La cuestión sindical

BOLETÍN DE LA LIGA DE COMUNISTAS INTERNACIONALISTAS (L.C.I.) AÑO II, Nº 7, AGOSTO 1933.

La Liga de Comunistas Internacionalistas1 organizará próximamente su segunda Conferencia Nacional. En el orden del día de esta conferencia figuran: a) la situación nacional e internacional; b) la cuestión sindical.

El grupo de Bruselas ha elegido una comisión para redactar los informes en los que se basará la discusión. Publicamos aquí el informe sobre la cuestión sindical, elaborado por la mayoría de la comisión. Ofreceremos el punto de vista de la minoría en un próximo Boletín.

También publicaremos muy pronto los informes relacionados con el primer punto del orden del día. 

Rogamos a los camaradas que envíen sus comentarios sobre estos documentos a la redacción del Boletín. Evidentemente la discusión no está limitada únicamente a los miembros de la Liga. Los camaradas que no sean miembros pueden estar seguros de que sus comentarios serán estudiados, igual que los del resto. Del mismo modo, invitamos a aquellos que quieran participar en la Conferencia a que se inscriban, poniéndose en contacto con la redacción.

El Congreso se celebrará posiblemente los días 11 y 12 de noviembre.

INFORME SOBRE LA CUESTIÓN SINDICAL

1. El sindicato y la revolución proletaria

El régimen capitalista se basa en el antagonismo entre las relaciones sociales basadas en la propiedad privada de los medios de producción y las relaciones de producción. Este antagonismo, como nos enseña Marx, da lugar a la lucha de clases. El proletariado es la única clase revolucionaria capaz de suprimir este antagonismo, aboliendo las clases.

La lucha del proletariado, orientada hacia este objetivo, tiene como programa esencial la destrucción del Estado capitalista para fundar un Estado proletario basado en la socialización de los medios de producción industrial y la socialización de la tierra, primera etapa para poder instaurar también una economía socialista en la agricultura.

El organismo específico del proletariado para cumplir su misión histórica es el partido de clase. El programa del partido no se deriva de situaciones contingentes, sino que resulta de los principios del comunismo científico que permitieron a Marx conocer las leyes del capitalismo y la necesaria evolución de éste hacia el socialismo.

La transformación de la sociedad sólo puede lograrse mediante la insurrección del proletariado. Ésta constituye la fase suprema de la lucha de clases y la realización del programa específico del partido del proletariado. Lenin decía que las condiciones para la insurrección consisten en el desmoronamiento del aparato de dominio del capitalismo, las vacilaciones de las clases medias y el impulso revolucionario de las masas obreras.

Cuando aún no existen condiciones para entablar esta lucha final, la tarea del partido es ligar las luchas parciales al objetivo final que persigue. Esta ligazón se puede concebir según dos métodos, que son irreconciliables. Los reformistas defienden que las luchas parciales deben relacionarse con su supuesta reforma gradual del Estado capitalista, hasta llegar finalmente al socialismo. Los marxistas ligan las luchas parciales del proletariado a la lucha por la destrucción del Estado capitalista. Estas dos posiciones se oponen de esta forma concreta: los reformistas debilitan las organizaciones de clase de los trabajadores, hablan de la conquista gradual del Estado por parte del proletariado, pero de hecho dan al capitalismo el control directo de los organismos de clase del proletariado. En cambio, los marxistas consideran que las luchas parciales en la práctica sólo pueden ligarse a la lucha final si las organizaciones obreras mantienen una posición de lucha abierta y constante frente al Estado, reafirmando y fortaleciendo las posiciones del proletariado.

La clase obrera funda sus organizaciones sindicales para arrancar mejores condiciones de vida y de trabajo. Aquellas reflejan un determinado grado de conciencia de las masas y una determinada fase de la evolución de la lucha de clases. Así pues, el sindicato constituye el organismo específico que permite a la vanguardia del proletariado desarrollar las luchas parciales, la conciencia de las masas y la potencia de sus organizaciones, para llevar al conjunto de los trabajadores a la insurrección.

De todo lo anterior se deriva que existe una diferencia fundamental entre el partido y el sindicato, diferencia que hay que tener en cuenta constantemente, incluso después de tomar el poder. En efecto, el sindicato se disuelve en el partido y el partido se disuelve en la clase cuando comienza la era de la organización comunista de la sociedad. Es completamente cierto que el objetivo general del sindicato es el mismo que el del partido: la emancipación del proletariado. Pero esto no implica que ambas organizaciones tengan las mismas funciones y las mismas posiciones. El hecho de que el partido comunista no pueda dirigir una huelga en la industria, o de que el sindicato no pueda dirigir la insurrección, no obedece a un reparto formal de tareas entre estos dos organismos. Desde el punto de vista de su función, el sindicato representa la organización capaz de albergar en su seno a todas las masas, sin distinción de opinión política o religiosa, mientras que el partido, en cambio, agrupa únicamente a la minoría que acepta íntegramente el programa comunista.

El problema de las relaciones entre partido y sindicato fue una piedra en el zapato para el movimiento obrero. Estas relaciones, si se aceptan las anteriores consideraciones, sólo pueden establecerse sobre las siguientes bases: el sindicato, por su propia naturaleza y su función, sea cual sea la política que defienda, incluso aunque defienda un programa revolucionario, es incapaz de lograr los objetivos finales de la clase obrera. Además, sólo puede convertirse en un factor esencial para lograr dichos objetivos si el partido trabaja en su seno. El trabajo del partido, a su vez, nunca puede basarse en el establecimiento de relaciones orgánicas con las organizaciones sindicales, ni siquiera después de tomar el poder. La herramienta para lograr los objetivos del partido, con la que se pretende elevar la conciencia de clase de los trabajadores, es la actividad de las fracciones sindicales del partido comunista. Estas fracciones, siendo organismos que emanan directamente del partido, sólo pueden estar compuestas por miembros de la organización política. Admitir en ellas a simpatizantes supone falsear la naturaleza de las fracciones, que de esta forma se transformarían, de organismos del partido, en organismos de oposición sindical, que en general se basan sobre el principio de la «lucha contra el reformismo».

El reformismo es una fuerza política al servicio del capitalismo, pero no se puede vincular a ninguna formación económica concreta. Pretender relacionarlo con la aristocracia obrera supondría considerar a esta última como una categoría económica fundamental, cuando en realidad, en la fase del imperialismo, la política de la burguesía se expresa de forma concentrada en torno al capital financiero, que domina los distintos aspectos del capitalismo (agrario, industrial, etc.). La lucha contra el reformismo, pues, sólo puede conducirse en función de la lucha general contra el capitalismo. Si los reformistas monopolizan hoy la dirección de las centrales sindicales, significa que la correlación de fuerzas es favorable al capitalismo. Modificar esta correlación de fuerzas sólo es posible reforzando las posiciones de clase de los obreros, y dicho fortalecimiento sólo puede ser fruto de la lucha de clases. De todo ello se deriva que la vanguardia comunista, dentro de las organizaciones sindicales, debe plantear un sistema de consignas y de medios de lucha que conviertan al sindicato en un instrumento para las victorias parciales y un pedestal para la victoria final. También se desprende de todo esto que la vanguardia no se dedica a plantear un sistema de consignas y de medios de lucha para, primero, liberar la organización sindical de la hegemonía reformista y después pasar a la lucha contra el capitalismo. 

Hacer creer a los obreros que antes de combatir al capitalismo hay que combatir primero a los reformistas supone en realidad aplicar el propio esquema reformista, según el cual para combatir al capitalismo primero hay que combatir a los divisivos comunistas.

Ante los problemas de la revolución, el sindicato debe servir para elevar las luchas, las experiencias y las posiciones de clase, hasta desembocar en la insurrección. El sindicato no puede seguir esta marcha ascendente por sí mismo. Sometido a la hegemonía reformista se detiene a medio camino, permitiendo al capitalismo controlar el movimiento proletario, que en última instancia se precipitará hacia su disolución cuando la situación económica obligue al capitalismo a recurrir al terror fascista2.

Bajo el impulso de las fracciones sindicales comunistas el sindicato se desplaza progresivamente hacia los objetivos finales de la clase obrera, un proceso que está ligado al desarrollo de las experiencias y la amplificación de las luchas de la clase obrera.

2. Unidad sindical y escisión de los sindicatos

El sindicato es la organización específica de los trabajadores que permite al partido ligarse al mecanismo de la lucha de clases para impulsar su evolución hacia el desenlace revolucionario.

Aunque no incluya en su seno a toda las masas, al basarse simplemente en una conciencia elemental de lucha contra la patronal, el sindicato es el representante autorizado de la capacidad de lucha de las masas en su conjunto. Los comunistas no defienden la necesidad de unidad sindical por puro formalismo unitario, sino porque las luchas de clase requieren al conjunto de las masas y no sólo a una porción de éstas. En una situación en la que los reformistas conservan su influencia sobre una parte de los organizados, aunque sea pequeña, y cuando no se espera que las situaciones evolucionen rápidamente hacia la revolución, provocar una escisión sindical aparentemente resuelve el problema de entrar en relación con amplias capas de trabajadores, pero en realidad lo único que se consigue es modificar su expresión contingente.

El fondo del problema, al contrario, consiste en las relaciones entre las clases fundamentales de la sociedad, en la posición que ocupa la vanguardia ante la clase y en el grado de madurez de la conciencia de las masas. Ahora bien, todo esto no se resuelve con un acto de voluntad de un grupo de la clase obrera, provocando una escisión sindical y pensando que esto favorece las condiciones para luchar contra el capitalismo. En realidad este grupo está abandonando el terreno marxista, al sustituir la acción consciente que surge del mecanismo de la lucha de clases por la voluntad de los individuos, y únicamente empeora las condiciones para la lucha obrera.

Es verdad que, salvo en momentos excepcionales del combate revolucionario, una parte importante de las masas se opone a la lucha. La organización sindical unitaria permite a la vanguardia arrimar a su lado a esta parte pasiva de las masas, que es un elemento indispensable tanto para las victorias parciales como para la victoria final. El hecho de que esta parte retrógrada de las masas se organice de manera separada supone una gran baza en manos del capitalismo para la organización permanente del esquirolaje. 

El predominio reformista en los sindicatos implica el control de la burguesía sobre el proletariado, pero en sí mismo esto no implica su incorporación al Estado capitalista.

«Si la escisión es absolutamente necesaria, habrá que recurrir a ella cuando los comunistas, mediante sus esfuerzos ininterrumpidos contra los líderes oportunistas y una muy activa participación en la lucha económica, logren convencer a amplias masas obreras de que la necesaria escisión no obedece a consideraciones relacionadas con el objetivo de la revolución, aún lejano y poco inteligible, sino a los intereses inmediatos y concretos de la clase obrera y a las necesidades de la acción económica. En caso de que la escisión sea inevitable, la táctica de los comunistas debe basarse en un atento análisis de la coyuntura política y en la previsión de las consecuencias de dicha escisión, sobre todo desde el punto de vista del alejamiento de los comunistas de las masas obreras.»  Tesis del II Congreso de la I.C.

En el terreno de los principios, la escisión sindical sólo está justificada en los dos siguientes casos:

  1. En una situación revolucionaria, antes de la insurrección, la escisión sindical muy probablemente se convierta en parte integrante de la lucha general del proletariado, y entonces habrá que defenderla abiertamente.
  2. Cuando el Estado fascista se hace con el control de los sindicatos y los transforma en Corporaciones. Entonces hay que dar la consigna de formar nuevos sindicatos.

La incorporación de los sindicatos al Estado democrático burgués, en el curso de una nueva guerra imperialista, podría dar lugar a la necesidad de crear nuevas organizaciones sindicales, aunque ésta no es una verdad categórica.

Ni que decir tiene que a los sindicatos cristianos y liberales hay que considerarlos organizaciones burguesas. Y los revolucionarios que se vean obligados a militar en ellos por razones especiales deben promover una escisión, pues ésta permitirá, o bien crear un verdadero sindicato unitario de clase, o bien desarrollar los sindicatos de clase ya existentes.

La necesaria unidad sindical entre organizaciones de base clasista es imposible con las organizaciones cristianas o liberales, pues éstas se basan en el principio opuesto de la colaboración de clases. El hecho de que las organizaciones cristianas, por ejemplo, agrupen a miles de trabajadores, en ningún caso debe hacernos olvidar los principios de estos sindicatos, que defienden abiertamente la intervención del Estado burgués en la práctica y en el desarrollo de la lucha de clases.

En resumen, la unidad sindical sólo puede basarse en el programa de la lucha de clases, pues ésta es una reivindicación absolutamente básica, no establece ninguna distinción política entre las masas y se desprende de la posición que ocupan los trabajadores frente a la patronal.

3. Fracciones sindicales y Oposición Sindical Revolucionaria

Por su naturaleza y su función, el sindicato no es una organización capaz de luchar por el triunfo de la revolución. Únicamente puede contribuir a este triunfo gracias a la acción que desarrollan en su seno las fracciones sindicales comunistas, es decir, a través de la intervención de un organismo externo a la estructura del sindicato, que lleva desde el exterior, dentro de la base corporativa, los factores de la lucha general por la formación de una conciencia revolucionaria de las masas.

La experiencia demuestra que el tradeunionismo, y por tanto el sindicato, desemboca por su propia evolución, no ya en la revolución, sino en la conservación del capitalismo. De ello se desprende que las formaciones o corrientes políticas que provienen y se limitan a la organización sindical no pueden pretender guiar la lucha del proletariado, ni representan realmente un aporte a su lucha. Este aspecto de la doctrina nos interesa desde un doble punto de vista: precisar la composición de las fracciones sindicales y definir nuestra posición respecto a las formaciones políticas que se acantonan en la organización sindical. 

En lo que respecta a la composición de las fracciones sindicales comunistas, está claro que éstas sólo pueden incluir a miembros del P.C. Si incluyeran a los simpatizantes se modificaría su naturaleza, pues la fracción, en lugar de seguir siendo un instrumento del partido, se convertiría en un organismo de oposición sindical. Efectivamente, todo organismo tiene una determinada naturaleza, que se deriva de los objetivos que se asigna. La fracción sindical, por ejemplo, es el instrumento empleado por el partido para introducir en las organizaciones sindicales el programa comunista, y si a ella se suman los simpatizantes (como sucede en general en las oposiciones sindicales) no podría darse como objetivo más que la lucha contra la dirección sindical, lo que a menudo desemboca en la formación de bloques de «izquierda sindical» para dirigir la organización.

Estas oposiciones sindicales adquieren inevitablemente el aspecto de organizaciones políticas con un programa mínimo y finalmente están llamadas a convertirse en organismos anexos a los partidos. La fracción sindical es una emanación del partido, controlada y dirigida por éste, mientras la oposición sindical emana del sindicato y, en definitiva, lo único que hace es desnaturalizar la función del partido. A las capas de obreros que evolucionan dentro del sindicato hacia el comunismo hay que dirigirlas directamente hacia el partido y no hacia organizaciones intermedias, como las oposiciones sindicales. El simpatizante formará parte de la fracción únicamente cuando se adhiera al partido, es decir, cuando pase de un estadio primario que le permite comprender la lucha contra el reformismo a una conciencia más elevada de la lucha contra el capitalismo. 

La Oposición Sindical Revolucionaria3 centrista constituye, bajo una forma acabada, una falsificación tanto de la naturaleza de las fracciones como del propio partido. En Alemania, en circunstancias muy favorables (crisis económica y ofensiva fascista), la O.S.R. ha hecho que a la vanguardia comunista le sea imposible ligarse al proceso de la lucha de clases, y así la función del reformismo ha logrado expandirse completamente. Por otra parte, el partido, al transmitir sus funciones a la O.S.R., anuncia abiertamente su separación de los movimientos de clase. El paso de la forma de fracción a la forma de oposición implica directa o indirectamente el problema de la escisión sindical. Ya no se trata de conquistar los sindicatos para la ideología comunista, sino de oponer a la dirección sindical reformista otra dirección sindical, que representa una mezcla supuestamente revolucionaria. 

Es evidente que los reflejos de la lucha de clases se expresan a través de la evolución de ciertas capas de obreros hacia el comunismo. El sindicato constituye el medio en el que estos reflejos se expresan de manera inmediata. El problema a resolver, por tanto, es éste: ¿las repercusiones de la lucha de clases deben pasar por un camino intermedio antes de desembocar en el P.C.? ¿Y este camino intermedio consiste principalmente en formaciones híbridas filocomunistas?

Si bien es cierto que esas capas de obreros no abandonan el reformismo para pasar directamente al comunismo, no está demostrado que para facilitar este paso haya que recurrir a formaciones políticas específicas para dicho objetivo. Al contrario, estas formaciones impiden que los trabajadores evolucionen hacia el comunismo, e incluso dispersan la organización del partido, que a la larga termina por identificarse con estas formaciones.

Una vez rechazado el reformismo, puede que los obreros aún no comprendan la necesidad de que exista un partido revolucionario para facilitar la transformación de los sindicatos en instrumentos de lucha contra el capitalismo. Aquí interviene la propaganda del partido, para llevar hasta el final esta evolución de los trabajadores (la adhesión al comunismo y su entrada en el partido), esforzándose constantemente por agruparlos en torno a la fracción sindical.

El proletariado sólo es capaz de actuar como fuerza de transformación social si adquiere una conciencia lúcida de los objetivos a alcanzar. Esto se lleva a cabo a través de una minoría organizada en el partido, y se va logrando a medida que los elementos de la clase entran en el partido y a medida que el partido logra liquidar las formaciones intermedias, que no representan más que un obstáculo para la elevación de la conciencia de las masas hacia el comunismo. El análisis de la función de estas formaciones nos revela que efectivamente se trata de obstáculos. Poco importan las declaraciones de estas formaciones sindicales sobre su apoyo sincero al P.C.

El criterio para evaluar la naturaleza, la función y el objetivo de cualquier organismo político son sus relaciones con el Estado, que representa el órgano específico de dominio capitalista. Ni el sindicato ni ninguna formación política acantonada en el sindicato son capaces de plantear el problema de la destrucción del Estado capitalista. Esta tarea corresponde únicamente al partido revolucionario. Una formación política procedente del sindicato puede, o bien negarse a encarar el problema de la destrucción del Estado, o aceptar el punto de vista comunista, o el de la socialdemocracia de izquierda o de derecha. En el segundo caso el partido se ve obligado a luchar para disolver esta formación y afiliar a sus miembros al P.C. Si aquella acepta los puntos de vista socialdemócratas en general, habrá que luchar para que abandone su terreno ambiguo. Aquí estamos tratando el caso de formaciones que, aunque surgen en los sindicatos, no constituyen organizaciones sindicales propiamente dichas. Pero evidentemente se pueden aplicar las mismas consideraciones a una sección o una central sindical: en tal caso se trataría de una fracción, o del conjunto del aparato sindical, que muy a menudo defiende posiciones comunistas con el único objetivo de mantener el control sobre los obreros, teniendo las manos libres para girarse de nuevo hacia el reformismo cuando las repercusiones de los movimientos de clase dejen de tener consecuencias directas o inmediatas. 

La ausencia de un partido revolucionario con cierta influencia en la lucha de clases favorece la formación de estos grupos intermedios, que asumen la tarea de tender puentes entre distintas corrientes políticas, irreductiblemente opuestas entre sí. La situación que se ha creado, sobre todo después de las derrotas de la clase obrera, favorece la eclosión de estas formaciones. El desasosiego que se apodera de los espíritus obreros, su deseo tenaz de lograr la unidad, dejando de lado o minimizando las divergencias políticas, alimentan dichas corrientes. 

Cuando estas corrientes se manifiestan, la línea de conducta que creemos que hay que adoptar es la siguiente: hay que plantear con toda franqueza los problemas relacionados con la constitución de estas formaciones, su carácter híbrido, el daño que causan al ocultar a los obreros su verdadera naturaleza. La cuestión de saber si estos problemas hay que plantearlos desde el interior, sumándose a ellas, o desde el exterior, habrá que resolverlos en función de la importancia que adquieran estas corrientes y su orientación general. En cualquier caso, la adhesión de los comunistas a estas organizaciones solo puede tener un carácter episódico y debe partir de la base de una abierta proclamación de los objetivos que se propone el partido, a través de las fracciones sindicales. 

La fracción sindical comunista, por tanto, es el único organismo del partido, se propone conquistar a las organizaciones sindicales para la ideología comunista, y con este objetivo el partido crea sus comités sindicales para los sindicatos de industria y su comité sindical central. Estos comités son los organismos que se oponen a los órganos sindicales del partido reformista, para librar a los sindicatos de la influencia capitalista y orientarlos hacia el comunismo. La fracción y los comités sindicales deben conservar su función técnica como instrumentos del partido y someterse a los órganos fundamentales del partido. La fracción o el comité sindical del partido pueden entrar en contacto con las formaciones correspondientes de otros partidos para plantear acciones de frente único, pero esto no significa que sean autónomas, pues permanecen sometidas a las instancias fundamentales del partido. Estas fracciones sindicales y comités no hay que suprimirlos ni siquiera cuando son los comunistas quienes dirigen la organización sindical. La experiencia en Francia demuestra que al fundarse la C.G.T.U., la disolución de las fracciones impidió todo control de la vanguardia comunista sobre los sindicatos unitarios y contribuyó completamente a la degeneración del P.C.F.4

4. El sindicalismo

La falta de una solución correcta al problema de las relaciones entre el partido del proletariado y las organizaciones sindicales alimenta las teorías del «sindicalismo»5. La degeneración de los partidos de la II Internacional sirvió de base para las teorías sindicalistas.

Desde el punto de vista de los principios, el sindicalismo está ligado a esa idea de Proudhon según la cual la composición social de la organización determina automáticamente su evolución en sentido proletario. Así pues, frente a la degeneración de los partidos socialdemócratas, parecía seductor resolver el problema de la lucha de clases liberando a los sindicatos de toda relación con los partidos políticos, lo que de hecho equivalía a proclamar la lucha contra estos partidos. El ambiente proletario del sindicato supuestamente garantiza que éste será capaz de conservar su naturaleza, su función y sus objetivos. Tras la Revolución Rusa el sindicalismo perdió toda posibilidad de desarrollo, lo que por otra parte se vio confirmado por la evolución de las corrientes sindicalistas hacia la III Internacional. La degeneración de los partidos comunistas ha proporcionado de nuevo una cierta base para la renovación de las corrientes sindicalistas. Al contrario que antes de la guerra, actualmente el sindicalismo no engloba a las masas y carece de perspectivas de desarrollo. Como se ha demostrado en Francia con el Comité de los 226, el sindicalismo se ha desmoronado y algunas corrientes proletarias desligadas del centrismo le reclaman una orientación precisa para la lucha revolucionaria.

La experiencia española ha asestado otro golpe al sindicalismo, pues la Confederación General del Trabajo7 se ha revelado impotente incluso para plantear el problema de la lucha del proletariado español. Sin saber en qué dirección había que llamar a la lucha, proclamó que había que defender la República, esperando sin duda a que fueran las situaciones las que dictaran el programa de la lucha obrera. 

Aunque en la fase actual de la lucha obrera el sindicalismo carece de base para su extensión entre las masas, no obstante puede reagrupar a minorías de luchadores revolucionarios. Con ellos habrá que adoptar una actitud adecuada. El sindicalismo, aunque afirma que el sindicato es la única forma de organización proletaria, aunque luche contra cualquier partido, es el sí mismo un partido político. Y es en este sentido como habrá que concretar nuestras relaciones con él. Efectivamente, cuando el sindicalismo abandona su forma de secta y se ve obligado a adoptar responsabilidades en la dirección sindical, defiende todo un sistema de lucha que puede parecerse a las concepciones bien del comunismo, bien del anarquismo, o incluso del reformismo. Asimismo, en lo que respecta a las elecciones al Parlamento, mantiene una pureza exclusivamente formal. Como ha hecho la Confederación del Trabajo en España, aunque no tome posición abiertamente, recomienda a sus miembros que voten por los candidatos de los que se espera una acción favorable. La presión de los acontecimientos sobre las corrientes anarcosindicalistas es tan fuerte que actualmente asistimos a una discusión en su seno sobre la necesidad del Estado, e incluso sobre la idea de la dictadura del proletariado.

Al considerar al sindicalismo como un partido estamos concretando nuestra actitud, no ante una formación que se acantona exclusivamente en el sindicato, sino ante a una corriente política que pretende influir en las organizaciones sindicales. Si nos halláramos ante a un sindicato dirigido por los sindicalistas, deberíamos presionar a sus dirigentes para que se unan a la organización política de la que ellos son expresión. El Réveil Syndicaliste es el centro del reagrupamiento del sindicalismo en Bélgica. Con él habrá que aplicar una táctica de frente único sobre la base de un programa general de lucha contra el capitalismo. 

5. La táctica del frente único

Desde el punto de vista general existen dos concepciones opuestas del frente único. La primera, que es la que ha prevalecido en los partidos comunistas, consiste en considerar que éstos ya constituyen la quintaesencia revolucionaria y por tanto solo hay que desbrozar el terreno de traidores y oportunistas. El cliché entonces es muy sencillo: establecer un programa que permita eliminar a los traidores y los oportunistas de manera inevitable, en el propio proceso de lucha.

La otra concepción, para nosotros la única marxista, consiste en considerar que la influencia del enemigo y de las corrientes políticas extrañas al comunismo entre las masas está relacionada con la intensidad de la lucha de clases. Antes de la revolución, el Estado capitalista puede influir directa o indirectamente en el movimiento obrero. La inconsciencia de las masas y la falsa orientación de ciertas capas son producto de las propias situaciones y expresan una determinada correlación de fuerzas. El papel de la vanguardia comunista consiste, por tanto, en impulsar la evolución de la lucha de clases para elevar la conciencia de las masas. La vanguardia, lejos de considerarse perfecta, confronta a la luz de la experiencia los elementos políticos que ofrece a las masas, para poder rectificarlos y completarlos hasta formar unas bases para la lucha general del proletariado.

Esta divergencia sobre la concepción del frente único viene acompañada de una divergencia práctica en lo que respecta a su realización. La forma generalmente admitida por la Internacional Comunista era que, cuando se considera que existen condiciones para la lucha obrera, hay que lanzar un llamamiento a las formaciones políticas que influyen en las masas, lo más amplio posible, con el objetivo de que participen en la organización de esta lucha. El error de este método consiste en creer que, cuando los jefes socialistas responden negativamente a las propuestas comunistas, demuestran a las masas que se niegan a luchar. Pero para los obreros el rechazo a la lucha por parte de aquellos sólo queda claro cuando se demuestra efectivamente que las bases de acción común (objetivos y medios) que ofrecen los comunistas permiten lograr la victoria. 

Este método también implica el siguiente peligro. Al dirigirse a la socialdemocracia para proponer una lucha común, se refuerza necesariamente la idea de que ésta es capaz de implicarse realmente en la lucha contra el capitalismo. Evidentemente, éste es el precio a pagar inevitablemente por la táctica del frente único, y sólo se justifica si el frente único se aplica en un contexto que permita a los trabajadores darse cuenta por sí mismos de que dicha suposición es un error. Para que las masas puedan desembarazarse de sus ilusiones sobre la socialdemocracia, ilusiones que la oferta de frente único refuerza, esta oferta debe ir acompañada de los órganos adecuados para su realización, y dichos órganos deben hallarse únicamente bajo control de los trabajadores, lo que permite que los comunistas puedan conquistar una mayoría en su seno. 

En Bélgica, en las circunstancias actuales, el sindicato es el organismo más adecuado para llevar a cabo el frente único. Conforme la lucha avanza hacia estadios más avanzados de su desarrollo, pueden surgir otros organismos: comités de huelgas, consejos de fábrica, consejos obreros. Hay que rechazar las ofertas de frente único que no incluyan la designación de las organizaciones llamadas a realizarlo, o que designen un organismo que no se halla únicamente bajo el control inmediato de las masas (un comité de partidos, por ejemplo). Así se evita que los reformistas se adhieran a él, cuando la presión obrera es muy fuerte, para abandonarlo más tarde, sabotear la lucha y renegar de sus compromisos.

Cuando el movimiento sindical está dividido, el frente único se presenta principalmente sobre la base de la acción común de los distintos sindicatos y la reconstitución de la unidad sindical. Cuando ya existe esa unidad orgánica de los sindicatos, una de las condiciones esenciales para el frente único es que se garantice la libertad de los comunistas para defender su punto de vista en los sindicatos. 

El frente único debe basarse en la siguiente consideración: el programa de lucha debe tener en cuenta tanto la correlación de fuerzas entre clases como el grado de conciencia de las masas. Así pues, la vanguardia propondrá reivindicaciones y medios de lucha que puedan ser asumidos por la ideología general de las masas y las concepciones de las capas obreras influidas por la socialdemocracia. A esa concepción centrista según la cual hay que presentar reivindicaciones que vayan más allá de la orientación general de las masas y aprovechar las afirmaciones demagógicas de la izquierda socialista para desenmascararla en la lucha, hay que oponer la anterior formulación, con la que se consigue la mayor concentración de obreros en torno a un programa detallado. El partido vigilará cómo evoluciona esta lucha para saber cuando puede asumir su dirección. Evidentemente, esto sólo sucederá en situaciones de auge revolucionario, o al menos cuando una parte de las masas evolucione y se libere de la influencia capitalista, demostrando que quiere situar sobre una base clasista sus organizaciones sindicales.

6. La creación del P.C. en Bélgica y la postura centrista respecto a los sindicatos

La formación del P.C.B. no fue el resultado de un desplazamiento de las masas al comprender el alcance histórico de la traición de la socialdemocracia, sino que fue producto de la reacción proletaria de una ínfima minoría de revolucionarios ante la actitud burguesa del P.O.B.8 respecto a la Revolución Rusa. La fusión de L’Ouvrier Communiste y de Les Amis de l’Exploté en 1921, dando lugar al P.C. unificado, no resolvió todos los problemas específicos de la formación de una vanguardia revolucionaria. Un partido de vanguardia no merece verdaderamente este nombre si no representa a una parte del movimiento proletario. Si se limita a organizar a elementos dispersos sin relación con los movimientos de clase es que no ha resuelto ideológicamente los problemas vitales del proletariado. Debe concentrar a su alrededor a los mejores elementos de la clase y, mediante la elaboración de un programa, ligarse profundamente al proletariado hasta convertirse en su única y verdadera expresión.

Las bases del P.C.B., excesivamente estrechas, y las tendencias centristas que no tardaron en desarrollarse en la I.C., influyendo en su dirección, hicieron muy difícil resolver las tareas del comunismo en Bélgica. El período de creación de partidos comunistas a escala internacional coincidió en Bélgica con una era de prosperidad que dio nuevo impulso a la socialdemocracia. 

Se abrió una nueva época para el reformismo. La socialdemocracia, respondiendo a las necesidades de reorganización del capitalismo, sentó las condiciones para esta expansión. Logró armonizar esta necesidad de tranquilidad con el impulso que los acontecimientos de posguerra habían imprimido a las masas obreras. 

Los primeros años de vida del P.C. se consagraron casi exclusivamente a la propaganda a favor de la Revolución Rusa. No obstante, había una seria intención de ligar las ideas generales de la revolución a la situación del proletariado en Bélgica. No sin éxito, el partido se dedicó a desarrollar, sobre la base de la lucha obrera, un trabajo que permitiera a los obreros separarse poco a poco del reformismo. La actividad sindical estaba en el centro de este trabajo. El partido creó los primeros núcleos sindicales, permitiendo que la ideología comunista penetrara en los sindicatos. En el curso de este trabajo surgieron las primeras divergencias y se manifestaron las primeras corrientes. Estaban relacionadas con la posición a adoptar por el partido ante la reacción de ciertos obreros y militantes, que querían orientar la oposición obrera a la política reformista por la vía de la escisión sindical. En general, todos los comunistas condenaban teóricamente la salida de los sindicatos de las Centrales reformistas. Sus partidarios reaccionaban con indolencia ante las veleidades escisionistas de ciertos dirigentes sindicales (Comité de defensa de Seraing), mientras de palabra afirmaban estar de acuerdo con la voluntad unitaria del partido. El objetivo de estos vergonzosos partidarios del escisionismo sindical era utilizar burocráticamente los sindicatos, una vez separados, como base electoral. La izquierda del partido, partidaria de la unidad sindical, pretendía transformar los sindicatos en instrumentos de la lucha contra el capitalismo, mediante el trabajo de sus miembros en los sindicatos y la conquista de los mejores elementos obreros para el comunismo. El centrismo optaba por extender la influencia del partido anexionándose las organizaciones sindicales que abandonaran las Centrales reformistas. El escicionismo sindical del centrismo no era más que una manifestación, circunscrita al terreno sindical, del desprecio general que mostraba frente a los problemas que planteaba la creación de verdaderos partidos comunistas (selección y educación de sus miembros, elección de métodos, etc.).

Los errores de la I.C. naturalmente debían influir fuertemente en el desarrollo de corrientes dentro del P.C.B. Así, la política de la Internacional Sindical Roja, que se oponía claramente a la consigna fundamental inicial de la I.C. (la conquista de los sindicatos reformistas), constituía un apoyo directo a la corriente que se desarrollaba en el seno del movimiento obrero belga favorable a la escisión sindical. 

El surgimiento del movimiento unitario en los años 1925-1926 enfrentó con más violencia aún a las dos corrientes que se habían manifestado en el P.C.B. desde su formación. El centrismo, cuyo representante más destacado era Jaquemotte, consideraba necesariamente al movimiento unitario como un medio para lograr sus fines (ampliar el partido apoyándose en las organizaciones que se apartaban del P.O.B., en lugar de reforzarse con los obreros que se pasaban al comunismo), exigiendo que el movimiento unitario se transformara en un movimiento de minorías sindicales, abandonando por tanto el terreno de la propaganda a favor de la unidad sindical para adoptar una postura en todas las luchas obreras, defendiendo en ellas consignas revolucionarias. El objetivo no confesado del centrismo era liquidar el significado unitario del movimiento y empujarlo por la vía del escisionismo sindical. Así, el movimiento minoritario se transformaba en aliado del centrismo. El centrismo en ningún momento tuvo intención de impulsar el movimiento unitario (que no era más que un movimiento socialista de izquierdas) para que precisara sus propios objetivos y que la clase obrera, y por tanto el comunismo, sacara el máximo provecho. La izquierda del P.C., sin embargo, tampoco planteó esta alternativa con toda la claridad necesaria. Olvidando que se encontraba ante una formación socialista de izquierda, a la que había que eliminar y no consolidar (por supuesto, teniendo en cuenta que dicha eliminación suponía un paciente trabajo de clarificación entre la clase obrera), esbozó una defensa del movimiento unitario y se opuso a la empresa escisionista del centrismo, pero luego se sumó a ella. Esta actitud contradictoria se debió a que la izquierda, aun siendo consciente del peligro que suponía la solución propuesta por el centrismo, no logró definir claramente su posición frente al movimiento unitario.

La izquierda chocó tanto con los dirigentes del movimiento unitario como con los centristas del partido, apoyados por la I.C. Los dirigentes del movimiento unitario consideraban que éste era un buen medio para contrarrestar la influencia creciente del partido e impedir el trabajo independiente de los comunistas en los sindicatos. La experiencia demuestra que los socialistas de izquierda están dispuestos a firmar todas las condiciones que ponga el partido para aliarse con ellos, con tal de impedir ese trabajo. El antagonismo que surgió entre las dos corrientes de la izquierda socialista que se sucedieron a la cabeza del movimiento unitario (la tendencia Liebaers-Geerts y la tendencia Vercruysse-Everling-Heyndels) se desarrolló dentro del marco de las divergencias admitidas entre socialistas de izquierda.

La lección que conviene extraer de este episodio de la historia del P.C. es que el bloque de los comunistas con los socialistas de izquierda, en la forma en la que el partido lo llevó a cabo en aquella época, es nefasto para el comunismo. El movimiento unitario, en su primera forma (dirección de Liebaers-Geerts) fue más o menos apoyado por la izquierda. Sin embargo, terminó girándose contra el comunismo. La segunda edición del movimiento unitario (bajo dirección de Vercruysse-Everling), que se llevó a cabo bajo los auspicios del centrismo, con el P.C. pactando con la parte más corrompida de la socialdemocracia, fue aún más nefasta. Los dirigentes terminarían convirtiéndose más tarde en los adversarios más encarnizados del comunismo, a pesar de las declaraciones de fidelidad al P.C. que habían hecho y de sus afirmaciones de que estaban de acuerdo con él al 100 %.

El bloque comunista-unitario se realizó sobre la base de la entrada de los comunistas en una organización que ellos no controlaban, pero mediante la cual eran tenidos en cuenta por la clase obrera. La entrada en este bloque de hecho supuso subordinar el trabajo comunista en el sindicato a la voluntad del movimiento unitario. 

7. La Oposición de Izquierda (trotskista) y la cuestión sindical

La razón de ser de la Oposición de Izquierda consistía en resolver los problemas fundamentales del proletariado belga que el partido no había llegado nunca a abordar y que poco después serían abandonados por el centrismo. La cuestión sindical era una de esas cuestiones esenciales, y por tanto era en este terreno donde la Oposición debía centrar su actividad teórica. La Oposición nunca planteó estos problemas, y más tarde proclamaría que para ella ni siquiera existían, dadas las soluciones aportadas por los 4 primeros congresos de la I.C.

Ahora bien, éstos no contenían una solución definitiva a los problemas específicos de la lucha del proletariado internacional, y tomarlos como referencia exclusiva suponía repetir los mismos errores cometidos anteriormente. Por otra parte, la experiencia ha demostrado que la Oposición no ha solucionado ni el problema de la unidad sindical, ni el de las fracciones sindicales. En lo que respecta a las fracciones sindicales, la Oposición no ha hecho más que repetir la política del centrismo, aunque con mucha moderación. No rechaza la práctica de la Oposición sindical, una corriente heterogénea que incluye elementos de diferentes tendencias que se oponen al reformismo, sino únicamente la práctica estaliniana.

8. Caballeros del Trabajo, Central Revolucionaria de Mineros y la unidad sindical

Los sindicatos de los Caballeros del Trabajo9 son un producto de la política colaboracionista de los dirigentes de las Centrales tras la guerra. Surgieron como reacción a esta política. La subordinación por parte de los dirigentes sindicales de los intereses del proletariado minero a los intereses de la «reconstrucción nacional», el sabotaje a las luchas obreras que resultaba de ello, la persecución por parte de estos mismos dirigentes de los militantes que permanecían fieles al concepto de la lucha de clases (llegando incluso a expulsarlos de los sindicatos), estas fueron las razones inmediatas de la constitución de los sindicatos de los Caballeros del Trabajo. Así pues, el reformismo es responsable de que miles de obreros hayan vuelto a métodos de lucha caducos, a las viejas tendencias localistas y a los prejuicios anarcosindicalistas.

En la región de Charleroi, el trabajo honesto y paciente de los comunistas logró hacer retroceder en gran medida estos prejuicios del pasado, sin vencerlos completamente no obstante. 

La Central Revolucionaria de los Mineros se creó tras la escisión provocada por los estalinianos en 1928 en la Federación de los Caballeros del Trabajo, a raíz de la escisión dentro del partido comunista10. Unió a todos los elementos de los Caballeros del Trabajo que siempre se habían mostrado hostiles a la política unitaria de los comunistas. Esta organización, al crear sindicatos disidentes en todas partes, hace el juego al reformismo y hay que considerarla como uno de los más serios obstáculos a la penetración del comunismo en los sindicatos.

La experiencia ha demostrado que, aunque practiquen una política unitaria respecto a los sindicatos reformistas, los elementos revolucionarios que están en los Caballeros del Trabajo no logran jugar el mismo papel que podrían jugar si se incorporaran a las Centrales reformistas. En concreto, son las huelgas de julio de 1932 las que han demostrado ésto. Es cierto que los Caballeros del Trabajo hicieron todo lo posible para unir a los huelguistas. Pero el hecho de que se alzaran como organización independiente de las Centrales reformistas impidió que los obreros ejercieran la máxima presión sobre las organizaciones sindicales y barrieran a la dirección reformista.

En las actuales circunstancias de la lucha contra el capitalismo es más importante que nunca defender la consigna de la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas, pues el terreno de la lucha contra el reformismo debe ser desbrozado en la medida de lo posible de todas las cuestiones secundarias que embrollan esta lucha. Nos parece peligroso condicionar la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas a que estas últimas cumplan con los principios de la democracia sindical. Está claro que la desaparición de las medidas de coacción en las organizaciones reformistas vendrá de la mano de una lucha creciente contra la burguesía. Aquellas sólo desaparecerán cuando, mediante esta lucha, la orientación de la organización cambie completamente. Esperar a que todas las medidas contra los comunistas sean abolidas para entrar en las organizaciones reformistas en realidad equivale a esperar a que las organizaciones reformistas se conviertan en revolucionarias. La vuelta de las organizaciones de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas sólo logrará verdaderamente su objetivo si la gran mayoría de sus miembros aceptan esta medida. Si solo se suma una parte de los miembros se corre el riesgo de que sobrevivan las organizaciones disidentes, aunque se vean debilitadas. En estas condiciones, mejor no volver a las organizaciones reformistas.

9. Programa general de trabajo sindical

Para influir en la lucha de clases el partido debe establecer las líneas generales del trabajo que debe efectuar dentro de las organizaciones de masas susceptibles de convertirse en instrumentos de la lucha revolucionaria. El P.C. necesita un programa de trabajo, pues de otro modo estaría desprevenido y carecería de perspectivas para influir en la evolución de los movimientos de masas. A este respecto, comprender las experiencias vividas, definir la situación general y tener una perspectiva de conjunto son factores al margen de los cuales el proletariado no puede llevar a cabo ninguna acción consciente y efectiva. Hay que añadir que estas líneas generales deben ser constantemente confrontadas con los acontecimientos, aunque siempre sobre la base de un análisis de principio, para evitar que, bajo el influjo de las situaciones, a veces estrepitosas, no se terminen modificando o dejando de lado los enunciados generales que deben guiar la acción del P.C. Si en el transcurso de cualquier acontecimiento se constata una fricción entre la regla preestablecida y lo que parece ser condición para el éxito, habrá que ver si es necesario modificar de manera sustancial los elementos generales que determinaron la constitución del programa.

A la época imperialista de la economía capitalista se la denomina época de guerras y revoluciones porque la guerra y la revolución son sus únicas salidas posibles. En la fase económica anterior, las contradicciones y de los antagonismos podían desembocar en la conquista de nuevas regiones por parte del capitalismo. En esa fase de la economía, ya pasada, llegaba un momento en que la producción ya no podía ser absorbida por la capacidad de compra de los trabajadores, y se desencadenaba una crisis. El ciclo era el período económico entre dos crisis. El nuevo ciclo comenzaba después de que la crisis desencadenara todos sus efectos, un factor necesario para restablecer las condiciones de la producción capitalista. Los stocks se vendían a precios muy bajos, y así se restablecía el proceso regular para una nueva acumulación capitalista. Ésta consistía en una ampliación de la producción gracias al desarrollo técnico, en un momento en el que el capitalismo aún podía hallar nuevos mercados.

La nueva fase se caracteriza por una revuelta permanente de las fuerzas productivas contra el modo de producción. El concepto de ciclo ya apenas es aplicable, pues ahora ya no sólo se trata de destruir porciones gigantescas de la producción capitalista, sino también de algo imposible: suprimir los procedimientos técnicos que han modificado de cabo a rabo la estructura y la potencia de las fuerzas productivas. La vieja terminología de los ciclos, aplicada al periodo actual del imperialismo, sólo puede referirse a los periodos entre guerra y revolución. Evidentemente, esto no significa que en la fase imperialista la economía no sufra fluctuaciones particulares; estas siguen existiendo, pero el capitalismo ya no puede dominar el mecanismo de la producción y solo puede intervenir para atenuar las explosiones de los antagonismos sociales. Desde el punto de vista de la lucha obrera, en lugar de fijarnos en la evolución de las contingencias económicas, extremadamente complejas y pasajeras, hay que tomar nota de que en el terreno económico la partida ya ha acabado: las condiciones objetivas para abolir la propiedad privada ya existen desde hace tiempo, y la solución se halla en el terreno del duelo entre el proletariado y la burguesía.

Las derrotas revolucionarias en los distintos países no alteran el carácter fundamental de las situaciones en la época actual. El programa, por tanto, deberá partir de la consideración fundamental de que las conquistas de la clase obrera ya no disponen de base real sobre la que asentarse, pues el capitalismo ya no tiene ante sí horizonte ni posibilidad de expansión. Aquellas se reducirán principalmente a concesiones que el capitalismo hará para desviar a las masas de su camino revolucionario. La serie de supuestas conquistas codificadas legislativamente tras la derrota revolucionaria de 1919 en Alemania, en la propia Constitución de la nueva República, se han revelado en 1933 como el único medio que permite al capitalismo mantener dentro de los límites de su régimen a millones de obreros, que disponían de condiciones objetivas favorables para instaurar la dictadura del proletariado. Una vez el puñal fascista reemplaza la libertad y la democracia, la nueva realidad fascista ya no permite a las masas pasar a formas más avanzadas de lucha por el comunismo. Esto demuestra de manera definitiva que el P.C. no debe nunca actuar con el objetivo de hacer que las masas pasen por determinadas experiencias, sino dotarse de un programa de trabajo para provocar un progresivo desplazamiento en la correlación de fuerzas entre clases, favorable al proletariado.

Los puntos esenciales del programa de acción sindical creemos que deben ser los siguientes:

El paro, los salarios, la legislación social y las libertades obreras

Trataremos estos problemas particulares en el espíritu ya señalado, es decir: sólo se puede llegar a una solución estable con la revolución; toda solución democrática, o de otro tipo, no es más que una distracción que hay que rechazar en cualquier circunstancia; la lucha conjunta, metódica y continuada debe desembocar en la insurrección del proletariado. 

En lo que respecta al paro, actualmente es completamente evidente que el sistema mixto de seguros, entre los sindicatos y el Estado, con el Estado complementando las cotizaciones e interviniendo en el servicio de los subsidios tras el periodo reglamentario, no significa otra cosa que el hundimiento de los sindicatos en el aparato del Estado, la transformación de estos instrumentos para la lucha de clase en instrumentos para evitar el desencadenamiento de movimientos de clase. La socialdemocracia saca a relucir el número de parados para asustar a los obreros con trabajo, para impedir así la lucha y hacer que acepten una reducción de sus salarios. Por otro lado, pone de relieve el hecho de que el gobierno suspenderá el servicio de subsidios para que la clase obrera no pueda recurrir al arma de la huelga general. En fin, se presenta como defensora de los parados ante los obreros que trabajan y asegura a estos últimos que si se afilian al sindicato no serán suplantados por los parados. Aquí la socialdemocracia se vale del desclasamiento que se produce entre los parados, desilusionados por la miseria constante.

Cuando se instauró el servicio del seguro del paro, el control de los reformistas sobre los sindicatos permitió que se aceptara el principio del seguro mixto, confiado administrativamente al sindicato pero cuya gestión y control recaen en el Estado a través de los Fondos de Desempleo, los cuales al principio eran organismos autónomos y ahora son oficinas para el triaje y para transmitir al sindicato las disposiciones ministeriales. Había que elegir entre el principio de luchar para que el parado se quedara en el taller con su salario o, si eso no era posible, el otro principio, que la organización sindical se encargara de mantener al parado. Salvo en los períodos de crisis, las organizaciones sindicales estaban en condiciones de mantener a los parados. Por otra parte, cuando la crisis se desencadena el capitalismo tampoco es capaz de resolver el problema del paro y de poner en marcha un servicio de subsidios adecuado al nivel de vida conquistado por la clase obrera tras la guerra. A través de la política reformista, los sindicatos no han hecho más que demostrar esta incapacidad capitalista en períodos de crisis económica. El sistema mixto de subsidios convertía a los sindicatos en los organismos que distribuyen las prestaciones y ligaba a estos con el aparato estatal, lo que alteraba la función de los sindicatos y transformaba a estas organizaciones en tampón entre los parados y el Estado. En la situación actual, hay que defender que los sindicatos deben renunciar a todo el trabajo administrativo que les incumbe y que alimenta una enorme burocracia, y que deben desarrollar entre los parados un trabajo de propaganda sindical para provocar luchas por el aumento de los subsidios o para que se modifique el servicio del paro, y todo ello contra el Estado, igual que se trabaja entre los obreros para que luchen contra la patronal por un aumento del salario. Hay que señalar que, dado que los parados no tienen ningún medio especial para defenderse (huelga), es muy difícil desplegar una lucha en defensa de los intereses particulares de los parados; así pues, esta lucha debe formar parte de un conjunto de luchas cuyas reivindicaciones fundamentales son la defensa y el aumento de los salarios.

En lo que respecta a los salarios, hay que reconsiderar la idea de los convenios colectivos, que originalmente representaban una conquista obrera porque sustituyen la arbitrariedad patronal contra el obrero individual por la defensa colectiva de los obreros, por profesión. Actualmente el convenio colectivo ha perdido su significado original y se ha convertido, con las comisiones paritarias, en una traba para la lucha obrera. Siempre que pueden, los sindicatos defienden el recurso a la comisión de arbitraje para solucionar los conflictos de clase, y sea cual sea la sentencia, aunque reconozca que las reivindicaciones obreras tienen fundamento, se cumple el plan de la patronal. En la situación actual, mientras sea posible, hay que señalar un monto global para los salarios, por profesión, dependiendo de la capacidad de lucha en todo el país. Al mismo tiempo, en lo que respecta a los convenios de trabajo, hay que luchar para reducir al mínimo (o suprimir) toda la legislación arbitral y confiar a la fuerza sindical, así como a las secciones sindicales de fábrica, el respeto a los convenios.

En lo que respecta al index-number11, hay que denunciarlo como falsa expresión de las fluctuaciones del coste de la vida y luchar para que los salarios reflejen los aumentos conseguidos en la lucha. Los comunistas nunca pueden aceptar un sistema de legislación social, ni llamar a la clase obrera a la lucha para lograr supuestas leyes sociales. Ya se trate de seguros por enfermedad, pensiones, etc., los comunistas enarbolan el principio de que el Estado es incapaz de garantizar la defensa de los intereses obreros, y que ésta debe ser confiada a las organizaciones que permanecen bajo control de los sindicatos. Las mutualidades y la seguridad social bien pueden ser controladas por el sindicato, y el subsidio que concede el Estado podría asumirlo la organización sindical. Toda la riqueza es producto del trabajo, por lo que nada impide que, mediante la lucha por el aumento de los salarios, las organizaciones sindicales sustituyan al Estado12, cuyos medios financieros provienen de retenciones directas o indirectas sobre los salarios. En la situación actual, los comunistas evidentemente son incapaces de modificar todo el sistema de legislación social, y las necesidades de la clase obrera en este terreno deben ser satisfechas. Por eso no hay que rechazar los subsidios del Estado, sino que, al mismo tiempo que se denuncia el error que se comete cuando no son los organismos de clase los que asumen la defensa de los intereses obreros, hay que invitar a los obreros a una lucha constante para reducir el control del Estado sobre las organizaciones mutualistas.

En lo que respecta a las pensiones, los comunistas deben demostrar que se trata de un verdadero impuesto sobre los salarios y deben esforzarse en provocar una lucha para que se suprima este impuesto, tanto más en la medida en que, a consecuencia de los últimos decretos-ley, la pensión que paga el Estado ha perdido completamente el carácter de un subsidio al que se tiene derecho tras un determinado periodo de pago para adquirir el aspecto de una ayuda caritativa. 

Los sindicatos deben situarse a la cabeza del combate por la defensa de las libertades obreras. A este respecto, hay que luchar contra fórmulas vagas como la «defensa de la democracia», pues la experiencia ha demostrado que hay tantas fórmulas democráticas como situaciones y el proletariado siempre queda inmovilizado en la lucha de clases por no atreverse a perder los últimos vestigios de esta democracia, como ha sucedido concretamente en Alemania. Los comunistas tienen que ser más concretos: libertad de prensa, de organización, de reunión, etc., Es decir, llamarán a los trabajadores a luchar por cuestiones concretas tangibles, para evitar la confusión y las maniobras del enemigo. 

Como instrumento de lucha de la clase obrera, hay que plantear la necesidad de que todos los movimientos que los obreros provocan para oponerse a la ofensiva del capitalismo desemboquen en una acción de huelga general. La huelga general no sólo hay que reivindicarla cuando se produce una especial conmoción de clase, es un arma que hay que proponer en las organizaciones sindicales como único medio que permite romper la ofensiva capitalista, porque en última instancia es el único medio que permitirá luchar en el futuro ante el desenlace de las situaciones actuales: la guerra, y para dar a esas situaciones una solución revolucionaria. La preparación de la huelga general es una vía fundamental, la única vía, para el presente y para el futuro del movimiento obrero. 

Aplicación del programa

Los comunistas saben muy bien que el éxito de su programa de trabajo no depende de que ciertas personalidades se sumen al movimiento obrero, ni únicamente de la fuerza de su propaganda. Saben que aquel será el resultado de la liberación de las organizaciones sindicales de la influencia capitalista de la socialdemocracia y de la liquidación simultánea de todas las formaciones intermedias, cuya función es impedir que las reacciones obreras evolucionen hacia el comunismo. Los comunistas saben también que la elevación de la conciencia de las masas es fruto de la propaganda, y sobre todo de la experiencia que las masas realizan, no a través de las diversas fórmulas políticas, sino al calor de la lucha de clases. Teniendo esto en cuenta, los comunistas deben desplegar su trabajo confiando absolutamente en que las reacciones obreras tratarán de expresarse a través de una política diferente, planteando el problema de la eclosión de las luchas, su dirección y su encuadramiento en una perspectiva sólida.

Por tanto, en lugar de tratar de resolver problemas insolubles, como el de una cohabitación contingente y artificial de elementos opuestos, sobre la base de un programa que sería resultado de un compromiso que cada componente trataría de romper a la menor ocasión en la que viera posibilidad de sacar ventaja, los comunistas tratarán de establecer un frente único sólido sobre la base de las reivindicaciones concretas que presentan a la clase obrera los diferentes partidos que actúan en su seno. Por ejemplo la lucha por la defensa de la democracia no es más que un producto artificial que sacan a relucir los socialistas para impedir la lucha obrera, y también los comunistas, aunque su programa incluya la lucha por la destrucción violenta de todo régimen burgués, incluidos los democráticos. Por tanto, la defensa de la democracia no constituye un elemento que permita crear un frente único. En cambio, la política de los diferentes partidos que tiene que ver con la defensa de los salarios, con los subsidios de paro o las libertades obreras, no comporta ninguna acrobacia política y responde a las aspiraciones reales de las masas. 

Teniendo en cuenta que, en las circunstancias actuales en Bélgica, el capitalismo conserva su dominio por el canal de la socialdemocracia, que controla las potentes organizaciones sindicales, la Liga hará un llamamiento a todos los grupos: P.C.B., Oposición de Izquierda, Réveil Syndicaliste, Izquierda Socialista, para llegar a un acuerdo de cara a la preparación de la huelga general. Esta preparación debe llevarse a cabo con el apoyo de todos los movimientos obreros y bajo su coordinación, con las miras puestas en un movimiento general. Una comisión del Congreso de la Liga establecerá las consignas concretas a defender, que serán presentadas a las organizaciones mencionadas de cara al frente único.

10. El régimen interno del sindicato

Los estatutos de una organización sindical se derivan necesariamente de la función social que ésta asume. Dado que el sindicato es el organismo gracias al cual el partido logra elevar la conciencia de clase de los trabajadores a través de los acontecimientos de clase, sus estatutos sólo pueden ser la expresión de esta idea fundamental.

La noción más corriente, y también la más vulgar, consiste en exigir un estatuto supuestamente democrático. Separada de una concepción organizativa de la lucha, la noción de democracia proletaria es una idea abstracta. Aplicada al sindicato, quiere decir que se convocan regularmente asambleas y que todas las tendencias pueden expresar su propio punto de vista. Los comunistas propondrán unos estatutos que permitan al sindicato jugar su papel en la lucha de clases, que acepten sin reticencias el derecho de las fracciones políticas a intervenir como tales en la vida sindical y política de la organización. Unos estatutos democráticos son inconcebibles al margen del derecho a formar fracciones. Los comunistas combatirán por tanto los estatutos que en nombre de la «democracia proletaria» prohiban la existencia y la actividad de determinadas fracciones políticas, o que, siempre en nombre de esta «democracia», impongan sus puntos de vista en las asambleas sindicales, o a pesar de las asambleas. Sobre la base de esta posición fundamental, los comunistas lucharán para que se regule la convocatoria de asambleas generales mensuales. 

El hundimiento de los sindicatos en el marasmo colaboracionista, su transformación de órganos de lucha contra el capitalismo en instrumentos en manos del propio capitalismo, repercute necesariamente en la estructura interna de los sindicatos. Sus rasgos más distintivos son una centralización a ultranza y una burocracia omnipotente. 

La célula social que permitió a los trabajadores desplegar su lucha contra la patronal para vender la fuerza de trabajo a mejor precio fue la profesión, el oficio. De ahí la natural inclinación del sindicato, originalmente, a circunscribir su organización a la profesión. El desarrollo del capitalismo, la transformación de los procesos productivos y su progresiva mecanización han reducido considerablemente las diferencias entre profesiones, arrebatando así toda justificación a la organización sindical autónoma por profesión. La uniformización progresiva de las condiciones de trabajo, no obstante, no ha quitado toda razón de ser a la organización de los trabajadores en sindicatos profesionales.

En el curso de esta transformación del sindicato de oficio, o de profesión, a sindicato de industria, la burocracia ha logrado establecer su control sobre el aparato sindical. Bajo pretexto de impulsar la centralización, que se ha vuelto necesaria por la transformación del capitalismo, la burocracia, amalgamando muy a menudo corporaciones muy diversas y heterogéneas en una misma organización, a menudo destruye los lazos entre los obreros de una misma corporación y les incapacita para desplegar la lucha por conservar el precio de su fuerza de trabajo. 

Por supuesto, el ideal de los comunistas no es volver al corporativismo de antaño, superado por la propia evolución de las cosas. Pero es importante denunciar uno de los canales por los que se infiltra el burocratismo y su dominio sobre las masas sindicadas, del mismo modo que hay que conservar ciertos particularismos profesionales allí donde estos aún ofrecen una base real para la lucha.

Conviene establecer una distinción fundamental entre la asamblea general y las asambleas profesionales en el seno del sindicato. La asamblea general es la única cualificada para establecer la orientación del sindicato, pues ahí es donde pueden expresarse concepciones que no reflejan únicamente los distintos intereses profesionales, sino los intereses generales de todo el proletariado. Los comunistas velarán por mantener esta distinción entre asamblea profesional y general, para lograr la mayor concentración y el máximo interés de los sindicados a la hora de definir la orientación general del sindicato en las asambleas plenarias. Por otra parte, esta posición evita que una asamblea profesional adopte una postura política determinada que choque con la del conjunto de los trabajadores en las asambleas generales.

No obstante, hay que tener cuidado de que los intereses de una profesión no se vean lesionados. Por otra parte, la conducción de una huelga profesional, si bien no puede sustraerse completamente a la competencia de los comités generales, hay que dejarla sobre todo en manos de los órganos que emanan de la profesión, al menos mientras no se salga de su marco puramente profesional. 

El Comité de la sección regional debe ser nombrado exclusivamente por la asamblea general. Hay que rechazar enérgicamente el método en vigor en ciertos sindicatos, que consiste en constituir el Comité con delegados procedentes de los distintos comités profesionales. El Comité de sección debe ser elegido por la asamblea, a partir de una discusión en la que las diferentes tendencias presentes en el movimiento obrero puedan confrontar sus puntos de vista. El Comité sólo tiene poder ejecutivo: no es más que un simple órgano de ejecución de las decisiones aprobadas por la asamblea general. Por tanto, está claro que en caso de acontecimientos graves, en realidad ante cualquier acontecimiento, el Comité de sección no puede en ningún caso adoptar una postura sin antes convocar previamente una asamblea, que es la única que puede tomar una decisión. En este caso el Comité convocará asambleas extraordinarias. Los comunistas deben reaccionar contra esa maniobra de algunos comités de sección que consiste en pasar sus responsabilidades a comités irresponsables, como los comités de parados, profesionales, de extranjeros, etc. Estos comités, que no pueden tener más que una atribución técnica, deben emanar del Comité de sección y no ser elegidos en asambleas, forzosamente muy restringidas y que por tanto no tienen ninguna capacidad para actuar independientemente. Los comités de sección promueven muy a menudo la formación de este tipo de comités, haciendo que se vote en asambleas reducidas, para poner un tampón entre él y los sindicados y sobre todo para descargarse de responsabilidades. 

Son las asambleas generales de los miembros las que deben nombrar a los funcionarios retribuidos. Este método, aunque no constituye una absoluta garantía contra el burocratismo y la corrupción, es el único que permite un cierto control por parte de los obreros. Hay que combatir esa idea de inamovilidad de los funcionarios y de que disfruten de un estatuto especial que regule sus condiciones de vida al margen de los salarios obreros. Las asambleas deben tener el derecho a revocar en todo momento a cualquier funcionario. Los salarios de los funcionarios deben ser equivalentes a los salarios que cobran los obreros cualificados de la industria en cuestión. 

En lo que respecta a las expulsiones, los comunistas rechazan cualquier expulsión por delito de tendencia, incluida la pertenencia a la O.S.R., teniendo en cuenta ante todo que no se pueden adoptar sanciones políticas cuando la organización sindical parte de una base viciada (afiliación al P.O.B., moción Mertens13, etc.).

La expulsión únicamente es aceptable en caso de traición de clase (romper una huelga) o deshonestidad.

Conviene subrayar que, en Bélgica, la elaboración de unos verdaderos estatutos sindicales que permitan a los sindicatos convertirse en instrumentos de la lucha de clases únicamente será posible si éstos se desafilian del P.O.B. Por supuesto, los comunistas reivindican con insistencia la tarea de dirigir el movimiento sindical según sus concepciones programáticas, pero en ningún caso, ni siquiera tras la toma del poder, deben permitir que los sindicatos se afilien al P.C., pues como ya se ha expuesto el partido y el sindicato tienen funciones distintas.

Actualmente la afiliación de los sindicatos al P.O.B. supone el control absoluto de la socialdemocracia sobre los sindicatos, impidiendo que, al calor de los acontecimientos, la confrontación de las concepciones de las distintas corrientes termine provocando un desplazamiento de los obreros dentro el sindicato, que se refleje en la modificación de los comités sindicales (que siempre representan una determinada fracción sindical política, abiertamente declarada o no). La desafiliación de los sindicatos al P.O.B. permitiría a las fracciones políticas sindicales desempeñar su papel en la organización, es decir, restablecería las obligaciones del sindicato y su función real. 

  1. La Liga de Comunistas Internacionalistas (L.C.I.) fue una organización política belga fundada en su primer congreso los días 20 y 21 de febrero de 1932 en Bruselas, surgida de la fracción mayoritaria del grupo de oposición que había sido expulsada del Partido Comunista Belga en el congreso de Amberes de 1928. Heredera de la tradición de la izquierda comunista y próxima a las posiciones de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista, la L.C.I. se distinguió por rechazar tanto la política de «enderezamiento» de la Internacional Comunista preconizada por Trotsky como la perspectiva de un «segundo partido» sometido a los partidos estalinistas, apostando en cambio por la construcción de núcleos comunistas independientes. A lo largo de los años 1930 desarrolló una intensa actividad teórica y política (plasmada en su Bulletin y en los Cahiers d’Étude) e intervino activamente en las luchas obreras belgas, especialmente en la gran huelga minera de 1932. Las divergencias internas sobre la cuestión española y el carácter del imperialismo condujeron a su escisión en 1937, de la que nació la Fracción Belga de la Izquierda Comunista Internacional. Entre sus militantes destacan Adhémar Hennaut y Jean Baptiste Mélis. ↩︎
  2. El ejemplo de Alemania, donde los nazis acababan de hacerse con el poder unos meses antes, pasando a atacar físicamente las organizaciones sindicales para luego disolverlas legalmente, seguramente estaba en la mente de los autores. ↩︎
  3. La Oposición Sindical Revolucionaria fue una corriente sindical impulsada por la Internacional Comunista a partir de finales de los años 1920, en el marco de la política conocida como «clase contra clase». Ante la dificultad de los comunistas para controlar los grandes sindicatos reformistas, la I.C. promovió la creación de organizaciones sindicales paralelas y opuestas a las centrales socialdemócratas, agrupadas en torno a la Internacional Sindical Roja. En la práctica, estas O.S.R. funcionaban como correas de transmisión de los partidos comunistas dentro del movimiento obrero, lo que las llevó a una política frecuentemente escisionista que debilitaba la unidad sindical de la clase obrera. ↩︎
  4. La Confederación General del Trabajo Unitaria (C.G.T.U.) nació en junio de 1922 como resultado de la escisión del congreso de Saint-Étienne, cuando la minoría revolucionaria de la C.G.T., que agrupaba a sindicalistas cercanos al recién fundado Partido Comunista Francés (diciembre de 1920) y a corrientes anarco-sindicalistas, se separó de la aquella por considerar que esta había traicionado a la clase obrera con su apoyo a la guerra y su deriva reformista. La C.G.T.U., que arrastró a buena parte de los sindicatos de la C.G.T., se adhirió inicialmente a la Internacional Sindical Roja, aunque las tensiones entre comunistas y anarco-sindicalistas fueron constantes en su seno. A lo largo de los años 1920 y hasta su reunificación con la C.G.T. en 1936, en el contexto del Frente Popular, la C.G.T.U. fue perdiendo implantación, y su subordinación creciente a las directrices del P.C.F. y de Moscú (especialmente tras la política de «clase contra clase» impuesta por la I.C. a partir de 1928) la fue convirtiendo progresivamente en un instrumento de la política estaliniana, alejándola de amplias capas del movimiento obrero francés y contribuyendo, paradójicamente, a la fragmentación sindical que decía combatir. ↩︎
  5. Léase sindicalismo revolucionario, o también anarcosindicalismo. ↩︎
  6. El Comité de los 22 (Comité des 22) fue una iniciativa unitaria del sindicalismo revolucionario francés surgida hacia 1930-1931, impulsada fundamentalmente por la Ligue Syndicaliste con el objetivo de reunificar el movimiento obrero escindido entre la C.G.T. reformista y la C.G.T.U. estalinizada. Reuniendo a militantes de ambas centrales y de sindicatos autónomos, el Comité reivindicaba un retorno a los principios de independencia sindical consagrados en la Carta de Amiens de 1906, que establecía la autonomía del movimiento sindical respecto a los partidos políticos. Entre sus figuras destacadas se encontraba Georges Dumoulin, veterano sindicalista revolucionario, así como militantes vinculados a la corriente La Vie Ouvrière. A pesar de algunos intentos de acción conjunta, como la convocatoria del 1º de mayo de 1931, el Comité no logró superar las profundas divisiones ideológicas y orgánicas que fracturaban el movimiento obrero francés, quedando atrapado entre la burocracia de la C.G.T. y la disciplina partidista que el P.C.F. imponía sobre la C.G.T.U. Su fracaso fue objeto de un lúcido análisis por parte de Simone Weil en su texto Après la mort du Comité des 22, en el que la filósofa diagnosticaba la incapacidad del sindicalismo revolucionario para reconstituir una fuerza obrera autónoma en un contexto marcado por la subordinación creciente de las organizaciones obreras a las lógicas partidistas y estatales. ↩︎
  7. En realidad Confederación Nacional del Trabajo, pues se refiere al papel de la C.N.T. en los acontecimientos de los años 30. ↩︎
  8. Partido Obrero Belga, el partido socialista de Bélgica afiliado a la II Internacional. Entre sus militantes destacan Emile Vandervelde o Henri De Man. ↩︎
  9. Los Caballeros del Trabajo (Chevaliers du Travail) constituían hacia 1930 una corriente sindical disidente de carácter revolucionario, activa principalmente en los sectores minero y metalúrgico de la región de Charleroi y, en menor medida, de Lieja. Tras la Primera Guerra Mundial, los Caballeros del Trabajo se reconstituyen en Bélgica como respuesta obrera tanto a la política reformista del Partido Obrero Belga como a las exclusiones de militantes combativos de los sindicatos socialdemócratas, consagradas por la llamada moción Mertens de 1924. En este contexto, los comunistas de la oposición de izquierda (y posteriormente los militantes de la Liga de Comunistas Internacionalistas) trabajaron activamente en su seno, defendiendo la unidad sindical y tratando de orientarlos hacia posiciones de clase independientes, frente a los intentos estalinistas de subordinarlos a la línea del P.C.B. En 1927 agrupaban cerca de 3.800 miembros. ↩︎
  10. Se refiere a la expulsión de los trotskistas y de todos los comunistas disidentes. ↩︎
  11. El I.P.C. (Indice de Precios al Consumo). ↩︎
  12. Se refiere, por supuesto, a que los sindicatos sustituyan al Estado en la gestión de las prestaciones y los seguros, por enfermedad, vejez, etc., no a que asuman todas las funciones del Estado capitalista. ↩︎
  13. La moción Mertens fue una resolución adoptada en agosto de 1924 por el Partido Obrero Belga con el objetivo declarado de preservar la influencia socialdemócrata en el movimiento sindical belga frente a la creciente actividad de los militantes comunistas. La moción establecía la incompatibilidad entre la pertenencia al P.C.B. y el ejercicio de cargos de responsabilidad en los sindicatos vinculados al P.O.B., amenazando con la expulsión a todo militante comunista que desarrollase actividad política en el seno de las organizaciones sindicales. En la práctica, supuso una purga sistemática de los cuadros obreros más combativos, con consecuencias devastadoras para la implantación sindical del movimiento obrero revolucionario: en algunos sectores y regiones, la expulsión de los comunistas provocó un hundimiento dramático de las afiliaciones sindicales. ↩︎