Estudio económico Capital-Trabajo

Introducción al Estudio económico (Capital /Trabajo) 

El denominado Estudio económico (Capital/Trabajo) que aquí se presenta encaja bien en la definición de “texto de combate”, pese a su temática. Sencillo, directo y conciso; ajeno a la fingida solemnidad o la faramalla pomposa que tan habitual resulta en otros contenidos categorizados bajo la misma etiqueta. Antes al contrario, este Estudio económico tiene también algo de notas de trabajo, de borrador inacabado o redactado a vuelapluma con la premura y urgencia que imponen unos acontecimientos cambiantes y una participación activa en el decurso de los mismos. Nada urge más a la reflexión que la praxis consciente. La paradoja que encierran los grandes momentos de la lucha proletaria es que los textos por ella engendrados envejecen velozmente; casi sin haber nacido, se vuelven caducos. Su carácter efímero es sólo comparable al de la completa ignorancia en la que viven sumidos durante los tumultos. Sólo cuando estos quedan relegados a los anales y anaqueles de la historia, ganan algo de reconocimiento y son objeto de estudio. Esto es lo que verdaderamente define a un texto de combate, a un escrito que responde a las necesidades de la concomitancia histórica y que, partiendo de las experiencias y enseñanzas previas, ofrece una propuesta de acción para dar cuenta de los retos y dificultades que determinan diacrónicamente su emergencia. Será entonces, pues, cuando resulten analizados, debatidos, consagrados o vituperados; testimonios escritudiarios de las mismas potencialidades, limitaciones y contradicciones del proceso revolucionario que los engendró, la pérdida de su sentido histórico inmediato es su verdadera prueba de fuego. En tal caso, corresponde a esta introducción enjuiciar si el Estudio económico del grupo MIL-GAC ha superado el corte, si las lecciones en él contenido sirven a los trabajadores de la actualidad para aprender de los tiempos pasados y enfrentar los desafíos del porvenir en mejores condiciones.

Este Estudio económico (Capital/Trabajo) constituye uno de tantos esfuerzos de clarificación teórico-política que se produjeron entre organizaciones más o menos capaces de apropiarse de los intereses inmediatos e históricos del proletariado durante el periodo histórico que va desde finales de los años sesenta hasta mediados de los setenta, aproximadamente una década en la que se multiplicaron los focos de insurrección obrera por todo el mundo, sin poca coordinación entre ellos, ciertamente, pero con una amplitud y potencia como no se habían conocido desde el periodo de entreguerras. Las profundas transformaciones de la técnica productiva y la subsiguiente emergencia de nuevos sectores económicos de empleo intensivo de mano de obra superflua en otras áreas, la incorporación al mercado laboral de una nueva generación de jóvenes trabajadores que no cargaban en sus espaldas el peso ideológico de la contrarrevolución, y la pérdida casi absoluta de la legitimidad entre la masa obrera de las organizaciones políticas y sindicales con fuerte arraigo en ella, conformaron un polvorín que prendió cuando los estertores de los años de bonanza posteriores a la reconstrucción vinieron a agravar la ya de por sí precaria situación económica a nivel mundial. El impacto global del incremento súbito y generalizado de los precios del petróleo fue posible en virtud de los desequilibrios estructurales que se habían gestado durante los años previos, entre ellos, la fuerte dependencia de una gran industria de transformación progresivamente menos rentable y que expulsaba de su seno a una ingente cantidad de mano de obra. Antes incluso de que los países productores de petróleo decidieran boicotear a Israel y aliados en la guerra de Yon Kippur con un alza generalizada de los precios de tan trascendental materia prima, el desempleo masivo cundía a sus anchas por las principales economías mundiales. Por tanto, como en tantas otras ocasiones, las luchas por mejoras laborales terminaron acompasándose con los conflictos derivados de los sucesivos despidos y los cierres de empresas[1], un semillero de conflictividad a escala planetaria al que el Estado español no resultó ajeno.

El descrédito de las viejas organizaciones sindicales y políticas era poco menos que absoluto. Puede que el peso de la contrarrevolución no se dejase notar en la nueva generación de sangre obrera incorporada a la lucha, pero sí lo hacía la política de completa claudicación e integración a los engranajes del Estado y las componendas con los intereses del capital. No era simplemente cuestión de unas siglas, unos símbolos o unas tradiciones arraigadas en unos cuadros; la misma noción de “partido” o “sindicato” encontrábase completamente obsoleta a ojos de muchos proletarios, habida cuenta de que las condiciones históricas que habían posibilitado esa diferenciación entre estructuras de encuadramiento militante tiempo ha que habían sido suprimidas[2]. Al proletariado se le imponía como tarea, a nivel tanto teórico como político, explorar y explotar nuevas formas de organización que permitiesen llevar a efecto esa búsqueda instintiva a la par que consciente de la máxima unidad organizativa y la mayor clarificación teórico-política posible de los cuadros de la clase obrera militante, guiando una praxis consecuente que, lejos de mejoras parciales, se imponía la necesidad de avanzar hacia la abolición del trabajo asalariado. No sin dificultades ni dolores de parto, se fue gestando progresivamente el movimiento conocido como Autonomía Proletaria, uno de los episodios de la lucha de clases más fértil en enseñanzas a la par que desconocido, extendido por multiplicidad de países sin corresponderse a las especificidades de ninguno; tan polimórfico como polisémico es el nombre mismo con el que se le denomina.

No son pocas las diferencias experiencias históricas, las aproximaciones teóricas y tradiciones organizativas que se reclaman de la Autonomía Obrera, aunque son muchas más aquellas que, sin saberlo y/o pretenderlo, pueden tomarse en la distancia histórica como notables ejemplos de la misma. En términos generales, y siempre con carácter aproximatorio e inconcluso, se podrían ofrecer una relación de las principales notas distintivas de este movimiento en el seno de la lucha de clases, tales como:

  • Rechazo de los viejos encuadramientos organizativos basados en la diferenciación y especialización en las tareas. Sin dejar de ser el fruto de una unificación de posturas sobre el limo de la lucha económica, las organizaciones surgidas y/o reivindicadas de esta tradición no se consideraban un sindicato. Por su parte, en la medida en la que no se pretendían como una vanguardia militante, sino como un vehículo de adquisición de conciencia colectiva de clase a través de la recuperación y actualización de las lecciones históricas del movimiento obrero, no eran stricto sensu una organización política. El permanente contacto con la lucha obrera era una de las grandes preocupaciones para estos grupos, que nunca dejaban de estrechar lazos (a veces, valiéndose de contactos personales) con los distintos colectivos de trabajadores en huelga y/o organizados mediante asambleas en el puesto de trabajo. Como decía el propio MIL-GAC, no querían ser “vanguardia ni retaguardia”, sino formar parte misma de la lucha de clases en crecimiento.
  • En línea con las teorizaciones más fecundas del marxismo revolucionario, estos grupos entendían la interrelación dialéctica entre el combate económico y el combate político, por lo que no sólo no rechazaban participar en ninguno de los dos planos, sino que no concebían posible una praxis consecuente que no considerase conjuntamente ambas dimensiones. Son varios los factores que explican este particular, aparte del amplio alcance de miras logrado por muchos de estos grupos en el decurso del combate. Entre otros, la inestabilidad económica a escala global no permitía garantizar mejoras globales y sostenibles en el tiempo para el conjunto de la clase, como quedó demostrado en Francia tras el alza de los salarios más de un 50% a raíz del Mayo del ’68, a la que siguió una inflación galopante. A su vez, conforme la conflictividad crecía y la demanda por mejoras quiméricas (que no eran posibles en las condiciones del capitalismo abocado a la crisis) echaba a la calle a más y más trabajadores, la represión se generalizó hasta convertirse en la única respuesta efectiva por parte de los aparatos represivos del “Consejo de administración de la burguesía”, como llamaba Marx al Estado. De tal lid, la abolición del trabajo asalariado se convertía en la más acuciante tarea para el proletariado militante de la Autonomía Obrera.
  • La asamblea de trabajadores, de debates abiertos y votación a mano alzada, era el único órgano de lucha reconocido como tal (lo que extendería la noción de “Autonomía Proletaria” más allá de los límites de la autodesignación). Estas asambleas no sólo permitían a los trabajadores reconocerse como iguales en la lucha y tomar decisiones conjuntamente, sino que eran igualmente vehículos de estructuración de la solidaridad entre trabajadores. Por ejemplo, en no pocos casos, la asamblea se encargaba de poner en común el salario diario de los obreros y repartirlo equitativamente para que, quienes no habían podido entrar ese día a trabajar, pudieran seguir sobreviviendo.
  • La obra de propaganda y proselitismo de los grupos reivindicados de todas las posturas anteriores daba buen reflejo de las susodichas: nunca intervenían en las asambleas como una sola voz, la voz de una nueva organización, sino que el rigor y la validez de sus posturas era aval más que suficiente[3].

Por supuesto, sobre el papel, la realidad es mucho más sencilla de lo que luego acaecía en la realidad. Si bien la superación de la vieja dicotomía partido/sindicato era un máximum, no en pocas ocasiones el accionar de algunos grupos y grupúsculos se asemejaba propiamente al de un sindicato al uso. Por otro lado, ¿qué tipo de intervención es la suya sino política? Indagan en las lecciones de la lucha pasada para extraer enseñanzas válidas para su momento, intervienen en la lucha de clases con una postura conjunta y consensuada al interior de sus propias estructuras organizativas, tratan de mantener siempre el más estrecho vínculo con la clase obrera (a través de organismos, como son las asambleas, que asumen a la misma vez tareas económicas y políticas) para convertirse en uno de los catalizadores del proceso de adquisición de conciencia. En todo caso, la insuficiente formación teórica, la dispersión geográfica de muchas de las experiencias organizativas de este tipo (a la sazón, existentes allí donde las asambleas toman el protagonismo en la lucha de los trabajadores) y las dificultades para resultar verdaderamente influyentes, impidieron lograr aproximaciones y confluencias que hubiesen puesto inmediatamente sobre la mesa la necesidad de asumir la constitución de un partido, una única sigla y una única estructura a cuyo amparo se hubiesen desarrollado todas las actividades propias de estos colectivos (formación y debate en las escuelas de partido, intervención en las asambleas, elaboración de panfletos y prensa, etc.).

No ha faltado, sin embargo, quien ha querido encontrar en la Autonomía Proletaria una suerte de reedición de las posturas anarcosindicales de primera época, las cuales, en efecto, surgieron como contrapunto del reformismo reinante entre las organizaciones socialdemócratas de principios de siglo XX. Muchos anarcosindicatos, verbigracia la propia CNT española (sí, la de los ministros en la Generalitat de Catalunya y el gobierno de Valencia; más recientemente, la del apoyo a los grupos rebeldes financiados por Arabia Saudí en la Guerra Civil siria), alimentan esta nada ingenua confusión política arrogándose simbólicamente –en términos políticos les sería imposible– la paternidad o incluso la esencia misma de este movimiento. Sin embargo, tal asimilación aberrante tiene poco recorrido: los grupos y militantes que, de verdad, apostaban por la superación de la lucha económica y política buscaron en el marxismo revolucionario la guía teórico-política a su accionar; a ellos se debe, en buena medida, la recuperación y actualización de muchas obras y teorías propias del mal denominado “comunismo de consejos”. Así, la Autonomía Proletaria no sólo no asimilaba la noción de lucha política al mero circo electoral (como tampoco subsumía lo económico a lo meramente sindical), negando por ende la necesidad de la toma del poder político por parte del proletariado; sino que siempre entendió la misma como resultado necesario del mayor grado de unificación de las filas proletarias en torno a la defensa de unos intereses inmediatos que, en el periodo de decadencia del sistema capitalista, sólo pueden garantizarse de modo efectivo mediante la conquista del poder político y el comienzo de la edificación del comunismo. Que tales debates pudieran darse abiertamente en el seno del movimiento obrero, y que su eco retumbase entre las paredes de fábricas y centros de trabajo varios, da una idea del grado de madurez y extensión de la conflictividad social propia de este periodo[4].

Un ejemplo palmario de lo anteriormente dicho se encuentra en el mismo texto que estas líneas prologan. El Estudio económico (Capital/Trabajo) comienza reconociendo que pretende ser una guía para los trabajadores que se vieron envueltos en los diferentes conflictos por la firma de los nuevos convenios colectivos en España en 1972, y termina consignando la necesidad de destruir el sistema de trabajo asalariado. Más adelante veremos cómo es posible llegar de uno a otro punto, y los tropiezos sufridos en el camino. Pero lo verdaderamente significativo es que está firmado por un grupo armado, el llamado Movimiento Ibérico de Liberación-Grupos Autónomos de Combate (MIL-GAC). Los años sesenta y setenta fueron prolijos en la constitución de guerrillas armadas que apostaban, frente al inmovilismo de los viejos PC’s, por la propaganda por el hecho y el combate cuerpo a cuerpo con las fuerzas de represión del Estado. En casi todos los casos, la senda de actuación estaba guiada por el maoísmo (no por menos, la China de Mao se habían convertido en la nueva “patria del proletariado” frente a una URSS que se consideraba burocratizada e imperialista), y la financiación solía tomar las mismas rutas que la inspiración ideológica para llegar a Occidente. No era el caso del MIL-GAC, que tomaba del marxismo revolucionario su sustrato teórico; más concretamente, del “comunismo de consejos”, cuyos postulados trataron de dar a conocer en la convulsa Barcelona del primer lustro de los setenta mediante la reedición de algunas de sus obras más señeras o, como en el caso que nos ocupa, publicando contenidos propios con los que tratar de aportar una respuesta a las preguntas que el movimiento obrero de la época, en su decurso, había de hacerse de continuo.

La ecléctica condición del MIL-GAC merece un estudio detenido. Desde luego, desborda por completo estas líneas tal propósito, así que, a la sazón, remitimos al lector a la obra El MIL: Una historia política. En ella, Sergi Rosés, su autor, vindica el carácter político de la lucha emprendida, armas en ristre, por los jóvenes acomodados que formaron el grupo en 1971, interesados en “socializar” recursos par poner en marcha una imprenta con la que editar textos desconocidos en español del marxismo y, a su vez, servir de altavoz para los diferentes colectivos en lucha, con la publicación gratuita de sus periódicos o propaganda. No pretendían llevar al proletariado por ningún “sendero luminoso” ni revelarle, cual epifanía, los secretos del comunismo para liberarle desde la periferia hasta el centro[5]. Hasta el mismo nombre, Movimiento Ibérico de Liberación, debe tomarse más como una broma (según Rosés, como un juego de palabras con el que expresar la voluntad de ser muchos, “mil”) que como un propósito. El MIL-GAC se debía a la lucha de clases en ciernes en la convulsa España previa a la Transición (“transacción”) democrática, como pone de manifiesto el contenido mismo de este Estudio económico, y como tal debe ser reconocido.

Dos aspectos interrelacionados son los que llaman la atención, nada más comenzar la lectura, de este trabajo colectivo. El primero, que sea, de hecho, un estudio económico. El segundo, que el susodicho se plantee como objeto el coadyuvar a la catalización de un proceso de adquisición de conciencia por parte de los trabajadores envueltos en la lucha por los convenios colectivos. La formación económica, que tan presente debiera de estar entre los cuadros del proletariado militante, brillaba por su ausencia, y estudios como éste escaseaban. Y no debiera ser la economía una cuestión baladí, pues a los autores les permite delimitar qué estrategias políticas resultan adecuadas, y cuáles no, en virtud de la caracterización que se haga de la situación de la economía española e internacional. De hecho, el mismo prólogo consigna que la ulterior marcha de la economía dejó obsoletos todos los debates previos sobre qué consignas salariales eran asimilables o no por la burguesía, subrayando, con posterioridad, el sinsentido de semejante diatriba: todas las reivindicaciones económicas resultan asimilables por la burguesía, por el orden económico capitalista; de donde se puede derivar una segunda conclusión, que el grupo no ofrece pero que aportamos igualmente al efecto: toda demanda puramente económica, por más transgresora que pretenda ser, resulta quimérica en grado sumo en lo que a sus ínfulas “revolucionarias” respecta. El papel lo aguanta todo, sin duda. El Salario Mínimo Interprofesional puede ser de mil o de dos mil euros. Nos podemos jubilar a los cincuenta años. Podemos trabajar 25 horas semanales, si nos place. En el mundo de la letra escrita abunda la fantasía; la lucha de clases, sin embargo, dicta otras necesidades[6].

No ofrece este Estudio económico, pues, una sencilla reivindicación con la que dar carpetazo al problema que trata de enfrentar. Los primeros conflictos acerca de los convenios colectivos con presencia en las mesas negociadoras de sindicatos elegidos en las elecciones sindicales, no merecen, a ojos del MIL, sino un estudio pormenorizado de las motivaciones económicas y políticas que han llevado al régimen franquista a dar pábulo a las elecciones sindicales y las negociaciones colectivas. En medio del tumulto, ellos ofrecen la distancia y el sosiego. Teoría y praxis en su interrelación dialéctica. Para ello, el trabajo comienza con unos apuntes sobre la organización social de la producción capitalista, su dinámica y contradicciones, y el papel que juega el proletariado en la susodicha, sujeto a la vez explotado y revolucionario. El valor de esta parte estriba, sobre todo, en sintetizar de manera comprensible y directa, sin circunloquio alguno, la doctrina marxista sobre economía política. Pero no por ello exenta de fallos de apreciación significativos, como ahora se verá. Acto seguido, se hace translación de estas nociones generales al caso específico de España, tanto en la trayectoria histórica del franquismo como en la situación del momento en el que se inscribe el estudio. El estancamiento económico a nivel internacional repercute severamente en España, donde la inversión lleva años retraída (será aún peor cuando se dejen notar los efectos del aumento del precio del petróleo), el paro aumenta y, sin embargo, la inflación no abandona su crecimiento geométrico. El aumento de los salarios, ante la carestía de la vida, se convierte en una cuestión de vital importancia. Y si tuviésemos que seguir lo que el MIL-GAC dice acerca del fenómeno de la inflación, entonces no habría lugar a nada que no fuese emplear la estadística económica más precisa para fijar un aumento de precios en línea con el del coste de la vida. Pero no, ellos terminan reivindicando la abolición del trabajo asalariado. Si no hay correspondencia entre el punto al que nos conducen sus reflexiones y aquél al que el texto arriba, es que, desde luego, en algún lugar se ha perdido la orientación y se ha tomado la senda incorrecta.

Dice el texto en su página 6 que salarios y precios viven en una escalada incesante que no se detiene nunca, generando con ello la crisis económica. Esta versión remozada de la “ley de bronce de los salarios”, que tanto combatió Marx en diferentes textos y ponencias en la AIT (esgrimida incluso dentro de las filas de la propia Internacional) no se sostiene por ningún lado, y poco sirve al propósito que defiende el grupo, a la sazón, que toda reivindicación económica obrera nunca abandona el marco del orden burgués, de la “clase para el capital”. La falsedad de esta afirmación se evidencia en el hecho de que, en primer lugar, los precios sólo pueden tomarse como reflejo real del coste de producción de un producto a lo largo de muchas series económicas. Las contingencias concomitantes que en el mercado elevan el precio de unos productos y bajan otros no operan, en principio, ningún cambio real sobre su valor de cambio. Los precios tienen poco o nada que ver en la generación de la crisis económica. Por su parte, el salario real, la cantidad de bienes y servicios que un trabajador puede adquirir efectivamente para reproducir su fuerza de trabajo (que depende, a su vez, del coste de producción de los mismos) se mueve dentro de unos límites bien marcados, como se ve, por más que el salario nominal crezca ad infinitum. Finalmente, hay que consignar que los salarios reales sólo aumentan en la medida en que la producción de plusvalía (trabajo no pagaado al obrero) aumenta en una proporción mayor, así que, en realidad, la mayor capacidad para satisfacer sus necesidades genera al obrero un empobrecimiento relativo.

Las implicaciones de semejante falencia serían las menos si no constituyesen el núcleo fundamental tanto de la teoría de la crisis económica esgrimida por el grupo como de la caracterización de la situación de la época. Si bien bordea el asunto sin llegar a encararlo directamente, la consecuencia directa del estancamiento económico de la economía española, sumado al proceso inflacionario galopante, no vendrían sino a constituir los dos principales jalones de la potencialidad revolucionaria del momento. Que sean las consignas económicas u otras las que deban espolear la generalización de la lucha son aspectos determinantes de la estrategia, desde luego, pero las palabras del MIL permiten inferir cierto consenso sobre la crisis general del capitalismo que, andado el tiempo, nunca llegó a materializarse en una ruptura revolucionaria proletaria. Es más, la carestía de la vida siguió siendo un problema de primer orden incluso mucho después de que esas líneas fueran escritas, y los aumentos nominativos de salarios que se fijaron en los Pactos de la Moncloa supusieron, de hecho, un retroceso generalizado en los salarios. Y la marejada revolucionaria ya había retrocedido, sin llegar nunca a romper contra el saliente de piedra granítica del Estado burgués y el capital.

Las expectativas más o menos optimistas que se puedan guardar sobre la ulterior evolución de un proceso de escalada de la conflictividad obrera mundialmente generalizado puede justificarse. Fallar a la hora de asumir las tareas políticas que corresponden al momento de crisis generalizada del capital, no. Fue éste un problema que se extiende más allá del MIL-GAC, afectando a buena parte de los grupos reclamados de la Autonomía Obrera (y a otros muchas organizaciones políticas que vivieron y participaron de la conflictividad del periodo). Si bien la fase de decadencia capitalista cierra al proletariado cualquier otra salida que no sea la de la revolución, las exigencias y sacrificios que la lucha impondrá a la clase obrera son, por ello, doblemente mayores; y requieren, ante todo, de un grado de organización y formación políticas que esta reciente tradición del movimiento obrero no estuvo en condiciones de ofrecer. De ahí que, una vez más, sobre el tamiz de la bandera roja arriada, la clase obrera tenga que escribir las lecciones extraídas en su propio combate contra el sistema capitalista. Así, las derrotas que jalonan la historia de la lucha proletaria nos enseñan que la reivindicación de la abolición del trabajo asalariado que el MIL consignaba debe necesariamente ser completada con aquella otra que ofrecía en 1970 ante las elecciones sindicales[7], clamando por la asamblea obrera abierta en cada fábrica como base de la organización clasista del proletariado. Número, organización y conciencia.

Por Proletario para sí.

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ESTUDIO ECONÓMICO CAPITAL-TRABAJO

PRESENTACION

1) Alcance y valor de este estudio

El estudio que aquí publicamos apareció en Barcelona en verano de 1972, fruto de una prolongada labor de equipo iniciada con el propósito de anticiparse a las nego­ciaciones de los nuevos Convenios Colectivos que se avecinaban en previsión de que las posibles luchas que tales negociaciones podían provocar tuvieran una visión de conjunto de la situación de la economía española que les permitiera llevar la inicia­tiva revolucionaria en todo momento planteando reivindicaciones no-absorbibles por la burguesía, en vez de tener que guiarse por apreciaciones aisladas y puramente instin­tivas de la situación en cada empresa o ramo.

Como suele suceder en este tipo de intentos, las luchas se anticiparon a la aparición del estudio, siendo en parte reflejados en el mismo los primeros enfrenta­mientos. Por otra parte, su divulgación y efectividad no fueron todo lo extensas que era de esperar, debido o una serie de imponderables. Hoy, el momento de mayor “opor­tunismo” del presente estudio económico ha pasado ya, y las experiencias de las luchas, la estrategia adoptada por la burguesía ante la cuestión de los “Convenios” y el debate planteado en el seno del movimiento obrero en torno a cuáles son en realidad las reivindicaciones no-absorbibles por la patronal, ha clarificado una serie de cuestio­nes centrales que la redacción inicial del estudio económico apuntó sin poder llegar a desarrollar.

De todos modos, en la medida en que el movimiento obrero tiene aún abierto el debate en torno a qué enseñanzas deben sacarse de la forma en que se han desarrollado las negociaciones y luchas de los Convenios, de unos aumentos salariales seguidos casi inmediatamente de repetidos aumentos en el coste de la vida; en la medida en que la carencia de análisis concretos del momento económico en España desde una posición de clase persiste; y sobre todo, en la medida en que la lucha continúa con o sin negociaciones de Convenios, creemos que la publicación de este estudio económico -a actualizar y completar por nuevos estudios económicos de la situación tanto nacional como internacional- puede ser une positiva contribución para la superación de las limitaciones de la situación actual de la lucha de clases, reforzando el paso de la defensiva al ataque.

2) Estrategia y táctica reivindicativa

Como es bien sabido, en el seno del movimiento obrero se dan dos líneas estratégicas contrapuestas: el reformismo y las tendencias llamadas “anti-capitalistas”.

Las luchas en torno a los Convenios son una buena ocasión para advertir las tácticas concretas en que se reflejan ambas líneas. El reformismo es fielmente representado por el P.C. y algunos grupos, aparentemente contrarios al mismo de palabra pero que en la práctica hacen bloque con él: su táctica es la lucha dentro de los cauces del sistema y del máximo “entrismo” en la C.N.S. que la represión permita (participar en las elecciones sindicales, negociar Convenios Colectivos a partir de enlaces y jurados…). A veces, tales luchas se endurecen y son duramente reprimidas; sin embargo, lo que el reformismo espera de ellas es la evolución pacifica del sistema más bien que su hundimiento. Así pues, los pliegos de reivindicaciones que presenta a la patronal con ocasión de los Convenios son de tono fundamentalmente económico: aumentos de salario, escala móvil, contención de loa precios, etc. Utilizan unas necesidades reales de le clase obrera para participar en un juego de negociaciones, regateos y pactos con la patronal, pactos que les dejan atados de manos y privados de toda iniciativa pare ir más lejos en la lucha.

¿Cuál ha sido el planteamiento táctico adoptado ante los Convenios Colectivos por las tendencias cuya línea estratégica consiste en la voluntad de ruptura con al sistema? El planteamiento de reivindicaciones no-absorbibles ni recuperables en un plazo inmediato y que permitan la radicalización y generalización de las luchas. Aquí, se dan -simplificando un poco la cuestión- dos posibilidades prácticas que res­ponden a dos formas distintas de apreciación del actual momento de la economía es­pañola y de sus perspectivas inmediatas: la prioridad a los objetivos económicos o bien la prioridad a los objetivos “sociales” (por así decirlo).

Según los unos, el actual estancamiento económico que viene prolongándose y agravándose especialmente a partir de la segunda mitad de 1971 y primera mitad de 1972 -que es precisamente en el momento en el que tales tácticas reivindicativas se estaban formulando en torno a los Convenios- es algo definitivo, la crisis del capitalismo español y del imperialismo en tan comprometida situación, las reivindicaciones que más pueden molestar a la burguesía son las de carácter económico, que ayer podían considerarse como recuperables pero que en la situación actual no lo son. Las rei­vindicaciones “sociales” en cambio, no agudizan la crisis económica definitiva de la historia, con lo cual hacen sin saberlo el juego al capitalismo, siempre dispuesto a conceder reglamentos internos y ficciones de participación o gestión.

Segun los otros, las reivindicaciones económicas más desmesuradas pueden ser colmadas y parcialmente satisfechas si la patronal lo cree necesario para evitar roces y privar de su iniciativa de lucha a la clase: la burguesía conserva en sus manos los mecanismos que le pueden permitir recuperar a corto, medio o largo plazo estas conce­siones económicas haciéndoselas pagar a la clase obrera tanto en el proceso de produc­ción (futuros aumentos de productividad, reabsorción de mejoras) como el proceso de consumo (aumentos de precios). La crisis económica puede postergarse recurriendo a las reservas de capital no invertido de la burguesía española, o bien a la invasión da capital extranjero, incluso en apoca de crisis del dólar y de gran caos monetario. Lo difícil es tapar la boca con cuatro reglamentos internos a una clase obrera que rei­vindica derecho de asamblea, de reunión, de huelga, etc… y todo cuanto puede permitir­le la extensión y generalización al máximo de la lucha y los conflictos.

3) Las lecciones de 1972

En pleno 1972, con el prolongado estancamiento de le economía española, parecía más razonable confiar en la crisis inevitable y fatal del capitalismo -por lo menos a escala del Estado español- que en una lucha continua y voluntarista clase con­tra clase, con o sin estancamiento económico, con o sin reactivación, con o sin crisis. Hoy, en vistas del desarrollo que han tenido les negociaciones y luchas de Convenios, de las posibilidades de que ha hecho muestra la patronal, de su recurso a nuevos aumentos de precios, etc… hay que reconocer que las reivindicaciones económicas eran recuperables, y que el hecho de haber previsto todo lo contrario ha llevado a una serie de acciones de intención radical a quedar integradas como las del reformismo, en el desarrollo de sus luchas reivindicativas.

En el estudio, se apuntaban ya algunos elementos de respuesta a este debate. Es cierto que se insiste en que la presión por los aumentos salariales y contra el aumento de la productividad, es decir, el ataque a la “política de rentas” con que la burguesía trata de manejar al proletariado, no son en sí reformistas en la medida en que centran la lucha en el salario, institucionalización de toda explotación de una clase por otra. Pero hay que destacar que, tras haberse hecho eco del crítico momento por el que pasa­ba tanto la economía española como a nivel internacional, el estudio económico se apre­sura a recordar que la burguesía no está quemando su último cartucho y que tiene una serie de elementos (reserva de divisas, capital internacional, nueva estrategia política, etc.) con los que tratar de emprender aun nuevas alternativas.

El análisis del pasado y presente de la economía española, al que este estudio económico viene a contribuir, es el punto de partida para poder comprender las lecciones aportadas por las experiencias vividas en el pasado año de luchas, y poder así llevar adelante unos planteamientos estratégicos y tácticos del movimiento obrero que responden al máximo a las exigencias y posibilidades del actual momento de la lucha de la clase.

I. CAPITAL Y TRABAJO

El sistema capitalista consiste en esencia en la producción por la producción y en lo acumulación por la acumulación. Es decir, en la producción de mercancías y de relaciones mercantiles entre los hombres, no para satisfacer las necesidades huma­nas reales sino en función ante todo de la acumulación y reproducción del capital.

Todo el funcionamiento social viene presidido por el dominio del capital so­bre la sociedad. La división de la sociedad en clases consagra la separación y el enfrentamiento radical entre quienes poseen y controlan los medios de producción y quienes únicamente poseen su capacidad de trabajar. La relación mercantil entre los hombres permite a los dueños del capital el apropiarse del fruto del trabajo humano mediante la compra de la fuerza de trabajo de la clase obrera a cambio de un salario.

¿Qué es pues el capital, de dónde procede y en qué consiste su valor real? El capital no es otra cosa que trabajo acumulado y no tiene más valor que el del trabajo no pagado cuyo fruto se apropia la burguesía. Ello es posible debido a que la clase dominante -gracias a su posición social privilegiada y al control de todo el aparato productivo- no paga el valor del trabajo sino únicamente el precio de la fuerza de trabajo.

“La propiedad es el robo”. Nunca mejor empleada la célebre frase de Proudhon, si tenemos en cuente que el trabajo es en último término la única fuente creadora de valor y que toda otra fuente de valor no es, en último término, más que trabajo acu­mulado. La burguesía se apropia y dispone a su antojo de todo el “valor del trabajo”, es decir de cuanto se produce durante el tiempo de trabajo. A cambio paga el “precio de la fuerzo de trabajo”, es decir lo que cuesta la formación y mantenimiento del trabajador.

La sociedad burguesa no se basa en la igualdad y la fraternidad sino en este duro chantaje de una clase sobre otra. En efecto, para poder sobrevivir el obrero no tiene más remedio que vender su fuerza o capacidad de trabajo como una mercancía más, conformándose con su precio de coste y cediendo en manos del capital el producto de su trabajo. Esta situación es la que permite que, tanto en los países occidentales como en los países capitalistas de Estado (bloque soviético, Cuba, etc.), el trabajador solo tenga acceso a un salario para su subsistencia mientras una clase dominante se apropia del valor creado por el trabajo, del plus-trabajo o trabajo no pagado, de su plus-valor o plusvalía.

La división de la sociedad en clases se reproduce al acumularse en manos de la clase dominante, y como algo ajeno a la clase obrera, el capital -dinero, aparato productivo, fuerza de trabajo- y su fuente, las ganancias o beneficios capitalistas. Estos no existirían si no hubiera “plusvalía” si no se diera una diferencia fundamental entre el valor del trabajo y el precio de la fuerza de trabajo, entre lo que el trabajo humano vale y lo que al burgués le cuesta. La raíz del poder de la burguesía sobre toda la sociedad reside lisa y llanamente en la explotación del hombre.

El capitalismo burgués o de Estado, pues, es un sistema de explotación y desi­gualdad entre los hombres basado en la producción de mercancías y de relaciones mer­cantiles entre los mismos. Pero la búsqueda de la plusvalía, del trabajo no pagado fuente de todo capital, comporta contradicciones internas fundamentales y lo convierte en un sistema en permanente desequilibrio.

En primer lugar, la apropiación de la plusvalía por la clase capitalista comporta la existencia de una clase enfrentada a ella y decidida a eliminarla y su­perarla: la clase obrera, la cual es la negación permanente de la burguesía.

En segundo lugar, la tasa de ganancias proporcionadas por la plusvalía tiende a disminuir, debido al carácter mismo de la dinámica capitalista que exige para sostenerse un aumento constante de la productividad y una ampliación constante de capital. Esta carrera solo puede sostenerse mediante nuevas técnicas que modifican la proporción de dinero gastado en hombres (capital variable) y de dinero gastado en máquinas (capital constante), es decir, mediante la disminución de la tasa de plusvalía.

En tercer lugar, esta carrera desenfrenada para un aumento de la productividad que evite la disminución de la tasa de explotación o de plusvalía exige nuevos mercados, un aumento continuo de la demanda a satisfacer. Dada la incapacidad del sistema para mantener este ritmo desbordante de expansión, el capitalismo se ve sometido periódica­mente a “crisis de sobreproducción” cada vez más graves para la supervivencia del sistema. Las crisis son el revés de la medalla de un sistema centrado obsesivamente en la producción por la producción y la acumulación por la acumulación…

Así pues, la dinámica capitalista comporta habitualmente unas fases de expansión económica del sistema, alternadas con otras de crisis de dicho sistema. En los periodos de expansión sube desenfrenadamente el coste de la vida y baja el poder adquisitivo de lo moneda: es la inflación. Ello obliga a la larga a subidas de sala­rios que son en realidad cubiertas con nuevas subidas de precios, lo que o su vez comporta nuevos aumentos salariales. Es una situación inestable. El sistema no puede mantener indefinidamente esta absurda carrera de precios y salarios, esta constante pérdida de valor de la moneda. Es entonces cuando acontece la crisis.

El sistema tiene una serie de mecanismos que le permiten retardar el estallido de la crisis económica pero siempre a costa de agravar sus dimensiones. Lo que no puede hacer el capitalismo es eliminar de su seno estas crisis periódicas, esta acumulación de stocks que no hallan salida en el mercado, y sus consecuencias el aumento del paro y la disminución de la plusvalía. Su dinámica lleva al capitalismo a generalizarse e internacionalizarse: surge el colonialismo, el imperialismo y las guerras inter-imperialistas para el reparto de un mundo que resulta pronto demasiado pequeño para las exigencias expansionistas del capital. Surgen los grandes trusts y las ambiciosas y discutibles políticas tecnocráticas que intentan vanamente acabar con las crisis manejando en provecho del sistema todas las palancas y mecanismos del Estado, el cual pasa así de ser un simple policía al servicio del sistema a convertirse en activo instrumento de política económica.

La relación capital-trabajo consagrada por la economía burguesa manifiesta paso a paso sus contradicciones internas: un proletariado que le niega como clase y unas inevitables crisis que contradicen su dinámica. Es una dinámica desprovista de sentido y cada vez más carente de porvenir, la expresión de la anarquía del capital y de su sistema hasta que este muera definitivamente. Todo ello anuncia y prepara efectivamente la superación definitiva del capitalismo por el Comunismo mediante la intervención consciente de la clase obrera y la generalización practica de su actividad en la revolución mundial.

II. SITUACIÓN ECONÓMICA ESPAÑOLA

¿Se encuentra la economía española en un momento de inflación o de crisis? Desde la segunda mitad de 1970 hemos entrado en un periodo de manifiesto estancamiento. El índice de paro aumentó en un 35,7 % entre 1970 y 1971, cifra muy alta si tene­mos en cuenta que el nivel de empleo   registrado en 1970 era ya bastante débil. La cifra de obreros en paro podía calcularse en unos 300.000 a principios de 1972, pudiéndose prever más del doble en el momento en que Europa no pueda absorber ya más mano de obra inmigrada procedente de España.

Pero, al mismo tiempo, la subida del coste de la vida ha alcanzado niveles alarmantes. Para 1971, se calculó en: carne, del 18 al 40%; butano, 8 %; pescado, del 15 al 40 %; recogida de basuras, 20 %; legumbres, del 15 al 30 %; taxis, 23 %; fiambres, del 10 al 20 %; autobuses, 25 %;  leche, 30 %; metro, 33 %; agua, 11 %; teléfono, 50 %; electricidad, 17 %; enseñanza, más del 50 %, etc.

En definitiva, importantes aumentos de precios en el Sector de la alimenta­ción y en el de servicios, es decir en sectores básicos buena parte de los cuales se hallan bajo el control más o menos directo del propio Estado. Así mismo, han subido los precios de los productos siderúrgicos, de los derivados del petróleo (gasolina, por ejemplo); del papel, del carbón, de los piensos compuestos (que van a encarecer más aun el precio de la carne), de los tarifas de Iberia, del pan, etc.

Si tenemos en cuenta que el 50 % del gasto total de los españoles se destina al sector de la alimentación y que a estos aumentos ya insoportables se han venido añadir las nuevas subidas de precios de verano de 1972 y de fines de año, tendremos toda la medida de la gravedad de la situación económica en España.

Las dificultades de la economía española sobrevienen en un momento interna­cional particularmente difícil para el sistema capitalista. El Imperialismo está viviendo especialmente a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta, una situación tensa en todo el planeta, con crisis de la expansión económica, aumento del paro, gran inestabilidad social y, en definitiva, el recrudecimiento de la lucha de clases tanto en el llamado “tercer mundo” como en los países ricos del Este y del Oeste.

Esta situación de reflujo internacional del Imperialismo acompaña muy de cerca el actual estancamiento de la economía española, y contribuye innegablemente a dificultar la superación del bache. En pocas palabras, la crisis mundial del Imperialismo estalló a principios de siglo o poco antes, y las guerras inter-imperialistas, el “crack” de la bolsa de Nueva York en 1929, los nuevos procedimientos de la tecnocracia de Estado y la gran reconstrucción que siguió a la última guerra mundial no han hecho más que retardar su irrupción y ampliar su envergadura.

De todos modos el estado de alarma en que vive hoy la economía española tiene hondas raíces en la historia misma del capitalismo español. Sin necesidad de recurrir a los tópicos habituales sobre el carácter retardatario de la economía española en el pasado siglo, el poder de la Iglesia y terratenientes en general o la supuesta inca­pacidad de la clase dominante para realizar la revolución burguesa en España, un análisis concreto de la historia del capital y el trabajo en los últimos treinta y tantos años puede arrojar mucha luz sobre el significado del estancamiento actual.

1939-1959

En 1939, la economía española estaba en ruinas tras largos años de duro enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado. La guerra ocasionó la destruc­ción de buena parte del aparato productivo del país al mismo tiempo que procedía, mediante la muerte o el exilio, a la eliminación física de todas las organizaciones de la clase obrera y de sus mejores cuadros. La burguesía emprende la reconstrucción del país y la normalización de su aparato productivo mediante la implantación de una férrea dictadura de clase sobre el proletariado español que le permite realizar una acumulación de capital a costa de obligar a la clase trabajadora, indefensa como nunca, a reducir al mínimo su capacidad de consumo.

Es una época de hambre, de racionamiento y de estraperlo. Fallan los suminis­tros de trigo y de petróleo, así como de otras materias primas fundamentales. Las industries de Bilbao, que se han conservado intactas, ven reducida su rentabilidad en un 50 % con respecto a 1929, y algo parecido sucede con las minas de Asturias.

Las fábricas textiles solo tienen algodón para trabajar dos días por semana. La agri­cultura y la ganadería ven disminuir su producción muy por debajo de 1935. En suma, se calcula que la renta nacional ha quedado reducida a un nivel inferior al de 1900.

Todo ello viene a sumarse a los desastres naturales de la guerra, cuyo coste económico se estimó en un millón de millones de pesetas de 1953: 183 ciudades devas­tadas, centenares de poblaciones arrasadas o destruidas, más de medio millón de vi­viendas inhabitables, buena parte de los trenes inutilizados así como el 75 % de los puentes, deudas de guerra, etc. La moneda es devaluada en 1940 y nuevamente en 1941 (en 1939, el cambio se situaba a 9,55 ptas. el dólar). España pasa a ser un inmenso campo de trabajos forzados al servicio de la acumulación del capital.

Este mismo año 1939 empieza la guerra mundial imperialista (1939-1945). El sector del Imperialismo al que se halla más directamente vinculado el nuevo régimen -la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler- se ve cada vez más comprometido por el desarrollo de dicha guerra, que va a acabar perdiendo. La burguesía española se halla así con grandes dificultades de cara a obtener capital exterior y ha de basar­se exclusivamente en los recursos interiores para proceder a la reconstrucción.

Es la llamada “etapa autárquica” del capitalismo español. En una primera fase de esta etapa, y teniendo como contexto internacional la guerra mundial inter-imperialista y el posterior bloqueo a que es sometido el capitalismo español por el Impe­rialismo vencedor, el desarrollo es muy débil. Pero, en le década de los cincuenta, el bloqueo económico y político de España va a quedar definitivamente eliminado por las nuevas circunstancias internacionales.

Estados Unidos es el gran vencedor de la guerra imperialista y ello le permite establecer su propia área de influencia (bloque occidental) desplegando en ella toda clase de recursos tanto militares (NATO), como económicos (Plan Marshall). Aunque España sea mantenida al margen de este plan de ayuda, se otorga un crédito de 62.500.000 dólares en 1950. A cambio de ello, el almirante Sherman acude a Madrid el 18 de Julio de 1951 y negocia el establecimiento de bases militares yanquis en el país. La colaboración iniciada en 1936 entre la Standard Oil y el ejército de Franco para el suministro de gasolina y proseguida a través del pacto Texaco-Campsa culmi­nará así en el Pacto de Madrid de 1953: la burguesía española se alinea decidida­mente con el Imperialismo yanqui.

Sin embargo, hasta 1959 sigue el sistema de “economía cerrada”: la burguesía española apenas puede comprar al exterior ni bienes de equipo (maquinaria, patentes industriales) ni materias primas (agrícolas, industriales, energéticas), y en estas condiciones no tiene posibilidades serias de exportar, de aspirar a producir artícu­los industriales que reúnan calidad suficiente para competir en el mercado internacio­nal.

Esta situación marca el funcionamiento de las estructuras en las que va a mo­verse el capitalismo español, obligado a prescindir de la participación directa e in­tensiva del capital internacional y a compensar tal desventaja mediante una fuerte intervención del Estado:

  • Capitalización de nuevas fuentes de energía (construcción de pantanos, que posibilitaron además la creación de nuevas zonas de cultivo).
  • Proteccionismo al sector siderúrgico (con la obligación por parte de la industria manufacturera de consumir productos nacionales).
  • Intervención estatal en la Agricultura mediante organismos como el Servicio Nacional del Trigo y sus discutidas medidas proteccionistas…

Veamos cuáles son los resultados prácticos de tal funcionamiento. La industria ha de basarse en fuentes de energía propias: cuencas hulleras (en Asturias y León, fundamentalmente), aprovechamiento por todo el país de los saltos de agua para la producción de energía eléctrica… La industria hullera tiene un carácter deficitario, debido a sus elevados costos de producción y a su baja calidad. Ello determina que la industria siderúrgica que en ella se basa (tradicionalmente asentada en Sagunto y País Vasco) proporcione a la industria de transformación material deficiente y a precios excesivos.

Le cadena prosigue. La industria de transformación, tradicionalmente asentada en Cataluña, pero con nuevos e importantes focos en Madrid y otras ciudades de España, se ve obligada a utilizar el acero según los precios y calidades que la estructura im­pone. Este obstáculo con que se topa la industria metalúrgica, eje alrededor del cual gira todo el resto de la industria, viene a añadirse a los procedentes de le escasez de capitales y patentes ya indicada. El resultado es pues el bajo desarrollo y la poca calidad de la industria manufacturera de la época en general.

Ante tan pobre panorama industrial, gran parte de la población se ve reducida a vivir del campo. Pero también este sector experimenta sus dificultades, incluso una vez superados los negros años del racionamiento:

  • Problemas provocados por la forma de propiedad de la tierra que van desde la concentración en pocas manos de grandes extensiones de tierra (latifundios de Castilla, Andalucía, Extremadura…) hasta la excesiva dispersión de la propiedad (minifundios en el Norte y Noroeste).
  • Problemas derivados de los métodos y formas de explotación agrícola.
  • Problemas ocasionados por la política e instituciones agrícolas, como es el caso de la indebida protección al cultivo del trigo a costa de otros cereales y piensos indispensables al desarrollo de la ganadería.
  • El exceso de mano de obra que no solo provoca graves situaciones de paro sino que retrasa además la mecanización del campo, etc.

En consecuencia, la estructura de la economía española en esta época, algunos de cuyos rasgos subsistirán en periodos posteriores, es la expresión de un capitalismo cerrado al exterior y, en definitiva, de un país pobre. La burguesía solo puede sos­tener esta situación mediante la aplicación coactiva de una política de bajos sala­rios y de fuerte represión de la clase obrera. Pero esta política explotadora no puede aplicarse sin riesgos y la resistencia obrera se pone de manifiesto en una serie de acciones de envergadura:

  • 10 de mayo de 1947: gran huelga en Vizcaya.
  • Marzo de 1951: “huelga de los tranvías” en Barcelona.
  • Abril: gran movimiento huelguístico en el País Vasco.
  • Mayo: “huelga blanca” (boicot a transportes y espectáculos) en Madrid y otras ciudades españolas…
  • 1956-1957: huelga de tranvías e intento de “huelga general” en Barcelona.
  • Marzo de 1958: los mineros asturianos declaran huelga general…

La lucha obrera se radicaliza a medida que la situación económica se va deteriorando. Las acciones se caracterizan por una total espontaneidad y un débil nivel organizativo. Las solemnes convocatorias de jornadas de lucha llevadas a cabo por los grupos políticos (por ejemplo, las del P.C. en mayo de 1958 y en junio de 1959) se realizan al margen de la lucha obrera y solo hallan el vacío a su alrededor.

Así pues, el alto grado de violencia de estas luchas espontaneas es debido fundamentalmente a la absoluta incapacidad del capitalismo español para aceptar las mínimas reivindicaciones de la clase obrera. En 1958, se promulga la ley de Convenios Colectivos, cuya vigencia se generaliza a partir del decreto de 1962, tratando de encauzar mínimamente tales reivindicaciones. La burguesía va tomando conciencia de que lo que en realidad necesita no es tanto un Estado duro sino un capital que solo el Imperialismo puede ofrecerle: es lo que busca, como condición indispensable para sobrevivir, mediante el Plan de Estabilización de 1959.

1959-1972

Después de llevar a cabo las tareas de reconstrucción económica del bloque occidental, el Imperialismo yanqui consolida las posiciones adquiridas: así, en Europa, se constituye el Mercado Común y se generaliza la mistica da la “sociedad de consumo neocapitalista”. También en España, la burguesía trata da inaugurar un nuevo estilo: 1959 es el año en el que el capitalismo español se incorpora de modo directo al concierto imperialista internacional mediante la puesta en marcha de un Plan de Estabilización. La primera tarea de la burguesía española para abrir las puertas de su economía al capital extranjero consistía en adaptarse al trato, desde el punto de vista monetario. Así pues, se abandonan las medidas proteccionistas de la peseta que permitían comprar un dólar por solo 42 pesetas y éste pasa o costar 60 ptas., el precio que señala el mercado de capitales.

Los efectos inmediatos del Plan de Estabilización son:

  • Fuerte acumulación de capital financiero.
  • Reestructuración del aparato productivo del país comportando el cierre de las empresas poco rentables en esta nueva etapa (gran cantidad de expedientes de crisis).
  • Aumento del paro obrero.
  • Considerable pérdida del poder adquisitivo de los salarios.

Con el Plan de Estabilización se han sentado las bases de un nuevo proceso de crecimiento económico, y otra vez se hace a costa de los trabajadores. A partir de las condiciones creadas, la burguesía española se lanza decididamente a la industrializa­ción del país. Crea nuevos puestos de trabajo (un millón solo en 1961) que se cubren mediante la emigración de la población campesina hacia los grandes centros industria­les.

Pero la lógica del capital es la búsqueda del beneficio inmediato. Por ello, en un primer momento, la burguesía española invierte en sectores productivos a corto plazo (especulación de solares, pequeñas industrias de transformación que exigen inver­siones menores) y se despreocupa de mejorar la deficiente situación de los sectores básicos, industrias energéticas, comunicaciones, etc., tarea indispensable para poder mantener un desarrollo nacional de la economía del país.

En concreto, el panorama de las nuevas inversiones abarca las áreas ya industrializadas y algunas zonas nuevas (“polos de desarrollo”…):

  • Industrias de transformación de Cataluña y Madrid, metalurgia, química (sector nuevo de capital básicamente extranjero), textil (en Cataluña), etc.
  • Cuencas hulleras de Asturias que se hallan en crisis permanente y en proceso de agotamiento de los yacimientos: corren a cargo del capital estatal que unifica las pequeñas explotaciones mediante la constitución, a través del Instituto Nacional de Industria (I.N.I.) de una sociedad anónima de difícil rentabilidad llamada HUNOSA.
  • La industria siderúrgica sigue manteniendo sus viejos privilegios inmovilistas en las empresas dependientes del capital americano y que radican en Sagunto y País Vasco (Altos Hornos de Vizcaya, vinculada al trust U.S. Steel), mientras que aparece un nuevo foco siderúrgico en Asturias dependiente de capital europeo, con la colaboración del I.N.I. y las ventajas de una tecnología moderna (Uninsa-Ensidesa, vinculada a la casa alemana Krupp y a importantes bancos ingleses).
  • Aparecen nuevas industrias, especialmente de transformación, en zonas nuevas que gozan de subvenciones estatales (los “polos de desarrollo” creados por el Plan de Desarrollo 1964-1967, especialmente los de Sevilla, Pamplona, Valladolid,…).
  • La industria de la construcción se desarrolla extraordinariamente en todos estos centros industriales, paralelamente con la creación de nuevos puestos de traba­jo, y absorbe gran parte de la mano de obra no calificada recién llegada del campo.

La burguesía española no hace gran caso de las indicaciones del I Plan de Desarrollo 1964-1967 sobre la conveniencia de industrializar zonas nuevas (los “polos de desarrollo”) en vez de dedicar sus recursos en poner más al día las zonas ya in­dustrializadas. Ello es muy lógico ya que los costes de explotación son menores, debi­do a la proximidad de las grandes industrias, de un mercado para sus productos, existencia de una infraestructura (red de comunicaciones, etc.). Únicamente son mayores los costes sociales provocados por la emigración masiva del campo a la ciudad, pero estos costes corren en buena parte a cargo de los trabajadores mismos, fuente fundamental de financiación del desarrollo económico del país.

A su vez, el capital extranjero entra de lleno en el país y, con él, los grandes monopolios internacionales: trusts europeos como la Régie Renault (en Fasa-Renault), Krupp (en Uninsa-Ensidesa), Fiat (en Seat), Penarroya, Nestlé, Hoescht, Pirelli, AEG-Telefunken, etc., se disputan los puestos clave de la economía española con los grandes trusts americanos como la Chrysler (en Barreiros), Esso (en Amoniaco Español), Gulf (en Petronor), U.S. Steel (en Altos Hornos), General Electric (en General Eléctrica Española), I.T.T. (en Standard Eléctrico), I.B.M., etc.

Pero la burguesía española necesita seguir aun utilizando una serie de organismos e instituciones proteccionistas, heredados del periodo anterior, para mejor proteger sus intereses: tal es el caso del I.N.I. que toma a su cargo explotaciones no rentables (caso de Hunosa), al mismo tiempo que da carácter privado a las empresas que han alcanzado un grado suficiente de rentabilidad (caso de Uninsa-Ensidesa, entre otros).

Existen pues unos sectores retardatarios junto a otros colocados en vanguardia del conato desarrollista español. Pero se trata de una única estrategia. El reformismo pretende vanamente identificar con sectores sociales precisos las disputas entre clanes propias de toda política burguesa, como si existieran en el seno de la clase dominante bloques inconciliables y antagónicos susceptibles de reforzar con sus enfren­tamientos el antagonismo fundamental entre burguesía y proletariado. Tales análisis justificarían la sustitución del planteamiento revolucionario “clase contra clase” por una estrategia inter-clasista.

Es el extendido tópico propio de una visión burguesa del funcionamiento de la sociedad, como si fuera más determinante el dominio del Estado sobre la sociedad que el de la burguesía sobre su Estado. Se habla de “ultras” y “evolucionistas”, de “casta terrateniente-militar” y “casta industrial”, de industriales “monopolistas”’ y “no-monopolistas”, de la “burocracia falangista” frente a “tecnocracia del Opus Dei”, etc. En realidad, aunque aparezcan matices distintos en el ejercicio del poder, los “halcones” y las “palomas” del régimen no solo no se excluyen sino que se complementan en el poder.

Es más: la política de “mano dura” que obsesiona a los llamados “ultras” no está en absoluto reñida con la política de apertura del país al Imperialismo, aunque esta mayor integración al gran capital internacional requiera ciertos cambios insti­tucionales, concesiones formalistas, etc. Unos y otros reflejan una misma estrategia y unos mismos intereses de clase. Por lo demás, las rivalidades y tensiones por la supremacía política y económica solo revisten grado de contradicciones secundarias, asimilables e incluso necesarias para la propia continuidad del sistema.

Sin embargo, existen las condiciones objetivas suficientes pare que la clase obrera por sus solas fuerzas luche contra la explotación de que es objeto en toda esta nueva etapa desde el primer momento: ya en 1962-1963, precisamente en el periodo de mayor auge económico de la burguesía, la lucha obrera estalló con una dureza hasta en­tonces no alcanzada, teniendo como foco principal la cuenca minera asturiana. La deci­dida lucha de la clase obrera proseguirá con amplitud creciente a todo lo largo de esta década.

La clase dominante aspira en vano a ser capaz de encauzar las exigencias obreras. Así, cuando en 1966 la burocracia falangista convoca unas elecciones sindicales con un cierto carácter “democrático” atrayendo a las mismas a los sectores reformistas del movimiento obrero, este intento de integración del proletariado en el proceso del desarrollo capitalista se ve frustrado por la crisis en la que va a entrar el capitalismo español: buen número de enlaces y jurados se vieron pronto perseguidos y desposeídos de sus cargos…

Se abre así un periodo de luchas en el que la ofensiva de la clase obrera se verá condicionada por dos rasgos fundamentales: la crisis económica en la que se ve sumida la burguesía y su represión política. Contrarrestadas por la actuación represiva de la clase dominante -que no vacila poner en marcha leyes contra el “terrorismo y bandidaje”, tribunal de orden público, estados de excepción etc.- las grandes y duras acciones obreras conseguirán solo débiles conquistas económicas a cambio de un despliegue de heroísmo totalmente desproporcionado con los resultados obtenidos.

Tales son las lecciones que pueden desprenderse de las más duras experiencias de lucha en todo el país: Laminación de Bandas en Frío de Echevarri (1966), Granada (1970), Erand Seat de Barcelona (1971), Empresa Nacional Bazan del Ferrol, luchas de Vigo, etc.

¿Por qué entra en crisis el capitalismo español y su reflejo en el seno del movimiento obrero, el reformismo? En realidad el proceso de desarrollo de la economía española iniciado por el Plan de Estabilización se habría visto interrumpido a muy corto plazo si no hubiera coincidido con un momento de auge del capitalismo europeo. Los primeros años que siguieron a la estabilización, el Imperialismo aportó patentes, maquinas nuevas, materias primas de mayor calidad, etc., posibilitando con ello una mayor producción (que alcanzó su punto máximo precisamente en 1962), así como un cierto nivel de competencia con respecto al extranjero. Pero la estructura industrial permaneció intacta…

Con ello, el proceso de desarrollo quedó pronto cortado y el trabajador español tuvo que trasladarse masivamente a donde hubiera capital industrial competitivo en funcionamiento y fuerte demanda de mano de obra (Alemania, Suiza…). Los migajas que caen de la mesa del Mercado Común, tanto en forma de envíos de divisas por parte de los trabajadores españoles en el extranjero como bajo forma de trabajadores extran­jeros que vienen a gastar el dinero de sus vocaciones “bajo el sol de España”, solo son suficientes para mantener hasta 1964 las apariencias e iniciar entonces un Plan de Desarrollo que, como ya se ha dicho, nadie iba a cumplir.

Ya en 1965 empezaron a notarse las deficiencias de tipo estructural de la economía española: la burguesía había creído que los medidas de tipo puramente monetario eran suficientes para sanear su economía y no se dio cuenta a tiempo de que la Estabilización solo podía aspirar a ser el punto de partida indispensable para refor­mar todo el aparato productivo, tanto agrícola como industrial. Ante el giro tomado por los acontecimientos, la burguesía restringe brutalmente los créditos (marzo 1966) y la crisis se precipita, estallando en toda su amplitud (1967).

Por estos mismos años, el Imperialismo está entrando en una etapa especialmente crítica de estancamiento económico en la que la lucha de clases va a alcanzar unos niveles de generalización y dureza que no pueden compararse con el periodo pre­cedente. La crisis permanente del Imperialismo, que estaba ya inscrita en la lógica ­misma del desarrollo del  capital y que era un hecho palpable desde que el sistema había cerrado el periodo histórico correspondiente a su fase ascendente, había sido aplazada repetidamente gracias a los nuevos mercados y a la concentración de capital conseguidos por el colonialismo, la tecnocracia y las guerras…

Con el estallido de la crisis internacional imperialista, la burguesía espa­ñola difícilmente puede hallar apoyo exterior, para resolver su propia crisis, con la consabida secuela de paro, expedientes de crisis, etc. No tiene pues otra salida que la devaluación de la moneda (1967) y la congelación de los salarios. Pero estas me­didas son insuficientes: la crisis prosigue en 1968 y solo se remonta brevemente en 1969 para aparecer de nuevo a mediados de 1970 y arrastrarse e todo lo largo de 1971 y 1972 hasta nuestros días.

Le devaluación de la peseta y demás medidas de todo orden aplicadas por el Estado no han conseguido una estabilidad de la duración y envergadura de la de 1959. Las industrias puestas en marcha a partir del empuje inicial de 195 ya no son capaces de competir ni siquiera en el mercado interior, tanto por su tamaño excesivamente re­ducido o su localización aislada -caso de los “polos de desarrollo” menos rentables- como por estar provistas de una maquinaria    que ha quedado anticuada en el curso de los últimos diez años. La exagerada duración de la crisis económica española contribuye a aumentar sus dimensiones.

Con todo ello, los capitalistas acumulan su capital sin decidirse a invertirlo. Hay unos 4.000 millones de dólares inmovilizados en el Banco de España a principios de 1972; cifra muy superior a todo lo previsto. Es la existencia de estos recursos lo que permite, sin embargo, a la burguesía el empezar a plantear -muy tímidamente aún- nuevas estrategias económicas:

  • Importantes inversiones en transportes y comunicaciones (autopistas, puertos y otras importantes obras de infraestructura, por ejemplo, trasvase Tajo-Segura).
  • Mayor preocupación por las industrias básicas (mejoramiento de la calidad del acero…).
  • Creación de nuevas industrias energéticas (refinería de petróleo en Tarragona, centrales nucleares…).
  • Ante la escasa capitalización y baja competitividad de la pequeña y mediana empresa (situación en la que se encuentran muchas de las nuevas industrias de los “polos de desarrollo”), no queda más perspectiva que la concentración de empresas que permita una modernización a costes asequibles.
  • Progresiva mecanización del campo, cuya rentabilidad quede de todos modos supeditada a las posibilidades de mejorar los métodos de explotación y el tamaño de las fincas.
  • En fin, necesidad de un “desarrollo político” dentro del orden burgués, para poder encuadrar y con ello controlar al movimiento de la clase obrera.

III. ESTRATEGIA DE LAS CLASES EN LUCHA

La evolución seguida por las fuerzas del capital tiene fundamentalmente tres aspectos:

  1. Internacionalización creciente del capital, que queda definitivamente integrado al gran capital internacional.
  2. Concentración en torno al gran capital de todas las capas de la burguesía (sectores retardatarios, capas medias…).
  3. A partir de la situación que así se crea, puesta en marcha de una estrategia más sutil de explotación de la clase obrera.

Internacionalización del capital. El capital no tiene fronteras. Sin embargo la situación de autarquía a que se ha visto sometido durante tanto tiempo el régimen español, así como el incumplimiento evidente de los objetivos de los llamados Planes de Desarrollo y del desarrollo sostenido mismo del sistema, ha dado pie a que la oposición plantee estrategias de “revolución en un solo país“.

Por una parte, la oposición más moderada y reformista sigue pretendiendo, a partir de los viejos clichés del anti-franquismo tradicional, que Francia, Inglaterra, los Estados Unidos, etc. son regímenes democráticos y antifascistas incompatibles con la supervivencia del régimen de Franco. Por otra parte, grupos de oposición más radical consideran, ante los fracasos de los Planes de Desarrollo, las devaluaciones, la frecuencia cada vez mayor de las crisis, etc., que España es el “eslabón débil” de la cadena imperialista y que las luchas de clases que en ella tienen lugar son la vanguardia de la revolución internacional.

Es preciso corregir estos tópicos del periodo autárquico poniendo de relieve la internacionalización creciente del capital. El gran capital español integrado fuertemente al capitalismo inglés primero, al alemán después y finalmente al americano, ha aumentado notablemente su internacionalización, especialmente a partir del Plan de Estabilización de 1959, como puede fácilmente comprobarse. Las perspectivas son de mayores avances, ya que si bien la estabilidad económica facilitaría una mayor integra­ción con el Mercedo Común, por otra parte la situación de crisis hace al capitalismo español más vulnerable al acecho de los grandes trusts internacionales.

Concentración burguesa. La concentración de toda la burguesía en torno al gran capital no es solo un hecho económico propio de la dinámica capitalista sino que presenta unos rasgos sociales y políticos especialmente importantes.

Cada vez es menos serio interpretar la evolución del sistema en función de la existencia de varios factores de burguesía contrapuestos e independientes, únicamente porque el grado de desarrollo propio de la dinámica capitalista sea desigual; no puede atribuirse papeles políticos antagónicos a feudales y burgueses, a industriales y terratenientes, a monopolistas y no-monopolistas, etc. Convertir los roces y matices entre Opus Dei y Falange, tecnócratas y burócratas, curas y militares, etc. en insalvables disputas              entre un bloque ultra o continuista y un bloque evolucionista o aperturista es una ingenuidad imperdonable puesto que todas las capas de la burguesía se concentren cada vez más en torno al gran capital.

En cuanto a las capas medias, tampoco aquí puede hallar la clase obrera auténticos aliados como pretenden las políticas de frente popular con las fuerzas políticas de la burguesía, de “unión de los fuerzas del trabajo y de la cultura”, de reagrupación de todas las capas “progresistas” o “anti-imperialistas” (pequeños y medianos empresarios, sectores “avanzados” de la iglesia, movimientos de cariz estudiantil, inte­lectuales, profesiones liberales, grupos culturalistas, pacifistas, desclasados de todo tipo…) como el P.C. imagina.

En realidad, las capas medias han quedado sometidas a un doble proceso de integración y proletarización: o bien ascienden en la escala social o se proletarizan. Ante la crisis de su status social, las capas medias, reaccionan instintivamente contra la marcha de la historia, que les ha condenado definitivamente, poniendo en marcha ideologías pequeñoburguesas, no-violentas, reformistas, de evasión, cuando no abiertamente reaccionarias e irracionalistas (religión, ultra-nacionalismo, fascis­mo…). Muchos de ellos han obtenido su etiqueta de “antifranquista militante” debido a su reacción contra el sistema establecido, sin tener en cuenta que se trata da reacciones de carácter retrogrado que no solo comportan actitudes e ideologías con­trarias al movimiento revolucionario real sino que son a menudo abiertamente fascistizantes.

Explotación obrera. La burguesía no ha vacilado nunca en modificar cuantos mecanismos fascistas molestaran sus planes de una amplia y eficaz explotación de la clase obrera que consolide sus bases. En un primer momento, ha recurrido a los tra­bajos forzados, al racionamiento y al hambre, imponiéndolo mediante la Falange, los “sindicatos”, la policía y el ejército. Luego introdujo un cierto número de elementos de apariencia “democrática”: reglamentos de orden interno, leyes de convenios colectivos, cargos electivos en el sistema, e incluso ha negociado o veces con los propios líderes clandestinos de la lucha obrera…

Hoy, con el fracaso e inoperancia de los planes de desarrollo, la clase do­minante necesita cambios más espectaculares y profundos para conseguir mantener a pesar de todo una explotación más sutil y racional de la clase trabajadora: necesita que ésta pueda organizarse de forma más permanente y estable como “interlocutor válido”. Ya que el desarrollo y la industrialización del país son objetivos menos fáciles de lo que parecía en un principio, ya que la crisis internacional contribuye a dificultar las perspectivas de los burgueses españoles, estos van a limitarse a cuidar de que se mantengan y aumenten sus beneficios mediante un control eficaz del nivel de los salarios por debajo de los niveles de productividad que pueden obtenerse.

La industrialización, los planes de desarrollo, la mayor o menor dependencia del capital internacional, etc., no son sus objetivos. El único objetivo real son los beneficios, la plusvalía, el trabajo humano comprado a cambio de un salario.

A la burguesía solo le interesa consolidar la institución del trabajo asalariado mediante un control constante y eficaz sobre su funcionamiento. Y en el momento en que considere que este control constante y eficaz sobre la productividad y el nivel de los salarios se lo pueda ofrecer mejor un “sindicato obrero” que el actual sistema de C.N.S. policía-tecnocracia-planificadora, no dudemos en que lo va a poner en marcha. Las ventajas para la burguesía serian:

  • Tener un interlocutor válido ante toda contingencia.
  • Un “sindicato obrero” da a cada momento el nivel de productividad y el precio exacto de la fuerzo de trabajo sin necesidad de tanta planificación que luego no cumple sus previsiones.
  • Sus pactos son ley para los trabajadores con mucha mayor fuerza que la que pueden tener los acuerdos realizados por la C.N.S.
  • Es el mismo “sindicato obrero” el que se encarga de romper una huelga no concertada con mucha más sutileza y eficacia que la brutal intervención de la policía o C.N.S. actualmente.
  • La existencia de libertad sindical, derecho de reunión, derecho de huelga, etc. dentro del sistema establecido mistifica a los obreros, les integra a la dinámica exigida por la marcha misma del capital y consagra en definitiva la institución misma del trabajo asalariado.
  • Si la burguesía teme y retrasa tal tipo de reivindicaciones (libertad sin­dical,        derecho de asamblea, etc.), no lo hace sin motivo, sino precisamente en la medida en que presiente que la clase obrera no quiere quedarse solo con ello e integrarse al sistema, sino ir más y más lejos…

La repuesta de la clase.- La dinámica seguida en España por el gran capital y la evolución industrial de estos últimos años solo han contribuido a agudizar las desigualdades regionales propias de la dinámica de desarrollo desigual del capital.

En consecuencia, la lucha obrera en España manifiesta un desarrollo desigual entre regiones así como una gran atomización de la lucha. Esta dispersión se resiente además de un bajo nivel organizativo.

Sin embargo, el gran capital se concentra y unifica, plantea estrategias de gran alcance para integrar en todos sus niveles y sectores a todo el proletariado español así como para unificar su política de clase dominante con la del gran capital internacional: control de salarios, política de rentas, interlocutor válido, re­presión obrera… La nueva estrategia patronal se reviste además de un barniz de “oposición” para mejor poder integrar al obrero no solo al nivel económico sino tam­bién ideológicamente.

Le respuesta del proletariado ha de tocar todos estos puntos:

  • Romper la dispersión de las luchas y superar las desigualdades regionales no solo mediante el intercambio constante de experiencias sino también llevando adelante un proceso de unificación teórica y organizativa.
  • Evitar la integración política a la alternativa burguesa (avanzada) así como a todo género de estrategias de carácter interclasista.
  • La única lucha real que se plantea es la lucha contra la explotación capi­talista en su terreno real mediante:
  • Ruptura del control de salarios, garantía de la plusvalía.
  • Luchar para ello contra el aumento de la productividad y el rendimiento por medio de sus sistemas de ritmos, cadencias, cronometrajes, etc.
  • Luchar asimismo de modo permanente contra la integración sindical, contra los pactos con la burguesía (convenios, etc.) y sus consecuencias la congela­ción de salarios y devaluación de su valor real.
  • Se trata en definitiva de plantear un enfrentamiento constante a las secuelas del sistema de trabajo asalariado, base de la explotación tanto en los países del Este como en los occidentales; para acabar con el mismo abriendo así paso al auténtico comunismo.

[1] Como se indica en el texto El Sol Naciente de la lucha de clases, publicado en El Salariado, esta misma situación es la que se está viviendo en China actualmente, país en el que, año tras año, aumenta el número y la duración de las huelgas laborales. El acelerado crecimiento económico del país asiático en la década pasada no habría supuesto una mejora sustancial para la clase obrera si no hubiese entrado en la lucha; pero la desaceleración del ritmo de crecimiento del mayor acreedor mundial amenaza con dejar sin efecto alguno las conquistas pretéritas, mientras el reguero de despidos amenaza con convertirse en torrente.

[2] No corresponde al propósito de esta introducción extenderse en demasía sobre la paradójica distinción entre lucha salarial y lucha política que posibilitó la férrea distinción entre partido y sindicato, mas cabe señalar que, en tanto que el capitalismo había mostrado de sobra su incapacidad de garantizar una mejora generalizada y duradera en las condiciones de los trabajadores, que su crecimiento anémico y su expansión errática no eran sino una huída hacia delante de un sistema moribundo, las teorizaciones cimentadas sobre la conquista progresiva de mejoras sustanciales o, su extensión lógica, el advenimiento pacífico del socialismo, eran arrojadas al vertedero de la historia.

[3] A veces, sus panfletos o pasquines ni siquiera aparecían firmados; algo que no solía ocurrir, sin embargo, con su prensa.

[4] No nos llevemos a error, pues también la misma Autonomía Obrera ha creado a sus monstruos. Entre ellos, Antonio Negri es el más conocido. Estudiante universitario durante el Mayo rampante italiano de 1969, se destaca por ser uno de los fundadores del grupo Potere Operario, que alcanzó notable repercusión entre los trabajadores en lucha y estudiantes universitarios radicalizados. No obstante, luego del reflujo de la combatividad y su entrada en prisión (falsamente acusado de pertenecer a las Brigadas Rojas) comienzan a aparecer sus primeras aberraciones teóricas, como la noción de “obrero social” o la negación del poder emancipador del proletariado en pos de una nueva clase transformadora de composición múltiple e interclasista. A día de hoy, vive de su condición de rara avis intelectual y de su persistente negación de la posibilidad del comunismo.

[5] Uso burlesco del nombre dado a la estrategia militar guerrillera popularizada por Ernesto “Ché” Guevara y Fidel Castro en Cuba, basada en la conquista de territorios desde las zonas más alejadas del país hasta llegar a la capital.

[6] Como diría Rolando Astarita, hay quienes pretenden llevar al proletariado al socialismo por la vía de la mentira.

[7] Boicot a las elecciones sindicales, MIL-GAC. 1970.