Correspondencia en torno a las tareas económicas proletarias

A la web El Salariado

Saludos

Este texto gira en torno a las tareas económicas proletarias (es decir: las tareas de contribución a la aglutinación y demarcación de clase), tomando como referencia tres artículos de interés aparecidos en el último año: dos firmados por Ángel Rojo (Independencia política y lucha obrera independiente y De órganos de clase a engranajes del Estado), y uno anónimo (La Demolición y sus cimientos, firmado por «Un comunista»). El primero publicado en la web El salariado, los otros dos en la web Kursant. El texto tiene dos partes diferenciadas: la primera, unos comentarios sobre el contenido de los artículos; la segunda, una consulta y unas reflexiones sobre tareas económicas y necesidades actuales. 

El primer y tercer artículo son evidentemente confluentes en lo fundamental -la mayoría de mis comentarios son, pues, aplicables a los dos-, y el segundo viene a contribuir a dar un marco histórico a cómo se ha llegado a la situación actual. Expresar de entrada mi convergencia en lo nuclear (1) con lo expuesto en los tres artículos, tanto en la valoración del contexto general  actual como de no-expresión del proletariado como fuerza colectiva independiente, como en la necesidad de tareas económicas y políticas proletarias que contribuyan a alterar esa situación. 

El primer artículo de Ángel Rojo es una contribución alrededor de las tareas económicas proletarias, la independencia de clase y la interacción bidireccional de ambas con las tareas políticas, que se podría resumir en este lúcido fragmento: 

«Por otro lado, como ya hemos comentado en el apartado anterior, la intervención comunista en las luchas económicas, sobre todo hoy en día con la clase obrera desaparecida de la escena histórica, no consiste en ofrecer una alternativa política elegante y atractiva, lista para recibir las simpatías de los trabajadores, lista para consumir. Consiste, como se ha intentado explicar, en colaborar en la reformación de la clase obrera, en el resurgimiento del movimiento obrero independiente y el asociacionismo proletario, sin el cual, por mucho que algunos aparezcan en los medios representando al proletariado y hablando en su nombre, éste seguirá siendo un cadáver.

Aunque el partido formalmente surge fuera de la clase y de su movimiento espontáneo, el desarrollo del partido y el de la clase están íntima y dialécticamente ligados. La fuerza o la debilidad del partido expresa la fuerza o la debilidad de la clase en su conjunto. Y para salir del actual estado de debilidad no hay atajos ni artificios posibles, no conviene aparentar lo que no se es, no es cuestión de una buena campaña de marketing». 

Estando de acuerdo en lo fundamental con lo expuesto en el artículo, sí me gustaría hacer algunos comentarios sobre algunas cosas. El primero es alrededor de la cuestión de la centralidad de los centros de trabajo en las tareas económicas proletarias. El documento expone: 

«En el estado de absoluta dependencia en el que se halla hoy la clase obrera, la defensa de la independencia de clase requiere de una actividad constante en los centros de trabajo que, ante cualquier lance o situación, aclare los principios que deben guiar la lucha o la actitud de los trabajadores. Se trata de una actividad ordinaria y poco gratificante (según los parámetros del «doy para que des») que consiste, sí, en redactar panfletos con hermosas frases sobre la solidaridad de clase, pero también en explicar, por ejemplo, por qué debemos evitar las subidas porcentuales de salario (frente a las subidas nominales), o qué consecuencias puede tener en una huelga la división entre fijos y eventuales si no se toman las medidas oportunas, o qué maniobras está llevando a cabo el patrón junto a sus agentes sindicales, o qué se esconde detrás de un hecho determinado y aparentemente sin importancia, etc. En un centro de trabajo, prácticamente todos los gestos, todas las situaciones, llevan un sello de clase, capitalista o proletario. Y es importante que los trabajadores aprendan a descifrarlo».

Estoy de acuerdo: los centros de trabajo son el terreno central para la aglutinación y demarcación de clase; no el único (cuestiones como el acceso a la vivienda y a productos y servicios básicos, el militarismo y la guerra, la exigencia de servicios públicos adecuados y de seguridad para la clase obrera, etc, no pueden dejar de abordarse en tanto que cuestiones bien reales que afectan cotidianamente a la clase trabajadora, pero siempre vinculándolos al plano de las condiciones de trabajo del proletariado, no desde una perspectiva popular o ciudadana interclasista/aclasista), pero sí el central. Y son, por tanto,  también el terreno central para alterar la relación de fuerzas burguesía-proletariado: sin órganos de clase en el terreno central de la producción, y sin los procesos asociados al desarrollo de esos órganos y a huelgas de clase, esa relación de fuerzas no puede alterarse, ni el proletariado puede autotransformarse a través de la lucha colectiva.

Sobre lo que tengo más dudas es de la validez universal para las condiciones actuales de un esquema rígido (esquema que el artículo no presenta, por otro lado: es más bien una reflexión de mi parte) que concibiera estrechamente esa centralidad como tener que “ir ganando centro por centro con órganos de clase, hasta alcanzar un punto crítico de extensión”. O dicho de otro modo: una unidireccionalidad que necesariamente empiece por el centro de trabajo, de ahí a otro, de ahí a otra empresa, de ahí a otro sector, y de ahí a la expansión territorial, etc. Sin negar que pudieran darse desarrollos en ese sentido, considero que las circunstancias actuales (marcadas por la temporalidad, la atomización, la subcontratación, la dispersión y aislamiento laboral y geográfico de militantes proletarios y contactos afines, etc) son más proclives a desarrollos multidireccionales: luchas en determinadas empresas, sectores y territorios pueden estimular la aparición de órganos y núcleos obreros a nivel de otras empresas, sectores y territorios; pueden darse órganos directamente intercentros, intersectores o de carácter geográfico, animados por militantes y núcleos obreros sin que necesariamente se hayan podido formar previamente órganos en sus centros de trabajo; militantes obreros y políticos pueden contribuir a formar diversas estructuras de contribución a las tareas proletarias sin disponer de una base empresarial concreta; etc. Es decir: una dinámica de interacción multidireccional entre diversas expresiones de lucha y de militancia a nivel de centros y territorio, en lugar de un esquema  unidireccional de desarrollos más o menos  independientes en centros de trabajo, que sólo ya una vez formados y asentados entrarían en contacto o coordinación. Todo ésto partiendo de la premisa de que la autonomización de clase, sus procesos y las tareas asociadas requieren de un terreno físico real y concreto, del desarrollo de una base militante y de redes de contactos a nivel de centros de trabajo y territorial: la lucha de clase y sus procesos no se dan en el aire (ni en el ciberespacio, por más que éste sea una herramienta de gran utilidad correctamente utilizada).

Otro potencial peligro -ya tocado brevemente arriba- de un mal abordaje de la cuestión de la centralidad de los centros de trabajo es que la correcta defensa de esa centralidad, y el correcto rechazo al interclasismo/aclasismo, lleve a un estrecho y artificial laboral-economicismo que no vea más allá de las cuatro paredes del centro de trabajo, abocando a la la falta de respuestas ante los problemas cotidianos que la sociedad burguesa plantea a la clase obrera dentro y fuera del puesto de trabajo: no se puede realmente criticar y tratar de resistir colectivamente a la explotación capitalista bajo el régimen salarial sin una cierta crítica y vinculación al conjunto de la sociedad burguesa y a la existencia proletaria en ella; las mismas condiciones y procesos que deben jalonar la autonomización proletaria, exigen e implican -con la contribución decisiva de las organizaciones comunistas- la politización sobre bases proletarias y científico-marxistas de amplios sectores obreros (lo que no tiene nada que ver con un politicismo exaltado de tipo revolucionarismo ahistórico/maximalismo extemporáneo, sin procesos, y sin táctica y tareas adecuadas al estado de la independencia de clase y la relación de fuerzas burguesía-proletariado: las tareas políticas y económicas proletarias no pueden consistir en limitarse a repetir constantemente que “ésto sólo se arregla con la revolución y el comunismo”, ni en llamamientos al aire a la formación de asambleas obreras o comités de huelga independientes, sin procesos, sin tener en cuenta las condiciones para ello sobre el terreno, sin desarrollos ni aprendizajes, sin núcleos obreros y militantes impulsores).  

El documento en su parte final expone que:

«A grandes rasgos, la situación hoy es la siguiente: Una enorme losa pesa sobre el proletariado, impidiendo que el progresivo deterioro de sus condiciones de existencia desemboque en una lucha independiente en defensa de sus intereses. Esta losa es ante todo de carácter político (en el más amplio sentido de la palabra: cultural, ideológico, institucional, etc.) y adquiere mil formas: el peso de la tradición de décadas de paz social y colaboración de clases (y su reverso, la ausencia de una tradición de lucha viva); la influencia de la ideología y la cultura capitalista dominante, individualista y egocéntrica, y de la mentalidad pequeño burguesa que conlleva; la ley y el derecho burgués; la presencia de los partidos políticos de izquierda; la vigilancia y el colaboracionismo sindical, y un largo etcétera. Todo este peso, esta losa política con la que la burguesía pretende mantener al proletariado hundido, sólo puede ser contrarrestado por el empuje de otra fuerza de carácter político (en este caso proletario) de la misma magnitud y sentido contrario, ayudado también por las circunstancias y condiciones materiales. Cuando digo que se necesita una «fuerza de carácter político», no me refiero a una gran organización política, ni a la publicación de manifiestos grandilocuentes, sino a la presencia sobre el terreno, en los centros de trabajo, de los militantes proletarios, que son los únicos capaces hoy de ejercer de contrapeso frente a todos los factores que contribuyen a mantener al proletariado inmovilizado, y de ayudarle a recuperar lo que una vez fue el ABC de la conducción de la lucha económica, las líneas maestras de la lucha de clases».

Siendo correcto el marco que describe el fragmento, el texto no termina de señalar explícitamente  (aunque quizá sí se pudiera desprender implícitamente de la orientación del conjunto del artículo)  que toda esa losa encuentra en última instancia su base material y de reproducción en el ser social proletario concreto y cotidiano; en la inexistencia actual (si no total, sí generalizada y tendencia dominante) de prácticas colectivas, estructuras organizativas y posiciones obreras independientes ante la realidad cotidiana, sin las cuales no hay materialmente clase autónoma ni tendencia a su desarrollo. Cualquier perspectiva de superación de los elementos de esa losa debe estar estrechamente imbricada a procesos materiales de autonomización de clase. Es decir: la base sobre la que se asienta la losa no es simplemente ideológica, cultural o metodológica (“tomar conciencia” de implementar los buenos métodos de lucha y organización, en lugar de los malos; superar mentalmente el individualismo y el cada uno a la suya por la solidaridad y la visión colectiva, etc), sino que es en el ser social concreto, en la existencia obrera concreta y cotidiana atomizada y diluida en las rspc, dónde esos elementos encuentran su terreno fértil de asentamiento y reproducción; siendo esos elementos a su vez factor activo en la reproducción de esa situación, a la vez efecto y causa reproductora en un círculo vicioso de retroalimentación. El desarrollo y reaparición histórica de la identidad, conciencia, métodos, organización y posiciones de clase sólo puede darse en imbricación bidireccional al desarrollo del ser social de clase, no son planos separados (“la clase/nuestra clase” por un lado, como algo materialmente ya dado y estático, dispuesta a actuar colectivamente, organizarse y a adoptar los buenos métodos y las buenas ideas si alguien se los explica bien, y el ser social concreto y cotidiano bajo las rspc, por el otro). 

El segundo artículo de Ángel Rojo viene a complementar al primero, en tanto que contribución sobre el proceso histórico de disolución del proletariado independiente (esto es: de sus estructuras colectivas, sin las cuales no hay materialmente clase autónoma) bajo el peso de la tendencia general al capitalismo de Estado en sus diversas formas y particularidades. El artículo dice en su parte final: 

«La herencia del periodo de entreguerras, pues, sigue vigente. Los grandes sindicatos de hoy en día, integrados en las estructuras de negociación colectiva, participantes en mesas tripartitas con gobiernos y patronales, gestores de fondos de formación y seguros sociales, son los herederos directos de aquel proceso. Su función objetiva dentro de la estructura social se definió en aquellos años cruciales: canalizar el descontento, contener las efervescencias de clase y garantizar que las relaciones laborales y las reacciones obreras se desarrollen dentro de los límites que el sistema puede tolerar».

Siendo correcta esta descripción de la función objetiva de los sindicatos de Estado, y de manera más general de los marcos laborales y sindicales establecidos por la burguesía, yo añadiría (entroncando con el comentario más arriba sobre el artículo anterior) algo más: que su función no es sólo canalizar y contener las reacciones obreras, sino también -de manera más profunda y político-histórica, si se quiere- el obstaculizar los potenciales procesos de autonomización de clase, aunque sean éstos incipientes y confusos, concretizados en prácticas, estructuras y posiciones en ese sentido. Este matiz me parece importante por dos razones interrelacionadas: la primera, para no caer -de nuevo- en la concepción errónea de que “la clase” ya existe en lo fundamental como fuerza colectiva independientemente de la acción y existencia concreta de los obreros; y la segunda, como brújula necesaria para valorar  correctamente los contenidos y tendencias dominantes en movimientos y huelgas, corriéndose el riesgo si no es el caso de considerar erróneamente cualquier huelga (o incluso  casi cualquier movimiento de protesta) como “lucha de clase”, que simplemente desprendiéndose de un determinado control sindical o político ya encontraría vía libre para su correcto desarrollo, y acabar jugando el papel de seguidista-radical de no importa qué huelga o protesta, bajo no importa qué contenidos e impulsos, lo que en definitiva abre la puerta tanto al interclasismo/aclasismo y al idealismo, como a la supeditación de las tareas económicas y políticas proletarias a los métodos, terrenos y reivindicaciones de huelgas y movilizaciones bajo liderazgo de la pequeña burguesía asalariada y de la aristocracia laboral, natural clientela reproductora y líder de los métodos y concepciones de los sindicatos de Estado y corporativistas. En definitiva: los marcos burgueses de relaciones laborales y sindicales (y los  métodos, concepciones e ideologías asociados a éstos) no son únicamente un obstáculo para la lucha y organización de clase, sino que haciendo eso lo son directamente para la expresión material de clase (estrechamente imbricada a determinados tipos de organización, métodos y cosmovisiones).

Y el matiz -insisto- me parece también importante porque es una visión bastante extendida la de abordar la realidad actual y sus tareas como si el proletariado ya fuera en lo fundamental una clase autónoma, sólo que tendría que «adquirir conciencia» de ello: «hay que luchar como clase obrera, con métodos de clase», «hay que situarse en un terreno de clase», «hay que mostrar solidaridad de clase», «hay que luchar clase contra clase», «no hay que caer en las trampas de la clase enemiga y sus aparatos», «la clase obrera no debe aceptar ningún sacrificio», «lucha por tu clase, no por tu país», etc. Una visión que se dirige a un proletariado que supuestamente ya sería materialmente una clase autónoma, y que estaría más o menos en búsqueda activa de los métodos más adecuados de lucha. En mi opinión, esa visión no se corresponde con la realidad, y sin superarla no se puede hacer un análisis correcto del contexto histórico actual y de sus tendencias dominantes, y de las tareas económicas y políticas asociadas. Dicho ésto, siempre hay que tener cuenta que la realidad no es ni en blanco y negro ni estática: mientras exista la sociedad burguesa y exista el antagonismo de intereses burguesía-proletariado, existe en mayor o menor medida la posibilidad de ciertas expresiones obreras independientes (de la misma forma que siempre va a exisitir, incluso en los más terribles periodos de contrarrevolución, alguna expresión de minorías obreras y políticas con orientación de clase), pero la tendencia dominante en el periodo presente considero que es de no-expresión del proletariado como fuerza autónoma. 

El artículo termina afirmando que:

«La corporativización del sindicalismo fue la respuesta estructural del capitalismo en crisis a la amenaza que representaba un proletariado organizado e independiente. Una amenaza que debe reaparecer en la escena histórica para echar abajo un régimen caduco que arrastra a toda la humanidad a cataclismos aún peores que los del siglo XX». 

Siendo cierto ésto, sería un error considerar (lo que no dice el artículo, sino que lo digo yo a modo de reflexión) que esa imprescindible reaparición en la escena histórica siga cauces exactamente iguales a las expresiones proletarias del pasado: condiciones históricas distintas deben dar pie a procesos en mayor o menor grado distintos, aún manteniéndose como se mantienen las bases, antagonismos y contradicciones fundamentales de la sociedad burguesa ya abordadas hace 180, 100, 80 o 60 años, y la perenne necesidad de organización y expresión obrera independiente frente a ésta.  

El tercer artículo anónimo aborda también lúcidamente diversas cuestiones de interés:

El texto contribuye a la crítica de la confusa visión del espontaneísmo en la lucha obrera: ésta no surge mágicamente de la nada, sin determinados procesos previos, y sin determinadas tareas asumidas tanto por obreros de base como por militantes proletarios y comunistas (o cualquier otra denominación política o sindical orientada a la lucha y autonomización de clase). 

Igualmente, el documento señala la relación bidireccional entre organización y lucha obrera («La organización es premisa y resultado de la lucha de los trabajadores»), contribuyendo así a la crítica a la engañosa y artificial dicotomía entre primacía unidireccional de la acción colectiva sobre la organización, por un lado, y primacía unidireccional de la organización sobre la acción colectiva, por el otro; entre concepciones espontaneístas-creacionistas, por un lado, y concepciones fetichistas organizacionistas independientemente del contexto, contenido y tareas de la organización en cuestión, por el otro. Se trata de planos inseparables, interrelacionados bidireccionalmente, retroalimentados, tanto en sentido positivo como negativo. 

El texto aborda también que el cómo se presentan (y, si es el caso, se obtienen, aunque sea temporalmente) las reivindicaciones obreras, por medio de qué procesos y métodos, determina en gran medida el carácter de clase de éstas: si son una contribución y una expresión de una tendencia a la lucha como clase, si se orientan hacia la autonomización de clase, más allá de si obtienen una victoria momentánea o no, o si por el contrario tienden a reproducir al proletariado como clase a disposición del capital, diluido y atomizado en la sociedad burguesa y sus mecanismos. Obviamente con terrenos grisáceos dinámicos que pudiera haber entre ambas tendencias. 

El documento también critica correctamente las orientaciones de tipo revolucionarismo ahistórico y maximalismo extemporáneo: 

«Pero la lucha de clase no es la revolución, objetarán algunos comunistas «maximalistas».

No, la lucha de clase es la premisa de la revolución comunista, el suelo donde se puede desarrollar. La lucha de clase son los cimientos de la gigantesca obra de demolición que es la revolución comunista. Las luchas económicas por pequeños objetivos inmediatos son, si queremos seguir con la metáfora, una primera excavación en el suelo de la sociedad capitalista. Que en esa excavación arraiguen los cimientos revolucionarios no es algo seguro que se desprenda de cada pequeña lucha: lo que es cierto es que sin excavación no hay cimientos.

El paso de las pequeñas luchas económicas a las grandes huelgas de masas, que son políticas por definición, no es un paso mecánico ni se produce siempre. Lo que es seguro es que sin pequeñas luchas económicas no habrá huelga de masas y sin huelga de masas no habrá revolución.

Del mismo modo que no se pasa de la más aplastante paz social a la insurrección armada de un día para otro, no se llega a la revolución comunista sin miles de pequeñas luchas económicas «mezquinas» y «egoístas» que «no ponen en cuestión el trabajo asalariado».

El valor de las luchas económicas es de servir de escuela de la revolución, no obtener una subida de 50€, aunque esos 50 euros sean la diferencia entre calentarse o no en invierno y sean el motor que pone en marcha la propia lucha. Sin ese enfrentamiento primero, por un puñado de euros, unos minutos para el bocadillo o dos días más libres, asuntos «mezquinos» si se quiere, menudencias muy alejadas del objetivo último de la abolición del trabajo asalariado, la puerta a enfrentamientos más amplios, por objetivos más ambiciosos, por el programa histórico de la clase explotada, está definitivamente cerrada».

Con ésto, el texto contribuye también a plantear la crítica de otra artificial, ahistórica, falsa dicotomía, frecuente en abordajes de revolucionarismo ahistórico y de maximalismo extemporáneo asociados a orientaciones de anticapitalismo radical-pequeñoburgués: “revolución o nada”; o lucha poco menos que insurreccional o directamente revolucionaria,  o supuestas “ilusiones reformistas”, “venta de ilusiones de posibilidad de mejoras a través de la lucha obrera”, o “mera negociación por el precio de la fuerza de trabajo, no lucha por la abolición del régimen salarial” (¡una minucia sin importancia para las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera, y para las condiciones para su autonomización, la lucha alrededor del precio de su fuerza de trabajo y sus implicaciones..!). Para sustentar ésto, estas orientaciones suelen basarse en una especie de neo ley de hierro de los salarios,  aduciendo que supuestamente “el capitalismo ya no da para más” (algunas de estas orientaciones llevan largas décadas anunciando que “el capitalismo ya no da para más” y que “sólo una lucha directamente a muerte contra él está a la orden del día”) y que por tanto -se diga explícita o implícitamente- la lucha obrera no-revolucionaria carece de sentido y de margen sistémico, cuando no directamente es negativa, desgastadora y desviadora de las supuestas cuestiones importantes: sólo la lucha directamente revolucionaria estaría  a la orden del día en “un capitalismo que no da para más”, y las tareas comunistas consistirían en buena medida en “concienciar” de ésto -¿a quién y cómo exactamente?, ¿a qué clases y sobre qué terrenos y contextos?, ¿por medio de qué proceso de forja de las organizaciones y militantes comunistas?: por la puerta o por la ventana, reclamándose de unas cosas u otras, el anticapitalismo radical-pequeñoburgués está abocado y estrechamente ligado al interclasismo/aclasismo y al idealismo-.  Es evidente lo que implican en la práctica estas orientaciones detrás de su fachada grandilocuente y su apariencia radical: negar el papel imprescindible de la lucha obrera en defensa de sus condiciones de trabajo y vida como terreno central para la autonomización de clase, sin lo cual no hay posibilidad histórica para otras metas, y negar las tareas proletarias y comunistas asociadas a ésta. No es difícil entender que una cosa es afirmar ésto, y otra muy distinta es ignorar u ocultar que los métodos y alteraciones en el seno del proletariado necesarios para la lucha y organización de clase y para modificar la relación de fuerzas capital-trabajo implican en mayor o menor medida un enfrentamiento con la burguesía y su Estado (el grado de enfrentamiento dependerá del contexto histórico, y del margen de maniobra de cada capital nacional), una alteración disruptiva de la “normalidad” de la sociedad capitalista y del papel del proletariado en ella, que prefiguran y empujan -no mecánicamente, no sin procesos, no sin tareas proletarias económicas y políticas, no sin saltos abruptos y retrocesos bajo el peso de las condiciones históricas, no de manera lineal-ascedente ni orgánica sin disrupciones- a enfrentamientos y metas a niveles superiores. El proletariado sólo es clase independiente por medio de los fenómenos y alteraciones ligados a la lucha colectiva contra su supeditación a las exigencias de la patronal y su Estado, contra su disolución en las rspc, y es su estado de automización lo que determina en última instancia lo que da de sí históricamente el capitalismo (que no es una Matrix autónoma a analizar abstractamente,  como si fuera un ente flotando en el aire, sino una relación social y entre clases, una organización social humana). 

Igualmente, el texto también contribuye a la crítica a otra engañosa dicotomía entre dos vías erróneas: entre aspirar a decretar de manera voluntarista la lucha de clase, por un lado, y la de renunciar a tareas económicas proletarias por parte de los militantes obreros y políticos más decididos y avanzados, por el otro; la confusa dicotomía entre voluntarismo economicista y observacionismo politicista:

«En estas condiciones ¿Qué pueden hacer los revolucionarios?

Sabemos, y es un hecho cierto, que la lucha de clases no puede ser decretada a voluntad. Y sin embargo algo podemos y debemos hacer, algo mejor y más allá que encerrarnos en nuestros cenáculos a pergeñar la teoría perfecta, el programa impecable para cuando la ocasión sea propicia.

[…] He aquí la tarea, que no es pequeña: desarrollar la conciencia de clase, ayudar en la comprensión de que el único medio para mejorar su situación es la lucha contra la clase de los capitalistas; señalar las necesidades más apremiantes, por cuya satisfacción debe lucharse; analizar las causas que agravan la situación; explicar las leyes y reglamentos; señalar las reivindicaciones de los obreros y hacerlas públicas; elegir la mejor forma de lucha; contribuir a la organización de los obreros; señalar el verdadero objetivo de la lucha.

El texto de Lenin viene de un tiempo en que los sindicatos, todos, eran aún organizaciones obreras y no habían sido absorbidos por el Estado. La presencia asfixiante de los sindicatos patronales de hoy en los centros de trabajo, las prácticas sindicales de colaboración de clases, de supeditación de los intereses de los trabajadores a los del capital, añade nuevas tareas:

Denuncia y crítica despiadada de las reivindicaciones sindicales antiobreras; denuncia de las prácticas sindicales de desgaste –huelgas de días alternos, por turnos, de un día…– y aislamiento. Apuntar las reivindicaciones correctas, de defensa intransigente de los intereses obreros, en cada situación concreta. Señalar las formas de lucha eficaces y clasistas, en contraposición al pasteleo sindical.

Los revolucionarios no podemos renunciar de ninguna manera a estas tareas que no sustituyen, sino que se suman a otras muchas. La lucha de clases es algo demasiado importante para dejársela a los sindicalistas profesionales a sueldo del capital mientras los revolucionarios se dedican a cosas «serias».

Décadas de sindicalismo amarillo «representativo», huelgas aisladas entre los muros de las empresas, «diálogo social» y componendas con la patronal nos han llevado a la calamitosa situación de precariedad y miseria actual.

Es tiempo de que los trabajadores, también los trabajadores comunistas, tomemos la lucha de clases en nuestras manos de nuevo».

La puntualización que haría respecto a la función de los sindicatos de Estado y los marcos burgueses de relaciones laborales y sindicales es la misma que a los artículos de Ángel Rojo: la función de éstos no es sólo la de «domesticar», canalizar y desgastar al proletariado, y de someterlo así a los intereses del capital y su Estado («colaboración de clases» dicen los tres textos; yo hablaría más bien de disolución y atomización del proletariado dentro de la sociedad burguesa, de la consecuente individualización de su existencia mediatizada por las rspc y el Estado burgués y sus mecanismos, y la resultante obstaculización para la acción colectiva y para potenciales tendencias a la independencia de clase, aunque ambas expresiones se refieren en la práctica al mismo fenómeno)  sino también y sobre todo -en imbricación con estas funciones- la de obstáculo a las potenciales tendencias de autonomización. 

El documento presenta entre los principales obstáculos para la lucha obrera independiente «La ilusión reformista y pacifista, según la cual es posible conseguir mejoras duraderas que paulatinamente erosionen la división en clases de la sociedad, y que además es posible hacerlo estrictamente dentro de los límites legales y formales que el propio sistema establece, es uno más de los venenos ideológicos con que se intoxica el cerebro de los trabajadores para evitar su movimiento de lucha. No en vano, de nuevo en palabras del viejo Manifiesto, las ideas dominantes de una época fueron siempre tan sólo las ideas de la clase dominante». 

No comparto esta valoración. No considero ni que el peso de las ilusiones reformistas, legalistas, pacifistas o democratistas sea tan acusado en el seno del proletariado (lo que prima en el proletariado actualmente es la atomización y competencia física y sistémica, la desmovilización colectiva, y la resultante despolitización -de tipo proletaria, se entiende: la ausencia de vinculación entre los problemas individuales y cotidianos obreros con el carácter colectivo y sistémico de éstos-, no esas ilusiones), ni que por tanto eso sea un factor decisivo y uno de los obstáculos principales para el desarrollo de la organización y lucha obrera independiente. De nuevo: considero que el principal obstáculo no es de tipo ideológico ni de ilusiones, sino de ausencia de ser social de clase (concretizado en la ausencia de prácticas colectivas, estructuras organizativas y posiciones de clase); de esa ausencia material se derivan en última instancia y encuentran terreno fértil las confusiones, ilusiones y funestas influencias materiales y mentales burguesas, pequeñoburguesas y lumpen. Las ideas son un factor muy importante, una fuerza material activa en el cerebro de los hombres (y por tanto también un factor político-histórico activo; pero activo no significa independiente, con vida y desarrollo autónomo) y no un mero reflejo pasivo, pero para entender la presencia (o ausencia) de ellas, su aparición y desarrollo, su mayor o menor éxito o efecto, hay que situarlas en su contexto histórico y en el ser social concreto de los hombres que interactúan con ellas. 

Por otro lado, algo más abajo el artículo acierta al decir que:

«Todo el entramado ideológico [entramado que, correctamente expone el documento, es una fuerza material, con implicaciones bien materiales y tangibles en la cotidianeidad obrera] construido en exclusiva para sostener la explotación asalariada no puede ser destruido solo con propaganda y palabras: es necesario el movimiento práctico, la lucha de clases real, para hacerlo».

***

Yendo a un terreno más concreto: ¿qué desarrollos y organizaciones a nivel español e internacional se sitúan en la actualidad según El salariado en esa contribución a la reaparición de un movimiento obrero independiente (además, se entiende, de la propia web El salariado)?  

[…]

En ese sentido, la ausencia -obviamente no total, pero sí bastante generalizada- de publicaciones claramente orientadas a tareas económicas proletarias me parece una situación que debe abordarse:  considero necesaria la aparición de publicaciones (sin menoscabo y en convergencia con los desarrollos que ya pudieran existir en ese sentido: véase por ejemplo la aparición los últimos años del boletín La Huelga, y seguramente existan otros desarrollos más) que claramente estén orientadas a la contribución al desarrollo de un movimiento obrero independiente, orientadas a aquellos sectores proletarios más avanzados e interesados al respecto (no orientadas, en principio, de manera genérica a “la clase obrera en general”: lo que pretende llegar a “todo el mundo”, a “toda la clase”, de manera indeterminada y sin importar el contexto, suele al final no estar orientado realmente a nadie ni a ninguna tarea en concreto; otros tipos de publicaciones u hojas, según contextos, sí pueden y deben obviamente tener un carácter más general), sin aspiraciones a artificiales monolitismos, sin sectarismos, asumiendo la discusión y las críticas bajo los intereses generales y tareas de contribución a la autonomización de clase, y desmarcadas de los habituales medios, referentes y métodos del anticapitalismo pequeñoburgués y de la izquierda extraparlamentaria bajo reclamación “de clase”. Así, por ejemplo, existen cuentas de twitter como la de El salariado o algunas otras donde se expresan con frecuencia lúcidas reflexiones sobre temas de gran importancia  (desde los terrenos, métodos y contenidos de las huelgas obreras en demarcarción a  huelgas y protestas de otras clases y de otros contenidos, a cuestiones como la inmigración, la vivienda, la política burguesa y pequeñoburguesa, la relación entre beneficios empresariales y condiciones de trabajo y vida obreras, el militarismo y la guerra, etc) que considero que es una lástima que se encuentren desperdigadas en decenas o cientos de tweets -o en decenas o cientos de conversaciones privadas o informales-, o aquí y allá en webs o medios heteróclitos en su orientación de clase, en lugar de tender a concentrarse en publicaciones que asuman consciente y explícitamente la tarea de ser un órgano de contribución práctica y teórica al desarrollo de un movimiento obrero independiente (insisto: sin menoscabo de otros desarrollos y publicaciones en esa línea ya existentes, y con espíritu de convergencia en las tareas proletarias; sin pretensiones adanistas ni de reinvención de la rueda, sin absurdas competencias, ni orientaciones clánicas ni sectarias). 

De manera general, se necesitan en mi opinión publicaciones que concreticen en la medida de lo posible necesidades, tareas y posicionamientos ante los fenómenos concretos de la sociedad burguesa desde una orientación de autonomización de clase (que sean órganos de aglutinación, contacto, información, organización, brújula, discusión y demarcación al servicio de las tareas que asumen; que no sean ni un fin en sí mismo ni un volcado unidireccional de artículos o crónicas, sino un órgano activo y en interacción con sus lectores para la contribución a la autonomización de clase), y no tanto llamamientos genéricos a la “lucha obrera intransigente” o a la “unidad y solidaridad proletaria internacional”, ni rápidas crónicas y recuentos cuantitativos de huelgas o protestas aquí o allá como muestras autocomplacientes de “vean: la clase está en lucha/vean: la clase es indomable” (se trata de intentar comprender las tendencias dominantes y las tareas asociadas a éstas, no de presentar listados cuantitativos de huelgas, ni imágenes espectaculares de protestas  o disturbios varios).

Un saludo.

Junio de 2026.

Draba.

***

(1)  Mis posiciones generales alrededor de las tareas económicas proletarias son: 

  • Que sin prácticas colectivas, estructuras organizativas y posicionamientos propios por parte del proletariado frente a la explotación capitalista y frente a la jungla de la sociedad burguesa y sus fenómenos no hay expresión material de clase independiente, y por tanto la clase obrera se encuentra diluida y atomizada a disposición de las exigencias del capital y su Estado. La consigna fundamental de clase es: o contrapeso y resistencia colectiva a las exigencias del capital y su Estado, o condena obrera al hundimiento en la degradación material y espiritual consustancial a su sometimiento a las rspc.  
  • Que la posición de clase, la posición de las tareas económicas y políticas proletarias, no consiste ni en una genérica «defensa de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera», ni en aplaudir acríticamente cualquier protesta o huelga donde haya en mayor o menor medida presencia sociológica proletaria, ni en zalameros obrerismos apologetas e idealizadores de la condición pro letaria a disposición del captial, sino en la contribución práctica y teórica a la autonomización de clase (esto es: la contribución práctica y teórica al desarrollo de determinadas prácticas colectivas, estructuras organizativas y posicionamientos ante la realidad). En un periodo dominado por la inexpresión obrera independiente, la conciencia de clase es la conciencia de la necesidad de autonomización de clase y de las tareas contribuidoras a ella.    
  • Que el terreno central para la aglutinación y demarcación de clase, para la autonomización de clase, es la lucha colectiva en defensa de las condiciones de trabajo y vida obreras frente a las exigencias del capital (grande o pequeño; foráneo o autóctono) y su Estado; y que es úncamente sobre ese terreno que podrá desarrollarse un movimiento proletario independiente en diferenciación a los intereses, terrenos, métodos, reivindicaciones y cosmovisiones del resto de clases de la sociedad capitalista: burguesía, pequeña burguesía y lumpen.
  • Que no hay clase sin demarcación práctica y teórica de clase: no hay clase sin demarcación física y mental, organizativa y de cosmovisión, respecto a la masa informe del pueblo o la ciudadanía disuelta y atomizada en las rspc, para regocijo y dominio de la burguesía; ni hay clase sin demarcación respecto a otras clases, sus intereses, terrenos, expresiones, métodos, reivindicaciones, cosmovisiones. Para poder dirigir a aquellos sectores populares y de otras clases con agravios y reivindicaciones convergentes con los intereses proletarios, la clase obrera tiene primero que desmarcarse de su disolución en el pueblo, tiene primero que tender a independizarse a través de la lucha. 
  • Que la expresión y organización de clase no va a surgir ahistóricamente, mágicamente de la noche a la mañana por creacionismo espontáneo dentro la «normalidad» de la sociedad capitalista y la disolución del proletariado en ella y sus dinámicas y engranajes, ni implicando «al conjunto o la gran mayoría de la clase obrera», sino que deberá estar jalonada por diversos procesos de lucha, organizativos y de convergencia, impulsados necesariamente por minorías militantes obreras y comunistas vinculadas (o cualquier otra corriente o denominación política o sindical orientada en la práctica concreta hacia la autonomización de clase).
  • Que solamente a través de esos procesos colectivos de autonomización de clase puede alterarse el ser social de sectores obreros, y puede tender a desarrollarse la identidad y la conciencia de clase en éstos; y que solamente a través de esos procesos puede la clase obrera (esto es: sectores importantes y decisivos de ella, no su conjunto ni su gran mayoría en términos aritméticos y/o estáticos) salir del cieno material y espiritual en el que le hunde la «normalidad» de la sociedad capitalista y su disolución en ella, autotransformarse a través de la acción y la experiencia colectiva, y estar así en disposición de aspirar a metas más altas, encontrando en las posiciones científicas comunistas tanto una explicación coherente y basada en evidencia a su propia existencia y lucha bajo las contradicciones y antagonismos del capitalismo, como una guía y perspectiva político-histórica que sirva de acicate y arma de combate en la lucha cotidiana contra la explotación capitalista y el conjunto de la sociedad burguesa.
  • Que sin vinculación y referencialidad hacia los desarrollos y terrenos de autonomización proletaria, «el más impecable de los programas» y «el mejor de los partidos»  (en el caso realmente imposible que tales cosas fueran factibles sin referencialidad y vinculación bidireccional a la autonomización de clase, y sin someterse sus cuadros militantes a procesos de forja, cribaje y decantación bajo el fuego de las tareas económicas y políticas proletarias) va a tender a la pequeñeburguesización política y social, por la puerta de delante o la de atrás: hablar de cosas como revolución proletaria o comunismo (o internacionalismo proletario) sin abordar y sin vincularlo de manera central a las condiciones, terrenos y tareas para la autonomización proletaria, es un brindis al sol inocuo abocado a encontrar de manera natural su terreno fértil, nicho, referente y extracción militante en las distintas expresiones y medios del anticapitalismo pequeñoburgués (medios contraculturales y guetificados varios, juvenil-estudiantiles, movimentistas y de activistas varios, académicos e intelectualoides, etc). Hablar de revolución proletaria, de comunismo o de lucha de clases, sin vincularlo indisociablemente a la expresión obrera independiente y sus terrenos, y a la asociada crítica proletaria -no genérica humanista, ni por encima de las clases y la  interacción entre ellas, como si el capitalismo fuera una suerte de Matrix y no una relación social- a la sociedad capitalista, equivale a desproletarizar y desclasar tales conceptos; equivale a popularizarlos, ciudadanizarlos, estudiantizarlos, activistizarlos, universalizarlos, humanistizarlos,  moralizarlos, academizarlos: pequeñoburguesizarlos.*

Añadido en agosto de 2026 a raíz de los sucesos en Ceuta: Ésto, que todo anticapitalismo que no se sitúe en unos terrenos y tareas de autonomización proletaria está abocado a posicionarse ante la realidad concreta en una orientación y terreno pequeñoburgués, se confirma ante cada situación y acontecimiento. Un ejemplo reciente: la crisis migratoria-diplomático-humanitaria en la frontera entre España y Marruecos. La política pequeñoburguesa (incluyendo a su variante antcapitalista radical-pequeñoburguesa, que puede reclamarse externamente de muchas cosas: de la revolución, del comunismo, del marxismo, del proletariado, etc) en realidad no ve en la miseria más que la miseria: ante ésta, no va más allá de aspavientos de denuncia social impotente y desenfocada; que en su versión anticapitalista se complementan con brindis al sol sobre “la necesidad de la revolución” y demás lenguaje grandilocuente. La política pequeñoburguesa, impotente y confusa, no proyecta realmente ante los agravios de la sociedad capitalista una fuerza material –y sus terrenos y tareas- de contrapeso y confrontación a ésta, sino sólo aspavientos e indignación. Parafraseando a Trotsky en El pacifismo como servidor del capitalismo: nunca ha habido aparentemente tantas voces formalmente contra la explotación capitalista, la miseria obrera y popular, y la barbarie bélica y militarista, y nunca se han mostrado éstas más enseñoreadas y sin oposición real. Y esa oposición y confrontación sólo puede venir de las tareas y terrenos proletarios.

Hemos visto las últimas semanas todo tipo de artículos y posicionamientos llevándose las manos a la cabeza por la situación en Ceuta, y por el uso que unos y otros hacen del sufrimiento de la población migrante; desplegando un periodismo de sucesos y catástrofes haciendo hincapié en el número de muertos y demás datos sensacionalistas; haciendo inocuos y extemporáneos llamamientos a “tomar conciencia de la necesidad de destruir el capitalismo”; haciendo piadosos y ridículos llamamientos a “abolir las fronteras y los Estados”, etc. La política pequeñoburguesa en su versiones de izquierdas (que comparte realmente fuerza motriz y base social y político-histórica con sus versiones derechistas, dándose tanto convergencias como polarizaciones entre ambas), no deja de ser fundamentalmente otra cosa que un humanismo-universalismo más o menos exaltado, de ahí que cuando algunas de sus expresiones hablan de “clase” o de “internacionalismo proletario” tales conceptos carezcan realmente de contenido, implicaciones, terrenos y tareas.

Para la orientación y cosmovisión de política pequeñoburguesa la sociedad capitalista está básicamente dividida en dos clases: las élites y el pueblo, en sus distintas denominaciones intercambiables. Lo que, desde la interpretación y uso del socialismo científico por una parte de algunas de sus expresiones, se correspondería a “burguesía y proletariado”; de la misma forma que todo tipo de conflictos de intereses, agravios o antagonismos presentes en la sociedad burguesa serían expresión y campo de la “lucha de clases”, o que todo tipo de situaciones y sucesos requerirían “solidaridad de clase” (“solidaridad de clase con los inmigrantes”, “solidaridad de clase con Palestina”, “solidaridad de clase con manifestantes o militantes represaliados”, “solidaridad de clase con tal o cual huelga” no importa su contenido y orientación, etc). De ahí la tendencia natural (abierta o velada; explícita o bajo un ligero barniz lingüístico marxoide o “de clase”) de la política pequeñoburguesa a abordar la realidad y sus fenómenos desde el aclasismo/interclasismo y las categorías sociológicas populares por encima realmente de las clases y sus condiciones y necesidades: los jóvenes, los inmigrantes, los estudiantes, los jubilados, las mujeres, los huelguistas, los manifestantes, los militantes y activistas, etc. Aclasismo/interclasismo, idealismo, humanismo-universalismo (lo que de ninguna manera excluye el desarrollo y uso de identitarismos y nacionalismos varios), tendencia al pensamiento irracional sin evidencia factual, combinación oscilatoria entre subordinación/admiración y odio hacia las élites,  impotencia y confusión (que tratan de compensarse con grandilocuencia verbal, gestos vacíos y simplismo analítico) para comprender y abordar la realidad: éstos son algunos de los contenidos de la política pequeñoburguesa en general, y de su expresión a la izquierda más en particular.

Para la política pequeñoburguesa en su variante de izquierdas el inmigrante es fundamentalmente dos cosas interrelacionadas: una categoría sociológica por encima de las clases y una víctima/mártir sufriente. Una categoría sociológica cuando en realidad la migración no es sólo proletaria, sino que, como cualquier fenómeno, está recorrida, por el resto de clases de la sociedad capitalista y sus correspondientes condiciones: hay migración burguesa (véase, por ejemplo una parte de la inmigración venezolana, rusa, ucraniana o china en España y otros países europeos); migración pequeñoburguesa (profesionales y especialistas varios, pequeños empresarios, etc: véase por ejemplo como una parte de la ola migratoria siria a Europa de hace una década tenía una extracción social y familiar pequeñoburguesa: sectores funcionariales, profesionales o comerciantes en su país de origen, aunque abocados en la gran mayoría de casos a una proletarización acelerada en Europa, y las tensiones de todo tipo  asociadas); migración lumpen, impulsada directa o indirectamente por algunos Estados –como el marroquí, o el cubano en su día-, y que es vista con hostilidad en primer lugar por el proletariado migrante de esos mismos países de origen (ya sea proletariado marroquí, argelino, rumano, búlgaro, albanés, etc), que con toda razón no quieren ser identificados con “sus compatriotas” del lumpen, y las campañas de criminalización de los inmigrantes que hacen precisamente uso interesado de las actividades emprendedoras de esos sectores (habitualmente con la necesaria colaboración, por acción u omisión, de distintos actores y sectores estatales). Y el inmigrante como víctima y mártir: un elemento pasivo sufriente, cuya condición le sirve a la política pequeñoburguesa inmigracionista para hacer gala de su superioridad condescendiente y de su humanitarismo (cuidado: en  la medida que no compita en puestos laborales ni en sectores económicos o subvenciones a los que aspire la pequeña burguesía, o deje de ser funcional a la burguesía, ahí el inmigracionismo se vuelve rápidamente y/o se combina con el anti-inmigracionismo y con la conversión del inmigrante en conveniente chivo expiatorio de todos los males, como dos caras complementarias y retroalimentadas de la misma moneda de la sociedad capitalista), y en sus expresiones más exaltadas, para confusa e impotentemente “condenar al capitalismo”, etc.

En éste, como en el resto de aspectos de la realidad, la orientación proletaria y sus tareas requiere –para precisamente ser fácticamente tal cosa- desmarcarse consciente y cualitativamente (y no meramente superficial y cuantitavemente) de las distintas expresiones y orientaciones pequeñoburguesas; necesidad más perentoria si cabe en la medida que no existe hoy día un movimiento obrero independiente cuya expresión práctica –y teórica asociada- fuera ya fáctica y materialmente una demarcación de clase. La orientación y tareas proletarias requieren, entre otras cosas: en primer lugar, abordar los disntintos fenómenos de la sociedad burguesa según las condiciones, terrenos y necesidades de clase, y  no de forma genérica ni popular (ni tratar de darle un acuoso barniz “de clase” o de “orientación de clase” a cualquier cosa, movimiento o situación); en segundo lugar, no centrarse en la denuncia periodística e indignada de los males del capitalismo, sino realmente proyectar a partir de éstos las bases materiales y mentales para las tareas de autonomización proletaria, sobre terrenos de aglutinación y demarcación de clase. ¿Dónde están –entre tanto lagrimeo e indignación, de unos y otros, desde posiciones e intereses burgueses y pequeñoburgueses- los llamamientos y contribuciones a la organización de la clase obrera en Marruecos en defensa de sus condiciones de trabajo y vida frente a las exigencias de la burguesía y su Estado? ¿Dónde está lo mismo aplicado a la clase obrera en España y en Europa? Esa, y no otra, es la verdadera posición proletaria: contribución práctica y teórica a la organización, solidaridad y unidad obreras frente a la burguesía, por encima de origen, condición o status legal. Elementos éstos que sólo pueden desarrollarse a través de duros procesos de lucha y tareas proletarias: no como piadosos e imprecisos llamamientos genéricos lanzados al aire, ni como un pretendido hecho ya dado del que “adquirir conciencia”, ni van a darse mágica y espontáneamente bajo el peso de la sociedad capitalista sin oponer una fuerza material a ésta.

Ni inmigracionismo ni anti-inmigracionismo; ni racismo ni antirracismo burgués y pequeñoburgués (estos últimos se complementan y preparan las bases materiales y mentales del primero); ni humanismo aclasista ni indiferentismo: organización, solidaridad y autonomización proletaria sobre intereses, terrenos, posiciones y tareas obreras.

Repetir constantemente como una letanía ritual y autosatisfactoria cosas como que “el capitalismo es un sistema condenado por la historia y que merece ser destruido” (y acompañarlo con periodismo de sucesos, catástrofes y crítica social) sirve de muy muy poco si no se tiene en realidad nada que decir ni hacer respecto a las condiciones y tareas del potencial brazo ejecutor que pueda concretizar esa condena; y para poder llegar eso, el brazo ejecutor debe primero pasar por un proceso a través del cual pueda ser capaz de defenderse, moverse y actuar colectivamente en defensa de sus intereses y necesidades frente a las exigencias que le impone el capitalismo y la burguesía.

Nunca se insistirá demasiado desde una orientación proletaria: plantear cualquier crítica a la sociedad burguesa, o hablar de cosas como revolución, comunismo o de combate contra el militarismo y la guerra, de manera realmente disociada de las condiciones y terrenos de la lucha y la autonomización proletaria en su confrontación con el capital, y de las diversas tareas exigidas a minorías militantes obreras y comunistas al respecto según las condiciones históricas y la relación de fuerzas, es situarse en un anticapitalismo de corte aclasista/interclasista, humanista-universalista, idealista-conciencista, ahistórico, moralista, utópico; en un anticapitalismo pequeñoburgués, se reclame éste de lo que se reclame. 

Por un puñado de dólares: el canto del cisne del imperialismo estadounidense

La contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación de sus resultados forma parte de la esencia misma del régimen capitalista y plantea, históricamente, sus límites y su condena. El capitalismo, a diferencia de los modos de producción anteriores, no puede producir de otra manera que no sea socialmente: ninguna mercancía moderna es ya obra de un solo productor aislado, sino el resultado de una división del trabajo mundial que entrelaza millones de trabajadores, multitud de empresas y países en un único proceso interdependiente. Sin embargo, el fruto de ese proceso colectivo termina siendo propiedad privada de un capital concreto, cuya única brújula es su ganancia particular, no la satisfacción planificada de las necesidades sociales que el desarrollo de la propia producción hace posible.

Esta contradicción se despliega y se desarrolla históricamente, a escala planetaria, bajo formas particulares. El capital, empujado por la competencia a buscar sin descanso mayores mercados, mano de obra más barata y nuevas fuentes de materias primas, tiende objetivamente a universalizar el proceso productivo, a tejer una malla cada vez más densa e interdependiente de cadenas de producción, flujos de capital e intercambio de mercancías que no reconoce fronteras. Pero ese impulso hacia la unificación económica del planeta choca, una y otra vez, con una realidad en la que el poder político permanece organizado en Estados nacionales separados, cada uno de los cuales protege los intereses de su propio capital nacional frente al resto, con sus fronteras, su moneda y sus fuerzas armadas. 

El imperialismo aparece, por tanto, no como una política más o menos agresiva de ciertos gobiernos, sino como una fase necesaria del propio desarrollo del capitalismo, en la que éste, sin posibilidad de expandirse indefinidamente sobre territorios vírgenes, se ve obligado a resolver mediante la fuerza el reparto del mercado mundial, que ya no basta para satisfacer a todos los capitales nacionales que compiten por él. Cuando la vía pacífica de la expansión comercial llega a su límite, los mismos instrumentos que en su momento sirvieron para integrar el mercado mundial –el crédito, la moneda, los aranceles, las alianzas– se convierten en armas de esa disputa, cuyo último desenlace es la guerra entre los propios Estados capitalistas. La guerra, por tanto, no es un mero accidente que interrumpa el curso normal de la acumulación, sino la forma extrema que tiene el capitalismo de resolver temporalmente las contradicciones inherentes a su propio sistema, destruyendo parte del capital y las fuerzas productivas acumuladas (entre ellas, la fuerza de trabajo).

Dentro de este marco, en el que la economía y la política chocan y se entrecruzan, el sistema monetario internacional no surge entonces como un mero mecanismo técnico para facilitar el comercio entre naciones, sino que es el terreno concreto, cambiante y en disputa permanente, en el que se expresa de manera más inmediata y tangible esa contradicción entre el carácter mundial de la economía y el carácter nacional de los Estados burgueses. La evolución histórica del sistema monetario internacional –desde el patrón oro clásico del siglo XIX, pasando por su restauración fallida en la época de entreguerras, el sistema de Bretton Woods posterior, hasta llegar al dinero puramente fiduciario surgido en 1971 y los más recientes acontecimientos contemporáneos– refleja los intentos de las distintas potencias dominantes de administrar, en su propio beneficio y bajo su propia dirección, la tensión entre la necesidad de un dinero mundial único que permita la circulación universal de las mercancías y la existencia de Estados nacionales rivales que se disputan el control de los mercados. Conocer cómo ha evolucionado ese sistema a lo largo del último siglo nos va a permitir situar en su contexto el desarrollo de los acontecimientos recientes, y comprenderlos mejor.

Antecedentes históricos

El patrón oro del siglo XIX y su primera crisis: la Primera Guerra Mundial

Durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta 1914, el mundo capitalista más desarrollado –con Gran Bretaña a la cabeza y Londres como centro financiero indiscutido– funcionó bajo un patrón oro clásico relativamente estable. Las principales monedas (la libra esterlina, el franco francés, el marco alemán y el dólar estadounidense) eran convertibles en oro a una paridad fija, y el comercio internacional se saldaba en última instancia mediante transferencias de metal entre los bancos centrales. Este sistema, hasta cierto punto resultado de la evolución «natural» del desarrollo histórico del comercio, no dejaba también de reflejar la posición predominante del imperialismo británico, que controlaba los principales flujos de capital, de materias primas y rutas comerciales del planeta, y que se beneficiaba, más que ningún otro país, de la estabilidad que el patrón oro proporcionaba a sus inversiones en el extranjero.

El sistema del «patrón oro» (gold standard) consistía en que el dinero de un país –sus billetes, sus monedas– era convertible en una cantidad determinada de oro a un precio fijo y garantizado por el Estado. Los billetes daban derecho, si el portador lo exigía, a canjearlos por oro en el banco emisor. Esa posibilidad de canje, aunque en la práctica muy poca gente la ejerciera, era la que disciplinaba todo el sistema: un banco central no podía imprimir billetes sin límite, porque tarde o temprano alguien acudiría a la ventanilla a pedir el oro correspondiente, y si no lo tenía, el sistema entero quebraba. El recurso a los expedientes monetarios por parte de los gobiernos y bancos centrales, pues, estaba seriamente limitado por el rígido mecanismo del patrón oro.

Desde el punto de vista de la economía marxista, el patrón oro únicamente refleja que toda mercancía tiene un valor de cambio, determinado por la cantidad de trabajo humano socialmente necesario para producirla, y el dinero –incluso en su forma más abstracta, un billete de papel– no es una excepción. El oro es una mercancía particular que por razones históricas y naturales (durabilidad, divisibilidad, escasez relativa, alto valor concentrado en poco volumen, relativa estabilidad de sus costes de producción) adquirió la función especial de medir el valor de todas las demás (equivalente general). Al decir que «una barra de pan cuesta una libra esterlina», en el fondo se estaba comparando la cantidad de trabajo social necesario para producir esa barra de pan con la cantidad de trabajo social necesario para producir una cierta cantidad de oro, expresada en una determinada moneda. El uso generalizado de los billetes bancarios como moneda, que se fue imponiendo durante la segunda mitad del siglo XIX –otorgando a los bancos centrales el monopolio de la emisión–, empezó a disimular esta relación. Y hoy en día, cuando hace más de cincuenta años que ninguna moneda es convertible en nada, medir en oro el valor de cambio de las mercancías parece que no tiene ningún sentido. Pero en el fondo siempre existe detrás una relación, cada vez más mediada, más oculta, pero real, entre el signo monetario y el trabajo social que ese signo pretende representar.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) hizo saltar por los aires este equilibrio construido por Gran Bretaña, reflejando su pérdida relativa de poder en el tablero mundial frente a las potencias emergentes (Alemania y EE.UU.). Prácticamente todos los países beligerantes suspendieron la convertibilidad de su moneda en oro. La excepción fue Estados Unidos, que entró tarde en la contienda y que, además de no sufrir destrucción alguna en su propio territorio, vio cómo sus reservas de oro aumentaban enormemente entre 1913 y 1918 gracias a las ventas de material bélico a los aliados europeos. Estos, que necesitaban financiar un esfuerzo bélico sin precedentes, recurrieron masivamente a la emisión de billetes y deuda pública. En algunos países la circulación de billetes se multiplicó por ocho o por diez respecto a los niveles previos a la guerra. El resultado fue una inflación considerable en las naciones beligerantes y, sobre todo, la ruptura definitiva de la vieja unidad entre el dinero interior (el que usa la gente corriente para las compras cotidianas) y el dinero internacional (el que usan los Estados para pagarse entre sí).

En la Alemania derrotada, este proceso llegó a su paroxismo: incapaz de recurrir a créditos externos, como Francia o Gran Bretaña, y aplastada además por las reparaciones impuestas en el Tratado de Versalles, la República de Weimar financió su reconstrucción imprimiendo dinero sin respaldo alguno. El resultado fue la hiperinflación de 1923, un colapso monetario sin precedentes que viene a demostrar que cuando el Estado capitalista necesita desesperadamente recursos que la economía real ya no puede proporcionarle, la emisión monetaria sin límite se convierte en la única vía de escape, y el coste recae siempre sobre los asalariados y los pequeños ahorradores (cuyos salarios y ahorros se expresan en moneda corriente), mientras la gran industria, propietaria de mercancías y de deuda (que la inflación ayuda a saldar), sale del proceso incluso fortalecida. La hiperinflación prácticamente liquidó la deuda interna de Alemania, no así las reparaciones de guerra, ligadas a otro tipo de bienes y divisas extranjeras. 

El período de entreguerras: la restauración fallida y la Gran Depresión

Tras el caos monetario de la inmediata posguerra, a lo largo de los años veinte las principales potencias intentaron restaurar cierta disciplina monetaria basada en el oro. Pero ya no se trató de una vuelta al patrón oro clásico, sino de un sistema más frágil, conocido como «patrón cambio-oro» (gold exchange standard): sólo Estados Unidos y, en menor medida, Gran Bretaña mantenían oro físico en circulación o de reserva plena; el resto de países mantenía sus reservas no en oro, sino en libras o dólares, que a su vez eran teóricamente convertibles en oro. En cierto sentido, se trataba de un anticipo de lo que sería después Bretton Woods: un sistema «piramidal» en el que la base última seguía siendo el metal, aunque la mayor parte de las transacciones internacionales se resolvían ya con papel.

Este sistema se derrumbó con la Gran Depresión que siguió al crac de Wall Street de 1929. La caída generalizada de los precios hizo intolerable el peso de las deudas contraídas en la época de «prosperidad» de los años veinte. El comercio mundial se redujo a menos de dos tercios de su volumen entre 1929 y 1934, y su valor en oro cayó a apenas un tercio del nivel de aquel año. Quienes se endeudaron cuando los precios eran altos se veían obligados a devolver el préstamo, con los precios ya hundidos, entregando una cantidad que representaba un poder de compra mucho mayor que el recibido originalmente. Ante esta situación, los países fueron abandonando uno tras otro la convertibilidad en oro: Gran Bretaña en 1931, arrastrando tras de sí a buena parte de su imperio y a los países escandinavos; Estados Unidos en 1933-34, cuando el gobierno de Roosevelt devaluó el dólar de 20.67 a 35 dólares la onza de oro –una devaluación de en torno al 40 %– como parte del New Deal; Francia, Bélgica, Suiza y los demás países del llamado «Bloque del Oro», que resistieron más tiempo, se vieron finalmente forzados a devaluar también (Francia en 1936).

Cada devaluación era, básicamente, un intento de trasladar a otros países el peso de la propia crisis: al abaratar la moneda propia, la burguesía de un determinado país conseguía vender sus mercancías más baratas en el mercado mundial (ganando una «prima» a la exportación) a costa de sus rivales, que veían cómo sus propias exportaciones perdían competitividad y, tarde o temprano,  se veían obligados a devaluar ellos también para no quedar rezagados. Lógicamente, el precio de la fuerza de trabajo nacional se devaluaba en la misma proporción que el resto de mercancías. 

A esto se sumó una oleada de proteccionismo arancelario –la ley Smoot-Hawley de 1930 en Estados Unidos es un ejemplo paradigmático– que fragmentó el comercio mundial en bloques cada vez más cerrados: el bloque de la libra esterlina (acuerdos de Ottawa, en 1932), que hacia mediados de los años treinta agrupaba ya a medio centenar de países que ataban su moneda a la de Londres; el bloque del dólar; el bloque del oro; y más tarde la esfera de coprosperidad que Japón y Alemania intentarían construir por la fuerza. La disputa monetaria de los años treinta –devaluaciones competitivas, control de cambios, aranceles, cupos de importación– fue la forma concreta que adoptó la rivalidad entre los distintos imperialismos por repartirse un mercado mundial que ya no crecía lo suficiente para satisfacer a todos. Y como es sabido, desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

Bretton Woods (1944): segundo intento de disciplina, bajo mando norteamericano

En julio de 1944, cuando la guerra aún estaba en curso pero su desenlace era ya previsible, representantes de 44 países aliados se reunieron en Bretton Woods (New Hampshire, EE.UU.) para diseñar el sistema monetario que se implantaría en la posguerra. La delegación norteamericana impuso una solución que consagraba la posición de fuerza que Estados Unidos había alcanzado tras la guerra: en 1944 ese país poseía cerca de dos tercios de las reservas mundiales de oro y había arrebatado definitivamente la supremacía industrial a Inglaterra.

El sistema resultante, conocido como Bretton Woods, funcionaba así: el dólar estadounidense quedaba anclado al oro a razón de 35 dólares por onza (31 gramos aproximadamente), y el único banco central del mundo que garantizaba el canje de dólares por oro a esa paridad frente a otros gobiernos y bancos centrales extranjeros (no frente al ciudadano particular) era el norteamericano. El resto de monedas del mundo, a su vez, fijaban una paridad estable frente al dólar, con un margen de fluctuación muy estrecho, en torno al 1 %. Se crearon además dos instituciones nuevas para administrar el sistema: el Fondo Monetario Internacional, encargado de vigilar los tipos de cambio y de prestar reservas a los países con problemas puntuales de balanza de pagos, y el Banco Mundial, inicialmente pensado para la reconstrucción europea y posteriormente reorientado hacia el «desarrollo» del llamado «Tercer Mundo».

Hablando con propiedad, Bretton Woods no era un patrón oro clásico, sino lo que se conoce técnicamente como un patrón cambio-oro, sólo que ahora con el dólar, y no la libra, como intermediario único entre el oro y el resto de las monedas del planeta. Este diseño llevaba en su seno una contradicción que el economista belga Robert Triffin identificó ya en 1960 y que se conoce como el «dilema de Triffin»: para que el resto del mundo dispusiera de suficientes dólares con que comerciar y acumular reservas, Estados Unidos tenía que mantener déficits persistentes en su balanza de pagos, es decir, tenía que «exportar» dólares al resto del mundo, gastando y prestando más de lo que ingresaba. Pero cuantos más dólares circulaban fuera de sus fronteras, más difícil resultaba, en teoría, que el Tesoro estadounidense pudiera respaldarlos todos con el oro que decía poseer. En otras palabras, el sistema sólo podía sostenerse mientras nadie pusiera a prueba, a gran escala, la promesa de convertibilidad sobre la que descansaba.

El «shock Nixon» de 1971: abandono del patrón oro

Durante los años sesenta, esa promesa empezó a resultar cada vez más insostenible. El gasto militar de la Guerra de Vietnam, los programas sociales de la «Gran Sociedad» de Lyndon Johnson y el propio crecimiento del comercio mundial hicieron que la cantidad de dólares en manos de gobiernos y bancos centrales extranjeros creciera muy por encima del oro que Estados Unidos realmente poseía para respaldarlos. Varios países –Francia, con el general De Gaulle a la cabeza, de manera particular– empezaron a canjear sus dólares por oro físico, retirándolo de las bóvedas de Fort Knox. La sangría de reservas de oro estadounidenses se hizo insostenible.

El 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon anunció, en un discurso televisado, la suspensión indefinida de la convertibilidad del dólar en oro. La medida, conocida desde entonces como el «shock Nixon» o «cierre de la ventanilla del oro» (closing the gold window), no fue negociada con los aliados de Estados Unidos ni con el resto de instituciones de Bretton Woods. Fue una decisión unilateral tomada para proteger los intereses norteamericanos y que en la práctica liquidaba de un plumazo el sistema que Washington había diseñado en 1944. Desde ese momento –formalizado unos meses después mediante una pequeña devaluación adicional del dólar y ratificado definitivamente en 1973, cuando las principales monedas empezaron a «flotar» libremente entre sí, sin ninguna paridad fija–, ningún Estado del mundo garantiza la conversión de su signo monetario, ni en oro ni en ninguna otra mercancía específica. Por primera vez en la historia del capitalismo moderno el planeta entero pasó a funcionar con dinero puramente fiduciario: papel, o más tarde cifras en una pantalla, cuyo valor no descansa en ningún respaldo metálico, sino únicamente en la «confianza». Como veremos, a la postre descansa sobre la fuerza política y militar.

Conviene subrayar que 1971 no supuso un cambio drástico. El oro llevaba décadas retirándose de la circulación. Lo que sucedió en 1971 fue que se eliminó el último punto de contacto formal, reservado a las relaciones entre Estados, entre el signo monetario y la mercancía que históricamente lo había respaldado. En ese sentido, fue el desenlace lógico de una tendencia que venía de mucho antes, no una ruptura.

Un vacío a llenar: ¿cómo se sostiene el dólar sin el oro?

Aquí conviene detenerse en una cuestión importante: si el dólar –y, tras él, todas las demás monedas– ya no representa una cantidad fija de oro, ¿qué es lo que garantiza que la gente siga aceptándolo a cambio de mercancías reales? ¿Qué impide que un billete de cien dólares se convierta, de la noche a la mañana, en un simple trozo de papel sin ningún valor?

A este respecto, hay que oponerse a dos interpretaciones. La primera es pensar que, desde 1971, el dinero es una convención puramente social, un acuerdo arbitrario sin ninguna relación con el trabajo humano y la producción real, idea muy extendida en ciertas corrientes económicas contemporáneas, que hablan del dinero moderno como si fuera un simple «invento» de los Estados (la llamada Teoría Monetaria Moderna y sus derivados). La segunda, opuesta, es aferrarse literalmente al oro como si fuera intrínsecamente necesario, y tratar el sistema actual como una especie de anomalía histórica condenada, tarde o temprano, a retornar a un patrón metálico.

Lo esencial no es el metal en sí, sino la relación que ese metal materializaba. Cualquier signo que pretenda funcionar como dinero tiene que representar, aunque sea de manera cada vez más indirecta y oculta, una cierta cantidad de trabajo social ya realizado en la producción de mercancías reales. La función del oro no se debía a que tuviera propiedades mágicas, sino simplemente a que es una mercancía más, el producto de un trabajo de extracción y refinado cuyo coste permanece relativamente estable en el tiempo, lo que lo convierte en un patrón de medida fiable. Cuando ese anclaje desaparece formalmente, no desaparece la ley de fondo. El dinero sigue teniendo que representar valor real, o su poder de compra se derrumba. Lo que desaparece es el mecanismo automático de corrección que el oro proporcionaba. Antes de 1971, si un banco central emitía demasiados billetes, el exceso se manifestaba con relativa rapidez en la pérdida de sus reservas de oro, un límite físico, tangible, difícil de ocultar. Después de 1971, ese «termómetro» desaparece: la única forma de comprobar si una moneda representa o no la cantidad de trabajo social que dice representar es a posteriori, mediante su poder de compra real frente a la masa de mercancías, es decir, mediante la inflación misma, medida ya sin ninguna referencia exterior al propio sistema de precios que hay que explicar. Al oscurecer aún más la noción de valor, añadiendo, por así decir, una nueva capa de abstracción, el abandono del patrón oro ofrece a los gobiernos mayor margen de maniobra para llevar a cabo sus expedientes monetarios y permite, hasta cierto punto, diluir sus consecuencias, al menos durante un tiempo. 

La respuesta histórica a la pregunta de cómo sostener el dólar sin el oro llegó apenas tres años después del shock de Nixon: el sistema de los «petrodólares». Roto el vínculo con el oro, Washington necesitaba con urgencia preservar la función del dólar como dinero mundial. Tras la crisis del petróleo de 1973, en la que los países árabes productores impusieron un embargo a Estados Unidos y a otros aliados de Israel y el precio del crudo se multiplicó por cuatro en pocos meses, el gobierno norteamericano –con el secretario de Estado Henry Kissinger y el secretario del Tesoro William Simon a la cabeza– negoció con Arabia Saudí, y a través de ella con el resto de la OPEP, un acuerdo por el que los productores de petróleo se comprometían a seguir facturando su crudo exclusivamente en dólares, y a reinvertir buena parte de sus ingresos excedentarios en activos y deuda pública estadounidenses, a cambio de garantías de protección militar y de cooperación económica y armamentística. El resultado es que, durante medio siglo, prácticamente todo el comercio mundial de petróleo se ha facturado en dólares, obligando a cualquier país que necesite importar crudo a procurarse antes esa divisa, y generando así una demanda estructural y permanente de moneda estadounidense muy por encima de lo que el peso relativo de la propia economía de Estados Unidos justificaría.

Dicho en otros términos: el «equivalente general» –la mercancía especial en la que todas las demás miden su valor– no desapareció en 1971, sino que se desplazó. Dejó de ser una mercancía atesorable por cualquiera, el oro, para convertirse en un signo de valor que garantiza el acceso a la mercancía energética por excelencia, el petróleo, y que no está respaldado por ningún metal, sino por la capacidad militar y política de un único Estado imperialista para imponer las condiciones de acceso a dicho recurso a escala mundial. En la práctica el dólar siguió funcionando como dinero mundial –hoy sigue representando en torno al 58 % de las reservas declaradas de los bancos centrales del planeta, muy por delante del euro (20 %) o del renminbi chino (apenas un 2 %)–, pero ya no por su relación con el metal, sino en buena parte debido a la coerción. 

Este desplazamiento de las fuentes del dominio estadounidense, de la esfera económica industrial a la cruda coerción política, no es un detalle sin importancia. Se trata del primer indicio, todavía disimulado por el enorme margen de maniobra que Estados Unidos conservaba en los años setenta, de una lógica que se desplegará cada vez con más fuerza en las siguientes décadas. Cuando la base material de la hegemonía empieza a resultar insuficiente, la potencia dominante no se retira ordenadamente, sino que sustituye, poco a poco, la ventaja que le aporta la propia supremacía industrial y económica por la imposición política directa. 

Los precios desde 1971: tres fases de un mismo experimento

Primera fase (1971-1982): la inflación abierta. 

Sin ningún ancla exterior que lo disciplinara, la primera reacción del sistema monetario mundial fue exactamente la que cabía esperar según la vieja ley de la circulación monetaria: cuando la emisión de signos monetarios se desborda respecto a las necesidades reales del intercambio de mercancías, el resultado es la subida generalizada de los precios. A esto se sumaron los dos choques petroleros de la década –el embargo árabe de 1973 y la revolución iraní de 1979–, que encarecieron de golpe el producto básico de toda la producción industrial. El resultado fue la llamada «estanflación»: inflación de dos dígitos combinada con estancamiento económico y desempleo elevado, un fenómeno que la teoría económica dominante de la época –que suponía que más inflación siempre venía acompañada de más crecimiento y más empleo– fue incapaz de explicar satisfactoriamente. La inflación estadounidense llegó a un máximo del 14.8 % interanual en marzo de 1980.

La respuesta fue una de las operaciones de «deflación» más duras de la historia económica contemporánea: a partir de 1979, el presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, elevó el tipo de interés de referencia hasta un máximo del 19-20 % en 1981, provocando deliberadamente una profunda recesión –el desempleo estadounidense llegó al 10.8 % a finales de 1982– con el objetivo explícito de «romper» las expectativas de inflación futura, aunque el coste inmediato fuera aplastar el poder adquisitivo de los salarios y desatar, como efecto colateral, una oleada de crisis de deuda soberana en América del Sur, donde muchos países que habían contraído empréstitos en dólares vieron cómo éstos se encarecían de manera inasumible. Es la misma lógica de fondo a la que obedecieron las políticas de «estabilización» de los años veinte y treinta: restablecer la disciplina monetaria trasladando el coste, casi en su totalidad, sobre los salarios reales y las economías más débiles y periféricas del sistema mundial, sólo que ahora sin ningún oro que defender, sino tan solo la credibilidad del propio signo monetario.

Segunda fase (1982-2008): la «Gran Moderación» y el desplazamiento hacia los activos. 

Domada la inflación de los precios al consumo mediante la disciplina salarial y la recesión, se abrió un período de más de dos décadas –bautizado por algunos economistas como la «Gran Moderación»– en el que la inflación de bienes de consumo se mantuvo relativamente contenida en las principales economías desarrolladas. A ello contribuyó de manera decisiva la incorporación de China a la economía mundial, formalizada con su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001, que inundó el mercado mundial de manufacturas producidas con mano de obra mucho más barata, ejerciendo una presión bajista estructural y persistente sobre los precios industriales de todo el planeta. Al mismo tiempo, la masa creciente de dinero-crédito generada por el sistema bancario y financiero –cada vez más desregulado tras las sucesivas oleadas de liberalización financiera de los años ochenta y noventa– dejó de traducirse en inflación de bienes de consumo para concentrarse en la inflación de los precios de los activos financieros e inmobiliarios: bolsas, vivienda, deuda corporativa. El dinero-crédito circula sobre todo dentro de la esfera de los títulos financieros, y sólo de manera indirecta –y a menudo tardía– dentro de la esfera de la producción y el consumo real.

Tercera fase (2008 hasta hoy): los límites del nuevo mecanismo. 

La crisis financiera de 2008 llevó ese movimiento a su extremo, con la generalización de la llamada «flexibilización cuantitativa» (quantitative easing, QE): la compra masiva de deuda pública y de otros activos financieros por parte de los principales bancos centrales del mundo, que multiplicaron sus balances. Durante más de una década, esta enorme creación de dinero-crédito convivió con una inflación de bienes de consumo persistentemente baja, lo que llevó a muchos analistas a dar por definitivamente roto el vínculo entre masa monetaria e inflación. La experiencia de 2021-2023, como veremos, demostraría que ese desacoplamiento no era permanente, sino coyuntural: en cuanto una crisis real de la producción (la pandemia, y después la guerra de Ucrania) volvió a introducir un choque de oferta en la economía mundial, toda la potencia inflacionista acumulada durante quince años de expansión ininterrumpida de los balances de los bancos centrales halló, finalmente, un canal directo de transmisión hacia los precios de los bienes ordinarios, con máximos de inflación interanual del 9.1 % en Estados Unidos (junio de 2022) y del 10.6 % en la eurozona (octubre de 2022). Este periodo reciente se trata con más detalle a continuación.

El mundo actual

El decenio prestado: de 2008 a la pandemia

La «Gran Recesión» de 2008 reclamaba un saneamiento que la burguesía occidental se negó a llevar a cabo. En las crisis clásicas, la destrucción masiva de capital –quiebras, liquidaciones, caída de los precios de los activos hasta su valor real– restablece las bases para la acumulación siguiente, al precio de enormes costes sociales. En 2008, en cambio, los bancos centrales de las principales potencias optaron por impedir esa destrucción: rescataron a los bancos, bajaron los tipos de interés a cero y, cuando ese instrumento mostró sus límites, recurrieron a la compra masiva de activos, la llamada «flexibilización cuantitativa» (QE). La Reserva Federal estadounidense multiplicó su balance, que pasó de poco más de 900.000 millones de dólares antes de la crisis a cerca de 4.5 billones hacia 2015, y a más de 8.9 billones en su pico de 2022 tras la respuesta a la pandemia. El Banco Central Europeo, el Banco de Japón y el Banco de Inglaterra siguieron trayectorias similares. Se trató de un nuevo recurso al viejo mecanismo del crédito, pero esta vez no para financiar la expansión de la producción, sino para impedir la contracción del capital. 

Ni que decir tiene que este expediente sólo lo pueden llevar a cabo determinados países, las potencias dominantes, pues cualquier país del montón que intente un ardid semejante corre el riesgo de ver cómo se descompone su economía nacional. Es un expediente que sólo pueden poner en práctica los más fuertes, si bien a costa de la pérdida de confianza del resto de sus socios comerciales. No por casualidad los bancos centrales del mundo, que llevaban dos décadas siendo vendedores netos de oro, empezaron en ésta época a convertirse en compradores netos: una primera señal, todavía tímida, de que una parte del sistema mundial empezaba a desconfiar de que la solvencia del dólar pudiera sostenerse indefinidamente mediante la mera expansión del crédito. El precio del oro se duplicó entre la crisis del 2008 y la pandemia.

El resultado de ese decenio (2009-2019) fue una paradoja que desconcertó a los propios economistas burgueses: una masa de liquidez sin precedentes que no se tradujo en inflación de los precios al consumo –que se mantuvo por debajo del objetivo del 2 % en la mayoría de las economías desarrolladas durante casi toda la década–, sino en la inflación de los precios de los activos: bolsas, inmuebles y deuda corporativa. No hay aquí ningún misterio si partimos de la perspectiva marxista de la circulación monetaria: el dinero-crédito creado por los bancos centrales no entró en la esfera de la circulación de mercancías, donde habría presionado los precios al alza, sino que quedó atrapado en la esfera de la circulación de títulos, donde compra y venta de papel no hacen sino desplazar la propiedad de una plusvalía ya producida, o meramente anticipada, sin crear valor nuevo. El QE fue una gigantesca operación de transferencia de riqueza hacia los propietarios de activos financieros.

Mientras tanto, la economía «real» permanecía convaleciente: en la mayoría de los países del G7 el crecimiento de la productividad se redujo a menos de la mitad del ritmo correspondiente a las tres décadas anteriores, la inversión productiva crecía muy por debajo de la financiera, y los salarios reales apenas se movían. La composición orgánica del capital –esa relación entre capital constante y capital variable cuyo aumento tendencial Marx identificó como la raíz última de la caída de la tasa de ganancia– seguía elevándose sin que la masa de plusvalía extraída bastara para compensarla. La «recuperación» de la década de 2010 fue, en ese sentido, la más lenta y desigual desde la posguerra: el capitalismo, que ya no podía valorizarse suficientemente en la producción, se refugiaba en la especulación, acumulando al mismo tiempo una deuda pública y privada que, lejos de ser un accidente fruto de la mala gestión, era necesaria para su propia supervivencia.

La pandemia: el Estado como comprador en última instancia

En 2020, la pandemia de covid-19 hizo lo que ninguna crisis «puramente económica» había logrado desde 1945: detener de golpe, por decreto, franjas enteras de la producción mundial. El comercio mundial de mercancías cayó cerca de un 5 % en volumen ese año y la producción industrial global se contrajo con una brusquedad sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Conviene resistir la tentación de leer el confinamiento como una decisión puramente sanitaria, ajena a la lógica del capital. Lo cierto es que la paralización productiva llegó en un momento en que el ciclo de acumulación mundial daba ya, desde 2019, claras señales de agotamiento –desaceleración del comercio internacional, guerra arancelaria sino-norteamericana ya iniciada, caída de la inversión–, y el propio Estado capitalista utilizó la pausa para operar, bajo cobertura sanitaria, una selección brutal: cerraron sobre todo las empresas más pequeñas y menos capitalizadas, mientras el gran capital, sostenido por préstamos estatales garantizados y compras de activos de los bancos centrales, salía de la crisis más concentrado que antes.

La respuesta a la pandemia adquirió los rasgos de una auténtica economía de guerra: cierre de fronteras al movimiento de mercancías y de fuerza de trabajo, reconversión industrial (fábricas de automóviles produciendo respiradores), racionamiento de facto de ciertos bienes y, sobre todo, un gasto público y una emisión de moneda que no tuvieron precedente ni siquiera en las movilizaciones bélicas del siglo XX, y todo ello en tiempos de paz. El FMI cifró el estímulo fiscal global desplegado en 2020-2021 en unos 17 billones de dólares. En Estados Unidos los paquetes de ayuda directa a hogares y empresas superaron los 5 billones de dólares. Los Estados «crearon» directamente poder adquisitivo –los cheques a los hogares en Estados Unidos, los ERTE y sus equivalentes en Europa– para sostener un poder de compra ficticio y que, al reabrir la economía, el mercado no se hundiera bajo sus propios pies.

Fue, en sentido estricto, una expropiación diferida al proletariado y la pequeña burguesía en beneficio del capital financiero y disfrazada de generosidad estatal: los balances de los bancos centrales se hincharon con activos comprados a precios artificialmente sostenidos, mientras la deuda pública contraída para financiar la parálisis quedaba, como siempre, hipotecando el trabajo futuro de las masas asalariadas. La deuda global, que rondaba el 226 % del PIB mundial antes de la pandemia, saltó a un máximo histórico cercano al 360 % del PIB mundial en 2020, el mayor salto anual jamás registrado en tiempos de paz.

La inflación de 2021-2023: el retorno de la vieja disputa

Cuando los precios empezaron a subir con fuerza a partir de mediados de 2021, el debate entre los economistas reprodujo la vieja disputa entre la «teoría cuantitativa» del dinero y la clásica ley de la circulación monetaria. Por un lado, los bancos centrales y buena parte de la prensa económica atribuyeron la subida de precios al «exceso» de dinero inyectado durante la pandemia: demasiada masa monetaria persiguiendo una cantidad determinada de mercancías. Por otro, ciertos economistas –y también los informes económicos de las grandes corporaciones– hablaron abiertamente de «inflación de beneficios» (greedflation): el aprovechamiento, por parte de determinados sectores con poder de mercado (energía, alimentación, logística), de los cuellos de botella en las cadenas de suministro para ensanchar sus márgenes muy por encima del encarecimiento real de sus costes. El propio boletín económico del Banco Central Europeo reconoció en 2023 que, en la eurozona, los márgenes empresariales habían sido un motor de la inflación al menos tan importante como los salarios.

Ambas explicaciones, tomadas por separado, son insuficientes, y la teoría marxista de la moneda permite integrarlas sin hacer concesiones a ninguna: el dinero emitido durante la pandemia no «causó» la inflación únicamente por su cantidad, sino que proporcionó el vehículo monetario para que una crisis real de la producción –la brutal desorganización de las cadenas globales de valor, la escasez de determinados productos básicos, el choque energético provocado después por la guerra de Ucrania– se tradujera en una subida generalizada de los precios y no en una simple parálisis. Y esa subida de los precios no afectó por igual a todas las clases: mientras los salarios reales caían en casi todas las economías desarrolladas –el poder adquisitivo medio de los salarios aún se mantiene por debajo de su nivel de 2021 en muchos países europeos–, los beneficios empresariales, sobre todo en energía y en la gran distribución, alcanzaron máximos históricos. La inflación de 2021-2023 fue, principalmente, un mecanismo de redistribución de la renta desde el trabajo hacia el capital.

La respuesta de los bancos centrales –subir agresivamente los tipos de interés a partir de 2022, hasta el 5.25-5.50 % en Estados Unidos y el 4 % en la eurozona en sus máximos– reprodujo, a su vez, la vieja política de deflación: comprimir la demanda, encarecer el crédito, provocar deliberadamente una desaceleración –y en la periferia del sistema mundial, auténticas crisis de deuda soberana– para restablecer el «equilibrio» entre costes y precios sin tocar, por supuesto, ni la estructura de la propiedad ni la tasa de explotación. El coste de esa deflación, exactamente como en los años treinta, no lo pagó el capital financiero, sino el asalariado hipotecado, el pequeño deudor y, en el plano internacional, los países endeudados en dólares y euros, obligados a pagar intereses crecientes sobre una deuda cuyo valor real se disparaba mientras sus exportaciones se abarataban.

Ucrania, Gaza y el retorno de una auténtica economía de guerra

Si la pandemia obligó al capital a improvisar una economía de guerra sin guerra, la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 devolvió a esta expresión su sentido literal. Las sanciones occidentales contra Rusia –congelación de cerca de 300.000 millones de dólares en reservas del banco central ruso, expulsión de buena parte de la banca rusa del sistema interbancario SWIFT, embargo energético progresivo– constituyeron el experimento más importante desde 1945 de utilización del sistema monetario internacional como arma directa entre imperialismos rivales. Por decisión política, se impidió a un Estado rival disponer de su propia riqueza acumulada en divisas extranjeras. Este episodio empujó a China, Rusia, la India y otras potencias a acelerar la construcción de sistemas de pago alternativos y a diversificar sus reservas hacia el oro: los bancos centrales del mundo compraron más de 1.000 toneladas de oro tanto en 2022 como en 2023 y 2024, el ritmo más alto desde que existen registros comparables. El viejo «equivalente general», por lo que se ve, sigue siendo la única forma en que se concreta la «riqueza abstracta» cuando el sistema crediticio se tensa hasta el límite. El precio del oro se ha triplicado desde la pandemia. 

El bloqueo energético que siguió a la invasión –el corte del gas ruso a Europa, la reorientación forzada hacia el gas licuado norteamericano y catarí, el tope al precio del petróleo ruso– ha revelado con una crudeza pocas veces vista desde la crisis del petróleo de 1973 que el «libre mercado mundial» de materias primas energéticas es, y siempre ha sido, un campo de batalla imperialista. Los precios mayoristas del gas en Europa llegaron a multiplicarse por más de diez respecto a su nivel pre pandemia en el verano de 2022, golpeando a la industria alemana, columna vertebral de la economía europea, y acelerando un proceso de desindustrialización ya en marcha. El capital financiero, lejos de sufrir con ello, encontró en las grandes petroleras y en la industria armamentística un nuevo y espléndido campo de valorización. El gasto militar mundial se ha disparado, de 2.443.000 millones de dólares en 2023 (un 6,8 % más que el año anterior, el mayor incremento desde 2009) a 2.718.000 millones en 2024 (un 9,4 % más, la subida interanual más pronunciada desde el fin de la Guerra Fría), según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). En 2025 el gasto se cifra en 2.887.000 millones, una subida más modesta que obedece a los recortes de la ayuda militar exterior de EE.UU. (en Europa la subida interanual ha sido del 14 %). 

A ello se ha sumado, desde octubre de 2023, la masacre en Gaza y la escalada regional en Oriente Próximo, que no sólo ha añadido una nueva prima de riesgo geopolítico a los precios del petróleo y al tráfico marítimo por el mar Rojo, sino que ha confirmado que la industria del armamento constituye hoy uno de los pocos sectores de la economía mundial en franca expansión. Cuando la producción civil ya no ofrece salidas suficientes a la masa de capital acumulado, el gasto en destrucción –el «consumo destructivo» que ya caracterizaba las economías de guerra en las dos contiendas mundiales– se convierte en uno de los pocos mercados verdaderamente «seguros» que le quedan al capital, pues son los propios Estados capitalistas los que garantizan la compra.

El fin de la globalización y la guerra arancelaria

El tercer gran vector de la economía mundial reciente es la ruptura, todavía en curso, del ciclo de globalización comercial que había dominado desde los años noventa. La guerra arancelaria iniciada por Washington contra Pekín en 2018, lejos de haberse resuelto, se ha intensificado en sucesivas oleadas hasta convertirse en un auténtico proyecto de «desacoplamiento» (decoupling): restricciones a la exportación de semiconductores avanzados, control de las cadenas de suministro de tierras raras, subvenciones masivas –más de 50.000 millones de dólares sólo en la ley estadounidense CHIPS Act de 2022– para «repatriar» la producción de chips y de baterías, y aranceles generalizados que en 2025 llevaron el arancel medio efectivo de Estados Unidos sobre las importaciones chinas a niveles no vistos desde los años treinta, afectando en oleadas sucesivas no sólo a China, sino también a aliados formales de Washington.

Para las economías imperialistas, una vez más, ya no se trata tanto de desarrollar sus mercados exteriores como de conservar y proteger los que ya tienen; la «libre» competencia internacional –que nunca fue libre– se ha quedado anticuada. Es el mismo «nacionalismo económico» que fragmentó el mercado mundial en bloques monetarios rivales en los años treinta, sólo que sustituyendo la devaluación competitiva por el arancel y el control de exportaciones, y el bloque de la libra o el bloque del oro por la esfera de influencia del dólar o de China: fragmentación del mercado mundial en bloques regionales rivales, sustitución del criterio de eficiencia productiva por el de «seguridad» geopolítica en el diseño de las cadenas de suministro (el llamado friend-shoring) y utilización sistemática del comercio como instrumento de la lucha interimperialista. El capitalismo, que en las pasadas décadas ha tendido objetivamente a unificar el mercado mundial hasta niveles nunca antes vistos, se ve hoy obligado a desandar ese camino, sacrificando la eficiencia productiva global –y, con ella, una parte de la propia masa de plusvalía disponible– en el altar de la seguridad nacional de cada bloque imperialista. El FMI ha estimado que una fragmentación económica severa podría restar entre un 2 % y un 7 % del PIB mundial a largo plazo, cifra que ya de por sí revela la enorme riqueza que el propio sistema está dispuesto a sacrificar para sobrevivir.

Que esta fragmentación se presente, en el discurso de sus artífices, como «reindustrialización» o como «autonomía estratégica», es lo de menos: se trata de una respuesta a la imposibilidad de seguir ampliando la base del mercado mundial en las condiciones actuales de la acumulación, y el coste, como siempre, recaerá sobre el consumo popular –encarecido por los aranceles– y sobre la clase obrera de los países «perdedores» en cada reconfiguración de las cadenas productivas.

La montaña de deuda y el capital ficticio

Ningún análisis de la economía mundial reciente puede eludir la cuestión de la deuda, que alcanzó un máximo histórico de unos 348 billones de dólares a finales de 2025 –en torno al 305 % del PIB mundial, con la deuda pública superando ya los 106 billones–, según el Instituto de Finanzas Internacionales. La función específica del crédito es siempre la misma: eliminar todo resto de rigidez en las relaciones capitalistas, haciéndolas extensibles. Pero esa misma extensión acelera la concentración y centralización de los capitales en unas pocas manos. Ambos procesos han operado simultáneamente en el último decenio y medio: la deuda ha permitido sostener artificialmente un nivel de demanda y de valorización de activos que la producción real no respaldaba, mientras al mismo tiempo concentraba, con cada ciclo de tipos de interés, la propiedad efectiva de esa deuda en un número cada vez más reducido de instituciones financieras, bancos centrales y grandes tenedores institucionales.

La subida de tipos de 2022-2023 puso sobre la mesa los problemas que esa deuda arrastraba desde hacía años: buena parte de los Estados, empresas y hogares más endeudados no pueden hacer frente al coste del crédito cuando suben los tipos de interés, lo que obliga a los bancos centrales a moverse en un margen muy estrecho, entre el riesgo de reavivar la inflación y el riesgo a provocar una cascada de insolvencias que podría hundir el sistema financiero entero. Es la misma antinomia entre «deflación» y «devaluación» que ya se manifestaba en los años treinta: dos políticas que en apariencia se oponen pero que, en realidad, se complementan y tratan de restablecer la ganancia capitalista siempre a costa de la clase obrera, principalmente. Hoy la disyuntiva se presenta como «lucha contra la inflación» frente a «estabilidad financiera», pero el resultado de fondo es idéntico: cualquiera que sea el método y los expedientes elegidos, el peso recaerá sobre los salarios reales, sobre el gasto social que hay que recortar para saldar la deuda pública, y sobre la pequeña burguesía endeudada, que a diferencia del gran capital no dispone de medios para trasladar el coste financiero a otros.

La nueva fiebre del oro

Desde 2022, un fenómeno llamativo ha vuelto a poner el oro en el centro del debate monetario mundial: los bancos centrales de numerosos países –China, Rusia, la India, Turquía, Polonia, entre otros– han comprado oro físico a un ritmo que no se veía desde que existen registros comparables: más de 1.000 toneladas anuales entre 2022 y 2024 (y una ligera caída en las compras en 2025), según el Consejo Mundial del Oro, muy por encima de la media histórica de las décadas anteriores. Al mismo tiempo, muchas naciones están repatriando sus reservas de oro almacenadas en terceros países. Se trata de la constatación práctica, por parte de los propios Estados, de los límites estructurales del sistema surgido tras 1971: el dólar, convertido en «equivalente general» no por su respaldo en metal sino por la confianza en el poder político y militar norteamericano, deja de resultar un depósito de valor neutro en el momento en que ese poder se ejerce abiertamente como arma económica.

El episodio decisivo fue la congelación, a partir de febrero de 2022, de en torno a 300.000 millones de dólares en reservas del banco central ruso mantenidas en instituciones occidentales, como respuesta a la invasión de Ucrania. Por primera vez desde que el sistema del petrodólar sustituyó al oro como base última del dinero mundial, una gran potencia comprobó que sus activos financieros en el extranjero –que hasta entonces se consideraban una reserva de valor tan segura como el oro, e incluso más cómoda de gestionar– podían quedar bloqueados de la noche a la mañana por decisión de un rival. Los gobiernos que mantienen relaciones tensas o potencialmente conflictivas con Washington tomaron buena nota de ello, y esto explica en buena medida la aceleración de las compras de oro físico –un activo que, a diferencia de un depósito bancario o de un bono del Tesoro estadounidense, no puede «congelarse» por decreto ajeno, porque no depende de ningún sistema de compensación controlado por terceros–.

En cierto sentido, esto demuestra que cuando el crédito y la confianza que sostienen el sistema monetario se tensan hasta el límite, el oro reaparece como refugio último, como única forma en que la riqueza abstracta puede concretarse al margen de las promesas de terceros, siempre revocables. Hoy, ese reflujo hacia el oro lo protagonizan los propios Estados rivales del imperialismo dominante, que preparan sus reservas para un mundo de bloques monetarios cada vez más enfrentados entre sí.

Pero en este terreno, curiosamente, Estados Unidos conserva todavía una baza que merece la pena señalar, pues revela un cambio de orientación respecto al metal. Estados Unidos oficialmente sigue disponiendo, con enorme diferencia, de las mayores reservas de oro del planeta, con unas 8.133 toneladas en sus bóvedas –muy por delante del segundo país, Alemania, con apenas 3.384–, acumuladas precisamente durante la época de su hegemonía indiscutida y que ningún rival, ni siquiera China con sus compras aceleradas de la última década, puede igualar a corto plazo. Estas reservas están hoy oficialmente valoradas por el Tesoro al precio de 1973, rondando los 11.000 millones de dólares. Pero al precio de mercado actual del oro su valor asciende al billón de dólares. Washington, de hecho, se está planteando actualizar de golpe ese valor contable y liberar así, de un plumazo, una cantidad de liquidez comparable a la que otros países sólo podrían conseguir vendiendo activos reales o emitiendo deuda nueva. Mientras el resto del mundo huye hacia el oro para protegerse de la desconfianza que el poder estadounidense ha generado, Estados Unidos se dispone a sumarse a ese movimiento –y a la consiguiente subida del precio del oro– actualizando de un solo golpe el valor de una reserva que lleva medio siglo infravalorada en sus propios libros de cuentas, y aprovechando así, al menos parcialmente, la crisis de confianza que él mismo ha provocado.

La única salida «natural»

Los acontecimientos de los últimos meses no hacen sino confirmar que el actual equilibrio y el sistema monetario que lo respalda desde los años 70 se tambalean en varios frentes a la vez. Japón, uno de los pilares del sistema financiero occidental de posguerra y durante décadas el mayor comprador extranjero de deuda estadounidense, atraviesa una crítica situación financiera, con una deuda pública que ronda el 260 % del PIB (en palabras del propio ex primer ministro Ishiba, peor que la de Grecia en su momento más crítico). El Banco de Japón se ha visto forzado a subir tipos y reducir sus compras de deuda pública, mientras la rentabilidad de sus bonos a treinta años supera ya el 4 %, máximos desde 2007, y los inversores, ante lo caro que les resulta financiarse en yenes, han empezado a repatriar capital vendiendo masivamente deuda estadounidense –cerca de 30.000 millones de dólares sólo en el primer trimestre de 2026–, retirando del mercado a uno de los compradores más fiables que tenía Washington. 

Casi al mismo tiempo, la guerra abierta entre Estados Unidos e Irán, desatada el 28 de febrero de 2026 y que ha llevado a Teherán a cerrar el estrecho de Ormuz –por el que transitaba una quinta parte del petróleo mundial– y a Washington a imponer un bloqueo naval al país persa, amenaza con poner en riesgo la estabilidad del circuito que sostiene el propio sistema de los petrodólares. Un conflicto prolongado en el Golfo no sólo encarece la energía, sino que también puede llevar a los productores de petróleo de la región a constatar que su seguridad –y por tanto su disposición a seguir facturando en dólares– depende de una potencia cuya capacidad ya no es la de 1974. Y todo ello mientras el propio Tesoro estadounidense tiene que pagar ya, para colocar su deuda, unos intereses que no se veían desde la víspera de la crisis de 2008, y la deuda pública europea, con Francia, Reino Unido y otros países bajo vigilancia creciente de los mercados, sigue el mismo camino. Todo parece señalar que el sistema erigido tras 1971 ha entrado en una fase de agotamiento definitivo.

Pero el patrón oro clásico no fue sustituido por una negociación pacífica entre potencias, sino por el colapso de 1914 y sus consecuencias. Y el patrón cambio-oro de entreguerras tampoco dio paso a Bretton Woods mediante un acuerdo diplomático, sino a través de la mayor destrucción bélica de la historia humana, que dejó a un solo país en condiciones materiales de imponer su moneda al resto del planeta. A diferencia de aquellas épocas, hoy se da la circunstancia de que no son las potencias emergentes, aspirantes a la primacía, las que se muestran más insatisfechas y beligerantes con el statu quo imperante. Es Estados Unidos, la primera potencia mundial (a nivel político y militar, al menos), la misma que ha construido y presidido durante ochenta años el orden mundial vigente, quien se muestra más desafiante y dispuesto a saltar por encima de todos los compromisos y acuerdos, como un anciano que se rebela contra su propia decadencia y senilidad.

La guerra mundial, que ya se anuncia, necesita no obstante un vector político que la catalice, que permita arrastrar a las masas a la hecatombe. En 1939 este vector fue el dilema «fascismo-antifascismo». Hoy el capitalismo sigue tanteando, tratando de encontrar el leitmotiv apropiado para marchar por la única vía que este régimen puede ofrecer. Y hasta que dé con uno no vamos a dejar de ver guerras localizadas en distintos puntos del globo, como en Ucrania, Palestina o Irán, a través de las cuales se irán conformando las alianzas que se enfrentarán en la próxima carnicería imperialista mundial. 

Quienes hoy proponen una vuelta al multilateralismo, una regulación más estricta de las finanzas, una «globalización justa» o un «Green New Deal» capaz de conciliar la acumulación de capital con la supervivencia del planeta, cumplen la misma función que cumplieron los «planistas» y socialdemócratas de los años treinta: ocultar tras el lenguaje de la reforma el hecho de que al capitalismo decadente le es estructuralmente imposible ofrecer al proletariado más que nuevos sacrificios. No hay ningún «desorden» que se pueda corregir con remedios monetarios, comerciales o financieros. Las relaciones capitalistas de producción han llegado al límite de lo que pueden aportar históricamente, y sólo la lucha de clases y la revolución pueden superarlas y sustituirlas por otras nuevas. El modo de producción capitalista ha desarrollado unas fuerzas productivas cuya magnitud desborda por completo el estrecho marco de la propiedad privada y del Estado nacional, y no puede ya resolver esa contradicción sino desplazando su peso, una y otra vez, sobre las espaldas del proletariado mundial –mediante la inflación, la deflación, los aranceles o la guerra– sin llegar jamás a un equilibrio definitivo. Cada nueva «solución» que el capital mundial ponga en marcha para hacer frente a sus crisis, sea cual sea el nombre técnico que le den sus portavoces, no hará sino preparar la siguiente escalada de la guerra, económica o directamente militar, entre los imperialismos rivales. 

Angel Rojo.

La cuestión sindical

BOLETÍN DE LA LIGA DE COMUNISTAS INTERNACIONALISTAS (L.C.I.) AÑO II, Nº 7, AGOSTO 1933.

La Liga de Comunistas Internacionalistas1 organizará próximamente su segunda Conferencia Nacional. En el orden del día de esta conferencia figuran: a) la situación nacional e internacional; b) la cuestión sindical.

El grupo de Bruselas ha elegido una comisión para redactar los informes en los que se basará la discusión. Publicamos aquí el informe sobre la cuestión sindical, elaborado por la mayoría de la comisión. Ofreceremos el punto de vista de la minoría en un próximo Boletín.

También publicaremos muy pronto los informes relacionados con el primer punto del orden del día. 

Rogamos a los camaradas que envíen sus comentarios sobre estos documentos a la redacción del Boletín. Evidentemente la discusión no está limitada únicamente a los miembros de la Liga. Los camaradas que no sean miembros pueden estar seguros de que sus comentarios serán estudiados, igual que los del resto. Del mismo modo, invitamos a aquellos que quieran participar en la Conferencia a que se inscriban, poniéndose en contacto con la redacción.

El Congreso se celebrará posiblemente los días 11 y 12 de noviembre.

INFORME SOBRE LA CUESTIÓN SINDICAL

1. El sindicato y la revolución proletaria

El régimen capitalista se basa en el antagonismo entre las relaciones sociales basadas en la propiedad privada de los medios de producción y las relaciones de producción. Este antagonismo, como nos enseña Marx, da lugar a la lucha de clases. El proletariado es la única clase revolucionaria capaz de suprimir este antagonismo, aboliendo las clases.

La lucha del proletariado, orientada hacia este objetivo, tiene como programa esencial la destrucción del Estado capitalista para fundar un Estado proletario basado en la socialización de los medios de producción industrial y la socialización de la tierra, primera etapa para poder instaurar también una economía socialista en la agricultura.

El organismo específico del proletariado para cumplir su misión histórica es el partido de clase. El programa del partido no se deriva de situaciones contingentes, sino que resulta de los principios del comunismo científico que permitieron a Marx conocer las leyes del capitalismo y la necesaria evolución de éste hacia el socialismo.

La transformación de la sociedad sólo puede lograrse mediante la insurrección del proletariado. Ésta constituye la fase suprema de la lucha de clases y la realización del programa específico del partido del proletariado. Lenin decía que las condiciones para la insurrección consisten en el desmoronamiento del aparato de dominio del capitalismo, las vacilaciones de las clases medias y el impulso revolucionario de las masas obreras.

Cuando aún no existen condiciones para entablar esta lucha final, la tarea del partido es ligar las luchas parciales al objetivo final que persigue. Esta ligazón se puede concebir según dos métodos, que son irreconciliables. Los reformistas defienden que las luchas parciales deben relacionarse con su supuesta reforma gradual del Estado capitalista, hasta llegar finalmente al socialismo. Los marxistas ligan las luchas parciales del proletariado a la lucha por la destrucción del Estado capitalista. Estas dos posiciones se oponen de esta forma concreta: los reformistas debilitan las organizaciones de clase de los trabajadores, hablan de la conquista gradual del Estado por parte del proletariado, pero de hecho dan al capitalismo el control directo de los organismos de clase del proletariado. En cambio, los marxistas consideran que las luchas parciales en la práctica sólo pueden ligarse a la lucha final si las organizaciones obreras mantienen una posición de lucha abierta y constante frente al Estado, reafirmando y fortaleciendo las posiciones del proletariado.

La clase obrera funda sus organizaciones sindicales para arrancar mejores condiciones de vida y de trabajo. Aquellas reflejan un determinado grado de conciencia de las masas y una determinada fase de la evolución de la lucha de clases. Así pues, el sindicato constituye el organismo específico que permite a la vanguardia del proletariado desarrollar las luchas parciales, la conciencia de las masas y la potencia de sus organizaciones, para llevar al conjunto de los trabajadores a la insurrección.

De todo lo anterior se deriva que existe una diferencia fundamental entre el partido y el sindicato, diferencia que hay que tener en cuenta constantemente, incluso después de tomar el poder. En efecto, el sindicato se disuelve en el partido y el partido se disuelve en la clase cuando comienza la era de la organización comunista de la sociedad. Es completamente cierto que el objetivo general del sindicato es el mismo que el del partido: la emancipación del proletariado. Pero esto no implica que ambas organizaciones tengan las mismas funciones y las mismas posiciones. El hecho de que el partido comunista no pueda dirigir una huelga en la industria, o de que el sindicato no pueda dirigir la insurrección, no obedece a un reparto formal de tareas entre estos dos organismos. Desde el punto de vista de su función, el sindicato representa la organización capaz de albergar en su seno a todas las masas, sin distinción de opinión política o religiosa, mientras que el partido, en cambio, agrupa únicamente a la minoría que acepta íntegramente el programa comunista.

El problema de las relaciones entre partido y sindicato fue una piedra en el zapato para el movimiento obrero. Estas relaciones, si se aceptan las anteriores consideraciones, sólo pueden establecerse sobre las siguientes bases: el sindicato, por su propia naturaleza y su función, sea cual sea la política que defienda, incluso aunque defienda un programa revolucionario, es incapaz de lograr los objetivos finales de la clase obrera. Además, sólo puede convertirse en un factor esencial para lograr dichos objetivos si el partido trabaja en su seno. El trabajo del partido, a su vez, nunca puede basarse en el establecimiento de relaciones orgánicas con las organizaciones sindicales, ni siquiera después de tomar el poder. La herramienta para lograr los objetivos del partido, con la que se pretende elevar la conciencia de clase de los trabajadores, es la actividad de las fracciones sindicales del partido comunista. Estas fracciones, siendo organismos que emanan directamente del partido, sólo pueden estar compuestas por miembros de la organización política. Admitir en ellas a simpatizantes supone falsear la naturaleza de las fracciones, que de esta forma se transformarían, de organismos del partido, en organismos de oposición sindical, que en general se basan sobre el principio de la «lucha contra el reformismo».

El reformismo es una fuerza política al servicio del capitalismo, pero no se puede vincular a ninguna formación económica concreta. Pretender relacionarlo con la aristocracia obrera supondría considerar a esta última como una categoría económica fundamental, cuando en realidad, en la fase del imperialismo, la política de la burguesía se expresa de forma concentrada en torno al capital financiero, que domina los distintos aspectos del capitalismo (agrario, industrial, etc.). La lucha contra el reformismo, pues, sólo puede conducirse en función de la lucha general contra el capitalismo. Si los reformistas monopolizan hoy la dirección de las centrales sindicales, significa que la correlación de fuerzas es favorable al capitalismo. Modificar esta correlación de fuerzas sólo es posible reforzando las posiciones de clase de los obreros, y dicho fortalecimiento sólo puede ser fruto de la lucha de clases. De todo ello se deriva que la vanguardia comunista, dentro de las organizaciones sindicales, debe plantear un sistema de consignas y de medios de lucha que conviertan al sindicato en un instrumento para las victorias parciales y un pedestal para la victoria final. También se desprende de todo esto que la vanguardia no se dedica a plantear un sistema de consignas y de medios de lucha para, primero, liberar la organización sindical de la hegemonía reformista y después pasar a la lucha contra el capitalismo. 

Hacer creer a los obreros que antes de combatir al capitalismo hay que combatir primero a los reformistas supone en realidad aplicar el propio esquema reformista, según el cual para combatir al capitalismo primero hay que combatir a los divisivos comunistas.

Ante los problemas de la revolución, el sindicato debe servir para elevar las luchas, las experiencias y las posiciones de clase, hasta desembocar en la insurrección. El sindicato no puede seguir esta marcha ascendente por sí mismo. Sometido a la hegemonía reformista se detiene a medio camino, permitiendo al capitalismo controlar el movimiento proletario, que en última instancia se precipitará hacia su disolución cuando la situación económica obligue al capitalismo a recurrir al terror fascista2.

Bajo el impulso de las fracciones sindicales comunistas el sindicato se desplaza progresivamente hacia los objetivos finales de la clase obrera, un proceso que está ligado al desarrollo de las experiencias y la amplificación de las luchas de la clase obrera.

2. Unidad sindical y escisión de los sindicatos

El sindicato es la organización específica de los trabajadores que permite al partido ligarse al mecanismo de la lucha de clases para impulsar su evolución hacia el desenlace revolucionario.

Aunque no incluya en su seno a toda las masas, al basarse simplemente en una conciencia elemental de lucha contra la patronal, el sindicato es el representante autorizado de la capacidad de lucha de las masas en su conjunto. Los comunistas no defienden la necesidad de unidad sindical por puro formalismo unitario, sino porque las luchas de clase requieren al conjunto de las masas y no sólo a una porción de éstas. En una situación en la que los reformistas conservan su influencia sobre una parte de los organizados, aunque sea pequeña, y cuando no se espera que las situaciones evolucionen rápidamente hacia la revolución, provocar una escisión sindical aparentemente resuelve el problema de entrar en relación con amplias capas de trabajadores, pero en realidad lo único que se consigue es modificar su expresión contingente.

El fondo del problema, al contrario, consiste en las relaciones entre las clases fundamentales de la sociedad, en la posición que ocupa la vanguardia ante la clase y en el grado de madurez de la conciencia de las masas. Ahora bien, todo esto no se resuelve con un acto de voluntad de un grupo de la clase obrera, provocando una escisión sindical y pensando que esto favorece las condiciones para luchar contra el capitalismo. En realidad este grupo está abandonando el terreno marxista, al sustituir la acción consciente que surge del mecanismo de la lucha de clases por la voluntad de los individuos, y únicamente empeora las condiciones para la lucha obrera.

Es verdad que, salvo en momentos excepcionales del combate revolucionario, una parte importante de las masas se opone a la lucha. La organización sindical unitaria permite a la vanguardia arrimar a su lado a esta parte pasiva de las masas, que es un elemento indispensable tanto para las victorias parciales como para la victoria final. El hecho de que esta parte retrógrada de las masas se organice de manera separada supone una gran baza en manos del capitalismo para la organización permanente del esquirolaje. 

El predominio reformista en los sindicatos implica el control de la burguesía sobre el proletariado, pero en sí mismo esto no implica su incorporación al Estado capitalista.

«Si la escisión es absolutamente necesaria, habrá que recurrir a ella cuando los comunistas, mediante sus esfuerzos ininterrumpidos contra los líderes oportunistas y una muy activa participación en la lucha económica, logren convencer a amplias masas obreras de que la necesaria escisión no obedece a consideraciones relacionadas con el objetivo de la revolución, aún lejano y poco inteligible, sino a los intereses inmediatos y concretos de la clase obrera y a las necesidades de la acción económica. En caso de que la escisión sea inevitable, la táctica de los comunistas debe basarse en un atento análisis de la coyuntura política y en la previsión de las consecuencias de dicha escisión, sobre todo desde el punto de vista del alejamiento de los comunistas de las masas obreras.»  Tesis del II Congreso de la I.C.

En el terreno de los principios, la escisión sindical sólo está justificada en los dos siguientes casos:

  1. En una situación revolucionaria, antes de la insurrección, la escisión sindical muy probablemente se convierta en parte integrante de la lucha general del proletariado, y entonces habrá que defenderla abiertamente.
  2. Cuando el Estado fascista se hace con el control de los sindicatos y los transforma en Corporaciones. Entonces hay que dar la consigna de formar nuevos sindicatos.

La incorporación de los sindicatos al Estado democrático burgués, en el curso de una nueva guerra imperialista, podría dar lugar a la necesidad de crear nuevas organizaciones sindicales, aunque ésta no es una verdad categórica.

Ni que decir tiene que a los sindicatos cristianos y liberales hay que considerarlos organizaciones burguesas. Y los revolucionarios que se vean obligados a militar en ellos por razones especiales deben promover una escisión, pues ésta permitirá, o bien crear un verdadero sindicato unitario de clase, o bien desarrollar los sindicatos de clase ya existentes.

La necesaria unidad sindical entre organizaciones de base clasista es imposible con las organizaciones cristianas o liberales, pues éstas se basan en el principio opuesto de la colaboración de clases. El hecho de que las organizaciones cristianas, por ejemplo, agrupen a miles de trabajadores, en ningún caso debe hacernos olvidar los principios de estos sindicatos, que defienden abiertamente la intervención del Estado burgués en la práctica y en el desarrollo de la lucha de clases.

En resumen, la unidad sindical sólo puede basarse en el programa de la lucha de clases, pues ésta es una reivindicación absolutamente básica, no establece ninguna distinción política entre las masas y se desprende de la posición que ocupan los trabajadores frente a la patronal.

3. Fracciones sindicales y Oposición Sindical Revolucionaria

Por su naturaleza y su función, el sindicato no es una organización capaz de luchar por el triunfo de la revolución. Únicamente puede contribuir a este triunfo gracias a la acción que desarrollan en su seno las fracciones sindicales comunistas, es decir, a través de la intervención de un organismo externo a la estructura del sindicato, que lleva desde el exterior, dentro de la base corporativa, los factores de la lucha general por la formación de una conciencia revolucionaria de las masas.

La experiencia demuestra que el tradeunionismo, y por tanto el sindicato, desemboca por su propia evolución, no ya en la revolución, sino en la conservación del capitalismo. De ello se desprende que las formaciones o corrientes políticas que provienen y se limitan a la organización sindical no pueden pretender guiar la lucha del proletariado, ni representan realmente un aporte a su lucha. Este aspecto de la doctrina nos interesa desde un doble punto de vista: precisar la composición de las fracciones sindicales y definir nuestra posición respecto a las formaciones políticas que se acantonan en la organización sindical. 

En lo que respecta a la composición de las fracciones sindicales comunistas, está claro que éstas sólo pueden incluir a miembros del P.C. Si incluyeran a los simpatizantes se modificaría su naturaleza, pues la fracción, en lugar de seguir siendo un instrumento del partido, se convertiría en un organismo de oposición sindical. Efectivamente, todo organismo tiene una determinada naturaleza, que se deriva de los objetivos que se asigna. La fracción sindical, por ejemplo, es el instrumento empleado por el partido para introducir en las organizaciones sindicales el programa comunista, y si a ella se suman los simpatizantes (como sucede en general en las oposiciones sindicales) no podría darse como objetivo más que la lucha contra la dirección sindical, lo que a menudo desemboca en la formación de bloques de «izquierda sindical» para dirigir la organización.

Estas oposiciones sindicales adquieren inevitablemente el aspecto de organizaciones políticas con un programa mínimo y finalmente están llamadas a convertirse en organismos anexos a los partidos. La fracción sindical es una emanación del partido, controlada y dirigida por éste, mientras la oposición sindical emana del sindicato y, en definitiva, lo único que hace es desnaturalizar la función del partido. A las capas de obreros que evolucionan dentro del sindicato hacia el comunismo hay que dirigirlas directamente hacia el partido y no hacia organizaciones intermedias, como las oposiciones sindicales. El simpatizante formará parte de la fracción únicamente cuando se adhiera al partido, es decir, cuando pase de un estadio primario que le permite comprender la lucha contra el reformismo a una conciencia más elevada de la lucha contra el capitalismo. 

La Oposición Sindical Revolucionaria3 centrista constituye, bajo una forma acabada, una falsificación tanto de la naturaleza de las fracciones como del propio partido. En Alemania, en circunstancias muy favorables (crisis económica y ofensiva fascista), la O.S.R. ha hecho que a la vanguardia comunista le sea imposible ligarse al proceso de la lucha de clases, y así la función del reformismo ha logrado expandirse completamente. Por otra parte, el partido, al transmitir sus funciones a la O.S.R., anuncia abiertamente su separación de los movimientos de clase. El paso de la forma de fracción a la forma de oposición implica directa o indirectamente el problema de la escisión sindical. Ya no se trata de conquistar los sindicatos para la ideología comunista, sino de oponer a la dirección sindical reformista otra dirección sindical, que representa una mezcla supuestamente revolucionaria. 

Es evidente que los reflejos de la lucha de clases se expresan a través de la evolución de ciertas capas de obreros hacia el comunismo. El sindicato constituye el medio en el que estos reflejos se expresan de manera inmediata. El problema a resolver, por tanto, es éste: ¿las repercusiones de la lucha de clases deben pasar por un camino intermedio antes de desembocar en el P.C.? ¿Y este camino intermedio consiste principalmente en formaciones híbridas filocomunistas?

Si bien es cierto que esas capas de obreros no abandonan el reformismo para pasar directamente al comunismo, no está demostrado que para facilitar este paso haya que recurrir a formaciones políticas específicas para dicho objetivo. Al contrario, estas formaciones impiden que los trabajadores evolucionen hacia el comunismo, e incluso dispersan la organización del partido, que a la larga termina por identificarse con estas formaciones.

Una vez rechazado el reformismo, puede que los obreros aún no comprendan la necesidad de que exista un partido revolucionario para facilitar la transformación de los sindicatos en instrumentos de lucha contra el capitalismo. Aquí interviene la propaganda del partido, para llevar hasta el final esta evolución de los trabajadores (la adhesión al comunismo y su entrada en el partido), esforzándose constantemente por agruparlos en torno a la fracción sindical.

El proletariado sólo es capaz de actuar como fuerza de transformación social si adquiere una conciencia lúcida de los objetivos a alcanzar. Esto se lleva a cabo a través de una minoría organizada en el partido, y se va logrando a medida que los elementos de la clase entran en el partido y a medida que el partido logra liquidar las formaciones intermedias, que no representan más que un obstáculo para la elevación de la conciencia de las masas hacia el comunismo. El análisis de la función de estas formaciones nos revela que efectivamente se trata de obstáculos. Poco importan las declaraciones de estas formaciones sindicales sobre su apoyo sincero al P.C.

El criterio para evaluar la naturaleza, la función y el objetivo de cualquier organismo político son sus relaciones con el Estado, que representa el órgano específico de dominio capitalista. Ni el sindicato ni ninguna formación política acantonada en el sindicato son capaces de plantear el problema de la destrucción del Estado capitalista. Esta tarea corresponde únicamente al partido revolucionario. Una formación política procedente del sindicato puede, o bien negarse a encarar el problema de la destrucción del Estado, o aceptar el punto de vista comunista, o el de la socialdemocracia de izquierda o de derecha. En el segundo caso el partido se ve obligado a luchar para disolver esta formación y afiliar a sus miembros al P.C. Si aquella acepta los puntos de vista socialdemócratas en general, habrá que luchar para que abandone su terreno ambiguo. Aquí estamos tratando el caso de formaciones que, aunque surgen en los sindicatos, no constituyen organizaciones sindicales propiamente dichas. Pero evidentemente se pueden aplicar las mismas consideraciones a una sección o una central sindical: en tal caso se trataría de una fracción, o del conjunto del aparato sindical, que muy a menudo defiende posiciones comunistas con el único objetivo de mantener el control sobre los obreros, teniendo las manos libres para girarse de nuevo hacia el reformismo cuando las repercusiones de los movimientos de clase dejen de tener consecuencias directas o inmediatas. 

La ausencia de un partido revolucionario con cierta influencia en la lucha de clases favorece la formación de estos grupos intermedios, que asumen la tarea de tender puentes entre distintas corrientes políticas, irreductiblemente opuestas entre sí. La situación que se ha creado, sobre todo después de las derrotas de la clase obrera, favorece la eclosión de estas formaciones. El desasosiego que se apodera de los espíritus obreros, su deseo tenaz de lograr la unidad, dejando de lado o minimizando las divergencias políticas, alimentan dichas corrientes. 

Cuando estas corrientes se manifiestan, la línea de conducta que creemos que hay que adoptar es la siguiente: hay que plantear con toda franqueza los problemas relacionados con la constitución de estas formaciones, su carácter híbrido, el daño que causan al ocultar a los obreros su verdadera naturaleza. La cuestión de saber si estos problemas hay que plantearlos desde el interior, sumándose a ellas, o desde el exterior, habrá que resolverlos en función de la importancia que adquieran estas corrientes y su orientación general. En cualquier caso, la adhesión de los comunistas a estas organizaciones solo puede tener un carácter episódico y debe partir de la base de una abierta proclamación de los objetivos que se propone el partido, a través de las fracciones sindicales. 

La fracción sindical comunista, por tanto, es el único organismo del partido, se propone conquistar a las organizaciones sindicales para la ideología comunista, y con este objetivo el partido crea sus comités sindicales para los sindicatos de industria y su comité sindical central. Estos comités son los organismos que se oponen a los órganos sindicales del partido reformista, para librar a los sindicatos de la influencia capitalista y orientarlos hacia el comunismo. La fracción y los comités sindicales deben conservar su función técnica como instrumentos del partido y someterse a los órganos fundamentales del partido. La fracción o el comité sindical del partido pueden entrar en contacto con las formaciones correspondientes de otros partidos para plantear acciones de frente único, pero esto no significa que sean autónomas, pues permanecen sometidas a las instancias fundamentales del partido. Estas fracciones sindicales y comités no hay que suprimirlos ni siquiera cuando son los comunistas quienes dirigen la organización sindical. La experiencia en Francia demuestra que al fundarse la C.G.T.U., la disolución de las fracciones impidió todo control de la vanguardia comunista sobre los sindicatos unitarios y contribuyó completamente a la degeneración del P.C.F.4

4. El sindicalismo

La falta de una solución correcta al problema de las relaciones entre el partido del proletariado y las organizaciones sindicales alimenta las teorías del «sindicalismo»5. La degeneración de los partidos de la II Internacional sirvió de base para las teorías sindicalistas.

Desde el punto de vista de los principios, el sindicalismo está ligado a esa idea de Proudhon según la cual la composición social de la organización determina automáticamente su evolución en sentido proletario. Así pues, frente a la degeneración de los partidos socialdemócratas, parecía seductor resolver el problema de la lucha de clases liberando a los sindicatos de toda relación con los partidos políticos, lo que de hecho equivalía a proclamar la lucha contra estos partidos. El ambiente proletario del sindicato supuestamente garantiza que éste será capaz de conservar su naturaleza, su función y sus objetivos. Tras la Revolución Rusa el sindicalismo perdió toda posibilidad de desarrollo, lo que por otra parte se vio confirmado por la evolución de las corrientes sindicalistas hacia la III Internacional. La degeneración de los partidos comunistas ha proporcionado de nuevo una cierta base para la renovación de las corrientes sindicalistas. Al contrario que antes de la guerra, actualmente el sindicalismo no engloba a las masas y carece de perspectivas de desarrollo. Como se ha demostrado en Francia con el Comité de los 226, el sindicalismo se ha desmoronado y algunas corrientes proletarias desligadas del centrismo le reclaman una orientación precisa para la lucha revolucionaria.

La experiencia española ha asestado otro golpe al sindicalismo, pues la Confederación General del Trabajo7 se ha revelado impotente incluso para plantear el problema de la lucha del proletariado español. Sin saber en qué dirección había que llamar a la lucha, proclamó que había que defender la República, esperando sin duda a que fueran las situaciones las que dictaran el programa de la lucha obrera. 

Aunque en la fase actual de la lucha obrera el sindicalismo carece de base para su extensión entre las masas, no obstante puede reagrupar a minorías de luchadores revolucionarios. Con ellos habrá que adoptar una actitud adecuada. El sindicalismo, aunque afirma que el sindicato es la única forma de organización proletaria, aunque luche contra cualquier partido, es el sí mismo un partido político. Y es en este sentido como habrá que concretar nuestras relaciones con él. Efectivamente, cuando el sindicalismo abandona su forma de secta y se ve obligado a adoptar responsabilidades en la dirección sindical, defiende todo un sistema de lucha que puede parecerse a las concepciones bien del comunismo, bien del anarquismo, o incluso del reformismo. Asimismo, en lo que respecta a las elecciones al Parlamento, mantiene una pureza exclusivamente formal. Como ha hecho la Confederación del Trabajo en España, aunque no tome posición abiertamente, recomienda a sus miembros que voten por los candidatos de los que se espera una acción favorable. La presión de los acontecimientos sobre las corrientes anarcosindicalistas es tan fuerte que actualmente asistimos a una discusión en su seno sobre la necesidad del Estado, e incluso sobre la idea de la dictadura del proletariado.

Al considerar al sindicalismo como un partido estamos concretando nuestra actitud, no ante una formación que se acantona exclusivamente en el sindicato, sino ante a una corriente política que pretende influir en las organizaciones sindicales. Si nos halláramos ante a un sindicato dirigido por los sindicalistas, deberíamos presionar a sus dirigentes para que se unan a la organización política de la que ellos son expresión. El Réveil Syndicaliste es el centro del reagrupamiento del sindicalismo en Bélgica. Con él habrá que aplicar una táctica de frente único sobre la base de un programa general de lucha contra el capitalismo. 

5. La táctica del frente único

Desde el punto de vista general existen dos concepciones opuestas del frente único. La primera, que es la que ha prevalecido en los partidos comunistas, consiste en considerar que éstos ya constituyen la quintaesencia revolucionaria y por tanto solo hay que desbrozar el terreno de traidores y oportunistas. El cliché entonces es muy sencillo: establecer un programa que permita eliminar a los traidores y los oportunistas de manera inevitable, en el propio proceso de lucha.

La otra concepción, para nosotros la única marxista, consiste en considerar que la influencia del enemigo y de las corrientes políticas extrañas al comunismo entre las masas está relacionada con la intensidad de la lucha de clases. Antes de la revolución, el Estado capitalista puede influir directa o indirectamente en el movimiento obrero. La inconsciencia de las masas y la falsa orientación de ciertas capas son producto de las propias situaciones y expresan una determinada correlación de fuerzas. El papel de la vanguardia comunista consiste, por tanto, en impulsar la evolución de la lucha de clases para elevar la conciencia de las masas. La vanguardia, lejos de considerarse perfecta, confronta a la luz de la experiencia los elementos políticos que ofrece a las masas, para poder rectificarlos y completarlos hasta formar unas bases para la lucha general del proletariado.

Esta divergencia sobre la concepción del frente único viene acompañada de una divergencia práctica en lo que respecta a su realización. La forma generalmente admitida por la Internacional Comunista era que, cuando se considera que existen condiciones para la lucha obrera, hay que lanzar un llamamiento a las formaciones políticas que influyen en las masas, lo más amplio posible, con el objetivo de que participen en la organización de esta lucha. El error de este método consiste en creer que, cuando los jefes socialistas responden negativamente a las propuestas comunistas, demuestran a las masas que se niegan a luchar. Pero para los obreros el rechazo a la lucha por parte de aquellos sólo queda claro cuando se demuestra efectivamente que las bases de acción común (objetivos y medios) que ofrecen los comunistas permiten lograr la victoria. 

Este método también implica el siguiente peligro. Al dirigirse a la socialdemocracia para proponer una lucha común, se refuerza necesariamente la idea de que ésta es capaz de implicarse realmente en la lucha contra el capitalismo. Evidentemente, éste es el precio a pagar inevitablemente por la táctica del frente único, y sólo se justifica si el frente único se aplica en un contexto que permita a los trabajadores darse cuenta por sí mismos de que dicha suposición es un error. Para que las masas puedan desembarazarse de sus ilusiones sobre la socialdemocracia, ilusiones que la oferta de frente único refuerza, esta oferta debe ir acompañada de los órganos adecuados para su realización, y dichos órganos deben hallarse únicamente bajo control de los trabajadores, lo que permite que los comunistas puedan conquistar una mayoría en su seno. 

En Bélgica, en las circunstancias actuales, el sindicato es el organismo más adecuado para llevar a cabo el frente único. Conforme la lucha avanza hacia estadios más avanzados de su desarrollo, pueden surgir otros organismos: comités de huelgas, consejos de fábrica, consejos obreros. Hay que rechazar las ofertas de frente único que no incluyan la designación de las organizaciones llamadas a realizarlo, o que designen un organismo que no se halla únicamente bajo el control inmediato de las masas (un comité de partidos, por ejemplo). Así se evita que los reformistas se adhieran a él, cuando la presión obrera es muy fuerte, para abandonarlo más tarde, sabotear la lucha y renegar de sus compromisos.

Cuando el movimiento sindical está dividido, el frente único se presenta principalmente sobre la base de la acción común de los distintos sindicatos y la reconstitución de la unidad sindical. Cuando ya existe esa unidad orgánica de los sindicatos, una de las condiciones esenciales para el frente único es que se garantice la libertad de los comunistas para defender su punto de vista en los sindicatos. 

El frente único debe basarse en la siguiente consideración: el programa de lucha debe tener en cuenta tanto la correlación de fuerzas entre clases como el grado de conciencia de las masas. Así pues, la vanguardia propondrá reivindicaciones y medios de lucha que puedan ser asumidos por la ideología general de las masas y las concepciones de las capas obreras influidas por la socialdemocracia. A esa concepción centrista según la cual hay que presentar reivindicaciones que vayan más allá de la orientación general de las masas y aprovechar las afirmaciones demagógicas de la izquierda socialista para desenmascararla en la lucha, hay que oponer la anterior formulación, con la que se consigue la mayor concentración de obreros en torno a un programa detallado. El partido vigilará cómo evoluciona esta lucha para saber cuando puede asumir su dirección. Evidentemente, esto sólo sucederá en situaciones de auge revolucionario, o al menos cuando una parte de las masas evolucione y se libere de la influencia capitalista, demostrando que quiere situar sobre una base clasista sus organizaciones sindicales.

6. La creación del P.C. en Bélgica y la postura centrista respecto a los sindicatos

La formación del P.C.B. no fue el resultado de un desplazamiento de las masas al comprender el alcance histórico de la traición de la socialdemocracia, sino que fue producto de la reacción proletaria de una ínfima minoría de revolucionarios ante la actitud burguesa del P.O.B.8 respecto a la Revolución Rusa. La fusión de L’Ouvrier Communiste y de Les Amis de l’Exploté en 1921, dando lugar al P.C. unificado, no resolvió todos los problemas específicos de la formación de una vanguardia revolucionaria. Un partido de vanguardia no merece verdaderamente este nombre si no representa a una parte del movimiento proletario. Si se limita a organizar a elementos dispersos sin relación con los movimientos de clase es que no ha resuelto ideológicamente los problemas vitales del proletariado. Debe concentrar a su alrededor a los mejores elementos de la clase y, mediante la elaboración de un programa, ligarse profundamente al proletariado hasta convertirse en su única y verdadera expresión.

Las bases del P.C.B., excesivamente estrechas, y las tendencias centristas que no tardaron en desarrollarse en la I.C., influyendo en su dirección, hicieron muy difícil resolver las tareas del comunismo en Bélgica. El período de creación de partidos comunistas a escala internacional coincidió en Bélgica con una era de prosperidad que dio nuevo impulso a la socialdemocracia. 

Se abrió una nueva época para el reformismo. La socialdemocracia, respondiendo a las necesidades de reorganización del capitalismo, sentó las condiciones para esta expansión. Logró armonizar esta necesidad de tranquilidad con el impulso que los acontecimientos de posguerra habían imprimido a las masas obreras. 

Los primeros años de vida del P.C. se consagraron casi exclusivamente a la propaganda a favor de la Revolución Rusa. No obstante, había una seria intención de ligar las ideas generales de la revolución a la situación del proletariado en Bélgica. No sin éxito, el partido se dedicó a desarrollar, sobre la base de la lucha obrera, un trabajo que permitiera a los obreros separarse poco a poco del reformismo. La actividad sindical estaba en el centro de este trabajo. El partido creó los primeros núcleos sindicales, permitiendo que la ideología comunista penetrara en los sindicatos. En el curso de este trabajo surgieron las primeras divergencias y se manifestaron las primeras corrientes. Estaban relacionadas con la posición a adoptar por el partido ante la reacción de ciertos obreros y militantes, que querían orientar la oposición obrera a la política reformista por la vía de la escisión sindical. En general, todos los comunistas condenaban teóricamente la salida de los sindicatos de las Centrales reformistas. Sus partidarios reaccionaban con indolencia ante las veleidades escisionistas de ciertos dirigentes sindicales (Comité de defensa de Seraing), mientras de palabra afirmaban estar de acuerdo con la voluntad unitaria del partido. El objetivo de estos vergonzosos partidarios del escisionismo sindical era utilizar burocráticamente los sindicatos, una vez separados, como base electoral. La izquierda del partido, partidaria de la unidad sindical, pretendía transformar los sindicatos en instrumentos de la lucha contra el capitalismo, mediante el trabajo de sus miembros en los sindicatos y la conquista de los mejores elementos obreros para el comunismo. El centrismo optaba por extender la influencia del partido anexionándose las organizaciones sindicales que abandonaran las Centrales reformistas. El escicionismo sindical del centrismo no era más que una manifestación, circunscrita al terreno sindical, del desprecio general que mostraba frente a los problemas que planteaba la creación de verdaderos partidos comunistas (selección y educación de sus miembros, elección de métodos, etc.).

Los errores de la I.C. naturalmente debían influir fuertemente en el desarrollo de corrientes dentro del P.C.B. Así, la política de la Internacional Sindical Roja, que se oponía claramente a la consigna fundamental inicial de la I.C. (la conquista de los sindicatos reformistas), constituía un apoyo directo a la corriente que se desarrollaba en el seno del movimiento obrero belga favorable a la escisión sindical. 

El surgimiento del movimiento unitario en los años 1925-1926 enfrentó con más violencia aún a las dos corrientes que se habían manifestado en el P.C.B. desde su formación. El centrismo, cuyo representante más destacado era Jaquemotte, consideraba necesariamente al movimiento unitario como un medio para lograr sus fines (ampliar el partido apoyándose en las organizaciones que se apartaban del P.O.B., en lugar de reforzarse con los obreros que se pasaban al comunismo), exigiendo que el movimiento unitario se transformara en un movimiento de minorías sindicales, abandonando por tanto el terreno de la propaganda a favor de la unidad sindical para adoptar una postura en todas las luchas obreras, defendiendo en ellas consignas revolucionarias. El objetivo no confesado del centrismo era liquidar el significado unitario del movimiento y empujarlo por la vía del escisionismo sindical. Así, el movimiento minoritario se transformaba en aliado del centrismo. El centrismo en ningún momento tuvo intención de impulsar el movimiento unitario (que no era más que un movimiento socialista de izquierdas) para que precisara sus propios objetivos y que la clase obrera, y por tanto el comunismo, sacara el máximo provecho. La izquierda del P.C., sin embargo, tampoco planteó esta alternativa con toda la claridad necesaria. Olvidando que se encontraba ante una formación socialista de izquierda, a la que había que eliminar y no consolidar (por supuesto, teniendo en cuenta que dicha eliminación suponía un paciente trabajo de clarificación entre la clase obrera), esbozó una defensa del movimiento unitario y se opuso a la empresa escisionista del centrismo, pero luego se sumó a ella. Esta actitud contradictoria se debió a que la izquierda, aun siendo consciente del peligro que suponía la solución propuesta por el centrismo, no logró definir claramente su posición frente al movimiento unitario.

La izquierda chocó tanto con los dirigentes del movimiento unitario como con los centristas del partido, apoyados por la I.C. Los dirigentes del movimiento unitario consideraban que éste era un buen medio para contrarrestar la influencia creciente del partido e impedir el trabajo independiente de los comunistas en los sindicatos. La experiencia demuestra que los socialistas de izquierda están dispuestos a firmar todas las condiciones que ponga el partido para aliarse con ellos, con tal de impedir ese trabajo. El antagonismo que surgió entre las dos corrientes de la izquierda socialista que se sucedieron a la cabeza del movimiento unitario (la tendencia Liebaers-Geerts y la tendencia Vercruysse-Everling-Heyndels) se desarrolló dentro del marco de las divergencias admitidas entre socialistas de izquierda.

La lección que conviene extraer de este episodio de la historia del P.C. es que el bloque de los comunistas con los socialistas de izquierda, en la forma en la que el partido lo llevó a cabo en aquella época, es nefasto para el comunismo. El movimiento unitario, en su primera forma (dirección de Liebaers-Geerts) fue más o menos apoyado por la izquierda. Sin embargo, terminó girándose contra el comunismo. La segunda edición del movimiento unitario (bajo dirección de Vercruysse-Everling), que se llevó a cabo bajo los auspicios del centrismo, con el P.C. pactando con la parte más corrompida de la socialdemocracia, fue aún más nefasta. Los dirigentes terminarían convirtiéndose más tarde en los adversarios más encarnizados del comunismo, a pesar de las declaraciones de fidelidad al P.C. que habían hecho y de sus afirmaciones de que estaban de acuerdo con él al 100 %.

El bloque comunista-unitario se realizó sobre la base de la entrada de los comunistas en una organización que ellos no controlaban, pero mediante la cual eran tenidos en cuenta por la clase obrera. La entrada en este bloque de hecho supuso subordinar el trabajo comunista en el sindicato a la voluntad del movimiento unitario. 

7. La Oposición de Izquierda (trotskista) y la cuestión sindical

La razón de ser de la Oposición de Izquierda consistía en resolver los problemas fundamentales del proletariado belga que el partido no había llegado nunca a abordar y que poco después serían abandonados por el centrismo. La cuestión sindical era una de esas cuestiones esenciales, y por tanto era en este terreno donde la Oposición debía centrar su actividad teórica. La Oposición nunca planteó estos problemas, y más tarde proclamaría que para ella ni siquiera existían, dadas las soluciones aportadas por los 4 primeros congresos de la I.C.

Ahora bien, éstos no contenían una solución definitiva a los problemas específicos de la lucha del proletariado internacional, y tomarlos como referencia exclusiva suponía repetir los mismos errores cometidos anteriormente. Por otra parte, la experiencia ha demostrado que la Oposición no ha solucionado ni el problema de la unidad sindical, ni el de las fracciones sindicales. En lo que respecta a las fracciones sindicales, la Oposición no ha hecho más que repetir la política del centrismo, aunque con mucha moderación. No rechaza la práctica de la Oposición sindical, una corriente heterogénea que incluye elementos de diferentes tendencias que se oponen al reformismo, sino únicamente la práctica estaliniana.

8. Caballeros del Trabajo, Central Revolucionaria de Mineros y la unidad sindical

Los sindicatos de los Caballeros del Trabajo9 son un producto de la política colaboracionista de los dirigentes de las Centrales tras la guerra. Surgieron como reacción a esta política. La subordinación por parte de los dirigentes sindicales de los intereses del proletariado minero a los intereses de la «reconstrucción nacional», el sabotaje a las luchas obreras que resultaba de ello, la persecución por parte de estos mismos dirigentes de los militantes que permanecían fieles al concepto de la lucha de clases (llegando incluso a expulsarlos de los sindicatos), estas fueron las razones inmediatas de la constitución de los sindicatos de los Caballeros del Trabajo. Así pues, el reformismo es responsable de que miles de obreros hayan vuelto a métodos de lucha caducos, a las viejas tendencias localistas y a los prejuicios anarcosindicalistas.

En la región de Charleroi, el trabajo honesto y paciente de los comunistas logró hacer retroceder en gran medida estos prejuicios del pasado, sin vencerlos completamente no obstante. 

La Central Revolucionaria de los Mineros se creó tras la escisión provocada por los estalinianos en 1928 en la Federación de los Caballeros del Trabajo, a raíz de la escisión dentro del partido comunista10. Unió a todos los elementos de los Caballeros del Trabajo que siempre se habían mostrado hostiles a la política unitaria de los comunistas. Esta organización, al crear sindicatos disidentes en todas partes, hace el juego al reformismo y hay que considerarla como uno de los más serios obstáculos a la penetración del comunismo en los sindicatos.

La experiencia ha demostrado que, aunque practiquen una política unitaria respecto a los sindicatos reformistas, los elementos revolucionarios que están en los Caballeros del Trabajo no logran jugar el mismo papel que podrían jugar si se incorporaran a las Centrales reformistas. En concreto, son las huelgas de julio de 1932 las que han demostrado ésto. Es cierto que los Caballeros del Trabajo hicieron todo lo posible para unir a los huelguistas. Pero el hecho de que se alzaran como organización independiente de las Centrales reformistas impidió que los obreros ejercieran la máxima presión sobre las organizaciones sindicales y barrieran a la dirección reformista.

En las actuales circunstancias de la lucha contra el capitalismo es más importante que nunca defender la consigna de la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas, pues el terreno de la lucha contra el reformismo debe ser desbrozado en la medida de lo posible de todas las cuestiones secundarias que embrollan esta lucha. Nos parece peligroso condicionar la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas a que estas últimas cumplan con los principios de la democracia sindical. Está claro que la desaparición de las medidas de coacción en las organizaciones reformistas vendrá de la mano de una lucha creciente contra la burguesía. Aquellas sólo desaparecerán cuando, mediante esta lucha, la orientación de la organización cambie completamente. Esperar a que todas las medidas contra los comunistas sean abolidas para entrar en las organizaciones reformistas en realidad equivale a esperar a que las organizaciones reformistas se conviertan en revolucionarias. La vuelta de las organizaciones de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas sólo logrará verdaderamente su objetivo si la gran mayoría de sus miembros aceptan esta medida. Si solo se suma una parte de los miembros se corre el riesgo de que sobrevivan las organizaciones disidentes, aunque se vean debilitadas. En estas condiciones, mejor no volver a las organizaciones reformistas.

9. Programa general de trabajo sindical

Para influir en la lucha de clases el partido debe establecer las líneas generales del trabajo que debe efectuar dentro de las organizaciones de masas susceptibles de convertirse en instrumentos de la lucha revolucionaria. El P.C. necesita un programa de trabajo, pues de otro modo estaría desprevenido y carecería de perspectivas para influir en la evolución de los movimientos de masas. A este respecto, comprender las experiencias vividas, definir la situación general y tener una perspectiva de conjunto son factores al margen de los cuales el proletariado no puede llevar a cabo ninguna acción consciente y efectiva. Hay que añadir que estas líneas generales deben ser constantemente confrontadas con los acontecimientos, aunque siempre sobre la base de un análisis de principio, para evitar que, bajo el influjo de las situaciones, a veces estrepitosas, no se terminen modificando o dejando de lado los enunciados generales que deben guiar la acción del P.C. Si en el transcurso de cualquier acontecimiento se constata una fricción entre la regla preestablecida y lo que parece ser condición para el éxito, habrá que ver si es necesario modificar de manera sustancial los elementos generales que determinaron la constitución del programa.

A la época imperialista de la economía capitalista se la denomina época de guerras y revoluciones porque la guerra y la revolución son sus únicas salidas posibles. En la fase económica anterior, las contradicciones y de los antagonismos podían desembocar en la conquista de nuevas regiones por parte del capitalismo. En esa fase de la economía, ya pasada, llegaba un momento en que la producción ya no podía ser absorbida por la capacidad de compra de los trabajadores, y se desencadenaba una crisis. El ciclo era el período económico entre dos crisis. El nuevo ciclo comenzaba después de que la crisis desencadenara todos sus efectos, un factor necesario para restablecer las condiciones de la producción capitalista. Los stocks se vendían a precios muy bajos, y así se restablecía el proceso regular para una nueva acumulación capitalista. Ésta consistía en una ampliación de la producción gracias al desarrollo técnico, en un momento en el que el capitalismo aún podía hallar nuevos mercados.

La nueva fase se caracteriza por una revuelta permanente de las fuerzas productivas contra el modo de producción. El concepto de ciclo ya apenas es aplicable, pues ahora ya no sólo se trata de destruir porciones gigantescas de la producción capitalista, sino también de algo imposible: suprimir los procedimientos técnicos que han modificado de cabo a rabo la estructura y la potencia de las fuerzas productivas. La vieja terminología de los ciclos, aplicada al periodo actual del imperialismo, sólo puede referirse a los periodos entre guerra y revolución. Evidentemente, esto no significa que en la fase imperialista la economía no sufra fluctuaciones particulares; estas siguen existiendo, pero el capitalismo ya no puede dominar el mecanismo de la producción y solo puede intervenir para atenuar las explosiones de los antagonismos sociales. Desde el punto de vista de la lucha obrera, en lugar de fijarnos en la evolución de las contingencias económicas, extremadamente complejas y pasajeras, hay que tomar nota de que en el terreno económico la partida ya ha acabado: las condiciones objetivas para abolir la propiedad privada ya existen desde hace tiempo, y la solución se halla en el terreno del duelo entre el proletariado y la burguesía.

Las derrotas revolucionarias en los distintos países no alteran el carácter fundamental de las situaciones en la época actual. El programa, por tanto, deberá partir de la consideración fundamental de que las conquistas de la clase obrera ya no disponen de base real sobre la que asentarse, pues el capitalismo ya no tiene ante sí horizonte ni posibilidad de expansión. Aquellas se reducirán principalmente a concesiones que el capitalismo hará para desviar a las masas de su camino revolucionario. La serie de supuestas conquistas codificadas legislativamente tras la derrota revolucionaria de 1919 en Alemania, en la propia Constitución de la nueva República, se han revelado en 1933 como el único medio que permite al capitalismo mantener dentro de los límites de su régimen a millones de obreros, que disponían de condiciones objetivas favorables para instaurar la dictadura del proletariado. Una vez el puñal fascista reemplaza la libertad y la democracia, la nueva realidad fascista ya no permite a las masas pasar a formas más avanzadas de lucha por el comunismo. Esto demuestra de manera definitiva que el P.C. no debe nunca actuar con el objetivo de hacer que las masas pasen por determinadas experiencias, sino dotarse de un programa de trabajo para provocar un progresivo desplazamiento en la correlación de fuerzas entre clases, favorable al proletariado.

Los puntos esenciales del programa de acción sindical creemos que deben ser los siguientes:

El paro, los salarios, la legislación social y las libertades obreras

Trataremos estos problemas particulares en el espíritu ya señalado, es decir: sólo se puede llegar a una solución estable con la revolución; toda solución democrática, o de otro tipo, no es más que una distracción que hay que rechazar en cualquier circunstancia; la lucha conjunta, metódica y continuada debe desembocar en la insurrección del proletariado. 

En lo que respecta al paro, actualmente es completamente evidente que el sistema mixto de seguros, entre los sindicatos y el Estado, con el Estado complementando las cotizaciones e interviniendo en el servicio de los subsidios tras el periodo reglamentario, no significa otra cosa que el hundimiento de los sindicatos en el aparato del Estado, la transformación de estos instrumentos para la lucha de clase en instrumentos para evitar el desencadenamiento de movimientos de clase. La socialdemocracia saca a relucir el número de parados para asustar a los obreros con trabajo, para impedir así la lucha y hacer que acepten una reducción de sus salarios. Por otro lado, pone de relieve el hecho de que el gobierno suspenderá el servicio de subsidios para que la clase obrera no pueda recurrir al arma de la huelga general. En fin, se presenta como defensora de los parados ante los obreros que trabajan y asegura a estos últimos que si se afilian al sindicato no serán suplantados por los parados. Aquí la socialdemocracia se vale del desclasamiento que se produce entre los parados, desilusionados por la miseria constante.

Cuando se instauró el servicio del seguro del paro, el control de los reformistas sobre los sindicatos permitió que se aceptara el principio del seguro mixto, confiado administrativamente al sindicato pero cuya gestión y control recaen en el Estado a través de los Fondos de Desempleo, los cuales al principio eran organismos autónomos y ahora son oficinas para el triaje y para transmitir al sindicato las disposiciones ministeriales. Había que elegir entre el principio de luchar para que el parado se quedara en el taller con su salario o, si eso no era posible, el otro principio, que la organización sindical se encargara de mantener al parado. Salvo en los períodos de crisis, las organizaciones sindicales estaban en condiciones de mantener a los parados. Por otra parte, cuando la crisis se desencadena el capitalismo tampoco es capaz de resolver el problema del paro y de poner en marcha un servicio de subsidios adecuado al nivel de vida conquistado por la clase obrera tras la guerra. A través de la política reformista, los sindicatos no han hecho más que demostrar esta incapacidad capitalista en períodos de crisis económica. El sistema mixto de subsidios convertía a los sindicatos en los organismos que distribuyen las prestaciones y ligaba a estos con el aparato estatal, lo que alteraba la función de los sindicatos y transformaba a estas organizaciones en tampón entre los parados y el Estado. En la situación actual, hay que defender que los sindicatos deben renunciar a todo el trabajo administrativo que les incumbe y que alimenta una enorme burocracia, y que deben desarrollar entre los parados un trabajo de propaganda sindical para provocar luchas por el aumento de los subsidios o para que se modifique el servicio del paro, y todo ello contra el Estado, igual que se trabaja entre los obreros para que luchen contra la patronal por un aumento del salario. Hay que señalar que, dado que los parados no tienen ningún medio especial para defenderse (huelga), es muy difícil desplegar una lucha en defensa de los intereses particulares de los parados; así pues, esta lucha debe formar parte de un conjunto de luchas cuyas reivindicaciones fundamentales son la defensa y el aumento de los salarios.

En lo que respecta a los salarios, hay que reconsiderar la idea de los convenios colectivos, que originalmente representaban una conquista obrera porque sustituyen la arbitrariedad patronal contra el obrero individual por la defensa colectiva de los obreros, por profesión. Actualmente el convenio colectivo ha perdido su significado original y se ha convertido, con las comisiones paritarias, en una traba para la lucha obrera. Siempre que pueden, los sindicatos defienden el recurso a la comisión de arbitraje para solucionar los conflictos de clase, y sea cual sea la sentencia, aunque reconozca que las reivindicaciones obreras tienen fundamento, se cumple el plan de la patronal. En la situación actual, mientras sea posible, hay que señalar un monto global para los salarios, por profesión, dependiendo de la capacidad de lucha en todo el país. Al mismo tiempo, en lo que respecta a los convenios de trabajo, hay que luchar para reducir al mínimo (o suprimir) toda la legislación arbitral y confiar a la fuerza sindical, así como a las secciones sindicales de fábrica, el respeto a los convenios.

En lo que respecta al index-number11, hay que denunciarlo como falsa expresión de las fluctuaciones del coste de la vida y luchar para que los salarios reflejen los aumentos conseguidos en la lucha. Los comunistas nunca pueden aceptar un sistema de legislación social, ni llamar a la clase obrera a la lucha para lograr supuestas leyes sociales. Ya se trate de seguros por enfermedad, pensiones, etc., los comunistas enarbolan el principio de que el Estado es incapaz de garantizar la defensa de los intereses obreros, y que ésta debe ser confiada a las organizaciones que permanecen bajo control de los sindicatos. Las mutualidades y la seguridad social bien pueden ser controladas por el sindicato, y el subsidio que concede el Estado podría asumirlo la organización sindical. Toda la riqueza es producto del trabajo, por lo que nada impide que, mediante la lucha por el aumento de los salarios, las organizaciones sindicales sustituyan al Estado12, cuyos medios financieros provienen de retenciones directas o indirectas sobre los salarios. En la situación actual, los comunistas evidentemente son incapaces de modificar todo el sistema de legislación social, y las necesidades de la clase obrera en este terreno deben ser satisfechas. Por eso no hay que rechazar los subsidios del Estado, sino que, al mismo tiempo que se denuncia el error que se comete cuando no son los organismos de clase los que asumen la defensa de los intereses obreros, hay que invitar a los obreros a una lucha constante para reducir el control del Estado sobre las organizaciones mutualistas.

En lo que respecta a las pensiones, los comunistas deben demostrar que se trata de un verdadero impuesto sobre los salarios y deben esforzarse en provocar una lucha para que se suprima este impuesto, tanto más en la medida en que, a consecuencia de los últimos decretos-ley, la pensión que paga el Estado ha perdido completamente el carácter de un subsidio al que se tiene derecho tras un determinado periodo de pago para adquirir el aspecto de una ayuda caritativa. 

Los sindicatos deben situarse a la cabeza del combate por la defensa de las libertades obreras. A este respecto, hay que luchar contra fórmulas vagas como la «defensa de la democracia», pues la experiencia ha demostrado que hay tantas fórmulas democráticas como situaciones y el proletariado siempre queda inmovilizado en la lucha de clases por no atreverse a perder los últimos vestigios de esta democracia, como ha sucedido concretamente en Alemania. Los comunistas tienen que ser más concretos: libertad de prensa, de organización, de reunión, etc., Es decir, llamarán a los trabajadores a luchar por cuestiones concretas tangibles, para evitar la confusión y las maniobras del enemigo. 

Como instrumento de lucha de la clase obrera, hay que plantear la necesidad de que todos los movimientos que los obreros provocan para oponerse a la ofensiva del capitalismo desemboquen en una acción de huelga general. La huelga general no sólo hay que reivindicarla cuando se produce una especial conmoción de clase, es un arma que hay que proponer en las organizaciones sindicales como único medio que permite romper la ofensiva capitalista, porque en última instancia es el único medio que permitirá luchar en el futuro ante el desenlace de las situaciones actuales: la guerra, y para dar a esas situaciones una solución revolucionaria. La preparación de la huelga general es una vía fundamental, la única vía, para el presente y para el futuro del movimiento obrero. 

Aplicación del programa

Los comunistas saben muy bien que el éxito de su programa de trabajo no depende de que ciertas personalidades se sumen al movimiento obrero, ni únicamente de la fuerza de su propaganda. Saben que aquel será el resultado de la liberación de las organizaciones sindicales de la influencia capitalista de la socialdemocracia y de la liquidación simultánea de todas las formaciones intermedias, cuya función es impedir que las reacciones obreras evolucionen hacia el comunismo. Los comunistas saben también que la elevación de la conciencia de las masas es fruto de la propaganda, y sobre todo de la experiencia que las masas realizan, no a través de las diversas fórmulas políticas, sino al calor de la lucha de clases. Teniendo esto en cuenta, los comunistas deben desplegar su trabajo confiando absolutamente en que las reacciones obreras tratarán de expresarse a través de una política diferente, planteando el problema de la eclosión de las luchas, su dirección y su encuadramiento en una perspectiva sólida.

Por tanto, en lugar de tratar de resolver problemas insolubles, como el de una cohabitación contingente y artificial de elementos opuestos, sobre la base de un programa que sería resultado de un compromiso que cada componente trataría de romper a la menor ocasión en la que viera posibilidad de sacar ventaja, los comunistas tratarán de establecer un frente único sólido sobre la base de las reivindicaciones concretas que presentan a la clase obrera los diferentes partidos que actúan en su seno. Por ejemplo la lucha por la defensa de la democracia no es más que un producto artificial que sacan a relucir los socialistas para impedir la lucha obrera, y también los comunistas, aunque su programa incluya la lucha por la destrucción violenta de todo régimen burgués, incluidos los democráticos. Por tanto, la defensa de la democracia no constituye un elemento que permita crear un frente único. En cambio, la política de los diferentes partidos que tiene que ver con la defensa de los salarios, con los subsidios de paro o las libertades obreras, no comporta ninguna acrobacia política y responde a las aspiraciones reales de las masas. 

Teniendo en cuenta que, en las circunstancias actuales en Bélgica, el capitalismo conserva su dominio por el canal de la socialdemocracia, que controla las potentes organizaciones sindicales, la Liga hará un llamamiento a todos los grupos: P.C.B., Oposición de Izquierda, Réveil Syndicaliste, Izquierda Socialista, para llegar a un acuerdo de cara a la preparación de la huelga general. Esta preparación debe llevarse a cabo con el apoyo de todos los movimientos obreros y bajo su coordinación, con las miras puestas en un movimiento general. Una comisión del Congreso de la Liga establecerá las consignas concretas a defender, que serán presentadas a las organizaciones mencionadas de cara al frente único.

10. El régimen interno del sindicato

Los estatutos de una organización sindical se derivan necesariamente de la función social que ésta asume. Dado que el sindicato es el organismo gracias al cual el partido logra elevar la conciencia de clase de los trabajadores a través de los acontecimientos de clase, sus estatutos sólo pueden ser la expresión de esta idea fundamental.

La noción más corriente, y también la más vulgar, consiste en exigir un estatuto supuestamente democrático. Separada de una concepción organizativa de la lucha, la noción de democracia proletaria es una idea abstracta. Aplicada al sindicato, quiere decir que se convocan regularmente asambleas y que todas las tendencias pueden expresar su propio punto de vista. Los comunistas propondrán unos estatutos que permitan al sindicato jugar su papel en la lucha de clases, que acepten sin reticencias el derecho de las fracciones políticas a intervenir como tales en la vida sindical y política de la organización. Unos estatutos democráticos son inconcebibles al margen del derecho a formar fracciones. Los comunistas combatirán por tanto los estatutos que en nombre de la «democracia proletaria» prohiban la existencia y la actividad de determinadas fracciones políticas, o que, siempre en nombre de esta «democracia», impongan sus puntos de vista en las asambleas sindicales, o a pesar de las asambleas. Sobre la base de esta posición fundamental, los comunistas lucharán para que se regule la convocatoria de asambleas generales mensuales. 

El hundimiento de los sindicatos en el marasmo colaboracionista, su transformación de órganos de lucha contra el capitalismo en instrumentos en manos del propio capitalismo, repercute necesariamente en la estructura interna de los sindicatos. Sus rasgos más distintivos son una centralización a ultranza y una burocracia omnipotente. 

La célula social que permitió a los trabajadores desplegar su lucha contra la patronal para vender la fuerza de trabajo a mejor precio fue la profesión, el oficio. De ahí la natural inclinación del sindicato, originalmente, a circunscribir su organización a la profesión. El desarrollo del capitalismo, la transformación de los procesos productivos y su progresiva mecanización han reducido considerablemente las diferencias entre profesiones, arrebatando así toda justificación a la organización sindical autónoma por profesión. La uniformización progresiva de las condiciones de trabajo, no obstante, no ha quitado toda razón de ser a la organización de los trabajadores en sindicatos profesionales.

En el curso de esta transformación del sindicato de oficio, o de profesión, a sindicato de industria, la burocracia ha logrado establecer su control sobre el aparato sindical. Bajo pretexto de impulsar la centralización, que se ha vuelto necesaria por la transformación del capitalismo, la burocracia, amalgamando muy a menudo corporaciones muy diversas y heterogéneas en una misma organización, a menudo destruye los lazos entre los obreros de una misma corporación y les incapacita para desplegar la lucha por conservar el precio de su fuerza de trabajo. 

Por supuesto, el ideal de los comunistas no es volver al corporativismo de antaño, superado por la propia evolución de las cosas. Pero es importante denunciar uno de los canales por los que se infiltra el burocratismo y su dominio sobre las masas sindicadas, del mismo modo que hay que conservar ciertos particularismos profesionales allí donde estos aún ofrecen una base real para la lucha.

Conviene establecer una distinción fundamental entre la asamblea general y las asambleas profesionales en el seno del sindicato. La asamblea general es la única cualificada para establecer la orientación del sindicato, pues ahí es donde pueden expresarse concepciones que no reflejan únicamente los distintos intereses profesionales, sino los intereses generales de todo el proletariado. Los comunistas velarán por mantener esta distinción entre asamblea profesional y general, para lograr la mayor concentración y el máximo interés de los sindicados a la hora de definir la orientación general del sindicato en las asambleas plenarias. Por otra parte, esta posición evita que una asamblea profesional adopte una postura política determinada que choque con la del conjunto de los trabajadores en las asambleas generales.

No obstante, hay que tener cuidado de que los intereses de una profesión no se vean lesionados. Por otra parte, la conducción de una huelga profesional, si bien no puede sustraerse completamente a la competencia de los comités generales, hay que dejarla sobre todo en manos de los órganos que emanan de la profesión, al menos mientras no se salga de su marco puramente profesional. 

El Comité de la sección regional debe ser nombrado exclusivamente por la asamblea general. Hay que rechazar enérgicamente el método en vigor en ciertos sindicatos, que consiste en constituir el Comité con delegados procedentes de los distintos comités profesionales. El Comité de sección debe ser elegido por la asamblea, a partir de una discusión en la que las diferentes tendencias presentes en el movimiento obrero puedan confrontar sus puntos de vista. El Comité sólo tiene poder ejecutivo: no es más que un simple órgano de ejecución de las decisiones aprobadas por la asamblea general. Por tanto, está claro que en caso de acontecimientos graves, en realidad ante cualquier acontecimiento, el Comité de sección no puede en ningún caso adoptar una postura sin antes convocar previamente una asamblea, que es la única que puede tomar una decisión. En este caso el Comité convocará asambleas extraordinarias. Los comunistas deben reaccionar contra esa maniobra de algunos comités de sección que consiste en pasar sus responsabilidades a comités irresponsables, como los comités de parados, profesionales, de extranjeros, etc. Estos comités, que no pueden tener más que una atribución técnica, deben emanar del Comité de sección y no ser elegidos en asambleas, forzosamente muy restringidas y que por tanto no tienen ninguna capacidad para actuar independientemente. Los comités de sección promueven muy a menudo la formación de este tipo de comités, haciendo que se vote en asambleas reducidas, para poner un tampón entre él y los sindicados y sobre todo para descargarse de responsabilidades. 

Son las asambleas generales de los miembros las que deben nombrar a los funcionarios retribuidos. Este método, aunque no constituye una absoluta garantía contra el burocratismo y la corrupción, es el único que permite un cierto control por parte de los obreros. Hay que combatir esa idea de inamovilidad de los funcionarios y de que disfruten de un estatuto especial que regule sus condiciones de vida al margen de los salarios obreros. Las asambleas deben tener el derecho a revocar en todo momento a cualquier funcionario. Los salarios de los funcionarios deben ser equivalentes a los salarios que cobran los obreros cualificados de la industria en cuestión. 

En lo que respecta a las expulsiones, los comunistas rechazan cualquier expulsión por delito de tendencia, incluida la pertenencia a la O.S.R., teniendo en cuenta ante todo que no se pueden adoptar sanciones políticas cuando la organización sindical parte de una base viciada (afiliación al P.O.B., moción Mertens13, etc.).

La expulsión únicamente es aceptable en caso de traición de clase (romper una huelga) o deshonestidad.

Conviene subrayar que, en Bélgica, la elaboración de unos verdaderos estatutos sindicales que permitan a los sindicatos convertirse en instrumentos de la lucha de clases únicamente será posible si éstos se desafilian del P.O.B. Por supuesto, los comunistas reivindican con insistencia la tarea de dirigir el movimiento sindical según sus concepciones programáticas, pero en ningún caso, ni siquiera tras la toma del poder, deben permitir que los sindicatos se afilien al P.C., pues como ya se ha expuesto el partido y el sindicato tienen funciones distintas.

Actualmente la afiliación de los sindicatos al P.O.B. supone el control absoluto de la socialdemocracia sobre los sindicatos, impidiendo que, al calor de los acontecimientos, la confrontación de las concepciones de las distintas corrientes termine provocando un desplazamiento de los obreros dentro el sindicato, que se refleje en la modificación de los comités sindicales (que siempre representan una determinada fracción sindical política, abiertamente declarada o no). La desafiliación de los sindicatos al P.O.B. permitiría a las fracciones políticas sindicales desempeñar su papel en la organización, es decir, restablecería las obligaciones del sindicato y su función real. 

  1. La Liga de Comunistas Internacionalistas (L.C.I.) fue una organización política belga fundada en su primer congreso los días 20 y 21 de febrero de 1932 en Bruselas, surgida de la fracción mayoritaria del grupo de oposición que había sido expulsada del Partido Comunista Belga en el congreso de Amberes de 1928. Heredera de la tradición de la izquierda comunista y próxima a las posiciones de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista, la L.C.I. se distinguió por rechazar tanto la política de «enderezamiento» de la Internacional Comunista preconizada por Trotsky como la perspectiva de un «segundo partido» sometido a los partidos estalinistas, apostando en cambio por la construcción de núcleos comunistas independientes. A lo largo de los años 1930 desarrolló una intensa actividad teórica y política (plasmada en su Bulletin y en los Cahiers d’Étude) e intervino activamente en las luchas obreras belgas, especialmente en la gran huelga minera de 1932. Las divergencias internas sobre la cuestión española y el carácter del imperialismo condujeron a su escisión en 1937, de la que nació la Fracción Belga de la Izquierda Comunista Internacional. Entre sus militantes destacan Adhémar Hennaut y Jean Baptiste Mélis. ↩︎
  2. El ejemplo de Alemania, donde los nazis acababan de hacerse con el poder unos meses antes, pasando a atacar físicamente las organizaciones sindicales para luego disolverlas legalmente, seguramente estaba en la mente de los autores. ↩︎
  3. La Oposición Sindical Revolucionaria fue una corriente sindical impulsada por la Internacional Comunista a partir de finales de los años 1920, en el marco de la política conocida como «clase contra clase». Ante la dificultad de los comunistas para controlar los grandes sindicatos reformistas, la I.C. promovió la creación de organizaciones sindicales paralelas y opuestas a las centrales socialdemócratas, agrupadas en torno a la Internacional Sindical Roja. En la práctica, estas O.S.R. funcionaban como correas de transmisión de los partidos comunistas dentro del movimiento obrero, lo que las llevó a una política frecuentemente escisionista que debilitaba la unidad sindical de la clase obrera. ↩︎
  4. La Confederación General del Trabajo Unitaria (C.G.T.U.) nació en junio de 1922 como resultado de la escisión del congreso de Saint-Étienne, cuando la minoría revolucionaria de la C.G.T., que agrupaba a sindicalistas cercanos al recién fundado Partido Comunista Francés (diciembre de 1920) y a corrientes anarco-sindicalistas, se separó de la aquella por considerar que esta había traicionado a la clase obrera con su apoyo a la guerra y su deriva reformista. La C.G.T.U., que arrastró a buena parte de los sindicatos de la C.G.T., se adhirió inicialmente a la Internacional Sindical Roja, aunque las tensiones entre comunistas y anarco-sindicalistas fueron constantes en su seno. A lo largo de los años 1920 y hasta su reunificación con la C.G.T. en 1936, en el contexto del Frente Popular, la C.G.T.U. fue perdiendo implantación, y su subordinación creciente a las directrices del P.C.F. y de Moscú (especialmente tras la política de «clase contra clase» impuesta por la I.C. a partir de 1928) la fue convirtiendo progresivamente en un instrumento de la política estaliniana, alejándola de amplias capas del movimiento obrero francés y contribuyendo, paradójicamente, a la fragmentación sindical que decía combatir. ↩︎
  5. Léase sindicalismo revolucionario, o también anarcosindicalismo. ↩︎
  6. El Comité de los 22 (Comité des 22) fue una iniciativa unitaria del sindicalismo revolucionario francés surgida hacia 1930-1931, impulsada fundamentalmente por la Ligue Syndicaliste con el objetivo de reunificar el movimiento obrero escindido entre la C.G.T. reformista y la C.G.T.U. estalinizada. Reuniendo a militantes de ambas centrales y de sindicatos autónomos, el Comité reivindicaba un retorno a los principios de independencia sindical consagrados en la Carta de Amiens de 1906, que establecía la autonomía del movimiento sindical respecto a los partidos políticos. Entre sus figuras destacadas se encontraba Georges Dumoulin, veterano sindicalista revolucionario, así como militantes vinculados a la corriente La Vie Ouvrière. A pesar de algunos intentos de acción conjunta, como la convocatoria del 1º de mayo de 1931, el Comité no logró superar las profundas divisiones ideológicas y orgánicas que fracturaban el movimiento obrero francés, quedando atrapado entre la burocracia de la C.G.T. y la disciplina partidista que el P.C.F. imponía sobre la C.G.T.U. Su fracaso fue objeto de un lúcido análisis por parte de Simone Weil en su texto Après la mort du Comité des 22, en el que la filósofa diagnosticaba la incapacidad del sindicalismo revolucionario para reconstituir una fuerza obrera autónoma en un contexto marcado por la subordinación creciente de las organizaciones obreras a las lógicas partidistas y estatales. ↩︎
  7. En realidad Confederación Nacional del Trabajo, pues se refiere al papel de la C.N.T. en los acontecimientos de los años 30. ↩︎
  8. Partido Obrero Belga, el partido socialista de Bélgica afiliado a la II Internacional. Entre sus militantes destacan Emile Vandervelde o Henri De Man. ↩︎
  9. Los Caballeros del Trabajo (Chevaliers du Travail) constituían hacia 1930 una corriente sindical disidente de carácter revolucionario, activa principalmente en los sectores minero y metalúrgico de la región de Charleroi y, en menor medida, de Lieja. Tras la Primera Guerra Mundial, los Caballeros del Trabajo se reconstituyen en Bélgica como respuesta obrera tanto a la política reformista del Partido Obrero Belga como a las exclusiones de militantes combativos de los sindicatos socialdemócratas, consagradas por la llamada moción Mertens de 1924. En este contexto, los comunistas de la oposición de izquierda (y posteriormente los militantes de la Liga de Comunistas Internacionalistas) trabajaron activamente en su seno, defendiendo la unidad sindical y tratando de orientarlos hacia posiciones de clase independientes, frente a los intentos estalinistas de subordinarlos a la línea del P.C.B. En 1927 agrupaban cerca de 3.800 miembros. ↩︎
  10. Se refiere a la expulsión de los trotskistas y de todos los comunistas disidentes. ↩︎
  11. El I.P.C. (Indice de Precios al Consumo). ↩︎
  12. Se refiere, por supuesto, a que los sindicatos sustituyan al Estado en la gestión de las prestaciones y los seguros, por enfermedad, vejez, etc., no a que asuman todas las funciones del Estado capitalista. ↩︎
  13. La moción Mertens fue una resolución adoptada en agosto de 1924 por el Partido Obrero Belga con el objetivo declarado de preservar la influencia socialdemócrata en el movimiento sindical belga frente a la creciente actividad de los militantes comunistas. La moción establecía la incompatibilidad entre la pertenencia al P.C.B. y el ejercicio de cargos de responsabilidad en los sindicatos vinculados al P.O.B., amenazando con la expulsión a todo militante comunista que desarrollase actividad política en el seno de las organizaciones sindicales. En la práctica, supuso una purga sistemática de los cuadros obreros más combativos, con consecuencias devastadoras para la implantación sindical del movimiento obrero revolucionario: en algunos sectores y regiones, la expulsión de los comunistas provocó un hundimiento dramático de las afiliaciones sindicales. ↩︎

8 de marzo (III). Huyendo de las zarpas del tripalium, organicemos la huelga feminista de las trabajadoras

Tras pasarnos meses sumergidos en interminables debates con nuestras amigas, compañeras de clase y compañeras militantes, y habernos enredado en una constante lucha interna política, ha llegado la hora para añadir contenidos racionales y ordenar políticamente las intuiciones e ideas que hemos ido desarrollando en reflexiones informales. En la últimas dos entradas hemos tenido la ocasión de presentar nuestro posicionamiento político y de dar algunas pinceladas sobre el sujeto político a organizar. Esta vez, en cambio, es el momento para reflexionar sobre la huelga como herramienta que utilizan diversos sectores para desarrollar o llevar a cabo una lucha. ¿Qué debemos entender como huelga? ¿Quiénes hacen huelga? ¿Para qué hay que emplear la huelga? ¿De qué manera la ha conceptualizado la ciencia proletaria? ¿Y el movimiento feminista hegemónico? Mediante esta entrada, trataremos de contestar a éstas y otras preguntas. Para ello, organizaremos los argumentos de los que nos serviremos en esta entrada de esta forma: primero, presentaremos una breve cronología de la Huelga Feminista, con el objetivo de situar en el tiempo este fenómeno creado y desarrollado en los últimos años. Junto con esto, hablaremos de algunas oportunidades positivas que ha creado la Huelga Feminista, y expondremos algunas limitaciones del planteamiento político propuestos para este día. Mientras tanto, trataremos de exprimir la potencialidad de la Huelga Feminista, es decir, intentaremos explicar cómo debería de ser la Huelga Feminista a fin de que refuerce la capacidad de organización de los trabajadores.

Los inicios de la Huelga Feminista se sitúan cuando la ONU designó el año 1975 como el Año Internacional de la Mujer. Ya que, influidas por este suceso, cinco delegadas de una de las organizaciones feministas de Islandia crearon un Comité, con la intención de organizar eventos novedosos dirigidos a mujeres. Un movimiento de mujeres más radical, Red Stockings (Medias Rojas), propuso la idea de organizar una huelga de mujeres, con la intención de que esto posibilitaría visibilizar el papel fundamental de las mujeres en la sociedad, y hacer ver a la sociedad la diferencia de sueldos y el trabajo de las mujeres dentro y fuera del hogar. Sin embargo, el Comité decidió cambiar la palabra huelga por “día libre” porque sería más fácil de aceptar por las masas, y argumentando que había mayor posibilidad de que las empresarias despidiesen a las mujeres por la huelga que por un día libre. Tras semanas organizando este día, el 24 de octubre de 1975 el 90% de las mujeres islandesas renunciaron al trabajo asalariado, a las tareas del hogar y al cuidado de sus hijos e hijas. La sensación positiva que se generó este día propició que cinco años más tarde Vigdis Finnbogadottir fuese elegida Presidenta de Islandia. Finnbogadottir se convirtió en la primera mujer electa democráticamente en la organización política mundial burguesa. En cualquier caso, esto no supuso el fin de las diferencias, y desde entonces las mujeres trabajadoras han dejado cinco veces su empleo antes de terminar su jornada para visibilizar que no se ha alcanzado la igualdad salarial.

Además, coordinada por la Campaña Internacional por un Salario para el Trabajo en el Hogar en EEUU y por la plataforma International Women Count Network en Irlanda, el año 2000 se organizó la Huelga Mundial de las Mujeres bajo el lema “paremos el mundo para cambiarlo”. El nacimiento de la campaña Wages for Housework (Salario para el Trabajo Doméstico) fue esclarecedor, puesto que está muy ligada a la reconceptualización feminista de la huelga que se expone en las siguientes líneas. Fueron las feministas autonomistas italianas Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa, Selma James y Leopoldia Fortunatti quienes, en 1972, impulsaron esta campaña, cuyo objetivo era replantear los análisis marxistas sobre el trabajo reproductivo. Según estas autoras, el trabajo doméstico realizado por las mujeres, y en general todos los trabajos de cuidados, que no son remunerados y se realizan fuera del mercado, son fundamentales para que se pueda explotar la fuerza de trabajo en el mercado. En la medida que en esta sociedad se considera natural que las mujeres nos dediquemos al trabajo doméstico no remunerado y los trabajos de cuidados, defendían que conseguir retribución económica para estos trabajos sería una buena herramienta de subversión. Por consiguiente, propusieron mover el foco del análisis y de la lucha, a nivel teórico y político, del trabajo productivo al trabajo reproductivo. Por desgracia, aunque nos parece interesante analizar las teorizaciones sobre el trabajo reproductivo, se aleja del objetivo de este escrito. En cualquier caso, estos fueron algunos de los objetivos asignados a la campaña a favor del Salario para el Trabajo en el Hogar del año 2000: remuneración de cualquier trabajo de cuidados, en forma de salario u otras formas; igualdad salarial entre hombres y mujeres a nivel mundial; abolición de la deuda económica del Tercer Mundo…

En 2001 se organizó la Segunda Huelga Mundial de las Mujeres, y muchos países organizaron eventos a favor de ella: Francia, España, EEUU, Bolivia, Brasil… quince años más tarde, en 2016 aumentaron las revueltas de mujeres. En Polonia, por ejemplo, el 3 de octubre se realizó una denuncia masiva contra la ley que criminalizaba el aborto, y se consiguió que el Parlamento detuviese el proyecto. En Argentina, por otro lado, Ni Una Menos y otros movimientos feministas llamaron a un paro de una hora el 19 de octubre inducidas por siete feminicidios que tuvieron lugar en una misma semana. Unos meses más tarde, el 21 de enero de 2017, se celebró la Women’s March (Marcha de Mujeres) en Washington, para apoyar los derechos en los sectores de la salud y la educación y los derechos de las mujeres y el colectivo LGTB. También se organizaron otras manifestaciones paralelas contra la elección de Donald Trump.

Este alborotado panorama político mundial impulsó que varias activistas feministas de distintos países se juntasen y creasen un pequeño grupo para organizar el primer Paro Internacional de Mujeres. El Paro celebrado el ocho de marzo bajo el lema “Nosotras* paramos” tuvo un gran eco en más de cincuenta países, en el estado Español entre otros. Allí, el día tomó forma de denuncia contra todos los tipos de violencia contra las mujeres, y así el 2018 fue el año que posibilitó el reforzamiento político y social del movimiento feminista. Todas nos alegramos cuando nuestras madres, abuelas, tías… se quitaron los delantales y salieron a la calle; cuando las chicas de nuestros grupos de amigas se emocionaron y alzaron contra el machismo de la sociedad en la que viven.

Para que la fuerza de las mujeres demostrada estos últimos años no se quede en nada, el Movimiento Feminista hegemónico ha puesto todos sus esfuerzos en que este año también compartamos la cita del 8 de marzo. Si el año pasado las mujeres* hicimos paros en centros de trabajo y escuelas (también en cuanto al consumo y los trabajos de cuidados), este año han decidido ir un paso más allá: convocar huelga en todos los aspectos de la vida. Sitúan la huelga en cinco ejes: pensionistas, estudiantes, cuidados, empleo y consumo. Más allá de los detalles, se percibe un claro cambio de planteamiento en la conceptualización de la huelga feminista, apostando por ampliar el ámbito político de la lucha, en cuya base se encuentra la reconceptualización teórica del trabajo. La Huelga Feminista pretende problematizar la comprensión del trabajo conectado al mercado, tal y como está en extendida en la sociedad burguesa, y define el trabajo de la siguiente manera: “todas las actividades necesarias para generar bienestar y riqueza son trabajo, sean remuneradas o no”. Esto significa que las tareas domésticas y los cuidados también deben considerarse trabajos; a saber, que son productivos y deben ser reconocidos políticamente. Esta reconceptualización del trabajo implica no situar la lucha solamente en el ámbito del trabajo asalariado, y así, el Movimiento Feminista hegemónico sitúa la Huelga Feminista en todos los ámbitos de la vida. De esta manera, defienden que, cuestionando el carácter androcéntrico de la huelga, lo de este año es un intento de crear una nueva herramienta política que se adapte a la realidad de las mujeres. Esta teorización de la Huelga Feminista, pues, rebasa la comprensión tradicional del concepto de la huelga, no la limitan a dejar el trabajo asalariado: sitúan la huelga en la reproducción, la sexualidad, el modelo de consumo, la manera de construir la familia… en efecto, en la totalidad de la vida.

Como en la base de la reconceptualización de la Huelga se encuentra un intento de teorización del trabajo, el análisis de éste será nuestro punto de partida. En los últimos años, varias ramas del feminismo han difundido la comprensión burguesa del trabajo: la economía feminista, el feminismo operario, el feminismo materialista, el ecofeminsimo… Aunque hayan hecho interesantes aportaciones, nos encontramos ante definiciones contradictorias del trabajo, puesto que no superan el concepto del mismo legitimado por la ideología burguesa, dando así explicaciones inexactas. En lo que atañe a la definición concreta que tenemos entre manos, se nos ocurren varias preguntas: ¿el bienestar y la riqueza de quién genera el trabajo? ¿Las vidas de quiénes son las que permite llevar adelante? ¿Asegura el bienestar de los oprimidos pero genera riqueza para los opresores? Si es así, ¿tenemos que tener a ambos en cuenta? Por otro lado, ¿podemos hablar del bienestar de las desposeídas dentro del marco capitalista?

Así, se nos presenta la acepción burguesa del trabajo: en el sistema capitalista, trabajo es cualquier labor directa o indirecta que hacemos nosotras que crea bienestar y riqueza para el enemigo y que éste utiliza para llevar adelante su vida incluidas las labores para nuestra reproducción y nuestro aparente bienestar. En cualquier caso, no creemos que sea casualidad que en la definición del trabajo dada por el Movimiento Feminista posmoderno no se haya concretado quién y para quién se realizan esas labores denominadas trabajo. En el desarrollo de esta definición nos encontramos el mismo procedimiento de la ciencia burguesa: tomar las creencias extendidas en la sociedad y construir argumentos sobre ellas. Este tipo de tareas pseudo-científicas adjudica a la inmediatez de los sucesos un valor científico elemental. Al contrario, para poder construir la ciencia proletaria es necesario plantear una tarea epistémica muy distinta a la recién expuesta. Para poder pasar de la apariencia de los sucesos a su esencia, es fundamental, por un lado, percatarse del condicionamiento histórico de los sucesos, y por otro lado, dejar de lado el punto de vista que presenta los sucesos como actos sin mediación alguna. La labor de la ciencia proletaria es retirar el revestimiento que impide comprender y superar la realidad capitalista.

Tras estas pinceladas sobre la ciencia proletaria, trataremos ahora de explicar el porqué de la inexactitud y ambigüedad de la categoría trabajo. En la sociedad burguesa, la definición del trabajo tiene una connotación positiva y otra negativa. En la medida en que el trabajo engloba actividades muy diversas, no implica ninguna abstracción racional, puesto que el concepto de trabajo denomina de forma arbitraria unas labores como trabajo y otras no. ¿Dónde está, pues, la línea roja de esta clasificación arbitraria? ¿En qué contexto histórico surgió este concepto abstracto y general de la actividad económica y social? En varias culturas, la raíz de la palabra trabajo se utilizaba para designar personas inmaduras, dependientes de otras. En la creación del concepto trabajo no hay abstracción neutral, sino social: el trabajo es la labor de los que han perdido la libertad. Es indiferente cuál es la labor exacta, cuidar niños o cocinar, el contenido de la abstracción del concepto trabajo es la esencia de la esclavitud. Es decir, el trabajo no hacía referencia a una tarea humana general, y tampoco a una determinación positiva. Es más, en latín, el trabajo significaba tristeza, desgracia o pesar moral; pesar de los que penden de una carga (laborare). Una carga invisible pero absolutamente insoportable; invisible, pues es la dependencia vital hacia otro. Palabras romanas como trabajo y “travail” se derivan de la palabra latina tripalium, que nombraba un tipo de yugo utilizado para castigar y torturar a esclavos. Por lo tanto, ni siquiera en su creación etimológica, la palabra trabajo no se refiere a tareas humanas autónomas. El trabajo es la labor de quienes han perdido su libertad y capacidad de decisión.

Fue el Cristianismo el que convirtió en positiva la abstracción negativa del trabajo, manteniendo la idea de la tristeza y del pesar, además. El Cristianismo alabó el sufrimiento, alabando cualquier tarea dolorosa en pos de una meta positiva más allá de la vida. Asimismo, fue el protestantismo quien colocó el binomio trabajo-dolor en el centro de la vida: la tarea moral del ser humano consistía en mostrar a Dios cuán trabajador era. Más tarde, fue en la Edad Moderna cuando tomó cuerpo la imposición abstracta del trabajo, dándose simultáneamente la generalización del trabajo y su cosificación, mediante el sistema de producción de mercancías: la dependencia social se ha convertido en el grupo abstracto de las relaciones del sistema, y así se ha expandido a la totalidad. No obstante, al estar esto tan normalizado, es casi imperceptible. Toda la clase obrera obedece al Dios invisible del capitalismo, a la forma generalizada del tripalium.

Tras años de educación impuesta, al ser humano moderno le es imposible imaginar su vida más allá del trabajo. Al ser un axioma del que no se puede dudar, el trabajo ha sometido todos los aspectos del ser social, todas las expresiones de nuestro día a día responden a la dictadura del trabajo. Nos sentimos tan perdidas fuera del trabajo que reproducimos muchas de sus características al salir de éste, por ejemplo cambiamos el reloj que controla nuestro tiempo en el puesto de trabajo por el cronómetro que mide nuestra “rentabilidad” cuando hacemos footing. Al pensar nuestra vida según el tiempo libre que creemos que se nos concede, estamos aceptando la coerción de dos maneras: por un lado, aceptando la existencia de tiempo no-libre, y por otro lado, que durante la jornada de trabajo nos encontramos fuera de nuestro ser, es tiempo en el que no estamos viviendo.

La dictadura del trabajo también se muestra en lenguaje diario, cuando somos cómplices del excesivo uso de la palabra “trabajo” y cuando le asignamos definiciones contradictorias. Ha pasado mucho tiempo desde que dejamos de utilizar la palabra “trabajo” solamente para designar a la labor capitalista impuesta, la utilizamos como sinónimo de labores dirigidas a conseguir cualquier objetivo, como si hubiese borrado todas sus huellas. La inexactitud conceptual de trabajo prepara el terreno de juego para realizar un movimiento engañoso, y así, el Movimiento Feminista posmoderno expande la acepción positiva del trabajo a toda la sociedad. En esta sociedad donde el trabajo es Dios, se propaga la crispación porque le hemos dado una definición demasiado estrecha: como sólo consideramos trabajo las tareas asalariadas, no tenemos en cuenta el resto de tareas y las personas que las llevan a cabo. De esta manera, dicho movimiento se levanta a favor de la valorización positiva del trabajo, pensando que esto hará que desaparezca la clasificación de los distintos tipos de trabajos. Planteamientos de este tipo no tienen como objetivo terminar con la dictadura del trabajo, sino la adaptación semántica del trabajo. En otras palabras, expanden la idea de que los sectores más oprimidos deben conseguir un trabajo organizado en la esfera productiva para liberarse de su subordinación, como si el trabajo trajese consigo nuestra autonomía. Ante los que quieren eternizar la dictadura del trabajo y difundir el tripalium a todas las tareas humanas, es decir, ante planteamientos que buscan convertir la Huelga Feminista en una huelga a favor del trabajo, nosotras demandamos la abolición del trabajo, desarrollando una forma organizativa revolucionaria que posibilite esta abolición. En última instancia, pretendemos liberar a la clase trabajadora de todos los dispositivos del poder que refuerzan nuestras cadenas.

Como hemos mencionado anteriormente, la reconceptualización del trabajo propuesta por el Movimiento Feminista trae consigo ampliar el campo de batalla: extienden la lucha del trabajo asalariado a todos los aspectos de la vida. En este caso también hacemos nuestras algunas de sus aportaciones, pero debemos subrayar la necesidad de obtener un conocimiento concreto y correcto del funcionamiento general de la realidad social. Así, en las próximas líneas trataremos de situar nuestra función política en la necesidad de confrontar el poder del enemigo; para ello, abordaremos la huelga como táctica articulada por la clase trabajadora. Esto será un modesto intento, dejando claro que todavía tenemos mucho que aprender.

La base de la dominación de la burguesía sobre el proletariado es económica, pero son varias las modalidades de opresiones que se derivan del sometimiento económico. Esto significa que la clase trabajadora es vitalmente dependiente de su enemigo, puesto que no tenemos poder material ni libertad política para sobrevivir sin reforzar el poder del enemigo; al fin y al cabo, estamos obligadas a poner nuestra capacidad para trabajar al servicio de la burguesía, lo cual crea sus posesiones y propiedades. En este sentido, en el sistema capitalista, el fundamento del poder de la burguesía es la producción, realización y acumulación de la plusvalía. En el metabolismo social capitalista, la producción de la plusvalía se da en el proceso de producción, siendo la producción el proceso de generar plusvalía, lo cual sólo sucede en el puesto de trabajo.

En cualquier caso, no todas las tareas que realizamos en el puesto de trabajo son productivas, sólo las dirigidas a la acumulación en forma de excedente (plustrabajo). Sin embargo, la particularidad del trabajo realizado en el puesto de trabajo es que posibilita el incremento de la esfera del valor, y así, adquiere poder de mando en una escala mayor. Esto es debido a que en el puesto de trabajo consume una mercancía especial, la fuerza de trabajo, cuya singularidad consiste en crear riqueza material, porque su valor de uso es mayor que su valor de cambio. Así, mediante la forma compleja del dinero, la burguesía articula su poder sobre todo el proceso de trabajo, convirtiéndose su poder en poder político al conseguir poder de mando sobre los procesos humanos. Del mismo modo, la forma esencial de acumulación de la sociedad es la acumulación de unidades de poder, el hacinamiento sin fin de unidades de poder.

Por lo tanto, queda claro que la producción capitalista, es decir, la producción de plusvalía, es la esencia de la formación social, lo que regula y condiciona constantemente la esfera reproductiva. La reproducción no es, en ningún caso, la fuente ni la substancia del poder burgués: la reproducción capitalista es la precondición indispensable de la producción. Esto no significa que la esfera reproductiva no es importante, al contrario, implica que no puede haber producción sin reproducción. En consecuencia, nos parece positivo el intento de conceptualización de la huelga en el ámbito de la reproducción capitalista. Es más, en la medida en que a la mujer trabajadora se le ha impuesto la responsabilidad de la reproducción de la familia y sus allegados, nos alegra ver que la socialización de todo esto y la posibilidad de que las mujeres hagan huelga se sitúe en el centro.

Aun así, tal y como lo hemos explicado, es muy importante comprender la dinámica del poder burgués, puesto que es opuesta a la construcción del poder del proletariado. Dicho de otro modo, debemos analizar las formas concretas que toma la dinámica general del poder de la burguesía, y tenemos que articular modelos organizativos que neutralicen esas formas. En este sentido, encontramos varias carencias en la conceptualización de la Huelga Feminista. Por un lado, al incorporar en la huelga la esfera de la reproducción además de la esfera de la producción, es notoria la reducción de la potencialidad de atacar el fundamento del poder burgués (la acumulación de plusvalía). Además, al ser solamente dirigida a mujeres*, la clase trabajadora pierde capacidad política para detener la producción.

Porque, ¿cómo logrará el movimiento feminista el objetivo asignado a la huelga, parar el sistema, sin que participe toda la clase trabajadora? Es más, nos parece naïf pedir a los jefes varones que cierren el local y lo conviertan en espacio de cuidados comunitarios. O al plantear el parar la producción como paro de todas las mujeres*. ¿Es ser mujer lo que convierte a las empresarias en nuestras aliadas? ¿Debemos empezar a acordar las características de la herramienta de lucha con quien se aprovecha de nuestra condición de oprimidas? Por otro lado, con un planteamiento de este tipo, ¿no serán las altos cargos de las empresas e instituciones capitalistas las únicas mujeres que podrán realmente llevar a cabo este paro? ¿Qué capacidad de hacer huelga tendrá una mujer migrante contratada en negro? ¿O las que cuidan de los hijos e hijas de las que hacen huelga? ¿O las limpiadoras subcontratadas por la UPV? Aquí no sirve preparar todo los días anteriores para poder tomar las calles el próximo día, así no se articula ningún paro en el proceso de producción. ¿O es que las mujeres que, aun queriendo sumarse a la huelga, no pueden deben conformarse con colgar sus delantales en el balcón?

Llegadas a este punto, nos encontramos con la duda de a quién pretende dirigirse el Movimiento Feminista hegemónico. Según nuestro parecer, la huelga debe ser una táctica para la lucha de clases, para luchar contra a la burguesía y los fundamentos de su poder. Para ello, es primordial que la esencia de la huelga sea un paro GENERALIZADO y unificado de la producción, para actuar sobre la correlación de fuerzas mediante el ataque al enemigo, luego es imprescindible actuar con unidad de clase entre quienes participamos en la producción. Esto trae consigo elevar de facto el tensionamiento entre las relaciones de fuerza, dejando de lado el matiz festivo que hoy por hoy desprende la Huelga Feminista. Es más, al ser la huelga una táctica para confrontar al enemigo directamente, debemos tener presente que para las trabajadoras esto incrementa el coste político, personal y represivo, y en consecuencia, que la articulación de relaciones revolucionarias basadas en los cuidados serán un pilar para nosotras. Sólo llevaremos a cabo la unidad de clase si nos protegemos entre nosotras y tejemos redes de confianza y solidaridad incondicional, y sólo mediante la unidad de clase podremos responder ante la ofensiva que organice el enemigo. Por consiguiente, ante propuestas que plantean la huelga de cuidados, nosotras respondemos en defensa del cuidado, puesto que éste es la realización de las relaciones revolucionarias.

Hemos partido de la reconceptualización del trabajo del Movimiento Feminista posmoderno, puesto que al ampliar el ámbito de lucha, la Huela Feminista es la herramienta a utilizar para actuar en ese marco político. Tomando la Huelga Feminista por herramienta, ahora nos referiremos a los objetivos que ésta implica. Ciertamente, no hay una relación externa entre medios y objetivos, pues son dos momentos categoriales de la praxis implicados mediante su conexión interna. Es decir, la efectividad de los medios trae necesariamente la de los objetivos. A saber, las carencias identificadas en la conceptualización teórica de la Huelga Feminista influyen directamente en los objetivos que implica esta herramienta. Se encuentran carencias no sólo en la propia Huelga Feminista, también en los objetivos que implica. Como han manifestado este año, han hecho un especial esfuerzo en exponer sus reivindicaciones de la manera más concreta posible, para poder interpelar a las instituciones y a la sociedad. Las exigencias del Movimiento Feminista hegemónico se enumeran en tres bloques que recogen 28 reclamos. Mientras que estamos de acuerdo en tratar de concretizar al máximo posible los objetivos tácticos a conseguir mediante el día de lucha, no son pocas las preocupaciones que nos han abordado al leer las exigencias.

Aunque apuntemos que las demandas exigidas son muy generales, está claro que estamos de acuerdo con muchas de ellas: la desaparición de la figura de empleada del hogar interna, el reconocimiento político y social de los trabajos imprescindibles para la sostenibilidad de la vida, en contra de los tratados transnacionales de libre comercio, en contra de los proyectos destructores que destrozan la tierra… En consecuencia, nuestras preocupaciones no se derivan de un desacuerdo, sino de las maneras concretas de situar estas demandas: qué sentido se le da, cómo se miden sus contribuciones, cuál es la relación entre ellas, cómo se pretenden conseguir… Además de no definir claramente los pasos tácticos para conseguir las exigencias enumeradas, su planteamiento nos sugiere que la Huela Feminista del 8 de marzo se convierte en objetivo. Así, en vez de priorizar organización de las trabajadoras para el ordenamiento efectivo de las condiciones creadas por la lucha feminista, se busca visibilizar el trabajo que realizamos y la opresión que sufrimos las mujeres de clase obrera. Por consiguiente, tras poner sobre la mesa muchísima fuerza, el mayor logro son las fotos de calles llenas de mujeres. Es por ello que vivimos con preocupación estos planteamientos que se escudan en una radicalidad discursiva, que incluyen todo y nada al mismo tiempo.

Asimismo, si analizamos muchos de los objetivos a alcanzar, dudamos si no traerían el deterioro de las condiciones de vida de las mujeres de clase trabajadora. En efecto, al defender que los trabajos de cuidados deberían recaer en las instituciones públicas, sitúan al estado como un ente neutro sin relación con la dominación capitalista. Igualmente, si las instituciones públicas hiciesen suyas las labores de cuidados, ¿a quién contratarían para llevarlas a cabo? ¿Qué garantías tenemos de que las que fuesen contratadas no serían las mujeres más proletarizadas?

Nosotras, en cambio, las mujeres oprimidas, trabajadoras, tenemos claro que apostaremos por organizar la solidaridad de clase real mientras que el objetivo final sea proteger y liberar a las más vulnerables. En estos tiempos en los que es notoria la tendencia a institucionalizar el feminismo, donde se habla de un nuevo pacto social con instituciones capitalistas que no superará las relaciones de explotación, tenemos claro que nuestro deber es proveer de teoría y práctica revolucionaria a la mujer trabajadora. Nos reafirmamos en la necesidad de las mujeres trabajadoras de alinearse con el feminismo proletario, el realmente revolucionario, el cual se articula a favor del sujeto real a liberar: la clase trabajadora.

Por todo esto, como declaramos en la primera entrada para este 8 de marzo, hacemos un llamamiento a toda la clase trabajadora de Euskal Herria a actuar con independencia de clase y a favor de los intereses de las mujeres trabajadoras en esta huelga feminista. Con el peligro de que las fotos de calles llenas de mujeres del 9 de marzo ensombrezcan el estado de la mujer trabajadora, es vital que las que compartimos y defendemos los intereses de las desposeídas ocupemos la primera línea. Debemos ocupar la primera línea para evitar que la mujer trabajadora se mueva bajo banderas posmodernas, debemos ocupar la primera línea para debatir sobre el planteamiento de la huelga feminista de este año, y también para poner sobre la mesa todos los elementos con los que debería contar una huelga de trabajadoras. Tenemos claro, aun así, que la batalla real no se celebrará sólo este 8 de marzo, sino en la organización de una lucha de décadas, en la cual es imprescindible que lo demos todo para reforzar la capacidad política de las trabajadoras.

Por la emancipación de la mujer trabajadora… ¡viva la lucha de la clase obrera!

¡Nos veremos en la calle!

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (el caso ingés [2ª parte]: La aristocracia obrera)

prole.info
Publicado en Gedar.

Por cuestiones de espacio en el artículo anterior no nos extendimos acerca de la aristocracia obrera, cuestión que retomamos ahora, de manera más profunda. Por esta razón nos vamos a fijar de nuevo en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX, puesto que el tradeunionismo sienta un precedente histórico a lo que luego será la integración de las instituciones proletarias sindicales dentro del estado burgués. Del mismo modo las condiciones hacen posible la aparición de una capa mejor posicionada en el sistema capitalista dentro del mismo proletariado, de lo cual se derivan importantes consecuencias políticas. Es decir, si antes hablamos de la forma que tomó la lucha sindical en Inglaterra, ahora veremos su base social.

Por un lado, la rápida industrialización de Inglaterra, junto a la expansión de sus mercados en las colonias se sumó al hecho de que en otros países dicha industrialización aún estaba empezando, o ni siquiera lo había hecho. De esta manera, la situación facilitó un increíble crecimiento de las ganancias y a su vez significó que una parte nada desdeñable de éstas se pudo invertir en una alianza entre proletarios y capitalistas, o en otras palabras, invertir en paz social. Dicha jugada le dio la tranquilidad que necesitaba la burguesía, atosigada por huelgas y revueltas constantes. De ahí podemos concluir que la dominación capitalista va tomando formas más sutiles con el desarrollo de las fuerzas productivas.

Otra clave está en la lectura que se haga de la mejora de las condiciones de vida del proletariado. Si bien es cierto que la lucha trae mejoras a todo su conjunto (como por ejemplo la prohibición del trabajo infantil, la limitación de la jornada a diez horas, la creación de escuelas y hospitales públicos, etc.), aún sí lo que consigue la lucha es solo una de las caras de la moneda. La otra es que también se trata de concesiones, y a pesar de que estas alianzas beneficiaran también a las capas más bajas del proletariado, la parte más grande del pastel será, con diferencia, para una capa mejor situada de dicho proletariado.

Existen numerosas definiciones de ésta, pero por lo que nos ocupa, no nos interesa hacer un análisis sociológico [1], sino comprender las motivaciones políticas y maneras de actuar de esta fracción del proletariado respecto a las luchas sindicales.

Para ir definiendo, llamaremos aristocracia obrera a este estrato cualificado, minoritario pero aún así grande en número, con una potencia organizativa, a través de sindicatos, superior al resto del proletariado.

Por un lado, de ello obtienen una posición estratégica políticamente favorable, debido a que sus organizaciones sindicales son reconocidas por la burguesía. Por otro lado, lo hacen en tanto que son un interlocutor jurídico, como clase económica y no como clase política [2]. Dicho de otra forma; no niegan el sistema de relaciones capitalista, juegan en su terreno. Sin embargo su influencia no se limita a los favores de la burguesía, sino que también ejercen una notable influencia en las reivindicaciones del propio movimiento obrero, del cual forman parte.

En primer lugar, su existencia demuestra que el proletariado sí puede llegar al poder dentro del sistema capitalista, de forma no revolucionaria y para ello se le ofrecen ciertos puestos a modo de soborno. El problema radica por tanto en la forma de llegar al poder; al no hacerlo de manera revolucionaria, sino por concesiones, se ve asimilado al resto de viejas clases, se convierte en un reflejo de éstas y su interés deja de estar en abolir el sistema de clases en su conjunto. Por otro lado, esta situación relativamente privilegiada (en términos relativos, respecto al resto del proletariado), lo lleva a un estado de conciencia similar a la conciencia pequeño burguesa del artesanado, en tanto que se muestra temeroso de perder su situación acomodada y ser asimilado a la masa proletaria. Por tanto, esta aristocracia obrera es, junto a la pequeña burguesía, un estrato en gran medida están definido por el miedo de perder su condición, miedo que crece durante las crisis. De la misma manera, tienden a limitar las luchas en vez de unificarlas; se mueven en un marco geográfico más bien reducido, es decir de manera localista, o incluso limitado a una sola empresa [3]. Aunque en cierta manera Engels preveía que desaparecería cuando sus condiciones se igualaran a las del resto del proletariado con el fin de la situación de monopolio de Gran Bretaña, en vez de eso, con la expansión del imperialismo, esta “aristocracia obrera”, como la denomina, surge también en otros países. El fenómeno británico se extiende.

Otra cuestión interesante es que los proletarios cualificados, por ejemplo los antiguos artesanos o la pequeña burguesía de las profesiones liberales, ambos recientemente proletarizados, llevaban a cabo un sindicalismo que tendía a la negociación. Al contrario, el proletariado no cualificado, cuyas filas engrosaban antiguos campesinos sin tradición gremial, tendía a rehuir las negociaciones y en vez de ello se daba a la revuelta y la insurrección, a la destrucción y la quema de maquinaria, al asesinato, etc. No entraban a la negociación porque no tenían nada que negociar. En otras palabras, no tenían una posición beneficiosa que mantener. Esta oposición [4] la recoge Rosa Luxemburgo en el artículo “Las gafas inglesas” [5]. No obstante, hay que tener en cuenta también que el desarrollo de la maquinización [6]tiende a uniformizar al proletariado, destruyendo las especializaciones heredadas del artesanado. Da lo mismo que haga calcetines o tornillos, importa el beneficio.

A día de hoy sin embargo, la cuestión de cualificación se complica aún más. Por ejemplo, hay sectores donde la cualificación es una cuestión de antigüedad y no tanto de formación, como en la industria. Por otro lado, el acceso a la educación superior es mayor, y existe una mayor movilidad social, habiendo más proletarios que pasan a ser mandos intermedios o cuadros especializados. Otro tema es también que las capas peor situadas causan menos problemas o lo hacen menos a menudo. De hecho la mayoría de huelgas –o avisos de éstas- se dan en sectores más cualificados y mejor colocados, como la administración pública o donde los puestos de trabajo son estables, mejor pagados y hay mayor antigüedad.

La edad también es un factor determinante de diferenciación de estratos en el proletariado actual: ahora la juventud actúa como punta de lanza de la precariedad cuando entra al mercado laboral, ya que baja el precio de la fuerza de trabajo [7]. En un contexto de crisis –productiva e ideológica- se agarra a un clavo ardiendo y se ve obligada a aceptar condiciones que antes resultaban impensables. La situación se ve empeorada además por la creciente separación entre la masa sindicalizada y la que no lo está, aumentando también la atomización e indefensión. Junto a ello hay toda una serie de instituciones dispuestas para moldear ideológicamente a las nuevas generaciones, ya que al fin y al cabo de lo que se trata para la burguesía en el fondo es de invertir en la formación ideológica del proletariado de mañana.

En otros aspectos se mantienen ciertas tendencias. En la práctica, como vimos en el artículo anterior sobre el trade-unionismo, tienden al corporativismo, poniendo en oposición a los proletarios sindicados con los que no están, debido a que se centran en sus propios intereses y no los del conjunto. Esto se puede ver en que al organizarse en base a la división del trabajo capitalista, según las categorías (aprendices, oficiales, encargados…), ahondan en la divisiones entre el proletariado en vez de tratar de superarlas a través y para la lucha.

En conclusión, a pesar de que los sindicatos se forjaron al calor de duras luchas y de que cualquier expresión de asociación proletaria fuera objetivo de persecución, esto no significa que las instituciones del proletariado sean independientes de la influencia de la burguesía, pudiendo llegar a actuar de correa de transmisión de ésta, tanto en Inglaterra en el s.XIX como hoy en día. No es que haya burgueses infiltrados entre nuestras filas, sino que el movimiento obrero puede ser utilizado, o derivado hacia formas beneficiosas para la clase dominante, como parte de una totalidad de dominación que adquiere formas cada vez más elaboradas (y perversas). La influencia de la aristocracia obrera sobre el resto del movimiento obrero, del cual también forman parte, puede ser realmente importante. No obstante, lejos de luchar por los intereses del conjunto, tienden a mirar por su propio ombligo. Al contrario, una premisa para la organización efectiva del proletariado es romper con las categorías que impone la división del trabajo capitalista; por encima de separaciones entre fijos/ ETTs, locales/ migrantes, hombres/mujeres, jóvenes/mayores… En algunos casos, sin embargo, la aristocracia obrera puede pelear también por las condiciones de las capas peor situadas del proletariado, pero con el fin de ganar legitimidad negociadora y mejorar su posición de relativa fuerza en el sistema capitalista, actuando como lobby de presión. Al hacerlo, acaba desviando la lucha del conjunto del proletariado a sus intereses particulares, impidiendo que se organice de manera independiente de la influencia burguesa, para lo que tiene que afirmarse como proletariado, reconociendo tener un interés diferenciado del resto de clases sociales. Es por esta razón que esta aparente unidad de clase es en realidad una nueva división. Al contrario, la alianza es posible cuando primero nos hemos establecido de manera independiente respecto al poder burgués, como poder proletario, con instituciones efectivas propias, también para la defensa de nuestras condiciones de vida.

Esto es, cuando funcionamos desde el principio de independencia de clase es cuando podemos dar la vuelta a la tortilla y unirnos con otras facciones –entonces ya más débiles- en la lucha, a condición de que sus intereses queden subordinados a los del proletariado en su conjunto, y nunca al revés, a una de sus fracciones particulares.


[1] En tanto que no nos limitamos a observar y analizar desde la distancia, sino de aprender para cambiar la realidad, y debido a que la
sociología tiende a obviar el elemento de la conciencia, que en nuestro caso tiene un interés esencial. Además la visión sociologizante toma al proletariado como una suma de individuos y no como un actor histórico en su conjunto.
[2] No pretendamos encontrar en la historia un producto acabado y perfecto de lucha defensiva por las condiciones de vida del proletariado. Cada forma organizativa tiene sus límites y es fruto de su época. La armonización entre lucha económica y política se está empezando a dar en esta fase y de hecho es uno de los puntos de la polémica entre marxistas y anarquistas.
[3] Mario Tronti explica esta idea: “la lucha de movimiento de clase por el control no puede agotarse en el ámbito de la empresa aislada, sino que debe relacionarse y extenderse a toda una rama, a todo el frente productivo. Concebir el control de los trabajadores como una cosa que se restrinja a una sola empresa no quiere decir solamente ‘limitar’ la reivindicación del control, sino despojarla de sus significado real y hacerla degenerar en el plano corporativo’ (7 Tesis de Control Obrero, Mondo Operaio Nº 2, febrero de 1958).
[4] Engels también recoge esta oposición: “Los miembros de las ‘nuevas’
tradeuniones, los sindicatos de obreros no calificados, tienen una enorme ventaja: su mentalidad es todavía un terreno virgen, absolutamente exento de los ‘respetables’ prejuicios burgueses heredados, que trastornan las cabezas de los ‘viejos tradeunionistas’ mejor situados.” (prólogo a la segunda edición de La situación de la clase obrera en Inglaterra, 189)
[5] Rosa Luxemburg “Las gafas Inglesas”, LeizpigerVolkszeitung, 9 de mayo de 1899.
[6] Henryk Grossman identifica que la introducción de maquinaria lleva a disminuir los costos de aprendizaje, abaratando el trabajo no cualificado y encareciendo el que sí lo está.
[7] Funciona de una manera parecida a la mano de obra migrante precaria o los parados. Todos ejercen una presión a la baja sobre los salarios de los que están en ese momento dentro del mercado laboral.

La sociedad inglesa en el siglo XVIII: ¿Lucha de clases sin clase? (E.P. Thompson)

«Eighteenth-Century English Society: Class Struggle without Class?», Social History, III, n° 2 (mayo 1978).

Lo que sigue a continuación podría ser descrito más como un intento de argumentación que como un artículo. Las dos primeras secciones forman parte de un trabajo argumentativo sobre el paternalismo y están muy estrechamente relacionadas con mi artículo «Patririan Society, Plebeian Culture», publicado en el Journal of Social History (verano 1974). Las restantes secciones (que tienen su propia génesis) avanzan en la exploración de las cuestiones de clase y cultura plebeya[1]. Ciertas partes del desarrollo se fundamentan en investigaciones detalladas, publicadas y sin publicar. Pero no estoy seguro de que todas ellas juntas constituyan una «prueba» de la argumentación. Pues la argumentación sobre un proceso histórico de este tipo (que Popper sin duda describiría como «holístico») puede ser refutada; pero no pretende poseer el tipo de conocimiento posi­tivo que generalmente afirman tener las técnicas de investigación positivistas. Lo que se afirma es algo distinto: que en una sociedad cualquiera dada no podemos entender las partes a menos que enten­damos su fundón y su papel en su relación mutua y, en su relación con el total. La «verdad» o la fortuna de tal descripción holística sólo puede descubrirse mediante la prueba de la práctica histórica. De modo que la argumentación que se presenta a continuación es una especie de preámbulo, un pensar en voz alta.

I

Se ha protestado con frecuencia que los términos «feudal», «ca­pitalista» o «burgués» son en exceso imprecisos e incluyen fenó­menos demasiado vastos y dispares para hacernos un servicio analítico serio. No obstante, ahora es constante el considerar útil una nueva serie de términos, tales como «preindustrial», «tradicional», «paternalismo» y «modernización», que parecen susceptibles prác­ticamente de las mismas objeciones, y cuya paternidad teórica es menos segura.

Puede tener interés el que, mientras el primer conjunto de tér­minos dirige la atención hacia el conflicto o la tensión dentro del proceso social —plantean, al menos como implicación, las cuestiones de ¿quién?, ¿a quién?—, el segundo conjunto parece desplazarnos hacia una visión de la sociedad como orden sociológico autorregulado. Se nos presenta con un especioso cientifismo, como si estu­vieran carentes de valores.

En ciertos escritores «patriarcal» y «paternal» parecen ser térmi­nos intercambiables, el uno dotado de una implicación más seria, el otro algo más suavizada. Los dos pueden realmente converger tanto en hecho como en teoría. En la descripción de Weber de las socie­dades «tradicionales», el foco del análisis se centra en las relaciones familiares de la unidad tribal o la unidad doméstica, y desde este punto se extrapolan las relaciones de dominio y dependencia que vienen a caracterizar la sociedad «patriarcal» como totalidad; formas que él relaciona específicamente con formas antiguas y feudales de orden social. Laslett, que nos ha recordado apremiantemente la im­portancia central de la «unidad doméstica» económica en el siglo XVII, sugiere que ésta contribuyó a la reproducción de actitudes y relaciones patriarcales y paternales que permearon a la totalidad de la sociedad, y que quizá siguieron haciéndolo hasta el momento de la «indus­trialización». Marx, es verdad, tendía a considerar las actitudes pa­triarcales como características del sistema gremial de la Edad Media en que:

Los oficiales y aprendices de cada oficio se hallaban organi­zados como mejor cuadraba al interés de los maestros; la relación patriarcal que les unía a los maestros de los gremios dotaba a éstos de un doble poder, por una parte mediante su influencia directa sobre la vida toda de   los oficiales y, por otra parte, porque para los oficiales que trabajaban con el mismo maestro éste constituía un nexo real de unión que los mantenía en cohesión frente a los oficiales de los demás maestros y los separaba de éstos…

Marx afirmaba que en la «manufactura» estas relaciones eran susti­tuidas por «la relación monetaria entre el trabajador y el capitalista», pero, «en el campo y en las pequeñas ciudades, esta relación seguía teniendo un color patriarcal»[2]. Es este un amplio margen, sobre todo cuando recordamos que en cualquier época previa a 1840 la mayor parte de la población vivía en estas condiciones.

De modo que podemos sustituir el «matiz patriarcal» por el tér­mino «paternalismo». Podría parecer que este quantum social má­gico, refrescado cada día en las innumerables fuentes del pequeño taller, la unidad doméstica económica, la propiedad territorial, fue lo bastante fuerte para inhibir (excepto en casos aislados, durante breves episodios) la confrontación de clase, hasta que la industriali­zación la trajo a remolque consigo. Antes de que esto ocurriera, no existía una clase obrera con conciencia de clase, ni conflicto de clase alguno de este tipo, sino simplemente fragmentos del protoconflicto; como agente histórico la clase obrera no existía y, puesto que así es, la tarea tremendamente difícil de intentar descubrir cuál era la ver­dadera conciencia social de los pobres, de los trabajadores, y sus for­mas de expresión, sería tediosa e innecesaria. Nos invitan a pensar sobre la conciencia del oficio más que de la clase, sobre divisiones verticales más que horizontales. Podemos incluso hablar de una so­ciedad de «una clase».

Examinemos las siguientes descripciones de los caballeros terra­tenientes del siglo XVIII. El primero:

La vida de una aldea, una parroquia, una ciudad mercado y su hinterland, todo un condado, podía desarrollarse en torno a una casa grande y su solar. Sus salones de recepción, jardines, establos y perreras eran el centro de la vida social local; su despacho de la propiedad, el centro donde se negociaban las tenencias agrarias, los arrendamientos de minas y edificios, y un banco de pequeños ahorros e inversiones; su propia explotación agraria, una exposición permanente de los mejores métodos agrícolas disponi­bles…; su sala de justicia… el primer baluarte de la ley y el orden; su galería de retratos, salón de música y biblioteca, el cuartel gene­ral de la cultura local; su comedor, el fulero de la política local.

Y he aquí el segundo:

En el curso de administrar su propiedad para sus propios intereses, seguridad y conveniencia ejerció muchas de las funciones del Estado. Él era juez: resolvía disputas entre sus allegados. Era la policía: mantenía el orden entre un gran número de gente… Era la Iglesia: nombraba al capellán, generalmente algún pariente cercano con o sin formación religiosa, para mirar por su gente. Era una agencia de bienestar público: cuidaba de los enfermos, los ancianos, los huérfanos. Era el ejército en caso de revuelta:… armaba a sus parientes y partidarios como si fuera una milicia particular. Es más, mediante lo que se convirtió en un intrincado sistema de matrimonios, parentesco y patrocinio… podía solicitar la ayuda, en caso de necesidad, de un gran número de parientes en el campo o en las ciudades que poseían propiedades y poder similares a los suyos.

Ambas son descripciones aceptables del caballero terrateniente del siglo XVIII. No obstante, ocurre que una describe a la aristocracia o la gran gentry inglesa, la otra a los dueños de esclavos del Brasil colonial[3]. Ambas servirían, igualmente, y con mínimas correcciones, para describir a un patricio de la campagna en la antigua Roma, uno de los terratenientes de Almas muertas de Gogol, un dueño de es­clavos de Virginia[4], o los terratenientes de cualquier sociedad en la que la autoridad económica y social, poderes judiciales, sumarios, etc., estuvieran unidos en un solo punto.

Quedan, sin embargo, algunas dificultades. Podemos denominar una concentración de autoridad económica y cultural «patemalismo» sí así lo deseamos. Pero, si admitimos el término, debemos también admitir que es demasiado amplio para un análisis discriminatorio. Nos dice muy poco sobre la naturaleza del poder y el Estado, sobre for­mas de propiedad, sobre la ideología y la cultura, y es incluso dema­siado romo para distinguir entre modos de explotación, entre la mano de obra servil y libre.

Además, es una descripción de relaciones sociales vista desde arriba. Esto no la invalida, pero debemos ser conscientes de que esta descripción puede ser demasiado persuasiva. Si sólo nos ofrecen la primera descripción, es entonces muy fácil pasar de ésta a la idea de «una sociedad de una sola clase»; la casa grande se encuentra en la cumbre, y todas las líneas de comunicación llevan a su comedor, despacho de la propiedad o perreras. Es esta, en verdad, una impre­sión que fácilmente obtiene el estudioso que trabaja entre los docu­mentos de propiedades particulares, los archivos de los quarter sessions, o la correspondencia de Newcastle.

Pero pueden encontrarse otras formas de describir la sociedad además de la que nos ofrece Harold Perkin en el primero de los extractos. La vida de una parroquia puede igualmente girar en torno al mercado semanal, los festivales y ferias de verano e invierno, la fiesta anual de la aldea, tanto como alrededor de lo que ocurría en la casa grande. Las habladurías sobre la caza furtiva, el robo, el escándalo sexual y el comportamiento de los superintendentes de pobres podían ocupar las cabezas de las gentes bastante más que las distantes idas y venidas de la posesión. La mayor parte de la comu­nidad campesina no tendría demasiadas oportunidades para ahorrar o invertir o para mejorar sus campos; posiblemente se sentían más preocupados por el acceso al combustible, a las turberas y a los pastos del común que por la rotación de los cultivos de nabos. La justicia podía perci­birse no como un «baluarte» sino como una tiranía. Sobre todo, podía existir una radical disociación —en ocasiones antagonismo— entre la cultura e incluso la «política» de los pobres y las de los grandes.

Pocos estarían dispuestos a negar esto. Pero las descripciones del orden social en el primer sentido, vistas desde arriba, son mucho más corrientes que los intentos de reconstruir una visión desde abajo. Y siempre que se introduce la noción de «paternalismo» lo que ésta sugiere es el primer modelo. Y el término no puede deshacerse de implicaciones normativas: sugiere calor humano, en una relación mutuamente admitida; el padre es consciente de sus deberes y res­ponsabilidades hacia el hijo, el hijo está conforme o activamente cons­ciente a su estado filial. Incluso el modelo de la pequeña unidad doméstica económica conlleva (a pesar de los que lo niegan) un cierto sentido de confort emocional: «hubo un tiempo —escribe Laslett— en que toda la vida se desarrollaba en la familia, en un círculo de rostros amados y familiares, de objetos conocidos y mima­dos, todos de proporciones humanas»[5]. Sería injusto contrastar esto con el recuerdo de que Cumbres borrascosas está enmarcado exacta­mente en una situación familiar como esta. Laslett nos recuerda un aspecto relevante de las relaciones económicas a pequeña escala, in­cluso si el calor pudiera ser producido por la impotente rebelión con­tra una dependencia abyecta con tanta frecuencia como por el respeto mutuo. En los primeros años de la revolución industrial, los trabaja­dores rememoraban a menudo los valores paternalistas perdidos; Cobbett y Oastler elaboraron el sentimiento de pérdida, Engels afir­mó el agravio.

Pero esto plantea otro problema. El paternalismo como mito o ideología mira casi siempre hacia atrás. Se presenta en la historia inglesa menos como realidad que como un modelo de antigüedad, recientemente acabada, edad de oro de la cual los actuales modos y maneras constituyen una degeneración. Y tenemos el Country Justice de Langhorne (1774):

When thy good father held this wide domain,
The voice of sorrow never mourn’d in vain.
Sooth’d by his pity, by his bounty fed,
The sick found medecine, and the aged bread.
He left their interest to no parish care,
No bailiff urged his little empire there;
No village tyrant starved them, or oppress’d;
He learn’d their wants, and he those wants redress’d…
The poor at hand their natural patrons saw,
And lawgivers were supplements of law! [6]

Y continúa para negar que estas relaciones tengan alguna realidad en el momento:

… Fashion’s boundless sway
Has borne the guardian magistrate away.
Save in Augústa’s streets, on Gallia’s shores,
The rural patrón is beheld no more[7].

Pero podemos elegir las fuentes literarias como nos plazca. Po­dríamos retroceder unos sesenta o setenta años hasta sir Roger de Coverley, un tardío superviviente, un hombre singular y anticuado, y por ello al mismo tiempo ridículo y entrañable. Podríamos retro­ceder otros cien años hasta el Rey Lear, o hasta el «buen anciano» de Shakespeare, Adam; de nuevo los valores paternalistas se con­sideran «una antigualla», se deshacen ante el individualismo compe­titivo del hombre natural del joven capitalismo, en el que «el vínculo entre el padre y el hijo está resquebrajado» y donde los dioses pro­tegen a los bastardos. O podemos seguir retrocediendo otros cien años hasta sir Thomas More. La realidad del paternalismo aparece siempre retrocediendo hacia un pasado aún más primitivo e ideali­zado[8]. Y el término nos fuerza a confundir atributos reales e ideoló­gicos.

Para resumir: paternalismo es un término descriptivo impreciso. Tiene considerablemente menos especificidad histórica que términos como feudalismo o capitalismo; tiende a ofrecer un modelo de orden social visto desde arriba; contiene implicaciones de afecto y de rela­ciones personales que suponen nociones valorativas; confunde lo real con lo ideal. No significa esto que debamos desechar el término por completa inutilidad para todo servicio. Tiene tanto, o tan poco, valor como otros términos descriptivos generalizados —autoritario, demo­crático, igualitario— que por sí mismos, y sin sustanciales añadi­duras, no pueden caracterizar un sistema de relaciones sociales. Nin­gún historiador serio debe caracterizar toda una sociedad como pa­ternalista o patriarcal. Pero el paternalismo puede, como en la Rusia zarista, en el Japón meiji o en ciertas sociedades esclavistas, ser un componente profundamente importante no sólo de la ideología, sino de la mediación institucional en las relaciones sociales[9]. ¿Cuál es el estado de la cuestión con respecto a la Inglaterra del siglo XVIII?

II

Dejemos a un lado de inmediato una línea de investigación ten­tadora pero totalmente improductiva: la de intentar adivinar el peso específico de ese misterioso fluido que es el «matiz patriarcal», en este o aquel contexto y en distintos momentos del siglo. Comenzamos con impresiones; adornamos nuestros presentimientos con citas opor­tunas; y terminamos con más impresiones.

Si observamos, por el contrario, la expresión institucional de las relaciones sociales, esta sociedad parece ofrecer pocos rasgos auténti­camente paternalistas. Lo primero que notamos en ella es la impor­tancia del dinero. La gentry terrateniente se clasifica no por naci­miento u otras distinciones de status, sino por sus rentas: tienen tan­tas libras al año. Entre la aristocracia y la gentry con ambiciones, los noviazgos los hacen los padres y sus abogados, que los llevan con cuidado hasta su consumación: el acuerdo matrimonial satisfactoria­mente contraído. Destinos y puestos podían comprarse y venderse (siempre que la venta no fuera seriamente conflictiva con las líneas de interés político); los destinos en el ejército, los escaños parlamen­tarios, libertades, servicios, todo podía traducirse en un equivalente monetario: el voto, los derechos de libre tenencia, la exención de impuestos parroquiales o servicio de la milicia, la libertad de los burgos, las puertas en las tierras del común. Este es el siglo en que el dinero «lleva toda la fuerza», en el que las libertades se convierten en propiedades y se cosifican los derechos de aprovechamiento. Un palomar situado en una antigua tenencia libre puede venderse, y con él se vende el derecho a votar; los escombros de un antiguo caserío se pueden comprar para reforzar las pretensiones a derechos comunales y, por tanto, para cerrar un lote más del común.

Si los derechos de aprovechamiento, servicios, etc., se convir­tieron en propiedades que se clasificaban con el valor de tantas li­bras, no siempre se convirtieron, sin embargo, en mercancías accesi­bles para cualquier comprador en el mercado libre. La propiedad asumía su valor, en la mayor parte de los casos, sólo dentro de una determinada estructura de poder político, influencias, intereses y dependencia, que Namier nos dio a conocer. Los cargos titulares pres­tigiosos (tales como rangers, keepers, constables) y los beneficios que conllevaban podían comprarse y venderse; pero no todo el mundo podía comprarlos o venderlos (durante los gobiernos de Walpole, ningún par tory o jacobita tenía probabilidades de éxito en este mercado); y el detentador de un cargo opulento que incurría en la desaprobación de políticos o Corte podía verse amenazado de expulsión mediante procedimientos legales. La promoción a los pues­tos más altos y lucrativos de la Iglesia, la justicia o las armas, se encontraba en situación similar. Los cargos se obtenían mediante la influencia política pero, una vez conseguidos, suponían normalmente posesión vitalicia, y el beneficiario debía exprimir todos los ingresos posibles del mismo mientras pudiera. La tenencia de sinecuras de Corte y de altos cargos políticos era mucho menos segura, aunque de ningún modo menos lucrativa: el conde de Ranelagh, el duque de Chandos, Walpole y Henry Fox, entre otros, amasaron fortunas du­rante su breve paso por el cargo de Pagador General. Y, por otra parte, la tenencia de posesiones territoriales, como propiedad abso­luta, era enteramente segura y hereditaria. Era tanto el punto de acceso para el poder y los cargos oficiales, como el punto al cual retornaban el poder y los cargos. Las rentas podían aumentarse me­diante una administración competente y mejoras agrícolas, pero no ofrecían las ganancias fortuitas que proporcionaban las sinecuras, los cargos públicos, la especulación comercial o un matrimonio afortu­nado. La influencia política podía maximizar los beneficios más que la rotación de cuatro hojas, como, por ejemplo, facilitando la conse­cución de decretos privados, tales como el cerramiento, o el conver­tir un paquete de ingresos sinecuristas no ganados por vía normal en posesiones hipotecadas, allanando el camino para conseguir un ma­trimonio que uniera intereses armónicos o logrando acceso preferente a una nueva emisión de bolsa.

Fue esta una fase depredadora del capitalismo agrario y comercial, y el Estado mismo era uno de los primeros objetos de presa. El triunfo en la alta política era seguido por el botín de guerra, así como la victoria en la guerra era con frecuencia seguida por el botín político. Los jefes triunfantes de las guerras de Marlborough no sólo obtuvieron recompensas públicas, sino también enormes sumas sus­traídas de la subcontratación militar de forrajes, transporte u orde­nanzas; Marlborough recibió el palacio de Blenheim, Cobham y Cadogan los pequeños palacios de Stowe y Caversham. La sucesión hannoveriana trajo consigo una serie de bandidos-cortesanos. Pero los grandes intereses financieros y comerciales requerían también acceso al Estado, para obtener cédulas, privilegios, contratos, y la fuerza diplomática, militar y naval necesarias para abrir el camino al comercio[10]. La diplomacia obtuvo para la South Sea Company el asiento, o licencia para el comercio de esclavos con la América espa­ñola, y fue la expectativa de beneficios masivos de esta concesión lo que hinchó la South Sea Bubble. No se pueden hacer pompas (bubble) sin escupir, y los escupitajos en este caso tomaron la forma de sobornos no sólo a los ministros y a las queridas del rey, sino también (parece seguro) al mismo rey.

Estamos acostumbrados a pensar que la explotación es algo que ocurre sobre el terreno, en el momento de la producción. A princi­pios del siglo XVIII se creaba la riqueza en este nivel primario, pero se elevó rápidamente a regiones más altas, se acumuló en grandes paquetes y los verdaderos agostos se hicieron en la distribución, acaparamiento y venta de artículos o materias primas (lana, grano, carne, azúcar, paños, té, tabaco, esclavos), en la manipulación del crédito y en la incautación de cargos del Estado. Un bandido patricio compitió para lograr el botín del poder, y este solo hecho explica las grandes sumas de dinero que estaban dispuestos a emplear en la compra de escaños parlamentarios. Visto desde esta perspectiva, el Estado no era tanto el órgano efectivo de una clase determinada como un parásito a lomos de la misma clase (la gentry) que había triun­fado en 1688. Y así se veía, y se consideraba intolerable por muchos miembros de la pequeña gentry tory durante la primera mitad del si­glo, cuyos impuestos y tierras veían transferidos por los medios más patentes a los bolsillos de los cortesanos y políticos whig, a la misma élite aristocrática cuyos grandes dominios se estaban consolidando frente a los pequeños, en estos años. Incluso hubo un intento por parte de la oligarquía, en la época del duque de Sunderland, de con­firmarse institucionalmente y autoperpetuarse mediante la tentativa de lograr el Peerage Bill (Proyecto de Ley de Nobleza) y la Septennial Act (Ley Septenal). El que las defensas constitucionales contra esta oligarquía pudieran al menos sobrevivir a estas décadas se debió en gran medida a la obstinada resistencia de la gentry independiente rural, en gran parte tory, en ocasiones jacobita, apoyada una y otra vez por la multitud vociferante y turbulenta.

Todo esto se hacía en nombre del rey. En nombre del rey podían los ministros de éxito purgar incluso al más subordinado funciona­rio del Estado que no estuviera totalmente sometido a sus intereses. «No hemos ahorrado medios para encontrar a todos los malvados, y hemos despedido a todos aquellos de los cuales teníamos la más mínima prueba, tanto de su actual como de su pasado comporta­miento», escribían los tres serviles comisarios de Aduanas de Dublín al duque de Sunderland en agosto de 1715. Es «nuestro deber no permitir que ninguno de nuestros subordinados coma el pan de Su Majestad, si no tienen todo el celo y afecto imaginables hacia su ser­vicio y el del Gobierno»[11]. Pero uno de los intereses primeros de los depredadores políticos era limitar la influencia del rey a la de primus inter predatores. Cuando al ascender Jorge II pareció dispuesto a prescindir de Walpole, resultó que era susceptible de ser comprado como cualquier político whig, aunque a más alto precio:

Walpole conocía su deber. Nunca fue un soberano tratado con mayor generosidad. El Rey, 800.000 libras, más el excedente de todos los impuestos asignados a la lista civil, calculados por Hervey en otras 100.000 libras; la Reina, 100.000 libras al año. Corría el rumor de que Pulteney ofrecía más. Si así era, su incapacidad política era asombrosa. Nadie a excepción de Walpole podía haber esperado obtener tales concesiones a través de los Comu­nes… una cuestión que el Soberano no tardó en captar… «Considere, Sir Robert», dijo el Rey, ronroneando de gratitud mientras su ministro se disponía a dirigirse a los Comunes, «que lo que me tranquiliza en esta cuestión es lo que hará también su tranquilidad; va a decidirse para mi vida y para su vida»[12].

Así que el deber de Walpole resulta ser el respeto mutuo de dos la­drones de cajas fuertes asaltando las cámaras del mismo banco. Durante estas décadas, los conocidos «recelos» whig de la Corona no surgían del miedo a que los monarcas hannoverianos realizaran un golpe de estado y pisotearan bajo sus pies las libertades de los súbditos al adquirir poder absoluto; la retórica se destinaba exclu­sivamente a las tribunas públicas. Surgía del miedo más real a que el monarca ilustrado encontrara medios para elevarse, como personi­ficación de un poder imparcial, racionalizado y burocrático, por en­cima y más allá del juego depredador. El atractivo de un rey tan patriótico hubiera sido inmenso, no sólo entre la gentry menor, sino entre grandes sectores de la población: fue precisamente el atractivo de su imagen de patriota incorrupto lo que llevó a William Pitt, el mayor, al poder en una marea de aclamación popular, a pesar de la hostilidad de los políticos y de la Corte[13].

«Los sucesores de los antiguos Cavaliers se habían convertido en demagogos; los sucesores de los Roundkeads en cortesanos», dice Macaulay, y continúa: «Durante muchos años, una generación de Whigs que Sidney habría desdeñado por esclavos, continuaron li­brando una guerra a muerte con una generación de Tories a los cuales Jeffreys habría colgado por republicanos».[14] Esta caracteriza­ción no sobrevive mucho tiempo después de mediado el siglo. El odio entre whigs y tories se había suavizado mucho (y —para algunos historiadores— desaparecido) diez años antes del ascenso de Jorge III, y la subsiguiente «matanza de los inocentes Pelhamitas». Los supervivientes tories procedentes de la gran gentry volvieron a las comisiones de paz, recuperaron su presencia política en los con­dados y abrigaron esperanzas de compartir el botín del poder. Al ascender la manufactura en las escalas de riqueza frente al trasiego mercantil y la especulación, también ciertas formas de privilegio y corrupción se hicieron odiosas a los hombres adinerados, que llega­ron a aceptar la palestra racionalizada e «imparcial» del mercado libre: ahora uno podía hacer su agosto sin la previa compra política en los órganos del Estado. El ascenso de Jorge III cambió de modos diversos los términos del juego político; la oposición sacó su vieja retórica liberal y le dio lustre. Para algunos adquirió (como en la ciudad de Londres) un contenido verdadero y renovado. Pero el rey desafortunadamente malogró todo intento de presentarse como rey ilustrado, como la cúspide de una burocracia desinteresada. Las fun­ciones parasitarias del Estado se vieron bajo constante escrutinio y ataque a destajo (ataques contra East India Company, contra puestos y sinecuras, contra la apropiación indebida de tierras públicas, la reforma del Impuesto de Consumos, etc.); pero su papel esencial parasitario persistió.

«La Vieja Corrupción» es un término de análisis político más serio de lo que a menudo se cree; pues como mejor se entiende el poder político a lo largo de la mayor parte del siglo XVIII es, no como un órgano directo de clase o intereses determinados, sino como una formación política secundaria, un lugar de compra donde se obte­nían o se incrementaban otros tipos de poder económico y social; en lo que respecta a sus funciones primarias era caro, ampliamente ineficaz, y sólo sobrevivió al siglo porque no inhibió seriamente los actos de aquellos que poseían poder económico o político (local) de facto. Su mayor fuente de energía se encontraba precisamente en la debi­lidad misma del Estado; en el desuso de sus poderes paternales, buro­cráticos y proteccionistas, en la posibilidad que otorgaba al capita­lismo agrario, mercantil y fabril, para realizar su propia autorreproducción; en los suelos fértiles que ofrecía al laissez-faire[15].

Pero raramente parece ser un suelo fértil para el paternalismo. Nos hemos acostumbrado a una visión algo distinta de la política del siglo XVIII, presentada por historiadores que se han acostum­brado a considerar la época en los términos de las apologías de sus principales actores[16]. Si se advierte la corrupción, puede legitimarse mencionando un precedente; si los whigs eran depredadores, también lo eran los tories. No hay nada fuera de orden, todo está incluido en «los criterios aceptados de la época». Pero la visión alternativa que yo he ofrecido no debe producir sorpresas. Es, después de todo, la critica de la alta política que se encuentra en Los viajes de Gulliver y en Jonathan Wilde, en parte en las sátiras de Pope y en parte en Humphrey Clinker, en «Vanity of Human Wishes» y «London» de Johnson y en el «Traveller» de Goldsmith. Aparece, como teoría polí­tica, en la Fábula de las abejas de Mandeville y reaparece, de forma más fragmentaria, en las Political Disquisitions de Burgh[17]. En las pri­meras décadas del siglo, la comparación entre la alta política y los bajos fondos era un recurso corriente de la sátira:

Sé que para parecer aceptable a los hombres de alcurnia hay que esforzarse en imitarlos, y sé de qué modo consiguen dinero y puestos. No me sorprende que el talento necesario para ser un gran hombre de Estado sea tan escaso en el mundo, dado que tan gran cantidad de los que lo poseen son segados en lo mejor de sus vidas en el Old Baily.

Así se expresaba John Gay, en una carta privada, en 1723[18]. La idea constituye la semilla de la Beggar’s Opera. Los historiadores han desatendido generalmente esta imagen como hiperbólica. No deberían hacerlo.

Hay, desde luego, que hacer alguna salvedad. Pero una, sin em­bargo, que no puede hacerse es que el parasitismo estaba frenado, o los recelos vigilados, por una clase media en progresivo aumento de profesionales e industriales, con fines claros y con cohesión.[19] Esta clase no empezó a descubrirse a sí misma (excepto, quizás, en Londres) hasta las tres últimas décadas del siglo. Durante la mayor parte del mismo, sus miembros potenciales se contentaban con someterse a una condición de abyecta dependencia. Excepto en Londres, hicieron pocos esfuerzos (hasta el Association Movement de finales de los años 1770) para librarse de las cadenas del soborno electoral y la in­fluencia; eran adultos que consentían en su propia corrupción. Des­pués de dos décadas de adhesión servil a Walpole, surgieron los Disi­dentes con su recompensa: 500 libras asignadas al meritorio clero. Cincuenta años pasaron sin que pudieran lograr la derogación del Test y las Corporation Acts (Leyes Corporativas). Como hombres de la Iglesia, la mayoría adulaban para obtener ascensos, cenaban y bromea­ban (con resignación) en la mesa de sus protectores y, como el párroco Woodforde, no se ofendían por recibir una propina del señor en una boda o un bautizo.[20] Como registradores, abogados, tutores, administradores, mercaderes, etc., se encontraban dentro de los lími­tes de la dependencia; sus cartas respetuosas, en que solicitaban pues­tos o favores, están preservadas en las colecciones de manuscritos de los grandes[21]. (Como tales, las fuentes tienen la tendencia historiográfica a sobreestimar el elemento de deferencia en la sociedad del siglo XVIII, pues un hombre en la situación, forzosa, de solicitar favo­res no revelará su verdadera opinión). En general, las clases medias se sometieron a una relación de clientelismo. Ocasionalmente un indi­viduo podía librarse, pero incluso las artes permanecieron coloreadas por su dependencia de la liberalidad de sus mecenas[22]. El aspirante a profesional o comerciante buscaba menos el remedio a su senti­miento de agravio en la organización social que en la movilidad social (o geográfica, a Bengala, o al «Occidente» de Europa: al Nuevo Mundo). Intentaba comprar la inmunidad a la deferencia adquiriendo la riqueza que le proporcionaría «independencia», o tierras y status de gentry[23]. El profundo resentimiento generado por esta condición de «cliente», con sus concomitantes humillaciones y sus obstáculos para la carrera abierta al talento, movió gran parte del radicalismo intelectual de principios de los años 1790; sus ascuas abrasan los pies incluso en los tranquilos y racionalistas períodos de la prosa de Godwin.

De modo que, al menos durante las primeras siete décadas del siglo, no encontramos clase media alguna industrial o profesional que ejerza una limitación efectiva a las operaciones del depredador poder oligárquico. Pero, si no hubiera habido frenos de ninguna clase, ningún atenuante al dominio parasitario, la consecuencia habría sido necesariamente la anarquía, una facción haciendo presa sin restric­ción sobre otra. Los principales atenuantes a este dominio eran cuatro.

Primero, ya hemos hablado de la tradición en gran medida tory de la pequeña gentry independiente. Esta tradición es la única que sale de la primera mitad del siglo cubierta de honor; reaparece, con manto whig, en el Association Movement de los años 1770[24]. En segundo lugar, está la prensa: en sí misma una especie de presencia de clase media, adelantándose a otras expresiones articuladas, una presencia que extiende su alcance al extenderse la alfabetización, y al aprender por sí misma a crecer y conservar sus libertades[25]. En tercer lugar, existe «el Derecho», elevado durante este siglo a un papel más prominente que en cualquier otro período de nuestra historia, y que servía como autoridad «imparcial» arbitrante en lugar de la débil y nada ilustrada monarquía, una burocracia corrupta e ineficaz, y una democracia que ofrecía a las activas intromisiones del poder poco más que una retórica sobre su linaje. El Derecho Civil propor­cionaba a los intereses en competencia una serie de defensas de su propiedad, y las reglas del juego sin las que todo ello habría caído en la anarquía. (El Derecho Criminal, que estaba en su mayor parte dirigido contra la gente de tipo disoluto o levantisco, presentaba un aspecto totalmente distinto). En cuarto y último lugar, está la omni­presente resistencia de la multitud: una multitud que se extendía en ocasiones desde la pequeña gentry, pasando por los profesionales, hasta los pobres (y entre todos ellos, los dos primeros grupos inten­taron en ocasiones combinar la oposición al sistema con el anoni­mato), pero que a ojos de los grandes aparecía, a través de la neblina del verdor que rodeaba sus parques, compuesta de «tipos disolutos y levantiscos». La relación entre la gentry y la multitud es el tema particular de este trabajo.

III

Pero lo que a mí me preocupa, en este punto, no es tanto cómo se expresaba esta relación (ello ha sido, y continúa siendo, uno de los temas centrales de mi trabajo) cuanto las implicaciones teóricas de esta formación histórica en particular para el estudio de la lucha de clases. En «Patrician Society, Plebeian Culture»[26] he dirigido la atención hacia la erosión real de las formas de control paternalistas por la expansión de la mano de obra «libre», sin amos. Pero, aun cuando este cambio es sustancial y tiene consecuencias significa­tivas para la vida política y cultural de la nación, no representa una «crisis» del antiguo orden. Está contenido en las viejas estructuras de poder y la hegemonía cultural de la gentry no se ve amenazada, siempre que la gentry satisfaga ciertas expectativas y realice ciertos (parcialmente teatrales) papeles. Existe, sin embargo, una recipro­cidad en la relación gentry-plebe. La debilidad de la autoridad espi­ritual de la Iglesia hizo posible el resurgir de una cultura plebeya extraordinariamente vigorosa fuera del alcance de controles externos. Y lejos de resistirse a esta cultura, en las décadas centrales del siglo, la gentry más tradicional le otorgó un cierto favor o lisonja. «Existe una mutualidad en esta relación que es difícil no analizar al nivel de relación de clase».

Yo acepto el argumento de que muchos artesanos urbanos reve­laban una conciencia «vertical» de «Oficio» (en lugar de la con­ciencia «horizontal» de la clase obrera industrial madura). (Este es uno de los motivos por los que he adoptado el término plebe prefe­rentemente al de clase obrera[27]). Pero esta conciencia vertical no estaba atada con las cadenas diamantinas del consenso a los gober­nantes de la sociedad. Las fisuras características de esta sociedad no se producían entre patronos y trabajadores asalariados (como en las clases «horizontales»), sino por cuestiones que dan origen a la mayoría de los motines: cuando la plebe se unía como pequeños consumidores, o romo pagadores de impuestos o evasores del im­puesto de consumos (contrabandistas), o por otras cuestiones «hori­zontales», libertarias, económicas o patrióticas. No sólo era la con­ciencia de la plebe distinta a la de la clase obrera industrial, sino también sus formas características de revuelta: como, por ejemplo, la tradición anónima, el «contrateatro» (ridículo o ultraje de los símbolos de autoridad) y la acción rápida y directa.

Yo sostengo que debemos considerar a la multitud «como era, sui generis, con sus propios objetivos, operando dentro de una compleja y delicada polaridad de fuerzas en su propio contexto». Y veo la clave crítica de este equilibrio estructural en la relación gentry-multitud en el «recelo» de la gentry hacia el Estado, la debili­dad de los órganos de éste y la especial herencia legal. «El precio que aristocracia y gentry pagaron a cambio de una monarquía limitada y un Estado débil era, forzosamente, dar licencia a la multitud. Este es el contexto central estructural de la reciprocidad de relaciones entre gobernantes y gobernados».

No era un precio que se pagara con gusto. A lo largo de la pri­mera mitad del siglo, en particular, los whigs detestaban a la licen­ciosa multitud. Por lo menos desde la época de los motines de Sachaverell buscaron la oportunidad de frenar su acción[28]. Ellos fueron los autores del Riot Act (Ley de Motines). En el momento de la subida de Walpole hubo indudables intentos de encontrar una solución más autoritaria al problema del poder y el orden. El ejército permanente se convirtió en uno de los recursos normales de gobier­no.[29] El patronazgo local se apretó y se limitaron los obstáculos electorales[30]. Durante el mismo Parlamento que aprobó el Black Act (Ley Negra), un comité nombrado para estudiar las leyes relativas a los trabajadores agrícolas informó a favor de que se extendieran amplios poderes disciplinarios sobre toda la mano de obra; los jueces de paz debían tener autoridad para obligar a los trabajadores mascu­linos no casados a cumplir un servicio anual, debía consolidarse la estimación de jornales, los jueces de paz debían tener poderes para vincular a los trabajadores que dejaran su trabajo sin terminar, y mayores poderes aún para castigar a servidores holgazanes y revol­tosos[31]. El proyecto sin fechar de «secciones de una ley para evitar tumultos y mantener la paz en las elecciones» que se encuentra entre los papeles de Walpole, indica que algunos de sus allegados deseaban ir más lejos: «Las personas nocivas o alborotadoras … frecuente­mente se reúnen de modo tumultuoso o amotinado» en las ciudades durante las elecciones. Entre los remedios que se proponían se en­contraba la rigurosa exclusión de toda persona no habitante o votante de estas ciudades durante el período de votación; el nombramiento de condestables extraordinarios con poderes extraordinarios; multas y penas por causar desórdenes electorales, romper ventanas, tirar pie­dras, etc., debiendo doblar el castigo en los casos de delincuentes que no fueran votantes; y la prohibición de «todo tipo de Banderas, Estandartes, Colores o Insignias», divisas o distintivos políticos[32]. No se permitiría ni la acción directa, ni las actuaciones públicas y ban­deras de la multitud sin derecho al voto. La ley, sin embargo, nunca alcanzó el libro de estatutos. Estaba, incluso para el Gran Hombre, más allá de los límites de lo posible. Cualquier licencia otorgada a la multitud por los whigs durante estos años surgía menos de senti­mientos de libertad que de un sentido realista de estos límites. Y ellos, a su vez, eran impuestos por un especial equilibrio de fuerzas que no puede, después de todo, ser analizado sin recurrir al concepto de clase.

IV

Parece necesario, una vez más, explicar cómo entiende el histo­riador —o cómo entiende este historiador— el término «clase». Hace unos quince años concluí un trabajo, algo prolongado, de análisis de un momento particular de la formación de las clases. En el prefacio hice algunos comentarios sobre las clases que concluían: «La clase la definen los hombres al vivir su propia historia, y, en última instancia, esta es la única definición».[33]

Se supone hoy, generalmente entre una nueva generación de teóri­cos marxistas, que esta afirmación es o bien «inocente» o (peor aún) «no inocente»: es decir, evidencia de una ulterior en­trega al empirismo, historicismo, etc. Estas personas tienen formas mucho mejores para definir la clase, definiciones que pueden, ade­más, ser rápidamente aprehendidas dentro de la práctica teórica y que no conllevan la fatiga de la investigación histórica.

El prefacio era, no obstante, ponderado y surgía tanto de la práctica histórica como de la teórica. (Yo no partía de las conclu­siones del prefacio: éste expresaba mis conclusiones). En términos generales, y después de más de quince años de práctica, yo sosten­dría las mismas conclusiones. Pero quizá debiera reformularlas y matizarlas.

  • Clase, según mi uso del término, es una categoría histórica, es decir, está derivada de la observación del proceso social a lo largo del tiempo. Sabemos que hay clases porque las gentes se han comportado repetidamente de modo clasista; estos sucesos históricos descubren regularidades en las respuestas a situaciones similares, y en un momento dado (la formación «madura» de la clase) observamos la creación de instituciones y de una cultura con notaciones de clase, que admiten comparaciones transnacionales. Teorizamos sobre esta evidencia como teoría general sobre las clases y su formación, y esperamos encontrar ciertas regularidades, «etapas» de desarrollo, etcétera.
  • Pero, en este punto, se da el caso en exceso frecuente de que la teoría preceda a la evidencia histórica sobre la que tiene como misión teorizar. Es fácil suponer que las clases existen, no como un proceso histórico, sino dentro de nuestro propio pensa­miento. Desde luego no admitimos que estén sólo en nuestras cabezas, aunque gran parte de lo que se argumenta sobre las clases sólo existe de hecho en nuestro pensamiento. Por el contrario, se hace teoría de modelos y estructuras que deben supuestamente proporcionarnos los determinantes objetivos de la clase: por ejemplo como expresiones de relaciones diferentes de producción.[34]
  • Partiendo de este (falso) razonamiento surge la noción alter­nativa de clase como una categoría estática, o bien sociológica o heurística. Ambas son diferentes, pero ambas emplean categorías de estasis. Según una muy popular (generalmente positivista) tradición sociológica, la clase puede ser reducida a una auténtica medida cuanti­tativa: determinado número de seres en esta u otra relación a los medios de producción, o, en términos más corrientes, determinado número de asalariados, trabajadores de cuello blanco, etc. O clase es aquello a lo que la gente cree pertenecer en su respuesta a un formulario; nuevamente la clase como categoría histórica —la observa­ción del comportamiento a través del tiempo— ha sido dejada de lado.
  • Quisiera decir que el uso marxista apropiado y mayoritario de clase es el de categoría histórica. Creo poder demostrar que es este el uso del mismo Marx en sus escritos más históricos, pero no es este el lugar para hablar de autoridades en sus escritos. Es sin duda el uso de muchos (aunque no todos) de los que se encuentran en la tradición británica de historiografía marxista, especialmente de la generación mayor.[35] No obstante, ha quedado claro en años re­cientes que clase como categoría estática ha ocupado también sectores muy influyentes del pensamiento marxista. En términos económicos vulgares, esto es sencillamente el gemelo de la teoría sociológica positivista. De un modelo estático de relaciones de producción capi­talista se derivan las clases que tienen que corresponder al mismo, y la conciencia que corresponde a las clases y sus posiciones relativas. En una de sus formas (generalmente leninista), bastante extendida, esto proporciona una fácil justificación para la política de «sustitu­ción»: es decir, la «vanguardia» que sabe mejor que la clase misma cuáles deben ser los verdaderos intereses (y conciencia) de ésta. Si ocurriera que «ésta» no tuviera conciencia alguna, sea lo que fuere lo que tenga, es una «falsa conciencia». En una forma alternativa (mucho más sofisticada) —por ejemplo, en Althusser— todavía en­contramos una categoría profundamente estática; una categoría que sólo halla su definición dentro de una totalidad estructural altamente teorizada, que desestima el verdadero proceso experimental histórico de la formación de las clases, A pesar de la sofisticación de esta teoría, los resultados son muy similares a la versión vulgar econó­mica. Ambas tienen una noción parecida de «falsa conciencia» o «ideología», aunque la teoría althusseriana tiende a tener un arse­nal teórico mayor para explicar el dominio ideológico y la mistifi­cación de la conciencia.
  • Si volvemos a la clase como categoría histórica, es posible ver que los historiadores pueden emplear el concepto en dos sentidos diferentes: 1) referido a un contenido histórico real correspondiente, empíricamente observable; 2) como categoría heurística o analítica para organizar la evidencia histórica, con una correspondencia mucho menos directa.[36] En mi opinión, el concepto puede utilizarse con propiedad en ambos sentidos; no obstante, surge a menudo la con­fusión cuando nos trasladamos de uno al otro.
  1. Es cierto que el uso moderno de clase surge del marco de la sociedad industrial capitalista del siglo XIX. Esto es, clase según su uso moderno sólo fue asequible al sistema cognoscitivo de las gentes que vivían en dicha época. De aquí que el concepto no sólo nos permita organizar y analizar la evidencia; está también, en un sentido distinto, presente en la evidencia misma. Es posible observar, en la Inglaterra, Francia o Alemania industriales, instituciones de clase, partidos de clase, culturas de clase, etc. Esta evidencia histó­rica a su vez ha dado origen al concepto maduro de clase y, hasta cierto punto, le ha imprimido su propia especificidad histórica.
  2. Debemos guardarnos de esta (anacrónica) especificidad his­tórica cuando empleamos el término en su segundo sentido para el análisis de sociedades anteriores a la revolución industrial. Pues la correspondencia de la categoría con la evidencia histórica se hace mucho menos directa. Si la clase no era un concepto asequible dentro del propio sistema cognoscitivo de la gente, si se consideraban a sí mismos y llevaban a cabo sus batallas históricas en términos de «estados» o «jerarquías» u «órdenes», etc., entonces al describir estas luchas históricas en términos de clase debemos extremar el cuidado contra la tendencia a leer retrospectivamente notaciones sub­secuentes de clase. Si decidimos continuar empleando la categoría heurística de clase (a pesar de esta dificultad omnipresente), no es por su perfección como concepto, sino por el hecho de que no dis­ponemos de otra categoría alternativa para analizar un proceso his­tórico universal y manifiesto. Por ello no podemos (en el idioma inglés) hablar de «lucha de estados» o «lucha de órdenes», mientras que «lucha de clases» ha sido utilizado, no sin dificultad pero con éxito notable, por los historiadores de sociedades antiguas, feudales y modernas tempranas; y estos historiadores, al utilizarlo, le han impuesto sus propios refinamientos y matizaciones al concepto con respecto a su propia especialidad histórica.
  • Esto viene a destacar, no obstante, que clase, en su uso heurístico, es inseparable de la noción de «lucha de clases». En mi opinión, se ha prestado una atención teórica excesiva (gran parte de la misma claramente ahistórica) a «clase» y demasiado poca a «lucha de clases». En realidad, lucha de clases es un concepto previo así como mucho más universal. Para expresarlo claramente: las clases no existen como entidades separadas, que miran en derredor, en­cuentran una clase enemiga y empiezan luego a luchar. Por el con­trario, las gentes se encuentran en una sociedad estructurada en mo­dos determinados (crucialmente, pero no exclusivamente, en relacio­nes de producción), experimentan la explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre los explotados), identifican puntos de inte­rés antagónico, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el pro­ceso de lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase. La clase y la conciencia de clase son siempre las últimas, no las primeras, fases del proceso real histórico[37]. Pero, si empleamos la categoría estática de clase, o si obtenemos nuestro concepto del modelo teórico previo de una totalidad estructural, no lo creeremos así: creeremos que la clase está instantáneamente presente (derivada, como una proyección geomé­trica, de las relaciones de producción) y de ahí resultará la lucha de clases[38]. Estamos abocados, entonces, a las interminables estupideces de la medida cuantitativa de clase, o del sofisticado marxismo newtoniano según el cual las clases y las fracciones de clase realizan evoluciones planetarias o moleculares. Todo este escuálido confusionismo que nos rodea (bien sea positivismo sociológico o idealismo marxista- estructuralista) es consecuencia del error previo: que las clases exis­ten, independientemente de relaciones y luchas históricas, y que luchan porque existen, en lugar de surgir su existencia de la lucha.
  • Espero que nada de lo escrito anteriormente haya dado pábulo a la noción de que yo creo que la formación de clases es inde­pendiente de determinantes objetivos, que clase puede definirse sim­plemente como una formación cultural, etc. Todo ello, espero, ha sido refutado por mi propia práctica histórica, así como por la de otros muchos historiadores. Es cierto que estos determinantes obje­tivos exigen el examen más escrupuloso.[39] Pero no hay examen de determinantes objetivos (ni desde luego tampoco modelo teórico obtenido de él) que pueda ofrecer una clase o conciencia de clase en una ecuación simple. Las clases acaecen al vivir los hombres y las mujeres sus relaciones de producción y al experimentar sus situaciones determi­nantes, dentro «del conjunto de relaciones sociales», con una cultura y unas expectativas heredadas, y al modelar estas experiencias en formas culturales. De modo que, al final, ningún modelo puede pro­porcionarnos lo que debe ser la «verdadera» formación de clase en una determinada «etapa» del proceso. Ninguna formación de clase propiamente dicha de la historia es más verdadera o más real que otra, y la clase se define a sí misma en su efectivo acontecer.

Las clases, en su acontecer dentro de las sociedades industriales capitalistas del siglo XIX, y al dejar su huella en la categoría heurís­tica de clase, no pueden de hecho reclamar universalidad. Las clases, en este sentido, no son más que casos especiales de las formaciones históricas que surgen de la lucha de clases.

V

Volvamos, pues, al caso especial del siglo XVIII. Debemos espe­rar encontrar lucha de clases, pero no tenemos por qué esperar encontrar el caso especial del siglo XIX. Las clases son formaciones históricas y no aparecen sólo en los modos prescritos como teórica­mente adecuados. El hecho de que en otros lugares y períodos poda­mos observar formaciones de clase «maduras» (es decir, conscientes e históricamente desarrolladas) con sus expresiones ideológicas e ins­titucionales, no significa que lo que se exprese de modo menos decisivo no sea clase.

En mi propia práctica he encontrado la reciprocidad gentry-multitud, el «equilibrio paternalista» en el cual ambas partes de la ecuación eran, hasta cierto punto, prisioneras de la contraria, más útil que las nociones de «sociedad de una sola clase» o de consenso. Lo que debe ocuparnos es la polarización de intereses antagónicos y su correspondiente dialéctica de la cultura. Existe una resistencia muy articulada a las ideas e instituciones dominantes de la sociedad en los siglos XVII y XIX: de ahí que los historiadores crean poder analizar estas sociedades en términos de conflicto social. En el si­glo XVIII la resistencia es menos articulada, aunque a menudo muy específica, directa y turbulenta. Por ello debemos suplir parcialmente esta articulación descifrando la evidencia del comportamiento y en parte dando la vuelta a los blandos conceptos de las autoridades diri­gentes para mirar su envés. Si no lo hacemos, corremos el peligro de convertirnos en prisioneros de los supuestos de la propia imagen de los gobernantes: los trabajadores libres se consideran de «tipo disoluto y levantisco», los motines espontáneos y «ciegos»; y ciertas clases importantes de protesta social se pierden en la categoría de «delito». Pero existen unos pocos fenómenos sociales que nos revelan un significado distinto al ser sometidos a este examen dialéctico. La exhibición ostentosa, las pelucas empolvadas y el vestido de los grandes deben también considerarse —como se quería que fueran considerados— desde abajo, entre el auditorio del teatro de hege­monía y control clasista. Incluso la «liberalidad» y la «caridad» de­ben verse como actos premeditados de apaciguamiento de dase en momentos de escasez y extorsión premeditada (bajo la amenaza de motín) por parte de la multitud: lo que es (desde arriba) un «acto de concesión», es (visto desde abajo) un «acto de cesión». Una categoría tan sencilla como la de «robo» puede resultar ser, en ciertas circuns­tancias, evidencia de los intentos prolongados, por parte de la comu­nidad agraria, de defender prácticas antiguas de derechos comunales, o de los jornaleros de defender los emolumentos estableados por la costumbre. Y siguiendo cada una de estas claves hasta su punto de intersección, se hace posible reconstruir una cultura popular esta­blecida por la costumbre, alimentada por experiencias muy distintas a las de la cultura educada, transmitida por tradiciones orales, reproducida por ejemplos (quizás al avanzar el siglo, cada vez más por medios literarios), expresada en símbolos y ritos, y muy distante de la cultura de los que tienen el dominio de Inglaterra.

Yo dudaría antes de describir esto como cultura de clase, en el sentido de que se puede hablar de una cultura obrera, en la que los niños se incorporan a la sociedad con un sistema de valores con patentes connotaciones de dase, como en el siglo XIX. Pero no puedo enten­der esta cultura, en su nivel experimental, en su resistencia a la homilía religiosa, en su picaresca mofa de las próvidas virtudes burguesas, en su fácil recurso al desorden y en sus actitudes irónicas hacia la ley, a menos que se utilice el concepto de antagonismos, adaptaciones y (en ocasiones) reconciliaciones dialécticas, de clase.

Al analizar las relaciones gentry-plebe, nos encontramos no tanto con una reñida e inflexible batalla entre antagonismos irreconcilia­bles, como con un «campo de fuerza» polarizado. Estoy pensando en un experimento escolar (que sin duda no he comprendido correcta­mente) en que una corriente eléctrica magnetizaba una placa cu­bierta de limaduras de hierro. Las limaduras, que estaban uniforme­mente distribuidas, se arremolinaban en un polo o en otro, mientras que entre medias las limaduras que permanecían en su lugar toma­ban el aspecto de alineaciones dirigidas hacia uno u otro polo opuesto. Así es prácticamente como veo yo la sociedad del siglo XVIII, con la multitud en un polo, la aristocracia y la gentry en otro, y en muchas cuestiones, y hasta finales del siglo, los grupos profesionales y comerciantes vinculados por líneas de dependencia magnética a los poderosos o, en ocasiones, escondiendo sus rostros en una acción común con la multitud. Esta metáfora permite entender no sólo la frecuencia de situaciones de amotinamiento (y su dirección), sino también gran parte de lo que era posible y los límites de lo posible más allá de los cuales no se atrevía a ir el poder. Se dice que la reina Carolina se aficionó tanto en una ocasión al St. James Park que preguntó a Walpole cuánto costaría cerrarlo para hacerlo pro­piedad privada. «Sólo una corona, Señora», fue la respuesta de Walpole[40].

Utilizo por tanto la terminología del conflicto de clases mientras que me resisto a atribuir identidad a una clase. No sé si esto puede parecer herejía a otros marxistas, ni me preocupa. Pero me parece que la metáfora de un campo de fuerza puede coexistir fructífera­mente con el comentario de Marx en los Grundrisse de que:

En toda forma de sociedad es una determinada producción y sus relaciones las que asignan a las demás producciones y sus relaciones rango e influencia. Es una iluminación general en la que se mezclan los restantes colores y que modifica sus tonalidades específicas. Es un éter especial que define la gravedad específica de todo lo que existe en él.[41]

Lo que Marx describe con metáforas de «rango e influencia», «iluminación general» y «tonalidades» se presentaría hoy en un lenguaje estructuralista más sistemático: términos en ocasiones tan duros y de apariencia tan objetiva (como el «represivo» y los «apara­tos ideológicos de Estado» de Althusser) que esconden el hecho de que siguen siendo metáforas dispuestas a congelar un proceso social fluido. Yo prefiero la metáfora de Marx; y la prefiero, en diversos aspectos, a sus metáforas subsecuentes de «base» y «superestructura». Pero lo que yo sostengo en este trabajo es (en la misma medida que lo es el de Marx) un argumento estructuralista. Me he visto forzado a constatarlo al considerar la fuerza de las diversas objeciones al mismo. Pues todo rasgo de la sociedad del siglo XVIII que ha sido considerado, puede encontrarse de forma más o menos desarrollada en otros siglos. Hubo jornaleros libres y motines de subsistencias en los siglos XVI, XVII y XIX, hubo indiferentismo religioso y una auténtica cultura folklórica plebeya en los mismos siglos; hubo activa renovación de rituales paternalistas —especialmente en cantos de siega, cenas de arrendatarios, obras de caridad— en el campo del siglo XIX. Y así sucesivamente. ¿Qué es, pues, lo específico del si­glo XVIII? ¿Cuál es la «iluminación general» que modifica las «tona­lidades específicas» de su vida social y cultural?

Para responder a estas preguntas debemos reformular el anterior análisis en términos más estructurales. El error más corriente hoy día es el de incluir en la definición de la cultura popular del si­glo XVIII unas antítesis (industrial/preindustrial; moderno/tradicional; clase obrera «madura»/«primitiva») inapropiadas, porque suponen traer a una sociedad previa unas categorías para las cuales esa so­ciedad no poseía recursos y esa cultura no poseía términos. Si desea­mos efectuar una definición antitéticamente, las antítesis relevantes que se pueden aplicar a la cultura plebeya del siglo XVIII son dos: 1) la dialéctica entre lo que es y no es cultura —las experiencias formativas del ser social, y cómo eran éstas modeladas en formas culturales, y 2) las polaridades dialécticas —antagonismos y recon­ciliaciones— entre las culturas refinada y plebeya de la época. Es por esto por lo que he hecho tan largo rodeo para llegar al verdadero tema de este trabajo.

Por descontado esta cultura exhibe ciertas características común­mente atribuidas a la cultura «tradicional». Especialmente en la so­ciedad rural, pero también en zonas fabriles y mineras densamente pobladas (las ciudades textiles del oeste de Inglaterra, los mineros de estaño de Cornualles, el Black Country), existe un fuerte peso de expectativas y definiciones consuetudinarias. El aprendizaje como iniciación en las destrezas adultas no está limitado a su expresión industrial reglamentada. La niña hace su aprendizaje de ama de casa, primero con su madre (o abuela), después como criada doméstica; como madre joven, en los misterios de la crianza de los niños, es aprendiz de las matronas de la comunidad. Ocurre lo mismo en los oficios carentes de un aprendizaje regulado. Y con la introducción en estas especiales destrezas viene la introducción en la experiencia so­cial o acervo común de la comunidad: cada generación establece una relación de aprendizaje con sus mayores. Aunque cambia la vida social, aunque hay gran movilidad, el cambio no ha alcanzado aún ese punto en que se asume que los horizontes de las generaciones sucesivas serán diferentes[42]; ni tampoco se ha introducido aún significativa­mente esa máquina de aceleramiento (o extrañamiento) cultural que viene a ser la educación formal en la transmisión generacional.

Pero las prácticas y normas se reproducen de generación en gene­ración en el ambiente lentamente diferenciado de la «costumbre». De ello que las gentes tiendan a legitimar la práctica (o la protesta) en términos de uso consuetudinario o de emolumento o derecho prescriptivo. (El hecho de que —desde puntos de partida algo dis­tintos— este tipo de argumento tienda también a controlar la alta cultura política, actúa también como refuerzo de esta disposición plebeya). Las tradiciones se perpetúan en gran medida por transmi­sión oral, con su repertorio de anécdotas y ejemplos narrativos; donde una progresiva alfabetización suple a la tradición oral, las produc­ciones impresas de más amplia circulación (libritos de romances, al­manaques, pliegos, «últimos discursos ante la muerte», y relatos anec­dóticos de crímenes) tienden a someterse a las expectativas de la cultura oral más que a desafiarla con alternativas. En cualquier caso, en muchos puntos de Gran Bretaña —y especialmente en aquellas regiones donde la dialéctica es más fuerte—, una educación básica elemental coexiste, a lo largo del siglo XIX, con el lenguaje —y quizá la sensibilidad— de lo que empieza a ser «la vieja cultura».

En el siglo XVIII, esta cultura no es ni vieja ni insegura. Trans­mite vigorosamente —y quizás incluso genera— formas de compor­tamiento ritualizadas y estilizadas, bien como recreación o en forma de protesta. Es incluso posible que la movilidad geográfica, junto con la disminución del analfabetismo, extiendan de hecho su alcance y esparzan estas formas más ampliamente: la «fijación de precios», como acción central del motín de subsistencias, se extiende a lo largo de la mayor parte del país; el divorcio ritual conocido como «venta de esposa» parece haber esparcido su incidencia en todo el país desde algún desconocido punto de origen. La evidencia de la cencerrada indica que en las comunidades más tradicionales —y éstas no eran siempre, de ningún modo, aquellas que poseían un perfil rural o agra­rio— operaban fuerzas muy poderosas, autoimpulsadas, de regulación social y moral. Esta evidencia puede demostrar que, aunque los comportamientos dudosos se toleraban hasta cierto punto, más allá del mismo la comunidad intentaba imponer sus propias expectativas, heredadas en cuanto a los papeles maritales aceptables y la conducta sexual, sobre los transgresores. Incluso en este caso, sin embargo, tenemos que proceder con cuidado: esto no es solamente «una cultura tradicional». Las normas que así se defienden no son idénticas a las proclamadas por la Iglesia o las autoridades; son definidas en el interior de la cultura plebeya misma, y las mismas formas rituales que se emplean contra un conocido delincuente sexual pueden em­plearse contra un esquirol, o contra el señor y sus guardas de la caza, el recaudador, el juez de paz. Es más, las formas no son simplemente herederas de expectativas y reproductoras de normas: puede que las farsas populares del siglo XVII y principios del XVIII estén dirigidas contra la mujer que peca contra las prescripciones patriar­cales de los roles conyugales, pero la cencerrada del siglo XIX está generalmente dirigida contra los que pegan a sus mujeres o (me­nos frecuentemente) contra hombres casados conocidos por seducir y dejar embarazadas a muchachas jóvenes.[43]

Es esta, pues, una cultura conservadora en sus formas; éstas apelan a la costumbre e intentan fortalecer los usos tradicionales. Las formas son también, en ocasiones, irracionales: no apelan a la «razón» mediante folletos, sermones o discursos espontáneos; im­ponen las sanciones de la fuerza, el ridículo, la vergüenza y la intimi­dación. Pero el contenido de esta cultura no puede ser descrito como conservador con tanta facilidad. Pues, en su «ser social» efectivo, el trabajo se está «liberando», década tras década, cada vez más, de los controles tradicionales señoriales, parroquiales, corporativos y paternales, y se está distanciando cada vez más de relaciones direc­tas de clientelismo con la gentry. De ahí que nos encontremos con la paradoja de una cultura tradicional que no está sujeta en sus operaciones cotidianas al dominio ideológico de los poderosos. La hegemonía de la gentry puede definir los límites del «campo de fuerza» dentro de los cuales la cultura plebeya goza de libertad para actuar y crecer, pero, dado que esta hegemonía es más secular que religiosa o mágica, no es mucho lo que puede hacer para determinar el carácter de esta cultura plebeya. Los instrumentos de control y las imá­genes hegemónicas son los del Derecho y no los de la Iglesia y el poder monárquico. Pero el Derecho no promueve pías cofradías de monjas en las ciudades, ni obtiene confesiones de los delincuentes, los que stán sujetos al Derecho no rezan el rosario ni se unen a peregrinaciones de fieles; en lugar de ello, leen pliegos en las tabernas y asisten a ejecuciones públicas y al menos algunas de las víctimas del derecho son consideradas, no con horror, sino con ambigua admiración. El derecho puede establecer los lími­tes del comportamiento tolerado por los gobernantes; pero, en el siglo XVIII, no entra en las cabañas, no se le mencionada en las oraciones del ama de casa, no decora las chimeneas con iconos ni conforma una visión de la vida.

De ahí una paradoja característica del siglo: nos encontramos con una cultura tradicional y rebelde. La cultura conservadora de la plebe se resiste muchas veces, en nombre de la «costumbre», a aque­llas innovaciones y racionalizaciones económicas (como el cercamien­to, la disciplina de trabajo, las relaciones libres en el mercado de cereales) que los gobernantes o los patronos deseaban imponer. La innova­ción es más evidente en la cúspide de la sociedad que más abajo, pero, puesto que esta innovación no es un proceso técnico-sociológico sin normas y neutro, la plebe lo experimenta en la mayoría de las oca­siones en forma de explotación, o expropiación de derechos de apro­vechamiento tradicionales, o disrupción violenta de modelos valo­rados de trabajo y descanso. De ahí que la cultura plebeya sea rebelde, pero rebelde en defensa de la costumbre. Las costumbres que se defienden pertenecen al pueblo, y algunas de ellas se funda­mentan de hecho en una reivindicación bastante reciente en la prác­tica. Pero cuando el pueblo busca una legitimación de la protesta, recurre a menudo a las regulaciones paternalistas de una sociedad más autoritaria y selecciona entre ellas aquellas partes mejor pensadas para defender sus intereses del momento; los participantes en moti­nes de subsistencias apelan al Book of Orders (Libro de Órdenes) y a la legislación contra acaparadores, etc., los artesanos apelan a cier­tas partes (por ejemplo, la regulación del aprendizaje) del código Tudor regulatorio del trabajo.[44]

Esta cultura tiene otros rasgos «tradicionales», por supuesto. Uno de ellos, que me interesa particularmente, es la prioridad que se otorga, en ciertas regiones, a la sanción, intercambio o motivación «no-económica» frente a la directamente monetaria. Una y otra vez, al exa­minar formas de comportamiento del siglo XVIII, nos encontramos con la necesidad de «descifrar»[45] este comportamiento y descubrir las reglas invisibles de acción, diferentes a las que el historiador de «movimientos obreros» espera encontrar.

En este sentido, compartimos algunas de las preocupaciones del historiador de los siglos XVI y XVII en cuanto a una orientación «an­tropológica»: así por ejemplo, al tratar de descifrar la cencerrada, o la venta de esposa, o al estudiar el simbolismo de la protesta. En otro sentido, el problema es diferente y quizá más complejo, pues la lógica capitalista y el comportamiento tradicional «no-económico» se en­cuentran en conflicto activo y consciente, como en la resistencia a nuevos modelos de consumo («necesidades»), o en la resistencia a una disciplina del tiempo y la innovación técnica, o a la racionaliza­ción del trabajo que amenaza con la destrucción de prácticas tradi­cionales y, en ocasiones, la organización familiar de relaciones y roles de producción. De aquí que podamos entender la historia social del siglo XVIII como una serie de confrontaciones entre una innovadora economía de mercado y la economía moral tradicional de la plebe.

Pero si desciframos el comportamiento, ¿acaso tenemos que ir más allá e intentar reconstruir con estos fragmentos la clave un sistema cognoscitivo popular con su propia coherencia ontológica y estructura simbólica? Los historiadores de la cultura popular de los siglos XVII y XVIII pueden enfrentarse a problemas algo diferentes a este respecto. La cuestión se ha planteado en un reciente intercambio entre Hildred Geertz y Keith Thomas[46] y, a pesar de que yo me asociaría firmemente a Thomas en esta polémica, no podría responder, desde la perspectiva del siglo XVIII, en los mismos términos exactamente. Cuando Geertz espera que un sistema coherente subraye el simbolismo de la cultura popular, yo tengo que estar de acuerdo con Thomas en que «la inmensa posibilidad de variaciones cronológicas, sociales y regionales, que presenta una so­ciedad tan diversa como la de la Inglaterra del siglo XVII» —e in­cluso más la del siglo XVIII—, impide estas expectativas. (En todo momento, en este trabajo, al referirme a la cultura plebeya he sido muy consciente de sus variaciones y excepciones). Debo unirme a Tho­mas aún más fuertemente en su objeción a «la distinción simple que hace Geertz entre alfabetizados y analfabetos»; cualquier distinción de este tipo es nebulosa en todo momento del siglo: los analfabetos escuchan las producciones leídas en voz alta en las tabernas, y aceptan de la cultura educada ciertas categorías, mien­tras que algunos de los que saben leer y escribir utilizan sus muy limitadas destrezas literarias sólo de forma instrumental (para escri­bir facturas o llevar las cuentas), mientras que su «sabiduría» y sus costumbres se transmiten aun en el marco de una cultura pre-alfabetizada y oral. Durante unos setenta años, los coleccionistas y especialistas en canción folklórica han disputado enconadamente en­tre sí, sobre la pureza, autenticidad, origen regional y medios de dis­persión de su material, y sobre la mutua interacción entre las cultu­ras musicales refinada, comercial y plebeya. Cualquier intento de segregar la cultura educada de la analfabeta encontrará incluso ma­yores obstáculos.

En lo que Thomas y yo podemos disentir es en nuestros cálculos con respecto al grado en que las formas, rituales, simbolismo y su­persticiones populares permanecen como «restos no integrados de modelos de pensamiento más antiguos», los cuales, incluso tomados en conjunto, constituyen «no un solo código, sino una amalgama de despojos culturales de muchos distintos modos de pensamiento, cris­tiano y pagano, teutónico y clásico; y sería absurdo pretender que todos estos elementos hayan sido barajados de modo que formen un sistema nuevo y coherente».[47] Yo he hecho ya una crítica de las referencias de Thomas a la «ignorancia popular», a la cual ha res­pondido brevemente Thomas;[48] y sin duda puede hablarse de ello más detenidamente en el futuro. Pero, ¿será quizás el siglo, o los campos de fuerza relevantes de los distintos siglos, así como el tipo de evidencia que cada uno de ellos hace prominente, lo que marque la diferencia? Si lo que estudiamos es la «magia», la astrología o los sabios, ello puede apoyar las conclusiones de Thomas; si lo que observamos son las procesiones bufas populares, los ritos de iniciación o las formas características de motín y protesta del si­glo XVIII, apoyaría las mías.

Los datos del siglo XVIII, en mi opinión,  señalan hacia un universo mental bastante más coherente, en el que el símbolo informa la práctica. Pero la coherencia (y no me extrañaría si en este momento algún antropólogo tirara este trabajo disgustado) surge no tanto de una estructura inherente cognoscitiva como de un campo de fuerza deter­minado y una oposición sociológica, peculiares a la sociedad del siglo XVIII; para hablar claro, los elementos desunidos y fragmen­tados de formas más antiguas de pensamiento quedan integrados por la clase. En algunos casos esto no tiene significado político y social alguno, más allá de la antítesis elemental de las definiciones dentro de culturas antitéticas: el escepticismo en relación a las homilías del párroco, la mezcla de materialismo efectivo y vestigios de supersti­ciones de los pobres, se conservan con especial confianza porque estas actitudes están amparadas por el ámbito de una cultura más amplia y más robusta. Esta confianza nos sorprende una y otra vez: «Dios bendiga a sus señorías», exclamó un habitante del West Country ante un reverendo coleccionista de folklore bien entrado el siglo XIX, al ser interrogado sobre la venta de esposas, «que puede preguntar a quien quiera si no es eso un matrimonio bueno, sólido y cristiano y les dirán que lo es».[49] «Dios bendiga a sus señorías» entraña un sentido de condescendencia desdeñosa; «quien quiera» sabe lo que es cierto —excepto, por supuesto, el párroco y el señor y sus bien educados hijos—; cualquiera sabe mejor que el mismo párroco lo que es… ¡«cristiano»! En otras ocasiones, la asimilación de antiguos fragmentos a la conciencia popular o incluso al arsenal de la pro­testa popular es muy explícita: de la quema de brujas y herejes toma la plebe el simbolismo de quemar a sus enemigos en efigie; las «viejas profecías», como las de Merlín, llegan a formar parte del repertorio de la protesta londinense, apareciendo en forma de folleto durante las agitaciones que rodearon el cercamiento de Richmond Park, en pliegos y sátiras en época de Wilkes.

Es en la clase misma, en cierto sentido un conjunto nuevo de categorías, más que en modelos más antiguos de pensamiento, donde encontramos la organización formativa y cognoscitiva de la cultura plebeya. Quizás, en realidad, era necesario que la clase fuera posible en el conocimiento antes de que pudiera encontrar su expresión ins­titucional. Las clases, por supuesto, estaban también muy presentes en el sistema cognoscitivo de los gobernantes de la sociedad, e infor­maban sus instituciones y sus rituales de orden, pero esto sólo viene a destacar que la gentry y la plebe tenían visiones alternativas de la vida y de la escala de sus satisfacciones. Ello nos plantea pro­blemas de evidencia excepcionales. Todo lo que nos ha sido trans­mitido mediante la cultura educada tiene que ser sometido a un minucioso escrutinio. Lo que el distante clérigo paternalista considera «ignorancia popular» no puede aceptarse como tal sin una investiga­ción escrupulosa. Para tomar el caso de los desórdenes destinados a tomar posesión de los cuerpos de los ahorcados en Tyburn, que Peter Linebaugh ha (creo) descifrado en Albion’s Fatal Tree: era sin duda un gesto de «ignorancia» por parte del amotinado el arriesgar su vida para que su compañero de taller o rancho no cumpliera la muy racional y utilitaria función de convertirse en espécimen de disec­ción en la sala del cirujano. Pero no podemos presentar al amotinado como figura arcaica, motivada por los «despojos» de los antiguos modelos de pensamiento, y despachar luego la cuestión con una refe­rencia a las supersticiones de muerte y les rois thaumaturges. Linebaugh nos demuestra que el amotinado estaba motivado por su soli­daridad con la víctima, respeto por los parientes de la misma, y nociones acerca del respeto debido a la integridad del cadáver y al rito de enterramiento que forman parte de unas creencias sobre la muerte ampliamente extendidas en la sociedad. Estas creencias sobreviven con vigor hasta muy avanzado el siglo XIX, como evidencia la fuerza de los motines (y prácticamente histerias) en varias ciudades contra los ladrones de cadáveres y su venta.[50] La clave que informa estos desórdenes, en Tyburn en 1731 o Manchester en 1832, no puede entenderse simplemente en términos de creencias sobre la muerte y sobre la forma debida de tratarla. Supone también solidaridades de clase y la hostilidad de la plebe por la crueldad psíquica de la jus­ticia y la comercialización de valores primarios. Y no se trata sólo, en el siglo XVIII, de que se vea amenazado un tabú: en el caso de la disección de cadáveres o el colgar los cadáveres con cadenas, una clase estaba deliberadamente, y como acto de terror, rompiendo o explotando los tabúes de otra.

Es, pues, dentro del campo de fuerza de la clase donde reviven y se reintegran los restos fragmentados de viejos modelos. En un sentido, la cultura plebeya es la propia del pueblo: es una defensa contra las intromisiones de la gentry o el clero; consolida aquellas costumbres que sirven sus propios intereses; las tabernas son suyas, suyas las ferias, la cencerrada forma parte de sus propios me­dios de autorregulación. No es una cultura «tradicional» cualquiera sino una muy especial. No es, por ejemplo, fatalista, ofrece consuelo y defensas para el curso de una vida que está totalmente determi­nada y restringida. Es, más bien, picaresca, no sólo en el evidente sentido de que hay más gente que se mueve, que se va al mar, o son llevados a las guerras y experimentan los azares y aventuras de los caminos. En ambientes más estables —en las zonas en desarrollo de manufactura y trabajo libre—, la vida misma se desenvuelve a lo largo de caminos cuyos avatares y accidentes no se pueden prescribir o evitar mediante la previsión: las fluctuaciones en la incidencia de mortalidad, precios, empleo, se viven como accidentes externos más allá de todo control; la alta tasa de mortalidad infantil hace absurda la previsión en la planificación familiar; en general, el pueblo tiene pocas notaciones predictivas del tiempo; no proyectan «carreras», ni ven sus vidas con un aspecto determinado ante ellos, ni reservan para uso futuro semanas enteras de altas ganancias en ahorros, ni planean la compra de casas, ni piensan en unas «vacaciones» una sola vez en su vida. (Un joven, sabiendo esto por medio de su cultura, podía salir, una vez en su vida, a los caminos «para ver mundo»). De ello que la experiencia o la oportunidad se aprovecha cuando surge la ocasión, con pocas consideraciones sobre las consecuencias, exactamente como impone la multitud su poder en momentos de acción directa insur­gente, a sabiendas de que su triunfo no durará más de una semana o un día.

Pues la cultura plebeya está, finalmente, restringida a los pará­metros de la hegemonía de la gentry, la plebe es siempre consciente de esta restricción, consciente de la reciprocidad de las relaciones gentry-plebe[51], vigilante para aprovechar los momentos en que pueda ejercer su propia ventaja. La plebe también adopta para su propio uso parte de la retórica de la gentry. Pues, otra vez, este es el siglo en que avanza el trabajo «libre». La costumbre que era «buena» y «vieja» había a menudo adquirido valor recientemente. Y el rasgo distintivo del sistema fabril era que, en muchos tipos de empleo, los trabajadores (incluyendo pequeños patronos junto con jornaleros y sus familias) todavía controlaban en cierta medida sus propias rela­ciones inmediatas y sus modos de trabajo, mientras que tenían muy poco control sobre el mercado de sus productos o los precios de materias primas o alimentos. Esto explica parcialmente la estructura de las relaciones industriales y la protesta, así como los instrumentos de la cultura y de su cohesión e independencia de control.[52] Explica también en gran medida la conciencia del «inglés nacido libre», que sentía como propia cierta porción de la retórica constitucionalista de sus gobernantes, y defendía con tenacidad sus derechos ante la ley y sus derechos a protestar de manera turbulenta contra militares, patrulla de reclutamiento o policía, junto con su derecho al pan blanco y la cerveza barata. La plebe sabía que una clase dirigente cuyas pretensiones de legitimidad descansaban sobre prescripciones y leyes tenía poca autoridad para desestimar sus propias costumbres y leyes.

La reciprocidad de estas relaciones subraya la importancia de la expresión simbólica de hegemonía y protesta en el siglo XVIII. Es por ello que, en mi trabajo previo, dediqué tanta atención a la noción de teatro. Desde luego cada sociedad tienen su propio estilo de teatro; gran parte de la vida política de nuestras propias socieda­des puede entenderse sólo como una contienda por la autoridad sim­bólica[53]. Pero lo que estoy diciendo no es solamente que las con­tiendas simbólicas del siglo XVIII eran peculiares de este siglo y exigen mayor estudio. Yo creo que el simbolismo, en este siglo, tenía una especial importancia debido a la debilidad de otros órganos de control: la autoridad de la Iglesia está en retirada y no ha llegado aún la autoridad de las escuelas y de los medios masivos de comu­nicación. La gentry tenía tres principales recursos de control: un sistema de influencias y promociones que difícilmente podía incluir a los desfavorecidos pobres; la majestad y el terror de la justicia, y el simbolismo de su hegemonía. Éste era, en ocasiones, un delicado equilibrio social en el que los gobernantes se veían forzados a hacer concesiones. De ello que la rivalidad por la autoridad simbólica pueda considerarse, no como una forma de representar ulteriores contiendas «reales», sino como una verdadera contienda en sí misma. La protesta plebeya, a veces, no tenía más objetivo que desafiar la seguridad hegemónica de la gentry, extirpar del poder sus mixtifica­ciones simbólicas, o incluso sólo blasfemar. Era una lucha de «apa­riencias», pero el resultado de la misma podía tener consecuencias materiales: en el modo en que se aplicaban las Leyes de Pobres, en las medidas que la gentry creía necesarias en épocas de precios altos, en que se aprisionara o se dejara en libertad a Wilkes.

Al menos debemos retornar al siglo XVIII prestando tanta aten­ción a la contienda simbólica de las calles como a los votos de la Cámara de los Comunes. Estas contiendas aparecen en todo tipo de formas y lugares inesperados. Algunas veces consistía en el uso jocoso de un simbolismo jacobita o antihannoveriano, un retorcer la cola de la gentry. El Dr. Stratford escribió desde Berkshire en 1718:

Los rústicos de esta región son muy retozones y muy insolentes. Algunos honrados jueces se reunieron para asistir al día de Coro­nación en Wattleton, y hacia el atardecer cuando sus mercedes estuvieran tranquilos querían hacer una fogata campestre. Sabién­dolo algunos patanes tomaron un enorme nabo y le metieron tres velas colocándolo sobre la casa de Chetwynd… Fueron a decir a sus mercedes que para honrar la Coronación del Rey Jorge había aparecido una estrella fulgurante sobre el hogar del Sr. Chetwynd. Sus mercedes tuvieron el buen conocimiento de montar a caballo e ir a ver esta maravilla, y se encontraron, para su considerable decepción, que su estrella habíase quedado en nabo[54].

El nabo era, por supuesto, el emblema particular de Jorge I elegido por la multitud jacobita cuando estaban de buen humor; cuando esta­ban de mal humor era el rey cornudo, y se empleaban los cuernos en lugar del nabo. Pero otras confrontaciones simbólicas de estos años podían llegar a ser verdaderamente muy hirientes. En una aldea de Somerset, en 1724 tuvo lugar una oscura confrontación (una entre va­rias del mismo tipo) por la erección de una «Árbol de Mayo»[55]. Un terrateniente y magistrado de la localidad parece haber derribado «el viejo Árbol de Mayo», recién adornado con flores y guirnaldas, y haber enviado después a dos hombres al correccional por cortar un olmo para erigir un nuevo árbol. Como respuesta se cortaron en su jardín manzanos y cerezos, se mató a un buey y se envenenaron perros. Al ser soltados los prisioneros, se reerigió el árbol y se celebró el «Día de Mayo» con baladas sediciosas y libelos burlescos contra el magistrado. Entre los que adornaban la vara había dos trabaja­dores, un maltero, un carpintero, un herrero, un tejedor de lino, un carnicero, un molinero, un posadero, un mozo de cuadra y dos ca­balleros[56].

Hacia mediados de siglo, el simbolismo jacobita decae y el ocasional transgresor distinguido (quizás introduciendo sus propios intereses bajo la capa de la multitud) desaparece con él.[57] El simbo­lismo de la protesta popular después de 1760 es a veces un desafío a la autoridad de forma muy directa. Y no se empleaba el simbolis­mo sin cálculo ni sin una cuidadosa premeditación. En la gran huelga de marineros del Támesis de 1768, en que unos cuantos miles marcha­ron al Parlamento, la afortunada supervivencia de un documento nos permite observar este hecho en acción.[58] En el momento álgido de la huelga (7 de mayo 1768), en que los marineros no recibían satis­facción alguna, algunos de sus dirigentes acudieron a una taberna del muelle y pidieron al tabernero que les escribiera una proclama con buena letra y forma apropiada que tenían la intención de colo­car en todos los muelles y escaleras del río. El tabernero leyó el papel y encontró «muchas Expresiones de Traición e Insubordina­ción» y al píe «Ni W…, ni R…» (esto es, «Ni Wilkes, ni Rey»). El tabernero (por propio acuerdo) reconvino con ellos:

Tabernero: Ruego a los Caballeros que no hablen de coacción o sean culpables de la menor Irregularidad.

Marineros: ¿Qué significa esto, Señor?, si no nos desagravian rápidamente hay Barcos y Grandes Cañones disponibles que utilizaremos como lo pida la ocasión para desagraviarnos y además estamos dispuestos a desarbolar todos los barcos del Río y luego le diremos adiós a usted y a la vieja Inglaterra y navegaremos hacia otro país…

Los marineros estaban sencillamente jugando el mismo juego que la legislación con sus repetidos decretos sobre delitos capitales y sus anulaciones legislativas; ambas partes de esta relación tendían a ame­nazar más que a realizar. Decepcionados por el tabernero, le llevaron su escrito a un maestro de escuela que efectuaba esta especie de tarea clerical. Nuevamente el punto de vacilación fue la terminación de la proclama: a la derecha «Marineros», a la izquierda «Ni W…, ni R…». El maestro tenía el suficiente aprecio a su cuello para no ser autor de tal escrito. Siguió entonces este diálogo, por propio acuerdo, aunque parece una conversación improbable para las esca­leras de Shadwell:

Marineros: No eres Amigo de los Marineros.

Maestro: Señores, soy tan Amigo Suyo que de ningún modo quiero ser el Instrumento para causarles la mayor Injuria cuando se les Proclame Traidores a nuestro Temido Soberano Señor el Rey y provocadores de Rebeldía y Sedición entre sus compa­ñeros, y esto es lo que yo creo humildemente ser el Contenido de Su Escrito…

Marineros: La Mayoría de nosotros hemos arriesgado la vida en defensa de la Persona, la Corona y Dignidad de Su Majestad y por nuestro país hemos atacado al enemigo en todo momento con coraje y Resolución y hemos sido Victoriosos. Pero, desde el final de la Guerra, se nos ha despreciado a nosotros los Marineros y se han reducido nuestros Salarios tanto y siendo tan Caras las Provisiones se nos ha incapacitado para procurar las necesidades corrientes de la Vida a nosotros y nuestras Fa­milias, y para hablarle claro si no nos Desagravian rápida­mente hay suficientes Barcos y Cañones en Deptford y Woolwich y armaremos una Polvareda en la Laguna como nunca vieron los Londinenses así que cuando hayamos dado a los Comerciantes un coup de grease [sic] navegaremos hasta Fran­cia donde estamos seguros de encontrar una cálida acogida.

Una vez más los marineros fueron decepcionados; y con las pala­bras, «¿crees que un Cuerpo de marineros Británicos va a recibir órdenes de un Maestro de Escuela viejo y Retrógrado?», se despiden. En algún lugar lograron un escribano, pero incluso éste rehusó la totalidad del encargo. A la mañana siguiente apareció efectivamente la proclama en las escaleras del río, firmada a la derecha «Marine­ros» y a la izquierda… «¡Libertad y Wilkes por siempre!».

El punto central de esta anécdota es que, en el clímax mismo de la huelga marinera, los dirigentes del movimiento pasaron varias horas de la taberna al maestro y de éste a un escribano, en busca de un escribiente dispuesto a estampar la mayor afrenta a la autoridad que pudiera imaginarse: «Ni Rey». Es posible que los marineros no fueran republicanos en ningún sentido reflexivo; pero era este el mayor «Cañón» simbólico que podían disparar y, si hubiera sido disparado con el aparente apoyo de unos cuantos miles de hombres de mar británicos, habría sido sin duda un gran cañonazo.[59]

La contienda simbólica adquiere su sentido sólo dentro de un equilibrio determinado de relaciones sociales. La cultura plebeya no puede ser analizada aisladamente de este equilibrio; sus definiciones son, en algunos aspectos, antagónicas a las definiciones de la cultura educada. Lo que yo he intentado demostrar, quizá repetitivamente, es que es posible que cada uno de los elementos de esta sociedad, tomados por separado, tengan sus precedentes y sus sucesores, pero que, al tomarlos en su conjunto, forman una totalidad que es más que la simple suma de partes: es un conjunto de relaciones estruc­turado, en el que el Estado, la ley, la ideología antiautoritaria, las agi­taciones y acciones directas de la multitud, cumplen papeles intrínse­cos al sistema, y dentro de ciertos límites asignados por este sistema, límites que son simultáneamente los límites de lo que es política­mente «posible» y, hasta un grado extraordinario, también los lími­tes de lo que es intelectualmente y culturalmente «posible». La mul­titud, incluso cuando es más avanzada, sólo raramente puede trascender la retórica antiautoritaria de la tradición radical whig; los poetas no pueden trascender la sensibilidad del humano y generoso paterna­lista.[60] La furiosa carta anónima que surge de las más bajas profun­didades de la sociedad maldice contra la hegemonía de la gentry, pero no ofrece una estrategia para reemplazarla.

En cierto sentido es esta una conclusión bastante conservadora, pues estoy sancionando la imagen retórica que de sí misma tenía la sociedad del siglo XVIII, a saber, que el Acuerdo de 1688 definió su forma y sus relaciones características. Dado que el Acuerdo estableció la forma de gobierno de una burguesía agraria[61], parece que era tanto la forma del poder estatal como el modo y las relaciones de produc­ción los que determinaron las expresiones políticas y culturales de los cien años siguientes. Ciertamente el Estado, débil como era en sus funciones burocráticas y racionalizadoras, era inmensamente fuerte y efectivo como instrumento auxiliar de producción por derecho pro­pio: al abrir las sendas del imperialismo comercial, al imponer el cerramiento de los campos, al facilitar la acumulación y movimiento de capital, tanto mediante sus funciones bancarias y de emisión de tí­tulos como, más abiertamente, mediante las extracciones parasitarias a sus propios funcionarios. Es esta combinación específica de debili­dad y fuerza lo que proporciona la «iluminación general» en la que se mezclan todos los colores de la época; ésta la que asignaba a jueces y magistrados sus papeles; la que hacía necesario el teatro de hegemonía cultural y la que escribía para el mismo el guion paterna­lista y antiautoritario; ésta la que otorgaba a la multitud su oportuni­dad de protesta y presión; la que establecía las condiciones de nego­ciación entre autoridad y plebe y la que ponía los límites más allá de los cuales no podía aventurarse la negociación.

Finalmente, ¿con qué alcance y en qué sentido utilizo el concepto de «hegemonía cultural»? Puede responderse a esto en los niveles práctico y teórico. En el práctico es evidente que la hegemonía de la gentry sobre la vida política de la nación se impuso de modo efec­tivo hasta los años 1790[62]. Ni la blasfemia ni los episodios esporá­dicos de incendios premeditados ponen esto en duda; pues éstos no quieren desplazar el dominio de la gentry sino simplemente castigarla. Los límites de lo que era políticamente posible (hasta la Revolución Francesa) se expresaban externamente en forma constitucional e, in­ternamente, en el espíritu de los hombres, como tabúes, expectativas limitadas y una tendencia a formas tradicionales de protesta, destina­das a menudo a recordar a la gentry sus deberes paternalistas.

Pero también es necesario decir lo que no supone la hegemonía. No supone la admisión por parte de los pobres del paternalismo en los propios términos de la gentry o en la imagen ratificada que ésta tenía de sí misma. Es posible que los pobres estuvieran dispuestos a premiar con su deferencia a la gentry, pero sólo a un cierto precio. El precio era sustancial. Y la deferencia estaba a menudo privada de toda ilusión: desde abajo podía ser considerada en parte como algo necesario para la autoconservación, en parte como una extracción calculada de todo lo que pudiera extraerse. Visto desde esta perspectiva, los pobres impusieron a los ricos ciertos deberes y funciones paternalistas tanto como se les imponía a ellos la deferencia. Ambas partes de la ecua­ción estaban restringidas a un mismo campo de fuerza.

En segundo lugar, debemos recordar otra vez la inmensa distan­cia que había entre las culturas refinada y plebeya; y la energía de la auténtica dinámica interna de esta última. Sea lo que fuere esta hegemonía, no envolvía las vidas de los pobres y no les impedía defender sus propios modos de trabajo y descanso, formar sus pro­pios ritos, sus propias satisfacciones y visión de la vida. De modo que con ello quedamos prevenidos contra el intento de forzar la noción de hegemonía sobre una extensión excesiva y sobre zonas indebidas.[63] Esta hegemonía pudo haber definido los límites externos de lo que era políticamente y socialmente practicable y, por ello, influir sobre las formas de lo practicado: ofrecía el armazón desnudo de una estructura de relaciones de dominio y subordinación, pero dentro del trazado arquitectónico podían montarse muchas distintas escenas y desarrollarse dramas diversos.

Con el tiempo, una cultura plebeya tan robusta como ésta pudo haber alimentado expectativas alternativas, que constituyeran un desafío a esta hegemonía. No es así como yo entiendo lo sucedido, pues cuando se produjo la ruptura ideológica con el paternalismo, en los años 1790, se produjo en primer lugar menos desde la cultura plebeya que desde la intelectual de las clases medias disidentes y desde allí fue extendida al artesanado urbano.[64] Pero las ideas painitas, transportadas por los artesanos a una cultura plebeya más ex­tensa, desarrollaron en ella raíces instantáneamente, y quizá la pro­tección que les proporcionó esta robusta e independiente cultura les permitiera florecer y propagarse, hasta que se produjeron las grandes y nada deferentes agitaciones populares al término de las guerras francesas.

Digo esto teóricamente. El concepto de hegemonía es inmensa­mente valioso, y sin él no sabríamos entender la estructuración de relaciones del siglo XVIII. Pero aunque esta hegemonía cultural pudo definir los límites de lo posible, e inhibir el desarrollo de hori­zontes y expectativas alternativos, este proceso no tiene nada de determinado o automático. Una hegemonía tal sólo puede ser mante­nida por los gobernantes mediante un constante y diestro ejercicio, de teatro y concesión. En segundo lugar, la hegemonía, incluso cuan­do se impone con fortuna, no impone una visión de la vida totali­zadora; más bien impone orejeras que impiden la visión en ciertas direcciones mientras la dejan libre en otras. Puede coexistir (como en efecto lo hizo en la Inglaterra del siglo XVIII) con una cultura del pueblo vigorosa y autoimpulsada, derivada de sus propias expe­riencias y recursos. Esta cultura, que se resiste en muchos puntos a cualquier forma de dominio exterior, constituye una amenaza omni­presente a las descripciones oficiales de la realidad; dados los violen­tos traqueteos de la experiencia y la intromisión de propagandistas «sediciosos», la multitud partidaria de la Iglesia y Rey puede hacerse jacobina o ludita, la leal armada zarista puede convertirse en una flota bolchevique insurrecta. Se sigue que no puedo aceptar la opi­nión, ampliamente difundida en algunos círculos estructuralistas y marxistas de Europa occidental, de que la hegemonía imponga un dominio total sobre los gobernados —o sobre todos aquellos que no son intelectuales— que alcanza hasta el umbral mismo de su expe­riencia, e implanta en sus espíritus desde su nacimiento categorías de subordinación de las cuales son incapaces de liberarse y para cuya corrección su experiencia resulta impotente. Pudo ocurrir esto, aquí y allá, pero no en Inglaterra, no en el siglo XVIII.

VI

La vieja ecuación paternalismo-deferencia perdía fuerza incluso antes de la Revolución Francesa, aunque vio una temporal reanima­ción en las muchedumbres partidarias de Iglesia y Rey de principios de los años 1790, el espectáculo militar y el antigalicanismo de las guerras. Los motines de Gordon habían presenciado el clímax, y tam­bién la apoteosis, de la licencia plebeya; e infligieron un trauma a los gobernantes que puede ya observarse en el tono cada vez más disci­plinario de los años 1780. Pero, por entonces, la relación recíproca entre gentry y plebe, inclinándose ahora de un lado, ahora del otro, había durado un siglo. Por muy desigual que resultara esta relación, la gentry necesitaba a pesar de todo cierta clase de apoyo de los po­bres, y éstos sentían que eran necesitados. Durante casi cien años los pobres no fueron los completos perdedores. Conservaron su cultura tradicional; lograron atajar parcialmente la disciplina laboral del pri­mer industrialismo; quizás ampliaron el alcance de las Leyes de Pobres; obligaron a que se ejerciera una caridad que pudo evitar que los años de escasez se convirtieran en crisis de subsistencias; y disfrutaron de las libertades de lanzarse a las calles, empujar, bos­tezar y dar hurras, tirar las casas de panaderos o disidentes detesta­bles, y de una disposición bulliciosa y no vigilada que asombraba a los visitantes extranjeros y casi les indujo erróneamente a pensar que eran «libres». Los años 1790 eliminaron tal ilusión y, a raíz de las experiencias de esos años, la relación de reciprocidad saltó. AI saltar, en ese mismo momento, perdió la gentry su confiada hegemonía cul­tural. Pareció repentinamente que el mundo no estaba, después de todo, ligado en todo punto por sus gobernantes y vigilado por su poder. Un hombre era un hombre «a pesar de todo». Nos apartamos del campo de fuerza del siglo XVIII y entramos en un período en que se produce una reorganización estructural de relaciones de clase e ideología. Se hace posible, por primera vez, analizar el proceso his­tórico en los términos de notaciones de clase del siglo XIX.


[1] La polémica comenzó hace seis o siete años en el Centro para el Estudio de Historia Social de Warwick. Alguna parte de las secciones I y II fueron presentadas en el Congreso Anglo-Americano de Historiadores (7 ju­lio 1972), en Londres. La sección V fue añadida para el debate del Seminario del Centro Davies, Universidad de Princeton (febrero 1976). Y yo he inter­polado, en la sección VI, algunas notas sobre la «clase» presentadas en la Séptima Mesa Redonda de Historia Social en la Universidad de Constanza (junio 1977). Estoy agradecido a mis anfitriones y colegas en estas ocasiones, y por la valiosa polémica que siguió. Me doy cuenta de que un artículo amalgamado de esta forma debe carecer de cierta coherencia.

[2] Esto procede de un pasaje muy general de La ideología alemana (1845). Yo no recuerdo ninguna parte de la misma generalidad en El capital. (Marx y Engels, La ideología alemana, Grijalbo, Barcelona, 1974, pp. 58 y 64).

[3] Harold Perkin, The Origtns o} M.odem English Society, 1780-1800, 1969, p. 42; Alexander Marchant, «Colonial Brasil», en X. Livermore, ed., Portugal and Brazil: An Introduction, Oxford, 1953, p. 297.

[4] Eugene D. Genovese, The World the Slaveholders Made, Nueva York, 1969, esp. p. 96.

[5] Peter Laslett, The World We Have Lost, 1965, p. 21.

[6] Cuando tu buen padre tenía este amplio dominio, / La voz del dolor nunca lloró en vano. / Calmados por su piedad, por su abundancia alimen­tados, / Los enfermos encontraban medicina y los ancianos pan. / Nunca aban­donó sus intereses a los cuidados de la parroquia. / Ni hubo bailío alguno que impusiera allí su pequeño imperio; / No hubo tirano de aldea que los matara de hambre o los oprimiera; / Aprendió sus necesidades, y ellas satisfacía … // Los pobres veían a su lado a sus protectores naturales, / Y los que impartían la ley sustituían a la ley misma.

[7] El viaje sin límites de las costumbres / Se ha llevado al magistrado guardián. / Excepto en las calles de Augusta, en las costas de Galia, / El patrón rural ya nunca se vislumbra…

[8] Raymond Williams, The Country and the City, Oxford, 1973, passim.

[9] El significado del análisis del paternalismo en la obra de Eugene D. Genovese, que culmina en Roll, Jordán, Roll (Nueva York, 1974), no puede ser una exageración. Lo que puede serlo, en opinión de los críticos de Genovese, es el grado de «reciprocidad» de la relación entre los dueños de esclavos y éstos y el grado de adaptación (o conformidad) aceptado por los esclavos en el «espacio para vivir» proporcionado por la manifiesta hegemonía de los amos (Herbert G. Gutman, The Black Family in Slavery and Freedom, Nueva York, 1976, esp. pp. 309-326, y Eric Perkins, «Roll, Jordán, Roll: A “Marx” for the Master Class», Radical History Review, Nueva York, III, n.° 4 (otoño 1976), pp. 41-59. En una respuesta provisional a sus críticos (ibid., invierno 1976-1977), Genovese observa que suprimió 200 páginas sobre revueltas de esclavos en el hemisferio occidental (que aparecerán en un volumen subsiguiente); en la parte publicada se ocupó de «analizar la dialéc­tica de la lucha de clases y el duro antagonismo en una época en que la confrontación abierta de tipo revolucionario era mínima». Mientras que la situación de los esclavos y de los trabajadores pobres ingleses del siglo xviii es difícilmente comparable, el análisis de Genovese de hegemonía y reciproci­dad —y la polémica que le siguió— es de gran relevancia para los temas de este artículo.

[10] No debemos olvidar que la gran investigación de Namier del carácter del sistema parlamentario se originó como estudio de «The Imperial Problem during the American Revolution», prefacio de la primera edición de The Structure of Politics in tbe Accession of George III. Desde la época de Namíer, el «problema Imperial» y sus constantes presiones en la vida política y económica de Inglaterra ha sido despreciado con excesiva frecuencia, y después olvidado. Véase también los comentarios de Irfan Habib «Colonialization of the Indian Economy, 1757-1900», Social Scientíst Delhi nº’22 esp. pp. 25-30.

[11] MSS de Blenheim (Sunderland), D II, 8.

[12] J. H. Plumb. Sir Robert Walpole, 1969, II, pp. 168-169.

[13] P. D. Langford, «William Pitt and Public Opinion, 1757», English Historical Review, CCCXLVI (1973). Pero, cuando estuvo en el poder, el «patriotismo» de Pitt sólo se limitó a la parte derecha del gobierno. La parte izquierda, Newcastle, «tomó el tesoro, el patronazgo civil y eclesiástico, y la disposición de aquella parte del dinero del servicio secreto empleado en aquel momento en sobornar a los miembros del Parlamento. Pitt era secre­tario de Estado, y tenía la dirección de la guerra y los asuntos exteriores. De modo que toda la porquería de todas las ruidosas y pestilentes alcantarillas del gobierno se vertió en un solo canal. Por los restantes canales sólo pasó lo brillante y sin mácula» (T. B. Macaulay, Critical and Historical Essays, 1880, p. 747).

[14] Ibid., p. 746.

[15] Debo subrayar que esta es una visión del Estado vista desde «dentro». Desde «fuera», en su efectiva presencia militar, naval, diplomática e imperial, directa o indirecta (como en la paraestatal East India Company) debe verse con un aspecto mucho más agresivo. La mezcla de debilidad interna y fuerza externa, y el equilibrio entre ambas (en política de «guerra» y de «paz») nos conducen hasta la mayoría de las cuestiones de principio reales abiertas en la alta política de mediados del siglo XVIII. Era cuando la debilidad inherente a su parasitismo interno destruía sus venganzas en derrotas externas (la pér­dida de Menorca y el sacrificio ritual del almirante Byng; el desastre ame­ricano) cuando los elementos de la clase dirigente se veían empujados por el shock fuera de meros faccionalismos y a una política de principios clasista.

[16] Pero ha habido un cambio significativo en la reciente historiografía, hacia un tomar más en serio las relaciones entre los políticos y la nación política «sin puertas». Véase J. H. Plumb, «Political Man», en James L. Clifford, ed., Man versus Society in Eighteenth-Century Britain, Cambridge, 1968; y, notablemente, John Brewer, Party Ideology and Popular Politics at the Accession of George III, Cambridge, 1976; así como muchos otros estu­dios especializados.

[17] «En nuestra época la oposición está entre una Corte corrupta, a la que se ha unido una innumerable multitud de todos los rangos y posiciones comprados con dinero público, y la parte independiente de la nación» (Political Disquisitíons, or an Enquirv into Public Errors, Efects and Abuses, 1774). Esta es, por supuesto, también la crítica de la vieja oposición «rural» a Walpole.

[18] C. F. Burgess, ed., Letters of John Gay, Oxford, 1966, p. 45.

[19] Pero téngase en Cuenta el análisis relevante en John Cannon, Parliamentary Reform, 1640-1832, Cambridge, 1973, p. 49, nota 1.

[20] «11 abril 1779… Había Coches en la Iglesia. El St. Custance, inmedia­tamente después de la Ceremonia, se me acercó con el deseo de que aceptara un pequeño presente; estaba envuelto en un pedazo de papel blanco muy arreglado y, al abrirlo, vi que contenía no menos de la suma de 4.4.0. Dio también al oficial 0.10.6». (The Diary of a Counlry Parson, 1963, p. 152).

[21] «El correo de todo miembro del Parlamento con las más mínimas pretensiones de influencia estaba repleto de ruegos y peticiones de votantes para ellos, sus parientes o subordinados. Puestos en las Aduanas y Consumos, en el Ejercito y en la Armada, en la Iglesia, en las Compañías de India Oriental, África y Levante, en todos los departamentos del Estado, desde porteros a funcionarios; trabajos en la corte para la verdadera gentry o sinecuras en Irlanda, el cuerpo diplomático, o cualquier otro lugar donde los deberes fueran ligeros y los salarios estables» (J. H. Plumb, «Political Man», en op. cit., p. 6).

[22] De aquí la iracunda nota de Blake a sir Joshua Reynolds: «¡Libera­lidad! no queremos Liberalidad. Queremos precios justos y Valores Propor­cionados y una demanda general para el Arte» (Geoffrey Keynes, ed., The Complete Writirigs of William Blake, 1957, p. 446).

[23] Para comentarios terribles sobre deferencia e independencia, véase Mary Thrale, ed., The Autobiography of Francis Place, Cambridge, 1972, 216-218, 250. El afortunado mercader de Birmingham, William Hutton, anota en su autobiografía la forma en que llegó a comprar tierra por primera vez (en 1766 a la edad de 43 años}: «Desde que tenía ocho años había desarrollado el amor a la tierra, y a menudo preguntaba acerca de ella, y deseaba tener alguna propia. Este ardiente deseo del barro nunca me aban­donó…» (The Lije of William Hutton, 1817, p. 177).

[24] Aunque la oposición del campo a Walpole tenía demandas cenitales que eran democráticas formalmente (parlamentos anuales, disminución de funcionarios y de la corrupción, terminar con el ejército regular, etc.), la demo­cracia que le pedía era desde luego limitada, en general, a la gentry terra­teniente (frente a los intereses monetarios y de la Corte), como quedaba claro en la constante defensa tory de las cualificaciones de propiedad terri­torial para los miembros del Parlamento. Véase el útil análisis de Quentin Skinner (que, sin embargo, no toma en consideración la dimensión de la nación política «sin puertas» a la que apeló Bolingbroke), «The Principies and Practice of Opposition: The Case of Bolingbroke versus Walpole», en Neil McKendrick, ed., Historical perspectives, 1974; H. T. Dickinson, «The Eighteenth-Century Debate on the “Glorious Rcvolution»», Hlistory, LXI, n.° 201 (febrero 1976), pp. 36-40; y (para la continuidad entre la plataforma del viejo partido del Campo y los nuevos whigs radicales), Brewer, op. cit., pp. 19, 253-255. Los whigs hannoverianos también apoyaban las cualifica­ciones de gran propiedad para los miembros del Parlamento (Cannon, op. cit., p, 36).

[25] Véase Brewer, op. cit., cap. 8; y, para un ejemplo de su extensión provincial, John Money, «Taverns, Coffee Houses and Clubs: Local Politics and Popular Articulacy in the Birmingham Area in the Age of the American Revolution», Historical Journal, XIV, n° 1 (1971).

[26] Los siguientes tres párrafos ofrecen un resumen de mi artículo en el Journal of Social Hístory, VII, nº 4 (verano 1974).

[27] Hay otros motivos; y uno es históricamente específico a la sociedad británica del siglo XVIII, y es posible que destaque que yo no doy «plebe» como término universalmente válido de todas las sociedades en la «etapa» de «protoindustrialización». Para la clase dominante británica, el mundo grecorromano (más específicamente la Roma republicana) proporcionaba un modelo sociológico y político muy coherente con respecto al cual medían sus propios problemas y conducta. Como ha observado Alasdair Maclntire: «Para la naciente sociedad burguesa, el mundo grecorromano proporcionaba el manto que llevan los valores humanos». La educación clásica ofrecía «el estudio de toda una sociedad, del lenguaje, la literatura, la histeria y la filosofía de la cultura grecorromana» («Breaking the Chains of Reason», en E. P. Thompson, ed., Out of Apathv, 1960, p. 205; véase también Brewer, op. cit., pp. 258-259). En momentos de autorreflexión y autodramatización, los gobernantes de la Inglaterra del siglo XVIII se veían como patricios y al pueblo como plebe.

[28] Es asombroso que le recuerden a uno que el duque de Newcastle hizo su aprendizaje político congregando una multitud, como recordaba él en 1768 («Adoro a ]a muchedumbre, una vez yo mismo me puse a la cabeza de una. Debemos la sucesión hannoveriana a la muchedumbre»). Para el breve episodio de la organización de muchedumbres camorristas rivales en Londres a la subida de Jorge I, véase James L. Fitts, «Newcastle’s Mob», Albion, V, n.° 1 (primavera 1973), pp. 41-49); y Nicholas Rogers, «Popular Protest in Early Hanoverian London», Past and Present (de próxima aparición).

[29] Skinner, op. cit., pp. 96-97.

[30] El cambio crítico hacia una oligarquía disciplinada se produce a comienzos de los años 1720: es decir, en el momento en que la ascendencia de Walpole anuncia «estabilidad política». La energía de un electorado en expansión, indiferenciado, ha sido mostrado en bastantes estudios: J. H. Plumb, «The Growth of the Electorate in England from 1600 to 1715», Past and Present, XLV (1969); W. A. Speck, Tory and Whig: The Struggle in the Constituencies, 1701-1715, 1970. Esto da un relieve mucho más preciso al proceso contrario, después de 1715 y el Septennial Act (1716): las determina­ciones cada vez más estrechas de la Cámara sobre el voto local (véase Cannon, op. cit., p. 34, y su útil capítulo «Pudding Time», en general); la compra y control de distritos; el desuso de las elecciones, etc. Además de Cannon, véase W. A. Speck, Stability and Strife, 1977, pp. 16-19, 164; Brewer, op. cit., p. 6; y especialmente el muy meticuloso análisis de Geoffrey Holmes, The Electorate and the National Will in the First Age of Party, University of Lancaster, 1976.

[31] Commons Journals, XX (11 febrero 1723-4).

[32] Cambridge Unlverslty Library, C(holmondeley) H(oughton) MSS, P 64 (39).

[33] The Making of the English Working Class (edición Pelican), p. 11. [Hay trad. cast.: La formación histórica de la clase obrera, trad. de Ángel Abad, 3 vols., Laia, Barcelona, 1977.]

[34] No es mi intención sugerir que un análisis estructural estático como éste no pueda ser tanto valioso como esencial. Pero lo que nos da es una lógica determinante (en el sentido de «poner límites» y «ejercer presiones»; véase el análisis de importancia crítica del determinismo en Raymond Williams, Marxism and Literature, Oxford, 1977), y no la conclusión o la ecuación históricas; que estas relaciones de producción = a estas formaciónes de clase. Véase también más adelante, párrafo 7 y nota 36.

[35] Según mi opinión, es el uso que generalmente se encuentra en la práctica histórica de Rodney Hilton, E, J. Hobsbawm, Christopher Hill, y mu­chos otros.

[36]Cf. E. Hobsbawm, «Class Consciousness in History», en Istvan Meszaros, ed., Aspects of History and Class Consciousness, 1971, p. 8: «Bajo el capitalismo la clase es una realidad inmediata y en cierto sentido directa­mente experimentada, mientras que en épocas precapitalistas no puede ser más que una construcción analítica que da sentido a un complejo de datos de otro modo inexplicables». Véase también ibid., pp. 5-6.

[37] Cf. Hobsbawm, íbid., p. 6: «Para los propósitos del historiador… la clase y los problemas de la conciencia de clase son inseparables. Clase en su sentido más pleno solo llega existir con el momento histórico en que la clase empieza a adquirir conciencia de sí misma como tal».

[38] La economía política marxista, con un proceso analítico necesario, construye una totalidad en la cual las relaciones de producción se proponen ya como clases. Pero cuando volvemos desde esta estructura abstracta al proceso histórico pleno, vemos que la explotación (económica, militar) se experimenta de modos c1asistas y solo entonces da origen a la formación de clases: véase mi «An Orrery of Errors», Reasoning, One, Merlin Press, septiembre 1978.

[39] Para los determinantes de la estructura de clase (y de la propiedad de relaciones de «extracción de la plusvalía» que imponen límites, posibilidades, y «modelos a largo plazo» en las sociedades de la Europa preindustrial), véase Robert Brenner, «Agrarian Class Structure and Economic Development in Pre-Industrial Europe», Past and Present, LXX (febrero 1976), esp. pp. 31-32.

[40] Horace Walpole, Memoirs of the Reign of King George the Second, 1847. II, pp. 220-221.

[41] Para una traducción ligeramente distinta, véase Grundrisse, Penguin, 1973, pp. 106-107. Incluso aquí, sin embargo, la metáfora de Marx hace refe­rencia no a la clase o las formas sociales, sino a las relaciones económicas coexistentes dominante y subordinada.

[42] Véase los perceptivos comentarios sobre el sentido «circular» del espacio en la parroquia agrícola antes del cerramiento en John Barrel, The Idea of Landscape and the Sense of Place: An Approach to the Poetry of John Clare, Cambridge, 1972, pp. 103, 106.

[43]Véase mi «Rough Music: Le Charivari Anglais», Annales ESC, XXVII, n° 11 (1972); y mis otros comentarios en el curso del Congreso sobre «Le Charivari» bajo los auspicios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (VIª section), París, 25-27 de abril de 1977 (de próxima publi­cación).

[44] En fecha tan tardía como 1811 ciertos sofisticados tradeunionistas londinenses, al apelar a las cláusulas sobre el aprendizaje del Estatuto de Artífices («¡Mecánicos! ¡¡Proteged vuestras libertades contra los Invasores sin Ley!!»), comenzaban con una «Oda a la memoria de la Reina Isabel»: «Su memoria es todavía dulce al jornalero, / Pues protegidos por sus leyes, resisten hoy / Violaciones, que de otro modo prevalecerían. // Patronos tiránicos, innovadores simples / Se ven impedidos y limitados por sus gloriosas reglas. / De los derechos del trabajador es ella todavía una garantía Report of tbe Trial of Alexander Wadsworth against Peter Laurie (28 de mayo de 1811), Columbia University Library, Seligman Collection, Place pamphlets, vol. XII

[45] Espero que mi uso de «descifrar» no asimile mi argumentación inme­diatamente a esta o aquella escuela de semiótica. Lo que quiero decir debe quedar claro en las siguientes páginas: no es suficiente describir simplemente las protestas simbólicas populares (quema de efigies, ponerse hojas de encina, colgar botas): es también necesario recobrar el significado de estos símbolos con respecto a un universo simbólico más amplio, y así encontrar su fuerza, tanto como afrenta a la hegemonía de los poderosos y como expresión de las expectativas de la multitud; véase el sugerente artículo de William R. Reddy, «The Textile Trade and the Language of the Crowd at Rouen, 1752-1871», Past and Present, LXXIV (febrero 1977).

[46] Journal of Interdisciplinary History, VI, n° 1 (1975).

[47] Keith Thomas, Religion and the Decline of Magic, 1971, pp. 627-628.

[48] «Anthropology and the Discipline of Historical Context», Midland History, I, n° 3 (primavera 1972); Journal of Interdisciplinary History, VI, n° 1 (1975), pp. 104-105, esp. nota 31.

[49] S. Baring-Gould, Devonshire Characters and Strange Events, 1908, p. 59.

[50] Peter Linebaugh, «The Tyburn Riot against the Surgeons», en Douglas Hay y otros, Albion’s Fatal Tree, 1975; Ruth Richardson, «A Dissection of the Anatomy Act», Studies in Labour Htstory, I, Brighton, 1976.

[51] Compárese con Genovese, Roll, Jordan, Roll, p. 91: «Los esclavos aceptaban la disciplina de reciprocidad, pero con una diferencia profunda. A la idea de deberes recíprocos añadieron la doctrina de derechos recíprocos».

[52] Sostengo aquí la idea de Gerald M. Sider, «Christmas Mumming and the New Year in Outport Newfoundland», Past and Present (mayo 1976).

[53] Véase Connor Cruise O’Brien, «Politics as Drama as Politics», Power and Consciousness, Nueva York, 1969.

[54] Hist. MSS. Comm., Portland MSS, VII, pp. 245-246.

[55] Un palo alto pintado con rayas espirales de distintos colores y coronado de flores, instalado en un espacio abierto, para que las gentes en fiestas bailen a su alrededor en la celebración del Día de Mayo (1 de mayo). (N. del T.)

[56] Public Record Office (en adelante PRO). KB 2 (1> Affidavits, Pascua 10 G I, relativos a Henstridge, Somerset, 1724. A la subida de Jorge, la gente del pueblo en Bedford «vistieron el árbol de Mayo de luto» y un oficial militar lo derribó. En agosto 1725 hubo una refriega sobre un Árbol de Mayo en Barford (Wilts.), entre los habitantes y un caballero que sospechaba que el árbol había sido robado de sus bosques (lo cual era probablemente verdad). El caballero pidió un pelotón para ayudarle, pero los habitantes ganaron: para Bedford, An Account of the Riots, Tumults and other Treasona­ble Practices since His Majesty’s Accession to the Throne, 1715, p. 12; para Barford, Mist’s Weekly Journal (28 agosto 1725).

[57] Sin embargo, como nos recuerdan los episodios de Árboles de Mayo, la tradición tory de paternalismo, que se remonta al Book of Sports (Libro de Deportes) de los Stuart, y que otorga patronazgo o un cálido permiso a las recreaciones del pueblo, sigue siendo extremadamente fuerte incluso en el siglo XIX. Esta cuestión es demasiado extensa para ser tratada en este trabajo, pero véase R. W. Malcolmson, Popular Recreations in English Society, 1700-1850, Cambridge, 1973.

[58] William L. Clement Library, Ann Arbor, Michigan, Shelburne Papers, vol. 133, «Memorials of Dialogues betwixt Several Seamen, a Certain Victualler, & a S… Master in the Late Riot». Agradezco al bibliotecario y a su personal que me permitieran consultar y citar estos papeles.

[59]    Hasta qué punto las ideas explícitas antimonárquicas y republicanas estaban presentes entre el pueblo, especialmente durante los turbulentos años 1760, es una cuestión más frecuentemente dejada de lado con una negativa, que investigada. El enormemente valioso trabajo de George Rudé sobre la multitud londinense tiende a evidenciar un escepticismo metodológico hacia las motivaciones políticas «ideales»: así, se ha tropezado con el rumor, en otra fuente, de que los manifestantes utilizaban el slogan «Ni Wilkes, Ni Rey», pero lo ha desechado como un simple rumor; véase G. Rudé, Wilkes and Liberty, Oxford, 1962, p. 50; véase Brever, op. cit., p. 190; W. J. Shelton, English Hunger and Industrial Disorders, 1973, pp. 188, 190. Por otra parte, tenemos el fuerte caveat de J. H. Plumb: «Los historiadores, me parece, nunca dan el suficiente énfasis a la prevalencia de enconados sentimientos antimonárquicos, prorrepublicanos en los años 1760 y 1770» («Political Man», op. cit., p. 15), «No es probable que podamos descubrir la verdad en las fuentes impresas, sujetas al escrutinio del Abogado del Tesoro. Hay momen­tos, durante estas décadas, en que se tiene la sensación de que una buena parte del pueblo inglés estaba más dispuesta a separarse de la Corona que los americanos; pero tuvieron la desgracia de no estar protegidos por el Atlántico. En 1775, algunos artesanos privilegiadamente situados pudieron se­pararse más directamente, y los agentes americanos (disfrazados con ropas de mujer) estaban reclutando activamente más de un barco completo de carpin­teros navales de Woolvich» (William L. Clement Library, Wedderburn Papers, II, J. Pownall a Alexander Wedderburn, 23 de agosto de 1775).

[60] Yo no dudo de que hubiera una auténtica y significativa tradición paternalista entre la gentry y los grupos profesionales. Pero esa es otra cuestión. Lo que me ocupa a mí aquí es la definición de los límites del paternalismo, y presentar objeciones a la idea de que las relaciones sociales  (o de clase) del siglo XVIII estaban mediatizadas por el paternalismo, en sus propios términos.

[61] El profesor J. H. Hexter se quedó sorprendido cuando yo pronuncié esta unión impropia («burguesía agraria») en el seminario del Davis Centre de Princeton en 1976. Perry Anderson también quedó sorprendido diez años antes: «Socialism and Pseudo-Empiricism», New Left Review, XXXV (enero- Eebrero 1966), p. &: «Una burguesía, si es que el término va a retener algún significado, es una clase con base en las ciudades; eso es lo que significa la palabra». Véase también (en mi lado de la polémica), Genovese, The World the Slaveholders Made, p. 249; y un comentario juicioso sobre este asunto de Richard Johnson, Working Papers in Cultural Studies, Birmingham, IX, primavera 1976). Mi reformulación de este (algo convencional) argumento marxista se hizo en «The Peculiarities of the English», Socialist Register (1965), esp. p. 318. En él subrayo no sólo la lógica económica del capitalismo agrario, sino la amalgama específica de atributos urbanos y rurales en el estilo de vida de la gentry del siglo XVIII: los lugares de baños; la temporada de Londres o la temporada de ciudad; los ritos de pasaje periódicos urbanos, en educación o en los varios mercados matrimoniales; y otros atributos espe­cíficos de la cultura mixta agraria-urbana. Los argumentos económicos (ya presentados correctamente por Dobb) han sido reforzados por Brenner, op. cit., esp. pp. 62-68. Se encuentra más evidencia sobre las comodidades urbanas al alcance de la gentry en Peter Borsay, «The English Urban Renaissance; The Development of Provincial Urban Culture, c. 1680-c. 1760», Social History, V (mayo 1977).

[62] Digo esto a pesar de la cuestión suscitada en la nota 54. Si los sentimientos republicanos se hubieran convertido en una fuerza efectiva, creo que solo lo habrían hecho bajo la dirección de una gentry republicana. en la primera etapa. Recibo con gusto la nueva visión de John Brewer del ritual y el simbolismo de la oposición wilkesiana (Brewer, op. cít., esp., pp. 181-191). Pero si Wilkes hizo el papel de tonto para la multitud, nunca dejó de ser un tonto-caballero. En términos generales, mi artículo se ha ocupado principalmente de la  autoimpulsada mult1tud plebeya, y (una seria debilidad) me he visto forzado a dejar fuera la multitud con licencia o manipulada por la gentry.

[63] En una crítica relevante de ciertos usos del concepto de hegemonía, R. J. Morris observa que puede implicar «prácticamente la imposibilidad de la clase obrera o de secciones organizadas de la misma para poder generar ideas... radicales independientes de la ideología dominante». El concepto implica la necesidad de buscar intelectuales para el mismo, mientras que el sistema de valores dominante se ve como «una variable exógena indepen­dientemente generada» de grupos o clases subordinados {«Bargaining with Hegemony», Bulletin of the Society for the Study of Labour History, XXXV, otoño 1977, pp. 62-63). Véase también la aguda respuesta de Genovese a las críticas a este punto: «La hegemonía implica lucha de clases y no tiene ningún sentido aparte de ella… No tiene nada en común con historia del consenso y representa su antítesis: una forma de definir el contenido histórico de la lucha de clases en épocas de aquiescencia» (Radical History Review, invierno 1976-1977, p. 98). Me alegro de que esto se haya dicho.

[64] La cuestión de si una clase subordinada puede o no desarrollar una crítica intelectual coherente de la ideología dominante —y una estrategia que llegue más allá de los límites de su hegemonía— me parece ser una cuestión histórica (es decir, una cuestión respecto a la cual la historia ofrece muchas respuestas diferentes, algunas muy matizadas), y no una que puede ser resuelta con pronunciamientos de «práctica teórica». El número de «intelectuales orgá­nicos» (en el sentido de Gramsci) entre los artesanos y trabajadores de Gran Bretaña entre 1790 y 1850 no debe subestimarse.

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (el caso inglés: Las trade-unions o el proletariado como simple vendedor de mercancías)

Publicado originalmente en la web Gedar.

Este artículo se tratará de centrar en el mismo periodo histórico que el anterior, el capitalismo en fase de crecimiento y desarrollo. Nos fijaremos en el siglo XIX,  especialmente en la segunda mitad, y concretamente en el caso de Gran Bretaña, debido a que muestra una serie de características de gran importancia política que se harían presentes en el sindicalismo en un momento posterior. Tal como vimos, la desposesión violenta generalizada que da lugar al surgimiento del proletariado también contribuye a reunirlo en fábricas y talleres, facilitando en cierta manera que se asociara entre sí de distintas maneras [1]. Estas diversas formas organizativas coinciden en el tiempo, por lo  que no se puede trazar una línea temporal clara que separe el desarrollo de unas y otras. Así, un gremio de artesanos en un lugar puede coincidir con un sindicato de proletarios no cualificados en otro, mostrando planteamientos de lucha sindical muy diversos o incluso directamente opuestos. Esto se debe principalmente a que el desarrollo de la conciencia y organización de clase, así como del propio capitalismo, no es lineal, sino que presenta estados de desarrollo distintos de manera simultánea. En resumen, debemos entender que no sería correcto hablar de un tipo de sindicalismo en este momento histórico, sino de muchos de ellos.

En el caso de Gran Bretaña se dan una serie de circunstancias que permiten un desarrollo industrial superior al resto de Europa: la industria crece espectacularmente gracias a la expansión internacional de los mercados disponibles en las colonias, permitiendo además que se posicione como monopolio industrial. Además, surge de aquí un estrato mejor situado dentro del proletariado: la aristocracia obrera, que sienta un precedente de lo que luego ocurrirá en el resto de Europa en cuanto al cambio de formas que toma la lucha sindical, por un lado, y de la concepción de la lucha política que  tienen, por el otro. Por lo que nos toca, en este artículo entraremos a analizar más  detenidamente el fenómeno del tradeunionismo [2] como ejemplo concreto de estos planteamientos.

En el artículo anterior hablábamos de un capitalismo creciente, en expansión, y un estado que apenas intervenía en la economía, pero aplicaba gran violencia a toda asociación obrera, persiguiéndola con dureza. En Inglaterra las Combination Acts de 1799 y 1800 prohíben explícitamente la organización de trabajadores y no son derogadas hasta 1824. Lo mismo ocurre en otros países como Francia, con la Ley Chapelier (1789) que prohíben asociaciones y corporaciones gremiales a la vez que establece que «Toda persona será libre de ejercer cualquier negocio, profesión, arte u oficio que estime conveniente«[3]. En consecuencia, la lucha política del proletariado se dirige sobre todo a la libertad de asociación [4].

El caso de Gran Bretaña tiene gran importancia también en tanto que, con la derogación de las prohibiciones de asociación se comienza a pensar en la acción política más allá de las libertades de coalición. Entre 1836 y 1848 surge el cartismo. Este movimiento defiende en un primer momento que el proletariado, en caso de alcanzar el poder político, podría adecuar las leyes a sus intereses, lo cual se debe a una visión muy neutral del carácter del estado burgués, como árbitro del conflicto entre clases. A pesar del fracaso del movimiento al no conseguir sus objetivos propuestos y de sus limitaciones internas, supone un salto cualitativo en tanto que llega a trascender de las simples mejoras laborales y el proletariado toma contacto con la acción política con una visión más global. No sería correcto caracterizarlo como movimiento puramente reformista; en primer lugar, porque el movimiento cartista se dividiría en un ala moderada (W. Lovett y  Robert Owen), de pretensiones más económicas y otra radical (Bronterre  O’Brien y  Feargus O’Connor ) con miras puestas en la revolución social, y en segundo lugar porque no existe el reformismo [5] como tal en este momento histórico. En todo caso podríamos hablar de negar o afirmar la necesidad de la revolución social.

Aunque hacia 1824 las organizaciones proletarias ya no son clandestinas, la burguesía aún las ve con malos ojos. Esto cambia gradualmente cuando las crisis periódicas, frecuentes y violentas, causantes de una economía inestable, dan paso a un periodo de estabilidad más prolongado a partir de 1856. La estabilidad de la economía británica viene de la mano de un cambio de actitud [6] de la burguesía (y por extensión del estado), hacia el proletariado: de perseguir toda expresión de organización independiente a tolerarla como objeto de negociación, acuerdos y concesiones (que facilitan a la vez el enorme crecimiento de ganancias). La huelga no siempre es mal vista, llegando incluso a utilizarse como instrumento de competencia entre empresas cuando los señores industriales las suscitan en las empresas rivales. En 1860, según recoge Rosa Luxemburg [7], un empresario llega a declarar que las huelgas “son a la vez un medio de acción y el resultado inevitable de las negociaciones comerciales para la compra de trabajo”. Esta frase resulta esencial para comprender las limitaciones del movimiento tradeunionista, como veremos a continuación, ya que resume el espíritu de éste.

El tradeunionismo, la asociación obrera por oficios, se presenta a sí mismo como pragmático y prudente [8], llegando a creer que si se desprende del lastre de la influencia creciente del socialismo, podrá subir los salarios y bajar la jornada laboral hasta poder adquirir la propiedad completa de los productos de su trabajo. Este apoliticismo respecto a las ideas de revolución social viene de la mano de una participación en el parlamento para conseguir mejoras, llegando a tejer una verdadera red de influencias sobre distintos grupos políticos burgueses, más o menos progresistas. El proletariado así organizado pone su mirada exclusivamente en las reivindicaciones cotidianas, y a pesar del anterior intento de Owen de unificar la acción sindical en la Grand Trade Union, se dispersa en sindicatos independientes entre sí, cada uno operando por su cuenta de manera localista. Es un movimiento obrero particularizado, a diferencia de Alemania o Francia, situado completamente (política y económicamente) en el campo de juego de la sociedad burguesa. Ahora veremos por qué.

Sus métodos de presión, tanto en lucha contra la patronal, como en el parlamento llegan a basarse en un sistema de arbitraje [9], en el marco legal, un marco común. En otras palabras, la leyes -el estado- están por encima del conflicto entre clases. Esta  subjetividad, esta forma de pensar influida por la comprensión burguesa de las cosas, deriva en que el conflicto de clases se ve desplazado, en vez de ello, al conflicto entre  compradores y vendedores de mercancías, aceptando con ello que lo que regula los salarios son las leyes de la economía burguesa de oferta y demanda (y no la presión de la del proletariado organizado, entre otros factores). Por ello concluyen que tienen que limitar la oferta de trabajo: lucharán por reducir las horas extras, pero también por reducir el número de aprendices o limitar la inmigración, entre otras medidas. En resumen, luchan por limitar quién accede al trabajo por medios corporativistas, propios de los gremios de artesanos. Así, las trade-unions se convierten en mayoristas de la fuerza de trabajo y en vez de romper la competencia entre proletarios la acrecientan, rompiendo con ello la solidaridad obrera. Además -y esto es muy importante por la  semejanza con la situación hoy en día- su corporativismo pone en oposición a los sindicados con la masa no sindicada.

En su supuesto pragmatismo, su sindicalismo “puro” desprecia o limita al máximo el componente socialista, cualquier perspectiva global de clase, de manera que también aumenta la influencia de la ideología burguesa al no oponerse a ella de manera independiente, de hecho incluso llegando a aliarse con los patrones (por ejemplo la Alianza de Birmingham de 1890). Ya no son una escuela de solidaridad de clase que pueden aspirar a apuntar más allá de las categorías de la economía burguesa porque entienden su lucha dentro de éstas. Centrados exclusivamente en las preocupaciones materiales (que buscan solucionar por medios sindicales o parlamentarios), impulsan intereses particularistas, de carácter localista, que van en perjuicio de los intereses generales. Hemos visto como el presunto pragmatismo ha llevado a una perspectiva limitada del conflicto de clases, corta de miras; no solo se impusieron el egoísmo localista, especialmente entre obreros cualificados, en detrimento de acumular fuerzas como organización de clase, sino que las trade-unions llegaron a repudiar la necesidad de socialismo al caer en la concepción burguesa de la economía, limitando al proletariado a ser un mero intercambiador de mercancías, renegando de la comprensión de que lo único que tiene para vender es su fuerza de trabajo, esto es, negándole así el conocimiento de su condición de desposesión. Sin comprender esto no tiene manera de solucionar sus problemas. No es que el proletariado tenga que renunciar a defender los intereses inmediatos del proletariado, sino que limitarse a ello es una mera solución temporal, debido a que el sistema capitalista se reestructura constantemente, con consecuencias negativas para estas mejoras.

Quizá en la fase de capitalismo ascendente esto fuera menos obvio, por su mayor estabilidad, siendo por ello posible conseguir mejoras más duraderas. En parte, esto explicaría el supuesto pragmatismo y la creencia de la posibilidad de limitarse al marco capitalista de ciertas expresiones proletarias de ese momento histórico. Pero en nuestro momento, una fase de decadencia y crisis continua, queda claro que el capitalismo no es capaz de satisfacer nuestras necesidades. Además, no hay revolución posible sin lucha  política, en el sentido de que la lucha tome un carácter global, general, como conjunto  social de clase contra clase.

El conflicto de clases no es un conflicto entre compradores y vendedores de mercancías: es entre poseedores y desposeídos, entre los cuales no hay intereses en común. Por eso no se puede renunciar a la lucha política limitándonos a la económica, porque debemos alcanzar a entender -y enfrentar- la dominación capitalista de manera global, a escala social. Si además la lucha por nuestras condiciones inmediatas se lleva desde intereses particularistas, localistas y corporativistas, de ser una posible escuela de organización y unidad de acción, pasará a fomentar la división, tal como podemos ver a menudo a día de hoy, entre la masa no sindicada y los proletarios que sí lo están. Incluso a día de hoy, el supuesto pragmatismo miope impide la comprensión global de la dominación del  capitalismo, y por tanto de enfrentarlo de manera efectiva.

Para terminar, me gustaría recuperar al respecto una cita de “Salario, precio y ganancia” en la que Marx hace una apreciación acerca de esta pretensión de separar la lucha  sindical del componente político: “Los sindicatos trabajan bien como centros de  resistencia contra los ataques del capital; pero demuestran ser en parte ineficientes a consecuencia del uso mal comprendido de su fuerza. En general yerran su camino porque se limitan a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de laborar al mismo tiempo para su transformación, usando de su fuerza organizada como palanca para la liberación definitiva de la clase obrera, es decir, para la abolición definitiva del sistema del salario.”


[1] Al respecto consultar artículo anterior: Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado – el capitalismo ascendente, donde se habla de diversas formas organizativas de este periodo.

[2] Trade-union, del inglés: sindicatos de oficio. La etimología es curiosa en tanto que refleja la manera de interpretar la situación del proletariado como simple  intercambiador de mercancías, ya que ‘trade’ se puede traducir como “la actividad de vender, comprar o intercambiar bienes (nota del redactor: mercancías), o servicios entre personas, empresas o países” (Collins English Dictionary).

[3] Al respecto consultar el artículo anterior (Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado – el capitalismo ascendente.) acerca de las consideraciones de ‘igualdad’ para vender mercancías.

[4] Aún a día de hoy se criminalizan las luchas obreras por sus condiciones inmediatas: en China los sindicatos de clase a menudo tienen que ser clandestinos, aunque haya otros legales, forzando una separación entre lucha proletaria aceptable y no aceptable. Se puede ver también un peligroso precedente en las sentencias recientes con petición de coacción contra la CNT Gijón, o las peticiones de cárcel a LAB en Euskal Herria. Sientan un precedente político en tanto que son una muestra de fuerza jurídica de clase contra clase.

[5] Aquí identificado como el movimiento de finales del s. XIX y principios del XX con referentes como Eduard Bernstein. Sus postulados negaban la necesidad de la revolución para que el proletariado accediera al poder, y en vez de ello proponían una acumulación de reformas, desde una vía parlamentarista. Que el cartismo o el tradeunionismo no sean reformistas en el sentido estricto de la palabra no quita que todas estas tendencias y concepciones sean el germen del propio reformismo. De hecho Bernstein toma inspiración del tradeunionismo, que considera prágmático.

[6] “Los sindicatos, considerados hasta hacía poco obra del diablo, eran mimados y protegidos por los industriales como instituciones perfectamente legítimas y como medio eficaz para difundir entre los obreros sanas doctrinas económicas. Incluso se llegó a la conclusión de que las huelgas, reprimidas hasta 1848, podía ser en ciertas ocasiones muy útiles, sobre todo cuando eran provocadas por los señores fabricantes en el momento que ellos consideraban oportuno” (Engels, prefacio a la 2a edición alemana de La situación de la clase obrera en Inglaterra).

[7] Rosa Luxemburg “Las gafas Inglesas”, LeizpigerVolkszeitung, 9 de mayo de 1899.

[8] “El empresario razonable y el obrero sindicado no menos razonable, el capitalista educado y el obrero educado, el burgués de gran corazón, amigo de los obreros y el proletario con mezquino espíritu estrechamente burgués, se condicionan mutuamente, no son más que corolarios (fenómenos complementarios) de una sola y misma relación, cuya base común venía dada por la situación económica de Inglaterra a partir de mediados del siglo XIX: por la estabilidad y el dominio indiscutible de la industria inglesa en el mercado mundial” (Ídem).

[9] En el 1845 la conferencia general de sindicatos proclama “un nuevo método de acción sindical, la política de arbitrajes y de sentencias arbitrales”.

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (el capitalismo ascendente)

Publicado originalmente en la web Gedar.

Todas las formas de organización de clase responden a su contexto. Dependen por tanto del grado de desarrollo del capital, de la fase en la que se encuentre, de las relaciones de fuerza entre Capital y Trabajo, y también, por supuesto, del factor cultural [1], y por eso en la siguiente serie de artículos abordaremos las distintas formas que ha tomado el  movimiento obrero para hacer frente a sus necesidades inmediatas.

Haremos un paralelismo entre distintos momentos históricos y la actualidad, analizando diversas claves tácticas, y su posible aplicabilidad en la coyuntura actual. En el primer artículo de la serie hablaremos de la organización defensiva en el contexto del capitalismo ascendente, cuando desarrolla increíblemente las fuerzas productivas, llegando a ser determinante a escala mundial y sentando las bases necesarias para crear una nueva clase que antes no existía: el proletariado, así como multitud de maneras de enfrentar el capitalismo, con planteamientos válidos para hoy en día y otros que también tienen una continuidad con el presente, pero errados en su fundamento. En las siguientes entregas trataremos también la integración de los sindicatos en el aparato estatal, el estado del bienestar y los cambios en la organización del trabajo asalariado a finales del siglo anterior y en la actualidad con las consecuencias que conlleva.

Al principio la explotación capitalista toma una forma tan brutal, es tan cruda, que llega a poner en peligro incluso la supervivencia biológica del proletariado, que vive en unas condiciones de miseria absoluta. Aunque ahora no estemos en el mismo punto, ya que la dominación capitalista ha evolucionado -también, pero no solo- hacia formas más sutiles y refinadas, sigue habiendo conflictos cada cierto tiempo, a veces llegando a ser  verdaderos estallidos de rabia proletaria. Por esto decimos, que las condiciones de explotación del capitalismo llevan a una clara contradicción: empujan al proletariado a afirmarse en la lucha, a reconocer que tiene intereses propios, y sobre todo, separados del Capital, ya que en última instancia son irreconciliables.

Sin embargo, también esas mismas condiciones crean un estado de competencia, atomización, alienación, pasividad y facilitan la asimilación de la ideología dominante, poniendo trabas a que surja el conflicto y alcance cierta magnitud. Por ello, lo primero que busca la organización de clase, intuitivamente, aprendiendo a base de derrotas, es romper la competencia que mantiene la burguesía entre el proletariado, enfrentándolo entre sí a través de la ideología dominante y mediante las propias divisiones que impone el proceso productivo. Por ejemplo, entre categorías dentro del trabajo -hoy en día entre fijos, discontinuos…-, o como cuando se incorpora mano de obra nueva al mercado laboral (sea de otro lugar geográfico o incluso de una edad más joven), que está “dispuesta” (mejor dicho, empujada) a vender su fuerza de trabajo por un precio menor. Esta competencia es el primer obstáculo a la toma de conciencia unitaria y por ello sigue siendo esencial romperla hoy en día. Las contradicciones se vuelven más agudas, pero el capitalismo, que ahora opera a escala social, afectando a todos los aspectos de la vida, desarrolla mecanismos para paliar los efectos de éstas y mantener su propia estabilidad, como veremos más adelante.

Un punto importante en relación al momento histórico del que se ocupa este artículo es la mutación que ha sufrido el Capital. En un primer momento, su dominación tiene una forma brutal y explícita, se extiende y obliga -expropiación mediante- a participar de sus relaciones a una capa cada vez más grande de la población, es decir, que se ve  proletarizada. Esta nueva clase, desposeída de sus únicos medios de subsistencia de manera violenta, presenta una diferencia respecto a otras clases (esclavos o siervos) en momentos históricos anteriores en tanto que ahora es libre e igual a otras clases ante la ley. Es libre de acceder al intercambio generalizado, pero solo tiene una mercancía que ofrecer: su fuerza de trabajo, o en otras palabras, la capacidad de realizar un trabajo [2]. El proletariado se ve forzado a competir entre sí para acceder a unos medios de supervivencia que ya no tiene a cambio de un salario, aunque en apariencia es libre de no hacerlo, como si fuera una decisión voluntaria. El trabajo ahora forma parte de la relación capitalista, que lo ha absorbido y así toma la forma de trabajo asalariado, la forma burguesa de organización del trabajo. Este proceso no es inmediato, es lento y gradual y se da por medio de violencia (jurídica o física) y asimilación ideológica con instituciones específicas para ello (policía, religión, etc.).  Pero para lo que nos ocupa ahora, debemos fijarnos en un aspecto: en esta faceta de la dominación la plusvalía se acrecienta reduciendo los salarios y aumentando la jornada laboral, es decir es una plusvalía absoluta.

Las primeras asociaciones obreras son las sociedades de apoyo mutuo o sociedades de resistencia, que disponían de cajas comunes para sufragar gastos por enfermedad, accidentes o muerte, o mantener a sus miembros durante las huelgas. Al ser ilegalizadas y perseguidas, su acción política consiste en reclamar libertad de asociación y su acción inmediata se desplegará sobre esos dos aspectos: jornada y salario. Descubren intuitivamente que la fuerza está en su número, en la organización colectiva ante la indefensión individual. Van luchando y aprendiendo en base a numerosas derrotas y alguna victoria y así es como se dan también los primeros pasos de acumulación de experiencia en la lucha, con consciencia de independencia de intereses como clase respecto a la burguesía. Posteriormente, entre el siglo XVIII y XIX, surgen los sindicatos,
al principio de oficio y posteriormente agrupando a varios de éstos (sindicatos de industria) [3]. Resultan efectivos para ese momento, responden las necesidades del proletariado porque es capaz de luchar en contra de la tendencia creciente de ganancia capitalista, luchando por aumentar el salario y acortar la jornada, enfrentando la plusvalía absoluta, por lo que no se limitan a resistir las ofensivas capitalistas, sino que buscan activamente una mejora de sus condiciones inmediatas.

Durante el capitalismo en fase de ascenso, se desarrollan increíblemente las fuerzas productivas. En vez de limitarse a aumentar la jornada, la burguesía [4] reinvierte lo que ha acumulado para aumenta la productividad de cada hora que trabajamos gracias al desarrollo tecnológico, la cuantificación, instrumentalización, maquinización y mercantilización progresiva de toda la sociedad, entre muchos otros factores de racionalización de la organización del trabajo. Por la misma razón, producir lo necesario para asegurar que podamos volver al proceso de trabajo al día siguiente resulta mucho menos costoso, y en conjunto esto hace que crezca la separación entre el proletariado y la riqueza que produce [5]. La consecuencia es que los sindicatos pierden efectividad, al ser incapaces de enfrentar al proceso de extracción de plusvalor en toda su complejidad, que ha implementado las formas viejas de extracción con la optimización de las nuevas. Esta limitación sigue presente y es por ello que el economicismo, la tendencia situar la lucha contra el Capital exclusivamente en el trabajo asalariado, no es solo un error de interpretación sino que también por ello es inoperante más allá del medio plazo: puede arrancar una subida de salario puntual o una disminución de la jornada, pero la tasa de ganancia capitalista subirá por otros medios.

En cierto sentido, la organización sindical para la defensa del precio de la fuerza de trabajo de la que hablábamos, guarda cierta similitud con aspectos particulares del gremialismo de los artesanos organizados [6] antes de la proletarización generalizada, en tanto que se asocian para defender el precio de sus mercancías, salvo que la posición desde la que se hace es diametralmente distinta: donde el gremio disponía de sus medios para ganarse la vida, así como un gran control sobre la los procesos de trabajo, ahora, el proletario, desnudo ante el mundo, desposeído, defiende lo único que tiene: la mercancía-trabajo (su capacidad de trabajo predispuesta para la venta a tercero) [7]. La mercancía es, en cierta manera, uno mismo y la economía está fuera de su control. Hoy en día persisten restos de algunas facetas del gremialismo, visibles en las luchas corporativistas de sectores de la aristocracia obrera, por ejemplo sindicatos de oficio de médicos, funcionarios, etc. Pero no sólo. Curiosamente, esto resurge también en sectores de gran precariedad: por ejemplo en el estado español, en el caso de sindicatos de oficio, como las Kellys (limpiadoras de habitaciones en hoteles), trabajadora domésticas o las recientes luchas de riders [8] con Deliveroo (que ocurren en diversos países europeos), por nombrar dos casos mediáticos. Por ello, en cierta manera, se puede decir que asistimos a los principios de la organización obrera, volviendo a aparecer viejas fórmulas, por una cuestión de necesidad de defenderse antes las ofensivas capitalistas: el sindicato de oficio y la cooperativa. Ambos ejemplos además ilustran cómo, a pesar de su legitimidad, no suponen un avance en la experiencia de lucha respecto a lo ya descubierto. Son también fruto de las condiciones de un proletariado disgregado, incluso físicamente, que apenas coincide en el mismo centro de trabajo, en unos sectores donde no hay sindicatos. La relativa novedad del sector servicios en el centro imperialista contribuye a explicar en cierta manera su ausencia histórica, pero no es la única razón.

En concreto, la lucha de los riders en Barcelona desembocó en una huelga salvaje, ya que legalmente estaban considerados como autónomos y no como asalariados, aunque fueran en realidad trabajadores externalizados de la empresa. El desarrollo de la lucha acabaría llevando a la creación de una cooperativa de repartidores a domicilio de parte de ellos. En este sentido, hay un parecido con el proudhonismo, que proponía como forma de enfrentar el Capital la asociación de la clase obrera para superar la competencia interna en su seno, pero también para hacer competencia general a la clase capitalista.

De cualquier manera, mediante esta forma organizativa la clase obrera se sigue manteniendo como comunidad mercantil, sigue estando limitada al marco del intercambio de mercancías generalizado propio del capitalismo. De nuevo, al igual que con Proudhon, nos limitamos a buscar la solución en la esfera del intercambio; ésta no entiende de privilegios, ya que cualquiera puede vender lo que sea si otro está dispuesto a comprarlo; somos aparentemente iguales en oportunidades. Sin embargo, la relación entre muchas categorías del capitalismo se muestra de manera invertida, esto es, lo que parece ser de una manera a simple vista, en realidad oculta otro aspecto, que además en este caso es determinante porque que explica el origen de la desigualdad (y la imposibilidad de alcanzar la igualdad). La clave en realidad sigue estando en la producción, que determina la manera en la que accedemos a dicho intercambio. Si en un primer momento los riders querían (más bien necesitaban) vender su mercancía-fuerza de trabajo a alguien -Deliveroo- es porque no tienen nada más que intercambiar. Ya de partida, la relación de producción esencial del capitalismo, la relación Capital-Trabajo, define y determina la posición en la que cada parte de la relación accede a la esfera de la circulación. Por tanto la desigualdad estructural y la lucha de clases quedan encubiertas en la esfera de la circulación mercantil.

Otro ejemplo de actualidad, más lejano geográficamente, estaría en las fábricas recuperadas de Argentina. A menudo, por pura necesidad, los obreros se veían obligados a tomar el control de las fábricas. Pero algo falla. Cuando al fin el proletariado toma los medios de producción para sí mismo, se pone en evidencia cómo no se trata de un mero problema de quién sea el gestor, ya que el control de la producción que ejercen se sigue teniendo que circunscribir al marco capitalista de competencia. En vez de hacerlo de manera individual como asalariados que venden su fuerza de trabajo, lo hacen colectivamente y tienen más control sobre el proceso, pero los límites quedan claros. Por el contrario, y volviendo a un punto anterior, la importancia política de la lucha del proletariado está en afirmarse, en la unidad de acción, como un sujeto independiente a escala social en la confrontación: clase contra clase, y no como grupos -individuales- de productores, más o menos vinculados entre sí.

En resumen, aunque quedan muchos aspectos de este momento histórico que este artículo deja sin desarrollar (esperando poder hacerlo más tarde), como el de los debates acerca de la separación entre lucha económica y política entre posiciones marxistas y proudhonianas, de gran actualidad, hay varias claves que ya están presentes desde el principio de la lucha organizada del proletariado: la clase ha de organizarse colectivamente porque su fuerza está en la masa. Es la premisa para la posibilidad de la revolución socialista. Esta lucha, constituye una presión a la clase dominante y por ello, en su divergencia de intereses respecto a la burguesía tiene la posibilidad de conformar un movimiento político clasista, que no puede aspirar solamente a la gestión de la estructura del trabajo asalariado, en tanto que es la forma de organización del trabajo a semejanza de la burguesía. Además, la unidad de clase como premisa, por encima de las mil y una divisiones que reproduce el propio proletariado entre sí, ha de buscar romper la competencia existente y afirmarse en la unidad de acción. Ha de ser capaz también de contrarrestar la dominación de manera efectiva y defender la particularidad de los intereses inmediatos del proletariado, y para ello el mero ámbito laboral, aunque sea clave, no es un campo de batalla suficiente por sí mismo porque el enfrentamiento lo es a escala social. Es cierto que no hay que ver la lucha de manera lineal, sino que hay avances repentinos muy grandes, seguidos de retrocesos y ‘paz social’, pero la cuestión principal es relativa a si las formas que toma facilitan un crecimiento cualitativo en el plano organizativo bajo principios de independencia y unidad de clase.

Adam Radomski, 3 de junio 2019.


[1] Lo que está normalizado a escala social. En otras palabras, la ideología dominante.
[2] Que se materializa, precisamente, realizando un trabajo. La diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo es esencial a la hora de entender la dinámica de explotación, pero no nos vamos a meter en ello en esta sección.
[3] En el Capítulo I de Historia del sindicalismo, 1666-1920 (1920) Sydney y Beatrice Webb apuntan que: “El sindicato no surge de una institución particular, sino de cualquier  oportunidad de agruparse que encontraban los asalariados de una misma profesión. Más frecuentemente, es una huelga tumultuosa la que origina el nacimiento de una organización permanente.”
[4] Se debe entender estas dinámicas en clave de clases sociales, en su conjunto y no como una relación particular de personas individuales. Es la dinámica de la sociedad capitalista en su conjunto, en la que la burguesía ejerce su poder de dominación -cuyo fundamento descansa en la economía- la que es determinante, ya que como hemos dicho, el proletariado está en una situación de competencia entre sí, pero la burguesía también.
[5] Existe a día de hoy una tendencia que consiste en caracterizar al proletariado por su situación de pobreza, por lo que se dice que “ahora estamos mejor”. Sin embargo, aunque ya no vivamos bajo un mínimo de subsistencia (podemos, con más o menos esfuerzo, acceder a estudios, tenemos acceso a cierto nivel de consumo, etc.), la explotación ha crecido de manera inmensa respecto a tiempos anteriores, ya que tenemos infinitamente menos acceso a la riqueza que creamos en proporción.
[6] Sydney y Beatrice Webb (1920): “El gremio de artesanos era considerado como representante de los intereses, no de una única clase social, sino de los tres elementos distintos, y en algunos aspectos antagónicos, de la sociedad moderna: el entrepreneur capitalista, el trabajador manual y el consumidor en general.” El sindicato se encarga de una de las muchas funciones que hacía el gremio, por lo que no sería correcto considerarlo un proto-sindicato. En todo caso la similitud está en que “el propósito fundamental del sindicato es la protección del nivel de vida, es decir, la resistencia organizada a cualquier innovación que pueda tender a la degradación de los asalariados como clase.”
[7] Bajo unas condiciones que lo permiten: igualdad legal para participar en un mercado generalizado, con compradores dispuestos y, por fin, vendedores que llegan a él sin nada más que su propia existencia.
[8] El retorno a la tracción humana también es un tema que puede revelar aspectos interesantes en la configuración moderna de la estructura del trabajo asalariado, por ejemplo el carácter decadente del capitalismo en crisis, con una extracción de plusvalor insuficiente, y por ello obligado a buscarla en viejos ejemplos.

La huelga como último test estructural

Publicado originalmente el la revista Jacobin Magazine. La autora, Jane McAlevey, ha publicado hace unos años un interesante libro sobre la organización sindical y el movimiento obrero estadounidense, titulado No Shortcuts. Organizing for Power in the New Gilded Age.

Se ha escrito mucho en las pasadas dos décadas sobre cómo reconstruir la fuerza de la clase obrera. Se ha gastado mucha tinta y oxígeno en el debate acerca del modo en el que la clase obrera podría avanzar. Finalmente, en 2018, justo cuando la clase obrera y las organizaciones que ésta construye (los sindicatos) parecían exhalar su último suspiro, los trabajadores del sector de la educación de West Virginia cesaron el trabajo en una huelga que involucró al 100% de los trabajadores. Ganaron.

La huelga fue tan impresionante, tan dinámica, que de repente los trabajadores de otros estados empezaron a pensar que ellos también podían ir a la huelga, lo cual confirma nuestra idea de que los trabajadores aprenden a hacer huelga viendo cómo otros trabajadores la hacen y la ganan. Desde luego, parte de los motivos que han llevado a las empresas a dedicar tantos esfuerzos para aniquilar los anteriores periodos de intensas huelgas es precisamente que la clase patronal sabe perfectamente que el hecho de que cunda el ejemplo es una amenaza.Continue Reading

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (introducción)

Publicado originalmente en la web Gedar.

Esta sección de Ikuspuntua se titulará ‘Sindikalgintza’. Dado que este artículo funciona a modo de introducción, hablaré de las intenciones de dicha sección y también haré una contextualización breve. A día de hoy la cuestión se reduce mayoritariamente al ámbito laboral, y por ello será sobre lo que más me extienda en un inicio, aunque el objetivo será también otorgar una mayor importancia a las condiciones de vida del proletariado y, en definitiva, hablar sobre las luchas defensivas de éste.

A modo de presentación personal y para entender mis inquietudes y motivaciones, estoy involucrado en las luchas de resistencia de la clase obrera. Por eso, escribir en un medio como Gedar sobre ello me obliga a aclarar mis ideas, para que sean comprensibles al resto, pero también disciplinar el estudio que hago de la cuestión. Parto de que el momento de reflexión es un momento para repensar la acción y por eso mi intención no es de separarme de lo que analizo sino tratar de influir en ello y transformarlo.Continue Reading