desarrollo de determinadas prácticas colectivas, estructuras organizativas y posicionamientos ante la realidad). En un periodo dominado por la inexpresión obrera independiente, la conciencia de clase es la conciencia de la necesidad de autonomización de clase y de las tareas contribuidoras a ella.    
  • Que el terreno central para la aglutinación y demarcación de clase, para la autonomización de clase, es la lucha colectiva en defensa de las condiciones de trabajo y vida obreras frente a las exigencias del capital (grande o pequeño; foráneo o autóctono) y su Estado; y que es úncamente sobre ese terreno que podrá desarrollarse un movimiento proletario independiente en diferenciación a los intereses, terrenos, métodos, reivindicaciones y cosmovisiones del resto de clases de la sociedad capitalista: burguesía, pequeña burguesía y lumpen.
  • Que no hay clase sin demarcación práctica y teórica de clase: no hay clase sin demarcación física y mental, organizativa y de cosmovisión, respecto a la masa informe del pueblo o la ciudadanía disuelta y atomizada en las rspc, para regocijo y dominio de la burguesía; ni hay clase sin demarcación respecto a otras clases, sus intereses, terrenos, expresiones, métodos, reivindicaciones, cosmovisiones. Para poder dirigir a aquellos sectores populares y de otras clases con agravios y reivindicaciones convergentes con los intereses proletarios, la clase obrera tiene primero que desmarcarse de su disolución en el pueblo, tiene primero que tender a independizarse a través de la lucha. 
  • Que la expresión y organización de clase no va a surgir ahistóricamente, mágicamente de la noche a la mañana por creacionismo espontáneo dentro la «normalidad» de la sociedad capitalista y la disolución del proletariado en ella y sus dinámicas y engranajes, ni implicando «al conjunto o la gran mayoría de la clase obrera», sino que deberá estar jalonada por diversos procesos de lucha, organizativos y de convergencia, impulsados necesariamente por minorías militantes obreras y comunistas vinculadas (o cualquier otra corriente o denominación política o sindical orientada en la práctica concreta hacia la autonomización de clase).
  • Que solamente a través de esos procesos colectivos de autonomización de clase puede alterarse el ser social de sectores obreros, y puede tender a desarrollarse la identidad y la conciencia de clase en éstos; y que solamente a través de esos procesos puede la clase obrera (esto es: sectores importantes y decisivos de ella, no su conjunto ni su gran mayoría en términos aritméticos y/o estáticos) salir del cieno material y espiritual en el que le hunde la «normalidad» de la sociedad capitalista y su disolución en ella, autotransformarse a través de la acción y la experiencia colectiva, y estar así en disposición de aspirar a metas más altas, encontrando en las posiciones científicas comunistas tanto una explicación coherente y basada en evidencia a su propia existencia y lucha bajo las contradicciones y antagonismos del capitalismo, como una guía y perspectiva político-histórica que sirva de acicate y arma de combate en la lucha cotidiana contra la explotación capitalista y el conjunto de la sociedad burguesa.
  • Que sin vinculación y referencialidad hacia los desarrollos y terrenos de autonomización proletaria, «el más impecable de los programas» y «el mejor de los partidos»  (en el caso realmente imposible que tales cosas fueran factibles sin referencialidad y vinculación bidireccional a la autonomización de clase, y sin someterse sus cuadros militantes a procesos de forja, cribaje y decantación bajo el fuego de las tareas económicas y políticas proletarias) va a tender a la pequeñeburguesización política y social, por la puerta de delante o la de atrás: hablar de cosas como revolución proletaria o comunismo (o internacionalismo proletario) sin abordar y sin vincularlo de manera central a las condiciones, terrenos y tareas para la autonomización proletaria, es un brindis al sol inocuo abocado a encontrar de manera natural su terreno fértil, nicho, referente y extracción militante en las distintas expresiones y medios del anticapitalismo pequeñoburgués (medios contraculturales y guetificados varios, juvenil-estudiantiles, movimentistas y de activistas varios, académicos e intelectualoides, etc). Hablar de revolución proletaria, de comunismo o de lucha de clases, sin vincularlo indisociablemente a la expresión obrera independiente y sus terrenos, y a la asociada crítica proletaria -no genérica humanista, ni por encima de las clases y la  interacción entre ellas, como si el capitalismo fuera una suerte de Matrix y no una relación social- a la sociedad capitalista, equivale a desproletarizar y desclasar tales conceptos; equivale a popularizarlos, ciudadanizarlos, estudiantizarlos, activistizarlos, universalizarlos, humanistizarlos,  moralizarlos, academizarlos: pequeñoburguesizarlos.*

* Añadido en agosto de 2026 a raíz de los sucesos en Ceuta: Ésto, que todo anticapitalismo que no se sitúe en unos terrenos y tareas de autonomización proletaria está abocado a posicionarse ante la realidad concreta en una orientación y terreno pequeñoburgués, se confirma ante cada situación y acontecimiento. Un ejemplo reciente: la crisis migratoria-diplomático-humanitaria en la frontera entre España y Marruecos. La política pequeñoburguesa (incluyendo a su variante antcapitalista radical-pequeñoburguesa, que puede reclamarse externamente de muchas cosas: de la revolución, del comunismo, del marxismo, del proletariado, etc) en realidad no ve en la miseria más que la miseria: ante ésta, no va más allá de aspavientos de denuncia social impotente y desenfocada; que en su versión anticapitalista se complementan con brindis al sol sobre “la necesidad de la revolución” y demás lenguaje grandilocuente. La política pequeñoburguesa, impotente y confusa, no proyecta realmente ante los agravios de la sociedad capitalista una fuerza material –y sus terrenos y tareas- de contrapeso y confrontación a ésta, sino sólo aspavientos e indignación. Parafraseando a Trotsky en El pacifismo como servidor del capitalismo: nunca ha habido aparentemente tantas voces formalmente contra la explotación capitalista, la miseria obrera y popular, y la barbarie bélica y militarista, y nunca se han mostrado éstas más enseñoreadas y sin oposición real. Y esa oposición y confrontación sólo puede venir de las tareas y terrenos proletarios.

Hemos visto las últimas semanas todo tipo de artículos y posicionamientos llevándose las manos a la cabeza por la situación en Ceuta, y por el uso que unos y otros hacen del sufrimiento de la población migrante; desplegando un periodismo de sucesos y catástrofes haciendo hincapié en el número de muertos y demás datos sensacionalistas; haciendo inocuos y extemporáneos llamamientos a “tomar conciencia de la necesidad de destruir el capitalismo”; haciendo piadosos y ridículos llamamientos a “abolir las fronteras y los Estados”, etc. La política pequeñoburguesa en su versiones de izquierdas (que comparte realmente fuerza motriz y base social y político-histórica con sus versiones derechistas, dándose tanto convergencias como polarizaciones entre ambas), no deja de ser fundamentalmente otra cosa que un humanismo-universalismo más o menos exaltado, de ahí que cuando algunas de sus expresiones hablan de “clase” o de “internacionalismo proletario” tales conceptos carezcan realmente de contenido, implicaciones, terrenos y tareas.

Para la orientación y cosmovisión de política pequeñoburguesa la sociedad capitalista está básicamente dividida en dos clases: las élites y el pueblo, en sus distintas denominaciones intercambiables. Lo que, desde la interpretación y uso del socialismo científico por una parte de algunas de sus expresiones, se correspondería a “burguesía y proletariado”; de la misma forma que todo tipo de conflictos de intereses, agravios o antagonismos presentes en la sociedad burguesa serían expresión y campo de la “lucha de clases”, o que todo tipo de situaciones y sucesos requerirían “solidaridad de clase” (“solidaridad de clase con los inmigrantes”, “solidaridad de clase con Palestina”, “solidaridad de clase con manifestantes o militantes represaliados”, “solidaridad de clase con tal o cual huelga” no importa su contenido y orientación, etc). De ahí la tendencia natural (abierta o velada; explícita o bajo un ligero barniz lingüístico marxoide o “de clase”) de la política pequeñoburguesa a abordar la realidad y sus fenómenos desde el aclasismo/interclasismo y las categorías sociológicas populares por encima realmente de las clases y sus condiciones y necesidades: los jóvenes, los inmigrantes, los estudiantes, los jubilados, las mujeres, los huelguistas, los manifestantes, los militantes y activistas, etc. Aclasismo/interclasismo, idealismo, humanismo-universalismo (lo que de ninguna manera excluye el desarrollo y uso de identitarismos y nacionalismos varios), tendencia al pensamiento irracional sin evidencia factual, combinación oscilatoria entre subordinación/admiración y odio hacia las élites,  impotencia y confusión (que tratan de compensarse con grandilocuencia verbal, gestos vacíos y simplismo analítico) para comprender y abordar la realidad: éstos son algunos de los contenidos de la política pequeñoburguesa en general, y de su expresión a la izquierda más en particular.

Para la política pequeñoburguesa en su variante de izquierdas el inmigrante es fundamentalmente dos cosas interrelacionadas: una categoría sociológica por encima de las clases y una víctima/mártir sufriente. Una categoría sociológica cuando en realidad la migración no es sólo proletaria, sino que, como cualquier fenómeno, está recorrida, por el resto de clases de la sociedad capitalista y sus correspondientes condiciones: hay migración burguesa (véase, por ejemplo una parte de la inmigración venezolana, rusa, ucraniana o china en España y otros países europeos); migración pequeñoburguesa (profesionales y especialistas varios, pequeños empresarios, etc: véase por ejemplo como una parte de la ola migratoria siria a Europa de hace una década tenía una extracción social y familiar pequeñoburguesa: sectores funcionariales, profesionales o comerciantes en su país de origen, aunque abocados en la gran mayoría de casos a una proletarización acelerada en Europa, y las tensiones de todo tipo  asociadas); migración lumpen, impulsada directa o indirectamente por algunos Estados –como el marroquí, o el cubano en su día-, y que es vista con hostilidad en primer lugar por el proletariado migrante de esos mismos países de origen (ya sea proletariado marroquí, argelino, rumano, búlgaro, albanés, etc), que con toda razón no quieren ser identificados con “sus compatriotas” del lumpen, y las campañas de criminalización de los inmigrantes que hacen precisamente uso interesado de las actividades emprendedoras de esos sectores (habitualmente con la necesaria colaboración, por acción u omisión, de distintos actores y sectores estatales). Y el inmigrante como víctima y mártir: un elemento pasivo sufriente, cuya condición le sirve a la política pequeñoburguesa inmigracionista para hacer gala de su superioridad condescendiente y de su humanitarismo (cuidado: en  la medida que no compita en puestos laborales ni en sectores económicos o subvenciones a los que aspire la pequeña burguesía, o deje de ser funcional a la burguesía, ahí el inmigracionismo se vuelve rápidamente y/o se combina con el anti-inmigracionismo y con la conversión del inmigrante en conveniente chivo expiatorio de todos los males, como dos caras complementarias y retroalimentadas de la misma moneda de la sociedad capitalista), y en sus expresiones más exaltadas, para confusa e impotentemente “condenar al capitalismo”, etc.

En éste, como en el resto de aspectos de la realidad, la orientación proletaria y sus tareas requiere –para precisamente ser fácticamente tal cosa- desmarcarse consciente y cualitativamente (y no meramente superficial y cuantitavemente) de las distintas expresiones y orientaciones pequeñoburguesas; necesidad más perentoria si cabe en la medida que no existe hoy día un movimiento obrero independiente cuya expresión práctica –y teórica asociada- fuera ya fáctica y materialmente una demarcación de clase. La orientación y tareas proletarias requieren, entre otras cosas: en primer lugar, abordar los disntintos fenómenos de la sociedad burguesa según las condiciones, terrenos y necesidades de clase, y  no de forma genérica ni popular (ni tratar de darle un acuoso barniz “de clase” o de “orientación de clase” a cualquier cosa, movimiento o situación); en segundo lugar, no centrarse en la denuncia periodística e indignada de los males del capitalismo, sino realmente proyectar a partir de éstos las bases materiales y mentales para las tareas de autonomización proletaria, sobre terrenos de aglutinación y demarcación de clase. ¿Dónde están –entre tanto lagrimeo e indignación, de unos y otros, desde posiciones e intereses burgueses y pequeñoburgueses- los llamamientos y contribuciones a la organización de la clase obrera en Marruecos en defensa de sus condiciones de trabajo y vida frente a las exigencias de la burguesía y su Estado? ¿Dónde está lo mismo aplicado a la clase obrera en España y en Europa? Esa, y no otra, es la verdadera posición proletaria: contribución práctica y teórica a la organización, solidaridad y unidad obreras frente a la burguesía, por encima de origen, condición o status legal. Elementos éstos que sólo pueden desarrollarse a través de duros procesos de lucha y tareas proletarias: no como piadosos e imprecisos llamamientos genéricos lanzados al aire, ni como un pretendido hecho ya dado del que “adquirir conciencia”, ni van a darse mágica y espontáneamente bajo el peso de la sociedad capitalista sin oponer una fuerza material a ésta.

Ni inmigracionismo ni anti-inmigracionismo; ni racismo ni antirracismo burgués y pequeñoburgués (estos últimos se complementan y preparan las bases materiales y mentales del primero); ni humanismo aclasista ni indiferentismo: organización, solidaridad y autonomización proletaria sobre intereses, terrenos, posiciones y tareas obreras.

Repetir constantemente como una letanía ritual y autosatisfactoria cosas como que “el capitalismo es un sistema condenado por la historia y que merece ser destruido” (y acompañarlo con periodismo de sucesos, catástrofes y crítica social) sirve de muy muy poco si no se tiene en realidad nada que decir ni hacer respecto a las condiciones y tareas del potencial brazo ejecutor que pueda concretizar esa condena; y para poder llegar eso, el brazo ejecutor debe primero pasar por un proceso a través del cual pueda ser capaz de defenderse, moverse y actuar colectivamente en defensa de sus intereses y necesidades frente a las exigencias que le impone el capitalismo y la burguesía.

Nunca se insistirá demasiado desde una orientación proletaria: plantear cualquier crítica a la sociedad burguesa, o hablar de cosas como revolución, comunismo o de combate contra el militarismo y la guerra, de manera realmente disociada de las condiciones y terrenos de la lucha y la autonomización proletaria en su confrontación con el capital, y de las diversas tareas exigidas a minorías militantes obreras y comunistas al respecto según las condiciones históricas y la relación de fuerzas, es situarse en un anticapitalismo de corte aclasista/interclasista, humanista-universalista, idealista-conciencista, ahistórico, moralista, utópico; en un anticapitalismo pequeñoburgués, se reclame éste de lo que se reclame. 

Por un puñado de dólares: el canto del cisne del imperialismo estadounidense

La contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación de sus resultados forma parte de la esencia misma del régimen capitalista y plantea, históricamente, sus límites y su condena. El capitalismo, a diferencia de los modos de producción anteriores, no puede producir de otra manera que no sea socialmente: ninguna mercancía moderna es ya obra de un solo productor aislado, sino el resultado de una división del trabajo mundial que entrelaza millones de trabajadores, multitud de empresas y países en un único proceso interdependiente. Sin embargo, el fruto de ese proceso colectivo termina siendo propiedad privada de un capital concreto, cuya única brújula es su ganancia particular, no la satisfacción planificada de las necesidades sociales que el desarrollo de la propia producción hace posible.

Esta contradicción se despliega y se desarrolla históricamente, a escala planetaria, bajo formas particulares. El capital, empujado por la competencia a buscar sin descanso mayores mercados, mano de obra más barata y nuevas fuentes de materias primas, tiende objetivamente a universalizar el proceso productivo, a tejer una malla cada vez más densa e interdependiente de cadenas de producción, flujos de capital e intercambio de mercancías que no reconoce fronteras. Pero ese impulso hacia la unificación económica del planeta choca, una y otra vez, con una realidad en la que el poder político permanece organizado en Estados nacionales separados, cada uno de los cuales protege los intereses de su propio capital nacional frente al resto, con sus fronteras, su moneda y sus fuerzas armadas. 

El imperialismo aparece, por tanto, no como una política más o menos agresiva de ciertos gobiernos, sino como una fase necesaria del propio desarrollo del capitalismo, en la que éste, sin posibilidad de expandirse indefinidamente sobre territorios vírgenes, se ve obligado a resolver mediante la fuerza el reparto del mercado mundial, que ya no basta para satisfacer a todos los capitales nacionales que compiten por él. Cuando la vía pacífica de la expansión comercial llega a su límite, los mismos instrumentos que en su momento sirvieron para integrar el mercado mundial –el crédito, la moneda, los aranceles, las alianzas– se convierten en armas de esa disputa, cuyo último desenlace es la guerra entre los propios Estados capitalistas. La guerra, por tanto, no es un mero accidente que interrumpa el curso normal de la acumulación, sino la forma extrema que tiene el capitalismo de resolver temporalmente las contradicciones inherentes a su propio sistema, destruyendo parte del capital y las fuerzas productivas acumuladas (entre ellas, la fuerza de trabajo).

Dentro de este marco, en el que la economía y la política chocan y se entrecruzan, el sistema monetario internacional no surge entonces como un mero mecanismo técnico para facilitar el comercio entre naciones, sino que es el terreno concreto, cambiante y en disputa permanente, en el que se expresa de manera más inmediata y tangible esa contradicción entre el carácter mundial de la economía y el carácter nacional de los Estados burgueses. La evolución histórica del sistema monetario internacional –desde el patrón oro clásico del siglo XIX, pasando por su restauración fallida en la época de entreguerras, el sistema de Bretton Woods posterior, hasta llegar al dinero puramente fiduciario surgido en 1971 y los más recientes acontecimientos contemporáneos– refleja los intentos de las distintas potencias dominantes de administrar, en su propio beneficio y bajo su propia dirección, la tensión entre la necesidad de un dinero mundial único que permita la circulación universal de las mercancías y la existencia de Estados nacionales rivales que se disputan el control de los mercados. Conocer cómo ha evolucionado ese sistema a lo largo del último siglo nos va a permitir situar en su contexto el desarrollo de los acontecimientos recientes, y comprenderlos mejor.

Antecedentes históricos

El patrón oro del siglo XIX y su primera crisis: la Primera Guerra Mundial

Durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta 1914, el mundo capitalista más desarrollado –con Gran Bretaña a la cabeza y Londres como centro financiero indiscutido– funcionó bajo un patrón oro clásico relativamente estable. Las principales monedas (la libra esterlina, el franco francés, el marco alemán y el dólar estadounidense) eran convertibles en oro a una paridad fija, y el comercio internacional se saldaba en última instancia mediante transferencias de metal entre los bancos centrales. Este sistema, hasta cierto punto resultado de la evolución «natural» del desarrollo histórico del comercio, no dejaba también de reflejar la posición predominante del imperialismo británico, que controlaba los principales flujos de capital, de materias primas y rutas comerciales del planeta, y que se beneficiaba, más que ningún otro país, de la estabilidad que el patrón oro proporcionaba a sus inversiones en el extranjero.

El sistema del «patrón oro» (gold standard) consistía en que el dinero de un país –sus billetes, sus monedas– era convertible en una cantidad determinada de oro a un precio fijo y garantizado por el Estado. Los billetes daban derecho, si el portador lo exigía, a canjearlos por oro en el banco emisor. Esa posibilidad de canje, aunque en la práctica muy poca gente la ejerciera, era la que disciplinaba todo el sistema: un banco central no podía imprimir billetes sin límite, porque tarde o temprano alguien acudiría a la ventanilla a pedir el oro correspondiente, y si no lo tenía, el sistema entero quebraba. El recurso a los expedientes monetarios por parte de los gobiernos y bancos centrales, pues, estaba seriamente limitado por el rígido mecanismo del patrón oro.

Desde el punto de vista de la economía marxista, el patrón oro únicamente refleja que toda mercancía tiene un valor de cambio, determinado por la cantidad de trabajo humano socialmente necesario para producirla, y el dinero –incluso en su forma más abstracta, un billete de papel– no es una excepción. El oro es una mercancía particular que por razones históricas y naturales (durabilidad, divisibilidad, escasez relativa, alto valor concentrado en poco volumen, relativa estabilidad de sus costes de producción) adquirió la función especial de medir el valor de todas las demás (equivalente general). Al decir que «una barra de pan cuesta una libra esterlina», en el fondo se estaba comparando la cantidad de trabajo social necesario para producir esa barra de pan con la cantidad de trabajo social necesario para producir una cierta cantidad de oro, expresada en una determinada moneda. El uso generalizado de los billetes bancarios como moneda, que se fue imponiendo durante la segunda mitad del siglo XIX –otorgando a los bancos centrales el monopolio de la emisión–, empezó a disimular esta relación. Y hoy en día, cuando hace más de cincuenta años que ninguna moneda es convertible en nada, medir en oro el valor de cambio de las mercancías parece que no tiene ningún sentido. Pero en el fondo siempre existe detrás una relación, cada vez más mediada, más oculta, pero real, entre el signo monetario y el trabajo social que ese signo pretende representar.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) hizo saltar por los aires este equilibrio construido por Gran Bretaña, reflejando su pérdida relativa de poder en el tablero mundial frente a las potencias emergentes (Alemania y EE.UU.). Prácticamente todos los países beligerantes suspendieron la convertibilidad de su moneda en oro. La excepción fue Estados Unidos, que entró tarde en la contienda y que, además de no sufrir destrucción alguna en su propio territorio, vio cómo sus reservas de oro aumentaban enormemente entre 1913 y 1918 gracias a las ventas de material bélico a los aliados europeos. Estos, que necesitaban financiar un esfuerzo bélico sin precedentes, recurrieron masivamente a la emisión de billetes y deuda pública. En algunos países la circulación de billetes se multiplicó por ocho o por diez respecto a los niveles previos a la guerra. El resultado fue una inflación considerable en las naciones beligerantes y, sobre todo, la ruptura definitiva de la vieja unidad entre el dinero interior (el que usa la gente corriente para las compras cotidianas) y el dinero internacional (el que usan los Estados para pagarse entre sí).

En la Alemania derrotada, este proceso llegó a su paroxismo: incapaz de recurrir a créditos externos, como Francia o Gran Bretaña, y aplastada además por las reparaciones impuestas en el Tratado de Versalles, la República de Weimar financió su reconstrucción imprimiendo dinero sin respaldo alguno. El resultado fue la hiperinflación de 1923, un colapso monetario sin precedentes que viene a demostrar que cuando el Estado capitalista necesita desesperadamente recursos que la economía real ya no puede proporcionarle, la emisión monetaria sin límite se convierte en la única vía de escape, y el coste recae siempre sobre los asalariados y los pequeños ahorradores (cuyos salarios y ahorros se expresan en moneda corriente), mientras la gran industria, propietaria de mercancías y de deuda (que la inflación ayuda a saldar), sale del proceso incluso fortalecida. La hiperinflación prácticamente liquidó la deuda interna de Alemania, no así las reparaciones de guerra, ligadas a otro tipo de bienes y divisas extranjeras. 

El período de entreguerras: la restauración fallida y la Gran Depresión

Tras el caos monetario de la inmediata posguerra, a lo largo de los años veinte las principales potencias intentaron restaurar cierta disciplina monetaria basada en el oro. Pero ya no se trató de una vuelta al patrón oro clásico, sino de un sistema más frágil, conocido como «patrón cambio-oro» (gold exchange standard): sólo Estados Unidos y, en menor medida, Gran Bretaña mantenían oro físico en circulación o de reserva plena; el resto de países mantenía sus reservas no en oro, sino en libras o dólares, que a su vez eran teóricamente convertibles en oro. En cierto sentido, se trataba de un anticipo de lo que sería después Bretton Woods: un sistema «piramidal» en el que la base última seguía siendo el metal, aunque la mayor parte de las transacciones internacionales se resolvían ya con papel.

Este sistema se derrumbó con la Gran Depresión que siguió al crac de Wall Street de 1929. La caída generalizada de los precios hizo intolerable el peso de las deudas contraídas en la época de «prosperidad» de los años veinte. El comercio mundial se redujo a menos de dos tercios de su volumen entre 1929 y 1934, y su valor en oro cayó a apenas un tercio del nivel de aquel año. Quienes se endeudaron cuando los precios eran altos se veían obligados a devolver el préstamo, con los precios ya hundidos, entregando una cantidad que representaba un poder de compra mucho mayor que el recibido originalmente. Ante esta situación, los países fueron abandonando uno tras otro la convertibilidad en oro: Gran Bretaña en 1931, arrastrando tras de sí a buena parte de su imperio y a los países escandinavos; Estados Unidos en 1933-34, cuando el gobierno de Roosevelt devaluó el dólar de 20.67 a 35 dólares la onza de oro –una devaluación de en torno al 40 %– como parte del New Deal; Francia, Bélgica, Suiza y los demás países del llamado «Bloque del Oro», que resistieron más tiempo, se vieron finalmente forzados a devaluar también (Francia en 1936).

Cada devaluación era, básicamente, un intento de trasladar a otros países el peso de la propia crisis: al abaratar la moneda propia, la burguesía de un determinado país conseguía vender sus mercancías más baratas en el mercado mundial (ganando una «prima» a la exportación) a costa de sus rivales, que veían cómo sus propias exportaciones perdían competitividad y, tarde o temprano,  se veían obligados a devaluar ellos también para no quedar rezagados. Lógicamente, el precio de la fuerza de trabajo nacional se devaluaba en la misma proporción que el resto de mercancías. 

A esto se sumó una oleada de proteccionismo arancelario –la ley Smoot-Hawley de 1930 en Estados Unidos es un ejemplo paradigmático– que fragmentó el comercio mundial en bloques cada vez más cerrados: el bloque de la libra esterlina (acuerdos de Ottawa, en 1932), que hacia mediados de los años treinta agrupaba ya a medio centenar de países que ataban su moneda a la de Londres; el bloque del dólar; el bloque del oro; y más tarde la esfera de coprosperidad que Japón y Alemania intentarían construir por la fuerza. La disputa monetaria de los años treinta –devaluaciones competitivas, control de cambios, aranceles, cupos de importación– fue la forma concreta que adoptó la rivalidad entre los distintos imperialismos por repartirse un mercado mundial que ya no crecía lo suficiente para satisfacer a todos. Y como es sabido, desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

Bretton Woods (1944): segundo intento de disciplina, bajo mando norteamericano

En julio de 1944, cuando la guerra aún estaba en curso pero su desenlace era ya previsible, representantes de 44 países aliados se reunieron en Bretton Woods (New Hampshire, EE.UU.) para diseñar el sistema monetario que se implantaría en la posguerra. La delegación norteamericana impuso una solución que consagraba la posición de fuerza que Estados Unidos había alcanzado tras la guerra: en 1944 ese país poseía cerca de dos tercios de las reservas mundiales de oro y había arrebatado definitivamente la supremacía industrial a Inglaterra.

El sistema resultante, conocido como Bretton Woods, funcionaba así: el dólar estadounidense quedaba anclado al oro a razón de 35 dólares por onza (31 gramos aproximadamente), y el único banco central del mundo que garantizaba el canje de dólares por oro a esa paridad frente a otros gobiernos y bancos centrales extranjeros (no frente al ciudadano particular) era el norteamericano. El resto de monedas del mundo, a su vez, fijaban una paridad estable frente al dólar, con un margen de fluctuación muy estrecho, en torno al 1 %. Se crearon además dos instituciones nuevas para administrar el sistema: el Fondo Monetario Internacional, encargado de vigilar los tipos de cambio y de prestar reservas a los países con problemas puntuales de balanza de pagos, y el Banco Mundial, inicialmente pensado para la reconstrucción europea y posteriormente reorientado hacia el «desarrollo» del llamado «Tercer Mundo».

Hablando con propiedad, Bretton Woods no era un patrón oro clásico, sino lo que se conoce técnicamente como un patrón cambio-oro, sólo que ahora con el dólar, y no la libra, como intermediario único entre el oro y el resto de las monedas del planeta. Este diseño llevaba en su seno una contradicción que el economista belga Robert Triffin identificó ya en 1960 y que se conoce como el «dilema de Triffin»: para que el resto del mundo dispusiera de suficientes dólares con que comerciar y acumular reservas, Estados Unidos tenía que mantener déficits persistentes en su balanza de pagos, es decir, tenía que «exportar» dólares al resto del mundo, gastando y prestando más de lo que ingresaba. Pero cuantos más dólares circulaban fuera de sus fronteras, más difícil resultaba, en teoría, que el Tesoro estadounidense pudiera respaldarlos todos con el oro que decía poseer. En otras palabras, el sistema sólo podía sostenerse mientras nadie pusiera a prueba, a gran escala, la promesa de convertibilidad sobre la que descansaba.

El «shock Nixon» de 1971: abandono del patrón oro

Durante los años sesenta, esa promesa empezó a resultar cada vez más insostenible. El gasto militar de la Guerra de Vietnam, los programas sociales de la «Gran Sociedad» de Lyndon Johnson y el propio crecimiento del comercio mundial hicieron que la cantidad de dólares en manos de gobiernos y bancos centrales extranjeros creciera muy por encima del oro que Estados Unidos realmente poseía para respaldarlos. Varios países –Francia, con el general De Gaulle a la cabeza, de manera particular– empezaron a canjear sus dólares por oro físico, retirándolo de las bóvedas de Fort Knox. La sangría de reservas de oro estadounidenses se hizo insostenible.

El 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon anunció, en un discurso televisado, la suspensión indefinida de la convertibilidad del dólar en oro. La medida, conocida desde entonces como el «shock Nixon» o «cierre de la ventanilla del oro» (closing the gold window), no fue negociada con los aliados de Estados Unidos ni con el resto de instituciones de Bretton Woods. Fue una decisión unilateral tomada para proteger los intereses norteamericanos y que en la práctica liquidaba de un plumazo el sistema que Washington había diseñado en 1944. Desde ese momento –formalizado unos meses después mediante una pequeña devaluación adicional del dólar y ratificado definitivamente en 1973, cuando las principales monedas empezaron a «flotar» libremente entre sí, sin ninguna paridad fija–, ningún Estado del mundo garantiza la conversión de su signo monetario, ni en oro ni en ninguna otra mercancía específica. Por primera vez en la historia del capitalismo moderno el planeta entero pasó a funcionar con dinero puramente fiduciario: papel, o más tarde cifras en una pantalla, cuyo valor no descansa en ningún respaldo metálico, sino únicamente en la «confianza». Como veremos, a la postre descansa sobre la fuerza política y militar.

Conviene subrayar que 1971 no supuso un cambio drástico. El oro llevaba décadas retirándose de la circulación. Lo que sucedió en 1971 fue que se eliminó el último punto de contacto formal, reservado a las relaciones entre Estados, entre el signo monetario y la mercancía que históricamente lo había respaldado. En ese sentido, fue el desenlace lógico de una tendencia que venía de mucho antes, no una ruptura.

Un vacío a llenar: ¿cómo se sostiene el dólar sin el oro?

Aquí conviene detenerse en una cuestión importante: si el dólar –y, tras él, todas las demás monedas– ya no representa una cantidad fija de oro, ¿qué es lo que garantiza que la gente siga aceptándolo a cambio de mercancías reales? ¿Qué impide que un billete de cien dólares se convierta, de la noche a la mañana, en un simple trozo de papel sin ningún valor?

A este respecto, hay que oponerse a dos interpretaciones. La primera es pensar que, desde 1971, el dinero es una convención puramente social, un acuerdo arbitrario sin ninguna relación con el trabajo humano y la producción real, idea muy extendida en ciertas corrientes económicas contemporáneas, que hablan del dinero moderno como si fuera un simple «invento» de los Estados (la llamada Teoría Monetaria Moderna y sus derivados). La segunda, opuesta, es aferrarse literalmente al oro como si fuera intrínsecamente necesario, y tratar el sistema actual como una especie de anomalía histórica condenada, tarde o temprano, a retornar a un patrón metálico.

Lo esencial no es el metal en sí, sino la relación que ese metal materializaba. Cualquier signo que pretenda funcionar como dinero tiene que representar, aunque sea de manera cada vez más indirecta y oculta, una cierta cantidad de trabajo social ya realizado en la producción de mercancías reales. La función del oro no se debía a que tuviera propiedades mágicas, sino simplemente a que es una mercancía más, el producto de un trabajo de extracción y refinado cuyo coste permanece relativamente estable en el tiempo, lo que lo convierte en un patrón de medida fiable. Cuando ese anclaje desaparece formalmente, no desaparece la ley de fondo. El dinero sigue teniendo que representar valor real, o su poder de compra se derrumba. Lo que desaparece es el mecanismo automático de corrección que el oro proporcionaba. Antes de 1971, si un banco central emitía demasiados billetes, el exceso se manifestaba con relativa rapidez en la pérdida de sus reservas de oro, un límite físico, tangible, difícil de ocultar. Después de 1971, ese «termómetro» desaparece: la única forma de comprobar si una moneda representa o no la cantidad de trabajo social que dice representar es a posteriori, mediante su poder de compra real frente a la masa de mercancías, es decir, mediante la inflación misma, medida ya sin ninguna referencia exterior al propio sistema de precios que hay que explicar. Al oscurecer aún más la noción de valor, añadiendo, por así decir, una nueva capa de abstracción, el abandono del patrón oro ofrece a los gobiernos mayor margen de maniobra para llevar a cabo sus expedientes monetarios y permite, hasta cierto punto, diluir sus consecuencias, al menos durante un tiempo. 

La respuesta histórica a la pregunta de cómo sostener el dólar sin el oro llegó apenas tres años después del shock de Nixon: el sistema de los «petrodólares». Roto el vínculo con el oro, Washington necesitaba con urgencia preservar la función del dólar como dinero mundial. Tras la crisis del petróleo de 1973, en la que los países árabes productores impusieron un embargo a Estados Unidos y a otros aliados de Israel y el precio del crudo se multiplicó por cuatro en pocos meses, el gobierno norteamericano –con el secretario de Estado Henry Kissinger y el secretario del Tesoro William Simon a la cabeza– negoció con Arabia Saudí, y a través de ella con el resto de la OPEP, un acuerdo por el que los productores de petróleo se comprometían a seguir facturando su crudo exclusivamente en dólares, y a reinvertir buena parte de sus ingresos excedentarios en activos y deuda pública estadounidenses, a cambio de garantías de protección militar y de cooperación económica y armamentística. El resultado es que, durante medio siglo, prácticamente todo el comercio mundial de petróleo se ha facturado en dólares, obligando a cualquier país que necesite importar crudo a procurarse antes esa divisa, y generando así una demanda estructural y permanente de moneda estadounidense muy por encima de lo que el peso relativo de la propia economía de Estados Unidos justificaría.

Dicho en otros términos: el «equivalente general» –la mercancía especial en la que todas las demás miden su valor– no desapareció en 1971, sino que se desplazó. Dejó de ser una mercancía atesorable por cualquiera, el oro, para convertirse en un signo de valor que garantiza el acceso a la mercancía energética por excelencia, el petróleo, y que no está respaldado por ningún metal, sino por la capacidad militar y política de un único Estado imperialista para imponer las condiciones de acceso a dicho recurso a escala mundial. En la práctica el dólar siguió funcionando como dinero mundial –hoy sigue representando en torno al 58 % de las reservas declaradas de los bancos centrales del planeta, muy por delante del euro (20 %) o del renminbi chino (apenas un 2 %)–, pero ya no por su relación con el metal, sino en buena parte debido a la coerción. 

Este desplazamiento de las fuentes del dominio estadounidense, de la esfera económica industrial a la cruda coerción política, no es un detalle sin importancia. Se trata del primer indicio, todavía disimulado por el enorme margen de maniobra que Estados Unidos conservaba en los años setenta, de una lógica que se desplegará cada vez con más fuerza en las siguientes décadas. Cuando la base material de la hegemonía empieza a resultar insuficiente, la potencia dominante no se retira ordenadamente, sino que sustituye, poco a poco, la ventaja que le aporta la propia supremacía industrial y económica por la imposición política directa. 

Los precios desde 1971: tres fases de un mismo experimento

Primera fase (1971-1982): la inflación abierta. 

Sin ningún ancla exterior que lo disciplinara, la primera reacción del sistema monetario mundial fue exactamente la que cabía esperar según la vieja ley de la circulación monetaria: cuando la emisión de signos monetarios se desborda respecto a las necesidades reales del intercambio de mercancías, el resultado es la subida generalizada de los precios. A esto se sumaron los dos choques petroleros de la década –el embargo árabe de 1973 y la revolución iraní de 1979–, que encarecieron de golpe el producto básico de toda la producción industrial. El resultado fue la llamada «estanflación»: inflación de dos dígitos combinada con estancamiento económico y desempleo elevado, un fenómeno que la teoría económica dominante de la época –que suponía que más inflación siempre venía acompañada de más crecimiento y más empleo– fue incapaz de explicar satisfactoriamente. La inflación estadounidense llegó a un máximo del 14.8 % interanual en marzo de 1980.

La respuesta fue una de las operaciones de «deflación» más duras de la historia económica contemporánea: a partir de 1979, el presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, elevó el tipo de interés de referencia hasta un máximo del 19-20 % en 1981, provocando deliberadamente una profunda recesión –el desempleo estadounidense llegó al 10.8 % a finales de 1982– con el objetivo explícito de «romper» las expectativas de inflación futura, aunque el coste inmediato fuera aplastar el poder adquisitivo de los salarios y desatar, como efecto colateral, una oleada de crisis de deuda soberana en América del Sur, donde muchos países que habían contraído empréstitos en dólares vieron cómo éstos se encarecían de manera inasumible. Es la misma lógica de fondo a la que obedecieron las políticas de «estabilización» de los años veinte y treinta: restablecer la disciplina monetaria trasladando el coste, casi en su totalidad, sobre los salarios reales y las economías más débiles y periféricas del sistema mundial, sólo que ahora sin ningún oro que defender, sino tan solo la credibilidad del propio signo monetario.

Segunda fase (1982-2008): la «Gran Moderación» y el desplazamiento hacia los activos. 

Domada la inflación de los precios al consumo mediante la disciplina salarial y la recesión, se abrió un período de más de dos décadas –bautizado por algunos economistas como la «Gran Moderación»– en el que la inflación de bienes de consumo se mantuvo relativamente contenida en las principales economías desarrolladas. A ello contribuyó de manera decisiva la incorporación de China a la economía mundial, formalizada con su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001, que inundó el mercado mundial de manufacturas producidas con mano de obra mucho más barata, ejerciendo una presión bajista estructural y persistente sobre los precios industriales de todo el planeta. Al mismo tiempo, la masa creciente de dinero-crédito generada por el sistema bancario y financiero –cada vez más desregulado tras las sucesivas oleadas de liberalización financiera de los años ochenta y noventa– dejó de traducirse en inflación de bienes de consumo para concentrarse en la inflación de los precios de los activos financieros e inmobiliarios: bolsas, vivienda, deuda corporativa. El dinero-crédito circula sobre todo dentro de la esfera de los títulos financieros, y sólo de manera indirecta –y a menudo tardía– dentro de la esfera de la producción y el consumo real.

Tercera fase (2008 hasta hoy): los límites del nuevo mecanismo. 

La crisis financiera de 2008 llevó ese movimiento a su extremo, con la generalización de la llamada «flexibilización cuantitativa» (quantitative easing, QE): la compra masiva de deuda pública y de otros activos financieros por parte de los principales bancos centrales del mundo, que multiplicaron sus balances. Durante más de una década, esta enorme creación de dinero-crédito convivió con una inflación de bienes de consumo persistentemente baja, lo que llevó a muchos analistas a dar por definitivamente roto el vínculo entre masa monetaria e inflación. La experiencia de 2021-2023, como veremos, demostraría que ese desacoplamiento no era permanente, sino coyuntural: en cuanto una crisis real de la producción (la pandemia, y después la guerra de Ucrania) volvió a introducir un choque de oferta en la economía mundial, toda la potencia inflacionista acumulada durante quince años de expansión ininterrumpida de los balances de los bancos centrales halló, finalmente, un canal directo de transmisión hacia los precios de los bienes ordinarios, con máximos de inflación interanual del 9.1 % en Estados Unidos (junio de 2022) y del 10.6 % en la eurozona (octubre de 2022). Este periodo reciente se trata con más detalle a continuación.

El mundo actual

El decenio prestado: de 2008 a la pandemia

La «Gran Recesión» de 2008 reclamaba un saneamiento que la burguesía occidental se negó a llevar a cabo. En las crisis clásicas, la destrucción masiva de capital –quiebras, liquidaciones, caída de los precios de los activos hasta su valor real– restablece las bases para la acumulación siguiente, al precio de enormes costes sociales. En 2008, en cambio, los bancos centrales de las principales potencias optaron por impedir esa destrucción: rescataron a los bancos, bajaron los tipos de interés a cero y, cuando ese instrumento mostró sus límites, recurrieron a la compra masiva de activos, la llamada «flexibilización cuantitativa» (QE). La Reserva Federal estadounidense multiplicó su balance, que pasó de poco más de 900.000 millones de dólares antes de la crisis a cerca de 4.5 billones hacia 2015, y a más de 8.9 billones en su pico de 2022 tras la respuesta a la pandemia. El Banco Central Europeo, el Banco de Japón y el Banco de Inglaterra siguieron trayectorias similares. Se trató de un nuevo recurso al viejo mecanismo del crédito, pero esta vez no para financiar la expansión de la producción, sino para impedir la contracción del capital. 

Ni que decir tiene que este expediente sólo lo pueden llevar a cabo determinados países, las potencias dominantes, pues cualquier país del montón que intente un ardid semejante corre el riesgo de ver cómo se descompone su economía nacional. Es un expediente que sólo pueden poner en práctica los más fuertes, si bien a costa de la pérdida de confianza del resto de sus socios comerciales. No por casualidad los bancos centrales del mundo, que llevaban dos décadas siendo vendedores netos de oro, empezaron en ésta época a convertirse en compradores netos: una primera señal, todavía tímida, de que una parte del sistema mundial empezaba a desconfiar de que la solvencia del dólar pudiera sostenerse indefinidamente mediante la mera expansión del crédito. El precio del oro se duplicó entre la crisis del 2008 y la pandemia.

El resultado de ese decenio (2009-2019) fue una paradoja que desconcertó a los propios economistas burgueses: una masa de liquidez sin precedentes que no se tradujo en inflación de los precios al consumo –que se mantuvo por debajo del objetivo del 2 % en la mayoría de las economías desarrolladas durante casi toda la década–, sino en la inflación de los precios de los activos: bolsas, inmuebles y deuda corporativa. No hay aquí ningún misterio si partimos de la perspectiva marxista de la circulación monetaria: el dinero-crédito creado por los bancos centrales no entró en la esfera de la circulación de mercancías, donde habría presionado los precios al alza, sino que quedó atrapado en la esfera de la circulación de títulos, donde compra y venta de papel no hacen sino desplazar la propiedad de una plusvalía ya producida, o meramente anticipada, sin crear valor nuevo. El QE fue una gigantesca operación de transferencia de riqueza hacia los propietarios de activos financieros.

Mientras tanto, la economía «real» permanecía convaleciente: en la mayoría de los países del G7 el crecimiento de la productividad se redujo a menos de la mitad del ritmo correspondiente a las tres décadas anteriores, la inversión productiva crecía muy por debajo de la financiera, y los salarios reales apenas se movían. La composición orgánica del capital –esa relación entre capital constante y capital variable cuyo aumento tendencial Marx identificó como la raíz última de la caída de la tasa de ganancia– seguía elevándose sin que la masa de plusvalía extraída bastara para compensarla. La «recuperación» de la década de 2010 fue, en ese sentido, la más lenta y desigual desde la posguerra: el capitalismo, que ya no podía valorizarse suficientemente en la producción, se refugiaba en la especulación, acumulando al mismo tiempo una deuda pública y privada que, lejos de ser un accidente fruto de la mala gestión, era necesaria para su propia supervivencia.

La pandemia: el Estado como comprador en última instancia

En 2020, la pandemia de covid-19 hizo lo que ninguna crisis «puramente económica» había logrado desde 1945: detener de golpe, por decreto, franjas enteras de la producción mundial. El comercio mundial de mercancías cayó cerca de un 5 % en volumen ese año y la producción industrial global se contrajo con una brusquedad sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Conviene resistir la tentación de leer el confinamiento como una decisión puramente sanitaria, ajena a la lógica del capital. Lo cierto es que la paralización productiva llegó en un momento en que el ciclo de acumulación mundial daba ya, desde 2019, claras señales de agotamiento –desaceleración del comercio internacional, guerra arancelaria sino-norteamericana ya iniciada, caída de la inversión–, y el propio Estado capitalista utilizó la pausa para operar, bajo cobertura sanitaria, una selección brutal: cerraron sobre todo las empresas más pequeñas y menos capitalizadas, mientras el gran capital, sostenido por préstamos estatales garantizados y compras de activos de los bancos centrales, salía de la crisis más concentrado que antes.

La respuesta a la pandemia adquirió los rasgos de una auténtica economía de guerra: cierre de fronteras al movimiento de mercancías y de fuerza de trabajo, reconversión industrial (fábricas de automóviles produciendo respiradores), racionamiento de facto de ciertos bienes y, sobre todo, un gasto público y una emisión de moneda que no tuvieron precedente ni siquiera en las movilizaciones bélicas del siglo XX, y todo ello en tiempos de paz. El FMI cifró el estímulo fiscal global desplegado en 2020-2021 en unos 17 billones de dólares. En Estados Unidos los paquetes de ayuda directa a hogares y empresas superaron los 5 billones de dólares. Los Estados «crearon» directamente poder adquisitivo –los cheques a los hogares en Estados Unidos, los ERTE y sus equivalentes en Europa– para sostener un poder de compra ficticio y que, al reabrir la economía, el mercado no se hundiera bajo sus propios pies.

Fue, en sentido estricto, una expropiación diferida al proletariado y la pequeña burguesía en beneficio del capital financiero y disfrazada de generosidad estatal: los balances de los bancos centrales se hincharon con activos comprados a precios artificialmente sostenidos, mientras la deuda pública contraída para financiar la parálisis quedaba, como siempre, hipotecando el trabajo futuro de las masas asalariadas. La deuda global, que rondaba el 226 % del PIB mundial antes de la pandemia, saltó a un máximo histórico cercano al 360 % del PIB mundial en 2020, el mayor salto anual jamás registrado en tiempos de paz.

La inflación de 2021-2023: el retorno de la vieja disputa

Cuando los precios empezaron a subir con fuerza a partir de mediados de 2021, el debate entre los economistas reprodujo la vieja disputa entre la «teoría cuantitativa» del dinero y la clásica ley de la circulación monetaria. Por un lado, los bancos centrales y buena parte de la prensa económica atribuyeron la subida de precios al «exceso» de dinero inyectado durante la pandemia: demasiada masa monetaria persiguiendo una cantidad determinada de mercancías. Por otro, ciertos economistas –y también los informes económicos de las grandes corporaciones– hablaron abiertamente de «inflación de beneficios» (greedflation): el aprovechamiento, por parte de determinados sectores con poder de mercado (energía, alimentación, logística), de los cuellos de botella en las cadenas de suministro para ensanchar sus márgenes muy por encima del encarecimiento real de sus costes. El propio boletín económico del Banco Central Europeo reconoció en 2023 que, en la eurozona, los márgenes empresariales habían sido un motor de la inflación al menos tan importante como los salarios.

Ambas explicaciones, tomadas por separado, son insuficientes, y la teoría marxista de la moneda permite integrarlas sin hacer concesiones a ninguna: el dinero emitido durante la pandemia no «causó» la inflación únicamente por su cantidad, sino que proporcionó el vehículo monetario para que una crisis real de la producción –la brutal desorganización de las cadenas globales de valor, la escasez de determinados productos básicos, el choque energético provocado después por la guerra de Ucrania– se tradujera en una subida generalizada de los precios y no en una simple parálisis. Y esa subida de los precios no afectó por igual a todas las clases: mientras los salarios reales caían en casi todas las economías desarrolladas –el poder adquisitivo medio de los salarios aún se mantiene por debajo de su nivel de 2021 en muchos países europeos–, los beneficios empresariales, sobre todo en energía y en la gran distribución, alcanzaron máximos históricos. La inflación de 2021-2023 fue, principalmente, un mecanismo de redistribución de la renta desde el trabajo hacia el capital.

La respuesta de los bancos centrales –subir agresivamente los tipos de interés a partir de 2022, hasta el 5.25-5.50 % en Estados Unidos y el 4 % en la eurozona en sus máximos– reprodujo, a su vez, la vieja política de deflación: comprimir la demanda, encarecer el crédito, provocar deliberadamente una desaceleración –y en la periferia del sistema mundial, auténticas crisis de deuda soberana– para restablecer el «equilibrio» entre costes y precios sin tocar, por supuesto, ni la estructura de la propiedad ni la tasa de explotación. El coste de esa deflación, exactamente como en los años treinta, no lo pagó el capital financiero, sino el asalariado hipotecado, el pequeño deudor y, en el plano internacional, los países endeudados en dólares y euros, obligados a pagar intereses crecientes sobre una deuda cuyo valor real se disparaba mientras sus exportaciones se abarataban.

Ucrania, Gaza y el retorno de una auténtica economía de guerra

Si la pandemia obligó al capital a improvisar una economía de guerra sin guerra, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 devolvió a esta expresión su sentido literal. Las sanciones occidentales contra Rusia –congelación de cerca de 300.000 millones de dólares en reservas del banco central ruso, expulsión de buena parte de la banca rusa del sistema interbancario SWIFT, embargo energético progresivo– constituyeron el experimento más importante desde 1945 de utilización del sistema monetario internacional como arma directa entre imperialismos rivales. Por decisión política, se impidió a un Estado rival disponer de su propia riqueza acumulada en divisas extranjeras. Este episodio empujó a China, Rusia, la India y otras potencias a acelerar la construcción de sistemas de pago alternativos y a diversificar sus reservas hacia el oro: los bancos centrales del mundo compraron más de 1.000 toneladas de oro tanto en 2022 como en 2023 y 2024, el ritmo más alto desde que existen registros comparables. El viejo «equivalente general», por lo que se ve, sigue siendo la única forma en que se concreta la «riqueza abstracta» cuando el sistema crediticio se tensa hasta el límite. El precio del oro se ha triplicado desde la pandemia. 

El bloqueo energético que siguió a la invasión –el corte del gas ruso a Europa, la reorientación forzada hacia el gas licuado norteamericano y catarí, el tope al precio del petróleo ruso– ha revelado con una crudeza pocas veces vista desde la crisis del petróleo de 1973 que el «libre mercado mundial» de materias primas energéticas es, y siempre ha sido, un campo de batalla imperialista. Los precios mayoristas del gas en Europa llegaron a multiplicarse por más de diez respecto a su nivel pre pandemia en el verano de 2022, golpeando a la industria alemana, columna vertebral de la economía europea, y acelerando un proceso de desindustrialización ya en marcha. El capital financiero, lejos de sufrir con ello, encontró en las grandes petroleras y en la industria armamentística un nuevo y espléndido campo de valorización. El gasto militar mundial se ha disparado, de 2.443.000 millones de dólares en 2023 (un 6,8 % más que el año anterior, el mayor incremento desde 2009) a 2.718.000 millones en 2024 (un 9,4 % más, la subida interanual más pronunciada desde el fin de la Guerra Fría), según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). En 2025 el gasto se cifra en 2.887.000 millones, una subida más modesta que obedece a los recortes de la ayuda militar exterior de EE.UU. (en Europa la subida interanual ha sido del 14 %). 

A ello se ha sumado, desde octubre de 2023, la masacre en Gaza y la escalada regional en Oriente Próximo, que no sólo ha añadido una nueva prima de riesgo geopolítico a los precios del petróleo y al tráfico marítimo por el mar Rojo, sino que ha confirmado que la industria del armamento constituye hoy uno de los pocos sectores de la economía mundial en franca expansión. Cuando la producción civil ya no ofrece salidas suficientes a la masa de capital acumulado, el gasto en destrucción –el «consumo destructivo» que ya caracterizaba las economías de guerra en las dos contiendas mundiales– se convierte en uno de los pocos mercados verdaderamente «seguros» que le quedan al capital, pues son los propios Estados capitalistas los que garantizan la compra.

El fin de la globalización y la guerra arancelaria

El tercer gran vector de la economía mundial reciente es la ruptura, todavía en curso, del ciclo de globalización comercial que había dominado desde los años noventa. La guerra arancelaria iniciada por Washington contra Pekín en 2018, lejos de haberse resuelto, se ha intensificado en sucesivas oleadas hasta convertirse en un auténtico proyecto de «desacoplamiento» (decoupling): restricciones a la exportación de semiconductores avanzados, control de las cadenas de suministro de tierras raras, subvenciones masivas –más de 50.000 millones de dólares sólo en la ley estadounidense CHIPS Act de 2022– para «repatriar» la producción de chips y de baterías, y aranceles generalizados que en 2025 llevaron el arancel medio efectivo de Estados Unidos sobre las importaciones chinas a niveles no vistos desde los años treinta, afectando en oleadas sucesivas no sólo a China, sino también a aliados formales de Washington.

Para las economías imperialistas, una vez más, ya no se trata tanto de desarrollar sus mercados exteriores como de conservar y proteger los que ya tienen; la «libre» competencia internacional –que nunca fue libre– se ha quedado anticuada. Es el mismo «nacionalismo económico» que fragmentó el mercado mundial en bloques monetarios rivales en los años treinta, sólo que sustituyendo la devaluación competitiva por el arancel y el control de exportaciones, y el bloque de la libra o el bloque del oro por la esfera de influencia del dólar o de China: fragmentación del mercado mundial en bloques regionales rivales, sustitución del criterio de eficiencia productiva por el de «seguridad» geopolítica en el diseño de las cadenas de suministro (el llamado friend-shoring) y utilización sistemática del comercio como instrumento de la lucha interimperialista. El capitalismo, que en las pasadas décadas ha tendido objetivamente a unificar el mercado mundial hasta niveles nunca antes vistos, se ve hoy obligado a desandar ese camino, sacrificando la eficiencia productiva global –y, con ella, una parte de la propia masa de plusvalía disponible– en el altar de la seguridad nacional de cada bloque imperialista. El FMI ha estimado que una fragmentación económica severa podría restar entre un 2 % y un 7 % del PIB mundial a largo plazo, cifra que ya de por sí revela la enorme riqueza que el propio sistema está dispuesto a sacrificar para sobrevivir.

Que esta fragmentación se presente, en el discurso de sus artífices, como «reindustrialización» o como «autonomía estratégica», es lo de menos: se trata de una respuesta a la imposibilidad de seguir ampliando la base del mercado mundial en las condiciones actuales de la acumulación, y el coste, como siempre, recaerá sobre el consumo popular –encarecido por los aranceles– y sobre la clase obrera de los países «perdedores» en cada reconfiguración de las cadenas productivas.

La montaña de deuda y el capital ficticio

Ningún análisis de la economía mundial reciente puede eludir la cuestión de la deuda, que alcanzó un máximo histórico de unos 348 billones de dólares a finales de 2025 –en torno al 305 % del PIB mundial, con la deuda pública superando ya los 106 billones–, según el Instituto de Finanzas Internacionales. La función específica del crédito es siempre la misma: eliminar todo resto de rigidez en las relaciones capitalistas, haciéndolas extensibles. Pero esa misma extensión acelera la concentración y centralización de los capitales en unas pocas manos. Ambos procesos han operado simultáneamente en el último decenio y medio: la deuda ha permitido sostener artificialmente un nivel de demanda y de valorización de activos que la producción real no respaldaba, mientras al mismo tiempo concentraba, con cada ciclo de tipos de interés, la propiedad efectiva de esa deuda en un número cada vez más reducido de instituciones financieras, bancos centrales y grandes tenedores institucionales.

La subida de tipos de 2022-2023 puso sobre la mesa los problemas que esa deuda arrastraba desde hacía años: buena parte de los Estados, empresas y hogares más endeudados no pueden hacer frente al coste del crédito cuando suben los tipos de interés, lo que obliga a los bancos centrales a moverse en un margen muy estrecho, entre el riesgo de reavivar la inflación y el riesgo a provocar una cascada de insolvencias que podría hundir el sistema financiero entero. Es la misma antinomia entre «deflación» y «devaluación» que ya se manifestaba en los años treinta: dos políticas que en apariencia se oponen pero que, en realidad, se complementan y tratan de restablecer la ganancia capitalista siempre a costa de la clase obrera, principalmente. Hoy la disyuntiva se presenta como «lucha contra la inflación» frente a «estabilidad financiera», pero el resultado de fondo es idéntico: cualquiera que sea el método y los expedientes elegidos, el peso recaerá sobre los salarios reales, sobre el gasto social que hay que recortar para saldar la deuda pública, y sobre la pequeña burguesía endeudada, que a diferencia del gran capital no dispone de medios para trasladar el coste financiero a otros.

La nueva fiebre del oro

Desde 2022, un fenómeno llamativo ha vuelto a poner el oro en el centro del debate monetario mundial: los bancos centrales de numerosos países –China, Rusia, la India, Turquía, Polonia, entre otros– han comprado oro físico a un ritmo que no se veía desde que existen registros comparables: más de 1.000 toneladas anuales entre 2022 y 2024 (y una ligera caída en las compras en 2025), según el Consejo Mundial del Oro, muy por encima de la media histórica de las décadas anteriores. Al mismo tiempo, muchas naciones están repatriando sus reservas de oro almacenadas en terceros países. Se trata de la constatación práctica, por parte de los propios Estados, de los límites estructurales del sistema surgido tras 1971: el dólar, convertido en «equivalente general» no por su respaldo en metal sino por la confianza en el poder político y militar norteamericano, deja de resultar un depósito de valor neutro en el momento en que ese poder se ejerce abiertamente como arma económica.

El episodio decisivo fue la congelación, a partir de febrero de 2022, de en torno a 300.000 millones de dólares en reservas del banco central ruso mantenidas en instituciones occidentales, como respuesta a la invasión de Ucrania. Por primera vez desde que el sistema del petrodólar sustituyó al oro como base última del dinero mundial, una gran potencia comprobó que sus activos financieros en el extranjero –que hasta entonces se consideraban una reserva de valor tan segura como el oro, e incluso más cómoda de gestionar– podían quedar bloqueados de la noche a la mañana por decisión de un rival. Los gobiernos que mantienen relaciones tensas o potencialmente conflictivas con Washington tomaron buena nota de ello, y esto explica en buena medida la aceleración de las compras de oro físico –un activo que, a diferencia de un depósito bancario o de un bono del Tesoro estadounidense, no puede «congelarse» por decreto ajeno, porque no depende de ningún sistema de compensación controlado por terceros–.

En cierto sentido, esto demuestra que cuando el crédito y la confianza que sostienen el sistema monetario se tensan hasta el límite, el oro reaparece como refugio último, como única forma en que la riqueza abstracta puede concretarse al margen de las promesas de terceros, siempre revocables. Hoy, ese reflujo hacia el oro lo protagonizan los propios Estados rivales del imperialismo dominante, que preparan sus reservas para un mundo de bloques monetarios cada vez más enfrentados entre sí.

Pero en este terreno, curiosamente, Estados Unidos conserva todavía una baza que merece la pena señalar, pues revela un cambio de orientación respecto al metal. Estados Unidos oficialmente sigue disponiendo, con enorme diferencia, de las mayores reservas de oro del planeta, con unas 8.133 toneladas en sus bóvedas –muy por delante del segundo país, Alemania, con apenas 3.384–, acumuladas precisamente durante la época de su hegemonía indiscutida y que ningún rival, ni siquiera China con sus compras aceleradas de la última década, puede igualar a corto plazo. Estas reservas están hoy oficialmente valoradas por el Tesoro al precio de 1973, rondando los 11.000 millones de dólares. Pero al precio de mercado actual del oro su valor asciende al billón de dólares. Washington, de hecho, se está planteando actualizar de golpe ese valor contable y liberar así, de un plumazo, una cantidad de liquidez comparable a la que otros países sólo podrían conseguir vendiendo activos reales o emitiendo deuda nueva. Mientras el resto del mundo huye hacia el oro para protegerse de la desconfianza que el poder estadounidense ha generado, Estados Unidos se dispone a sumarse a ese movimiento –y a la consiguiente subida del precio del oro– actualizando de un solo golpe el valor de una reserva que lleva medio siglo infravalorada en sus propios libros de cuentas, y aprovechando así, al menos parcialmente, la crisis de confianza que él mismo ha provocado.

La única salida «natural»

Los acontecimientos de los últimos meses no hacen sino confirmar que el actual equilibrio y el sistema monetario que lo respalda desde los años 70 se tambalean en varios frentes a la vez. Japón, uno de los pilares del sistema financiero occidental de posguerra y durante décadas el mayor comprador extranjero de deuda estadounidense, atraviesa una crítica situación financiera, con una deuda pública que ronda el 260 % del PIB (en palabras del propio ex primer ministro Ishiba, peor que la de Grecia en su momento más crítico). El Banco de Japón se ha visto forzado a subir tipos y reducir sus compras de deuda pública, mientras la rentabilidad de sus bonos a treinta años supera ya el 4 %, máximos desde 2007, y los inversores, ante lo caro que les resulta financiarse en yenes, han empezado a repatriar capital vendiendo masivamente deuda estadounidense –cerca de 30.000 millones de dólares sólo en el primer trimestre de 2026–, retirando del mercado a uno de los compradores más fiables que tenía Washington. 

Casi al mismo tiempo, la guerra abierta entre Estados Unidos e Irán, desatada el 28 de febrero de 2026 y que ha llevado a Teherán a cerrar el estrecho de Ormuz –por el que transitaba una quinta parte del petróleo mundial– y a Washington a imponer un bloqueo naval al país persa, amenaza con poner en riesgo la estabilidad del circuito que sostiene el propio sistema de los petrodólares. Un conflicto prolongado en el Golfo no sólo encarece la energía, sino que también puede llevar a los productores de petróleo de la región a constatar que su seguridad –y por tanto su disposición a seguir facturando en dólares– depende de una potencia cuya capacidad ya no es la de 1974. Y todo ello mientras el propio Tesoro estadounidense tiene que pagar ya, para colocar su deuda, unos intereses que no se veían desde la víspera de la crisis de 2008, y la deuda pública europea, con Francia, Reino Unido y otros países bajo vigilancia creciente de los mercados, sigue el mismo camino. Todo parece señalar que el sistema erigido tras 1971 ha entrado en una fase de agotamiento definitivo.

Pero el patrón oro clásico no fue sustituido por una negociación pacífica entre potencias, sino por el colapso de 1914 y sus consecuencias. Y el patrón cambio-oro de entreguerras tampoco dio paso a Bretton Woods mediante un acuerdo diplomático, sino a través de la mayor destrucción bélica de la historia humana, que dejó a un solo país en condiciones materiales de imponer su moneda al resto del planeta. A diferencia de aquellas épocas, hoy se da la circunstancia de que no son las potencias emergentes, aspirantes a la primacía, las que se muestran más insatisfechas y beligerantes con el statu quo imperante. Es Estados Unidos, la primera potencia mundial (a nivel político y militar, al menos), la misma que ha construido y presidido durante ochenta años el orden mundial vigente, quien se muestra más desafiante y dispuesto a saltar por encima de todos los compromisos y acuerdos, como un anciano que se rebela contra su propia decadencia y senilidad.

La guerra mundial, que ya se anuncia, necesita no obstante un vector político que la catalice, que permita arrastrar a las masas a la hecatombe. En 1939 este vector fue el dilema «fascismo-antifascismo». Hoy el capitalismo sigue tanteando, tratando de encontrar el leitmotiv apropiado para marchar por la única vía que este régimen puede ofrecer. Y hasta que dé con uno no vamos a dejar de ver guerras localizadas en distintos puntos del globo, como en Ucrania, Palestina o Irán, a través de las cuales se irán conformando las alianzas que se enfrentarán en la próxima carnicería imperialista mundial. 

Quienes hoy proponen una vuelta al multilateralismo, una regulación más estricta de las finanzas, una «globalización justa» o un «Green New Deal» capaz de conciliar la acumulación de capital con la supervivencia del planeta, cumplen la misma función que cumplieron los «planistas» y socialdemócratas de los años treinta: ocultar tras el lenguaje de la reforma el hecho de que al capitalismo decadente le es estructuralmente imposible ofrecer al proletariado más que nuevos sacrificios. No hay ningún «desorden» que se pueda corregir con remedios monetarios, comerciales o financieros. Las relaciones capitalistas de producción han llegado al límite de lo que pueden aportar históricamente, y sólo la lucha de clases y la revolución pueden superarlas y sustituirlas por otras nuevas. El modo de producción capitalista ha desarrollado unas fuerzas productivas cuya magnitud desborda por completo el estrecho marco de la propiedad privada y del Estado nacional, y no puede ya resolver esa contradicción sino desplazando su peso, una y otra vez, sobre las espaldas del proletariado mundial –mediante la inflación, la deflación, los aranceles o la guerra– sin llegar jamás a un equilibrio definitivo. Cada nueva «solución» que el capital mundial ponga en marcha para hacer frente a sus crisis, sea cual sea el nombre técnico que le den sus portavoces, no hará sino preparar la siguiente escalada de la guerra, económica o directamente militar, entre los imperialismos rivales. 

Angel Rojo.

La cuestión sindical

BOLETÍN DE LA LIGA DE COMUNISTAS INTERNACIONALISTAS (L.C.I.) AÑO II, Nº 7, AGOSTO 1933.

La Liga de Comunistas Internacionalistas1 organizará próximamente su segunda Conferencia Nacional. En el orden del día de esta conferencia figuran: a) la situación nacional e internacional; b) la cuestión sindical.

El grupo de Bruselas ha elegido una comisión para redactar los informes en los que se basará la discusión. Publicamos aquí el informe sobre la cuestión sindical, elaborado por la mayoría de la comisión. Ofreceremos el punto de vista de la minoría en un próximo Boletín.

También publicaremos muy pronto los informes relacionados con el primer punto del orden del día. 

Rogamos a los camaradas que envíen sus comentarios sobre estos documentos a la redacción del Boletín. Evidentemente la discusión no está limitada únicamente a los miembros de la Liga. Los camaradas que no sean miembros pueden estar seguros de que sus comentarios serán estudiados, igual que los del resto. Del mismo modo, invitamos a aquellos que quieran participar en la Conferencia a que se inscriban, poniéndose en contacto con la redacción.

El Congreso se celebrará posiblemente los días 11 y 12 de noviembre.

INFORME SOBRE LA CUESTIÓN SINDICAL

1. El sindicato y la revolución proletaria

El régimen capitalista se basa en el antagonismo entre las relaciones sociales basadas en la propiedad privada de los medios de producción y las relaciones de producción. Este antagonismo, como nos enseña Marx, da lugar a la lucha de clases. El proletariado es la única clase revolucionaria capaz de suprimir este antagonismo, aboliendo las clases.

La lucha del proletariado, orientada hacia este objetivo, tiene como programa esencial la destrucción del Estado capitalista para fundar un Estado proletario basado en la socialización de los medios de producción industrial y la socialización de la tierra, primera etapa para poder instaurar también una economía socialista en la agricultura.

El organismo específico del proletariado para cumplir su misión histórica es el partido de clase. El programa del partido no se deriva de situaciones contingentes, sino que resulta de los principios del comunismo científico que permitieron a Marx conocer las leyes del capitalismo y la necesaria evolución de éste hacia el socialismo.

La transformación de la sociedad sólo puede lograrse mediante la insurrección del proletariado. Ésta constituye la fase suprema de la lucha de clases y la realización del programa específico del partido del proletariado. Lenin decía que las condiciones para la insurrección consisten en el desmoronamiento del aparato de dominio del capitalismo, las vacilaciones de las clases medias y el impulso revolucionario de las masas obreras.

Cuando aún no existen condiciones para entablar esta lucha final, la tarea del partido es ligar las luchas parciales al objetivo final que persigue. Esta ligazón se puede concebir según dos métodos, que son irreconciliables. Los reformistas defienden que las luchas parciales deben relacionarse con su supuesta reforma gradual del Estado capitalista, hasta llegar finalmente al socialismo. Los marxistas ligan las luchas parciales del proletariado a la lucha por la destrucción del Estado capitalista. Estas dos posiciones se oponen de esta forma concreta: los reformistas debilitan las organizaciones de clase de los trabajadores, hablan de la conquista gradual del Estado por parte del proletariado, pero de hecho dan al capitalismo el control directo de los organismos de clase del proletariado. En cambio, los marxistas consideran que las luchas parciales en la práctica sólo pueden ligarse a la lucha final si las organizaciones obreras mantienen una posición de lucha abierta y constante frente al Estado, reafirmando y fortaleciendo las posiciones del proletariado.

La clase obrera funda sus organizaciones sindicales para arrancar mejores condiciones de vida y de trabajo. Aquellas reflejan un determinado grado de conciencia de las masas y una determinada fase de la evolución de la lucha de clases. Así pues, el sindicato constituye el organismo específico que permite a la vanguardia del proletariado desarrollar las luchas parciales, la conciencia de las masas y la potencia de sus organizaciones, para llevar al conjunto de los trabajadores a la insurrección.

De todo lo anterior se deriva que existe una diferencia fundamental entre el partido y el sindicato, diferencia que hay que tener en cuenta constantemente, incluso después de tomar el poder. En efecto, el sindicato se disuelve en el partido y el partido se disuelve en la clase cuando comienza la era de la organización comunista de la sociedad. Es completamente cierto que el objetivo general del sindicato es el mismo que el del partido: la emancipación del proletariado. Pero esto no implica que ambas organizaciones tengan las mismas funciones y las mismas posiciones. El hecho de que el partido comunista no pueda dirigir una huelga en la industria, o de que el sindicato no pueda dirigir la insurrección, no obedece a un reparto formal de tareas entre estos dos organismos. Desde el punto de vista de su función, el sindicato representa la organización capaz de albergar en su seno a todas las masas, sin distinción de opinión política o religiosa, mientras que el partido, en cambio, agrupa únicamente a la minoría que acepta íntegramente el programa comunista.

El problema de las relaciones entre partido y sindicato fue una piedra en el zapato para el movimiento obrero. Estas relaciones, si se aceptan las anteriores consideraciones, sólo pueden establecerse sobre las siguientes bases: el sindicato, por su propia naturaleza y su función, sea cual sea la política que defienda, incluso aunque defienda un programa revolucionario, es incapaz de lograr los objetivos finales de la clase obrera. Además, sólo puede convertirse en un factor esencial para lograr dichos objetivos si el partido trabaja en su seno. El trabajo del partido, a su vez, nunca puede basarse en el establecimiento de relaciones orgánicas con las organizaciones sindicales, ni siquiera después de tomar el poder. La herramienta para lograr los objetivos del partido, con la que se pretende elevar la conciencia de clase de los trabajadores, es la actividad de las fracciones sindicales del partido comunista. Estas fracciones, siendo organismos que emanan directamente del partido, sólo pueden estar compuestas por miembros de la organización política. Admitir en ellas a simpatizantes supone falsear la naturaleza de las fracciones, que de esta forma se transformarían, de organismos del partido, en organismos de oposición sindical, que en general se basan sobre el principio de la «lucha contra el reformismo».

El reformismo es una fuerza política al servicio del capitalismo, pero no se puede vincular a ninguna formación económica concreta. Pretender relacionarlo con la aristocracia obrera supondría considerar a esta última como una categoría económica fundamental, cuando en realidad, en la fase del imperialismo, la política de la burguesía se expresa de forma concentrada en torno al capital financiero, que domina los distintos aspectos del capitalismo (agrario, industrial, etc.). La lucha contra el reformismo, pues, sólo puede conducirse en función de la lucha general contra el capitalismo. Si los reformistas monopolizan hoy la dirección de las centrales sindicales, significa que la correlación de fuerzas es favorable al capitalismo. Modificar esta correlación de fuerzas sólo es posible reforzando las posiciones de clase de los obreros, y dicho fortalecimiento sólo puede ser fruto de la lucha de clases. De todo ello se deriva que la vanguardia comunista, dentro de las organizaciones sindicales, debe plantear un sistema de consignas y de medios de lucha que conviertan al sindicato en un instrumento para las victorias parciales y un pedestal para la victoria final. También se desprende de todo esto que la vanguardia no se dedica a plantear un sistema de consignas y de medios de lucha para, primero, liberar la organización sindical de la hegemonía reformista y después pasar a la lucha contra el capitalismo. 

Hacer creer a los obreros que antes de combatir al capitalismo hay que combatir primero a los reformistas supone en realidad aplicar el propio esquema reformista, según el cual para combatir al capitalismo primero hay que combatir a los divisivos comunistas.

Ante los problemas de la revolución, el sindicato debe servir para elevar las luchas, las experiencias y las posiciones de clase, hasta desembocar en la insurrección. El sindicato no puede seguir esta marcha ascendente por sí mismo. Sometido a la hegemonía reformista se detiene a medio camino, permitiendo al capitalismo controlar el movimiento proletario, que en última instancia se precipitará hacia su disolución cuando la situación económica obligue al capitalismo a recurrir al terror fascista2.

Bajo el impulso de las fracciones sindicales comunistas el sindicato se desplaza progresivamente hacia los objetivos finales de la clase obrera, un proceso que está ligado al desarrollo de las experiencias y la amplificación de las luchas de la clase obrera.

2. Unidad sindical y escisión de los sindicatos

El sindicato es la organización específica de los trabajadores que permite al partido ligarse al mecanismo de la lucha de clases para impulsar su evolución hacia el desenlace revolucionario.

Aunque no incluya en su seno a toda las masas, al basarse simplemente en una conciencia elemental de lucha contra la patronal, el sindicato es el representante autorizado de la capacidad de lucha de las masas en su conjunto. Los comunistas no defienden la necesidad de unidad sindical por puro formalismo unitario, sino porque las luchas de clase requieren al conjunto de las masas y no sólo a una porción de éstas. En una situación en la que los reformistas conservan su influencia sobre una parte de los organizados, aunque sea pequeña, y cuando no se espera que las situaciones evolucionen rápidamente hacia la revolución, provocar una escisión sindical aparentemente resuelve el problema de entrar en relación con amplias capas de trabajadores, pero en realidad lo único que se consigue es modificar su expresión contingente.

El fondo del problema, al contrario, consiste en las relaciones entre las clases fundamentales de la sociedad, en la posición que ocupa la vanguardia ante la clase y en el grado de madurez de la conciencia de las masas. Ahora bien, todo esto no se resuelve con un acto de voluntad de un grupo de la clase obrera, provocando una escisión sindical y pensando que esto favorece las condiciones para luchar contra el capitalismo. En realidad este grupo está abandonando el terreno marxista, al sustituir la acción consciente que surge del mecanismo de la lucha de clases por la voluntad de los individuos, y únicamente empeora las condiciones para la lucha obrera.

Es verdad que, salvo en momentos excepcionales del combate revolucionario, una parte importante de las masas se opone a la lucha. La organización sindical unitaria permite a la vanguardia arrimar a su lado a esta parte pasiva de las masas, que es un elemento indispensable tanto para las victorias parciales como para la victoria final. El hecho de que esta parte retrógrada de las masas se organice de manera separada supone una gran baza en manos del capitalismo para la organización permanente del esquirolaje. 

El predominio reformista en los sindicatos implica el control de la burguesía sobre el proletariado, pero en sí mismo esto no implica su incorporación al Estado capitalista.

«Si la escisión es absolutamente necesaria, habrá que recurrir a ella cuando los comunistas, mediante sus esfuerzos ininterrumpidos contra los líderes oportunistas y una muy activa participación en la lucha económica, logren convencer a amplias masas obreras de que la necesaria escisión no obedece a consideraciones relacionadas con el objetivo de la revolución, aún lejano y poco inteligible, sino a los intereses inmediatos y concretos de la clase obrera y a las necesidades de la acción económica. En caso de que la escisión sea inevitable, la táctica de los comunistas debe basarse en un atento análisis de la coyuntura política y en la previsión de las consecuencias de dicha escisión, sobre todo desde el punto de vista del alejamiento de los comunistas de las masas obreras.»  Tesis del II Congreso de la I.C.

En el terreno de los principios, la escisión sindical sólo está justificada en los dos siguientes casos:

  1. En una situación revolucionaria, antes de la insurrección, la escisión sindical muy probablemente se convierta en parte integrante de la lucha general del proletariado, y entonces habrá que defenderla abiertamente.
  2. Cuando el Estado fascista se hace con el control de los sindicatos y los transforma en Corporaciones. Entonces hay que dar la consigna de formar nuevos sindicatos.

La incorporación de los sindicatos al Estado democrático burgués, en el curso de una nueva guerra imperialista, podría dar lugar a la necesidad de crear nuevas organizaciones sindicales, aunque ésta no es una verdad categórica.

Ni que decir tiene que a los sindicatos cristianos y liberales hay que considerarlos organizaciones burguesas. Y los revolucionarios que se vean obligados a militar en ellos por razones especiales deben promover una escisión, pues ésta permitirá, o bien crear un verdadero sindicato unitario de clase, o bien desarrollar los sindicatos de clase ya existentes.

La necesaria unidad sindical entre organizaciones de base clasista es imposible con las organizaciones cristianas o liberales, pues éstas se basan en el principio opuesto de la colaboración de clases. El hecho de que las organizaciones cristianas, por ejemplo, agrupen a miles de trabajadores, en ningún caso debe hacernos olvidar los principios de estos sindicatos, que defienden abiertamente la intervención del Estado burgués en la práctica y en el desarrollo de la lucha de clases.

En resumen, la unidad sindical sólo puede basarse en el programa de la lucha de clases, pues ésta es una reivindicación absolutamente básica, no establece ninguna distinción política entre las masas y se desprende de la posición que ocupan los trabajadores frente a la patronal.

3. Fracciones sindicales y Oposición Sindical Revolucionaria

Por su naturaleza y su función, el sindicato no es una organización capaz de luchar por el triunfo de la revolución. Únicamente puede contribuir a este triunfo gracias a la acción que desarrollan en su seno las fracciones sindicales comunistas, es decir, a través de la intervención de un organismo externo a la estructura del sindicato, que lleva desde el exterior, dentro de la base corporativa, los factores de la lucha general por la formación de una conciencia revolucionaria de las masas.

La experiencia demuestra que el tradeunionismo, y por tanto el sindicato, desemboca por su propia evolución, no ya en la revolución, sino en la conservación del capitalismo. De ello se desprende que las formaciones o corrientes políticas que provienen y se limitan a la organización sindical no pueden pretender guiar la lucha del proletariado, ni representan realmente un aporte a su lucha. Este aspecto de la doctrina nos interesa desde un doble punto de vista: precisar la composición de las fracciones sindicales y definir nuestra posición respecto a las formaciones políticas que se acantonan en la organización sindical. 

En lo que respecta a la composición de las fracciones sindicales comunistas, está claro que éstas sólo pueden incluir a miembros del P.C. Si incluyeran a los simpatizantes se modificaría su naturaleza, pues la fracción, en lugar de seguir siendo un instrumento del partido, se convertiría en un organismo de oposición sindical. Efectivamente, todo organismo tiene una determinada naturaleza, que se deriva de los objetivos que se asigna. La fracción sindical, por ejemplo, es el instrumento empleado por el partido para introducir en las organizaciones sindicales el programa comunista, y si a ella se suman los simpatizantes (como sucede en general en las oposiciones sindicales) no podría darse como objetivo más que la lucha contra la dirección sindical, lo que a menudo desemboca en la formación de bloques de «izquierda sindical» para dirigir la organización.

Estas oposiciones sindicales adquieren inevitablemente el aspecto de organizaciones políticas con un programa mínimo y finalmente están llamadas a convertirse en organismos anexos a los partidos. La fracción sindical es una emanación del partido, controlada y dirigida por éste, mientras la oposición sindical emana del sindicato y, en definitiva, lo único que hace es desnaturalizar la función del partido. A las capas de obreros que evolucionan dentro del sindicato hacia el comunismo hay que dirigirlas directamente hacia el partido y no hacia organizaciones intermedias, como las oposiciones sindicales. El simpatizante formará parte de la fracción únicamente cuando se adhiera al partido, es decir, cuando pase de un estadio primario que le permite comprender la lucha contra el reformismo a una conciencia más elevada de la lucha contra el capitalismo. 

La Oposición Sindical Revolucionaria3 centrista constituye, bajo una forma acabada, una falsificación tanto de la naturaleza de las fracciones como del propio partido. En Alemania, en circunstancias muy favorables (crisis económica y ofensiva fascista), la O.S.R. ha hecho que a la vanguardia comunista le sea imposible ligarse al proceso de la lucha de clases, y así la función del reformismo ha logrado expandirse completamente. Por otra parte, el partido, al transmitir sus funciones a la O.S.R., anuncia abiertamente su separación de los movimientos de clase. El paso de la forma de fracción a la forma de oposición implica directa o indirectamente el problema de la escisión sindical. Ya no se trata de conquistar los sindicatos para la ideología comunista, sino de oponer a la dirección sindical reformista otra dirección sindical, que representa una mezcla supuestamente revolucionaria. 

Es evidente que los reflejos de la lucha de clases se expresan a través de la evolución de ciertas capas de obreros hacia el comunismo. El sindicato constituye el medio en el que estos reflejos se expresan de manera inmediata. El problema a resolver, por tanto, es éste: ¿las repercusiones de la lucha de clases deben pasar por un camino intermedio antes de desembocar en el P.C.? ¿Y este camino intermedio consiste principalmente en formaciones híbridas filocomunistas?

Si bien es cierto que esas capas de obreros no abandonan el reformismo para pasar directamente al comunismo, no está demostrado que para facilitar este paso haya que recurrir a formaciones políticas específicas para dicho objetivo. Al contrario, estas formaciones impiden que los trabajadores evolucionen hacia el comunismo, e incluso dispersan la organización del partido, que a la larga termina por identificarse con estas formaciones.

Una vez rechazado el reformismo, puede que los obreros aún no comprendan la necesidad de que exista un partido revolucionario para facilitar la transformación de los sindicatos en instrumentos de lucha contra el capitalismo. Aquí interviene la propaganda del partido, para llevar hasta el final esta evolución de los trabajadores (la adhesión al comunismo y su entrada en el partido), esforzándose constantemente por agruparlos en torno a la fracción sindical.

El proletariado sólo es capaz de actuar como fuerza de transformación social si adquiere una conciencia lúcida de los objetivos a alcanzar. Esto se lleva a cabo a través de una minoría organizada en el partido, y se va logrando a medida que los elementos de la clase entran en el partido y a medida que el partido logra liquidar las formaciones intermedias, que no representan más que un obstáculo para la elevación de la conciencia de las masas hacia el comunismo. El análisis de la función de estas formaciones nos revela que efectivamente se trata de obstáculos. Poco importan las declaraciones de estas formaciones sindicales sobre su apoyo sincero al P.C.

El criterio para evaluar la naturaleza, la función y el objetivo de cualquier organismo político son sus relaciones con el Estado, que representa el órgano específico de dominio capitalista. Ni el sindicato ni ninguna formación política acantonada en el sindicato son capaces de plantear el problema de la destrucción del Estado capitalista. Esta tarea corresponde únicamente al partido revolucionario. Una formación política procedente del sindicato puede, o bien negarse a encarar el problema de la destrucción del Estado, o aceptar el punto de vista comunista, o el de la socialdemocracia de izquierda o de derecha. En el segundo caso el partido se ve obligado a luchar para disolver esta formación y afiliar a sus miembros al P.C. Si aquella acepta los puntos de vista socialdemócratas en general, habrá que luchar para que abandone su terreno ambiguo. Aquí estamos tratando el caso de formaciones que, aunque surgen en los sindicatos, no constituyen organizaciones sindicales propiamente dichas. Pero evidentemente se pueden aplicar las mismas consideraciones a una sección o una central sindical: en tal caso se trataría de una fracción, o del conjunto del aparato sindical, que muy a menudo defiende posiciones comunistas con el único objetivo de mantener el control sobre los obreros, teniendo las manos libres para girarse de nuevo hacia el reformismo cuando las repercusiones de los movimientos de clase dejen de tener consecuencias directas o inmediatas. 

La ausencia de un partido revolucionario con cierta influencia en la lucha de clases favorece la formación de estos grupos intermedios, que asumen la tarea de tender puentes entre distintas corrientes políticas, irreductiblemente opuestas entre sí. La situación que se ha creado, sobre todo después de las derrotas de la clase obrera, favorece la eclosión de estas formaciones. El desasosiego que se apodera de los espíritus obreros, su deseo tenaz de lograr la unidad, dejando de lado o minimizando las divergencias políticas, alimentan dichas corrientes. 

Cuando estas corrientes se manifiestan, la línea de conducta que creemos que hay que adoptar es la siguiente: hay que plantear con toda franqueza los problemas relacionados con la constitución de estas formaciones, su carácter híbrido, el daño que causan al ocultar a los obreros su verdadera naturaleza. La cuestión de saber si estos problemas hay que plantearlos desde el interior, sumándose a ellas, o desde el exterior, habrá que resolverlos en función de la importancia que adquieran estas corrientes y su orientación general. En cualquier caso, la adhesión de los comunistas a estas organizaciones solo puede tener un carácter episódico y debe partir de la base de una abierta proclamación de los objetivos que se propone el partido, a través de las fracciones sindicales. 

La fracción sindical comunista, por tanto, es el único organismo del partido, se propone conquistar a las organizaciones sindicales para la ideología comunista, y con este objetivo el partido crea sus comités sindicales para los sindicatos de industria y su comité sindical central. Estos comités son los organismos que se oponen a los órganos sindicales del partido reformista, para librar a los sindicatos de la influencia capitalista y orientarlos hacia el comunismo. La fracción y los comités sindicales deben conservar su función técnica como instrumentos del partido y someterse a los órganos fundamentales del partido. La fracción o el comité sindical del partido pueden entrar en contacto con las formaciones correspondientes de otros partidos para plantear acciones de frente único, pero esto no significa que sean autónomas, pues permanecen sometidas a las instancias fundamentales del partido. Estas fracciones sindicales y comités no hay que suprimirlos ni siquiera cuando son los comunistas quienes dirigen la organización sindical. La experiencia en Francia demuestra que al fundarse la C.G.T.U., la disolución de las fracciones impidió todo control de la vanguardia comunista sobre los sindicatos unitarios y contribuyó completamente a la degeneración del P.C.F.4

4. El sindicalismo

La falta de una solución correcta al problema de las relaciones entre el partido del proletariado y las organizaciones sindicales alimenta las teorías del «sindicalismo»5. La degeneración de los partidos de la II Internacional sirvió de base para las teorías sindicalistas.

Desde el punto de vista de los principios, el sindicalismo está ligado a esa idea de Proudhon según la cual la composición social de la organización determina automáticamente su evolución en sentido proletario. Así pues, frente a la degeneración de los partidos socialdemócratas, parecía seductor resolver el problema de la lucha de clases liberando a los sindicatos de toda relación con los partidos políticos, lo que de hecho equivalía a proclamar la lucha contra estos partidos. El ambiente proletario del sindicato supuestamente garantiza que éste será capaz de conservar su naturaleza, su función y sus objetivos. Tras la Revolución Rusa el sindicalismo perdió toda posibilidad de desarrollo, lo que por otra parte se vio confirmado por la evolución de las corrientes sindicalistas hacia la III Internacional. La degeneración de los partidos comunistas ha proporcionado de nuevo una cierta base para la renovación de las corrientes sindicalistas. Al contrario que antes de la guerra, actualmente el sindicalismo no engloba a las masas y carece de perspectivas de desarrollo. Como se ha demostrado en Francia con el Comité de los 226, el sindicalismo se ha desmoronado y algunas corrientes proletarias desligadas del centrismo le reclaman una orientación precisa para la lucha revolucionaria.

La experiencia española ha asestado otro golpe al sindicalismo, pues la Confederación General del Trabajo7 se ha revelado impotente incluso para plantear el problema de la lucha del proletariado español. Sin saber en qué dirección había que llamar a la lucha, proclamó que había que defender la República, esperando sin duda a que fueran las situaciones las que dictaran el programa de la lucha obrera. 

Aunque en la fase actual de la lucha obrera el sindicalismo carece de base para su extensión entre las masas, no obstante puede reagrupar a minorías de luchadores revolucionarios. Con ellos habrá que adoptar una actitud adecuada. El sindicalismo, aunque afirma que el sindicato es la única forma de organización proletaria, aunque luche contra cualquier partido, es el sí mismo un partido político. Y es en este sentido como habrá que concretar nuestras relaciones con él. Efectivamente, cuando el sindicalismo abandona su forma de secta y se ve obligado a adoptar responsabilidades en la dirección sindical, defiende todo un sistema de lucha que puede parecerse a las concepciones bien del comunismo, bien del anarquismo, o incluso del reformismo. Asimismo, en lo que respecta a las elecciones al Parlamento, mantiene una pureza exclusivamente formal. Como ha hecho la Confederación del Trabajo en España, aunque no tome posición abiertamente, recomienda a sus miembros que voten por los candidatos de los que se espera una acción favorable. La presión de los acontecimientos sobre las corrientes anarcosindicalistas es tan fuerte que actualmente asistimos a una discusión en su seno sobre la necesidad del Estado, e incluso sobre la idea de la dictadura del proletariado.

Al considerar al sindicalismo como un partido estamos concretando nuestra actitud, no ante una formación que se acantona exclusivamente en el sindicato, sino ante a una corriente política que pretende influir en las organizaciones sindicales. Si nos halláramos ante a un sindicato dirigido por los sindicalistas, deberíamos presionar a sus dirigentes para que se unan a la organización política de la que ellos son expresión. El Réveil Syndicaliste es el centro del reagrupamiento del sindicalismo en Bélgica. Con él habrá que aplicar una táctica de frente único sobre la base de un programa general de lucha contra el capitalismo. 

5. La táctica del frente único

Desde el punto de vista general existen dos concepciones opuestas del frente único. La primera, que es la que ha prevalecido en los partidos comunistas, consiste en considerar que éstos ya constituyen la quintaesencia revolucionaria y por tanto solo hay que desbrozar el terreno de traidores y oportunistas. El cliché entonces es muy sencillo: establecer un programa que permita eliminar a los traidores y los oportunistas de manera inevitable, en el propio proceso de lucha.

La otra concepción, para nosotros la única marxista, consiste en considerar que la influencia del enemigo y de las corrientes políticas extrañas al comunismo entre las masas está relacionada con la intensidad de la lucha de clases. Antes de la revolución, el Estado capitalista puede influir directa o indirectamente en el movimiento obrero. La inconsciencia de las masas y la falsa orientación de ciertas capas son producto de las propias situaciones y expresan una determinada correlación de fuerzas. El papel de la vanguardia comunista consiste, por tanto, en impulsar la evolución de la lucha de clases para elevar la conciencia de las masas. La vanguardia, lejos de considerarse perfecta, confronta a la luz de la experiencia los elementos políticos que ofrece a las masas, para poder rectificarlos y completarlos hasta formar unas bases para la lucha general del proletariado.

Esta divergencia sobre la concepción del frente único viene acompañada de una divergencia práctica en lo que respecta a su realización. La forma generalmente admitida por la Internacional Comunista era que, cuando se considera que existen condiciones para la lucha obrera, hay que lanzar un llamamiento a las formaciones políticas que influyen en las masas, lo más amplio posible, con el objetivo de que participen en la organización de esta lucha. El error de este método consiste en creer que, cuando los jefes socialistas responden negativamente a las propuestas comunistas, demuestran a las masas que se niegan a luchar. Pero para los obreros el rechazo a la lucha por parte de aquellos sólo queda claro cuando se demuestra efectivamente que las bases de acción común (objetivos y medios) que ofrecen los comunistas permiten lograr la victoria. 

Este método también implica el siguiente peligro. Al dirigirse a la socialdemocracia para proponer una lucha común, se refuerza necesariamente la idea de que ésta es capaz de implicarse realmente en la lucha contra el capitalismo. Evidentemente, éste es el precio a pagar inevitablemente por la táctica del frente único, y sólo se justifica si el frente único se aplica en un contexto que permita a los trabajadores darse cuenta por sí mismos de que dicha suposición es un error. Para que las masas puedan desembarazarse de sus ilusiones sobre la socialdemocracia, ilusiones que la oferta de frente único refuerza, esta oferta debe ir acompañada de los órganos adecuados para su realización, y dichos órganos deben hallarse únicamente bajo control de los trabajadores, lo que permite que los comunistas puedan conquistar una mayoría en su seno. 

En Bélgica, en las circunstancias actuales, el sindicato es el organismo más adecuado para llevar a cabo el frente único. Conforme la lucha avanza hacia estadios más avanzados de su desarrollo, pueden surgir otros organismos: comités de huelgas, consejos de fábrica, consejos obreros. Hay que rechazar las ofertas de frente único que no incluyan la designación de las organizaciones llamadas a realizarlo, o que designen un organismo que no se halla únicamente bajo el control inmediato de las masas (un comité de partidos, por ejemplo). Así se evita que los reformistas se adhieran a él, cuando la presión obrera es muy fuerte, para abandonarlo más tarde, sabotear la lucha y renegar de sus compromisos.

Cuando el movimiento sindical está dividido, el frente único se presenta principalmente sobre la base de la acción común de los distintos sindicatos y la reconstitución de la unidad sindical. Cuando ya existe esa unidad orgánica de los sindicatos, una de las condiciones esenciales para el frente único es que se garantice la libertad de los comunistas para defender su punto de vista en los sindicatos. 

El frente único debe basarse en la siguiente consideración: el programa de lucha debe tener en cuenta tanto la correlación de fuerzas entre clases como el grado de conciencia de las masas. Así pues, la vanguardia propondrá reivindicaciones y medios de lucha que puedan ser asumidos por la ideología general de las masas y las concepciones de las capas obreras influidas por la socialdemocracia. A esa concepción centrista según la cual hay que presentar reivindicaciones que vayan más allá de la orientación general de las masas y aprovechar las afirmaciones demagógicas de la izquierda socialista para desenmascararla en la lucha, hay que oponer la anterior formulación, con la que se consigue la mayor concentración de obreros en torno a un programa detallado. El partido vigilará cómo evoluciona esta lucha para saber cuando puede asumir su dirección. Evidentemente, esto sólo sucederá en situaciones de auge revolucionario, o al menos cuando una parte de las masas evolucione y se libere de la influencia capitalista, demostrando que quiere situar sobre una base clasista sus organizaciones sindicales.

6. La creación del P.C. en Bélgica y la postura centrista respecto a los sindicatos

La formación del P.C.B. no fue el resultado de un desplazamiento de las masas al comprender el alcance histórico de la traición de la socialdemocracia, sino que fue producto de la reacción proletaria de una ínfima minoría de revolucionarios ante la actitud burguesa del P.O.B.8 respecto a la Revolución Rusa. La fusión de L’Ouvrier Communiste y de Les Amis de l’Exploté en 1921, dando lugar al P.C. unificado, no resolvió todos los problemas específicos de la formación de una vanguardia revolucionaria. Un partido de vanguardia no merece verdaderamente este nombre si no representa a una parte del movimiento proletario. Si se limita a organizar a elementos dispersos sin relación con los movimientos de clase es que no ha resuelto ideológicamente los problemas vitales del proletariado. Debe concentrar a su alrededor a los mejores elementos de la clase y, mediante la elaboración de un programa, ligarse profundamente al proletariado hasta convertirse en su única y verdadera expresión.

Las bases del P.C.B., excesivamente estrechas, y las tendencias centristas que no tardaron en desarrollarse en la I.C., influyendo en su dirección, hicieron muy difícil resolver las tareas del comunismo en Bélgica. El período de creación de partidos comunistas a escala internacional coincidió en Bélgica con una era de prosperidad que dio nuevo impulso a la socialdemocracia. 

Se abrió una nueva época para el reformismo. La socialdemocracia, respondiendo a las necesidades de reorganización del capitalismo, sentó las condiciones para esta expansión. Logró armonizar esta necesidad de tranquilidad con el impulso que los acontecimientos de posguerra habían imprimido a las masas obreras. 

Los primeros años de vida del P.C. se consagraron casi exclusivamente a la propaganda a favor de la Revolución Rusa. No obstante, había una seria intención de ligar las ideas generales de la revolución a la situación del proletariado en Bélgica. No sin éxito, el partido se dedicó a desarrollar, sobre la base de la lucha obrera, un trabajo que permitiera a los obreros separarse poco a poco del reformismo. La actividad sindical estaba en el centro de este trabajo. El partido creó los primeros núcleos sindicales, permitiendo que la ideología comunista penetrara en los sindicatos. En el curso de este trabajo surgieron las primeras divergencias y se manifestaron las primeras corrientes. Estaban relacionadas con la posición a adoptar por el partido ante la reacción de ciertos obreros y militantes, que querían orientar la oposición obrera a la política reformista por la vía de la escisión sindical. En general, todos los comunistas condenaban teóricamente la salida de los sindicatos de las Centrales reformistas. Sus partidarios reaccionaban con indolencia ante las veleidades escisionistas de ciertos dirigentes sindicales (Comité de defensa de Seraing), mientras de palabra afirmaban estar de acuerdo con la voluntad unitaria del partido. El objetivo de estos vergonzosos partidarios del escisionismo sindical era utilizar burocráticamente los sindicatos, una vez separados, como base electoral. La izquierda del partido, partidaria de la unidad sindical, pretendía transformar los sindicatos en instrumentos de la lucha contra el capitalismo, mediante el trabajo de sus miembros en los sindicatos y la conquista de los mejores elementos obreros para el comunismo. El centrismo optaba por extender la influencia del partido anexionándose las organizaciones sindicales que abandonaran las Centrales reformistas. El escicionismo sindical del centrismo no era más que una manifestación, circunscrita al terreno sindical, del desprecio general que mostraba frente a los problemas que planteaba la creación de verdaderos partidos comunistas (selección y educación de sus miembros, elección de métodos, etc.).

Los errores de la I.C. naturalmente debían influir fuertemente en el desarrollo de corrientes dentro del P.C.B. Así, la política de la Internacional Sindical Roja, que se oponía claramente a la consigna fundamental inicial de la I.C. (la conquista de los sindicatos reformistas), constituía un apoyo directo a la corriente que se desarrollaba en el seno del movimiento obrero belga favorable a la escisión sindical. 

El surgimiento del movimiento unitario en los años 1925-1926 enfrentó con más violencia aún a las dos corrientes que se habían manifestado en el P.C.B. desde su formación. El centrismo, cuyo representante más destacado era Jaquemotte, consideraba necesariamente al movimiento unitario como un medio para lograr sus fines (ampliar el partido apoyándose en las organizaciones que se apartaban del P.O.B., en lugar de reforzarse con los obreros que se pasaban al comunismo), exigiendo que el movimiento unitario se transformara en un movimiento de minorías sindicales, abandonando por tanto el terreno de la propaganda a favor de la unidad sindical para adoptar una postura en todas las luchas obreras, defendiendo en ellas consignas revolucionarias. El objetivo no confesado del centrismo era liquidar el significado unitario del movimiento y empujarlo por la vía del escisionismo sindical. Así, el movimiento minoritario se transformaba en aliado del centrismo. El centrismo en ningún momento tuvo intención de impulsar el movimiento unitario (que no era más que un movimiento socialista de izquierdas) para que precisara sus propios objetivos y que la clase obrera, y por tanto el comunismo, sacara el máximo provecho. La izquierda del P.C., sin embargo, tampoco planteó esta alternativa con toda la claridad necesaria. Olvidando que se encontraba ante una formación socialista de izquierda, a la que había que eliminar y no consolidar (por supuesto, teniendo en cuenta que dicha eliminación suponía un paciente trabajo de clarificación entre la clase obrera), esbozó una defensa del movimiento unitario y se opuso a la empresa escisionista del centrismo, pero luego se sumó a ella. Esta actitud contradictoria se debió a que la izquierda, aun siendo consciente del peligro que suponía la solución propuesta por el centrismo, no logró definir claramente su posición frente al movimiento unitario.

La izquierda chocó tanto con los dirigentes del movimiento unitario como con los centristas del partido, apoyados por la I.C. Los dirigentes del movimiento unitario consideraban que éste era un buen medio para contrarrestar la influencia creciente del partido e impedir el trabajo independiente de los comunistas en los sindicatos. La experiencia demuestra que los socialistas de izquierda están dispuestos a firmar todas las condiciones que ponga el partido para aliarse con ellos, con tal de impedir ese trabajo. El antagonismo que surgió entre las dos corrientes de la izquierda socialista que se sucedieron a la cabeza del movimiento unitario (la tendencia Liebaers-Geerts y la tendencia Vercruysse-Everling-Heyndels) se desarrolló dentro del marco de las divergencias admitidas entre socialistas de izquierda.

La lección que conviene extraer de este episodio de la historia del P.C. es que el bloque de los comunistas con los socialistas de izquierda, en la forma en la que el partido lo llevó a cabo en aquella época, es nefasto para el comunismo. El movimiento unitario, en su primera forma (dirección de Liebaers-Geerts) fue más o menos apoyado por la izquierda. Sin embargo, terminó girándose contra el comunismo. La segunda edición del movimiento unitario (bajo dirección de Vercruysse-Everling), que se llevó a cabo bajo los auspicios del centrismo, con el P.C. pactando con la parte más corrompida de la socialdemocracia, fue aún más nefasta. Los dirigentes terminarían convirtiéndose más tarde en los adversarios más encarnizados del comunismo, a pesar de las declaraciones de fidelidad al P.C. que habían hecho y de sus afirmaciones de que estaban de acuerdo con él al 100 %.

El bloque comunista-unitario se realizó sobre la base de la entrada de los comunistas en una organización que ellos no controlaban, pero mediante la cual eran tenidos en cuenta por la clase obrera. La entrada en este bloque de hecho supuso subordinar el trabajo comunista en el sindicato a la voluntad del movimiento unitario. 

7. La Oposición de Izquierda (trotskista) y la cuestión sindical

La razón de ser de la Oposición de Izquierda consistía en resolver los problemas fundamentales del proletariado belga que el partido no había llegado nunca a abordar y que poco después serían abandonados por el centrismo. La cuestión sindical era una de esas cuestiones esenciales, y por tanto era en este terreno donde la Oposición debía centrar su actividad teórica. La Oposición nunca planteó estos problemas, y más tarde proclamaría que para ella ni siquiera existían, dadas las soluciones aportadas por los 4 primeros congresos de la I.C.

Ahora bien, éstos no contenían una solución definitiva a los problemas específicos de la lucha del proletariado internacional, y tomarlos como referencia exclusiva suponía repetir los mismos errores cometidos anteriormente. Por otra parte, la experiencia ha demostrado que la Oposición no ha solucionado ni el problema de la unidad sindical, ni el de las fracciones sindicales. En lo que respecta a las fracciones sindicales, la Oposición no ha hecho más que repetir la política del centrismo, aunque con mucha moderación. No rechaza la práctica de la Oposición sindical, una corriente heterogénea que incluye elementos de diferentes tendencias que se oponen al reformismo, sino únicamente la práctica estaliniana.

8. Caballeros del Trabajo, Central Revolucionaria de Mineros y la unidad sindical

Los sindicatos de los Caballeros del Trabajo9 son un producto de la política colaboracionista de los dirigentes de las Centrales tras la guerra. Surgieron como reacción a esta política. La subordinación por parte de los dirigentes sindicales de los intereses del proletariado minero a los intereses de la «reconstrucción nacional», el sabotaje a las luchas obreras que resultaba de ello, la persecución por parte de estos mismos dirigentes de los militantes que permanecían fieles al concepto de la lucha de clases (llegando incluso a expulsarlos de los sindicatos), estas fueron las razones inmediatas de la constitución de los sindicatos de los Caballeros del Trabajo. Así pues, el reformismo es responsable de que miles de obreros hayan vuelto a métodos de lucha caducos, a las viejas tendencias localistas y a los prejuicios anarcosindicalistas.

En la región de Charleroi, el trabajo honesto y paciente de los comunistas logró hacer retroceder en gran medida estos prejuicios del pasado, sin vencerlos completamente no obstante. 

La Central Revolucionaria de los Mineros se creó tras la escisión provocada por los estalinianos en 1928 en la Federación de los Caballeros del Trabajo, a raíz de la escisión dentro del partido comunista10. Unió a todos los elementos de los Caballeros del Trabajo que siempre se habían mostrado hostiles a la política unitaria de los comunistas. Esta organización, al crear sindicatos disidentes en todas partes, hace el juego al reformismo y hay que considerarla como uno de los más serios obstáculos a la penetración del comunismo en los sindicatos.

La experiencia ha demostrado que, aunque practiquen una política unitaria respecto a los sindicatos reformistas, los elementos revolucionarios que están en los Caballeros del Trabajo no logran jugar el mismo papel que podrían jugar si se incorporaran a las Centrales reformistas. En concreto, son las huelgas de julio de 1932 las que han demostrado ésto. Es cierto que los Caballeros del Trabajo hicieron todo lo posible para unir a los huelguistas. Pero el hecho de que se alzaran como organización independiente de las Centrales reformistas impidió que los obreros ejercieran la máxima presión sobre las organizaciones sindicales y barrieran a la dirección reformista.

En las actuales circunstancias de la lucha contra el capitalismo es más importante que nunca defender la consigna de la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas, pues el terreno de la lucha contra el reformismo debe ser desbrozado en la medida de lo posible de todas las cuestiones secundarias que embrollan esta lucha. Nos parece peligroso condicionar la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas a que estas últimas cumplan con los principios de la democracia sindical. Está claro que la desaparición de las medidas de coacción en las organizaciones reformistas vendrá de la mano de una lucha creciente contra la burguesía. Aquellas sólo desaparecerán cuando, mediante esta lucha, la orientación de la organización cambie completamente. Esperar a que todas las medidas contra los comunistas sean abolidas para entrar en las organizaciones reformistas en realidad equivale a esperar a que las organizaciones reformistas se conviertan en revolucionarias. La vuelta de las organizaciones de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas sólo logrará verdaderamente su objetivo si la gran mayoría de sus miembros aceptan esta medida. Si solo se suma una parte de los miembros se corre el riesgo de que sobrevivan las organizaciones disidentes, aunque se vean debilitadas. En estas condiciones, mejor no volver a las organizaciones reformistas.

9. Programa general de trabajo sindical

Para influir en la lucha de clases el partido debe establecer las líneas generales del trabajo que debe efectuar dentro de las organizaciones de masas susceptibles de convertirse en instrumentos de la lucha revolucionaria. El P.C. necesita un programa de trabajo, pues de otro modo estaría desprevenido y carecería de perspectivas para influir en la evolución de los movimientos de masas. A este respecto, comprender las experiencias vividas, definir la situación general y tener una perspectiva de conjunto son factores al margen de los cuales el proletariado no puede llevar a cabo ninguna acción consciente y efectiva. Hay que añadir que estas líneas generales deben ser constantemente confrontadas con los acontecimientos, aunque siempre sobre la base de un análisis de principio, para evitar que, bajo el influjo de las situaciones, a veces estrepitosas, no se terminen modificando o dejando de lado los enunciados generales que deben guiar la acción del P.C. Si en el transcurso de cualquier acontecimiento se constata una fricción entre la regla preestablecida y lo que parece ser condición para el éxito, habrá que ver si es necesario modificar de manera sustancial los elementos generales que determinaron la constitución del programa.

A la época imperialista de la economía capitalista se la denomina época de guerras y revoluciones porque la guerra y la revolución son sus únicas salidas posibles. En la fase económica anterior, las contradicciones y de los antagonismos podían desembocar en la conquista de nuevas regiones por parte del capitalismo. En esa fase de la economía, ya pasada, llegaba un momento en que la producción ya no podía ser absorbida por la capacidad de compra de los trabajadores, y se desencadenaba una crisis. El ciclo era el período económico entre dos crisis. El nuevo ciclo comenzaba después de que la crisis desencadenara todos sus efectos, un factor necesario para restablecer las condiciones de la producción capitalista. Los stocks se vendían a precios muy bajos, y así se restablecía el proceso regular para una nueva acumulación capitalista. Ésta consistía en una ampliación de la producción gracias al desarrollo técnico, en un momento en el que el capitalismo aún podía hallar nuevos mercados.

La nueva fase se caracteriza por una revuelta permanente de las fuerzas productivas contra el modo de producción. El concepto de ciclo ya apenas es aplicable, pues ahora ya no sólo se trata de destruir porciones gigantescas de la producción capitalista, sino también de algo imposible: suprimir los procedimientos técnicos que han modificado de cabo a rabo la estructura y la potencia de las fuerzas productivas. La vieja terminología de los ciclos, aplicada al periodo actual del imperialismo, sólo puede referirse a los periodos entre guerra y revolución. Evidentemente, esto no significa que en la fase imperialista la economía no sufra fluctuaciones particulares; estas siguen existiendo, pero el capitalismo ya no puede dominar el mecanismo de la producción y solo puede intervenir para atenuar las explosiones de los antagonismos sociales. Desde el punto de vista de la lucha obrera, en lugar de fijarnos en la evolución de las contingencias económicas, extremadamente complejas y pasajeras, hay que tomar nota de que en el terreno económico la partida ya ha acabado: las condiciones objetivas para abolir la propiedad privada ya existen desde hace tiempo, y la solución se halla en el terreno del duelo entre el proletariado y la burguesía.

Las derrotas revolucionarias en los distintos países no alteran el carácter fundamental de las situaciones en la época actual. El programa, por tanto, deberá partir de la consideración fundamental de que las conquistas de la clase obrera ya no disponen de base real sobre la que asentarse, pues el capitalismo ya no tiene ante sí horizonte ni posibilidad de expansión. Aquellas se reducirán principalmente a concesiones que el capitalismo hará para desviar a las masas de su camino revolucionario. La serie de supuestas conquistas codificadas legislativamente tras la derrota revolucionaria de 1919 en Alemania, en la propia Constitución de la nueva República, se han revelado en 1933 como el único medio que permite al capitalismo mantener dentro de los límites de su régimen a millones de obreros, que disponían de condiciones objetivas favorables para instaurar la dictadura del proletariado. Una vez el puñal fascista reemplaza la libertad y la democracia, la nueva realidad fascista ya no permite a las masas pasar a formas más avanzadas de lucha por el comunismo. Esto demuestra de manera definitiva que el P.C. no debe nunca actuar con el objetivo de hacer que las masas pasen por determinadas experiencias, sino dotarse de un programa de trabajo para provocar un progresivo desplazamiento en la correlación de fuerzas entre clases, favorable al proletariado.

Los puntos esenciales del programa de acción sindical creemos que deben ser los siguientes:

El paro, los salarios, la legislación social y las libertades obreras

Trataremos estos problemas particulares en el espíritu ya señalado, es decir: sólo se puede llegar a una solución estable con la revolución; toda solución democrática, o de otro tipo, no es más que una distracción que hay que rechazar en cualquier circunstancia; la lucha conjunta, metódica y continuada debe desembocar en la insurrección del proletariado. 

En lo que respecta al paro, actualmente es completamente evidente que el sistema mixto de seguros, entre los sindicatos y el Estado, con el Estado complementando las cotizaciones e interviniendo en el servicio de los subsidios tras el periodo reglamentario, no significa otra cosa que el hundimiento de los sindicatos en el aparato del Estado, la transformación de estos instrumentos para la lucha de clase en instrumentos para evitar el desencadenamiento de movimientos de clase. La socialdemocracia saca a relucir el número de parados para asustar a los obreros con trabajo, para impedir así la lucha y hacer que acepten una reducción de sus salarios. Por otro lado, pone de relieve el hecho de que el gobierno suspenderá el servicio de subsidios para que la clase obrera no pueda recurrir al arma de la huelga general. En fin, se presenta como defensora de los parados ante los obreros que trabajan y asegura a estos últimos que si se afilian al sindicato no serán suplantados por los parados. Aquí la socialdemocracia se vale del desclasamiento que se produce entre los parados, desilusionados por la miseria constante.

Cuando se instauró el servicio del seguro del paro, el control de los reformistas sobre los sindicatos permitió que se aceptara el principio del seguro mixto, confiado administrativamente al sindicato pero cuya gestión y control recaen en el Estado a través de los Fondos de Desempleo, los cuales al principio eran organismos autónomos y ahora son oficinas para el triaje y para transmitir al sindicato las disposiciones ministeriales. Había que elegir entre el principio de luchar para que el parado se quedara en el taller con su salario o, si eso no era posible, el otro principio, que la organización sindical se encargara de mantener al parado. Salvo en los períodos de crisis, las organizaciones sindicales estaban en condiciones de mantener a los parados. Por otra parte, cuando la crisis se desencadena el capitalismo tampoco es capaz de resolver el problema del paro y de poner en marcha un servicio de subsidios adecuado al nivel de vida conquistado por la clase obrera tras la guerra. A través de la política reformista, los sindicatos no han hecho más que demostrar esta incapacidad capitalista en períodos de crisis económica. El sistema mixto de subsidios convertía a los sindicatos en los organismos que distribuyen las prestaciones y ligaba a estos con el aparato estatal, lo que alteraba la función de los sindicatos y transformaba a estas organizaciones en tampón entre los parados y el Estado. En la situación actual, hay que defender que los sindicatos deben renunciar a todo el trabajo administrativo que les incumbe y que alimenta una enorme burocracia, y que deben desarrollar entre los parados un trabajo de propaganda sindical para provocar luchas por el aumento de los subsidios o para que se modifique el servicio del paro, y todo ello contra el Estado, igual que se trabaja entre los obreros para que luchen contra la patronal por un aumento del salario. Hay que señalar que, dado que los parados no tienen ningún medio especial para defenderse (huelga), es muy difícil desplegar una lucha en defensa de los intereses particulares de los parados; así pues, esta lucha debe formar parte de un conjunto de luchas cuyas reivindicaciones fundamentales son la defensa y el aumento de los salarios.

En lo que respecta a los salarios, hay que reconsiderar la idea de los convenios colectivos, que originalmente representaban una conquista obrera porque sustituyen la arbitrariedad patronal contra el obrero individual por la defensa colectiva de los obreros, por profesión. Actualmente el convenio colectivo ha perdido su significado original y se ha convertido, con las comisiones paritarias, en una traba para la lucha obrera. Siempre que pueden, los sindicatos defienden el recurso a la comisión de arbitraje para solucionar los conflictos de clase, y sea cual sea la sentencia, aunque reconozca que las reivindicaciones obreras tienen fundamento, se cumple el plan de la patronal. En la situación actual, mientras sea posible, hay que señalar un monto global para los salarios, por profesión, dependiendo de la capacidad de lucha en todo el país. Al mismo tiempo, en lo que respecta a los convenios de trabajo, hay que luchar para reducir al mínimo (o suprimir) toda la legislación arbitral y confiar a la fuerza sindical, así como a las secciones sindicales de fábrica, el respeto a los convenios.

En lo que respecta al index-number11, hay que denunciarlo como falsa expresión de las fluctuaciones del coste de la vida y luchar para que los salarios reflejen los aumentos conseguidos en la lucha. Los comunistas nunca pueden aceptar un sistema de legislación social, ni llamar a la clase obrera a la lucha para lograr supuestas leyes sociales. Ya se trate de seguros por enfermedad, pensiones, etc., los comunistas enarbolan el principio de que el Estado es incapaz de garantizar la defensa de los intereses obreros, y que ésta debe ser confiada a las organizaciones que permanecen bajo control de los sindicatos. Las mutualidades y la seguridad social bien pueden ser controladas por el sindicato, y el subsidio que concede el Estado podría asumirlo la organización sindical. Toda la riqueza es producto del trabajo, por lo que nada impide que, mediante la lucha por el aumento de los salarios, las organizaciones sindicales sustituyan al Estado12, cuyos medios financieros provienen de retenciones directas o indirectas sobre los salarios. En la situación actual, los comunistas evidentemente son incapaces de modificar todo el sistema de legislación social, y las necesidades de la clase obrera en este terreno deben ser satisfechas. Por eso no hay que rechazar los subsidios del Estado, sino que, al mismo tiempo que se denuncia el error que se comete cuando no son los organismos de clase los que asumen la defensa de los intereses obreros, hay que invitar a los obreros a una lucha constante para reducir el control del Estado sobre las organizaciones mutualistas.

En lo que respecta a las pensiones, los comunistas deben demostrar que se trata de un verdadero impuesto sobre los salarios y deben esforzarse en provocar una lucha para que se suprima este impuesto, tanto más en la medida en que, a consecuencia de los últimos decretos-ley, la pensión que paga el Estado ha perdido completamente el carácter de un subsidio al que se tiene derecho tras un determinado periodo de pago para adquirir el aspecto de una ayuda caritativa. 

Los sindicatos deben situarse a la cabeza del combate por la defensa de las libertades obreras. A este respecto, hay que luchar contra fórmulas vagas como la «defensa de la democracia», pues la experiencia ha demostrado que hay tantas fórmulas democráticas como situaciones y el proletariado siempre queda inmovilizado en la lucha de clases por no atreverse a perder los últimos vestigios de esta democracia, como ha sucedido concretamente en Alemania. Los comunistas tienen que ser más concretos: libertad de prensa, de organización, de reunión, etc., Es decir, llamarán a los trabajadores a luchar por cuestiones concretas tangibles, para evitar la confusión y las maniobras del enemigo. 

Como instrumento de lucha de la clase obrera, hay que plantear la necesidad de que todos los movimientos que los obreros provocan para oponerse a la ofensiva del capitalismo desemboquen en una acción de huelga general. La huelga general no sólo hay que reivindicarla cuando se produce una especial conmoción de clase, es un arma que hay que proponer en las organizaciones sindicales como único medio que permite romper la ofensiva capitalista, porque en última instancia es el único medio que permitirá luchar en el futuro ante el desenlace de las situaciones actuales: la guerra, y para dar a esas situaciones una solución revolucionaria. La preparación de la huelga general es una vía fundamental, la única vía, para el presente y para el futuro del movimiento obrero. 

Aplicación del programa

Los comunistas saben muy bien que el éxito de su programa de trabajo no depende de que ciertas personalidades se sumen al movimiento obrero, ni únicamente de la fuerza de su propaganda. Saben que aquel será el resultado de la liberación de las organizaciones sindicales de la influencia capitalista de la socialdemocracia y de la liquidación simultánea de todas las formaciones intermedias, cuya función es impedir que las reacciones obreras evolucionen hacia el comunismo. Los comunistas saben también que la elevación de la conciencia de las masas es fruto de la propaganda, y sobre todo de la experiencia que las masas realizan, no a través de las diversas fórmulas políticas, sino al calor de la lucha de clases. Teniendo esto en cuenta, los comunistas deben desplegar su trabajo confiando absolutamente en que las reacciones obreras tratarán de expresarse a través de una política diferente, planteando el problema de la eclosión de las luchas, su dirección y su encuadramiento en una perspectiva sólida.

Por tanto, en lugar de tratar de resolver problemas insolubles, como el de una cohabitación contingente y artificial de elementos opuestos, sobre la base de un programa que sería resultado de un compromiso que cada componente trataría de romper a la menor ocasión en la que viera posibilidad de sacar ventaja, los comunistas tratarán de establecer un frente único sólido sobre la base de las reivindicaciones concretas que presentan a la clase obrera los diferentes partidos que actúan en su seno. Por ejemplo la lucha por la defensa de la democracia no es más que un producto artificial que sacan a relucir los socialistas para impedir la lucha obrera, y también los comunistas, aunque su programa incluya la lucha por la destrucción violenta de todo régimen burgués, incluidos los democráticos. Por tanto, la defensa de la democracia no constituye un elemento que permita crear un frente único. En cambio, la política de los diferentes partidos que tiene que ver con la defensa de los salarios, con los subsidios de paro o las libertades obreras, no comporta ninguna acrobacia política y responde a las aspiraciones reales de las masas. 

Teniendo en cuenta que, en las circunstancias actuales en Bélgica, el capitalismo conserva su dominio por el canal de la socialdemocracia, que controla las potentes organizaciones sindicales, la Liga hará un llamamiento a todos los grupos: P.C.B., Oposición de Izquierda, Réveil Syndicaliste, Izquierda Socialista, para llegar a un acuerdo de cara a la preparación de la huelga general. Esta preparación debe llevarse a cabo con el apoyo de todos los movimientos obreros y bajo su coordinación, con las miras puestas en un movimiento general. Una comisión del Congreso de la Liga establecerá las consignas concretas a defender, que serán presentadas a las organizaciones mencionadas de cara al frente único.

10. El régimen interno del sindicato

Los estatutos de una organización sindical se derivan necesariamente de la función social que ésta asume. Dado que el sindicato es el organismo gracias al cual el partido logra elevar la conciencia de clase de los trabajadores a través de los acontecimientos de clase, sus estatutos sólo pueden ser la expresión de esta idea fundamental.

La noción más corriente, y también la más vulgar, consiste en exigir un estatuto supuestamente democrático. Separada de una concepción organizativa de la lucha, la noción de democracia proletaria es una idea abstracta. Aplicada al sindicato, quiere decir que se convocan regularmente asambleas y que todas las tendencias pueden expresar su propio punto de vista. Los comunistas propondrán unos estatutos que permitan al sindicato jugar su papel en la lucha de clases, que acepten sin reticencias el derecho de las fracciones políticas a intervenir como tales en la vida sindical y política de la organización. Unos estatutos democráticos son inconcebibles al margen del derecho a formar fracciones. Los comunistas combatirán por tanto los estatutos que en nombre de la «democracia proletaria» prohiban la existencia y la actividad de determinadas fracciones políticas, o que, siempre en nombre de esta «democracia», impongan sus puntos de vista en las asambleas sindicales, o a pesar de las asambleas. Sobre la base de esta posición fundamental, los comunistas lucharán para que se regule la convocatoria de asambleas generales mensuales. 

El hundimiento de los sindicatos en el marasmo colaboracionista, su transformación de órganos de lucha contra el capitalismo en instrumentos en manos del propio capitalismo, repercute necesariamente en la estructura interna de los sindicatos. Sus rasgos más distintivos son una centralización a ultranza y una burocracia omnipotente. 

La célula social que permitió a los trabajadores desplegar su lucha contra la patronal para vender la fuerza de trabajo a mejor precio fue la profesión, el oficio. De ahí la natural inclinación del sindicato, originalmente, a circunscribir su organización a la profesión. El desarrollo del capitalismo, la transformación de los procesos productivos y su progresiva mecanización han reducido considerablemente las diferencias entre profesiones, arrebatando así toda justificación a la organización sindical autónoma por profesión. La uniformización progresiva de las condiciones de trabajo, no obstante, no ha quitado toda razón de ser a la organización de los trabajadores en sindicatos profesionales.

En el curso de esta transformación del sindicato de oficio, o de profesión, a sindicato de industria, la burocracia ha logrado establecer su control sobre el aparato sindical. Bajo pretexto de impulsar la centralización, que se ha vuelto necesaria por la transformación del capitalismo, la burocracia, amalgamando muy a menudo corporaciones muy diversas y heterogéneas en una misma organización, a menudo destruye los lazos entre los obreros de una misma corporación y les incapacita para desplegar la lucha por conservar el precio de su fuerza de trabajo. 

Por supuesto, el ideal de los comunistas no es volver al corporativismo de antaño, superado por la propia evolución de las cosas. Pero es importante denunciar uno de los canales por los que se infiltra el burocratismo y su dominio sobre las masas sindicadas, del mismo modo que hay que conservar ciertos particularismos profesionales allí donde estos aún ofrecen una base real para la lucha.

Conviene establecer una distinción fundamental entre la asamblea general y las asambleas profesionales en el seno del sindicato. La asamblea general es la única cualificada para establecer la orientación del sindicato, pues ahí es donde pueden expresarse concepciones que no reflejan únicamente los distintos intereses profesionales, sino los intereses generales de todo el proletariado. Los comunistas velarán por mantener esta distinción entre asamblea profesional y general, para lograr la mayor concentración y el máximo interés de los sindicados a la hora de definir la orientación general del sindicato en las asambleas plenarias. Por otra parte, esta posición evita que una asamblea profesional adopte una postura política determinada que choque con la del conjunto de los trabajadores en las asambleas generales.

No obstante, hay que tener cuidado de que los intereses de una profesión no se vean lesionados. Por otra parte, la conducción de una huelga profesional, si bien no puede sustraerse completamente a la competencia de los comités generales, hay que dejarla sobre todo en manos de los órganos que emanan de la profesión, al menos mientras no se salga de su marco puramente profesional. 

El Comité de la sección regional debe ser nombrado exclusivamente por la asamblea general. Hay que rechazar enérgicamente el método en vigor en ciertos sindicatos, que consiste en constituir el Comité con delegados procedentes de los distintos comités profesionales. El Comité de sección debe ser elegido por la asamblea, a partir de una discusión en la que las diferentes tendencias presentes en el movimiento obrero puedan confrontar sus puntos de vista. El Comité sólo tiene poder ejecutivo: no es más que un simple órgano de ejecución de las decisiones aprobadas por la asamblea general. Por tanto, está claro que en caso de acontecimientos graves, en realidad ante cualquier acontecimiento, el Comité de sección no puede en ningún caso adoptar una postura sin antes convocar previamente una asamblea, que es la única que puede tomar una decisión. En este caso el Comité convocará asambleas extraordinarias. Los comunistas deben reaccionar contra esa maniobra de algunos comités de sección que consiste en pasar sus responsabilidades a comités irresponsables, como los comités de parados, profesionales, de extranjeros, etc. Estos comités, que no pueden tener más que una atribución técnica, deben emanar del Comité de sección y no ser elegidos en asambleas, forzosamente muy restringidas y que por tanto no tienen ninguna capacidad para actuar independientemente. Los comités de sección promueven muy a menudo la formación de este tipo de comités, haciendo que se vote en asambleas reducidas, para poner un tampón entre él y los sindicados y sobre todo para descargarse de responsabilidades. 

Son las asambleas generales de los miembros las que deben nombrar a los funcionarios retribuidos. Este método, aunque no constituye una absoluta garantía contra el burocratismo y la corrupción, es el único que permite un cierto control por parte de los obreros. Hay que combatir esa idea de inamovilidad de los funcionarios y de que disfruten de un estatuto especial que regule sus condiciones de vida al margen de los salarios obreros. Las asambleas deben tener el derecho a revocar en todo momento a cualquier funcionario. Los salarios de los funcionarios deben ser equivalentes a los salarios que cobran los obreros cualificados de la industria en cuestión. 

En lo que respecta a las expulsiones, los comunistas rechazan cualquier expulsión por delito de tendencia, incluida la pertenencia a la O.S.R., teniendo en cuenta ante todo que no se pueden adoptar sanciones políticas cuando la organización sindical parte de una base viciada (afiliación al P.O.B., moción Mertens13, etc.).

La expulsión únicamente es aceptable en caso de traición de clase (romper una huelga) o deshonestidad.

Conviene subrayar que, en Bélgica, la elaboración de unos verdaderos estatutos sindicales que permitan a los sindicatos convertirse en instrumentos de la lucha de clases únicamente será posible si éstos se desafilian del P.O.B. Por supuesto, los comunistas reivindican con insistencia la tarea de dirigir el movimiento sindical según sus concepciones programáticas, pero en ningún caso, ni siquiera tras la toma del poder, deben permitir que los sindicatos se afilien al P.C., pues como ya se ha expuesto el partido y el sindicato tienen funciones distintas.

Actualmente la afiliación de los sindicatos al P.O.B. supone el control absoluto de la socialdemocracia sobre los sindicatos, impidiendo que, al calor de los acontecimientos, la confrontación de las concepciones de las distintas corrientes termine provocando un desplazamiento de los obreros dentro el sindicato, que se refleje en la modificación de los comités sindicales (que siempre representan una determinada fracción sindical política, abiertamente declarada o no). La desafiliación de los sindicatos al P.O.B. permitiría a las fracciones políticas sindicales desempeñar su papel en la organización, es decir, restablecería las obligaciones del sindicato y su función real. 

  1. La Liga de Comunistas Internacionalistas (L.C.I.) fue una organización política belga fundada en su primer congreso los días 20 y 21 de febrero de 1932 en Bruselas, surgida de la fracción mayoritaria del grupo de oposición que había sido expulsada del Partido Comunista Belga en el congreso de Amberes de 1928. Heredera de la tradición de la izquierda comunista y próxima a las posiciones de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista, la L.C.I. se distinguió por rechazar tanto la política de «enderezamiento» de la Internacional Comunista preconizada por Trotsky como la perspectiva de un «segundo partido» sometido a los partidos estalinistas, apostando en cambio por la construcción de núcleos comunistas independientes. A lo largo de los años 1930 desarrolló una intensa actividad teórica y política (plasmada en su Bulletin y en los Cahiers d’Étude) e intervino activamente en las luchas obreras belgas, especialmente en la gran huelga minera de 1932. Las divergencias internas sobre la cuestión española y el carácter del imperialismo condujeron a su escisión en 1937, de la que nació la Fracción Belga de la Izquierda Comunista Internacional. Entre sus militantes destacan Adhémar Hennaut y Jean Baptiste Mélis. ↩︎
  2. El ejemplo de Alemania, donde los nazis acababan de hacerse con el poder unos meses antes, pasando a atacar físicamente las organizaciones sindicales para luego disolverlas legalmente, seguramente estaba en la mente de los autores. ↩︎
  3. La Oposición Sindical Revolucionaria fue una corriente sindical impulsada por la Internacional Comunista a partir de finales de los años 1920, en el marco de la política conocida como «clase contra clase». Ante la dificultad de los comunistas para controlar los grandes sindicatos reformistas, la I.C. promovió la creación de organizaciones sindicales paralelas y opuestas a las centrales socialdemócratas, agrupadas en torno a la Internacional Sindical Roja. En la práctica, estas O.S.R. funcionaban como correas de transmisión de los partidos comunistas dentro del movimiento obrero, lo que las llevó a una política frecuentemente escisionista que debilitaba la unidad sindical de la clase obrera. ↩︎
  4. La Confederación General del Trabajo Unitaria (C.G.T.U.) nació en junio de 1922 como resultado de la escisión del congreso de Saint-Étienne, cuando la minoría revolucionaria de la C.G.T., que agrupaba a sindicalistas cercanos al recién fundado Partido Comunista Francés (diciembre de 1920) y a corrientes anarco-sindicalistas, se separó de la aquella por considerar que esta había traicionado a la clase obrera con su apoyo a la guerra y su deriva reformista. La C.G.T.U., que arrastró a buena parte de los sindicatos de la C.G.T., se adhirió inicialmente a la Internacional Sindical Roja, aunque las tensiones entre comunistas y anarco-sindicalistas fueron constantes en su seno. A lo largo de los años 1920 y hasta su reunificación con la C.G.T. en 1936, en el contexto del Frente Popular, la C.G.T.U. fue perdiendo implantación, y su subordinación creciente a las directrices del P.C.F. y de Moscú (especialmente tras la política de «clase contra clase» impuesta por la I.C. a partir de 1928) la fue convirtiendo progresivamente en un instrumento de la política estaliniana, alejándola de amplias capas del movimiento obrero francés y contribuyendo, paradójicamente, a la fragmentación sindical que decía combatir. ↩︎
  5. Léase sindicalismo revolucionario, o también anarcosindicalismo. ↩︎
  6. El Comité de los 22 (Comité des 22) fue una iniciativa unitaria del sindicalismo revolucionario francés surgida hacia 1930-1931, impulsada fundamentalmente por la Ligue Syndicaliste con el objetivo de reunificar el movimiento obrero escindido entre la C.G.T. reformista y la C.G.T.U. estalinizada. Reuniendo a militantes de ambas centrales y de sindicatos autónomos, el Comité reivindicaba un retorno a los principios de independencia sindical consagrados en la Carta de Amiens de 1906, que establecía la autonomía del movimiento sindical respecto a los partidos políticos. Entre sus figuras destacadas se encontraba Georges Dumoulin, veterano sindicalista revolucionario, así como militantes vinculados a la corriente La Vie Ouvrière. A pesar de algunos intentos de acción conjunta, como la convocatoria del 1º de mayo de 1931, el Comité no logró superar las profundas divisiones ideológicas y orgánicas que fracturaban el movimiento obrero francés, quedando atrapado entre la burocracia de la C.G.T. y la disciplina partidista que el P.C.F. imponía sobre la C.G.T.U. Su fracaso fue objeto de un lúcido análisis por parte de Simone Weil en su texto Après la mort du Comité des 22, en el que la filósofa diagnosticaba la incapacidad del sindicalismo revolucionario para reconstituir una fuerza obrera autónoma en un contexto marcado por la subordinación creciente de las organizaciones obreras a las lógicas partidistas y estatales. ↩︎
  7. En realidad Confederación Nacional del Trabajo, pues se refiere al papel de la C.N.T. en los acontecimientos de los años 30. ↩︎
  8. Partido Obrero Belga, el partido socialista de Bélgica afiliado a la II Internacional. Entre sus militantes destacan Emile Vandervelde o Henri De Man. ↩︎
  9. Los Caballeros del Trabajo (Chevaliers du Travail) constituían hacia 1930 una corriente sindical disidente de carácter revolucionario, activa principalmente en los sectores minero y metalúrgico de la región de Charleroi y, en menor medida, de Lieja. Tras la Primera Guerra Mundial, los Caballeros del Trabajo se reconstituyen en Bélgica como respuesta obrera tanto a la política reformista del Partido Obrero Belga como a las exclusiones de militantes combativos de los sindicatos socialdemócratas, consagradas por la llamada moción Mertens de 1924. En este contexto, los comunistas de la oposición de izquierda (y posteriormente los militantes de la Liga de Comunistas Internacionalistas) trabajaron activamente en su seno, defendiendo la unidad sindical y tratando de orientarlos hacia posiciones de clase independientes, frente a los intentos estalinistas de subordinarlos a la línea del P.C.B. En 1927 agrupaban cerca de 3.800 miembros. ↩︎
  10. Se refiere a la expulsión de los trotskistas y de todos los comunistas disidentes. ↩︎
  11. El I.P.C. (Indice de Precios al Consumo). ↩︎
  12. Se refiere, por supuesto, a que los sindicatos sustituyan al Estado en la gestión de las prestaciones y los seguros, por enfermedad, vejez, etc., no a que asuman todas las funciones del Estado capitalista. ↩︎
  13. La moción Mertens fue una resolución adoptada en agosto de 1924 por el Partido Obrero Belga con el objetivo declarado de preservar la influencia socialdemócrata en el movimiento sindical belga frente a la creciente actividad de los militantes comunistas. La moción establecía la incompatibilidad entre la pertenencia al P.C.B. y el ejercicio de cargos de responsabilidad en los sindicatos vinculados al P.O.B., amenazando con la expulsión a todo militante comunista que desarrollase actividad política en el seno de las organizaciones sindicales. En la práctica, supuso una purga sistemática de los cuadros obreros más combativos, con consecuencias devastadoras para la implantación sindical del movimiento obrero revolucionario: en algunos sectores y regiones, la expulsión de los comunistas provocó un hundimiento dramático de las afiliaciones sindicales. ↩︎

Independencia política y lucha obrera independiente

En un artículo recientemente publicado, ¿Independencia política o espontaneísmo?, Volodia explica la vía de la independencia política como «alternativa frente al espontaneísmo y el economicismo que domina el espacio de la izquierda extraparlamentaria». El título del presente texto responde a la pregunta que lanza el suyo.

Hagamos un repaso. Partiendo de la expresión «elevar la lucha económica a lucha política», Volodia alerta sobre el peligro de interpretar esta consigna de manera abstracta y mecánica: «Casi por pura intuición, lo que uno deduce de este esquema es que de lo que se trata para quienes tenemos conciencia de la necesidad de una forma superior de lucha (los comunistas) es de volcarse en el movimiento espontáneo y trabajar en él para radicalizarlo. Sin especular demasiado uno llega a la conclusión de que, si somos comunistas, no hay otro camino que no sea entregarse a labor en las luchas espontáneas, con el objetivo de vincularse con las masas y tratar de “dirigirlas”. No para reproducir su movimiento actual. Hay que participar para dirigir, y dirigir para elevar. En su labor cotidiana en un frente cualquiera, la labor del comunista implicaría militar codo con codo con los trabajadores no comunistas demostrando una actitud ejemplar, ganándose el respeto de sus compañeros y legitimándose para señalar lo limitado de los objetivos actuales de este frente. De esa manera el militante comunista iría ganando la capacidad para llevar dicho frente más allá mediante la introducción de objetivos más ambiciosos –que los trabajadores no comunistas aceptarán en virtud de la entrega y entusiasmo de los militantes comunistas, que demuestran estar “a la vanguardia”». Más abajo, sigue: «Desde la perspectiva espontaneísta es el propio proceso de lucha –en algunos casos contando con la mediación de la vanguardia comunista– el que va revelando la necesidad de acciones más radicales, más contundentes, más ambiciosas. La lucha económica, en virtud de sus limitaciones internas, sería el medio para revelar la necesidad de una lucha política. Y ahí estará el militante comunista, a la cabeza del proceso, tratando de explicitar esta verdad y de excitar a los huelguistas para que asuman métodos de lucha cada vez más ofensivos –más unitarios y solidarios, más maximalistas». De esta forma, «la función de la organización comunista queda reducida a algo muy elemental: acordar unos procedimientos básicos que permitan ir a las masas y radicalizarlas».

Para Volodia, los límites de esta perspectiva están claros: «¿Qué le puede ofrecer una pequeña organización de comunistas a trabajadores no comunistas en huelga? Desde luego no mucho más que lo que ya les garantiza su propia lucha, si es que consigue tener éxito. Aquí la respuesta habitual viene a ser: un luchador entusiasta que les apoye en sus demandas, les de respaldo material en su movimiento. Es decir, fuerza en la lucha que se está llevando a cabo. En deferencia a esta actitud de solidaridad y compromiso, los trabajadores se mostrarán receptivos a lo que sea que el militante comunista tenga que ofrecerles. Pero lo que la mayoría de grupos comunistas tienen que ofrecer es una serie de consignas maximalistas, un discurso doctrinario o la suscripción a una revista entre triste y aburrida. Puede que algunos trabajadores accedan a este trueque y compren la mercancía ideológica que les ofrecen los comunistas. Algunos de ellos pueden incluso llegar a integrarse en su organización, sumándose a una labor que en última instancia ha asumido como horizonte el proselitismo y ha sido absorbida en la rueda de la espontaneidad, pues la función de los nuevos militantes será reproducir el esquema anterior –y con algo de suerte la organización llegará a superar el centenar de miembros». Concluye que «la historia de las sectas marxistas demuestra que esto no funciona», y seguramente tengamos que darle la razón.

Frente a esta concepción espontaneísta, Volodia explica la perspectiva según él correcta: «Un militante comunista debe ser, por supuesto, un luchador entusiasta y ejemplar. Pero los incentivos que puede trasladar a la clase obrera en tanto que militante comunista son de otro tipo: han de ser incentivos político-ideológicos. Más concretamente: tienen que presentarse en forma de alternativa política. Para que resulte siquiera inteligible la noción de que uno interpela a los trabajadores en nombre de un proyecto de “alternativa política” hacen falta unos prerrequisitos mínimos, que los militantes que se lanzan al movimiento espontáneo a radicalizarlo o a captar adeptos no están en condiciones de cumplir –pues aquellos trabajadores que se prestan a comprar la mercancía ideológica comunista no se están integrando en realidad a un proyecto de independencia política más que de forma nominal: el contenido de su actividad permanece sujeto al marco economicista, y su conciencia no ha sido transformada en un sentido socialista, sino que ha adornado la espontaneidad con cierto maximalismo verbal. […] Si no quiere verse engullido por la lógica a la que inevitablemente subordina su actividad cualquier lucha espontánea, tiene que ser capaz de presentar un proyecto que de algún modo preexista a ese frente». Este proyecto, continúa, «en resumidas cuentas, tiene que existir como una voz pública con amplia difusión, encarnada en un ecosistema de medios que promueva campañas sistemáticas de agitación y propaganda de manera constante, alrededor de unos principios de máximos y una alternativa integral. Lo que se consigue así es asegurarse presencia y referencialidad, un espacio en la esfera pública. […] los comunistas tienen que dotarse de organizaciones políticas propias que, en un sentido mínimo, precedan a la intervención sistemática en las luchas espontáneas, […] de otra manera uno no tendría algo que ofrecer a los trabajadores no comunistas con los que milita en los frentes, así como a las masas a las que uno quiera dirigirse en general. Si lo que los comunistas tienen que diseñar es una alternativa política, para que esta resulte inteligible y reconocible como proyecto integral ha de haber sido articulada de antemano, al menos en sus fundamentos. Desde las capacidades que ofrece el haber construido esta herramienta, o el proceso mismo de su construcción, permite trasladar a los sectores más avanzados de la clase esa referencia, presentar un proyecto colectivo al que se puedan adherir, primero ideológicamente, después organizativamente, integrándose en un espacio en el que puedan defender sus intereses de clase generales, sin que por ello deban abandonar (¡al contrario!) sus organizaciones de lucha inmediata o sectorial. […] Pues ya no se trata simplemente de radicalizar las luchas desde dentro por intermediación de una “vanguardia” comunista. Se trata de ir creando un referente político capaz de proyectar una alternativa integral de cuyo contenido uno pueda hacer agitación y propaganda dentro de cada frente y con ocasión de cada conflicto y cada lucha».

Volodia, de todas formas, advierte que «naturalmente, la constitución de un partido político independiente afecta y modifica la forma de las luchas espontáneas, y es difícil imaginar que pueda constituirse sin haber influido en ellas —haciéndolas más amplias y unitarias, imprimiendolas una perspectiva de clase, favoreciendo métodos más combativos, etc.». Para que no haya malentendidos: «¿Quiere decir lo anterior que una organización política cuya actividad orbite alrededor de la restauración de la independencia política deba aislarse del movimiento espontáneo? No. Es más, es especialmente importante no aislarse de él y mantener una presencia lo más amplia que sea posible, tejiendo lazos y asegurando el arraigo sin el que sería imposible pensar en labores de mayor envergadura».

En resumen, tal y como refleja el título del artículo, Volodia plantea dos alternativas: volcarse en el movimiento espontáneo para radicalizarlo y pescar algunos nuevos militantes, o volcarse en la construcción de una alternativa política (sin desvincularse del todo del movimiento espontáneo), es decir, un partido u organización política de cierta envergadura y presencia en la esfera pública, como paso previo y necesario para una intervención sistemática en las luchas espontáneas. Volodia se decanta obviamente por la segunda.

Y estás líneas no pretenden llevarle la contraria en ese falso dilema, sino plantear el problema en sus verdaderos términos y mostrar las erróneas concepciones del autor a tres niveles:

  1. La intervención comunista en las luchas económicas.
  2. La construcción y el desarrollo del partido comunista.
  3. La relación entre la evolución del movimiento obrero «espontáneo» (término engañoso donde los haya) y el desarrollo del partido de clase.

La intervención comunista en las luchas económicas

Lo que más llama la atención del texto de Volodia es su concepción de la intervención de los comunistas en las luchas económicas, en los dos escenarios o alternativas que plantea.

Por un lado, al exponer las ideas de los partidarios del espontaneísmo, habla ante todo de «radicalizar» (palabra que se repite a lo largo del texto) las luchas económicas, para que vayan «más allá», para que se planteen «objetivos más ambiciosos» y recurran a «métodos de lucha cada vez más ofensivos». Sorprende la visión mercantil con la que trata el tema: los comunistas «ofrecen» a los trabajadores «una actitud ejemplar», el apoyo de «luchadores entusiastas», «respaldo material», «fuerza en la lucha», «solidaridad y compromiso». Los trabajadores, «en deferencia», quizá se muestren «receptivos a lo que sea que el militante comunista tenga que ofrecerles», que según Volodia es poca cosa: «consignas maximalistas, un discurso doctrinario o la suscripción a una revista entre triste y aburrida». No obstante, por pura cortesía, a cambio de este derroche comunista, «puede que algunos trabajadores accedan a este trueque y compren la mercancía ideológica que les ofrecen».

La otra alternativa, la vía de la independencia política, tampoco parece ajena al mercantilismo. Aquí se trata de ofrecer «incentivos político-ideológicos», concretamente «en forma de alternativa política». El objetivo ya no es «radicalizar y captar adeptos», como en el caso del espontaneísmo, sino únicamente lo segundo: «presentar un proyecto colectivo al que [los trabajadores] se puedan adherir, primero ideológicamente, después organizativamente». Dicha alternativa política es un diseño, un producto digamos prefabricado: tiene que «haber sido articulada de antemano, al menos en sus fundamentos», tiene que «preexistir» y «preceder a la intervención sistemática en las luchas espontáneas», pues «de otra manera uno no tendría algo que ofrecer a los trabajadores no comunistas» y la alternativa propuesta no sería «inteligible y reconocible como proyecto integral». En el caso del espontaneísmo, los trabajadores «que se prestan a comprar la mercancía ideológica comunista no se están integrando en realidad a un proyecto de independencia política más que de forma nominal». El espontaneísmo, como «mercancía ideológica», para Volodia es una estafa, un timo. ¿Qué es lo que caracteriza, por tanto, una alternativa política real, no sólo nominal? ¿El programa revolucionario? Según Volodia, no. O al menos no únicamente. Una verdadera alternativa política se reconoce por ser «una voz pública con amplia difusión, encarnada en un ecosistema de medios», por tener «presencia y referencialidad», por ser «un espacio en la esfera pública» y «un referente político». En pocas palabras, una alternativa política es real y no de pega cuando está en el candelero, cuando aparece en la sociedad del espectáculo (por usar la expresión debordiana) como una «mercancía ideológica» más del escaparate, a la misma altura que el resto. Si el espontaneísmo es un fraude, la alternativa política que propone Volodia es en cambio de buena calidad, o al menos lo parece, pues sus portavoces salen en la tele. En los siguientes puntos se abordará la visión del desarrollo del partido de clase que subyace a este planteamiento. Por ahora, basta decir que por lo que parece el partido revolucionario, además de un programa, necesita un buen departamento de marketing.

Volvamos al tema que nos ocupa en este punto, que es la intervención comunista en las luchas económicas. En los dos casos que plantea Volodia el objetivo es el mismo: «captar adeptos», hacer proselitismo. Para conseguirlo, el espontaneísta ofrece su implicación en la lucha y el partidario de la independencia ofrece una alternativa política integral. Pero, ¿acaso es éste el objetivo de la intervención comunista en las luchas económicas y esa es la manera de conseguirlo? ¿No es ésta una visión puramente utilitarista? Veamos.

Es cierto que, en última instancia, la intervención comunista en las luchas persigue el fortalecimiento del movimiento revolucionario, y esto a su vez requiere e implica el crecimiento del partido a nivel cuantitativo. Pero si partiendo de estas premisas deducimos que el objetivo principal de la intervención en las luchas es aumentar el número de militantes de la organización, estamos cometiendo el mismo error que denuncia Volodia en su crítica al espontaneísmo: extraer «conclusiones falaces –formalistas, mecánicas o abstractas» a partir de algunas premisas ciertas. Por otra parte, lo que caracteriza desde hace más de 50 años al «espontaneísmo sectario, que es el marco predominante entre los grupúsculos marxistas y de extrema izquierda», es justamente eso: su consideración del movimiento obrero ante todo como coto de pesca de nuevos militantes para sus organizaciones. 

El crecimiento numérico del partido, en caso de ser un objetivo, es completamente secundario y se logra además por vía indirecta, a través del trabajo bien hecho entre la clase. ¿Cuáles son los objetivos, entonces? El principal objetivo de la intervención comunista en las luchas es mantener al movimiento en una vía clasista e independiente, o en una época como la nuestra, en la que dicho movimiento no existe, contribuir  al resurgimiento del movimiento obrero autónomo.

¿Qué es esta independencia o autonomía de clase en el terreno de la lucha económica? Conviene no confundirla con la independencia política. Ésta se encarna en un programa y unos principios revolucionarios y comunistas. La independencia de clase se refleja también en un programa y unos principios de lucha, pero no ya comunistas ni anarquistas, sino proletarios, de clase, susceptibles por tanto de ser compartidos por el conjunto de los trabajadores, al margen de su profesión de fe ideológica.

La independencia de la clase en su lucha cotidiana contra el capital, en su aspecto puramente formal, se refleja en la independencia de las organizaciones de resistencia obreras (a nivel financiero, orgánico, etc.) frente a las fuerzas de la burguesía (Estado capitalista, partidos políticos, etc.), así como en su funcionamiento democrático, que permite a las distintas tendencias políticas que actúan en su seno adquirir, llegado el momento, su dirección, sin convertirlas no obstante en organizaciones de partido, a nivel orgánico o estatutario. En lo que respecta a su contenido, la independencia de clase se reconoce en los principios de la lucha de clases, de la solidaridad, la igualdad y la unidad obreras, la acción directa, la huelga, la organización permanente de resistencia, el rechazo a la mediación del Estado capitalista en las luchas entre patronos y obreros, etc. 

Con el desarrollo de este asociacionismo de clase independiente en el terreno sindical, que corre paralelo al desarrollo de la conciencia de clase del proletariado, éste aprende a distinguir sus intereses de los de las otras clases, a verse a sí mismo como la moderna clase de los esclavos, a poner en cuestión el trabajo asalariado, a no caer continuamente en las trampas de la burguesía, a defender sus intereses de manera intransigente en cualquier circunstancia (gobierne la izquierda o la derecha, haya guerra o haya paz), a concebir otra posible organización de la sociedad y abrir su mente a las ideas y la práctica revolucionarias. 

Si este es el objetivo, ¿cómo se consigue? Ciertamente la independencia no se consigue intentando «radicalizar» las luchas, ni con «incentivos político-ideológicos», ni siquiera con panfletos a favor de la lucha de clases y la unidad. O al menos no se consigue sólo con eso. En el estado de absoluta dependencia en el que se halla hoy la clase obrera, la defensa de la independencia de clase requiere de una actividad constante en los centros de trabajo que, ante cualquier lance o situación, aclare los principios que deben guiar la lucha o la actitud de los trabajadores. Se trata de una actividad ordinaria y poco gratificante (según los parámetros del «doy para que des») que consiste, sí, en redactar panfletos con hermosas frases sobre la solidaridad de clase, pero también en explicar, por ejemplo, por qué debemos evitar las subidas porcentuales de salario (frente a las subidas nominales), o qué consecuencias puede tener en una huelga la división entre fijos y eventuales si no se toman las medidas oportunas, o qué maniobras está llevando a cabo el patrón junto a sus agentes sindicales, o qué se esconde detrás de un hecho determinado y aparentemente sin importancia, etc. En un centro de trabajo, prácticamente todos los gestos, todas las situaciones, llevan un sello de clase, capitalista o proletario. Y es importante que los trabajadores aprendan a descifrarlo.

Los partidarios de esta noción de independencia de clase cuentan, no obstante, con una ventaja: el programa y los principios que proponen para la lucha económica (con los métodos, consignas y reivindicaciones que se derivan de ellos) son los únicos que garantizan unas mínimas posibilidades de éxito a la clase obrera en su lucha de resistencia cotidiana. Funcionan, por tanto, en un doble sentido: para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores a nivel inmediato y, aún más importante, para impulsar el desarrollo del movimiento obrero por una vía clasista e independiente orientada hacia el acoso y derribo del régimen capitalista.

Retomando, pues, la pregunta de Volodia: «¿Qué le puede ofrecer una pequeña organización de comunistas a trabajadores no comunistas en huelga?», podríamos responder: mucho, todas las herramientas y principios de la lucha clasista, fruto de 200 años de combate entre Trabajo y Capital. Es cierto que para ello hay que plantear las cosas como es debido.

La construcción y el desarrollo del partido comunista

Según Volodia, los partidarios del espontaneísmo y los defensores de la independencia política buscan respectivamente, en su intervención en las luchas económicas, unos «ganar adeptos» y otros «presentar un proyecto colectivo al que [los trabajadores] se puedan adherir, primero ideológicamente, después organizativamente». Vamos, que buscan lo mismo. La diferencia está en que los primeros ofrecen a cambio el sacrificio de sus militantes en la lucha económica y los segundos «otro tipo de incentivos»: una alternativa política como dios manda.

Los términos en los que Volodia define lo que es una alternativa política parecen sacados de un manual publicitario: un «proyecto integral» «inteligible y reconocible», «una voz pública con amplia difusión, encarnada en un ecosistema de medios» y que goza de «presencia y referencialidad, un espacio en la esfera pública». Dicho en otras palabras, la alternativa política comunista debe hacerse mainstream antes de que los comunistas inicien la «intervención sistemática en las luchas espontáneas», y precisamente para poder llevar a cabo ésta con ciertas garantías.

Los comunistas, se entiende, tienen que estar en el candelero, ser una voz más en la arena pública, hasta cierto punto en pie de igualdad con el resto, para aparentar o representar que son una alternativa política real. Pues el proceso es éste: 1º) la organización comunista se convierte en «un referente político»; 2º) empieza a intervenir sistemáticamente en las luchas espontáneas de la clase; 3º) a través de dicha intervención sistemática se convierte en una organización proletaria digna de ese nombre. Una alternativa política proletaria que aún no ha iniciado el trabajo sistemático entre la clase y por tanto no cuenta con su apoyo, ¿es una alternativa política real o sólo nominal? Lo será tan solo en apariencia, aunque Volodia afirme lo contrario. Pues lo que da fuerza al partido como alternativa política no es su presencia o ausencia en los medios. Ocurre al revés: el grado de presencia del partido en la arena pública es proporcional a su fuerza, que por otra parte tampoco se reduce simplemente al número de miembros y simpatizantes del partido.

Por otro lado, como ya hemos comentado en el apartado anterior, la intervención comunista en las luchas económicas, sobre todo hoy en día con la clase obrera desaparecida de la escena histórica, no consiste en ofrecer una alternativa política elegante y atractiva, lista para recibir las simpatías de los trabajadores, lista para consumir. Consiste, como se ha intentado explicar, en colaborar en la reformación de la clase obrera, en el resurgimiento del movimiento obrero independiente y el asociacionismo proletario, sin el cual, por mucho que algunos aparezcan en los medios representando al proletariado y hablando en su nombre, éste seguirá siendo un cadáver.

Aunque el partido formalmente surge fuera de la clase y de su movimiento espontáneo, el desarrollo del partido y el de la clase están íntima y dialécticamente ligados. La fuerza o la debilidad del partido expresa la fuerza o la debilidad de la clase en su conjunto. Y para salir del actual estado de debilidad no hay atajos ni artificios posibles, no conviene aparentar lo que no se es, no es cuestión de una buena campaña de marketing.

La relación entre la evolución del movimiento obrero y el desarrollo del partido de clase

Volvamos a la frase que sirve a Volodia para desplegar toda su argumentación: «elevar la lucha económica a lucha política». ¿Cómo es este proceso? Pocos párrafos lo describen mejor que éstos del Manifiesto: 

«El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y  consolidarse. […] Al principio son obreros aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de toda una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que personalmente los explota. […] En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. […] Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones. Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. […] Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política.  […] Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros.  Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante».

Marx ya había explicado en La ideología alemana que «los diferentes individuos sólo forman una clase en la medida en que se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues de otro modo ellos mismos se enfrentan unos a otros, hostilmente, en el plano de la competencia».

Lenin dirá (Nuestra tarea inmediata): «la lucha de los obreros contra los capitalistas necesariamente se convierte en lucha política, a medida que se convierte en lucha de clases», y «la lucha de los obreros se convierte en lucha de clases, sólo cuando los representantes de vanguardia de toda la clase obrera de un país tienen conciencia de la unidad de la clase obrera y emprenden la lucha, no contra un patrono aislado, sino contra toda la clase capitalista y contra el gobierno que apoya a esa clase. Sólo cuando cada obrero tiene conciencia de ser parte de toda la clase obrera, cuando en su pequeña lucha cotidiana contra un patrono o un funcionario ve la lucha contra toda la burguesía y contra el gobierno en pleno, sólo entonces su lucha se transforma en lucha de clases».

Vemos claramente, pues, que: 1) los proletarios se forman como clase a través de la lucha; 2) al constituirse en clase, la lucha obrera se transforma en lucha de clases, lucha de clase contra clase, lucha política por tanto; 3) esto sucede cuando la lucha obrera se extiende cuantitativamente, se profundiza cualitativamente y alcanza cierto estadio de desarrollo (a nivel nacional, se podría decir). 

Por aclarar: cuando Marx habla de «la organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político», se refiere al partido en su sentido histórico, no formal. No está hablando de una organización revolucionaria concreta, con su programa y estatutos, sino de una fuerza organizada de tal amplitud que permite al proletariado actuar como sujeto en el terreno histórico.

En todo caso, en estas citas se percibe claramente la naturaleza dialéctica de la relación entre partido y clase. El partido, a nivel histórico, sólo existe cuando la lucha de la clase obrera se ha desarrollado, cuantitativa y cualitativamente, hasta convertirse en lucha de clases. Para el partido revolucionario, considerado ahora a nivel formal (es decir, las organizaciones concretas que dicen defender los intereses históricos del proletariado), la tarea por tanto consiste en poner su grano de arena para que el proletariado llegue a esta situación lo antes posible y sin desviarse, para que se constituya como clase y de esa forma el partido exista no sólo formalmente, sino también en sentido histórico. El desarrollo de la organización formal del partido, lógicamente, seguirá el curso de la evolución del proletariado y de sus luchas. El partido será pequeño cuando el proletariado es débil. Y, suponiendo que ejecute su labor revolucionaria como debe, crecerá con el desarrollo de la lucha proletaria, desarrollo del que es al mismo tiempo causa y efecto. 

La intervención en las luchas cotidianas de la clase por parte de los comunistas no consta por lo tanto de dos fases, una preliminar, antes de la conformación del partido como alternativa política real y voz mediática, y otra posterior, en la que dicha intervención puede adquirir ya carácter sistemático. La intervención debe ser continua, lo único que cambia es la capacidad de actuación, en función del estado de desarrollo en el que se encuentre la organización del partido. Una organización revolucionaria pequeña y débil obviamente tendrá menos recursos y capacidad, pero sus militantes deben tener claro en todo momento que la suerte del partido está directamente ligada a la de la lucha y la organización obrera independiente. Mientras ésta no exista, es imposible que el partido se presente como alternativa política real.

Es cierto que ni Marx, ni Engels, ni Lenin tuvieron que lidiar con el problema de la independencia de clase en su lucha económica, por una sencilla razón: en aquella época la independencia de clase era algo que, hasta cierto punto, se daba por hecho en las organizaciones obreras. Los sindicatos, las cajas de seguros, etc., en general eran instituciones construidas, administradas y conducidas por los trabajadores. Podían estar dirigidas por reformistas, pero ello no les arrebataba su vida y carácter proletarios.

El problema de la independencia de la clase en su lucha económica surgió principalmente después, en el umbral de la segunda carnicería imperialista mundial, cuando la democracia, aprendiendo del fascismo, logró corromper y desfigurar los sindicatos obreros, dándoles carta de naturaleza en la sociedad y el Estado burgués como representantes de los intereses corporativos de los trabajadores, desnaturalizándolos como organismos obreros de lucha de clases, ahogando toda vida proletaria en ellos, transformándolos en organismos para la colaboración de clases al más puro estilo fascista, hasta convertirlos en lo que son hoy día.

La burguesía, finalmente, se vio obligada a dar la razón a Marx: el camino que conduce al proletariado a plantear una amenaza revolucionaria se inicia localmente, en los centros de trabajo («Al principio son obreros aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de toda una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que personalmente los explota»). Si se corta este proceso de raíz allí donde comienza, la burguesía puede dormir tranquila. Así pues, toda la actividad de los trabajadores encaminada a intentar mejorar sus condiciones laborales debe permanecer vigilada por los agentes sindicales de la burguesía, encuadrada dentro de los sindicatos colaboracionistas y ceñida a los límites que la ley burguesa establece para la lucha, un marco que precisamente tiende a arrebatarle todo contenido hasta convertirla en una representación de lucha, una protesta simbólica.

A grandes rasgos, la situación hoy es la siguiente: Una enorme losa pesa sobre el proletariado, impidiendo que el progresivo deterioro de sus condiciones de existencia desemboque en una lucha independiente en defensa de sus intereses. Esta losa es ante todo de carácter político (en el más amplio sentido de la palabra: cultural, ideológico, institucional, etc.) y adquiere mil formas: el peso de la tradición de décadas de paz social y colaboración de clases (y su reverso, la ausencia de una tradición de lucha viva); la influencia de la ideología y la cultura capitalista dominante, individualista y egocéntrica, y de la mentalidad pequeño burguesa que conlleva; la ley y el derecho burgués; la presencia de los partidos políticos de izquierda; la vigilancia y el colaboracionismo sindical, y un largo etcétera. Todo este peso, esta losa política con la que la burguesía pretende mantener al proletariado hundido, sólo puede ser contrarrestado por el empuje de otra fuerza de carácter político (en este caso proletario) de la misma magnitud y sentido contrario, ayudado también por las circunstancias y condiciones materiales. Cuando digo que se necesita una «fuerza de carácter político», no me refiero a una gran organización política, ni a la publicación de manifiestos grandilocuentes, sino a la presencia sobre el terreno, en los centros de trabajo, de los militantes proletarios, que son los únicos capaces hoy de ejercer de contrapeso frente a todos los factores que contribuyen a mantener al proletariado inmovilizado, y de ayudarle a recuperar lo que una vez fue el ABC de la conducción de la lucha económica, las líneas maestras de la lucha de clases.

Lo bueno de esta labor es que en ella pueden converger los esfuerzos de todos aquellos que piensan que «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos» (anarquistas, comunistas, etc.), pues el resurgimiento del asociacionismo proletario independiente es condición, no suficiente, pero sí necesaria para que los trabajadores puedan encarar dicha emancipación con posibilidades de éxito. Para ello, eso sí, hay que abandonar la tradicional afición que tienen algunos por la pesca de prosélitos en las aguas revueltas de la lucha obrera. La independencia política es, por supuesto, necesaria, pero también pasa por reconocer cuál es el estado de cosas actual y las tareas políticas que plantea con urgencia.

Ángel Rojo.

Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga de 1910 a 1930 · Anexo Documental

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PRESENTACIÓN

         Al margen de las publicaciones y recopilaciones realizadas por los distintos partidos herederos de la tradición de la Izquierda Comunista Italiana, es la primera vez que se reúnen en un volumen, traducidos al castellano, los documentos más destacados correspondientes al periodo formativo de esta corriente política. Algunos escritos, de hecho, se publican aquí por primera vez en castellano.

         Esta recopilación de tesis, artículos, discursos y cartas que se ha añadido como tercer volumen a la obra Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga de 1910 a 1930, de Agustín Guillamón, constituye por tanto una fuente documental indispensable para el estudio de los fundamentos teóricos de la Izquierda Comunista Italiana, que son los del marxismo revolucionario. Ahí reside exclusivamente su utilidad para la clase proletaria hispanohablante y su lucha revolucionaria.

         Todos los escritos se han traducido del italiano, partiendo, cuando ha sido posible, de una copia digitalizada del documento original. Así ha ocurrido con los textos extraídos de Il Soviet (Tesis de la Fracción Comunista Abstencionista), Rassegna Comunista (Partido y clase, Partido y acción de clase, las Tesis de Roma y El principio democrático) y Prometeo (El movimiento dannunziano, Lenin en el camino de la revolución, El comunismo y la cuestión nacional y Organización y disciplina comunista). Por su parte, el Memorial de Bordiga en el juicio a los comunistas italianos se ha tomado de una copia digital del folleto Il processo ai comunisti italiani, 1923. Cuando no se disponía de una copia digitalizada del documento, se ha recurrido a las distintas páginas web de las actuales organizaciones herederas de la tradición política de la Izquierda Italiana. Así, de la edición digital de la revista Comunismo se ha tomado la Carta del CC del PCUS a la delegación italiana en el IV Congreso y respuesta de la delegación italiana, La función histórica de las clases medias y la inteligencia, la Plataforma del Comité de Entente y la Declaración del representante de la Izquierda no publicada por el Comité Central. De la edición digital de los Quaderni Internazionalisti di Prometeo se ha extraído la Moción presentada por la Fracción Comunista en el XVII Congreso del PSI. De la web del Partido Comunista Internacional, el Proyecto de Tesis sobre la táctica presentado en el IV Congreso de la IC. Y de la web de n+1 los doce documentos restantes.

         Aunque la traducción no se ha realizado con ánimo ni capacidad profesional, sino con espíritu militante, se ha intentado hacer de manera meticulosa y hasta escrupulosa, tratando de permanecer fieles al contenido del texto, por supuesto, y también a su forma, en la medida en que esto último no chocaba con una adecuada exposición en castellano, que siempre facilita la lectura y la comprensión. Todas las notas a pie de página son de traducción.

         Tengo que dar las gracias a Agustín, Clara y Jorge, que han colaborado en la traducción de algunos documentos y sin cuya ayuda esta recopilación difícilmente se habría llevado a cabo.

Ángel Rojo, septiembre 2020

Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga de 1910 a 1930 · Volumen II (Agustín Guillamón)

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REFLEXIONES FINALES

De 1912 a 1926 la acción y pensamiento político de Amadeo Bordiga encarnaron la lucha del marxismo revolucionario en Italia.

Ya antes de la Primera Guerra Mundial, la izquierda marxista del PSI expresó en los congresos de Reggio Emilia (1912) y Ancona (1914), el surgimiento de una mayoría capaz de enfrentarse al reformismo, el sindicalismo y el nacionalismo. 

Dentro de esta ambigua mayoría (de la Fracción Intransigente) se delineó la formación de una extrema izquierda (la Fracción Intransigente Revolucionaria), que tendió siempre a soluciones más radicales y clasistas. Esta extrema izquierda del PSI, en los congresos de Bolonia (mayo de 2015), Roma (febrero de 1917) y Florencia (noviembre de 1917) sostuvo posiciones muy próximas a las de los bolcheviques, como fueron la negación de la ayuda obrera a las tareas de defensa nacional y la consigna de derrotismo revolucionario, lanzada por Bordiga tras Caporetto (derrota italiana de octubre de 1917).

La fundación de Il Soviet (diciembre de 1918), órgano de la Fracción Abstencionista, supuso la defensa decidida de la revolución rusa y de la dictadura del proletariado, así como un claro planteamiento de la función del partido revolucionario.

La Fracción Abstencionista se planteó, desde el primer momento, la escisión del PSI de los revolucionarios. Su objetivo y su tarea principal en los años 1919 y 1920 fue extender la fracción a nivel nacional para fundar el Partido Comunista. En el II Congreso de la Internacional Comunista, la Fracción Abstencionista abandonó el abstencionismo como criterio táctico fundamental, y Amadeo Bordiga tuvo una intervención decisiva en el endurecimiento de las condiciones de admisión a la Tercera Internacional.

En todo momento, la acción y el pensamiento de Amadeo Bordiga tienen un marco italiano e internacional, íntimamente entrelazados, como correspondía a la militancia en el movimiento comunista internacional.

En enero de 1921, en el Congreso de Livorno del PSI, Bordiga dirigió y protagonizó la escisión de los comunistas y la fundación del PCI. Fue el máximo dirigente del PCI desde su fundación hasta el IV Congreso de la IC (diciembre de 1923).

La asimilación de los clásicos marxistas constituye una impronta imborrable y una constante referencia en los textos programáticos bordiguistas. Este dominio teórico, unido a la experiencia adquirida por Bordiga en la lucha contra el oportunismo imperante en la Segunda Internacional, le prepararon para enfrentarse a las crecientes disidencias entre el PCI y la IC con una capacidad crítica excepcional, dotada de una característica coherencia, rigor e intransigencia que la hacían temible y respetada a la vez.

El nuevo oportunismo, que hacía mella en la Internacional Comunista, se caracterizaba por una permanente adecuación del análisis histórico del capitalismo al cambio producido en las condiciones y situaciones inmediatas de la lucha del proletariado.

Amadeo Bordiga comprendió, analizó y denunció el carácter del oportunismo comunista. Del mismo modo, supo captar los primeros síntomas de abandono de los principios programáticos comunistas. Y se enfrentó hasta el último momento, en el seno de la propia Internacional, a la progresiva degeneración oportunista y contrarrevolucionaria del movimiento comunista internacional. No porque creyera que aún era posible evitar la derrota de la oleada revolucionaria iniciada en 1917, sino para dar testimonio y facilitar en el futuro la restauración teórica y organizativa del partido revolucionario.

En 1926, la Izquierda del PCI había culminado un largo proceso de formación ideológico y programático, caracterizado por las tensiones y enfrentamientos con la Internacional Comunista.

Estas divergencias no se resolvieron mediante una escisión, con ocasión de la acusación de fraccionalismo hecha al Comité de Entente (junio de 1925), a causa de la decidida oposición de Bordiga, contrario a la ruptura definitiva con el PCI y la IC.

El Congreso de Lyon del PCI (enero de 1926), supuso la definitiva derrota organizativa de la Izquierda, dada su imposibilidad de presentarse como fracción o tendencia en el seno del partido, así como de defender sus posiciones políticas.

La intervención de Amadeo Bordiga en el VI Ejecutivo Ampliado de la Internacional fue la última posibilidad que tuvo la Izquierda del PCI de utilizar una tribuna internacional para defender el programa comunista fundacional. El brusco enfrentamiento entre Stalin y Bordiga, en torno a la cuestión rusa y la teoría del socialismo en un solo país, señalaba la definitiva derrota de las concepciones revolucionarias en el seno del movimiento comunista internacional.

Bordiga constató que la llamarada revolucionaria internacional iniciada con el Octubre ruso había sido definitivamente apagada por el alud contrarrevolucionario. Reconocida esta derrota histórica del proletariado, rechazó todo activismo y mística de la vanguardia y la organización, abrazó una concepción férreamente determinista de las posibilidades revolucionarias y personalmente consideró inútil su militancia activa en la clandestinidad impuesta por el fascismo.

En 1926, en el momento de su detención y confinamiento por las autoridades fascistas, pero cuando ya estaba también organizativamente aislado en el seno del partido y en la Internacional, Amadeo Bordiga había elaborado, como líder de la Izquierda del PCI, un cuerpo teórico coherente y acabado, claramente diferenciado del marxismo soviético oficial.

Los rasgos diferenciales fundamentales de este pensamiento marxista bordiguista eran, en 1926, los siguientes:

  1. Rechazo de la táctica de frente único y de la consigna de los gobiernos obreros y campesinos, así como de todo tipo de coalición antifascista.
  2. Rechazo de la dirección de la Internacional Comunista por el Partido Comunista ruso y de la teoría del socialismo en un solo país.
  3. Rechazo de la necesidad de defensa de la democracia burguesa por parte de los comunistas.
  4. Rechazo del antifascismo y de toda doctrina política ajena a la lucha de clases.
  5. Consideración de la democracia y el fascismo como dos formas de dominio burgués complementarias, equivalentes e intercambiables.
  6. Rechazo del principio democrático en el seno del Partido Comunista. Al centralismo democrático se opone el centralismo orgánico.
  7. Lucha y crítica contra el oportunismo, entendido como dejación de principios programáticos fundacionales.
  8. El partido es definido como un órgano de la clase, no inmediatista, centralizado, que defiende su programa intransigentemente, anteponiendo la defensa de los intereses históricos del proletariado al reformismo.
  9. La táctica tiene unos límites impuestos por el programa comunista. Una táctica inadecuada influye necesariamente en cambios programáticos, así como en la naturaleza misma del partido.
  10. Rechazo a la fundación de una nueva Internacional sobre la base de un denominador común de experiencias negativas o críticas a la Tercera Internacional o el estalinismo. Necesidad previa de un balance histórico de los errores de la Internacional y de elaboración de una plataforma programática común. 

La derrota organizativa de la Izquierda del PCI era consecuencia directa de su defensa intransigente de los principios programáticos comunistas. En 1928, en el suburbio industrial parisino de Pantin, los exiliados comunistas italianos en Bélgica y Francia se reunieron para fundar una nueva organización, que podemos calificar sin lugar a dudas como bordiguista: la Fracción de Izquierda del PCI, que en 1935 cambió este nombre por el de Fracción Italiana de la Izquierda Comunista Internacional.

En la declaración de su congreso fundacional, este grupo manifestaba su adhesión a los principios programáticos del II Congreso de la IC, del congreso fundacional del PCI en Livorno, de las tesis de Bordiga en la conferencia clandestina del PCI en Como, de las tesis presentadas por Bordiga al V Congreso de la IC, así como de todos los escritos del camarada Bordiga. Es decir, la nueva organización política se declaraba partidaria de toda la acción y el pensamiento político desarrollados por Amadeo Bordiga, desde su intervención en el II Congreso de la Internacional Comunista y en Livorno hasta sus últimas intervenciones en Lyon o en el VI Ejecutivo Ampliado de la IC, de 1926. El apelativo de bordiguismo, dado por el resto de formaciones políticas, no podía ser más apropiado. 

Sin embargo, debemos señalar que la Fracción de Izquierda del PCI rechazó, en todo momento, el apelativo de bordiguista. No deja de ser cierto que las tesis desarrolladas por este grupo durante los años treinta se hicieron sin contacto alguno con Bordiga. Por otra parte, los escritos de Amadeo Bordiga se resisten a la personalización: son siempre textos de partido, aunque esta característica conozca grados diversos, desde los de carácter programático a los artículos de debate o la correspondencia con otros militantes.

¿Hasta qué punto es lícito personalizar e individualizar unos textos programáticos, de partido? El peligro radica en convertir la historia de un partido o un movimiento en la biografía de sus dirigentes.

¿No es ahistórico y erróneo personalizar el complejo fenómeno del estalinismo en la persona de Stalin? ¿Es factible reducir la alternativa histórica que se presentaba ante el PCI, entre la defensa de los principios programáticos de Livorno o la aceptación de la disciplina ciega a la Internacional, en un enfrentamiento individual entre Amadeo Bordiga y Antonio Gramsci?

El propio Bordiga se quejaba, en los agrios debates sobre el fraccionalismo del Comité de Entente de la Izquierda, del excesivo personalismo en torno a su nombre. Conocida es, por lo demás, su concepción del líder en un partido comunista como mera función totalmente despersonalizada. El mérito y la fuerza de Gramsci y Togliatti en el PCI no fue otro que el de ser los hombres de confianza de la Internacional en Italia. Esa es también su miseria, porque ello suponía su plena identificación con el naciente estalinismo. La inevitable derrota y la debilidad de Bordiga radicaban en su intransigente oposición al oportunismo y a la degeneración de la Internacional. Esa es también su grandeza histórica, y el origen y la razón de ser del bordiguismo como corriente marxista diferenciada.

Agustín Guillamón.

«Anti-Gramsci», o ¡Vamos, Antonio, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal!

El aniversario de la muerte de Gramsci se ha celebrado un año más en la prensa izquierdista con la correspondiente ristra de artículos y panegíricos, loas y cumplidos. Gramsci nunca pasa de moda. Bien es cierto que el corte gramsciano se adapta a todas las temporadas y estilos, y que por su parte la izquierda radical, siempre más preocupada por las apariencias que por el fondo, nunca pierde la oportunidad de cubrir sus vergüenzas con los ropajes más horteras, siempre que sea para dar el pego. Como se suele decir, aquí se junta el hambre con las ganas de comer.

Como toda buena mercancía moderna, la obra y el pensamiento de Gramsci se prepara al gusto del consumidor, que siempre tiene razón. De esta forma, bajo la sombra del árbol gramsciano se puede reunir, en las fiestas de guardar, la gran familia del izquierdismo. Ocurre que la sombra es escasa, pues el árbol nunca fue muy frondoso, y la familia es numerosa, reuniendo a tres generaciones de impostores (a saber: los abuelos estalinistas, los hijos eurocomunistas y los nietos podemitas). Pero ya saben, familia que reza unida permanece unida cual «bloque histórico». Unos agarran su estampita de Gramsci marxista-leninista, fundador y bolchevizador del PCdI. Otros prefieren encomendarse al Gramsci «trotskista», crítico con Stalin. El Gramsci antifascista causa mucha devoción, por supuesto. Y la imagen de Gramsci consejista hay quien asegura que quita el dolor de muelas. A las jóvenes generaciones, por su parte, les encanta disfrazarse con el hábito de «intelectual orgánico» para predicar la «guerra cultural».

Sea como fuere, la fama intelectual de Antonio Gramsci (1891-1937) proviene principalmente de sus obras escritas en la cárcel durante sus últimos años de vida, tras su detención en noviembre de 1926. Evidentemente, sus Cartas y Cuadernos de la cárcel no podían ser otra cosa que la reflexión resultante de su experiencia y aprendizaje político como militante socialista y comunista, entre 1913 y 1926. Pero, por desgracia, tanto la práctica previa como la reflexión teórica posterior adolecen de una completa falta de solidez y sustancia, si medimos éstas, eso sí, según los parámetros del marxismo revolucionario, pues todo depende del color del cristal con que se mire.

Para comprender mejor la figura y el pensamiento de este genio disidente y apreciar el significado histórico de esta lumbrera del comunismo, tenemos que hacer un breve repaso por su vida y milagros.

LOS AÑOS DE MILITANCIA SOCIALISTA DE GRAMSCI

Gramsci, nacido en Cerdeña, dio sus primeros pasos en el movimiento socialista siendo estudiante en la industrial y proletaria ciudad de Turín. En aquella época la situación política italiana era peliaguda, o como diría un gramsciano, muy compleja. La guerra de Libia entre Italia y Turquía (1911-1913), que fue respondida por el movimiento obrero con una huelga general, había provocado una buena sacudida en el Partido Socialista Italiano, dominado por el típico sector reformista, parlamentarista y colaboracionista. En este partido, sin embargo, empezaba a despuntar un ala izquierda, llamada Fracción Intransigente, que capitaneada por Mussolini había logrado expulsar del PSI a los reformistas más recalcitrantes y a los masones, que en Italia (como en España) dominaban la política parlamentaria de izquierdas.

En este contexto, en el invierno de 1913-1914, casi en vísperas de la Gran Guerra, Gramsci se inscribe en el PSI. En aquella época, según cuenta él mismo, padecía «un tipo de anemia cerebral que me quita la memoria, me devasta el cerebro». Ya fuera a causa de los daños cerebrales o de su formación crociana, más que socialista o marxista, el caso es que la actividad de Gramsci durante sus años de militancia socialista no se caracterizó por su claridad de ideas, como vamos a ver.

Dos acontecimientos vinieron a establecer claras fronteras políticas de clase entre los campos proletario y burgués: la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. ¿Cómo respondió el maltrecho caletre de Gramsci a tan graves sucesos?

Es sabido que el estallido de la Gran Guerra en el verano de 1914 supuso la bancarrota de la Segunda Internacional, cuyos partidos, carcomidos durante las previas décadas por el reformismo, el parlamentarismo y el nacionalismo, no dudaron en votar los créditos necesarios para que los Estados capitalistas pusieran en marcha toda maquinaria de guerra. El PSI no salió del todo malparado de aquel trance, pronunciándose ambiguamente a favor de la neutralidad («ni adherirse ni sabotear» la guerra, fue la consigna). Sin embargo, dentro del partido no tardó en desarrollarse una corriente favorable a la intervención contra Austria y la «bárbara» Alemania, que se manifestó sobre todo en las páginas del periódico Avanti!, dirigido por Mussolini, quien a la sazón era el líder del ala izquierda del partido, como se ha dicho. En octubre de 1914 Mussolini publicó el polémico artículo titulado «De la neutralidad absoluta a la neutralidad activa y operante», defendiendo abiertamente la intervención, lo cual le valió la expulsión del PSI. Ya conocemos la historia: con dinero procedente, entre otros, de socialistas franceses y de los servicios secretos británicos, fundó el periódico Il Popolo d’Italia y posteriormente el movimiento fascista, que llegaría al gobierno en 1922.

Gramsci, pues, apenas iniciada su militancia socialista, aparte de enfrentarse a los exámenes y las jaquecas tuvo que vérselas con esta grave crisis en el partido. Entre tanta confusión, o como diría hoy un gramsciano, como la realidad era compleja, el sardo debió pensar que si el intransigente Mussolini abogaba por la «neutralidad activa y operante», sus razones debía tener el buen hombre. Además, aquel eslogan sonaba bastante bien. Así que el novicio Gramsci, tan activo y operante él, decidió escribir un artículo con ese mismo título en El Grito del Pueblo, el 31 de octubre.

Verdad es que la propia fórmula de «neutralidad» del PSI invitaba a la confusión y la ambigüedad. ¿Neutralidad de quién? ¿Del Estado italiano en la guerra o del proletariado en la lucha de clases? Pero Gramsci, lejos de aclarar las cosas, las enredó aún más. Leyendo hoy el artículo «Neutralidad activa y operante», lo cierto es que uno no encuentra entre tan engorrosa palabrería ninguna referencia explícita a la intervención en la guerra. Gramsci ciertamente defendía la consigna mussoliniana y alababa el «concretismo realista» del futuro fascista, pero parecía entender la «neutralidad activa y operante» como una apuesta por la lucha de clases. Da la impresión de que Gramsci no estaba muy al tanto de lo que se ventilaba en toda aquella polémica. Pero en todo caso, el artículo otorgó a su autor una reputación de intervencionista que le acompañaría durante todos sus años de militancia socialista.

Nuestro inexperto revolucionario, por tanto, no salió muy airoso de esta primera prueba, pero al menos no siguió a Mussolini y permaneció en el PSI. No le juzguemos por este traspié juvenil y sigámosle en estos años terribles. Por el momento la teoría socialista no era su fuerte. En cambio, en la redacción de sus artículos periodísticos hacía gala de un estilo prometedor y nada prosaico, que le colocaba, eso sí, más que en la estela de Marx, en la de Julián Sanz del Rio. Como buen estudiante de letras, los temas relacionados con la cultura empezaron a hacerle tilín. El concepto de «hegemonía» aún no había echado raíces en su cerebro, pero éste daba muestras de una fecundidad desbordante, capaz de los mayores desatinos y de fenomenales jeroglíficos como estos, extraídos de su artículo «Socialismo y cultura», publicado en El Grito del Pueblo (29/1/1916):

«La cultura es […] organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes. […] El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo. […] Y esa conciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y luego de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeabilidad de ideas a través de agregados humanos».

Como se puede apreciar, Gramsci aún no estaba muy al tanto de qué era eso del materialismo. Aunque se esforzaba por asimilar el ABC del marxismo, la cosa no era fácil: «En aquel tiempo el concepto de unidad de teoría y práctica, de filosofía y política, no me resultaba claro y yo era por tendencia crociano». Ya se sabe que la universidad, más que enseñar, le vuelve a uno medio bobo. ¡Pobre Gramsci!… Sigamos.

Italia finalmente intervino en el conflicto bélico en mayo de  1915. La guerra seguía su curso. Pero el proletariado europeo empezaba a pensar que la broma ya había durado bastante. Y en esto llegó la revolución de febrero de 1917 en Rusia. Ese mismo mes, Gramsci publicó él solito una revista llamada La Ciudad Futura, de la que saldría un único número y donde dejó constancia de su opinión sobre Croce como «el más grande pensador de Europa en este momento». Algún lector malpensado dirá que eso de que un militante socialista muestre tanta estima por un filósofo idealista y liberal de izquierdas, como era Croce, es algo contradictorio. ¡Allá cada cual con sus envidias!

El ambiente obrero en Italia también estaba caldeado, si bien no tanto como en Rusia. En agosto de 1917 estalló una revuelta en Turín a causa del hambre y la guerra, que fue sofocada con plomo, metralla y cárcel. Los líderes socialistas regionales fueron arrestados en masa, lo que permitió a Gramsci entrar en el comité directivo de la sección turinesa del partido y quedarse como único redactor de El Grito del Pueblo. Esto último le vino de perlas, pues estaba empezando a cogerle el gusto a eso del periodismo y su prosa «krausista» mejoraba cada día.

Dentro del PSI, las divisiones internas causadas por la guerra, la orientación política y la actividad de la organización, estaban provocando la polarización el partido en distintas fracciones. Gramsci, posicionándose en la pelea, estuvo presente en la reunión clandestina de la Fracción Intransigente Revolucionaria del PSI que se celebró en noviembre de 1917 en Florencia. Esta fracción agrupaba a sectores heterogéneos del partido que se oponían a la unión sagrada y la defensa del territorio nacional, propugnadas por los socialistas reformistas del PSI (o social-patriotas) tras la derrota militar italiana en Caporetto.

Por aquellas mismas fechas la Revolución de Octubre acababa de triunfar, atrayendo las simpatías de las diversas corrientes políticas que coexistían dentro del movimiento obrero. Gramsci no pudo resistir la tentación de escribir unos parrafillos acerca de tan importante acontecimiento, y en noviembre apareció en El Grito del Pueblo su artículo titulado «La revolución contra El Capital». Al cándido Gramsci no se le ocurrió nada mejor que describir a los bolcheviques del siguiente modo: «No son «marxistas», y eso es todo. No han levantado sobre las obras del maestro una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, el que nunca muere, que es la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, y que en Marx se había contaminado con incrustaciones positivistas y naturalistas». Por si fuera poco, añadía: «[La Revolución de Octubre] Es la Revolución contra El Capital, de Carlos Marx. El Capital de Marx, era en Rusia el libro de los burgueses más que el de los proletarios». ¿Cómo te quedas, Lenin? Es verdad que por aquel entonces Ulianov y el bolchevismo eran prácticamente desconocidos fuera de Rusia. Corramos un tupido velo.

El Grito del Pueblo dejó de publicarse en octubre de 1918. Pero Antonio era culo de mal asiento y no se quedó de brazos cruzados. Como le gustaba escribir más que a un tonto un lapicero, en mayo de 1919 comenzó a publicar L’Ordine Nuovo, una revista turinesa de cultura (of course!) socialista, junto a sus amigos Togliatti, Tasca y Terracini.

En fin, Gramsci pasó por las pruebas de la guerra y la Revolución Rusa con más pena que gloria. Parecía algo duro de mollera, pero el caso es que, consciente o inconscientemente, por voluntad firme o afortunada casualidad, se situaba en el ala izquierda del PSI y apoyaba la revolución proletaria en Rusia. ¡Pelillos a la mar! Hagamos la vista gorda, démosle un voto de confianza y, para ponernos en contexto, veamos cuál era la situación del movimiento proletario y socialista en Europa en general, y en Italia en particular, en la época en que Gramsci y sus amigos empezaron a publicar L’Ordine Nuovo.

La Revolución de Octubre de 1917 dio comienzo a un periodo de agudización de la lucha de clases que en gran parte de Europa adquirió un carácter revolucionario. Su consecuencia más inmediata fue el cese de la guerra, pero la cosa no quedó ahí: revolución alemana (1918-1919), trienio bolchevique en España (1918-1920), bienio rojo en Italia (1919-1920)… Nunca antes la victoria de la revolución proletaria estuvo tan cerca. La incapacidad de los partidos socialistas para encauzar el impulso proletario por la vía revolucionaria, su colaboración con la burguesía, e incluso su papel represivo y criminal (recordemos a Noske y el asesinato de Liebknecht y Luxemburg), provocó en el seno de estos partidos la emergencia de una serie de corrientes, grupos y fracciones que no tardarían en escindirse para fundar los distintos partidos comunistas.

En Italia concretamente, el Partido Socialista celebró en octubre de 1919 un Congreso en Bolonia, donde entre otras cosas se planteó la cuestión de la adhesión del PSI a la III Internacional. En este congreso el partido apareció dividido en varias corrientes, entre las que cabe mencionar a los «ordinovistas» (de L’Ordine Nuovo) de Gramsci, reducidos a Turín, y a otra fracción más importante y sólida (aunque también minoritaria) que con el nombre de Fracción Comunista Abstencionista iba extendiéndose a nivel nacional y había empezado a publicar en diciembre de 1918 el periódico Il Soviet. En el Congreso de Bolonia la Fracción Abstencionista defendió la expulsión de los reformistas del PSI y la orientación del partido hacia la preparación revolucionaria, en lugar de hacia las elecciones parlamentarias (de ahí el nombre de «abstencionistas», pues pensaban que en una situación revolucionaria el partido no debía presentarse a las elecciones, sino preparar la revolución). Derrotada en el congreso, esta fracción minoritaria empezó a fraguar la escisión del PSI para fundar el Partido Comunista de Italia. Gramsci y los ordinovistas, por su parte, votaron en el congreso a favor de la moción propuesta por la Fracción Comunista Eleccionista, encabezada por el ambiguo Serrati, que a pesar de defender la adhesión del PSI a la Internacional Comunista, era partidario de mantener la unidad dentro del partido, eludiendo la necesaria expulsión de los reformistas, que obstaculizaban la actividad revolucionaria del PSI. La moción de Serrati salió vencedora en las votaciones, y por tanto el PSI estuvo presente en el II Congreso de la III Internacional, celebrado en julio de 1920.

Entre tanto, la lucha del proletariado italiano iba adquiriendo efectivamente un carácter revolucionario, particularmente en Turín, donde precisamente se hallaban los ordinovistas de Gramsci y compañía. En abril de 1920, una huelga en la fábrica de la FIAT en Turín desencadenó un movimiento de solidaridad que terminó generalizando la lucha a todo el sector metalúrgico de esta ciudad industrial, formándose consejos obreros en las fábricas. El movimiento, aislado en Turín, terminó disolviéndose, pero reapareció con más fuerza en septiembre, esta vez extendiéndose por buena parte de Italia. Finalmente fue derrotado gracias a la pasividad del PSI y del sindicato CGL, más que a la represión gubernamental.

Los acontecimientos de 1920 fueron la gota que colmó el vaso de las divergencias internas del Partido Socialista, que por otra parte ya venían de lejos. El verbalismo revolucionario de los dirigentes serratianos del PSI había demostrado su carencia de contenido. Los ordinovistas cambiaron de orientación y se acercaron a los abstencionistas. Aunque el 18 de octubre de 1919 Gramsci había publicado un artículo («La unidad del partido») rechazando toda posibilidad de escisión dentro del PSI, pocos meses después, viendo cómo estaba el percal, acudió como invitado a una conferencia de los abstencionistas, en mayo de 1920. ¡Rectificar es de sabios! En octubre, ordinovistas, abstencionistas y otros grupos socialistas de izquierda crearon el Comité provisional de la Fracción Comunista del PSI, formado por 7 miembros, entre los cuales estaba el propio Gramsci. En la Conferencia de Imola, celebrada en noviembre, esta Fracción empezó a planear conjuntamente la escisión, que se produjo finalmente en enero de 1921, durante el Congreso del PSI en Livorno. Los partidarios de la moción de la Fracción Comunista, de nuevo derrotada en el congreso, abandonaron la reunión cantando La Internacional, y acto seguido fundaron el Partido Comunista de Italia, en cuyo Comité Central entraron dos ordinovistas: Gramsci y Terracini.

¡Bueno! Pues aunque no había sido lo que se dice fácil, Gramsci y los ordinovistas finalmente habían logrado entrar a formar parte de la vanguardia revolucionaria italiana y mundial. Y si decimos que no fue fácil, es porque en la primavera de 1919 L’Ordine Nuovo no era más que «el producto de un intelectualismo mediocre que buscaba a tientas un punto de apoyo ideal y una vía para la acción», como decía el propio Gramsci en «El programa de L’Ordine Nuovo» (14-28/8/1920). «El único sentimiento que nos unía en aquellas reuniones era el provocado por una vaga pasión por una vaga cultura proletaria. Queríamos hacer, hacer, hacer, nos sentíamos angustiados, sin una orientación, hastiados en la ardiente vida de aquellos meses después del armisticio». Pasar de ahí a fundar el partido revolucionario en Italia en apenas dos años no es moco de pavo. Es cierto que los ordinovistas se sumaron a última hora a los esfuerzos escisionistas encaminados hacia la fundación del partido comunista. Lo hicieron durante los meses previos al Congreso de Livorno, cuando la ola revolucionaria acababa de estrellarse contra el dique capitalista y empezaba el reflujo. Es cierto también que Gramsci no dijo ni «mú» durante el congreso de la escisión. Es cierto que el nombre de Gramsci se convirtió durante las sesiones en «sinónimo de intervencionismo» (según el historiador programsciano Paolo Spriano). Y también es cierto que Amadeo Bordiga, líder de los abstencionistas y principal conductor de la escisión comunista, tuvo que salir en su defensa: «Puede que entre nosotros haya debilidades, incapacidades, lagunas, puede que haya disensiones. Gramsci puede equivocarse […] pero todos luchamos igualmente por la última meta». Pue sí, Gramsci se había equivocado, Gramsci tenía lagunas (y no pequeñas precisamente), pero ahí estaba el tío. Para la historia queda que fue uno de los fundadores del PC de Italia y que entró a formar parte del Comité Central del partido, siguiendo y asumiendo, eso sí, el liderazgo de la Fracción Abstencionista y de Bordiga («sin Bordiga no se hace el partido comunista, es necesario aceptar su dirección», pensaban los ordinovistas). A pesar de sus profundas discrepancias políticas, Gramsci y Bordiga terminaron entablando una sólida y duradera amistad.

Así pues, a comienzos de 1921 Gramsci ya era comunista, o al menos eso decía su carné de militante. Pero, ¿hasta qué punto habían evolucionado las ideas de Gramsci durante los últimos años, al calor de la revolución rusa y la ofensiva proletaria? Veamos.

En 1918, siendo aún redactor de El Grito del Pueblo, Gramsci exponía así su concepto del régimen democrático italiano: «La democracia italiana aún es «demagogia», pues no se ha constituido en una organización jerárquica, ya que no obedece a una disciplina ideal procedente de un programa al que adherirse libremente» (El Grito del Pueblo, 7/9/1918). Cristalino como agua pura.

Esta noción del carácter incompleto de la revolución burguesa en Italia, Gramsci la remataba concluyendo que el proletariado italiano aún no estaba preparado para la revolución, pues debido al débil desarrollo del capitalismo en Italia, la clase obrera se hallaba culturalmente atrasada y sin suficiente capacidad revolucionaria: «El movimiento socialista se desarrolla, reagrupa multitudes cuyos miembros individuales están preparados en diversos grados para la acción consciente […]. Esta preparación es más débil entre nosotros, pues Italia no ha pasado por la experiencia liberal, ha conocido pocas libertades y el analfabetismo está más extendido de lo que afirman las estadísticas» (El Grito del Pueblo, 31/8/1918).

Sin embargo, como hemos visto, a los obreros italianos, sobre todo a los de Turín, les dio por demostrar en 1920 que no por ser analfabetos eran menos revolucionarios. A pesar de este fallo en sus previsiones, Gramsci no se desanimó. Al fin y al cabo la realidad es muy compleja, ya se sabe. Como dijimos, en mayo de 1919 empezó a publicar L’Ordine Nuovo con sus colegas de la Universidad de Turín. «Angustiados», «desorientados», «hastiados» y queriendo «hacer, hacer, hacer» (casi como activistas de Lavapiés), unidos por «una vaga pasión por una vaga cultura proletaria», empezaron a escribir, escribir y escribir. Y con eso de escribir mucho y pensar poco de vez en cuando surgía alguna polémica sin importancia.

Pero Gramsci no era un pelanas, y no le achantaban los duelos retóricos. El 20 de marzo de 1920, por ejemplo, se defendía así en su revista de unas críticas malintencionadas: «[un camarada de Bolonia] se ha escandalizado seriamente al leer en L’Ordine Nuovo la siguiente opinión: «si un monje, un cura o un religioso efectúan cualquier trabajo de utilidad social, y por tanto son trabajadores, hay que tratarles como al resto de trabajadores», y cree oportuno preguntar a los camaradas de L’Ordine Nuovo si, escribiendo así, no dan razones para pensar que lo que propugnan es el nuevo orden [referencia irónica a Ordine Nuovo] de los curas, monjes y religiosos socialistas […] ¿Qué actitud cree [el camarada de Bolonia] que debería adoptar el poder de los soviets italianos respecto a Bérgamo, si la clase obrera de Bérgamo elige como representantes a curas, monjes y religiosos?». La pregunta, desde luego, tenía miga. Gramsci proseguía así: «¿Acaso tendríamos que arrasar Bérgamo a sangre y fuego? […] ¿Acaso los obreros comunistas, no contentos con enfrentarse a la ruina económica que el capitalismo dejará en herencia al Estado obrero […], deberían también iniciar en Italia una guerra de religión, aparte de la guerra civil? […] En Italia, en Roma, están el Vaticano y el Papa, pues el Estado liberal se ha visto obligado a buscar un equilibrio con el poder espiritual de la Iglesia. El Estado proletario también deberá encontrar ese equilibrio». Hacer un hueco al Papa y a los curas en el Estado proletario no era ningún pecado para un marxista heterodoxo como era el bueno de Gramsci. ¡Sin dogma no hay herejía!

En L’Ordine Nuovo el tema de la cultura era muy importante. Recuerden que se trataba de una revista de cultura socialista que había surgido por iniciativa de un grupo de militantes vagamente apasionados por una vaga cultura proletaria. «Nosotros no imponemos ningún programa», decían el 17 de julio de 1910 sobre la formación de «grupos de amigos de L’Ordine Nuovo», «la palabra «cultura» tiene un significado suficientemente amplio, apto para justificar cualquier libertad de espíritu, pero además tiene un contenido preciso, en el que sólo cabe una actividad que en sí misma es capaz de darse una disciplina. Nosotros jamás nos hemos apartado de la búsqueda de este objetivo, la cultura, pero esta búsqueda nos ha llevado a desarrollar un programa preciso. Para nosotros, cultura significa seriedad en las actitudes mentales y en la vida, y nuestros «amigos» seguramente hallaran en estos conceptos una base adecuada para la constitución de grupos homogéneos». Quienes no hayan ido a la universidad, puede que tengan dificultades para entender estas sencillas sentencias. Yo con mucho gusto las explicaría, pero aún nos quedan muchas hazañas de Gramsci por relatar, y no quiero extenderme demasiado. Basta de momento con señalar que el interés que mostraban los ordinovistas por la cultura se correspondía con el papel que según ellos debían tener los comunistas y el partido, como «educadores que se proponen poner a las masas en condiciones de actuar por sí mismas». Las masas obreras necesitaban cultura y los comunistas eran sus educadores.

No podemos terminar este repaso por la evolución del pensamiento gramsciano durante los años anteriores a la fundación del Partido Comunista sin mencionar la conocida polémica que se ventiló en las páginas de L’Ordine Nuovo e Il Soviet (órgano de la Fracción Abstencionista) sobre los consejos de fábrica, a lo largo de 1920. Una polémica que reflejaba las grandes divergencias teóricas que separaban a ordinovistas y abstencionistas, a pesar de su acercamiento y colaboración en la escisión del PSI y la fundación del PCdI.

Recordemos que, sin comerlo ni beberlo, los ordinovistas se vieron en medio de las batallas obreras del año 1920, cuyo foco de propagación fue precisamente Turín. El surgimiento del movimiento de los consejos de fábrica era, sin duda, prometedor, y reflejaba la madurez revolucionaria del proletariado italiano. Los ordinovistas, que tenían orejas, ya habían oído algo de los consejos obreros de Rusia, Alemania y Hungría, y rápidamente se entusiasmaron con los consejos de fábrica italianos, a los que otorgaron cualidades maravillosas, tanto en el plano económico como político. Para conocer un poco cómo concebían los ordinovistas los consejos de fábrica y qué función les otorgaban dentro del proceso revolucionario, no hay más remedio que echar un ojo a sus escritos y declaraciones, lo sentimos.

En su intervención durante la Conferencia de Milán del PSI (1919), Gramsci se expresó así: «Para que la revolución se transforme, de simple hecho fisiológico y material, en acto político que dé comienzo a una nueva era, debe encarnarse en un poder ya existente, cuyo desarrollo el viejo orden, a través de sus instituciones, obstaculiza y comprime. Este poder proletario debe ser emanación directa, disciplinada y sistemática de las masas trabajadoras obreras y campesinas. Es pues necesario elaborar una forma de organización que discipline a las masas obreras constantemente. Los elementos de esta organización hay que buscarlos en las comisiones internas de las fábricas, conforme a las experiencias de la revolución rusa y húngara y a las experiencias pre-revolucionarias de las masas trabajadoras inglesas y americanas».

En el artículo «Democracia obrera», publicado en L’Ordine Nuovo (21/6/1919), escribía: «El Estado socialista existe ya en las instituciones de la vida social características de la clase trabajadora explotada. […] Las comisiones internas son órganos de democracia obrera que hay que liberar de las limitaciones impuestas por los empresarios y a los que hay que infundir vida nueva y energía. Hoy las comisiones internas limitan el poder del capitalista en la fábrica y cumplen funciones de arbitraje y disciplina. Desarrolladas y enriquecidas, tendrán que ser mañana los órganos del poder proletario que sustituirá al capitalista en todas sus funciones útiles de dirección y de administración».

En «A los comisarios de sección de los talleres FIAT-centro y patentes», L’Ordine Nuevo (13/9/1919): «La masa obrera tiene que prepararse efectivamente para conseguir el pleno dominio de sí misma, y el primer paso por ese camino consiste en disciplinarse lo más sólidamente en la fábrica, de modo autónomo, espontáneo y libre. No puede negarse tampoco que la disciplina que se instaurará con el nuevo sistema llevará a una mejora de la producción; pero eso no es sino la verificación de una de las tesis del socialismo […]. Y a los que objetan que de este modo se acaba por colaborar con nuestros adversarios, con los propietarios de las industrias, contestamos que ése es, por el contrario, el único modo de hacerles sentir concretamente que el final de su dominio está cercano». ¡Chúpate esa!

En «Sindicatos y consejos» (11/10/1019): «La dictadura proletaria puede encarnarse en un tipo de organización que sea específica de la actividad propia de los productores y no de los asalariados, esclavos del capital. El consejo de fábrica es la primera célula de esta organización. Puesto que en el consejo todos los sectores del trabajo están representados proporcionalmente a la contribución que cada oficio y cada sector de trabajo da a la elaboración del objeto que la fábrica produce para la colectividad, la institución es de clase, es social. Su razón de ser está en el trabajo, está en la producción industrial, en un hecho permanente y no ya en el salario, en la división de clases, es decir, en un hecho transitorio y que precisamente se quiere superar. Por eso el consejo realiza la unidad de la clase trabajadora, da a las masas una cohesión y una forma que tienen la misma naturaleza de la cohesión y de la forma que la masa asume en la organización general de la sociedad. El consejo de fábrica es el modelo del Estado proletario».

En «El programa de L’Ordine Nuovo» (14-28/8/1920): «¿Existe en Italia algo que se pueda comparar con el soviet, que participe de su naturaleza, como institución de la clase obrera? […] Sí, existe en Italia, en Turín, un germen de gobierno obrero, un germen de soviet: es la comisión interna [en las fábricas]».

En «Los grupos comunistas», L’Ordine Nuovo (17/8/1920): «Como el Estado obrero es un momento del proceso de desarrollo de la sociedad humana que tiende a identificar las relaciones de su convivencia política con las relaciones técnicas de la producción industrial, el Estado obrero no se funda en circunscripciones territoriales, sino en las formaciones orgánicas de la producción: las fábricas, los astilleros, los arsenales, las minas, las factorías».

Aunque no es fácil sacar algo en limpio de estos extractos, el lector habrá podido comprobar que hay unas ideas que se repiten: «El Estado socialista existe ya», dentro del régimen burgués, en forma de «un germen de gobierno obrero, un germen de soviet»: los consejos de fábrica, «primera célula» de la dictadura proletaria, «modelo del Estado proletario», «órganos del poder proletario que sustituirá al capitalista en todas sus funciones útiles de dirección y de administración». Eso sí, mientras el régimen burgués siga vivito y coleando, los consejos de fábrica no podrán evitar «colaborar con nuestros adversarios, con los propietarios de las industrias», pues el desarrollo de la disciplina obrera a través de la organización irremediablemente «llevará a una mejora de la producción».

Los ordinovistas confundían los consejos de fábrica italianos con los soviets rusos, el poder político revolucionario con la gestión económica, y la gestión obrera de la economía socialista con la gestión obrera del capitalismo. Es cierto que en Rusia los consejos de fábrica también tuvieron un importante papel en el proceso revolucionario, pero el poder del Estado proletario ruso se basaba en consejos obreros territoriales, no de fábrica. Estos consejos obreros territoriales, por su parte, nunca tuvieron carácter revolucionario en sí mismos, sino en la medida que fueron conquistados por la influencia y la dirección de los bolcheviques, entre febrero y octubre de 1917. Por lo tanto, los consejos no pueden ser considerados «un germen de gobierno obrero» en sí mismos, ni siquiera «órganos del poder proletario». Bajo influencia socialdemócrata, por ejemplo, un consejo de fábrica o un soviet podía convertirse perfectamente en un órgano de poder burgués. Según la perspectiva marxista revolucionaria, mientras se mantenga en pie el régimen burgués, los consejos de fábrica (y en general la organización obrera en los centros de trabajo) no pueden ser más que órganos para la lucha de clases, y no deben convertirse en órganos de gestión económica del capitalismo, pues eso evidentemente supone cierto grado de colaboración entre empresarios y trabajadores. Esta función de gestión económica sólo la pueden adquirir una vez derribado el poder político de la burguesía, triunfante la revolución. La concepción ordinovista, en cambio, consideraba los consejos de fábrica como órganos de gestión económica dentro del capitalismo, lo cual forzosamente tenía que convertirlos en organismos de colaboración de clases.

Después de este atracón de textos gramscianos, si al lector aún le queda fuerza para más, podemos empezar a pasar revista a la época comunista de Gramsci. ¿Quién dice que segundas partes nunca fueron buenas?

LA MILITANCIA COMUNISTA DE GRAMSCI HASTA SU DETENCIÓN

Los ordinovistas, como se ha comentado, una vez fundado el PCdI, aceptaron el liderazgo de los abstencionistas en el partido. Tampoco les quedaba más remedio, pues la antigua Fracción Abstencionista estaba mucho mejor organizada a nivel nacional y su capacidad teórica era mucho mayor que la del grupo de Gramsci, cuya organización se reducía prácticamente a la ciudad de Turín. Durante los años 1921 y 1922, pues, Gramsci, Togliatti y compañía, aunque formaban parte de la dirección del partido, practicaron una política de seguidismo al liderazgo de Bordiga y los suyos, a quienes a partir de ahora denominaremos sencillamente Izquierda Comunista italiana.

Ocurrió que, a lo largo de estos años (1921-1922), comenzaron a surgir discrepancias políticas entre el PCdI y la Internacional Comunista, primero en torno a cuestiones puramente tácticas, que más tarde fueron extendiéndose a cuestiones de principio y de programa. Estas divergencias políticas se hicieron patentes en el III Congreso de la Internacional Comunista (verano de 1921) y el IV Congreso (otoño de 1922), así como en el II Congreso del PCdI, celebrado en marzo de 1922 en Roma. En este Congreso de Roma, Gramsci y sus viejos compañeros votaron a favor de unas tesis sobre la táctica que, redactadas por Bordiga y Terracini (un ordinovista), entraban en contradicción con las directrices tácticas emanadas de la Internacional. Allí Gramsci fue elegido además delegado del partido en el Comité Ejecutivo de la Internacional, y se trasladó a Moscú.

¿Cuál era la causa de estas divergencias políticas entre el Partido Comunista de Italia y la III Internacional? El periodo de auge revolucionario había pasado y había que establecer una táctica común para los distintos partidos de cara al periodo de reflujo de la lucha, que estaba en curso. La Internacional optó por la táctica que dio en llamar «de frente único». En lo que respecta a Italia, la IC resolvió que el PCdI debía fusionarse de nuevo con el PSI, a pesar de la reciente escisión. La dirección del PCdI (Izquierda italiana y exordinovistas), aunque se oponía a esta decisión, terminó aceptándola por disciplina. Gramsci fue elegido miembro de la comisión encargada de negociar la fusión de ambos partidos, que finalmente no se llevaría a cabo a causa del rechazo de los propios socialistas. El giro derechista de la Internacional durante estos años se manifestó también, entre otras cosas, a través la consigna del «gobierno obrero», que los dirigentes moscovitas entendían como una coalición entre los partidos comunistas y socialistas en el Parlamento y en las elecciones para lograr una mayoría que les aupara al gobierno. El PCdI, como no podía ser de otra forma, se opuso a esta confusa consigna, argumentando que no hay más gobierno obrero que la dictadura de proletariado, y que denominar «gobierno obrero» a una coalición parlamentaria era engañar y confundir a las masas trabajadoras.

Aunque en sus dos primeros años de vida el PCdI fue un partido bastante homogéneo políticamente, las discrepancias con la Internacional provocaron el surgimiento de una minoritaria ala derecha dirigida por Angelo Tasca, antiguo ordinovista y colega de Gramsci, que en la polémica entre el partido italiano y la Internacional se posicionaba del lado de ésta. A finales de 1922, en el IV Congreso de la IC, las divergencias entre el partido italiano y la Internacional llegaron al borde de la ruptura. Los dirigentes comunistas italianos plantearon su dimisión a la Internacional, para que el PCdI pasara a ser dirigido por la minoría de derecha, fiel a Moscú. En ese mismo Congreso, los dirigentes de la Internacional, para solucionar las divergencias con el PCdI, ofrecieron a Gramsci la dirección del partido italiano, como cuenta él mismo: «El Pingüino [Rakosi], con la delicadeza diplomática que le caracteriza, me asaltó para ofrecerme nuevamente hacerme jefe del partido, eliminando a Amadeo [Bordiga], que sería además excluido de la Komintern si continuaba en su línea. Yo respondí que haría todo lo posible por ayudar al Ejecutivo de la Internacional a resolver la cuestión italiana, pero que no creía que se pudiese de ninguna manera (y mucho menos con mi persona) sustituir a Amadeo sin un previo trabajo de orientación en el partido. Para sustituir a Amadeo en la situación italiana era necesario, por otra parte, disponer de más de un elemento, porque Amadeo, efectivamente, en lo que atañe a su capacidad general y de trabajo, vale por lo menos por tres, suponiendo que pueda sustituirse de tal modo a un hombre de su valía».

A partir de ese momento empezó a producirse una división dentro del grupo mayoritario del PCdI, que se desarrollaría a lo largo del año 1923 y desembocaría en 1924 en la ruptura entre la Izquierda italiana de Bordiga y los exordinovistas de Gramsci, quien llevó además la iniciativa en esta división del grupo dirigente del partido.

Todo esto sucedía en el contexto del avance del fascismo en Italia. Mussolini llegó al poder en octubre de 1922. En febrero de 1923 fueron detenidos varios dirigentes comunistas (entre ellos Bordiga). Togliatti se convirtió a raíz de estas detenciones en el máximo dirigente en funciones del partido dentro de Italia. Con Bordiga en la cárcel, Gramsci se trasladó de Moscú a Viena y empezó a maniobrar para ganarse el apoyo de sus viejos compañeros ordinovistas y hacerse con la dirección del partido. Aunque hasta entonces Gramsci también se había mostrado crítico con las decisiones de la Internacional, no estaba de acuerdo en ceder la dirección del partido a la minoría derechista de Tasca.

En junio de 1923, en el III Ejecutivo Ampliado de la Internacional, Gramsci reconoció algunos errores, pero defendió públicamente las posiciones de la mayoría del partido italiano, alertando a la IC de los peligros que suponía fusionar el PCdI y el PSI: «Ha habido errores en el Partido Comunista, nosotros somos los primeros en reconocerlo, cosa que no hace por su parte […] la minoría del Partido Comunista y la fracción fusionista del Partido Socialista. […] nosotros declaramos que estamos plenamente dispuestos a luchar para salvaguardar en Italia las tradiciones, la base sana del Partido Comunista, porque consideramos que es el destino de la revolución en Italia lo que está en juego cuando se sientan las bases constituyentes de la organización del partido». En esta misma reunión del Ejecutivo Ampliado se reorganizó el Comité Ejecutivo del partido italiano, que pasaría a estar formado por 2 miembros de la minoría de Tasca y 3 miembros de una mayoría cada vez menos cohesionada (de estos tres, dos eran antiguos ordinovistas: Togliatti y Scoccimarro).

Pero aquellas declaraciones públicas de Gramsci en junio ocultaban los planes que ya por aquel entonces rondaban su diáfana cabeza. En efecto, en su carta a Togliatti fechada el 18 de mayo de 1923, un mes antes del III Ejecutivo Ampliado, confesaba: «La cuestión fundamental hoy es esta: […] es necesario crear en el partido un núcleo de camaradas, que no sea una fracción, pero que tenga la máxima homogeneidad ideológica para poder imprimir a la acción práctica la máxima unidad directiva. […] Creo que nosotros, nuestro grupo, debemos permanecer en la dirección del partido, porque estamos realmente en la línea del desarrollo histórico y porque, a pesar de todos nuestros errores, hemos trabajado positivamente y hemos creado algo».

En mayo de 1923, pues, Gramsci ya estaba planeando separarse del grupo de Bordiga, desplazarle y hacerse con la dirección del partido. Y para ello esperaba contar con el apoyo de los viejos ordinovistas («nuestro grupo»), a quienes no obstante aún tenía que convencer, pues no tenían las cosas tan claras como él.

Bordiga y los comunistas detenidos en febrero fueron absueltos y liberados en octubre. Gramsci intensificó su campaña, escribiendo desde Viena a sus viejos camaradas para convencerles de que abandonasen la línea seguida por Bordiga y la Izquierda italiana:

«Nosotros […] demostramos con los hechos que estamos en el terreno de la Internacional Comunista, de la que aceptamos y aplicamos los principios y la táctica. No nos petrificamos en una actitud de permanente oposición, sino que sabemos cambiar nuestras posiciones a medida que cambia la correlación de fuerzas y que los problemas a resolver se plantean sobre una base distinta […]». (Carta a Terracini, 12/1/1924)

«Podemos constituir el centro de una fracción que tiene todas las posibilidades de convertirse en el partido entero. […] me parece que en el partido se está formando tres corrientes, una de izquierda, otra de centro y otra de derecha. […] La cuestión más grave para nosotros es indudablemente la de distinguirnos de la derecha, pero no me parece que sea insuperable y creo que en gran parte es cuestión de personas» (Carta a Scoccimarro y Togliatti, 1/3/1924).

Para entendernos: Gramsci no quería abandonar la dirección del partido, pero para ello tenía que aceptar las directrices de la Internacional, a las cuales hasta entonces se había opuesto. Y como ya existía en el PCdI un pequeño grupo que aceptaba esas directrices de la IC (la derecha de Tasca), la jugada de Gramsci debía consistir en diferenciarse de esa derecha para conservar la dirección del partido, aunque ambos defendían prácticamente lo mismo. Por eso decía que «en gran parte es cuestión de personas».

¿Pero por qué Gramsci decidió romper con la mayoría en ese momento, si hasta entonces, en el III Congreso de la IC, en el II Congreso del PCdI y en el IV Congreso de la IC no había mostrado ninguna discrepancia con la dirección del Partido Comunista de Italia, dirección de la que él mismo era corresponsable como miembro del Comité Central? Esto lo explica él mismo en su Carta a Scoccimarro del 5 de enero de 1924: «Hoy precisamente, hoy que se ha decidido llevar la discusión a las masas, hay que adoptar una posición definitiva y perfilarla exactamente. Mientras las discusiones discurrían en un círculo reducidísimo y se trataba de organizar a cinco, seis o diez personas en un organismo homogéneo, era todavía posible (aunque ni siquiera entonces fuera totalmente justo) llegar a compromisos individuales y descuidar ciertas cuestiones que no tenían actualidad inmediata».

Puede que esta actitud consistente en callar en petit comité y mostrarse discrepante en el momento de hacer públicas las discusiones no sea muy loable. Pero hay que reconocer que Gramsci, él solito desde Viena, se las apañó para salirse con la suya. En su estratagema, eso sí, contó en todo momento con el apoyo de la IC, como reveló Humbert-Droz, delegado de la Internacional en Italia, en sus memorias publicadas en 1969: «Mi misión era introducir una diferenciación en la mayoría extremista del Partido Comunista de Italia y desgajar de Bordiga el grupo de Gramsci, para confiarle la dirección del partido». Así pues, la ruptura dentro de la mayoría del PCdI se hizo oficial en el invierno de 1923-1924.

En las elecciones de abril de 1924 Gramsci salió elegido diputado, lo cual le permitió volver a Italia con ciertas garantías de inmunidad frente a la represión fascista. En mayo de 1924 se celebró una Conferencia clandestina del PCdI en Como, en la que se manifestó por primera vez la división del partido en tres tendencias. En las votaciones de las distintas mociones presentadas en la Conferencia, la Izquierda obtuvo 41 votos, la derecha 10 y el grupo de Centro recién creado por Gramsci obtuvo solo 8 votos. Los cuadros intermedios del partido italiano, que apenas estaban al corriente de las luchas intestinas ocurridas en los últimos meses, seguían apoyando mayoritariamente a la Izquierda comunista.

La Conferencia de Como demostró que, a pesar de haber aumentado su presencia en los órganos directivos del partido gracias al apoyo de la Internacional, el grupo de Centro acaudillado por Gramsci estaba aún muy lejos de controlar realmente la organización. ¿Qué podían hacer al respecto Gramsci y sus colegas? Una de dos: o bien debatir y clarificar las distintas posturas públicamente entre la militancia, para que ésta se pronunciara a favor de una u otra, o bien recurrir a la censura, la manipulación y la represión interna para someter a la Izquierda italiana, es decir, emplear todos los medios para situar en los cuadros intermedios del partido a militantes adeptos al grupo de Centro. La primera opción era más honrosa, pero llevaba más tiempo. Además, en la Rusia soviética estaba empezando a surgir una tradición de censura, manipulación y represión interna que prometía mucho. Gramsci, que había estado en Moscú, se unió a la moda y tiró por la vía de la derecha.

A principios de 1924 la Izquierda italiana había empezado a publicar un órgano de prensa mensual, llamado Prometeo. En el nº 2, Grieco, que posteriormente se uniría al grupo gramsciano, comparaba de esta forma a Gramsci con Bordiga, en su artículo titulado «Gramsci»: «Pero en Gramsci el proceso de generación de la idea síntesis es lento. Ya dije que en otro lugar que Bordiga es, por su temperamento, propenso a la síntesis, en oposición al Gramsci analista. Diré, ahora, que el procedimiento analítico de Gramsci es lento y laborioso». Aunque era poco propenso a la síntesis y lento y laborioso en el análisis, Gramsci sabía cómo resolver las discrepancias internas: la dirección del PCdI prohibió la publicación de Prometeo, cuyo último número salió a principios del verano de 1924.

Por esas mismas fechas, entre junio y julio de 1924, se celebró el V Congreso de la IC. Gramsci no viajó a Rusia, pues prefirió quedarse en Italia para poder intervenir en la crisis política que se desencadenó tras el asesinato por los fascistas del diputado socialista Matteotti. En el V Congreso de la IC se reorganizó de nuevo la dirección del PCdI. La Izquierda se quedó sin ningún miembro en el Comité Central: se negaba a participar en los órganos de dirección del partido debido a las discrepancias políticas que mantenía con la Internacional. A pesar de constituir aún la corriente mayoritaria dentro del partido, la Izquierda pensaba que era más coherente dejar la dirección a un grupo minoritario que siguiera las directrices de la Internacional por convicción, no por disciplina. ¡Cosa insólita, nunca vista en política! En esta reorganización de la dirección del PCdI impuesta por la Internacional, al grupo de Gramsci (recién creado y minoritario dentro del partido, como se había demostrado en la Conferencia de Como apenas un mes antes) le correspondió la mayoría del Comité Central (9 de los 17 miembros), así como 2 de los 4 miembros del Comité Ejecutivo. Gramsci, miembro tanto del Comité Central como del Ejecutivo, fue elegido dos meses más tarde secretario general del partido, cargo hasta entonces inexistente. Su gran amigo Palmiro Togliatti fue elegido miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional, se fue a Moscú y le cogió el gustillo a aquel ambiente. Gramsci y a los suyos, pues, pasaron a dominar la dirección del partido. ¿Qué podía salir mal?

La crisis política que se produjo en Italia a raíz del asesinato de Matteotti por los fascistas, en el verano de 1924, dio a Gramsci la oportunidad de demostrar de qué pasta están hechos los líderes comunistas. Con la dirección del partido en sus manos, podía desplegar todas sus dotes de estratega. ¿Qué hacer? ¿Quizá una guerra de movimientos? ¿O mejor una guerra de posiciones? ¿Tal vez un gambito de rey, un 4-3-3? ¡¿Qué carajo hizo Gramsci?! Veámoslo.

El 12 de junio fue asesinado Matteotti. El día 14, toda la oposición, incluidos los 19 diputados comunistas con Gramsci a la cabeza, abandonó el Parlamento y formó un comité al que se dio el nombre de Aventino. El hecho de que el PCdI fuera de la mano, no ya sólo con el Partido Socialista, sino con partidos claramente burgueses, desde luego era una novedad, que el bueno de Antonio justificó de esta manera: «En junio, inmediatamente después del delito Matteotti, el golpe sufrido por el régimen fue tan fuerte que una intervención decidida de una fuerza revolucionaria lo habría puesto en peligro. La intervención no fue posible porque la mayoría de las masas eran incapaces de moverse o estaban bajo la influencia de los demócratas y los socialdemócratas». El PCdI convocó una huelga general para el 27 de junio, que se saldó con un absoluto fracaso. Viendo que los obreros no hacían demasiado caso, Gramsci decidió continuar con las maniobras políticas parlamentarias, librando la batalla en terreno plenamente burgués. En octubre, el Comité Central del PCdI aprobó la táctica del Antiparlamento, que no halló eco en el resto de partidos antifascistas. Sin saber bien cómo proseguir, la dirección del partido terminó accediendo a las peticiones de la Izquierda y de las bases, que exigían que se abandonara el frente común con los partidos burgueses (auténtica anticipación del nefando Frente Popular de Stalin) y que los diputados comunistas volvieran al Parlamento, pues el momento era inmejorable para desplegar esa táctica que se llama «parlamentarismo revolucionario» y que a Gramsci le sonaba un poco a chino. En el Congreso de la Federación napolitana del partido, celebrado clandestinamente en octubre de 1924, Gramsci y Bordiga se tiraron discutiendo 14 horas. Días después, el 12 de noviembre, Luigi Repossi, diputado comunista y militante de la Izquierda italiana, acudió solo al Parlamento, donde espetó estas lindezas a los fascistas en plena cara: «Fuera el gobierno de los asesinos y vividores del pueblo. Desarme de los Camisas Negras. Armamento del proletariado. Instauración de un gobierno de obreros y campesinos. Los comités obreros y campesinos serán la base de este gobierno y de la dictadura de la clase obrera». Como curiosidad, hay que señalar que pocos días antes de pronunciarse estas declaraciones en el Parlamento italiano, el 7 de noviembre, Mussolini fue invitado por la embajada soviética a la celebración del aniversario de la Revolución de Octubre. ¡Cosas de la política! ¡Compleja realidad!

Finalmente, el 3 de enero de 1925 Mussolini asumió toda la responsabilidad de lo ocurrido: «Si el fascismo es una asociación de delincuentes, ¡yo soy el jefe de esa asociación de delincuentes!». Y terminada la crisis Matteotti con la derrota de la oposición antifascista, el grupo de diputados comunistas se reintegró por completo en el Parlamento. La actividad política legal de los partidos de la oposición empezaba a ser cada vez más difícil, y la represión fascista empujaba a una clandestinidad para la que no todos estaban bien preparados.

Gramsci, pues, la había cagado (de nuevo), esta vez en su estreno como jefe revolucionario. Las críticas empezaban a escocer un poco su epidermis, pero tenía pendiente una tarea importante (el control del partido) y no podía perder tiempo. Para empezar a comer terreno a la Izquierda dentro del PCdI, pensaron que era buena idea repartir carnés del partido a diestro y siniestro. Entre mayo y diciembre de 1924 el número de militantes pasó de 12.000 a 30.000, y según Togliatti: «En la gran masa de militantes, el sentido de la disciplina hacia los órganos dirigentes nacionales e internacionales es muy fuerte, por el contrario el grado de madurez y de capacidad política es bastante bajo». Los novicios eran poco entendidos, pero fieles. ¡Punto para Gramsci!

Pero la cosa no quedó en abrir las puertas del partido a todo quisque. En el V Ejecutivo Ampliado de la IC, reunido en marzo de 1925, se aprobaron las llamadas «Tesis sobre la bolchevización de los partidos comunistas», que pretendían endurecer la disciplina y la centralización en los distintos partidos nacionales. A los ordinovistas gramscianos esto les venía como anillo al dedo. La bolchevización, además, implicaba una remodelación de la estructura partido, que debía pasar de organizarse territorialmente a hacerlo sobre la base de células de militantes comunistas en las fábricas. Aunque aparentemente esto daba un toque obrerista al partido, en realidad suponía un incremento del control de la organización por parte del grupo de funcionarios dirigentes, en su gran mayoría intelectuales.

La nueva dirección gramsciana del PCdI, pues, no vaciló a la hora de emplear la bolchevización como excusa y herramienta en su lucha contra la Izquierda, que aún seguía siendo muy popular entre la base militante. El dominio del grupo gramsciano sobre el Partido Comunista debía formalizarse en un congreso nacional, pero para lograr la victoria en el congreso había que preparar muy bien el terreno. ¡A bolchevizar se ha dicho! En primer lugar, se limitó la libertad de expresión de los militantes de Izquierda en la prensa del partido. Ya hemos mencionado la supresión del periódico Prometeo en el verano de 1924. Sin un órgano de prensa propio, la Izquierda sólo podía expresarse en los periódicos controlados por la camarilla gramsciana. Los artículos escritos por los militantes de Izquierda, o bien no se publicaban, o bien se publicaban con retraso, o fuera de contexto, o acompañados de comentarios o apostillas difamatorias. Otra de las marrullerías empleadas consistió en convocar congresos federales para sondear la opinión de los militantes. Si parecía que la opinión general era favorable a la dirección, se proponía la votación de resoluciones. Y si no, el carácter del congreso federal se restringía al meramente informativo y no se votaba nada. ¡Otro punto para Gramsci!

En 1925, la cuestión Trotsky y las críticas al trotskismo empezaron a estar muy en boga en Rusia. Gramsci y los suyos tampoco desaprovecharon la oportunidad de meter a la disidencia bordiguista en el mismo saco que la trotskista, para matar dos pájaros de un tiro: «La actitud de Bordiga, como la de Trotsky, tiene repercusiones desastrosas: cuando un camarada de la valía de Bordiga se aparta, surge en los obreros una desconfianza en el partido», opinaba Gramsci durante una reunión del Comité Central del partido en febrero de 1925. ¡No daba puntada sin hilo, el mozo!

Con tanta trampa y tejemaneje, el cerebro de Gramsci echaba humo. Así, en la reunión del Comité Central celebrada el 11 y 12 de mayo de 1925, los dirigentes del partido tuvieron el privilegio de ver a Gramsci parir su concepto de hegemonía, que tanto tinta ha hecho correr desde entonces: «Los dos principios políticos que caracterizan el bolchevismo son: la alianza entre obreros y campesinos y la hegemonía del proletariado en el movimiento obrero revolucionario anticapitalista». Verdad es que sin predominio del proletariado en un movimiento, éste no puede ser ni obrero, ni revolucionario ni realmente anticapitalista. Pero dejando de lado estas sutilezas, debió ser una maravilla escuchar a Gramsci hablar por primera vez de la hegemonía del proletariado. En medio de semejante jolgorio y regocijo, se aprovechó para anunciar que próximamente se celebraría el III Congreso del PCdI, que finalmente se aplazó a enero de 1926 y se hizo no en Italia, sino en Lyon.

¿Por qué en Lyon? Porque celebrar el congreso en el extranjero, a pesar de que se podía celebrar clandestinamente en Italia, permitía a la dirección gramsciana filtrar a su antojo los delegados que debían viajar a Francia. Por si esto no bastaba, decidieron echarle imaginación a la hora de elaborar el método de recuento de votos en el congreso: los votos de los delegados ausentes y de aquellos que se abstuviesen contarían como votos favorables a las tesis de la dirección. ¡Cómo te las gastas, Gramsci!

En el Congreso de Lyon Gramsci se tiró hablando 4 horas, y Bordiga otras 7. Y al final, claro, ganó el primero con el 90% de los votos favorables a sus tesis. En apenas 18 meses Gramsci, Togliatti y compañía habían logrado hacerse completamente con el control del partido. Lo hicieron de manera poco elegante, hay que reconocerlo. Pero oye, quien quiere el fin también quiere los medios. El congreso ratificó a Gramsci como secretario general del partido, pero la alegría, como veremos, le duraría poco.

Tras el apabullante triunfo del sector gramsciano en el Congreso de Lyon, algunos dirigentes quisieron aprovechar la situación para empezar a expulsar del partido a los más destacados militantes de la Izquierda. En honor a Gramsci hay que decir que esta vez se opuso a esta barrabasada.

En octubre de 1926 la carrera política de Gramsci estaba a punto de acabar, pero aún había tiempo para poner a ésta su broche de oro. Por aquella época las divisiones en la vieja guardia bolchevique, que comenzaron tras la muerte de Lenin, se habían profundizado bastante. Zinoviev y Kamenev se habían unido a Trotsky, formando la Oposición Unificada para enfrentarse al dominio de Stalin en el partido, quien con la colaboración de Bujarin estaba ya desplegando su teoría del «socialismo en un solo país». Gramsci, alarmado por los peligros que podía entrañar esta división, decidió escribir una carta al Comité Central del PCUS, la cual ha quedado para la posteridad como testimonio de la aguda visión política del genio comunista que era Gramsci. Sin embargo, curiosamente, en esta carta el sardo no hacía sino recoger los argumentos que la Izquierda del PCdI, Bordiga particularmente, llevaba ya años desarrollando en su polémica contra la Internacional y el grupo gramsciano. Veámoslo.

Gramsci escribió al PCUS que «nos parece que la actitud actual del bloque de oposición y la virulencia de las polémicas del PC de la URSS exigen la intervención de los partidos hermanos». Es decir, Gramsci exigía la intervención de los distintos partidos comunistas en la resolución de los problemas internos del PCUS. A Stalin esta ocurrencia no le terminaba de hacer gracia. ¿Acaso era una idea nueva? En el VI Ejecutivo Ampliado de la Internacional, celebrado en febrero de 1926, Bordiga había defendido la necesidad de que fuera la Internacional la que decidiera la política interna de Rusia, en lugar de ser el PC ruso el que decidiera la política de la Internacional. En un entrevista con Stalin, Bordiga incluso había formulado esta pregunta: «¿Cree el camarada Stalin que a la hora de determinar la política del partido ruso es necesaria la colaboración del resto de los partidos comunistas, que representan la vanguardia del proletariado revolucionario?». Este interés de Bordiga por defender la colaboración de todos los partidos de la Internacional a la hora de definir la política del partido ruso se debía a que este partido había prohibido expresamente debatir las cuestiones internas rusas en aquella reunión del Ejecutivo Ampliado. Bordiga lo tenía claro: «El problema de la política rusa no puede resolverse únicamente en los estrechos límites del movimiento ruso, es necesaria la colaboración directa de toda la Internacional Comunista». Gramsci, pues, coreaba los argumentos de Bordiga en este aspecto.

En su carta al PCUS, Gramsci también afirmaba que «la unidad y la disciplina no pueden ser en este caso mecánicas y obligadas; tienen que ser leales y de convicción, no las de una tropa enemiga prisionera o cercada que piensa en la evasión o en la salida por sorpresa». Y aquí, de nuevo, no hacía sino repetir en términos parecidos las palabras pronunciadas por Bordiga en el mencionado Ejecutivo Ampliado: «la disciplina es un resultado, no un punto de partida, no es una especie de plataforma inquebrantable. […] Por eso, instaurar una especie de código penal en el partido no es solución ante frecuentes casos de falta de disciplina». Y es que Bordiga y la Izquierda llevaban ya dos años soportando las medidas disciplinarias impuestas precisamente por Gramsci y compañía desde la dirección del partido, con el apoyo de Moscú. Gramsci, pues, estaba criticando al PCUS lo que él mismo había estado haciendo hasta entonces: tratar de resolver las divergencias políticas internas mediante amenazas y sanciones. Además de pecar de cinismo, pues, pecaba de falta de originalidad.

Al recoger en su carta al PCUS los argumentos de la Izquierda italiana, ¿acaso Gramsci estaba dando testimonio de su arrepentimiento por su pasado comportamiento? ¿Se estaba alejando de los dirigentes moscovitas después de haberse convertido en su hombre de confianza en Italia? Jamás lo sabremos con certeza. Gramsci envió la carta a Togliatti, delegado en Moscú, pero éste jamás la entregó al Comité Central del PCUS, pues según él en ella se hablaba «indiferentemente de todos los compañeros dirigentes, sin hacer, en definitiva, ninguna distinción entre los compañeros que están al frente del comité central y los jefes de la oposición […] se considera que todos son responsables y que todos deben ser llamados al orden» (Carta a Gramsci del 18/10/1926). Para Togliatti, la carta era un «error político», y se limitó a enseñársela a Bujarin. Gramsci, para aclarar su fidelidad, contestó a Togliatti: «Lamento sinceramente que nuestra carta no haya sido comprendida, […] toda nuestra carta era una requisitoria contra las oposiciones, pero su redacción no estaba hecha en términos demagógicos y precisamente por eso era más eficaz y más seria».

Días después, a raíz de un atentado contra Mussolini, se promulgaron unas leyes excepcionales que ilegalizaron los partidos contrarios al régimen. El 8 de noviembre de 1926 los dirigentes del PCdI fueron detenidos en masa, entre ellos Gramsci y Bordiga. Ambos coincidieron durante unas semanas en Ustica, y allí organizaron una escuela del partido en la que Gramsci se dedicaba a exponer las ideas de Bordiga, y éste las de Gramsci. A pesar de todo, ambos seguían siendo amigos, demostrando que ni lo personal es político, ni lo político es personal.

En otoño de 1926, pues, terminó la actividad política de Gramsci como dirigente comunista. Durante el juicio que le condenó a 20 años de prisión, las argucias empleadas por el fiscal y el Estado para encerrar al gran secretario del PCdI quedaron al descubierto: «hay que impedir que este cerebro funcione durante los próximos 20 años», dijo el fiscal. ¡Fascistas! Bien sabían ellos que el cerebro de Gramsci llevaba años sin funcionar, ¿qué razones tenían para suponer que este oxidado órgano iba a empezar a carburar de súbito? Estaba claro que le querían en prisión, sí o sí.

En fin, ¿qué habría pasado si Gramsci no hubiera sido detenido? ¿Habría seguido a Togliatti, convirtiéndose en perro fiel de Stalin, o se habría trasformado en un comunista disidente? Imposible saberlo, pues ya no abandonaría la cárcel hasta prácticamente su muerte.

Aunque durante su encarcelamiento estuvo muy enfermo, no dejó de aprovechar el mucho tiempo del que disponía. Retomó su mayor placer: escribir sin ton ni son. Y hete aquí que todas sus notas fueron posteriormente reunidas y publicadas como Cuadernos de la cárcel, que comúnmente se consideran una especie de testamento político de Gramsci.

Aquí acaba necesariamente, pues, nuestro repaso por la vida y milagros de Antonio Gramsci. En lo que respecta a su militancia política, ¿cuáles fueron sus méritos? Escasos.  Se sumó al carro de la fundación del PCdI, sin llevar nunca las riendas. En 1923 empezó a conspirar para hacerse con la dirección del partido, la cual conquistó únicamente gracias al apoyo de la Internacional. Y una vez en la dirección, su único éxito, la victoria en el Congreso de Lyon, fue logrado mediante la trampa y el engaño. El papel histórico de Gramsci en el movimiento comunista de Italia, pues, es de adalid de la línea política de la Internacional Comunista, es decir, paladín del naciente estalinismo.

¿Y qué hay de sus elaboraciones teóricas, que tanto encandilan a la izquierda radical? Podríamos plantear la pregunta de otra manera: ¿Con semejante currículum político, podría tener algún valor la obra teórica de Gramsci? Desde luego sería una gran sorpresa que semejante nulidad política fuera capaz de escribir algo que sirviera para algo más que limpiarse el culo. Los mejores teóricos revolucionarios suelen ser también los mejores ejecutores de una política revolucionaria. Pero los forofos de Gramsci siempre pueden argumentar que sus escritos más valiosos fueron redactados en la cárcel, una vez su arresto puso fin a su actividad política, y que estas obras suponen cierta ruptura con el pasado y una especie de redención política. Lamentablemente, ni la «hegemonía», ni la «guerra de posiciones», ni el «bloque histórico», ni los «intelectuales orgánicos» sirven tampoco más que para dar que hablar a la masa de charlatanes que salen de la universidad aspirando a convertirse en intelectuales con nombre propio o políticos sin vergüenza.

Sería perder el tiempo tratar de estudiar todos estos conceptos partiendo de aquello que escribió Gramsci sobre ellos, pues como hemos podido ver a lo largo de estos párrafos, la claridad expositiva no era una de las cualidades de Antonio. Por otra parte, la gracia de estos conceptos está precisamente en su elasticidad y vacuidad. Cualquiera puede cogerlos y llenarlos con lo primero que se le pase por la cabeza. Son lo que Laclau, ese gran fan de Gramsci, llama «significantes vacíos», dentro de los cuales los intelectuales pueden vaciar el bacín de sus cabezas huecas.

Lo que sí tiene mérito en Gramsci es haberse convertido en un referente del marxismo y de la política con tan pocas cualidades y sustancia. Es cierto que esto constituye, más que un elogio de Gramsci, un descrédito de sus seguidores, pero así son las cosas.

En la lista de discípulos de Gramsci, sinceros o interesados, el primer lugar lo ocupa Palmiro Togliatti, o «Palmi», como cariñosamente le llamaba Gramsci en sus cartas. Togliatti ascendió a secretario general del partido tras la detención de Gramsci, y el muy tunante terminó convirtiéndose en ojito derecho de Stalin. En 1935, en plenas purgas estalinistas, ya era uno de los máximos dirigentes de la Internacional, y tras el inicio de la guerra civil española fue designado (a dedo, se entiende) máximo responsable de la Internacional en España. Fue, por tanto, cómplice o artífice de todos los crímenes cometidos por los estalinistas contra el movimiento proletario durante la guerra. Antes de empezar la lucha contra el fascismo en España, no obstante, debió pensar que era lo suyo dirigirse a los fascistas italianos y decirles un par de cosas bien dichas. Así que en agosto de 1936 les lanzó este llamamiento, titulado «Por la salvación de Italia, reconciliación del pueblo italiano» y publicado en Lo Stato Operaio nº 8: «¡Pueblo italiano, fascistas de la vieja guardia, jóvenes fascistas!, los comunistas hacemos nuestro vuestro programa fascista de 1919, que es un programa de paz, de libertad y de defensa de los intereses de los trabajadores. Nosotros os decimos: luchemos todos unidos por realizar este programa».

Los gramscianos de hoy, siguiendo a Togliatti, también hacen suyo el programa fascista de 1919, aunque son menos valientes que Palmi y se guardan mucho de decirlo. En fin, ¡hay que conservar las buenas tradiciones familiares!

Ángel Rojo, mayo 2020.


Las citas están extraídas de:

Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga, Agustín Guillamón. Volúmen I y Volúmen II.

«Gramsci, L’Ordine Nuovo et Il Soviet«, Programme Communiste nº 71 (sept. 1976), nº 72 (dic. 1976) y nº 74 (sept. 1977).

Y también de aquí.

Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga de 1910 a 1930 (A. Guillamón)

Descarga del documento Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga de 1910 a 1930 (Volumen I) en formato pdf.

PRÓLOGO

Bajo confinamiento y temporalmente despedido a causa de la pandemia «coronavírica» que ha azotado al mundo en 2020, me sedujo la idea de trascribir los 550 folios mecanografiados que ocupan este trabajo de historia. Era un enorme esfuerzo y una labor gigantesca. Pero el trabajo ciertamente merecía la pena, y como era «ahora o nunca», finalmente decidí ponerme a la tarea.

Militancia y pensamiento político de Amadeo Bordiga de 1910 a 1930 es la tesis con la que Agustín Guillamón (Barcelona, 1950) completó su grado de licenciatura en Historia hace 33 años. Apenas unas pocas personas, interesadas en el tema, conocían su existencia. Pero eran aún menos quienes la habían leído, pues hasta el momento sólo existían un par de copias del original mecanografiado, disponibles para consulta en la Fundación Salvador Seguí de Madrid y en la Biblioteca del Pabellón de la República, en Barcelona.

Esta versión en formato digital, revisada por el propio autor, facilitará al menos la difusión de una obra hasta ahora prácticamente desconocida y que permite profundizar en el conocimiento de un tema sobre el que poco hay escrito en castellano: los orígenes de la Izquierda Comunista italiana.

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Llamamiento a toda la clase obrera

Llamamiento a toda la clase obrera y a todas las clases populares
Esto solo se puede parar, SI TODO EL MUNDO PARA
Siguiendo el ejemplo de los compañeros y compañeras de MERCEDES en Vitoria/Gasteiz que han iniciado desde hoy una huelga general en la factoría, y atendiendo a la gravedad de la situación sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus que estamos sufriendo, hacemos este LLAMAMIENTO A TODA LOS TRABAJADORES Y TRABAJADORAS:
  • Si la situación es tan grave como para adoptar medidas que impiden la libre movilidad de las personas y decretar un ESTADO DE ALARMA en todo el territorio nacional, no podemos entender qué sentido tiene seguir produciendo innecesariamente, contribuyendo al sostenimiento del sistema productivo en productos y servicios que no son imprescindibles para la preservación de la salud y la vida de la población.
  • Si, como están repitiendo mensajes y lemas en diversos soportes, “solo el pueblo salva al pueblo” nadie mejor que nosotrxs mismxs, la clase trabajadora que sostiene la producción y el funcionamiento de los servicios, para determinar qué trabajos son imprescindibles y en qué medida lo son, quiénes pueden asumir riesgos y qué riesgos se pueden y se deben asumir, y como repartir las tareas y los recursos.
Llamamos a los trabajadores y trabajadoras a extender la lucha contra la ofensiva de la burguesía en los puestos de trabajo y en los barrios obreros. A parar la producción allí donde no se den las medidas de seguridad necesaria. A resistir a la presión de la patronal allí donde la salud de los trabajadores se pone en riesgo. Llamamos a extender el ejemplo de los trabajadores de Mercedes, a organizar la lucha en todos los lugares en los que sea posible. La crisis burguesa debe pagarla la burguesía.
Por la vida y la salud de nuestra gente,
 por las necesidades humanas, contra las exigencias del capital.
SOLIDARIDAD DE CLASE
Caja Obrera de Solidaridad Antirrepresiva,
Valladolid, 16 de marzo de 2020.

8 de marzo (III). Huyendo de las zarpas del tripalium, organicemos la huelga feminista de las trabajadoras

Tras pasarnos meses sumergidos en interminables debates con nuestras amigas, compañeras de clase y compañeras militantes, y habernos enredado en una constante lucha interna política, ha llegado la hora para añadir contenidos racionales y ordenar políticamente las intuiciones e ideas que hemos ido desarrollando en reflexiones informales. En la últimas dos entradas hemos tenido la ocasión de presentar nuestro posicionamiento político y de dar algunas pinceladas sobre el sujeto político a organizar. Esta vez, en cambio, es el momento para reflexionar sobre la huelga como herramienta que utilizan diversos sectores para desarrollar o llevar a cabo una lucha. ¿Qué debemos entender como huelga? ¿Quiénes hacen huelga? ¿Para qué hay que emplear la huelga? ¿De qué manera la ha conceptualizado la ciencia proletaria? ¿Y el movimiento feminista hegemónico? Mediante esta entrada, trataremos de contestar a éstas y otras preguntas. Para ello, organizaremos los argumentos de los que nos serviremos en esta entrada de esta forma: primero, presentaremos una breve cronología de la Huelga Feminista, con el objetivo de situar en el tiempo este fenómeno creado y desarrollado en los últimos años. Junto con esto, hablaremos de algunas oportunidades positivas que ha creado la Huelga Feminista, y expondremos algunas limitaciones del planteamiento político propuestos para este día. Mientras tanto, trataremos de exprimir la potencialidad de la Huelga Feminista, es decir, intentaremos explicar cómo debería de ser la Huelga Feminista a fin de que refuerce la capacidad de organización de los trabajadores.

Los inicios de la Huelga Feminista se sitúan cuando la ONU designó el año 1975 como el Año Internacional de la Mujer. Ya que, influidas por este suceso, cinco delegadas de una de las organizaciones feministas de Islandia crearon un Comité, con la intención de organizar eventos novedosos dirigidos a mujeres. Un movimiento de mujeres más radical, Red Stockings (Medias Rojas), propuso la idea de organizar una huelga de mujeres, con la intención de que esto posibilitaría visibilizar el papel fundamental de las mujeres en la sociedad, y hacer ver a la sociedad la diferencia de sueldos y el trabajo de las mujeres dentro y fuera del hogar. Sin embargo, el Comité decidió cambiar la palabra huelga por “día libre” porque sería más fácil de aceptar por las masas, y argumentando que había mayor posibilidad de que las empresarias despidiesen a las mujeres por la huelga que por un día libre. Tras semanas organizando este día, el 24 de octubre de 1975 el 90% de las mujeres islandesas renunciaron al trabajo asalariado, a las tareas del hogar y al cuidado de sus hijos e hijas. La sensación positiva que se generó este día propició que cinco años más tarde Vigdis Finnbogadottir fuese elegida Presidenta de Islandia. Finnbogadottir se convirtió en la primera mujer electa democráticamente en la organización política mundial burguesa. En cualquier caso, esto no supuso el fin de las diferencias, y desde entonces las mujeres trabajadoras han dejado cinco veces su empleo antes de terminar su jornada para visibilizar que no se ha alcanzado la igualdad salarial.

Además, coordinada por la Campaña Internacional por un Salario para el Trabajo en el Hogar en EEUU y por la plataforma International Women Count Network en Irlanda, el año 2000 se organizó la Huelga Mundial de las Mujeres bajo el lema “paremos el mundo para cambiarlo”. El nacimiento de la campaña Wages for Housework (Salario para el Trabajo Doméstico) fue esclarecedor, puesto que está muy ligada a la reconceptualización feminista de la huelga que se expone en las siguientes líneas. Fueron las feministas autonomistas italianas Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa, Selma James y Leopoldia Fortunatti quienes, en 1972, impulsaron esta campaña, cuyo objetivo era replantear los análisis marxistas sobre el trabajo reproductivo. Según estas autoras, el trabajo doméstico realizado por las mujeres, y en general todos los trabajos de cuidados, que no son remunerados y se realizan fuera del mercado, son fundamentales para que se pueda explotar la fuerza de trabajo en el mercado. En la medida que en esta sociedad se considera natural que las mujeres nos dediquemos al trabajo doméstico no remunerado y los trabajos de cuidados, defendían que conseguir retribución económica para estos trabajos sería una buena herramienta de subversión. Por consiguiente, propusieron mover el foco del análisis y de la lucha, a nivel teórico y político, del trabajo productivo al trabajo reproductivo. Por desgracia, aunque nos parece interesante analizar las teorizaciones sobre el trabajo reproductivo, se aleja del objetivo de este escrito. En cualquier caso, estos fueron algunos de los objetivos asignados a la campaña a favor del Salario para el Trabajo en el Hogar del año 2000: remuneración de cualquier trabajo de cuidados, en forma de salario u otras formas; igualdad salarial entre hombres y mujeres a nivel mundial; abolición de la deuda económica del Tercer Mundo…

En 2001 se organizó la Segunda Huelga Mundial de las Mujeres, y muchos países organizaron eventos a favor de ella: Francia, España, EEUU, Bolivia, Brasil… quince años más tarde, en 2016 aumentaron las revueltas de mujeres. En Polonia, por ejemplo, el 3 de octubre se realizó una denuncia masiva contra la ley que criminalizaba el aborto, y se consiguió que el Parlamento detuviese el proyecto. En Argentina, por otro lado, Ni Una Menos y otros movimientos feministas llamaron a un paro de una hora el 19 de octubre inducidas por siete feminicidios que tuvieron lugar en una misma semana. Unos meses más tarde, el 21 de enero de 2017, se celebró la Women’s March (Marcha de Mujeres) en Washington, para apoyar los derechos en los sectores de la salud y la educación y los derechos de las mujeres y el colectivo LGTB. También se organizaron otras manifestaciones paralelas contra la elección de Donald Trump.

Este alborotado panorama político mundial impulsó que varias activistas feministas de distintos países se juntasen y creasen un pequeño grupo para organizar el primer Paro Internacional de Mujeres. El Paro celebrado el ocho de marzo bajo el lema “Nosotras* paramos” tuvo un gran eco en más de cincuenta países, en el estado Español entre otros. Allí, el día tomó forma de denuncia contra todos los tipos de violencia contra las mujeres, y así el 2018 fue el año que posibilitó el reforzamiento político y social del movimiento feminista. Todas nos alegramos cuando nuestras madres, abuelas, tías… se quitaron los delantales y salieron a la calle; cuando las chicas de nuestros grupos de amigas se emocionaron y alzaron contra el machismo de la sociedad en la que viven.

Para que la fuerza de las mujeres demostrada estos últimos años no se quede en nada, el Movimiento Feminista hegemónico ha puesto todos sus esfuerzos en que este año también compartamos la cita del 8 de marzo. Si el año pasado las mujeres* hicimos paros en centros de trabajo y escuelas (también en cuanto al consumo y los trabajos de cuidados), este año han decidido ir un paso más allá: convocar huelga en todos los aspectos de la vida. Sitúan la huelga en cinco ejes: pensionistas, estudiantes, cuidados, empleo y consumo. Más allá de los detalles, se percibe un claro cambio de planteamiento en la conceptualización de la huelga feminista, apostando por ampliar el ámbito político de la lucha, en cuya base se encuentra la reconceptualización teórica del trabajo. La Huelga Feminista pretende problematizar la comprensión del trabajo conectado al mercado, tal y como está en extendida en la sociedad burguesa, y define el trabajo de la siguiente manera: “todas las actividades necesarias para generar bienestar y riqueza son trabajo, sean remuneradas o no”. Esto significa que las tareas domésticas y los cuidados también deben considerarse trabajos; a saber, que son productivos y deben ser reconocidos políticamente. Esta reconceptualización del trabajo implica no situar la lucha solamente en el ámbito del trabajo asalariado, y así, el Movimiento Feminista hegemónico sitúa la Huelga Feminista en todos los ámbitos de la vida. De esta manera, defienden que, cuestionando el carácter androcéntrico de la huelga, lo de este año es un intento de crear una nueva herramienta política que se adapte a la realidad de las mujeres. Esta teorización de la Huelga Feminista, pues, rebasa la comprensión tradicional del concepto de la huelga, no la limitan a dejar el trabajo asalariado: sitúan la huelga en la reproducción, la sexualidad, el modelo de consumo, la manera de construir la familia… en efecto, en la totalidad de la vida.

Como en la base de la reconceptualización de la Huelga se encuentra un intento de teorización del trabajo, el análisis de éste será nuestro punto de partida. En los últimos años, varias ramas del feminismo han difundido la comprensión burguesa del trabajo: la economía feminista, el feminismo operario, el feminismo materialista, el ecofeminsimo… Aunque hayan hecho interesantes aportaciones, nos encontramos ante definiciones contradictorias del trabajo, puesto que no superan el concepto del mismo legitimado por la ideología burguesa, dando así explicaciones inexactas. En lo que atañe a la definición concreta que tenemos entre manos, se nos ocurren varias preguntas: ¿el bienestar y la riqueza de quién genera el trabajo? ¿Las vidas de quiénes son las que permite llevar adelante? ¿Asegura el bienestar de los oprimidos pero genera riqueza para los opresores? Si es así, ¿tenemos que tener a ambos en cuenta? Por otro lado, ¿podemos hablar del bienestar de las desposeídas dentro del marco capitalista?

Así, se nos presenta la acepción burguesa del trabajo: en el sistema capitalista, trabajo es cualquier labor directa o indirecta que hacemos nosotras que crea bienestar y riqueza para el enemigo y que éste utiliza para llevar adelante su vida incluidas las labores para nuestra reproducción y nuestro aparente bienestar. En cualquier caso, no creemos que sea casualidad que en la definición del trabajo dada por el Movimiento Feminista posmoderno no se haya concretado quién y para quién se realizan esas labores denominadas trabajo. En el desarrollo de esta definición nos encontramos el mismo procedimiento de la ciencia burguesa: tomar las creencias extendidas en la sociedad y construir argumentos sobre ellas. Este tipo de tareas pseudo-científicas adjudica a la inmediatez de los sucesos un valor científico elemental. Al contrario, para poder construir la ciencia proletaria es necesario plantear una tarea epistémica muy distinta a la recién expuesta. Para poder pasar de la apariencia de los sucesos a su esencia, es fundamental, por un lado, percatarse del condicionamiento histórico de los sucesos, y por otro lado, dejar de lado el punto de vista que presenta los sucesos como actos sin mediación alguna. La labor de la ciencia proletaria es retirar el revestimiento que impide comprender y superar la realidad capitalista.

Tras estas pinceladas sobre la ciencia proletaria, trataremos ahora de explicar el porqué de la inexactitud y ambigüedad de la categoría trabajo. En la sociedad burguesa, la definición del trabajo tiene una connotación positiva y otra negativa. En la medida en que el trabajo engloba actividades muy diversas, no implica ninguna abstracción racional, puesto que el concepto de trabajo denomina de forma arbitraria unas labores como trabajo y otras no. ¿Dónde está, pues, la línea roja de esta clasificación arbitraria? ¿En qué contexto histórico surgió este concepto abstracto y general de la actividad económica y social? En varias culturas, la raíz de la palabra trabajo se utilizaba para designar personas inmaduras, dependientes de otras. En la creación del concepto trabajo no hay abstracción neutral, sino social: el trabajo es la labor de los que han perdido la libertad. Es indiferente cuál es la labor exacta, cuidar niños o cocinar, el contenido de la abstracción del concepto trabajo es la esencia de la esclavitud. Es decir, el trabajo no hacía referencia a una tarea humana general, y tampoco a una determinación positiva. Es más, en latín, el trabajo significaba tristeza, desgracia o pesar moral; pesar de los que penden de una carga (laborare). Una carga invisible pero absolutamente insoportable; invisible, pues es la dependencia vital hacia otro. Palabras romanas como trabajo y “travail” se derivan de la palabra latina tripalium, que nombraba un tipo de yugo utilizado para castigar y torturar a esclavos. Por lo tanto, ni siquiera en su creación etimológica, la palabra trabajo no se refiere a tareas humanas autónomas. El trabajo es la labor de quienes han perdido su libertad y capacidad de decisión.

Fue el Cristianismo el que convirtió en positiva la abstracción negativa del trabajo, manteniendo la idea de la tristeza y del pesar, además. El Cristianismo alabó el sufrimiento, alabando cualquier tarea dolorosa en pos de una meta positiva más allá de la vida. Asimismo, fue el protestantismo quien colocó el binomio trabajo-dolor en el centro de la vida: la tarea moral del ser humano consistía en mostrar a Dios cuán trabajador era. Más tarde, fue en la Edad Moderna cuando tomó cuerpo la imposición abstracta del trabajo, dándose simultáneamente la generalización del trabajo y su cosificación, mediante el sistema de producción de mercancías: la dependencia social se ha convertido en el grupo abstracto de las relaciones del sistema, y así se ha expandido a la totalidad. No obstante, al estar esto tan normalizado, es casi imperceptible. Toda la clase obrera obedece al Dios invisible del capitalismo, a la forma generalizada del tripalium.

Tras años de educación impuesta, al ser humano moderno le es imposible imaginar su vida más allá del trabajo. Al ser un axioma del que no se puede dudar, el trabajo ha sometido todos los aspectos del ser social, todas las expresiones de nuestro día a día responden a la dictadura del trabajo. Nos sentimos tan perdidas fuera del trabajo que reproducimos muchas de sus características al salir de éste, por ejemplo cambiamos el reloj que controla nuestro tiempo en el puesto de trabajo por el cronómetro que mide nuestra “rentabilidad” cuando hacemos footing. Al pensar nuestra vida según el tiempo libre que creemos que se nos concede, estamos aceptando la coerción de dos maneras: por un lado, aceptando la existencia de tiempo no-libre, y por otro lado, que durante la jornada de trabajo nos encontramos fuera de nuestro ser, es tiempo en el que no estamos viviendo.

La dictadura del trabajo también se muestra en lenguaje diario, cuando somos cómplices del excesivo uso de la palabra “trabajo” y cuando le asignamos definiciones contradictorias. Ha pasado mucho tiempo desde que dejamos de utilizar la palabra “trabajo” solamente para designar a la labor capitalista impuesta, la utilizamos como sinónimo de labores dirigidas a conseguir cualquier objetivo, como si hubiese borrado todas sus huellas. La inexactitud conceptual de trabajo prepara el terreno de juego para realizar un movimiento engañoso, y así, el Movimiento Feminista posmoderno expande la acepción positiva del trabajo a toda la sociedad. En esta sociedad donde el trabajo es Dios, se propaga la crispación porque le hemos dado una definición demasiado estrecha: como sólo consideramos trabajo las tareas asalariadas, no tenemos en cuenta el resto de tareas y las personas que las llevan a cabo. De esta manera, dicho movimiento se levanta a favor de la valorización positiva del trabajo, pensando que esto hará que desaparezca la clasificación de los distintos tipos de trabajos. Planteamientos de este tipo no tienen como objetivo terminar con la dictadura del trabajo, sino la adaptación semántica del trabajo. En otras palabras, expanden la idea de que los sectores más oprimidos deben conseguir un trabajo organizado en la esfera productiva para liberarse de su subordinación, como si el trabajo trajese consigo nuestra autonomía. Ante los que quieren eternizar la dictadura del trabajo y difundir el tripalium a todas las tareas humanas, es decir, ante planteamientos que buscan convertir la Huelga Feminista en una huelga a favor del trabajo, nosotras demandamos la abolición del trabajo, desarrollando una forma organizativa revolucionaria que posibilite esta abolición. En última instancia, pretendemos liberar a la clase trabajadora de todos los dispositivos del poder que refuerzan nuestras cadenas.

Como hemos mencionado anteriormente, la reconceptualización del trabajo propuesta por el Movimiento Feminista trae consigo ampliar el campo de batalla: extienden la lucha del trabajo asalariado a todos los aspectos de la vida. En este caso también hacemos nuestras algunas de sus aportaciones, pero debemos subrayar la necesidad de obtener un conocimiento concreto y correcto del funcionamiento general de la realidad social. Así, en las próximas líneas trataremos de situar nuestra función política en la necesidad de confrontar el poder del enemigo; para ello, abordaremos la huelga como táctica articulada por la clase trabajadora. Esto será un modesto intento, dejando claro que todavía tenemos mucho que aprender.

La base de la dominación de la burguesía sobre el proletariado es económica, pero son varias las modalidades de opresiones que se derivan del sometimiento económico. Esto significa que la clase trabajadora es vitalmente dependiente de su enemigo, puesto que no tenemos poder material ni libertad política para sobrevivir sin reforzar el poder del enemigo; al fin y al cabo, estamos obligadas a poner nuestra capacidad para trabajar al servicio de la burguesía, lo cual crea sus posesiones y propiedades. En este sentido, en el sistema capitalista, el fundamento del poder de la burguesía es la producción, realización y acumulación de la plusvalía. En el metabolismo social capitalista, la producción de la plusvalía se da en el proceso de producción, siendo la producción el proceso de generar plusvalía, lo cual sólo sucede en el puesto de trabajo.

En cualquier caso, no todas las tareas que realizamos en el puesto de trabajo son productivas, sólo las dirigidas a la acumulación en forma de excedente (plustrabajo). Sin embargo, la particularidad del trabajo realizado en el puesto de trabajo es que posibilita el incremento de la esfera del valor, y así, adquiere poder de mando en una escala mayor. Esto es debido a que en el puesto de trabajo consume una mercancía especial, la fuerza de trabajo, cuya singularidad consiste en crear riqueza material, porque su valor de uso es mayor que su valor de cambio. Así, mediante la forma compleja del dinero, la burguesía articula su poder sobre todo el proceso de trabajo, convirtiéndose su poder en poder político al conseguir poder de mando sobre los procesos humanos. Del mismo modo, la forma esencial de acumulación de la sociedad es la acumulación de unidades de poder, el hacinamiento sin fin de unidades de poder.

Por lo tanto, queda claro que la producción capitalista, es decir, la producción de plusvalía, es la esencia de la formación social, lo que regula y condiciona constantemente la esfera reproductiva. La reproducción no es, en ningún caso, la fuente ni la substancia del poder burgués: la reproducción capitalista es la precondición indispensable de la producción. Esto no significa que la esfera reproductiva no es importante, al contrario, implica que no puede haber producción sin reproducción. En consecuencia, nos parece positivo el intento de conceptualización de la huelga en el ámbito de la reproducción capitalista. Es más, en la medida en que a la mujer trabajadora se le ha impuesto la responsabilidad de la reproducción de la familia y sus allegados, nos alegra ver que la socialización de todo esto y la posibilidad de que las mujeres hagan huelga se sitúe en el centro.

Aun así, tal y como lo hemos explicado, es muy importante comprender la dinámica del poder burgués, puesto que es opuesta a la construcción del poder del proletariado. Dicho de otro modo, debemos analizar las formas concretas que toma la dinámica general del poder de la burguesía, y tenemos que articular modelos organizativos que neutralicen esas formas. En este sentido, encontramos varias carencias en la conceptualización de la Huelga Feminista. Por un lado, al incorporar en la huelga la esfera de la reproducción además de la esfera de la producción, es notoria la reducción de la potencialidad de atacar el fundamento del poder burgués (la acumulación de plusvalía). Además, al ser solamente dirigida a mujeres*, la clase trabajadora pierde capacidad política para detener la producción.

Porque, ¿cómo logrará el movimiento feminista el objetivo asignado a la huelga, parar el sistema, sin que participe toda la clase trabajadora? Es más, nos parece naïf pedir a los jefes varones que cierren el local y lo conviertan en espacio de cuidados comunitarios. O al plantear el parar la producción como paro de todas las mujeres*. ¿Es ser mujer lo que convierte a las empresarias en nuestras aliadas? ¿Debemos empezar a acordar las características de la herramienta de lucha con quien se aprovecha de nuestra condición de oprimidas? Por otro lado, con un planteamiento de este tipo, ¿no serán las altos cargos de las empresas e instituciones capitalistas las únicas mujeres que podrán realmente llevar a cabo este paro? ¿Qué capacidad de hacer huelga tendrá una mujer migrante contratada en negro? ¿O las que cuidan de los hijos e hijas de las que hacen huelga? ¿O las limpiadoras subcontratadas por la UPV? Aquí no sirve preparar todo los días anteriores para poder tomar las calles el próximo día, así no se articula ningún paro en el proceso de producción. ¿O es que las mujeres que, aun queriendo sumarse a la huelga, no pueden deben conformarse con colgar sus delantales en el balcón?

Llegadas a este punto, nos encontramos con la duda de a quién pretende dirigirse el Movimiento Feminista hegemónico. Según nuestro parecer, la huelga debe ser una táctica para la lucha de clases, para luchar contra a la burguesía y los fundamentos de su poder. Para ello, es primordial que la esencia de la huelga sea un paro GENERALIZADO y unificado de la producción, para actuar sobre la correlación de fuerzas mediante el ataque al enemigo, luego es imprescindible actuar con unidad de clase entre quienes participamos en la producción. Esto trae consigo elevar de facto el tensionamiento entre las relaciones de fuerza, dejando de lado el matiz festivo que hoy por hoy desprende la Huelga Feminista. Es más, al ser la huelga una táctica para confrontar al enemigo directamente, debemos tener presente que para las trabajadoras esto incrementa el coste político, personal y represivo, y en consecuencia, que la articulación de relaciones revolucionarias basadas en los cuidados serán un pilar para nosotras. Sólo llevaremos a cabo la unidad de clase si nos protegemos entre nosotras y tejemos redes de confianza y solidaridad incondicional, y sólo mediante la unidad de clase podremos responder ante la ofensiva que organice el enemigo. Por consiguiente, ante propuestas que plantean la huelga de cuidados, nosotras respondemos en defensa del cuidado, puesto que éste es la realización de las relaciones revolucionarias.

Hemos partido de la reconceptualización del trabajo del Movimiento Feminista posmoderno, puesto que al ampliar el ámbito de lucha, la Huela Feminista es la herramienta a utilizar para actuar en ese marco político. Tomando la Huelga Feminista por herramienta, ahora nos referiremos a los objetivos que ésta implica. Ciertamente, no hay una relación externa entre medios y objetivos, pues son dos momentos categoriales de la praxis implicados mediante su conexión interna. Es decir, la efectividad de los medios trae necesariamente la de los objetivos. A saber, las carencias identificadas en la conceptualización teórica de la Huelga Feminista influyen directamente en los objetivos que implica esta herramienta. Se encuentran carencias no sólo en la propia Huelga Feminista, también en los objetivos que implica. Como han manifestado este año, han hecho un especial esfuerzo en exponer sus reivindicaciones de la manera más concreta posible, para poder interpelar a las instituciones y a la sociedad. Las exigencias del Movimiento Feminista hegemónico se enumeran en tres bloques que recogen 28 reclamos. Mientras que estamos de acuerdo en tratar de concretizar al máximo posible los objetivos tácticos a conseguir mediante el día de lucha, no son pocas las preocupaciones que nos han abordado al leer las exigencias.

Aunque apuntemos que las demandas exigidas son muy generales, está claro que estamos de acuerdo con muchas de ellas: la desaparición de la figura de empleada del hogar interna, el reconocimiento político y social de los trabajos imprescindibles para la sostenibilidad de la vida, en contra de los tratados transnacionales de libre comercio, en contra de los proyectos destructores que destrozan la tierra… En consecuencia, nuestras preocupaciones no se derivan de un desacuerdo, sino de las maneras concretas de situar estas demandas: qué sentido se le da, cómo se miden sus contribuciones, cuál es la relación entre ellas, cómo se pretenden conseguir… Además de no definir claramente los pasos tácticos para conseguir las exigencias enumeradas, su planteamiento nos sugiere que la Huela Feminista del 8 de marzo se convierte en objetivo. Así, en vez de priorizar organización de las trabajadoras para el ordenamiento efectivo de las condiciones creadas por la lucha feminista, se busca visibilizar el trabajo que realizamos y la opresión que sufrimos las mujeres de clase obrera. Por consiguiente, tras poner sobre la mesa muchísima fuerza, el mayor logro son las fotos de calles llenas de mujeres. Es por ello que vivimos con preocupación estos planteamientos que se escudan en una radicalidad discursiva, que incluyen todo y nada al mismo tiempo.

Asimismo, si analizamos muchos de los objetivos a alcanzar, dudamos si no traerían el deterioro de las condiciones de vida de las mujeres de clase trabajadora. En efecto, al defender que los trabajos de cuidados deberían recaer en las instituciones públicas, sitúan al estado como un ente neutro sin relación con la dominación capitalista. Igualmente, si las instituciones públicas hiciesen suyas las labores de cuidados, ¿a quién contratarían para llevarlas a cabo? ¿Qué garantías tenemos de que las que fuesen contratadas no serían las mujeres más proletarizadas?

Nosotras, en cambio, las mujeres oprimidas, trabajadoras, tenemos claro que apostaremos por organizar la solidaridad de clase real mientras que el objetivo final sea proteger y liberar a las más vulnerables. En estos tiempos en los que es notoria la tendencia a institucionalizar el feminismo, donde se habla de un nuevo pacto social con instituciones capitalistas que no superará las relaciones de explotación, tenemos claro que nuestro deber es proveer de teoría y práctica revolucionaria a la mujer trabajadora. Nos reafirmamos en la necesidad de las mujeres trabajadoras de alinearse con el feminismo proletario, el realmente revolucionario, el cual se articula a favor del sujeto real a liberar: la clase trabajadora.

Por todo esto, como declaramos en la primera entrada para este 8 de marzo, hacemos un llamamiento a toda la clase trabajadora de Euskal Herria a actuar con independencia de clase y a favor de los intereses de las mujeres trabajadoras en esta huelga feminista. Con el peligro de que las fotos de calles llenas de mujeres del 9 de marzo ensombrezcan el estado de la mujer trabajadora, es vital que las que compartimos y defendemos los intereses de las desposeídas ocupemos la primera línea. Debemos ocupar la primera línea para evitar que la mujer trabajadora se mueva bajo banderas posmodernas, debemos ocupar la primera línea para debatir sobre el planteamiento de la huelga feminista de este año, y también para poner sobre la mesa todos los elementos con los que debería contar una huelga de trabajadoras. Tenemos claro, aun así, que la batalla real no se celebrará sólo este 8 de marzo, sino en la organización de una lucha de décadas, en la cual es imprescindible que lo demos todo para reforzar la capacidad política de las trabajadoras.

Por la emancipación de la mujer trabajadora… ¡viva la lucha de la clase obrera!

¡Nos veremos en la calle!