Entre el fraude y las finanzas: el nuevo modelo sindical de la CNT

Quienes no hayan seguido de cerca la evolución y las disensiones internas de la CNT durante estos últimos años quizá se sorprendan al toparse con la firma de la CNT junto a la de CCOO y UGT en el IV Convenio de Empleados del Sector de Fincas Urbanas en Cantabria (2 de febrero 2015); o al echar un vistazo al I Convenio Colectivo de Extracciones Levante (28 de octubre 2015), negociado únicamente por la CNT y que incluye en el capítulo IX la formación de una comisión paritaria de conciliación entre el patrón y sus asalariados; o al observar su modo de actuación en la reciente huelga convocada en UDON, donde en sus comunicados ocultaban parte de su tabla reivindicativa, que oficialmente incluía la exigencia de aplicar lo dispuesto en el artículo 10.3 de la Ley Orgánica de Libertad Sindical (LOLS) a la Sección Sindical de CNT en UDON Barcelona y (bajo el epígrafe “Garantía laboral”) que “todos los militantes de CNT despedidos por la empresa de manera improcedente tendrán derecho de optar a la reincorporación al puesto de trabajo”.

Pero lejos de constituir excepciones o hechos aislados, todo esto se enmarca en una línea de continuidad con los métodos y objetivos adoptados de un tiempo a esta parte por esta organización sindical, que una vez fue el baluarte de la vieja pureza del anarcosindicalismo ibérico.

Vamos a tratar, pues, de profundizar un poco en esta deriva de la CNT, que está provocando unas enormes tensiones internas que han desembocado los últimos años en la expulsión o desfederación voluntaria de algunos sindicatos críticos (como el Sindicato de Oficios Varios de Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, Vigo, Chiclana y Murcia o el Sindicato de Transportes y Servicios Informáticos de Madrid, entre otros).Continue Reading

Estudio económico Capital-Trabajo

Introducción al Estudio económico (Capital /Trabajo) 

El denominado Estudio económico (Capital/Trabajo) que aquí se presenta encaja bien en la definición de “texto de combate”, pese a su temática. Sencillo, directo y conciso; ajeno a la fingida solemnidad o la faramalla pomposa que tan habitual resulta en otros contenidos categorizados bajo la misma etiqueta. Antes al contrario, este Estudio económico tiene también algo de notas de trabajo, de borrador inacabado o redactado a vuelapluma con la premura y urgencia que imponen unos acontecimientos cambiantes y una participación activa en el decurso de los mismos. Nada urge más a la reflexión que la praxis consciente. La paradoja que encierran los grandes momentos de la lucha proletaria es que los textos por ella engendrados envejecen velozmente; casi sin haber nacido, se vuelven caducos. Su carácter efímero es sólo comparable al de la completa ignorancia en la que viven sumidos durante los tumultos. Sólo cuando estos quedan relegados a los anales y anaqueles de la historia, ganan algo de reconocimiento y son objeto de estudio. Esto es lo que verdaderamente define a un texto de combate, a un escrito que responde a las necesidades de la concomitancia histórica y que, partiendo de las experiencias y enseñanzas previas, ofrece una propuesta de acción para dar cuenta de los retos y dificultades que determinan diacrónicamente su emergencia. Será entonces, pues, cuando resulten analizados, debatidos, consagrados o vituperados; testimonios escritudiarios de las mismas potencialidades, limitaciones y contradicciones del proceso revolucionario que los engendró, la pérdida de su sentido histórico inmediato es su verdadera prueba de fuego. En tal caso, corresponde a esta introducción enjuiciar si el Estudio económico del grupo MIL-GAC ha superado el corte, si las lecciones en él contenido sirven a los trabajadores de la actualidad para aprender de los tiempos pasados y enfrentar los desafíos del porvenir en mejores condiciones.

Este Estudio económico (Capital/Trabajo) constituye uno de tantos esfuerzos de clarificación teórico-política que se produjeron entre organizaciones más o menos capaces de apropiarse de los intereses inmediatos e históricos del proletariado durante el periodo histórico que va desde finales de los años sesenta hasta mediados de los setenta, aproximadamente una década en la que se multiplicaron los focos de insurrección obrera por todo el mundo, sin poca coordinación entre ellos, ciertamente, pero con una amplitud y potencia como no se habían conocido desde el periodo de entreguerras. Las profundas transformaciones de la técnica productiva y la subsiguiente emergencia de nuevos sectores económicos de empleo intensivo de mano de obra superflua en otras áreas, la incorporación al mercado laboral de una nueva generación de jóvenes trabajadores que no cargaban en sus espaldas el peso ideológico de la contrarrevolución, y la pérdida casi absoluta de la legitimidad entre la masa obrera de las organizaciones políticas y sindicales con fuerte arraigo en ella, conformaron un polvorín que prendió cuando los estertores de los años de bonanza posteriores a la reconstrucción vinieron a agravar la ya de por sí precaria situación económica a nivel mundial. El impacto global del incremento súbito y generalizado de los precios del petróleo fue posible en virtud de los desequilibrios estructurales que se habían gestado durante los años previos, entre ellos, la fuerte dependencia de una gran industria de transformación progresivamente menos rentable y que expulsaba de su seno a una ingente cantidad de mano de obra. Antes incluso de que los países productores de petróleo decidieran boicotear a Israel y aliados en la guerra de Yon Kippur con un alza generalizada de los precios de tan trascendental materia prima, el desempleo masivo cundía a sus anchas por las principales economías mundiales. Por tanto, como en tantas otras ocasiones, las luchas por mejoras laborales terminaron acompasándose con los conflictos derivados de los sucesivos despidos y los cierres de empresas[1], un semillero de conflictividad a escala planetaria al que el Estado español no resultó ajeno.Continue Reading

Sociedad de clases y violencia sexual: Hacia un análisis marxista de la violación

El texto de Angry Workers of the World Contribución al debate clase/género es una respuesta a este análisis de la violencia sexual de Maya John, que hemos traducido del original en inglés, publicado en Radical Notes. El estudio, que se enmarca en el contexto de las movilizaciones anti-violación que se desarrollaron en el invierno de 2012-2013 en India a raíz de un caso de violación múltiple en Delhi, constituye una aguda crítica al feminismo desde una perspectiva proletaria.

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El movimiento que surgió tras la violación múltiple ocurrida el 16 de diciembre de 2012 en Delhi causó sensación en los medios[1]. Las circunstancias en las que se produjo la violación (una mujer joven volviendo de unos cines situados en un lujoso centro comercial) conmueven fácilmente a cualquiera, sobre todo a los residentes de esos barrios de clase media en ascenso, que pueden sentirse más fácilmente identificados con aquellas. Teniendo en cuenta que el estallido de indignación pública que se produjo a continuación no provino del sector más marginado de la sociedad india, no sorprende que los medios y la elite dominante india respondieran de una manera bastante más sensible de lo que generalmente lo hacen en otros casos de violencia sexual contra las mujeres[2]. Como respuesta a este incidente particular, los medios, los políticos, así como los jóvenes de clase media de la ciudad, no tardaron en plantear la opresión de la mujer como si se tratara de una cuestión “universal”, lo cual no es difícil, dado que las mujeres forman parte de todas las clases. Esta forma particular de plantear la cuestión de la opresión de la mujer dio al movimiento anti-violación un carácter de clase media, y moldeó tanto la forma como el contenido de sus posturas políticas.

Por su forma y su perspectiva, el movimiento anti-violación ofrecía un espacio en el que podían reunirse un amplio espectro de participantes. Desde las ONG subvencionadas hasta las feministas radicales; desde los estudiantes de la JNU hasta los de muchas instituciones privadas, como las universidades de directivos, escuelas de ingeniería y otros colegios y centros de estudio; desde activistas comprometidos hasta gente que sólo quería que la enfocaran con la cámara o ver a las chicas guapas reunidas en la protesta[3]. Desde Bhagat Singh Kranti Sena (que no tiene nada que ver con la ideología progresista de Bhagat Singh ni ninguna relación con la kranti [revolución]), hasta las activistas de Shiv Sena; desde los misóginos “babas” hasta los cruzados subvencionados que luchan contra la corrupción, etc. Ocultas, pues, tras los gritos de batalla de la protesta anti-violación, había voces diversas y opuestas. Por supuesto, algunos activistas, con influencia en el sindicato de estudiantes de la JNU (Jawaharlal Nehru University), no tardaron en ofrecerse como caras visibles de una multitud sin rostro. Sin embargo, el hecho de que todo tipo de gente pudiera unirse, y de hecho se uniera, en ese frente anti-violación, no significa ni podía significar que la cuestión de liberación de la mujer se hubiera convertido súbitamente en una preocupación general[4]. Las recientes protestas que han surgido en abril de 2013, como respuesta a la violación de una niña de 5 años en el este de Delhi, también han sido un conglomerado de todo tipo de fuerzas contradictorias. Muchos de los participantes, como los del conocido Aam Admi Party (AAP), que se ha convertido en una nueva plataforma de lanzamiento de políticos y caciques locales, simplemente se unen a la lucha contra la violencia sexual por puro oportunismo. Con su presencia en las protestas tratan de cubrir a toda la campaña anti-violación con sus eslóganes nacionalistas, pero sus concentraciones ante las casas de los ministros no pueden ocultar que la sensibilidad de los cuadros de AAP (muchos de los cuales son conservadores hasta la médula) en cuestiones de género es muy cuestionable.Continue Reading

Contribución al debate clase/género

Traducción del texto de Angry Workers of the World.

RESPUESTA AL TEXTO DE MAYA JOHN: CLASS SOCIETIES AND SEXUAL VIOLENCE: TOWARDS A MARXIST UNDERSTANDING OF RAPE

CONTEXTO

El presente texto ha surgido a partir de varias discusiones en Londres, Berlín y Delhi acerca del escrito de Maya John (a partir de ahora MJ), “Sociedad de clases y violencia sexual: hacia un análisis marxista de la violación”. También estuvimos charlando con ella y la otra co-autora, ambas militantes del grupo neomaoísta juvenil Revolutionary Youth Organization (KYS), organismo público juvenil de una facción de la Liga Comunista de India (CLI). Ellas defienden la idea del partido “comunista” liderando a la clase obrera. Tienen una perspectiva marxista-leninista de la clase (que explicaremos más abajo) y consideran formalmente la unidad clasista por encima de todo. Piensan que las luchas jerárquicas dentro de la clase obrera suponen una amenaza a esta “unidad de clase”, que para ellos es necesaria para superar el capitalismo. Nosotros, en cambio, pensamos que esta unidad clasista sólo puede ser el resultado de la superación de estas mismas jerarquías y privilegios que operan dentro de la clase, durante la propia lucha.

MJ piensa que el feminismo (como movimiento separado y homogéneo) mina la lucha de clases, en lugar de considerarlo, entre otras cosas, como una respuesta a los errores de los movimientos obreros y sociales formales de la época. Los movimientos obreros no lograron recoger y reflejar las necesidades de las mujeres que se insertaban en la fuerza de trabajo, ni se enfrentaron a los distintos roles que determina el modo capitalista de producción.

Esperamos que este texto refleje nuestro aprecio por su intento de desarrollar un análisis materialista dialéctico de las relaciones de género, que llevan al surgimiento de la violencia sexual. Nuestras principales divergencias se centran en su interpretación de la historia del movimiento feminista y en la distinta consideración de lo que es la lucha de clases y lo que implica. También ponemos en duda la relación entre la violación y la crisis sexual de los hombres de la clase obrera.

Otra cosa importante que hay que señalar, y que apareció cuando ya se había redactado este texto, son las estadísticas de violaciones en Delhi. No se puede concluir, a partir de ellas, que: a) las violaciones por parte de hombres de la clase obrera estén aumentando; b) que las violaciones por parte de extraños estuvieran aumentando, al margen de que fueran cometidas o no por hombres de la clase obrera; c) que el número de violaciones en general estuviera aumentando, pues lo que ocurre más bien es que las mujeres empiezan a denunciar más. De estas denuncias, la mayoría proceden de mujeres de altos ingresos. Esto, obviamente, siembra muchas dudas sobre las tesis centrales de MJ, según las cuales se está produciendo un aumento de las violaciones por parte de hombres proletarios en las áreas urbanas. Sin embargo, seguimos defendiendo la postura política de que es importante analizar las condiciones materiales, pues indudablemente afectan al tipo de sexo que la gente practica, así como otros aspectos de su vida.

¡Se agradecen los comentarios y las profundizaciones!

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¿POR QUÉ VIOLENCIA SEXUAL?

¿De qué forma se pude teorizar la violencia sexual sin caer en la ideología de género y en las teorías de un sistema patriarcal independiente? Necesitamos analizar las bases materiales de la violencia sexual para poder plantear respuestas organizadas que atajen el problema de raíz, no sólo sus efectos. Pensamos que la violencia contra la mujeres no ha sido suficientemente teorizada entre la izquierda (incluidos los socialistas feministas), lo cual deja la vía libre a los derechistas para reclamar la pena de muerte a los criminales, o a aquellos que indolentemente claman contra los elementos “lumpen”, o a aquellos que exigen más vigilancia y control estatal.

Pensamos que enfocar el tema a partir de la violencia puede ser útil, si ello nos permite abordar cuestiones más amplias acerca de cómo reunir en el análisis la clase y el género, en un conjunto dinámico y de permanente construcción de las relaciones sociales.

HOMBRES Y MUJERES, SEXO Y PODER, CONDICIONES SOCIALES

No vamos a tratar de resumir los principales puntos del debate que mantienen los medios, los políticos, la izquierda oficial, la izquierda revolucionaria y las feministas, a raíz del espantoso ataque a una joven estudiante en un autobús por parte de 6 hombres, en Delhi, a finales del año pasado [2012]. Tomaremos como referencia el texto de Maja John[1], publicado también poco después, pues pensamos que es el más interesante y provocador, por el desafío que plantea a las viejas afirmaciones feministas acerca de la naturaleza de la violencia sobre las mujeres, más concretamente a esa violencia que atraviesa a todas las clases, razas e incluso la historia, y que a su vez ha dado pie a la idea de que la violencia contra las mujeres se fundamenta ante todo en un ejercicio de poder y de dominio de los hombres sobre las mujeres. Buena parte de los estudios, por otra parte tan necesarios, sobre este tema fueron realizados por las feministas (sobre todo radicales) en los años 70 y 80, y como resultado, se aceptó en general que al distinguir entre distintos tipos de violencia contra las mujeres, dentro de distintos grupos de gente, no se percibía el cuadro en toda su extensión, esto es, el sistema del patriarcado. Esto también habría legitimado la agenda de los derechistas, que consideran a las clases “bajas” y a las minorías no blancas como más atrasadas, menos civilizadas, sexualmente depredadoras y predispuestas a la violencia y el crimen. Fijarse en las condiciones que provocan la violencia hacia las mujeres también se ha considerado como una manera de justificar o simpatizar con los criminales.

MJ desafía este principio básico distinguiendo entre violaciones urbanas y rurales, para recalcar las condiciones materiales que llevan a la existencia de gente vulnerable a la violación y la violencia sexual, y gente dispuesta a cometerla. Afirma que las violaciones en los medios rurales, en la India, son cometidas principalmente por hombres de la casta superior contra mujeres de la casta inferior (dalit, parias). El poder de casta permite que esto suceda con impunidad, con el apoyo de la estructura del Estado y sus instituciones, como la policía y el ejército, comprometidas con la seguridad del Estado y la guerra civil. Ella considera que este tipo de violaciones son diferentes, en términos de fuerzas de poder y situación social, a las violaciones urbanas, en las que la casta ya no es un factor importante y hay más anonimato, y en donde, en cambio, son los hombres de la clase obrera los principales criminales. Según su visión, la violación no es solo una cuestión de poder (este es otro de los principios básicos del feminismo, que considera la violación desde la perspectiva de la víctima), pues los hombres de clase obrera tienen muy poco poder dentro de un sistema capitalista de explotación.

Es entonces cuando trae a colación la cuestión de la crisis sexual de los hombres de la clase obrera, que están híper-explotados, trabajan muchas horas, son bombardeados con imágenes sexuales y viven en condiciones que les impiden colmar sus deseos sexuales. Esto produce un terreno fértil, especialmente en una sociedad en la que las mujeres ya disfrutan de un menor poder social y material, para los casos de violencia sexual. La autora pretende destacar el elemento de frustración sexual por parte del criminal como parte de los motivos de la violación, junto al poder (de otra forma, afirma, es imposible analizar la cuestión de manera adecuada y plantear una respuesta estratégica). La inclusión de este factor también abre la puerta a discutir el tipo de sexo y de relaciones a las que aspiramos, como parte de aquello por lo que combatimos en la lucha de clases. El componente sexual de la violación, hasta cierto punto, ha sido confirmado en otros estudios, por ejemplo, en unas entrevistas a algunos violadores de Sudáfrica, se señalaba este componente sexual como una de las motivaciones de la violación, así como los sentimientos de ira.

Hasta cierto punto estamos de acuerdo con esta forma de enfocar la cuestión. Pensamos que la crisis sexual bajo el capitalismo es un aspecto importante que hay que tener en cuenta, especialmente en el contexto de las diferentes trayectorias de la sexualidad masculina y femenina a través de los distintos periodos históricos, modos de producción y relaciones sociales. Si no se tiene en cuenta esta prevalencia de las condiciones sociales, por ejemplo en Sudáfrica o los Estados Unidos, lugares donde se registran los índices más altos de violaciones en todo el mundo, no se puede enfocar el problema de manera adecuada. MJ traslada esta cuestión a Delhi[2].

Sin embargo, nos preocupan las implicaciones que tiene esta relación explícita entre los índices de violación y la “crisis sexual en el capitalismo”. Primero, porque se centra en las frustraciones sexuales de los hombres, como si su necesidad de sexo fuera mayor o más incontrolable que la de las mujeres, en lugar de centrarse en el hecho de que ellos tienen el poder (espacios sociales, pocas probabilidades de enfrentarse a las consecuencias, la fuerza y su estatus como hombre) para lograr los medios de satisfacer esa necesidad, medios que las mujeres no tienen, a pesar de estar igual de frustradas sexualmente, si no más. Nosotros lo llamaríamos más bien una crisis social que repercute en el sexo. Así se señalan más explícitamente las condiciones sociales que influyen en el tipo de sexo que tienen tanto los hombres como las mujeres (ocasional, alienado, carencia total, forzado, etc.).

Ha habido casos en la historia en los que se desató una especial violencia sexual hacia las mujeres. Uno de ellos fue a finales del siglo XV en Europa occidental, donde se produjo una contrarrevolución como respuesta a los altos salarios de los obreros y a sus condiciones de vida, así como a la drástica reducción de las diferencias salariales entre hombres y mujeres tras la Peste Negra, la cual había reducido drásticamente el número de obreros y aumentado por tanto su poder de negociación frente a los terratenientes. Las autoridades trataron de cooptar a los obreros más rebeldes ofreciéndoles sexo gratuito: institucionalizaron la prostitución abriendo burdeles municipales, y de hecho descriminalizaron la violación de las mujeres de las clases bajas. Las violaciones múltiples se convirtieron en algo normal, y se llevaban a cabo abierta y públicamente. Los historiadores han analizado esto como una forma de protesta de clase, mediante la cual los hombres proletarios se desprendían de su odio hacia los ricos y volvían “a lo suyo”. Todo esto en un contexto en el que había que posponer el matrimonio varios años por la situación económica (situación parecida a la de muchos hombres de clase obrera de Delhi). Algunas perturbaciones sociales fueron el pequeño precio que tuvieron que pagar las autoridades, que empujaron a los hombres proletarios contra las mujeres proletarias para atenuar las tensiones sociales y evitar insurrecciones[3]. Las tensiones sociales que existían a finales del feudalismo fueron explotadas por las autoridades, lo cual no era difícil dadas las brutales condiciones de la guerra y la descomposición de las viejas estructuras sociales.

De la misma forma, el Estado indio (como la mayoría de los Estados), “penaliza” la violación (por ejemplo, suprimiendo la impunidad de las instituciones como la policía y el ejército a la hora de cometer violaciones, o en lo que atañe al sistema judicial, moldeado según la ilusoria idea de la neutralidad), pero al mismo tiempo refuerza las relaciones sociales capitalistas y los privilegios masculinos en su seno como un instrumento necesario para la división y el dominio de clase. Nosotros a esto no lo llamaríamos “crisis sexual de los hombres de la clase obrera” (aunque la frustración sexual pueda ser una motivación), sino más bien una sociedad en la que la mayoría de la clase obrera vive bajo una enorme presión material, que influye en sus relaciones sexuales.

La migración a la ciudad, compartir piso, habitaciones pequeñas o abarrotadas, muchas horas de trabajo y unas normas de género represivas, todo ello crea unas condiciones que hacen difíciles las relaciones sexuales, tanto para el hombre como para la mujer. Pero ligar la frustración sexual con un aumento de las violaciones por parte de los hombres proletarios supone saltarse el paso previo: lo que hace que alguien cruce la línea de la violación. En concreto, esos hombres pueden aliviar su frustración sexual. Esto no significa que los hombres violen porque quieren dominar a las mujeres, sino que violan porque, además de otras razones señaladas por MJ (como la división social/sexual del trabajo, la dependencia económica de las mujeres respecto a los hombres en las familias, el anonimato urbano, la hostilidad y la alienación como resultado de la emigración y sí, también la falta de sexo), existe otro factor importante que es el entorno masculino colectivo (por ello entendemos, en su sentido de género, algo socialmente creado, no natural o inherente), que proporciona un espacio en el que tal comportamiento puede desenvolverse con relativa impunidad. Y esto porque se desenvuelve dentro de los límites de las normas del comportamiento masculino (los hombres se desenvuelven arrancando sexo o siendo violentos). El entorno urbano es un espacio donde se congregan amplios grupos de hombres y donde, especialmente en Delhi, los espacios públicos están dominados por hombres. Este ambiente de “hombres aglutinados” ofrece oportunidades para desplegar algunas de estas conductas “masculinas”. No pesamos que esto esté ante todo relacionado con el bombardeo de imágenes sexuales, como afirma MJ. Después de todo, en las zonas obreras de Delhi no existen esos grandes anuncios con mujeres semidesnudas. Y muchos obreros tampoco tienen televisión ni acceso a la pornografía en internet. Pensamos que, como en periodos históricos anteriores en los que los pueblos se convirtieron en ciudades, el espacio urbano en sí mismo ofrece más oportunidades para las relaciones sexuales, por el hecho de que en general hay más mujeres (no en sentido cuantitativo, pero sí que hay más que en las aldeas), así como por la existencia de estos espacios colectivos masculinos en los que el deseo se puede expresar y satisfacer con dinero más fácilmente.

Que los espacios urbanos ofrezcan más posibilidades de mantener relaciones sexuales es algo bueno, en principio. El problema viene cuando esta posibilidad no se materializa porque el hombre y la mujer no pueden ser amigos y socializarse y el sexo fuera del matrimonio es socialmente inaceptable, sobre todo para las mujeres. Pero relacionar la violación con esta crisis sexual puede ser desorientador, pues los hombres pueden aliviar esta crisis sexual de alguna forma, saliendo y pagando por sexo. Así pues, no es el elemento sexual (frustración) sobre el que hay que poner el acento en la violación (aunque pueda ser una motivación), sino el poder social (impuesto y reproducido estructuralmente) que la suscita. (Para nosotros la noción de poder, tal y como la presenta MJ, como poder del hombre sobre la mujer, es una noción limitada que hay que ampliar). Este poder social aún no ha sido combatido de manera adecuada por las mujeres, pues su papel en la producción capitalista las ha dejado en un cierto segundo plano, y carecen de formas organizativas amplias y colectivas.

CUESTIONES DE ESTRATEGIA Y QUÉ ES LA LUCHA DE CLASES

Aunque los hombres de la clase obrera están explotados por el capital, disfrutan de cierto poder sobre todas las mujeres en determinadas situaciones: en general, sobre sus mujeres e hijas, y sobre las mujeres de “clase media” cuando éstas se encuentran en situaciones más vulnerables, o expuestas. Pese a conocer las diferencias materiales que crean esta desigualdad de poder a favor de los hombres en los hogares de la clase obrera, y que hacen a las mujeres más vulnerables a la violencia, MJ apuesta por una reacción estratégica que, lejos de afrontar las relaciones personales con los hombres dentro del hogar, o con los obreros en general, es más de carácter “externo”, contra el capitalismo. Y para acabar efectivamente con el capitalismo se necesita una “unidad de clase” que no separe a las mujeres (obreras) de los hombres de la clase trabajadora. Sobre esto nos gustaría señalar un par de cosas.

Primero, como hemos dicho, los hombres proletarios ejercen y aceptan cierto poder sobre sus mujeres e hijas, poder que ha sido transferido por el capital y el Estado en forma de salarios o ciertas leyes. En la medida en que estas relaciones sociales no son ampliamente contestadas, los hombres tratan de mantener ese beneficio que obtienen gracias a una división desigual del trabajo (doméstico) y a los privilegios sociales, dentro de un sistema más amplio de explotación capitalista. Y segundo, pensamos que las divisiones materiales existentes en la clase obrera deben ser superadas en su seno y como parte de la lucha de clases, para poder plantear una amenaza revolucionaria al capitalismo como un todo. Aunque estamos de acuerdo en que el Estado y el capital emplean las divisiones de género y la separación de las distintas esferas para mantener dividida a la clase obrera, la respuesta no puede consistir en defender una “unidad de clase” que ignore las verdaderas diferencias materiales entre los hombres y las mujeres de la clase obrera. Estas incluyen: el mayor papel que tienen las mujeres obreras en el cuidado de los hijos y las labores domésticas, consideradas como una “carga” que requiere del salario del hombre como complemento; unos roles de género normalizados y patologizados que justifican el desempeño por parte de las mujeres de los trabajos menos cualificados y por tanto peor pagados; el hecho de que son “competidores” más baratos, dentro del mercado laboral, provocando la bajada del salario de los hombres, etc. Luchar contra esto es parte del combate contra la división social del trabajo que caracteriza el modo de producción capitalista como tal: división entre trabajo manual e intelectual, campo y ciudad, y por último, pero no menos importante, la división entre trabajo doméstico/privado y público/”productivo”.

Estas luchas obreras “internas” plantean una amenaza a la retórica de la “unidad de clase”, tal y como expone MJ, que viene de la tradición marxista-leninista que defiende tal concepto. Pero ocultando las verdaderas diferencias materiales que existen entre los distintos segmentos de la clase obrera, que el capital ha creado y continúa creando, no se fortalece a la clase obrera. De hecho, esto tiende a limitar el número de aquellos dispuestos a involucrarse en la lucha, pues la gente considerará que no va lograr nada participando en esa lucha particular. Con la proletarización, históricamente, han surgido conflictos internos similares, como el caso de los obreros de la casta más baja en la India o el de los obreros afroamericanos en los Estados Unidos. No todas sus luchas contra las castas o el racismo fueron luchas “identitarias”. Pensamos que debería haber un sitio dentro de la clase obrera y sus organizaciones para defender un “espacio de lucha dentro de la lucha de clase”, para desarrollar una crítica completa de clase y de género, y al mismo tiempo poder delimitar todas las posibles líneas de poder que van desde los espacios colectivos (femeninos) del proceso de producción inmediato al hogar. Dicho esto, las mujeres proletarias deben hacer frente a las jerarquías de género en la lucha, aquí y ahora.

CADA CLASE TIENE SU PROPIA CUESTIÓN DE LA MUJER

Siguiendo su noción marxista-leninista de la unidad de clase, en el trabajo de MJ subyace la idea de que “cada clase tiene su propia cuestión de la mujer” y de que no hay relación estructural entre las relaciones de género de las distintas clases (algo que ya dijo Clara Zetkin en 1896). De la misma forma que emplea este argumento para explicar que no puede haber alianzas interclasistas entre mujeres, basadas en una experiencia compartida (y de ahí que esté de más el movimiento feminista), también lo utiliza a la hora de explicar por qué cualquier lucha contra la opresión de la mujer debe ser liderada por las mujeres obreras, pues las de clase media, que lideran el feminismo oficial (principalmente) académico, nunca desmantelarán el capitalismo como fuente de toda opresión, dado que tienen intereses colectivos y materiales opuestos a los de la clase obrera. Estamos de acuerdo en que las mujeres obreras son la única fuerza capaz de llevar esto a cabo. Pero no por las mismas razones.

¿CÓMO SE DEFINE LA CLASE?

Lo primero que vamos a hacer es cuestionar la definición de clase de MJ. Ella define la “clase” como aquellos que tienen un interés colectivo en destruir el capitalismo, dado que producen más valor que el que les dan para sobrevivir. No distingue las diferentes capas que componen a la clase obrera, es decir, cuál es su situación, dentro del proceso social de producción, y qué implicaciones tiene esto en términos de divergencia de intereses, experiencias y necesidades. Pensamos que estas diferencias deben abordarse directamente como parte del proceso revolucionario a través del cual la clase obrera se reagrupa, más que mediante una “educación política” impuesta desde fuera que nos diga que, en última instancia, todos tenemos los mismos intereses.

Según MJ, las luchas internas de la clase obrera (como las luchas entre obreros y obreras) o el feminismo (que ella considera como un todo, y no compuesto por diferentes ramas) minan la lucha de clases porque tratan de dividirla en lugar de unificarla.  Estas “luchas separadas” son consideradas como un desvío de la política de liquidación del capitalismo. La idea de que mujeres de diferentes clases puedan compartir cierto grado de experiencias comunes (por ejemplo, si sufren una violación o violencia sexual) o una comunidad estructural y que esto pueda llevar a algún tipo de frente común de lucha (feminismo), complica el concepto de clase y colectividad de MJ y todo lo que implica el proceso revolucionario.

LA CLASE DETERMINA TUS INTERESES

En sus intentos por apartar la lucha feminista de la lucha de clases, MJ afirma que las mujeres de clase media están excesivamente preocupadas el “comportamiento sexista” y por las cuestiones “personales/individuales”, mientras que las mujeres de la clase obrera están más preocupadas por las cuestiones relativas a los salarios, condiciones de trabajo, precios de los alimentos, etc. Esto es históricamente erróneo. Durante las luchas de los años 60 y 70, en Europa occidental y EEUU, las mujeres proletarias plantearon cuestiones relativas a la vivienda, el alquiler, los precios de los alimentos, la cuestión de la salud (también sexual y reproductiva). Durante estas luchas, muchas de las cuestiones que parecía que pertenecían al “ámbito privado” se transformaron en cuestiones políticas colectivas. ¿Cómo se comporta nuestro marido o camarada en casa o en la cama? ¿Cómo nos consideramos a nosotras mismas, nuestra sexualidad? ¿Qué tipo de jerarquías de género existen en la lucha y sus organizaciones políticas? ¿Quiénes hablan en ellas y cómo? El descubrimiento de que las jerarquías de género no eran cuestiones privadas llevó a análisis “científicos” de la historia de las relaciones de género en el capitalismo y en los periodos pre-capitalistas. Hasta entonces esto eran lagunas en la lucha de clases y el movimiento comunista, y la lucha contra estas jerarquías y lagunas hay que llevarla a cabo para adquirir una posición comunista. Mientras el “feminismo pequeño burgués” tiende a apartar las cuestiones de género de la lucha proletaria colectiva de la que surgen, pensamos que la postura de MJ corre el peligro de hacer lo contrario: meter bajo la alfombra el potencial conflictivo y la embarazosa politización de las jerarquías de género en el seno de la clase obrera y de las organizaciones obreras, y dejar éstas al margen de la lucha, poniendo el acento en otras cuestiones aparentemente más “clasistas” (empleo, consumo reproductivo), de las cuales a su vez emergen.

En resumen, esta distinción entre lo que es y no es “clasista” sólo se puede asumir si se considera a la clase principalmente como a aquellos que reciben sólo el valor de los costes para su reproducción, más que considerarla partiendo de la posición que ocupa en el proceso social de producción. Aquí surge la cuestión de cómo definir a las mujeres obreras. ¿El concepto incluye, como piensa MJ, a las amas de casa que dependen del salario y la voluntad de sus maridos? Así se obvia su dependencia del salario masculino y por consiguiente las distintas posiciones que tienen cada uno dentro del proceso de producción social. Asumir que sus intereses son automáticamente comunes es asumir un cuadro bastante idílico de sus lazos familiares/matrimoniales. ¿Esta noción de la clase obrera incluye a las trabajadoras a domicilio que tienen sus propios ingresos pero carecen prácticamente de relaciones sociales colectivas? ¿O a aquellas asalariadas que trabajan fuera de casa, que pueden así sentirse como parte de una clase, pero que siguen recibiendo menos del salario “normal” y luego tienen que hacer más trabajo doméstico que sus “maridos de clase”?

Si esta especie de divisiones internas arriba bosquejadas no se superan como parte de la lucha de clases, entonces la “unidad formal” como tal siempre va a requerir de una fuerza externa que mantenga a la clase unida, lo que en última instancia implica un aparato estatal que desarrolla intereses separados de la clase que dice representar. La revolución, entonces, se concibe así como un proceso en el que mediante la conquista del poder Estatal, se distribuye equitativamente el producto social. Para nosotros, más bien, la precondición de ese “poder liquidador” del  Estado y el capital es un proceso revolucionario que se deshaga de las jerarquías en las que se basa la división del trabajo dentro de la clase, durante la propia lucha. La revolución comunista debe desarrollar alternativas a la reproducción basada en el núcleo familiar, como una parte más de la organización de la lucha.

Una de las razones de que las luchas feministas predominantes hayan sido lideradas por un pequeño número de mujeres de clase media, sobre todo académicas, podría ser que es ahora cuando está aumentando el número de mujeres que pensamos que pueden considerarse a sí mismas como sujetos pertenecientes a la clase obrera (esto es, asalariadas capaces de construir una colectividad clasista al margen del aislamiento del hogar) hasta el punto de abrir espacios sociales, facilitando la tarea de hablar y organizarse masivamente. Pero no se trata de un problema de cantidad (obviamente hay más asalariadas que académicas, incluso en India). Más bien podría tratarse de que las mujeres de clase media que entran antes al mercado laboral, aun desde posturas pequeño-burguesas, tienen más capacidad para mostrar descontento por la opresión de género (obviamente partiendo de unos ingresos más altos y a menudo aceptando el privilegio social que ello conlleva).

En todo caso, no creemos que sea productivo silenciar a las mujeres de clase media, aunque admitimos que no nos gusta que nadie escuche a aquellos que, dentro del sector de las ONG, no paran de hablar de “empoderar a las mujeres pobres con microcréditos” y cosas por el estilo. Además no todas las feministas de clase media defienden necesariamente posturas de clase media, algunas plantean cuestiones importantes acerca de la comunidad estructural de las relaciones de género dentro de las distintas clases, que tienen importantes implicaciones de cara a nuestra comprensión y actividad política. ¿En base a qué podemos hablar de comunidad estructural?

EL TRABAJO DOMÉSTICO Y LA RELACIÓN ESTRUCTURAL ENTRE LAS RELACIONES DE GÉNERO DE DISTINTAS CLASES

La cuestión del trabajo doméstico surgió a raíz del debate por el crimen del 16 de diciembre, en un intento del grupo “Radical Notes” de señalar la relación estructural que existe entre las mujeres obreras y las de clase media, y de combatir la idea de MJ de que cada clase tiene su propia cuestión de la mujer. Ellos decían que como todas las mujeres se ven obligadas a hacer labores domésticas, o al menos se espera de ellas que las hagan, esto supone una base material para la experiencia común y una posible lucha de todas las mujeres. Sin embargo, MJ ponía en ciertos aprietos a esta perspectiva, señalando la distinta naturaleza que tiene el trabajo doméstico para las mujeres de las distintas clases, para distintas fases del capitalismo y para distintos modos de producción. Explicó, con razón, que el trabajo doméstico no es igual para la mujer de clase media, que puede pagar a alguien para que lo haga, que para la mujer obrera, que tiene esa “doble carga” de trabajo. Estas diferencias de clase obviamente están ahí, especialmente en India, donde la diferencia de niveles de ingreso es tan vasta, y donde es corriente que las mujeres de clase media paguen a las mujeres obreras para que trabajen en sus casas. En este sentido, el trabajo doméstico lo llevan a cabo en general las mujeres obreras, para ellas y sus familias, así como para la clase media, bien se trate de trabajo no remunerado o pagado con un magro salario, y esto proporciona la base material para la perpetuación de las condiciones de su sometimiento, y refleja la mala posición que ocupan dentro del mercado de trabajo.

Pero las mujeres de clase media también sufren violaciones y violencia sexual a manos de sus amigos y maridos. MJ explica esto con el argumento de que la victimización de las mujeres obreras se proyecta hacia las mujeres de clase media. Pero esto no nos convence, pues pensamos que se debe más bien a la existencia de una comunidad estructural interclasista de relaciones de género cuyos orígenes habría que buscar en: la división de género entre las esferas productivas y reproductivas, presente en todas las clases; las instituciones de género y el particular rol de las mujeres como trabajadoras en el capitalismo.

INSTITUCIONES DE GÉNERO

El surgimiento del capitalismo fue un desarrollo contradictorio: si por un lado socavó las instituciones patriarcales previas (feudales), al mismo tiempo, mientras se desarrollaba la idea del sujeto burgués, universalizó ampliamente los roles de género interclasistas. El Estado de bienestar y el sistema de salud generalizaron hasta cierto punto tanto las normas reproductivas como una “visión científica de la biología social de la mujer”. Y emergieron ciertas instituciones en las que, a pesar de las diferencias de clase, convergen los hombres tanto de las clases altas como de las bajas. (Y si existe una dinámica que tiende a proyectar la victimización de las mujeres obreras en las de clase media, entonces también existe otra dinámica similar que relaciona la masculinidad de los obreros con la de los hombres de clase media). Estas instituciones se convierten en escuelas de masculinidad, como los ejércitos, la economía colonial, el sistema carcelario, las organizaciones religiosas, algunas industrias, etc. Estas instituciones funcionan como un colchón durante las épocas de contracción del mercado de trabajo: los hombres de la clase obrera emigran, se alistan al ejército, logran ayuda material entrando en organizaciones religiosas interclasistas, etc.; los obreros entran en ellas (se ven obligados a ello) y se juntan con hombres de otras clases en una esfera jerárquica masculina separada, que disciplina a los hombres de la clase obrera, conserva las estructuras jerárquicas y les enseña a disciplinar a “sus mujeres”. La conciencia sexista de la clase obrera, pues, no pude considerarse como mera “falsa conciencia”, como un resto de otra época, o como “válvula de escape”, sus fundamentos deben ser atajados materialmente. Estas instituciones capitalistas, dirigidas principalmente por hombres, han ido impulsando el conflicto ligado al reparto desigual del trabajo (doméstico) y de poder en el seno de la clase obrera, sobre todo en lo que respecta al acceso al mercado de trabajo. Irán es buen ejemplo de una fuerza estatal/religiosa capaz de poner en retirada el trabajo femenino; se basa parcialmente en “instituciones masculinas”, que defienden mediante una ideología conservadora el derecho de los hombres de la clase obrera a entrar en un mercado de trabajo que se encoge progresivamente. Pero también podemos ver que hoy en día se necesita un Estado policial para reproducir esta separación; quizá las “mujeres” sean las primeras en romper la armadura de este Estado policial. Después de todo, la ideología sexista de la clase dominante no parece tan desconectada de la situación de la clase obrera como ocurría en tiempos feudales, donde estas instituciones “civiles” no se habían desarrollado hasta este punto.

Estas instituciones, a menudo patrocinadas por el Estado, también son una vía a través de la cual las diferencias de género se reproducen constantemente a pesar de que el capitalismo socave las razones biológicas que venían determinando la división del trabajo entre hombres y mujeres (por ejemplo, mediante la automatización, que reduce la importancia de la fuerza física e iguala a la mujer y al hombre en el mercado laboral). Las instituciones masculinas, como el ejército o el sistema carcelario, algunos sectores del movimiento obrero organizado y los movimientos de izquierda, por ejemplo, perpetúan estas jerarquías y privilegios de clase y género, así que una parte esencial de la lucha de clases consiste en atacar a estas instituciones, incluida, importantísimo, la familia. En este caso, pensamos que es ingenuo por parte de MJ pensar que esto no implicará algún tipo de desafío “directo” al poder de los hombres proletarios por parte de las mujeres proletarias, en ciertos momentos.

HUYENDO DE LA COCINA, EL HOGAR Y LA FAMILIA

La cuestión de saber dónde residen las bases materiales de la opresión de la mujer es crucial. Ya hemos mencionado que una de las perspectivas que se introdujeron en el debate es que la situación de sumisión de la mujer se debe principalmente a su papel como trabajadoras domésticas o reproductivas no asalariadas. MJ discute dos de las estrategias que se han empleado hasta ahora como respuesta a este tradicional encierro de las mujeres en el hogar: 1) la campaña por “remunerar el trabajo doméstico” en los años 70, con la que ella es muy crítica por considerarla una reivindicación poco realista y que consolida el papel de la mujer en el hogar (cosa en la que estamos de acuerdo); y 2) la entrada masiva de las mujeres en el mercado de trabajo, que suministra las bases materiales para echar abajo el sexismo y las jerarquías de género. Aunque esto es cierto, nosotros añadiríamos que no basta por sí solo, pues aunque la participación entre hombres y mujeres en el mercado de trabajo se ha equilibrado en algunos países de Europa, sin embargo los índices de violencia sexual contra las mujeres siguen siendo altos. Esto se debe a que, bajo el capitalismo, las mujeres son siempre el ejército de reserva de mano de obra, pues son ellas las que dan a luz y por eso siempre serán menos atractivas para los empresarios, al suponer real o potencialmente un coste social al capital. Y si no son asalariadas, serán una carga para el salario de los maridos, provocando resentimiento, y si lo son, las verán como competidoras que amenazan los sueldos de los obreros (o de los hombres de clase media, si hablamos de las mujeres de clase media). Así, para nosotros, se explican mejor cuales son las bases materiales de la violencia sexual contra las mujeres en cada clase.

Aunque la abolición del sistema capitalista es el objetivo al que obviamente canalizamos nuestra energía, la cuestión de saber cuál es la mejor forma de hacerlo adquiere cada vez más urgencia. MJ cree que el pleno empleo es una precondición y una reivindicación para la igualdad de la mujer. Pero esto es imposible en las condiciones actuales. En la crisis, las mujeres son despedidas y vuelven al hogar o a peores trabajos, lo cual no mejora necesariamente sus condiciones de vida. Así que, ¿qué otras estrategias hay? Las experiencias de las mujeres como asalariadas y amas de casa deben ser compartidas y difundidas entre la clase obrera y sus organizaciones; deben generalizarse más luchas fuera de las fábricas, hacia otros centros de trabajo y hacia los hogares; las actuales formas “obreras” de organización deben ser estimuladas y renovar su organización para que se acoplen a las necesidades de las mujeres, como obreras y primeras cuidadoras; las actuales estructuras organizativas formales, como los sindicatos, que separan a los distintos trabajadores, necesitan ser superadas; las mujeres deben conquistar una situación que les permita tener más tiempo libre para poner en común sus luchas; hay que organizar formas autónomas colectivas para cuidar a los niños; hay que socializar otras tareas reproductivas y cuestionar la separación entre trabajo/hogar y público/privado; hay que superar el sexismo de los hombres de la clase obrera y la izquierda revolucionaria. Esto no es una proclama voluntarista, lo que hacemos es plantear algunas sugerencias y preguntas que sin duda alguna surgirán mientras continúe la agitación social de la presente fase.

En fin, terminamos con una última pregunta: ¿cómo concebimos un modo de producción post-capitalista que no reproduzca la división del trabajo basada en el género y el propio género como concepto en sí, dado que las mujeres son las que tienen hijos? Si la “productividad social” capitalista es la base material que permite no solo concebir la noción de “género”, sino también superar la división social del trabajo en la que se basa el propio género, ¿cómo se pueden criticar al mismo tiempo los medios que aportan lo esencial para ello, desde la leche en polvo hasta la cesárea, desde la píldora hasta las “tecnologías que ahorran trabajo” y cuya producción al mismo tiempo nos esclaviza y destruye nuestro entorno? ¿Dónde están las presentes semillas para una sociedad alternativa? Estas son las preguntas que nos asaltan ahora. Os pedimos por favor que nos hagáis llegar vuestra opinión para poder seguir debatiendo y quizá escribir otro artículo. Con suerte, continuará…


[1] Mayo de 2013,  y octubre de 2013.

[2] Sin embargo, las violaciones registradas en 2013 no son muchas (1.330 en una población de 17.5 millones). . No pensamos que los datos avalen la tesis de que Delhi es más peligrosa para las mujeres que otras grandes metrópolis en rápido crecimiento.

[3] Federici, S., El calibán y la bruja, pág.47-48.

Los parias al asalto de la fortaleza del Norte

Texto publicado en Échanges nº 148, que hemos completado con el titulado Muros, (Échanges nº 153) y a los que añadimos una introducción, Los emigrantes alemanes, tomada del primer y único número de la Revista Comunista, órgano de la Liga de los Comunistas, septiembre de 1847.

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LOS EMIGRANTES ALEMANES

Ya en la antigüedad aspiraban los hombres a un mundo mejor, a un mundo nuevo, en el que confiaban ser felices, y sus aspiraciones siguen siendo las mismas de entonces. Des­graciadamente, pese a todas las aspiraciones, poco es lo que hasta hoy se ha conseguido, pues durante mucho tiempo se ha estado buscando ese mundo mejor donde no podía encontrarse, y aun es hoy el día en que son muy pocos los que saben y comprenden que ese mundo mejor está bien cerca de nosotros, que para alcanzarlo basta con unir y organizar a los oprimi­dos, con imponerse un recio esfuerzo. Se equivocan de medio a medio, naturalmente, los que piensan que basta con buscar, con emigrar a América, para dar con ese mundo mejor. Ese mundo mejor no hay que buscarlo, sino conquistarlo, y el cielo no nos ayudará si nosotros mismos no nos unimos firmemente y nos ayudamos. En otro tiempo, millones de europeos se pre­cipitaban hacia el Oriente para escapar a la tiranía de los se­ñores feudales, para ganar el cielo con la conquista de los San­tos Lugares y esperanzados en que en el suelo que había pisa­do su Redentor les sería dado ya sobre la tierra un avance de las delicias celestiales; pero fueron muy pocos los que alcan­zaron la meta, pues los más cayeron sin haber visto la tierra de Jerusalén, derribados por las enfermedades y por el acero de los turcos.Continue Reading

Capitalismo y sindicatos

A continuación reproducimos el texto “Capitalismo y sindicatos”, publicado en dos partes en la revista Lucha y Teoría nº 3 y nº4 (1975). Pensamos que el texto presenta un doble interés: por un lado, porque se dedica a analizar una cuestión que la tendencia de la “autonomía obrera” no logró resolver en aquella época y que hoy está a la orden del día: la cuestión sindical; y por otro lado, porque el desarrollo del análisis, en forma de artículo/contra-artículo crítico, es un buen ejemplo de cómo se deberían tratar las divergencias teóricas en toda organización proletaria, dejando que cada tendencia se exprese también en los órganos de prensa.
Dentro del pequeño grupo de trabajadores que colaboran en la publicación de El Salariado también existen diferencias a la hora de valorar la forma sindicato como organización de clase para la lucha económica. El compañero que firma los artículos con el seudónimo de Proletario para sí comparte hasta cierto punto el análisis histórico que se hace en este artículo, según el cual el sindicato ha caducado como forma organizativa al servicio de la clase. Mientras que el resto de miembros se acerca más a las posturas que se expresan en las respuestas críticas, sin llegar tampoco a coincidir por completo.
Y es que, al fin y al cabo, las diferentes visiones que se defienden en este texto terminan coincidiendo en lo esencial: “En este sentido, creemos que los actuales niveles de organización y conciencia de la clase obrera, así como los caracteres de la sociedad capitalista de hoy (crisis, grado de avance tecnológico, socialización del consumo, manipulación ideológica, problemática de la vida cotidiana, etc.) apoyan y dan base a las teorizaciones y a las prácticas dirigidas a la construcción de nuevas formas organizativas y de lucha que rompan la división entre lucha económica, lucha política, lucha ideológica, etc.”. Estas teorizaciones y estas prácticas dieron lugar a la fracasada experiencia de la “autonomía obrera” hace casi 50 años.Continue Reading

La Seguridad Social

Artículo publicado en el Boletín de las Plataformas de CC.OO. nº 5, julio 1971.

La Seguridad Social, como alguien la definió, es la afirmación del derecho humano de disponer de las mismas oportunidades delante del riesgo de enfermedad, invalidez, vejez, etc.

En el siglo XIX, las condiciones de trabajo infrahumanas, los bajos sueldos, el em­pleo de mano de obra barata (niños), etc. dejaban al trabajador en una situación de to­tal «inseguridad”. La lucha y los continuos conflictos que esto creó, obligaron a go­bernantes alemanes a crear un plan sanitario obligatorio, cuya financiación estaría a cargo de los impuestos generales, y a través de éstos del trabajador mismo. En reali­dad, los gobernantes alemanes con esto sólo pretendían poner un freno al socialismo.

EN ESPAÑA

El punto de partida do la Seguridad Social Española, (suponiendo que se pueda llamar Seguridad al sistema que excluye a los enfermos mentales y a los ancianos) es en 1908 con la creación del Instituto Nacional de Previsión, organismo autónomo dependiente del Ministerio de Trabajo, con la puesta en marcha de un seguro voluntario, que será el germen del posterior Seguro Obligatorio de Enfermedad.Continue Reading

La clase obrera global

Publicado originalmente en la revista Wildcat nº 98, verano 2015.

LA CLASE OBRERA GLOBAL

¿REVUELTAS O LUCHA DE CLASES?

El concepto de clase se ha hecho popular de nuevo. Tras la reciente crisis económica global, hasta la prensa burguesa ha empezado a plantearse la cuestión: “¿Es que acaso, después de todo, Marx tenía razón?” En los últimos dos años el libro El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty ha permanecido en la lista de los más vendidos –un libro que describe de manera detallada cómo históricamente el proceso capitalista de acumulación lleva a la concentración de riqueza en manos de una minúscula minoría de capitalistas. En las democracias occidentales, las significativas desigualdades también han provocado que aumente el miedo a los levantamientos sociales. Este fantasma ha recorrido todo el mundo durante estos años: de los disturbios de Atenas, Londres o Baltimore, a las revueltas de África del Norte, que en ciertos casos se llevaron por delante a todos los gobernantes del Estado. En esta época agitada, como siempre, mientras una facción dominante aboga por la represión y las armas, otra abandera la “cuestión social”, que para ellos supuestamente se resuelve con reformas o políticas redistributivas.

La crisis global ha deslegitimado el capitalismo; la política de los dirigentes y los gobiernos de hacer que los trabajadores y los pobres paguen la crisis ha impulsado la ira y la desesperación. ¿Quién va a negar que vivimos en una “sociedad de clases”? ¿Y qué significa esta palabra?Continue Reading

Sobre el sindicato: su debilidad y su desarrollo en Europa y en los BRICS

Texto publicado por el grupo de discusión Marsella-Zombi en diciembre de 2014.

En este artículo vamos a estudiar la situación del sindicalismo en Europa y el surgimiento de nuevas formas sindicales en los BRICS[1]. Sabemos que el problema sindical es complejo: dentro de las corrientes del movimiento obrero existen toda una gama de posturas que van del anarcosindicalismo al anti-sindicalismo por la autonomía obrera, del sindicato como escuela de la lucha de clases hasta el sindicato como correa de transmisión del partido y estructura social integrada en el Estado. No pretendemos pues ofrecer al lector una posición exhaustiva, escribimos con la esperanza de ofrecer una pequeña reflexión.

La tasa de sindicalización se ha reducido considerablemente en Europa durante los últimos años, aunque existen grandes diferencias entre unos países y otros. En Suecia, el 70% de los trabajadores está sindicado, frente al 8% de Francia, que representa la tasa más baja de todos los países industrializados, por debajo incluso de los Estados Unidos, Corea o Turquía. En Alemania, hay 27 millones de trabajadores sin afiliación, de un total de 33 millones. El sistema británico deja sin afiliación sindical a más del 70% de trabajadores, es decir, 19 millones de personas. Una baja tasa de sindicalización no significa que no exista representación sindical. Ésta es elevada, sobre todo en el sector público y las grandes fábricas. Esta reducción se debe a varios factores:Continue Reading

Solidaridad virtual

Artículo publicado originalmente en Échanges nº 84, abril-septiembre 1997.

En el otoño de 1995 una huelga de solidaridad (ilegal en Gran Bretaña) provoca el despido de cientos de estibadores del puerto de Liverpool, dando inicio a un conflicto que se prolongará 3 años y que a pesar de contar con el apoyo de amplios sectores sociales[1] y una difusión informativa mundial terminó en una derrota para los trabajadores implicados. El contraste entre esta aparente fuerza del movimiento solidario y su debilidad real de cara a imponer una solución favorable ante la empresa, llevó a Henri Simon a cuestionar el carácter de esta solidaridad y a distinguir entre la solidaridad real de los trabajadores en lucha y la solidaridad virtual.
Si traemos aquí este texto a colación es porque pensamos que las lecciones que el proletariado puede extraer de su propia experiencia tienen validez internacional. Así, la derrota sufrida por los estibadores de Liverpool puede ser aprovechada por los trabajadores de McDonalds de Chicago o por los técnicos subcontratados por Telefónica de Barcelona y toda España. Aunque somos conscientes de que estas lecciones que la clase obrera puede aprender de su experiencia histórica, sobre todo de sus derrotas, solo pueden ser atesoradas y transmitidas adecuadamente a través de la organización clasista, hoy prácticamente ausente.

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