Lenin y la “aristocracia obrera”

Lenin and the “Aristocracy of Labor”, Eric Hobsbawm (Monthly Review Vol.21 nº 11, abril 1970).

Este breve ensayo es una contribución a la discusión acerca del pensamiento de Lenin, en el centenario de su nacimiento. Se trata de un tema que un marxista británico puede tratar de manera bastante adecuada, dado que el concepto de la “aristocracia obrera” Lenin lo extrajo claramente de la historia del capitalismo británico del siglo XIX. Sus referencias concretas a la “aristocracia del trabajo” como un estrato de la clase obrera parecen derivarse exclusivamente del caso británico (aunque en sus notas sobre el imperialismo también señala un fenómeno similar en las zonas “blancas” del Imperio británico). El término en sí mismo deriva casi seguro del pasaje de Engels escrito en 1885, incluido en su introducción a la edición de 1892 de La situación de la clase obrera en Inglaterra en 1844, en el que dice que los grandes sindicatos ingleses forman “una aristocracia entre la clase obrera”.

La frase se pude atribuir a Engels, pero el concepto era bastante familiar en el debate político-social de la Inglaterra de aquella época, particularmente en la década de 1880. Era algo generalmente aceptado que la clase obrera británica de este periodo incluía un estrato favorecido (una minoría numéricamente amplia) al que se solía identificar con los “artesanos” (esto es, los trabajadores y hombres de oficio cualificados), y más especialmente con aquellos organizados en sindicatos u otras organizaciones obreras. Es en este sentido que los observadores extranjeros también empleaban el término, por ejemplo Schulze-Gaevernitz, al que Lenin cita con aprobación en este punto en su conocido octavo capítulo de Imperialismo. Esta acostumbrada identificación no era completamente acertada, pero, al igual que el empleo del concepto de un estrato superior de la clase obrera, reflejaba una evidente realidad social. Ni Marx ni Engels ni Lenin inventaron la aristocracia obrera. Su existencia era ya bastante evidente en la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XIX. Es más, si existía en algún sitio más, era claramente mucho menos visible y significativa. Lenin asumía que hasta el periodo imperialista, no existió en ningún sitio más.

La novedad del argumento de Engels es otra. Él afirmaba que la existencia de esta aristocracia obrera era posible gracias al monopolio industrial de Gran Bretaña, y que por lo tanto desaparecería o se vería arrastrada a unas condiciones más cercanas a las del resto del proletariado con el final de este monopolio. Lenin sigue a Engels en este punto, y de hecho en los años inmediatamente precedentes a 1914, cuando el movimiento obrero británico se estaba radicalizando, tendió a poner más énfasis en la segunda parte del argumento de Engels, por ejemplo, en sus artículos “Debates ingleses sobre una política obrera liberal” (1912), “El movimiento obrero británico” (1912) y “Los lamentables resultados del oportunismo en Inglaterra” (1913). Sin dudar por un momento que la aristocracia obrera era la base del oportunismo y del “laborismo-liberal” del movimiento británico, Lenin de momento parece que no destaca las implicaciones internacionales de su argumento. Por ejemplo, parece que no lo empleó en sus análisis sobre las raíces sociales del revisionismo (véase “Marxismo y revisionismo”, 1908, y “Diferencias en el movimiento obrero europeo”, 1910). Aquí argumentaba más bien que el revisionismo, como el anarcosindicalismo, se debía a la constante creación en los márgenes del desarrollo capitalista de ciertos estratos intermedios –pequeños talleres, trabajadores domésticos, etc.–, que a su vez se ven constantemente empujados a las filas del proletariado, por lo que las tendencias pequeño burguesas se infiltran inevitablemente en los partidos proletarios.

La línea de pensamiento que él extraía del reconocimiento de la aristocracia obrera era algo diferente en esta época; y hay que señalar que la mantuvo, al menos en parte, hasta el final de su vida política. Aquí quizá es importante observar que Lenin extrajo su conocimiento del fenómeno no sólo de los libros de Marx y Engels, quienes hicieron frecuentes comentarios sobre el movimiento obrero británico, así como de los marxistas que conocía en Inglaterra (que visitó seis veces entre 1902 y 1911), sino también del trabajo más completo y relevante acerca de los sindicatos “aristocráticos” del siglo XIX, Democracia industrial, de Sidney y Beatrice Webb. Este importante libro Lenin lo conocía bien, al haberlo traducido durante su exilio en Siberia. Le proporcionó, por casualidad, una comprensión inmediata de los lazos que existían entre los fabianos británicos y Bernstein: “La fuente original de las opiniones e ideas de Bernstein”, escribía en septiembre de 1899 a un corresponsal, “se encuentra en el último libro escrito por los Webb”. Lenin siguió extrayendo información de los Webb durante muchos años, y se refiere específicamente a Democracia Industrial en el curso de su argumentación del ¿Qué hacer?

De la experiencia de la aristocracia obrera británica, principalmente, podían extraerse dos propuestas. La primera era “que la subordinación del movimiento obrero a la espontaneidad, despreciando el papel del ‘elemento consciente’, de la socialdemocracia, significa, querámoslo o no, el aumento de la influencia de la ideología burguesa entre los trabajadores”. La segunda era que la lucha puramente sindical “es una lucha necesariamente gremial, porque las condiciones de trabajo difieren mucho entre los distintos oficios, y por tanto la lucha por mejorar estas condiciones sólo se puede ser conducida respectivamente por cada oficio” (¿Qué hacer? El segundo argumento se apoya en una referencia directa a los Webb).

La primera de estas propuestas parece basarse en la perspectiva de que, bajo el capitalismo, la ideología burguesa es hegemónica, a menos de que se vea deliberadamente contrarrestada por “el elemento consciente”. Esta importante observación nos lleva bastante más allá de la mera cuestión de la aristocracia obrera. Implica que, dada la “ley de desarrollo desigual” del capitalismo (es decir, las distintas condiciones en las diferentes industrias, regiones, etc.), un movimiento obrero puramente “económico” tiende a fragmentar a la clase obrera en diversos segmentos “egoístas” (“pequeño-burgueses”) que persiguen cada uno por su lado sus propios intereses, aliándose con sus propios patronos si es preciso, a expensas del resto (Lenin cita varias veces el caso de las “Alianzas de Birmingham” de los años 1890, unos intentos de formar bloques entre obreros y patronos para tratar de mantener los precios en varios oficios metalúrgicos, información que extrajo con bastante seguridad de los Webb). Por tanto, semejante movimiento puramente “económico” tiende necesariamente a quebrar la unidad y la conciencia política del proletariado y a debilitar o contrarrestar su papel revolucionario.

Este argumento también es bastante general. Podemos considerar a la aristocracia del trabajo como un caso especial de este modelo general. Surge cuando las circunstancias del capitalismo permiten garantizar unas concesiones significativas al proletariado, algunos de cuyos estratos logran, por su escasez, cualificación, posición estratégica, fuerza organizativa, etc., establecer para ellos unas condiciones notablemente mejores que las del resto. Por tanto, hay situaciones históricas, como a finales del siglo XIX en Inglaterra, en las que la aristocracia obrera puede casi identificarse con el movimiento sindical, como a veces Lenin prácticamente sugería.

Pero si bien el argumento en principio es más general, no hay duda de que lo que Lenin tenía en la cabeza cuando lo usó era la aristocracia obrera. Una y otra vez le vemos empleando frases como estas: “el espíritu artesanal pequeño-burgués que predomina en la aristocracia obrera” (“Sesión del Buró Internacional Socialista”, 1908); “los sindicatos británicos, insulares, aristocráticos, egoístas filisteos”; “el propio orgullo inglés, o su ‘practicismo’ y su aversión a los principios generales; ese es un ejemplo de espíritu artesano en el movimiento obrero” (“Debates ingleses sobre la política obrera liberal”, 1912); y “esta aristocracia obrera… aislada ella misma de la masa del proletariado en sindicatos de oficio cerrados, egoístas” (“Harry Quelch”, 1913). Es más, tiempo después, y en un enunciado programático cuidadosamente redactado (de hecho, en su “Borrador preliminar de las tesis sobre la cuestión agraria para el segundo congreso de la Internacional Comunista”, 1920), la conexión se ve con más claridad:

Los obreros industriales no pueden cumplir su misión histórica mundial de emancipar a la humanidad del yugo del capital y las guerras si estos trabajadores se interesan exclusivamente en su estrecho oficio, en sus estrechos intereses gremiales, y si, engreídos, se limitan únicamente a cuidar y preocuparse por mejorar su propia, a veces tolerable, situación pequeño-burguesa. Esto es exactamente lo que ocurre en muchos países avanzados con la “aristocracia obrera”, que sirve de base a los partidos supuestamente socialistas de la Segunda Internacional.

Esta cita, al combinar las ideas anteriores y posteriores de Lenin sobre la aristocracia obrera, nos aporta la relación natural de unas con otras. Los posteriores escritos de Lenin son conocidos por todos los marxistas. Se fechan principalmente en el periodo 1914-1917, y forman parte de los intentos de Lenin por suministrar una explicación marxista coherente al estallido de la guerra y sobre todo al colapso simultáneo y traumático de la Segunda Internacional y de la mayoría de los partidos que la formaban. En su mayor parte quedan reflejados en el octavo capítulo de Imperialismo, y en el artículo “El imperialismo y la escisión del movimiento socialista”, escrito un poco después (otoño de 1916) y que complementa al primero.

El argumento de Imperialismo es bien conocido, pero las glosas de “El imperialismo y la escisión” no tanto. Hablando en general, se resume como sigue. Gracias a la particular situación del capitalismo británico –“vastos dominios coloniales y posición monopolista en los mercados mundiales”–, la clase obrera británica, ya a mediados del siglo XIX, tendía a dividirse en una minoría favorecida de aristócratas obreros y un estrato inferior mucho más amplio. El estrato superior “se vuelve burgués”, mientras al mismo tiempo “una sección del proletariado permite que la lideren quienes están comprados por la burguesía, o al menos son pagados por ella”. En la época del imperialismo, lo que era un fenómeno puramente británico está ya presente en todas las potencias imperialistas. Por lo tanto el oportunismo, degenerando en social-chovinismo, caracteriza a los partidos más importantes de la Segunda Internacional. No obstante, “el oportunismo no puede triunfar en el movimiento obrero de ningún país durante décadas tal y como sucedió en Inglaterra”, porque el monopolio mundial ahora hay que compartirlo entre varios países competidores. Así, el imperialismo, al mismo tiempo que generaliza el fenómeno de la aristocracia obrera, suministra las condiciones de su propia desaparición.

Estos relativamente someros pasajes de Imperialismo se extienden con una argumentación más amplia en “El Imperialismo y la escisión”. La existencia de la aristocracia obrera se explica gracias a las super-ganancias del monopolio, que permite a los capitalistas “dedicar una parte (nada pequeña) de ellas a sobornar a sus propios obreros, construyendo algo así como una alianza… entre los trabajadores y los capitalistas de una determinada nación contra otras naciones”. Este “soborno” opera mediante los trust, la oligarquía financiera, los altos precios, etc. (esto es, algo así como una junta monopolista entre un determinado capitalismo y sus trabajadores). El monto de este potencial chantaje es sustancial (Lenin lo estima quizá entre cien y mil millones de francos), así como, en ciertas circunstancias, el estrato que se beneficia de él. No obstante, “la cuestión de cómo se reparte la sopa boba entre los ministros laboristas, los ‘representantes sindicales’, los representantes obreros en los comités de la industria de guerra, los funcionarios, los obreros organizados en estrechos sindicatos de oficio, los empleados de oficina, etc., etc., es una cuestión secundaria”. El resto de su argumentación, con las excepciones que señalamos más abajo, amplía pero no altera sustancialmente lo dicho en Imperialismo.

Es necesario recordar que el análisis de Lenin trataba de explicar una situación histórica concreta (el colapso de la Segunda Internacional) y de reforzar las posturas políticas específicas que se él extraía de ella. Argumentaba, primero, que dado que el oportunismo y el social-chovinismo representaban sólo a una minoría del proletariado, los revolucionarios debían “descender más abajo y más profundo, a las verdaderas masas”; y segundo, que los “partidos obreros burgueses” estaban irrevocablemente vendidos a la burguesía, y no desaparecerían antes de la revolución ni podían ser recuperados por el proletariado revolucionario, aunque pudiesen “jurar en nombre de Marx” si el marxismo goza de popularidad entre los obreros. Por lo tanto, los revolucionarios debían rechazar la unidad artificial entre el proletariado revolucionario y la tendencia oportunista filistea dentro del movimiento obrero. En resumen, el movimiento internacional tenía que escindirse, para que el movimiento obrero comunista sustituyera al socialdemócrata.

Estas conclusiones se aplican a una situación histórica específica, pero el análisis que las defendía era más general. En la medida en que formaba parte de una polémica política concreta y de un análisis más amplio, algunas de las ambigüedades de los argumentos de Lenin sobre el imperialismo y la aristocracia obrera no se pueden examinar con demasiado detenimiento. Como hemos visto, él mismo dejó algunos aspectos al margen, considerándolos “secundarios”. No obstante, sus argumentos son en ciertos aspectos poco claros o ambiguos. La mayor parte de las dificultades surgen en la insistencia de Lenin en considerar que el sector corrompido de la clase obrera es y solo puede ser una minoría, o incluso, como a veces sugirió polémicamente, una pequeña minoría, frente a las masas que no están “infectadas por la ‘respetabilidad burguesa’” y a las que deben apelar los marxistas, “siendo esta la esencia de la táctica marxista”.

En primer lugar, es evidente que la minoría corrompida puede ser, incluso con las premisas de Lenin, un sector numéricamente amplio de la clase obrera, e incluso más amplio que el movimiento obrero organizado. Aunque sólo incluya un 20% del proletariado, como las organizaciones obreras del siglo XIX en Inglaterra o en 1914 en Alemania (ejemplo de Lenin), no es despreciable políticamente, y Lenin era demasiado realista para ello. De ahí algunas vacilaciones en sus formulaciones. No era la aristocracia obrera en sí, sino  tan solo “un estrato”, el que había desertado económicamente a la burguesía (“El imperialismo y la escisión”). No se aclara qué estrato. Los únicos trabajadores a los que se menciona específicamente son los funcionarios, políticos, etc., de los movimientos obreros reformistas. Estas son de hecho minorías (pequeñísimas) corrompidas y a veces abiertamente vendidas a la burguesía, pero la cuestión de por qué eran capaces de liderar el apoyo de sus seguidores no se trata.

En segundo lugar, la situación del conjunto de las masas obreras permanece en una cierta ambigüedad. Está claro que el mecanismo de explotación del monopolio de los mercados, que Lenin considera la base del “oportunismo”, funciona de tal modo que no puede reservar los beneficios para un solo estrato de la clase obrera. Hay buenas razones para sospechar que “algo así como una alianza… entre los trabajadores y los capitalistas de una determinada nación contra otras naciones” (que Lenin ilustra con las “Alianzas de Birmingham” de los Webb) implica ciertos beneficios para todos los trabajadores, aunque obviamente muchos más para los aristócratas obreros bien organizados y con fuerza estratégica. De hecho es cierto que el monopolio mundial del capitalismo británico en el siglo XIX bien pudo dejar al sector inferior del proletariado sin ningún beneficio significativo, mientras ofrecía muchos a la aristocracia obrera. Pero esto se debía a que, bajo las condiciones del capitalismo competitivo, liberal, del “laisser-faire”, no había mecanismos, más allá del mercado (incluyendo la negociación colectiva de los escasos grupos proletarios capaces de aplicarla), para distribuir los beneficios del monopolio mundial entre los obreros británicos.

Pero bajo las condiciones del imperialismo y del capitalismo monopolista esto dejó de ser así. Los trust, el mantenimiento de los precios, “las alianzas”, etc., ofrecían medios para distribuir las concesiones de manera más general a los trabajadores afectados. Es más, el papel del Estado estaba cambiando, como el propio Lenin sabía. El “Lloydgeorgismo” (del que habla bastante claramente en “El imperialismo y la escisión”) intentaba “garantizar una sustancial sopa boba a los trabajadores obedientes, en forma de reformas sociales (seguros, etc.)”. Es evidente que esas reformas beneficiarían relativamente más a los obreros “no aristocráticos” que a los “aristócratas” que ya estaban cómodamente situados.

Finalmente, la teoría del imperialismo de Lenin afirma que “unas pocas naciones ricas y privilegiadas” se han vuelto “parásitos del resto de la especie humana”, esto es, explotadores colectivos, y sugiere la división del mundo entre naciones “explotadoras” y “proletarias”. ¿Podrían limitarse los beneficiarios de semejante explotación colectiva solamente a la capa privilegiada del proletariado metropolitano? Lenin sabía perfectamente que el proletariado de la antigua Roma era una clase colectivamente parasitaria. Escribiendo sobre le Congreso de Stuttgart de la Internacional en 1907, observó:

La clase de aquellos que no tienen nada pero no trabajan no es capaz de derribar a los explotadores. Solo la clase proletaria, que mantiene a toda la sociedad, tiene capacidad para llevar a cabo la revolución social. Y ahora vemos que, como resultado de una política colonial de amplio alcance, el proletariado europeo ha llegado en parte a una situación en la que ya no es su trabajo el que mantiene al conjunto de la sociedad, sino el de los pueblos de las colonias que están prácticamente esclavizados… En algunos países estas circunstancias crean la base económica y material para infectar al proletariado con el chovinismo colonialista. Por supuesto, quizá se trate de un fenómeno temporal, pero no obstante hay que reconocer claramente los males y comprender sus causas…

“Marx se refirió frecuentemente a un significativo dicho de Sismondi acerca de que los proletarios de la antigüedad vivían a expensas de la sociedad, mientras la moderna sociedad vive a expensas del proletariado” (1907). Nueve años más tarde, en el contexto de otra discusión, “El imperialismo y la escisión” seguía recordando que “el proletariado de la antigua Roma vivía a expensas de la sociedad”.

El análisis de Lenin acerca de las raíces sociales del reformismo a menudo se presenta como si se basara únicamente en la formación de la aristocracia obrera. Por supuesto, es innegable que Lenin subrayaba este aspecto de su análisis mucho más que cualquier otro, por razones de polémica política, casi hasta el punto de excluir cualesquiera otros. También está claro que vacilaba a la hora de continuar algunas partes de su análisis, que parece que no apoyaban los puntos políticos que le preocupaban en aquel entonces. No obstante, un examen atento de sus escritos demuestra que sí consideraba otros aspectos del problema, y que conocía algunas de las dificultades que conlleva aproximarse al problema desde una perspectiva excesivamente basada en la “aristocracia obrera”. Hoy, cuando es posible distinguir en los argumentos de Lenin aquello que tiene permanente relevancia de aquello que refleja los límites de su información o los deberes de una situación política específica, podemos observar sus escritos con perspectiva histórica.

Si tratamos de juzgar su trabajo sobre la “aristocracia obrera” desde esta perspectiva, seguramente lleguemos a la conclusión de que sus escritos de 1914-1916 son en cierto modo menos satisfactorios que la profunda línea de pensamiento que delineó con consistencia desde el ¿Qué hacer? hasta el “Borrador preliminar de las tesis sobre la cuestión agraria” de 1920. De hecho, aunque buena parte de su análisis sobre la “aristocracia obrera” se puede aplicar al periodo imperialista, su clásico modelo del siglo XIX (el británico), a partir del cual Lenin basó sus ideas sobre el tema, estaba dejando de suministrar una guía adecuada para el reformismo, al menos para el del movimiento obrero británico de 1914, a pesar de que como estrato de la clase obrera estaba en pleno ascenso a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Por otro lado, el argumento más general sobre los peligros de la “espontaneidad” y el “egoísmo” economicista en el movimiento sindical, a pesar de ilustrarse con el ejemplo histórico de la aristocracia obrera británica de finales del siglo XIX, conserva toda su fuerza. De hecho, es una de las contribuciones de Lenin al marxismo más fundamentales y siempre clarificadoras.