Los problemas de la moneda (II)

Tras explicar en la primera parte de este artículo los fundamentos de la economía capitalista y su régimen de producción, en esta segunda parte J.B. Mélis (que firmaba como Mitchell) habla de la función del crédito y hace un repaso histórico muy ilustrativo acerca de las vicisitudes sufridas por la economía capitalista desde la primera masacre imperialista de 1914 hasta la crisis de los años 30. Son especialmente interesantes sus comentarios sobre las soluciones con las que hoy también la burguesía trata de hacer frente a la crisis: deflación y devaluación.


Hemos visto que al oponerse claramente a la teoría cuantitativa, la ley marxista de la circulación monetaria afirma que la cantidad de oro circulante depende del valor de las mercancías. En cambio, el valor de los billetes no depende más que de la cantidad de estos que circula. Mientras esta cantidad se corresponda con la cantidad de oro que circularía normalmente, el papel conserva el valor que le asigna su función. Pero si se viola esta ley de proporcionalidad y si por tanto la cantidad de billetes excede las necesidades de la circulación de mercancías, “creándose” moneda por causas que no fuesen económicas, esta masa excesiva de billetes continuaría no representando más que la cantidad de oro económicamente indispensable. Es decir, que si la masa de billetes se doblase, cada unidad monetaria de papel no representaría más que una cantidad de oro equivalente a la mitad de la cantidad primitiva. Cuando era el oro el que circulaba, el oro excedente simplemente era retirado de la circulación, pero con el exceso de billetes ocurre lo contrario, si no pueden convertirse en oro se convierten en mercancías; la demanda de éstas se doblaría artificialmente y por tanto los precios también se doblarían. Existiría inflación de billetes porque su emisión superaría las necesidades económicas y se efectuaría en el vacío, como si se emitiese un cheque sobre una cuenta bancaria en la que no hay ni un céntimo; con la diferencia de que el pago del cheque se rechazaría mientras que el papel-moneda es de curso forzoso. La circulación “sana” de billetes no puede moverse, por tanto, más que en unos límites estrictamente determinados y esta condición obliga a darles una sanción legal que no puede imponerse más que en interior de las fronteras nacionales.

El oro, como medio de circulación, adquiere así dos formas que se contradicen cada vez más con la propia evolución del Capitalismo: una, su forma pura, material, que continuaría siendo el único aspecto bajo el cual aparecería como instrumento internacional para los intercambios y medio de pago (al margen de los instrumentos más desarrollados  como las letras de cambio); la otra, su forma papel que circula en el interior de cada nación capitalista, donde puede identificarse con el oro dentro de los límites de una emisión normal, mientras que su valor internacional se rige por su cotización.

Desde hace 20 años asistimos a este fenómeno aparentemente paradójico que consiste en la práctica desaparición del oro de la esfera de la circulación interior, mientras la masa de oro continúa aumentando considerablemente. Entre 1901 y 1929, la producción de oro llegó a ser más de la mitad de las reservas mundiales que existían al final de este periodo; es decir, en menos de 30 años se extrajo más oro que en el trascurso de todos los siglos precedentes. Durante la crisis mundial, el aumento de la producción incluso superó el ritmo del periodo de expansión precedente. Y sin embargo, el oro desapareció ante los ojos del común de los mortales. Fijándonos sólo en Francia, hundida bajo el peso de una masa de oro equivalente a casi 100 mil millones de francos, en 1934 los pagos del Banco de Francia se efectuaron como sigue: 0.2% en oro, 7.8% en billetes y 92% en cheques transferidos.

La diferenciación que se operó en la circulación monetaria mundial entre la esfera de la circulación nacional y la esfera de la circulación internacional, creó entre los precios interiores de las mercancías y sus precios mundiales una oposición que se fue acentuando con el desarrollo del sistema crediticio y de la moneda como instrumento de pago. El mecanismo monetario de los intercambios se escindió definitivamente en dos ramas cuando estalló la primera guerra imperialista.

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Junto al sistema de emisión de billetes de banco, primera forma de moneda crediticia y que por esta razón se denomina moneda fiduciaria, se constituyó un mecanismo extremadamente complejo y delicado cuyo origen se debía a la creciente importancia que iba adquiriendo la función de la moneda como medio de pago. El sistema crediticio era un instrumento que respondía a las necesidades de una circulación de mercancías en la que el intercambio con pagos en diferido se había vuelto la forma predominante de los intercambios; la mercancía se convirtió así en valor de uso antes de transformarse en moneda real, desapareciendo de la circulación antes incluso de haberse pagado. La moneda solo aparecía en el plazo establecido, ya no como medio de circulación, sino como medio de pago, e incluso lo más normal era que como tal no apareciera sino como capital prestado.

Eso explica porque, en el curso de su desarrollo, el sistema crediticio y el sistema bancario se influían recíprocamente.

El Crédito se convirtió en un potente factor de aceleración de la trasformación del dinero en capital, mientras que el atesoramiento, en lugar de seguir siendo un absurdo y estéril amontonamiento de dinero, se convirtió en una fecunda acumulación de capital. El Capitalismo se bebía los “ahorrillos” y tesoros privados; se metía en el bolsillo el ahorro y los pequeños ahorradores se consolaban pensando que ellos eran los “acreedores” y que los capitalistas eran sus “deudores”.

El Crédito fue el motor infernal del prodigioso desarrollo del sistema de producción burguesa en todas sus complejas formas. “La función específica del crédito, en general, consiste en eliminar todo resto de rigidez en todas las relaciones capitalistas, en introducir por doquier la máxima elasticidad posible, haciendo que todas las fuerzas capitalistas sean extensibles, relativas y sensibles en el mayor grado posible. Aumenta la capacidad de extensión de la producción y facilita los intercambios. Supera los límites de la propiedad privada fusionando en un solo capital un gran número de capitales privados. Acelera los intercambios de mercancías, el reflujo de capital a la producción y el ciclo del proceso de producción. Aumenta de manera inconmensurable la capacidad de extensión de la producción y constituye la fuerza motriz interna que la impulsa constantemente a superar los límites del mercado”. Rosa Luxemburg, Reforma o Revolución.

Y no fue una simple coincidencia histórica que en el último cuarto del siglo XIX la extensión del sistema crediticio coincidiera con la expansión imperialista del capitalismo, que agotando los últimos mercados extra-capitalistas llevaba el mercado mundial a sus límites extremos.

El Crédito, dada la complejidad de sus febriles y múltiples actividades, no podía sino desarrollar las contradicciones capitalistas y profundizar el antagonismo entre el modo de producción y el modo de intercambio mediante la hipertensión del aparato productivo, por un lado, y la extrema sensibilización del mecanismo de los intercambios por el otro; entre el modo de producción y el modo de apropiación; “socializaba” el capital, que por su propio carácter se oponía cada vez más al modo de apropiación individual que no obstante continuaba subsistiendo bajo la forma de un simple título de propiedad, una acción o una obligación que no procuraban más que una fracción de la ganancia. El crédito aceleró, en fin, el ritmo de concentración y centralización de los capitales y de las fuerzas productivas en unas pocas manos, expropiando progresivamente a los pequeños capitalistas.

El mecanismo del crédito, desparramado en multitud de ramificaciones hipersensibles, también tenía que activar de manera prodigiosa el “retorno de llama” que provoca la explosión de la crisis económica. Cuando surgía la debacle de los precios, el crédito se fundía como la nieve al sol, se negaba a quien lo demandaba, aparecía allí donde era inútil, cundía el pánico, activaba la descomposición general, aceleraba la crisis monetaria que se superponía a la crisis general[1] y precipitaba aún más la depreciación de los precios: “la mercancía ya no tiene valor de uso, el valor desaparece ante su forma. Hace tan sólo un instante, el burgués henchido de vanidad y orgulloso de su prosperidad declaraba que la moneda no era más que una vana ilusión. ¡La mercancía es la única moneda!, decía. ¡La moneda es la única mercancía!, es el grito que domina ahora el mercado. Igual que brama el ciervo sediento ante la fuente de agua viva, el alma de nuestro burgués llama hoy a gritos a la moneda, la única riqueza.

El sistema monetario recupera entonces su predominio sobre el sistema crediticio y el oro reaparece como el amo, la única forma natural en la que se concreta la riqueza abstracta.

Pero como el oro sin embargo sigue siendo invisible e inaccesible, se llega a la conclusión de que hay escasez de moneda. La crisis monetaria no es más que el corolario de la crisis económica, pero parece que es al revés y que ésta es consecuencia de la crisis monetaria. A si pues, para los “problemas” monetarios se proponen “remedios” monetarios. ¿Acaso no hemos visto recientemente al “marxista” Blum afirmar que el “desorden” monetario complica y agrava los efectos de la crisis mundial y que “no es nada absurdo ni extraordinario tratar de aliviar los efectos de la crisis remediando este desorden”?

Como la considerable ralentización de la velocidad de circulación de la moneda fruto de la compresión masiva del volumen de los intercambios provoca que salga de la circulación una considerable cantidad de moneda, se piensa que este fenómeno se debe a que los medios de circulación son insuficientes. Ahora bien, en la crisis, la masa de los medios de intercambio bien puede permanecer constante, o incluso aumentar si la velocidad de circulación de la moneda se reduce en la misma proporción o más rápidamente que los precios, o bien si la masa de mercancías aumenta en la misma proporción o más rápidamente que la bajada de los precios (gracias a la acumulación de stocks, por ejemplo)[2].

Por otro lado, se intenta explicar la bajada de los precios como consecuencia de la valorización del oro, del “excesivo” aumento de su poder adquisitivo, una acusación que se generalizó en el trascurso de la crisis mundial.

En cuanto a presentar la bajada catastrófica de los precios como expresión de la contradicción fundamental de la producción capitalista, como la demostración empírica de que se había producido demasiadas mercancías en relación a la estrecha base del reparto, la Burguesía y sus lacayos socialdemócratas preferían no hablar del tema.

Respecto a esta pretensión de que el descenso general de los precios es consecuencia de la subida del valor relativo del oro, podríamos decir, como ya subrayaba Engels con ironía, ¡¡¡“que los altibajos de los precios provienen de sus periódicos altibajos”!!!

Pero esencialmente estas acusaciones contra el oro se debían a que la bajada prolongada e ininterrumpida en los precios suponía ventajas para los “acreedores” de los que hemos hablado antes, es decir, para la masa de los ahorradores así como para los poseedores de billetes.

El Sr. Delaisi, el fabricante de planes, acudiendo en auxilio del angustiado Capitalismo, afirmó que “lo que nos ha demostrado la experiencia es la extremada movilidad del peso en oro que se obtiene por la misma cantidad de mercancías con unos años de diferencia”. Podríamos replicar al Sr. Delaisi que si el valor del oro varía, es más bien en el sentido de una reducción de su valor, pues muy probablemente el coste de producción del oro tiende a disminuir y por tanto su poder de compra decrece y no aumenta, y entonces el resultado (difícil de comprobar, por otra parte) sería que se frenaría a la bajada de los precios.

Se trata del mismo fenómeno que a finales del siglo XIX trajo la ralentización del ritmo de descenso de los precios que provocaba el aumento de la productividad del trabajo, ralentizando también por tanto la caída de la tasa de ganancia.

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La primera guerra imperialista de 1914-1918 operó un “saneamiento” gigantesco de la economía capitalista, obstruida por los enormes excedentes de capitales acumulados en el trascurso de su expansión imperialista y colonial. El mercado mundial saturado de mercancías fue sustituido por el mercado insaciable de la guerra, en la que se consumieron masivamente medios de producción y fuerzas de trabajo, trabajo muerto y trabajo vivo. La reproducción progresiva, ampliada, el consumo productivo, fue sustituida por una producción en retroceso y restringida al consumo destructivo. El capitalismo devoró su propia sustancia. No sólo es que las destrucciones y los gastos de la guerra se tragaran la mitad de la riqueza total que existía en 1914 en los Estados que participaron en ella, sino que la tensión del aparato económico enfocado a la producción bélica redujo también las rentas nacionales en un 40%; pero es más, el 50% de esta renta ya reducida se dedicó, en forma de impuestos, a financiar casi un tercio de los gastos totales, comprimiendo así el nivel de vida de las masas no combatientes al mínimo fisiológico indispensable. Los otros dos tercios restantes de los gastos se sacaron del capital social existente; las riquezas consumidas así definitivamente fueron remplazadas por un capital ficticio que adoptó dos formas esenciales: el papel-moneda y los títulos de crédito.

Aunque se destruyó la mitad del capital social, hubo que invertir capital para producir el trabajo futuro. Así fue como en 1920 dos tercios de las riquezas que habían sobrevivido a la tormenta estaban hipotecadas por las deudas del Estado. Comparado con 1914, los billetes en circulación y los títulos de crédito se habían multiplicado por diez.

La capacidad de compra necesaria para el mercado bélico la “creó” el Estado burgués drenando sistemáticamente el ahorro y comprimiendo los fondos para el consumo mediante impuestos. Si bien las formas de esta vasta concentración de riquezas para su posterior destrucción variaban de una nación a otra, en último término lo que hacía el Estado totalitario, que simbolizaba a todos los imperialismos, no era más que sustraer de la circulación las mercancías indispensables para lograr sus objetivos específicos, sustituyéndolas con papeles escritos que prometían su restitución y que salvaguardaban nominalmente el principio de la propiedad privada a la vez que disimulaban la definitiva expropiación de los acreedores del Estado y los poseedores de billetes, para el exclusivo beneficio del capital imperialista.

Excepto en los Estados unidos, el oro desapareció prácticamente de la circulación desde el inicio de la guerra, al mismo tiempo que se suspendía la convertibilidad en oro de los signos monetarios. El capitalismo, limitando sus emisiones de billetes, logró evitar una inflación que le habría debilitado al provocar desorden económico. Prefirió recurrir a la inflación crediticia, cuyos efectos sobre la economía eran menos peligrosos.

En general, el proceso de financiación se desarrolló como sigue: el Estado, para procurarse el dinero necesario, hacía sangrías sucesivas en la economía mediante emisiones de empréstitos a corto plazo que más tarde eran convertidos y “consolidados” en préstamos a largo plazo. Inglaterra y Francia aún podían recurrir a los créditos que no dejaba de ofrecerles los Estados Unidos. El gobierno inglés pudo colocar sus Bonos del Tesoro con la ayuda de los bancos, que ofrecían a los particulares créditos dedicados su compra. El gobierno francés cubrió sus necesidades, por una parte, con los adelantos del Banco de Francia; en realidad el Banco no tenía nada, pero creaba moneda por cuenta del Estado; el Banco, colocando entre sus activos sus créditos al Estado, obligaba a éste a respaldar los billetes emitidos en lugar del oro y de los valores oro que hubiese poseído si estas emisiones hubiesen sido la contrapartida de una transacción económica. Por otra parte, el Estado empezó a emitir masivamente los Bonos llamados de “Defensa Nacional”, reembolsables a corto plazo y cuya circulación revistió un carácter monetario.

En los Estados Unidos, que no entraron en guerra sino después de haber absorbido las ganancias, el oro continuó circulando y las nuevas emisiones monetarias necesarias para la intervención militar siguieron estando respaldadas por el oro, cuyas reservas se cuadruplicaron de 1913 a 1918. Al igual que en Inglaterra, los empréstitos se suscribieron mediante adelantos bancarios a la población.

En Alemania no fue posible recurrir a los créditos exteriores y fue el fondo nacional el que tuvo que proveer íntegramente las necesidades financieras. En 1918 la circulación monetaria, triplicada desde 1914, estaba esencialmente garantizada por los fondos del Estado, y los gastos de la guerra se pagaban exclusivamente mediante empréstitos internos, que a la sazón equivalían a dos tercios del capital total existente en 1914.

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Los problemas monetarios que el capitalismo regresivo tuvo que resolver tras la guerra deben examinarse teniendo en cuenta las fases de su evolución económica y política. La inflación acompañó las agitaciones revolucionarias surgidas de la masacre; el reflujo de la ola proletaria coincidió con el saneamiento monetario y el sistema capitalista recobró un equilibrio relativo; en resumen, la política intervencionista en el terreno monetario se debió a la necesidad que tenía el capitalismo de sobrevivir históricamente.

A partir de comienzos de 1919 se abrió una corta fase de expansión ficticia cuyo carácter especulativo se reveló por el hecho de que la rápida subida de los precios no vino acompañada en modo alguno por el correspondiente aumento de la producción. Prolongó la época de “prosperidad” de la guerra, pues había que sustituir la producción bélica por la producción de tiempos de “paz”, para así garantizar las necesidades más urgentes de mercancías para el consumo. Políticamente, esta reanudación económica, que reintegró en la esfera productiva a las riadas de desmovilizados, contribuyó a las derrotas obreras. Y aún se aceleró más bajo el impulso del aumento continuo de papel-moneda y de capitales ficticios que respondían a las urgentes necesidades fruto del fin de la guerra. Mientras la reactivación ayudaba a la burguesía internacional, se dejó de destruir capital europeo al mismo tiempo que se acentuaba la descomposición de los artificiales mecanismos monetarios construidos en el seno de las economías de guerra. Toda la potencia inflacionista acumulada y contenida por el aparato estatal durante la guerra se transformó en una fuerza destructiva que amenazaba toda la economía capitalista. Al igual que en el pasado, la inflación fue contemporánea de grandes conmociones sociales; el desorden inflacionista que se desarrolló tras la Primera Guerra Mundial mostró la elevada temperatura que había alcanzado el clima social en aquella época. Pero si bien esto, estableciendo paralelismos, recordaba a la gran experiencia inflacionista por la que pasó la Revolución Francesa, es importante sin embargo no olvidar que en este caso el asignado, en manos de la burguesía como clase revolucionaria, fue más bien un arma política dirigida contra una clase reaccionaria que un instrumento financiero; la creación de asignado aceleró la venta de bienes del clero y la hizo irrevocable, pues como confesó uno de los protagonistas de aquella época: “se trataba de arrebatar toda esperanza a los enemigos de la Revolución y encadenarles al nuevo orden por su propio interés”. Así, en cierta medida, en el caso francés la inflación jugó un papel progresista y revolucionario.

En 1918, cuando esta misma burguesía ya se había convertido en una clase retrógrada que había cumplido su tarea histórica, sucedió todo lo contrario: si esta vez también logró recobrar un cierto equilibrio político y económico, que contribuyó a la conservación de su poder, fue porque empleó la inflación como un arma contra la única clase revolucionaria llamada a sucederla, debilitando y desmoralizando al proletariado.

Hay que hacer un apunte fundamental en lo que concierne al desarrollo de esta inflación. Por un lado, a los imperialistas vencedores que se beneficiaron del Tratado de Versalles, les fue posible encauzar la ola inflacionista y evitar la destrucción de su sistema monetario, que pudo enderezarse y sanearse bien mediante una deflación de la circulación fiduciaria, como en Estados Unidos e Inglaterra, o bien mediante la consagración legal de la depreciación monetaria, como en Francia, Bélgica e Italia.

En cambio, los países derrotados de Europa central no lograron dominar las fuerzas desintegradoras que se habían puesto en movimiento con la impresión de billetes, y no pudieron impedir el hundimiento de su economía más que mediante una bancarrota monetaria y la creación de una nueva moneda.

En medio del desorden monetario, el dólar apareció como el único valor estable, el poderoso símbolo del prestigio del capitalismo norteamericano como acreedor mundial: su valor intrínseco, basado en el oro, contrarrestó los efectos de la inflación crediticia que surgió de la expansión económica de la guerra.

En cuanto al imperialismo inglés, tuvo que luchar contra la depreciación de la libra trabando el libre juego del mecanismo que le aseguraba el control de los intercambios mundiales; además, su dependencia como deudor de los Estados Unidos no hizo sino aumentar la dificultad de esta lucha. De este modo, cuando al acabar la guerra Nueva York cortó todos los créditos, obligando a Inglaterra a hacer sus compras al contado, esto no hizo más que acentuar la bajada de la libra. No obstante, había que restablecer lo más rápido posible el crédito y el prestigio de la plaza londinense, por lo que sin más tardanza el capital bancario se orientó hacia una política de deflación monetaria y bajada de los precios que facilitó la crisis económica de 1921. Pero aunque una libra “revaluada” pudiera restablecer las ganancias bancarias, hundía la capacidad de lucha del capital industrial, que se vio obligado a reducir sus precios de coste. El proletariado perdió los aumentos de salarios logrados en 1919, su nivel de vida cayó rápidamente al de 1913 y dejó que le impusieran un régimen de racionalización del trabajo[3].

Por otra parte, el capital bancario, para vencer la creciente concurrencia del capital norteamericano en el mercado financiero, decidió estabilizar la libra, al mismo tiempo que consolidó su deuda norteamericana. De esta forma, a comienzos de 1925, Londres reconquistó su soporte dorado con la ayuda de los jefes de las Trade-Unions, que traicionando la huelga general y ayudando a la derrota de los mineros ayudaron a restablecer el prestigio financiero del imperialismo inglés[4].

En Francia, hasta finales de 1918, la cotización del franco francés pudo mantenerse gracias a los créditos ingleses y americanos. No obstante, los déficits se acumulaban al son del refrán optimista de “ya pagará el germano”. En 1920, las cargas militares y los intereses de los empréstitos equivalían al 115% de los ingresos totales presupuestados. Las emisiones a corto plazo se sucedían; los Bonos de Defensa Nacional, extremadamente móviles y fácilmente reembolsables, representaban una permanente amenaza de inflación. La crisis económica empujó al Estado a iniciar la deflación de sus deudas, una tarea que se redujo a los estrechos límites de los pequeños artificios contables: una consolidación de Bonos de Defensa en préstamos a largo plazo dio lugar, por ejemplo, a nuevas emisiones de Bonos que absorbieron los capitales liberados por la crisis y se emplearon para “devolver” los adelantos del Banco de Francia.

Así sucedió hasta que la reanudación económica provocó el pago masivo de los Bonos y reabrió la compuerta a los anticipos bancarios, a la vez que se aceleraba la impresión de billetes, de manera que en 1925 la deuda total del Estado llegaba a casi 300 mil millones de francos y la circulación de billetes se había multiplicado por ocho desde 1914. El índice de precios llegó a 646 y en el exterior se precipitó la depreciación del franco. 1926 fue un año crucial: abismo presupuestario, huida de capitales, déficit creciente en el balance contable y ocho ministros sucediéndose en la cartera de finanzas. El “salvador” Poincaré intentó revaluar el franco, pero chocó con el problema de los precios, cuya caída minaba la economía. De hecho tuvo que estabilizar el “franco a cuatro perras”, lo que favoreció la afluencia de oro y divisas extranjeras y permitió proceder a la estabilización legal en 1928, consagrando la depreciación del franco, cuyo valor pasó a ser una quinta parte del de 1914.

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Pero fue en Alemania donde la inflación se desarrolló hasta el punto de sacudir los fundamentos del sistema económico.

En el periodo del fin de la guerra, la burguesía alemana, lejos de encaminarse por una vía que le hubiera permitido sanear progresivamente su economía, tuvo que continuar recurriendo a los expedientes de guerra, pero de forma más desarrollada e incontrolada. En lugar de beneficiarse de apoyo del capital extranjero para enderezar sus finanzas, éste le impuso el yugo del vencedor. Los tributos del Tratado de Versalles tomaron de la economía alemana la sustancia que sirvió para apuntalar los delicados edificios de los países victoriosos. Esta pérdida de riqueza material no podía colmarse, al igual que las destrucciones de la guerra, más que con papel que no representaba más que su “propio” valor. Sangrando incesantemente el ahorro, la llamada deuda “pública” hipotecó hasta cuatro veces el capital total de la nación.

Buscando un equilibrio presupuestario que no terminaba de lograrse, el Estado aceleró la impresión de billetes. Sus necesidades financieras aumentaron en la medida en que los ingresos se depreciaban bajo la acción específica de los fenómenos inflacionistas. A mediados de 1923, la proporción de los ingresos presupuestarios en relación a los gastos era menos del 2%. El aumento astronómico de los marcos-papel y la vertiginosa velocidad de su circulación se vieron superados sin cesar por el ritmo aún más vertiginoso de subida de precios. El mercado anticipaba de manera tan prodigiosa la depreciación monetaria que la masa de signos monetarios nunca llegaba a cubrir las insaciables necesidades de la circulación. El torbellino del jaleo fantasmagórico de los precios terminó tragándose incluso la propia noción de valor. En la última fase de este periodo de descomposición económica, el índice de los precios-papel pasó de los 2.054 en enero de 1923 a tres millones en octubre, mientras que el índice de los precios-oro se duplicó en cuatro meses.

Era bastante evidente, en cambio, que para el capitalismo la noción de valor no se había oscurecido. La burguesía industrial, que lo que poseía eran mercancías, lejos de perder la menor porción de su riqueza, pudo aumentarla. Desde luego, lo hizo echando sobre el proletariado y la pequeña burguesía la carga de los gastos de la guerra y la posguerra, contrayendo considerablemente el poder adquisitivo del mercado interior que la inflación aún limitaba más. Sin embargo la caída de la producción, resultado de todo esto, también se había verificado en las economías de los países vencedores (en menor medida). En cambio, el impulso inflacionista ofrecía a la industria alemana la posibilidad de compensar esto en el mercado exterior. La “prima” de cambio  fruto de la depreciación del marco le permitió exportar a unos precios que, expresados en oro, apenas alcanzaban los costes mundiales de producción, lo que significaba que si bien una parte del capital nacional se alineaba en beneficio del capital extranjero, en ningún modo lo hacía en detrimento de los propios fondos de la burguesía alemana; al contrario, la inflación le aseguró la rentabilidad de sus capitales, pues ninguna crisis económica habría podido operar en el seno de la esfera productiva un “saneamiento” semejante al que aportó el proceso inflacionista. En tanto que expropiación brutal de todos los poseedores de créditos establecidos en marcos, la inflación aceleró la valorización del capital; aligeró sus cargas fijas mediante una extinción progresiva de las deudas obligacionistas (en el último periodo se amortizaron en torno un 50% al mes); redujo la porción de capital dedicada a comprar fuerza de trabajo, cuyo “precio” se alejaba cada vez más de su valor, es decir, del precio de los productos necesarios para su reproducción. Así es como el poder adquisitivo de los metalúrgicos (una categoría bien pagada) era en mayo de 1923 un 15% comparado con el de antes de la guerra. Una barra de pan que el 3 de noviembre de 1923 costaba 25 mil millones de marcos, dos días después ya costaba 140 mil millones.

Alemania exportaba su sustancia, se decía. Sí, pero esta sustancia estaba hecha de la carne del proletariado y la pequeña burguesía. Era el trabajo vivo y el trabajo “ahorrado” el que se vendía de rebajas, mediante exportaciones y préstamos en especie. En cambio, la burguesía evitaba la depreciación de sus riquezas, bien acumulando divisas extranjeras y exportando sus capitales, bien recomprando a bajo precio el patrimonio nacional; la inflación remató el desarrollo de los Konzern y aceleró el proceso de centralización económica en torno al capital financiero.

No obstante, la descomposición del mecanismo de la circulación, a fin de cuentas, podía provocar la descomposición de la propia esfera productiva y la burguesía podía verse superada, como el aprendiz de brujo, por las fuerzas que ella misma había, si no desencadenado, al menos dejado que se expandieran en un sentido favorable a la consolidación de su poder.

La ocupación del Ruhr en enero de 1923 no hizo sino sacudir aún más la economía alemana, cortando sus bases vitales. El desarrollo del paro y el aumento de las cargas presupuestarias, agravando el desorden económico y la virulencia de la inflación, elevaban peligrosamente la temperatura social. Desde luego, organizando la resistencia “pasiva”, la burguesía encontró en el Ruhr una buena distracción para canalizar las luchas obreras, y como constató Painlevé, le permitió “soldar, en la orilla opuesta del Rin, a la clase obrera con los grandes señores de la industria, sus opresores”. Pero en el país no ocupado, había síntomas –como la huelga general de agosto de 1923 que provocó la caída del gabinete Cuno– que señalaban claramente que la clase obrera, que durante la tormenta inflacionista había perdido “sus reformas”, también se había dejado en ella sus ilusiones y estaba decidida a pasar a la lucha abierta contra el poder. La declaración de Stressemann, sucesor de Cuno, de que él “dirigía el último gobierno burgués” (con la participación de los socialistas), mostraba claramente la inquietud de la burguesía. Ésta debía dar un giro a su política económica. La derrota proletaria de octubre en Hamburgo, producto de un oportunismo que ya carcomía el aparato del P.C. alemán, permitió que este giro capitalista se llevara a cabo en las mejores condiciones.

Poniendo fin a la resistencia pasiva en el Ruhr, el gobierno, armado de plenos poderes, pudo encarar un primer intento de estabilización monetaria creando el Rentenmark-oro (el “marco seguro”), emitido por el Reichbank y cuyo respaldo era el conjunto de propiedades agrícolas e industriales. Pero la coexistencia de esta nueva moneda-oro con la inmensa riada de marcos-papel que continuaban circulando, no podía resolver el problema, aunque el Estado ya había cesado sus emisiones y la masiva “deflación” presupuestaria había llevado a despedir a un tercio de los funcionarios. Y, cosa paradójica, la enorme masa de signos monetarios en circulación fue insuficiente en relación al nivel que habían alcanzado los precios, y los escasos medios de los que disponía el Reichbank y el Rentenbank no pudieron suplir esto.

La economía alemana se reveló incapaz de operar un enderezamiento mediante sus propias fuerzas, pero la burguesía, tras poner fin a su política obstruccionista en el Ruhr y alejar también la amenaza proletaria, logró el apoyo del capital internacional para restablecer su economía y reconstruir su mecanismo monetario.

La primera intervención extranjera, fundando del Gloddiskontobank, se reveló insuficiente, y la estabilización no fue definitiva más que cuando el Comité de Expertos de París patrocinó un préstamo internacional de 800 millones de marcos-oro. El cambio de un marco-oro contra un billón de marcos-papel (1.000 millardos) consagró la ruina de los propietarios de Rentas del Estado mediante la amortización de la Deuda Pública a razón del 97’5% de su valor nominal, a la vez que se amortizaban más de tres cuartas partes del resto de los créditos. La gigantesca trasferencia de riquezas en beneficio del gran capital se había consumado; pero al colaborar en ello, el capitalismo mundial había debilitado al mismo tiempo la competencia alemana, al suprimir su “prima” a las exportaciones. En el interior, la debilidad de los fondos necesarios para llevar a cabo operaciones industriales trabó el “despegue” económico, y Alemania sólo entró en un periodo de relativa consolidación cuando se ofreció como mercado para los inmensos capitales ingleses, norteamericanos y franceses que estaban a la espera y cuya afluencia aceleró la maduración de las contradicciones específicas del capitalismo alemán y precipitó su evolución hacia el fascismo.

En resumen, la crisis económica de 1921-1923 vino seguida de un periodo de consolidación del capitalismo mundial, de recuperación de sus fuerzas políticas y económicas, de estabilización temporal, lo cual se reflejó en la reconstrucción y el saneamiento de los sistemas monetarios nacionales. Pero en ninguna parte se restableció el patrón-oro como antiguamente, y como afirma un economista burgués: “no se creyó oportuno, ni deseable, ni necesario que el oro volviera a la circulación dentro de cada país. Se estimó que para restablecer el régimen monetario sobre la base del oro bastaba con que una unidad monetaria nacional, representada por papel, fuera constantemente convertible en una cantidad determinada de oro, pero únicamente para las necesidades de los pagos en el extranjero”.

Este nuevo estatuto monetario se incorporó orgánicamente al sistema capitalista y así se consagró la misión ya esbozada antes de la guerra mundial entre la circulación interior y la exterior.

Esta dualidad adquirió una importancia fundamental cuando la crisis mundial abrió la tercera de las fases esenciales del periodo de posguerra, en el trascurso de la cual la sociedad capitalista tuvo que adaptarse al estadio decadente de su evolución.

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Con el periodo de recuperación económica de la posguerra, que se extendió hasta 1928-1929, la burguesía pensó que había llegado a un acuerdo con la Historia para una nueva etapa de prosperidad.

La crisis mundial le mostró brutalmente que no se trataba de eso y que 1914 había abierto definitivamente el proceso de descomposición de su sistema de producción, mientras que el periodo 1921-1928 no reflejaba más que una fase “pacífica” de esta liquidación histórica del Capitalismo como factor progresista.

En el trascurso de la época de expansión imperialista, la dinámica capitalista pudo oscilar entre un mercado mundial extensible y una producción que aumentaba sin cesar, mientras que las crisis cíclicas eran el periódico correctivo del desequilibrio rítmico entre la producción y el mercado, entre la oferta y la demanda de mercancías entre el enorme desarrollo de la productividad del trabajo y la contracción de la base capitalista de consumo. Por otra parte, el oro, reflejo de esta productividad del trabajo, aún no aparecía como la expresión concreta del antagonismo fundamental de la economía capitalista: producción-consumo; regulador de los intercambios y símbolo de la riqueza “abstracta”, al oro aún no se le “cuestionaba” su cualidad de medida de los valores.

Pero en el trascurso de la crisis mundial, la burguesía descubrió con estupor que a pesar de que la amplitud de la caída de los precios no tenía precedentes (caída que la organización monopolista sólo pudo frenar), era imposible que semejante saneamiento de los valores trajera una reactivación económica, y si bien fingió anatemizar al oro, no fue más que para ocultarse a sí misma este monstruoso contraste que el hundimiento de los precios ponía al desnudo.

Al final del ciclo de expansión, la contradicción fundamental del Capitalismo apareció ante una burguesía consternada por unos problemas nuevos y cuya solución no llegaría apelando al efecto “normalizador” de las leyes “naturales” que hasta entonces habían regido el mecanismo capitalista.

Cuando cedía bajo el peso de una masa aplastante de capitales improductivos, virtualmente muertos, ¿cómo lograría reanimarlos y restituir la ganancia indispensable? La solución no la traería una imposible expansión de la producción ni el perfeccionamiento técnico, que se revelaba como algo negativo sin el correspondiente desarrollo productivo. Ya no se trataba, pues, de un problema de mercados (que supuestamente se soluciona con la guerra). La burguesía sólo podía resucitar su ganancia adaptando su aparato productivo y las condiciones de la producción a la escala que le imponía la evolución histórica.

Pero, en tal caso, el problema económico debía ceder el paso inevitablemente al problema político, pues adaptarse significaba tener que reducir el valor del capital productivo y, en último término, una compresión masiva de los ingresos del proletariado y de las masas pequeño-burguesas así como de las categorías sociales “improductivas” que viven a costa de la plusvalía capitalista.

Y como hemos dicho, esta adaptación ya no podía subordinarse a la acción automática de las leyes capitalistas tal y como éstas se habían desenvuelto en las anteriores crisis cíclicas, en las que la destrucción de valores de cambio permitía que el capitalismo llegara a un nuevo equilibrio.

Hoy, la burguesía, ante la amplitud de los sacrificios que debe consentir, se niega a ser la que soporte la carga. Pero sólo puede echar ésta sobre las espaldas de las clases explotadas deformando o eludiendo el juego de las leyes económicas que rigen su sistema productivo, recurriendo para ello a su aparato estatal, cuyos órganos de represión y coerción debe reforzar en mayor o menor medida, dependiendo de las condiciones de cada nación.

Según sea su armadura económica, reposando en falso o sobre una base imperialista, estos problemas se pueden resolver: o bien mediante un Estado totalitario fascista que concentre en sus manos todos los métodos de la violencia capitalista; o bien mediante un Estado “democrático” que mantenga la cohesión social gracias a toda una gama de fórmulas que van del Gobierno Nacional (Inglaterra) a la Dictadura “democrática” de Roosevelt, pasando por el régimen de “plenos poderes” (Bélgica y Francia).

En el primer caso, dominará la política de contracción directa, de “deflación a chorro continuo” del nivel de vida de las masas; mientras que en el segundo caso la insuficiencia de los medios políticos no permite obtener resultados positivos por este método, por lo que deberá sustituirse por una política de hambruna menos brutal, más adecuada a las condiciones sociales existentes; pero, dada la amplitud que exigía dicha política, la socialdemocracia y el movimiento sindical tendrán que colaborar directamente.

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El último informe del Banco de Pagos Internacionales plantea claramente cuál es la cuestión crucial: “El problema de la reactivación económica es sobre todo el problema del valor del volumen de las mercancías intercambiadas y consumidas, así como de un ajuste de los precios; se puede resolver o bien mediante un aumento de los precios, o bien mediante una reducción rigurosa de los precios de coste, de manera que deje un margen suficiente de beneficio”.

Ya sabíamos que la producción por la producción jamás ha apasionado a la burguesía, pues su sistema productivo no suministra productos, sino mercancías cuyo valor contiene plusvalía. Lo que le interesa es la relación entre esta plusvalía y el valor del Capital total desembolsado en la producción, y no la cantidad de mercancías que produce.

Hoy, pues, la profundidad de la decadencia capitalista no se mide según el nivel cuantitativo de la producción y los intercambios mundiales. En 1934, el volumen del comercio mundial aún equivale a ⅔ del de 1929 y la producción industrial se mantiene en ¾ de la de 1929. El nivel relativamente elevado de los intercambios se debe a que es imposible que se reduzcan por debajo del límite mínimo compatible con la supervivencia de la “civilización” y la “paz” social. Por otra parte, el aumento constante de la producción en 1934 se explica por la preparación de la guerra.

La regresión capitalista se refleja económicamente en el hundimiento general de los precios, que arrastra el valor de la producción y del comercio mundial. En 1934, éste representaba, evaluado en oro, el equivalente a solamente un tercio del de 1929.

No sólo es que el bajo nivel de los precios y su producción, que se corresponde a un reducido grado de empleo de su capacidad productiva, colmen prácticamente la diferencia entre el valor del capital invertido y el valor de la producción realizada, aniquilando todo beneficio, sino que en ciertas ramas industriales altamente concentradas el valor de la producción ni siquiera alcanzaba al del capital adelantado: el capitalismo vendía a pérdida porque la contracción de los elementos del precio de coste no era proporcional a la caída de los precios. Tan sólo se había adaptado a esta caída el valor del capital circulante (materias primas) y variable (salarios). En cambio, el capital fijo continuaba pesando tanto más sobre el coste de producción cuanto mayor era la composición orgánica.

Ciertamente, los precios de coste no se veían sensiblemente afectados por la fracción del capital fijo que representa el valor de las instalaciones inmobiliarias, cuya amortización podía escalonarse en un largo periodo. Lo que les gravaba considerablemente era el valor irreductible del gigantesco utillaje, en gran medida renovado en el trascurso del periodo 1921-1928 gracias a capitales de préstamo.

En la esfera agrícola, los elementos fijos de los costes de producción (sobre todo en los Estados Unidos) eran: la renta de la tierra y los préstamos hipotecarios. Su peso específico era tanto más gravoso cuanto mayor era la tasa de depreciación de los productos agrícolas comparada con la de los productos industriales, lo que explica por qué en los Estados Unidos, por ejemplo, este problema de las “tijeras” se añadía al de la rentabilidad industrial.

La cuestión central que se le planteaba al capitalismo puede resumirse así: dado que no estaba en sus manos aumentar el valor-oro de su producción, ¿cómo podía llevar el valor-oro del capital invertido por debajo del valor del producto realizado en el mercado, para restablecer la ganancia sin la cual no puede vivir? O bien la compresión de los elementos reducibles (materias primas, salarios, gastos improductivos) permitía restablecer un equilibrio relativo entre costes y precios, o bien, si esta compresión se revelaba insuficiente, debería también ampliarse a los elementos rígidos del precio de coste.

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La llamada política de “deflación” representó el primer intento capitalista de adaptarse a la bajada de los precios-oro. Se recurrió al primer método, tratando de restablecer el “equilibrio” mediante una regresión general de la vida social, reduciendo las necesidades que en la época de esplendor le permitieron expandirse en cierta medida. Era evidente, ya lo hemos dicho, que en tal ambiente histórico la reducción de los precios de coste ya no dependía del perfeccionamiento técnico, de un desarrollo de la productividad del trabajo que redujera los precios por unidad, pues los límites en los que se movía la producción constituían un obstáculo insuperable, por no hablar de que el aumento de la composición orgánica del capital que resultaría de ello no habría hecho más que profundizar este desequilibrio; sólo las industrias bélicas ofrecían un mercado para el progreso técnico.

Esta condición negativa hacía imposible comprimir el capital variable reduciendo el valor de la Fuerza de Trabajo, es decir, del tiempo de trabajo necesario para su reproducción.

Por otra parte, tampoco era posible ampliar la jornada de trabajo social global (no así la individual).

Así que el coste de la mano de obra sólo podía reducirse mediante:

  • La intensificación del trabajo individual, que equivalía a un aumento de la jornada de trabajo y permitía reducir el número de obreros que trabajaban.
  • La bajada del precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor; el paro facilitaba esta rebaja, así como la descomposición del frente proletario por los agentes capitalistas (socialistas y centristas). Además, una falsificación de los índices de los precios al por menor, así como la presión que se ejercía sobre los precios de las mercancías que servían para la conservación de la fuerza de trabajo, sobre todo los productos agrícolas, contribuían a que el obrero creyera que su trabajo tenía un “precio justo”.

La compresión de los precios de coste podía ejercerse, por otra parte, mediante una reducción de la fracción de la plusvalía absorbida por los gastos sociales o los gastos de circulación: gastos de trasporte, las cargas “improductivas” del paro, gastos “culturales”, gastos administrativos (funcionarios), impuestos que “gravaban la producción”, ingresos de los pequeños comerciantes, etc. Esta política de deflación sólo podría generar resultados positivos si adquiría la suficiente amplitud. Ahora bien, dependía de la incidencia que tuviera sobre los diferentes componentes de los costes de producción: capital fijo, capital circulante y capital variable. Por su parte, los resultados positivos eran neutralizados por las fuerzas que actuaban en el sentido de una contracción constante del mercado, algo que no sólo se debía a la continua reducción del poder adquisitivo de la clase obrera, de la pequeña-burguesía y del campesinado, sino también a la psicosis que creaba esa bajada, que lo único que hacía era alentar el atesoramiento.

Por otra parte, los precios de venta, lejos de estabilizarse, continuaban bajando, pues tendían a seguir de cerca los costes de reproducción, constantemente reducidos por debajo de los costes de producción del ciclo que finalizaba.

Los costes y los precios se influían recíprocamente, reduciéndose sin llegar nunca a alcanzar el equilibrio perseguido. Esta tendencia agravaba la pérdida de capital en lugar de atenuarla. En cada ciclo productivo, la operación “deflacionista” tenía que empezar de nuevo; de la misma forma, los ministros de Finanzas perseguían un quimérico equilibrio presupuestario que nunca llegaba.

Por tanto, no había ninguna duda de que en determinadas condiciones políticas, los intentos de equilibrar la economía mediante métodos directos no eran más que una ilusión. Como recientemente constataba un economista burgués inglés a propósito de la política “deflacionista”: “En nuestro mundo occidental hay un límite, que en los países del Bloque-Oro está cerca de alcanzarse, por debajo del cual los ingresos no pueden reducirse sin provocar peligrosas reacciones sociales”.

Estas reacciones sociales fueron fácilmente sofocadas por las naciones fascistas porque antes ya habían logrado romper el espinazo al proletariado. En estos países los límites de la deflación pudieron llevarse más lejos gracias a un adecuado aparato estatal.

En Alemania, tras la gran expropiación inflacionista de 1923, que había aligerado la economía de las deudas privadas y públicas, la burguesía importó enormes cantidades de capital extranjero, que si bien le valieron para modernizar y racionalizar su industria, también gravaron el peso del capital fijo. Más tarde, no obstante, sus acreedores ingleses y norteamericanos, al proceder a la devaluación monetaria, se encargaron ellos mismos de reducir estas cargas rígidas, mientras el Estado alemán suspendía todas las transferencias.

Por otra parte, Alemania atravesó una coyuntura de rearme intensivo que mejoró la rentabilidad de las empresas y atenuó el paro. La instauración de un cuasi-monopolio en el comercio exterior, el estricto control del mercado de cambio y la moratoria de su deuda externa, le dieron además una relativa libertad de movimientos en sus relaciones con el exterior y le quitaron toda preocupación de carácter monetario. Sin reservas de oro y sin moneda convertible, tampoco tenía que preocuparse de “defenderla”. Ahora bien, la situación en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos era completamente diferente.

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La conformación estructural de estas economías, sobre las que continuaban pesando enormes capitales “muertos”, las empujó necesariamente a abandonar unos métodos de adaptación al descenso de los precios que no hacían más que acelerar la descomposición económica. El aumento incesante del poder adquisitivo de la unidad monetaria exacerbaba el conflicto entre los propietarios de mercancías y los poseedores de signos monetarios representantes del oro.

El economista inglés Strakosch revelaba las preocupaciones capitalistas cuando decía que “dada la bajada de precios, hay que suministrar más mercancías para respetar el ‘contrato monetario’. Si un préstamo se ha contratado en un periodo de precios altos y si, al vencimiento, los precios han bajado, hay que suministrar más riqueza real para pagar la deuda que si los precios permanecen ‘estables’.

Pero estas hipócritas imprecaciones que se lanzaban sobre el oro no alteraban para nada el hecho de que el elevado valor del oro no hacía más que expresar un contraste específico y fundamental del capitalismo, así como que el antagonismo deudores-acreedores no era más que la trasposición al terreno de clases del conflicto que existe entre el oro como medida de los valores y el oro como medio de pago.

Analizando las consecuencias de las variaciones del valor del oro, Marx ya subrayaba que “la moneda ejerce dos funciones diferentes en dos periodos distintos; primero sirve de medida de los valores, y luego como el medio de pago que responde a esta medida. Si en este intervalo varía el valor de los metales preciosos, la misma cantidad de oro que sirve de medio de pago valdrá más o menos que en la época en la que sirvió de medida de los valores, cuando se firmó el contrato. La función de una mercancía especial, el oro como moneda o valor de cambio materializado, entra aquí en conflicto con su naturaleza como mercancía particular cuyo valor depende de la variación de sus costes de producción.

Pero en la crisis general del capitalismo, la relación se invertía. Ya no era el valor del oro el que cambiaba en relación a todas las otras mercancías, sino que eran éstas las que, en relación al oro, firmaban con sus precios la histórica condena a muerte del modo de producción capitalista, que habiendo desarrollado prodigiosamente la productividad de los hombres, ya no era capaz de asegurar su bienestar.

¿Quiénes eran los acreedores y quiénes los deudores bajo este reinado del capital financiero? Aparentemente éste, dispensador de crédito, era el acreedor. Pero en realidad era más bien el deudor de la inmensa y amorfa masa de los ahorradores, los auténticos acreedores, que sin embargo eran impotentes porque carecían del control sobre la producción. Y es que si bien el capital financiero era por una parte el deudor de ciertas sumas, nominalmente fijas, por la otra detentaba los valores reales representados por el aparato productivo.

Se oponían entonces, por un lado, la gran masa de pequeños ahorradores y acreedores nominales, los pensionados y los propietarios de rentas del Estado, es decir, los que el señor Vandervelde llamaba sin ironía “capitalistas pasivos” y que, según sus palabras, “se hallaban, en medio de esta angustia generalizada, en mejor situación que antes de la crisis” (para este “marxista” la bajada de precios era sinónimo  de “angustia generalizada”). Y por otro lado, el puñado de “capitalistas activos”, siguiendo esta etimología de vanderveldiana, que controlaban las palancas de la economía, las riquezas reales y el oro.

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La idea de arrebatar a los “acreedores” y a los poseedores de moneda el “privilegio” que les confería la bajada de precios, se conjugaba así con la necesidad de aligerar la producción del peso aplastante de los capitales de préstamo, que esencialmente se dedicaron al perfeccionamiento técnico durante la fase de prosperidad ficticia.

La devaluación monetaria se presentaba como el “correctivo” capaz de restablecer el equilibrio entre el capital desembolsado en la producción y el valor realizado de dicha producción. El economista Strakosch, que ya hemos mencionado, aseguraba además que “la devaluación se basa en la justicia social, pues la clase que deberá soportar las cargas más pesadas es la que se verá privada del beneficio ‘no contratado’ (!) que le procura la bajada de precios.” ¡Qué humor inglés!

Está claro que la antinomia “deflación-devaluación” no existe más que en la imaginación de los demagogos socialistas; en realidad se trata de dos medidas que se complementan y que tratan de restablecer el equilibrio capitalista.

La afirmación de Blum de que “junto a la antinomia orgánica, el problema monetario provoca una dislocación práctica del capitalismo; bajo su forma financiera y bancaria, el capitalismo trata obstinadamente de estabilizar la moneda; bajo su forma industrial y comercial, cada vez se ve más empujado hacia la devaluación” (Le Populaire, 28-9-1934), no resiste una confrontación seria con la realidad. ¿Dónde ve Blum esa dislocación práctica del capitalismo?

Del mismo modo, es pura fantasía afirmar, como hace el “profesor” De Man, que “la inflación y la devaluación son dos cosas esencialmente diferentes”, pues en el terreno del antagonismo de clases, únicamente son dos métodos diferentes para operar una transferencia de riqueza en provecho del capital financiero: la burguesía sustituye la depreciación monetaria fruto de emisiones de papel no respaldado por otra depreciación que consiste en reducir el contenido de oro de la unidad monetaria, sin que esto venga acompañado de un aumento de la circulación monetaria.

Hemos señalado antes que la inflación permitió a la burguesía alemana sanear su economía. El objetivo de la devaluación era llegar a los mismos resultados, aunque en proporciones más restringidas.

El resultado de esta subida de los precios, unida a la depreciación del capital fijo y del capital variable, restableció el ansiado equilibrio entre los costes y los precios, al menos durante un periodo cuya duración dependería de las modificaciones en la correlación de fuerzas entre imperialismos rivales.

Los orígenes de la devaluación y el ambiente en el que germinó indican claramente que a decir verdad no se trataba de un problema monetario; y el ejemplo norteamericano mostró que el respeto al estatuto monetario no dependía de la existencia de unas enormes reservas de oro, sino del clima económico y social.

Así mismo, en Inglaterra, en 1931, el descuelgue de la libra respecto al oro se debió a esas causas profundas que hemos analizado; la retirada masiva de capitales cuya contrapartida eran los créditos a corto plazo bloqueados en Europa central (Alemania y Austria), no fue sino el gatillo que precipitó la ruptura.

En los Estados Unidos la caída de los precios al por mayor llegó a tal extremo que la diferencia entre el precio de coste y el precio del mercado, entre las deudas de los granjeros y sus ingresos, se había vuelto intolerable y amenazaba con sacudir todo el edificio social.

No hace falta decir que del mismo modo que la devaluación no surgió de una crisis monetaria, tampoco fue el producto de maniobras especulativas, pues estas no reflejan sino las reacciones superficiales de la agitación del subsuelo económico.

 

Continuará.

MITCHELL


[1]La función del dinero como medio de pago encierra un brusca contradicción. En la medida en que los pagos se compensan unos con otros, el dinero sólo funciona idealmente, como dinero aritmético o medida del valor. En cambio, cuando hay que hacer pagos efectivos, el dinero ya no actúa solamente como medio de circulación, como forma mediadora y llamada a desaparecer en la asimilación, sino como la encarnación individual del trabajo social, como la existencia autónoma del valor de cambio, como la mercancía absoluta. Esta contradicción estalla cuando se producen las crisis comerciales y de producción a las que se denomina crisis de dinero. […] Tan pronto como este mecanismo sufre una perturbación general, sea la que fuere, el dinero se trueca brusca y súbitamente de la forma puramente ideal del dinero aritmético en dinero contante y sonante. El valor de uso de la mercancía se desvaloriza y su valor desaparece ante su propia forma de valor. […] La crisis exalta en unos términos de contradicción absoluta el divorcio entre la mercancía y su forma de valor, o sea, el dinero”. Marx, El Capital (Sección Primera, Capítulo III, Dinero).

[2] La masa de dinero que funciona como medio de circulación es equivalente a la suma de los precios de las mercancías dividida por el número de rotaciones de las monedas que representan igual valor. Por tanto, si la velocidad de circulación de la moneda (nº de rotaciones) se reduce en la misma proporción que los precios, la masa monetaria permanecerá constante. Lo mismo ocurre si el descenso de los precios de las mercancías se compensan con el aumento del volumen (cantidad) de éstas.

[3] Es en esta época cuando comienzan a extenderse el taylorismo y el fordismo.

[4] En la primavera de 1925 la libra volvió a la paridad oro.

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