Los destructores de máquinas

The Machine Breakers, Eric Hobsbawm. Past and Present nº 1 (Febrero 1952).

Quizá ya va siendo hora de reconsiderar el problema de la destrucción de máquinas durante la temprana historia industrial de Gran Bretaña y demás países. La confusión que rodea a esta temprana lucha obrera aún está muy extendida, incluso entre los historiadores especializados. Así, un excelente trabajo, publicado en 1950, sigue describiendo el ludismo simplemente como una “jaquerie industrial delirante y sin sentido”, y una eminente autoridad, que ha contribuido más que nadie a nuestro conocimiento del tema, pasa por los disturbios endémicos del siglo XVIII sugiriendo que se trataba de torrentes de excitación y entusiasmo[1]. Esta confusión se debe, pienso, a la persistencia de las opiniones acerca de la introducción de la maquinaria elaboradas a comienzos del siglo XIX, así como a las opiniones acerca del trabajo y la historia del sindicalismo formuladas a finales del siglo XIX, principalmente por los Webb y sus discípulos fabianos. Quizá haya que distinguir entre varias perspectivas y conjeturas. En buena parte de los debates acerca de la destrucción de máquinas uno todavía puede percibir las ideas de los apologistas económicos de la burguesía del siglo XIX, sobre que los trabajadores deben aprender a no dirigir sus pensamientos contra la verdad económica, siempre desagradable; o las de los fabianos y liberales, sobre que los métodos de intimidación en la actividad sindical son menos efectivos que la negociación pacífica; o las de ambos, sobre que el temprano movimiento obrero no sabía lo que estaba haciendo, sino que tan solo reaccionaba, a tientas y a ciegas, a la presión de la miseria, al igual que los animales en el laboratorio reaccionan a las corrientes eléctricas. La opinión consciente de la mayor parte de estudiosos se puede resumir así: el triunfo de la mecanización era inevitable. Podemos comprender y sentir simpatía por esta actividad de retaguardia en la que todos los obreros, excepto una minoría de trabajadores favorecidos, combatieron contra este nuevo sistema; pero debemos aceptar su vacuidad y su inevitable derrota.

Las conjeturas implícitas son completamente debatibles. En estas perspectivas conscientes obviamente hay buena parte de verdad. Ambas, no obstante, esconden buena parte de la historia. Así pues, hacen imposible ningún verdadero estudio sobre los métodos de la lucha obrera en el periodo preindustrial. Sin embargo, este estudio es enormemente necesario. Una rápida ojeada al movimiento obrero del siglo XVIII y de la primera parte del XIX muestra lo peligroso que es hacerse la idea de una revuelta y retirada desesperadas, tan familiar entre 1815-1848, ya lejos en el tiempo. Dentro de sus límites (y estos eran intelectual y organizativamente muy restringidos), los movimientos que se desarrollaron durante el largo boom económico que terminó con las guerras napoleónicas no fueron insignificantes ni fracasaron completamente. Buena parte de su éxito quedó oscurecido por las derrotas posteriores: la potente organización en la industria lanera del oeste de Inglaterra declinó completamente, para no resurgir hasta el ascenso de los sindicatos generales durante la primera guerra mundial; las sociedades de oficios de los obreros de la lana belgas, lo bastante fuertes como para ganar virtualmente convenios colectivos en los años 1760, desaparecieron tras 1790, y hasta la primera década del siglo XX el sindicalismo estuvo a efectos prácticos muerto[2].

Sin embargo no hay excusa para pasar por alto la potencia de estos tempranos movimientos, sobre todo en Gran Bretaña; y a menos de que nos demos cuenta que la base de este poder residía en la destrucción de máquinas, los disturbios y la destrucción de la propiedad en general (en términos modernos, sabotaje y acción directa), no comprenderemos nada acerca de ellos.Continue Reading