Correspondencia en torno a las tareas económicas proletarias

A la web El Salariado.

Saludos.

Este texto gira en torno a las tareas económicas proletarias (es decir: las tareas de contribución a la aglutinación y demarcación de clase), tomando como referencia tres artículos de interés aparecidos en el último año: dos firmados por Ángel Rojo (Independencia política y lucha obrera independiente y De órganos de clase a engranajes del Estado), y uno anónimo (La Demolición y sus cimientos, firmado por «Un comunista»). El primero publicado en la web El salariado, los otros dos en la web Kursant. El texto tiene dos partes diferenciadas: la primera, unos comentarios sobre el contenido de los artículos; la segunda, una consulta y unas reflexiones sobre tareas económicas y necesidades actuales. 

El primer y tercer artículo son evidentemente confluentes en lo fundamental -la mayoría de mis comentarios son, pues, aplicables a los dos-, y el segundo viene a contribuir a dar un marco histórico a cómo se ha llegado a la situación actual. Expresar de entrada mi convergencia en lo nuclear (1) con lo expuesto en los tres artículos, tanto en la valoración del contexto general  actual como de no-expresión del proletariado como fuerza colectiva independiente, como en la necesidad de tareas económicas y políticas proletarias que contribuyan a alterar esa situación. 

El primer artículo de Ángel Rojo es una contribución alrededor de las tareas económicas proletarias, la independencia de clase y la interacción bidireccional de ambas con las tareas políticas, que se podría resumir en este lúcido fragmento: 

«Por otro lado, como ya hemos comentado en el apartado anterior, la intervención comunista en las luchas económicas, sobre todo hoy en día con la clase obrera desaparecida de la escena histórica, no consiste en ofrecer una alternativa política elegante y atractiva, lista para recibir las simpatías de los trabajadores, lista para consumir. Consiste, como se ha intentado explicar, en colaborar en la reformación de la clase obrera, en el resurgimiento del movimiento obrero independiente y el asociacionismo proletario, sin el cual, por mucho que algunos aparezcan en los medios representando al proletariado y hablando en su nombre, éste seguirá siendo un cadáver.

Aunque el partido formalmente surge fuera de la clase y de su movimiento espontáneo, el desarrollo del partido y el de la clase están íntima y dialécticamente ligados. La fuerza o la debilidad del partido expresa la fuerza o la debilidad de la clase en su conjunto. Y para salir del actual estado de debilidad no hay atajos ni artificios posibles, no conviene aparentar lo que no se es, no es cuestión de una buena campaña de marketing». 

Estando de acuerdo en lo fundamental con lo expuesto en el artículo, sí me gustaría hacer algunos comentarios sobre algunas cosas. El primero es alrededor de la cuestión de la centralidad de los centros de trabajo en las tareas económicas proletarias. El documento expone: 

«En el estado de absoluta dependencia en el que se halla hoy la clase obrera, la defensa de la independencia de clase requiere de una actividad constante en los centros de trabajo que, ante cualquier lance o situación, aclare los principios que deben guiar la lucha o la actitud de los trabajadores. Se trata de una actividad ordinaria y poco gratificante (según los parámetros del «doy para que des») que consiste, sí, en redactar panfletos con hermosas frases sobre la solidaridad de clase, pero también en explicar, por ejemplo, por qué debemos evitar las subidas porcentuales de salario (frente a las subidas nominales), o qué consecuencias puede tener en una huelga la división entre fijos y eventuales si no se toman las medidas oportunas, o qué maniobras está llevando a cabo el patrón junto a sus agentes sindicales, o qué se esconde detrás de un hecho determinado y aparentemente sin importancia, etc. En un centro de trabajo, prácticamente todos los gestos, todas las situaciones, llevan un sello de clase, capitalista o proletario. Y es importante que los trabajadores aprendan a descifrarlo».

Estoy de acuerdo: los centros de trabajo son el terreno central para la aglutinación y demarcación de clase; no el único (cuestiones como el acceso a la vivienda y a productos y servicios básicos, el militarismo y la guerra, la exigencia de servicios públicos adecuados y de seguridad para la clase obrera, etc, no pueden dejar de abordarse en tanto que cuestiones bien reales que afectan cotidianamente a la clase trabajadora, pero siempre vinculándolos al plano de las condiciones de trabajo del proletariado, no desde una perspectiva popular o ciudadana interclasista/aclasista), pero sí el central. Y son, por tanto,  también el terreno central para alterar la relación de fuerzas burguesía-proletariado: sin órganos de clase en el terreno central de la producción, y sin los procesos asociados al desarrollo de esos órganos y a huelgas de clase, esa relación de fuerzas no puede alterarse, ni el proletariado puede autotransformarse a través de la lucha colectiva.

Sobre lo que tengo más dudas es de la validez universal para las condiciones actuales de un esquema rígido (esquema que el artículo no presenta, por otro lado: es más bien una reflexión de mi parte) que concibiera estrechamente esa centralidad como tener que “ir ganando centro por centro con órganos de clase, hasta alcanzar un punto crítico de extensión”. O dicho de otro modo: una unidireccionalidad que necesariamente empiece por el centro de trabajo, de ahí a otro, de ahí a otra empresa, de ahí a otro sector, y de ahí a la expansión territorial, etc. Sin negar que pudieran darse desarrollos en ese sentido, considero que las circunstancias actuales (marcadas por la temporalidad, la atomización, la subcontratación, la dispersión y aislamiento laboral y geográfico de militantes proletarios y contactos afines, etc) son más proclives a desarrollos multidireccionales: luchas en determinadas empresas, sectores y territorios pueden estimular la aparición de órganos y núcleos obreros a nivel de otras empresas, sectores y territorios; pueden darse órganos directamente intercentros, intersectores o de carácter geográfico, animados por militantes y núcleos obreros sin que necesariamente se hayan podido formar previamente órganos en sus centros de trabajo; militantes obreros y políticos pueden contribuir a formar diversas estructuras de contribución a las tareas proletarias sin disponer de una base empresarial concreta; etc. Es decir: una dinámica de interacción multidireccional entre diversas expresiones de lucha y de militancia a nivel de centros y territorio, en lugar de un esquema  unidireccional de desarrollos más o menos  independientes en centros de trabajo, que sólo ya una vez formados y asentados entrarían en contacto o coordinación. Todo ésto partiendo de la premisa de que la autonomización de clase, sus procesos y las tareas asociadas requieren de un terreno físico real y concreto, del desarrollo de una base militante y de redes de contactos a nivel de centros de trabajo y territorial: la lucha de clase y sus procesos no se dan en el aire (ni en el ciberespacio, por más que éste sea una herramienta de gran utilidad correctamente utilizada).

Otro potencial peligro -ya tocado brevemente arriba- de un mal abordaje de la cuestión de la centralidad de los centros de trabajo es que la correcta defensa de esa centralidad, y el correcto rechazo al interclasismo/aclasismo, lleve a un estrecho y artificial laboral-economicismo que no vea más allá de las cuatro paredes del centro de trabajo, abocando a la la falta de respuestas ante los problemas cotidianos que la sociedad burguesa plantea a la clase obrera dentro y fuera del puesto de trabajo: no se puede realmente criticar y tratar de resistir colectivamente a la explotación capitalista bajo el régimen salarial sin una cierta crítica y vinculación al conjunto de la sociedad burguesa y a la existencia proletaria en ella; las mismas condiciones y procesos que deben jalonar la autonomización proletaria, exigen e implican -con la contribución decisiva de las organizaciones comunistas- la politización sobre bases proletarias y científico-marxistas de amplios sectores obreros (lo que no tiene nada que ver con un politicismo exaltado de tipo revolucionarismo ahistórico/maximalismo extemporáneo, sin procesos, y sin táctica y tareas adecuadas al estado de la independencia de clase y la relación de fuerzas burguesía-proletariado: las tareas políticas y económicas proletarias no pueden consistir en limitarse a repetir constantemente que “ésto sólo se arregla con la revolución y el comunismo”, ni en llamamientos al aire a la formación de asambleas obreras o comités de huelga independientes, sin procesos, sin tener en cuenta las condiciones para ello sobre el terreno, sin desarrollos ni aprendizajes, sin núcleos obreros y militantes impulsores).  

El documento en su parte final expone que:

«A grandes rasgos, la situación hoy es la siguiente: Una enorme losa pesa sobre el proletariado, impidiendo que el progresivo deterioro de sus condiciones de existencia desemboque en una lucha independiente en defensa de sus intereses. Esta losa es ante todo de carácter político (en el más amplio sentido de la palabra: cultural, ideológico, institucional, etc.) y adquiere mil formas: el peso de la tradición de décadas de paz social y colaboración de clases (y su reverso, la ausencia de una tradición de lucha viva); la influencia de la ideología y la cultura capitalista dominante, individualista y egocéntrica, y de la mentalidad pequeño burguesa que conlleva; la ley y el derecho burgués; la presencia de los partidos políticos de izquierda; la vigilancia y el colaboracionismo sindical, y un largo etcétera. Todo este peso, esta losa política con la que la burguesía pretende mantener al proletariado hundido, sólo puede ser contrarrestado por el empuje de otra fuerza de carácter político (en este caso proletario) de la misma magnitud y sentido contrario, ayudado también por las circunstancias y condiciones materiales. Cuando digo que se necesita una «fuerza de carácter político», no me refiero a una gran organización política, ni a la publicación de manifiestos grandilocuentes, sino a la presencia sobre el terreno, en los centros de trabajo, de los militantes proletarios, que son los únicos capaces hoy de ejercer de contrapeso frente a todos los factores que contribuyen a mantener al proletariado inmovilizado, y de ayudarle a recuperar lo que una vez fue el ABC de la conducción de la lucha económica, las líneas maestras de la lucha de clases».

Siendo correcto el marco que describe el fragmento, el texto no termina de señalar explícitamente  (aunque quizá sí se pudiera desprender implícitamente de la orientación del conjunto del artículo)  que toda esa losa encuentra en última instancia su base material y de reproducción en el ser social proletario concreto y cotidiano; en la inexistencia actual (si no total, sí generalizada y tendencia dominante) de prácticas colectivas, estructuras organizativas y posiciones obreras independientes ante la realidad cotidiana, sin las cuales no hay materialmente clase autónoma ni tendencia a su desarrollo. Cualquier perspectiva de superación de los elementos de esa losa debe estar estrechamente imbricada a procesos materiales de autonomización de clase. Es decir: la base sobre la que se asienta la losa no es simplemente ideológica, cultural o metodológica (“tomar conciencia” de implementar los buenos métodos de lucha y organización, en lugar de los malos; superar mentalmente el individualismo y el cada uno a la suya por la solidaridad y la visión colectiva, etc), sino que es en el ser social concreto, en la existencia obrera concreta y cotidiana atomizada y diluida en las rspc, dónde esos elementos encuentran su terreno fértil de asentamiento y reproducción; siendo esos elementos a su vez factor activo en la reproducción de esa situación, a la vez efecto y causa reproductora en un círculo vicioso de retroalimentación. El desarrollo y reaparición histórica de la identidad, conciencia, métodos, organización y posiciones de clase sólo puede darse en imbricación bidireccional al desarrollo del ser social de clase, no son planos separados (“la clase/nuestra clase” por un lado, como algo materialmente ya dado y estático, dispuesta a actuar colectivamente, organizarse y a adoptar los buenos métodos y las buenas ideas si alguien se los explica bien, y el ser social concreto y cotidiano bajo las rspc, por el otro). 

El segundo artículo de Ángel Rojo viene a complementar al primero, en tanto que contribución sobre el proceso histórico de disolución del proletariado independiente (esto es: de sus estructuras colectivas, sin las cuales no hay materialmente clase autónoma) bajo el peso de la tendencia general al capitalismo de Estado en sus diversas formas y particularidades. El artículo dice en su parte final: 

«La herencia del periodo de entreguerras, pues, sigue vigente. Los grandes sindicatos de hoy en día, integrados en las estructuras de negociación colectiva, participantes en mesas tripartitas con gobiernos y patronales, gestores de fondos de formación y seguros sociales, son los herederos directos de aquel proceso. Su función objetiva dentro de la estructura social se definió en aquellos años cruciales: canalizar el descontento, contener las efervescencias de clase y garantizar que las relaciones laborales y las reacciones obreras se desarrollen dentro de los límites que el sistema puede tolerar».

Siendo correcta esta descripción de la función objetiva de los sindicatos de Estado, y de manera más general de los marcos laborales y sindicales establecidos por la burguesía, yo añadiría (entroncando con el comentario más arriba sobre el artículo anterior) algo más: que su función no es sólo canalizar y contener las reacciones obreras, sino también -de manera más profunda y político-histórica, si se quiere- el obstaculizar los potenciales procesos de autonomización de clase, aunque sean éstos incipientes y confusos, concretizados en prácticas, estructuras y posiciones en ese sentido. Este matiz me parece importante por dos razones interrelacionadas: la primera, para no caer -de nuevo- en la concepción errónea de que “la clase” ya existe en lo fundamental como fuerza colectiva independientemente de la acción y existencia concreta de los obreros; y la segunda, como brújula necesaria para valorar  correctamente los contenidos y tendencias dominantes en movimientos y huelgas, corriéndose el riesgo si no es el caso de considerar erróneamente cualquier huelga (o incluso  casi cualquier movimiento de protesta) como “lucha de clase”, que simplemente desprendiéndose de un determinado control sindical o político ya encontraría vía libre para su correcto desarrollo, y acabar jugando el papel de seguidista-radical de no importa qué huelga o protesta, bajo no importa qué contenidos e impulsos, lo que en definitiva abre la puerta tanto al interclasismo/aclasismo y al idealismo, como a la supeditación de las tareas económicas y políticas proletarias a los métodos, terrenos y reivindicaciones de huelgas y movilizaciones bajo liderazgo de la pequeña burguesía asalariada y de la aristocracia laboral, natural clientela reproductora y líder de los métodos y concepciones de los sindicatos de Estado y corporativistas. En definitiva: los marcos burgueses de relaciones laborales y sindicales (y los  métodos, concepciones e ideologías asociados a éstos) no son únicamente un obstáculo para la lucha y organización de clase, sino que haciendo eso lo son directamente para la expresión material de clase (estrechamente imbricada a determinados tipos de organización, métodos y cosmovisiones).

Y el matiz -insisto- me parece también importante porque es una visión bastante extendida la de abordar la realidad actual y sus tareas como si el proletariado ya fuera en lo fundamental una clase autónoma, sólo que tendría que «adquirir conciencia» de ello: «hay que luchar como clase obrera, con métodos de clase», «hay que situarse en un terreno de clase», «hay que mostrar solidaridad de clase», «hay que luchar clase contra clase», «no hay que caer en las trampas de la clase enemiga y sus aparatos», «la clase obrera no debe aceptar ningún sacrificio», «lucha por tu clase, no por tu país», etc. Una visión que se dirige a un proletariado que supuestamente ya sería materialmente una clase autónoma, y que estaría más o menos en búsqueda activa de los métodos más adecuados de lucha. En mi opinión, esa visión no se corresponde con la realidad, y sin superarla no se puede hacer un análisis correcto del contexto histórico actual y de sus tendencias dominantes, y de las tareas económicas y políticas asociadas. Dicho ésto, siempre hay que tener cuenta que la realidad no es ni en blanco y negro ni estática: mientras exista la sociedad burguesa y exista el antagonismo de intereses burguesía-proletariado, existe en mayor o menor medida la posibilidad de ciertas expresiones obreras independientes (de la misma forma que siempre va a exisitir, incluso en los más terribles periodos de contrarrevolución, alguna expresión de minorías obreras y políticas con orientación de clase), pero la tendencia dominante en el periodo presente considero que es de no-expresión del proletariado como fuerza autónoma. 

El artículo termina afirmando que:

«La corporativización del sindicalismo fue la respuesta estructural del capitalismo en crisis a la amenaza que representaba un proletariado organizado e independiente. Una amenaza que debe reaparecer en la escena histórica para echar abajo un régimen caduco que arrastra a toda la humanidad a cataclismos aún peores que los del siglo XX». 

Siendo cierto ésto, sería un error considerar (lo que no dice el artículo, sino que lo digo yo a modo de reflexión) que esa imprescindible reaparición en la escena histórica siga cauces exactamente iguales a las expresiones proletarias del pasado: condiciones históricas distintas deben dar pie a procesos en mayor o menor grado distintos, aún manteniéndose como se mantienen las bases, antagonismos y contradicciones fundamentales de la sociedad burguesa ya abordadas hace 180, 100, 80 o 60 años, y la perenne necesidad de organización y expresión obrera independiente frente a ésta.  

El tercer artículo anónimo aborda también lúcidamente diversas cuestiones de interés:

El texto contribuye a la crítica de la confusa visión del espontaneísmo en la lucha obrera: ésta no surge mágicamente de la nada, sin determinados procesos previos, y sin determinadas tareas asumidas tanto por obreros de base como por militantes proletarios y comunistas (o cualquier otra denominación política o sindical orientada a la lucha y autonomización de clase). 

Igualmente, el documento señala la relación bidireccional entre organización y lucha obrera («La organización es premisa y resultado de la lucha de los trabajadores»), contribuyendo así a la crítica a la engañosa y artificial dicotomía entre primacía unidireccional de la acción colectiva sobre la organización, por un lado, y primacía unidireccional de la organización sobre la acción colectiva, por el otro; entre concepciones espontaneístas-creacionistas, por un lado, y concepciones fetichistas organizacionistas independientemente del contexto, contenido y tareas de la organización en cuestión, por el otro. Se trata de planos inseparables, interrelacionados bidireccionalmente, retroalimentados, tanto en sentido positivo como negativo. 

El texto aborda también que el cómo se presentan (y, si es el caso, se obtienen, aunque sea temporalmente) las reivindicaciones obreras, por medio de qué procesos y métodos, determina en gran medida el carácter de clase de éstas: si son una contribución y una expresión de una tendencia a la lucha como clase, si se orientan hacia la autonomización de clase, más allá de si obtienen una victoria momentánea o no, o si por el contrario tienden a reproducir al proletariado como clase a disposición del capital, diluido y atomizado en la sociedad burguesa y sus mecanismos. Obviamente con terrenos grisáceos dinámicos que pudiera haber entre ambas tendencias. 

El documento también critica correctamente las orientaciones de tipo revolucionarismo ahistórico y maximalismo extemporáneo: 

«Pero la lucha de clase no es la revolución, objetarán algunos comunistas «maximalistas».

No, la lucha de clase es la premisa de la revolución comunista, el suelo donde se puede desarrollar. La lucha de clase son los cimientos de la gigantesca obra de demolición que es la revolución comunista. Las luchas económicas por pequeños objetivos inmediatos son, si queremos seguir con la metáfora, una primera excavación en el suelo de la sociedad capitalista. Que en esa excavación arraiguen los cimientos revolucionarios no es algo seguro que se desprenda de cada pequeña lucha: lo que es cierto es que sin excavación no hay cimientos.

El paso de las pequeñas luchas económicas a las grandes huelgas de masas, que son políticas por definición, no es un paso mecánico ni se produce siempre. Lo que es seguro es que sin pequeñas luchas económicas no habrá huelga de masas y sin huelga de masas no habrá revolución.

Del mismo modo que no se pasa de la más aplastante paz social a la insurrección armada de un día para otro, no se llega a la revolución comunista sin miles de pequeñas luchas económicas «mezquinas» y «egoístas» que «no ponen en cuestión el trabajo asalariado».

El valor de las luchas económicas es de servir de escuela de la revolución, no obtener una subida de 50€, aunque esos 50 euros sean la diferencia entre calentarse o no en invierno y sean el motor que pone en marcha la propia lucha. Sin ese enfrentamiento primero, por un puñado de euros, unos minutos para el bocadillo o dos días más libres, asuntos «mezquinos» si se quiere, menudencias muy alejadas del objetivo último de la abolición del trabajo asalariado, la puerta a enfrentamientos más amplios, por objetivos más ambiciosos, por el programa histórico de la clase explotada, está definitivamente cerrada».

Con ésto, el texto contribuye también a plantear la crítica de otra artificial, ahistórica, falsa dicotomía, frecuente en abordajes de revolucionarismo ahistórico y de maximalismo extemporáneo asociados a orientaciones de anticapitalismo radical-pequeñoburgués: “revolución o nada”; o lucha poco menos que insurreccional o directamente revolucionaria,  o supuestas “ilusiones reformistas”, “venta de ilusiones de posibilidad de mejoras a través de la lucha obrera”, o “mera negociación por el precio de la fuerza de trabajo, no lucha por la abolición del régimen salarial” (¡una minucia sin importancia para las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera, y para las condiciones para su autonomización, la lucha alrededor del precio de su fuerza de trabajo y sus implicaciones..!). Para sustentar ésto, estas orientaciones suelen basarse en una especie de neo ley de hierro de los salarios,  aduciendo que supuestamente “el capitalismo ya no da para más” (algunas de estas orientaciones llevan largas décadas anunciando que “el capitalismo ya no da para más” y que “sólo una lucha directamente a muerte contra él está a la orden del día”) y que por tanto -se diga explícita o implícitamente- la lucha obrera no-revolucionaria carece de sentido y de margen sistémico, cuando no directamente es negativa, desgastadora y desviadora de las supuestas cuestiones importantes: sólo la lucha directamente revolucionaria estaría  a la orden del día en “un capitalismo que no da para más”, y las tareas comunistas consistirían en buena medida en “concienciar” de ésto -¿a quién y cómo exactamente?, ¿a qué clases y sobre qué terrenos y contextos?, ¿por medio de qué proceso de forja de las organizaciones y militantes comunistas?: por la puerta o por la ventana, reclamándose de unas cosas u otras, el anticapitalismo radical-pequeñoburgués está abocado y estrechamente ligado al interclasismo/aclasismo y al idealismo-.  Es evidente lo que implican en la práctica estas orientaciones detrás de su fachada grandilocuente y su apariencia radical: negar el papel imprescindible de la lucha obrera en defensa de sus condiciones de trabajo y vida como terreno central para la autonomización de clase, sin lo cual no hay posibilidad histórica para otras metas, y negar las tareas proletarias y comunistas asociadas a ésta. No es difícil entender que una cosa es afirmar ésto, y otra muy distinta es ignorar u ocultar que los métodos y alteraciones en el seno del proletariado necesarios para la lucha y organización de clase y para modificar la relación de fuerzas capital-trabajo implican en mayor o menor medida un enfrentamiento con la burguesía y su Estado (el grado de enfrentamiento dependerá del contexto histórico, y del margen de maniobra de cada capital nacional), una alteración disruptiva de la “normalidad” de la sociedad capitalista y del papel del proletariado en ella, que prefiguran y empujan -no mecánicamente, no sin procesos, no sin tareas proletarias económicas y políticas, no sin saltos abruptos y retrocesos bajo el peso de las condiciones históricas, no de manera lineal-ascedente ni orgánica sin disrupciones- a enfrentamientos y metas a niveles superiores. El proletariado sólo es clase independiente por medio de los fenómenos y alteraciones ligados a la lucha colectiva contra su supeditación a las exigencias de la patronal y su Estado, contra su disolución en las rspc, y es su estado de automización lo que determina en última instancia lo que da de sí históricamente el capitalismo (que no es una Matrix autónoma a analizar abstractamente,  como si fuera un ente flotando en el aire, sino una relación social y entre clases, una organización social humana). 

Igualmente, el texto también contribuye a la crítica a otra engañosa dicotomía entre dos vías erróneas: entre aspirar a decretar de manera voluntarista la lucha de clase, por un lado, y la de renunciar a tareas económicas proletarias por parte de los militantes obreros y políticos más decididos y avanzados, por el otro; la confusa dicotomía entre voluntarismo economicista y observacionismo politicista:

«En estas condiciones ¿Qué pueden hacer los revolucionarios?

Sabemos, y es un hecho cierto, que la lucha de clases no puede ser decretada a voluntad. Y sin embargo algo podemos y debemos hacer, algo mejor y más allá que encerrarnos en nuestros cenáculos a pergeñar la teoría perfecta, el programa impecable para cuando la ocasión sea propicia.

[…] He aquí la tarea, que no es pequeña: desarrollar la conciencia de clase, ayudar en la comprensión de que el único medio para mejorar su situación es la lucha contra la clase de los capitalistas; señalar las necesidades más apremiantes, por cuya satisfacción debe lucharse; analizar las causas que agravan la situación; explicar las leyes y reglamentos; señalar las reivindicaciones de los obreros y hacerlas públicas; elegir la mejor forma de lucha; contribuir a la organización de los obreros; señalar el verdadero objetivo de la lucha.

El texto de Lenin viene de un tiempo en que los sindicatos, todos, eran aún organizaciones obreras y no habían sido absorbidos por el Estado. La presencia asfixiante de los sindicatos patronales de hoy en los centros de trabajo, las prácticas sindicales de colaboración de clases, de supeditación de los intereses de los trabajadores a los del capital, añade nuevas tareas:

Denuncia y crítica despiadada de las reivindicaciones sindicales antiobreras; denuncia de las prácticas sindicales de desgaste –huelgas de días alternos, por turnos, de un día…– y aislamiento. Apuntar las reivindicaciones correctas, de defensa intransigente de los intereses obreros, en cada situación concreta. Señalar las formas de lucha eficaces y clasistas, en contraposición al pasteleo sindical.

Los revolucionarios no podemos renunciar de ninguna manera a estas tareas que no sustituyen, sino que se suman a otras muchas. La lucha de clases es algo demasiado importante para dejársela a los sindicalistas profesionales a sueldo del capital mientras los revolucionarios se dedican a cosas «serias».

Décadas de sindicalismo amarillo «representativo», huelgas aisladas entre los muros de las empresas, «diálogo social» y componendas con la patronal nos han llevado a la calamitosa situación de precariedad y miseria actual.

Es tiempo de que los trabajadores, también los trabajadores comunistas, tomemos la lucha de clases en nuestras manos de nuevo».

La puntualización que haría respecto a la función de los sindicatos de Estado y los marcos burgueses de relaciones laborales y sindicales es la misma que a los artículos de Ángel Rojo: la función de éstos no es sólo la de «domesticar», canalizar y desgastar al proletariado, y de someterlo así a los intereses del capital y su Estado («colaboración de clases» dicen los tres textos; yo hablaría más bien de disolución y atomización del proletariado dentro de la sociedad burguesa, de la consecuente individualización de su existencia mediatizada por las rspc y el Estado burgués y sus mecanismos, y la resultante obstaculización para la acción colectiva y para potenciales tendencias a la independencia de clase, aunque ambas expresiones se refieren en la práctica al mismo fenómeno)  sino también y sobre todo -en imbricación con estas funciones- la de obstáculo a las potenciales tendencias de autonomización. 

El documento presenta entre los principales obstáculos para la lucha obrera independiente «La ilusión reformista y pacifista, según la cual es posible conseguir mejoras duraderas que paulatinamente erosionen la división en clases de la sociedad, y que además es posible hacerlo estrictamente dentro de los límites legales y formales que el propio sistema establece, es uno más de los venenos ideológicos con que se intoxica el cerebro de los trabajadores para evitar su movimiento de lucha. No en vano, de nuevo en palabras del viejo Manifiesto, las ideas dominantes de una época fueron siempre tan sólo las ideas de la clase dominante». 

No comparto esta valoración. No considero ni que el peso de las ilusiones reformistas, legalistas, pacifistas o democratistas sea tan acusado en el seno del proletariado (lo que prima en el proletariado actualmente es la atomización y competencia física y sistémica, la desmovilización colectiva, y la resultante despolitización -de tipo proletaria, se entiende: la ausencia de vinculación entre los problemas individuales y cotidianos obreros con el carácter colectivo y sistémico de éstos-, no esas ilusiones), ni que por tanto eso sea un factor decisivo y uno de los obstáculos principales para el desarrollo de la organización y lucha obrera independiente. De nuevo: considero que el principal obstáculo no es de tipo ideológico ni de ilusiones, sino de ausencia de ser social de clase (concretizado en la ausencia de prácticas colectivas, estructuras organizativas y posiciones de clase); de esa ausencia material se derivan en última instancia y encuentran terreno fértil las confusiones, ilusiones y funestas influencias materiales y mentales burguesas, pequeñoburguesas y lumpen. Las ideas son un factor muy importante, una fuerza material activa en el cerebro de los hombres (y por tanto también un factor político-histórico activo; pero activo no significa independiente, con vida y desarrollo autónomo) y no un mero reflejo pasivo, pero para entender la presencia (o ausencia) de ellas, su aparición y desarrollo, su mayor o menor éxito o efecto, hay que situarlas en su contexto histórico y en el ser social concreto de los hombres que interactúan con ellas. 

Por otro lado, algo más abajo el artículo acierta al decir que:

«Todo el entramado ideológico [entramado que, correctamente expone el documento, es una fuerza material, con implicaciones bien materiales y tangibles en la cotidianeidad obrera] construido en exclusiva para sostener la explotación asalariada no puede ser destruido solo con propaganda y palabras: es necesario el movimiento práctico, la lucha de clases real, para hacerlo».

***

Yendo a un terreno más concreto: ¿qué desarrollos y organizaciones a nivel español e internacional se sitúan en la actualidad según El salariado en esa contribución a la reaparición de un movimiento obrero independiente (además, se entiende, de la propia web El salariado)?  

[…]

En ese sentido, la ausencia -obviamente no total, pero sí bastante generalizada- de publicaciones claramente orientadas a tareas económicas proletarias me parece una situación que debe abordarse:  considero necesaria la aparición de publicaciones (sin menoscabo y en convergencia con los desarrollos que ya pudieran existir en ese sentido: véase por ejemplo la aparición los últimos años del boletín La Huelga, y seguramente existan otros desarrollos más) que claramente estén orientadas a la contribución al desarrollo de un movimiento obrero independiente, orientadas a aquellos sectores proletarios más avanzados e interesados al respecto (no orientadas, en principio, de manera genérica a “la clase obrera en general”: lo que pretende llegar a “todo el mundo”, a “toda la clase”, de manera indeterminada y sin importar el contexto, suele al final no estar orientado realmente a nadie ni a ninguna tarea en concreto; otros tipos de publicaciones u hojas, según contextos, sí pueden y deben obviamente tener un carácter más general), sin aspiraciones a artificiales monolitismos, sin sectarismos, asumiendo la discusión y las críticas bajo los intereses generales y tareas de contribución a la autonomización de clase, y desmarcadas de los habituales medios, referentes y métodos del anticapitalismo pequeñoburgués y de la izquierda extraparlamentaria bajo reclamación “de clase”. Así, por ejemplo, existen cuentas de twitter como la de El salariado o algunas otras donde se expresan con frecuencia lúcidas reflexiones sobre temas de gran importancia  (desde los terrenos, métodos y contenidos de las huelgas obreras en demarcarción a  huelgas y protestas de otras clases y de otros contenidos, a cuestiones como la inmigración, la vivienda, la política burguesa y pequeñoburguesa, la relación entre beneficios empresariales y condiciones de trabajo y vida obreras, el militarismo y la guerra, etc) que considero que es una lástima que se encuentren desperdigadas en decenas o cientos de tweets -o en decenas o cientos de conversaciones privadas o informales-, o aquí y allá en webs o medios heteróclitos en su orientación de clase, en lugar de tender a concentrarse en publicaciones que asuman consciente y explícitamente la tarea de ser un órgano de contribución práctica y teórica al desarrollo de un movimiento obrero independiente (insisto: sin menoscabo de otros desarrollos y publicaciones en esa línea ya existentes, y con espíritu de convergencia en las tareas proletarias; sin pretensiones adanistas ni de reinvención de la rueda, sin absurdas competencias, ni orientaciones clánicas ni sectarias). 

De manera general, se necesitan en mi opinión publicaciones que concreticen en la medida de lo posible necesidades, tareas y posicionamientos ante los fenómenos concretos de la sociedad burguesa desde una orientación de autonomización de clase (que sean órganos de aglutinación, contacto, información, organización, brújula, discusión y demarcación al servicio de las tareas que asumen; que no sean ni un fin en sí mismo ni un volcado unidireccional de artículos o crónicas, sino un órgano activo y en interacción con sus lectores para la contribución a la autonomización de clase), y no tanto llamamientos genéricos a la “lucha obrera intransigente” o a la “unidad y solidaridad proletaria internacional”, ni rápidas crónicas y recuentos cuantitativos de huelgas o protestas aquí o allá como muestras autocomplacientes de “vean: la clase está en lucha/vean: la clase es indomable” (se trata de intentar comprender las tendencias dominantes y las tareas asociadas a éstas, no de presentar listados cuantitativos de huelgas, ni imágenes espectaculares de protestas  o disturbios varios).

Un saludo.

Junio de 2026.

Draba.

***

(1)  Mis posiciones generales alrededor de las tareas económicas proletarias son: 

  • Que sin prácticas colectivas, estructuras organizativas y posicionamientos propios por parte del proletariado frente a la explotación capitalista y frente a la jungla de la sociedad burguesa y sus fenómenos no hay expresión material de clase independiente, y por tanto la clase obrera se encuentra diluida y atomizada a disposición de las exigencias del capital y su Estado. La consigna fundamental de clase es: o contrapeso y resistencia colectiva a las exigencias del capital y su Estado, o condena obrera al hundimiento en la degradación material y espiritual consustancial a su sometimiento a las rspc.  
  • Que la posición de clase, la posición de las tareas económicas y políticas proletarias, no consiste ni en una genérica «defensa de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera», ni en aplaudir acríticamente cualquier protesta o huelga donde haya en mayor o menor medida presencia sociológica proletaria, ni en zalameros obrerismos apologetas e idealizadores de la condición pro letaria a disposición del captial, sino en la contribución práctica y teórica a la autonomización de clase (esto es: la contribución práctica y teórica al desarrollo de determinadas prácticas colectivas, estructuras organizativas y posicionamientos ante la realidad). En un periodo dominado por la inexpresión obrera independiente, la conciencia de clase es la conciencia de la necesidad de autonomización de clase y de las tareas contribuidoras a ella.    
  • Que el terreno central para la aglutinación y demarcación de clase, para la autonomización de clase, es la lucha colectiva en defensa de las condiciones de trabajo y vida obreras frente a las exigencias del capital (grande o pequeño; foráneo o autóctono) y su Estado; y que es úncamente sobre ese terreno que podrá desarrollarse un movimiento proletario independiente en diferenciación a los intereses, terrenos, métodos, reivindicaciones y cosmovosiones del resto de clases de la sociedad capitalista: burguesía, pequeña burguesía y lumpen.
  • Que no hay clase sin demarcación práctica y teórica de clase: no hay clase sin demarcación física y mental, organizativa y de cosmovisión, respecto a la masa informe del pueblo o la ciudadanía disuelta y atomizada en las rspc, para regocijo y dominio de la burguesía; ni hay clase sin demarcación respecto a otras clases, sus intereses, terrenos, expresiones, métodos, reivindicaciones, cosmovisiones. Para poder dirigir a aquellos sectores populares y de otras clases con agravios y reivindicaciones convergentes con los intereses proletarios, la clase obrera tiene primero que desmarcarse de su disolución en el pueblo, tiene primero que tender a independizarse a través de la lucha. 
  • Que la expresión y organización de clase no va a surgir ahistóricamente, mágicamente de la noche a la mañana por creacionismo espontáneo dentro la «normalidad» de la sociedad capitalista y la disolución del proletariado en ella y sus dinámicas y engranajes, ni implicando «al conjunto o la gran mayoría de la clase obrera», sino que deberá estar jalonada por diversos procesos de lucha, organizativos y de convergencia, impulsados necesariamente por minorías militantes obreras y comunistas vinculadas (o cualquier otra corriente o denominación política o sindical orientada en la práctica concreta hacia la autonomización de clase).
  • Que solamente a través de esos procesos colectivos de autonomización de clase puede alterarse el ser social de sectores obreros, y puede tender a desarrollarse la identidad y la conciencia de clase en éstos; y que solamente a través de esos procesos puede la clase obrera (esto es: sectores importantes y decisivos de ella, no su conjunto ni su gran mayoría en términos aritméticos y/o estáticos) salir del cieno material y espiritual en el que le hunde la «normalidad» de la sociedad capitalista y su disolución en ella, autotransformarse a través de la acción y la experiencia colectiva, y estar así en disposición de aspirar a metas más altas, encontrando en las posiciones científicas comunistas tanto una explicación coherente y basada en evidencia a su propia existencia y lucha bajo las contradicciones y antagonismos del capitalismo, como una guía y perspectiva político-histórica que sirva de acicate y arma de combate en la lucha cotidiana contra la explotación capitalista y el conjunto de la sociedad burguesa.
  • Que sin vinculación y referencialidad hacia los desarrollos y terrenos de autonomización proletaria, «el más impecable de los programas» y «el mejor de los partidos»  (en el caso realmente imposible que tales cosas fueran factibles sin referencialidad y vinculación bidireccional a la autonomización de clase, y sin someterse sus cuadros militantes a procesos de forja, cribaje y decantación bajo el fuego de las tareas económicas y políticas proletarias) va a tender a la pequeñeburguesización política y social, por la puerta de delante o la de atrás: hablar de cosas como revolución proletaria o comunismo (o internacionalismo proletario) sin abordar y sin vincularlo de manera central a las condiciones, terrenos y tareas para la autonomización proletaria, es un brindis al sol inocuo abocado a encontrar de manera natural su terreno fértil, nicho, referente y extracción militante en las distintas expresiones y medios del anticapitalismo pequeñoburgués (medios contraculturales y guetificados varios, juvenil-estudiantiles, movimentistas y de activistas varios, académicos e intelectualoides, etc). Hablar de revolución proletaria, de comunismo o de lucha de clases, sin vincularlo indisociablemente a la expresión obrera independiente y sus terrenos, y a la asociada crítica proletaria -no genérica humanista, ni por encima de las clases y la  interacción entre ellas, como si el capitalismo fuera una suerte de Matrix y no una relación social- a la sociedad capitalista, equivale a desproletarizar y desclasar tales conceptos; equivale a popularizarlos, ciudadanizarlos, estudiantizarlos, activistizarlos, universalizarlos, humanistizarlos,  moralizarlos, academizarlos: pequeñoburguesizarlos.*

Añadido en agosto de 2026 a raíz de los sucesos en Ceuta: Ésto, que todo anticapitalismo que no se sitúe en unos terrenos y tareas de autonomización proletaria está abocado a posicionarse ante la realidad concreta en una orientación y terreno pequeñoburgués, se confirma ante cada situación y acontecimiento. Un ejemplo reciente: la crisis migratoria-diplomático-humanitaria en la frontera entre España y Marruecos. La política pequeñoburguesa (incluyendo a su variante antcapitalista radical-pequeñoburguesa, que puede reclamarse externamente de muchas cosas: de la revolución, del comunismo, del marxismo, del proletariado, etc) en realidad no ve en la miseria más que la miseria: ante ésta, no va más allá de aspavientos de denuncia social impotente y desenfocada; que en su versión anticapitalista se complementan con brindis al sol sobre “la necesidad de la revolución” y demás lenguaje grandilocuente. La política pequeñoburguesa, impotente y confusa, no proyecta realmente ante los agravios de la sociedad capitalista una fuerza material –y sus terrenos y tareas- de contrapeso y confrontación a ésta, sino sólo aspavientos e indignación. Parafraseando a Trotsky en El pacifismo como servidor del capitalismo: nunca ha habido aparentemente tantas voces formalmente contra la explotación capitalista, la miseria obrera y popular, y la barbarie bélica y militarista, y nunca se han mostrado éstas más enseñoreadas y sin oposición real. Y esa oposición y confrontación sólo puede venir de las tareas y terrenos proletarios.

Hemos visto las últimas semanas todo tipo de artículos y posicionamientos llevándose las manos a la cabeza por la situación en Ceuta, y por el uso que unos y otros hacen del sufrimiento de la población migrante; desplegando un periodismo de sucesos y catástrofes haciendo hincapié en el número de muertos y demás datos sensacionalistas; haciendo inocuos y extemporáneos llamamientos a “tomar conciencia de la necesidad de destruir el capitalismo”; haciendo piadosos y ridículos llamamientos a “abolir las fronteras y los Estados”, etc. La política pequeñoburguesa en su versiones de izquierdas (que comparte realmente fuerza motriz y base social y político-histórica con sus versiones derechistas, dándose tanto convergencias como polarizaciones entre ambas), no deja de ser fundamentalmente otra cosa que un humanismo-universalismo más o menos exaltado, de ahí que cuando algunas de sus expresiones hablan de “clase” o de “internacionalismo proletario” tales conceptos carezcan realmente de contenido, implicaciones, terrenos y tareas.

Para la orientación y cosmovisión de política pequeñoburguesa la sociedad capitalista está básicamente dividida en dos clases: las élites y el pueblo, en sus distintas denominaciones intercambiables. Lo que, desde la interpretación y uso del socialismo científico por una parte de algunas de sus expresiones, se correspondería a “burguesía y proletariado”; de la misma forma que todo tipo de conflictos de intereses, agravios o antagonismos presentes en la sociedad burguesa serían expresión y campo de la “lucha de clases”, o que todo tipo de situaciones y sucesos requerirían “solidaridad de clase” (“solidaridad de clase con los inmigrantes”, “solidaridad de clase con Palestina”, “solidaridad de clase con manifestantes o militantes represaliados”, “solidaridad de clase con tal o cual huelga” no importa su contenido y orientación, etc). De ahí la tendencia natural (abierta o velada; explícita o bajo un ligero barniz lingüístico marxoide o “de clase”) de la política pequeñoburguesa a abordar la realidad y sus fenómenos desde el aclasismo/interclasismo y las categorías sociológicas populares por encima realmente de las clases y sus condiciones y necesidades: los jóvenes, los inmigrantes, los estudiantes, los jubilados, las mujeres, los huelguistas, los manifestantes, los militantes y activistas, etc. Aclasismo/interclasismo, idealismo, humanismo-universalismo (lo que de ninguna manera excluye el desarrollo y uso de identitarismos y nacionalismos varios), tendencia al pensamiento irracional sin evidencia factual, combinación oscilatoria entre subordinación/admiración y odio hacia las élites,  impotencia y confusión (que tratan de compensarse con grandilocuencia verbal, gestos vacíos y simplismo analítico) para comprender y abordar la realidad: éstos son algunos de los contenidos de la política pequeñoburguesa en general, y de su expresión a la izquierda más en particular.

Para la política pequeñoburguesa en su variante de izquierdas el inmigrante es fundamentalmente dos cosas interrelacionadas: una categoría sociológica por encima de las clases y una víctima/mártir sufriente. Una categoría sociológica cuando en realidad la migración no es sólo proletaria, sino que, como cualquier fenómeno  está recorrida, por el resto de clases de la sociedad capitalista y sus correspondientes condiciones: hay migración burguesa (véase, por ejemplo una parte de la inmigración venezolana, rusa, ucraniana o china en España y otros países europeos); migración pequeñoburguesa (profesionales y especialistas varios, pequeños empresarios, etc: véase por ejemplo como una parte de la ola migratoria siria a Europa de hace una década tenía una extracción social y familiar pequeñoburguesa: sectores funcionariales, profesionales o comerciantes en su país de origen, aunque abocados en la gran mayoría de casos a una proletarización acelerada en Europa, y las tensiones de todo tipo  asociadas); migración lumpen, impulsada directa o indirectamente por algunos Estados –como el marroquí-, y que es vista con hostilidad en primer lugar por el proletariado migrante de esos mismos países de origen (ya sea proletariado marroquí, argelino, rumano, búlgaro, albanés, etc), que con toda razón no quieren ser identificados con “sus compatriotas” del lumpen, y las campañas de criminalización de los inmigrantes que hacen precisamente uso interesado de las actividades emprendedoras de esos sectores (habitualmente con la necesaria colaboración, por acción u omisión, de distintos actores y sectores estatales). Y el inmigrante como víctima y mártir: un elemento pasivo sufriente, cuya condición le sirve a la política pequeñoburguesa inmigracionista para hacer gala de su superioridad condescendiente y de su humanitarismo (cuidado: en  la medida que no compita en puestos laborales ni en sectores económicos o subvenciones a los que aspire la pequeña burguesía, o deje de ser funcional a la burguesía, ahí el inmigracionismo se vuelve rápidamente y/o se combina con el anti-inmigracionismo y con la conversión del inmigrante en conveniente chivo expiatorio de todos los males, como dos caras complementarias y retroalimentadas de la misma moneda de la sociedad capitalista), y en sus expresiones más exaltadas, para confusa e impotentemente “condenar al capitalismo”, etc.

En éste, como en el resto de aspectos de la realidad, la orientación proletaria y sus tareas requiere –para precisamente ser fácticamente tal cosa- desmarcarse consciente y cualitativamente (y no meramente superficial y cuantitavemente) de las distintas expresiones y orientaciones pequeñoburguesas; necesidad más perentoria si cabe en la medida que no existe hoy día un movimiento obrero independiente cuya expresión práctica –y teórica asociada- fuera ya fáctica y materialmente una demarcación de clase. La orientación y tareas proletarias requieren, entre otras cosas: en primer lugar, abordar los disntintos fenómenos de la sociedad burguesa según las condiciones, terrenos y necesidades de clase, y  no de forma genérica ni popular (ni tratar de darle un acuoso barniz “de clase” o de “orientación de clase” a cualquier cosa, movimiento o situación); en segundo lugar, no centrarse en la denuncia periodística e indignada de los males del capitalismo, sino realmente proyectar a partir de éstos las bases materiales y mentales para las tareas de autonomización proletaria, sobre terrenos de aglutinación y demarcación de clase. ¿Dónde están –entre tanto lagrimeo e indignación, de unos y otros, desde posiciones e intereses burgueses y pequeñoburgueses- los llamamientos y contribuciones a la organización de la clase obrera en Marruecos en defensa de sus condiciones de trabajo y vida frente a las exigencias de la burguesía y su Estado? ¿Dónde está lo mismo aplicado a la clase obrera en España y en Europa? Esa, y no otra, es la verdadera posición proletaria: contribución práctica y teórica a la organización, solidaridad y unidad obreras frente a la burguesía, por encima de origen, condición o status legal. Elementos éstos que sólo pueden desarrollarse a través de duros procesos de lucha y tareas proletarias: no como piadosos e imprecisos llamamientos genéricos lanzados al aire, ni como un pretendido hecho ya dado del que “adquirir conciencia”, ni van a darse mágica y espontáneamente bajo el peso de la sociedad capitalista sin oponer una fuerza material a ésta.

Ni inmigracionismo ni anti-inmigracionismo; ni racismo ni antirracismo burgués y pequeñoburgués (estos últimos se complementan y preparan las bases materiales y mentales del primero); ni humanismo aclasista ni indiferentismo: organización, solidaridad y autonomización proletaria sobre intereses, terrenos, posiciones y tareas obreras.

Repetir constantemente como una letanía ritual y autosatisfactoria cosas como que “el capitalismo es un sistema condenado por la historia y que merece ser destruido” (y acompañarlo con periodismo de sucesos, catástrofes y crítica social) sirve de muy muy poco si no se tiene en realidad nada que decir ni hacer respecto a las condiciones y tareas del potencial brazo ejecutor que pueda concretizar esa condena; y para poder llegar eso, el brazo ejecutor debe primero pasar por un proceso a través del cual pueda ser capaz de defenderse, moverse y actuar colectivamente en defensa de sus intereses y necesidades frente a las exigencias que le impone el capitalismo y la burguesía.

Nunca se insistirá demasiado desde una orientación proletaria: plantear cualquier crítica a la sociedad burguesa, o hablar de cosas como revolución, comunismo o de combate contra el militarismo y la guerra, de manera realmente disociada de las condiciones y terrenos de la lucha y la autonomización proletaria en su confrontación con el capital, y de las diversas tareas exigidas a minorías militantes obreras y comunistas al respecto según las condiciones históricas y la relación de fuerzas, es situarse en un anticapitalismo de corte aclasista/interclasista, humanista-universalista, idealista-conciencista, ahistórico, moralista, utópico; en un anticapitalismo pequeñoburgués, se reclame éste de lo que se reclame.