La cuestión sindical

BOLETÍN DE LA LIGA DE COMUNISTAS INTERNACIONALISTAS (L.C.I.) AÑO II, Nº 7, AGOSTO 1933.

La Liga de Comunistas Internacionalistas1 organizará próximamente su segunda Conferencia Nacional. En el orden del día de esta conferencia figuran: a) la situación nacional e internacional; b) la cuestión sindical.

El grupo de Bruselas ha elegido una comisión para redactar los informes en los que se basará la discusión. Publicamos aquí el informe sobre la cuestión sindical, elaborado por la mayoría de la comisión. Ofreceremos el punto de vista de la minoría en un próximo Boletín.

También publicaremos muy pronto los informes relacionados con el primer punto del orden del día. 

Rogamos a los camaradas que envíen sus comentarios sobre estos documentos a la redacción del Boletín. Evidentemente la discusión no está limitada únicamente a los miembros de la Liga. Los camaradas que no sean miembros pueden estar seguros de que sus comentarios serán estudiados, igual que los del resto. Del mismo modo, invitamos a aquellos que quieran participar en la Conferencia a que se inscriban, poniéndose en contacto con la redacción.

El Congreso se celebrará posiblemente los días 11 y 12 de noviembre.

INFORME SOBRE LA CUESTIÓN SINDICAL

1. El sindicato y la revolución proletaria

El régimen capitalista se basa en el antagonismo entre las relaciones sociales basadas en la propiedad privada de los medios de producción y las relaciones de producción. Este antagonismo, como nos enseña Marx, da lugar a la lucha de clases. El proletariado es la única clase revolucionaria capaz de suprimir este antagonismo, aboliendo las clases.

La lucha del proletariado, orientada hacia este objetivo, tiene como programa esencial la destrucción del Estado capitalista para fundar un Estado proletario basado en la socialización de los medios de producción industrial y la socialización de la tierra, primera etapa para poder instaurar también una economía socialista en la agricultura.

El organismo específico del proletariado para cumplir su misión histórica es el partido de clase. El programa del partido no se deriva de situaciones contingentes, sino que resulta de los principios del comunismo científico que permitieron a Marx conocer las leyes del capitalismo y la necesaria evolución de éste hacia el socialismo.

La transformación de la sociedad sólo puede lograrse mediante la insurrección del proletariado. Ésta constituye la fase suprema de la lucha de clases y la realización del programa específico del partido del proletariado. Lenin decía que las condiciones para la insurrección consisten en el desmoronamiento del aparato de dominio del capitalismo, las vacilaciones de las clases medias y el impulso revolucionario de las masas obreras.

Cuando aún no existen condiciones para entablar esta lucha final, la tarea del partido es ligar las luchas parciales al objetivo final que persigue. Esta ligazón se puede concebir según dos métodos, que son irreconciliables. Los reformistas defienden que las luchas parciales deben relacionarse con su supuesta reforma gradual del Estado capitalista, hasta llegar finalmente al socialismo. Los marxistas ligan las luchas parciales del proletariado a la lucha por la destrucción del Estado capitalista. Estas dos posiciones se oponen de esta forma concreta: los reformistas debilitan las organizaciones de clase de los trabajadores, hablan de la conquista gradual del Estado por parte del proletariado, pero de hecho dan al capitalismo el control directo de los organismos de clase del proletariado. En cambio, los marxistas consideran que las luchas parciales en la práctica sólo pueden ligarse a la lucha final si las organizaciones obreras mantienen una posición de lucha abierta y constante frente al Estado, reafirmando y fortaleciendo las posiciones del proletariado.

La clase obrera funda sus organizaciones sindicales para arrancar mejores condiciones de vida y de trabajo. Aquellas reflejan un determinado grado de conciencia de las masas y una determinada fase de la evolución de la lucha de clases. Así pues, el sindicato constituye el organismo específico que permite a la vanguardia del proletariado desarrollar las luchas parciales, la conciencia de las masas y la potencia de sus organizaciones, para llevar al conjunto de los trabajadores a la insurrección.

De todo lo anterior se deriva que existe una diferencia fundamental entre el partido y el sindicato, diferencia que hay que tener en cuenta constantemente, incluso después de tomar el poder. En efecto, el sindicato se disuelve en el partido y el partido se disuelve en la clase cuando comienza la era de la organización comunista de la sociedad. Es completamente cierto que el objetivo general del sindicato es el mismo que el del partido: la emancipación del proletariado. Pero esto no implica que ambas organizaciones tengan las mismas funciones y las mismas posiciones. El hecho de que el partido comunista no pueda dirigir una huelga en la industria, o de que el sindicato no pueda dirigir la insurrección, no obedece a un reparto formal de tareas entre estos dos organismos. Desde el punto de vista de su función, el sindicato representa la organización capaz de albergar en su seno a todas las masas, sin distinción de opinión política o religiosa, mientras que el partido, en cambio, agrupa únicamente a la minoría que acepta íntegramente el programa comunista.

El problema de las relaciones entre partido y sindicato fue una piedra en el zapato para el movimiento obrero. Estas relaciones, si se aceptan las anteriores consideraciones, sólo pueden establecerse sobre las siguientes bases: el sindicato, por su propia naturaleza y su función, sea cual sea la política que defienda, incluso aunque defienda un programa revolucionario, es incapaz de lograr los objetivos finales de la clase obrera. Además, sólo puede convertirse en un factor esencial para lograr dichos objetivos si el partido trabaja en su seno. El trabajo del partido, a su vez, nunca puede basarse en el establecimiento de relaciones orgánicas con las organizaciones sindicales, ni siquiera después de tomar el poder. La herramienta para lograr los objetivos del partido, con la que se pretende elevar la conciencia de clase de los trabajadores, es la actividad de las fracciones sindicales del partido comunista. Estas fracciones, siendo organismos que emanan directamente del partido, sólo pueden estar compuestas por miembros de la organización política. Admitir en ellas a simpatizantes supone falsear la naturaleza de las fracciones, que de esta forma se transformarían, de organismos del partido, en organismos de oposición sindical, que en general se basan sobre el principio de la «lucha contra el reformismo».

El reformismo es una fuerza política al servicio del capitalismo, pero no se puede vincular a ninguna formación económica concreta. Pretender relacionarlo con la aristocracia obrera supondría considerar a esta última como una categoría económica fundamental, cuando en realidad, en la fase del imperialismo, la política de la burguesía se expresa de forma concentrada en torno al capital financiero, que domina los distintos aspectos del capitalismo (agrario, industrial, etc.). La lucha contra el reformismo, pues, sólo puede conducirse en función de la lucha general contra el capitalismo. Si los reformistas monopolizan hoy la dirección de las centrales sindicales, significa que la correlación de fuerzas es favorable al capitalismo. Modificar esta correlación de fuerzas sólo es posible reforzando las posiciones de clase de los obreros, y dicho fortalecimiento sólo puede ser fruto de la lucha de clases. De todo ello se deriva que la vanguardia comunista, dentro de las organizaciones sindicales, debe plantear un sistema de consignas y de medios de lucha que conviertan al sindicato en un instrumento para las victorias parciales y un pedestal para la victoria final. También se desprende de todo esto que la vanguardia no se dedica a plantear un sistema de consignas y de medios de lucha para, primero, liberar la organización sindical de la hegemonía reformista y después pasar a la lucha contra el capitalismo. 

Hacer creer a los obreros que antes de combatir al capitalismo hay que combatir primero a los reformistas supone en realidad aplicar el propio esquema reformista, según el cual para combatir al capitalismo primero hay que combatir a los divisivos comunistas.

Ante los problemas de la revolución, el sindicato debe servir para elevar las luchas, las experiencias y las posiciones de clase, hasta desembocar en la insurrección. El sindicato no puede seguir esta marcha ascendente por sí mismo. Sometido a la hegemonía reformista se detiene a medio camino, permitiendo al capitalismo controlar el movimiento proletario, que en última instancia se precipitará hacia su disolución cuando la situación económica obligue al capitalismo a recurrir al terror fascista2.

Bajo el impulso de las fracciones sindicales comunistas el sindicato se desplaza progresivamente hacia los objetivos finales de la clase obrera, un proceso que está ligado al desarrollo de las experiencias y la amplificación de las luchas de la clase obrera.

2. Unidad sindical y escisión de los sindicatos

El sindicato es la organización específica de los trabajadores que permite al partido ligarse al mecanismo de la lucha de clases para impulsar su evolución hacia el desenlace revolucionario.

Aunque no incluya en su seno a toda las masas, al basarse simplemente en una conciencia elemental de lucha contra la patronal, el sindicato es el representante autorizado de la capacidad de lucha de las masas en su conjunto. Los comunistas no defienden la necesidad de unidad sindical por puro formalismo unitario, sino porque las luchas de clase requieren al conjunto de las masas y no sólo a una porción de éstas. En una situación en la que los reformistas conservan su influencia sobre una parte de los organizados, aunque sea pequeña, y cuando no se espera que las situaciones evolucionen rápidamente hacia la revolución, provocar una escisión sindical aparentemente resuelve el problema de entrar en relación con amplias capas de trabajadores, pero en realidad lo único que se consigue es modificar su expresión contingente.

El fondo del problema, al contrario, consiste en las relaciones entre las clases fundamentales de la sociedad, en la posición que ocupa la vanguardia ante la clase y en el grado de madurez de la conciencia de las masas. Ahora bien, todo esto no se resuelve con un acto de voluntad de un grupo de la clase obrera, provocando una escisión sindical y pensando que esto favorece las condiciones para luchar contra el capitalismo. En realidad este grupo está abandonando el terreno marxista, al sustituir la acción consciente que surge del mecanismo de la lucha de clases por la voluntad de los individuos, y únicamente empeora las condiciones para la lucha obrera.

Es verdad que, salvo en momentos excepcionales del combate revolucionario, una parte importante de las masas se opone a la lucha. La organización sindical unitaria permite a la vanguardia arrimar a su lado a esta parte pasiva de las masas, que es un elemento indispensable tanto para las victorias parciales como para la victoria final. El hecho de que esta parte retrógrada de las masas se organice de manera separada supone una gran baza en manos del capitalismo para la organización permanente del esquirolaje. 

El predominio reformista en los sindicatos implica el control de la burguesía sobre el proletariado, pero en sí mismo esto no implica su incorporación al Estado capitalista.

«Si la escisión es absolutamente necesaria, habrá que recurrir a ella cuando los comunistas, mediante sus esfuerzos ininterrumpidos contra los líderes oportunistas y una muy activa participación en la lucha económica, logren convencer a amplias masas obreras de que la necesaria escisión no obedece a consideraciones relacionadas con el objetivo de la revolución, aún lejano y poco inteligible, sino a los intereses inmediatos y concretos de la clase obrera y a las necesidades de la acción económica. En caso de que la escisión sea inevitable, la táctica de los comunistas debe basarse en un atento análisis de la coyuntura política y en la previsión de las consecuencias de dicha escisión, sobre todo desde el punto de vista del alejamiento de los comunistas de las masas obreras.»  Tesis del II Congreso de la I.C.

En el terreno de los principios, la escisión sindical sólo está justificada en los dos siguientes casos:

  1. En una situación revolucionaria, antes de la insurrección, la escisión sindical muy probablemente se convierta en parte integrante de la lucha general del proletariado, y entonces habrá que defenderla abiertamente.
  2. Cuando el Estado fascista se hace con el control de los sindicatos y los transforma en Corporaciones. Entonces hay que dar la consigna de formar nuevos sindicatos.

La incorporación de los sindicatos al Estado democrático burgués, en el curso de una nueva guerra imperialista, podría dar lugar a la necesidad de crear nuevas organizaciones sindicales, aunque ésta no es una verdad categórica.

Ni que decir tiene que a los sindicatos cristianos y liberales hay que considerarlos organizaciones burguesas. Y los revolucionarios que se vean obligados a militar en ellos por razones especiales deben promover una escisión, pues ésta permitirá, o bien crear un verdadero sindicato unitario de clase, o bien desarrollar los sindicatos de clase ya existentes.

La necesaria unidad sindical entre organizaciones de base clasista es imposible con las organizaciones cristianas o liberales, pues éstas se basan en el principio opuesto de la colaboración de clases. El hecho de que las organizaciones cristianas, por ejemplo, agrupen a miles de trabajadores, en ningún caso debe hacernos olvidar los principios de estos sindicatos, que defienden abiertamente la intervención del Estado burgués en la práctica y en el desarrollo de la lucha de clases.

En resumen, la unidad sindical sólo puede basarse en el programa de la lucha de clases, pues ésta es una reivindicación absolutamente básica, no establece ninguna distinción política entre las masas y se desprende de la posición que ocupan los trabajadores frente a la patronal.

3. Fracciones sindicales y Oposición Sindical Revolucionaria

Por su naturaleza y su función, el sindicato no es una organización capaz de luchar por el triunfo de la revolución. Únicamente puede contribuir a este triunfo gracias a la acción que desarrollan en su seno las fracciones sindicales comunistas, es decir, a través de la intervención de un organismo externo a la estructura del sindicato, que lleva desde el exterior, dentro de la base corporativa, los factores de la lucha general por la formación de una conciencia revolucionaria de las masas.

La experiencia demuestra que el tradeunionismo, y por tanto el sindicato, desemboca por su propia evolución, no ya en la revolución, sino en la conservación del capitalismo. De ello se desprende que las formaciones o corrientes políticas que provienen y se limitan a la organización sindical no pueden pretender guiar la lucha del proletariado, ni representan realmente un aporte a su lucha. Este aspecto de la doctrina nos interesa desde un doble punto de vista: precisar la composición de las fracciones sindicales y definir nuestra posición respecto a las formaciones políticas que se acantonan en la organización sindical. 

En lo que respecta a la composición de las fracciones sindicales comunistas, está claro que éstas sólo pueden incluir a miembros del P.C. Si incluyeran a los simpatizantes se modificaría su naturaleza, pues la fracción, en lugar de seguir siendo un instrumento del partido, se convertiría en un organismo de oposición sindical. Efectivamente, todo organismo tiene una determinada naturaleza, que se deriva de los objetivos que se asigna. La fracción sindical, por ejemplo, es el instrumento empleado por el partido para introducir en las organizaciones sindicales el programa comunista, y si a ella se suman los simpatizantes (como sucede en general en las oposiciones sindicales) no podría darse como objetivo más que la lucha contra la dirección sindical, lo que a menudo desemboca en la formación de bloques de «izquierda sindical» para dirigir la organización.

Estas oposiciones sindicales adquieren inevitablemente el aspecto de organizaciones políticas con un programa mínimo y finalmente están llamadas a convertirse en organismos anexos a los partidos. La fracción sindical es una emanación del partido, controlada y dirigida por éste, mientras la oposición sindical emana del sindicato y, en definitiva, lo único que hace es desnaturalizar la función del partido. A las capas de obreros que evolucionan dentro del sindicato hacia el comunismo hay que dirigirlas directamente hacia el partido y no hacia organizaciones intermedias, como las oposiciones sindicales. El simpatizante formará parte de la fracción únicamente cuando se adhiera al partido, es decir, cuando pase de un estadio primario que le permite comprender la lucha contra el reformismo a una conciencia más elevada de la lucha contra el capitalismo. 

La Oposición Sindical Revolucionaria3 centrista constituye, bajo una forma acabada, una falsificación tanto de la naturaleza de las fracciones como del propio partido. En Alemania, en circunstancias muy favorables (crisis económica y ofensiva fascista), la O.S.R. ha hecho que a la vanguardia comunista le sea imposible ligarse al proceso de la lucha de clases, y así la función del reformismo ha logrado expandirse completamente. Por otra parte, el partido, al transmitir sus funciones a la O.S.R., anuncia abiertamente su separación de los movimientos de clase. El paso de la forma de fracción a la forma de oposición implica directa o indirectamente el problema de la escisión sindical. Ya no se trata de conquistar los sindicatos para la ideología comunista, sino de oponer a la dirección sindical reformista otra dirección sindical, que representa una mezcla supuestamente revolucionaria. 

Es evidente que los reflejos de la lucha de clases se expresan a través de la evolución de ciertas capas de obreros hacia el comunismo. El sindicato constituye el medio en el que estos reflejos se expresan de manera inmediata. El problema a resolver, por tanto, es éste: ¿las repercusiones de la lucha de clases deben pasar por un camino intermedio antes de desembocar en el P.C.? ¿Y este camino intermedio consiste principalmente en formaciones híbridas filocomunistas?

Si bien es cierto que esas capas de obreros no abandonan el reformismo para pasar directamente al comunismo, no está demostrado que para facilitar este paso haya que recurrir a formaciones políticas específicas para dicho objetivo. Al contrario, estas formaciones impiden que los trabajadores evolucionen hacia el comunismo, e incluso dispersan la organización del partido, que a la larga termina por identificarse con estas formaciones.

Una vez rechazado el reformismo, puede que los obreros aún no comprendan la necesidad de que exista un partido revolucionario para facilitar la transformación de los sindicatos en instrumentos de lucha contra el capitalismo. Aquí interviene la propaganda del partido, para llevar hasta el final esta evolución de los trabajadores (la adhesión al comunismo y su entrada en el partido), esforzándose constantemente por agruparlos en torno a la fracción sindical.

El proletariado sólo es capaz de actuar como fuerza de transformación social si adquiere una conciencia lúcida de los objetivos a alcanzar. Esto se lleva a cabo a través de una minoría organizada en el partido, y se va logrando a medida que los elementos de la clase entran en el partido y a medida que el partido logra liquidar las formaciones intermedias, que no representan más que un obstáculo para la elevación de la conciencia de las masas hacia el comunismo. El análisis de la función de estas formaciones nos revela que efectivamente se trata de obstáculos. Poco importan las declaraciones de estas formaciones sindicales sobre su apoyo sincero al P.C.

El criterio para evaluar la naturaleza, la función y el objetivo de cualquier organismo político son sus relaciones con el Estado, que representa el órgano específico de dominio capitalista. Ni el sindicato ni ninguna formación política acantonada en el sindicato son capaces de plantear el problema de la destrucción del Estado capitalista. Esta tarea corresponde únicamente al partido revolucionario. Una formación política procedente del sindicato puede, o bien negarse a encarar el problema de la destrucción del Estado, o aceptar el punto de vista comunista, o el de la socialdemocracia de izquierda o de derecha. En el segundo caso el partido se ve obligado a luchar para disolver esta formación y afiliar a sus miembros al P.C. Si aquella acepta los puntos de vista socialdemócratas en general, habrá que luchar para que abandone su terreno ambiguo. Aquí estamos tratando el caso de formaciones que, aunque surgen en los sindicatos, no constituyen organizaciones sindicales propiamente dichas. Pero evidentemente se pueden aplicar las mismas consideraciones a una sección o una central sindical: en tal caso se trataría de una fracción, o del conjunto del aparato sindical, que muy a menudo defiende posiciones comunistas con el único objetivo de mantener el control sobre los obreros, teniendo las manos libres para girarse de nuevo hacia el reformismo cuando las repercusiones de los movimientos de clase dejen de tener consecuencias directas o inmediatas. 

La ausencia de un partido revolucionario con cierta influencia en la lucha de clases favorece la formación de estos grupos intermedios, que asumen la tarea de tender puentes entre distintas corrientes políticas, irreductiblemente opuestas entre sí. La situación que se ha creado, sobre todo después de las derrotas de la clase obrera, favorece la eclosión de estas formaciones. El desasosiego que se apodera de los espíritus obreros, su deseo tenaz de lograr la unidad, dejando de lado o minimizando las divergencias políticas, alimentan dichas corrientes. 

Cuando estas corrientes se manifiestan, la línea de conducta que creemos que hay que adoptar es la siguiente: hay que plantear con toda franqueza los problemas relacionados con la constitución de estas formaciones, su carácter híbrido, el daño que causan al ocultar a los obreros su verdadera naturaleza. La cuestión de saber si estos problemas hay que plantearlos desde el interior, sumándose a ellas, o desde el exterior, habrá que resolverlos en función de la importancia que adquieran estas corrientes y su orientación general. En cualquier caso, la adhesión de los comunistas a estas organizaciones solo puede tener un carácter episódico y debe partir de la base de una abierta proclamación de los objetivos que se propone el partido, a través de las fracciones sindicales. 

La fracción sindical comunista, por tanto, es el único organismo del partido, se propone conquistar a las organizaciones sindicales para la ideología comunista, y con este objetivo el partido crea sus comités sindicales para los sindicatos de industria y su comité sindical central. Estos comités son los organismos que se oponen a los órganos sindicales del partido reformista, para librar a los sindicatos de la influencia capitalista y orientarlos hacia el comunismo. La fracción y los comités sindicales deben conservar su función técnica como instrumentos del partido y someterse a los órganos fundamentales del partido. La fracción o el comité sindical del partido pueden entrar en contacto con las formaciones correspondientes de otros partidos para plantear acciones de frente único, pero esto no significa que sean autónomas, pues permanecen sometidas a las instancias fundamentales del partido. Estas fracciones sindicales y comités no hay que suprimirlos ni siquiera cuando son los comunistas quienes dirigen la organización sindical. La experiencia en Francia demuestra que al fundarse la C.G.T.U., la disolución de las fracciones impidió todo control de la vanguardia comunista sobre los sindicatos unitarios y contribuyó completamente a la degeneración del P.C.F.4

4. El sindicalismo

La falta de una solución correcta al problema de las relaciones entre el partido del proletariado y las organizaciones sindicales alimenta las teorías del «sindicalismo»5. La degeneración de los partidos de la II Internacional sirvió de base para las teorías sindicalistas.

Desde el punto de vista de los principios, el sindicalismo está ligado a esa idea de Proudhon según la cual la composición social de la organización determina automáticamente su evolución en sentido proletario. Así pues, frente a la degeneración de los partidos socialdemócratas, parecía seductor resolver el problema de la lucha de clases liberando a los sindicatos de toda relación con los partidos políticos, lo que de hecho equivalía a proclamar la lucha contra estos partidos. El ambiente proletario del sindicato supuestamente garantiza que éste será capaz de conservar su naturaleza, su función y sus objetivos. Tras la Revolución Rusa el sindicalismo perdió toda posibilidad de desarrollo, lo que por otra parte se vio confirmado por la evolución de las corrientes sindicalistas hacia la III Internacional. La degeneración de los partidos comunistas ha proporcionado de nuevo una cierta base para la renovación de las corrientes sindicalistas. Al contrario que antes de la guerra, actualmente el sindicalismo no engloba a las masas y carece de perspectivas de desarrollo. Como se ha demostrado en Francia con el Comité de los 226, el sindicalismo se ha desmoronado y algunas corrientes proletarias desligadas del centrismo le reclaman una orientación precisa para la lucha revolucionaria.

La experiencia española ha asestado otro golpe al sindicalismo, pues la Confederación General del Trabajo7 se ha revelado impotente incluso para plantear el problema de la lucha del proletariado español. Sin saber en qué dirección había que llamar a la lucha, proclamó que había que defender la República, esperando sin duda a que fueran las situaciones las que dictaran el programa de la lucha obrera. 

Aunque en la fase actual de la lucha obrera el sindicalismo carece de base para su extensión entre las masas, no obstante puede reagrupar a minorías de luchadores revolucionarios. Con ellos habrá que adoptar una actitud adecuada. El sindicalismo, aunque afirma que el sindicato es la única forma de organización proletaria, aunque luche contra cualquier partido, es el sí mismo un partido político. Y es en este sentido como habrá que concretar nuestras relaciones con él. Efectivamente, cuando el sindicalismo abandona su forma de secta y se ve obligado a adoptar responsabilidades en la dirección sindical, defiende todo un sistema de lucha que puede parecerse a las concepciones bien del comunismo, bien del anarquismo, o incluso del reformismo. Asimismo, en lo que respecta a las elecciones al Parlamento, mantiene una pureza exclusivamente formal. Como ha hecho la Confederación del Trabajo en España, aunque no tome posición abiertamente, recomienda a sus miembros que voten por los candidatos de los que se espera una acción favorable. La presión de los acontecimientos sobre las corrientes anarcosindicalistas es tan fuerte que actualmente asistimos a una discusión en su seno sobre la necesidad del Estado, e incluso sobre la idea de la dictadura del proletariado.

Al considerar al sindicalismo como un partido estamos concretando nuestra actitud, no ante una formación que se acantona exclusivamente en el sindicato, sino ante a una corriente política que pretende influir en las organizaciones sindicales. Si nos halláramos ante a un sindicato dirigido por los sindicalistas, deberíamos presionar a sus dirigentes para que se unan a la organización política de la que ellos son expresión. El Réveil Syndicaliste es el centro del reagrupamiento del sindicalismo en Bélgica. Con él habrá que aplicar una táctica de frente único sobre la base de un programa general de lucha contra el capitalismo. 

5. La táctica del frente único

Desde el punto de vista general existen dos concepciones opuestas del frente único. La primera, que es la que ha prevalecido en los partidos comunistas, consiste en considerar que éstos ya constituyen la quintaesencia revolucionaria y por tanto solo hay que desbrozar el terreno de traidores y oportunistas. El cliché entonces es muy sencillo: establecer un programa que permita eliminar a los traidores y los oportunistas de manera inevitable, en el propio proceso de lucha.

La otra concepción, para nosotros la única marxista, consiste en considerar que la influencia del enemigo y de las corrientes políticas extrañas al comunismo entre las masas está relacionada con la intensidad de la lucha de clases. Antes de la revolución, el Estado capitalista puede influir directa o indirectamente en el movimiento obrero. La inconsciencia de las masas y la falsa orientación de ciertas capas son producto de las propias situaciones y expresan una determinada correlación de fuerzas. El papel de la vanguardia comunista consiste, por tanto, en impulsar la evolución de la lucha de clases para elevar la conciencia de las masas. La vanguardia, lejos de considerarse perfecta, confronta a la luz de la experiencia los elementos políticos que ofrece a las masas, para poder rectificarlos y completarlos hasta formar unas bases para la lucha general del proletariado.

Esta divergencia sobre la concepción del frente único viene acompañada de una divergencia práctica en lo que respecta a su realización. La forma generalmente admitida por la Internacional Comunista era que, cuando se considera que existen condiciones para la lucha obrera, hay que lanzar un llamamiento a las formaciones políticas que influyen en las masas, lo más amplio posible, con el objetivo de que participen en la organización de esta lucha. El error de este método consiste en creer que, cuando los jefes socialistas responden negativamente a las propuestas comunistas, demuestran a las masas que se niegan a luchar. Pero para los obreros el rechazo a la lucha por parte de aquellos sólo queda claro cuando se demuestra efectivamente que las bases de acción común (objetivos y medios) que ofrecen los comunistas permiten lograr la victoria. 

Este método también implica el siguiente peligro. Al dirigirse a la socialdemocracia para proponer una lucha común, se refuerza necesariamente la idea de que ésta es capaz de implicarse realmente en la lucha contra el capitalismo. Evidentemente, éste es el precio a pagar inevitablemente por la táctica del frente único, y sólo se justifica si el frente único se aplica en un contexto que permita a los trabajadores darse cuenta por sí mismos de que dicha suposición es un error. Para que las masas puedan desembarazarse de sus ilusiones sobre la socialdemocracia, ilusiones que la oferta de frente único refuerza, esta oferta debe ir acompañada de los órganos adecuados para su realización, y dichos órganos deben hallarse únicamente bajo control de los trabajadores, lo que permite que los comunistas puedan conquistar una mayoría en su seno. 

En Bélgica, en las circunstancias actuales, el sindicato es el organismo más adecuado para llevar a cabo el frente único. Conforme la lucha avanza hacia estadios más avanzados de su desarrollo, pueden surgir otros organismos: comités de huelgas, consejos de fábrica, consejos obreros. Hay que rechazar las ofertas de frente único que no incluyan la designación de las organizaciones llamadas a realizarlo, o que designen un organismo que no se halla únicamente bajo el control inmediato de las masas (un comité de partidos, por ejemplo). Así se evita que los reformistas se adhieran a él, cuando la presión obrera es muy fuerte, para abandonarlo más tarde, sabotear la lucha y renegar de sus compromisos.

Cuando el movimiento sindical está dividido, el frente único se presenta principalmente sobre la base de la acción común de los distintos sindicatos y la reconstitución de la unidad sindical. Cuando ya existe esa unidad orgánica de los sindicatos, una de las condiciones esenciales para el frente único es que se garantice la libertad de los comunistas para defender su punto de vista en los sindicatos. 

El frente único debe basarse en la siguiente consideración: el programa de lucha debe tener en cuenta tanto la correlación de fuerzas entre clases como el grado de conciencia de las masas. Así pues, la vanguardia propondrá reivindicaciones y medios de lucha que puedan ser asumidos por la ideología general de las masas y las concepciones de las capas obreras influidas por la socialdemocracia. A esa concepción centrista según la cual hay que presentar reivindicaciones que vayan más allá de la orientación general de las masas y aprovechar las afirmaciones demagógicas de la izquierda socialista para desenmascararla en la lucha, hay que oponer la anterior formulación, con la que se consigue la mayor concentración de obreros en torno a un programa detallado. El partido vigilará cómo evoluciona esta lucha para saber cuando puede asumir su dirección. Evidentemente, esto sólo sucederá en situaciones de auge revolucionario, o al menos cuando una parte de las masas evolucione y se libere de la influencia capitalista, demostrando que quiere situar sobre una base clasista sus organizaciones sindicales.

6. La creación del P.C. en Bélgica y la postura centrista respecto a los sindicatos

La formación del P.C.B. no fue el resultado de un desplazamiento de las masas al comprender el alcance histórico de la traición de la socialdemocracia, sino que fue producto de la reacción proletaria de una ínfima minoría de revolucionarios ante la actitud burguesa del P.O.B.8 respecto a la Revolución Rusa. La fusión de L’Ouvrier Communiste y de Les Amis de l’Exploté en 1921, dando lugar al P.C. unificado, no resolvió todos los problemas específicos de la formación de una vanguardia revolucionaria. Un partido de vanguardia no merece verdaderamente este nombre si no representa a una parte del movimiento proletario. Si se limita a organizar a elementos dispersos sin relación con los movimientos de clase es que no ha resuelto ideológicamente los problemas vitales del proletariado. Debe concentrar a su alrededor a los mejores elementos de la clase y, mediante la elaboración de un programa, ligarse profundamente al proletariado hasta convertirse en su única y verdadera expresión.

Las bases del P.C.B., excesivamente estrechas, y las tendencias centristas que no tardaron en desarrollarse en la I.C., influyendo en su dirección, hicieron muy difícil resolver las tareas del comunismo en Bélgica. El período de creación de partidos comunistas a escala internacional coincidió en Bélgica con una era de prosperidad que dio nuevo impulso a la socialdemocracia. 

Se abrió una nueva época para el reformismo. La socialdemocracia, respondiendo a las necesidades de reorganización del capitalismo, sentó las condiciones para esta expansión. Logró armonizar esta necesidad de tranquilidad con el impulso que los acontecimientos de posguerra habían imprimido a las masas obreras. 

Los primeros años de vida del P.C. se consagraron casi exclusivamente a la propaganda a favor de la Revolución Rusa. No obstante, había una seria intención de ligar las ideas generales de la revolución a la situación del proletariado en Bélgica. No sin éxito, el partido se dedicó a desarrollar, sobre la base de la lucha obrera, un trabajo que permitiera a los obreros separarse poco a poco del reformismo. La actividad sindical estaba en el centro de este trabajo. El partido creó los primeros núcleos sindicales, permitiendo que la ideología comunista penetrara en los sindicatos. En el curso de este trabajo surgieron las primeras divergencias y se manifestaron las primeras corrientes. Estaban relacionadas con la posición a adoptar por el partido ante la reacción de ciertos obreros y militantes, que querían orientar la oposición obrera a la política reformista por la vía de la escisión sindical. En general, todos los comunistas condenaban teóricamente la salida de los sindicatos de las Centrales reformistas. Sus partidarios reaccionaban con indolencia ante las veleidades escisionistas de ciertos dirigentes sindicales (Comité de defensa de Seraing), mientras de palabra afirmaban estar de acuerdo con la voluntad unitaria del partido. El objetivo de estos vergonzosos partidarios del escisionismo sindical era utilizar burocráticamente los sindicatos, una vez separados, como base electoral. La izquierda del partido, partidaria de la unidad sindical, pretendía transformar los sindicatos en instrumentos de la lucha contra el capitalismo, mediante el trabajo de sus miembros en los sindicatos y la conquista de los mejores elementos obreros para el comunismo. El centrismo optaba por extender la influencia del partido anexionándose las organizaciones sindicales que abandonaran las Centrales reformistas. El escicionismo sindical del centrismo no era más que una manifestación, circunscrita al terreno sindical, del desprecio general que mostraba frente a los problemas que planteaba la creación de verdaderos partidos comunistas (selección y educación de sus miembros, elección de métodos, etc.).

Los errores de la I.C. naturalmente debían influir fuertemente en el desarrollo de corrientes dentro del P.C.B. Así, la política de la Internacional Sindical Roja, que se oponía claramente a la consigna fundamental inicial de la I.C. (la conquista de los sindicatos reformistas), constituía un apoyo directo a la corriente que se desarrollaba en el seno del movimiento obrero belga favorable a la escisión sindical. 

El surgimiento del movimiento unitario en los años 1925-1926 enfrentó con más violencia aún a las dos corrientes que se habían manifestado en el P.C.B. desde su formación. El centrismo, cuyo representante más destacado era Jaquemotte, consideraba necesariamente al movimiento unitario como un medio para lograr sus fines (ampliar el partido apoyándose en las organizaciones que se apartaban del P.O.B., en lugar de reforzarse con los obreros que se pasaban al comunismo), exigiendo que el movimiento unitario se transformara en un movimiento de minorías sindicales, abandonando por tanto el terreno de la propaganda a favor de la unidad sindical para adoptar una postura en todas las luchas obreras, defendiendo en ellas consignas revolucionarias. El objetivo no confesado del centrismo era liquidar el significado unitario del movimiento y empujarlo por la vía del escisionismo sindical. Así, el movimiento minoritario se transformaba en aliado del centrismo. El centrismo en ningún momento tuvo intención de impulsar el movimiento unitario (que no era más que un movimiento socialista de izquierdas) para que precisara sus propios objetivos y que la clase obrera, y por tanto el comunismo, sacara el máximo provecho. La izquierda del P.C., sin embargo, tampoco planteó esta alternativa con toda la claridad necesaria. Olvidando que se encontraba ante una formación socialista de izquierda, a la que había que eliminar y no consolidar (por supuesto, teniendo en cuenta que dicha eliminación suponía un paciente trabajo de clarificación entre la clase obrera), esbozó una defensa del movimiento unitario y se opuso a la empresa escisionista del centrismo, pero luego se sumó a ella. Esta actitud contradictoria se debió a que la izquierda, aun siendo consciente del peligro que suponía la solución propuesta por el centrismo, no logró definir claramente su posición frente al movimiento unitario.

La izquierda chocó tanto con los dirigentes del movimiento unitario como con los centristas del partido, apoyados por la I.C. Los dirigentes del movimiento unitario consideraban que éste era un buen medio para contrarrestar la influencia creciente del partido e impedir el trabajo independiente de los comunistas en los sindicatos. La experiencia demuestra que los socialistas de izquierda están dispuestos a firmar todas las condiciones que ponga el partido para aliarse con ellos, con tal de impedir ese trabajo. El antagonismo que surgió entre las dos corrientes de la izquierda socialista que se sucedieron a la cabeza del movimiento unitario (la tendencia Liebaers-Geerts y la tendencia Vercruysse-Everling-Heyndels) se desarrolló dentro del marco de las divergencias admitidas entre socialistas de izquierda.

La lección que conviene extraer de este episodio de la historia del P.C. es que el bloque de los comunistas con los socialistas de izquierda, en la forma en la que el partido lo llevó a cabo en aquella época, es nefasto para el comunismo. El movimiento unitario, en su primera forma (dirección de Liebaers-Geerts) fue más o menos apoyado por la izquierda. Sin embargo, terminó girándose contra el comunismo. La segunda edición del movimiento unitario (bajo dirección de Vercruysse-Everling), que se llevó a cabo bajo los auspicios del centrismo, con el P.C. pactando con la parte más corrompida de la socialdemocracia, fue aún más nefasta. Los dirigentes terminarían convirtiéndose más tarde en los adversarios más encarnizados del comunismo, a pesar de las declaraciones de fidelidad al P.C. que habían hecho y de sus afirmaciones de que estaban de acuerdo con él al 100 %.

El bloque comunista-unitario se realizó sobre la base de la entrada de los comunistas en una organización que ellos no controlaban, pero mediante la cual eran tenidos en cuenta por la clase obrera. La entrada en este bloque de hecho supuso subordinar el trabajo comunista en el sindicato a la voluntad del movimiento unitario. 

7. La Oposición de Izquierda (trotskista) y la cuestión sindical

La razón de ser de la Oposición de Izquierda consistía en resolver los problemas fundamentales del proletariado belga que el partido no había llegado nunca a abordar y que poco después serían abandonados por el centrismo. La cuestión sindical era una de esas cuestiones esenciales, y por tanto era en este terreno donde la Oposición debía centrar su actividad teórica. La Oposición nunca planteó estos problemas, y más tarde proclamaría que para ella ni siquiera existían, dadas las soluciones aportadas por los 4 primeros congresos de la I.C.

Ahora bien, éstos no contenían una solución definitiva a los problemas específicos de la lucha del proletariado internacional, y tomarlos como referencia exclusiva suponía repetir los mismos errores cometidos anteriormente. Por otra parte, la experiencia ha demostrado que la Oposición no ha solucionado ni el problema de la unidad sindical, ni el de las fracciones sindicales. En lo que respecta a las fracciones sindicales, la Oposición no ha hecho más que repetir la política del centrismo, aunque con mucha moderación. No rechaza la práctica de la Oposición sindical, una corriente heterogénea que incluye elementos de diferentes tendencias que se oponen al reformismo, sino únicamente la práctica estaliniana.

8. Caballeros del Trabajo, Central Revolucionaria de Mineros y la unidad sindical

Los sindicatos de los Caballeros del Trabajo9 son un producto de la política colaboracionista de los dirigentes de las Centrales tras la guerra. Surgieron como reacción a esta política. La subordinación por parte de los dirigentes sindicales de los intereses del proletariado minero a los intereses de la «reconstrucción nacional», el sabotaje a las luchas obreras que resultaba de ello, la persecución por parte de estos mismos dirigentes de los militantes que permanecían fieles al concepto de la lucha de clases (llegando incluso a expulsarlos de los sindicatos), estas fueron las razones inmediatas de la constitución de los sindicatos de los Caballeros del Trabajo. Así pues, el reformismo es responsable de que miles de obreros hayan vuelto a métodos de lucha caducos, a las viejas tendencias localistas y a los prejuicios anarcosindicalistas.

En la región de Charleroi, el trabajo honesto y paciente de los comunistas logró hacer retroceder en gran medida estos prejuicios del pasado, sin vencerlos completamente no obstante. 

La Central Revolucionaria de los Mineros se creó tras la escisión provocada por los estalinianos en 1928 en la Federación de los Caballeros del Trabajo, a raíz de la escisión dentro del partido comunista10. Unió a todos los elementos de los Caballeros del Trabajo que siempre se habían mostrado hostiles a la política unitaria de los comunistas. Esta organización, al crear sindicatos disidentes en todas partes, hace el juego al reformismo y hay que considerarla como uno de los más serios obstáculos a la penetración del comunismo en los sindicatos.

La experiencia ha demostrado que, aunque practiquen una política unitaria respecto a los sindicatos reformistas, los elementos revolucionarios que están en los Caballeros del Trabajo no logran jugar el mismo papel que podrían jugar si se incorporaran a las Centrales reformistas. En concreto, son las huelgas de julio de 1932 las que han demostrado ésto. Es cierto que los Caballeros del Trabajo hicieron todo lo posible para unir a los huelguistas. Pero el hecho de que se alzaran como organización independiente de las Centrales reformistas impidió que los obreros ejercieran la máxima presión sobre las organizaciones sindicales y barrieran a la dirección reformista.

En las actuales circunstancias de la lucha contra el capitalismo es más importante que nunca defender la consigna de la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas, pues el terreno de la lucha contra el reformismo debe ser desbrozado en la medida de lo posible de todas las cuestiones secundarias que embrollan esta lucha. Nos parece peligroso condicionar la vuelta de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas a que estas últimas cumplan con los principios de la democracia sindical. Está claro que la desaparición de las medidas de coacción en las organizaciones reformistas vendrá de la mano de una lucha creciente contra la burguesía. Aquellas sólo desaparecerán cuando, mediante esta lucha, la orientación de la organización cambie completamente. Esperar a que todas las medidas contra los comunistas sean abolidas para entrar en las organizaciones reformistas en realidad equivale a esperar a que las organizaciones reformistas se conviertan en revolucionarias. La vuelta de las organizaciones de los Caballeros del Trabajo a las Centrales reformistas sólo logrará verdaderamente su objetivo si la gran mayoría de sus miembros aceptan esta medida. Si solo se suma una parte de los miembros se corre el riesgo de que sobrevivan las organizaciones disidentes, aunque se vean debilitadas. En estas condiciones, mejor no volver a las organizaciones reformistas.

9. Programa general de trabajo sindical

Para influir en la lucha de clases el partido debe establecer las líneas generales del trabajo que debe efectuar dentro de las organizaciones de masas susceptibles de convertirse en instrumentos de la lucha revolucionaria. El P.C. necesita un programa de trabajo, pues de otro modo estaría desprevenido y carecería de perspectivas para influir en la evolución de los movimientos de masas. A este respecto, comprender las experiencias vividas, definir la situación general y tener una perspectiva de conjunto son factores al margen de los cuales el proletariado no puede llevar a cabo ninguna acción consciente y efectiva. Hay que añadir que estas líneas generales deben ser constantemente confrontadas con los acontecimientos, aunque siempre sobre la base de un análisis de principio, para evitar que, bajo el influjo de las situaciones, a veces estrepitosas, no se terminen modificando o dejando de lado los enunciados generales que deben guiar la acción del P.C. Si en el transcurso de cualquier acontecimiento se constata una fricción entre la regla preestablecida y lo que parece ser condición para el éxito, habrá que ver si es necesario modificar de manera sustancial los elementos generales que determinaron la constitución del programa.

A la época imperialista de la economía capitalista se la denomina época de guerras y revoluciones porque la guerra y la revolución son sus únicas salidas posibles. En la fase económica anterior, las contradicciones y de los antagonismos podían desembocar en la conquista de nuevas regiones por parte del capitalismo. En esa fase de la economía, ya pasada, llegaba un momento en que la producción ya no podía ser absorbida por la capacidad de compra de los trabajadores, y se desencadenaba una crisis. El ciclo era el período económico entre dos crisis. El nuevo ciclo comenzaba después de que la crisis desencadenara todos sus efectos, un factor necesario para restablecer las condiciones de la producción capitalista. Los stocks se vendían a precios muy bajos, y así se restablecía el proceso regular para una nueva acumulación capitalista. Ésta consistía en una ampliación de la producción gracias al desarrollo técnico, en un momento en el que el capitalismo aún podía hallar nuevos mercados.

La nueva fase se caracteriza por una revuelta permanente de las fuerzas productivas contra el modo de producción. El concepto de ciclo ya apenas es aplicable, pues ahora ya no sólo se trata de destruir porciones gigantescas de la producción capitalista, sino también de algo imposible: suprimir los procedimientos técnicos que han modificado de cabo a rabo la estructura y la potencia de las fuerzas productivas. La vieja terminología de los ciclos, aplicada al periodo actual del imperialismo, sólo puede referirse a los periodos entre guerra y revolución. Evidentemente, esto no significa que en la fase imperialista la economía no sufra fluctuaciones particulares; estas siguen existiendo, pero el capitalismo ya no puede dominar el mecanismo de la producción y solo puede intervenir para atenuar las explosiones de los antagonismos sociales. Desde el punto de vista de la lucha obrera, en lugar de fijarnos en la evolución de las contingencias económicas, extremadamente complejas y pasajeras, hay que tomar nota de que en el terreno económico la partida ya ha acabado: las condiciones objetivas para abolir la propiedad privada ya existen desde hace tiempo, y la solución se halla en el terreno del duelo entre el proletariado y la burguesía.

Las derrotas revolucionarias en los distintos países no alteran el carácter fundamental de las situaciones en la época actual. El programa, por tanto, deberá partir de la consideración fundamental de que las conquistas de la clase obrera ya no disponen de base real sobre la que asentarse, pues el capitalismo ya no tiene ante sí horizonte ni posibilidad de expansión. Aquellas se reducirán principalmente a concesiones que el capitalismo hará para desviar a las masas de su camino revolucionario. La serie de supuestas conquistas codificadas legislativamente tras la derrota revolucionaria de 1919 en Alemania, en la propia Constitución de la nueva República, se han revelado en 1933 como el único medio que permite al capitalismo mantener dentro de los límites de su régimen a millones de obreros, que disponían de condiciones objetivas favorables para instaurar la dictadura del proletariado. Una vez el puñal fascista reemplaza la libertad y la democracia, la nueva realidad fascista ya no permite a las masas pasar a formas más avanzadas de lucha por el comunismo. Esto demuestra de manera definitiva que el P.C. no debe nunca actuar con el objetivo de hacer que las masas pasen por determinadas experiencias, sino dotarse de un programa de trabajo para provocar un progresivo desplazamiento en la correlación de fuerzas entre clases, favorable al proletariado.

Los puntos esenciales del programa de acción sindical creemos que deben ser los siguientes:

El paro, los salarios, la legislación social y las libertades obreras

Trataremos estos problemas particulares en el espíritu ya señalado, es decir: sólo se puede llegar a una solución estable con la revolución; toda solución democrática, o de otro tipo, no es más que una distracción que hay que rechazar en cualquier circunstancia; la lucha conjunta, metódica y continuada debe desembocar en la insurrección del proletariado. 

En lo que respecta al paro, actualmente es completamente evidente que el sistema mixto de seguros, entre los sindicatos y el Estado, con el Estado complementando las cotizaciones e interviniendo en el servicio de los subsidios tras el periodo reglamentario, no significa otra cosa que el hundimiento de los sindicatos en el aparato del Estado, la transformación de estos instrumentos para la lucha de clase en instrumentos para evitar el desencadenamiento de movimientos de clase. La socialdemocracia saca a relucir el número de parados para asustar a los obreros con trabajo, para impedir así la lucha y hacer que acepten una reducción de sus salarios. Por otro lado, pone de relieve el hecho de que el gobierno suspenderá el servicio de subsidios para que la clase obrera no pueda recurrir al arma de la huelga general. En fin, se presenta como defensora de los parados ante los obreros que trabajan y asegura a estos últimos que si se afilian al sindicato no serán suplantados por los parados. Aquí la socialdemocracia se vale del desclasamiento que se produce entre los parados, desilusionados por la miseria constante.

Cuando se instauró el servicio del seguro del paro, el control de los reformistas sobre los sindicatos permitió que se aceptara el principio del seguro mixto, confiado administrativamente al sindicato pero cuya gestión y control recaen en el Estado a través de los Fondos de Desempleo, los cuales al principio eran organismos autónomos y ahora son oficinas para el triaje y para transmitir al sindicato las disposiciones ministeriales. Había que elegir entre el principio de luchar para que el parado se quedara en el taller con su salario o, si eso no era posible, el otro principio, que la organización sindical se encargara de mantener al parado. Salvo en los períodos de crisis, las organizaciones sindicales estaban en condiciones de mantener a los parados. Por otra parte, cuando la crisis se desencadena el capitalismo tampoco es capaz de resolver el problema del paro y de poner en marcha un servicio de subsidios adecuado al nivel de vida conquistado por la clase obrera tras la guerra. A través de la política reformista, los sindicatos no han hecho más que demostrar esta incapacidad capitalista en períodos de crisis económica. El sistema mixto de subsidios convertía a los sindicatos en los organismos que distribuyen las prestaciones y ligaba a estos con el aparato estatal, lo que alteraba la función de los sindicatos y transformaba a estas organizaciones en tampón entre los parados y el Estado. En la situación actual, hay que defender que los sindicatos deben renunciar a todo el trabajo administrativo que les incumbe y que alimenta una enorme burocracia, y que deben desarrollar entre los parados un trabajo de propaganda sindical para provocar luchas por el aumento de los subsidios o para que se modifique el servicio del paro, y todo ello contra el Estado, igual que se trabaja entre los obreros para que luchen contra la patronal por un aumento del salario. Hay que señalar que, dado que los parados no tienen ningún medio especial para defenderse (huelga), es muy difícil desplegar una lucha en defensa de los intereses particulares de los parados; así pues, esta lucha debe formar parte de un conjunto de luchas cuyas reivindicaciones fundamentales son la defensa y el aumento de los salarios.

En lo que respecta a los salarios, hay que reconsiderar la idea de los convenios colectivos, que originalmente representaban una conquista obrera porque sustituyen la arbitrariedad patronal contra el obrero individual por la defensa colectiva de los obreros, por profesión. Actualmente el convenio colectivo ha perdido su significado original y se ha convertido, con las comisiones paritarias, en una traba para la lucha obrera. Siempre que pueden, los sindicatos defienden el recurso a la comisión de arbitraje para solucionar los conflictos de clase, y sea cual sea la sentencia, aunque reconozca que las reivindicaciones obreras tienen fundamento, se cumple el plan de la patronal. En la situación actual, mientras sea posible, hay que señalar un monto global para los salarios, por profesión, dependiendo de la capacidad de lucha en todo el país. Al mismo tiempo, en lo que respecta a los convenios de trabajo, hay que luchar para reducir al mínimo (o suprimir) toda la legislación arbitral y confiar a la fuerza sindical, así como a las secciones sindicales de fábrica, el respeto a los convenios.

En lo que respecta al index-number11, hay que denunciarlo como falsa expresión de las fluctuaciones del coste de la vida y luchar para que los salarios reflejen los aumentos conseguidos en la lucha. Los comunistas nunca pueden aceptar un sistema de legislación social, ni llamar a la clase obrera a la lucha para lograr supuestas leyes sociales. Ya se trate de seguros por enfermedad, pensiones, etc., los comunistas enarbolan el principio de que el Estado es incapaz de garantizar la defensa de los intereses obreros, y que ésta debe ser confiada a las organizaciones que permanecen bajo control de los sindicatos. Las mutualidades y la seguridad social bien pueden ser controladas por el sindicato, y el subsidio que concede el Estado podría asumirlo la organización sindical. Toda la riqueza es producto del trabajo, por lo que nada impide que, mediante la lucha por el aumento de los salarios, las organizaciones sindicales sustituyan al Estado12, cuyos medios financieros provienen de retenciones directas o indirectas sobre los salarios. En la situación actual, los comunistas evidentemente son incapaces de modificar todo el sistema de legislación social, y las necesidades de la clase obrera en este terreno deben ser satisfechas. Por eso no hay que rechazar los subsidios del Estado, sino que, al mismo tiempo que se denuncia el error que se comete cuando no son los organismos de clase los que asumen la defensa de los intereses obreros, hay que invitar a los obreros a una lucha constante para reducir el control del Estado sobre las organizaciones mutualistas.

En lo que respecta a las pensiones, los comunistas deben demostrar que se trata de un verdadero impuesto sobre los salarios y deben esforzarse en provocar una lucha para que se suprima este impuesto, tanto más en la medida en que, a consecuencia de los últimos decretos-ley, la pensión que paga el Estado ha perdido completamente el carácter de un subsidio al que se tiene derecho tras un determinado periodo de pago para adquirir el aspecto de una ayuda caritativa. 

Los sindicatos deben situarse a la cabeza del combate por la defensa de las libertades obreras. A este respecto, hay que luchar contra fórmulas vagas como la «defensa de la democracia», pues la experiencia ha demostrado que hay tantas fórmulas democráticas como situaciones y el proletariado siempre queda inmovilizado en la lucha de clases por no atreverse a perder los últimos vestigios de esta democracia, como ha sucedido concretamente en Alemania. Los comunistas tienen que ser más concretos: libertad de prensa, de organización, de reunión, etc., Es decir, llamarán a los trabajadores a luchar por cuestiones concretas tangibles, para evitar la confusión y las maniobras del enemigo. 

Como instrumento de lucha de la clase obrera, hay que plantear la necesidad de que todos los movimientos que los obreros provocan para oponerse a la ofensiva del capitalismo desemboquen en una acción de huelga general. La huelga general no sólo hay que reivindicarla cuando se produce una especial conmoción de clase, es un arma que hay que proponer en las organizaciones sindicales como único medio que permite romper la ofensiva capitalista, porque en última instancia es el único medio que permitirá luchar en el futuro ante el desenlace de las situaciones actuales: la guerra, y para dar a esas situaciones una solución revolucionaria. La preparación de la huelga general es una vía fundamental, la única vía, para el presente y para el futuro del movimiento obrero. 

Aplicación del programa

Los comunistas saben muy bien que el éxito de su programa de trabajo no depende de que ciertas personalidades se sumen al movimiento obrero, ni únicamente de la fuerza de su propaganda. Saben que aquel será el resultado de la liberación de las organizaciones sindicales de la influencia capitalista de la socialdemocracia y de la liquidación simultánea de todas las formaciones intermedias, cuya función es impedir que las reacciones obreras evolucionen hacia el comunismo. Los comunistas saben también que la elevación de la conciencia de las masas es fruto de la propaganda, y sobre todo de la experiencia que las masas realizan, no a través de las diversas fórmulas políticas, sino al calor de la lucha de clases. Teniendo esto en cuenta, los comunistas deben desplegar su trabajo confiando absolutamente en que las reacciones obreras tratarán de expresarse a través de una política diferente, planteando el problema de la eclosión de las luchas, su dirección y su encuadramiento en una perspectiva sólida.

Por tanto, en lugar de tratar de resolver problemas insolubles, como el de una cohabitación contingente y artificial de elementos opuestos, sobre la base de un programa que sería resultado de un compromiso que cada componente trataría de romper a la menor ocasión en la que viera posibilidad de sacar ventaja, los comunistas tratarán de establecer un frente único sólido sobre la base de las reivindicaciones concretas que presentan a la clase obrera los diferentes partidos que actúan en su seno. Por ejemplo la lucha por la defensa de la democracia no es más que un producto artificial que sacan a relucir los socialistas para impedir la lucha obrera, y también los comunistas, aunque su programa incluya la lucha por la destrucción violenta de todo régimen burgués, incluidos los democráticos. Por tanto, la defensa de la democracia no constituye un elemento que permita crear un frente único. En cambio, la política de los diferentes partidos que tiene que ver con la defensa de los salarios, con los subsidios de paro o las libertades obreras, no comporta ninguna acrobacia política y responde a las aspiraciones reales de las masas. 

Teniendo en cuenta que, en las circunstancias actuales en Bélgica, el capitalismo conserva su dominio por el canal de la socialdemocracia, que controla las potentes organizaciones sindicales, la Liga hará un llamamiento a todos los grupos: P.C.B., Oposición de Izquierda, Réveil Syndicaliste, Izquierda Socialista, para llegar a un acuerdo de cara a la preparación de la huelga general. Esta preparación debe llevarse a cabo con el apoyo de todos los movimientos obreros y bajo su coordinación, con las miras puestas en un movimiento general. Una comisión del Congreso de la Liga establecerá las consignas concretas a defender, que serán presentadas a las organizaciones mencionadas de cara al frente único.

10. El régimen interno del sindicato

Los estatutos de una organización sindical se derivan necesariamente de la función social que ésta asume. Dado que el sindicato es el organismo gracias al cual el partido logra elevar la conciencia de clase de los trabajadores a través de los acontecimientos de clase, sus estatutos sólo pueden ser la expresión de esta idea fundamental.

La noción más corriente, y también la más vulgar, consiste en exigir un estatuto supuestamente democrático. Separada de una concepción organizativa de la lucha, la noción de democracia proletaria es una idea abstracta. Aplicada al sindicato, quiere decir que se convocan regularmente asambleas y que todas las tendencias pueden expresar su propio punto de vista. Los comunistas propondrán unos estatutos que permitan al sindicato jugar su papel en la lucha de clases, que acepten sin reticencias el derecho de las fracciones políticas a intervenir como tales en la vida sindical y política de la organización. Unos estatutos democráticos son inconcebibles al margen del derecho a formar fracciones. Los comunistas combatirán por tanto los estatutos que en nombre de la «democracia proletaria» prohiban la existencia y la actividad de determinadas fracciones políticas, o que, siempre en nombre de esta «democracia», impongan sus puntos de vista en las asambleas sindicales, o a pesar de las asambleas. Sobre la base de esta posición fundamental, los comunistas lucharán para que se regule la convocatoria de asambleas generales mensuales. 

El hundimiento de los sindicatos en el marasmo colaboracionista, su transformación de órganos de lucha contra el capitalismo en instrumentos en manos del propio capitalismo, repercute necesariamente en la estructura interna de los sindicatos. Sus rasgos más distintivos son una centralización a ultranza y una burocracia omnipotente. 

La célula social que permitió a los trabajadores desplegar su lucha contra la patronal para vender la fuerza de trabajo a mejor precio fue la profesión, el oficio. De ahí la natural inclinación del sindicato, originalmente, a circunscribir su organización a la profesión. El desarrollo del capitalismo, la transformación de los procesos productivos y su progresiva mecanización han reducido considerablemente las diferencias entre profesiones, arrebatando así toda justificación a la organización sindical autónoma por profesión. La uniformización progresiva de las condiciones de trabajo, no obstante, no ha quitado toda razón de ser a la organización de los trabajadores en sindicatos profesionales.

En el curso de esta transformación del sindicato de oficio, o de profesión, a sindicato de industria, la burocracia ha logrado establecer su control sobre el aparato sindical. Bajo pretexto de impulsar la centralización, que se ha vuelto necesaria por la transformación del capitalismo, la burocracia, amalgamando muy a menudo corporaciones muy diversas y heterogéneas en una misma organización, a menudo destruye los lazos entre los obreros de una misma corporación y les incapacita para desplegar la lucha por conservar el precio de su fuerza de trabajo. 

Por supuesto, el ideal de los comunistas no es volver al corporativismo de antaño, superado por la propia evolución de las cosas. Pero es importante denunciar uno de los canales por los que se infiltra el burocratismo y su dominio sobre las masas sindicadas, del mismo modo que hay que conservar ciertos particularismos profesionales allí donde estos aún ofrecen una base real para la lucha.

Conviene establecer una distinción fundamental entre la asamblea general y las asambleas profesionales en el seno del sindicato. La asamblea general es la única cualificada para establecer la orientación del sindicato, pues ahí es donde pueden expresarse concepciones que no reflejan únicamente los distintos intereses profesionales, sino los intereses generales de todo el proletariado. Los comunistas velarán por mantener esta distinción entre asamblea profesional y general, para lograr la mayor concentración y el máximo interés de los sindicados a la hora de definir la orientación general del sindicato en las asambleas plenarias. Por otra parte, esta posición evita que una asamblea profesional adopte una postura política determinada que choque con la del conjunto de los trabajadores en las asambleas generales.

No obstante, hay que tener cuidado de que los intereses de una profesión no se vean lesionados. Por otra parte, la conducción de una huelga profesional, si bien no puede sustraerse completamente a la competencia de los comités generales, hay que dejarla sobre todo en manos de los órganos que emanan de la profesión, al menos mientras no se salga de su marco puramente profesional. 

El Comité de la sección regional debe ser nombrado exclusivamente por la asamblea general. Hay que rechazar enérgicamente el método en vigor en ciertos sindicatos, que consiste en constituir el Comité con delegados procedentes de los distintos comités profesionales. El Comité de sección debe ser elegido por la asamblea, a partir de una discusión en la que las diferentes tendencias presentes en el movimiento obrero puedan confrontar sus puntos de vista. El Comité sólo tiene poder ejecutivo: no es más que un simple órgano de ejecución de las decisiones aprobadas por la asamblea general. Por tanto, está claro que en caso de acontecimientos graves, en realidad ante cualquier acontecimiento, el Comité de sección no puede en ningún caso adoptar una postura sin antes convocar previamente una asamblea, que es la única que puede tomar una decisión. En este caso el Comité convocará asambleas extraordinarias. Los comunistas deben reaccionar contra esa maniobra de algunos comités de sección que consiste en pasar sus responsabilidades a comités irresponsables, como los comités de parados, profesionales, de extranjeros, etc. Estos comités, que no pueden tener más que una atribución técnica, deben emanar del Comité de sección y no ser elegidos en asambleas, forzosamente muy restringidas y que por tanto no tienen ninguna capacidad para actuar independientemente. Los comités de sección promueven muy a menudo la formación de este tipo de comités, haciendo que se vote en asambleas reducidas, para poner un tampón entre él y los sindicados y sobre todo para descargarse de responsabilidades. 

Son las asambleas generales de los miembros las que deben nombrar a los funcionarios retribuidos. Este método, aunque no constituye una absoluta garantía contra el burocratismo y la corrupción, es el único que permite un cierto control por parte de los obreros. Hay que combatir esa idea de inamovilidad de los funcionarios y de que disfruten de un estatuto especial que regule sus condiciones de vida al margen de los salarios obreros. Las asambleas deben tener el derecho a revocar en todo momento a cualquier funcionario. Los salarios de los funcionarios deben ser equivalentes a los salarios que cobran los obreros cualificados de la industria en cuestión. 

En lo que respecta a las expulsiones, los comunistas rechazan cualquier expulsión por delito de tendencia, incluida la pertenencia a la O.S.R., teniendo en cuenta ante todo que no se pueden adoptar sanciones políticas cuando la organización sindical parte de una base viciada (afiliación al P.O.B., moción Mertens13, etc.).

La expulsión únicamente es aceptable en caso de traición de clase (romper una huelga) o deshonestidad.

Conviene subrayar que, en Bélgica, la elaboración de unos verdaderos estatutos sindicales que permitan a los sindicatos convertirse en instrumentos de la lucha de clases únicamente será posible si éstos se desafilian del P.O.B. Por supuesto, los comunistas reivindican con insistencia la tarea de dirigir el movimiento sindical según sus concepciones programáticas, pero en ningún caso, ni siquiera tras la toma del poder, deben permitir que los sindicatos se afilien al P.C., pues como ya se ha expuesto el partido y el sindicato tienen funciones distintas.

Actualmente la afiliación de los sindicatos al P.O.B. supone el control absoluto de la socialdemocracia sobre los sindicatos, impidiendo que, al calor de los acontecimientos, la confrontación de las concepciones de las distintas corrientes termine provocando un desplazamiento de los obreros dentro el sindicato, que se refleje en la modificación de los comités sindicales (que siempre representan una determinada fracción sindical política, abiertamente declarada o no). La desafiliación de los sindicatos al P.O.B. permitiría a las fracciones políticas sindicales desempeñar su papel en la organización, es decir, restablecería las obligaciones del sindicato y su función real. 

  1. La Liga de Comunistas Internacionalistas (L.C.I.) fue una organización política belga fundada en su primer congreso los días 20 y 21 de febrero de 1932 en Bruselas, surgida de la fracción mayoritaria del grupo de oposición que había sido expulsada del Partido Comunista Belga en el congreso de Amberes de 1928. Heredera de la tradición de la izquierda comunista y próxima a las posiciones de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista, la L.C.I. se distinguió por rechazar tanto la política de «enderezamiento» de la Internacional Comunista preconizada por Trotsky como la perspectiva de un «segundo partido» sometido a los partidos estalinistas, apostando en cambio por la construcción de núcleos comunistas independientes. A lo largo de los años 1930 desarrolló una intensa actividad teórica y política (plasmada en su Bulletin y en los Cahiers d’Étude) e intervino activamente en las luchas obreras belgas, especialmente en la gran huelga minera de 1932. Las divergencias internas sobre la cuestión española y el carácter del imperialismo condujeron a su escisión en 1937, de la que nació la Fracción Belga de la Izquierda Comunista Internacional. Entre sus militantes destacan Adhémar Hennaut y Jean Baptiste Mélis. ↩︎
  2. El ejemplo de Alemania, donde los nazis acababan de hacerse con el poder unos meses antes, pasando a atacar físicamente las organizaciones sindicales para luego disolverlas legalmente, seguramente estaba en la mente de los autores. ↩︎
  3. La Oposición Sindical Revolucionaria fue una corriente sindical impulsada por la Internacional Comunista a partir de finales de los años 1920, en el marco de la política conocida como «clase contra clase». Ante la dificultad de los comunistas para controlar los grandes sindicatos reformistas, la I.C. promovió la creación de organizaciones sindicales paralelas y opuestas a las centrales socialdemócratas, agrupadas en torno a la Internacional Sindical Roja. En la práctica, estas O.S.R. funcionaban como correas de transmisión de los partidos comunistas dentro del movimiento obrero, lo que las llevó a una política frecuentemente escisionista que debilitaba la unidad sindical de la clase obrera. ↩︎
  4. La Confederación General del Trabajo Unitaria (C.G.T.U.) nació en junio de 1922 como resultado de la escisión del congreso de Saint-Étienne, cuando la minoría revolucionaria de la C.G.T., que agrupaba a sindicalistas cercanos al recién fundado Partido Comunista Francés (diciembre de 1920) y a corrientes anarco-sindicalistas, se separó de la aquella por considerar que esta había traicionado a la clase obrera con su apoyo a la guerra y su deriva reformista. La C.G.T.U., que arrastró a buena parte de los sindicatos de la C.G.T., se adhirió inicialmente a la Internacional Sindical Roja, aunque las tensiones entre comunistas y anarco-sindicalistas fueron constantes en su seno. A lo largo de los años 1920 y hasta su reunificación con la C.G.T. en 1936, en el contexto del Frente Popular, la C.G.T.U. fue perdiendo implantación, y su subordinación creciente a las directrices del P.C.F. y de Moscú (especialmente tras la política de «clase contra clase» impuesta por la I.C. a partir de 1928) la fue convirtiendo progresivamente en un instrumento de la política estaliniana, alejándola de amplias capas del movimiento obrero francés y contribuyendo, paradójicamente, a la fragmentación sindical que decía combatir. ↩︎
  5. Léase sindicalismo revolucionario, o también anarcosindicalismo. ↩︎
  6. El Comité de los 22 (Comité des 22) fue una iniciativa unitaria del sindicalismo revolucionario francés surgida hacia 1930-1931, impulsada fundamentalmente por la Ligue Syndicaliste con el objetivo de reunificar el movimiento obrero escindido entre la C.G.T. reformista y la C.G.T.U. estalinizada. Reuniendo a militantes de ambas centrales y de sindicatos autónomos, el Comité reivindicaba un retorno a los principios de independencia sindical consagrados en la Carta de Amiens de 1906, que establecía la autonomía del movimiento sindical respecto a los partidos políticos. Entre sus figuras destacadas se encontraba Georges Dumoulin, veterano sindicalista revolucionario, así como militantes vinculados a la corriente La Vie Ouvrière. A pesar de algunos intentos de acción conjunta, como la convocatoria del 1º de mayo de 1931, el Comité no logró superar las profundas divisiones ideológicas y orgánicas que fracturaban el movimiento obrero francés, quedando atrapado entre la burocracia de la C.G.T. y la disciplina partidista que el P.C.F. imponía sobre la C.G.T.U. Su fracaso fue objeto de un lúcido análisis por parte de Simone Weil en su texto Après la mort du Comité des 22, en el que la filósofa diagnosticaba la incapacidad del sindicalismo revolucionario para reconstituir una fuerza obrera autónoma en un contexto marcado por la subordinación creciente de las organizaciones obreras a las lógicas partidistas y estatales. ↩︎
  7. En realidad Confederación Nacional del Trabajo, pues se refiere al papel de la C.N.T. en los acontecimientos de los años 30. ↩︎
  8. Partido Obrero Belga, el partido socialista de Bélgica afiliado a la II Internacional. Entre sus militantes destacan Emile Vandervelde o Henri De Man. ↩︎
  9. Los Caballeros del Trabajo (Chevaliers du Travail) constituían hacia 1930 una corriente sindical disidente de carácter revolucionario, activa principalmente en los sectores minero y metalúrgico de la región de Charleroi y, en menor medida, de Lieja. Tras la Primera Guerra Mundial, los Caballeros del Trabajo se reconstituyen en Bélgica como respuesta obrera tanto a la política reformista del Partido Obrero Belga como a las exclusiones de militantes combativos de los sindicatos socialdemócratas, consagradas por la llamada moción Mertens de 1924. En este contexto, los comunistas de la oposición de izquierda (y posteriormente los militantes de la Liga de Comunistas Internacionalistas) trabajaron activamente en su seno, defendiendo la unidad sindical y tratando de orientarlos hacia posiciones de clase independientes, frente a los intentos estalinistas de subordinarlos a la línea del P.C.B. En 1927 agrupaban cerca de 3.800 miembros. ↩︎
  10. Se refiere a la expulsión de los trotskistas y de todos los comunistas disidentes. ↩︎
  11. El I.P.C. (Indice de Precios al Consumo). ↩︎
  12. Se refiere, por supuesto, a que los sindicatos sustituyan al Estado en la gestión de las prestaciones y los seguros, por enfermedad, vejez, etc., no a que asuman todas las funciones del Estado capitalista. ↩︎
  13. La moción Mertens fue una resolución adoptada en agosto de 1924 por el Partido Obrero Belga con el objetivo declarado de preservar la influencia socialdemócrata en el movimiento sindical belga frente a la creciente actividad de los militantes comunistas. La moción establecía la incompatibilidad entre la pertenencia al P.C.B. y el ejercicio de cargos de responsabilidad en los sindicatos vinculados al P.O.B., amenazando con la expulsión a todo militante comunista que desarrollase actividad política en el seno de las organizaciones sindicales. En la práctica, supuso una purga sistemática de los cuadros obreros más combativos, con consecuencias devastadoras para la implantación sindical del movimiento obrero revolucionario: en algunos sectores y regiones, la expulsión de los comunistas provocó un hundimiento dramático de las afiliaciones sindicales. ↩︎

Las gafas inglesas (Rosa Luxemburg, 1899)

Artículo publicado por Rosa Luxemburg en la Leipziger Volkszeitung del 9 de mayo de 1899.
Durante la ley bismarckiana de excepción contra los socialistas (1878-1890), Bernstein estuvo exiliado primero en Zurich, luego en Londres, donde mantuvo intensa relación con Marx y Engels. Como señala Rosa Luxemburg, esta estancia en Londres y la admiración por el tradeunionismo británico influyeron pode­rosamente en Bernstein, y en esta medida el texto encaja perfectamente dentro del cuadro de la polémica contra los revisionistas. Pero además la crítica de Rosa al sindicalismo bri­tánico permite ampliar la perspectiva de su análisis, constituyendo una anticipación de los enfoques de los comunistas de izquierda, en particular los alemanes y los holandeses, sobre el movimiento sindical, a partir sobre todo de 1919.

LAS GAFAS INGLESAS

I

Antes de echar una ojeada retrospectiva a la discusión que se ha desarrollado en la prensa del Partido acerca del libro de Bernstein, nos proponemos examinar en detalle algunas cuestiones secundarias que, en el curso de esta discusión, se han subrayado más que otras. Nos ocuparemos esta vez del movimiento sindical inglés. Entre los partidarios de Bernstein, la consigna del «poder económico» de la clase obrera tiene un papel muy importante. El deber de la clase obrera es crearse un poder económico, escribe el doctor Woltmann en el nº 93 de la Prensa Libre de Elberfeld. Por su parte, E. David cierra su serie de artículos sobre el libro de Bernstein con la siguiente consigna: «emancipación a través de la organización económica» (Mainzer Volkszeitung, nº 99). Según esta concepción, acorde con la teoría de Bernstein, el movimiento sindical, junto a las cooperativas de consumo, debe ir transformando poco a poco el modo de producción capitalista en modo de producción socialista. Ya hemos demostrado (ver Reforma o revolución) que esta concepción descansa sobre un completo desconocimiento de la naturaleza y de las funciones económicas tanto de los sindicatos como de las coopera­tivas. Se puede demostrar de una forma menos abstracta, partiendo de un ejemplo concreto.

Cada vez que se habla del importante papel reservado a los sindicatos en el futuro del movimiento obrero, lo reglamentario es citar inmediatamente el ejemplo de los sindicatos ingleses, mostrando al mismo tiempo ese «poder económico» que puede conquistarse y el mo­delo que la clase obrera alemana debe esforzarse en adoptar. Pero si en la historia del movimiento obrero existe un solo capítulo capaz de aniquilar completa­mente toda confianza futura en la acción socializadora y en el aumento de la fuerza de los sindicatos, ese capítulo es precisamente la historia del tradeunionismo inglés.

Bernstein ha montado su teoría basándose en las condiciones inglesas. Contempla el mundo a través de las «gafas in­glesas». Eso se ha convertido ya en una expresión co­rriente en el Partido. Si esto significa que el cambio de orientación teórica de Bernstein se debe al tiempo que ha pasado en el exilio y a sus impresiones personales sobre Inglaterra, podría ser una explicación psicológica perfectamente exacta, aunque tiene muy poco interés para el Partido y para la actual discusión. Pero si la expresión sobre las «gafas ingle­sas» quiere decir que la teoría de Bernstein es ade­cuada para Inglaterra y es exacta en lo que a Inglaterra se refiere, entonces es una opinión errónea y que contradice tanto con la historia pasada como con el estado actual del movimiento obrero inglés.Continue Reading

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (el caso ingés [2ª parte]: La aristocracia obrera)

prole.info
Publicado en Gedar.

Por cuestiones de espacio en el artículo anterior no nos extendimos acerca de la aristocracia obrera, cuestión que retomamos ahora, de manera más profunda. Por esta razón nos vamos a fijar de nuevo en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX, puesto que el tradeunionismo sienta un precedente histórico a lo que luego será la integración de las instituciones proletarias sindicales dentro del estado burgués. Del mismo modo las condiciones hacen posible la aparición de una capa mejor posicionada en el sistema capitalista dentro del mismo proletariado, de lo cual se derivan importantes consecuencias políticas. Es decir, si antes hablamos de la forma que tomó la lucha sindical en Inglaterra, ahora veremos su base social.

Por un lado, la rápida industrialización de Inglaterra, junto a la expansión de sus mercados en las colonias se sumó al hecho de que en otros países dicha industrialización aún estaba empezando, o ni siquiera lo había hecho. De esta manera, la situación facilitó un increíble crecimiento de las ganancias y a su vez significó que una parte nada desdeñable de éstas se pudo invertir en una alianza entre proletarios y capitalistas, o en otras palabras, invertir en paz social. Dicha jugada le dio la tranquilidad que necesitaba la burguesía, atosigada por huelgas y revueltas constantes. De ahí podemos concluir que la dominación capitalista va tomando formas más sutiles con el desarrollo de las fuerzas productivas.

Otra clave está en la lectura que se haga de la mejora de las condiciones de vida del proletariado. Si bien es cierto que la lucha trae mejoras a todo su conjunto (como por ejemplo la prohibición del trabajo infantil, la limitación de la jornada a diez horas, la creación de escuelas y hospitales públicos, etc.), aún sí lo que consigue la lucha es solo una de las caras de la moneda. La otra es que también se trata de concesiones, y a pesar de que estas alianzas beneficiaran también a las capas más bajas del proletariado, la parte más grande del pastel será, con diferencia, para una capa mejor situada de dicho proletariado.

Existen numerosas definiciones de ésta, pero por lo que nos ocupa, no nos interesa hacer un análisis sociológico [1], sino comprender las motivaciones políticas y maneras de actuar de esta fracción del proletariado respecto a las luchas sindicales.

Para ir definiendo, llamaremos aristocracia obrera a este estrato cualificado, minoritario pero aún así grande en número, con una potencia organizativa, a través de sindicatos, superior al resto del proletariado.

Por un lado, de ello obtienen una posición estratégica políticamente favorable, debido a que sus organizaciones sindicales son reconocidas por la burguesía. Por otro lado, lo hacen en tanto que son un interlocutor jurídico, como clase económica y no como clase política [2]. Dicho de otra forma; no niegan el sistema de relaciones capitalista, juegan en su terreno. Sin embargo su influencia no se limita a los favores de la burguesía, sino que también ejercen una notable influencia en las reivindicaciones del propio movimiento obrero, del cual forman parte.

En primer lugar, su existencia demuestra que el proletariado sí puede llegar al poder dentro del sistema capitalista, de forma no revolucionaria y para ello se le ofrecen ciertos puestos a modo de soborno. El problema radica por tanto en la forma de llegar al poder; al no hacerlo de manera revolucionaria, sino por concesiones, se ve asimilado al resto de viejas clases, se convierte en un reflejo de éstas y su interés deja de estar en abolir el sistema de clases en su conjunto. Por otro lado, esta situación relativamente privilegiada (en términos relativos, respecto al resto del proletariado), lo lleva a un estado de conciencia similar a la conciencia pequeño burguesa del artesanado, en tanto que se muestra temeroso de perder su situación acomodada y ser asimilado a la masa proletaria. Por tanto, esta aristocracia obrera es, junto a la pequeña burguesía, un estrato en gran medida están definido por el miedo de perder su condición, miedo que crece durante las crisis. De la misma manera, tienden a limitar las luchas en vez de unificarlas; se mueven en un marco geográfico más bien reducido, es decir de manera localista, o incluso limitado a una sola empresa [3]. Aunque en cierta manera Engels preveía que desaparecería cuando sus condiciones se igualaran a las del resto del proletariado con el fin de la situación de monopolio de Gran Bretaña, en vez de eso, con la expansión del imperialismo, esta “aristocracia obrera”, como la denomina, surge también en otros países. El fenómeno británico se extiende.

Otra cuestión interesante es que los proletarios cualificados, por ejemplo los antiguos artesanos o la pequeña burguesía de las profesiones liberales, ambos recientemente proletarizados, llevaban a cabo un sindicalismo que tendía a la negociación. Al contrario, el proletariado no cualificado, cuyas filas engrosaban antiguos campesinos sin tradición gremial, tendía a rehuir las negociaciones y en vez de ello se daba a la revuelta y la insurrección, a la destrucción y la quema de maquinaria, al asesinato, etc. No entraban a la negociación porque no tenían nada que negociar. En otras palabras, no tenían una posición beneficiosa que mantener. Esta oposición [4] la recoge Rosa Luxemburgo en el artículo “Las gafas inglesas” [5]. No obstante, hay que tener en cuenta también que el desarrollo de la maquinización [6]tiende a uniformizar al proletariado, destruyendo las especializaciones heredadas del artesanado. Da lo mismo que haga calcetines o tornillos, importa el beneficio.

A día de hoy sin embargo, la cuestión de cualificación se complica aún más. Por ejemplo, hay sectores donde la cualificación es una cuestión de antigüedad y no tanto de formación, como en la industria. Por otro lado, el acceso a la educación superior es mayor, y existe una mayor movilidad social, habiendo más proletarios que pasan a ser mandos intermedios o cuadros especializados. Otro tema es también que las capas peor situadas causan menos problemas o lo hacen menos a menudo. De hecho la mayoría de huelgas –o avisos de éstas- se dan en sectores más cualificados y mejor colocados, como la administración pública o donde los puestos de trabajo son estables, mejor pagados y hay mayor antigüedad.

La edad también es un factor determinante de diferenciación de estratos en el proletariado actual: ahora la juventud actúa como punta de lanza de la precariedad cuando entra al mercado laboral, ya que baja el precio de la fuerza de trabajo [7]. En un contexto de crisis –productiva e ideológica- se agarra a un clavo ardiendo y se ve obligada a aceptar condiciones que antes resultaban impensables. La situación se ve empeorada además por la creciente separación entre la masa sindicalizada y la que no lo está, aumentando también la atomización e indefensión. Junto a ello hay toda una serie de instituciones dispuestas para moldear ideológicamente a las nuevas generaciones, ya que al fin y al cabo de lo que se trata para la burguesía en el fondo es de invertir en la formación ideológica del proletariado de mañana.

En otros aspectos se mantienen ciertas tendencias. En la práctica, como vimos en el artículo anterior sobre el trade-unionismo, tienden al corporativismo, poniendo en oposición a los proletarios sindicados con los que no están, debido a que se centran en sus propios intereses y no los del conjunto. Esto se puede ver en que al organizarse en base a la división del trabajo capitalista, según las categorías (aprendices, oficiales, encargados…), ahondan en la divisiones entre el proletariado en vez de tratar de superarlas a través y para la lucha.

En conclusión, a pesar de que los sindicatos se forjaron al calor de duras luchas y de que cualquier expresión de asociación proletaria fuera objetivo de persecución, esto no significa que las instituciones del proletariado sean independientes de la influencia de la burguesía, pudiendo llegar a actuar de correa de transmisión de ésta, tanto en Inglaterra en el s.XIX como hoy en día. No es que haya burgueses infiltrados entre nuestras filas, sino que el movimiento obrero puede ser utilizado, o derivado hacia formas beneficiosas para la clase dominante, como parte de una totalidad de dominación que adquiere formas cada vez más elaboradas (y perversas). La influencia de la aristocracia obrera sobre el resto del movimiento obrero, del cual también forman parte, puede ser realmente importante. No obstante, lejos de luchar por los intereses del conjunto, tienden a mirar por su propio ombligo. Al contrario, una premisa para la organización efectiva del proletariado es romper con las categorías que impone la división del trabajo capitalista; por encima de separaciones entre fijos/ ETTs, locales/ migrantes, hombres/mujeres, jóvenes/mayores… En algunos casos, sin embargo, la aristocracia obrera puede pelear también por las condiciones de las capas peor situadas del proletariado, pero con el fin de ganar legitimidad negociadora y mejorar su posición de relativa fuerza en el sistema capitalista, actuando como lobby de presión. Al hacerlo, acaba desviando la lucha del conjunto del proletariado a sus intereses particulares, impidiendo que se organice de manera independiente de la influencia burguesa, para lo que tiene que afirmarse como proletariado, reconociendo tener un interés diferenciado del resto de clases sociales. Es por esta razón que esta aparente unidad de clase es en realidad una nueva división. Al contrario, la alianza es posible cuando primero nos hemos establecido de manera independiente respecto al poder burgués, como poder proletario, con instituciones efectivas propias, también para la defensa de nuestras condiciones de vida.

Esto es, cuando funcionamos desde el principio de independencia de clase es cuando podemos dar la vuelta a la tortilla y unirnos con otras facciones –entonces ya más débiles- en la lucha, a condición de que sus intereses queden subordinados a los del proletariado en su conjunto, y nunca al revés, a una de sus fracciones particulares.


[1] En tanto que no nos limitamos a observar y analizar desde la distancia, sino de aprender para cambiar la realidad, y debido a que la
sociología tiende a obviar el elemento de la conciencia, que en nuestro caso tiene un interés esencial. Además la visión sociologizante toma al proletariado como una suma de individuos y no como un actor histórico en su conjunto.
[2] No pretendamos encontrar en la historia un producto acabado y perfecto de lucha defensiva por las condiciones de vida del proletariado. Cada forma organizativa tiene sus límites y es fruto de su época. La armonización entre lucha económica y política se está empezando a dar en esta fase y de hecho es uno de los puntos de la polémica entre marxistas y anarquistas.
[3] Mario Tronti explica esta idea: “la lucha de movimiento de clase por el control no puede agotarse en el ámbito de la empresa aislada, sino que debe relacionarse y extenderse a toda una rama, a todo el frente productivo. Concebir el control de los trabajadores como una cosa que se restrinja a una sola empresa no quiere decir solamente ‘limitar’ la reivindicación del control, sino despojarla de sus significado real y hacerla degenerar en el plano corporativo’ (7 Tesis de Control Obrero, Mondo Operaio Nº 2, febrero de 1958).
[4] Engels también recoge esta oposición: “Los miembros de las ‘nuevas’
tradeuniones, los sindicatos de obreros no calificados, tienen una enorme ventaja: su mentalidad es todavía un terreno virgen, absolutamente exento de los ‘respetables’ prejuicios burgueses heredados, que trastornan las cabezas de los ‘viejos tradeunionistas’ mejor situados.” (prólogo a la segunda edición de La situación de la clase obrera en Inglaterra, 189)
[5] Rosa Luxemburg “Las gafas Inglesas”, LeizpigerVolkszeitung, 9 de mayo de 1899.
[6] Henryk Grossman identifica que la introducción de maquinaria lleva a disminuir los costos de aprendizaje, abaratando el trabajo no cualificado y encareciendo el que sí lo está.
[7] Funciona de una manera parecida a la mano de obra migrante precaria o los parados. Todos ejercen una presión a la baja sobre los salarios de los que están en ese momento dentro del mercado laboral.

La canción del trabajador musicante

Publicado en Dolly Records nº 2.

Sin una canción, la navaja se enroma.
Proverbio de África Occidental.

Una canción vale por diez hombres.
Proverbio marinero.

«Yo he sido profesor y creo que no hay ninguna diferencia entre dar clases y subirse a un escenario. En ambos casos se trata de entretener a delincuentes en potencia». Si damos por buenas estas palabras de Sting y admitimos que la función social de los músicos profesionales es de centinela, entonces deberíamos considerar los sindicatos de músicos (y de profesores) como una especie de asociaciones de policías o guardias jurado diplomados en trabajo social. O al menos así es como habría que considerar a aquellos sindicatos que no cuestionan el papel que juegan estos artistas en la sociedad. En realidad, como vamos a intentar demostrar, la función cultural que tienen los músicos profesionales y la industria de la música en esta sociedad capitalista es más compleja y siniestra. A la hora de servir pan y circo, los músicos aportan su buena ración de circo, menos cruento que el romano pero culturalmente más nocivo. Y la cosa no queda ahí.

Todo esto, no obstante, constituye una novedad histórica relativamente reciente. Las bases materiales de la cultura capitalista de masas, que derribó casi todas las fronteras entre la alta cultura y la cultura plebeya, fueron los medios de comunicación de masas. La radio, la industria de la música y la música moderna surgieron y maduraron en la primera mitad del siglo XX, en la época de entreguerras. Tras este periodo de guerra y crisis las cosas ya no volverían a ser como antes, sobre todo para los trabajadores, cuyos sindicatos quedaron integrados institucionalmente en el Estado y cuya música pasó a formar parte de una cultura de masas, apta para todas las clases sociales. La separación entre el artista y el público, que en la vieja cultura plebeya era un hecho circunstancial, se hizo permanente. Conforme la música se convertía en un trabajo, el trabajador dejaba de hacer música. Cuanto más alto se oía la voz del músico profesional, menos se escuchaba la voz del trabajador.

La belle époque prebélica fue testigo del canto del cisne de la canción sindical. El «Pequeño Cancionero Rojo» de la IWW y la figura de Joe Hill son emblemáticos en este sentido, aunque este tipo de cantar atesoraba al menos un siglo de tradición. Las primeras baladas huelguísticas que se conocen se remontan a los conflictos de los marineros ingleses (1815) y los barqueros del río Tyne (1822). Unos años antes, en 1812, los disturbios luditas habían inspirado canciones como The Cropper Lads (Los mozos de tundir, con versos como «Los tundidores abrimos el baile/¡Con hachuelas, picas y pistolas!»). Según Engels «la clase obrera comenzó la resistencia contra la burguesía cuando se opuso por la fuerza a la introducción de las máquinas». Los primeros combates del proletariado contra la burguesía, pues, tuvieron su propia música. Pero estas canciones obreras, sindicales o de protesta, constituyen en realidad el último estadio de desarrollo de la canción folk, la cual, como expresión cultural de las clases trabajadoras, siempre estuvo íntimamente ligada al trabajo («No se puede escribir sobre folklore sin escrutar la actitud del pueblo respecto al trabajo», decía el folklorista alemán W. H. Riehl en 1861). Y es que la canción del trabajador musicante tiene más en común con los cantos que entonaban los hombres y mujeres del paleolítico en sus cavernas, durante sus rituales de magia simpática, que con los temas de Pete Seeger y Banda Bassotti, o incluso con himnos como La Internacional o A las barricadas.

Para los trabajadores la música siempre fue coser y cantar («En mi pueblo al crujir los telares/Suenan más y mejor los cantares», dice la canción). Los trabajadores cantaban mientras trabajaban, cantaban sobre su trabajo en sus ratos de ocio y terminaron cantando en defensa de los intereses del trabajo durante sus luchas. Y al corear sus cánticos no sólo mostraban cuál era su actitud ante a su trabajo y sus condiciones de vida, sino que además promovían su sentimiento comunitario y forjaban una cultura propia.

Una de clara muestra de esta íntima relación entre el cantar y el trabajar son los cantos de trabajo, es decir, las canciones que se entonaban durante la faena cotidiana. Entre las últimas work songs que se escucharon en occidente se cuentan los shanties (salomas) de la marinería, los hollers (gritos de campo) de los esclavos negros y las endechas de los trabajadores del ferrocarril y los presidiaros condenados a trabajos forzados, unas expresiones que además son precursoras del blues. Estos cantos coordinaban las labores y aumentaban la productividad, pero al mismo tiempo cohesionaban y unían a los trabajadores, quienes muchas veces plasmaban en sus versos sus antipatías hacia los capitanes de los buques o los capataces de la cuadrilla («Un barco yanqui bajaba por el río/¿Y quién crees que lo comandaba?/Un oficial yanqui y un desabrido capitán/¿Y qué crees que daban de comer?/Cola de papagayo e hígado de mono», dice la saloma Shallow Brown). Los shanties de los marineros anglo-americanos, con sus patrones de llamada y respuesta, tienen una clara influencia afro-americana. Los marinantes en general, como obreros itinerantes, jugaron a lo largo de la historia un papel fundamental en la transmisión y fusión de distintas culturas. Hasta la llegada del ferrocarril a los Estados Unidos, las comunicaciones y el comercio de esta nación dependían de los obreros de la mar. El Caribe fue durante siglos un cruce de caminos frecuentado por esclavos africanos y trabajadores españoles, británicos, franceses e indios, entre muchos otros. Marineros, barqueros, leñadores, esclavos y aparceros ponían en circulación su música y sus canciones, y luego estos ritmos y versos recorrían el Mississippi, el Caribe y el Atlántico. A comienzos del siglo XIX, el corsario Jean Lafitte tenía su propio reino en las marismas de las afueras de Nueva Orleans (llamado Barataria, pues vendía barato el botín de sus saqueos), y su propio ejército de bandidos de todas las naciones. No es extraño que esta ciudad policultural terminara convirtiéndose en la cuna del jazz.

Aunque no todas las labores tenían su canto de trabajo, había muchas profesiones que disponían de todo un repertorio de canciones para momentos de ocio. En ellas los trabajadores reflejaban entre otras cosas sus condiciones laborales o los cambios que se estaban produciendo en el gremio («Os diré claramente dónde están las mujeres/Las mujeres han ido a tejer a máquina/Y si quieres toparte con ellas tienes que levantarte temprano/Y hacer una larga caminata hasta la fábrica por la mañana», explicaba The Weaver and the Factory Maid). Los marineros, los tejedores, los leñadores, los mineros y los trabajadores del campo fueron especialmente aficionados a esta clase de cante. En ocasiones, recurriendo a metáforas relacionadas con el trabajo y las herramientas, componían canciones eróticas.

La canción folk tampoco dejaba de lado los trabajos y las condiciones de vida de las mujeres. Buenos ejemplos son A Woman’s Work is Never Done o The Ladies’ Case («¡Qué duro es el destino del sexo femenino!/Siempre encadenadas, siempre encerradas/Atadas a sus padres hasta que las convierten en esposas/Y luego esclavas de su marido el resto de su vida»). También se conservan baladas sobre mujeres que se travestían para desempeñar oficios masculinos, como hicieron entre otras las conocidas piratas Mary Read y Anne Bonny.

La canción protesta no surge en los años 50. Se conoce una copla de este tipo compuesta por los esclavos del antiguo Egipto («¿Tenemos que pasarnos todo el día acarreando cebada y farro?») y hay quien piensa que The Cutty Wren se remonta a la revuelta de campesinos ingleses de 1351 y que Die Gedanken sind frei proviene de las Guerras Campesinas de 1524-26 en Alemania. Durante el periodo de transición del feudalismo al capitalismo, a medida que se aceleraba el proceso de acumulación primitiva de capital y que los pequeños productores eran despojados de sus medios de vida independiente y obligados a buscar trabajo como asalariados, tanto la forma como el contenido de la canción folk se fueron modificando. El fugitivo, el asaltante de caminos, el cazador furtivo, el deportado a las plantaciones de América, el reo condenado a la horca, el soldado desertor y el marinero reclutado a la fuerza en la armada son personajes recurrentes en las canciones de esta época. «La primera, la más grosera, la más horrible forma de rebelión [de los obreros] fue el delito», comenta Engels. Las formas más primitivas de rebelión contra el capitalismo también tuvieron, pues, su banda sonora. Testimonio de esta secular simpatía popular hacia ciertos criminales son las baladas de Robin Hood o de Jesse James.

Conforme avanzaba el proceso de formación de la clase obrera y sus formas de resistencia evolucionaban desde el delito, los disturbios y la destrucción de máquinas hasta el sindicalismo, la canción folk hacía lo propio. La gran cantidad de canciones de los tejedores y mineros ingleses del siglo XIX que se han conservado permiten observar este proceso de toma de conciencia colectiva, partiendo de tonadas como Poverty Knock («Cariño, llegamos tarde/El capataz está en la puerta/Vamos a perder dinero/ Se quedará con nuestro salario/Tendrán que fiarnos el pan») hasta llegar a las amenazas de The Blackleg Miner («Únete al sindicato mientras estés a tiempo/No esperes al día de tu muerte/Pues quizá ese día no esté lejos/¡Sucio minero rompehuelgas!»). Otros trabajadores, como por ejemplo los segadores (Triste invierno: «Nos matan a trabajar/Comiendo sólo pan duro/Cuando una gota que sudas/Vale lo menos mil duros») o los arrieros (El arriero y los ladrones: «¡Arre mulo! ¡Mala maña!/Que no llevamos dinero/Que el dinero lo tiene el amo/ Aunque nosotros lo sudemos») también reflejaban en sus cantos su toma de conciencia ante el trabajo y el mundo en el que vivían.

Como se ha visto, antes de que la industria de la música convirtiera la canción en mercancía y a los cantantes en artistas profesionales con derechos de propiedad, los trabajadores llevaban siglos desarrollando una cultura musical común y propia. Bien es cierto que la figura del músico profesional no surge con el capitalismo y que la canción folk no siempre fue compuesta por los propios trabajadores. Sin embargo eran ellos quienes la entonaban con unos determinados fines y quienes la transmitían y la transformaban mediante tradición oral, hasta que los medios de comunicación de masas cortocircuitaron todo este proceso, permitiendo que el artista profesional llevara a cabo en el terreno de la cultura algo parecido a lo que antes había hecho la burguesía en el terreno de la economía: saquear una propiedad común y someter al trabajador a esta propiedad recién usurpada. Los obreros dejaron de cantar sus propias canciones cuando otros empezaron a cantar por ellos. Paradójicamente, cuando la música se convirtió en un trabajo más, el trabajo empezó a desaparecer de las canciones y la canción empezó a desaparecer de los centros de trabajo, excepto en la forma de hilo musical. Empresas como Muzak comenzaron a estudiar de qué forma la música de fondo podía estimular la productividad y el consumo y reducir el absentismo laboral. Las canciones, ciertamente, siguen hoy formado parte de nuestras vidas, pero de una manera radicalmente distinta.

Durante la Edad de Oro del capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con la expansión de la sociedad de clases medias y sus posibilidades de promoción social, el trabajo colectivo de cuello azul que dejaba callos en las manos empezó a considerarse como algo degradante y a evitar. La lucha colectiva por la defensa de los intereses del trabajo y el refus de parvenir (rechazo del medro) de los sindicalistas revolucionarios franceses se transformaron en una lucha individual por ascender en la escala social mediante un trabajo acorde con los gustos personales. Siguiendo el eslogan de Auschwitz («El trabajo te libera»), el mantra de la nueva cultura dominante de masas decía «el trabajo te realiza». Y el músico profesional estaba (y aún está) atrapado en este espíritu de los tiempos.

El artista trata de huir de la monotonía y la alienación del trabajo, sueña con convertirse en músico profesional y reclama para sí los derechos sobre su «creación», pues los artistas, dice la cultura dominante, son «creadores». Pero en realidad el artista no crea absolutamente nada. Su bagaje musical procede de un una cultura ajena, popular y obrera, del blues de los esclavos de la cuenca del Mississippi y del hillbilly de los campesinos de los montes Apalaches, cuya mezcla dio lugar al rock’n’roll y posteriormente, al combinarse con las tradiciones musicales de distintos pueblos, a toda clase de estilos y géneros. Ni siquiera las canciones que compone el artista pueden considerarse como propiedad suya, pues responden a todo un conjunto de influencias culturales y condicionamientos sociales que, aunque se catalicen a través de un individuo concreto, son producto social y colectivo, como toda mercancía. El trabajador es de hecho quien crea, no ya la cultura, sino la riqueza que permite que el músico se dedique a su profesión.

La canción folk del trabajador musicante representa la antítesis de la obra del músico profesional. Es anónima, gratuita, colectiva y no tiene el carácter de mercancía que se consume. No fomenta el lucro personal, sino la solidaridad y los lazos comunitarios. Y en este sentido no cabe hacer distinciones entre músicos profesionales según su origen social, el mensaje de sus canciones, su compromiso político o sus ingresos.

Entre el trabajador musicante y el músico profesional se sitúa la figura del músico semi-profesional, un estado efímero que normalmente desemboca en uno de los dos anteriores, pero que ha dado músicos y artistas de la talla de Arnold Schultz, Leadbelly, Mississippi John Hurt, Elisabeth Cotten, Jimmie Rodgers o Roscoe Holcomb. Hoy cada vez son más los músicos que se ven obligados a buscarse otro trabajo para complementar sus ingresos y poder sobrevivir. Esta situación, que para el artista representa una desgracia, sienta las bases para el posible resurgimiento de la canción obrera.

En fin, quien se sube a un escenario no sólo entretiene a delincuentes en potencia, como decía Sting. Su papel en el terreno de la cultura es semejante al del parlamentario burgués en la política o al del representante del sindicato amarillo y subvencionado por la patronal en los centros de trabajo. Cada uno en su esfera ejerce la misma función: obstaculizar la autonomía (cultural, política o sindical) de los trabajadores.

Hoy, en occidente, las consecuencias de la crisis capitalista están arrojando a millones de trabajadores a unas condiciones de miseria y desamparo que muchos comparan con las que existían en el siglo XIX. En aquella época los empresarios y políticos burgueses contaban con la policía y el ejército, pero no con el músico profesional ni con el delegado sindical a sueldo. La formación de la clase obrera fue un proceso que se desarrolló a través de la lucha (y el canto), pero este proceso no sólo partía de unas determinadas condiciones materiales, sino también de unas concretas bases culturales: la cultura folk o popular de la era pre-industrial. En las presentes circunstancias, ¿seremos capaces los trabajadores de repetir la historia y hacer oír nuestra voz por encima de la del artista, el político y el sindicalista profesional? Eso es otro cantar.

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (el caso inglés: Las trade-unions o el proletariado como simple vendedor de mercancías)

Publicado originalmente en la web Gedar.

Este artículo se tratará de centrar en el mismo periodo histórico que el anterior, el capitalismo en fase de crecimiento y desarrollo. Nos fijaremos en el siglo XIX,  especialmente en la segunda mitad, y concretamente en el caso de Gran Bretaña, debido a que muestra una serie de características de gran importancia política que se harían presentes en el sindicalismo en un momento posterior. Tal como vimos, la desposesión violenta generalizada que da lugar al surgimiento del proletariado también contribuye a reunirlo en fábricas y talleres, facilitando en cierta manera que se asociara entre sí de distintas maneras [1]. Estas diversas formas organizativas coinciden en el tiempo, por lo  que no se puede trazar una línea temporal clara que separe el desarrollo de unas y otras. Así, un gremio de artesanos en un lugar puede coincidir con un sindicato de proletarios no cualificados en otro, mostrando planteamientos de lucha sindical muy diversos o incluso directamente opuestos. Esto se debe principalmente a que el desarrollo de la conciencia y organización de clase, así como del propio capitalismo, no es lineal, sino que presenta estados de desarrollo distintos de manera simultánea. En resumen, debemos entender que no sería correcto hablar de un tipo de sindicalismo en este momento histórico, sino de muchos de ellos.

En el caso de Gran Bretaña se dan una serie de circunstancias que permiten un desarrollo industrial superior al resto de Europa: la industria crece espectacularmente gracias a la expansión internacional de los mercados disponibles en las colonias, permitiendo además que se posicione como monopolio industrial. Además, surge de aquí un estrato mejor situado dentro del proletariado: la aristocracia obrera, que sienta un precedente de lo que luego ocurrirá en el resto de Europa en cuanto al cambio de formas que toma la lucha sindical, por un lado, y de la concepción de la lucha política que  tienen, por el otro. Por lo que nos toca, en este artículo entraremos a analizar más  detenidamente el fenómeno del tradeunionismo [2] como ejemplo concreto de estos planteamientos.

En el artículo anterior hablábamos de un capitalismo creciente, en expansión, y un estado que apenas intervenía en la economía, pero aplicaba gran violencia a toda asociación obrera, persiguiéndola con dureza. En Inglaterra las Combination Acts de 1799 y 1800 prohíben explícitamente la organización de trabajadores y no son derogadas hasta 1824. Lo mismo ocurre en otros países como Francia, con la Ley Chapelier (1789) que prohíben asociaciones y corporaciones gremiales a la vez que establece que «Toda persona será libre de ejercer cualquier negocio, profesión, arte u oficio que estime conveniente«[3]. En consecuencia, la lucha política del proletariado se dirige sobre todo a la libertad de asociación [4].

El caso de Gran Bretaña tiene gran importancia también en tanto que, con la derogación de las prohibiciones de asociación se comienza a pensar en la acción política más allá de las libertades de coalición. Entre 1836 y 1848 surge el cartismo. Este movimiento defiende en un primer momento que el proletariado, en caso de alcanzar el poder político, podría adecuar las leyes a sus intereses, lo cual se debe a una visión muy neutral del carácter del estado burgués, como árbitro del conflicto entre clases. A pesar del fracaso del movimiento al no conseguir sus objetivos propuestos y de sus limitaciones internas, supone un salto cualitativo en tanto que llega a trascender de las simples mejoras laborales y el proletariado toma contacto con la acción política con una visión más global. No sería correcto caracterizarlo como movimiento puramente reformista; en primer lugar, porque el movimiento cartista se dividiría en un ala moderada (W. Lovett y  Robert Owen), de pretensiones más económicas y otra radical (Bronterre  O’Brien y  Feargus O’Connor ) con miras puestas en la revolución social, y en segundo lugar porque no existe el reformismo [5] como tal en este momento histórico. En todo caso podríamos hablar de negar o afirmar la necesidad de la revolución social.

Aunque hacia 1824 las organizaciones proletarias ya no son clandestinas, la burguesía aún las ve con malos ojos. Esto cambia gradualmente cuando las crisis periódicas, frecuentes y violentas, causantes de una economía inestable, dan paso a un periodo de estabilidad más prolongado a partir de 1856. La estabilidad de la economía británica viene de la mano de un cambio de actitud [6] de la burguesía (y por extensión del estado), hacia el proletariado: de perseguir toda expresión de organización independiente a tolerarla como objeto de negociación, acuerdos y concesiones (que facilitan a la vez el enorme crecimiento de ganancias). La huelga no siempre es mal vista, llegando incluso a utilizarse como instrumento de competencia entre empresas cuando los señores industriales las suscitan en las empresas rivales. En 1860, según recoge Rosa Luxemburg [7], un empresario llega a declarar que las huelgas “son a la vez un medio de acción y el resultado inevitable de las negociaciones comerciales para la compra de trabajo”. Esta frase resulta esencial para comprender las limitaciones del movimiento tradeunionista, como veremos a continuación, ya que resume el espíritu de éste.

El tradeunionismo, la asociación obrera por oficios, se presenta a sí mismo como pragmático y prudente [8], llegando a creer que si se desprende del lastre de la influencia creciente del socialismo, podrá subir los salarios y bajar la jornada laboral hasta poder adquirir la propiedad completa de los productos de su trabajo. Este apoliticismo respecto a las ideas de revolución social viene de la mano de una participación en el parlamento para conseguir mejoras, llegando a tejer una verdadera red de influencias sobre distintos grupos políticos burgueses, más o menos progresistas. El proletariado así organizado pone su mirada exclusivamente en las reivindicaciones cotidianas, y a pesar del anterior intento de Owen de unificar la acción sindical en la Grand Trade Union, se dispersa en sindicatos independientes entre sí, cada uno operando por su cuenta de manera localista. Es un movimiento obrero particularizado, a diferencia de Alemania o Francia, situado completamente (política y económicamente) en el campo de juego de la sociedad burguesa. Ahora veremos por qué.

Sus métodos de presión, tanto en lucha contra la patronal, como en el parlamento llegan a basarse en un sistema de arbitraje [9], en el marco legal, un marco común. En otras palabras, la leyes -el estado- están por encima del conflicto entre clases. Esta  subjetividad, esta forma de pensar influida por la comprensión burguesa de las cosas, deriva en que el conflicto de clases se ve desplazado, en vez de ello, al conflicto entre  compradores y vendedores de mercancías, aceptando con ello que lo que regula los salarios son las leyes de la economía burguesa de oferta y demanda (y no la presión de la del proletariado organizado, entre otros factores). Por ello concluyen que tienen que limitar la oferta de trabajo: lucharán por reducir las horas extras, pero también por reducir el número de aprendices o limitar la inmigración, entre otras medidas. En resumen, luchan por limitar quién accede al trabajo por medios corporativistas, propios de los gremios de artesanos. Así, las trade-unions se convierten en mayoristas de la fuerza de trabajo y en vez de romper la competencia entre proletarios la acrecientan, rompiendo con ello la solidaridad obrera. Además -y esto es muy importante por la  semejanza con la situación hoy en día- su corporativismo pone en oposición a los sindicados con la masa no sindicada.

En su supuesto pragmatismo, su sindicalismo “puro” desprecia o limita al máximo el componente socialista, cualquier perspectiva global de clase, de manera que también aumenta la influencia de la ideología burguesa al no oponerse a ella de manera independiente, de hecho incluso llegando a aliarse con los patrones (por ejemplo la Alianza de Birmingham de 1890). Ya no son una escuela de solidaridad de clase que pueden aspirar a apuntar más allá de las categorías de la economía burguesa porque entienden su lucha dentro de éstas. Centrados exclusivamente en las preocupaciones materiales (que buscan solucionar por medios sindicales o parlamentarios), impulsan intereses particularistas, de carácter localista, que van en perjuicio de los intereses generales. Hemos visto como el presunto pragmatismo ha llevado a una perspectiva limitada del conflicto de clases, corta de miras; no solo se impusieron el egoísmo localista, especialmente entre obreros cualificados, en detrimento de acumular fuerzas como organización de clase, sino que las trade-unions llegaron a repudiar la necesidad de socialismo al caer en la concepción burguesa de la economía, limitando al proletariado a ser un mero intercambiador de mercancías, renegando de la comprensión de que lo único que tiene para vender es su fuerza de trabajo, esto es, negándole así el conocimiento de su condición de desposesión. Sin comprender esto no tiene manera de solucionar sus problemas. No es que el proletariado tenga que renunciar a defender los intereses inmediatos del proletariado, sino que limitarse a ello es una mera solución temporal, debido a que el sistema capitalista se reestructura constantemente, con consecuencias negativas para estas mejoras.

Quizá en la fase de capitalismo ascendente esto fuera menos obvio, por su mayor estabilidad, siendo por ello posible conseguir mejoras más duraderas. En parte, esto explicaría el supuesto pragmatismo y la creencia de la posibilidad de limitarse al marco capitalista de ciertas expresiones proletarias de ese momento histórico. Pero en nuestro momento, una fase de decadencia y crisis continua, queda claro que el capitalismo no es capaz de satisfacer nuestras necesidades. Además, no hay revolución posible sin lucha  política, en el sentido de que la lucha tome un carácter global, general, como conjunto  social de clase contra clase.

El conflicto de clases no es un conflicto entre compradores y vendedores de mercancías: es entre poseedores y desposeídos, entre los cuales no hay intereses en común. Por eso no se puede renunciar a la lucha política limitándonos a la económica, porque debemos alcanzar a entender -y enfrentar- la dominación capitalista de manera global, a escala social. Si además la lucha por nuestras condiciones inmediatas se lleva desde intereses particularistas, localistas y corporativistas, de ser una posible escuela de organización y unidad de acción, pasará a fomentar la división, tal como podemos ver a menudo a día de hoy, entre la masa no sindicada y los proletarios que sí lo están. Incluso a día de hoy, el supuesto pragmatismo miope impide la comprensión global de la dominación del  capitalismo, y por tanto de enfrentarlo de manera efectiva.

Para terminar, me gustaría recuperar al respecto una cita de “Salario, precio y ganancia” en la que Marx hace una apreciación acerca de esta pretensión de separar la lucha  sindical del componente político: “Los sindicatos trabajan bien como centros de  resistencia contra los ataques del capital; pero demuestran ser en parte ineficientes a consecuencia del uso mal comprendido de su fuerza. En general yerran su camino porque se limitan a una guerra de guerrillas contra los efectos del sistema existente, en vez de laborar al mismo tiempo para su transformación, usando de su fuerza organizada como palanca para la liberación definitiva de la clase obrera, es decir, para la abolición definitiva del sistema del salario.”


[1] Al respecto consultar artículo anterior: Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado – el capitalismo ascendente, donde se habla de diversas formas organizativas de este periodo.

[2] Trade-union, del inglés: sindicatos de oficio. La etimología es curiosa en tanto que refleja la manera de interpretar la situación del proletariado como simple  intercambiador de mercancías, ya que ‘trade’ se puede traducir como “la actividad de vender, comprar o intercambiar bienes (nota del redactor: mercancías), o servicios entre personas, empresas o países” (Collins English Dictionary).

[3] Al respecto consultar el artículo anterior (Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado – el capitalismo ascendente.) acerca de las consideraciones de ‘igualdad’ para vender mercancías.

[4] Aún a día de hoy se criminalizan las luchas obreras por sus condiciones inmediatas: en China los sindicatos de clase a menudo tienen que ser clandestinos, aunque haya otros legales, forzando una separación entre lucha proletaria aceptable y no aceptable. Se puede ver también un peligroso precedente en las sentencias recientes con petición de coacción contra la CNT Gijón, o las peticiones de cárcel a LAB en Euskal Herria. Sientan un precedente político en tanto que son una muestra de fuerza jurídica de clase contra clase.

[5] Aquí identificado como el movimiento de finales del s. XIX y principios del XX con referentes como Eduard Bernstein. Sus postulados negaban la necesidad de la revolución para que el proletariado accediera al poder, y en vez de ello proponían una acumulación de reformas, desde una vía parlamentarista. Que el cartismo o el tradeunionismo no sean reformistas en el sentido estricto de la palabra no quita que todas estas tendencias y concepciones sean el germen del propio reformismo. De hecho Bernstein toma inspiración del tradeunionismo, que considera prágmático.

[6] “Los sindicatos, considerados hasta hacía poco obra del diablo, eran mimados y protegidos por los industriales como instituciones perfectamente legítimas y como medio eficaz para difundir entre los obreros sanas doctrinas económicas. Incluso se llegó a la conclusión de que las huelgas, reprimidas hasta 1848, podía ser en ciertas ocasiones muy útiles, sobre todo cuando eran provocadas por los señores fabricantes en el momento que ellos consideraban oportuno” (Engels, prefacio a la 2a edición alemana de La situación de la clase obrera en Inglaterra).

[7] Rosa Luxemburg “Las gafas Inglesas”, LeizpigerVolkszeitung, 9 de mayo de 1899.

[8] “El empresario razonable y el obrero sindicado no menos razonable, el capitalista educado y el obrero educado, el burgués de gran corazón, amigo de los obreros y el proletario con mezquino espíritu estrechamente burgués, se condicionan mutuamente, no son más que corolarios (fenómenos complementarios) de una sola y misma relación, cuya base común venía dada por la situación económica de Inglaterra a partir de mediados del siglo XIX: por la estabilidad y el dominio indiscutible de la industria inglesa en el mercado mundial” (Ídem).

[9] En el 1845 la conferencia general de sindicatos proclama “un nuevo método de acción sindical, la política de arbitrajes y de sentencias arbitrales”.

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (el capitalismo ascendente)

Publicado originalmente en la web Gedar.

Todas las formas de organización de clase responden a su contexto. Dependen por tanto del grado de desarrollo del capital, de la fase en la que se encuentre, de las relaciones de fuerza entre Capital y Trabajo, y también, por supuesto, del factor cultural [1], y por eso en la siguiente serie de artículos abordaremos las distintas formas que ha tomado el  movimiento obrero para hacer frente a sus necesidades inmediatas.

Haremos un paralelismo entre distintos momentos históricos y la actualidad, analizando diversas claves tácticas, y su posible aplicabilidad en la coyuntura actual. En el primer artículo de la serie hablaremos de la organización defensiva en el contexto del capitalismo ascendente, cuando desarrolla increíblemente las fuerzas productivas, llegando a ser determinante a escala mundial y sentando las bases necesarias para crear una nueva clase que antes no existía: el proletariado, así como multitud de maneras de enfrentar el capitalismo, con planteamientos válidos para hoy en día y otros que también tienen una continuidad con el presente, pero errados en su fundamento. En las siguientes entregas trataremos también la integración de los sindicatos en el aparato estatal, el estado del bienestar y los cambios en la organización del trabajo asalariado a finales del siglo anterior y en la actualidad con las consecuencias que conlleva.

Al principio la explotación capitalista toma una forma tan brutal, es tan cruda, que llega a poner en peligro incluso la supervivencia biológica del proletariado, que vive en unas condiciones de miseria absoluta. Aunque ahora no estemos en el mismo punto, ya que la dominación capitalista ha evolucionado -también, pero no solo- hacia formas más sutiles y refinadas, sigue habiendo conflictos cada cierto tiempo, a veces llegando a ser  verdaderos estallidos de rabia proletaria. Por esto decimos, que las condiciones de explotación del capitalismo llevan a una clara contradicción: empujan al proletariado a afirmarse en la lucha, a reconocer que tiene intereses propios, y sobre todo, separados del Capital, ya que en última instancia son irreconciliables.

Sin embargo, también esas mismas condiciones crean un estado de competencia, atomización, alienación, pasividad y facilitan la asimilación de la ideología dominante, poniendo trabas a que surja el conflicto y alcance cierta magnitud. Por ello, lo primero que busca la organización de clase, intuitivamente, aprendiendo a base de derrotas, es romper la competencia que mantiene la burguesía entre el proletariado, enfrentándolo entre sí a través de la ideología dominante y mediante las propias divisiones que impone el proceso productivo. Por ejemplo, entre categorías dentro del trabajo -hoy en día entre fijos, discontinuos…-, o como cuando se incorpora mano de obra nueva al mercado laboral (sea de otro lugar geográfico o incluso de una edad más joven), que está “dispuesta” (mejor dicho, empujada) a vender su fuerza de trabajo por un precio menor. Esta competencia es el primer obstáculo a la toma de conciencia unitaria y por ello sigue siendo esencial romperla hoy en día. Las contradicciones se vuelven más agudas, pero el capitalismo, que ahora opera a escala social, afectando a todos los aspectos de la vida, desarrolla mecanismos para paliar los efectos de éstas y mantener su propia estabilidad, como veremos más adelante.

Un punto importante en relación al momento histórico del que se ocupa este artículo es la mutación que ha sufrido el Capital. En un primer momento, su dominación tiene una forma brutal y explícita, se extiende y obliga -expropiación mediante- a participar de sus relaciones a una capa cada vez más grande de la población, es decir, que se ve  proletarizada. Esta nueva clase, desposeída de sus únicos medios de subsistencia de manera violenta, presenta una diferencia respecto a otras clases (esclavos o siervos) en momentos históricos anteriores en tanto que ahora es libre e igual a otras clases ante la ley. Es libre de acceder al intercambio generalizado, pero solo tiene una mercancía que ofrecer: su fuerza de trabajo, o en otras palabras, la capacidad de realizar un trabajo [2]. El proletariado se ve forzado a competir entre sí para acceder a unos medios de supervivencia que ya no tiene a cambio de un salario, aunque en apariencia es libre de no hacerlo, como si fuera una decisión voluntaria. El trabajo ahora forma parte de la relación capitalista, que lo ha absorbido y así toma la forma de trabajo asalariado, la forma burguesa de organización del trabajo. Este proceso no es inmediato, es lento y gradual y se da por medio de violencia (jurídica o física) y asimilación ideológica con instituciones específicas para ello (policía, religión, etc.).  Pero para lo que nos ocupa ahora, debemos fijarnos en un aspecto: en esta faceta de la dominación la plusvalía se acrecienta reduciendo los salarios y aumentando la jornada laboral, es decir es una plusvalía absoluta.

Las primeras asociaciones obreras son las sociedades de apoyo mutuo o sociedades de resistencia, que disponían de cajas comunes para sufragar gastos por enfermedad, accidentes o muerte, o mantener a sus miembros durante las huelgas. Al ser ilegalizadas y perseguidas, su acción política consiste en reclamar libertad de asociación y su acción inmediata se desplegará sobre esos dos aspectos: jornada y salario. Descubren intuitivamente que la fuerza está en su número, en la organización colectiva ante la indefensión individual. Van luchando y aprendiendo en base a numerosas derrotas y alguna victoria y así es como se dan también los primeros pasos de acumulación de experiencia en la lucha, con consciencia de independencia de intereses como clase respecto a la burguesía. Posteriormente, entre el siglo XVIII y XIX, surgen los sindicatos,
al principio de oficio y posteriormente agrupando a varios de éstos (sindicatos de industria) [3]. Resultan efectivos para ese momento, responden las necesidades del proletariado porque es capaz de luchar en contra de la tendencia creciente de ganancia capitalista, luchando por aumentar el salario y acortar la jornada, enfrentando la plusvalía absoluta, por lo que no se limitan a resistir las ofensivas capitalistas, sino que buscan activamente una mejora de sus condiciones inmediatas.

Durante el capitalismo en fase de ascenso, se desarrollan increíblemente las fuerzas productivas. En vez de limitarse a aumentar la jornada, la burguesía [4] reinvierte lo que ha acumulado para aumenta la productividad de cada hora que trabajamos gracias al desarrollo tecnológico, la cuantificación, instrumentalización, maquinización y mercantilización progresiva de toda la sociedad, entre muchos otros factores de racionalización de la organización del trabajo. Por la misma razón, producir lo necesario para asegurar que podamos volver al proceso de trabajo al día siguiente resulta mucho menos costoso, y en conjunto esto hace que crezca la separación entre el proletariado y la riqueza que produce [5]. La consecuencia es que los sindicatos pierden efectividad, al ser incapaces de enfrentar al proceso de extracción de plusvalor en toda su complejidad, que ha implementado las formas viejas de extracción con la optimización de las nuevas. Esta limitación sigue presente y es por ello que el economicismo, la tendencia situar la lucha contra el Capital exclusivamente en el trabajo asalariado, no es solo un error de interpretación sino que también por ello es inoperante más allá del medio plazo: puede arrancar una subida de salario puntual o una disminución de la jornada, pero la tasa de ganancia capitalista subirá por otros medios.

En cierto sentido, la organización sindical para la defensa del precio de la fuerza de trabajo de la que hablábamos, guarda cierta similitud con aspectos particulares del gremialismo de los artesanos organizados [6] antes de la proletarización generalizada, en tanto que se asocian para defender el precio de sus mercancías, salvo que la posición desde la que se hace es diametralmente distinta: donde el gremio disponía de sus medios para ganarse la vida, así como un gran control sobre la los procesos de trabajo, ahora, el proletario, desnudo ante el mundo, desposeído, defiende lo único que tiene: la mercancía-trabajo (su capacidad de trabajo predispuesta para la venta a tercero) [7]. La mercancía es, en cierta manera, uno mismo y la economía está fuera de su control. Hoy en día persisten restos de algunas facetas del gremialismo, visibles en las luchas corporativistas de sectores de la aristocracia obrera, por ejemplo sindicatos de oficio de médicos, funcionarios, etc. Pero no sólo. Curiosamente, esto resurge también en sectores de gran precariedad: por ejemplo en el estado español, en el caso de sindicatos de oficio, como las Kellys (limpiadoras de habitaciones en hoteles), trabajadora domésticas o las recientes luchas de riders [8] con Deliveroo (que ocurren en diversos países europeos), por nombrar dos casos mediáticos. Por ello, en cierta manera, se puede decir que asistimos a los principios de la organización obrera, volviendo a aparecer viejas fórmulas, por una cuestión de necesidad de defenderse antes las ofensivas capitalistas: el sindicato de oficio y la cooperativa. Ambos ejemplos además ilustran cómo, a pesar de su legitimidad, no suponen un avance en la experiencia de lucha respecto a lo ya descubierto. Son también fruto de las condiciones de un proletariado disgregado, incluso físicamente, que apenas coincide en el mismo centro de trabajo, en unos sectores donde no hay sindicatos. La relativa novedad del sector servicios en el centro imperialista contribuye a explicar en cierta manera su ausencia histórica, pero no es la única razón.

En concreto, la lucha de los riders en Barcelona desembocó en una huelga salvaje, ya que legalmente estaban considerados como autónomos y no como asalariados, aunque fueran en realidad trabajadores externalizados de la empresa. El desarrollo de la lucha acabaría llevando a la creación de una cooperativa de repartidores a domicilio de parte de ellos. En este sentido, hay un parecido con el proudhonismo, que proponía como forma de enfrentar el Capital la asociación de la clase obrera para superar la competencia interna en su seno, pero también para hacer competencia general a la clase capitalista.

De cualquier manera, mediante esta forma organizativa la clase obrera se sigue manteniendo como comunidad mercantil, sigue estando limitada al marco del intercambio de mercancías generalizado propio del capitalismo. De nuevo, al igual que con Proudhon, nos limitamos a buscar la solución en la esfera del intercambio; ésta no entiende de privilegios, ya que cualquiera puede vender lo que sea si otro está dispuesto a comprarlo; somos aparentemente iguales en oportunidades. Sin embargo, la relación entre muchas categorías del capitalismo se muestra de manera invertida, esto es, lo que parece ser de una manera a simple vista, en realidad oculta otro aspecto, que además en este caso es determinante porque que explica el origen de la desigualdad (y la imposibilidad de alcanzar la igualdad). La clave en realidad sigue estando en la producción, que determina la manera en la que accedemos a dicho intercambio. Si en un primer momento los riders querían (más bien necesitaban) vender su mercancía-fuerza de trabajo a alguien -Deliveroo- es porque no tienen nada más que intercambiar. Ya de partida, la relación de producción esencial del capitalismo, la relación Capital-Trabajo, define y determina la posición en la que cada parte de la relación accede a la esfera de la circulación. Por tanto la desigualdad estructural y la lucha de clases quedan encubiertas en la esfera de la circulación mercantil.

Otro ejemplo de actualidad, más lejano geográficamente, estaría en las fábricas recuperadas de Argentina. A menudo, por pura necesidad, los obreros se veían obligados a tomar el control de las fábricas. Pero algo falla. Cuando al fin el proletariado toma los medios de producción para sí mismo, se pone en evidencia cómo no se trata de un mero problema de quién sea el gestor, ya que el control de la producción que ejercen se sigue teniendo que circunscribir al marco capitalista de competencia. En vez de hacerlo de manera individual como asalariados que venden su fuerza de trabajo, lo hacen colectivamente y tienen más control sobre el proceso, pero los límites quedan claros. Por el contrario, y volviendo a un punto anterior, la importancia política de la lucha del proletariado está en afirmarse, en la unidad de acción, como un sujeto independiente a escala social en la confrontación: clase contra clase, y no como grupos -individuales- de productores, más o menos vinculados entre sí.

En resumen, aunque quedan muchos aspectos de este momento histórico que este artículo deja sin desarrollar (esperando poder hacerlo más tarde), como el de los debates acerca de la separación entre lucha económica y política entre posiciones marxistas y proudhonianas, de gran actualidad, hay varias claves que ya están presentes desde el principio de la lucha organizada del proletariado: la clase ha de organizarse colectivamente porque su fuerza está en la masa. Es la premisa para la posibilidad de la revolución socialista. Esta lucha, constituye una presión a la clase dominante y por ello, en su divergencia de intereses respecto a la burguesía tiene la posibilidad de conformar un movimiento político clasista, que no puede aspirar solamente a la gestión de la estructura del trabajo asalariado, en tanto que es la forma de organización del trabajo a semejanza de la burguesía. Además, la unidad de clase como premisa, por encima de las mil y una divisiones que reproduce el propio proletariado entre sí, ha de buscar romper la competencia existente y afirmarse en la unidad de acción. Ha de ser capaz también de contrarrestar la dominación de manera efectiva y defender la particularidad de los intereses inmediatos del proletariado, y para ello el mero ámbito laboral, aunque sea clave, no es un campo de batalla suficiente por sí mismo porque el enfrentamiento lo es a escala social. Es cierto que no hay que ver la lucha de manera lineal, sino que hay avances repentinos muy grandes, seguidos de retrocesos y ‘paz social’, pero la cuestión principal es relativa a si las formas que toma facilitan un crecimiento cualitativo en el plano organizativo bajo principios de independencia y unidad de clase.

Adam Radomski, 3 de junio 2019.


[1] Lo que está normalizado a escala social. En otras palabras, la ideología dominante.
[2] Que se materializa, precisamente, realizando un trabajo. La diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo es esencial a la hora de entender la dinámica de explotación, pero no nos vamos a meter en ello en esta sección.
[3] En el Capítulo I de Historia del sindicalismo, 1666-1920 (1920) Sydney y Beatrice Webb apuntan que: “El sindicato no surge de una institución particular, sino de cualquier  oportunidad de agruparse que encontraban los asalariados de una misma profesión. Más frecuentemente, es una huelga tumultuosa la que origina el nacimiento de una organización permanente.”
[4] Se debe entender estas dinámicas en clave de clases sociales, en su conjunto y no como una relación particular de personas individuales. Es la dinámica de la sociedad capitalista en su conjunto, en la que la burguesía ejerce su poder de dominación -cuyo fundamento descansa en la economía- la que es determinante, ya que como hemos dicho, el proletariado está en una situación de competencia entre sí, pero la burguesía también.
[5] Existe a día de hoy una tendencia que consiste en caracterizar al proletariado por su situación de pobreza, por lo que se dice que “ahora estamos mejor”. Sin embargo, aunque ya no vivamos bajo un mínimo de subsistencia (podemos, con más o menos esfuerzo, acceder a estudios, tenemos acceso a cierto nivel de consumo, etc.), la explotación ha crecido de manera inmensa respecto a tiempos anteriores, ya que tenemos infinitamente menos acceso a la riqueza que creamos en proporción.
[6] Sydney y Beatrice Webb (1920): “El gremio de artesanos era considerado como representante de los intereses, no de una única clase social, sino de los tres elementos distintos, y en algunos aspectos antagónicos, de la sociedad moderna: el entrepreneur capitalista, el trabajador manual y el consumidor en general.” El sindicato se encarga de una de las muchas funciones que hacía el gremio, por lo que no sería correcto considerarlo un proto-sindicato. En todo caso la similitud está en que “el propósito fundamental del sindicato es la protección del nivel de vida, es decir, la resistencia organizada a cualquier innovación que pueda tender a la degradación de los asalariados como clase.”
[7] Bajo unas condiciones que lo permiten: igualdad legal para participar en un mercado generalizado, con compradores dispuestos y, por fin, vendedores que llegan a él sin nada más que su propia existencia.
[8] El retorno a la tracción humana también es un tema que puede revelar aspectos interesantes en la configuración moderna de la estructura del trabajo asalariado, por ejemplo el carácter decadente del capitalismo en crisis, con una extracción de plusvalor insuficiente, y por ello obligado a buscarla en viejos ejemplos.

La huelga como último test estructural

Publicado originalmente el la revista Jacobin Magazine. La autora, Jane McAlevey, ha publicado hace unos años un interesante libro sobre la organización sindical y el movimiento obrero estadounidense, titulado No Shortcuts. Organizing for Power in the New Gilded Age.

Se ha escrito mucho en las pasadas dos décadas sobre cómo reconstruir la fuerza de la clase obrera. Se ha gastado mucha tinta y oxígeno en el debate acerca del modo en el que la clase obrera podría avanzar. Finalmente, en 2018, justo cuando la clase obrera y las organizaciones que ésta construye (los sindicatos) parecían exhalar su último suspiro, los trabajadores del sector de la educación de West Virginia cesaron el trabajo en una huelga que involucró al 100% de los trabajadores. Ganaron.

La huelga fue tan impresionante, tan dinámica, que de repente los trabajadores de otros estados empezaron a pensar que ellos también podían ir a la huelga, lo cual confirma nuestra idea de que los trabajadores aprenden a hacer huelga viendo cómo otros trabajadores la hacen y la ganan. Desde luego, parte de los motivos que han llevado a las empresas a dedicar tantos esfuerzos para aniquilar los anteriores periodos de intensas huelgas es precisamente que la clase patronal sabe perfectamente que el hecho de que cunda el ejemplo es una amenaza.Continue Reading

Organización defensiva de las condiciones de vida del proletariado (introducción)

Publicado originalmente en la web Gedar.

Esta sección de Ikuspuntua se titulará ‘Sindikalgintza’. Dado que este artículo funciona a modo de introducción, hablaré de las intenciones de dicha sección y también haré una contextualización breve. A día de hoy la cuestión se reduce mayoritariamente al ámbito laboral, y por ello será sobre lo que más me extienda en un inicio, aunque el objetivo será también otorgar una mayor importancia a las condiciones de vida del proletariado y, en definitiva, hablar sobre las luchas defensivas de éste.

A modo de presentación personal y para entender mis inquietudes y motivaciones, estoy involucrado en las luchas de resistencia de la clase obrera. Por eso, escribir en un medio como Gedar sobre ello me obliga a aclarar mis ideas, para que sean comprensibles al resto, pero también disciplinar el estudio que hago de la cuestión. Parto de que el momento de reflexión es un momento para repensar la acción y por eso mi intención no es de separarme de lo que analizo sino tratar de influir en ello y transformarlo.Continue Reading

Marx y los sindicatos (y IX): Los pseudomarxistas y los críticos de Marx

9. Los pseudomarxistas y los críticos de Marx

«¿Qué es lo que distingue esencialmente al marxismo de todas las demás teorías pre-marxistas y pseudo-marxistas? ¿Cuál es la línea divisoria principal entre el marxismo y el pseudo-marxismo? Esta línea de demarcación, esta diferencia, fue definida por Lenin en su célebre trabajo El Estado y la Revolución, donde declara:

“Es marxista únicamente el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al de la dictadura del proletariado. En esto consiste la profunda diferencia entre el marxista y el pequeño burgués (y el grande) adocenado. Esta es la piedra de toque para comprobar si la concepción y el reconocimiento del marxismo son realmente efectivos”.Continue Reading

Marx y los sindicatos (VIII): Marx y el movimiento huelguístico

8. Marx y el movimiento huelguístico

Luchando contra la subestimación y la sobreestimación de la lucha económica y de los sindicatos, Marx y Engels atribuyeron mucha importancia a las huelgas y a la lucha económica del proletariado. Tanto Marx como Engels juzgaban las huelgas como un arma potente en la lucha por los objetivos inmediatos y finales de la clase obrera. La transformación de los obreros dispersos en una clase, que se realiza en el curso de una áspera lucha, está expuesta de una manera clásica en el Manifiesto Comunista, vivo e inalterable documento del comunismo mundial. El Manifiesto Comunista pinta con vivos colores el nacimiento de la burguesía y de su sepulturero, la clase de los obreros modernos que no viven más que a condición de encontrar trabajo y que no lo encuentran más que sí su trabajo aumenta el capital.

He aquí lo que encontramos en el Manifiesto Comunista respecto a las vías «de la organización del proletariado en clase»:

«El proletariado pasa por diferentes etapas de evolución, pero su lucha contra la burguesía comenzó así que nació.Continue Reading