Sociedad de clases y violencia sexual: Hacia un análisis marxista de la violación

El texto de Angry Workers of the World Contribución al debate clase/género es una respuesta a este análisis de la violencia sexual de Maya John, que hemos traducido del original en inglés, publicado en Radical Notes. El estudio, que se enmarca en el contexto de las movilizaciones anti-violación que se desarrollaron en el invierno de 2012-2013 en India a raíz de un caso de violación múltiple en Delhi, constituye una aguda crítica al feminismo desde una perspectiva proletaria.

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El movimiento que surgió tras la violación múltiple ocurrida el 16 de diciembre de 2012 en Delhi causó sensación en los medios[1]. Las circunstancias en las que se produjo la violación (una mujer joven volviendo de unos cines situados en un lujoso centro comercial) conmueven fácilmente a cualquiera, sobre todo a los residentes de esos barrios de clase media en ascenso, que pueden sentirse más fácilmente identificados con aquellas. Teniendo en cuenta que el estallido de indignación pública que se produjo a continuación no provino del sector más marginado de la sociedad india, no sorprende que los medios y la elite dominante india respondieran de una manera bastante más sensible de lo que generalmente lo hacen en otros casos de violencia sexual contra las mujeres[2]. Como respuesta a este incidente particular, los medios, los políticos, así como los jóvenes de clase media de la ciudad, no tardaron en plantear la opresión de la mujer como si se tratara de una cuestión “universal”, lo cual no es difícil, dado que las mujeres forman parte de todas las clases. Esta forma particular de plantear la cuestión de la opresión de la mujer dio al movimiento anti-violación un carácter de clase media, y moldeó tanto la forma como el contenido de sus posturas políticas.

Por su forma y su perspectiva, el movimiento anti-violación ofrecía un espacio en el que podían reunirse un amplio espectro de participantes. Desde las ONG subvencionadas hasta las feministas radicales; desde los estudiantes de la JNU hasta los de muchas instituciones privadas, como las universidades de directivos, escuelas de ingeniería y otros colegios y centros de estudio; desde activistas comprometidos hasta gente que sólo quería que la enfocaran con la cámara o ver a las chicas guapas reunidas en la protesta[3]. Desde Bhagat Singh Kranti Sena (que no tiene nada que ver con la ideología progresista de Bhagat Singh ni ninguna relación con la kranti [revolución]), hasta las activistas de Shiv Sena; desde los misóginos “babas” hasta los cruzados subvencionados que luchan contra la corrupción, etc. Ocultas, pues, tras los gritos de batalla de la protesta anti-violación, había voces diversas y opuestas. Por supuesto, algunos activistas, con influencia en el sindicato de estudiantes de la JNU (Jawaharlal Nehru University), no tardaron en ofrecerse como caras visibles de una multitud sin rostro. Sin embargo, el hecho de que todo tipo de gente pudiera unirse, y de hecho se uniera, en ese frente anti-violación, no significa ni podía significar que la cuestión de liberación de la mujer se hubiera convertido súbitamente en una preocupación general[4]. Las recientes protestas que han surgido en abril de 2013, como respuesta a la violación de una niña de 5 años en el este de Delhi, también han sido un conglomerado de todo tipo de fuerzas contradictorias. Muchos de los participantes, como los del conocido Aam Admi Party (AAP), que se ha convertido en una nueva plataforma de lanzamiento de políticos y caciques locales, simplemente se unen a la lucha contra la violencia sexual por puro oportunismo. Con su presencia en las protestas tratan de cubrir a toda la campaña anti-violación con sus eslóganes nacionalistas, pero sus concentraciones ante las casas de los ministros no pueden ocultar que la sensibilidad de los cuadros de AAP (muchos de los cuales son conservadores hasta la médula) en cuestiones de género es muy cuestionable.

Otra cuestión importante que hay que señalar sobre la naturaleza del movimiento anti-violación, es que representaba la cristalización del descontento procedente de las mujeres de clase media en ascenso. Ciertos grupos de “izquierda” se han ido identificando progresivamente con sus perspectivas, convirtiéndolas en un punto central de su política de masas en lo que respecta a la violencia sexual. El resultado de este proceso ha sido una lucha anti-violación que define la “igualdad” de la mujer de una forma concreta, y que considera la igualdad de género como solución definitiva a la violencia/violación de las mujeres, al mismo tiempo que propone cambios en las leyes, políticas de género más activas, etc., como soluciones de carácter más inmediato. Las opresiones basadas en la casta, tribu o nación, simplemente vienen a sumarse a la que soportan ya de por sí las mujeres. De este modo, las posturas políticas que ponen el acento en la estratificación de clase y en sus efectos sobre la sexualidad humana, así como en su papel a la hora de generar condiciones de vulnerabilidad y de culpabilidad, se han dejado de lado como residuo de la vieja izquierda. A este respecto, habría que señalar, como hizo Clara Zetkin (líder comunista de principios del siglo XX) en muchos de sus escritos, que cada clase tiene su propia y distinta cuestión de la mujer. La visión predominante de la opresión de la mujer, llamada feminismo, es una mezcla de ideas contradictorias. Engloba objetivos e intereses diferentes, cuyas tareas y propósitos son bastante distintos, y normalmente representa la materialización del descontento de las mujeres de clase alta, un descontento que se presenta además como supuesto representante de los intereses generales de las mujeres.

Dicho esto, una de las características más importantes del reciente movimiento anti-violación es que surgió en un contexto claramente urbano. La mayor parte de los movimientos anti-violación anteriores surgieron en los pueblos, como parte de las luchas anti-feudales o contra la casta dominante. Sin embargo, por primera vez, hemos sido testigos de un movimiento anti-violación amplio en un contexto urbano. A este respecto, cabe destacar que este movimiento urbano se desarrolló al margen de otros movimientos más amplios contra los ejes de poder que dan lugar a la violación. Por eso es mejor empezar tratando las particulares características de casos como el de la violación múltiple del 16 de diciembre.

LA VIOLACIÓN MÚLTIPLE DEL 16 DE DICIEMBRE: ANALIZANDO LAS PARTICULARIDADES DE LAS VIOLACIONES URBANAS

Los debates que surgieron cuando se hicieron públicos los terribles detalles de la violación múltiple de Delhi, reflejan la forma en que las distintas fuerzas (activistas individuales, grupos de izquierda y también organizaciones de derecha) tratan de comprender las razones que explican el aumento de los casos de violación. Muchos, por la experiencia de pasadas luchas contra las violaciones en el campo, piensan que estas agresiones sexuales son producto de la jerarquía de casta y del dominio de la casta superior. En un contexto rural, el dominio de casta otorga claramente a los hombres el poder de violar a las mujeres[5]. Precisamente esa es la razón por la que la gente lucha contra la violación en los pueblos, no sólo luchan contra un Estado insensible y connivente, sino también contra el poder que ejerce la casta dominante. Del mismo modo, en las zonas sublevadas en las que se han producido violaciones, sabemos que éstas han sido posibles gracias al poder otorgado al personal armado del Estado, por ejemplo mediante leyes como la Ley de Poderes Especiales para las Fuerzas Armadas (AFSPA), etc. En semejante contexto, han surgido movimientos no solo para luchar contra la violación, sino también contra la ocupación militar. Igualmente, cuando se producen motines en algunas comunidades, se agrede sexualmente a las mujeres de las minorías para amedrentarlas, cerrar sus negocios, e incluso obligarlas a emigrar, y para forjar un falso sentimiento de unidad entre la comunidad dominante, en base a la religión, el regionalismo, etc. En estos casos, la complicidad entre la policía local y los políticos de la comunidad dominante ha terminado protegiendo a los criminales del peso de la ley y ha encubierto estos detalles de los disturbios. Sin duda, en estos casos y contextos, es fácil identificar el elemento de poder que está en juego, así como la naturaleza exacta o la fuente de dicho poder.

Sin embargo, las circunstancias de la brutal violación múltiple del 16 de diciembre son más complicadas. Mientras el término “violación múltiple” encierra la imagen de una afirmación de poder, el hecho de que los 6 violadores no fueran ni mucho menos hombres con poder, ni con un estatus tradicional que conservar y reafirmar, ni estuvieran en una situación económica que les pudiera proteger de su crimen, hace más difícil considerar este caso como una típica “violación de poder”. De hecho, seguimos sin poder explicar las violaciones que se producen en los entornos urbanos, un ambiente en el que los hombres más carentes de poder y oprimidos aparecen como los violentos protagonistas de los crímenes sexuales. En buena parte de los casos de violación que se producen en las ciudades, están involucrados hombres procedentes de sectores vulnerables de la sociedad. Así pues, ¿cuál es el eje de poder que permite explicar estas agresiones? ¿Es correcto emplear el eje de las desigualdades de casta en un contexto urbano que a menudo disfraza las diferencias de casta (a los 6 violadores del autobús les habría sido difícil saber cuál era la casta de su víctima mientras la engañaban para que subiera)? Del mismo modo, ¿tendría sentido señalar algún tipo concreto de eje de poder sin llegar a cuestionar su propio predominio y su relación orgánica con la sociedad urbana? En otras palabras, en ciertos contextos, como el rural, es fácil señalar a las jerarquías de casta, y la desigualdad que conllevan, como el eje que permite explicar que la mayor parte de los casos de violación. Sin embargo, no podemos emplear la misma lógica a la hora de explicar las violaciones en contextos urbanos, que ofrecen cierto anonimato en cuanto a la posición social, cierta movilidad, etc. Dada la ausencia de ejes de poder identificables que permitan explicar la violación en estos casos, no es sorprendente que algunas de las explicaciones feministas de la violación hayan recibido buena acogida entre los activistas, los intelectuales y la juventud. Incapaces de localizar esas típicas estructuras de poder que hacen posible las violaciones, como ocurre en el campo o en las áreas sublevadas, y en sus ansiosos esfuerzos por identificar las causas de dichas agresiones urbanas, muchos han terminado recurriendo al poder masculino para explicar la agresión del 16 de diciembre. ¡Alguna explicación tiene que haber para ese suceso y su brutalidad!, y si no hay otra, entonces aquello que facultó a los 6 violadores para agredir a su víctima debió ser la hostilidad masculina y el típico deseo masculino de someter la sexualidad de la mujer.

Esta línea argumentativa, esencialmente, se hace eco de las típicas afirmaciones feministas según las cuales la violación es una cuestión de poder, y no sexual, y que por tanto hay que comprenderla mediante el eje del poder masculino, básicamente la desigualdad hombre-mujer. Es importante señalar que una de las características del feminismo es que considera la violación como una expresión de poder salvaje que nada tiene que ver con la satisfacción sexual. Esta es una postura feminista muy documentada y concienzudamente defendida, pues el feminismo centra sus esfuerzos en comprender la violencia sexual desde la perspectiva de las víctimas y no desde la perspectiva de los criminales. Así pues, se ha asumido que todos los hombres son violadores en potencia, y que todas las mujeres son víctimas potenciales de una violación. A la hora de explicar por qué la violación es una expresión de poder, esto es, por qué los hombres llegan a violar mujeres, tienden a señalar al “patriarcado”, una especie de enfermedad que se manifiesta en el aparato estatal, en la mentalidad individual, en la cultura y en las normas sociales. En este proceso, el patriarcado se presenta fácilmente como un sistema coherente contra el cual es necesario luchar intensamente[6].

Por supuesto, esta perspectiva feminista ha ido ganando apoyo progresivamente, y puede aparecer como concepción generalmente aceptada sobre la violación precisamente en momentos como este, cuando una avalancha de agresiones sexuales acaba de sacudir profundamente a toda la sociedad urbana. Concretamente, esta tendencia a atribuir la violación a una (aparentemente) eterna desigualdad entre hombres y mujeres queda muy bien reflejada en las afirmaciones que han hecho las feministas y activistas que participaron en la reciente campaña anti-violación. Kavita Krishnan, por ejemplo, afirmaba en su artículo de enero de 2013 que “la violación no es una expresión de deseo hacia las mujeres, sino de odio hacia ellas…”[7]. Poco antes, en otro artículo, la propia Krishnan escribía: “…La violación y el resto de formas de violencia sexual son una afirmación de dominio y de poder patriarcal…”[8]. En el mismo artículo, también apuntaba que: “las violaciones son parte de una red más amplia de violencia y sometimiento sobre las mujeres. El miedo a la violencia sexual tiene el efecto de disciplinar a la mujer… Hay que entender que por su naturaleza la violación es un crimen de poder.” En su conjunto, estas afirmaciones reflejan una fuerte inclinación entre las mujeres activistas por atribuir la violencia sexual a una cuestión de poder originada por una arraigada desigualdad entre hombres y mujeres, que en general por sí misma, o junto a otros “focos de poder”, tiene el efecto de disciplinar la sexualidad de las mujeres y de mantenerlas en un constante estado de miedo.

Hubo también quien intentó explicar las violaciones urbanas a partir de la bien fundada explicación de las violaciones rurales, es decir, del predominio de la jerarquía de casta y de su sentido como reacción de casta por parte de las castas dominantes. Shuddhabrata Sengupta, en su artículo del 23 de diciembre[9], por ejemplo, trataba de comprender la violación múltiple del 16 de diciembre mediante el eje de casta, junto a la desigualdad de género, afirmando que los 6 violadores eran hombres de casta superior cuya conciencia patriarcal quedó trastornada al ver a la víctima saliendo con un hombre por la noche. Daba a entender que los hombres migrantes de casta superior (como los 6 violadores) son propensos a actuar de esta forma violenta, pues no están acostumbrados a la libertad que ofrece la vida urbana, sobre todo a las mujeres, a las que están acostumbradas a ver en una posición extremadamente dócil y sumisa. En otras palabras, según algunos, estas violaciones son sencillamente una extensión de la mentalidad rural, que inunda la conciencia de la mayor parte de los hombres que emigran a las ciudades. Según esta idea, la mayor parte de los hombres, en cuanto “cruzan la frontera” y entran en un entorno urbano, perciben la ausencia de jerarquía de casta y de género, lo cual les lleva a reaccionar con agresiones sexuales, cuyo objetivo es dar una lección a las víctimas e inculcar miedo a todo el mundo para que sigan sus normas tradicionales de vida. Ciertamente, si aceptamos este argumento, las violaciones urbanas no tendrían ninguna particularidad[10]. Este enfoque, de hecho, ha sido ampliamente aceptado por aquellos que no consideran importante comprender el contexto particular en el que se producen las violaciones, ni tener en cuenta factores como el origen social de los violadores y sus víctimas. No obstante, en sus ansias de buscar coincidencias, pasan por alto las diferencias. Así pues, esto les lleva a afirmar que da igual si se trata de una “violación urbana, rural, de clase media, de clase obrera, moderna, tradicional, en el hogar… una violación es una violación, siempre es una afirmación de poder y un intento violento de someter”[11].

Está claro, pues, que pese a ligeras variaciones, la mayor parte de las valoraciones mencionadas son incapaces de resolver el problema, pues se ven incapaces de localizar ningún eje de poder, al margen de la desigualdad hombre-mujer, que permita explicar de manera convincente el aumento sustancial de violaciones urbanas. Por tanto, según ellos, debe ser la fuerza bruta que emana de la desigualdad hombre-mujer la que supuestamente explica por qué hay hombres (como estos 6 violadores) que a pesar de la pobreza y la vulnerable situación en la que se encuentran, tienen capacidad y voluntad de violar a mujeres. Para muchas feministas y activistas, entender las violaciones como una cuestión de poder y no de sexo es algo importante, aunque implique trabajar con una noción abstracta de poder basada en una (eterna) desigualdad hombre-mujer. Pues ellas consideran que aceptar que existe un propósito sexual es un enfoque que tiende a justificar la violación. Para evitar esto, las feministas y muchos activistas rechazan el elemento de frustración sexual involucrado en gran número de violaciones. Además, al esbozar su línea argumentativa, las feministas tratan de proteger a las víctimas de los típicos reproches que lanza la sociedad (que a menudo culpabilizan a la víctima por no vestir apropiadamente, por salir de las zonas “seguras”, por llamar la atención masculina, etc.).

En cualquier caso, ¿nos ayuda semejante postura a comprender cuál es la causa de las violaciones en las zonas urbanas y a combatir las recurrentes violaciones como la del 16 de diciembre? ¿Realmente comprendemos los diversos factores que entran en juego en una agresión como la del 16 de diciembre? Mi opinión es que no, y no lo lograremos si no vamos más allá de lo que las feministas identifican como la fractura principal que arrasa nuestra sociedad, a saber, el predominio de la desigualdad de género entre el hombre y la mujer. Al limitar y encerrar el problema de la violencia sexual dentro de la cuestión de la desigualdad entre el hombre y la mujer, se resta importancia innecesariamente a otras desigualdades (como la de clase) que provocan desigualdad sexual, y por tanto frustración sexual, entre amplios sectores de hombres de nuestra sociedad. A la luz de casos de violación como el del 16 de diciembre, en el que los agresores pertenecían al sector de los oprimidos, explotados y carentes de poder en la sociedad, es imperativo replantearse estas afirmaciones sobre la violación como una mera expresión de poder. De hecho, ¿podemos acercarnos a la cuestión de la violación de una forma más sensible, respetando al mismo tiempo las particularidades ligadas al contexto urbano en el que se producen las violaciones? Seguro que sí, pues el aumento de las violaciones y otros ataques sexuales a las mujeres y niños en las ciudades es síntoma de unos problemas que van mucho más allá de la desigualdad de género. Y nos indican que existen enormes desigualdades, enraizadas en las agudas divisiones de clase en nuestra sociedad, que provocan desigualdad sexual, que nos dejan sin tiempo para cultivar las relaciones humanas, y que producen fenomenales niveles de frustración y agresividad, especialmente entre los hombres de las masas trabajadoras.

Aunque nos plantee un desafío incómodo, es hora de que tengamos en cuenta el papel que juegan las inhumanas condiciones en las que un gran porcentaje de los habitantes de nuestras ciudades viven y trabajan. La ciudad, con sus ostentosos centros comerciales, oficinas climatizadas, sus adosados y su vida a todo tren por un lado, y sus suburbios, sus talleres clandestinos, sus decadentes albergues y su pobreza por otro, se han convertido en un refugio para los bárbaros crímenes sexuales. Por tanto, la naturaleza de los crímenes sexuales en las ciudades tiene sus propias características. Aquí, el haz de factores que se conjugan en las violaciones es más complicado (los agresores no son necesariamente de la casta dominante o los rebeldes de una comunidad). Y más que una expresión de poder, muchas de estas violaciones son producto de la frustración sexual de la gente, que desemboca en el abuso de mujeres y niños en situación vulnerable. El hecho de que la salvaje vida en la ciudad sea un criadero de potenciales violadores y víctimas en significativas proporciones, es uno de los factores que contribuyen a inmenso miedo en el que se desenvuelve la vida de la mayoría de las mujeres en la ciudad[12]. Aunque es innegable que un amplio porcentaje de estos crímenes se produces en el propio hogar de las mujeres y los cometen sus allegados, el mayor temor que afrontan las mujeres es el de ser violada por un extraño, un extraño que aparece súbitamente, se aprovecha de la vulnerabilidad de sus víctimas y de la impunidad que ofrecen las circunstancias, y rápidamente desaparece en medio de la noche. Es este miedo el que nos hace pensárnoslo dos veces antes de salir, de aventurarnos por ahí solas, y el que nos hace tomar las necesarias precauciones por nuestra propia seguridad.

A este respecto, quizá algunos argumentos de la derecha sobre la violación en la época contemporánea escondan algo de verdad. La cuestión es si la izquierda es capaz de distinguir entre la validez de algunas de esas observaciones sobre el impacto del moderno desarrollo capitalista en nuestro país y los tradicionales pretextos xenófobos y de carácter cultural que suelen abundar en las afirmaciones de la derecha sobre la sociedad moderna[13]. ¿Es capaz la izquierda de prestar toda la atención que merece a la crisis sexual creada por el capitalismo? Desgraciadamente, si no somos capaces de afrontar este desafío y de abordar las arraigadas desigualdades de clase que impiden llegar a la igualdad de género y hacen posible las violaciones, la violencia sexual persistirá necesariamente. Todos los esfuerzos por cambiar las leyes, la mentalidad, y todos esos burocratizados e insensibles órganos del Estado, no podrán hacer mucho si no somos capaces de conectar este esfuerzo con la lucha que aspira a emancipar a toda la especie humana.

Teniendo en cuenta que luchamos contra una opresión profundamente arraigada y relacionada con desigualdades que van más allá de la división de género, debemos indagar a conciencia cuáles son las bases ocultas de la violencia sexual y de la opresión general de las mujeres. Mi opinión general es que la violación es un producto histórico de las divisiones de clase que surgieron en la sociedad humana, un enfoque que eluden o menosprecian teóricamente quienes se dedican a este tema. La violación es, entonces, una de las formas de opresión desatas por la explotación de clase sobre aquellos en situación más vulnerable, así como sobre aquellos a los que se agobia con imágenes de su propia vulnerabilidad a pesar de estar materialmente alejados de ella. En otras palabras, en la sociedad actual, las mujeres se consideran las receptoras últimas de la violencia sexual porque la mayor parte de ellas se ven reducidas a unas condiciones de extrema vulnerabilidad por el sistema socio-económico existente, que se fundamenta en una explotación brutal de la clase obrera por parte de la clase capitalista. Confinando a las mujeres obreras a situaciones de vulnerabilidad económica y social, y por tanto sexual, nuestra estructura socio-económica ha creado para el sexo femenino una formidable imagen de sumisión, imagen que obsesiona incluso a las mujeres que no proceden de la clase obrera.

Además, los documentos demuestran que aunque desde la perspectiva de la víctima no haya nada sexual en la violación, desde la perspectiva del agresor la violación se puede considerar que tiene un propósito sexual. Es crucial que aclaremos este problema, pues eludirlo ha contribuido a que la opinión pública no preste atención a las condiciones en las que se produce la violación en nuestra sociedad. Con este objetivo, pues, para aclarar lo que hace posible que algunos hombres violen y lo que constituye una realidad diaria para la mayoría de las mujeres, es por lo que hay que trazar una línea de demarcación entre la intención (sexual) que oculta la violación y el impacto (no sexual, traumático) de la violación. Para poder enfocar la violación en toda su complejidad, este artículo trata de esbozar la historia de la violación, contextualizar la agresión, y por tanto, revisar la perspectiva feminista predominante sobre la violencia sexual y la opresión de la mujer.

UNA HISTORIA DE LA VIOLACIÓN: ¿UN FENÓMENO SEMPITERNO?

Desde los años 70 y 80, los círculos intelectuales influidos por la perspectiva feminista han ido evolucionando, poniendo cada vez más más énfasis en la cuestión de la violencia sobre las mujeres. Algunos textos elaborados por estos particulares medios de debate y discusión se volvieron hegemónicos en lo referente a la cuestión de la violencia sexual sobre las mujeres. Los ecos de estos debates, movimientos y campañas promovidas por estas intervenciones feministas no tardaron en ser oídos en otras partes del mundo. Influidos por el movimiento feminista de Estados Unidos, donde varias campañas feministas lograron importantes reformas judiciales y políticas, surgieron en la India varios grupos autónomos de mujeres a partir del movimiento de mujeres previamente existente. De hecho, todo este proceso del surgimiento de grupos autónomos de mujeres en la India contó con la colaboración de las redes mundiales de grandes ONG y agencias subvencionadas, que promovieron por todo el mundo sus campañas para “empoderar” a las mujeres y cambiar las leyes, campañas en las que se defendía la perspectiva de algunas feministas norteamericanas.

Allí, el libro de Susan Brownmiller, Against Our Will: Men, Women and Rape[14], que en 1995 fue seleccionado por la Biblioteca Pública de Nueva York como una de las 100 obras más importantes e influyentes del siglo XX, constituye una de las más famosas contribuciones a la cuestión de la violación. Este trabajo influyó a muchos activistas, estudiantes e intelectuales en todo el mundo, lo cual se refleja en la popularidad que gozan en varios círculos feministas sus teorías de que la violencia sexual que sufren las mujeres (la violación, el acoso sexual y la explotación sexual) no tiene nada que ver con el sexo, sino que se trata de poder. En su obra, la violación se define como “un proceso consciente de intimidación mediante el cual todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un constante estado de miedo”. En términos parecidos, afirma cosas como: “el descubrimiento por parte del hombre de que sus genitales podían ser un arma generadora de miedo es uno de los más importantes de la época prehistórica, junto al descubrimiento del fuego y el hacha de piedra” (Susan Brownmiller); “en términos de anatomía humana, la posibilidad de forzar el coito sin duda existe…Este simple hecho puede haber sido suficiente para generar la ideología masculina de la violación” (ibíd.); y los esfuerzos del hombre por someter a la mujer constituyen “la lucha más larga que ha visto jamás el mundo” (ibíd.). Es importante señalar que este enfoque particular de la violación, que pone el acento en la opresión ligada a la desigualdad de género, es lo que distingue al análisis feminista de la violación del resto de análisis[15].

Irónicamente, las mencionadas concepciones feministas se parecen bastante a esa controvertida perspectiva conocida como “historia natural de la violación”[16]. Según esta historia natural de la violación, los hombres tienden a violar por la agresiva orientación de su sexualidad, mientras que las mujeres tienden a ser violadas por su actitud sumisa, y porque su sexualidad está menos gobernada por el deseo sexual que por el deseo de una pareja estable y fuerte. La capacidad de violar se considera, pues, como una forma de adaptación humana a una vida hostil, o como una consecuencia de la adaptación del deseo sexual y la agresividad, que han evolucionado desde la época primitiva por unas razones que nada tienen que ver con los “beneficios” de los violadores o el “coste” de la violación para las víctimas. En otras palabras, según las teorías de la selección sexual, la copulación y la reproducción de los humanos primitivos solo era posible en aquellos casos en que los hombres sexualmente agresivos y físicamente fuertes forzaban a las mujeres. Así pues, la agresión sexual se convirtió en una parte de la masculinidad humana, que evolucionó progresivamente. Por su parte, la evolución de las mujeres primitivas se basó supuestamente en el refreno de sí mismas, para evitar que hombres no agresivos, menos fértiles o menos viriles copularan con ellas[17].

La perspectiva de la historia natural de la violación y la feminista tienen en común que consideran la violación de forma a-histórica, dejándola al margen de la sociedad en la que se producen las violaciones[18]. ¿Por qué? Para explicar el problema que plantea esta forma a-histórica de enfocar las diferencias de género y la violencia sexual, vamos a imaginarnos una encuesta. Supongamos una situación en la que una mujer se acerca a los primeros 10 hombres que se encuentra por la calle y les pregunta si quieren tener relaciones sexuales con ella. Y supongamos también la situación opuesta, un hombre que se acerca a las primeras 10 mujeres que ve y les pregunta si quieren tener relaciones sexuales con él. ¿Qué ocurriría? En el caso de la mujer, podemos suponer que la mayor parte de los hombres aceptaría la oferta. En el caso del hombre, la mayor parte de las mujeres lo considerarían una ofensa y se quejarían de su comportamiento. Y si a esta mujer y a este hombre les trasladamos a distintas épocas de la historia humana, ¿el resultado sería el mismo? ¿Podemos asegurar que la respuesta de las mujeres a la oferta del hombre seguiría siendo la misma, y que seguiría considerándose como una afrenta? Lo normal sería que las respuestas variasen, pues la estructura de la sociedad humana, la naturaleza y la forma de las relaciones humanas, etc., han pasado por considerables cambios desde la época primitiva.

Con la evolución de la sociedad primitiva a la sociedad agraria, y más tarde con el paso de la sociedad pre-capitalista a la capitalista, que ha supuesto enormes cambios demográficos, urbanos, comerciales, etc., sería un error decir que no se han producido cambios en la forma en la que se desarrolla y se expresa la sexualidad masculina y femenina. Estos cambios en la sexualidad masculina y femenina, así como la situación general de la mujer, han tenido que provocar cambios en la existencia, el significado y la frecuencia de los casos de violación. Está claro que la violación solo puede presentarse como una práctica omnipresente a través de un proceso de continuos cambios sociales si empleamos unas nociones a-históricas de diferencias de género y suponemos que la sexualidad humana ha permanecido inalterada. Desgraciadamente, existe una fuerte inclinación a considerar la separación de género como un sistema o una división independiente de las condiciones históricas socio-económicas predominantes. Si seguimos esta concepción de la realidad social, es fácil, si no inevitable, caer en la concepción de que la desigualdad hombre-mujer lo atraviesa todo, y de que además esta desigualdad no se puede atribuir ni explicar a partir de las estructuras socio-económicas sobre las que se desarrolla.

Por supuesto, el movimiento comunista internacional y algunas corrientes del movimiento de las mujeres han puesto en duda esta concepción de la desigualdad de género. Gracias a ellos, la desigualdad de género ha sido progresivamente historiada, de tal forma que se ha conseguido revelar su relación con la forma en la que han surgido y evolucionado en la sociedad humana las relaciones sociales de dominio. Así, se piensa que estas divisiones sociales basadas en el género, que conllevan una sexualidad femenina sumisa y una sexualidad masculina agresiva, no estaban presentes en las sociedades humanas primitivas, donde semejantes relaciones de dominio estaban más o menos ausentes. Años y años de intensa investigación académica interdisciplinar han terminado corroborando estas afirmaciones. Estudios recientes también han demostrado que incluso en la sociedad “contemporánea” existen algunas comunidades humanas libres de violación[19].

En el siglo XIX, tras estudiar las incipientes investigaciones sobre los humanos primitivos (que vivieron como cazadores y recolectores en pequeñas bandas), Friedrich Engels presentó unas de las primeras formulaciones sobre la opresión de la mujer desde la perspectiva del movimiento comunista internacional. En su obra (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado[20]) Engels demostraba de qué forma el gradual desarrollo de la producción excedente (en forma de agricultura y domesticación de animales) terminó creando las primeras sociedades clasistas, que a su vez llevaron al surgimiento de la unidad familiar monógama. Según Engels, cuando se hizo posible producir un excedente de alimentos, la sociedad fue capaz de mantener a una minoría de seres humanos al margen del penoso trabajo productivo diario. Esto dio lugar a sociedades de clase basadas en el sometimiento de la mayoría por parte de la minoría. Esta minoría sólo podía mantener su dominio mediante el control de la producción excedente, lo cual llevó al surgimiento del poder armado, el Estado, así como a la herencia en el seno de la familia. La cuestión de la herencia surgió a la vez que el producto excedente, pues aquellos que se dedicaban al trabajo productivo rutinario trataban de proteger su derecho sobre su porción de excedente. Los hijos adquirieron importancia como depositarios de los derechos de sus mayores sobre el excedente, y se convirtieron en la garantía de ese excedente cuando sus padres envejecían. Sin embargo, en una sociedad en la que los hombres y las mujeres no practicaban la unión monógama, no era fácil establecer los derechos sobre el trabajo de los descendientes partiendo de la base de quién daba a luz a los hijos, pues muchos hombres podían reclamar su paternidad. Para resolver esta crisis, las tempranas sociedades agrarias establecieron el “derecho paterno” en lugar del “derecho materno” sobre la progenie, una transformación histórica que restringió la práctica de la poligamia y la sustituyó por la monogamia.

Antes de que surgieran las primeras sociedades clasistas, la monogamia y la supervisión colectiva del comportamiento sexual no constituían la norma, pues los tempranos o primitivos grupos humanos tenían unas normas sexuales menos restrictivas, que permitían el placer y el disfrute sexual, aunque es probable que existieran algunas reglas definidas y algunas restricciones para poner al grupo a salvo de la posible extinción. En estas condiciones históricas en las que los humanos vivían en pequeños grupos en los que todos hacían las mismas tareas, esto es, cazar y recolectar comida, la actividad sexual no se basaba en la elección de una pareja u otra. Por ejemplo, no se elegía al “mejor cazador”, o al “más guapo”, o al de “mejor estatus”, etc. dentro del grupo de iguales que realizaban las mismas funciones[21].

Es más, en aquel entonces la actividad sexual era muy común y estaba orgánicamente ligada a la vida diaria y a la rutina de los humanos primitivos, y no se veía afectada por cuestiones de jerarquía o propiedad. La noción de jerarquía estaba de hecho ausente, pues las divisiones sociales no existían entre los primitivos humanos. Así, en estas tempranas formaciones sociales, las mujeres no rechazaban la actividad coital de los diversos hombres. Al menos esto es lo más plausible, teniendo en cuenta que, al contrario que las hembras de otras especies que pasan por un periodo de excitación sexual vinculado a su ovulación, la mujer humana ha evolucionado de tal forma que es capaz de estar sexualmente activa y de disfrutar de la actividad sexual durante todo el año. Es además un hecho que la mujer, al revés que otras hembras primate, es la única que parece tener capacidad para alcanzar un orgasmo[22].

Aquí podríamos preguntarnos si el embarazo podría haber supuesto un factor que restringiera la actividad sexual de los hombres y mujeres primitivos. Sin embargo, en el contexto de una formación social que aún no comprendía la inmediata conexión entre la actividad sexual y la concepción, cosa que no era fácil de intuir teniendo en cuenta el lapso de 9 meses que tarda la mujer en dar a luz, es difícil pensar que el embarazo llevara a las mujeres a rechazar el sexo. Dado además que las mujeres son sexualmente activas durante todo el año, no debía ser sencillo para los primitivos humanos darse cuenta del papel que juegan las relaciones sexuales en la concepción. Es más, en una sociedad en la cual el cuidado de los hijos era una tarea de todo el grupo, el embarazo estaba lejos de suponer una carga soportada exclusivamente por las mujeres que parían a los hijos. Así pues, es evidente que en semejante contexto histórico la violación era un fenómeno que estaba ausente.

No obstante, a medida que la sociedad fue progresando desde la época primitiva, y a medida que la cuestión de la propiedad y el producto excedente fue adquiriendo importancia, las primeras sociedades de clases empezaron a afirmar el derecho paterno sobre la progenie, promoviendo así la legitimidad de la unidad familiar monógama. Engels llamaba a esta progresiva desaparición del derecho materno la “primera derrota histórica del sexo femenino”, un proceso que allanó el camino para que el sexo femenino fuera progresivamente identificado como wo-man, propiedad del guardián masculino de la unidad familiar. En este sentido, la afirmación independiente de la sexualidad femenina fue siendo cada vez más estigmatizada.

Dentro de este proceso de limitación de la sexualidad femenina con el fin de monopolizar los derechos reproductivos de las mujeres, que se desplegaba poco a poco e iba aumentando la opresión, la violación empezó a identificarse gradualmente como un ataque sexual de carácter criminal sobre las mujeres. El sentido genérico de la palabra rape, ilustra bastante bien cómo se percibía la sexualidad femenina y como se fue conformando con el paso del tiempo. La raíz de la palabra es el verbo latino rapere, que significa tomar o coger por la fuerza. Originalmente se definía como el secuestro de una mujer contra su voluntad o la del hombre bajo cuya autoridad vivía, y el coito ni siquiera era un elemento necesario. Considerada más como un serio crimen contra la propiedad del hombre “propietario” de la secuestrada que como un ataque a la mujer, las leyes antiguas solían dictar una compensación financiera por parte del violador (sobre todo en los casos en que las mujeres acababan comprometidas con alguien), que se debía pagar a la familia de la mujer cuyos “bienes” habían sido “violados”. Sencillamente, al principio la violación se consideró como un crimen contra la comunidad y la familia de la mujer afectada, no como un ataque al cuerpo de la mujer sin su consentimiento. No es sorprendente, pues, que las mujeres empezaran también a ser castigadas por mantener relaciones sexuales sin el permiso de esas comunidades y familias. Como resultado, toda actividad sexual que se saliera de las normas, como el adulterio, la fuga con el amante, etc., también se consideraba una violación. Sólo con el paso del tiempo (a partir de la Baja Edad Media), en algunas partes del mundo, la violación empezó a definirse en su sentido moderno y a excluir de su ámbito algunas prácticas, como la fuga sin el permiso familiar.

Este desarrollo histórico está estrechamente ligado al surgimiento de la figura del sujeto individual, un producto del periodo renacentista en Europa, época en la que gradualmente se fueron superando las leyes señoriales feudales, siendo sustituidas por la ley municipal que surgió en las nuevas ciudades que prosperaron con la expansión del comercio y que eran controladas por las ricas familias de mercaderes. En esta lucha contra las leyes comunales feudales que garantizaban la propiedad hereditaria de los recursos (también de las ganancias comerciales) y los derechos basados en la pertenencia a un Estado, comunidad, etc., los nuevos municipios (paraísos del capitalismo mercantil en ascenso) empezaron a afirmar los derechos y el estatus del individuo frente a la comunidad. A consecuencia de ello, incluso la violación empezó gradualmente a dejar de considerarse como un ataque a la familia o la comunidad a la que pertenecía la mujer, y a concebirse como un ataque a los derechos inalienables del individuo.

El surgimiento de la figura del sujeto individual no fue simplemente un producto de las leyes municipales, sino de unas transformaciones socio-económicas a través de las cuales los individuos fueron arrancados de la estructura comunitaria a medida que el trabajo y la propiedad dejaban de depender de la pertenencia del individuo a una comunidad o a un Estado. En estas nuevas condiciones socio-económicas, la elección individual de pareja no solo se hizo posible, sino también deseable. El surgimiento de la Ilustración, la progresiva pérdida de influencia de la iglesia ortodoxa, etc., fueron factores que también contribuyeron al proceso que necesitaban las mujeres para poder (y querer) ejercer su consentimiento individual al margen de la comunidad y la familia. Así, se fueron desarrollando los paradigmas y las sanciones legales oportunas, a pesar de las limitaciones que imponía la transición del pre-capitalismo al capitalismo, plagada de complejidades (cuestión a la que volveremos más tarde). Con el tiempo, pues, la elección y el consentimiento individual fueron adquiriendo importancia, y la violación terminó siendo definida como el coito sin el consentimiento individual de la mujer. Es más, dicho consentimiento suponía claramente una acción “voluntaria” que, si bien por un lado afirmaba su independencia frente a los dictados de la comunidad, por otra parte también implicaba la exclusión de ciertos individuos de esa posible elección. Básicamente, la mujer podía elegir, pero sólo entre ciertos hombres.

Con la extensión del colonialismo a los países de Oriente y de África, las transformaciones económicas que se produjeron y las intervenciones del Estado colonizador en la vida social de las colonias terminaron provocando el desarrollo de estructuras socio-económicas similares, un desarrollo que culminó en el surgimiento de unos regímenes legales semejantes en las colonias, que fueron imponiendo progresivamente la figura del sujeto individual y los derechos del individuo[23]. En el contexto de la India, hay dos cosas que es importante señalar en lo que respecta a la evolución de la categoría de violación. Primero, la palabra “violación” se decía (y en general se sigue diciendo) “izzat lootna”. Esta terminología indica que, como en otras partes del mundo, la violación no tenía nada que ver con la cuestión del consentimiento individual de la mujer. Al contrario, el significado del término violación era un ataque al honor de la familia de la mujer y de su comunidad. En este sentido, la violación se concebía e identificaba con el acceso sexual ilegítimo a una mujer, que implicaba deshonra para la familia/comunidad, y por tanto incluía también las relaciones sexuales consentidas entre un hombre y una mujer. Lo segundo que hay que apuntar sobre la evolución de la categoría de violación en la India es el conflictivo y gradual proceso a través del cual ha evolucionado hasta llegar a englobar el elemento de consentimiento individual por parte de la mujer[24]. En el siglo XIX, en India, los debates en torno a la legislación colonial, como en el caso del ritual sati, la edad de matrimonio, etc., nos ayudan a percibir todo este proceso a través del cual la elección y el consentimiento individual terminaron siendo una parte crucial del tejido legislativo de las sociedades colonizadas.

No hace falta decir que este proceso a través del cual fue surgiendo la figura legal del sujeto individual, con el desarrollo de la economía capitalista, estuvo plagado de complicaciones[25], y por tanto no fue un proceso de desarrollo lineal. Sin embargo, este proceso impulsó varios cambios institucionales y legales, y gradualmente terminó estableciendo nuevas formas de derecho de propiedad y de relaciones laborales que a menudo desafiaban el sistema tradicional de derechos basados en el nacimiento. En muchas circunstancias, el Estado colonial imponía unos deberes contractuales y ciudadanos basados en la figura del sujeto individual frente al Estado. En este complejo proceso, para evitar que “el individuo se refugiara en el anonimato de su comunidad” y que “se cambiara el nombre para escapar a sus responsabilidades individuales legales o contractuales”[26], es donde por primera vez se otorga a las mujeres la condición de sujetos individuales.

De hecho, los anales jurídicos del periodo colonial están plagados de casos de “fugas” (relaciones entre individuos de distintas castas) en los que los “tutores” masculinos intentaban apartar a sus hijas de los hombres con quienes habían elegido vivir. Estos “tutores” solían acusar a esos hombres del secuestro, rapto y matrimonio forzoso de sus hijas. Algunos interesantes estudios sobre estos casos de “fuga” revelan que el Estado colonial se vio obligado a determinar y establecer los derechos individuales de las mujeres, por un lado, y a proteger los derechos familiares o comunitarios tradicionales, por el otro[27]. Por supuesto, con el paso del tiempo, los profundos cambios económicos fueron erosionando las trabas impuestas por las castas y la comunidad, y con la entrada de cada vez más mujeres en la fuerza de trabajo los derechos individuales de las mujeres se fueron implantando más, a veces por completo.

Lo que evidencia todo esto es que a medida que el fortalecimiento del capitalismo y del derecho y la ética burguesa se iban reforzando mutuamente, las mujeres adquirieron por primera vez (esto es, por primera vez desde la época primitiva, cuando su vida sexual estaba menos restringida) “libertad” para consentir o rechazar el sexo. Sin embargo, el derecho de la mujer a ejercer su elección permanecía limitado, pues la elección estaba condicionada para rechazarlo la mayoría de las veces y sólo consentirlo en ciertos casos. Así pues, aunque la noción de consentimiento se transfería a la mujer como individuo, la lógica de los derechos de propiedad, exclusivos o de protección sobre la sexualidad femenina permanecieron incrustados en la mentalidad de la mayoría de las mujeres, así como en la opinión pública, todo lo cual terminó dando forma a aquello que se percibía como violación. Junto a la estigmatización de la actividad sexual femenina antes de una relación (como el matrimonio) en pareja, la demonización de la mujer “promiscua”, etc., y junto al fortalecimiento de la norma de emparejarse con alguien de la misma clase, casta, etc., surgió la violación como un ataque recurrente que sufrían las mujeres.

En estas condiciones sociales, la violación se convirtió en una posibilidad efectiva para las mujeres, mientras que los ataques a los hombres eran una excepción. Esto se debe a que la trayectoria histórica de la sexualidad masculina demuestra que los hombres no están cultural ni socialmente condicionados para rechazar relaciones sexuales con la misma frecuencia y por las mismas razones por las que las mujeres se ven obligadas a ello. Estas diferencias obvias en el desarrollo de la sexualidad masculina y femenina hay que atribuirlas a las transformaciones económicas, que han ido erosionando gradualmente el papel “productivo” de las mujeres y exagerando su papel reproductivo, así como a las estructuras de dominio (familia, Estado, grupos sociales dominantes, etc.) que emergieron con las sociedades clasistas. En otras palabras, más que tratarse de un fenómeno omnipresente, la violación, como experiencia y categoría jurídicamente reconocida, es producto de un proceso histórico de formación de clase, y por tanto es una novedad en la sociedad humana.

Esto nos lleva a la cuestión de saber cómo el desarrollo del capitalismo, con la transformación de las normas sociales, la estructura familiar y los vínculos de pareja, ha ido provocando cambios en la forma de definir la violación. Es una cuestión históricamente importante, ¿cómo impacta exactamente en la sexualidad masculina y femenina el surgimiento y la expansión del capitalismo por todo el mundo?, ¿y cómo han surgido las bases que han terminado cambiando la comprensión y la categorización de la violación?

EL CAPITALISMO Y LA OPRESIÓN DE LA MUJER

El desarrollo de la moderna sociedad capitalista produjo cambios masivos, tanto en la vida personal como laboral. El capitalismo no solo restructuró el mundo del trabajo, sino también la familia. Con el desarrollo del capitalismo, la economía surgió como esfera separada de actividad, tanto para la familia como para el Estado. En otras palabras, la organización de la producción bajo el capitalismo (al separar los medios de producción de la clase de los productores) y el proceso de proletarización eliminaron el carácter corporativo del funcionamiento de los grupos de parentesco. Cada vez más, la gente se presentaba frente al Estado como individuos; la socialización del trabajo vino acompañada de la privatización de la vida personal (la familia); el trabajo productivo se disoció de las relaciones familiares; y la unidad familiar se fue convirtiendo en la unidad de reproducción social (reduciendo su tamaño continuamente) y de consumo (las necesidades básicas como la alimentación, ropa, etc., empezaron a producirse para el mercado, y el trabajo familiar, por tanto, no se empleaba como en la época en la que los hogares constituían esferas de producción). Posteriormente, con el progresivo desarrollo de la sociedad industrial, el capitalismo incorporó el trabajo doméstico en la definición de feminidad, despojándolo de su contenido laboral y arrebatándole su valor económico dentro de la familia. Las actividades ligadas al cuidado de los hijos, por ejemplo, terminaron identificándose exclusivamente con las mujeres, y a este trabajo doméstico se le negó su valor económico, depreciando así los salarios de los obreros y empeorando sus condiciones de vida[28].

Al crear una esfera privada “no económica” frente a la esfera pública “económica”, el capitalismo desató nuevos niveles y formas de opresión sobre las mujeres. Es necesario determinar estas formas particulares bajo las cuales surgió la opresión en el seno del capitalismo y, principalmente, la “cuestión de la mujer”. Fue sobre todo en el contexto de la dinámica de la producción capitalista y de su errónea concepción de las limitaciones que plantea la reproducción biológica, donde surgió la división sexual del trabajo (que empujaba a las mujeres a una situación económica y socialmente subordinada) como una posibilidad histórica. En pocas palabras, el mero hecho biológico de la reproducción (embarazo, parto, lactancia) no es compatible con el sistema capitalista de producción, y los capitalistas no tienen voluntad de adaptarse a él (por ejemplo, otorgando un amplio permiso pagado de maternidad, poniendo guarderías y cuidadoras en los centros de trabajo, etc.), en la medida en que implica más gasto en capital variable y repercute en la maximización de las ganancias.

Por tanto, el sistema capitalista ha obligado a las mujeres: 1) bien a dedicarse completamente a unas labores domésticas despojadas de su valor “económico” y que las reducen a una situación de abierta dependencia respecto a sus maridos; 2) o bien a cargar con ambas cosas, el trabajo doméstico (no remunerado) y el trabajo asalariado. Dado que el trabajo doméstico es algo no negociable, existen mujeres que prefieren (o se sienten inclinadas) abandonar el trabajo asalariado en la medida en que se lo permite el salario de sus maridos, lo que nos lleva al primer caso. Y dado que un amplio número de mujeres proceden de familias obreras que sufren una constante proletarización, se ven obligadas a entrar en el mercado de trabajo para ayudar a los precarios presupuestos familiares, por lo que no abandonan el trabajo asalariado durante un buen tiempo, lo que nos lleva al segundo caso. Estos desarrollos se alejaban de la realidad de las sociedades pre-capitalistas, en las que las mujeres desempeñaban diversas funciones productivas además de las reproductivas. Esto no significa que las mujeres estuvieran menos oprimidas en los modos de producción pre-capitalistas, sino que no estaban alejadas del propio proceso de producción.

Así pues, el sistema capitalista históricamente ha (ab)usado algunas de las diferencias biológicas entre los hombres y las mujeres, generando una formidable crisis en la clase obrera conforme iba adueñándose del tiempo de los obreros. Con el surgimiento de la jornada media de trabajo de 12 horas o más, la clase capitalista, en su constante empeño por estrujar la máxima plusvalía posible, terminó planteando una seria amenaza para la propia supervivencia de la clase obrera. Las excesivas horas de trabajo y los bajos salarios, por ejemplo, hacían imposible que los trabajadores reprodujeran la fuerza de trabajo, es decir, que no podían cubrir las necesidades básicas que les permiten volver al trabajo cada día. No podían, por ejemplo, acceder a los bienes y servicios que requerían sus necesidades domésticas (niñeras, sirvientas, mayordomos, cocineros, etc.). Dadas estas circunstancias, las familias obreras evolucionaron en torno a su propia división del trabajo, en la que una persona se hacía cargo de las labores domésticas además del trabajo asalariado suplementario, mientras la otra trabajaba a jornada completa. Básicamente, pues, el carácter temporal o suplementario del trabajo asalariado de la mujer ha permitido a los capitalistas mantener bajos los salarios de las familias obreras, y también considerar a la mujer como una fuente de trabajo más barata en un mercado laboral en expansión. Los intereses de la clase capitalista, pues, consisten en reducir la presencia de la mujer en la fuerza de trabajo a un estado de continuo flujo, manteniéndolas dentro de la categoría de los peor remunerados y menos “protegidos”.

Si examinamos atentamente la naturaleza del empleo femenino en el capitalismo, está claro que las mujeres de familias obreras o campesinas pobres han sido empujadas a empleos mal pagados, normalmente no cualificados o semi-cualificados. En un país como India, un amplio número de mujeres obreras están siendo esclavizadas en lo que se llama popularmente como el sector informal, donde sobreviven trabajando a destajo (salarios por pieza). Las mujeres obreras también conforman un amplio contingente de los obreros migrantes que afluyen a las metrópolis en busca de trabajo. Así pues, sólo un pequeño sector de mujeres, las de clase media, tienen trabajos bien remunerados, y sólo ellas tienen alguna oportunidad de progresar en su carrera profesional y adquirir relevancia en su trabajo. Sin embargo, incuso para las mujeres bien pagadas de las profesiones liberales existe un techo de cristal difícil de romper. Disparidad de salarios entre las mujeres y los hombres de cada profesión; falta de oportunidades para ascender; atmósferas de trabajo altamente sexistas (macho-alfa); asignación de tareas ligadas a un perfil femenino, etc., forman una parte concreta de la vida de las mujeres profesionales de todo el mundo.

El impacto adverso de esta situación precaria y opresiva de las mujeres en el mercado de trabajo es tremendo. Y sobre todo en el caso de las mujeres obreras con contratos de intensa explotación; cuyo empleo a menudo requiere viajar insegura durante horas, por la noche o de madrugada; cuyos barrios están poco iluminados, poco vigilados por la policía y sufren un aumento de la criminalización (y una expansión del lumpen) entre la juventud; cuya abierta dependencia de un transporte público poco regular las obliga a soportar a lascivos transeúntes a diario, etc.

La primera repercusión importante de la minusvaloración del trabajo productivo de la mujer y de la feminización de ciertos empleos fue la creación de un terreno fértil para el sexismo. Con el mercado laboral presionando a la baja los salarios de las mujeres y empujándolas a las categorías laborales más desprotegidas, el resultado es una continua reproducción de los roles y las actitudes de género. De ahí, pues, esa tendencia de los colegas y jefes masculinos a desarrollar actitudes misóginas como “es solo una ayuda temporal”, “solo busca algo de diversión hasta que siente la cabeza”, “si consiguió el trabajo, a alguien se tiraría”, “¿quién se cree que es dándonos órdenes?”, etc.

Al reducir a la mujer a trabajos femeninos o de super-mujer se crea una nueva carga suplementaria para las mujeres obreras, cuyas repercusiones son generales. Recolectoras de té con la espalda doblada, que cosechan hojas durante horas sin descanso; bordadoras que mueven sus ágiles dedos a toda velocidad a través de complejos diseños para alcanzar los objetivos y reclamar el jornal diario; enfermeras luchando por cumplir con sus deberes de cuidar de los pacientes porque no hay personal suficiente para todos los enfermos; profesoras con salarios miserables, etc., estos suelen ser los trabajos para los que se contratan a las mujeres, dado que encajan con las tareas (femeninas) asociadas a ellos. Mientras, la recepcionista “sexy”; la esbelta azafata en minifalda; las bailarinas medio desnudas de las bodas y otras representaciones; la impecable secretaria que está siempre a todo; la modelo esquelética que se tambalea en las entregas de premios y demás actos; las maquilladísimas bailarinas de los bares [bar dancer], etc., son los típicos trabajos en los que el físico de las mujeres se emplea para hacer negocio. En estos trabajos de super-mujer o híper-sexualizados, las mujeres deben vestirse y comportarse para acentuar ciertos rasgos de su cuerpo. Esto para nada beneficia los intereses de las mujeres trabajadoras (aunque algunas mujeres consideren estos roles “interesantes”), ni los de las mujeres en general. Esta acentuación de las partes del cuerpo femenino “por cuestiones de trabajo”, a los únicos que interesa es a los hombres que quieren consumir visualmente (e incluso físicamente) su sexualidad sin el elemento de responsabilidad que conlleva el vínculo sexual con otra persona. Es más, esta feminización distorsionada de los perfiles laborales refuerza el estereotipo de que las mujeres valen más por su cuerpo y apariencia que por su personalidad en general.

Dicho esto, quizá uno de los efectos más transformadores y destacables del capitalismo es su impacto en la sexualidad humana y en los vínculos de pareja. Con el desarrollo del capitalismo y el subsiguiente colapso de la familia como unidad productiva, cada vez más hombres, y también mujeres, salen de casa en busca de empleo, dado que ya no heredan los oficios ni tienen posibilidad de recibir sustento por parte de sus familias o comunidades. Este proceso histórico creó un ámbito en el que los hombres y las mujeres podían interactuar fuera de los límites tradicionales de los lazos comunitarios. En consecuencia, el matrimonio empezó a basarse en la mutua atracción, o como lo llamó Engels el “amor sexual individual”. En la moderna sociedad capitalista, el matrimonio y el resto de formas de relación entre el hombre y la mujer empezaron a basarse en la libre atracción mutua. Incluso en un país como India, donde sigue siendo común la práctica de concertar matrimonios, cada vez son más raras las bodas sin conocer al futuro esposo y sin un breve noviazgo previo. Además, es sobre todo en las ciudades, a las que los jóvenes emigran en busca de educación o empleo, donde hay oportunidades de tener una relación sentimental y casarse, o al menos encontrar pareja. Esto se debe al hecho de que en las ciudades los jóvenes no están vigilados y controlados directamente por su familia o comunidad. Sin embargo, aunque las relaciones son más libres, los vínculos de pareja (heterosexual u homosexual) se sustentan en la desigualdad y la opresión. Por tanto, incluso hoy en día la satisfacción mutua de las necesidades sexuales y emocionales sigue siendo una práctica excepcional. La cuestión, desde luego, consiste en saber por qué, a pesar de las transformaciones sociales que introduce el capitalismo, la emancipación de las mujeres (que incluye su liberación sexual) sigue siendo un lejano sueño.

Sin duda, las décadas de los 60 y 70 supusieron una nueva época en la vida personal de las mujeres, gracias a avances como el de la píldora anticonceptiva, el derecho a abortar y una mayor facilidad para el divorcio, así como a otros cambios en las actitudes hacia el sexo y el embarazo al margen del matrimonio. Sin embargo, lo que muchas radicales feministas llaman la “revolución sexual” quedó limitada durante muchos años a las clases altas de los países del primer mundo. Es importante señalar que buena parte de estos cambios a mejor fueron el resultado de un continuo incremento de las mujeres en la mano de obra (aunque no necesariamente en forma de empleos bien pagados y a jornada completa). Y por último, pero no por ello menos importante, el nombre de “revolución sexual” no parece apropiado. Pues el capitalismo ha conservado la estructura familiar, aunque sobre la base de unos nuevos vínculos de pareja.

Esta estructura familiar que ha evolucionado con el capitalismo es lo que muchos identifican como la familia nuclear. En este proceso de desarrollo, es importante destacar que el modo de producción capitalista ha ido reduciendo continuamente el tamaño de la familia, lo cual ha permitido también aumentar la responsabilidad y la carga de las mujeres en el hogar. Además, incluso hoy en día la mujer corriente considera como un tabú y un riesgo tener una activa vida sexual antes o al margen de la institución del matrimonio. También vacila o considera que es difícil, sino “inaceptable”, imponer su propia elección a la familia[29]. En este contexto, ¿cómo se ha ido definiendo y redefiniendo el concepto de violación bajo el capitalismo?

DERECHO BURGUÉS, VIOLACIÓN Y LA IMPORTANCIA DE LAS REIVINDICACIONES INTERMEDIAS

Como hemos mencionado antes, en el proceso de transición de un sistema socio-económico pre-capitalista a otro capitalista, la violación empezó a definirse no en función de la falta de consentimiento de la comunidad o de la familia para poder tener acceso sexual a la mujer, sino de la falta de consentimiento de la mujer como individuo. Sin embargo, la transición del pre-capitalismo pre-moderno al moderno capitalismo ha sido un proceso lleno de múltiples y variadas complejidades. ¿Dónde nos ha llevado? A la coyuntura histórica contemporánea: el predominio del paradigma del derecho burgués, que si bien por un lado se niega a identificar ciertos actos como violación (como por ejemplo el adulterio, la huida del hogar, las relaciones al margen del matrimonio, etc.), por otro no consigue identificar otros actos como violación (como las agresiones sexuales dentro del matrimonio o durante una cita). Este paradigma legal tiende a trabajar con una noción del consentimiento extremadamente problemática, en la que cierto tipo de acatamiento, por ejemplo, aceptar casarse o salir con alguien, etc., se confunde con el consentimiento de mantener relaciones sexuales.

Desde luego, otra importante limitación del derecho burgués es que aunque acepta y reconoce ciertas experiencias individuales como violación, lo hace sólo de manera parcial. Esto es, a pesar de que las nociones de daños, heridas y perjuicios (que sufre la mujer como individuo) han sido incorporadas a la categoría de violación, esto se ha llevado a cabo de manera muy problemática, concibiendo esos daños o heridas sobre todo en términos de perjuicio social causado a la víctima. Para aclararlo, la noción de daño que forma parte de la categoría de violación se ha encorsetado en la situación última de la violación del yo; la invasión del espacio más íntimo y privado de la mujer; la destrucción del yo; una especie de crimen espiritual, pues mientras que el cuerpo puede curarse, la mente quizá no, ni el futuro, etc. Por tanto, el daño que se identifica con la categoría de violación termina reduciéndose a la “deshonra” sufrida, y con ella la exclusión social a la que queda expuesta la víctima. Estas dos nociones son muy útiles para la categoría de violación, pues al mismo tiempo que conservan el sentido del consentimiento individual, también consiguen ligar este consentimiento individual a la cuestión del honor familiar o comunitario, un honor que supuestamente se localiza en las partes más íntimas y privadas de la mujer (sus genitales, básicamente).

Al margen de los mencionados problemas internos de las leyes, también está la cuestión del predominio de sistemas “legales” (como las leyes dictadas por los khap panchayas, etc.) paralelos a la legalidad burguesa, basados en una “moral económica” y regulados por la autoridad de las comunidades tradicionales. Estos sistemas “legales” informales tienen más importancia en las aldeas, donde la jerarquía de casta es palpable, lo cual lleva a que los matrimonios entre individuos de distintas castas sean extremadamente difíciles. Aquí, el nexo entre la policía local y las castas dominantes hacen casi imposible que los derechos de los adultos sean reconocidos por las leyes institucionalizadas. Las fatwas o los dictados de los organismos locales de las aldeas, que reclaman la anulación de algunos compromisos de matrimonio, o la pena de muerte, el boicot social, etc., normalmente son ratificados y puestos en práctica. Solo se retiran cuando una presión externa logra que actúe la policía local para imponer la ley estatal. En las ciudades, la ley burguesa ya no tiene que competir directamente con sistemas paralelos de “leyes” informales (comunitarias), y en la medida en que las parejas jóvenes trabajan en las ciudades, viviendo lejos de sus familias y comunidades, tienen más facilidad para casarse libremente. Sin embargo, el proceso a través del cual el sistema judicial garantiza la capacidad de las mujeres para dar su consentimiento y determina si ese consentimiento es aceptable en un juicio, es deficiente y difícil de manejar[30]. Lo que refleja todo esto es que la forma del derecho burgués, es decir, la realización completa de la figura del sujeto individual, está aún por desarrollarse plenamente y difundirse de manera uniforme con el fin de disminuir sus contradicciones internas.

En este sentido, la sesgada perspectiva del derecho –especialmente en lo que respecta a la definición del consentimiento individual de la mujer, o del perjuicio, daño y heridas sufridas– ha abierto las puertas a una posible contestación. En países como Norteamérica, las luchas encabezadas por Brownmiller, Catherine MacKinnon[31] y Andrea Dworkin empezaron a influir en la forma en la que el derecho trataba problemas como el de la violación, la pornografía y el acoso sexual. Sus intervenciones, por ejemplo, allanaron el camino para que se eliminaran cláusulas muy significativas del derecho, como el “requisito de castidad”. Según esta cláusula, los abogados defensores de los violadores podían traer a colación el pasado sexual de las víctimas al juicio, práctica que permitía justificar a los violadores y que colocaba a las víctimas bajo una tremenda coacción. Gracias a algunas campañas y a prolíficos compromisos con la comunidad jurídica, muchas de estas feministas lograron que se aprobara la “ley de protección a las víctimas de violación” a comienzos de los 80, que impidió a partir de entonces que los abogados llevaran el historial sexual de las víctimas al proceso judicial.

Desde aquel entonces se desarrolla esa tendencia del movimiento femenino a combatir este modo (legal y patriarcal) de considerar la violación. Estas luchas han abierto interesantes perspectivas a la hora de enfocar la violación de una manera más amable para las mujeres. En primer lugar, existe una tendencia creciente a poner el acento en el malestar, desagrado y dolor ligado a la violación. Este énfasis deliberado permite minimizar el carácter sexual de la agresión a la hora de determinar el castigo. Esto es importante si queremos superar esa creencia popular (que refuerza el ostracismo que sufren las víctimas de violación) según la cual la sexualidad y los órganos sexuales son partes “sagradas” del cuerpo, que hay que proteger más y de manera diferente que el resto de partes del cuerpo y la persona.

Aquí es importante señalar la manera en que algunos han intentado responder al paradigma legal existente, exigiendo leyes más fuertes, que supuestamente impedirían futuros intentos de violación. La reclamación de leyes férreas como la pena de muerte por violación, por ejemplo, tiene un carácter muy patriarcal, pues se centra sobre todo en el carácter sexual de la agresión. En lugar de poner el énfasis en el daño y el desagrado (lo cual haría más fácil considerar la violación como otro tipo de violencia física y castigarla de la manera correspondiente), aquellos que apoyan la pena de muerte, castración, etc., terminan reforzando esa tendencia a considerar la violación como un tipo concreto de agresión en la que el daño y el dolor causados son de épicas proporciones, por lo que deben ser castigados con leyes más severas[32]. Desde luego, el problema de estas severas (y por tanto improductivas) leyes como la pena de muerte, o de medidas correctivas como el aislamiento, es que refuerzan el estigma asociado a la violación, y de esta forma impiden que enfoquemos el problema de una manera que permita a las víctimas ir por ahí sin sentirse marcadas de por vida. Es más, sólo cuestionando este marcado carácter sexual de la agresión se puede crear un espacio que permita reconocer que existe violación en aquellos casos en los que se suele negar. Al crear un espacio en el que la violación no se conciba como violación de la parte más íntima y privada de una mujer, sino con esa noción del malestar y el disgusto, permitimos por ejemplo que se reconozca la violación en el matrimonio, la de las prostitutas, etc. Al introducir la noción de violación basándonos en el malestar, el desagrado, el daño y el dolor, podemos, por ejemplo, defender los derechos de las prostitutas, que por su profesión no pueden decir que tengan un espacio íntimo sagrado, pero sí que pueden sufrir violaciones cuando el cliente las obliga a algo o se va sin pagar.

Al contrario que esas campañas (patriarcales) que tratan de implantar leyes “más duras” contra la violación, las reivindicaciones feministas de reformas legales representan nobles esfuerzos que impulsan la generalización del derecho burgués, o básicamente el desarrollo de este derecho con la incorporación de amplias y varias demandas. De hecho, los recientes esfuerzos del movimiento de la mujer van encaminados a extender la categoría de violación hasta incluir aquellas agresiones que pueden “empezar de manera consentida pero terminar en sometimiento y sentimientos de dolor, impotencia, humillación y violación”. Estas campañas del movimiento femenino reflejan que ciertos tipos de agresiones/actos cada vez se perciben más como violaciones, y no porque el sexo se lleve a cabo al margen del “derecho” patriarcal al acceso sexual, sino porque el sexo se produce sin el completo consentimiento de la mujer. Esto quiere decir que existen muchos tipos de “mal sexo”[33] (que no respetan los sentimientos, el deseo sexual y la completa satisfacción de la mujer) que podrían y deberían empezar a tenerse en cuenta a la hora de distinguir entre lo que es hacer el amor y los distintos tipos de agresiones sexuales. Siguiendo este argumento (sobre las relaciones sexuales no satisfactorias), incluso si la coerción física es mínima, y aunque haya consentimiento verbal, la experiencia se puede considerar como violación.

Dicho esto, debemos entender y afrontar las posturas feministas de manera más precisa, para resaltar las lagunas que hay en este tema del consentimiento de la mujer. En general, las feministas han acertado al señalar que el mal sexo predominante es un problema que hay que abordar. Precisamente es el mal sexo rampante en nuestra sociedad el que hace posible la violación y otras formas de explotación sexual y sentimental. Si hablamos del mal sexo dentro del matrimonio, es obvio que una de sus formas de expresión se basa en la completa falta de consentimiento, esto es, una forma de actividad sexual identificada como violación conyugal. Teniendo en cuenta que esta forma de mal sexo (la violación conyugal) se basa en la falta de consentimiento, las feministas han logrado iniciar un debate dentro de la comunidad jurídica burguesa, abriendo la posibilidad de que las viejas leyes sobre la violación vayan siendo revisadas con el tiempo. Este proceso de revisión de las antiguas leyes, no obstante, sigue abierto.

Sin embargo, las cosas se complican a la hora de tratar otra forma de mal sexo en el matrimonio. El mal sexo también engloba aquella actividad sexual en la que las mujeres han dado su consentimiento. Desafortunadamente, es en el terrero de estos encuentros sexuales donde yerran más las feministas. Las feministas liberales, por ejemplo, consideran difícil o incómodo tildar de malas aquellas relaciones en las que las mujeres, al contrario que en los casos de violación en los que el consentimiento de la mujer directamente no se tiene en cuenta, han dado su consentimiento. Al estar tan influidas por la lógica (burguesa) del derecho comercial en el que los individuos llegan a acuerdos “libremente”, las feministas liberales tienden invariablemente a batirse en retirada en lo que respecta a la cuestión del mal sexo (consentido). Esta retirada se revela de manera característica en el exagerado empeño que ponen estas feministas por establecer si ha habido o no consentimiento durante una relación sexual. Y también se refleja en sus intentos de pasar por alto los estragos que causa la prostitución, y en sus nulos esfuerzos por reclamar su legalización[34].

Al revés que las liberales, las feministas radicales han enfocado esta cuestión del mal sexo (consentido) argumentando que todo sexo es violación. Esta perspectiva también plantea muchos problemas. Para empezar, equivale a trivializar la violación como categoría concreta de agresión sexual, mediante la cual las mujeres son explotadas a través de la completa transgresión de su capacidad y de su derecho a dar su consentimiento. Segundo, y más importante, el enfoque de las feministas radicales mezcla innecesariamente el daño que implica el sexo no consentido con el que provoca el mal sexo consentido. Al negar la existencia de un tipo diferente y concreto de daño, el provocado por el sexo consentido, las feministas radicales no logran exponer a sus hermanas los peligros que implica la pérdida del derecho orgánico a la “autonomía” sobre el propio cuerpo y sobre la mente en las relaciones sexuales[35]. Al negar que el sexo consentido pueda desarrollarse de tal manera que permita el placer y la satisfacción mutua, las feministas radicales tampoco logran exponer qué puede significar realmente el sexo placentero para las mujeres.

Evidentemente, como muestra la exposición anterior, estas críticas al derecho se basan en el retraso con el que el derecho burgués trata de atajar el descontento y las contradicciones creadas por la propia sociedad burguesa. Las feministas bien pueden seguir debatiendo todos los detalles del mal sexo consentido, pero no obstante dentro del movimiento femenino progresista hay acuerdo a la hora de considerar que ambos, tanto la violación como el mal sexo, son problemas reales. A este respecto, el movimiento de las mujeres hace bien en presionar con lo que yo llamo reivindicaciones intermedias, cuyo objetivo es superar algunas de las inconsistencias del derecho[36]. La importancia de estas reivindicaciones intermedias es que sirven de terreno para preparar luchas anti-sistema más amplias. Es en este propio proceso de preparación en el que el movimiento femenino debe acudir en auxilio de la mujer corriente, mientras al mismo tiempo expone las enormes limitaciones que conlleva recurrir al derecho y al Estado. Por ejemplo, la reivindicación y la consiguiente lucha por que se registren obligatoriamente las denuncias de las mujeres (FIRs) en las comisarías locales permite que las mujeres vulnerables y maltratadas tengan apoyo externo, y hace al Estado responsable de la seguridad de las mujeres (responsabilidad que de otro modo el Estado burgués rehúye conscientemente).

Sin embargo, las reivindicaciones intermedias para combatir la violencia sobre las mujeres deben venir acompañadas de una política basada en la visión última de la liberación de la sexualidad humana (esto es, tanto del hombre como de la mujer), y por tanto dirigida hacia la superación del capitalismo. Desafortunadamente, bajo la forma en la que las organizaciones de mujeres plantean muchas de estas reivindicaciones intermedias, más que servir de medio, de plataformas para una política consistente y transformadora a largo plazo, éstas se convierten en un fin en sí y adquieren el carácter de reivindicaciones finales. Así pues, lo que no tiene en cuenta la contestación feminista al derecho es el simple hecho de que aunque la sociedad moderna lograra reconciliar la forma del derecho con su floreciente contenido (la opresión de la mujer), aún seguiría existiendo cierta falta de coherencia que el derecho sería incapaz de eliminar, y por tanto la opresión de la mujer seguiría en pie. Esto significa que aunque se fortalezca la noción del consentimiento individual, el derecho burgués seguirá eludiendo el hecho de que el consentimiento se estructura mediante relaciones, y la mayor parte de las mujeres no está en condiciones de ejercer una activa elección individual. Como a menudo señalaron algunas líderes comunistas como Clara Zetkin o Alejandra Kollontai, etc., la mayor parte de las mujeres no está en condiciones de ejercer esa posible elección, pues dependen abiertamente de sus compañeros masculinos. Al formar parte de un sistema socio-económico que se desarrolla aumentando el desempleo para extraer el máximo trabajo a partir de la menor gente posible, las mujeres, o están en paro o trabajan por salarios miserables. En estas condiciones, la dependencia de la familia para el sustento económico de las mujeres es inevitable. Las consecuencias son los malos matrimonios, el mal sexo, la violencia, etc.

Está claro, pues, dado que están involucrados la mente y el cuerpo de dos personas, que es importante tener en cuenta cómo se suele estructurar el consentimiento a través de las dinámicas desplegadas entre las dos personas afectadas. A este respecto, el consentimiento verbal siempre puede estar influido por sentimientos de obligación, dependencia, etc. Los compromisos y la fuerza (a menudo llamada seducción) son posibles gracias a las impresiones mentales que entran en juego, así como a las condiciones de dependencia (emocional, psicológica, financiera) de sus parejas en las que se encuentran las mujeres. De hecho, continuamente somos testigos de situaciones en las que las mujeres, por miedo a ser abandonadas, y debido a su dependencia económica, consienten formas de sexo en las que el placer se separa del cuerpo-persona y en las que el cuerpo de las mujeres se convierte en mero instrumento para el placer masculino y no femenino. De hecho, semejantes formas de sexo nunca permiten que se desarrolle la gratitud, el afecto, ni profundizar en una relación entre dos personas (aquello que en teoría deberían facilitar los encuentros sexuales orgánicos).

A este respecto, ¿puede la mera existencia de un paradigma legal resolver este espinoso problema del consentimiento mientras las condiciones materiales en las que se basan las relaciones hombre-mujer no sean transformadas? Después de todo, ¿acaso la existencia de un paradigma legal firmemente cimentado en el consentimiento individual puede generar un terreno fértil para el buen sexo basado en la intimidad y el mutuo compromiso y consentimiento? No, definitivamente no. El mal sexo no es un problema sexual individual basado en la falta de comprensión del cuerpo femenino de su pareja por parte del hombre. Al contrario, el hecho de que el buen sexo siga siendo un sueño distante para la mayoría de nuestra sociedad constituye un problema social general. En un sistema socio-económico en el que la mayoría soporta muchas horas de trabajo, apenas hay tiempo para cultivar las relaciones humanas y para comprender mutuamente nuestros cuerpos. En este contexto, muchos no tienen más remedio que convivir con el mal sexo, o presumir de un supuesto buen sexo, como suele ser el caso de las mujeres de las clases medias en ascenso.

Es interesante señalar que aunque las feministas reconocen y manejan las nociones de buen y mal sexo, dentro del enfoque más amplio de sus concepciones estas nociones quedan despojadas de toda su complejidad social. Las feministas liberales, por ejemplo, piensan que el problema son las malas parejas, que no buscan el consentimiento de su pareja femenina. Según esta postura de las feministas liberales, para tener buen sexo todo lo que se necesita es libertad para poder elegir pareja (adecuada), libertad para tener muchas parejas, etc. Desde luego, aquí no se dice nada de que la elección individual está en sí misma determinada por el hecho de que uno elige aquello que le ofrece la moderna sociedad. Hoy día hay feministas radicales que empiezan a aceptar que existe un problema más amplio, pero dentro del marco del predominio de una (más extensa) desigualdad social entre hombres y mujeres.

En este contexto, es ilusorio pensar que el paradigma legal existente puede llegar a juzgar y prevenir los daños que causan a las mujeres las distintas formas de mal sexo consentido. En realidad, la judicialización del mal sexo, sobre todo en lo que respecta a sus variantes consentidas, va más allá del ámbito del derecho burgués en la medida en que su paradigma legal se basa en la noción de acuerdo entre individuos “libres”. Según su propia lógica, en el marco de un acuerdo mutuo entre individuos libres, una vez dado el consentimiento desaparece el problema de la explotación, o se vuelve inmaterial. Esto significa que la cuestión del mal sexo y todas sus múltiples formas solo se puede empezar a resolver si la sociedad va más allá de la ideología del libre mercado, un proceso que sólo puede desarrollarse si las relaciones humanas se deshacen de todas las desigualdades que terminan reproduciendo el egoísmo, el sexo deshumanizado y sentimiento de alienación respecto a otros seres humanos. La desorientación de los argumentos de las feministas radicales en sus intentos de “empoderar” a las mujeres y erradicar las desigualdades hombre-mujer, y con ellas la explotación sexual de las mujeres, se refleja en su suposición de que las mujeres puedan llegar a “empoderarse” mientras la otra mitad de la especie humana permanece encadenada a la explotación y la opresión creada por un sistema socio-económico más amplio.

MÁS ALLÁ DE LA CONCEPCIÓN FEMINISTA: ¿LA VIOLACIÓN ES SIMPLEMENTE UNA CUESTIÓN DE EJERCICIO DE PODER?

Está claro que las contribuciones feministas no han sido muy holísticas en sus enfoques, los cuales tienden a concebir de manera incorrecta toda la compleja malla de circunstancias que producen el mal sexo en general y la violación en particular. Por ejemplo, tanto explicación de la violación como su forma de erradicar el problema están firmemente basadas en la noción de la desigualdad de poder entre (todos) los hombres y (todas) las mujeres, desigualdad que ellas piensan que se sustenta en unas tradiciones profundamente enraizadas de apabullante dominio y hegemonía masculina, y no en otras importantes actividades económicas y socio-políticas de la sociedad.

Todas estas perspectivas asumen que todos los hombres violan y todas las mujeres pueden ser violadas, debido a las agudas desigualdades de género. Así pues, al margen de las desigualdades de clase, casta o raza, una mujer de alto estatus, a pesar de su poder y prestigio social, puede ser violada por un hombre de estatus inferior. Este enfoque se aproxima bastante a lo que se conoce como teoría de sistemas duales, según la cual las mujeres de clase alta, que como parte de la clase dominante son opresoras y explotadoras, siguen estando oprimidas debido al predominio del patriarcado. Según esta misma teoría, las mujeres obreras no sólo son explotadas y oprimidas por la clase económicamente dominante, sino también por el patriarcado. En otras palabras, la teoría de los sistemas duales considera el patriarcado como un sistema completo en sí mismo, que coexiste al lado del capitalismo[37]. No obstante, los fundamentos de dicha teoría se basan en la insostenible afirmación de que todos los hombres están en condiciones de explotar a todas las mujeres. Teniendo esto en cuenta, es inasumible que el patriarcado constituya un sistema en sí mismo, y que explique, por ejemplo, por qué mujeres como Christie Hefner (presidenta y CEO de Playboy Enterprises, que produce “soft porn”, revistas para hombres y es propietaria de muchos clubs) o Priyanka Chopra (famosa actriz de Bollywood) pueden sufrir una violación en determinadas circunstancias. De modo semejante, las feministas y los que defienden la teoría de los sistemas duales dirían que la posibilidad de que estas mujeres poderosas sean violadas se debe a que incluso los hombres más pobres del país pueden someterlas, emplear la fuerza bruta y agredirlas con sus órganos sexuales. Pero lo que se dejan así de lado es el hecho de que a pesar de la presencia de la fuerza bruta del sexo masculino, las mujeres ricas y poderosas tienen menos riesgo de ser agredidas sexualmente, o violadas. Indudablemente, la concepción feminista de las desigualdades de género no se suele atener a la realidad, pues las desigualdades (como las de clase) se despliegan de manera mucho más compleja de lo que afirman las feministas[38]. De hecho, asumir que los hombres tienden a emplear su poder físico para someter a las mujeres es un argumento bastante pobre y que explica muy poco, excepto la perversa forma en la que se puede llegar a emplear la biología humana para explicar los complejos fenómenos sociales. Desde luego, la cuestión no es que los hombres sean físicamente más fuertes y puedan abusar de esta fuerza en un contexto de desigualdad de género, sino que a pesar de esta fuerza física y este predominio de la desigualdad de género, los hombres pobres no pueden explotar a las mujeres ricas, excepto en circunstancias en las que estas mujeres están en condiciones de vulnerabilidad. Una actriz de Bollywood, una CEO de una multinacional, o una mujer empresaria, pueden ser violadas por hombres de clase inferior sólo si se encuentran en situación vulnerable, como en caso de hallarse solas en la autopista con el coche averiado, en un parquin subterráneo, etc. Por hacer una comparación: los leones, a pesar de su superioridad física, no dominan a los humanos, sino que sucede lo contrario. Los leones sólo pueden dominar a los humanos cuando se topan directamente con ellos en circunstancias vulnerables.

Así que más que despreciar o diluir el papel de la estratificación de clase en la violencia sexual, lo que revelan las agresiones sexuales a las mujeres de clase media y alta por parte de hombres de clase baja es más bien el alcance que tienen los efectos de las divisiones de clase. En la medida en que la sociedad de clases empuja a la mayor parte de las mujeres (a las mujeres obreras) a una situación de dependencia y vulnerabilidad, la imagen de la mujer sumisa y explotable acecha incluso a las mujeres de clase más alta. Lo cierto es que es indudable que la mayor parte de las mujeres son altamente vulnerables y oprimidas en el hogar, el mercado laboral, etc. Por eso están tan mal planteados los argumentos de las mujeres de clase media acerca de la necesidad de cambiar una mentalidad sesgada según la cual la mujer es débil, frágil y su papel está en la cocina. Y esto es así porque pasan por alto el hecho de que la mentalidad dominante se basa en las condiciones concretas en las que se encuentran las mujeres corrientes (esto lo hemos explicado en la sección titulada Capitalismo y opresión de la mujer). No solamente hay que cambiar las actitudes, sino las condiciones que provocan esa imagen y visión de las mujeres.

Así pues, es evidente que sobredimensionando las divisiones de género, las feministas pasan por alto el papel que tienen otras estratificaciones sociales generadas por el capitalismo. De hecho, muchas teorías feministas colapsan al tratar de introducir estas estratificaciones, sobre todo la de clase, dentro de su discurso de la opresión de la mujer y la violación. ¿Por qué y de qué forma sucede esto?

Uno de los puntos centrales de la teoría feminista es que la violación no es una cuestión sexual, sino un acto de violencia política y de dominación en el que el sexo se emplea como medio de reafirmar el control y poder masculino[39]. Este argumento se articula de varias formas: a) dado que los violadores no atacan a ningún grupo particular de mujeres, sino a todas en general, la violación está motivada por la agresión y no por la satisfacción sexual ni las ansias de buen sexo; b) los hombres violan para castigar a las mujeres que desafían sus normas, y por tanto la agresión es una forma de control social; c) la violación normalmente está motivada por la hostilidad que generan ciertas circunstancias, como la guerra; d) la violación suele ser premeditada; e) la violación no tiene motivación sexual, dado que muchos violadores tiene pareja estable, etc. Parece claro, pues, que las violaciones se contemplan no como actos sexualmente motivados, sino como agresiones atribuidas a arraigadas desigualdades de género. La conclusión lógica de esta línea argumentativa es que cuanto más alto es el grado de desigualdad de género, mayor será el índice de violaciones. Y al revés, cuanto menor sea el primero, menor será el segundo.

Es interesante señalar que cuando las feministas se topan con el hecho de que la violación persiste a pesar del gradual desarrollo hacia la igualdad de género, tienden a responder que el efecto a corto plazo de esa mayor igualdad (mayor visibilidad de las mujeres entre la fuerza de trabajo, instituciones educativas, puestos de poder, etc.) ha sido una reacción violenta. Caracterizando esta época como un periodo de transición en el que la hostilidad entre sexos tiende a aumentar, las feministas argumentan que a largo plazo la igualdad nos llevará a un ambiente social que ya no fomentará la violación. Está claro que esta teoría del cambio radical mediante una estabilización gradual de las modificaciones introducidas[40] en el sistema de estratificación de género constituye el fundamento de muchas reivindicaciones feministas sobre la importancia de erradicar las diferencias de poder entre el hombre y la mujer y combatir la violación. Argumentan que, dado que cada vez más mujeres entran a formar parte de la fuerza de trabajo, la segregación profesional se reduce; los estereotipos de los roles de género se debilitan; se implementan políticas para atajar nuevos problemas (acoso sexual en el trabajo, menor salario por el mismo trabajo, etc.); las mujeres ganan poder de decisión en las relaciones y los hombres participan más en las funciones familiares a medida que las dinámicas basadas en la división sexual del trabajo doméstico experimentan un cambio gradual. El resultado final de todo este proceso es que se reduce la estratificación de género (dentro de las respectivas clases), y por tanto también las violaciones.

La cuestión es saber si esta reducción de la estratificación de género se traduce directamente en una reducción de la violencia sexual sobre las mujeres. Desgraciadamente, las estadísticas no reflejan ese reflujo de la violencia sexual. Las tasas de violación, de hecho, parece que no están directamente relacionadas con la estratificación de género o con la desigualdad de ingresos, educación, prestigio profesional, etc., como demuestran las asombrosamente altas tasas de violación en algunos países capitalistas avanzados como EEUU[41], donde se han logrado altos niveles de igualdad de género (dentro de las respectivas clases) comparados con los de otras partes del mundo (el Estado indio de Haryana, por ejemplo). De la misma forma, en grandes ciudades como Delhi, en las que las mujeres han ido entrando progresivamente en la fuerza de trabajo, las tasas de violación se han disparado, lo que ha llevado a llamarla “la capital de la violación”. A pesar de que la noción de “reacción violenta masculina” y la teoría del periodo de transición pueden parecer en principio atractivas, sin duda no son adecuadas para explicar por qué la violación ha persistido durante décadas, a pesar de la continua entrada de las mujeres en el mercado de trabajo y de los límites impuestos por el derecho. Se podría hablar de periodo de transición en los años 70, o incluso en los 80 y 90, pero llegados ya a la segunda década del siglo XXI, la idea de reacción violenta pierde relevancia. ¿Se va a acabar alguna vez este periodo de transición? Parece que no. Obviamente, pues, las teorías de la reacción violenta y del periodo de transición han perdido su valor analítico, lo que nos debería invitar a estudiar la correlación directa que existe entre violación y estratificación de género.

Echemos un vistazo a algunos de los argumentos feministas acerca de la violación. Hay dos en particular que merecen cierta atención: a) dado que los violadores agreden a cualquier tipo de mujeres, no buscan satisfacción sexual, sino una forma de expresar su agresividad; y b) los hombres violan para castigar a las mujeres que desafían sus normas, y por tanto consideran esta agresión como un acto de control social justificado. Ambos argumentos se hacen eco de esa majestuosa perspectiva hoy predominante que se refleja en las reivindicaciones de muchas feministas de renombre y que afirma que la violación no tiene nada que ver con el sexo, sino que es un proceso consciente de intimidación mediante el cual todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un estado de miedo. En su obra más emblemática, Brownmiller llega incluso a formular esta perspectiva en términos tales como que los violadores son sencillamente “la primera línea de las tropas de choque masculinas” en su guerra contra las mujeres, y que son “guerrillas terroristas dentro del conflicto más largo que jamás ha conocido el mundo”. En realidad, el cuadro es bastante más complejo, sobre todo si examinamos de cerca el perfil de las víctimas y de los agresores. Aunque es verdad que los violadores agreden a un amplio abanico de mujeres, también hay que tener en cuenta el hecho de que dentro de todo el conjunto de las víctimas de violación, los estratos más bajos de la sociedad están más representados que el resto. Esto demuestra que muchas víctimas son violadas por su situación de mayor vulnerabilidad. En otras palabras, aunque no hay duda de que desde el punto de vista de la mujer no hay nada sexual en la violencia sexual, para el hombre corriente involucrado, el acto consiste en arrancar sexo aprovechando la vulnerabilidad de la mujer o la impunidad que ofrecen las circunstancias[42]. De hecho, si miramos atentamente los casos de violación registrados, veremos que los violadores no violan a mujeres y niños para afirmar su poder sobre ellos o darles una lección por trasgredir ciertas normas. Y digo esto porque en muchos casos las víctimas no están en condiciones de transgredir ninguna norma socio-cultural, ni pueden así incitar a que el vigilante agresor les “ponga en su sitio”. Después de todo, ¿dónde está esa dimensión de “poder” o el factor de “dar lecciones” cuando un niño de 5 años es violado por un familiar o vecino? En estos casos los agresores violan no porque piensen que el niño necesita ser dominado o una reprimenda, sino porque consideran que su vulnerabilidad como niño les da la oportunidad de “satisfacerse” a sí mismos[43]. Así pues, al contrario de lo que suponen las feministas, los agresores pueden violar a todo tipo de víctimas, pero se decantan por aquellas que están en situación más vulnerable.

Esto nos lleva a la cuestión de ciertos tipos de violación (violación múltiple), en los que supuestamente el factor que obviamente entra en juego es el poder, o básicamente las ganas de dar una lección a la víctima. Examinemos el caso reciente de violación múltiple. En su artículo de diciembre de 2012, Shuddhabrata Sengupta afirmaba que: “La violación no es cuestión de sexo, sino de humillación, su intención es precisamente lograr que la persona violada piense que ahora que ha sido sometida a la violencia sexual, no merece la pena seguir viviendo”[44]. La autora nombraba varias veces a los violadores por sus nombres propios (Sharma, Sharma, Thakur, Gupta y Singh) para subrayar que pertenecían a una casta superior, lo que implica, pues, que estos hombres de casta superior procedentes de medios rurales recurrieron a la violación por su cólera hacia las mujeres liberadas de la ciudad, y por tanto pretendían dar una lección a esta mujer “aventurera”. Hay que destacar que hay informes de los días anteriores a la agresión que revelan que los seis hombres estuvieron persiguiendo borrachos a una prostituta en esa zona, algo que solían hacer cuando salían de noche. Esto significa que la prostitución podría haber sido un sustitutivo (como de hecho sustituye otras noches parecidas) de la brutal agresión de la mujer de 23 años. La cuestión que sería importante plantear aquí es por qué tantos hombres de casta superior y de clase media no se comportan de manera tan insensible como los 6 violadores, y no hacen lo mismo en circunstancias que ofrecen una impunidad semejante. ¿Cómo es que estos hombres de casta superior se han reconciliado con las mujeres, “transgrediendo” algunas antiguas normas, y otros en cambio (como Sharma, Sharma, Thakur, Gupta y Singh) que proceden del campo (y que ahora forman parte de lo más bajo de la sociedad urbana, esto es, habitantes de los suburbios pobres) no pueden “acomodarse” a los cambios en el estilo de vida de las mujeres? La respuesta descansa en un examen más atento de todo lo referente a este acto de violencia urbana. Muchos de los casos de violencia sexual sobre las mujeres registrados en las ciudades no constituyen vestigios de modos de vida rurales, de la mentalidad patriarcal, etc., sino que se trata de algo mucho más complejo y aterrador, y ese “algo” (si estamos dispuestos a verlo y reconocerlo) es un producto del ambiente urbano creado por el capitalismo, un ambiente urbano caracterizado por la depravación y deshumanización de la gran mayoría. De hecho, ¿por qué vemos a muchos hombres de clase obrera (sirvientes, guardias de seguridad, obreros fabriles, vendedores de fruta, conductores de bici-taxis, habitantes de los suburbios, chaiwallahs, conductores de autobús, de taxi, chóferes de escuela, jornaleros, electricistas, teleoperadores, etc.) convertirse en violadores y/o acosadores? La actual frecuencia de las agresiones sexuales no se debe sólo a que se estén registrando más denuncias (de hecho, muchos casos ni siquiera se denuncian, dado que se producen dentro de las familias obreras, la violación de los padres/hermanos a sus hijas/hermanas durante años es un ejemplo típico de esto que comentamos). ¿Cuál es pues la causa de este comportamiento sexualmente explotador; de estas agresiones que soportan las mujeres obreras (esposas, hermanas, hijas, sobrinas, vecinas, prostitutas)?

¿Se trata de una pirámide sexual imaginaria y omnipresente que roba la voluntad a muchos cuerpos al insertarse permanentemente en la psique masculina? Cuesta creerlo, sobre todo porque esta percepción idealista (todo se debe a mentalidades arraigadas) se basa en que la idea de violencia engendra el propio acto de violencia. Mejor sería buscar una definitiva explicación materialista a esta preocupante tendencia presente en nuestra sociedad. Y si pretendemos esbozar un análisis materialista de la violación, ¿acaso vamos a volver a recaer en esa moderna y confusa teoría de sistemas duales que defiende una forma de interacción a-histórica entre el sistema socio-económico existente y el patriarcado? Si es así, entonces seremos incapaces de desarrollar una crítica más devastadora de las estructuras socio-económicas y de los modos de producción que de hecho generan las condiciones concretas del predominio de la desigualdad de género (o patriarcado).

LA CLASE Y SU INSATISFACCIÓN: LA FORMACIÓN DE LOS VIOLADORES Y DE SUS VÍCTIMAS

 La principal noción que habría que criticar a las feministas es, concretamente, la de que la igualdad social se puede lograr mediante la erradicación de la estratificación de género, sin necesidad de hacer nada más por erradicar las desigualdades de clase. De hecho, pocas veces afectadas por la pobreza, la mayor parte de las mujeres de clase media y de las feministas sólo son conscientes de las desigualdades que las afectan directamente, es decir, las relaciones desiguales en los hogares y en los trabajos, entre ellas y los hombres de su misma clase. Por eso, pensamos, la tendencia a considerar el patriarcado como un sistema de opresión global e independiente encuentra una mayor aceptación entre los estratos superiores de la sociedad, donde las mujeres están en mejor situación material, semejante a la de los hombres de su clase. En tal situación, a lo que ellas se enfrentan principalmente no son a las condiciones materiales derivadas de la clase a la que pertenecen, sino a las diferencias de género entre ellas y los hombres de su clase. Al verse menos afectadas por la estratificación de clase, las mujeres de los estratos superiores tienen mayor predisposición a percibir las desigualdades de género como un conjunto de actitudes y comportamientos con una capacidad independiente para dar lugar a un sistema de relaciones de opresión y desigualdad de género. No es sorprendente que, al revés de lo que ocurre con sus hermanas obreras sumidas en la miseria, a las mujeres de clase media les cueste más comprender y organizarse contra las bases materiales sobre las que reposa la opresión de la mujer. Están, eso sí, dispuestas a organizarse para clamar contra “las actitudes de género”, “la cultura sexista”, etc.

Así pues, para las feministas, la erradicación de la violencia sexual será posible cuando el hombre y la mujer sean iguales:

Hombres=Mujeres

Es decir, los hombres y las mujeres son iguales dentro de sus respectivas clases.

Hombres(capitalistas)=Mujeres(capitalistas)
Hombres(de clase media)=Mujeres(de clase media)
Hombres(proletarios)=Mujeres(proletarias)

Las feministas, pues, se imaginan un mundo sin violencia sexual, sin enfocar de manera concreta la cuestión del resto de desigualdades. Pasan por alto el hecho de que la violencia sexual no puede erradicarse mientras exista la sociedad dividida en clases, y por tanto menosprecian o eluden esta cuestión del predominio de las desigualdades de clase.

Al dejar de lado las estratificaciones de clase, pueden afirmar que:

Hombres(proletarios)=Mujeres(de clase media)
Hombres(capitalistas)=Mujeres(proletarias)
Hombres(capitalistas)=Mujeres(de clase media)
Hombres(de clase media)=Mujeres(proletarias)

Salta a la vista la falacia que implica asumir que la igualdad entre hombres y mujeres de la misma clase conlleva la igualdad de hombres y mujeres de distinta clase. Desde luego, la violencia sexual y la opresión de la mujer seguirán en pie mientras las divisiones de clase que alimentan la desigualdad de género no sean erradicadas. Por ejemplo, mientras las mujeres obreras dependan de los capitalistas y de los hombres de clase media para conseguir un empleo, y mientras sigan discriminadas en el mercado laboral, seguirán en condiciones de ser violadas cuando los hombres de clase superior traten de aprovecharse de su explotable situación como mujeres obreras. Del mismo modo, mientras persistan las divisiones de clase, las familias obreras continuarán agobiando a las mujeres obreras con la esclavitud doméstica para reducir los costes de su supervivencia, una carga que reduce a estas mujeres a unas situaciones de sometimiento que pueden ser fácilmente explotadas por los obreros de su propia familia. Queda claro, pues, que hasta que no abordemos las divisiones de clase, no podremos erradicar las desigualdades de género predominantes. Lo que necesitamos en este momento, por tanto, es una crítica rigurosa de la estratificación de clase provocada por el capitalismo. Si no lo hacemos, y si seguimos limitándonos a combatir los síntomas, esto es, las normas patriarcales (lakshman rekhas, etc.), en lugar de la propia enfermedad, la violencia sexual continuará mientras nosotros nos quedamos roncos gritando “queremos lo imposible”.

Pero, ¿por qué las peculiares condiciones que crea la propia economía capitalista son tan importantes a la hora de perpetuar la violencia sexual y otras formas de opresión de la mujer? En primer lugar, la situación económica tan rigurosa impuesta a la clase obrera ha provocado niveles fenomenales de frustración y agresividad entre los hombres de clase obrera. Estos hombres no tienen acceso a los típicos lugares de encuentro, como las universidades, los campus, los contactos en las redes sociales, los modernos pub, etc., pues carecen de tiempo o dinero para ello. Después de muchas horas de duro trabajo mal pagado, mal alimentados y mal vestidos, los hombres de clase obrera no están en condiciones de atraer a las mujeres de clase superior, que están en condiciones de poder ejercer una elección activa a la hora de buscar pareja. A este respecto, la desigualdad de los hombres de la clase obrera frente los hombres y mujeres de clase superior, especialmente en términos sexuales, crea constantemente un espacio para posibles criminales. Con poco tiempo para el coito, expuestos a ingentes cantidades de sexo por parte de los medios de comunicación capitalistas, los hombres de la clase obrera no solo están condicionados para arrebatar sexo en contra de la voluntad de las mujeres y niños, sino que también son propensos a sumergirse en relaciones sexuales a-románticas que están muy lejos de los sentimientos de amor y reciprocidad, y que básicamente, pues, son relaciones perfectas para el mal sexo. Echemos un vistazo a los estereotipos de la juventud obrera y campesina, cruzando almacenes abandonados, descampados, edificios en ruinas y parques fantasmales. Sí, esos son precisamente los lugares donde nuestra miserable juventud se inicia en el sexo, unos inicios que normalmente implican una actividad sexual rápida, indiferente e insensible.

Esto, por supuesto, nos lleva a la cuestión de cómo estas mismas severas condiciones no tardan en provocar víctimas femeninas, las cuales debido a sus carencias económicas no pueden costearse una vida segura que las mantenga alejadas de los hombres frustrados y agresivos de su clase (obrera), hombres que se cruzan diariamente (como sus maridos, padres, hermanos, colegas, “amantes”, etc.). Al contrario que las mujeres de estatus superior, que se pueden costear los gastos de un entorno social y físico mejor y menos criminal (vecindarios cerrados, transporte personal, etc.), las mujeres obreras se ven obligadas a sobrevivir en condiciones más hostiles (barrios menos vigilados, calles mal iluminadas, dependencia de los servicios públicos y de un transporte público masificado, etc.), donde fácilmente pueden caer presa del acoso sexual, violencia sexual, etc. Teniendo en cuenta sus condiciones de vida, estas mujeres obreras no están en condiciones de protegerse de los hombres de clase superior capaces de explotar su vulnerabilidad. Por eso podemos decir que la mayor parte de las violaciones representan la convergencia de aquellos hombres más frustrados y excitados de la sociedad, por un lado, y por otro la de aquellas mujeres y niños más vulnerables de la sociedad, es decir, las mujeres obreras y sus hijos. Esta deprimente realidad explica el hecho de que las víctimas de violación suelen ser mujeres pobres.

Para elucidar de qué forma exactamente el salvaje proceso de producción capitalista genera estas graves desigualdades sexuales entre diferentes clases, lo mejor es hacerse una idea de la vida diaria de los hombres de clase obrera. Si tienen trabajo, muchos se levantan de madrugada; recorren largas distancias hasta las fábricas situadas en los cinturones industriales de Faridabad, Gurgaon, Gaziabad, Noida, Okhla, etc. A otros, los que no trabajan en la fábrica, también se les puede ver corriendo de madrugada para llegar al trabajo en los centros comerciales, los suburbios, en la construcción, los talleres clandestinos del centro de Delhi, garajes, gasolineras, etc., situados generalmente lejos de los suburbios pobres donde residen estos hombres. Muchos de ellos son eventuales, temporales o jornaleros que no saben si tendrán trabajo al día siguiente. Por tanto, muchos de ellos viven al día y a menudo no pueden traer a su familia a la ciudad con ellos. Ganándose la pitanza por una jornada laboral media de 12 horas o más, pocos pueden permitirse casarse cómo y cuándo quieren, o traerse a su esposa e hijos del campo. Quienes tienen a la familia en la ciudad se ven obligados a vivir en pequeñas habitaciones, muchas veces sin ventanas. De hecho, las familias obreras suelen estar formadas por los mayores, los hermanos menores, las cuñadas, hermanas solteras, etc., y por tanto familias enteras terminan viviendo en apretados edificios de apartamentos como sardinas en lata. Estas condiciones de vida inhumanas y la tremenda sensación de alienación que conllevan todas las horas de trabajo deshumanizado, hacen muy difíciles las relaciones igualitarias entre hombres y mujeres, y entre los seres humanos en general.

¿Cómo resuelve el capitalismo esta crisis emergente en los hombres de la clase obrera, que no tienen tiempo para cultivar relaciones humanas ni están en condiciones de satisfacer sus necesidades sexuales y las de sus parejas? Les bombardea con imágenes sexuales (las puedes ver, pero ¿a quién le importa si tienes tiempo o no para hacerlo?). De hecho, la crisis sexual que surge con el capitalismo parte precisamente del hecho de que la mayor parte de la juventud se pasa el día pensando en sexo y, por supuesto, sin practicarlo. Esta represión se desarrolla pues bajo la forma de una personalidad poco saludable. Para el capitalismo, lo importante es que estos hombres vean sexo para entretenerse y “satisfacerse”; un entretenimiento que felizmente viene a sumarse a los millones de beneficios que da el porno, la prostitución y la industria de bebidas alcohólicas. Así pues, el hecho alarmante que no debemos ocultar es que el capitalismo crea animales por un lado, y víctimas por otro. Este círculo vicioso no sólo mantiene atrapadas a las desgraciadas mujeres obreras (y ocasionalmente a las de clase media), sino también a los hombres obreros.

De hecho, basta darse una vuelta por los cinturones industriales para ver esos asquerosos cines B ofreciendo sesiones de porno durante todo el día. Sin duda, los actos de las estrellas masculinas del porno de estas películas de cines B terminan formando parte de las fantasías de los hombres. Lo mismo ocurre con los actores masculinos más famosos, cuyo “acoso” a las heroínas en las películas (entre otras muestras de lumpenismo como silbar, mirar fijamente, llamar la atención) inspiran lumpenismo y fantasías sexuales sobre los cuerpos de las mujeres y sobre cómo supuestamente les gusta ser tratadas. Todo el cinturón industrial está lleno de licorerías, situadas estratégicamente en ciertos puntos. Aquí, y también en los bazares semanales cercanos a los barrios obreros, uno se topará con vendedores de bufandas, cinturones y DVD. Su colección de DVD seguro que incluye el famoso pack de 5 películas, combinación de porno, acción violenta y thriller. Y seguro que también tiene por ahí unas cuantas revistas porno, cuya única finalidad es la de servir de decorativa invitación a la masturbación. Al hojear periódicos como Punjab Kesari o JagranCity, o suplementos de otros diarios, el lector corriente pensaría que en este país la sexualidad es estupenda y se expresa sin cortapisas. Al mismo tiempo, no podría dejar de angustiarse al ver que en la vida real no hay posibilidad de disfrutar de esta sexualidad enséñalo-todo/sálvese-quien-pueda.

Desde luego, para darnos cuenta de lo profundo que es este problema (de civilización) que se yergue ante nosotros, habría que observar la clientela corriente de los prostíbulos de la zona de G.B. Road, en Delhi. Finalmente, a todo esto hay que sumar las radiantes imágenes de las actrices/modelos en casi todos los anuncios de las ciudades, desde los que venden desodorantes hasta los que exhiben una bici o unos calzoncillos. Bombardeado con imágenes híper-femeninas que convierten la sexualidad y el cuerpo de las mujeres en un objeto, es un milagro si el hombre común (saturado de trabajo e insensibilizado) de clase obrera consigue aprender a respetar el cuerpo de las mujeres y sus necesidades. En fin, frustrados por estas desigualdades, sobre todo en términos sexuales, muchos de estos obreros tratan de cumplir sus fantasías en cualquier hendidura u orificio disponible. Y ahí es cuando se producen muchos casos de violación y acoso, cuando las víctimas propicias o vulnerables (amas de casa agobiadas, niños, una mujer solitaria volviendo del trabajo, una prostituta, etc.) terminan convirtiéndose en objetos sobre los que descargar las fantasías y necesidades sexuales de unos hombres expuestos única y continuamente a formas objetivadas del cuerpo femenino, mientras a la vez les roban el tiempo (entre otras cosas necesarias) para cultivar las relaciones con el prójimo[45].

En semejante contexto, cuando una mujer sexy de clase media se encuentra en una situación explotable, tiene bastantes posibilidades de ser agredida sexualmente. Y si es agredida, no será porque los asaltantes quieran poner su feminidad en retirada, sino porque normalmente andan buscando una vagina, boca o cualquier orificio en el que insertar sus genitales. Así pues, las agresiones sexuales a mujeres de clase media por parte de hombres de clase obrera representan en realidad los esfuerzos de estos hombres por satisfacer sus deseos sexuales y por descargar las frustraciones que generan las desigualdades sociales y económicas ligadas a la clase a la que pertenecen. En estas condiciones, el deseo sexual también puede fácilmente mezclarse con el odio de clase, aumentando la brutalidad de la agresión. Sin embargo, lejos de constituir agresiones clasistas, estas agresiones sexuales son expresión de esta frustración bajo una forma individual. Esto significa que las desigualdades sexuales, económicas y sociales producto de la estratificación de clase no sólo son capaces de evitar una reacción política colectiva, clasista y consciente de la clase obrera explotada, sino también de provocar un tipo de reacción individual, no política y sexista, como esas brutales agresiones mediante las cuales los hombres de clase obrera someten temporalmente a las mujeres de clase superior. Desde luego, al destacar el papel de las divisiones de clase y sus intrincadas consecuencias, no pretendemos justificar el predominio de la violencia sexual en la sociedad. Lo que ocurre es que dado que la estratificación de clase es la causa de dicha violencia, la cuestión de cómo combatirla es esencial para quienes realmente queremos erradicar la violencia sexual de raíz[46].

Dicho esto, ¿qué hay de los hombres de clase media que agreden a sus esposas, novias, compañeras de trabajo, etc.? En este caso, la aculturación de los hombres de clase media en la agresión sexual tampoco se puede explicar sencillamente recurriendo a la noción abstracta de patriarcado. De hecho, esto nos lleva a la cuestión de por qué las nociones de jerarquía sexual forman parte de la conciencia masculina. Hay que señalar que el origen de la violencia sexual perpetrada sobre las mujeres de clase media por hombres de su misma clase también está ligado a las desigualdades que provoca la división de clases. Esto explica que muchas de estas violaciones sucedan en un contexto en el que las mujeres de clase media entran en un mercado laboral extremadamente inseguro, para ayudar al presupuesto familiar y mejorar sus perspectivas de matrimonio; o durante las citas, cuyo objetivo es encontrar un compañero del mismo estatus; o en el que las propias mujeres han asumido unas normas familiares que dicen que “la familia debe estar unida”, etc. En cualquier caso, todos son un producto histórico del capitalismo. Para hacernos una idea: la presión que genera la sociedad dividida en clases a la hora de buscar pareja entre los miembros de la misma clase, ha empujado a las mujeres a una situación de compromiso, bajo la cual tienden a sumarse a la feminidad patriarcal y a asumir unas normas que someten sus intereses a los intereses de sus maridos. En esta posición de compromiso (ponerse guapa para ir a trabajar, citas a ciegas, ignorar las insinuaciones sexuales de sus colegas masculinos, tolerar compañeros “sobreprotectores”, etc.), las mujeres de clase media se vuelven más vulnerables a la opresión ejercida por los hombres de su mima clase.

Sin embargo, es imperativo reconocer el hecho de que la opresión a la que se enfrenta la mujer de clase media no se puede equiparar a la explotación y la opresión que soporta la obrera. Al contrario de lo que afirma esa creencia popular de que los intereses y las experiencias de todas las mujeres son equiparables, es difícil, si no imposible, comparar la situación de Priyanka Chopra con la de Soni Sori, o para el caso, la de una mujer que es directiva de un banco del grupo ICICI [Industrial Credit and Investment Corporation of India] con la d una obrera fabril. Es difícil suponer que existe tal equivalencia, pues aunque el género pueda estar imbricado en la base del poder, las desigualdades que origina son algo accidental comparado con la posición de clase que ocupan las mujeres. Así pues, aunque los hombres tengan ventajas sobre las mujeres de su misma clase, las mujeres de las familias de clase media, de familias burguesas y las mujeres de los países capitalistas avanzados viven en unas condiciones materiales y tienen unas oportunidades mucho más parecidas a las de los hombres de su clase que a las de las mujeres obreras, la mujeres de una tribu o las de la casta Dalit. Y esta división de clase es precisamente la razón por la que la mujer corriente de clase media suele concebir la igualdad en términos de idénticos ingresos que los hombres de su misma clase, más que en términos de igualdad entre seres humanos (incluida la igualdad entre ella y un hombre obrero). Así, esta noción de igualdad es tan solo una forma que tienen las mujeres de clase media para compaginar su discurso aparentemente radical con sus sentimientos de culpabilidad por pertenecer a una clase más alta.  De hecho, es la ausencia de enfoque clasista entre las feministas de clase media lo que ha dado lugar a esta noción (distorsionada) de igualdad, y lo que allana el camino a una forma de hacer política basada en el olvido, por parte de las mujeres, de sus diferencias de clase. Lamentablemente, entre los más ardientes seguidores de esta política de la igualdad están algunas organizaciones de “izquierda”[47]. En realidad, las reivindicaciones que surgen a partir de esta noción de igualdad no ofrecen ninguna salida a las mujeres más vulnerables de nuestra sociedad. Al contrario, estas políticas mal planteadas apestan al típico olvido pequeñoburgués de la explotación de clase y sus efectos debilitantes.

Es esencial, por tanto, que seamos conscientes del papel que juega la clase tanto en la forma como en el contenido de aquello que se denomina igualdad y libertad. Si dejamos esto de lado, caeremos en las formas políticas feministas, que eluden la verdadera crítica de nuestra sociedad. Como sociedad, sólo podemos luchar formidablemente contra las raíces de la violencia sexual si aceptamos con todas sus consecuencias el hecho de que la sexualidad humana está conformada por el capitalismo, y de que las relaciones humanas están influidas por la división de clases. El combate contra la violencia sexual es pues una lucha contra el capitalismo; la lucha por la liberación sexual basada en la igualdad es, por tanto, una lucha por la liberación sexual de todos los hombres y mujeres: y la batalla por la igualdad entre géneros separados, hoy en día, es una batalla por una sociedad sin clases.

LA ASUNCIÓN DEL COMPORTAMIENTO MASCULINO Y LA COOPTACIÓN DEL FEMINISMO

 Para proteger a las víctimas de violación de la dolorosa culpabilización y ostracismo social, el movimiento feminista ha tratado de despojar a la violación de su contenido sexual. Desgraciadamente, esta estrategia de despojar arbitrariamente a la violación de su contenido sexual no sólo impide exponer claramente la compleja red de condiciones socio-económicas que constituyen los fundamentos de la violencia sexual, sino que también lleva a algunos discursos problemáticos y provoca el surgimiento de ciertas corrientes elitistas que restan potencial al movimiento[48]. El desarrollo de estas tendencias ha embotado la potencia radical del movimiento feminista, y ha reducido el feminismo a una camarilla. Mientras, las mujeres siguen sometidas a distintas formas de opresión creadas por el sistema capitalista.

La peor de las repercusiones del sistema capitalista sobre la sexualidad de la mujer es su cooptación dentro de una visión sesgada y sexista de su sexualidad, así como su creciente participación en el fomento de su opresión y la del resto de mujeres. Buena parte de esta cooptación es producto del bombardeo cultural. La industria de la publicidad, la moda y los medios de comunicación, etc., han popularizado y normalizado la sexualidad de la mujer bajo una forma objetivada (consumible). No obstante, esta cooptación también ha sido promovida, de manera creciente, por algunos círculos feministas “informados” y “sensibilizados”. Aunque es cierto que el movimiento feminista está formado por varios elementos e ideologías, no se puede negar que muchas corrientes feministas han hecho suya la feminidad patriarcal, por ejemplo, declarando que las mujeres pueden ganar poder aceptando con orgullo ciertas cosas/actitudes/predisposiciones como algo intrínsecamente femenino.

La creciente popularidad de la Marcha de las Putas, los modernos flash-mob, la defensa de la legalización de la prostitución, así como ciertas ramas del feminismo que promueven la ropa híper-femenina asumiendo erróneamente que esa ropa no atrae las miradas sexistas de los hombres, todo ello refleja lo alejado que está el feminismo de las necesidades y aspiraciones de las mujeres obreras. ¿Por qué digo esto? Porque, sin pretender defender a los hombres sexistas, intento plantear a los lectores los problemas intrínsecos del feminismo, concretamente aquellos asociados a algunas de sus aspiraciones.

Mi principal objeción se centra en el grave problema que plantea este tipo de feminismo, pues ha creado un obstáculo para la liberación de la mayoría de las mujeres, esto es, las proletarias. Es un hecho que el movimiento feminista, a partir del siglo XX, fue un producto de la progresiva entrada de las mujeres en el mercado de trabajo, del aumento de los cabezas de familia femeninos, y del aumento de la movilidad social de las mujeres en lo que respecta a empleos mejor pagados y estatus influyente. Con el aumento de las mujeres de clase media empleadas en la sanidad, la educación y en los servicios sociales (fenómeno que ha impulsado recientemente la acumulación capitalista), surgió “un nuevo romance de las conquistas femeninas y la justicia de género”[49]. Así, a partir de la década de los 70, muchas de las campañas dirigidas por organizaciones e individuos feministas lograron sus objetivos, y las organizaciones socialistas de masas también presionaron al Estado para que garantizara los derechos de las mujeres a la autonomía corporal. Muchas mujeres obreras de todo el mundo se han beneficiado de estas exitosas campañas, por ejemplo, en lo que atañe a ciertas garantías legales contra los malos tratos, etc. Sin embargo, las movilizaciones feministas estuvieron y siguen estando caracterizadas por un sesgo clasista, pues las mujeres de clase media reivindican “libertades” abstrayéndose de la necesidad de reorganizar la estructura económica y social existente impuesta por el capitalismo. De hecho, el trasfondo del feminismo continúa anclado en el terreno de la igualdad de derechos con los hombres dentro del marco del capitalismo. Así, esconde las divisiones de clase y la necesidad de una política propia de la clase obrera, proyectando una división artificial entre la clase de los hombres y la clase de las mujeres, una división que se considera erróneamente como la división (falla geológica) fundamental dentro del sistema capitalista y la sociedad burguesa[50].

Aunque la estratificación de género o la discriminación hombre-mujer pueda parecer una forma de división social particular, global y predominante, hay algo que no se puede negar: que esta forma de discriminación tiende a diluirse en el marco otras divisiones sociales (o fallas geológicas). En realidad, la posición de la mujer hay que situarla ontológicamente dentro de la compleja red estructural de la sociedad, de manera que pueda incorporarse a otras discriminaciones. Para empezar, las mujeres no son una clase en sí misma, sino que están divididas en distintas clases. Las mujeres de las clases superiores, por ejemplo, tienden a vivir y trabajar asociadas con hombres de clase alta, y por tanto permanecen en un entorno social que las separa de la masa de mujeres y hombres de la clase obrera. Debido a las condiciones materiales que comparten con los hombres de su clase, por ejemplo sus altos niveles educativos, su profesión y sus ingresos, las mujeres de clase alta están situadas en unas condiciones que las habilitan para reivindicar más respeto no sólo a los hombres de su clase, sino también a los de clase más baja. Esto significa que la división basada en el género tiende a diluirse cuando consideramos: a) los intereses comunes entre los hombres y mujeres de una clase; b) las agudas desigualdades que sufren los hombres de la clase obrera comparado con las mujeres de clase superior; y c) las desigualdades que sufren los miserables hombres de las castas inferiores comparado con las pudientes mujeres de casta superior.

En otras palabras, aunque la cultura patriarcal o sexista que refuerza las desigualdades de género sea predominante, también existe una tendencia a que las familias patriarcales y los hombres sexistas compartan intereses con sus mujeres. Podemos ver esta convergencia de intereses cuando los salarios de las mujeres aumentan, en unas circunstancias en las que el salario de la mujer mejora sustancialmente el presupuesto familiar. El empleo de sirvientas en muchos hogares de clase alta también refleja que los hombres sexistas de esta clase consideran que el trabajo doméstico es una carga para sus parejas, que debería ser compartida o traspasada por entero a una asalariada. Todos estos ejemplos representan una convergencia de intereses entre hombres y mujeres, y reflejan que: a) las divisiones de género no son un sistema de discriminación independiente y universal; y b) que la discriminación basada en la clase, la casta y la raza determina en última instancia el modo y la forma en la que se articula la división de género. Es importante subrayar que, al revés que la discriminación de género, que puede incorporarse a otras divisiones, aquellas basadas en la clase y la casta no se incorporan a la división social entre hombres y mujeres.

Esto significa que la compleja red de divisiones sociales tiende a separar los intereses de las mujeres de clase media de los de las mujeres de clase obrera, hasta el punto de que a menudo son antagónicos. Tanto es así que cuando las mujeres de clase media disfrutan de ciertos derechos por su pertenencia a una clase particular, o por haber luchado por esos derechos, no dudan en descargar sobre sus hermanas de clase obrera el látigo de la explotación. La conquista del derecho al trabajo, por ejemplo, ha venido acompañada del empleo de criada, lo cual ha derivado en la brutal explotación de las mujeres obreras en las “tareas” domésticas. La mayor parte de estas criadas domésticas son chicas o mujeres tribales pobres que emigran a las ciudades después de casarse o en busca de empleo. El agotador trabajo manual que hacen en la mayoría de casas de clase media y alta demuestra claramente el débil sentimiento de hermandad que existe entre mujeres de distintas clases.

Lo que se pasa por alto al generalizar esta experiencia de “el género sobre la clase” es lo siguiente: a) las mujeres se hallan divididas a lo largo de las fronteras de clase, y entre hombres y mujeres existe una división semejante; b) algunas mujeres se han convertido en las adalides de la mercantilización de la sexualidad femenina; c) cuando la reivindicación de autonomía de la mujer sobre su cuerpo se abstrae de las relaciones sociales que dan forma a los actuales códigos sexuales, estas reivindicaciones lo único que hacen es allanar el camino a medias-libertades[51].

¿Cómo es eso de que una parte de las mujeres se han convertido en abanderadas de la mercantilización de la sexualidad de la mujer? Por alarmante que parezca, estamos siendo testigos de la constante promoción, bajo formas cada vez más descaradas, de una cultura obscena en nombre de la liberación sexual de la mujer[52]. Entre aquellas que animan esta perversidad están las mujeres chovinistas, o lo que yo prefiero llamar “mujeres compradoras”[53] (aquellas mujeres que emplean la estrategia de convertir su cuerpo y el de otras mujeres en objeto en un intento de alcanzar el mismo estatus y los mismos ingresos que el grupo dominante, en este caso los hombres empresarios y profesionales). Con su trabajo, estas mujeres no sólo convierten en objeto su propio cuerpo, sino también el del resto de mujeres, y lo más normal es que propongan al resto de mujeres que lo que deberían hacer es abrazar el capitalismo y hacerse con cuanto más poder y dinero puedan, para combatir la opresión[54].  Ejemplo de mujeres chovinistas o compradoras son: la empresaria que emplea sin vacilar su poder de clase para agredir a sus empleados, hombres y mujeres; la mujer reporteras de las revistas Playboy, Cosmopolitan o Femina que ganan un pastón diciendo a las mujeres lo que está de moda; la diseñadora de moda que populariza la ropa de talla 36 y que con un golpe de mano puede provocar escalofríos en las fábricas textiles de los países en desarrollo y subdesarrollados; las productoras como Ekta Kapoor, cuyas películas exhibicionistas han popularizado los argumentos relacionados con escándalos sexuales; todas las burguesas artistas (Kareena Kapoor, Malaika Arora Khan, Priyanka Chopra y semejantes) que no dudan en afirmar que sus cuerpos semidesnudos en los carteles y la gran pantalla no promueven la cultura sexista, etc. Así pues, los intereses de las mujeres capitalistas y de algunas de las profesionales en ascenso están estrechamente involucrados en la perpetuación de una cultura sesgada y sexista, así como en la opresión de género de la mayor parte de las mujeres.

Otro tipo de feministas practicantes son aquellas que pretenden “empoderarse” reclamando para sí la feminidad patriarcal, llegando a defender y celebrar esta feminidad como algo feminista. Su confusión, en general, reside en que piensan que las mujeres están ejerciendo una elección o voluntad activa al aceptar la feminidad patriarcal, esto es, cosas como llevar ropa estrecha, pintarse las uñas, ponerse piercings, implantes, ponerse “guapa” para sentirse poderosa, participar en la “marcha de las putas” o exigir que se quite poder a términos o expresiones como puta, zorra, perra, guarra, behanchod o chutia. Así, negar la existencia de semejante elección a la hora de asumir la feminidad patriarcal se considera una opresión y algo contrario a los objetivos del feminismo, por no hablar de cualquier política emancipadora.

El problema de estos comportamientos y estas políticas es su ridícula asunción de que las mujeres que visten ropa híper-femenina están desafiando al patriarcado y la estructura sexista de la sociedad en su propio terreno. Quienes defienden estas posturas tienden a argumentar que la ropa sexualizada desafía la imagen predominante de mujer dócil y “tradicional”, llena de respetabilidad femenina. Por eso el “derecho” a vestirse con ropa híper-femenina es una reivindicación no negociable en el actual movimiento feminista[55]. No obstante, merece la pena recordar que tanto la mujer mercantilizada como la normativa, o la mujer bhadramahila, son fruto de la sociedad capitalista. Estas distintas formas de comportamiento sexual de la mujer se refuerzan mutuamente. Aunque al segundo tipo de mujer se la desprecie a menudo, se la sigue deseando, y aunque se venere a la primera, también se la rechaza. Así pues, tanto la mujer mercantilizada como la bhadramahila son roles femeninos que, más que incorporarlos y defenderlos, hay que destruirlos.

¿Qué sucede cuando las mujeres de clase media asumen un comportamiento o vestuario híper-femenino? Nos guste o no, terminan reproduciendo las condiciones no sólo de su propia opresión, sino también de las mujeres más vulnerables, es decir, las proletarias[56]. Mis dos principales objeciones a todas aquellas que enarbolan la consigna política de la “libre elección”, “llevar falda es cuestión personal”, etc., son: a) cuando eliges lo que promueve el patriarcado capitalista, deberías preguntarte si realmente estás eligiendo; y b) ¿seguro que la asunción de la feminidad patriarcal no fomenta las condiciones para la opresión sexual de otras mujeres?

Si afrontamos estas cuestiones de manera crítica, merece la pena tener en cuenta que el discurso de la “libre elección” refleja un profundo sentido del individualismo y el egoísmo burgués. Se da prioridad a la voluntad individual y a las libertades prestando poca o ninguna atención a la forma y el contenido que de hecho tienen estas libertades y deseos individuales. Cegados por este extremo individualismo, normalmente promovido por la ideología burguesa dominante, y sin tener en cuenta las verdaderas relaciones socio-económicas que se requieren para transformar la psique humana colectiva, las mujeres de clase media terminan participando en la reproducción de su propia opresión. Se deslizan por esta objetificación de su sexualidad porque tienen más acceso al capital cultural, dinero, etc., lo cual les permite adherirse a estos códigos establecidos de la sexualidad femenina (noción de belleza, formas más modernas de relaciones personales como el “amor libre”, matrimonios abiertos, etc.), con mucha más facilidad que las mujeres obreras que apenas tienen acceso a estos recursos financieros, capital cultural, etc.

Al defender la “elección individual”, estas mujeres ocultan alegremente que sus esfuerzos por amoldarse a la feminidad patriarcal implican aceptar y normalizar unos determinados códigos de comportamiento sexual para los hombres y las mujeres. De hecho no es difícil figurarse que los tacones altos, los vaqueros ajustados, las mallas, los tops transparentes, las minifaldas, los pendientes enormes, las pulseras en el tobillo, etc., provocan automáticamente ciertos tipos de comportamiento híper-femenino que son muy fáciles de explotar, simplemente por la forma en que todos estos accesorios terminan influyendo en los andares, el peso, el aguante, etc. En este contexto, uno aprecia el valor del dicho que dice que “no se puede desmontar la casa del amo con sus propias herramientas”[57]. Al defender aquello que va en contra de nuestros intereses, seguramente terminaremos perjudicándonos y dejando intacto es status quo[58]. Es difícil además apoyar a ese feminismo del “déjame ser libre” cuando la gente (las masas) difícilmente puede distinguir entre una mujer que ha caído víctima de la feminidad patriarcal y otra que se adhiere a ella resueltamente para superarla. Si no se puede apreciar esta diferencia, entonces esta forma de vestir y de comportarse tampoco puede cambiar la forma de consumir y de percibir la sexualidad femenina. Por tanto, deberíamos buscar otras estrategias.

Hablando con propiedad, la feminidad patriarcal es otra expresión más de una sexualidad femenina refrenada y sometida. Es importante señalar que este refreno o contención ha sido una de las características de la sexualidad femenina a pesar del surgimiento de la contracepción a partir de la década de los 60. La contracepción, al liberar a las mujeres por “primera” vez del miedo a los embarazos no deseados o no planeados, ha tenido profundas repercusiones en la sexualidad femenina. Sin embargo, a pesar del surgimiento de la contracepción, sólo las mujeres burguesas y una pequeña parte de las de clase media, que han logrado igualdad económica con los hombres de su clase, han llegado a explorar su sexualidad en cierta forma y han podido ejercer una activa elección a la hora de elegir a sus parejas sexuales. No obstante, estas mujeres han terminado cayendo en una especie de aventurismo sexual que, muchas veces, termina abriendo la puerta al oportunismo de los hombres, un oportunismo que les libera de cualquier responsabilidad, cuidado y compromiso[59]. Esto es precisamente lo que hace que la juventud de clase media se sumerja en actos sexuales en los que tanto ellos como sus parejas se ven divorciados de la satisfacción sexual que implica el amor genuino e íntimo y el compromiso mutuo. Además, el aventurismo sexual de las mujeres de clase alta se despliega de tal forma que supone para ellas una ayuda activa a la hora de encontrar una pareja que les permita mantenerse dentro en su clase o adquirir un estatus superior. No hay nada encomiable, pues, en esta forma de aventurismo sexual promovido por el capitalismo.

Para demostrar esto, vamos a indagar en la cuestión de la búsqueda de pareja más profundamente. Lo normal en un sistema socio-económico en el que un amplio número de mujeres está desempleada y donde el mercado laboral es altamente inseguro y discriminatorio para las mujeres, es que éstas se vean obligadas a buscar cierta seguridad en parejas que pertenezcan a su propia clase o a una superior. El matrimonio, pues, es un medio a través del cual las mujeres y sus familias pueden mantener su estilo de vida o acceder a otro mejor mediante la hipergamia, esto es, matrimonio con alguien de un estatus social más alto. Esto hay que entenderlo en un contexto más amplio. Como se ha dicho más arriba, la regulación comunitaria del matrimonio se ha ido debilitando con el tiempo, y por tanto la sociedad moderna ha visto como se iba afirmando la “elección” individual. Los hombres y las mujeres, sobre todo en las áreas urbanas, se casan con parejas que ya no pertenecen a sus comunidades. Los matrimonios entre miembros de distinta casta son buen ejemplo.

Hay que señalar que en muchas partes de la India, en particular en Haryana, Punjab y Delhi, los matrimonios entre miembros de distinta casta suman el 15-20% del total registrado. Estos estados son bastante prósperos debido a su floreciente economía agrícola (cuyos beneficios se han destinado a otros sectores, como el transporte, el inmobiliario, etc.). Esta prosperidad ha generado aspiraciones de ascenso en la escala social. Por tanto, buena parte de estos matrimonios entre miembros de distinta casta reflejan esta mencionada hipergamia. En estos casos, las mujeres tratan asegurarse un estilo de vida similar, si no mejor, al que le pueden proporcionar sus padres. En otras palabras, la mayor parte de las mujeres no busca empeorar su situación social con el matrimonio, y por tanto, optan por parejas que les pueden ofrecer una vida y un estatus mejor, aunque no formen parte de su comunidad. En cambio, los hombres aceptan emparejarse con mujeres de estatus inferior si son lo bastante “atractivas”. Últimamente, la práctica de la hipergamia ha puesto a las mujeres bajo una tremenda presión. Ésta se manifiesta no ya solo en el objetivo de parecer atractiva, sino también “mejor que el resto”. Y estos intentos de parecer siempre joven y guapa, etc., requieren algunos comentarios.

El problema que conlleva esta presión por encajar en ciertas nociones prescritas de “belleza” no se reduce únicamente a que impulsa a las mujeres (en particular a las de clase media, que tienen más recursos) a invertir tiempo, energías y dinero en parecer “deseables” y a que las inculca los correspondientes manierismos para llamar la atención de los hombres susceptibles de convertirse en su pareja. El problema más grave que conlleva esta forma particular de opresión es que allana el camino para un proceso de compromisos y renuncias sin fin. No se trata solo de lo que las mujeres están dispuestas a hacer a sus cuerpos para “parecer joven”, “atraer su atención”, etc., sino de lo que terminan permitiendo que los hombres hagan con sus cuerpos. No es sorprendente que, para que las cosas sigan su curso, muchas mujeres terminen retrocediendo en otros frentes: carreras, satisfacción sexual, respeto a sí misma, etc. Es este proceso de intentar de mantener relaciones o encuentros “decentes”, muchas mujeres de clase media terminan tolerando novios autoritarios, la violencia doméstica, los maridos infieles, etc.

En realidad, lo que olvidan esos ensordecedores gritos de “es mi cuerpo, es mi vida” es el simple hecho de que al asumir el vestuario y el comportamiento híper-femenino, muchas mujeres emplean su cuerpo y su sexualidad para satisfacer a las parejas que han elegido dentro de su propia clase, o para ascender en la escala social atrayendo a hombres de clases más altas. Los ingeniosos argumentos tipo “lo hago porque me hace sentir bien” o “¿qué pasa contigo?, ¡este es un país libre!” no son muy convincentes si los situamos en el contexto de las relaciones hombre-mujer que se dan en la sociedad, o incluso en el contexto de las relaciones que cultivan muchas de las autoproclamadas feministas.

Desafortunadamente para todos, formamos parte de una sociedad cuya capacidad para amar está en sus niveles más bajos. En este contexto de frágiles y egoístas relaciones hombre-mujer promovidas por el capitalismo, el hecho de que las mujeres toleren y asuman las prácticas que encajan con la visión masculina y la predominante sexualidad femenina simplemente es un intento de atraer la atención de sus parejas (y con ello también, quiérase o no, la del resto de hombres). Esta atención trata de buscarse bajo la forma en la que la pareja está acostumbrada a verla y bajo la que espera verla para poder “enamorarse” o “seguir enamorado”. No nos dejemos engañar, pues, por esas nociones de “empoderamiento” que nos llevan a actuar de una forma perjudicial para nosotras. Ciertamente, hoy en día cada vez son más las mujeres que se buscan sus propias parejas, comparado con épocas anteriores. Pero el punto de partida de muchas de esas relaciones es parecer atractiva, no ya desde la perspectiva de los individuos “enamorados”, sino desde la perspectiva que imponen fuerzas externas. Por tanto, lo que muchas mujeres identifican con una “elección personal” a la hora de ejercer su sexualidad, de hecho reproduce las condiciones que permiten que el genuino sentimiento o amor igualitario sea sustituido por una falsa intimidad entre hombres y mujeres, los cuales mantienen relaciones físicas mientras transforman mutuamente sus cuerpos en objetos (muchas veces después de haber comprobado previamente a cuánto asciende la cuenta corriente del otro)[60].

De hecho, vestirse de manera híper-femenina es un acto o una práctica con un determinado carácter de clase. Es una maniobra de las mujeres de clase media y burguesa para hacer frente a la opresión de los hombres de su propia clase. Donde mejor se refleja quizás el sesgo clasista que tienen muchas vertientes del feminismo que defienden el vestuario híper-femenino, es en el hecho de que estas mujeres que reclaman igualdad, sin dar importancia a lo que se ponen o a lo que hacen, pocas veces buscan pareja fuera de su clase. En cierto sentido, la naturaleza de su reivindicación de igualdad, así como la forma en la que plantean la liberación sexual, nunca da pie en realidad a que aumente el espectro de sus posibles citas o maridos. Por eso, a pesar de todas sus reivindicaciones de libertad sexual, no suelen transgredir los códigos sexuales de su clase y no buscan el amor entre los hombres de clase obrera (o de mujeres de clase obrera, en el caso de las feministas lesbianas). Por tanto, su idea de liberación no puede ir más allá de la conquista de unos derechos y privilegios inéditos, de los que ya disfrutan los hombres de su misma clase, como el derecho de vestir como se quiera, ir donde se quiera, citarse con quien uno quiera, y básicamente hacer lo que a uno le venga en gana. Lo lamento, pero esta idea de liberación no dice nada acerca de la lucha contra la esclavitud asalariada, ni tampoco asume su responsabilidad en el aumento de la opresión que provoca esta noción pequeñoburguesa de “libertad” sobre las mujeres proletarias.

En realidad, la retórica del tipo “es mi cuerpo, es mi vida” no da para mucho. Al contrario, las imágenes híper-femeninas que difunden los medios de comunicación capitalistas, así como la constante y acrítica asunción de la feminidad patriarcal por parte de las mujeres de clase media, han creado enormes problemas a las mujeres de todo el mundo. Malaika Arora Khan, Priyanka Chopra, Sunny Leone, etc., bien pueden sumergirse en la feminidad patriarcal y ganar puntos mercantilizando su cuerpo, ellas no están en condiciones de ser violadas por el hombre corriente que ve sus películas, posters, etc. ¿Quién podría saltarse los sistemas de seguridad, los guardaespaldas y los gorilas para conseguir/consumir físicamente sus cuerpos? Del mismo modo, esa estudiante universitaria que se viste sensualmente para frecuentar los pub sólo puede ser vista/consumida por los hombres que van al pub, los camareros, los de seguridad y los conductores que las dejan en casa. ¿Pero acaso alguien se preocupa de cómo sus cuerpos, o los de Sunny Leone o Priyanka Chopra terminan convirtiéndose en el objeto de las fantasías de los hombres? De hecho, esta tendencia hedonista[61] pequeñoburguesa se plasma en unas nociones pequeñoburguesas de civismo y libertad que se imponen luego así al resto de las masas. Sin duda, este “civismo” de clase media requiere de unas zonas pacificadas, artificiales (campus universitarios, centros comerciales, discotecas, etc.), en las que poder desplegarse. La creación de estas zonas pacificadas es posible principalmente gracias a las fuerzas policiales, a las que se les otorga a regañadientes la función de conservar estos paraísos de seguridad (o de mayor seguridad) para que las clases alta disfruten de su “azaadi” [libertad].

Desde luego, estas mujeres probablemente no son violadas ni molestadas (y desde luego esperamos que no lo sean) cuando hacen lo que hacen. No obstante, sus cuerpos pasan a las fantasías del hombre corriente, también a las de aquellos que, dependiendo de la vulnerabilidad (de la siguiente mujer o niño que se cruce con ellos) y de la impunidad que ofrezcan las circunstancias, pueden llegar a violar a los más vulnerables. Esto nos lleva de nuevo al ingenioso eslogan: “skirt mein, burkhe mein, dono mein rape hota hai” [llevemos falda o burka, nos van a violar igual]. No deberíamos dar crédito a esto, sino afirmar que las mujeres que llevan falda y top en cierta medida son responsables de la violación de las mujeres que llevan burka y ghunghat.

La defensa feminista del comportamiento y del vestuario híper-femenino tiene poco sentido si consideramos que acepta el hecho de que este comportamiento y esta manera de vestirse no son más que formas mímicas de llamar la atención que, mientras por un lado pretenden atraer a un individuo concreto, por otro deben supuestamente repeler o provocar indiferencia en el resto. Es natural, pues, que la retórica feminista acerca del comportamiento y el vestuario híper-femenino carezca de sentido para la mayoría de hombres y mujeres, y aunque las feministas defiendan sus posturas llamando machistas a todos estos hombres y mujeres que critican la ropa y el comportamiento híper-femenino, su defensa es bastante frívola.

Por tanto, aunque hay que criticar esa peligrosa culpabilidad que asoma en la (hipócrita) sociedad capitalista cuando se producen violaciones, acosos, etc., es importante separar el grano de la paja. A fin de cuentas, negar la incómoda verdad que conllevan esos esfuerzos por “hacer lo que a uno le da la gana” termina incapacitando al movimiento de la mujer para analizar de manera más rigurosa qué es lo que hace posible la violencia sexual y por qué es un fenómeno recurrente en la sociedad capitalista.

SOCIALISMO: MÁS ALLÁ DE LA NOCIÓN FEMINISTA DE LIBERTAD

Analizar más detalladamente las tirantes relaciones entre las feministas y el movimiento obrero no entra dentro de los objetivos de este texto. Sin embargo, habría que hacer algunas observaciones. La más importante es que el movimiento internacional de la clase obrera siempre cuestionó la presunción feminista de que la opresión de la mujer pudiera erradicarse combatiendo única o específicamente por una mayor igualdad de género. Merece la pena señalar que Alejandra Kollontai ya afirmó lucidamente que muchas de las reivindicaciones de igualdad enarboladas por las feministas no sólo estaban mal planteadas, sino que además iban en contra de los intereses de las mujeres de la clase obrera, pues dichas reivindicaciones no contemplaban un tipo más amplio de igualdad. De hecho, para la mayor parte de las mujeres, esto es, las mujeres proletarias, tener los mismos derechos que el hombre sólo significa sufrir la misma desigualdad. Desde luego, siempre habrá feministas que dirán que sus afirmaciones acerca de la desigualdad de género no se olvidan de la clase, pero lo cierto es que aunque tengan en cuenta otro tipo de desigualdades (clase, casta, raza, etc.) además de la de género, las suelen considerar como otras tantas variantes de discriminación que simplemente vienen a sumarse a la carga que ya soportan de por sí las mujeres. Sin embargo, la cuestión es si la clase es tan sólo una más en esa lista de discriminaciones. ¿Se puede reducir a un nuevo “–ismo”? La respuesta, obviamente, es no. Pues la clase es una fuerza estructural que recorre el género, la casta, etc., y por tanto, da a la discriminación de género, de casta, etc., una forma particular de expresión.

Armado con este modo ontológico de considerar el género frente a la clase, el movimiento obrero, al contrario que el feminismo, siempre ha planteado que la desigualdad de género sólo podrá erradicarse por completo con la desaparición de la sociedad de clases. Por eso el movimiento obrero plantea la igualdad entre hombres y mujeres no como una parte separada, sino como parte integrante de un proyecto emancipador más amplio, que liga la emancipación de la mujer a la liberación de la mayoría, es decir, de los hombres y mujeres de clase obrera.

Así pues, con la disolución de las divisiones de clase bajo el socialismo, se abrirán varias posibilidades revolucionarias para la sociedad humana en su conjunto. En la sociedad socialista, por ejemplo, todas las mujeres estarán empoderadas mediante el trabajo y la educación, lo cual liberará a la mayor parte de las mujeres de su actual situación de abierta dependencia de los maridos que traen el pan a casa. Del mismo modo, cuando la socialización del trabajo alcance cierto nivel, incluyendo el cuidado colectivo de los hijos, comedores colectivos, etc., las mujeres podrán librarse de esa broma pesada que es la esclavitud doméstica, que las ha agobiado y sometido desde los inicios del capitalismo. Al liberar a la mayor parte de las mujeres de su situación de dependencia y (devaluada) domesticidad, el socialismo aportará una nueva imagen de la mujer, que está muy lejos de la desdichada, vulnerable y explotable imagen que alimenta el capitalismo. Cuando este espectro de la vulnerabilidad ya no aceche a las mujeres, ninguna mujer tendrá que enfrentarse al choque de la violencia sexual, ni vivirá atemorizada.

Es más, el pleno empleo que ofrece el socialismo garantizará que ningún hombre ni mujer haga más trabajo del que le corresponde, una obligación que reducirá drásticamente las horas de trabajo que realiza hoy la sociedad. Con este necesitado descenso del tiempo de trabajo, los hombres y las mujeres podrán disfrutar de su tiempo libre. Y precisamente gracias al aumento del tiempo libre podrán cultivar las relaciones humanas, y se podrá progresar hacia el verdadero amor y el disfrute del sexo romántico y satisfactorio. En otras palabras, al revés de lo que hace el sistema capitalista, que crea unas condiciones en las que el coito coercitivo es más frecuente que el sexo voluntario y el verdadero amor, la reestructuración socialista del tiempo libre y de trabajo allanará el camino para una verdadera revolución sexual. Sin divisiones de clase, sin tener que soportar largas horas de trabajo inhumano y unas diferencias entre sexos artificialmente acentuadas, bajo el socialismo los seres humanos no tendrán motivos para violar, someter o usar cuerpos ajenos para beneficio propio.

Así pues, hasta que llegue el momento en que la igualdad de género se manifieste simplemente como la igualdad de hombres y mujeres de la misma clase, hablar de revolución sexual o de sexo romántico es poco apropiado. Sólo cuando la igualdad de género se manifieste a través de una igualdad más amplia, sólo cuando las diferencias de clase, casta y raza hayan sido abolidas, podrá dar comienzo la revolución sexual.

Es evidente, entonces, que si nuestra civilización quiere superar las condiciones que animan la violencia sexual y la opresión, y si realmente deseamos una revolución sexual, entonces nuestros esfuerzos deben enfocarse al objetivo de construir el socialismo. Una transformación que requiere una lucha contra la opresión ligada a las distintas identidades de género, casta, religión, raza, etc., y también intensificar la lucha contra la división de la sociedad en clases.

Maya John forma parte del Centre for Struggling Women (CSW), e investiga las leyes laborales en el Departamento de Historia de la Universidad de Delhi. 


[1] La víctima de 23 años era estudiante de fisioterapia. Iba acompañada por su novio, un ingeniero, y ambos volvían a casa después de haber visto “La vida de Pi” en un complejo de multicines/grandes almacenes del sur de Delhi, llamado Select Citywalk. Intentaron coger una bicitaxi, pero al no lograrlo esperaron en la parada del autobús (Delhi Transport Corporation/DTC bus service). Como el trasporte público de Delhi es un desastre (sobre todo los autobuses), parece que la pareja tampoco cogió el autobús. Después de esperar 45 minutos en la parada, no costó mucho trabajo engañarlos para que se subieran a un autobús privado. La víctima fue violada por 6 hombres de clase obrera en el vehículo, mientras éste cruzaba las calles de la ciudad, y sucumbió a las heridas 13 días más tarde, en el hospital de Singapur. La víctima no sólo fue violada, sino también tratada con suma brutalidad.

[2] Por ejemplo, el Tribunal Supremo de Delhi abrió el caso motu propio. Mientras, la policía de Delhi fue inusualmente rápida en su actuación y detuvo a los acusados 3 días después. Los medios de comunicación nacionales no paraban de hablar del caso, y las protestas estudiantiles llevaron la agitación a las calles. Algunas cadenas empezaron a emplear esta cuestión como parte de sus campañas publicitarias. Muchos de los que protestaban pedían la pena capital  para el acusado, y ocuparon Raisina Hill (cerca de la residencia presidencial y del Ministerio de Interior, bajo cuya autoridad está la policía de Delhi). Generalmente no se permiten las protestas allí. La policía se mantuvo relativamente al margen, y solo empleó la fuerza cuando algunos provocadores empezaron a tirar piedras. Sonia Gandhi, a la sazón líder del partido de gobierno United Progressive Alliance (UPA), Sheila Dixit (Ministra del Gobierno del Territorio de la Capital Nacional), Manmohan Singh (Primer Ministro) y Sushilkumar Shinde (Ministro de Interior), estuvieron visitando a la familia de la víctima y les aseguraron que se haría justicia. Tan solo unas semanas antes de la violación múltiple del 16 de diciembre, el día 9 de septiembre, en Haryana, una chica de 16 años perteneciente a una casta oprimida fue violada por 12 hombres. Sólo algunos miembros de esta casta y algunas organizaciones comunistas elevaron su voz para pedir justicia, los medios de comunicación pasaron por alto el suceso. Los tribunales de Haryana no abrieron el caso motu propio. La policía no registro la denuncia hasta que el padre se suicidó. Y ni Sonia Gandhi, ni Bhupinder Hooda (Presidenta de Haryana), ni Manmohan Singh, ni Shinde visitaron a la víctima.

[3] Sanik Dutta (2013), “Citizens United”, Frontline, 25 de enero.

[4] La respuesta masculina chovinista general es proteger a las propias mujeres, pero hacer lo mismo al resto. Por eso precisamente se pudo ver entre los “agitadores”, durante las protestas, a muchos hombres acosando a otras mujeres que también protestaban (mirándolas fijamente, tocándolas de manera inapropiada, etc.). Tras el incidente de la violación múltiple en la capital, aparecieron como setas los grupos que pedían la pena capital por violación. Sus miembros además, como reflejan sus eslóganes, eran unos misóginos. Hasta hace poco, un sospechoso grupo estuvo ocupando Jantar Mantar (portando pancartas negras con eslóganes a favor de la pena de muerte). El grupo puso una lápida llamada “Damini” (nombre que dieron los medios a la víctima de la violación múltiple del 16 de diciembre) en esta destacada plaza. Hicieron una sentada a su alrededor sin reclamar nada concreto. Decían que estaban instigando una “kranti” [revolución] contra la violación y que no se moverían hasta que los acusados fuesen colgados. El reciente caso de violación de una obrera fabril en el noreste de Delhi por un hombre cuya hija había sido violada (19 de diciembre de 2012, Times of India) demuestra la hipocresía del chovinismo masculino. Un violador puede luchar contra la violación, pues la lucha contra la violación no es en sí misma una lucha por la liberación de las mujeres.

[5] En las aldeas, muchas veces son los padres de las víctimas de violación quienes las obligan a cerrar la boca. La policía, dominada por la fiscalía, no investiga el crimen, y los médicos manipulan los informes. Algunos ejemplos de casos de violación en el medio rural indio que señalan el predominio de una rampante violencia sexual son: Bhanwari Devi en 1992, violada por un hombre de casta superior en Bhateri in Rajasthan; Phoolan Devi, violada en 1979 en la aldea de Behmai in Madhya Pradesh por un miembro de una casta superior; dos mujeres dalit (madre e hija) violadas por varios hombres en Khairlanji (Maharashtra) en 2006, cuya familia pereció casi toda linchada por miembros de la casta OBC dominante, la Kundi. Estos casos muestran que existe una connivencia policial y judicial, y que la justicia está completamente desvirtuada.

[6] Yo me refiero al patriarcado no como un “sistema” que existe de manera paralela al sistema socio-económico que nos rodea, sino como sinónimo de sexismo. Considero que el patriarcado o el sexismo consiste en unos patrones de comportamiento que han evolucionado históricamente con cada época, por lo que el patriarcado que existe bajo el capitalismo es distinto al que existía bajo el feudalismo o la esclavitud. Durante los debates sobre la violación, hubo algunas intervenciones que trataban de profundizar en la estrategia, tanto a largo como a corto plazo, para luchar contra la creciente opresión de la mujer en nuestra sociedad. Criticando las reivindicaciones que aparecieron durante las protestas, algunas de estas intervenciones señalaban la necesidad de plantear reivindicaciones imposibles que por su propia naturaleza fueran capaces de derribar las arraigadas condiciones que generan la desigualdad de género. No hace falta decir que no podemos plantear reivindicaciones que refuercen la legitimidad del Estado burgués, pero desde luego existe un modo leninista de plantear “reivindicaciones intermedias”, es decir, reivindicaciones que tienen resonancia inmediata en las aspiraciones del pueblo y que al mismo tiempo suponen un desafío al Estado. Es en el proceso de planteamiento de estas reivindicaciones inmediatas en el que nos tenemos que organizar, fortalecer nuestros cuadros, elevar las aspiraciones de las masas y conseguir una influencia duradera sobre ellas, etc., para poder, cuando estemos preparados, plantear las reivindicaciones (im)posibles ante el Estado. Si no procedemos de esta forma, caeremos o bien en el desvío izquierdista (que consiste en promover consignas absolutamente desconectadas de las masas y que por tanto nos aíslan de ellas), o bien en el desvío derechista (que consiste en defender consignas muy populares que nos llevan a eslóganes pequeñoburgueses y a perder nuestro tinte crítico, así como nuestra voluntad y nuestra acción proletaria independiente).

[7] Kavita Krishnan (2013), “Patriarchy, Women’s Freedom and Capitalism”.

[8] Kavita Krishnan (2012), “Some Reflections on Sexual Violence and the Struggle Against It.

[9] Shuddhabrato Sengupta (2012), “To the Young Women and Men of Delhi: Thinking about Rape from India Gate”.

[10] Un informe del National Family Household Survey suministra una descripción más argumentada y realista de los actuales índices de violación que la que ofrecen los datos de la National Crime Records Bureau (NCRB), y confirma que las mujeres residentes en las ciudades tienen más posibilidades de enfrentarse al abuso y la violencia sexual que las que viven en el campo.

[11] Devika Narayan (2012-13), “Some Thoughts on Rape, Sexual Violence and Protest: Responding to Responses”, Critique, vol. 2 (2): 39-40.

[12] Hoy, con la expansión de las ciudades en lo que podríamos llamar “suburbios”, muchos pueblos situados junto a las grandes ciudades han sufrido un aluvión de violaciones en las autopistas, etc., lo cual refleja que las presas fáciles también se buscan en los alrededores de las ciudades. Las agresiones a mujeres del campo u obreras fabriles a las que se obliga a subirse a un coche, entrar en almacenes abandonados, o que directamente son abordadas en la autopista, son ya algo corriente, y demuestran que, al igual que en la ciudad, en los municipios situados en su contorno se producen violaciones que no encajan necesariamente con el paradigma de la violación de poder, dado el origen de los agresores y el hecho de que buscan aprovecharse de la vulnerabilidad de la víctima más que darla una lección. El hecho es que la gente que circula entre el campo y la ciudad está extendiendo gradualmente los patrones urbanos de violación al medio rural.

[13] Algunos peces gordos de la derecha afirman que la violación es un fenómeno urbano y moderno, animado por el anonimato que ofrece la ciudad. El jefe de la RSS, Mohan Bhagwat, en su declaración del 4 de enero del 2013 dirigiéndose a un grupo en Silchar, terminó complicando más el asunto diciendo que la violación es un fenómeno que “sucede en India, no en Bharat”. Bhagwat identifica a la India con las áreas urbanas, y a Bharat [término sánscrito empleado para denominar al subcontinente indio] con la India rural. Según él, lo que está provocando que aumenten los crímenes contra las mujeres es la adopción de un estilo de vida occidental en las ciudades. En su declaración, afirmaba: “Si vas al campo o a la montaña no encuentras casos de violaciones múltiples y crímenes sexuales”. Según él las áreas urbanas están influidas por la cultura occidental, mientras las rurales se alimentan de los valores indios y de las gloriosas tradiciones indias. Dado que supuestamente las viejas tradiciones y valores indios respetan mucho a las mujeres, eso hace que en el campo no haya crímenes contra las mujeres. Ni que decir tiene que este tipo de alabanzas a las tradiciones indias no tienen en cuenta los fundamentos de las relaciones sociales. Por tanto, es esencial comprender el pasado en el contexto de su medio social, sistema de producción, nivel de educación, etc. Las ciegas alabanzas al pasado llevan a conclusiones erróneas. A lo largo de la historia de India, el estatus de la mujer ha ido cambiando, aunque su condición de subordinación ha sido casi constante. Y además sabemos que en la India rural las mujeres también sufren brutales agresiones sexuales.

[14] Susan Brownmiller (1993), Against Our Will: Men, Women and Rape (New York: Ballantine Books).

[15] Lee Ellis (1989), Theories of Rape: Inquiries into the Causes of Sexual Aggression (New York: Hemisphere): 10.

[16] Randy Thornhill and Craig T. Palmer (2001), A Natural History of Rape: Biological Bases of Sexual Coercion (Cambridge: The MIT Press).

[17] No se puede negar que el problema de la “historia natural de la violación” es que se basa en muchas perspectivas insulsas, como que existen diferencias genéticas entre el hombre violador y el no violador, o que el hombre sexualmente agresivo (violador) tiene mayor capacidad de dejar embarazada a la mujer que aquel que no fuerza a las mujeres.

[18] Esta aproximación a-histórica a la desigualdad de género impregna los discursos de muchas renombradas feministas. Por ejemplo, se sabe que Simone de Beauvoir afirmó que las mujeres “no tienen pasado ni historia” (citado por Lerner (1986), Creation of Patriarchy, New York: Oxford University Press: 22). Del mismo modo, Andrea Dworkin, en una entrevista, dijo: “Creo que la situación de la mujer es básicamente a-histórica” (E. Wilson (1982), “Interview with Andrea Dworkin”, Feminist Review, vol. 11: 27).

[19] Christine Helliwell (2000), “It’s only a Penis”: Rape, Feminism, and Difference,” Signs, vol. 25 (3): 789-816; Peggy Reeves Sanday (1981), “The Socio-Cultural Context of Rape: A Cross Cultural Study,” Journal of Social Issues, vol. 37 (4): 5-27. Christine Helliwell y Peggy Sanday han demostrado que algunas comunidades contemporáneas como los Gerai de la comunidad Dayak en Indonesia o los Minangkabua están libres de violación.

[20] Friedrich Engels (1973), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

[21] La existencia de hordas con este tipo de actividad sexual llevó al desarrollo de un genotipo relativamente pequeño, y por tanto, la reproducción de una progenie de similares características. Además, la naturaleza del sistema de caza y recolección implicaba que las cualidades y las capacidades individuales estaban tan vinculadas a la colectividad humana que era difícil que un individuo se distinguiera del resto. Así pues, los distintos factores que llevan a elegir preferentemente a una determinada pareja, como el estatus, el físico y las capacidades, etc., no eran predominantes.

[22] Al igual que la forma masculina de la raza humana, la femenina desarrolla cierta memoria muscular y sensibilidad al tacto en la fase prenatal, es decir, durante sus 9 meses de existencia en la bolsa amniótica del útero materno. Protegida y cuidada por el cálido y espeso fluido del útero, la especie humana desarrolla una mayor sensibilidad al tacto en ciertas partes de su cuerpo, esto es, en las zonas erógenas, que incluyen los genitales, glándulas mamarias, lóbulos de la oreja, etc. Desarrollando este sentido del tacto que calma los nervios, los músculos y los órganos sensoriales, la especie humana intenta replicar lo que ha aprendido en la fase prenatal. En este sentido, el sexo es una forma desarrollada de tacto y sensibilidad a la que el ser humano se acostumbra en la larga fase prenatal. De hecho, así como el canto es una forma desarrollada del habla, el sexo se puede considerar como una forma desarrollada de tacto humano. Por supuesto, las consecuencias y la intención que implica la interacción sexual la determinan las formas de relacionarse de los individuos. Por tanto, el sexo no es sólo cuestión de psicología, sino que está profundamente mediado y transformado por el medio social en el que viven los humanos. En las sociedades divididas en clases, los significados culturales y personales ligados a los individuos, objetos y situaciones influyen enormemente en nuestro deseo sexual.

[23] Radhika Singha (2000), “Settle, Mobilize, Verify: Identification Practices in Colonial India.

[24] Radhika Singha (1998), A Despotism of Law (New Delhi: Oxford University Press).

[25] La transición de la estructura social y económica india desde el pre-capitalismo al capitalismo fue al mismo tiempo frenada y facilitada por el Estado colonial, que limitó la supervivencia, recreación y reproducción de las viejas formas sociales. Hablaremos más adelante de ello, de todas formas.

[26] Radhika Singha (2000), “Settle, Mobilize, Verify: Identification Practices in Colonial India”.

[27] Prem Chowdhry (2007), Contentious Marriages, Eloping Couples: Gender, Caste and Patriarchy in Northern India (New Delhi: Oxford University Press).

[28] Al reducir los salarios familiares de la clase obrera (el salario del cabeza de familia) y al empujar fuera del trabajo a las mujeres cuando dan a luz, la crianza y educación de los hijos se convirtió en una tarea que debía “hacerse gratis”, pues no tenía ninguna función económica y por tanto no costaba nada al capitalismo.

[29] En India, por ejemplo, las mujeres tienden a casarse incluso antes de completar sus estudios superiores. Quienes logran cierto nivel educativo no suelen tener oportunidad de trabajar antes de casarse. Esto demuestra que las mujeres a menudo tienen que abandonar su educación y sus carreras para poder acceder a ofertas de matrimonio “adecuadas”. Por supuesto, luego muchas no retoman los estudios tras la boda.

[30] En las ciudades, las familias de las parejas que han huido de casa para casarse se aprovechan de las disposiciones del sistema jurídico (intento de secuestro, etc.). Los procedimientos jurídicos y la connivencia de la policía local con las familias permite a estos “guardianes” masculinos atosigar a estas parejas durante los meses o incluso los años que dura el litigio. Por otro lado, el sesgo clasista de la policía local les lleva a veces a saltarse los procedimientos judiciales hasta el punto de rechazar el registro de una denuncia por desaparición de una chicha de clase obrera, o no se registra una denuncia de secuestro cuando la familia de la chica aporta nombres de los sospechosos. Está claro que cuando se trata de las mujeres de los sectores más pobres de la sociedad, la policía generalmente supone que han abandonado su hogar por propia voluntad, lo cual les permite no tener que perder tiempo en buscar a esa chica y asegurarse de que efectivamente se ha ido por voluntad propia, como prescribe la sección 164 del Código de Enjuiciamiento Criminal.

[31] Catherine MacKinnon es una destacada e influyente investigadora jurídica. Véase Fred R. Shapiro (1996), “The Most Cited Law Review Article Revisited”, Chicago-Kent Law Review, vol. 71. Y también Catherine Mackinnon (1987), Feminism Unmodified (Cambridge, Mass: Harvard University Press). Hay que señalar que su perspectiva, como la de Dworkin, etc., se ha difundido a otras partes del mundo a través de las redes de ONG multinacionales y los organismos financieros que participan en campañas internacionales por los derechos de la mujer.

[32] Sorprendentemente, incluso los intelectuales progresistas que, obviamente, estaban influidos por la emotiva y tensa atmósfera que se creó tras la violación múltiple del 16 de diciembre, empezaron a reclamar castigos más severos, aunque no del tipo de la pena de muerte o la castración. Por ejemplo, un conocido bloguero progresista, Shuddhabrato Sengupta, apuntó la idea de un aislamiento perpetuo para los violadores. (Op. cit., nota 9).

[33] He empleado el término mal sexo en lugar de usar otro concepto más adecuado capaz de expresar falta de reciprocidad, cuidado y satisfacción en muchos encuentros sexuales. El concepto de mal sexo, pues, se refiere a aquellos encuentros sexuales en el que el placer de uno implica dolor, malestar o disgusto para el otro.

[34] Justo al contrario que estas perspectivas de las feministas liberales, otras argumentan que la prostitución (haya consentimiento o no) es violencia sexual en sí misma, pues no es sino una violación pagada en la que el dinero tiene la función de quitar remordimientos al hombre. Por ejemplo, véase Trisha Baptie (2009), “Sex worker? Never met one!”.

[35] Por pérdida de autonomía no me refiero a la capacidad individual de elección frente a otros individuos o intereses sociales. Para mí, tanto el individuo como la autonomía que de la que éste disfruta están condicionados por las relaciones que los envuelven. El individuo nunca está aislado y solo puede adquirir independencia si entra en constante relación con otros seres humanos. Lo que significa verdaderamente esta pérdida de autonomía en la elección sexual es la ruptura de la conexión psíquica entre el placer, el deseo, la motivación y la acción. Así que la cuestión no es recuperar autonomía en su sentido liberal, sino crear formas diferentes de relaciones (sociales).

[36] Véase Appeal to All Concerned with Violence Against Women and Demand Charter (2012), escrito por Maya John en nombre del Centre for Struggling Women (CSW) y apoyado por otras organizaciones. Y también la nota de prensa de CSW y Nurses Welfare Association: “Nurses and women’s groups demand safety audit of workplaces”, The Hindu, 22 de enero 2013. El texto discute la reivindicación de reformar las leyes y la regulación estatal para crear lugares de trabajo más seguros en el contexto de los intereses de las obreras. Una de las sugerencias de las enfermeras como obreras era que el Estado examinara la seguridad de todos los centros de trabajo.

[37] Kavita Krishnan defendió hace poco esta postura en su artículo del 25 de enero de 2013, en el que afirmaba: “…la explotación capitalista de las mujeres no se reduce a su ‘desnudo’. Explota a las mujeres con el trabajo doméstico en el hogar; pagándolas menos que a los hombres por el mismo trabajo, etc., y hace todo esto gracias a la ausencia de libertad que impone el patriarcado a la mujer”. La autora asume claramente que el capitalismo es un sistema que funciona de la manera que lo hace debido al predominio de otro sistema, el patriarcado. Siguiendo esta lógica, es el patriarcado como sistema separado en sí mismo lo que hace patriarcal al capitalismo, y no la lógica interna del sistema capitalista la que engendra una sociedad patriarcal.

[38] Al rechazar la primacía de la clase, las feministas radicales tratan de colocar al género en el mismo nivel como categoría de privilegio. Algunas feministas han salido con la propuesta de la “intersecionalidad” (de la clase, género, raza, casta, sexualidad y nacionalidad). Este es un atajo que emplean bastante las feministas cuando tienen que enfrentar sus categorías de análisis con la noción de clase, raza u otras posiciones sociales. El problema del argumento de la interseccionalidad es que trabaja con todo un pluralismo de identidades. Este pluralismo conlleva una lista interminable de identidades que habría que distinguir y enumerar. Lo que se deja de lado con este análisis es la ontología de la posición social. En otras palabras, se deja de lado que la constitución de la realidad social se basa en la jerarquía que predomina en las posiciones sociales así como en los intereses objetivos ligados a ellas. En realidad, algunas posiciones e identidades se incorporan a otras, aunque a priori parezcan no estarlo o no poder estarlo. Esto no significa que todo se pueda reducir a la clase y que todo tenga que ver con la clase, sino que demuestra que (como reflejan las condiciones que nos rodean) la existencia de otras experiencias, identidades, fenómenos sociales, etc., está relacionada con la clase y se articula de acuerdo con ella. Estamos al tanto de las críticas de Laclau y Mouffe a la noción de los “intereses objetivos”. Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy: Towards A Radical Democratic Politics, p. 76-77. Sin embargo, E.M. Wood ha realizado una defensa muy convincente en “The Autonomization of Ideology and Politics”, The Retreat from Class: A New ‘True’ Socialism.

[39] Para una crítica completa de esta perspectiva, véase Craig, T. Palmer (1988), “Twelve Reasons Why Rape is Not Sexually Motivated: A Skeptical Examination”, The Journal of Sex Research, vol. 25 (4): 512-30.

[40] Chafetz, Janet Saltzman (1990), Gender Equity: An Integrated Theory of Stability and Change (Newbury Park, CA: Sage Publications).

[41]National Intimate Partner and Sexual Violence Survey”, Centre for Disease Control and Prevention, USA. Señala que en Norteamérica es más común violar que fumar.

[42] Véase Freund, K., H. Scher and S.J. Hucker (1983), “The Courtship Disorders”, Archives of Sexual Behavior  vol. 12: 769‑779; Michael T. Dreznick (2003),  “Heterosocial Competence of Rapists and Child Molesters: A Meta-analysis”, Journal of Sex Research, vol. 40 (2): 170-08; Marshall, W. L. y Eccles, A. (1991), “Issues in Clinical Practice with Sex Offenders”, Journal of Interpersonal Violence, vol. 6: 79–79.

[43] Praveen Swami (2013), “The Rapist in the Mirror”, The Hindu, 11 January. Los hombres no solo agreden a las mujeres, sino también a los niños. Y por tanto, también a los niños varones. En 2007, el Ministerio de Desarrollo de la Mujer y la Infancia del gobierno de la India realizó una encuesta entre 12.447 niños para conocer los abusos que experimentaban. Entre ellos, el 68.99%, la mitad varones, decían haber sido víctimas de violencia física. 1 de cada 12, casi todos varones, habían sufrido violencia sexual. Es tremendo que la mitad de la población india haya sufrido abusos durante la infancia.

[44] Op. cit., nota 9.

[45] Hay que partir de estas violaciones cotidianas, para luego poder identificar lo que la gente corriente experimenta como una violación. Como se ha dicho, este tipo de violaciones constituyen la mayoría de las que se cometen en nuestra sociedad, y tienen un contenido sexual indudable, pues lo que anda buscando normalmente el agresor es satisfacción sexual. ¿Pero qué hay de las violaciones fácilmente identificables como “violaciones de poder”, por ejemplo las que se producen durante las conquistas militares, la ocupación de territorios, los levantamientos, la represión de las revueltas, la guerra civil, la reacción racial o de casta, etc.? Lo primero que hay que señalar es que estos casos se producen en circunstancias excepcionales, y por tanto constituyen una parte concreta del conjunto de las violaciones que se producen en la sociedad. Y lo que es más importante, incluso en estos casos la violación está ligada al sexo, pues no es tan solo una expresión de hostilidad o venganza, sino también un producto de la extrema vulnerabilidad de las mujeres apresadas, política y socialmente sometidas, así como de la impunidad que ofrecen las guerras o los conflictos armados a los hombres.

[46] El fracaso de la izquierda a la hora de desarrollar una crítica cultural al capitalismo y a sus consecuencias sobre el comportamiento humano, ha permitido que las fuerzas de la derecha logren más apoyo entre las masas. El discurso derechista de la “occidentalización”, el “consumismo”, etc., que se basa en una noción reificada de lo que es la cultura moderna, que no tiene en cuenta la división de clase predominante en la sociedad, ha tocado la fibra sensible de la gente, que está desorientada por la desigualdad socio-económica y el hedonismo de los ricos. En realidad esta mayoría (oprimida) fácilmente influenciable por la derecha, sale al paso de la (quejica) clase media influida por ciertas perspectivas feministas. El desafío para la izquierda consiste en presentar una crítica del impacto cultural, sexual y social del capitalismo para, por una parte, arrancar a esa mayoría de las garras de la derecha, y por otra, evitar que se consoliden las políticas feministas en la clase media.

[47] Entre las llamadas organizaciones de izquierda están esos “nuevos” socialistas que han decidido “cambiar el lenguaje de la izquierda”. Véase el panfleto de publicado por New Socialist Initiative en su Conferencia fundacional, 22-24 febrero 2013. En línea con estas perspectivas políticas (eludir la clase, eclecticismo) algunos se dedican a defender un “nuevo” socialismo (de bares) para que los pub sean accesibles a los pobres y estos puedan dejar de sentirse pobres de vez en cuando. Véase Amrapali Basumatary (2013), ‘Come Frolic with Me in the Streets of Delhi’. El texto fue reeditado por ‘Critique’, en marzo de 2013. Amrapali Basumatary sugería que la subvención masiva de los pub para que todas las clases accedan a ellos podía ser un proyecto emancipador en la medida que permitiría que los pobres asomaran la cabeza en ellos “de ven en cuando sin sentirse pobres”. Sus argumentos eludían tanto la cuestión de las divisiones de clase como las desigualdades que provocan. A este respecto, no duda en afirmar que “la libertad no está ni puede estar limitada a la cuestión del orgullo/vergüenza nacional/clasista”. Está claro que uniendo a las clases en torno a la lucha contra los tabús asociados a la bebida, las agudas contradicciones entre sus distintos intereses se terminarán resolviendo solas y nos llevarán a una vida mejor. En otras palabras, los hombres y las mujeres pobres dejarán de sentirse rechazados y agitados por las desigualdades sociales, sexuales y económicas, lo cual presumiblemente nos lleve a la reducción de los bárbaros deseos de agredir a las mujeres que disfrutan de mejores condiciones de vida (!).

[48] Algunas de las autoras que han estudiado de cerca el movimiento feminista emplean ciertos términos que según ellas encierran algunas de las preocupantes tendencias del feminismo. Véase, Melody Hoffman (2010), “Teaching with Feminist Contradictions: The Debate of Dress in Theory and Practice”. Hoffman designa con el término de feministas “afeminadas” a aquellas que recurren explícitamente al comportamiento y la ropa híper-femenina. Véase también Ariel Levy (2005), Female Chauvinist Pigs: Women and Launch of Raunch Culture (New York: Free Press). Levy emplea términos como “mujeres chovinistas” o cultura “obscena” a la hora de explicar esta moda del “poder” femenino.

[49]Nancy Fraser (2009), “Feminism, Capitalism and The Cunning Of History” New Left Review, vol. 56: 110.

[50] El movimiento feminista ha sido criticado en todo el mundo por su concepción de la realidad social y sus movilizaciones concomitantes. Muchas de estas críticas proceden de grupos de mujeres marginadas (afroamericanas, hispanas, Dalit, etc.) o de organizaciones marxistas que cuestionan el predominio del género como nexo de unión. Las comunistas, en particular, señalan que el problema del feminismo no es que hable de la igualdad entre hombre y mujer (algo que también hacen las comunistas), sino que al particularizar esta aspiración se parcela la sociedad entre hombres y mujeres. Véase See Clara Zetkin (1896), Only in Conjunction With the Proletarian Woman Will Socialism Be Victorious. Y también Alejandra Kollontai, Los fundamentos sociales de la cuestión femenina.

[51] Rachel P. Maines (1989), The Technology of Orgasm: “Hysteria”, the Vibrator, and Women’s Sexual Satisfaction (Baltimore: John Hopkins University Press).

[52] Ariel Levy (2005). Op.cit., nota 48.

[53] La autora aplica aquí una analogía con el término “burguesía compradora”. [Nota de El Salariado]

[54] Naomi Wolf (1993), Fire With Fire: The New Female Power and How to Use It (New York: Random House). Wolf afirma que “el dinero puede liberar a la mujer de mucha opresión sexual”, pero en realidad su invitación a “hacerse rica” simplemente refleja las necesidades de las mujeres de clase media en ascenso.

[55] Sreenanti Banerjee (2013), “Sexual Violence, Consumer Culture and Feminist Politics – Rethinking the Critique of Commodification”.

[56] Sheila Jeffreys (2005), Beauty and Misogyny: Harmful Cultural Practices in the West (New York and India: Routledge). Aquí Jeffreys argumenta que el imperialismo cultural que encabeza la industria internacional de productos de belleza ha impuesto prácticas dañinas que hoy son muy populares entre las mujeres pudientes de los países desarrollados y en desarrollo y entre algunas capas de mujeres más desfavorecidas en todo el mundo.

[57] The master’s tools will never dismantle the master’s house, en inglés. Se podría traducir también como “no se puede combatir la alienación con formas alienadas”. Además es el título de un texto que trata de la cuestión de la mujer. [Nota de El Salariado]

[58] Audre Lorde (2000), “Age, Race, Class, and Sex: Women Redefining Women,” Wendy Komar and Frances Bartkowski, eds., Feminist Theory: A Reader, p. 292.

[59] Lynn Phillips (2000), Flirting with Danger: Young Women’s Reflections on Sexuality and Domination (New York: NYU Press). Muchas de las mujeres entrevistadas en este estudio revelaban que muchos de sus encuentros sexuales eran para satisfacer los deseos sexuales del hombre, más que el suyo propio.

[60] En esta obra está muy bien documentada la forma en la que el capitalismo influye en nuestras vidas, incluida su faceta más íntima: Arlie Hochschild (2003), The Managed Heart: Commercialization of Human Feelings (Berkeley: University of California Press). Véase también A. Hochschild (2003), The Commercialisation of Intimate Life (Berkeley: University of California Press).

[61] Muchas de las consignas de las protestas anti-violación rezaban, tal cual: pub jaane ki azaadi (libertad para ir a los bares), marji ke kapde pehenne ki ya na pehenne ki azaadi (libertad para vestir como se quiera o para ir desnudo), disc jaane ki azaadi (libertad para ir a la discoteca), o piney ki bhi azaadi (libertad para beber lo que se quiera y cuánto se quiera).

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