Fuerzas de trabajo

En los años 80 del pasado siglo, los profesores y estudiantes que formaban parte del World Labor Research Group[1] de la Universidad de Binghamton de Nueva York llegaron a la conclusión de que “el estudio de los movimientos obreros desde una perspectiva global e histórica requería nuevos tipos de datos, no disponibles en las compilaciones existentes”. En 1986, pues, comenzaron a construir una base de datos de la conflictividad laboral a escala mundial, que en principio abarcaba el periodo comprendido entre 1870 y 1996.

¿Cómo registrar 126 años de lucha de clases en una base de datos de manera fiable? La solución que hallaron los académicos fue recurrir a los periódicos como fuente de información (“una práctica sociológica muy generalizada”). En la base de datos se registró cada noticia relacionada con la conflictividad laboral (huelgas, manifestaciones, ocupaciones, disturbios, etc.) publicada en los periódicos más importantes de las dos principales potencias mundiales: The Times por Inglaterra y The New York Times por los Estados Unidos. Con estas noticias se fue construyendo “un mapa fiable de las pautas de comportamiento a escala mundial de las principales oleadas de conflictividad laboral durante el siglo XX” (91.947 registros en 168 países entre 1870 y 1996).

Evolución de la conflictividad laboral mundial por sectores, segun la base de datos del World Labor Group.

Evolución de la conflictividad laboral mundial por sectores, según la base de datos del World Labor Group.

A finales de los 90 Beverly J. Silver se dedicó a estudiar la información así recabada, y los resultados de su investigación se publicaron en 2003 bajo el título Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870 (Ed. AKAL, 2005). Dado que en aquella época el movimiento obrero atravesaba una crisis generalizada (que en occidente, al menos, aún perdura), Silver esperaba que su examen de la dinámica histórica de la conflictividad laboral arrojara algo de luz sobre el futuro próximo del movimiento proletario. ¿Se trataba de una época nueva en la que el proletariado había desaparecido definitivamente y con él la lucha de clases, como afirmaban y siguen afirmando algunos? ¿O solamente era un corto periodo de transición entre una etapa de declive y otra de resurgimiento del movimiento obrero? Hay que reconocer que la obra de Silver despejaba bastantes dudas, y que sus predicciones se han visto confirmadas por la reciente oleada de conflictos (que ha tenido más impacto en la periferia que en el centro, insistimos).

Fuerzas de trabajo viene a ser una nueva confirmación empírica del viejo postulado marxista que dice que la lucha de clases es el motor de la historia. A pesar de que su lenguaje y su perspectiva académica la alejan de todo enfoque militante serio, la obra ofrece un relato bastante bueno de la evolución histórica de la conflictividad laboral a escala mundial y suministra un buen punto de apoyo desde el que abordar la lucha de clases en el siglo XXI.

Buena parte de las teorías acerca del declive del movimiento obrero se basan en el impacto que ha tenido la “globalización” sobre el poder de negociación de los trabajadores. Silver, por tanto, presta especial atención a la evolución histórica de las fuentes de este poder obrero, que clasifica en:

a) Poder asociativo, resultado de “una organización colectiva de los trabajadores”.

b) Poder estructural, “el que los trabajadores pueden ejercer simplemente a partir de su situación en el sistema económico”. Se divide en:

b.1) Poder de negociación en el mercado de trabajo, que “deriva directamente del equilibrio o desequilibrio entre oferta y demanda en el mercado laboral”.

b.2) Poder de negociación en el lugar de trabajo, “que resulta de la situación estratégica de un grupo particular de trabajadores dentro de un sector clave”.

La evolución del poder de negociación del proletariado, y por tanto de la lucha de clases, está también estrechamente relacionada con las mutaciones que provoca la propia conflictividad laboral en la economía, de manera indirecta. Aquí es donde se refleja en parte la función de la lucha de clases como motor histórico, a través de los efectos y transformaciones que causa tanto en la política capitalista (represión o integración), como en la economía y la producción. Silver clasifica las reacciones de carácter económico en cuatro tipos de “soluciones”:

a) Solución espacial (traslado de la producción).

b) Solución tecnológica (transformación de los procesos de producción).

c) Solución mediante el lanzamiento de nuevos productos (traslado del capital desde las viejas industrias donde la competencia es ya muy alta a otras más nuevas y rentables).

d) Solución financiera (huida del sector productivo hacia el sector financiero y la especulación).

Por último, antes de adentrarse en el análisis, Silver explica un concepto que empleará de manera recurrente. Partiendo de las diferencias que existen entre Marx y Polanyi en lo que respecta a su concepción de la fuerza de trabajo como “mercancía ficticia”, Silver distingue dos tipos de conflictividad laboral:

a) “Conflictividad de tipo polanyiano”: aquella que expresa una “resistencia obrera frente a la extensión de un mercado global autorregulado, en particular [nos referimos] a los segmentos de la clase obrera erosionados por transformaciones económicas globales”.

b) “Conflictividad laboral de tipo marxista”, que son “las luchas de la nueva clase obrera emergente, que se ven reforzadas, como resultado no pretendido del desarrollo del capitalismo histórico, en el momento mismo en que los viejos segmentos de la clase obrera se van descomponiendo”.

Si bien la manera de presentar esta clasificación, basándose en la noción de fuerza de trabajo como “mercancía ficticia”, parece algo artificial, lo cierto es que a la hora de abordar el análisis histórico de la lucha de clases nos va a ayudar a distinguir hasta cierto punto entre las luchas de la aristocracia obrera y las del proletariado propiamente dicho.

Llegados aquí, nos parece oportuno hacer una observación general sobre las bases de las que parte Silver en su estudio. La lucha de clases tiene una doble naturaleza, que responde a la capacidad del proletariado de formarse históricamente como clase mediante la lucha común. En la medida en que la lucha de clases permanece en el estadio de mera conflictividad laboral, se trata de un fenómeno inherente al capitalismo y a la condición de mercancía que tiene la fuerza de trabajo en este modo de producción. Digamos que la conflictividad laboral responde a la situación objetiva del proletariado como mercancía para el capital. Pero el proletariado se puede desarrollar como sujeto a través de la lucha, adquiriendo conciencia de clase. A medida que esto sucede, la lucha económica inmediata, en defensa del salario, se transforma en una lucha política de carácter histórico, por la abolición de trabajo asalariado. En resumen, más allá del aspecto formal, objetivo y necesario de la conflictividad laboral, la lucha proletaria va desarrollando un contenido de clase que responde al desarrollo subjetivo del proletariado y de su conciencia de clase.

En la medida en que Silver se limita a estudiar la lucha de clases desde su aspecto puramente formal, objetivo y cuantificable (conflictividad laboral), puede echar mano a los periódicos como fuente de información y construir una base de datos para trazar un mapa histórico de la conflictividad obrera. Pero los datos estadísticos extraídos de una noticia no dicen nada acerca del contenido y la potencia clasista de esa conflictividad, acerca de la conciencia de clase. La huelga de la construcción de Madrid en 1936, la huelga de Harry Walker de Barcelona en 1970 y las “huelgas” generales convocadas por CCOO y UGT en los 90 tienden a equipararse en la base de datos del WLG. Su importancia depende de la atención que reciban por parte de la prensa burguesa de Estados Unidos e Inglaterra.

La distinción que introduce Silver entre luchas “tipo Marx” y “tipo Polanyi” no se refiere a este contenido subjetivo de las luchas, sino al sujeto que las lleva a cabo (la nueva clase obrera en formación en el primer caso y los viejos estratos obreros que ven socavado su estatus, en el segundo). Es verdad que, en la medida en que “el ser determina la conciencia”, el potencial contenido clasista es mayor en las llamadas luchas “tipo Marx” en las “tipo Polanyi”. Los conflictos laborales llevados a cabo por las capas de trabajadores ya acomodados que ven peligrar su situación generalmente no tratan de superar, a través de la organización y la lucha común, la competencia que se hacen los obreros entre sí, sino que precisamente tienden a poner barreras protectoras frente a dicha competencia que socava sus condiciones de vida, reforzando por tanto aquello que separa y divide a la clase obrera (nación, raza, categoría, profesión, sexo, etc.). En consecuencia el carácter de estas luchas es más bien conservador, y en general podemos considerar que carecen de contenido clasista. No forman parte del “movimiento real que niega y supera el estado de cosas existente”, sino que tienden precisamente a conservar ese estado de cosas[2]. Pero a pesar de que el sujeto influye en el contenido subjetivo del conflicto, el eje del estudio de Silver es la lucha de clases en su expresión puramente objetiva, al margen de los elementos subjetivos que refleja: la conciencia de clase.

Tras introducir estos conceptos en la primera parte del libro, el análisis propiamente dicho comienza en el capítulo dos con el examen de “la dinámica a escala global de la conflictividad laboral en lo que se puede considerar la principal industria del capitalismo del siglo XX, esto es, la industria automovilística mundial”.

LUCHA DE CLASES Y MOVILIDAD DEL CAPITAL

La base de datos del WLG muestra cuándo se producen las olas de máxima conflictividad mundial en esta industria y en qué países: EEUU y Canadá durante los años 30; en Reino Unido en los 50; Italia y Francia en los 60; Alemania, España y Argentina en los 70; Sudáfrica, Corea del Sur y Brasil en los 80. “La producción en masa en la industria automovilística ha tendido a recrear contradicciones sociales parecidas allí donde se ha desarrollado y, en consecuencia, han surgido movimientos obreros vigorosos y eficaces en prácticamente todos los lugares donde se expandió rápidamente la producción en masa o fordista”. En general, las luchas en esta industria suelen lograr aumentos de salarios y una mejora en las condiciones de trabajo, por lo que a la larga terminan afectando negativamente a la rentabilidad de las empresas. Éstas se trasladan buscando mano de obra barata, y el ciclo se reinicia. En efecto, la evolución global de la industria del automóvil se caracteriza por la progresiva difusión de los centros de producción desde su núcleo inicial en Detroit, y la dispersión de las oleadas de conflictividad demuestra que allí donde se desplaza el capital, le sigue la lucha obrera. Además, estas oleadas recurrentes de conflictividad en la industria del automóvil, en distintas naciones, “comparten características sorprendentemente similares”: participación destacada de los obreros inmigrantes (del campo o extranjeros), ocupación de fábricas durante las luchas (que además generalmente acaban en victoria para los trabajadores), importancia política de los conflictos, estrategias patronales para hacerlas frente (“sindicalismo responsable”), etc. Constatando que hacia finales de los 90 la industria automovilística estaba trasladando sus fábricas a México y China, Silver pronosticaba futuras luchas obreras en esas regiones durante la primera década del siglo XXI, al mismo tiempo que señalaba que las inversiones estaban empezando a retornar a los viejos países industriales, donde el poder de negociación ha mermado mucho y los salarios se han reducido.

Evolución de la conflictividad laboral en la industria del automóvil por países, según la BBDD del WLG.

Distribución geográfica de las menciones de conflictividad laboral en la industria del automóvil registradas en la BBDD del WLG.

Además de la llamada “solución espacial” (relocalización de la producción), otro de los métodos empleados por los fabricantes de automóviles para hacer frente a la resistencia obrera ha sido la “solución tecnológica”. En los años 80, cuenta Silver, la competencia de la moderna industria japonesa se estaba haciendo notar en el mercado y las luchas obreras en Brasil y Corea del Sur demostraban a los capitalistas que la huida hacia países con mano de obra barata no aportaba una solución definitiva. En este contexto, la industria automovilística de EEUU y Europa occidental, siguiendo a Japón, empezó a transformar la organización de la producción (renovación del capital fijo, externalización, flexibilidad, entrega just-in-time, etc.). Silver señala cuáles eran las características del modelo japonés que se estaba importando a los países del centro: el modelo “toyotista” original “ofrecía seguridad en el empleo a una capa privilegiada de trabajadores a cambio de su cooperación, creando al mismo tiempo una amplia reserva de trabajadores menos privilegiados, sin los mismos derechos y beneficios”. Dado que este modelo de mercado dual de la fuerza de trabajo se ha ido generalizando en occidente (y no sólo en la industria del automóvil), “los lugares más probables de conflictividad laboral en el futuro corresponderán al estrato inferior del sistema de subcontratación, cuyos motivos de queja no van de la mano de un gran poder de negociación en el lugar de trabajo” (lo cual deberán contrarrestar con un elevado poder asociativo). Así mismo, “es probable que los trabajadores de los estratos superiores se sientan física y psíquicamente separados de los trabajadores de los estratos inferiores”, los primeros “constituirán una pequeña fracción de la clase obrera” y también “es probable que la distribución de los estratos superiores e inferiores  (seguros e inseguros) reproduzca y refuerce la división geográfica centro-periferia y que se solape con diferencias de etnicidad, lugar de residencia y ciudadanía, con importantes implicaciones para la política obrera mundial”.

Tras descartar la posibilidad de que la industria del automóvil continúe desempeñando en el siglo XXI el mismo papel central que tuvo para el capital y para la clase obrera en el siglo XX, Silver analiza en el capítulo 3 la industria que históricamente la precedió en importancia (la textil), como paso previo al estudio de las posibles industrias sucesoras.

LA LUCHA DE CLASES Y EL CICLO DE LOS PRODUCTOS

Si el examen de la evolución de la principal industria del siglo XX permitía profundizar en la relación que existe entre las “soluciones espaciales” del capital y la lucha de clases, el estudio de la evolución de la industria textil (principal industria del siglo XIX) y su progresiva pérdida de importancia frente a la industria automovilística, va a permitir a Silver ahondar en lo que ella llama “la solución mediante el lanzamiento de nuevos productos”, y en su influencia en la conflictividad laboral.

La producción de una mercancía atraviesa varias fases: “en la primera fase innovadora del ciclo vital del producto, las presiones competitivas son bajas y, por lo tanto, los costes son relativamente poco importantes; pero cuando estos productos alcanzan la fase de madurez y estandarización, aumenta la cantidad de competidores reales o potenciales, y con ello la presión para reducir costes”. Esta presión competitiva, en constante aumento, se solapa con las sucesivas oleadas de conflictividad laboral que acompañan el desarrollo industrial, por lo que el ciclo del producto va acompañado de un proceso acelerado de reubicación del capital (solución espacial). Al mismo tiempo, conforme la competencia impulsa la concentración del capital, éste va aumentando su capacidad para ofrecer soluciones tecnológicas. “Estas tendencias, a su vez, tienen importantes consecuencias para el resultado de las importantes oleadas de conflictividad laboral […], y especialmente para el tipo de acuerdos trabajo-capital que puede alcanzar el movimiento obrero, así como para la duración de las mejoras obtenidas. […] Los pioneros estaban en condiciones de financiar un acuerdo trabajo-capital más generoso y estable, gracias a los beneficios monopolísticos que les llovían del cielo a los innovadores del ciclo. […] Por el contrario, los beneficios relativamente bajos, asociados con las intensas presiones competitivas al final del ciclo vital (y la pobreza nacional relativa de los nuevos lugares a los que se traslada la producción), hacen cada vez más difícil mantener dichos pactos sociales”.

El ciclo vital de la producción automovilística y las correspondientes oleadas de conflictividad laboral.

El ciclo vital de la producción automovilística y las correspondientes oleadas de conflictividad laboral.

El resultado de este proceso, en cualquier caso, es semejante al apuntado anteriormente en el estudio de la industria del automóvil, sobre todo por su carácter cíclico: la lucha de clases y la concurrencia capitalista tienden a reducir la rentabilidad en una industria, por lo que el capital se va viendo obligado a desplazarse hacia otras más innovadoras, en las que la competencia aún no es tan acentuada. Pero el proceso se repite de nuevo, pues la conflictividad obrera y la competencia a la larga terminan también socavando la rentabilidad de las nuevas industrias. “Cuando la industria textil alcanzó el fin de su fase madura (y aumentaron la conflictividad laboral y las presiones competitivas), el capital se desplazó hacia nuevas líneas de producción, y entre ellas, muy destacadamente, la industria automovilística”. Así, “el ascenso y declive cíclicos de la conflictividad laboral dentro de cada sector del desarrollo capitalista mundial está inserto en un desplazamiento de la conflictividad laboral de un sector industrial a otro a medida que se inician los ciclos de nuevos productos.”

El examen de la dinámica histórica de la industria textil también nos permite compararla con el desarrollo de la industria del automóvil. Lo primero que salta a la vista es que la deslocalización de la producción, que parece un fenómeno nuevo surgido con la llamada “globalización”, es algo tan viejo como el propio capitalismo. La lucha de clases y la concurrencia empujan constantemente a los capitalistas a responder con soluciones espaciales o tecnológicas. Por otra parte, los picos de conflictividad obrera en la industria textil registrados en la base de datos del WLG siguen una pauta semejante a la industria del automóvil: desplazamiento y progresiva extensión espacial de las luchas. No son las únicas semejanzas: “la primera oleada exitosa importante de conflictividad laboral tuvo lugar en el país donde nació el ciclo del producto correspondiente (esto es, Reino Unido para el textil, y Estados Unidos para los automóviles). […] Pero en ambos casos, esa fuerza sólo se alcanzó tras la aplastante derrota de las organizaciones de los obreros profesionales (artesanos) existentes. […] Además, en ambos casos, estas luchas dieron lugar a acuerdos estables entre trabajo y capital que aseguraron ventajas materiales para los obreros y proporcionaron la base para décadas de relativa paz industrial”, lo que nos lleva a la formación de la aristocracia obrera en Inglaterra a finales del siglo XIX y en EEUU tras la segunda guerra mundial. Esta capacidad para obtener “mejoras sustanciales y duraderas al final de la fase de innovación sugiere que los beneficios monopolistas cosechados por los innovadores en el inicio del ciclo del producto crean también condiciones favorables (al menos recursos materiales) para compromisos estables entre capital y trabajo”. No obstante, estos beneficios monopolistas no evitan que los capitalistas respondan al mismo tiempo al aumento del coste de la mano de obra con una estrategia de soluciones espaciales, que difunde las innovaciones e inicia “la fase de madurez de la industria”.

Según se desprende de la progresiva extensión de las oleadas de lucha obrera en la base de datos del WLG, la industria textil se difundió más ampliamente y con más rapidez que la automovilística, lo que se explica en primer lugar por los menores costes del capital fijo y en segundo lugar porque los productos contaban con mayor mercado y demanda. En todo caso, se repiten los mismos patrones que veíamos en la industria del automóvil: allí donde se desarrollaba la industria textil, aparecía la lucha de clases[3]. El menor coste de los medios de producción también hacía más fácil aplicar soluciones tecnológicas en esta industria, más dispersa y pequeña que la automovilística. Es conocido como los patrones fueron respondiendo a la lucha de clases con la maquinización ya durante el siglo XIX.

Si en la industria del automóvil la fase de mayor presión competitiva y conflictividad laboral (que inicia el declive del ciclo del producto) se produjo en los años 60 y 70 y afectó a los países del centro, en el caso de la industria textil su mayor dispersión provocó que la ola de conflictos propia de esta etapa se extendiera por todo el mundo durante los años 20 y 30. Sin embargo, Silver señala que en general mientras en el primer caso las luchas acabaron generalmente en victoria para los obreros (aunque fuera de corta duración), en el segundo caso ocurrió lo contrario. “Los triunfos de los trabajadores del textil en la fase madura de su industria se limitan casi exclusivamente a los lugares en los que podían contar con el apoyo de los crecientes movimientos nacionalistas”, como en India y China (“aunque la experiencia china muestra la vulnerabilidad de los movimientos obreros cuyo poder de negociación asociativo depende de la alianza interclasista sellada con diversos movimientos políticos”).

La dispersión y el pequeño tamaño de las empresas textiles, unido al hecho de que la producción no estaba organizada en cadena o “a flujo continuo”, eran factores que también contribuían a reducir el poder de negociación de los obreros en el lugar de trabajo. En lo que respecta al poder de negociación en mercado laboral, Silver señala que los obreros textiles se encontraron con un contexto histórico menos favorable que sus compañeros de clase del siglo XX: mayor reserva de mano de obra excedente por los efectos de la mecanización, mayor facilidad para la difusión y el traslado de la industria, etc. Para compensar todos estos factores desfavorables, el proletariado de finales del siglo XIX y principios del XX se vio obligado a desarrollar su poder asociativo[4]. En efecto, fue en esta época cuando se formaron los sindicatos clasistas.

“Tanto en el sector textil como en el sector del automóvil el aumento de la militancia obrera y de la competencia intercapitalista, que señaló el final de la fase madura [del ciclo del producto], llevó a los empresarios a redoblar sus esfuerzos para aplicar soluciones espaciales y tecnológicas, con resultados contradictorios. Por un lado, la solución espacial en la fase de estandarización contribuyó a una mayor periferización de la producción. Por otro lado, la solución tecnológica en esa fase contribuyó a una restauración parcial de la posición competitiva de los lugares de producción en los que se pagaban salarios elevados, gracias a la automatización extensiva. El resultado combinado de estas soluciones fue un rápido declive del número de trabajadores empleados en los países del centro, una nueva disminución del poder de negociación en el mercado de trabajo de la mano de obra restante (en gran medida periférica) y un consiguiente decaimiento de la conflictividad laboral” en dichas ramas.

Por tanto, el progresivo declive de la industria textil en favor de la automovilística provocó indirectamente un aumento del poder de negociación de los trabajadores en el lugar de trabajo y una disminución de la capacidad de los fabricantes para trasladar una producción que requería enormes instalaciones e inversiones. Así, aunque “la militancia de los obreros textiles era mayor que la de los trabajadores del automóvil”, en sus luchas cotidianas estos tenían la victoria más al alcance de la mano. Este aumento de la vulnerabilidad del capital, argumenta Silver, quizá también fuera la causa de una mayor predisposición de los patrones a aceptar las reivindicaciones obreras, lo que a su vez contribuiría a reducir la necesidad de militancia y de poder asociativo obrero.

UN CASO ESPECIAL: EL SECTOR DEL TRANSPORTE

Antes de pasar a la investigación del “sucesor más probable del complejo automovilístico como industria líder del capitalismo mundial”, Silver analiza la evolución histórica de la conflictividad laboral en el sector del trasporte (que engloba un 35% de los registros de la base de datos del WLG, superando al sector industrial, que abarca un 21%, y a la minería, 18%). Dentro de este sector, la conflictividad laboral se ha ido trasladando de los ferrocarriles a la aviación, pasando por una etapa intermedia en la que adquiere más importancia la lucha en la marina y los puertos (que engloba un 52% de los registros de todo el sector, aunque aquí las luchas prácticamente desaparecen en los años 90).

Los trabajadores del transporte cuentan con un fuerte poder de negociación en el lugar de trabajo, mientras que las soluciones espaciales son casi imposibles en esta industria, dada la naturaleza de la actividad y las gigantescas inversiones en capital fijo que se necesitan para trasladar un nodo de la red de comunicaciones (puertos y aeropuertos). Aquí, por tanto, las soluciones tecnológicas pueden llegar a adquirir mayor importancia (la containerización y automatización de los puertos ha liquidado la lucha de los tradicionalmente militantes estibadores).

La importancia estratégica de los transportes y el gran poder de negociación de los trabajadores explican el importante papel jugado por el Estado en las luchas de este sector[5]. Los conflictos de los pilotos también demuestran, como ya se ha dicho, que un alto poder de negociación en el lugar de trabajo reduce la necesidad de desarrollar el poder asociativo y lleva fácilmente a soluciones corporativistas. Consciente de ello, Silver se pregunta si en el futuro aquellos que tienen semejante poder de negociación en el lugar de trabajo “optarán por luchas que beneficien genéricamente a los trabajadores (incluidos los que cuentan con menor poder de negociación), o por luchas de carácter más corporativo”.

NUEVAS INDUSTRIAS, NUEVAS FUERZAS DE TRABAJO

Una vez examinado el desarrollo histórico de la industria textil y del automóvil, sus semejanzas y sus particularidades, así como su relación con la conflictividad laboral, lo lógico sería estudiar la industria que hoy se presenta como posible sucesora de la automovilística, su localización, el poder de negociación de los trabajadores en ella, etc., y ver si también responde a los mismos patrones que las anteriores. Pero dado que actualmente no existe ninguna industria de tales características, Silver se dedica a repasar brevemente algunos de los sectores económicos más importantes en la actualidad:

  1. Industria de los semiconductores: Ligada a la microelectrónica y la informática, el impacto de esta industria ha provocado unos cambios en los hábitos de vida tan importantes como los que produjo en su día la del automóvil. Sin embargo, el volumen de la mano de obra en esta rama no se puede comparar a la del textil y el automóvil, dado el alto grado de automatización de la producción. En este sector, la fuerza de trabajo se divide entre el centro (una minoría, el personal científico y técnico bien pagado) y la periferia (montaje de los circuitos integrados que se lleva a cabo sobre todo en Asia, desde los 70, evidentemente con bajos salarios). La expansión de la industria de la electrónica para el consumo en China durante los 90 hacía presagiar a la autora “el surgimiento de un vigoroso movimiento obrero en China en el futuro inmediato” cuyo impacto “se dejará sentir en todo el mundo”, dado el tamaño y la importancia del país. Además, Silver constataba una creciente conflictividad laboral de “tipo polanyiano” en China a finales de siglo, ligada al desmantelamiento de las industrias estatales, al mismo tiempo que pronosticaba que la futura conflictividad laboral sería de “tipo marxiano”.
  2. Servicios al productor: ligados a la gestión, control y mantenimiento de la industria, engloban desde las telecomunicaciones a los servicios jurídicos, pasando por el márquetin, consultoría, publicidad, etc. Se trata del sector que ha crecido con mayor rapidez en los países del centro durante las pasadas décadas, generando puestos de profesionales y técnicos bien pagados, pero también otros de cuello “azul y rosa”, de poca cualificación: telefonistas, limpiadores, camareros, cuidadores, lavaplatos, secretarias, etc. “Allí donde los servicios al productor han crecido rápidamente, se ha verificado una polarización de la fuerza de trabajo entre profesionales bien pagados y trabajadores con bajos salarios”. En la base de datos del WLG, los registros de las luchas en el sector servicios (servicios en general, no específicamente servicios “al productor”) ascienden al 26% del total en los años 80 y al 34% en los 90. La diversidad del sector impide generalizar a la hora de estudiar el poder de negociación de los trabajadores. Los servicios de limpieza, por ejemplo, se pueden externalizar y subcontratar, pero no se pueden deslocalizar. En cambio, esto sí puede ocurrir en el caso de los teleoperadores u otros servicios más especializados ligados a las telecomunicaciones. Como ejemplo de moderna conflictividad laboral en esta industria, Silver comenta el caso de las luchas de los trabajadores de la limpieza en Estados Unidos, durante los 80 y 90, llevadas a cabo mediante campañas (“Justice for Janitors”) semejantes a la que se desarrolla hoy en la industria de la comida rápida (“Fight for 15$”). “Estas campañas han supuesto una reevaluación del modelo organizativo tradicional, centrado en el lugar de trabajo, y una opción por un nuevo modelo de organización más basado en la comunidad. Dada la dispersión de trabajadores en múltiples lugares de trabajo, y las relaciones de empleo caracterizadas por un elevado grado de contingencia y rotación, la organización de los distintos lugares de trabajo individuales sería una tarea de Sísifo. […] Todas estas campañas han recurrido al apoyo de aliados en las capas sociales no interesadas directamente en el problema”[6]. El papel del SEIU (Sindicato Internacional de Empleados de Servicios) fue clave en aquella victoria de los trabajadores de la limpieza, así como las campañas de marketing (semejantes a la de “Fight for 15$”), que implicaron una financiación de “medio millón de dólares al año tan solo en Los Ángeles”.
  3. Sector de la enseñanza: Este sector pasó de 8 millones de trabajadores en 1950 a 47 millones en 1990, y la conflictividad laboral ha ido aumentando progresivamente, según la base de datos del WLG. Aquí, la imposibilidad de ofrecer soluciones espaciales y la dificultad de implementar soluciones tecnológicas ha hecho que la reducción de costes se traduzca en intensificación del trabajo, alargando la jornada y aumentando los estudiantes en cada aula, lo cual ha provocado sucesivas oleadas de conflictividad laboral. Si bien el poder de negociación de los profesores en el centro de trabajo es débil, al estar dispersos en diversos centros, por otro lado su posición dentro de la división social del trabajo aumenta su fuerza, pues sus conflictos repercuten en el resto de la sociedad (al obligar a los padres a hacerse cargo de los hijos) y alteran la vida laboral cotidiana. Por su parte, los empresarios (el Estado) han contribuido a erosionar su poder de negociación introduciendo una división entre funcionarios e interinos, fijos y temporales, como en otras industrias.
  4. Servicios profesionales o reproductivos: Silver los define como aquellos “constituidos por la mercantilización de actividades que antes se realizaban en el hogar (desde la preparación de comidas y el cuidado de niños hasta el entretenimiento)”. Aquí el débil poder de negociación en el lugar y en el mercado de trabajo ha llevado a formas de trabajo informal, a tiempo parcial y temporal. Al tratarse de servicios orientados al consumidor, su dispersión es extrema: “en los servicios personales los lugares de trabajo tienden a ser pequeños y dispersos, lo que dificulta la coordinación”. Así pues, aquí el poder de asociación también se hace indispensable, argumenta Silver, bien mediante “una organización sindical autónoma” o bien con “alianzas políticas interclasistas”.

En conclusión, “la fuerza de trabajo en las nuevas industrias líderes, como la de los semiconductores, así como en las industrias bien establecidas desde hace tiempo, como el textil y el automóvil, se concentra en países de renta baja y media, por lo que es probable que el centro de conflictividad laboral a escala mundial en la industria del siglo XXI se concentre en esos mismos lugares. Al mismo tiempo, el empleo y la conflictividad laboral en los servicios han venido creciendo a escala mundial y probablemente seguirán creciendo en el futuro. […] El contexto organizativo que afrontan los trabajadores, a comienzos del siglo XXI, tiene más en común, en ciertos aspectos, con el de los obreros textiles del siglo XIX que con el de los trabajadores del automóvil durante el siglo XX.”

LA LUCHA DE CLASES Y LA POLÍTICA MUNDIAL

En los capítulos anteriores Silver estudiaba el papel que tiene la lucha de clases en la transformación de la producción y como ésta a su vez influye en aquella. Ahora, en el capítulo cuarto, el análisis del impacto de la lucha de clases se traslada de la economía a la política, y se tratan las relaciones entre política internacional y conflictividad laboral. “La característica más sobresaliente del panorama general de la conflictividad laboral a escala mundial durante el siglo XX, derivada de la base de datos de la WLG, es la interrelación entre conflictividad laboral mundial y las dos guerras mundiales”. Los máximos históricos de conflictividad se alcanzan inmediatamente antes y después de las guerras. Además, durante las masacres se produce un enorme y breve reflujo de la lucha. La autora enumera algunas de las teorías que existen al respecto: ¿las guerras son consecuencia de la alta conflictividad laboral?, ¿sirven a los burgueses para apaciguarla?, ¿o por el contrario provocan su estallido masivo y revolucionario?

Conflictividad laboral mundial (1870-1996) según la BBDD del WLG..

Conflictividad laboral mundial (1870-1996) según la BBDD del WLG.

También cabe destacar que la gráfica de la evolución de la conflictividad obrera entre 1870 y 1996, construida a partir de los registros de la base de datos del WLG, muestra una tendencia progresivamente creciente hasta mediados del siglo XX, cuando la curva empieza a declinar progresivamente hasta finales de siglo.

Silver considera que el capitalismo se mueve constantemente en una contradicción que le arrastra cíclicamente de una “crisis de legitimidad” (mercantilización de la fuerza de trabajo) a una “crisis de rentabilidad” (desmercantilización de la fuerza de trabajo), lo cual explica su dinámica interna. Al buscar la máxima rentabilidad, el capital provoca el surgimiento de la lucha de clases (crisis de legitimidad), que la represión además tiende a agudizar. Por tanto, a la larga, los capitalistas se ven obligados a negociar con los obreros y a implementar mecanismos de protección (desmercantilización de la fuerza de trabajo), lo cual tiende a reducir sus ganancias (crisis de rentabilidad) y espolea el traslado de la producción así como su renovación. En última instancia, la competencia termina imponiendo de nuevo la eliminación de la protección a los trabajadores (mercantilización de la fuerza de trabajo), provocando el retorno de la lucha de clases, etc. Siguiendo este esquema, Silver divide el periodo histórico comprendido entre 1870 y 1990 en:

  1. Primera fase de “mercantilización de la fuerza de trabajo y descomposición de los bloques sociales establecidos”, entre finales del siglo XIX y principios del XX.
  2. Fase de desmercantilización de la fuerza de trabajo y creación de nuevos bloques sociales, entre 1945 y 1975.
  3. Segunda fase de “mercantilización de la fuerza de trabajo y descomposición de los bloques sociales establecidos”, que aún atravesamos, iniciada en el último cuarto del siglo XX.

La primera fase de mercantilización de la fuerza de trabajo

La Gran Depresión de 1873-1896 abre la primera etapa de mercantilización de la fuerza de trabajo. Según Silver, la competencia capitalista y la crisis transformaron los procesos de producción, minando la posición de los artesanos y pequeños campesinos, pero al mismo tiempo contribuyeron a la formación del proletariado y del moderno movimiento obrero. Los fabricantes, por su parte, reaccionaron ante la crisis y la conflictividad desplazando las industrias (solución espacial), recurriendo a la mecanización (solución tecnológica), y también trasladando el capital progresivamente hacia la industria de bienes de equipo (preparando las bases para el desarrollo del taylorismo y del fordismo) y hacia la industria del armamento (solución mediante el lanzamiento de nuevos productos). “La carrera de armamentos también abrió la puerta a otro tipo de solución, que podemos llamar solución financiera. […] La rentabilidad de la solución financiera de finales del siglo XIX estaba estrechamente ligada a la escalada de la carrera armamentística, que creaba una intensa competencia entre los Estados para obtener fondos con los que pagar sus gastos militares. […] En la década de 1890, la combinación de la solución financiera con otras de las soluciones mencionadas comenzó a reducir la presión competitiva sobre el capital, mientras aumentaba la presión sobre el trabajo”. Esto provocó una creciente polarización de la riqueza durante la denominada belle époque, antes del estallido de la guerra en 1914. En la gráfica de la base de datos del WLG se aprecia que la conflictividad obrera disminuye en la década de 1890, pero a comienzos del siglo XX resurge con fuerza, alcanzando máximos históricos justo antes de la primera guerra mundial. Durante este periodo crece de manera formidable el poder asociativo del proletariado, su organización a nivel sindical y su conciencia de clase (“el sindicalismo se hizo más agresivo y político, y menos corporativo”), un proceso que cristaliza en la formación de partidos políticos con un programa que aspira a abolir el trabajo asalariado. “La chispa que solía hacer saltar los conflictos eran los ataques a los derechos establecidos a los trabajadores artesanales, pero estos tendían a extenderse rápidamente y a abarcar a todos los obreros de las grandes fábricas”. La homogeneización de las condiciones de vida de los proletarios y su concentración en los barrios obreros eran factores reforzaban así mismo este asociacionismo clasista.

Frente a este creciente poder, que cada vez era más difícil abatir mediante la represión, la clase dominante reorientó su estrategia hacia lo que Silver denomina “la socialización del Estado”. Los inicios de esta tendencia se pueden rastrear hasta la época de Bismarck, en la década de 1880. A partir de entonces el proteccionismo va ganando terreno. Hacia finales de siglo todos los países occidentales empezaron “a poner en práctica políticas destinadas a proteger a los ciudadanos frente a los trastornos provocados por un mercado autorregulado. […] Estas medidas formaban parte del desarrollo más general de una alianza interclasista en favor de un Estado fuerte y activo”. Los proyectos de expansión colonial encajaban perfectamente con esta alianza de clases en defensa del interés nacional, pues la guerra y la conquista requerían de una cierta colaboración ciudadana. “Los Estados recurrieron de nuevo al nacionalismo y al patriotismo como nueva religión civil y como base para movilizar a los soldados como ciudadanos”. La guerra exigía una industria bélica y obreros que trabajaran en ella. “La ampliación de los derechos democráticos y laborales estaba destinada a fortalecer la lealtad de la clase obrera”. El crecimiento del poder asociativo del proletariado, unido al interés de los patronos por atraer a la clase obrera a su política nacionalista interclasista, fueron factores que contribuyeron a la formación de aquella aristocracia obrera social-chovinista a la que Lenin vapuleaba.

Los intentos de la burguesía de mitigar el antagonismo de clases a través del colonialismo, bien como modo de fortalecer la unión sagrada nacionalista o como medio para obtener recursos con los que financiar el gasto social, agudizaron los conflictos entre las distintas naciones, que desembocaron finalmente en la guerra. Al mismo tiempo, a través de la masacre, la burguesía esperaba poder liquidar la amenaza proletaria interna. La conflictividad obrera, por tanto, está estrechamente ligada al estallido de la primera guerra mundial, de manera directa e indirecta.

El proceso de desmercantilización de la fuerza de trabajo en occidente

La guerra de 1914 reforzó esa tendencia hacia la “socialización del Estado” de la que habla Silver. “Se establecieron acuerdos tripartitos entre sindicatos patronos y gobiernos, en los que los líderes sindicales se comprometían a no convocar huelgas a cambio de reconocimiento de los sindicatos por el gobierno y los patronos, de la negociación colectiva y de procedimientos de conciliación y arbitraje”. En otras palabras, se ponían los cimientos del Estado corporativo que se generalizaría tras la segunda posguerra, a través de mecanismos institucionalizados para la colaboración de clases.

Pero esta colaboración y las concesiones correspondientes no impidieron que al acabar la guerra se iniciara un corto e intenso periodo revolucionario, que puso a la burguesía internacional en serios aprietos. Los obreros de la industria metalúrgica y armamentística destacaron en todos los países por su combatividad. Sin embargo, la revolución no logró arraigar en Europa, y la conflictividad obrera fue amainando. Silver argumenta a continuación que una de las razones del progresivo deterioro de la economía durante la década de los 20 fue la insistencia de las élites económicas en restaurar el patrón-oro, que obligó a los distintos países a realizar lo que hoy se llama “ajustes estructurales” y aumentó tanto la inestabilidad social como la conflictividad laboral[7]. Todo ello en un momento en el que el proletariado aún conservaba buena parte de su fuerza asociativa, de la que hacía gala en esporádicos estallidos. “A raíz del crash de 1929, con la credibilidad política de las altas finanzas y los gobiernos liberales evaporada, los experimentos para fusionar proyectos hegemónicos nacionales y sociales fueron mucho más allá que en el periodo anterior a la primera guerra mundial. El New Deal, los planes quinquenales soviéticos, el fascismo y el nazismo[8] eran formas diferentes de saltar del mercado mundial, que se iba a pique, a la balsa salvavidas de la economía nacional.” Todos ellos tenían dos cosas en común: “descartaban los principios del laisser faire” y “pretendían una rápida expansión industrial como parte del esfuerzo para superar las crisis sociales y políticas provocadas por el fracaso del sistema de mercado, y en particular el desempleo masivo”. Esta expansión industrial, que requería nuevos mercados de aprovisionamiento y consumo, aumentó de nuevo las tensiones interimperialistas y la conflictividad laboral, constituyendo uno de los factores que finalmente provocarían el estallido de una nueva hecatombe mundial.

La segunda guerra siguió el mismo patrón que la primera en lo que se refiere a la lucha de clases: escalada previa, reflujo intermedio y estallido posterior. Sin embargo las circunstancias históricas habían cambiado y esta vez la ola de conflictividad de posguerra careció del carácter revolucionario que tuvo la de 1917. En occidente el corporativismo de entreguerras terminó insertando completamente a los sindicatos en el mecanismo estatal, institucionalizando los conflictos laborales. En cuanto a las organizaciones políticas obreras, los partidos socialistas y los comunistas habían perdido todo su contenido clasista y habían pasado al campo capitalista, los primeros desde 1914 (hundimiento de la Segunda Internacional), los segundos desde finales de los 20[9].

En el mundo colonial las cosas eran muy distintas. Allí, tras una oleada de protestas a finales del siglo XIX, expresión de una resistencia a la proletarización y a la disolución de los viejos modos de vida (tipo polanyiano), la lucha de clases se intensificó los años previos a 1914, en el contexto de “una primera oleada de rebeliones nacionalistas encabezadas por élites occidentalizadas”. Tras la guerra, la conflictividad laboral se recrudece en los años 20 y 30, sobre todo en la minería, el transporte y el textil. La urbanización y el crecimiento de los enclaves para la exportación aumentaron el poder de negociación de los obreros. Es en esta época cuando los movimientos nacionalistas de las colonias empiezan a darse cuenta de la importancia que tiene el movimiento obrero en la lucha de liberación (India, China). “Quedó claro que, para que un movimiento nacionalista tuviera éxito, precisaba una agitación de masas”, pues “una élite de clase media, sin el ariete de las masas iletradas, no podía esperar derrotar a las fuerzas del colonialismo”. En la periferia la segunda oleada de conflictividad laboral postbélica fue más intensa y duradera que la primera, y suministró a las élites nacionalistas el empuje de masas necesario para poner en marcha el proceso de descolonización en la segunda mitad del siglo XX.

Los cambios tras 1945

“La reestructuración del sistema capitalista mundial patrocinada por Estados Unidos sentó las bases para dos décadas de crecimiento sostenido y rentable”, que “proporcionó los recursos materiales con los que financiar los bloques sociales de las décadas de posguerra”. La victoria de los aliados y la concentración de poder económico de EEUU permitieron poner en marcha los programas keynesianos y el Estado de Bienestar, continuación democrática de los Estados fascistas[10] del periodo de entreguerras. “El programa keynesiano presuponía una tregua en el conflicto capital-trabajo, basada en un acuerdo tripartito suscrito entre gobiernos, sindicatos y empresas. Los gobiernos y las grandes empresas aceptaban la existencia del sindicalismo, mientras que los sindicatos aceptaban el derecho de la dirección de las empresas a realizar cambios en la organización de la producción para aumentar la productividad”.

Los fabricantes, no obstante, a la larga consiguieron arreglárselas para mantener a una parte de la fuerza de trabajo al margen de esta protección “desmercantilizadora” (trabajadores eventuales y a tiempo parcial, con menores derechos y beneficios). La incorporación de las mujeres al mercado laboral, por ejemplo, fue aprovechada como fuente de empleos más flexibles. Las soluciones espaciales también permitieron a las empresas eludir los efectos que tiene sobre la rentabilidad el proteccionismo estatal de la mano de obra.

Las enormes inversiones estadounidenses en Europa en los 50 y 60 contribuyeron a debilitar tanto el poder de negociación de los trabajadores semiespecializados norteamericanos como el de los trabajadores artesanales especializados europeos. Pero el desarrollo de la producción en masa en Europa también desembocó en las oleadas de conflictividad obrera de los 70, que a su vez fue “un detonante para el despegue de la expansión transnacional del capital europeo occidental hacia áreas de bajos salarios”.

Si bien en algunos países de la periferia también se levantaron barreras protectoras para la fuerza de trabajo, sus menores recursos redujeron su alcance a tan solo una pequeña fracción de la clase obrera. Por tanto, las alianzas interclasistas nacionalistas no tardaron en dar paso de nuevo a la lucha de clases y la represión. “A medida en que cada colonia alcanzaba la independencia, la alianza interclasista de los movimientos nacionalistas solía disolverse”. Una vez adquirida la independencia, había que atraer al capital privado, lo que requería una mano de obra disciplinada.

La segunda fase de desmercantilización de la fuerza de trabajo

Todo este rápido crecimiento “desembocó finalmente en una crisis de sobreacumulación caracterizada por una intensa competencia intercapitalista y una contracción general de los beneficios, resquebrajándose en el contexto de esta crisis los bloques sociales de posguerra destinados a integrar a los trabajadores”. Las primeras reacciones capitalistas en forma de intensificación del ritmo de trabajo provocaron oleadas masivas de huelga en Europa durante finales de los 60 y los años 70. En EEUU, los gastos derivados de la guerra del Vietnam, unidos a los gastos sociales, llevaron a una profunda crisis presupuestaria. Según Silver, ante la falta de respuesta a todos estos problemas por parte de los Estados, el capital “se puso ‘en huelga’. Un capital cada vez más móvil ‘votó con los pies’, no sólo intensificando y profundizando la reubicación geográfica del capital productivo hacia áreas de bajos salarios, sino también acumulando capital en forma líquida en numerosos paraísos fiscales. […] La combinación de soluciones espaciales, tecnológicas y financieras debilitó así seriamente a los trabajadores ‘a sus espaldas’ en la década de los setenta, permitiendo un asalto abierto de los Estados y el capital contra los movimientos obreros en la década de los 80”, lo cual trajo consigo una oleada de luchas defensivas de tipo polanyiano en los países del centro (que terminaron en derrota), mientras en la periferia el desarrollo industrial provocaba enormes luchas de tipo marxiano (trabajadores del automóvil en Brasil, del petróleo en Irán, de los astilleros en Polonia, etc). “La militancia obrera (especialmente las agitaciones dirigidas contra las empresas extranjeras) gozó de nuevo de un amplio apoyo interclasista en la década de los setenta, con una importante oleada de nacionalizaciones que recorrió todo el Tercer Mundo”.

¿Cómo se explica Silver el decaimiento de la conflictividad laboral en los 80 y los 90? “En cierta medida  este debilitamiento fue consecuencia de las soluciones espaciales. Sin embargo, […] la explicación de la severidad y la amplitud de la crisis de los movimientos obreros parece deberse a la enorme importancia de la solución financiera implementada durante las décadas de los ochenta y los noventa, así como a un cambio en el carácter de ésta”. Los flujos del capital financiero se invirtieron en los 80, orientándose hacia los países del centro capitalista en lugar de hacia la periferia. El cierre del grifo de los préstamos originó la primera crisis de deuda a comienzos de la década, lo que a su vez llevó a los programas de ajuste estructural en los países deudores, patrocinados por el FMI. Con todo aquel capital que absorbía ahora, EEUU pudo financiar recortes de impuestos y una nueva escalada de la Guerra Fría en el exterior, que terminó finalmente hundiendo a la URSS, “incapaz de competir tanto en el terreno financiero como en el militar”. “En la década de los noventa la crisis del capitalismo mundial y del poder mundial estadounidense se habían convertido en una crisis a escala mundial de los movimientos obreros”.

CONCLUSIÓN: ¿Y LA CONCIENCIA DE CLASE?

Hasta aquí llega nuestro resumen de Fuerzas de Trabajo. Nos dejamos algunas cosas en el tintero, como los comentarios de Silver acerca de las consecuencias de la homogeneización de las condiciones de trabajo a escala mundial, la posibilidad del surgimiento de un nuevo internacionalismo obrero, o las repercusiones de la transformación de las guerras sobre la dinámica conflictividad laboral-política interestatal. Pero invitamos a que se conozcan de primera mano, a través de la lectura de este interesante estudio cuya importancia ya ha señalado Wildcat en La clase obrera global.

Antes de concluir, queremos hacer un último apunte, incidiendo en las limitaciones que presenta el análisis de Silver. El enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado se despliega, por así decir, a dos niveles. Por una parte, en el terreno de la defensa de los intereses económicos inmediatos, el combate adquiere la forma de conflictividad laboral, fenómeno inherente y necesario bajo el modo de producción capitalista, y que refleja el hecho de que la fuerza de trabajo es un objeto para el capital, una mercancía. Por otra, en el terreno de los intereses históricos, donde ya no se ventila qué cantidad de riqueza se reparte entre explotadores y explotados, sino la propia existencia y reproducción del régimen de explotación burgués, el choque se transforma en una lucha de clases en la que el proletariado aparece históricamente, no ya como objeto para el capital, sino como sujeto activo. Naturalmente, el nexo de unión entre ambos estadios es el desarrollo de la consciencia de clase, el proceso de transformación de la fuerza de trabajo mundial en proletariado internacionalista.

Al limitarse a estudiar este enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado en su forma inmediata de conflictividad laboral, como hecho objetivo, documentado en las noticias de prensa y registrado en la base de datos, Silver deja al margen estos elementos subjetivos (pero también registrables objetivamente) que determinan el contenido proletario de la lucha.

De todos los elementos que emplea en la investigación, el único que representa un carácter subjetivo y que es susceptible de reflejar el grado de conciencia de clase adquirido por el proletariado es lo que aquí se ha llamado el poder asociativo. Silver señala que el escaso poder de negociación estructural del proletariado del siglo XXI, más parecido al del siglo XIX que al del siglo XX, le obligará a desarrollar más su poder asociativo para arrancar mejoras en las condiciones de trabajo y subidas de salarios a los capitalistas. Admite también que este poder se puede desarrollar en un sentido autónomo o a través de alianzas interclasistas. Incluso apunta en algún momento la debilidad y los peligros de estas alianzas. Pero ni intenta profundizar en la manera de avanzar hacia el poder obrero autónomo ni rechaza la vía del interclasismo como forma de desarrollar el poder asociativo local.

Digamos que como estudio de la conflictividad laboral, el trabajo de Silver es brillante. Pero como estudio de la lucha de clases se queda cojo, al dejar fuera del examen el elemento subjetivo que determina la formación de un movimiento obrero propiamente dicho, esto es, clasista e independiente: la conciencia de clase.

Sin embargo, es mediante la conciencia de clase como se pude desarrollar un movimiento proletario autónomo, libre de las alianzas interclasistas que le hacen depender de los vaivenes de la política burguesa; capaz de oponerse a esa tendencia que tiene la conflictividad laboral, por su propia naturaleza, de insertarse en los mecanismos capitalistas a través de la mediación del Estado; y susceptible de reagrupar a las capas inferiores de la clase obrera, peor pagadas y con menor poder de negociación estructural.


[1] En el Fernand Braudel Center de la Universidad de Binghamton de Nueva York trabajaban (además de Beverly J. Silver, autora de la obra que se reseña) destacados representantes de las teorías del sistema-mundo, como Immanuel Wallerstein o Giovanni Arrighi. Estos autores recogen una cierta tradición marxista y de la Escuela de Annales (Braudel) y se caracterizan también por el empleo de la cliometría en sus estudios.

[2]Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores.  Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia.  Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su tránsito inminente al proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.” Este párrafo del  Manifiesto Comunista es buen ejemplo de la diferencia que existe entre lo que Silver llama “luchas tipo polanyi” y luchas “tipo Marx”.

[3] Silver destaca la importancia que tuvo en algunos casos la emigración en la difusión de la organización obrera. Es el caso de los obreros de Lancashire, con fuerte tradición sindical, que contribuyeron a la formación del movimiento obrero en la industria textil norteamericana.

[4] Dentro del poder asociativo Silver incluye también las eventuales alianzas interclasistas con fuerzas nacionalistas, frentepopulistas, etc.

[5] “Los ferroviarios, por ejemplo, estuvieron entre los primeros en obtener derechos legales en un país tras otro”, señala.

[6] Es cierto que hoy día la organización obrera es más eficaz si se articula a nivel territorial que de empresa, en primer lugar porque no hay fuerza para organizarse en las empresas, y en segundo lugar porque el marco organizativo territorial ayuda a superar las barreras de categoría y profesión que nos dividen. Pero este tipo de organización no implica necesariamente alianzas interclasistas, como ocurre en el ejemplo que ofrece Silver.

[7] Tras la primera guerra mundial, además, los países industriales cerraron sus puertas a la inmigración, suprimiendo una de las clásicas válvulas de seguridad de las que disponía la burguesía de las distintas naciones.

[8] Se podría añadir a la lista el planismo, a la sazón de moda en Bélgica, o las políticas del Frente Popular en España y Francia en los años 30.

[9] El “socialismo en un solo país” fue la vía rusa hacia el nacional socialismo, una variante particular de esos “experimentos para fusionar proyectos hegemónicos nacionales y sociales” en los que el Estado jugaba un papel central.

[10] Fascistas en sentido económico, no político. Es decir, Estados corporativos que habían adquirido un enorme poder de mando sobre la economía nacional (producción, fuerza de trabajo, precios, salarios, etc.) y que habían logrado encerrar la lucha de clases dentro de un marco legal a través de la colaboración entre los sindicatos, el Estado y los capitalistas.

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