Los orígenes del sindicalismo

Capítulo I del libro Historia del sindicalismo, 1666-1920, Sidney y Beatrice Webb (1920).

Un sindicato es, a nuestro juicio, una asociación permanente de tra­bajadores por cuenta ajena con la finalidad de mantener o mejorar las condiciones de su vida de trabajo[1]. Esta forma de asociación existe en Inglaterra, como tendremos ocasión de ver, desde hace aproximadamen­te dos siglos, y no puede suponerse que surgiera de modo repentino en su forma plenamente desarrollada. Sin embargo, aunque nos ocuparemos brevemente de las instituciones que han sido consideradas con frecuencia como precursoras del sindicalismo, nuestro relato se iniciará a finales del siglo XVII, ya que, con anterioridad a esta época, nos ha sido imposible descubrir en las Islas Británicas nada que pueda encajar en el marco de nuestra definición. Además, aunque se ha señalado la posible existencia de asociaciones análogas durante la Edad Media en diversas partes del continente europeo, no tenemos razón alguna para suponer que tales ins­tituciones hayan ejercido ningún tipo de influencia sobre la aparición y el desarrollo del movimiento sindical en este país. Nos sentimos autori­zados, en consecuencia, a limitar nuestra historia a los sindicatos del Rei­no Unido, algo a lo que en rigor nos veíamos, además, obligados.

De acuerdo con nuestra definición, hemos excluido de nuestra historia cualquier relato de los innumerables ejemplos de los trabajadores manuales que han constituido asociaciones efímeras contra sus superiores sociales. Las huelgas son tan antiguas como la historia misma. Los ingeniosos buscadores de paralelismos históricos podrán, por ejemplo, encontrar en la revuelta (del año 1490 a. de C.) de los ladrilleros judíos de Egipto con­tra la orden que habían recibido de fabricar los ladrillos sin paja, un pre­cedente curioso de la huelga de los tejedores de algodón de Stalybridge (1892 d. de C.) originada porque se les proporcionaban unos materiales defectuosos para su trabajo. Pero nos es imposible considerar seriamen­te, como algo que pueda tener alguna analogía con el movimiento sindi­cal de nuestros días, las innumerables rebeliones de razas oprimidas, las insurrecciones de esclavos o las revueltas de campesinos en una situación de semiservidumbre, de que están llenos los anales de la historia. Todas estas formas de la «guerra del trabajo» caen fuera de nuestro tema, no sólo porque en ningún caso dieron lugar a la formación de asociaciones permanentes, sino también porque los «huelguistas» no trataban de me­jorar las condiciones de un contrato de prestación de servicios libremente aceptado.

Sin embargo cuando pasamos de los anales de la esclavitud o de la servidumbre a los de los ciudadanos formalmente libres de los burgos me­dievales entramos en un terreno que es ya más controvertible. No alber­gamos la pretensión de conocer a fondo la vida urbana inglesa de la Edad Media. Pero está claro que, muchas veces, junto a los maestros artesanos independientes, existían un cierto número de oficiales y trabajadores asa­lariados que, en ocasiones, formaban coaliciones contra los dueños y las autoridades. Parece ser que algunas de estas asociaciones duraron meses, y hasta años. En 1383 el Ayuntamiento de la City de Londres prohibió ya todas «las congregaciones, pactos defensivos y conspiraciones de los trabajadores». En 1387 los obreros al servicio de los fabricantes de cor­dobán de Londres iniciaron una rebelión contra los «veedores del ofi­cio»[2]  y trataron de constituir una hermandad permanente. Nueve años después, los trabajadores guarnicioneros por cuenta ajena, «denomina­dos yeomen», afirmaron que poseían una hermandad [fraternity] propia «desde tiempo inmemorial» que contaba con un consejo y unos regentes elegi­dos. Los maestros declararon, sin embargo, que la asociación sólo existía desde hacía trece años y que su objetivo no era otro que el de subir los salarios[3]. En 1417 se prohibió a los «trabajadores dependientes y oficiales» de la sastrería de Londres  «que tuvieran sus moradas fuera de los maestros, ya que celebraban asambleas y habían formado un cierto tipo de asociación»[4]. Esas hermandades no se limitaban exclusivamente a Londres. En 1538 el Obispo de Ely comunicó a Cromwell que veintiún oficiales zapateros de Wisbech se habían reunido en una colina fuera de los límites de la ciudad, y habían enviado a tres de ellos para solicitar a todos los maestros zapateros que se reunieran con ellos a fin de procurar una elevación de los salarios, formulando esta amenaza: «na­die vendrá a la ciudad a trabajar por estos salarios durante doce meses y un día, y en caso contrario, les cortaremos un brazo o una pierna, a no ser que se avengan a prestar el mismo juramento que hemos reali­zado nosotros[5]

Estos ejemplos están extraídos de una documentación sumamente fragmentaría procedente de los textos impresos hasta ese momento, y hace pensar que un examen más completo de los archivos no publicados podría dar a conocer una serie completa de hermandades de oficiales y permitirnos determinar la constitución precisa de esas asociaciones. No está, por ejemplo, nada claro si los casos citados constituían huelgas contra los maestros o revueltas contra las autoridades de la corporación gre­mial. Nuestra impresión es que en el caso de los zapateros de Wisbech, como probablemente en algunos otros, nos hallamos ante un fenómeno que representa la fase embrionaria de un sindicato. En consecuencia, si suponemos que nuevas investigaciones llegarán a probar que tales asociaciones efímeras de los oficiales contra sus patronos[6] dieron paso efecti­vamente a asociaciones duraderas de carácter similar, nos veríamos obli­gados a iniciar nuestra historia en los siglos XIV y XV. Pero, después de llevar a cabo un examen detallado de todos los ejemplos publicados de hermandades de oficiales en Inglaterra, tenemos la plena convicción de que no hay prueba alguna de la existencia de ningún tipo de asociación estable e independiente de trabajadores asalariados contra sus dueños durante la Edad Media.

Hay algunos otros casos de asociaciones durante los siglos XV y XVI, que en ocasiones se han considerado como integradas exclusivamente por oficiales[7], y que mantuvieron una existencia ininterrumpida. Pero en todos esos casos, al menos en la medida en que nos ha sido dado investigarlos, esas «Bachelors’ Companies»[8], que supuestamente constituían una hermandad de oficiales, no eran más que una agrupación subordina­da dentro del gremio, regida por los jefes de este último. Y es obvio que unas asociaciones en que los patronos proporcionaban los fondos y nom­braban a los jefes no pueden tener analogía alguna con los sindicatos modernos. Además, esas organizaciones de «yeomen» o «Bachelors’ Com­panies» no parecen haberse prolongado mucho más allá del siglo XVI.

La explicación de ese tardío desarrollo de asociaciones estables e independientes entre los oficiales asalariados se encuentra, a nuestro juicio, en las perspectivas de promoción económica que poseía todavía el artesano especializado. No queremos ni mucho menos sugerir la existen­cia de una Edad de Oro en la que cada trabajador especializado fuera su propio empresario y en la que se desconociera el sistema salarial. Los do­cumentos más antiguos de la historia de las ciudades inglesas señalan la presencia de oficiales asalariados, que no siempre se mostraban satisfe­chos de sus remuneraciones. Pero en los oficios especializados, el oficial que había realizado su aprendizaje pertenecía, hasta tiempos relativa­mente recientes, al mismo nivel social que su patrón, y de hecho solía ser, en general, el hijo de un maestro del mismo gremio o de otros similares.

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“Aprendices en sus telares”, de la serie “Industriosidad y pereza”, de W. Hogarth. El aprendiz de la izquierda ronca tras haberse bebido una jarra, el de la derecha trabaja con el manual a sus pies y el maestro vigila a ambos. Otro grabado de la misma serie llevaba por título “El aprendiz industrioso se casa con la hija del maestro”.

Durante la época en que casi toda la industria permaneció práctica­mente en manos de pequeños maestros, cada uno de los cuales empleaba a uno o dos oficiales, el tiempo de prestación de servicios por cuenta aje­na de cualquier artesano asalariado de carácter emprendedor no solía pa­sar de unos pocos años, y el aprendiz industrioso podía esperar, razona­blemente, si no siempre, casarse con la hija del dueño o, en cualquier caso, establecerse por su cuenta. En esas condiciones, cualquier incipien­te organización estable se habría visto condenada a perder a sus miem­bros más antiguos y capacitados y habría quedado confinada necesaria­mente, como el Gremio de los Oficiales de San Jorge en Coventry, a los «jóvenes»[9], o, como la efímera hermandad de los oficiales de sastrería, a «una existencia corta e inestable a la vez»[10], entre cuyos inexperimentados integrantes hubiera sido muy difícil reclutar un puñado de buenos jefes corporativos. En consecuencia, podemos comprender muy bien que, aunque la opresión industrial sea patrimonio de todas las épocas, sólo cuando los grandes cambios industriales redujeron a un porcentaje infi­nitesimal las perspectivas de un oficial de convertirse en patrón, empezó a advertirse la transformación de esas efímeras agrupaciones en socieda­des obreras permanentes. Esta opinión queda corroborada por la obser­vación de casos análogos en el Lancashire de hoy. Los anudadores[11], asis­tentes de las mule-jennies son empleados y pagados por los operarios del algodón para los que trabajan. El «anudador principal» es, con frecuen­cia, un trabajador adulto que está casi tan especializado como el propio hilador, del cual recibe, sin embargo, una remuneración que es muy in­ferior a la suya. Pero mientras que los obreros algodoneros han desarro­llado una notable aptitud para el sindicalismo, los intentos para constituir una organización independiente entre los anudadores han fracasado invariablemente. El anudador diligente y capaz está siempre a la espera de convertirse en un hilador, y se muestra, pues, más interesado en la re­ducción que en la subida de los salarios de su propia actividad. Los diri­gentes de cualquier movimiento incipiente entre los anudadores han ter­minado siempre por abandonar su tarea al convertirse en empresarios de la propia clase de trabajadores que les había promovido. Pero aunque los anudadores del Lancashire hayan fracasado siempre en su intento de for­mar un sindicato independiente, no carecen de asociaciones propias en cuya constitución se pueden encontrar elementos que recuerdan la relación entre el gremio de maestros artesanos y la «Bachelor’s Company» u otras asociaciones subordinadas, en las que posiblemente se agruparon los oficiales. Los hiladores, en electo, han organizado, en defensa de sus propios intereses, asociaciones de anudadores. Estas asociaciones, la pertenencia a las cuales suele ser obligatoria, forman una parte subordinada del sindicato de hiladores, y son los administradores de este último los que establecen y recaudan las cotizaciones, redactan los reglamentos, dis­ponen de los fondos y se ocupan de todos los asuntos administrativos sin consultar para nada a los anudadores mismos. No es difícil comprender que los maestros artesanos que constituían el órgano de gobierno del gre­mio medieval encontraran conveniente, por razones similares a las que acabamos de ver, organizar a los oficiales y a otros miembros inferiores del oficio en una agrupación subordinada, en la que eran ellos los que es­tablecían las cargas económicas trimestrales, nombraban a los «vigilan­tes» y a sus sustitutos, administraban los fondos y controlaban por com­pleto sus asuntos, sin conceder a los oficiales la menor participación en las deliberaciones[12].

Si hacen falta más pruebas para demostrar que era la perspectiva de una promoción económica la que obstaculizaba la formación de asocia­ciones permanentes entre los oficiales asalariados en la Edad Media, po­dríamos aducir el hecho de que algunas categorías de obreros manuales especializados, que no tenían posibilidad alguna de llegar a convertirse en patronos, parecen haber tenido éxito en el establecimiento de coali­ciones de larga duración, que posteriormente tuvieron que ser abolidas legalmente. Los mamposteros, por ejemplo, contaron durante mucho tiempo con sus «congregaciones y confederaciones anuales formadas en la asamblea de sus capítulos generales», que fueron expresamente prohi­bidas por una ley parlamentaria en 1425[13]. Por su parte, los soladores de Worcester recibieron en 1467 una orden del Ayuntamiento de «no ce­lebrar parlamentos entre ellos»[14].

En realidad, parece probable que los mamposteros, que se desplazaban por todo el país de un puesto de trabajo a otro, estuvieran unificados, no en un gremio local, sino en una hermandad de ámbito nacional. Esta aso­ciación puede presentar algunos puntos de contacto, como probablemen­te pondrán de relieve futuras investigaciones, con la actual Sociedad de Socorros Mutuos de los Obreros Mamposteros [Friendly Society of Operative Stonemasons], establecida en 1832. Pero a diferencia de los obreros de los modernos oficios de la construcción, los de la Edad Media estaban al servicio, no de un maestro entrepreneur, sino del propio cliente, que le proporcionaba los materiales, supervisaba los trabajos y contrataba a los menestrales especializados, junto a sus peones y aprendices, estableciendo las tarifas salariales dia­rias[15]. En contraste con los artesanos de las ciudades, los albañiles, so­ladores, etc., se mantenían desde la finalización de su aprendizaje hasta el final de su vida laboral en una posición económica prácticamente idén­tica, una posición que parece haber ocupado un lugar intermedio entre la del maestro artesano y la del oficial de otras profesiones. Como los car­pinteros de obra de las aldeas rurales de hoy, que cobran según el traba­jo realizado, eran productores independientes que controlaban todos los procesos de su propio oficio y trataban directamente con el cliente. Pero a diferencia del maestro artesano típico de los oficios de la artesanía ma­nual, no vendían otra cosa que trabajo, sólo su propio trabajo, según las tarifas reguladas por la costumbre, y no buscaban, pues, directamente la consecución de beneficios, ni por la venta de los materiales ni por los sa­larios pagados a los trabajadores subordinados[16]. La estabilidad de sus asociaciones no se encontraba, pues, dificultada por esas influencias, que, como hemos puesto de manifiesto, resultaron fatales en Inglaterra para los intentos similares de los oficiales artesanos que trabajaban de acuer­do con un régimen salarial.

Pero si el ejemplo de los oficios de la construcción en la Edad Media apoya nuestra hipótesis sobre la causa del tardío crecimiento de las aso­ciaciones entre los oficiales en otros gremios, las «congregaciones y con­federaciones anuales» de los albañiles pueden también solicitar nuestra atención como ejemplos de sindicalismo temprano. Sobre la constitución, funciones y desarrollo de estas asociaciones medievales en los oficios de la construcción no sabemos desgraciadamente casi nada[17]. Pero llama la atención el hecho de que, al menos según lo que ha llegado a nuestro conocimiento, no existen huellas de su existencia en Gran Bretaña con posterioridad al siglo XV. Durante el siglo XVIII no hay, como tendremos ocasión de ver, ningún vacío de  información sobre las agrupaciones de trabajadores en casi ningún otro oficio especializado. Los empresarios parecen haber acudido incansablemente al Parlamento para lamentarse de las faltas de sus trabajadores. Pero de las asociaciones de obreros de la  construcción apenas hemos encontrado más que algunas huellas, justo a finales de este siglo. Si en consecuencia, ateniéndonos estrictamente a la letra de nuestra definición, aceptáramos a la confederación de mamposteros como un sindicato, nos veríamos obligados a considerar los oficios de la construcción como el único caso de una industria que tuvo un período de sindicalismo en el siglo XV, que tuvo que mantenerse después, durante varios siglos, en una posición condicionada por la imposibilidad del sindicalismo, y que, por último, volvió a cambiar al surgir una nueva situación que había hecho posible el florecimiento del sindicalismo. Nuestra propia impresión es, sin embargo, que esas «congregaciones y confederaciones» de trabajadores de la construcción deben ser consideradas más como un gremio de maestros artesanos, en estado embrionario, que como un sindicato. Nos parece que hay una sutil distinción entre la posición económica de los trabajadores que prestan directamente sus servicios a un cliente individual, y aquellos otros que, como el sindicalista tí­pico de nuestros días, están al servicio directo de un empresario que se interpone entre ellos y los clientes reales, y que arrienda sus servicios para obtener de él un beneficio que le permita obtener un interés por su capital y una «remuneración por su gestión». Suponemos que, con el cre­ciente perfeccionamiento de la arquitectura doméstica, los artesanos de mayor categoría tendieron cada vez más a convertirse en empresarios, y que las organizaciones de esos artesanos se fueron desplazando insensi­blemente hacia el modelo ordinario de un gremio de maestros[18]. Bajo un sistema industrial de este índole, los oficiales tenían unas perspectivas de promoción económica similares a las que obstaculizaban el crecimiento de asociaciones estables en la mayoría de los oficios de artesanía manual, y en este hecho reside la explicación de la llamativa ausencia de testimonios sobre cualquier forma de sindicalismo en los oficios de la construcción hasta muy entrado el siglo XVIII[19]. Sin embargo, cuando el constructor o el contratista capitalistas empezaron a desplazar a los maestros albañiles, los maestros yeseros, etc., y esta clase de pequeños entrepre­neurs volvió una vez más a dejar paso a una jerarquía de trabajadores asalariados, los sindicatos, en el sentido moderno, empezaron, como vere­mos, a surgir. «De la misma forma que durante el siglo XVI asistimos a la lucha de los pequeños maestros para adaptar y actualizar las tradiciones de las corporaciones de oficios en decadencia, a finales del siglo XVII (en algunos oficios, y a finales del XVIII en otros) contemplamos el es­fuerzo de los oficiales por conseguir un nuevo status sobre las ruinas de los pequeños maestros[20]

Nos hemos detenido con cierta amplitud en estas efímeras asociacio­nes de asalariados y de hermandades de oficiales de la Edad Media, por­que podría pretenderse, plausiblemente, que fueron en algún sentido las predecesoras del sindicato. Pero, por extraño que pueda parecer, casi nunca se ha buscado en esas instituciones el origen del sindicalismo. Los investigadores han rastreado los antecedentes del sindicato moderno, no en las asociaciones medievales de asalariados, sino en las de sus empresarios, es decir en los gremios artesanos[21]. La semejanza externa entre el sindicato y el gremio de artesanos ha concentrado durante mucho tiempo la atención, tanto de los amigos como de los enemigos del sindicalis­mo; pero fue la publicación en 1870 del brillante estudio del profesor Brentanno, «El origen de los sindicatos», lo que dio cuerpo a la idea popular[22]. Sin pretender que pueda establecerse ninguna conexión entre el gremio medieval y el sindicato moderno, el Dr. Brentanno consideraba, sin embargo, que el segundo era el sucesor del primero y que ambas instituciones habían surgido «entre las ruinas de un sistema antiguo y entre trabajadores que habían sufrido las consecuencias de esa desorganización, con el objeto de mantener la independencia y el orden»[23]. Y cuando George Howell encabezó su historia del sindicalismo con una amplia glosa del estudio del Dr. Brentanno sobre los gremios, empezó a aceptarse de manera general que el sindicato había tenido su origen, de una forma que no podía definirse con precisión, en el gremio de artesanos[24]. Nos vemos obligados, pues, a realizar una digresión para examinar las relacio­nes existentes entre el gremio medieval y el sindicato moderno. Si se pu­diera demostrar que los sindicatos han sido, en alguna manera, los des­cendientes de los viejos gremios, nos veríamos obligados, en consecuen­cia, a describir los orígenes de estos últimos.

El presunto origen de los sindicatos de este país en los gremios me­dievales carece, al menos según lo que nos ha sido dado descubrir, de cual­quier tipo de prueba. Las evidencias históricas abonan más bien la opi­nión contraria. En Londres, por ejemplo, hay más de un sindicato que ha mantenido una existencia ininterrumpida desde el siglo XVIII. Los gre­mios artesanos siguen existiendo en las cofradías de la City, y en ningún punto de su historia encontramos la menor evidencia de que se desgaja­ran de ellos asociaciones independientes de oficiales. En el siglo XVIII los oficiales de Londres habían perdido en casi todos los casos cualquier par­ticipación que hubieran podido poseer anteriormente en las cofradías, que a su vez habían dejado de tener en su mayoría cualquier conexión con los oficios de los que tomaron su denominación[25]. En ocasiones, se ha señalado que el desarrollo de las cofradías de Londres es un hecho ex­cepcional, y que en las ciudades en que los gremios conocieron una his­toria más normal pueden haber sido el origen de las asociaciones obreras modernas. Por lo que se refiere a Gran Bretaña, nos hemos asegurado de que esta hipótesis no tiene mayor fundamento que la otra. Ni en Bristol ni en Preston, ni tampoco en Newcastle o Glasgow, nos ha sido dado encontrar la menor conexión entre unos gremios que se iban extinguien­do lentamente y los incipientes sindicatos, En Sheffield, J. M. Ludlow, basándose en un estudio de Frank Hill, declaró[26] expresamente que era posible probar la filiación directa entre ambas entidades. La laboriosa investigación sobre la naturaleza de la todavía floreciente Cofradía de Cuchilleros demuestra que esta asociación, integrada exclusivamente por maestros, no ha originado o engendrado ninguno de los numerosos sin­dicatos que se encuentran en esta ciudad. Queda el caso de Dublín, don­de algunos de los sindicatos más antiguos se consideran los herederos de los gremios. Pero también en esta ocasión, la investigación ha revelado no sólo la ausencia de cualquier filiación o descendencia directa, sino tam­bién la imposibilidad de que exista una conexión orgánica entre los gre­mios, exclusivamente protestantes, que no fueron abolidos hasta 1842, y los sindicatos, predominantemente católicos, que alcanzaron el punto más alto de su influencia muchos años antes[27]. Podemos, pues, afirmar, con bastante confianza, que no hay ningún caso en que un sindicato del Rei­no Unido haya surgido, directa o indirectamente, de un gremio de artesanos.

En ocasiones se da por supuesto que el sindicato, cualesquiera que ha­yan podido ser sus orígenes, representa a los mismos elementos, y de­sempeña el mismo papel en el sistema industrial del siglo XIX, que el gre­mio artesanal en la Edad Media. Un breve análisis de nuestros conoci­mientos actuales sobre los gremios será suficiente para demostrar que esas organizaciones fueron, incluso en su momento de mayor pureza, algo esencialmente diferente, tanto en su estructura como en sus funciones, del sindicato moderno.

Para los propósitos de esta comparación no nos es necesario exami­nar las teorías contrapuestas de los historiadores sobre el origen y la na­turaleza de los gremios de artesanos. Por una parte, coincidimos con el Dr. Brentanno[28] en sostener que los artesanos libres se asociaron para frenar el deterioro de sus condiciones de trabajo y la disminución de sus remuneraciones, y para protegerse contra «el abuso de poder por parte de los señores de las ciudades, que trataban de reducir a los hombres li­bres a la dependencia propia de los no libres». Por otra parte, creemos, como el Dr. Cunningham[29], que los gremios de artesanos «surgieron, no a partir de la oposición a las autoridades existentes, sino como institucio­nes nuevas a las que las autoridades municipales o el gremio de comerciantes local delegaban una parte de su autoridad», como una especie de «sistema de policía» por medio del cual la comunidad controlaba los asun­tos locales en interés del consumidor. Es posible, también, aceptar la po­sición intermedia propuesta por Sir William Ashley[30], la de que los gre­mios eran corporaciones de artesanos con un sistema de gobierno propio, con capacidad de iniciativa para establecer los estatutos de sus propios ofi­cios, si bien los magistrados o el Ayuntamiento disponían de una autori­dad efectiva, aunque un tanto vaga, para sancionar esas disposiciones u oponerlas un veto. Cada una de esas tres concepciones puede ser abona­da por numerosos ejemplos, si bien el determinar cuál de ellas represen­ta la norma y cuál la excepción supondría un conocimiento estadístico de los gremios de artesanos para el que no se dispone todavía de material suficiente. Es evidente que si la teoría del Dr. Cunningham sobre los gre­mios de artesanos es la correcta, no puede haber similitud alguna entre esas entidades semimunicipales y los sindicatos actuales. El Dr. Brentan­no, sin embargo, ha aportado pruebas abundantes, en algunos casos por lo menos, de que los gremios no actuaron con ningún propósito de pro­teger al consumidor, sino, como los sindicatos, para velar por los intere­ses de sus miembros, es decir, los de una clase especial de productores. Aceptando por el momento la tesis de que el gremio de artesanos, como el sindicato o la asociación de empresarios, pertenecía al género de las «asociaciones de productores» vamos a examinar brevemente hasta qué punto los gremios eran similares a las asociaciones de trabajadores modernas.

La figura central de la organización gremial, en todos los casos, y en todos los períodos de su desarrollo, ha sido el maestro artesano, que era el propietario de los medios de producción y el que vendía el producto. Pueden existir opiniones divergentes sobre la posición del oficial en el gre­mio o sobre el predominio del trabajo subordinado o cuasi servil fuera de él. También pueden existir puntos de vista muy diferentes sobre la rea­lidad de su papel como protectores del consumidor, que constituye el ob­jetivo declarado de muchas ordenanzas gremiales. Pero a lo largo de toda la historia gremial, el maestro artesano, que controlaba todos los proce­sos productivos y vendía los productos del trabajo de su pequeño industrial, era el administrador real y el que ejercía la influencia domi­nante en el interior del sistema gremial[31]. En resumen, el miembro típico del gremio no era solo, ni siquiera fundamentalmente, el trabajador manual. Desde el principio la figura central del gremio fue la persona que aportaba no solo lodo el capital necesario para su industria, sino también el conocimiento de los mercados, tanto desde el punto de vista del producto como del de las materias primas, y la dirección y el control que cons­tituyen las funciones específicas del entrepreneur. Las funciones económicas y la autoridad política del gremio se apoyaban, pues, no en la presunta inclusión en su seno de todo el conjunto de trabajadores manuales, sino en la presencia de los verdaderos dirigentes industriales de la época. En el sindicato moderno, por el contrario, no encontramos una asociación de entrepreneurs que controlen por sí mismos los procesos de su industria y se ocupen de la venta de los productos, sino una asociación de trabajadores asalariados que prestan sus servicios bajo la dirección de capitanes industriales que son ajenos a la organización. La separación en clases sociales diferentes, el capitalista y el trabajador intelectual, por una parte, y los trabajadores manuales, por otra (de hecho, pues, la sustitución de un criterio horizontal de división de la sociedad por un criterio vertical vicia cualquier consideración del sindicato como algo análogo al gremio de artesanos).

Por otra parte, considerar el gremio de artesanos típico como un pre­cedente de la asociación de empresarios moderna, como una organiza­ción de capitalistas, sería, a nuestro juicio, un error tan grave como creer, a la manera de George Howell, que fue el «prototipo temprano» del sin­dicato. El mismo Dr. Bretanno pone el énfasis en el hecho, destacado también posteriormente de manera prominente por el Dr. Cunningham, de que el gremio de artesanos era considerado como representante de los intereses, no de una única clase social, sino de los tres elementos distin­tos, y en algunos aspectos antagónicos, de la sociedad moderna: el entrepreneur capitalista, el trabajador manual y el consumidor en general. No nos es preciso examinar ahora hasta dónde llegaba la falta de confianza existente en la Edad Media en la competencia a cualquier precio como garantía de la pureza y de la buena calidad de los productos. Tampoco vamos a ocuparnos de la presunta identidad de intereses entre todas las clases de la comunidad. A los gobernantes, no menos que al público en general, les parecía indiscutible que los maestros artesanos más importantes de la ciudad debían tener el poder y el deber de velar porque tan­to a ellos como a sus competidores les resultara imposible rebajar la ca­lidad de la producción. «La razón fundamental para asociar a los oficios artesanales y a las ocupaciones manuales —afirma en su petición la Co­fradía de Carpinteros de obra en 1681— en cofradías diferentes tenía como finalidad el que todas las personas dedicadas a esos oficios fueran colocadas bajo un gobierno uniforme y fueran tuteladas y reguladas por regidores [governors] expertos y capacitados, quedando sometidas a ciertos regla­mentos y ordenanzas establecidos para ese propósito[32].» Los miembros más importantes de los gremios se convirtieron, en efecto, en oficiales de los municipios, a los que correspondía la protección del público frente al fraude y la adulteración. En consecuencia, si recordamos que el gremio de artesanos era considerado como el representante, no sólo de las dis­tintas categorías de productores en una industria determinada, sino tam­bién de los consumidores del producto y, en último término, de la comu­nidad en general, resulta muy clara la imposibilidad de encontrar en la sociedad moderna cualquier heredero único de esas múltiples funciones. De hecho, los poderes y las atribuciones del gremio medieval han sido desguazados y se han dispersado. Las sociedades de socorros mutuos (Friendly Societies) y los sindicatos, las organizaciones capitalistas y las asociaciones de empresarios, los inspectores de fábricas y los oficiales de las Leyes de Pobres, los vigilantes escolares y los funcionarios municipales encargados de impedir la adulteración y de velar por la corrección de los pesos y medidas…, todas esas personas e instituciones podrían, con igual justicia, ser consideradas como las sucesoras de los gremios de artesanos[33].

Existe, pues, una diferencia esencial en la composición de esas dos organizaciones, pero se puede explicar bastante fácilmente la teoría popular sobre su parecido entre ellas. En primer lugar, existen las pintorescas similitudes descubiertas por el Dr. Brentanno: las normas reguladoras de la admisión, las cajas con tres cerraduras, las comidas en común, los tí­tulos de los administradores, etc. Pero, en realidad, algunas de esas características se encuentran en todo tipo de sociedades en Inglaterra. Las organizaciones sindicales las comparten con las sociedades de socorros mutuos locales, o con los clubs de asistencia a los enfermos, que han existido en toda Inglaterra durante los últimos dos siglos. Tanto si esas características proceden originariamente de los gremios como si no, es prácticamente seguro que los primeros sindicatos las tomaron, en la gran mayoría de los casos, no de las tradiciones de una organización del siglo XV, sino de cualquiera de las sociedades benéficas de su propio tiempo. En algunos casos la paternidad de esas formas y ceremonias puede asociarse, con no menos justicia que a los gremios artesanales, a los ritos esotéricos de los francmasones. Los fantásticos rituales propios del sindicalismo del periodo 1829-1834, que describiremos en los capítulos siguientes, proce­dían, como veremos, de las ceremonias de la sociedad de socorros mu­tuos de los Oddfellows[34]. Pero sabemos que éstas parecen ser una copia burda del ritual masónico. En nuestra propia época, los «Free Colliers of Scotland» [Mineros (del carbón) libres de Escocia], un intento temprano de sindicato minero nacional, estaban organizados en «logias» bajo la dirección de un «gran maestro», con gran parte de la terminología y algunas de las formas características de la franc­masonería. Nadie afirma, sin embargo, que exista un parecido esencial en­tre el club de asistencia a los enfermos de una pequeña localidad y una asociación obrera, y todavía menos entre la francmasonería y el sindica­lismo. La única característica común a todas ellas es el espíritu de aso­ciación, revestido de formas pintorescas más o menos similares.

Pero otras de las semejanzas entre el gremio y el sindicato señaladas por el Dr. Brentanno son más dignas de consideración. El propósito fun­damental del sindicato es la protección del nivel de vida, es decir, la re­sistencia organizada a cualquier innovación que pueda tender a la degra­dación de los asalariados como clase. La necesidad de alguna organiza­ción social para la protección del nivel de vida era un principio conductor del gremio de artesanos, como lo era, en realidad, de todo el orden me­dieval. «Nuestros antepasados —escribe el Emperador Segismundo en 1434— no han sido unos insensatos. Han dividido los oficios con el si­guiente propósito: que todos puedan ganarse el pan de cada día y que na­die se mezcle en el oficio de otro. De esa manera el mundo se libra de su miseria y cada cual puede encontrar de qué vivir[35].» Pero en este aspecto el sindicato, más que parecerse propiamente al gremio de artesa­nos, coincide con uno de los principios aceptados en un tiempo por la so­ciedad medieval, de la que la política del gremio no era más que una ma­nifestación. No deseamos, en este resumen histórico del movimiento me­dieval, entrar en la compleja controversia sobre la validez política de la teoría medieval del mantenimiento obligatorio de los niveles de vida, ni de procedimientos modernos análogos, como la negociación colectiva, por una parte, o la legislación de fábricas, por otra. Tampoco deseamos dar a entender que la teoría medieval fuera llevada a la práctica en todo mo­mento de una forma tan efectiva y sincera que asegurara realmente a to­dos los trabajadores manuales una existencia holgada. Lo que nos preo­cupa exclusivamente es el hecho histórico de que, como podremos ver posteriormente, los artesanos de los siglos XVII y XVIII trataron de per­petuar las regulaciones legales o consuetudinarias de su oficio que, a su entender, protegían sus propios intereses. Cuando esas regulaciones ca­yeron en desuso los trabajadores se asociaron para restaurarlas. Cuando se les negó el apoyo legal, los obreros, en muchos casos, tomaron el asun­to en sus propias manos y trataron de mantener, mediante regulaciones sindicales, lo que en otro tiempo había estado garantizado por la ley. En este aspecto, y prácticamente solo en este aspecto, es donde podemos encontrar alguna huella del gremio en el sindicato.

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Uno de los carnets de afiliación sindical más antiguos que se conservan, del sindicato de peinadores de lana (1725). En el centro el obispo Blaize, patrón del oficio.

Vamos a pasar ahora de los orígenes hipotéticos del sindicalismo a los hechos verificados. No hemos conseguido descubrir en los documen­tos manuscritos de las cofradías ni las corporaciones municipales, en los innumerables opúsculos y papeles obreros de la época, o en los Diarios de la Cámara de los Comunes, ninguna prueba de la existencia, antes de la última mitad del siglo XVII[36], o, por mejor decir, hasta los últimos anos de ese siglo, de asociaciones estables de asalariados para el mante­nimiento o la mejora de sus condiciones de trabajo. Y si recordamos que durante las últimas décadas del siglo XVII, los empresarios, y en especial las cofradías o corporaciones industriales, enviaban memoriales a la Cá­mara de los Comunes a propósito de cualquier dificultad concebible que afectara a sus oficios particulares, la ausencia de cualquier tipo de queja procedente de asociaciones de trabajadores nos hace pensar que existían muy pocas entidades de esta índole, si es que existía alguna[37]. No obstante, lo que sí hemos descubierto en la segunda mitad del siglo XVII es la huella de coaliciones y asociaciones[38] esporádicas, algunas de las cuales parecen haber mantenido en la oscuridad una existencia ininterrum­pida. En los primeros años del siglo XVIII nos encontramos con quejas aisladas sobre coaliciones en las que «han ingresado recientemente» los tra­bajadores especializados de algunas ramas. Y a medida que el siglo avan­za observamos la multiplicación gradual de esas quejas, a las que respon­dían las entidades organizadas de trabajadores presentando acusaciones en sentido contrario. Desde mediados de siglo los Diarios de la Cámara de los Comunes abundan en peticiones y contrapeticiones que revelan la existencia de asociaciones de oficiales en la mayoría de los oficios espe­cializados. Y, por último, podemos darnos cuenta de la amplia extensión que había alcanzado el movimiento, por la multiplicación regular de las disposiciones jurídicas contra las coaliciones en determinadas industrias, proceso que culminó con la legislación general de 1799 que prohibía cual­quier tipo de coalición.

Si examinamos los datos sobre la aparición de asociaciones en los di­versos oficios, podremos ver que el sindicato no surge de una institución particular, sino de cualquier oportunidad de agruparse que encontraban los asalariados de una misma profesión. Adam Smith señaló que «las per­sonas del mismo oficio se reúnen raramente, incluso para fiestas o diver­siones; pero la conversación termina en una conspiración contra el públi­co o en alguna maniobra para elevar los precios»[39]. Y hay pruebas pre­cisas de que uno de los sindicatos actualmente existentes de mayor antigüedad surgió de una reunión de oficiales «para tomarse juntos una pinta de cerveza negra en una fiesta»[40]. Más frecuentemente, es una huelga tumultuosa la que origina el nacimiento de una organización permanente. En otros casos encontramos a los oficiales de un oficio determinado frecuentando ciertas tabernas en las que tienen la oportunidad de enterarse de los puestos de trabajo vacantes, y esta «house of call»[41] se convierte en el núcleo de una organización. O bien vemos declarar a los ofi­ciales de una determinada profesión que «diversos artesanos del Reino de Gran Bretaña tienen la vieja costumbre de reunirse y formar sociedades para promover la amistad y la verdadera caridad cristiana», y esta­blecer un club para sufragar los gastos de enfermedad y los funerales de sus miembros, en el que invariablemente se empieza a discutir sobre las tarifas salariales ofrecidas por los empresarios, y que se transforma in sensiblemente en un sindicato con unos fondos de asistencia[42]. Y si el oficio es uno de esos en el que los obreros tienen que viajar con frecuencia en busca de trabajo, asistimos a la lenta elaboración de procedimientos sistemáticos de ayuda para los «trabajadores errantes» («tramps») por parte de los compañeros de cada una de las ciudades por las que pasan, y a la inevitable conversión de esa amplia sociedad de socorro a los tra­bajadores que se desplazaban (tramping society) en un sindicato na­cional[43].

Todas esas cosas, sin embargo no eran más que otras tantas oportunidades de reunión de los obreros de un mismo oficio. No explican el establecimiento de organizaciones permanentes de asalariados en los si­glos XVII y XVIII más de lo que lo explican en los siglos XV o XVI. La causa esencial del crecimiento de asociaciones duraderas de asalariados tiene que encontrarse en alguna característica propia del siglo en que se produjo. Pensamos que la condición económica fundamental para la existencia del sindicalismo se encuentra en la revolución económica que estaban atravesando algunas industrias. En todos aquellos casos en que llegaron a formarse sindicatos, la gran mayoría de los trabajadores habían dejado de ser productores independientes, es decir que controlaran ellos mismos los procesos laborales y poseyeran los instrumentos y los frutos de su tra­bajo, y habían pasado a la condición de asalariados permanentes que no eran dueños ni de los instrumentos de producción ni de las mercancías en su forma final. «Desde el momento en que para establecer un deter­minado negocio es preciso contar con un capital mayor del que un oficial puede acumular con facilidad en el transcurso de unos pocos años, la maestría gremial —la maestría de la obra maestra— pasa a ser poco más que una palabra… La capacidad por sí sola carece de valor, y se ve pron­to forzada a arrendarse al capital… Es en ese momento cuando se inicia la oposición de intereses entre los empresarios y los trabajadores por cuenta ajena, cuando nace la asociación obrera[44].» O, para explicar la Revolución Industrial en términos más abstractos, podemos decir, en pa­labras del Dr. Ingram, que «toda la organización moderna del trabajo en sus formas avanzadas se apoya en un hecho fundamental que se ha de­sarrollado de forma espontánea y creciente, a saber, la separación defi­nitiva entre las funciones del capitalista y las del obrero, o, en otras pa­labras, entre la dirección de las operaciones industriales y su ejecución en detalle»[45].

Marvels_Mill_Northampton

Primera representación conocida de una factoría o molino de algodón (cotton-mill). Marvel’s Mill, que funcionó entre 1742 y 1764, fue la primera fábrica en emplear el molino de agua.

Se afirma a menudo que el divorcio del trabajador manual de la pro­piedad de los medios de producción fue el resultado de la introducción de la maquinaria, el empleo de nuevas energías y el sistema fabril. Si éste hubiera sido el caso no habríamos esperado encontrar ningún sindicato —según nuestra hipótesis— en una fecha anterior a la de la aparición de las fábricas o en industrias no transformadas por la aplicación de la ma­quinaria. El hecho de que las primeras asociaciones estables de asalaria­dos en Inglaterra se anticipen al sistema de fábricas en un siglo, y se de­sarrollen en oficios en los que se aplicaba exclusivamente el trabajo manual, nos recuerda que la creación de una clase permanente de trabajadores asalariados por cuenta ajena se produjo de diversas maneras.

Podemos señalar, para empezar, la existencia de una institución muy antigua de los tipógrafos, la «chapel» [46], una asociación informal, que con­taba con un «padre» y un «secretario», que agrupaba a los compositores tipógrafos de cada uno de los talleres de imprenta para la discusión y re­gulación, no sólo de sus propias condiciones de trabajo en el estableci­miento, sino también de sus relaciones con el empresario, que parece ha­ber sido, por lo menos en los primeros tiempos, persona con educación superior y con una perspectiva mucho más amplia que la de sus oficiales.

La «chapel» es posiblemente casi tan antigua como la introducción de la imprenta en este país[47]. Carecemos de datos sobre la fecha en que las «chapels» de los diferentes oficios gráficos se pusieron en comunicación unas con otras hasta llegar a constituir un sindicato en Londres. Pero ya en 1666 nos encontramos con una proclama, The Case and Proposals of the Free Journeymen Printers in and about London, en la que los oficiales tipógrafos se quejan de la multiplicación del número de aprendices y de la prevalencia del sistema de rotación del personal, agravios que siguieron pesando sobre lodos los sindicalistas de este ramo durante el si­glo XIX[48]. No sabemos con certeza si los Free Journeymen Printers consiguieron mantenerse como sindicato. No hemos encontrado ninguna otra prueba real de la existencia de otras asociaciones de tipógrafos, además de la «chapel», antes del siglo XVIII.

Uno de los primeros casos probados de asociación permanente de oficiales es el de los sombrereros (o fabricantes de fieltros) cuya asociación profesional —denominada en la actualidad Sindicato de Oficiales de Sombrerería de Gran Bretaña e Irlanda del Norte [Journeymen Hatter’s Trade Union of Great Britain and Ireland]— puede, quizá, hacer re­montar su antigüedad a 1667, el mismo año en que la Cofradía de Fabricantes de Fieltros [Feltmaker’s Company], formada por sus empresarios, obtuvo unos estatu­tos de Carlos II. En el plazo de pocos meses los oficiales de los diversos talleres londinenses —cada uno de los cuales tenía, en principio, una organización en cada centro de trabajo similar a la «chapel» de los tipógrafos— se habían asociado para presentar una petición a la asamblea del gre­mio Court of Aldermen[49], contra el maestro, los veedores y los auxiliares de la Cofradía. La asamblea decidió que «a fin de que los oficiales no pue­dan, mediante la asociación o cualquier otro procedimiento, subir exce­sivamente los precios a su antojo» deben presentar anualmente unas listas de salarios para su aprobación por la asamblea gremial. Los oficiales parecen haber cooperado con los patronos en la presentación de estas listas así como en impedir el acceso al trabajo de los que no tuvieran la con­dición de agremiados. Las tarifas establecidas no satisfacían siempre a los oficiales, especialmente cuando los dueños conseguían que se rebajaran; en 1696 un texto nos habla de una delegación de obreros que compareció ante la asamblea gremial para declarar que habían decidido entre ellos no aceptar salarios más bajos a los que recibían con anterioridad, y soli­citar una revisión de esa disposición. Pero, según los maestros, no se li­mitaron a formular resoluciones pacíficas, sino que habían dado un es­carmiento a un oficial que había seguido trabajando según las tarifas sa­lariales reducidas. «Excitaron a los aprendices para que le cogieran mien­tras estaba trabajando y le amarraran a una carretilla, y de una forma tu­multuosa y levantisca le llevaron por los lugares más visibles de Londres y Southwark.» Se alegó que los trabajadores se habían organizado en «clubs» y que «habían recaudado considerables sumas de dinero para in­citar y apoyar a aquellos que abandonaran el servicio de sus maestros». En 1697 los empresarios introdujeron el informe de buena conducta [carácter note] o certificado de fin de trabajo [leaving certificate] ya que la Cofradía había establecido que ningún maestro diera empleo a un oficial que no presentara un certifica­do de su patrón anterior. Posteriormente, tuvieron lugar nuevas persecu­ciones legales contra los obreros por negarse a trabajar de acuerdo con las tarifas salariales legalmente establecidas, pero parece que consiguie­ron disponer de un buen asesoramiento jurídico y se defendieron con ha­bilidad. En una ocasión llegaron a declararse culpables, y prometieron en­mendarse y abandonar su coalición, siempre que cesaran las persecucio­nes contra ellos. En otra ocasión consiguieron que su caso pasara, por una orden de revisión judicial [Writ of certiori] a otra instancia judicial del tribunal del Alcalde de Londres (Lord Mayor). Las Assizes[50] en las que el Lord presidente decidió que la disputa se sometiera a arbitraje. La sentencia de junio de 1699 representó un triunfo para los trabajadores, después de tres años de lucha, ya que les concedió un incremento de las tarifas y puso fin a los procedimientos judiciales contra ellos[51]. No nos cabe duda de que los clubs obreros de los oficiales de sastrería de Londres, en cualquier caso sus diversas organizaciones de los talleres, tuvieron una existencia estable, si bien no tenemos ningún nuevo testimonio de ellos hasta 1771, año en el que parece haberse establecido una federación nacional de los clubs de los obreros de este oficio —en la que los clubs existentes en más de una docena de ciudades de provincias se aliaron con los existentes en Soutwark y el West End de Londres— destinada muy especialmente a mantener y reforzar las limitaciones normativas sobre el reclutamiento de aprendices. En 1775 la federación parece haber dispuesto de la fuerza suficiente, no sólo para conseguir un incremento de las tarifas salariales, sino también que se diera trabajo exclusivamente a los trabajadores pertenecientes a los miembros de los clubs del oficio. En 1772, 1775 y 1777 se celebraron en Londres «congresos» de los sombrereros para conseguir que se aprobaran unos «estatutos» para todo el oficio; pero creemos que a estos «congresos» sólo asistieron delegados de los ta­lleres de Londres y sus cercanías. Está claro que existían organizaciones similares en las demás ciudades que contaban establecimientos de esta profesión. Los miembros que no tenían trabajo «erraban» de ciudad en ciudad, y se establecieron una serie de normas para regular las formas de asistencia a estos trabajadores. Cada miembro parece haber contribuido con una aportación semanal de dos peniques. Los empresarios solicitaron, con éxito, al Parlamento en 1777 que pusiera fin a las disposiciones limitativas del aprendizaje y que renovara su prohibición de establecer coaliciones[52].

Los acontecimientos de los oficios de la sastrería nos permiten dispo­ner de informaciones más precisas. A principios del siglo XVIII la mayo­ría de los maestros que trabajaban para clientes ricos parecen haber sido reclutados entre el número relativamente pequeño de oficiales que real­mente dominaban la parte más especializada del oficio: el corte[53]. «El sastre, —se dice en un manual del siglo XVIII para los trabajadores jóve­nes de la profesión— tiene que tener la vista rápida para captar el corte de una manga, el patrón de un faldón, o el modelo de un buen adorno, de un vistazo… mientras pasa fugazmente un carruaje, o en el espacio que media entre la puerta y la carroza.» Como contrapartida, se consti­tuyó una clase de simples costureros, entre los que «ni siquiera uno de cada diez» sabía cómo cortar un par de pantalones: «se les emplea sólo para hilvanar las costuras, hacer los ojales y preparar el trabajo para el acabado… Generalmente tan pobres como ratas, la “house of call” se les lleva todas sus ganancias, y los sume en una situación de deudas y penuria permanente»[54].

Esa diferenciación tuvo su origen en el hecho de que se necesitaba un capital cada vez mayor para abrir un establecimiento con futuro en los mejores barrios de la capital. Ya en 1681, «el sastre con tienda abierta» era criticado como una novedad censurable, «porque muchos se acuer­dan todavía de los tiempos en que no se vendían vestidos nuevos (en las tiendas) como hácese ahora»[55]. El «sastre normal», es decir, el trabaja­dor artesano que confeccionaba las prendas con el paño que le enviaban los clientes mismos, se oponía a que los «sastres fueran también comer­ciantes» que pagaban elevados alquileres por sus tiendas de los barrios más elegantes y trabajaban a crédito para sus clientes aristocráticos, dan­do empleo en sus propios talleres a decenas, y hasta veintenas, de traba­jadores, reclutados en las «houses of call» cuando el trabajo era más in­tenso, pero a los que se despedía sin contemplaciones en la temporada baja. Y aunque siguiera siendo posible en el reinado de Guillermo III, como lo es todavía en el de Jorge V, establecerse como maestro de sas­trería en una calle apartada, sin más capital ni conocimientos que los que estaban al alcance de la mayoría de los oficiales, la confección de las pren­das de lujo para la Corte y la aristocracia exigía entonces, como sigue ocurriendo en la actualidad, un capital y unas capacidades que ponían este amplio y lucrativo negocio completamente fuera del alcance de los millares de oficiales que trabajaban en él. Así, ya a comienzos del siglo XVIII, nos encontramos con que el oficial de sastrería medio de Londres y Wensminster se había convenido en un asalariado permanente. No es de sorprender, pues, que uno de los primeros ejemplos de sindicalis­mo estable que nos ha sido dado encontrar se produjera precisamente en esta profesión. Los maestros del gremio se quejaban al Parlamento en 1720 de que «los oficiales de sastrería de las ciudades de Londres y Wensminster y de sus alrededores, en número de siete mil o más, han establecido recientemente una asociación para elevar sus salarios y salir de sus trabajos más temprano de lo que era habitual; y para llevar a cabo su pro­yecto han inscrito sus respectivos nombres en unos libros preparados al efecto en las diversas “houses of call” o “houses of resort” (que son ta­bernas situadas en Londres o Wensminster o en las cercanías) que suelen frecuentar, y han recaudado cantidades considerables de dinero para defenderse de cualquier procedimiento judicial contra ellos»[56]. El Parla­mento aceptó las quejas de los maestros y aprobó una disposición legal (el Act 7, Geo. I, st. I, c. 13) en la que se prohibían tanto el pago como la percepción de salarios que estuvieran por encima de un máximo prefijado así como la formación de todo tipo de coaliciones obreras. A par­tir de ese momento los oficiales de sastrería de Londres y Wensminster han seguido manteniendo asociaciones, aunque algunas veces de manera informal, articuladas en torno a las quince o veinte «house of call», es de­cir, los establecimientos de bebidas en que los trabajadores se reunían habitualmente y a los que solían acudir los patronos cuando tenían necesi­dad de nueva mano de obra. En 1744 se apeló al Consejo Privado del Rey (Privy Council) ante la negativa de aquellos a cumplir la Ley de 1720[57]. En 1750-1751 invocaron la protección de los jueces de paz [Justices] de Middlesex, y consiguieron que emitieran una orden en la que se exhortaba a los maestros al pago de determinadas tarifas. Pero en 1767, a pe­sar de sus elocuentes protestas, se tomaron nuevas medidas legislativas contra ellos[58]. En 1810 un maestro declaró ante una comisión parlamentaria restringida[59] que la asociación existía desde hacía más de un siglo[60].

Otro ejemplo igualmente temprano de asociación obrera es el de los trabajadores de las manufacturas de lana del Oeste de Inglaterra. En este caso la formación de una clase de asalariados permanentes revistió una forma completamente distinta a la de los sastres de Londres, pero pro­dujo el mismo resultado: la formación de asociaciones entre los obreros. Los «ricos pañeros» de Somerset, Gloucestershire y Devon, que durante el siglo XVI habían «crecido muchísimo en prestigio y riqueza y cuyas ta­sas eran frecuentadas como si fueran los palacios del rey»[61]  eran los pro­pietarios de todo el material de la industria, que distribuían en las dife­rentes fases del proceso manufacturero, si bien se servían de clases dis­tintas de obreros en cada una de ellas. El capitalista compraba la lana en alguna de las ciudades que contaban con mercado del producto y, posteriormente, se la entregaban a un grupo de obreros manuales para que la cardaran e hilaran en las casas de los pueblos. La hilaza se entregaba a otro grupo de trabajadores —los tejedores manuales— para que elabo­raran el paño en sus viviendas campesinas. Una vez realizado este pro­ceso, el paño era «abatanado» en el propio molino del capitalista (que so­lía ser un molino de agua) y de nuevo se confiaba a otro equipo de tra­bajadores manuales para el «aderezo», después de lo cual quedaba listo para ser embalado en los almacenes y enviado a Bristol o Londres para la exportación o la venta en esas ciudades. En este caso, como en el de los sastres, los obreros seguían siendo dueños de los instrumentos de pro­ducción del proceso específico de la industria al que se dedicaban, pero les era prácticamente imposible adquirir el capital o los conocimientos comerciales necesarios para intentar triunfar por su cuenta en una industria tan altamente organizada y, en consecuencia, pasaron a constituir grandes asociaciones de oficio, como podemos ver desde finales del siglo XVII. Ya en 1675 los oficiales laneros de Londres establecieron una coalición para solicitar al tribunal de la Cofradía de Pañeros que prohibiera la contratación de trabajadores del campo. En 1682 tenemos noticias de que aprovecharon el momento del embarque de una gran cantidad del producto para negarse colectivamente a prestar sus servicios por menos de 12 chelines a la semana. Pero no está claro de si todo eso dio lugar a la constitución de una asociación estable[62]. En el oeste de Inglaterra las efímeras revueltas de la primera parte del siglo XVII parecen haber origina­do asociaciones duraderas hacia finales del siglo. Ya en 1700 tenemos no­ticia de alguna de ellas en Tiverton[63]. En 1717 los diarios de la Cámara de los Comunes contienen pruebas de la existencia de una importante asociación de los laneros en el Devonshire y Somerset. El alcalde y la corporación municipal de Bradninch se lamentan «de que desde hace ya algunos años los cardadores y tejedores de lana de estos lugares han estado tramando la constitución de un club; son algunos miles en este condado, y de una manera tumultuosa y levantisca, han obligado a muchos a pagar una contribución»[64]. La Cámara de los Comunes pensó que el mal podía ser atajado, sin duda, por la autoridad real e instó al monarca para que hiciera pública una proclamación regia. De acuerdo con esa petición, el 4 de febrero de 1718, se emitió una proclamación regia (Royal Proclamation) contra esos «clubs y sociedades ilegales que se han permitido, sin ningún derecho, utilizar un sello común y actuar como organizaciones corporativas, actuando y conspirando ilegalmente para implantar ciertas dis­posiciones y ordenanzas, en las que pretenden establecer quién tiene derecho al oficio, cuáles y cuántos aprendices puede emplear una persona a la vez, así como los precios de todas las manufacturas, los procedimien­tos de fabricación y los materiales que deben utilizarse»[65]. Esta tajante condena regia, que fue leída en la Bolsa, no consiguió, sin embargo, los efectos deseados, ya que los diarios de la Cámara de los Comunes de 1723 y 1725 contienen quejas abundantes sobre la persistencia de las coaliciones[66], de las que no se dejó de hablar a lo largo de todo el siglo XVIII, y que sólo empezaron a disolverse cuando los hombres empezaron a ser sustituidos por las mujeres, a principios del siglo XIX, en las tareas de te­jido; y ya no se recuperarían efectivamente hasta comienzos del siglo XX.

El precoz desarrollo de las asociaciones obreras en el oeste de Ingla­terra, contrasta acusadamente con su ausencia en la misma industria, en aquellos lugares, como el Yorkshire en que la producción se basaba en el llamado sistema del trabajo a domicilio. El tejedor del Yorkshire era un pequeño maestro artesano del viejo tipo, que compraba y poseía él mismo la materia prima, y vendía una o dos veces por semana sus paños en los mercados de Leeds o Wakefield, en los que, como nos dice Defoe en 1724 «pocos pañeros llevaban más de una pieza». «En casi todas las casas, escribe refiriéndose a una región cercana a Halifax, había un bas­tidor, y en casi todos los bastidores una pieza de paño, lana gruesa u ho­landilla… y en cada casa importante, una manufactura; …todos los pa­ñeros tienen que tener un caballo, quizá dos, para ir a buscar y transpor­tar lo que necesita para su manufactura; quiero decir traer a casa la lana y otras provisiones del mercado, llevar la hilaza a los tejedores, sus pro­ductos a los molinos bataneros, y, una vez terminado todo eso, condu­cirlos al mercado para su venta, y otros asuntos de la misma índole; de la misma forma, cada fabricante guarda una o dos vacas, y a veces más, para su familia, que le ocupan dos o tres parcelas de la tierra vallada que rodea a su casa, ya que apenas siembran el grano suficiente para sus po­llos y gallinas» [67]. En el Yorkshire no encontramos ningún sindicato has­ta que los mercaderes de lana empezaron a establecer factorías en gran escala, en 1794, y en ese momento los oficiales y los pequeños maestros empezaron a luchar conjuntamente para hacer frente a la nueva forma de industria capitalista que estaba empezando a privarles del control so­bre los frutos de su trabajo.

La industria del estambre parece haber estado organizada en todas partes según el modelo de las manufacturas laneras del oeste de Inglaterra, no según la forma propia de esa industria en el Yorkshire. El carda­dor solía ser, con frecuencia, el propietario de sus peines y recipientes, muy baratos, con los que llevaba a cabo sus operaciones. Pero los carda­dores, como los tejedores del oeste de Inglaterra, no eran más que una de las numerosas clases de obreros para cuyo trabajo eran indispensables el capital y el conocimiento comercial. Ya en 1674, tenemos noticias de un intento realizado por los cardadores de Leicester para «formar una cofradía», si bien no sabemos con qué éxito[68]. En 1741 se señala que los cardadores «se habían constituido desde hacía algunos años en una espe­cie de corporación (aunque sin carta de reconocimiento); su primera pre­tensión era la de atender a sus hermanos pobres que cayeran enfermos o se quedaran sin trabajo, y para conseguir eso se reunían una o dos veces por semana y cada uno de ellos contribuía con dos o tres peniques a la caja común para formar su propio fondo. Cuando llegaban a adquirir al­guna importancia dictaban normas para sus maestros y para ellos mismos, como, por ejemplo, que ningún trabajador cardaría la lana por un precio menor a dos chelines por docena, o que ningún maestro emplearía a un cardador que no perteneciera a su club, y, en el caso de que llegara a ha­cerlo, se mostrarían unánimes en negarse a trabajar para él. Incluso cuan­do había hasta veinte obreros, todos ellos abandonaban el trabajo y con frecuencia, no satisfechos con eso, maltrataban al obrero honesto que per­maneciera en su puesto, y de una manera desenfrenada, le pegaban, rom­pían sus recipientes de cardar y destruían sus instrumentos de trabajo; además, se han apoyado unos a otros de tal manera que han llegado a constituir una asociación que se extiende a todo el reino. Para poder man­tener sus precios, fomentando de esa forma la ociosidad más que el tra­bajo, si alguien perteneciente a su club está sin trabajo, le dan un vale y dinero para que busque trabajo en la ciudad más cercana que cuente con una caja del club, donde se le mantiene, se le permite que viva con sus miembros un cierto tiempo y, finalmente, se vuelve a proceder de la mis­ma forma, con todo lo cual puede viajar por todo el reino y ser atendido en cada club sin necesidad de gastar un céntimo de su propio bolsillo o realizar el más mínimo trabajo. Ese procedimiento ha sido imitado por los tejedores, si bien no se ha extendido por todo el país, sino que ha que­dado limitado a las localidades en que trabajan»[69]. Los miembros supervivientes de la Old Amicable Society of Woolstaplers conservan la tradición de los clubs de los obreros de su oficio, que se remonta a los prime­rísimos años del siglo XIX, y de su agrupación en un sindicato federal en 1785. Los antiguos miembros de la Sociedad de Oficiales Adobadores Unidos [United Journeymen Currier’s Society] han visto todavía circulares y tarjetas de viaje (tramping cards), lo que manifiesta que en su oficio existía también una federación similar para facilitar los viajes de sus afiliados, desde mediados de siglo[70].

En otros casos, lo costoso de las materias primas o de los instrumen­tos de trabajo contribuyó a la creación de una clase separada. Los teje­dores de seda de Spitalfields, que constituyeron una asociación perma­nente en 1773, no habían podido permitirse nunca ser los dueños de las preciosas telas que tejían[71]. Los batidores de oro, cuyo sindicato data de 1777, también se veían en la imposibilidad de ser propietarios del material.

Otro notable ejemplo de coalición, con anterioridad a la introducción de la energía mecánica y del sistema de fábricas, es el de los tejedores de géneros de punto y los calceteros, descrita por el Dr. Brentanno. Des­de los mismos inicios de la utilización del telar para tejer medias (stocking-frame), a principios del siglo XVII, los capitalistas comenzaron a em­plear en ellos a trabajadores asalariados, si bien el grueso del oficio se­guía en manos de obreros que laboraban en sus propios telares como pro­ductores independientes. La competencia de estas fábricas embrionarias se dejó sentir duramente entre los tejedores de géneros de punto que rea­lizaban el trabajo en sus casas, y, con la desaparición de la limitación le­gal del número de aprendices en 1753, se convirtió en un verdadero de­sastre. Fue entonces cuando surgió la «práctica ruinosa de que las parro­quias dieran primas a los manufactureros por dar trabajo a sus pobres», y esta inundación del mercado de trabajo por una mano de obra infantil subsidiada redujo a esos tejedores a una situación de miseria. Aunque siguieron trabajando en sus moradas campesinas, perdieron rápidamente la propiedad de sus telares, y surgió un sistema en el que los telares se alquilaban, bien a un pequeño capitalista propietario de ellos, bien al manufacturero para el que se realizaba el trabajo. El obrero quedó, pues, privado no sólo de la propiedad del producto, sino también de la de sus instrumentos de trabajo. En consecuencia, aunque desde principios del siglo XVIII aparecieron ya coaliciones efímeras entre los tejedores, en las que a veces se integraban tanto los maestros como los oficiales, sólo en 1780, cuando el alquiler de los telares se había generalizado, surgió un sindicato duradero de asalariados[72].

El desarrollo de la organización industrial en los oficios de la cuchillería ofrece otro ejemplo de esta evolución. En el momento de establecerse en Sheffield la Cofradía de Cuchilleros (1624), el artesano medio era el propietario de su piedra de girar y amolar y otros instrumentos, y se mantenía una estricta limitación del número de aprendices. En 1791, cuando los maestros consiguieron que el Parlamento sancionara formal­mente el incumplimiento real a las restricciones consuetudinarias al número de aprendices, el sistema quedó sustituido por algo que se parece mucho a la situación actual, ya que el obrero medio de Sheffield trabajaba con los materiales proporcionados por el fabricante y con muelas que le alquilaba este último o por el propietario de las tierras que suministraba la fuerza motriz. No es una mera coincidencia que el año 1790 los empresarios de Sheffield se vieran obligados a tomar medidas concertadas contra los «afiladores de tijeras y otros trabajadores que habían constituido asociaciones ilegales para elevar el precio del trabajo»[73].

Los carpinteros de ribera de Liverpool, y probablemente los de otros puertos dedicados a esa actividad, habían establecido clubs de socorro a principios del siglo XVIII. En Liverpool, donde el club había conseguido que se respetara efectivamente la limitación tradicional del número de aprendices, sus miembros eran todos ciudadanos de pleno derecho del municipio y, en consecuencia, disponían de derecho al voto para el Par­lamento. En esas condiciones, la organización de esos trabajadores se hizo intensamente política, lo que quiere decir que negociaba de manera muy activa la venta de los votos de sus miembros. En las elecciones de 1790, en las que los wighs y los tories establecieron un compromiso para evitar los costes de un conflicto importante, fue la Sociedad de Carpin­teros de Ribera [Shipwrights’ Society], que entonces se encontraba en el culmen de su poder, la que provocó que se originara un enfrentamiento político verdadero, ya que había designado un candidato propio que, finalmente, terminó en ca­beza de la votación. La Sociedad, que en 1824 había establecido unas cuo­tas de quince peniques mensuales, tiene fama de haber alcanzado tanto poder en algunos momentos que cualquier empresario que se negara a cumplir sus normas se exponía a que su negocio quedara completamente estancado[74].

Pero el ejemplo cardinal de la conexión existente entre el sindicalis­mo y la separación del trabajador de sus instrumentos de producción pue­de verse en el rápido crecimiento de las asociaciones sindicales con la in­troducción del sistema de fábricas. Ya hemos hecho notar que los sindi­catos de Yorkshire se iniciaron con la implantación de las fábricas y la utilización de energía mecánica. Cuando en 1794 los pañeros del West Reeding fracasaron en su intento de impedir que los mercaderes de Leeds establecieran grandes establecimientos fabriles «en los que se proponían emplear a personas que actualmente trabajan en sus propios hogares», los oficiales tomaron el asunto en sus manos, y constituyeron la «Comunidad de Pañeros» o «Brief Institution», cuyo objetivo declarado era el de re­coger «aportaciones» («briefs») o cuotas para la asistencia a los enfermos y llevar a cabo una campaña ante el Parlamento para consolidar el siste­ma de limitación legal del número de aprendices frente a los esfuerzos en contra de los empresarios. «Puede comprobarse —informa la comisión parlamentaria de 1806— que ha existido durante algún tiempo una insti­tución o sociedad entre los obreros de las manufacturas de lana, integra­da fundamentalmente por pañeros. En cada una de las principales ciuda­des manufactureras se encuentra una sociedad, compuesta por delegados elegidos por los diversos talleres de obreros, y cada una de esas sociedades elige uno o más delegados para constituir lo quo se llama el comité central, que se reúne, cuando la ocasión lo requiere, en algún lugar apropiado para todas las organizaciones. Los poderes del comité central so extienden a toda la institución: cualquier decisión o medida que adopte puede comunicarse con facilidad a toda la corporación de trabajadores. Cada obrero, al convertirse en miembro de la sociedad, recibe una especie de tarjeta o ticket, en el que se encuentra impreso un graba­do emblemático —que es el mismo en el norte y en el oeste de Ingla­terra, como la Comisión ha comprobado— de forma que al exhibir esa tarjeta el trabajador pueda demostrar que pertenece a la sociedad. Las mismas normas y reglamentos se aplican en todo el distrito, y se tienen las más sólidas razones para pensar que ningún pañero podría ejercer su oficio, a no ser de forma aislada, en el caso de que se negara a admitir las obligaciones y reglamentos de la Sociedad»[75]. La transformación del hilado de algodón en una actividad industrial realizada en fábricas, que parece haberse consolidado hacia 1780, fue acompañada igualmente por un crecimiento del sindicalismo. Los llamados clubs de protección mutua de los obreros de Oldham, cuya existencia se remonta a 1792, y los de Stockport, de los que se tiene noticia a partir de 1796, fueron los precur­sores de esa amplia red de sociedades de hiladores de los condados del Norte y Escocia, que adquirían notoriedad en las grandes huelgas de los treinta años siguientes[76].

Es fácil comprender que la acumulación masiva en las fábricas de cen­tenares de trabajadores pertenecientes a un mismo oficio facilitó y promo­vió la formación de sociedades de oficiales entre los asalariados. Pero, en el caso de los hiladores de algodón, como en el de los sastres, la aparición de sociedades obreras de carácter permanente debe asociarse, en un análisis final, a la clara separación entre las funciones del entrepreneur ca­pitalista y las del obrero manual, es decir, entre la dirección de las operaciones industriales y su simple ejecución. En realidad, resulta ya un lugar común en el sindicalismo moderno que sólo en aquellas industrias en que el trabajador ha dejado de tener interés alguno en los beneficios derivados de la compra y de la venta —esa característica inseparable de la propiedad y la gestión de los medios de producción— pueden establecer­se organizaciones obreras estables y permanentes.

Las pruebas positivas de esta dependencia histórica del sindicalismo de la separación afectiva del trabajador con respecto a la propiedad de los medios de producción, se complementan con la ausencia de cualquier asociación obrera permanente en todas aquellas industrias en que ese divorcio no ha tenido lugar. La degradación del nivel de vida del obrero manual especializado al romperse el sistema medieval se produjo en todo tipo de oficios, retuviera o no el trabajador la propiedad de sus medios de producción; pero el sindicalismo sólo apareció en aquellos casos en que el cambio se tradujo en una separación entre el capital y el trabajo. La Corporación de los Alfileteros de Londres realizaba la siguiente peti­ción al parlamento a finales del siglo XVII o a principios del XVIII:

«Esta cofradía se compone en su mayor parte de gente pobre e indi­gente, que no dispone de crédito ni de dinero para adquirir el hilo de me­tal al comerciante de primera mano, y que, en consecuencia, se ve for­zado a adquirir solamente pequeñas cantidades a los vendedores de se­gunda o tercera mano, cuando tienen ocasión de hacerlo, y a vender los alfileres que fabrican de esa forma, semana a semana, tan pronto como están terminados, en dinero contante, para poder alimentarse de ellos, y también sus mujeres y sus hijos, a los que se ven obligados a mandar de acá para allá de tienda en tienda, todos los sábados por la noche para ven­der los alfileres, ya que de otra manera no tendrían dinero para comprar el pan. Y, además, se multiplican e incrementan extraordinariamente cada día por culpa del número ilimitado de aprendices a los que unos pocos miembros de la cofradía, ávidos de ganancias, (y que disponen de mucho material) no cesan de dar trabajo y utilizar… Las personas que compran los alfileres a los fabricantes para revendérselos a otros pequeños comer­ciantes, aprovechándose de esa situación de necesidad de los pobres tra­bajadores (que están siempre obligados a vender inmediatamente, en di­nero contante, para poder subsistir), han ido bajando poco a poco los pre­cios de los alfileres hasta llegar a tal punto que el trabajador no puede ya vivir de su tarea… y tienen que hacerse mozos de cuerda, aguadores o peones… y muchos de sus hijos son entregados cada día a la asistencia de la parroquia»[77]. En el mismo período, los guanteros se lamentan de que «son generalmente tan pobres que tienen que procurarse el cuero a crédito, y no pueden pagar ni siquiera los salarios de sus ayudantes antes de haber vendido los guantes»[78].

Ahora bien, aunque alfileteros y guanteros, y otros oficios que se en­contraban en condiciones similares, reconocieran plenamente la necesi­dad de alguna forma de protección de sus niveles de vida, no encontraremos, sin embargo, huella alguna de sindicalismo entre ellos. Al tener que vender no sólo su trabajo, sino también sus productos, su único re­curso consistía en la garantía legislativa del precio de sus mercancías[79]. En resumen, en las industrias en que la separación entre el capitalista y el artesano, entre los administradores y los trabajadores manuales, no era todavía completa, se seguía invocando la vieja política de los gremios, el monopolio comercial, como único remedio para proteger el nivel de vida de los productores.

No pretendemos que esa separación pueda constituir por si sola una explicación completa del origen de los sindicatos. En todas las épocas de la historia de la industria inglesa han existido amplias capas de trabajadores a los que les estaba vedado el convertirse en directores de su propia industria, tanto como al cardador o al sastre del siglo XVIII, o al hilador y al minero moderno. Además de los trabajadores que se encontraban en una situación cercana a la servidumbre, que eran empleados en el campo o en las minas, las ciudades contaban con una clase considera­ble de trabajadores sin ninguna especialización, excluidos, en virtud de no haber realizado un aprendizaje formalizado, de cualquier participación en el gremio[80]. En cualquier caso, en el siglo XVIII el número de integrantes de esa clase debe haber aumentado considerablemente por la creciente demanda de trabajo no especializado derivada del incremento del transporte, de las grandes operaciones inmobiliarias, etc. Pero, desde luego, los sindicatos no surgieron de los trabajadores campesinos, de los  mineros o de los peones sin un oficio definido, por muy mal tratados y muy mal pagados que estuvieran. No tenemos ninguna noticia de la existencia de asociaciones, ni siquiera ocasionales, entre ellos y sólo muy raramente de huelgas efímeras[81]. La formación de sociedades independientes, organizadas para hacer frente a la voluntad de los patronos, requiere estar en posesión de cierto nivel de independencia personal y fortaleza de carácter. No es extraño, pues, que los primeros sindicatos surgieran entro oficiales cuyas capacidades y cuyas condiciones de vida se habían visto for­talecidas y protegidas durante siglos por regulaciones legales o consuetu­dinarias del aprendizaje así como por la limitación del número de apren­dices que venía impuesta por las elevadas remuneraciones y algunas otras circunstancias. Suele afirmarse con frecuencia que el sindicalismo surgió como protesta contra una opresión industrial intolerable; y no fue así. La primera mitad del siglo XVIII no fue, en modo alguno, un período de mi­seria excepcional. Durante cincuenta años, a partir de 1710, hubo una constante sucesión de buenas cosechas y el precio del trigo se mantuvo en niveles desusadamente bajos. Los oficiales de las sastrerías de Lon­dres y Wensminster se unieron, a principios de ese siglo, no para hacer frente a una reducción de sus salarios habituales, sino para conseguir que los dueños elevaran sus remuneraciones y disminuyeran sus horarios de trabajo. Los escasos supervivientes de los cardadores de lana manuales siguen añorando la tradición del siglo XVIII, cuando ellos mismos se de­nominaban «caballeros cardadores», se negaban a beber con otros obre­ros y eran lo bastante fuertes, como hemos visto, para imponer «leyes a sus maestros»[82]. Los muy arrogantes constructores de molinos, cuyos clubs obreros exclusivos son anteriores a cualquier organización general de los oficios de la construcción, disponían para su «vestimenta cotidia­na» de un «largo abrigo con esclavina y una chistera»[83]. Y los adobadores, sombrereros, laneros, carpinteros de ribera, los bruceros, cesteros y estampadores de indianas —todos los cuales proporcionan importantes ejemplos de sindicalismo del siglo XVIII— percibían salarios relativamen­te altos y opusieron durante mucho tiempo una resistencia eficaz a las pre­siones de sus empresarios.

Esos hechos nos hacen ver que el sindicalismo habría sido una carac­terística de la industria británica, incluso sin la máquina de vapor o el sistema de fábrica. Otra cosa es el que todas las asociaciones de obreros de alto nivel que surgieron durante la primera parte del siglo se hubieran convertido en un movimiento sindical de haberse dado efectivamente tal ausencia. El típico club[84] obrero de los artesanos de las ciudades de esta época era un “círculo” aislado de oficiales muy cualificados, que, realmente, se distinguían más de la masa de trabajadores manuales que de la pequeña clase de empresarios capitalistas. La aplicación habitual de las normas de aprendizaje prescritas por las ordenanzas de Isabel I y las primas elevadas que se exigían a los padres no pertenecientes al oficio (para que sus hijos ingresaran en el), dieron lugar a que durante mucho tiempo se mantuviera un monopolio virtual en los oficios artesanales mejor remunerados en manos de una casta casi hereditaria de «agremiados», entre cuyas filas los mismos maestros habían realizado normalmente su aprendizaje. Al gozar efectivamente de esta protección legal o consuetudinaria, se servían fundamentalmente de sus clubs de trabajadores del oficio para establecer sistemas de protección mutua o bien para «regatear» con sus patronos con objeto de mejorar sus condiciones de trabajo. En esos clubs obreros encontramos escasas huellas de ese sentimiento de solidaridad entre los trabajadores manuales de los diferentes oficios, que se convertiría posteriormente en una característica tan acusada del movimiento sindical. Y sus conflictos ocasionales con los patronos se parecían más a diferencias familiares que a disputas entre clases sociales diversas. Ten­dían, preferentemente a «hacer causa común» con sus maestros contra la comunidad, o a apoyarles contra los rivales o los intrusos, que a unirse con sus compañeros de trabajo de otras industrias para llevar a cabo un ataque conjunto contra la clase capitalista. En definitiva, la sociedad industrial todavía aparecía dividida verticalmente, oficio por oficio, no horizontalmente entre empresarios y trabajadores. Es precisamente esta úl­tima división la que ha transformado el sindicalismo de pequeños grupos de trabajadores especializados en el movimiento sindical moderno[85].

GatheringUnions

“La reunión de los sindicatos en el New Hall Hill de Birmingham”, 1832. Hay que esperar a los años 30 para que las trade-union se transformen en trades-union, agrupando en una misma organización a obreros de distintos oficios.

Los precursores del movimiento sindical no fueron, pues, los clubs de los artesanos de las ciudades, sino las grandes asociaciones de los traba­jadores de la lana del oeste de Inglaterra y de los tejedores de géneros de punto del centro del país. Fueron esas asociaciones las que iniciaron lo que después se convertiría en el objetivo común de casi todas las coa­liciones del siglo XVIII: el recurso al Gobierno y a la Cámara de los Co­munes para proteger a los asalariados contra el nuevo método de com­prar el trabajo, igual que las materias primas de las manufacturas, al pre­cio más barato posible. El rápido cambio de los procedimientos y la am­pliación de los mercados de la industria inglesa parecían exigir la anula­ción de todas las restricciones a la oferta y al empleo de la fuerza de tra­bajo, un proceso que suponía la nivelación de todas las clases de asala­riados de acuerdo con sus «salarios naturales». Los primeros en experi­mentar la repercusión de esas circunstancias sobre sus salarios habituales fueron los obreros de la lana que trabajaban por cuenta de los pañeros capitalistas de los condados occidentales. A medida que iba avanzando el siglo, oficio tras oficio, se fueron movilizando contra las nuevas con­diciones, y algunos clubs de tanta solera como los de los sombrereros o los cardadores se unieron al movimiento general tan pronto como sus pro­pias industrias quedaron expuestas a la amenaza. Para los artesanos es­pecializados de las ciudades la nueva política fue una consecuencia de la derogación de las reglamentaciones que protegían sus oficios frente al aflujo de trabajadores pobres. Su defensa consistió en pedir que se res­petaran las leyes relativas al aprendizaje[86], lo que no habría favorecido, sin embargo, a los obreros de las principales industrias textiles. Para ellos el nuevo orden significó, sobre todo, un permanente descenso de los pre­cios del trabajo por piezas. En consecuencia, lo que pedían era la fija­ción de «una proporción conveniente de salarios» contemplada ya por la legislación isabelina. Pero, se tratara de artesanos o de obreros de fábri­ca, los asalariados recurrían para tratar de proteger sus condiciones de vida a esa protección de la ley en la que se les había enseñado a confiar.

Mientras que cada sector de trabajadores creyó en la disposición de la clase gobernante a proteger su oficio frente a las consecuencias de una competencia sin límites, no fue posible lograr una comunidad de intereses. Fue el cambio de la política industrial del Gobierno lo que reagrupó a los trabajadores de todos los oficios y abrió paso a la constitución de lo que puede denominarse con toda propiedad un movimiento sindical. Así pues, para hacer inteligible este movimiento, tenemos que volver sobre nuestros pasos y examinar toda la historia de la política industrial en el siglo XVIII.

La política industrial que había dominado en el siglo XVI, se había basado en la presencia de una autoridad reguladora que fuera capaz de proporcionar a los oficios de la época la misma protección que les habían dispensado anteriormente los gremios de artesanos. Cuando a mediados del siglo, por ejemplo, los tejedores se enfrentaron con un descenso de sus salarios habituales, consiguieron asociarse para que su voz pudiera llegar a Wensminster. En 1555 se quejan de que «los ricos y acomodados pañeros les oprimen de muchas maneras» dando trabajo a los aprendices en los propios telares de los capitalistas, alquilando los telares y, además, en algunos casos pagando salarios y jornales mucho menores que en otro tiempo por el tejido y el trabajo de los paños»[87]. Al Parlamento de esa época le parecía algo justo y natural que los asalariados oprimidos se dirigieran a la legislatura en busca de protección contra la reducción de remuneraciones que estaban llevando a cabo sus rivales capitalistas. Los estatutos de 1552 y 1555 prohibieron el uso del gig-mill[88], restringieron el número de telares que podía tener una persona a dos, en las ciudades, y uno, en el campo, y prohibieron también absolutamente la cesión de los telares por contrata o alquiler. En 1563 el Parlamento llegó a asumir expresamente el compromiso de asegurar a todos los asalariados un nivel de vida «apropiado». Las viejas leyes que establecían unos salarios máxi­mos no podían ya, dado el enorme incremento de los precios, ser aplicadas, “sin grandes daños y cargas para los pobres jornaleros y asalariados”. Las circunstancias estaban cambiando demasiado rápidamente para poder operar con normas fijas. Pero los hombres de Estado de la época, en medio del famoso «Estatuto de Aprendices», idearon unas soluciones que debían —eso era al menos lo que esperaban— «proporcionar a los trabajadores por cuenta ajena, tanto en tiempo de escasez como de abundancia, una proporción conveniente de salarios». Los jueces de paz de cada localidad deberían reunirse todos los años y «convocar a las personas discretas y graves… que les parezcan apropiadas y discutir con ellas acerca de la riqueza o miseria de los tiempos», después de lo cual tendrían que establecer los salarios de la práctica totalidad de sus trabajos[89] quedando garantizado el cumplimiento de sus decisiones por la imposición de penas muy severas. Una serie de regulaciones muy precisas sobre la necesidad del aprendizaje, su duración y el número de aprendices que debería tener cada patrón, fueron legalmente confirmadas. Es decir, de esta forma las ordenanzas características de los gremios medievales reci­bían de hecho una consagración legal, muy detallada, en una norma ge­neral de carácter global que era de aplicación a la mayor parte de las in­dustrias del período.

No necesitamos suscitar ahora la muy discutible cuestión de si esa cé­lebre ley fue o no ventajosa para la población laboriosa de la época, o si —y en qué medida— sus disposiciones entraron realmente en vigor[90]. Pero al codificar y promulgar, como efectivamente hizo, los principios fundamentales del orden social medieval, no nos puede sorprender que su aprobación por el Parlamento confirmara a los trabajadores en la creencia, antaño universal, en una justicia esencial y un buen gobierno que aseguraban por medio de una legislación apropiada el que todos los partícipes en la industria «tuvieran un nivel de vida apropiado»[91]. La mis­ma concepción seguía prevaleciendo a comienzos del siglo XVIII. Otra vez nos volvemos a encontrar con las asociaciones recién establecidas ape­lando al Rey, a la Cámara de los Comunes o a los Quarter Sessions[92] con­tra la reducción de sus salarios por los empresarios. Durante la primera mitad del siglo las clases gobernantes siguieron actuando sobre el supues­to de que el obrero diligente tenía un derecho adquirido a recibir las remuneraciones habituales de su profesión. Así, en 1726 los tejedores de Witts y Somerset se reunieron para dirigir una petición al Rey contra la dureza y los fraudes de sus empresarios, con el resultado de que una comisión del Consejo Privado inició una investigación de sus agravios y redactó unas «propuestas de acuerdo» para la solución de las cuestiones en disputa[93], advirtiendo a los tejedores para que «en el futuro» no trataran de ayudarse entre ellos por medio de coaliciones ilegales, sino que en todo momento «expusieran sus quejas de manera regular ante Su Ma­jestad, que siempre estará dispuesto a prestarles ayuda conveniente para que se haga justicia en su caso»[94]. Los obreros apelaron con mayor frecuencia a la Cámara de los Comunes. En 1719 los tejedores de «grueso y de lino» de Stround y otras localidades cercanas solicitaron al Parlamento que impidiera las acciones de los tiránicos pañeros capitalistas, haciendo cumplir «La Ley sobre los Tejedores» de 1555[95]. En 1728 los obreros del Glocestershire apelaron a los jueces de paz locales, y les convencieron, a pesar de las protestas de los maestros pañeros, y aparentemente por primera vez, para que fijaran una generosa tabla de salarios para los hiladores del país[96]. Veinte años más tarde, los trabajadores obtuvieron del Parlamento una prohibición especial del truck[97]. Finalmente, en 1756, persuadieron a la Cámara de los Comunes para que aprobara una Ley[98] que facultaba a los jueces para que establecieran las tarifas del trabajo por piezas a fin de terminar con prácticas tales como la reducción de los salarios y la venta a bajo precio. En consecuencia, en las Quarter Sessions del 6 de noviembre de 1756, se fijó una «Tabla o plan para las tarifas salariales», que satisfizo completamente a los operarios[99].

Pero en el plazo de unos pocos años se produjo un cambio revolucionario en la política industrial de los legisladores, que debió producir una extraordinaria confusión entre los trabajadores. En el período de una ge­neración la Cámara de los Comunes había cambiado su política de protección medieval por otra de «nihilismo administrativo». La Ley de Tejedores de Lana de 1756 apenas llevaba un año en vigor cuando el Par­lamento se vio asediado por numerosas peticiones y contrapeticiones. Los empresarios declararon que las tarifas establecidas por los jueces de paz eran absolutamente impracticables, si se tenía en cuenta la creciente competencia del Yorkshire. Los obreros, por su parte, solicitaron que la Ley fuera reforzada a su favor. Los pañeros insistían en las ventajas de la li­bertad de contratación y la competencia sin límites, mientras que los te­jedores recibieron el apoyo de los grandes propietarios y de la gentry en sus pretensiones de que se mantuvieran legalmente los salarios estableci­dos. La Cámara de los Comunes, perpleja, oscilaba entre las dos partes. Primero, se adoptó la decisión de elaborar un bill que tuviera como ob­jetivo reforzar la legislación existente; pero, en último término, se con­sideró que los pañeros habían probado la justicia de su causa[100]. La Ley de 1756 fue incondicionalmente derogada en 1757, y el Parlamento se po­nía ahora en cabeza del movimiento en pro del laissez-faire.

La lucha establecida a propósito de esa Ley de 1756 sobre los tejedo­res de algodón señala la transición de las viejas ideas a las nuevas. Cuan­do en 1776 los tejedores, hiladores, cardadores de fibras y otros obreros de la lana, en Somerset, elevaron una queja contra los daños que estaba ocasionando a su nivel de vida habitual la introducción de la spinning- jenny, en Shepton Mallet, la Cámara de los Comunes, que dos siglos an­tes había prohibido absolutamente el gig-mill, se negó incluso a recibir la petición[101].

El cambio de política había afectado ya a otro oficio. La Cofradía de Tejedores de Géneros de Punto de Londres [The London Framework Knitters Company], que había sido estableci­da en 1663 con el expreso propósito de regular la profesión, se encontró, durante la primera mitad del siglo XVIII, en un permanente conflicto con los maestros, que no podían ocultar su desconfianza ante sus disposicio­nes. Esta larga contienda, en la que los oficiales adoptaron vigorosas me­didas de defensa de la organización finalizó en 1753 con una investiga­ción exhaustiva llevada a cabo por el Parlamento. Las disposiciones de la cofradía, en cuyo cumplimiento habían depositado todas sus esperan­zas los oficiales, fueron declaradas solemnemente «injuriosas y vejatorias para los manufactureros» al tiempo que se estableció que la autoridad de esa corporación era «dañina para el oficio»[102]. El total abandono de cualquier regulación legal para el oficio condujo, después de una serie de re­vueltas transitorias, a la constitución en 1778 de la «Asociación de Tejedores de Medias para la Protección Mutua en los Condados del Centro de Inglaterra», que tenía como objetivos la limitación del aprendizaje y la determinación legal de las tarifas salariales. El Dr. Brentanno ha re­sumido los diversos intentos llevados a cabo por los trabajadores durante los dos años siguientes para conseguir la protección del cuerpo legislati­vo[103]. Gracias a la influencia de su sociedad, un diputado favorable a sus intereses fue elegido por la circunscripción de Nottingham. Una encuesta realizada por una comisión puso de manifiesto la existencia de unos ni­veles de «sweating»[104] que apenas tienen paralelo incluso entre los peores tiempos modernos. Un bill para la fijación de los salarios había sido ya aprobado en segunda lectura cuando los empresarios, apelando al concurso de todos sus amigos de la Cámara, consiguieron que fuera derro­tado en la tercera lectura, un ultraje a los trabajadores que ocasionó gra­ves disturbios en Nottingham y sumió a los desdichados obreros en una miseria desesperada[105].

En esa misma época, los artesanos de las ciudades empezaban tam­bién a sufrir las amenazas de los proyectos revolucionarios de sus patro­nos. Los sombrereros, por ejemplo, cuyas primeras coaliciones hemos se­ñalado ya, habían estado protegidos hasta ahora por una estricta limitación del número de aprendices, según lo establecido en las Leyes de 1566 y 1603, que siempre había mantenido en vigor la compañía de fabricantes de fieltros. Sabemos por las numerosas quejas de los dueños de las fábri­cas que la organización de los oficiales, que en esa época se extendía a la mayoría de las ciudades de provincia en que se hacían sombreros, estaba tratando de que se cumplieran estrictamente las disposiciones lega­les limitativas del número de aprendices que cada maestro podía emplear. Esta circunstancia dio lugar a que los fabricantes más importantes del ramo de la sombrerería promovieran en 1777 un bill destinado a poner término a esa limitación, frente al cual se movilizó toda la fuerza de las organizaciones de oficiales. Las peticiones llovieron de Londres, Burton. Bristol, Chester, Liverpool, Hexham, Derby y otros lugares; los «maestros de la confección y acabado de fieltros y sombreros» se unieron ge­neralmente a los oficiales frente a las peticiones de los empresarios capitalistas. Los trabajadores sostenían que, incluso si se aplicaban las limitaciones, «excepto en los momentos de auge, centenares de ellos se ven obligados a ir de un lugar a otro del reino en busca de empleo». Pero la Cámara estaba impresionada por los argumentos de los grandes empre­sarios y el bill se convirtió en Ley[106].

La acción de la Cámara de los Comunes en ocasiones como esa no estaba influida todavía por ninguna teoría consciente de la libertad de con­trato. Lo que sucedió fue que, a medida que cada oficio iba sintiendo los efectos de la nueva forma de competencia capitalista, los oficiales, y has­ta no pocas veces los pequeños patronos, formulaban peticiones para ob­tener una reparación, en las que normalmente solicitaban la prohibición de las nuevas máquinas, el cumplimiento estricto del aprendizaje de siete años o el mantenimiento de la vieja limitación del número de muchachos que cada patrón podía emplear para enseñarles el oficio. Como norma general, la Cámara designaba una comisión para llevar a cabo una inves­tigación sobre las quejas, con la sincera intención de reparar los posibles agravios. Pero los fabricantes más importantes conseguían siempre apor­tar a esa comisión un conjunto abrumador de pruebas para demostrar que sin las nuevas máquinas, el creciente comercio de exportación se de­tendría, que los nuevos procedimientos podían aprenderse en algunos me­ses, sin necesidad de siete años de aprendizaje, y que la restricción im­puesta a los viejos maestros de los gremios artesanos de no emplear más que dos o tres aprendices cada uno estaba ya fuera de lugar con el nuevo sistema de contratación de trabajadores en gran escala. Confrontadas con situaciones como estas, tal como las planteaban los empresarios, las co­misiones parlamentarias, incluso las más comprensivas, rara vez podían apoyar las peticiones de los artesanos. De hecho, esas propuestas eran im­posibles. Los artesanos tenían un agravio —quizá el peor que pueda te­ner clase alguna—, la degradación de su nivel de vida como consecuencia de circunstancias que incrementaban enormemente su productividad la­boral. Pero se equivocaban en cuanto al remedio, y el Parlamento, aun­que advirtió el error, no pudo proponer nada mejor. El sentido común obligaba al gobierno a dar el paso tan obvio como sencillo de abolir las reglamentaciones medievales que la industria había abandonado ya. Pero el problema de proteger el nivel de vida de los trabajadores bajo las nuevas condiciones no era ni obvio ni sencillo, y, en realidad, siguió sin resolverse hasta que el siglo XIX descubrió los procedimientos de la negociación colectiva y las leyes de fábricas, que se completaron, ya en el si­glo XX, con el establecimiento de un salario mínimo. Hasta ese momento, los trabajadores tuvieron que apañárselas como pudieron, ya que la actitud del Parlamento hacia ellos fue inicialmente de pura y simple perplejidad, sin que prácticamente interviniera para nada la doctrina de la libertad de contrato.

La Cámara de los Comunes se mantuvo al margen de cualquier teoría general contra la intervención legislativa, incluso mucho tiempo después de que hubiera comenzado su tarea de liquidar las viejas reglamentaciones medievales, como queda probado por el famoso caso de los tejedores de seda de Spitalfields, en el que se volvió a la antigua política de reglamentación industrial. En 1765 los tejedores de Spitalfields hicieron saber que estaban sin trabajo a causa de la importación de sedas extranjeras. Reunidos multitudinariamente, desfilaron en grandes cortejos, encabeza­dos por bandas de música y banderas, hacia Wensminster y solicitaron que se prohibiera la importación de productos extranjeros. Hubo distur­bios lo suficientemente graves como para inducir al Parlamento a aprobar una disposición legal en los términos solicitados[107], pero esta experiencia proteccionista no consiguió que se mantuviera el nivel de los sa­larios, y los disturbios se reprodujeron en 1769. Por último, Sir John Fielding, un conocido magistrado de la policía de Londres, sugirió a los te­jedores de seda que deberían conseguir la protección de sus remunera­ciones por medio de una ley[108]. Bajo la presión del estallido de una nue­va oleada de revueltas en 1773, el Parlamento adoptó esa proposición, y facultó a los jueces de paz para que establecieran las tarifas salariales y velaran por su mantenimiento. El efecto de esa intervención legislativa sobre las asociaciones obreras es significativo. «Un gran hombre» había dicho a los trabajadores, como cuenta uno de ellos, que la clase gober­nante «hace las leyes y nosotros, el pueblo, tenemos que hacerlas funcio­nar»[109]. En consecuencia, la efímera coalición para conseguir la promulgación de la ley se convirtió en una asociación permanente para conse­guir su efectivo cumplimiento. A partir de ese momento, ya no volvemos a tener noticias de huelgas o disturbios entre los tejedores de Spitalfields; en su lugar nos encontramos con la aparición de un organismo permanente, llamado la «Unión» [The Union], como instrumento de representación ante los jueces de paz tanto de los patronos como de sus trabajadores, sobre cuyos testimonios se establecían periódicamente unas complicadas listas de las tarifas de los destajos. Está claro que los Parlamentos que aproba­ron las Leyes de Spitalfields de 1765 y 1773 no estaban influidos en modo alguno por las concepciones de la filosofía política de Adam Smith, cuya Riqueza de las Naciones, que posteriormente sería considerada como el evangelio británico de la libertad de contratación y de la «libertad natu­ral», se publicó en 1776. Al mismo tiempo, esas medidas legislativas se habían convertido en algo tan excepcional para la época, que cuando la obra maestra de Adam Smith cayó en manos de los hombres políticos con­temporáneos, debió parecerles no tanto una nueva visión de la economía industrial como una generalización explícita de las conclusiones prácticas a las que su propia experiencia les había llevado en repetidas ocasiones.

Hacia finales de siglo, las clases gobernantes, que habían encontrado en la nueva política industrial una fuente de inmensos beneficios econó­micos, se apropiaron ávidamente de la nueva teoría económica para con­vertirla en una justificación intelectual y moral de sus procedimientos. El abandono de los obreros por la Ley, producido anteriormente por la pre­sión de las circunstancias y, como hemos visto, no sin algún escrúpulo, se convirtió ahora en un principio, sustentado con una determinación inflexible.

Cuando los tejedores manuales, que ganaban poco más de un tercio de lo que estaban ganando diez años antes, y que no pensaban que se pu­diera utilizar deliberadamente el sistema fabril para arruinarlos, hicieron llegar su voz a la Cámara de los Comunes en 1808, una comisión informó en contra de su propuesta de fijar unas tarifas salariales mínimas sobre la base de que era «completamente inadmisible como principio e impo­sible de poner en práctica por cualquier medio imaginable y, que aun en el supuesto de que fuera realizable, daría lugar a las más funestas conse­cuencias», y «que la propuesta relativa a la limitación del número de aprendices es también completamente inadmisible, por lo que de ser apro­bada por la Cámara, sería una enorme injusticia tanto para el manufac­turero como para el trabajador» [110]. Aquí nos encontramos ya con el laisser faire perfectamente establecido por el Parlamento, como una doctri­na industrial sancionada por la economía política, y con la fuerza suficiente para imponerse a la gran masa de pruebas presentadas a esa comisión, que estaba, además, decididamente a favor del establecimiento de un salario mínimo. La Cámara de los Comunes no careció, desde luego, de ocasiones para ilustrarse sobre esa cuestión. La gran miseria produci­da por las malas cosechas y la prolongada guerra de 1793-1805[111] dieron lugar a una oleada de peticiones, especialmente de las recién establecidas asociaciones de obreros del algodón. En los primeros años de este siglo llovieron las peticiones procedentes del Lancashire y Glasgow, en las que se ponía de manifiesto que las tarifas salariales de los tejedores habían bajado ininterrumpidamente y se reiteraban las demandas de establecimiento de unos precios fijos para los destajos y la limitación del número de aprendices. En 1795, en 1800 y de nuevo en 1808, se presentaron otros tantos bills en la Cámara de los Comunes estableciendo unas tarifas salariales fijas, que, en ocasiones, fueron acogidos de manera bastante favorable. El informe de la comisión de 1808, que recogió un gran número de testimonios sobre el problema, ha sido ya mencionado anteriormente. El informe de los estampadores de indianas en el que se solicitaba una limitación legal del número de aprendices, aunque fue apoyado cálidamente por la comisión parlamentaria restringida que se ocupó del caso, sufrió el mismo destino. Sheridan no quedó satisfecho en absoluto y presentó un bill en el que proponía, entre otras cosas, la limitación del número de aprendices. Pero Sir Robert Peel (el viejo) cuyas propias factorías rebosaban de niños, se opuso en nombre de la libertad industrial y consiguió obtener el apoyo de la mayoría en los Comunes[112].

Mientras tanto los desesperados obreros, completamente frustrados sus intentos de conseguir una nueva legislación, buscaron ayuda en la legislación existente. Las leyes que todavía no habían sido derogadas per­mitían a los jueces seguir fijando en algunos oficios las tarifas salariales y limitar en otros el número de aprendices o la introducción de ciertos tipos de máquinas, prohibiendo el derecho a ejercer tales oficios a cualquiera que no hubiera realizado el aprendizaje. La mayor parte de esas leyes habían caído en desuso hasta tal punto que su misma existencia era desconocida en muchos casos por los artesanos. En el oeste de Inglaterra, los tejedores se asociaron, sin embargo, con los del Yorkshire en 1802 para contratar a un abogado, que inició una serie de procedimientos contra los empresarios por infracción de las viejas leyes. El resultado fue que el Parlamento se apresuró a aprobar una ley por la que todas esas disposiciones legales quedasen en suspenso, a fin de terminar con esos proce­dimientos[113]. «En una reunión numerosa de los cordobaneros de la ciudad de New Sarum en 1784», afirma una vieja circular que hemos tenido en nuestras manos, «se decidió por unanimidad… que se abriría una sus­cripción destinada a poner en vigor la ley contra las infracciones del ofi­cio», pero aparentemente no dio resultado[114]. Los cajistas de Edimburgo tuvieron más éxito: al habérseles negado un aumento de sus salarios para hacer frente a la elevación del coste de la vida, presentaron el 28 de fe­brero de 1804, un memorial a la Court of Session y obtuvieron la célebre resolución [interlocutor] de 1805, que establecía una tabla de las tarifas del trabajo a destajo en los establecimientos tipográficos de Edimburgo[115]. Pero el principal acontecimiento de esa campaña destinada a conseguir el cum­plimiento de las viejas leyes se inició en Glasgow. Los tejedores de esa ciudad, después de cuatro o cinco años de agitación ante el Parlamento para conseguir una nueva legislación, recurrieron a la ley que concedía a los jueces de paz la facultad de establecer las tarifas salariales. Después de un intento infructuoso de fijar una tarifa normalizada mediante el acuerdo con un comité de empresarios, la asociación de trabajadores, que en ese momento se extendía ya a todos los distritos de tejedores de al­godón del Reino Unido, inició una acción legal ante las Quarter Sessions del Lanarkshire. En 1812 los patronos pusieron en tela de juicio las com­petencias de los magistrados y apelaron a la Court of Sessions de Edim­burgo. Este tribunal decidió que los magistrados eran competentes para fijar una escala de salarios, y en consecuencia, se estableció un cuadro de tarifas de los destajos. Los empresarios decidieron retirarse inmediatamente del procedimiento, pero los obreros se vieron obligados —lo que les supuso grandes gastos— a presentar testigos en relación con cada una de las tarifas propuestas. Después de haber oído ciento treinta testimo­nios, los magistrados decidieron finalmente que las tarifas eran razonables, pero no tomaron medida alguna para su puesta en vigor. Los empresarios, con algunas pocas excepciones, decidieron rechazar la tabla aprobada, cuya obtención había costado a los operarios 3.000 libras. El resultado fue la huelga más amplia que ese oficio había conocido nunca. Desde Carlisle a Aberdeen todos los telares se detuvieron: cuarenta mil tejedores abandonaron el trabajo. Después de una huelga de tres semanas los empresarios se avinieron a reunirse con los trabajadores, justo en el momento en que todo el comité de huelga fue bruscamente detenido por la policía y procesado en aplicación del derecho común por el delito de coalición, especialmente perseguido por las autoridades en ese perío­do revolucionario, por razones puramente políticas. Sus cinco jefes fueron sentenciados a penas de prisión de entre cuatro y dieciocho meses, y ese golpe disolvió la asociación, rompió la huelga y puso término a la lucha de los obreros del ramo contra la progresiva degradación de sus salarios[116].

Los artesanos de Londres, aunque no tuvieron que sufrir procesamien­to ni prisión, no lograron más éxitos que sus hermanos de Glasgow. Entre 1810 y 1812 un cierto número de asociaciones obreras se agruparon para conseguir los servicios de un abogado, que procedió contra los patronos por emplear «trabajadores ilegales», es decir, personas que no ha­bían obtenido por medio del aprendizaje el derecho al desempeño del oficio. Hemos llegado a tener en nuestras manos el texto original del «caso» que los oficiales adobadores encomendaron a un abogado (con un coste de dos guineas), así como el de la opinión de éste, un tanto vacilante, con objeto de conseguir poner en vigor el Estatuto de los Aprendices[117]. En algunas ocasiones, se llegó a proceder judicialmente contra determi­nados empresarios por haberse establecido en oficios en los que no ha­bían trabajado el tiempo requerido. Y en otros casos se consiguieron con­denas, si bien los acusadores —que tenían que pagar elevadas sumas cuando perdían el proceso— no recibieron nunca, en el primer supuesto, las costas del proceso. Además, Lord Ellenborough sostuvo en una apelación que los oficios nuevos, como los mecánicos o los cerrajeros, no podían considerarse incluidos en la legislación isabelina. En 1811 algunos oficiales de los molinos de Kent solicitaron a los jueces que fijaran los sa­larios de acuerdo con lo establecido en las leyes isabelinas. Y dado que los jueces de paz se negaron a recibir la petición, se solicitó un manda­miento judicial de la instancia jurisdiccional superior. Lord Ellenborough otorgó el mandamiento para obligar a los magistrados a escuchar la pe­tición, pero aclaró que éstos procederían discrecionalmente en relación con la fijación o no de unas tarifas salariales. Ante esta situación, los jue­ces declinaron establecer los salarios[118]. Pronto se hizo evidente que to­dos esos procedimientos legales fundados en unas ordenanzas caducas re­sultaban, teniendo en cuenta la inclinación adversa de los tribunales, tan inútiles como costosos. Había, pues, que elegir entre la renuncia a esa lí­nea de ataque o dirigir peticiones al Parlamento para reclamar la aplica­ción efectiva de las normas que todavía se mantenían en vigor. Se eligió, en consecuencia, esta última vía, con el inesperado resultado de que la «perniciosa» ley que facultaba a los magistrados para fijar los salarios fue perentoriamente derogada en 1813[119].

Pero la ley abolida de esa manera no era más que un capítulo de las grandes ordenanzas isabelinas, y su derogación dejó en vigor la mayoría de sus restantes disposiciones. El informe de una comisión parlamentaria restringida en 1811, había señalado ya que «ninguna interferencia de la legislatura en la libertad de industria, o en la perfecta libertad de cada individuo para disponer de su tiempo o de su trabajo de la manera, y en las condiciones, que considere más oportunas para su propio interés, pue­de tener lugar sin violar principios generales de la mayor importancia para la prosperidad y felicidad de la comunidad, sin establecer los más perni­ciosos precedentes o incluso sin agravar, en muy poco tiempo, el peso de la miseria general, imponiendo obstáculos para que esa miseria pueda de­saparecer alguna vez». La derogación de las disposiciones de las ordenan­zas relativas a los salarios convirtió a esta enfática declaración de la nue­va doctrina en ley para todo lo referente a la fijación de salarios; pero quedaban todavía las disposiciones referentes al aprendizaje. Seguían llo­viendo peticiones para que su cumplimiento se hiciera efectivo y para que se ampliaran, además, a las nuevas industrias. El estudio de esta cuestión se puso en manos, finalmente de una amplia e influyente comisión parlamentaria en la que figuraban, entre otros, Canning, Huckisson, Sir Robert Peel y Sir James Graham. Los testigos interrogados se mostraron muy favorables a la conservación de las leyes, si bien introduciendo algunas enmiendas que las pusieran al día. El presidente (George Rose) parecía estar de acuerdo con las concepciones de los obreros, a la luz de las declaraciones prestadas. La comisión, que  indiscutiblemente había sido constituida con el objetivo de abolir por completo las disposiciones sobre el aprendizaje, se encontró en la imposibilidad de cumplir ese mandato virtual. Pero, al no atreverse, ante las propias barbas de los manufactureros y economistas, a recomendar a la Cámara la aceptación de las demandas de los obreros, se quitó de encima el problema eludiendo cualquier tipo de recomendación. Mientras tanto, seguían lloviendo centenares de peticiones a favor de la continuidad de las leyes desde todos los rincones del país (hubo 300.000 firmas a favor y 2.000 en contra), y en muchos casos los patronos se unieron a las súplicas de los oficiales. Una reunión pública de los «Maestros Manufactureros y Comerciantes de las Ciudades de Londres y Wensminster» en la Taberna de los Francmasones aprobó unas resoluciones en las que se apoyaba enérgicamente la aplicación y la mejora de la ley vigente. Por otra parte, una comisión, en la que figuraban como miembros dos maestros muy prominentes del ramo de los oficios mecánicos, Maudsley y Galloway, se pronunció con todo vigor a favor de la libertad y en contra de la «monstruosa y alarmante, aunque mal aconsejada, asociación». En 1814 Serjeant Onslow, que no había figurado en la comisión del anterior período de sesiones, presentó un bill encaminado a la derogación de la totalidad de la ley sobre el apren­dizaje. «Los maestros y oficiales de Wensminster» hicieron oír su voz contra esa medida, por medio de su representante legal, pero la Cámara había lomado ya su decisión a favor de los manufactureros y procedió a la derogación de las disposiciones sobre el aprendizaje contenidas en las viejas ordenanzas (Act. of 54 Geo. III, c. 96), con lo que desapareció prácticamente el último vestigio de la legislación protectora del nivel de vida que había sobrevivido desde la Edad Media[120]. Los victoriosos fabricantes obsequiaron a Serjeant Onslow con varias piezas de plata por haber sitio el campeón de la libertad comercial[121].

En estos años, la nueva doctrina había hecho que la clase gobernante se olvidara tan completamente de los viejos ideales, que ahora eran los obreros los que pasaban a ser considerados como innovadores, por lo que apenas puede sorprendernos que otra comisión parlamentaria declarara solemnemente que «el derecho de todo hombre a emplear el capital que hereda, o que ha adquirido, según su propio arbitrio, sin impedimentos ni obstrucciones, mientras no infrinja los derechos de la propiedad de los demás, es uno de esos privilegios que la libre y feliz constitución de este país ha acostumbrado a cada británico a considerar como un derecho de nacimiento»[122]. Pero hay que añadir que las clases gobernantes no se mostraron imparciales en ninguno de los aspectos de la aplicación de su nueva doctrina. Las regulaciones medievales no sólo suponían una res­tricción de la libre competencia en el mercado de trabajo, lo que impli­caba un perjuicio económico para los empresarios, sino que también res­tringían la libertad de contrato, en detrimento de los trabajadores, ya que éstos sólo pueden obtener las mejores condiciones posibles para su acti­vidad laboral por medio de la negociación colectiva, no por la simple ne­gociación individual. En consecuencia, si los obreros hubieran compren­dido claramente su situación, se hubieran mostrado tan deseosos de abo­lir las leyes contra las coaliciones como de mantener las que fijaban unos salarios y limitaban el aprendizaje, de la misma manera, que los capita­listas —mejor informados— mostraban idéntica resolución en el mante­nimiento de las leyes contra las coaliciones como en la derogación de las restantes. Dentro de poco tendremos ocasión de mostrar que los trabajadores tardaron mucho tiempo en darse cuenta de eso, a pesar del hecho de que las leyes contra las coaliciones de los trabajadores se mantuvieran en vigor y se aplicaron con creciente severidad. Las huelgas, y cualquier forma de resistencia organizada, fueron reprimidas con mano dura. Los primeros veinte años del siglo XIX presenciaron la persecución legal de los sindicalistas como rebeldes y revolucionarios. Esta persecución dio a| traste con el saludable crecimiento de los sindicatos y condujo a sus miembros a la violencia y la sedición; pero dio lugar, en último término, a la derogación de las Leyes sobre las Coaliciones y al nacimiento del movimiento sindical moderno, que serán el tema del siguiente capítulo.

carnet

Carnet sindical de la West of Scotland Power Loom Female Weavers Society, 1833.


[1] En la primera edición decíamos «de su empleo». Eso originó una serie de críticas por­que parecería dar a entender que los sindicatos han aceptado siempre como un hecho irre­versible la existencia a perpetuidad del sistema capitalista o salarial. No pretendíamos, des­de luego, dar lugar a ese tipo de interpretación. En diversos momentos los sindicatos, par­ticularmente durante el siglo XIX, han mostrado frecuentemente sus aspiraciones a un cam­bio revolucionario en las relaciones económicas y sociales.

[2] Véase Riley, Memorials of London and London Life in the Thirteenth, Fourteenth, and Fifteenth Centuries, 1888, p. 495 (citadas parcialmente en Trade Unions, de William Trant, 1884).

[3] Ibíd., pp. 542-543

[4] Ibíd., p. 609; véase también Clode, Early History of the Merchant Taylors’ Company, vol. I, p. 63.

[5] Calendars of State Papers: Letters and Papers, Foreign and Domestic, Henry VIII, vol. XIII, parte I, 1538, n. 1454, p. 537. Compárese con las efímeras asociaciones citadas por Fagniez, Etudes sur l’industrie et la classe industrielle á París, París, 1877, pp. 76, 82, etc.

[6] Se refiere a las personas que proporcionaban trabajo a otras a cambio de un salario, los autores emplean el término employer, acuñado en 1596, que hemos traducido por patrono en la mayoría de los casos y, más raramente, por dueño o empresario. En otros casos recurren al término master que, al margen de algunas connotaciones específicas, sirve tam­bién para designar a los miembros de mayor rango de la jerarquía gremial, por encima de los oficiales y aprendices. En este caso hemos traducido siempre por maestros, ya que prácticamente todas las referencias a ellos se inscriben en el contexto de una situación gremial. En otros capítulos, master, fuera ya del ámbito gremial, se ha traducido por patrón, dueño, amo, etc. [Nota del traductor].

[7] Se ha afirmado que la cofradía de Sastres «bachelors» o «yeomen» asociada con la cofradía de Comerciantes de los Sastres de Londres entre 1446 y 1662, «nos revela por pri­mera vez la existencia, y una parte de las ordenanzas de una sociedad de oficiales que con­siguió mantenerse durante un período prolongado». Un examen más cuidadoso de los ma­teriales de los que procede la vivaz representación de esa presunta asociación de oficiales nos mueve a pensar que no estaba integrada en absoluto por tales oficiales, sino por maes­tros del gremio. Lo anterior puede inferirse, en primer lugar, del hecho de que entre las filas de los supuestos oficiales se encontraban algunos señores opulentos, como Richard Hilles, el amigo de Cranmer y Bullinger, que fue «bachelor in budge» de la «Yeoman Company» en 1535 (Clode, Early History of the Merchant Taylor’s Company, vol. II, p. 64) y Sir Leonard Halliday, posteriormente Lord Mayor, que estuvo en la «Bachelor’s Company» entre 1572 y 1594, «en la que fue elegido como miembro de la más alta jerarquía de la cor­poración» (ibíd., p. 237). En rigor, la «Bachelor’s Company», lejos de estar integrada por asalariados necesitados, tomaba a su cargo la mayor parte de los gastos de las fiestas, junto con las autoridades municipales, y organizaba todos los actos. Tanto los bacherlors «in Foynes» como los «in Budge» desfilaban en los cortejos con trajes largos ribeteados de tercio­pelo, o con chaquetas, casacas y jubones de satén, damasco o tafetán (ibíd., pp. 262-266). Por otra parte, cuando la cofradía fue requerida para llevar a cabo la colonización del Ulster, los «bachelors» contribuyeron con una cantidad casi tan importante como la de los co­merciantes (155 libras y 10 chelines procedentes de 10 miembros frente a 187 libras propor­cionadas por nueve miembros (ibíd., vol. I, pp. 327-329). Es muy dudoso que esa cofradía incluyera en ningún momento una proporción significativa de oficiales asalariados, si bien su objeto era muy claramente el de la regulación del oficio. Los miembros, según la Orde­nanza de 1613, pagaban una contribución de 2 chelines y dos peniques por trimestre «para los pobres de la hermandad». Esa cantidad contrasta con los ocho peniques anuales, o los dos peniques trimestrales, que de acuerdo con la orden de agosto de 1578, tenía que pagar cada asalariado u oficial agremiado en la city. Los fondos de las dos cofradías se mantenían separados, pero era frecuente que se hicieran donaciones entre ellas, y no sólo de la infe­rior a la superior (ibíd., vol. I, pp. 67-69). Está claro que la «Bachelor’s Company» no es­taba integrada exclusivamente por oficiales. Sir Leonard Halliday, por ejemplo, se convir­tió en agremiado en abril de 1564, después de completar su aprendizaje e inmediatamente se estableció por su cuenta tras haber obtenido un crédito con cargo a los fondos de auxilio de la sociedad. No obstante, aunque prosperó en el negocio, «en 1572 le encontramos ins­crito en la Bachelor’s Company», y no fue elegido como miembro de la cofradía principal hasta 1594 (ibíd., vol. II, p. 237). Y en la ordenanza de 1507, «para todas aquellas perso­nas que sean autorizadas por los maestros y veedores a abrir su propia tienda o casa» se establece que no sólo tendrán que pagar por la licencia de apertura, sino también «por su ingreso en la cofradía de “bachelors” y su agremiación en ella…» (Clode, Memorials of the Merchant Taylors’ Company, p. 209). Tampoco los ejemplos de su actividad señalan que tuvieran muy presentes los intereses de los trabajadores por cuenta ajena, como dife­renciados de los de los patronos. La hostilidad a los extraños, el deseo de conseguir contratos con el Gobierno y la preferencia manifiesta a una limitación del número de aprendi­ces a dos por cada fabricante son todas ellas características que cuadran bien con la teoría de que la cofradía de «bachelors» estaba integrada, como la sociedad de rango superior, por maestros, probablemente menos opulentos que los del grupo gobernante, y que se de­dicaban, quizá, preferentemente a la sastrería más que al comercio o al negocio de los pa­ños. Hay que esperar hasta 1675 y 1682 para encontrar en los documentos manuscritos de la Cofradía de Pañeros [Cloth-worker’s Company], la presencia de asociaciones específicas de oficiales (George Un­win, Industrial Organisation in the Sixteenth and. Seventeeth Centuries, 1904, p. 199). Los otros ejemplos que pueden dar pie para identificar las cofradías de «bachelors» o «yeomen» con las asociaciones de oficiales no son más convincentes que los que nos ofrece el gremio de sastres. Que los «servidores», jornaleros y oficiales de muchos oficios poseían algún tipo de «caja de limosna» o fondos de beneficencia propios está muy claro; pero hay que con­siderar altamente improbable el que fueran utilizados en los conflictos profesionales o el que se encontraran exentos del control de los maestros de las corporaciones. El ejemplo más notable de independencia es el de los cordobaneros de Oxford (Selections from the Re­cords of the City of Oxford, de William H. Turner, Oxford, 1880). Véase el capítulo sobre «Mediaeval Journeymen’s Clubs», en Sir William Ashley, Survey: Historic and Economic, 1900; Georges Unwin, Industrial Organisation in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, y un artículo de W. A. S. Hewins, «The Origin of Trade Unionism», en la Economic Review, 25 de abril de 1885 (vol. V).

[8] Los bachelors eran los miembros más jóvenes, o yeomen, de un gremio artesano o de una City company, es decir, de una compañía o cofradía de la City de Londres. [N. de T.]

[9] Dugdale, Antiquities of Warwickshire, 1656, p. 125.

[10] Riley, Memorials, p. 653; Clode, Early History of Merchant Taylors’ Company, vol. I, p. 63.

[11] Piecers: Este término se emplea en algunas traducciones y diccionarios técnicos por­que una de sus funciones principales consistía en unir o anudar los cabos sueltos de los hilos que se rompían. [N. de T.]

[12] Comparar con Fagniez, Études sur l’industríe et la classe industrielle á París, París, 1877, p. 123.

[13] Henry VI, cap. 1; véase también 34 Edward III, cap. 9.

[14] «Ordinances of Worcester», art. 7, en la obra de Toulmin Smith, English Gilds, p. 399.

[15] Comparar con los ejemplos sobre casos análogos de Fagniez, Études sur l’industrie et la classe industrielle á París, París, 1877, p. 203.

[16] El Dr. Brentanno ha puesto de relieve (p. 81) que la gran mayoría de las regulacio­nes legales sobre los salarios en la Edad Media se refieren (cuando no a la agricultura) a los oficios de la construcción; es muy posible que estas regulaciones, como las que en la actualidad se aplican a las tarifas de los transportes, tuvieran por objeto la protección de los usuarios más que la del capitalista.

[17] Véase «Notes on the Organisation of the Mason’s Craft in England». del Dr. William Cunnigham (British Academy Proceedings).

[18] Una sociedad de maestros artesanos de esta índole, de albañiles, es, por ejemplo, la «logia de Atchison Haven» que, el 27 de diciembre de 1735 aprobó la siguiente resolución: «Reunida la cofradía de Atchison’s Haven, ha encontrado a Andrew Kinghorn culpable de un crimen atroz contra todo el oficio de la albañilería, ya que no ha obedecido a la cofradía, y ha contratado trabajadores a un precio tan bajo que ningún hombre puede ganarse el pan con él. En consecuencia, al no obedecer sus instrucciones, se ha excluido él mismo de la mencionada cofradía, por lo que ésta ha dispuesto que de ahora en adelante ningún trabajador, ni oficial ni aprendiz, podrá trabajar para el dicho Andrew Kinghorn, bajo la pena de ser expulsado de la misma forma que él. Asimismo si algún trabajador sigue el ejemplo del mencionado Andrew Kinghorn, tomando a su servicio trabajadores a ocho libras escocesas por rood, en muros de veinte pies de alto, y cobrando después dieciocho peniques escoceses por pie, será igualmente expulsado». Sketch of the Incorporation of Masons (J. Cruikshank, Glasgow, 1879, pp. 131-132).

[19] Thorold Rogers señala que la torre del campanario del Merton College fue cons­truida en 1448-1450 por trabajadores asalariados directamente. El nuevo cuadrángulo, de principios del siglo XVII, fue realizado mediante un contrato con un maestro albañil y un maestro carpintero respectivamente; pero el colegio proporcionó todos los materiales (History of Agriculture and Prices, vol. I, pp. 258-260; vol. III, pp. 720-737; vol. V, pp. 478, 503, 629).

[20] George Unwin, Industrial Organisation in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, 1904, p. 201. En este contexto puede mencionarse el ejemplo de los barqueros de Londres, que han trabajado siempre directamente para sus clientes y que cuentan con una tradición ininterrumpida de organización que se remonta a 1350. El poder para regular el oficio de barquero fue conferido por una ley del Parlamento en 1555 a la cofradía de Barqueros y Bateleros del Támesis [Thames Watermen and Lightermen Company], cuya administración parece haber estado desde el primer momen­to en manos de los maestros bateleros. Los barqueros, que no tenían maestros, se vieron obligados a salirse de la Compañía, y el sindicato actualmente existente, la Amalgamated Society of Watermen and Lightermen, fue establecido en 1872 con el expreso propósito de conseguir alguna forma de representación para los trabajadores barqueros y los oficiales ba­teleros ante el tribunal de la cofradía. Con anterioridad parecen haber existido algunas aso­ciaciones de barqueros para la defensa de sus intereses profesionales en 1789 (una sociedad de barqueros en Rotherhithe) y en 1799 (una sociedad de socorros mutuos de barqueros que hacían el trayecto desde las Hermitage Stairs en la parroquia de St. John, en Wapping. Mayhew señala en 1850 la presencia de «sociedades de regulación» locales, que establecían el reparto de los cargamentos, y de una «Sociedad Protectora de los Barqueros», que tenía por finalidad impedir el trabajo de los no asociados (London Labour and the London Poor, 1854).

[21] Sin embargo, Schanz señala (Zur Geschichte der deutschen Gesellenverbande, Leipzig, 1877) que las asociaciones de oficiales que florecieron en Alemania codo a codo con los sindicatos de artesanos con anterioridad a la Guerra de los Treinta Años (1618) eran de hecho, virtualmente, sindicatos. Compárese esta posición con la de Schmoller, Strassburger Tucher-und Weberzunft, Estrasburgo, 1879. El profesor G. des Marez, un erudito archivero de Bruselas, proporciona algunas pruebas de la persistencia de organizaciones de oficiales en Bélgica, similares a las de Alemania, hasta principios del siglo XVI, así como del nacimiento de otras nuevas a finales del siglo XVII, sin que existan huellas de continuidad entre ambas (en Le Compagnonnage des chapeliers bruxellois, Bruselas, 1909). Véase el artículo del profesor Unwin en la English Historical Review, octubre de 1910. Compárense con otras dos obras: H. House, Les Compagnnonages des arts et métiers á Dijon aux XVII et XVIII siècles, 1909; E. Vandervelde, Enquêtes sur les associations professionnelles d’artisans et ouvriers en Belgique, 1891.

[22] El ensayo del Dr. Brentanno apareció originalmente como prólogo al libro de Toulmin Smith, English Gilds, publicado por la «Early English Text Society» en 1870. Posteriormente fue publicado de forma separada como The History and Development of Gilds and the Origin of Trades Unions, 1870, 135 páginas. Es a esta edición a la que hacemos referencia. Otra obra más amplia del Dr. Brentanno, Die Arbeiter gilden der Gegenwart (Leipzig, 2 vols., 1871-1872), incluye ese ensayo así como su artículo «The Growth of a Trades Union», publicado en la North British Review, octubre de 1870. Es de estricta justicia señalar que en esta obra, el más notable estudio sobre el sindicalismo británico hasta ese momento, el Dr. Brentanno no ofrece nada que pueda avalar la difundida idea de la existencia de un parentesco entre los sindicatos y los gremios. Los Cobden Club Essays (1872), contienen un buen artículo sobre los sindicatos, de Joseph Gostick, en el que se sostiene que las asociaciones fueron desconocidas en Inglaterra con anterioridad al siglo XVIII, y que no tienen relación alguna con los gremios.

[23] P. 102.

[24] Las primeras cien páginas de la obra de George Howell, Conflicts of Capital and Labor (1ª ed., 1877; 2ª ed., 1890) constituyen una paráfrasis que sigue muy de cerca el ensayo del Dr. Brentanno, cuya totalidad aparece prácticamente, a menudo con las mismas palabras, como una obra propia de Howell. Pero ya en 1871 el mismo Brentanno en su Arbeiter gilden der Gegenwart (vol. I, cap. III, p. 83) estableció, como Schanz, una vincula­ción expresa de los sindicatos, no con los gremios, sino con las hermandades de oficiales, que, como señala, podrían haber «adquirido un vigor y una vida renovados bajo las nuevas circunstancias, al igual que una nueva política». Sir William Ashley parece compartir esa concepción. «Mi propia impresión, hace notar, es que, según veremos poco después —de forma similar a lo que sucedió con las prácticas de los oficiales alemanes del siglo XVIII, que se centraban en Herbergen—, los clubs obreros de la Inglaterra del siglo XVIII constituían supervivencias residuales de un período anterior, que fueron sufriendo, con la aparición de los oficiales casados y otros factores, una serie de lentas transformaciones a partir de las cuales surgieron en el siglo XIX como núcleos de los sindicatos modernos.» Pero Sir William Ashley no llega a afirmar que pueda probarse una continuidad en cuanto a la organización. «Nos limitamos a señalar que el hábito de actuar conjuntamente en algunos aspectos, que es algo característico de los oficiales ingleses del siglo XVIII, se había formado en un perío­do muy anterior.» (Surveys: Historic and Economic, 1900.)

[25] Mientras las cofradías siguieron ejerciendo algún tipo de jurisdicción sobre sus ofi­cios, gozaron del apoyo (como en los casos de los tejedores de géneros de punto de Lon­dres y los tejedores de seda de Dublín) de las asociaciones de trabajadores existentes en ese momento. En casos excepcionales, como los de los bruceros, cesteros y barqueros, esa alianza para la exclusión de los «trabajadores ilegales» se prolongó durante el siglo XIX, y, en el caso de los barqueros, ha llegado hasta nuestro tiempo.

[26] Macmillan’s Magazine, febrero de 1861, apoyándose en el Report on Trade Societies and Strikes (Social Science), 1860, p. 521.

[27] Véase el apéndice de esta obra, On the Assumed Connection between the Trade Unions and the Gilds in Dublin.

[28] Gilds and Trade Unions, 1870, p. 54.

[29] History of Industry and Commerce, vol. I, p. 310. El Dr. Gross adopta un punto de vista similar en su Gild Merchant.

[30] Véase su Introduction to Economic History and Theory, vol. I, 1891; vol. II, 1893. Véase también sus Surveys: Historic and Economic, 1900.

[31] El propio Brentanno deja bien claro este aspecto: «No debemos olvidar que esos gremios no eran asociaciones de trabajadores manuales en el sentido actual de la palabra, sino de personas que, con la ayuda de algunos fondos de capital propios, desempeñaban su oficio por cuenta propia. En consecuencia, las luchas de los gremios no se centraban en con­seguir la igualdad política para la propiedad y el trabajo, sino por el reconocimiento de la igualdad política entre los fondos de capital de los oficios y los bienes raíces en las ciuda­des.» (Gilds and Trade Unions, p. 73.)

[32] Jupp, History of the Carpenters’ Company, p. 313, 2.a ed. En algunos casos asisti­mos al hecho de que los trabajadores trataran de constituirse en gremios o cofradías para poder regular ellos mismos sus oficios. Así, en 1670, los aserradores de la City de Londres, que trabajaban por cuenta de las cofradías de carpinteros de obra, carpinteros de taller y carpinteros de ribera, solicitaron formalmente a la autoridad municipal su constitución como entidad gremial. Sus empresarios se opusieron decididamente, alegando que ya habían con­seguido por medio de sus asociaciones elevar sus salarios durante el pasado cuarto de siglo de 5 a casi 10 chelines por carga; que no eran más que jornaleros que trabajaban con los materiales que les suministraban sus empresarios, por lo que no tenían derecho alguno a as­pirar al rango de maestro, y que si sus asociaciones eran reconocidas, admitiendo su dere­cho a constituir una corporación, podrían llevar a la parálisis a todos los oficios de la cons­trucción, como la experiencia había demostrado ya, incluso sin necesidad de que se consti­tuyeran en sociedades corporativas. Además, se hacía notar, su principal objetivo consistía en excluir del trabajo «a todos los jornaleros que diariamente acuden a la City de Londres y otros lugares vecinos, lo que permite que los salarios de todos ellos puedan mantenerse en un nivel igual y regular, por lo que si se salieran con la suya sentarían un mal preceden­te, ya que todos los restantes jornaleros, los mamposteros o los enyesadores, tienen las mis­mas razones para solicitar la constitución de corporaciones» (ibid., p. 307). En 1699 los re­partidores de carbón de Londres solicitaron sin éxito a la Cámara de los Comunes que apro­bara un bill que les reconociera como «una asociación (fellowship) para establecer de co­mún acuerdo nuestro gobierno y nuestras ordenanzas» (House of Commons Journals, vol. XIII, p. 69). El profesor Unwin señala que fue «el fracaso en estas líneas de acción tra­dicionales» lo «que llevó a la clase asalariada a la formación de asociaciones secretas, de cuya oscuridad los sindicatos no se liberaron hasta el siglo XIX» (Industrial Organisation in the 16th and 17th Centuries, 1904).

[33] «A menudo se considera al sindicato actual como un descendiente inmediato de los antiguos gremios de artesanos. No hay, sin embargo, ninguna conexión, directa o indirecta, entre las antiguas y las nuevas formas de asociación de los trabajadores de los oficios. Más allá del hecho de que tuvieran algunos objetivos similares, como ciertas regulaciones de la actividad profesional o la obtención de ciertos beneficios, no tenían nada en común.» John Burnett, «Trade Unions as a Means of Improving the Conditions of Labour», publicado en The Claims of Labour, Edimburgo, 1886. «Tratar de encontrar una conexión inmediata entre el gremio y el sindicato es como tratar de encontrar un parentesco entre la Cámara de los Comunes inglesa y el Witanagemot de los sajones. En uno y otro caso, las dos instituciones estaban separadas por siglos de historia, y una de ellas había muerto antes de que la otra hubiera nacido.» (George Unwin, Industrial Organisation in the 16th and 17th Centuries, 1904, p. 8.).

[34] Los Oddfellows eran los miembros de cualquier sociedad u organización de carácter secreto con propósitos de socorro y asistencia. [N. de T.]

[35] Goldasti, Constitutiones Imperiales, tomo IV, p. 189, citado por Brentanno, p. 60.

[36] Un opúsculo aparecido en 1669 en Londres contiene un párrafo que, a primera vista, podría considerarse como una referencia al sindicalismo: «La conspiración general entre los artífices y peones es tan clara que en estos últimos veinticinco años los salarios de los car­pinteros, albañiles, carpinteros de obra, etc., han subido, en un área de cuarenta millas alrededor de Londres (contra toda razón y buen gobierno) de 18 ó 20 peniques diarios a 2 chelines y seis peniques o tres chelines, y en el caso de los simples peones, de 10 ó 12 pe­niques a 16 ó 20, y esto no sólo desde el terrible incendio de Londres, sino desde mucho untes. Un oficial zapatero recibe ahora en Londres (y proporcionalmente en el resto del país) 14 peniques por hacer el mismo par de zapatos que doce años antes hacía por 10 pe­niques… No puede decirse que entre nosotros ese incremento de los salarios haya tenido su origen en la aceleración del comercio o en la carencia de brazos (como algunos supo­nen), que son en verdad razones justificables, sino en las exigencias y mala disposición de nuestra gente (como nuestros barqueros de Gravesend que, amparándose en algunos pre­textos débiles y ocasionales relacionados con la última guerra con Holanda, han subido al doble el precio del transporte en sus embarcaciones, y una vez que se han salido con la suya, los han mantenido) que cuanto más pueden exigir en sus salarios, más pueden ele­varse por encima de su condición y trabajar menos días.» (Thomas Manley, Usury at Six per Cent Examined, Londres, 1669.) Pero ese único y ambiguo párrafo no nos permite otra cosa que conjeturar la posibilidad de la existencia de asociaciones efímeras. Es significativo que Defoe, a pesar de realizar una descripción muy detallada de la industria inglesa en 1724, no mencione ninguna asociación de trabajadores.

[37] En un inteligente escrito fechado en 1681, titulado The Trade of England Revived, se afirma que «no podemos fabricar nuestros paños tan baratos como en otros países a cau­sa de la extraña pereza y testarudez de nuestros pobres», que insisten en recibir salarios ex­cesivos. Pero el autor atribuye ese estado de cosas, no a la existencia de coaliciones, de las que ni siquiera parece haber oído hablar, sino a las Leyes de Pobres y a la persistencia de las limosnas.

[38] Combinations y associations. En la práctica, aunque algunos laboralistas e historia­dores introdujesen algunos matices, los autores emplean ambos términos como sinónimos, junto a otros similares. No obstante, el primero de ellos tiene en inglés, como en castella­no, un sentido negativo muy claro en el aspecto jurídico. En la terminología jurídica cas­tellana del siglo XIX es muy frecuente el término coligación, aunque sólo lo hemos utilizado en raras ocasiones. [N. del T.]

[39] Wealth of Nations, libro I, cap. 10, p. 59 de la edición de MacCulloch de 1863. Una descripción de las reuniones de los tejedores de Paisley, fechada en 1809, nos permite asis­tir al proceso de elaboración de un sindicato. «Los operarios de Paisley tienen una dispo­sición abierta y comunicativa. Les gusta informarse entre sí de cualquier asunto relacionado con su oficio, y con objeto de recibir esas informaciones colectivamente se han asociado, desde hace muchos años, de manera amistosa, en sociedades denominadas clubs… Cuando se reúnen, la primera hora se dedica a la lectura en voz alta de los periódicos del día… A las nueve en punto el presidente pide silencio, y se pasa a oír el informe sobre la situación del oficio. El presidente informa primero sobre aquello que sabe o que ha oído sobre de­terminada empresa o empresas manufactureras, sobre los proyectos de contratar obreros para tal o cual fábrica, y también sobre el precio, la cantidad de hilado, etc. Después cada uno informa desde el lugar que ocupa, y así en el plazo de una hora se llega a conocer no sólo cual es la situación del oficio, sino también cualquier conflicto que se haya producido entre los manufactureros y sus trabajadores.» (An Answer to Mr. Carlile’s Skectches of Pais­ley, de William Taylor, Paisley, 1809, pp. 15-17.)

[40] Véase el relato de Dunning sobre la Sociedad de Encuadernadores de Libros (Consolidated Society of Bookbinders) en 1179-1180 en el Report on Trade Societies de la Social Science Association, 1860, p. 93. Véase también Workers on their Industries, en la edición a cargo de F. W. Galton, 1895; J. R. MacDonald, Women in the Printing Trades, 1904, p. 30.

[41] La «house of call» era una verdadera institución que desarrolló un papel nada des­preciable en la primera fase del movimiento obrero británico. Eran tabernas u otros esta­blecimientos de expedición de bebidas que servían como centros de reunión a los obreros de los diversos oficios. Funcionaban también como centros de contratación donde se reco­cían las solicitudes de trabajo y a la que acudían los patronos para reclutar asalariados. Desempeñaban también, en ocasiones, diversas funciones benéficas y asistenciales. [N. del T.]

[42] Articles of Agreement made and confirmed by a Society of Taylors, begun March 25, 1760, Londres, 1812. En 1790, Francis Place ingresó en la Sociedad de Socorros de los Pantaloneros (Breeches Maker’s Benefit Society) constituida «para auxiliar a los miembros en su enfermedad y en su entierro», pero cuyo objeto real era apoyar a los miembros «en las huelgas por causa de los salarios» (Graham Wallas, Life of Francis Place, nueva edición, 1918). Las sociedades locales de socorros mutuos que concedían subsidios de enfermedad y hacían frente a los gastos de los funerales se extendieron por toda Inglaterra durante el siglo XVIII. A finales del siglo su número parece haber aumentado rápidamente hasta el punto de que la cervecería de cada pueblo (por lo menos en algunas zonas) se convirtió en sede de una o más de estas humildes y espontáneas organizaciones. El Museo Británico conserva los estatutos de más de un centenar de estas sociedades, entre 1750 y 1820, localizadas to­das ellas en torno a Newcastle-on-tyne. En Nottingham, en 1794, 56 de estos clubs se unieron en la celebración de su desfile anual (Nottingham Journal, 14 de junio de 1794). Mientras estuvieron integradas por miembros de todos los oficios indiscriminadamente es muy probable que sus reuniones no pudieran dar lugar a ninguna acción sindical específica. Pero en algunos casos, por diversas razones, como las cuotas muy elevadas, los hábitos migratorios o el peligro que suponía la publicidad, los clubs de asistencia a la enfermedad y los en­tierros quedaron confinados a los trabajadores de un oficio particular. Este tipo de socie­dad de socorros mutuos se convirtió, con frecuencia, en un sindicato. Algunas sociedades de esta índole tienen siglo y medio de antigüedad. Los toneleros de Glasgow, por ejemplo, han contado con una sociedad de socorros mutuos local desde 1752, destinada exclusiva­mente a los oficiales de este ramo. La London Sailmakers Burial Society (la sociedad para hacer frente al entierro de los trabajadores de la construcción de veleros de Londres) data de 1740. Los zapateros de Newcastle habían establecido una sociedad similar en una fecha muy temprana, 1719 (Observations upon the Report from the Select Committee of the Home of Commons on the laws respecting Friendly Societies, por el Reverendo J. T. Becher, pre­bendado de Southwell, 1826). Cuando se producía un conflicto con los empresarios, sus fon­dos, como deplora este observador contemporáneo en otro opúsculo, «se han convertido también con demasiada frecuencia, en instrumentos de abuso ya que se han destinado al pago de cantidades semanales a los obreros sin trabajo, y han fomentado, en consecuencia, las coaliciones entre los trabajadores, no menos nocivas para los descarriados miembros que para el bien público» (Observations on the Rise and Progress of Friendly Societies, 1824, p. 55). En la Holanda de los siglos XVII y XVIII parecen haber existido sociedades de so­corros de carácter similar entre los trabajadores de determinados oficios, que quizá colma­ron el vacío entre las hermandades medievales y los modernos sindicatos (véase la recen­sión de la obra de P. J. Blok, Geschiedenes einer Holländischen Stad, en la English Historical Review, 18 de octubre de 1918).

[43] Schanz (Gesellenverbände, p. 25) sigue a Brentanno (p. 94) al atribuir la formación de hermandades de oficiales en la Edad Media principalmente a un deseo de prestar ayuda a los artesanos que se desplazaban de una ciudad a otra. La conexión entre las figuras del «Herbergen» o «Schenken», designadas a encontrar alojamiento y empleo, y esas asocia­ciones de oficiales era, sin duda, estrecha. (Véase el artículo del Dr. Bruno Schoenlank de 1894, citado por Sir William Ashley en Surveys: Historic and Economic, 1900.) Puede aven­turarse que el contraste entre la ausencia o la escasez de tales hermandades en Inglaterra y su rápida difusión en Alemania debe atribuirse, quizá, al hecho de que los oficiales in­gleses nunca adoptaron la costumbre alemana del «Wanderjahre », es decir, el hábito de pasar, para completar su formación, varios años viajando por el país. Cuando los privile­gios locales de los viejos gremios cayeron más o menos en desuso, las restricciones estable­cidas por las sucesivas Settlement Acts en Inglaterra supusieron, también, en cierta medida un obstáculo para la movilidad del trabajo. Pero desde principios del siglo XVIII, en cual­quier caso, se hizo práctica habitual que los oficiales de ciertas profesiones —y es intere­sante señalar que se trataba en general de profesiones nuevas en Gran Bretaña— «se des­plazaran» de ciudad en ciudad en busca de trabajo, y la descripción, posteriormente citada de las organizaciones de los cardadores de lana y los tejedores de estambre en 1741 mues­tra que el prestar auxilio a esos oficiales viajeros constituía uno de los objetos más impor­tantes de los primitivos sindicatos. Los sombrereros disponían a mediados del siglo XVIII de una serie de mecanismos regularizados para prestar ese tipo de ayuda. Los cajistas de los oficios tipográficos habían ya establecido a principios del siglo XIX una completa red de clubs locales en el país, cuya función principal parece haber sido la de facilitar a estos trabaja­dores errantes la búsqueda de trabajo. Y los estampadores de indianas disponían de un pro­cedimiento sistemático para conseguir un ticket que permitía al trabajador que se despla­zaba conseguir que cualquier oficial, en cualquier «terreno de imprentas» que visitase, le proporcionara, primero como contribución voluntaria, y, después, como ayuda establecida oficialmente, medio penique por cabeza en Inglaterra y un penique en Escocia (Minutes of Evidence taken before the Committee to whom the petition of the several journeymen Calicó Printers and others workers in that trade, etc., was referred, 4 de julio de 1804, y el Report de ese Comité, 17 de julio de 1806).

[44] J. M. Ludlow en su artículo en la Macmillan’s Magazine, febrero de 1861.

[45] Work and the Workman, del Dr. J. K. Ingram (Adress to the Trade Union Con­gress at Dublin, 1880).

[46] Esta institución, que es una de las peculiaridades de las industrias de artes gráficas del mundo anglosajón, procede, como bastantes más, del mundo gremial. Se han ofrecido diversas explicaciones sobre la connotación religiosa de este término, que literalmente sig­nifica capilla. La más autorizada es, quizá, la de Joseph Moxon que en sus Mechanical Exercises (1683) escribe: «Todo establecimiento de imprenta se denomina por costumbre inme­morial capilla, y todos los oficiales que pertenecen a él son miembros de la capilla; el más antiguo es el padre de la capilla. Supongo que esta organización procede de la cortesía de algún prelado importante… que a causa de los libros de devoción que se editaban en algu­na imprenta la concedió el reverendo título de capilla» (Encyclopaedia Britannica, 1966). Merece la pena señalar el muy curioso hecho de que dentro del vocabulario castellano de las artes gráficas contamos con un término vecino, capillas, si bien con un significado com­pletamente diferente, aunque también de origen religioso. En una hermandad creada por los impresores madrileños en 1597 se acordó que para incrementar el fondo social, cada uno de los integrantes donara dos pliegos sueltos de cuanto imprimiera, «de donde a estos pliegos sueltos les vino el nombre de capillas, aludiendo a que el producto de su venta ayu­daba a pagar la misa de cada mes en el altar del santo, más la cera que le alumbraba» (ver Juan José Morato, La Cuna de un Gigante, Historia de la Asociación Gremial del Arte de Imprimir, Madrid, 1925, edición facsímil del Servicio de Publicaciones del Ministerio de Tra­bajo y Seguridad Social, 1984).

En el mundo británico, chapel es un término que sirve para denominar a un determi­nado taller de imprenta o artes gráficas. Pero ya desde muy antiguo, probablemente desde la misma introducción de la imprenta, el término se aplicó también para designar a «la aso­ciación informal de los compositores tipográficos de un establecimiento particular para la discusión y regulación no sólo de sus propias condiciones de trabajo, sino también de sus relaciones con el empresario» (S. y B. Webb, The History ofTrade Unionism, 1966-1920). La chapel se ha mantenido como una organización sindical autónoma de los centros de tra­bajo de las artes gráficas, integrada por los trabajadores especializados de los diversos ofi­cios, a cuya cabeza figura el father of the chapel. [N. del T.]

[47] Benjamín Franklin menciona la «chapel» y sus regulaciones en 1725. Una copia, fe­chada en 1734, de las Rules and Orders to be Observed by the Members of this Chapel: by Compositors, by Pressmen, by Both, se conserva en los manuscritos de Place, 27799-88).

[48] Esta petición (que se encuentra en el Museo Británico) ha sido recogida en la obra de Brentanno, Gilds and Trade Unions, p. 97. Benjamin Franklin, que había trabajado en los establecimientos tipográficos de Londres en 1725, no hace mención alguna del sindica­lismo. La Stationers’ Company siguió regulando el aprendizaje en la City de Londres; en 1775 tomó algunas medidas para impedir que los empresarios tuvieran un número indebido de aprendices. Por otra parte, hay una serie de regulaciones, acordadas por los patrones y tus compositores tipográficos, para el establecimiento de las tarifas salariales en diferentes tipos de tareas, que se remontan a 1785, por lo menos. Una copia de las normas del «Phoenix, or Society of Compositors» que se reunían en la taberna «The Hole in the Wall», en Fleet Street, muestra que esta organización fue instituida el 12 de marzo de 1792. En 1798 algunos miembros de la «Sociedad de Socorros Mutuos de los Impresores» (Pressmen’s Friendly Society) fueron acusados de conspiración por el hecho de reunirse con el propósi­to de restringir el número de aprendices (trataban de limitarlos a tres para siete imprentas). Aunque el secretario de la «Sociedad de Maestros Tipógrafos» había pedido a estos trabajadores que asistieran a la reunión, en la que se discutiría esa cuestión conflictiva, fueron condenados y sentenciados a dos años de prisión (Conflicts of Capital and Labour, op. cit., 1890, p. 92).

[49] Asamblea de los miembros más calificados de una cofradía o corporación gremial. En Castilla se le denominaba visualmente cabildo. [N. del T.]

[50] En el primitivo sistema judicial inglés, la assize o assise era un tribunal, integrado normalmente por doce miembros, convocado especialmente para otros determinados casos. En realidad, actuaba como un jurado, salvo por el hecho de que la sentencia se fundaba en su propio conocimiento e investigación, no en las pruebas aducidas. Posteriormente, el término Assizer pasó a designar las sesiones que se celebraban periódicamente en cada uno de los condados de Inglaterra por la administración de justicia civil y criminal por jueces que actuaban en comisión especial, normalmente asistidos por un jurado del condado. [N. del T.]

[51] Para el conocimiento de este interesante caso estamos en deuda con las investiga­ciones del profesor George Unwin en los archivos de la Feltmakers’ Company, en cuyo «Court Book» se encuentra el documento. Véase Industrial Organization in the 16th and I7lh Centuries, de George Unwin, 1904; véase también George Unwin, «A Seventeeth Centlury Trade Union», en Economic Journal, 1910, pp. 394-403, el capítulo «Mediaeval Jour­neymens Clubs» en Sir William Ashley, Surveys. Historic and Economic, Londres, 1900.

[52] House of Commons Journals, vol. XXXVI; 8 Eliz., cap. 2; I James I, c. 14, 17 Geor­ge III, cap. 55; Place MSS. 27799-68; Committee on Artisans and Machinary, 1824. Véase también Industrial Democracy, p. 11; Georges Unwin, «A Seventeenth Century Trade Union», en Economic Journal, 1910, pp. 394-403; G. Howell, Conflicts of Capital and Labour, p. 83. La organización siguió existiendo, al menos en su forma local; pero el actual «Journeymen Hatters’ Trade Union of Great Britain and Ireland» hace remontar su existen­cia sólo a 1798. En 1806 los sastres de MacClesfield fueron acusados de conspiración al ini­ciar una huelga para conseguir salarios más altos y condenados a una pena de prisión de doce meses. La obra de Thomas Mulineaux, The trial of W. Davenport… Hatters of MacClesfield for a Conspiracy against their Masters… (1806), ofrece muchos detalles sobre esa organización.

[53] La obra de F. W. Galton, The Tailoring Trade, 1896, ofrece una historia completa de esa industria.

[54] Campbell, The London Tradesman, 1747, p. 192.

[55] The Trade of England Revived, 1681, p. 36.

[56] House of Commons Journals, vol. XIX, pp. 416, 424, 481; The Case of the Master Taylor residing within the Cities of London and Westminster, in relation to the great abuses committed by their journeymen; an Abstract of the Master Taylors’ Bill before the Honourable House of Commons, with the Journeymen’s Observations on each clause of the said Hill; The Case of the Journeymen Taylors residing in the Cities of London and Westminster (todos en 1920). Estos y otros documentos relacionados con las asociaciones en este oficio han sido publicados ahora en un volumen muy útil (The Tailoring Trade, de F. W. Galton, 1896), con una detallada bibliografía.

[57] David Hugson, London, 1881, pp. 392-393; House of Commons Journals, vol. XXIV; Place MSS. 27799, pp. 4-5. The Case of the Journeymen Taylors in and about the Cities of London and Westminster (7 de enero de 1745).

[58] Gentlemen’s Magazine, 1750, 1768.

[59] Select Committee. Una comisión establecida en la Cámara de los Comunes e integra­da por un pequeño número de miembros para la investigación de una materia específica. [N. del T.]

[60] Place MSS. 277799-10; véase The Life of Francis Place, 1771-1854, del profesor Graham Wallas, 1898, 2.a ed. Hay pruebas de la existencia de organizaciones muy similares en otras ciudades. En Birmingham, por ejemplo, hubo una huelga sistemáticamente organiza­da en 1777 contra la reducción de los salarios, que se prolongó durante algunos meses (Langford, Century of Birmingham Life, pp. 225, etc.; F. W. Galton, The Tailoring Trade, 1896).

[61] A Declaration ofthe Estate of Clothing now used in this Realme of England, de John May, Deputy Alnager, 1613, 51 páginas, en B. M. 712, g. 16, un volumen que contiene mu­chos interesantes opúsculos sobre las manufacturas de lana entre 1613 y 1753. Ya en 1622, un año de depresión de la actividad en este sector, tenemos noticias de numerosos motines y tumultos entre los tejedores del este de Inglaterra, en especial entre los de ciertas ciuda­des de Devonshire que recorrieron las calles solicitando trabajo o comida (Quarter Sessions from Elisabeth to Anne, por A. H. A. Hamilton, 1878, pp. 95-96). Pero no se dispone de pruebas de la existencia de asociaciones duraderas en una fecha tan temprana.

[62] MS. Minutes, Court Book of the Clothworker’s Company, 10 de diciembre de 1675; 16 de agosto de 1682; Industrial Organisation of the Sixteenth and Seventeeth Centuries, de George Unwin, 1904, p. 199.

[63] Martin Dunsford, History of Tiverton, Exeter, 1790.

[64] House of Commons Journals, vol. XVIII, p. 715, 5 de febrero de 1717. Petición de Tiverton y Exeter al mismo efecto.

[65] Hughson, London, p. 337. Esta proclamación fue reimpresa en Notes and Queries, 21 de septiembre de 1867, a partir de una copia conservada en el Sun Fire Office.

[66] Véase las peticiones de Exeter y Darmouth, 24 de febrero de 1723, vol. XX, pp. 268-269, y las de Taunton, Tiverton, Exeter y Bristol, 3 y 7 de marzo de 1725, vol. XX, pp. 598, 602, 648. En 1729 los tejedores de Bristol «mientras la corporación se encontraba en misa» atacaron violentamente la casa de un odiado empresario y tuvieron que ser repri­midos por las tropas (History of Bristol, p. 261, de J. Evans, Bristol, 1824). En 1783 for­zaron a los pañeros a firmar un acuerdo por el que se comprometían para siempre, de aho­ra en adelante «a pagar quince peniques por cada yarda de tejido, bajo pena de 1.000 libras (Gentlemen’s Magazine, 1738, p. 658; véase también «An Essay on Riots, their Causes and Cure» publicada en el Gloucester Journal y recogida posteriormente en el Gentlemen’s Ma­gazine, 1739, pp. 7-10). En 1756 hubo un amplio e importante levantamiento (véase A Sta­te of the Case and Narrative of Facts relating to the late Conmotion and Rising of the Weavers in the County of Gloucester, en la Gough Collection de la Bodleian Library).

[67] En el Tour de Defoe, vol. III, pp. 97-101, 116 (1724). John Bright hace referencia al aprendizaje de su padre hacia 1789, «un hombre de la mayor valía que tenía unos pocos acres de tierra, una pequeña granja y tres o cuatro telares en su casa» (discurso recogido en Beehive, 2 de febrero de 1867). Cartwright, Chapters of Yorkshire History, nos ofrece una exposición menos optimista de los pañeros del Yorkshire que eran, incluso en el si­glo XVII, meros asalariados.

[68] James Thompson, History of Leicester, 1849, pp. 431-432.

[69] A Short Essay upon Trade in General, by «A Lover of his Country», 1747, citado por James en Hislory of the Worsted Manufactures in England, p. 232.

[70] Véase, como corroboración, Leicester Herald, 24 de agosto de 1793; Morning Chronicle, 13 de octubre de 1824; Place MSS, 27801-246, 247.

[71] Los tejedores de seda de Dublín, debido quizá a haber sido durante mucho tiempo refugiados hugonotes en una ciudad católica romana, parecen haber establecido asociacio­nes desde la primera parte del siglo XVIII (véase, por ejemplo, The Case of the Silk and Wors­ted Weavers in a Letter to a Member of Parliament, Dublín, 1749, 8 páginas). Comparar con A Short Historical Account of the Silk Manufacture in England, de Samuel Sholl, 1811, y con la obra de J. J. Webb, Industrial Dublin since 1698 and the Silk Industry in Dublin, 1913.

[72] Las condiciones de los tejedores de géneros de punto quedan bastante bien de manifiesto en la detallada Parliamentary Inquiry, cuyas actas llenan quince páginas de los Journals of the House of Commons, vol. XXVI, 19 de abril de 1753. Véase también los vols. XXXVI y XXXVII, y el Informe del Committee on Framework Knitters’ Petitions, 1812, y la obra de C. H. Howell, Conflicts of Capital and Labour, 1890. La obra de Felkin, History of Machine —wrought Hosiery and Lace Manufactures—, 1867, contiene una exhaustiva descripción del oficio basada en la History of the Framework Knitters, de Gavener Henso, 1831, un texto raro en la actualidad, del que además sólo se publicó el primer volumen.

[73] Sheffield Iris, 7 de agosto y 9 de septiembre de 1790. La Scissorsmiths’ Friendly Society, citada por el Dr. Brentanno, fue establecida en abril de 1791. Otras sociedades de socorros mutuos de otros oficios de Sheffield parecen datar de un período más temprano.

[74] Sir J. A. Picton, Memorials of Liverpool, 1875; A Digest of the Evidence before the Committee on Artisans and Machinery (George White, 1824, p. 233); George Howell, Con­flicts of Labour and Capital, 1890, pp. 82-83.

[75] Report of Committee on the Woollen Manufacture, 1806, p. 16; véase también, G. Howell, Conflicts of Labour and Capital, op. cit., 1890.

[76] Véase cap. 3.

[77] En el volumen titulado Tracts Relating to Trade en British Museum, 816, m. 13.

[78] Reasons against the designed leather imposition on gloves, B. M. 816, m. 13.

[79] Más tarde tendremos ocasión de referimos a la ausencia de un sindicalismo efectivo en esos oficios, que todavía siguen dirigidos por pequeños maestros que son ellos mismos trabajadores.

[80] Se ha solido dar por cierto que los gremios de artesanos, en su mejor período, in­cluían prácticamente a la totalidad de la población trabajadora, lo que parece infundado. El sistema gremial no se extendió en ningún momento más que a los artesanos especializa­dos, junto a los cuales trabajaron siempre un gran número de simples jornaleros que no habían realizado el aprendizaje y que percibían salarios inferiores a la mitad de los de los artesanos de los oficios. Nos atrevemos a sugerir que es muy dudoso que los gremios de artesanos llegaran a contar con una proporción de la población trabajadora tan elevada como la de los sindicatos en el momento actual. Véase Industrial Democracy, p. 480.

[81] Durante el siglo XVIII se mencionan ocasionalmente «tumultos» o huelgas entre los mineros del carbón, pero no se habla de asociaciones permanentes. Véase para los de Somerset, Cartmartshire, etc., en 1757, el Gentlemen’s Magazine de ese año, pp. 90, 185, 285, etc. En 1765 hubo una huelga prolongada contra el «contrato anual» de los mineros de Durham (Calendar of Home Office Papers, 1765; Sykes, Local Records, vol. I, p. 254).

Los trabajadores que cargaban el carbón en el Tyne se «amotinaron» en 1654 y 1671 «para conseguir un incremento de sus salarios», y hubo huelgas muy duras en 1710, 1714, 1750, 1771 y 1794. No tenemos, sin embargo, información alguna sobre sus asociaciones que fue­ron, probablemente, efímeras (Syke, Local Records; Richardson, Local Historian’s Table Book; Gentlemen’s Magazine, 1750).

[82] Nos han llegado numerosos ejemplos que manifiestan la violencia y agresividad de los cardadores de lana; los anuncios de los empresarios en el Nottingham Journal del 31 de agosto de 1795, y en el Leicester Herald de junio de 1792 no son más que dos ejemplos en­tre otros muchos relatos de esa índole.

[83] Jubilee Souvenir History of the Amalgamated Society of Engineers, 1901, p. 12.

[84] Trade Club. El club o círculo de los obreros pertenecientes a un oficio determinado. [N. del T.]

[85] El que estos clubs eran algo común en los oficios artesanos en Londres ya en 1720, pone claramente de manifiesto en el siguiente extracto de The Case of the Master Taylor residing within the Cities of London and Westminster, una petición que dio lugar a la Ley de 1720: «Esta coalición de los oficiales de la sastrería… es un ejemplo muy malo para los oficiales de otras profesiones, como se ha visto sobradamente en el caso de los adobadores, herreros, herradores, trabajadores en la fabricación de velas de barcos y de carruajes, y otros artífices de diversas artes y oficios, que han establecido efectivamente confederaciones de carácter similar, mientras que los carpinteros de obra, los albañiles y los carpinteros de taller han dado algunos pasos en ese sentido y están a la espera de lo que pasa con otros.» Los maestros de la sastrería en su petición de 1745, hacen referencia al gran número de «Monthly Clubs» entre los artesanos de Londres. En relación con los adobadores de esta época, véase Place MSSS, 27801-246, 247.

Es interesante señalar aquí que aunque las huelgas, como hemos tenido ocasión de ver, se remontan al siglo XIV, la palabra «huelga» (strike) no se utilizó habitualmente en este sen­tido hasta la última parte del siglo XVIII. El Oxford Dictionary ofrece el primer ejemplo de su aplicación en 1768, año en el que el Annual Register se refiere a que los sombrereros han hecho huelga (having «struck») para conseguir un aumento de sus salarios. Parece de­rivar del término marinero de arriar («striking») el mástil, es decir, de detener el movimiento

[86] Hasta tal punto es así que el Dr. Brentanno afirma que los «sindicatos se originaron a causa del incumplimiento del Estatuto isabelino de Aprendices» (p. 104), y que su primer objetivo fue, en todos los casos, el tratar de hacer cumplir la ley existente sobre esta cuestión.

[87] Preambulo a «An Act Touching Weavers» (2 and 3 Philip and Mary, cap. XI); véase Froude, History of England, vol. I, pp. 57-59, y W. C. Taylor, Modern Factory System, pp. 53-55.

[88] Un tipo de telar mecánico. [N. del T.]

[89] Después de la ampliación llevada a cabo por James I., cap. 6, y 16 Car. I, cap. 4; véase R. versus Justices of Kent, 14 East, 395.

[90] Véase sobre estos aspectos: Cunningham, History of English Industry and Commerce; Hewins, English Trade and Finance chiefly in the 17th Century; Thorold Rogers, History of Agriculture and Pnces, vol. V, pp. 625-626. Adam Smith observa que la fijación de los salarios había «caído enteramente en desuso» en 1776 (Wealth of Nations, libro I, cap. 10, p. 65), afirmación que era cierta en términos generales, si bien en los manuscritos de las actas de las Quarter Sessions se encuentran todavía durante medio siglo más determinacio­nes de los salarios.

[91] Es el tema constante de los numerosos folletos o Tracts relating to Trade de 1688-1750 que se conservan en el Museo Británico, la Guidhall Library y la Goldsmith Company’s Library de la Universidad de Londres.

[92] En Inglaterra e Irlanda eran tribunales ordinarios, con una jurisdicción civil y crimi­nal limitada, y también de apelación, integrados por los jueces de paz en los condados (en Irlanda por los jueces de condado) y por los jueces en los municipios; celebraban sus se­siones cuatro veces al año, trimestralmente. En Escocia funcionaban exclusivamente como tribunales de sesión o apelación. [N. del T.]

[93] Privy Council Minutes de 1726, p. 310 (no publicadas); véase también House of  Commons Journals, vol. XX, p. 745 (20 de febrero de 1726).

[94] Privy Council Minutes, 4 de febrero de 1726.

[95] House of Commons Journals, vol. XIX, p. 181 (5 de diciembre de 1789).

[96] Petición de «Several weavers of Woolen Broadcloth on behalf of themselves and several thousands of the Fraternity of Woollen Broadcloth Weavers» (House of Commons Journals, vol. XXVII, p. 503; véase también pp. 730-732).

[97] 22 Geo. II, cap. 27.

[98] 28 Geo. II, cap. 33.

[99] Repost of Committee on Petitions of West of England Clothiers, House of Commons Journals, vol. XXVII, pp. 730-732.

[100] Para todos estos procedimientos véase House of Commons Journals, vol. XXVII.

[101] House of Commons Journals, vol. XXXVI, p. 7, 1 de noviembre de 1776.

[102] House of Commons Journals, 13 y 19 de abril de 1753, vol. XXVI, pp. 764, 779; Felkin, History of the Maching wrought Hosiery and Lace Manufacture, p. 80; Cunningham, Growth of English Industry and Commerce in Modern Times, 1903, vol. I, p. 663.

[103] Gilds and Trade Unions, pp. 115-121

[104] Literalmente «sistema del sudor». En Gran Bretaña se denominaba así a una moda­lidad del trabajo a destajo o por piezas, aplicada en diversos oficios, que entrañaba un ni­vel máximo de explotación del trabajador. Se basaba, en efecto, en la presencia de un in­termediario entre el capitalista y el asalariado, cuya ganancia procede exclusivamente de la diferencia entre el precio de trabajo que pagaba el capitalista y la parte de ese precio que llegaba efectivamente al trabajador, en general, «miserablemente desproporcionada» como so afirma en un informe oficial. [N. del T.]

[105] House of Commons Journals, vols. XXXVI y XXXVII.

[106] House of Commons Journals, vol. XXXVI, pp. 192, 240, 268, 287, 1777; Act Geo. III, cap. 55 que deroga 8 Eliz. cap. 2 y I Jac. I.

[107] 5 Geo. III, cap. 48; véase Annual Register, 1765, p. 41; Cunningham, Growth of English Industry and Commerce in Modern Times, 1903, pp. 519, 796.

[108] Act. Geo. III, cap. 68; véase A Short Historical Account of the Silk Manufacture in England, de Samuel Sholl, 1811.

[109] Ibíd., p. 4.

[110] Reports on Petitions of Cotton Weavers, 1809 and 1811.

[111] El período entre 1795 y 1815 se caracterizó por «momentos de escasez que en diversas ocasiones condujeron casi a situaciones de hambruna» (Thorold Rogers, History of agriculture and Prices, vol. I, p. 692).

[112] Minutes of Evidence and Report of the Committee on the Petition of the Journeymen Calico printers, 4 de julio de 1804 y 17 de julio de 1806. Véase también el discurso de Sheridan recogido en los Parliamentary Debates de Hansard, vol. IX, pp. 534-538.

[113] 43 Geo. III, cap. 136. Continuaron en los años siguientes hasta la derogación defi­nitiva, en 1809, de la mayoría de las leyes reguladoras de las manufacturas laneras (49 Geo. III, cap. 109; véase Cunningham, 1903, vol. II, p. 659).

[114] Fue reimpresa en el 121 Quarterly Report of the Amalgamated Society of Boot and Shoemakers. Las actas fueron recogidas por la Friendly Society of Cordawainers de Ingla­terra, «instituida el 15 de noviembre de 1784». George White ofrece en su obra A Digest of the Evidence before the Committee of Artisans and Machinery, muchos datos sobre la Bootmaker’s Society de Londres, que mantenía correspondía con setenta u ochenta sociedades pro­vinciales (1824, p. 97).

[115] El profesor Poxwell ha puesto amablemente a nuestra disposición una serie única de opúsculos relacionados con estas cuestiones, que se encuentran en la actualidad en la Company’s Library de la Universidad de Londres, entre los que se encuentran las Memorials de los oficiales y los patronos, el Report in the Process, de Robert Bell, y la Scale of Prices, establecida por el tribunal. El Scottish Typographical Circular, junio de 1858, pro­porciona un relato completo de estos acontecimientos.

[116] Véanse los dos Reports of the Committee on the Petitions of the Cotton Weavers, 12 de abril de 1808 y 29 de marzo de 1809, y la declaración de Richmond ante el Committee on Artisans and Machinery, 1824, Second Report, pp. 59-64.

[117] Ahora se encuentra en la British Library of Political Science de la London School of Economics.

[118] R. versus Justices of Kent, 14 East, 395; véase F. D. Longe, Inquiry into the Law of Strikes, 1860, pp. 10-11.

[119] Geo. III, cap. 40 (1813).

[120] Las leyes de Spitalfields referentes a los tejedores de seda no fueron derogadas, sin embargo, hasta 1824; los últimos apartados de 5 Eliz., cap. 4 no fueron formalmente derogados hasta 1875.

[121] White, Digest of all the laws at present in existence respecting Masters and Work-people, 1824, p. 59. Place escribió a Wakefield el 2 de enero de 1814: «El asunto de Serjeant Onslow salió, en parte, de mí; pero no sospechaba de ninguna manera que fuera a tener una repercusión tan grande como la que ha tenido y probablemente va a seguir te­niendo.» (Graham Wallas, Life of Francis Place, p. 159).

Todas las peripecias de este caso pueden seguirse particularmente bien en los House of Commons Journals de 1813 y 1814, vols. LXVIII y LXIX, y en los Hansard’s Parliamen­tary Debates, vols. XXV y XXVII. La posición de los patronos se presenta en un folleto, The Origin, Objet, and Operation of the Apprentice Laws, que se conserva en The Panfleteer, vol. III. La posición contraria se encuentra en la Resolution of the Masters Manufac­turers and Tradesmen of the Cities of London and Westminster on the Statute 5 Elix., cap. 4, 1814, 4 páginas (B. M., 1882, d. 2). Los argumentos contemporáneos a favor de la libertad se exponen en la obra de G. Chalmers, An Estimate of the Comparative Strenght of Great Britain, 1810; véase también Cunningham, 1903, vol. II, p. 660. La Notthingham Library posee una copia única de los Articles and General Regulation of a Society for obtaining Par­liamentary Relief, and the Encouragement of Mechanics in the Improvement of Mechanics, impresa en Nottingham en 1813. Parece haber sido una federación de sociedades de teje­dores de géneros de punto, y posiblemente de algunas otras actividades, encaminada a llevar a cabo una acción parlamentaria y a la defensa del oficio. Su establecimiento en 1813 está, probablemente, en relación con el movimiento para la reinstauración de las Leyes sobre los Aprendices.

[122] Report of the Committee on the State of the Woollen Manufacture in England, 4 de julio de 1806, p. 12.