Contribución al debate clase/género

Traducción del texto de Angry Workers of the World.

RESPUESTA AL TEXTO DE MAYA JOHN: CLASS SOCIETIES AND SEXUAL VIOLENCE: TOWARDS A MARXIST UNDERSTANDING OF RAPE

CONTEXTO

El presente texto ha surgido a partir de varias discusiones en Londres, Berlín y Delhi acerca del escrito de Maya John (a partir de ahora MJ), “Sociedad de clases y violencia sexual: hacia un análisis marxista de la violación”. También estuvimos charlando con ella y la otra co-autora, ambas militantes del grupo neomaoísta juvenil Revolutionary Youth Organization (KYS), organismo público juvenil de una facción de la Liga Comunista de India (CLI). Ellas defienden la idea del partido “comunista” liderando a la clase obrera. Tienen una perspectiva marxista-leninista de la clase (que explicaremos más abajo) y consideran formalmente la unidad clasista por encima de todo. Piensan que las luchas jerárquicas dentro de la clase obrera suponen una amenaza a esta “unidad de clase”, que para ellos es necesaria para superar el capitalismo. Nosotros, en cambio, pensamos que esta unidad clasista sólo puede ser el resultado de la superación de estas mismas jerarquías y privilegios que operan dentro de la clase, durante la propia lucha.

MJ piensa que el feminismo (como movimiento separado y homogéneo) mina la lucha de clases, en lugar de considerarlo, entre otras cosas, como una respuesta a los errores de los movimientos obreros y sociales formales de la época. Los movimientos obreros no lograron recoger y reflejar las necesidades de las mujeres que se insertaban en la fuerza de trabajo, ni se enfrentaron a los distintos roles que determina el modo capitalista de producción.

Esperamos que este texto refleje nuestro aprecio por su intento de desarrollar un análisis materialista dialéctico de las relaciones de género, que llevan al surgimiento de la violencia sexual. Nuestras principales divergencias se centran en su interpretación de la historia del movimiento feminista y en la distinta consideración de lo que es la lucha de clases y lo que implica. También ponemos en duda la relación entre la violación y la crisis sexual de los hombres de la clase obrera.

Otra cosa importante que hay que señalar, y que apareció cuando ya se había redactado este texto, son las estadísticas de violaciones en Delhi. No se puede concluir, a partir de ellas, que: a) las violaciones por parte de hombres de la clase obrera estén aumentando; b) que las violaciones por parte de extraños estuvieran aumentando, al margen de que fueran cometidas o no por hombres de la clase obrera; c) que el número de violaciones en general estuviera aumentando, pues lo que ocurre más bien es que las mujeres empiezan a denunciar más. De estas denuncias, la mayoría proceden de mujeres de altos ingresos. Esto, obviamente, siembra muchas dudas sobre las tesis centrales de MJ, según las cuales se está produciendo un aumento de las violaciones por parte de hombres proletarios en las áreas urbanas. Sin embargo, seguimos defendiendo la postura política de que es importante analizar las condiciones materiales, pues indudablemente afectan al tipo de sexo que la gente practica, así como otros aspectos de su vida.

¡Se agradecen los comentarios y las profundizaciones!

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¿POR QUÉ VIOLENCIA SEXUAL?

¿De qué forma se pude teorizar la violencia sexual sin caer en la ideología de género y en las teorías de un sistema patriarcal independiente? Necesitamos analizar las bases materiales de la violencia sexual para poder plantear respuestas organizadas que atajen el problema de raíz, no sólo sus efectos. Pensamos que la violencia contra la mujeres no ha sido suficientemente teorizada entre la izquierda (incluidos los socialistas feministas), lo cual deja la vía libre a los derechistas para reclamar la pena de muerte a los criminales, o a aquellos que indolentemente claman contra los elementos “lumpen”, o a aquellos que exigen más vigilancia y control estatal.

Pensamos que enfocar el tema a partir de la violencia puede ser útil, si ello nos permite abordar cuestiones más amplias acerca de cómo reunir en el análisis la clase y el género, en un conjunto dinámico y de permanente construcción de las relaciones sociales.

HOMBRES Y MUJERES, SEXO Y PODER, CONDICIONES SOCIALES

No vamos a tratar de resumir los principales puntos del debate que mantienen los medios, los políticos, la izquierda oficial, la izquierda revolucionaria y las feministas, a raíz del espantoso ataque a una joven estudiante en un autobús por parte de 6 hombres, en Delhi, a finales del año pasado [2012]. Tomaremos como referencia el texto de Maja John[1], publicado también poco después, pues pensamos que es el más interesante y provocador, por el desafío que plantea a las viejas afirmaciones feministas acerca de la naturaleza de la violencia sobre las mujeres, más concretamente a esa violencia que atraviesa a todas las clases, razas e incluso la historia, y que a su vez ha dado pie a la idea de que la violencia contra las mujeres se fundamenta ante todo en un ejercicio de poder y de dominio de los hombres sobre las mujeres. Buena parte de los estudios, por otra parte tan necesarios, sobre este tema fueron realizados por las feministas (sobre todo radicales) en los años 70 y 80, y como resultado, se aceptó en general que al distinguir entre distintos tipos de violencia contra las mujeres, dentro de distintos grupos de gente, no se percibía el cuadro en toda su extensión, esto es, el sistema del patriarcado. Esto también habría legitimado la agenda de los derechistas, que consideran a las clases “bajas” y a las minorías no blancas como más atrasadas, menos civilizadas, sexualmente depredadoras y predispuestas a la violencia y el crimen. Fijarse en las condiciones que provocan la violencia hacia las mujeres también se ha considerado como una manera de justificar o simpatizar con los criminales.

MJ desafía este principio básico distinguiendo entre violaciones urbanas y rurales, para recalcar las condiciones materiales que llevan a la existencia de gente vulnerable a la violación y la violencia sexual, y gente dispuesta a cometerla. Afirma que las violaciones en los medios rurales, en la India, son cometidas principalmente por hombres de la casta superior contra mujeres de la casta inferior (dalit, parias). El poder de casta permite que esto suceda con impunidad, con el apoyo de la estructura del Estado y sus instituciones, como la policía y el ejército, comprometidas con la seguridad del Estado y la guerra civil. Ella considera que este tipo de violaciones son diferentes, en términos de fuerzas de poder y situación social, a las violaciones urbanas, en las que la casta ya no es un factor importante y hay más anonimato, y en donde, en cambio, son los hombres de la clase obrera los principales criminales. Según su visión, la violación no es solo una cuestión de poder (este es otro de los principios básicos del feminismo, que considera la violación desde la perspectiva de la víctima), pues los hombres de clase obrera tienen muy poco poder dentro de un sistema capitalista de explotación.

Es entonces cuando trae a colación la cuestión de la crisis sexual de los hombres de la clase obrera, que están híper-explotados, trabajan muchas horas, son bombardeados con imágenes sexuales y viven en condiciones que les impiden colmar sus deseos sexuales. Esto produce un terreno fértil, especialmente en una sociedad en la que las mujeres ya disfrutan de un menor poder social y material, para los casos de violencia sexual. La autora pretende destacar el elemento de frustración sexual por parte del criminal como parte de los motivos de la violación, junto al poder (de otra forma, afirma, es imposible analizar la cuestión de manera adecuada y plantear una respuesta estratégica). La inclusión de este factor también abre la puerta a discutir el tipo de sexo y de relaciones a las que aspiramos, como parte de aquello por lo que combatimos en la lucha de clases. El componente sexual de la violación, hasta cierto punto, ha sido confirmado en otros estudios, por ejemplo, en unas entrevistas a algunos violadores de Sudáfrica, se señalaba este componente sexual como una de las motivaciones de la violación, así como los sentimientos de ira.

Hasta cierto punto estamos de acuerdo con esta forma de enfocar la cuestión. Pensamos que la crisis sexual bajo el capitalismo es un aspecto importante que hay que tener en cuenta, especialmente en el contexto de las diferentes trayectorias de la sexualidad masculina y femenina a través de los distintos periodos históricos, modos de producción y relaciones sociales. Si no se tiene en cuenta esta prevalencia de las condiciones sociales, por ejemplo en Sudáfrica o los Estados Unidos, lugares donde se registran los índices más altos de violaciones en todo el mundo, no se puede enfocar el problema de manera adecuada. MJ traslada esta cuestión a Delhi[2].

Sin embargo, nos preocupan las implicaciones que tiene esta relación explícita entre los índices de violación y la “crisis sexual en el capitalismo”. Primero, porque se centra en las frustraciones sexuales de los hombres, como si su necesidad de sexo fuera mayor o más incontrolable que la de las mujeres, en lugar de centrarse en el hecho de que ellos tienen el poder (espacios sociales, pocas probabilidades de enfrentarse a las consecuencias, la fuerza y su estatus como hombre) para lograr los medios de satisfacer esa necesidad, medios que las mujeres no tienen, a pesar de estar igual de frustradas sexualmente, si no más. Nosotros lo llamaríamos más bien una crisis social que repercute en el sexo. Así se señalan más explícitamente las condiciones sociales que influyen en el tipo de sexo que tienen tanto los hombres como las mujeres (ocasional, alienado, carencia total, forzado, etc.).

Ha habido casos en la historia en los que se desató una especial violencia sexual hacia las mujeres. Uno de ellos fue a finales del siglo XV en Europa occidental, donde se produjo una contrarrevolución como respuesta a los altos salarios de los obreros y a sus condiciones de vida, así como a la drástica reducción de las diferencias salariales entre hombres y mujeres tras la Peste Negra, la cual había reducido drásticamente el número de obreros y aumentado por tanto su poder de negociación frente a los terratenientes. Las autoridades trataron de cooptar a los obreros más rebeldes ofreciéndoles sexo gratuito: institucionalizaron la prostitución abriendo burdeles municipales, y de hecho descriminalizaron la violación de las mujeres de las clases bajas. Las violaciones múltiples se convirtieron en algo normal, y se llevaban a cabo abierta y públicamente. Los historiadores han analizado esto como una forma de protesta de clase, mediante la cual los hombres proletarios se desprendían de su odio hacia los ricos y volvían “a lo suyo”. Todo esto en un contexto en el que había que posponer el matrimonio varios años por la situación económica (situación parecida a la de muchos hombres de clase obrera de Delhi). Algunas perturbaciones sociales fueron el pequeño precio que tuvieron que pagar las autoridades, que empujaron a los hombres proletarios contra las mujeres proletarias para atenuar las tensiones sociales y evitar insurrecciones[3]. Las tensiones sociales que existían a finales del feudalismo fueron explotadas por las autoridades, lo cual no era difícil dadas las brutales condiciones de la guerra y la descomposición de las viejas estructuras sociales.

De la misma forma, el Estado indio (como la mayoría de los Estados), “penaliza” la violación (por ejemplo, suprimiendo la impunidad de las instituciones como la policía y el ejército a la hora de cometer violaciones, o en lo que atañe al sistema judicial, moldeado según la ilusoria idea de la neutralidad), pero al mismo tiempo refuerza las relaciones sociales capitalistas y los privilegios masculinos en su seno como un instrumento necesario para la división y el dominio de clase. Nosotros a esto no lo llamaríamos “crisis sexual de los hombres de la clase obrera” (aunque la frustración sexual pueda ser una motivación), sino más bien una sociedad en la que la mayoría de la clase obrera vive bajo una enorme presión material, que influye en sus relaciones sexuales.

La migración a la ciudad, compartir piso, habitaciones pequeñas o abarrotadas, muchas horas de trabajo y unas normas de género represivas, todo ello crea unas condiciones que hacen difíciles las relaciones sexuales, tanto para el hombre como para la mujer. Pero ligar la frustración sexual con un aumento de las violaciones por parte de los hombres proletarios supone saltarse el paso previo: lo que hace que alguien cruce la línea de la violación. En concreto, esos hombres pueden aliviar su frustración sexual. Esto no significa que los hombres violen porque quieren dominar a las mujeres, sino que violan porque, además de otras razones señaladas por MJ (como la división social/sexual del trabajo, la dependencia económica de las mujeres respecto a los hombres en las familias, el anonimato urbano, la hostilidad y la alienación como resultado de la emigración y sí, también la falta de sexo), existe otro factor importante que es el entorno masculino colectivo (por ello entendemos, en su sentido de género, algo socialmente creado, no natural o inherente), que proporciona un espacio en el que tal comportamiento puede desenvolverse con relativa impunidad. Y esto porque se desenvuelve dentro de los límites de las normas del comportamiento masculino (los hombres se desenvuelven arrancando sexo o siendo violentos). El entorno urbano es un espacio donde se congregan amplios grupos de hombres y donde, especialmente en Delhi, los espacios públicos están dominados por hombres. Este ambiente de “hombres aglutinados” ofrece oportunidades para desplegar algunas de estas conductas “masculinas”. No pesamos que esto esté ante todo relacionado con el bombardeo de imágenes sexuales, como afirma MJ. Después de todo, en las zonas obreras de Delhi no existen esos grandes anuncios con mujeres semidesnudas. Y muchos obreros tampoco tienen televisión ni acceso a la pornografía en internet. Pensamos que, como en periodos históricos anteriores en los que los pueblos se convirtieron en ciudades, el espacio urbano en sí mismo ofrece más oportunidades para las relaciones sexuales, por el hecho de que en general hay más mujeres (no en sentido cuantitativo, pero sí que hay más que en las aldeas), así como por la existencia de estos espacios colectivos masculinos en los que el deseo se puede expresar y satisfacer con dinero más fácilmente.

Que los espacios urbanos ofrezcan más posibilidades de mantener relaciones sexuales es algo bueno, en principio. El problema viene cuando esta posibilidad no se materializa porque el hombre y la mujer no pueden ser amigos y socializarse y el sexo fuera del matrimonio es socialmente inaceptable, sobre todo para las mujeres. Pero relacionar la violación con esta crisis sexual puede ser desorientador, pues los hombres pueden aliviar esta crisis sexual de alguna forma, saliendo y pagando por sexo. Así pues, no es el elemento sexual (frustración) sobre el que hay que poner el acento en la violación (aunque pueda ser una motivación), sino el poder social (impuesto y reproducido estructuralmente) que la suscita. (Para nosotros la noción de poder, tal y como la presenta MJ, como poder del hombre sobre la mujer, es una noción limitada que hay que ampliar). Este poder social aún no ha sido combatido de manera adecuada por las mujeres, pues su papel en la producción capitalista las ha dejado en un cierto segundo plano, y carecen de formas organizativas amplias y colectivas.

CUESTIONES DE ESTRATEGIA Y QUÉ ES LA LUCHA DE CLASES

Aunque los hombres de la clase obrera están explotados por el capital, disfrutan de cierto poder sobre todas las mujeres en determinadas situaciones: en general, sobre sus mujeres e hijas, y sobre las mujeres de “clase media” cuando éstas se encuentran en situaciones más vulnerables, o expuestas. Pese a conocer las diferencias materiales que crean esta desigualdad de poder a favor de los hombres en los hogares de la clase obrera, y que hacen a las mujeres más vulnerables a la violencia, MJ apuesta por una reacción estratégica que, lejos de afrontar las relaciones personales con los hombres dentro del hogar, o con los obreros en general, es más de carácter “externo”, contra el capitalismo. Y para acabar efectivamente con el capitalismo se necesita una “unidad de clase” que no separe a las mujeres (obreras) de los hombres de la clase trabajadora. Sobre esto nos gustaría señalar un par de cosas.

Primero, como hemos dicho, los hombres proletarios ejercen y aceptan cierto poder sobre sus mujeres e hijas, poder que ha sido transferido por el capital y el Estado en forma de salarios o ciertas leyes. En la medida en que estas relaciones sociales no son ampliamente contestadas, los hombres tratan de mantener ese beneficio que obtienen gracias a una división desigual del trabajo (doméstico) y a los privilegios sociales, dentro de un sistema más amplio de explotación capitalista. Y segundo, pensamos que las divisiones materiales existentes en la clase obrera deben ser superadas en su seno y como parte de la lucha de clases, para poder plantear una amenaza revolucionaria al capitalismo como un todo. Aunque estamos de acuerdo en que el Estado y el capital emplean las divisiones de género y la separación de las distintas esferas para mantener dividida a la clase obrera, la respuesta no puede consistir en defender una “unidad de clase” que ignore las verdaderas diferencias materiales entre los hombres y las mujeres de la clase obrera. Estas incluyen: el mayor papel que tienen las mujeres obreras en el cuidado de los hijos y las labores domésticas, consideradas como una “carga” que requiere del salario del hombre como complemento; unos roles de género normalizados y patologizados que justifican el desempeño por parte de las mujeres de los trabajos menos cualificados y por tanto peor pagados; el hecho de que son “competidores” más baratos, dentro del mercado laboral, provocando la bajada del salario de los hombres, etc. Luchar contra esto es parte del combate contra la división social del trabajo que caracteriza el modo de producción capitalista como tal: división entre trabajo manual e intelectual, campo y ciudad, y por último, pero no menos importante, la división entre trabajo doméstico/privado y público/”productivo”.

Estas luchas obreras “internas” plantean una amenaza a la retórica de la “unidad de clase”, tal y como expone MJ, que viene de la tradición marxista-leninista que defiende tal concepto. Pero ocultando las verdaderas diferencias materiales que existen entre los distintos segmentos de la clase obrera, que el capital ha creado y continúa creando, no se fortalece a la clase obrera. De hecho, esto tiende a limitar el número de aquellos dispuestos a involucrarse en la lucha, pues la gente considerará que no va lograr nada participando en esa lucha particular. Con la proletarización, históricamente, han surgido conflictos internos similares, como el caso de los obreros de la casta más baja en la India o el de los obreros afroamericanos en los Estados Unidos. No todas sus luchas contra las castas o el racismo fueron luchas “identitarias”. Pensamos que debería haber un sitio dentro de la clase obrera y sus organizaciones para defender un “espacio de lucha dentro de la lucha de clase”, para desarrollar una crítica completa de clase y de género, y al mismo tiempo poder delimitar todas las posibles líneas de poder que van desde los espacios colectivos (femeninos) del proceso de producción inmediato al hogar. Dicho esto, las mujeres proletarias deben hacer frente a las jerarquías de género en la lucha, aquí y ahora.

CADA CLASE TIENE SU PROPIA CUESTIÓN DE LA MUJER

Siguiendo su noción marxista-leninista de la unidad de clase, en el trabajo de MJ subyace la idea de que “cada clase tiene su propia cuestión de la mujer” y de que no hay relación estructural entre las relaciones de género de las distintas clases (algo que ya dijo Clara Zetkin en 1896). De la misma forma que emplea este argumento para explicar que no puede haber alianzas interclasistas entre mujeres, basadas en una experiencia compartida (y de ahí que esté de más el movimiento feminista), también lo utiliza a la hora de explicar por qué cualquier lucha contra la opresión de la mujer debe ser liderada por las mujeres obreras, pues las de clase media, que lideran el feminismo oficial (principalmente) académico, nunca desmantelarán el capitalismo como fuente de toda opresión, dado que tienen intereses colectivos y materiales opuestos a los de la clase obrera. Estamos de acuerdo en que las mujeres obreras son la única fuerza capaz de llevar esto a cabo. Pero no por las mismas razones.

¿CÓMO SE DEFINE LA CLASE?

Lo primero que vamos a hacer es cuestionar la definición de clase de MJ. Ella define la “clase” como aquellos que tienen un interés colectivo en destruir el capitalismo, dado que producen más valor que el que les dan para sobrevivir. No distingue las diferentes capas que componen a la clase obrera, es decir, cuál es su situación, dentro del proceso social de producción, y qué implicaciones tiene esto en términos de divergencia de intereses, experiencias y necesidades. Pensamos que estas diferencias deben abordarse directamente como parte del proceso revolucionario a través del cual la clase obrera se reagrupa, más que mediante una “educación política” impuesta desde fuera que nos diga que, en última instancia, todos tenemos los mismos intereses.

Según MJ, las luchas internas de la clase obrera (como las luchas entre obreros y obreras) o el feminismo (que ella considera como un todo, y no compuesto por diferentes ramas) minan la lucha de clases porque tratan de dividirla en lugar de unificarla.  Estas “luchas separadas” son consideradas como un desvío de la política de liquidación del capitalismo. La idea de que mujeres de diferentes clases puedan compartir cierto grado de experiencias comunes (por ejemplo, si sufren una violación o violencia sexual) o una comunidad estructural y que esto pueda llevar a algún tipo de frente común de lucha (feminismo), complica el concepto de clase y colectividad de MJ y todo lo que implica el proceso revolucionario.

LA CLASE DETERMINA TUS INTERESES

En sus intentos por apartar la lucha feminista de la lucha de clases, MJ afirma que las mujeres de clase media están excesivamente preocupadas el “comportamiento sexista” y por las cuestiones “personales/individuales”, mientras que las mujeres de la clase obrera están más preocupadas por las cuestiones relativas a los salarios, condiciones de trabajo, precios de los alimentos, etc. Esto es históricamente erróneo. Durante las luchas de los años 60 y 70, en Europa occidental y EEUU, las mujeres proletarias plantearon cuestiones relativas a la vivienda, el alquiler, los precios de los alimentos, la cuestión de la salud (también sexual y reproductiva). Durante estas luchas, muchas de las cuestiones que parecía que pertenecían al “ámbito privado” se transformaron en cuestiones políticas colectivas. ¿Cómo se comporta nuestro marido o camarada en casa o en la cama? ¿Cómo nos consideramos a nosotras mismas, nuestra sexualidad? ¿Qué tipo de jerarquías de género existen en la lucha y sus organizaciones políticas? ¿Quiénes hablan en ellas y cómo? El descubrimiento de que las jerarquías de género no eran cuestiones privadas llevó a análisis “científicos” de la historia de las relaciones de género en el capitalismo y en los periodos pre-capitalistas. Hasta entonces esto eran lagunas en la lucha de clases y el movimiento comunista, y la lucha contra estas jerarquías y lagunas hay que llevarla a cabo para adquirir una posición comunista. Mientras el “feminismo pequeño burgués” tiende a apartar las cuestiones de género de la lucha proletaria colectiva de la que surgen, pensamos que la postura de MJ corre el peligro de hacer lo contrario: meter bajo la alfombra el potencial conflictivo y la embarazosa politización de las jerarquías de género en el seno de la clase obrera y de las organizaciones obreras, y dejar éstas al margen de la lucha, poniendo el acento en otras cuestiones aparentemente más “clasistas” (empleo, consumo reproductivo), de las cuales a su vez emergen.

En resumen, esta distinción entre lo que es y no es “clasista” sólo se puede asumir si se considera a la clase principalmente como a aquellos que reciben sólo el valor de los costes para su reproducción, más que considerarla partiendo de la posición que ocupa en el proceso social de producción. Aquí surge la cuestión de cómo definir a las mujeres obreras. ¿El concepto incluye, como piensa MJ, a las amas de casa que dependen del salario y la voluntad de sus maridos? Así se obvia su dependencia del salario masculino y por consiguiente las distintas posiciones que tienen cada uno dentro del proceso de producción social. Asumir que sus intereses son automáticamente comunes es asumir un cuadro bastante idílico de sus lazos familiares/matrimoniales. ¿Esta noción de la clase obrera incluye a las trabajadoras a domicilio que tienen sus propios ingresos pero carecen prácticamente de relaciones sociales colectivas? ¿O a aquellas asalariadas que trabajan fuera de casa, que pueden así sentirse como parte de una clase, pero que siguen recibiendo menos del salario “normal” y luego tienen que hacer más trabajo doméstico que sus “maridos de clase”?

Si esta especie de divisiones internas arriba bosquejadas no se superan como parte de la lucha de clases, entonces la “unidad formal” como tal siempre va a requerir de una fuerza externa que mantenga a la clase unida, lo que en última instancia implica un aparato estatal que desarrolla intereses separados de la clase que dice representar. La revolución, entonces, se concibe así como un proceso en el que mediante la conquista del poder Estatal, se distribuye equitativamente el producto social. Para nosotros, más bien, la precondición de ese “poder liquidador” del  Estado y el capital es un proceso revolucionario que se deshaga de las jerarquías en las que se basa la división del trabajo dentro de la clase, durante la propia lucha. La revolución comunista debe desarrollar alternativas a la reproducción basada en el núcleo familiar, como una parte más de la organización de la lucha.

Una de las razones de que las luchas feministas predominantes hayan sido lideradas por un pequeño número de mujeres de clase media, sobre todo académicas, podría ser que es ahora cuando está aumentando el número de mujeres que pensamos que pueden considerarse a sí mismas como sujetos pertenecientes a la clase obrera (esto es, asalariadas capaces de construir una colectividad clasista al margen del aislamiento del hogar) hasta el punto de abrir espacios sociales, facilitando la tarea de hablar y organizarse masivamente. Pero no se trata de un problema de cantidad (obviamente hay más asalariadas que académicas, incluso en India). Más bien podría tratarse de que las mujeres de clase media que entran antes al mercado laboral, aun desde posturas pequeño-burguesas, tienen más capacidad para mostrar descontento por la opresión de género (obviamente partiendo de unos ingresos más altos y a menudo aceptando el privilegio social que ello conlleva).

En todo caso, no creemos que sea productivo silenciar a las mujeres de clase media, aunque admitimos que no nos gusta que nadie escuche a aquellos que, dentro del sector de las ONG, no paran de hablar de “empoderar a las mujeres pobres con microcréditos” y cosas por el estilo. Además no todas las feministas de clase media defienden necesariamente posturas de clase media, algunas plantean cuestiones importantes acerca de la comunidad estructural de las relaciones de género dentro de las distintas clases, que tienen importantes implicaciones de cara a nuestra comprensión y actividad política. ¿En base a qué podemos hablar de comunidad estructural?

EL TRABAJO DOMÉSTICO Y LA RELACIÓN ESTRUCTURAL ENTRE LAS RELACIONES DE GÉNERO DE DISTINTAS CLASES

La cuestión del trabajo doméstico surgió a raíz del debate por el crimen del 16 de diciembre, en un intento del grupo “Radical Notes” de señalar la relación estructural que existe entre las mujeres obreras y las de clase media, y de combatir la idea de MJ de que cada clase tiene su propia cuestión de la mujer. Ellos decían que como todas las mujeres se ven obligadas a hacer labores domésticas, o al menos se espera de ellas que las hagan, esto supone una base material para la experiencia común y una posible lucha de todas las mujeres. Sin embargo, MJ ponía en ciertos aprietos a esta perspectiva, señalando la distinta naturaleza que tiene el trabajo doméstico para las mujeres de las distintas clases, para distintas fases del capitalismo y para distintos modos de producción. Explicó, con razón, que el trabajo doméstico no es igual para la mujer de clase media, que puede pagar a alguien para que lo haga, que para la mujer obrera, que tiene esa “doble carga” de trabajo. Estas diferencias de clase obviamente están ahí, especialmente en India, donde la diferencia de niveles de ingreso es tan vasta, y donde es corriente que las mujeres de clase media paguen a las mujeres obreras para que trabajen en sus casas. En este sentido, el trabajo doméstico lo llevan a cabo en general las mujeres obreras, para ellas y sus familias, así como para la clase media, bien se trate de trabajo no remunerado o pagado con un magro salario, y esto proporciona la base material para la perpetuación de las condiciones de su sometimiento, y refleja la mala posición que ocupan dentro del mercado de trabajo.

Pero las mujeres de clase media también sufren violaciones y violencia sexual a manos de sus amigos y maridos. MJ explica esto con el argumento de que la victimización de las mujeres obreras se proyecta hacia las mujeres de clase media. Pero esto no nos convence, pues pensamos que se debe más bien a la existencia de una comunidad estructural interclasista de relaciones de género cuyos orígenes habría que buscar en: la división de género entre las esferas productivas y reproductivas, presente en todas las clases; las instituciones de género y el particular rol de las mujeres como trabajadoras en el capitalismo.

INSTITUCIONES DE GÉNERO

El surgimiento del capitalismo fue un desarrollo contradictorio: si por un lado socavó las instituciones patriarcales previas (feudales), al mismo tiempo, mientras se desarrollaba la idea del sujeto burgués, universalizó ampliamente los roles de género interclasistas. El Estado de bienestar y el sistema de salud generalizaron hasta cierto punto tanto las normas reproductivas como una “visión científica de la biología social de la mujer”. Y emergieron ciertas instituciones en las que, a pesar de las diferencias de clase, convergen los hombres tanto de las clases altas como de las bajas. (Y si existe una dinámica que tiende a proyectar la victimización de las mujeres obreras en las de clase media, entonces también existe otra dinámica similar que relaciona la masculinidad de los obreros con la de los hombres de clase media). Estas instituciones se convierten en escuelas de masculinidad, como los ejércitos, la economía colonial, el sistema carcelario, las organizaciones religiosas, algunas industrias, etc. Estas instituciones funcionan como un colchón durante las épocas de contracción del mercado de trabajo: los hombres de la clase obrera emigran, se alistan al ejército, logran ayuda material entrando en organizaciones religiosas interclasistas, etc.; los obreros entran en ellas (se ven obligados a ello) y se juntan con hombres de otras clases en una esfera jerárquica masculina separada, que disciplina a los hombres de la clase obrera, conserva las estructuras jerárquicas y les enseña a disciplinar a “sus mujeres”. La conciencia sexista de la clase obrera, pues, no pude considerarse como mera “falsa conciencia”, como un resto de otra época, o como “válvula de escape”, sus fundamentos deben ser atajados materialmente. Estas instituciones capitalistas, dirigidas principalmente por hombres, han ido impulsando el conflicto ligado al reparto desigual del trabajo (doméstico) y de poder en el seno de la clase obrera, sobre todo en lo que respecta al acceso al mercado de trabajo. Irán es buen ejemplo de una fuerza estatal/religiosa capaz de poner en retirada el trabajo femenino; se basa parcialmente en “instituciones masculinas”, que defienden mediante una ideología conservadora el derecho de los hombres de la clase obrera a entrar en un mercado de trabajo que se encoge progresivamente. Pero también podemos ver que hoy en día se necesita un Estado policial para reproducir esta separación; quizá las “mujeres” sean las primeras en romper la armadura de este Estado policial. Después de todo, la ideología sexista de la clase dominante no parece tan desconectada de la situación de la clase obrera como ocurría en tiempos feudales, donde estas instituciones “civiles” no se habían desarrollado hasta este punto.

Estas instituciones, a menudo patrocinadas por el Estado, también son una vía a través de la cual las diferencias de género se reproducen constantemente a pesar de que el capitalismo socave las razones biológicas que venían determinando la división del trabajo entre hombres y mujeres (por ejemplo, mediante la automatización, que reduce la importancia de la fuerza física e iguala a la mujer y al hombre en el mercado laboral). Las instituciones masculinas, como el ejército o el sistema carcelario, algunos sectores del movimiento obrero organizado y los movimientos de izquierda, por ejemplo, perpetúan estas jerarquías y privilegios de clase y género, así que una parte esencial de la lucha de clases consiste en atacar a estas instituciones, incluida, importantísimo, la familia. En este caso, pensamos que es ingenuo por parte de MJ pensar que esto no implicará algún tipo de desafío “directo” al poder de los hombres proletarios por parte de las mujeres proletarias, en ciertos momentos.

HUYENDO DE LA COCINA, EL HOGAR Y LA FAMILIA

La cuestión de saber dónde residen las bases materiales de la opresión de la mujer es crucial. Ya hemos mencionado que una de las perspectivas que se introdujeron en el debate es que la situación de sumisión de la mujer se debe principalmente a su papel como trabajadoras domésticas o reproductivas no asalariadas. MJ discute dos de las estrategias que se han empleado hasta ahora como respuesta a este tradicional encierro de las mujeres en el hogar: 1) la campaña por “remunerar el trabajo doméstico” en los años 70, con la que ella es muy crítica por considerarla una reivindicación poco realista y que consolida el papel de la mujer en el hogar (cosa en la que estamos de acuerdo); y 2) la entrada masiva de las mujeres en el mercado de trabajo, que suministra las bases materiales para echar abajo el sexismo y las jerarquías de género. Aunque esto es cierto, nosotros añadiríamos que no basta por sí solo, pues aunque la participación entre hombres y mujeres en el mercado de trabajo se ha equilibrado en algunos países de Europa, sin embargo los índices de violencia sexual contra las mujeres siguen siendo altos. Esto se debe a que, bajo el capitalismo, las mujeres son siempre el ejército de reserva de mano de obra, pues son ellas las que dan a luz y por eso siempre serán menos atractivas para los empresarios, al suponer real o potencialmente un coste social al capital. Y si no son asalariadas, serán una carga para el salario de los maridos, provocando resentimiento, y si lo son, las verán como competidoras que amenazan los sueldos de los obreros (o de los hombres de clase media, si hablamos de las mujeres de clase media). Así, para nosotros, se explican mejor cuales son las bases materiales de la violencia sexual contra las mujeres en cada clase.

Aunque la abolición del sistema capitalista es el objetivo al que obviamente canalizamos nuestra energía, la cuestión de saber cuál es la mejor forma de hacerlo adquiere cada vez más urgencia. MJ cree que el pleno empleo es una precondición y una reivindicación para la igualdad de la mujer. Pero esto es imposible en las condiciones actuales. En la crisis, las mujeres son despedidas y vuelven al hogar o a peores trabajos, lo cual no mejora necesariamente sus condiciones de vida. Así que, ¿qué otras estrategias hay? Las experiencias de las mujeres como asalariadas y amas de casa deben ser compartidas y difundidas entre la clase obrera y sus organizaciones; deben generalizarse más luchas fuera de las fábricas, hacia otros centros de trabajo y hacia los hogares; las actuales formas “obreras” de organización deben ser estimuladas y renovar su organización para que se acoplen a las necesidades de las mujeres, como obreras y primeras cuidadoras; las actuales estructuras organizativas formales, como los sindicatos, que separan a los distintos trabajadores, necesitan ser superadas; las mujeres deben conquistar una situación que les permita tener más tiempo libre para poner en común sus luchas; hay que organizar formas autónomas colectivas para cuidar a los niños; hay que socializar otras tareas reproductivas y cuestionar la separación entre trabajo/hogar y público/privado; hay que superar el sexismo de los hombres de la clase obrera y la izquierda revolucionaria. Esto no es una proclama voluntarista, lo que hacemos es plantear algunas sugerencias y preguntas que sin duda alguna surgirán mientras continúe la agitación social de la presente fase.

En fin, terminamos con una última pregunta: ¿cómo concebimos un modo de producción post-capitalista que no reproduzca la división del trabajo basada en el género y el propio género como concepto en sí, dado que las mujeres son las que tienen hijos? Si la “productividad social” capitalista es la base material que permite no solo concebir la noción de “género”, sino también superar la división social del trabajo en la que se basa el propio género, ¿cómo se pueden criticar al mismo tiempo los medios que aportan lo esencial para ello, desde la leche en polvo hasta la cesárea, desde la píldora hasta las “tecnologías que ahorran trabajo” y cuya producción al mismo tiempo nos esclaviza y destruye nuestro entorno? ¿Dónde están las presentes semillas para una sociedad alternativa? Estas son las preguntas que nos asaltan ahora. Os pedimos por favor que nos hagáis llegar vuestra opinión para poder seguir debatiendo y quizá escribir otro artículo. Con suerte, continuará…


[1] Mayo de 2013,  y octubre de 2013.

[2] Sin embargo, las violaciones registradas en 2013 no son muchas (1.330 en una población de 17.5 millones). . No pensamos que los datos avalen la tesis de que Delhi es más peligrosa para las mujeres que otras grandes metrópolis en rápido crecimiento.

[3] Federici, S., El calibán y la bruja, pág.47-48.

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