Los problemas de la moneda (I)

Reproducimos a continuación la primera de las tres partes en las que hemos dividido este estudio sobre los problemas de la moneda, publicado originalmente en la revista BILAN en 1935, en mitad de una crisis económica semejante a la que atravesamos ahora. Está firmado por Mitchell, que era uno de los seudónimos que el militante comunista belga Jean Baptiste Mélis empleaba para ocultar su identidad, pues ocupaba un importante cargo en la sucursal de Bruselas del Westminster Bank of London. Este estudio es particularmente interesante para comprender todas las medidas económicas que están sacando adelante los Estados y los bancos centrales de todas las potencias, cuyo objetivo es reanudar el ciclo de acumulación del capital en condiciones favorables. Las políticas monetarias de los programas de “flexibilización cuantitativa” se presentan como complemento de las políticas de “devaluación interna”, eufemismos que encubren la naturaleza de dos métodos diferentes cuyo único fin es operar una transferencia de riqueza en provecho de los capitalistas, en un contexto de guerra de divisas y guerra comercial entre Estados y bloques imperialistas avivado por la crisis internacional. La sobre-producción, no obstante, sigue saturando de mercancías invendibles todos los poros de la sociedad capitalista, y plantea la amenaza de una destrucción masiva de fuerzas productivas bajo la forma de guerra generalizada y masacre de proletarios. Ante esta alternativa histórica que anuncia la burguesía, la única garantía para el proletariado, dadas las fuerzas de las que hoy dispone, es retomar la defensa de sus intereses de clase y sus necesidades vitales, mediante la organización y la lucha común.


La necesidad científica llevó a Marx a abordar la exploración del sistema burgués de producción mediante un profundo análisis de su base fundamental: la forma mercancía de los productos del trabajo humano. Marx destaca que: “Así como cuando reflexionamos acerca de las formas de la vida humana y tratamos de analizarlas científicamente seguimos, en realidad, un camino opuesto al verdadero desarrollo de esa vida, empezando a destiempo, es decir, partiendo de los resultados adquiridos durante el proceso de desarrollo; así también consideramos que las formas que imprimen a los productos del trabajo el carácter de mercancías ya existían antes de la propia circulación de mercancías, como si fueran la forma natural de la vida social, sin que los hombres puedan explicarse, no ya el carácter histórico de estas formas que piensan que son inmutables, sino su contenido.” [1]

Lo mismo que hizo Copérnico en el dominio cósmico, revelando el significado exacto del movimiento  aparente de los astros y reduciendo el exagerado egocentrismo de los hombres a unas proporciones más modestas, lo hizo Marx en el terreno económico al descubrir la profunda esencia de las leyes que rigen la economía capitalista, despojándolas del misterio que las envolvía y que hacía que las instituciones burguesas aparecieran como “naturales” y “eternas”, mientras la economía clásica consideraba las formas de producción pre-burguesas “casi como los Padres de la Iglesia trataban a todas las religiones que precedieron al cristianismo”, es decir, como instituciones artificiales. Sabemos que no lo eran y que en realidad sucedía todo lo contrario, pues las comunidades primitivas revelaban incontestablemente el carácter natural de sus relaciones sociales.

En la sociedad antigua y en la economía feudal las relaciones sociales entre los hombres eran  fundamentalmente relaciones de dependencia directa e individual. Los productos del trabajo aparecían directamente bajo su forma material de objetos que respondían a ciertas necesidades; no aparecían bajo la forma mercancía sino accidentalmente, cuando los objetos que excedían las necesidades propias se  intercambiaban con otras comunidades. Así, en la sociedad feudal, las relaciones sociales no consistían más que en la realización de las prestaciones personales que imponía el contrato feudal, sin dar lugar al intercambio de productos, dado que no existían contrapartidas económicas, o si se prefiere, no había sino intercambio entre prestaciones en especie y servicios.

Estos organismos de producción, pues, conservaron este carácter simple, que revelaba fácilmente las formas específicas de explotación; no existía ninguna categoría económica que disimulara estas formas o alterara su significado (la moneda aún no jugaba más que un papel secundario, dada la escasa importancia que tenían los intercambios).

Más tarde, las relaciones de producción y los contrastes sociales fueron ocultándose, en la medida en que, bajo el impulso del progreso técnico y de una división del trabajo más acentuada, las riquezas aumentaban al mismo tiempo que se multiplicaba y se concentraba la propiedad privada y se desarrollaba la producción de mercancías. Y cuando esta última forma de producción llegó a su pleno desarrollo con la expansión de Capitalismo, cuando el producto del trabajo ya no apareció sino bajo la forma de una mercancía y ésta bajo la forma de moneda, entonces el carácter de las relaciones sociales así como las propias relaciones desaparecieron bajo la marea de una intensa circulación de mercancías y quedaron ocultas bajo el aspecto del Dinero.

La circulación de riquezas puede aparecer incluso como un mecanismo independiente de la actividad productiva, con sus propias leyes, y tal es así que las ilusiones monetarias que alberga la economía política burguesa proceden de esta concepción, según la cual el modo de intercambio es independiente del modo de producción.

Se comprende que el carácter enigmático de la moneda, en la que necesariamente debe metamorfosearse la mercancía, no se puede elucidar sino conociendo la naturaleza de la propia mercancía, aparentemente tan misteriosa.

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Es cierto que la producción y el intercambio de mercancías están condicionados por la división social del trabajo, pero esta división no implica necesariamente la formación de productos-mercancía. Marx cita como ejemplo a las comunidades primitivas, en las que a pesar de que el trabajo estaba socialmente dividido los productos se consumían directamente y no perdían en ningún momento su aspecto inmediato de objetos de uso. Los diferentes trabajos no reflejaban más que diversas funciones dentro del organismo social y los productores no eran más que órganos del mecanismo social, estrecha y recíprocamente dependientes. Del mismo modo, tal y como hemos dicho, la sociedad esclavista, y luego la sociedad medieval, conservaron unas ciertas relaciones de dependencia personal entre los amos y los esclavos, entre los señores y los siervos, entre los soberanos y los vasallos, relaciones que eran la base de la sociedad; los productos del trabajo no tenían por qué adoptar una forma aparentemente extraña, disimulando su realidad como objetos que se corresponden con ciertas necesidades.

El intercambio de productos trasformados en mercancías se desarrolló paralelamente a la descomposición de las economías naturales. A través de un largo proceso histórico, los productores, al mismo tiempo que adquirían la cualidad de propietarios particulares de los frutos del trabajo, se liberaron de su estado de dependencia social. Por otra parte, los diferentes trabajos individuales se ejecutaban cada vez más independientemente los unos de los otros, y si bien los productores reforzaban así su independencia económica en la medida en que se apropiaban del fruto de su trabajo, por otro lado la primitiva dependencia social se sustituía por otra: el desarrollo de la producción de riquezas y su intercambio trasformaba el carácter del producto ante su productor y propietario; para éste ya no eran objetos destinados para su propio uso, sino que estaban destinados a intercambiarse por otros objetos diferentes, capaces de satisfacer sus necesidades. De manera que mientras en las economías naturales era el reparto directo de los productos de un trabajo realizado en común lo que permitía hacer frente a las necesidades, el productor privado, en cambio, no podía satisfacer sus propias necesidades sino de manera indirecta, subordinándose al mercado.

Para su poseedor, el producto se convirtió pues en una mercancía en la medida en que para él ya no representaba un valor de uso, sino un valor de cambio con el cual podía obtener otro valor de uso que poder consumir. Y cuando la producción para satisfacer las necesidades se trasformó totalmente en producción para el intercambio, se estableció entre los hombres una sola relación económica, la posesión de mercancías, y el valor de cambio empezó a reglamentar las relaciones entre los productores y a comparar sus múltiples trabajos privados.

El valor de cambio adquirió un carácter social que, superponiéndose al valor de uso del producto, permitía disimular la naturaleza física y la utilidad de éste, y el propio valor de cambio terminó adoptando una apariencia material. El valor de cambio confirió así a la mercancía un aspecto misterioso dentro del circuito de los intercambios, mientras la “relación social determinada que existía entre los hombres adquirió ante sus ojos la forma fantasmagórica de una relación entre objetos. Por eso, si queremos encontrar una analogía con este fenómeno, tenemos que remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la religión”. Esto es lo que Marx llama “el fetichismo de los productos del trabajo cuando estos aparecen como mercancías” y que por tanto también afecta a la moneda, que no es más que una forma particular de la mercancía.

Pero el valor de cambio terminó convirtiéndose en una realidad social por el hecho de que permitía establecer una relación cuantitativa de intercambio entre valores de uso diferentes, permitiendo fijar la proporción en la que se podían intercambiar un cierto número de objetos de una especie por un cierto número de objetos de otra especie.

En el mercado, los productos, aunque físicamente eran completamente diferentes, podían intercambiarse como si fueran equivalentes, pues todos encerraban un elemento común: el trabajo; no el trabajo particular o individual que se concreta en un objeto material bajo la forma de valor de uso, sino trabajo general abstracto, que constituye la propia substancia del valor de cambio. Y la magnitud de valor de cambio de una mercancía no es más que la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción.

En su polémica con Bernstein, que afirmaba que la ley del valor-trabajo no era más que una simple abstracción, Rosa Luxemburg replicó que “la abstracción de Marx no es una invención, sino un descubrimiento; y la abstracción no está en la cabeza de Marx, sino en la propia economía mercantil; no es algo imaginario, sino que tiene una existencia real y social, tan real que puede cortarse, pulirse, pesarse y amonedarse. El trabajo humano abstracto que descubrió Marx, en su forma desarrollada, no es más que el Dinero.” [2]

De esta forma Rosa Luxemburg confirmó lo que Marx ya había dicho, a saber: que la ciencia no había hecho más que descubrir la verdadera naturaleza del valor, mientras los propios hombres, al basar sus intercambios en la igualdad del valor de los productos, ya afirmaban “sin saberlo” que sus diversos trabajos eran iguales entre sí, en tanto que trabajo humano. Y Marx decía que “el valor no lleva escrito en la frente lo que es, sino que transforma más bien todo producto del trabajo humano en un jeroglífico social. Luego los hombres tratan de descifrar el sentido del jeroglífico y penetrar en el misterio de su propio producto social; al igual que ocurre con el lenguaje, la determinación de los objetos de uso como valores es un producto social”. Además añadía que “el tiempo de trabajo social no existe en las mercancías, por así decirlo, sino en estado latente, y no se manifiesta más que en su proceso de cambio; no se trata por tanto de una presuposición establecida de antemano, sino de un resultado al que se llega”.

El hecho de que la magnitud del valor de una mercancía se mida por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla, implica necesariamente que el valor de cambio de un objeto es variable; aumenta o disminuye en la medida en que el progreso técnico (es decir, de la productividad del trabajo) disminuye o aumenta, por lo que el valor de cambio y la productividad del trabajo son inversamente proporcionales. Y una modificación en la magnitud del valor de una mercancía modifica necesariamente la proporción en la que se intercambia con otras mercancías, siempre que el valor de éstas no se altere. En la sociedad capitalista, la cantidad de trabajo necesario y el valor de los objetos fluctúan constantemente bajo el efecto de la concurrencia.

La variación de los valores de cambio nos lleva a constatar que si bien actualmente el valor de uso de un kilo de pan de trigo es idéntico al valor de uso que tenía hace varios siglos, no ocurre lo mismo con el valor de cambio. Este es precisamente otro aspecto más de esa dualidad interna de la mercancía entre valor de uso y valor de cambio, una dualidad que cuando se trata de la mercancía particular llamada Fuerza de Trabajo se desarrolla hasta transformarse en la contradicción fundamental del capitalismo.

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Si bien el tiempo de trabajo era en realidad la verdadera medida de los valores mercantiles, no por ello dejaba de ser necesario que en el proceso de cambio este tiempo de trabajo se materializara en una mercancía particular, que apareció como equivalente general, como medida de todas las otras mercancías, una mercancía que adoptó la forma moneda, la forma Dinero, cuando la circulación de mercancías llegó a cierto estadio de desarrollo.

Pero el hecho de que una mercancía revistiera así una forma específica no significaba en absoluto que por ello perdiera su carácter de mercancía y su propio valor. Así como no es el intercambio el que determina la magnitud de valor de una mercancía, sino que es esta magnitud la que determina las relaciones de cambio, tampoco la moneda recibe su valor a través del intercambio; pues es precisamente el hecho de que como mercancía ya posee un valor lo que le permite convertirse en moneda. El dinero, por tanto, no podía ser un mero símbolo, no podía tener un valor imaginario o convencional, aunque en un determinado estadio de su desarrollo se remplazara por simples signos de papel, dando la impresión de que se trata de un simple signo.

Esto explica por qué “todas las ilusiones del sistema monetario provienen de que no se comprende que el dinero representa una relación de producción social, y que lo hace bajo la forma de un objeto natural con unas determinadas propiedades”.

En tanto que producto superior y complejo del desarrollo de la producción de mercancías, la moneda disimulaba aún más la relación social entre los hombres, difuminada ya en el intercambio bajo una relación social entre las cosas; tal es así que “el enigma del dinero fetiche, en última instancia, no es más que el enigma de la mercancía fetiche, y el ciclo de la vida social, es decir, el proceso material de producción, no se despojará de su velo místico y nebuloso sino el día en que aparezca en su conjunto como resultado de la libre asociación de los hombres, que ejercerán sobre él un control consciente y metódico”.

El oro adquirió la función de moneda porque materializaba trabajo social en su forma más concentrada, pero también –debemos insistir en esto– porque ya existía como mercancía antes de adquirir su forma específica de moneda; se convirtió en moneda, pero seguía siendo mercancía, y por tanto, su valor seguía dependiendo y variando según la cantidad de trabajo necesario para su producción.

Por eso el oro pudo convertirse en la medida de los valores de todas las otras mercancías; una cierta cantidad de mercancías que reflejan un cierto tiempo de trabajo puede materializar su valor en una cierta cantidad de oro que encierre el mismo tiempo de trabajo.

La variabilidad del valor del oro no alteraba para nada su función como medida de los valores, pues la verdadera medida es el tiempo de trabajo. Una alteración del valor, sea del oro o del resto de mercancías, lo único que hacía era modificar las proporciones del intercambio, ni más ni menos; pero mientras que la variación del valor de una o varias mercancías sólo modificaba esta relación de manera limitada, cuando se alteraba el valor del oro la modificación de las relaciones de cambio se generalizaba. Y esto se explica por el hecho de que el oro era el equivalente general en el que todas las mercancías reflejaban su valor.

Hay que hacer un paréntesis, pues es importante subrayar que el valor del oro se modifica a un ritmo mucho más lento que el del resto de mercancías: en un siglo, los gastos de producción del oro han bajado relativamente poco, mientras que sabemos que la productividad del trabajo industrial y agrícola ha aumentado considerablemente bajo el impulso del desarrollo mecánico, estimulado por la concurrencia y la acumulación de capital.

Nos queda añadir que la noción de la variabilidad del valor del oro es esencial, tanto más en cuanto que esta noción tiende a oscurecerse cuanto más penetramos en la intimidad de la existencia del oro-moneda. Y es que cuando el valor de cambio de una mercancía adopta la forma de moneda, ya no aparece sino bajo la forma de precio. Pero que la mercancía se convierta en precio no significaba que entre en la esfera de la circulación. El precio únicamente refleja que el producto que representa una cierta cantidad de trabajo social está dispuesto a intercambiarse por una determinada cantidad de oro que refleje la misma cantidad de trabajo: “los precios son una invitación que las mercancías lanzan al dinero”. O, si se prefiere, el precio no es más que la “idealización en oro del valor de cambio de la mercancía, y cualquier propietario sabe que está lejos de haber convertido sus mercancías en oro cuando expresa su valor bajo la forma de precio o bajo la forma de oro imaginario, y no necesita ni una pepita de oro para poder valorar en oro millones de mercancías”. Pero esto sólo sucede al medir el valor de las mercancías, pues evidentemente el propietario no cambia sus mercancías más que por dinero contante y sonante (o por lo que haga las veces de dinero), y por tanto la ecuación que se plantea cuando trasforma el valor de cambio de su producto en un precio en oro todavía tiene que realizarse en el mercado. Esta ecuación no aparece sino como un intento inicial de materializar trabajo “abstracto” y no puede concretarse si no se superan las contradicciones que encierra la producción de mercancías y, en una forma más aguda, la producción capitalista.

Cuando nos referimos al oro como medida de los valores, podemos constatar que éste aún no ha adoptado su aspecto material, es, decir, que la moneda aún no se ha transformado en piezas de moneda.

El oro sólo adquiere este aspecto cuando, además de funcionar como medida de los valores, funciona como unidad o patrón de medida. Si teóricamente las mercancías se comparan y se miden recíprocamente según las diferentes cantidades de oro que representan, no pueden intercambiarse si no se relacionan todas con un cierto peso en oro establecido convencionalmente y que se convierte en la unidad de medida de las diferentes cantidades de oro reflejadas en las mercancías. La libra, el dólar y el franco no son sino los nombres que se dan a diversas unidades de medida que se toman como patrones de los precios[3], del mismo modo que las subdivisiones de estos patrones se denominan chelín, centavo o céntimo.

Suponiendo que dos gramos de oro sean un dólar y que el precio de una mercancía sean cien dólares, podemos constatar que el este precio refleja dos cosas: por una parte, el valor de la mercancía equivale a doscientos gramos de oro, que equivalen por ejemplo a 200 horas de trabajo; y por otra, la cantidad de unidades monetarias que representan esta cantidad de oro. Esta cantidad de unidades no influye para nada en el valor de las mercancías, sino que es el valor el que determina la cantidad de monedas por las que debe intercambiarse, pues el valor de cambio se ha trasformado en una cierta cantidad de oro antes de que el oro se convierta en patrón de los precios. “El oro, como medida de valores y patrón de los precios, tiene una forma determinada completamente diferente y la confusión entre ambos ha dado pie a las teorías más extravagantes”.

Así como hemos visto que al variar su valor el oro no pierde su cualidad de medida de los valores, esto tampoco altera su función como patrón de los precios: si suponemos que el valor del oro se reduce a la mitad, se doblará las cantidad de oro que expresa el valor de cambio de todas las mercancías, pero la relación proporcional de estas diferentes cantidades de oro, entre sí, no variará. Los precios se doblarán pero su relación no se modificará. Por otra parte, mil gramos de oro seguirán siendo mil gramos de oro y tendrán diez veces más valor que cien gramos, así como mil dólares suponen una capacidad de compra diez veces mayor que cien dólares.

Esta confusión entre el oro como unidad fija de medida y su variación como valor monetario ha dado lugar a la teoría cuantitativa, que trata de definir las leyes de circulación de la moneda. Históricamente esta teoría adquirió consistencia tras el descubrimiento de las nuevas minas de oro, merced a un análisis defectuoso de las consecuencias que tuvo este descubrimiento; se creía que el precio de las mercancías se elevaba gracias a esta mayor cantidad de oro y plata que funcionaba como medio de circulación. La teoría cuantitativa se enuncia sustancialmente de esta forma: los precios de las mercancías dependen de la cantidad de moneda en circulación. Montesquieu la defendió argumentando que “el establecimiento de los precios de las cosas depende siempre, fundamentalmente, de la razón entre el conjunto de cosas y el conjunto de signos”. Luego la desarrolló Hume, y más tarde Ricardo. Este último, aunque definió juiciosamente la sustancia del valor, se contradecía al analizar la moneda: “El valor del dinero se determina por el tiempo de trabajo que se materializa en él, pero solamente mientras la cantidad de dinero mantenga una relación exacta con la cantidad y el precio de las mercancías a vender”. De esta forma podemos ver que el propio Ricardo aceptaba implícitamente la hipótesis de que las mercancías, cuando entran en la esfera del cambio, no tienen precio, ni la moneda valor.

No hay que despreciar esta teoría, pues muchos economistas y “planistas” la han adoptado hoy para tratar de explicar y solucionar la crisis del capitalismo. De Man, en Bélgica, recurre a ella cuando declara que “si el dinero es demasiado ‘escaso’ se encarece en relación a las mercancías y hace que sus precios bajen”. Y tampoco Léon Blum ha comprendido el análisis marxista de la moneda cuando considera que un aumento del stock mundial de oro se traduce en una subida general de todos los precios, citando como ejemplo la repercusión que tuvo sobre los precios en el siglo XIX el descubrimiento de las minas de oro de California y Australia.

La teoría marxista, que es diametralmente opuesta a la teoría cuantitativa, afirma que el movimiento de circulación de la moneda, lejos de determinar la circulación de las mercancías, está subordinado a ellas. De manera que: “la cantidad de medios de circulación está determinada por el precio total de las mercancías en circulación y por la velocidad media de circulación de la moneda”. Es más, los precios suben o bajan no porque circule más o menos oro, sino que la cantidad de oro que circula aumenta o disminuye porque los precios suben y bajan. En caso de que circule “demasiado oro” para las necesidades de la circulación de las mercancías, el excedente simplemente se retirará del circuito de intercambios y se atesorará. Y al revés, si la masa de moneda no basta para el desarrollo de los intercambios, el equilibrio podrá restablecerse poniendo en circulación, en caso de que escasee el oro, signos monetarios que no dejarán de representar moneda real si su origen se debe a causas económicas.

Para resumir las causas fundamentales de la fluctuación de los precios[4], podemos decir que: Los precios subirán de manera general si, por una parte, el valor del oro baja, suponiendo que el valor del resto de mercancías permanezca constante; o por otra parte, si sube el valor de todas las mercancías y el valor del oro permanece constante. En caso de la bajada general de los precios, el razonamiento sería el inverso.

Es evidente que este enunciado se atiene a los precios de las mercancías y no al “precio” del oro, por la excelente razón de que el oro no tiene precio en tanto que moneda; su valor no puede expresarse en su propia sustancia, pues decir que 100 francos es el precio de 5 gramos de oro no quiere decir nada. El oro sólo tendría un precio si se reflejara en una mercancía específica que se empleara como moneda, pero esa es precisamente su propia función. En realidad el oro tiene tantos “precios” como tipos de mercancías por las que se puede intercambiar.

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Hemos explicado que la mercancía no tenía valor de uso para su propietario, y que para que esto sucediera tenía que entrar en la esfera de los intercambios para realizarse como valor de cambio. Por tanto, para el propietario no tenía valor sino en la medida en que podía sustituirla por moneda, que se convertía para él en el equivalente general de una mercancía cualquiera. Como hemos dicho, se empieza por trasponer el valor de cambio del producto en una cantidad de oro imaginaria: se fija un precio. Pero: “la existencia del valor de cambio como precio, o del oro como medida del valor, implica que es necesario enajenar esa mercancía por oro contante, así como la posibilidad de su no-enajenación; resumiendo, toda la contradicción surge del hecho de que el producto es mercancía, es decir, de que el trabajo específico del individuo privado, para tener un efecto social, debe manifestarse en su contrario inmediato, en trabajo general abstracto”.

La cantidad “teórica” de oro que contiene un determinado valor de cambio, que se anticipa en su precio, puede no coincidir con la cantidad de oro realmente obtenida en el intercambio, es decir, con el precio de mercado. Es en el crisol del mercado donde se verifica si el valor de cambio de una mercancía o la cantidad de trabajo que contiene se corresponde o no con la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción.

El juego de la oferta y la demanda, así como la concurrencia, son las que determinan la transformación del valor en valor de mercado, y esto refleja además las contradicciones que desarrolla el sistema capitalista de producción, confirmando la existencia de diferentes clases y capas sociales que se reparten el producto total de la sociedad y lo consumen, provocando así la extensión de la demanda: “el antagonismo entre la mercancía y la moneda es la forma abstracta y general de todos los antagonismos que contiene el trabajo burgués”.

En la circulación simple de mercancías, la independencia de estas dos acciones, la compra y la venta, su dislocación, abren ya la posibilidad de que se produzca un desequilibrio en el intercambio y señalan la clara diferencia que existe entre este tipo de circulación y el simple intercambio directo de los productos. A pesar de la multiplicación de las compras y las ventas y de la incesante metamorfosis de las mercancías, la moneda terminaba siempre en manos de un tercero, pues el vendedor de una mercancía no tenía necesariamente que comprar otra mercancía al mismo tiempo. Pero fundamentalmente, el móvil era el mismo: intercambio de una mercancía para obtener otra mercancía, que se convierte en valor de uso.

Si bien el movimiento de las mercancías comenzaba necesariamente con la venta de un no-valor de uso, generalmente terminaba con la compra de un valor de uso que, al consumirse, salía de la circulación[5]. Aunque el circuito se podía interrumpir, aunque la renovación del movimiento podía no efectuarse inmediatamente, la situación de espera que adquiría el oro en forma de moneda y la interrupción de su función como medio de circulación era algo accidental. El conflicto entre el poseedor de mercancías y el poseedor de dinero permanecía, pues, en unos estrechos límites, sin llegar a adquirir las formas violentas que surgen en las crisis económicas que sacuden la sociedad capitalista.

Y esto era así porque el oro, que ya funcionaba como medida de valor, patrón de los precios y medio de circulación, aún no funcionaba como capital.

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El Capital surgió del dinero cuando los intercambios adquirieron tal grado de desarrollo que hicieron posible el enriquecimiento bajo la forma de acumulación de dinero[6].

La tentación de limitarse a efectuar la primera operación de la circulación, la venta, fue aumentando cada vez más, para así poder retener el producto, el dinero. Con la extensión de los intercambios aumentó también, pues, el poder de la moneda, que iba apareciendo cada vez más como el representante tangible de la riqueza material: “El instinto de atesoramiento, por su propia naturaleza, carece de medida. Por su propia cualidad y su forma, la moneda no tiene límites y permanece como el representante general de la riqueza material porque puede transformarse directamente en cualquier mercancía”.

Sin embargo, el atesoramiento no adquirió un significado concreto más que cuando el dinero se convirtió en capital mediante un cambio en la forma de circulación de las mercancías.

El movimiento ya no consistía en trasformar la mercancía en dinero y luego el dinero en mercancías, sino al contrario, en convertir el dinero en mercancía y ésta de nuevo en dinero[7].

El ciclo comenzaba pues en la compra para acabar en la venta. Y en el propio curso de este ciclo el dinero se convertía en capital, aumentando el resultado final, el excedente, la plusvalía, que no obstante no podía provenir de la propia circulación[8].

Sabemos que fueron necesarias un conjunto de condiciones para que el dinero se trasformara en capital. Tenía que surgir una mercancía particular, la fuerza de trabajo, cuyo uso crea valor. En el momento en que apareció el Capital, el dinero se convirtió no sólo en el objeto de enriquecimiento, sino en el objeto por excelencia; el aumento del valor de cambio, la valorización del valor, se convirtió en objetivo en sí mismo, mientras que el valor de uso, y con él las necesidades, perdieron toda apariencia de existencia: “El valor sale de la circulación, entra en ella de nuevo, se conserva y se multiplica, sale de ella aumentado y el ciclo ‘Dinero-Dinero’ se reinicia sin cesar, el dinero que incuba dinero”.

El capitalismo no puede “crear” valor sin dejar de lanzar dinero a la circulación, haciendo que funcione como capital. Al comparar estas dos formas de circulación de las mercancías, la simple y la capitalista, resulta que en ésta última el dinero-moneda, como medio de circulación, se eclipsa cada vez más ante el dinero-capital. En la primera forma del ciclo, el dinero-moneda no hacía más que circular de mano en mano, abandonando definitivamente las del comprador para entrar en las del vendedor, y así sucesivamente.

En cambio, en la circulación capitalista, el dinero es el punto de partida del ciclo, el capital “en movimiento”, por el hecho de que con él se compran mercancías (máquinas, materias primas y fuerza de trabajo) que al transformarse y revenderse retornan bajo la forma de dinero con un valor incrementado al punto de partida, al bolsillo del capitalista que lo había adelantado previamente. En la forma simple de la circulación, la compra completa la venta; en la forma capitalista, la venta completa la compra. De ahí que “la diferencia palpable y sensible que existe entre la circulación del dinero como capital y su circulación como simple moneda” no es más que el resultado de la diferencia que existe entre una producción en la que el productor vende sus mercancías para transformarlas en medios de subsistencia y la producción capitalista, en la que el consumo desaparece tras el objetivo de la producción de plusvalía. Aquí hay un “único” productor: el capitalismo[9], y la relación de los productores individuales a través del mercado ha desaparecido y ha dado lugar a una relación antagónica entre el proletariado, que detenta una mercancía de naturaleza particular: la Fuerza de Trabajo, creadora de valor, y el capitalismo, propietario de todas las demás mercancías (medios de producción, materias industriales y alimentarias), incluida el oro, bajo el doble aspecto de mercancía y de moneda.

Y como en cualquier economía mercantil precapitalista, bajo el régimen capitalista el reparto del poder adquisitivo y de la moneda no es más que el reflejo del reparto de los productos-mercancía que se deriva del propio carácter privado de la propiedad. Sin embargo hay una diferencia fundamental: el capitalismo es el único comprador de la Fuerza de Trabajo. Por tanto, el proletariado no obtendrá moneda sino en la medida en que logre vender su fuerza de trabajo, mercancía que para él no representa ningún valor de uso, puesto que no posee los medios para ponerla en movimiento.

Es el capitalismo el que, al consumir esta Fuerza de Trabajo, logra un valor superior al que ha desembolsado en forma de salario, aunque éste sea equivalente al valor de la fuerza de trabajo. El capitalismo tiene la llave del poder adquisitivo del obrero. La naturaleza y las exigencias de la producción capitalista determinan la extensión de este poder adquisitivo. En cuanto al precio de la Fuerza de Trabajo, al igual que ocurre con cualquier mercancía, no es más que la expresión monetaria de su valor de cambio, es decir, del valor de los productos necesarios para su reproducción. Este valor es el eje alrededor del cual fluctúa el salario bajo la presión de la oferta y la demanda del mercado de trabajo, por una parte, y de la correlación de fuerzas ente la Burguesía y el Proletariado por otra.

Ni que decir tiene, pues, que dejando al margen la influencia de estos factores, “teóricamente” el precio de la Fuerza de Trabajo también varía con los cambios en el valor del oro, bajando cuando el oro sube y subiendo cuando éste baja. Pero la historia nos enseña que la depreciación monetaria siempre incita a la burguesía a robar al obrero, llevando el precio de la Fuerza de Trabajo por debajo de su valor.

Cuando el obrero es expulsado de la esfera de la producción en los periodos de crisis, se encuentra, por tanto, privado del poder adquisitivo que le da el salario, y cae bajo absoluta dependencia de la Burguesía, que no intervendrá en los costes de su manutención (en forma de subsidios de desempleo o seguros privados) sino dentro de los límites estrictamente indispensables para cubrir sus mínimas necesidades fisiológicas.

La extensión del poder de compra de la clase obrera está pues estrictamente condicionada por las necesidades de valorización del Capital; cualquier aumento de este poder adquisitivo se traduce automáticamente, no ya en una subida del precio del resto de mercancías, como a menudo se supone, sino en una reducción de la ganancia capitalista. Aquellos que dicen defender al proletariado y que hoy pregonan unas medidas que supuestamente permitirán aumentar el consumo de los obreros sin traer semejantes consecuencias, se sitúan por ignorancia o por interés del lado de la burguesía. Tal y como veremos, las “políticas” monetarias no tienen más objetivo que llevar a cabo un desplazamiento de las rentas en exclusivo beneficio de la clase dominante y solamente en provecho de su fracción más avanzada: el Capital Financiero.

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Si bien es verdad que la moneda ha existido y jugado un papel más o menos importante antes de que existiera el Capital, el Trabajo Asalariado y los Bancos, no ha podido adoptar esas formas aparentemente complejas que conocemos hoy más que bajo el impulso del desarrollo a escala mundial de la producción capitalista y la circulación de mercancías; los billetes de banco, los pagarés comerciales, los cheques o la moneda escrituraria, no son más que instrumentos que impone el mecanismo cada vez más complejo de las relaciones sociales bajo sus formas capitalistas.

Pero todas estas nuevas formas monetarias derivan directamente del hecho de que el oro se ha ido retirando progresivamente como medio de circulación que aparecía bajo la forma de numerario, de piezas de metal acuñadas con múltiples denominaciones.

Por razones técnicas y también porque se desgastaba rápidamente, el oro se retiró en primer lugar de las esferas de la circulación en las que el curso de la moneda era más activo y más rápido, siendo remplazado por piezas de plata y cobre. El carácter simbólico de estas piezas no se mostró inmediatamente, pues aún presentaban una apariencia de valor, aunque no eran más que representantes del valor de cambio en lugar de ser la materialización de ese valor, como ocurría con el oro.

Con los billetes de banco, ya no había duda de que no se trataba más que de un simple signo monetario que representaba el valor, cuyo soporte seguía siendo el oro. Pero: “En apariencia el signo de valor representa inmediatamente el valor de las mercancías, pues no se presenta como signo del oro, sino como signo del valor de cambio, que se expresa simplemente en los precios y que no existe más que en las mercancías. Ahora bien, esta apariencia es falsa. El signo del valor no es directamente más que el signo del precio y por tanto el signo del oro, y solamente por este rodeo llega a ser signo del valor de las mercancías. El oro compra con su sombra.”

Cuanto más se alejan las formas monetarias de su base-oro, más parecen adoptar una existencia en sí, y más aumentan las ilusiones monetarias; y esto se debe a que con el desarrollo de la circulación de los signos de valor y la progresiva desaparición del oro como medio de circulación dentro de cada economía nacional, todas las leyes que rigen la circulación de la moneda real parecen desmentirse y desquiciarse completamente, dando la impresión de que el papel tiene valor en sí mismo, cuando en realidad, al igual que el oro circulaba como moneda porque tenía un valor propio, el papel no adquiere valor más que por el hecho de que circula como representante del oro.

Continuará.

MITCHELL


[1] Todas las citas siguientes cuyo origen no se especifica son de Marx.

[2] Rosa Luxemburg, Reforma o revolución.

[3] “Considerado como medida de los valores y como patrón de precios, el dinero desempeña dos funciones radicalmente distintas. El dinero es medida de valores como encarnación social del trabajo humano; patrón de precios, como un peso fijo y determinado de metal.” Marx, El Capital (Sección Primera, Capítulo III, Medida de valores).

[4] Nos referimos al precio teórico correspondiente al valor, y no al precio de mercado, que como veremos puede ser diferente.

[5] La forma directa de circulación de mercancías se expresa M – D – M’, es decir, la trasformación de mercancía (M, sin valor de uso para el propietario) en dinero (D) y éste nuevamente en mercancía (M’, con valor de uso, que se consume y se retira de la circulación).

[6] “La circulación de mercancías es el punto de arranque del capital. La producción de mercancías y su circulación desarrollada, o sea, el comercio, forman las premisas históricas de las que surge el capital. La biografía moderna del capital comienza en el siglo XVI, con el comercio y el mercado mundial.” Marx, El Capital (Sección Segunda, Capítulo IV, La fórmula general del capital).

[7] La forma directa de circulación de mercancías: M – D – M’ implica ya en sí misma la posibilidad del ciclo D – M – D’. Aquí ya no se trata de vender para comprar, sino de comprar para vender, o mejor dicho, comprar barato para vender caro, pues si D = D’ el ciclo carecería de sentido. El fin ya no es obtener un valor de uso, sino valor de cambio. Este proceso, que históricamente se inicia bajo la forma de capital comercial, adquiere pleno desarrollo y significado al transformarse en capital industrial, en el que la mercancía (M) que media en el proceso es la fuerza de trabajo, creadora de valor y de la plusvalía que se apropia el capitalista.

[8] “La creación de plusvalía y, por tanto, la transformación del dinero en capital, no puede, como se ve, explicarse por el hecho de que el vendedor venda las mercancías por más de lo que valen o el comprador las adquiera por menos de su valor. […] Afirmar que la plusvalía del productor tiene su origen en el hecho de que los consumidores pagan la mercancía por encima de su valor, equivale a mantener esbozadamente la sencilla tesis de que los poseedores de mercancías tienen, como vendedores, el privilegio de vender demasiado caro. […] La circulación o el cambio de mercancías no crea valor”. Marx, El Capital (Sección Segunda, Capítulo IV, Cómo se convierte el dinero en capital).

[9] Evidentemente dejamos al margen a las masas de productores independientes (campesinos, artesanos) que sobreviven aún en la sociedad burguesa y que son inevitable y progresivamente absorbidos por una u otra de las clases fundamentales.

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