La huelga de la construcción de junio/julio de 1936 en Madrid

Este capítulo[1] del profesor de la UNED Santos Juliá sobre la huelga de la construcción en Madrid en junio-julio de 1936 es sumamente interesante por varios motivos. En primer lugar, demuestra la fuerza del movimiento proletario cuando despliega una lucha conjunta en defensa de sus condiciones de vida, y cuando este frente único de clase por la base es capaz de conservar unos métodos y reivindicaciones proletarios, es decir, un contenido de clase. En esta huelga que puso en movimiento a 80.000 obreros de la construcción y en jaque toda la burguesía española (que sólo pudo parar la huelga mediante la guerra civil) este contenido de clase de la lucha se manifestó en varios aspectos. Primero, en las reivindicaciones, que al centrarse en el aumento del salario y la reducción de la jornada laboral suponían un ataque directo a los intereses de la burguesía, a la plusvalía que extrae de los asalariados y a las necesidades de la acumulación de capital. Pero también en los métodos: la asamblea como órgano decisorio frente al referéndum y el voto secreto, el rechazo a la mediación del Estado en la resolución del conflicto (sistema fascista para la resolución de los conflictos que se extendió por todo el mundo tras 1945) y la confianza en la fuerza y la organización como vía para la victoria.

Estos principios para la lucha clasista, que no han salido de la cabeza de ningún teórico sino que son todo un conjunto de lecciones que el proletariado occidental no tuvo más remedio que aprender a través de sangrientos combates y enormes esfuerzos; estos métodos, consignas y reivindicaciones, decimos, son los que permiten que el conjunto del movimiento conserve su contenido clasista y pueda desplegarse con más fuerza, salir airoso de las maniobras de los traidores y tener posibilidades de victoria.  Son, en resumidas cuentas, principios prácticos basados en la experiencia de una lucha de clases secular.

La huelga de la construcción de Madrid, que se enmarcó en un contexto de luchas obreras  generalizadas por toda la nación, sólo la detuvo la guerra civil. El levantamiento del ejército fue el medio que empleó la burguesía para hacer frente a una situación que la fuerza organizada del proletariado hacía insostenible. Y fue precisamente el proletariado organizado y armado el que hizo frente al golpe de Estado en las grandes ciudades, ante la pasividad de las fuerzas burguesas republicanas de izquierda. Es sabido que el proletariado español se terminó aliando con esta burguesía “de izquierdas” y republicana (que hasta ayer le ametrallaban) para hacer frente a Franco. Las organizaciones proletarias, cometiendo un tremendo error, se comprometieron a cesar todas las huelgas durante la guerra civil. Es decir, abandonaron los intereses de su clase para participar en una guerra por el poder entre facciones burguesas, prolegómeno de la masacre que se desencadenaría en Europa y en el mundo en 1939. Pero esa ya es otra historia de la que esperamos hablar próximamente.

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¿Feudo de la UGT o capital confederal? La última huelga de la construcción en el Madrid de la República

Cuando, en el VI Congreso de la Federación Nacional de la Edificación, reunido en Madrid desde el 20 de junio de 1936, “el compañero Egido” hizo uso de la palabra en la sesión del día 24 fue, sobre todo, para lamentar el abandono en que la ejecutiva de la Federación había tenido a la organización madrileña después de la revolución de Octubre. Se quejaba Egido de que nadie había informado a la Federación Local de los planes insurreccionales y de que nadie se hubiera ocupado luego de devolverla a la vida y la actividad. Pero lo que quizá pretendía con este reproche era defenderse mejor de las recriminacio­nes de que la organización madrileña había sido objeto por su actitud en la preparación y desarrollo de la huelga de la construcción de Madrid que cumplía en ese momento los 24 días de duración. A quienes acusaban a los madrileños de ir a remolque de los sindicalistas, Egido contestaba que era «preferible po­nerse a la cabeza… que no ir a la cola arrastrados». Aunque fuera «en contra de su voluntad» los ugetistas de la construcción madrileños habían «preferido ser ellos quienes orienten esos movimientos»[2].

De lo que Egido hablaba entonces era de la huelga general de la construc­ción declarada en Madrid conjuntamente por el Sindicato Único de la Construcción, de la CNT, y la Federación Local de Obreros de la Edificación, de la UGT. No ir a la cola: tal había sido la preocupación de los dirigentes de la Federación cuando percibieron que las más nutridas de sus sociedades obreras federadas -albañiles y peones- habían tomado en sus respectivas juntas generales el insólito acuerdo de elaborar en colaboración con los del Único las bases de trabajo que presentarían a la patronal de la construcción[3]. Ni albañiles ni peones -9.711 y 7.238, respectivamente, federados en febrero de un total de 27.463- habían consultado a la ejecutiva su decisión y, por tanto, la habían situado en «una posición muy difícil de variar» pues el Sindicato cumpliría los acuerdos de la Asamblea prescindiendo incluso de cualquier colaboración de la Federación[4].

Todo, en la preparación de esa huelga, había contravenido las normas tra­dicionalmente vigentes entre los obreros socialistas. No era la primera vez, desde luego, pues en el mismo Madrid, en el último trimestre de 1933 y en el primero de 1934 ya se había experimentado la nueva táctica de ir a la huelga general de todos los oficios con los obreros de la construcción sindicalistas. Pero en este caso se había franqueado un paso más en esta marcha contra la tradición: la decisión de formar lo que se podría llamar un frente único sindical había salido de abajo, de las propias sociedades federales, que no habían con­sultado su iniciativa a la ejecutiva de la Federación, requisito imprescindible para ir a la huelga con garantías de solidaridad por parte del resto de los oficios y, si llegara el caso, de todas las industrias. Con la carta que la Sociedad de Albañiles “El Trabajo” había enviado al Único invitándole a una reunión el día 1 de abril para «confeccionar por ambas centrales el contrato de trabajo»[5] se violaba una de las normas que constituían parte del orgullo de los ugetistas madrileños, el de ser ellos, y sólo ellos, los conductores de la clase obrera de Madrid en sus luchas con la patronal.

Las nuevas bases de trabajo, que afectaban a albañiles y peones pero tam­bién al resto de los oficios, se elaborarían, pues, en reuniones con los del Único: era una forma de reconocer que, al menos en Madrid, la UGT no estaba sola, ni sola podía ir ya a parte alguna. Para el Único, presentar «y si es preciso imponer» esas bases significaba «la consagración definitiva del sindicato a la categoría de organización potente, responsable y capaz». Era la «recompensa a nuestros desvelos», la prueba palmaria de que Madrid había dejado de ser, como lamentaban en los primeros años de República, el feudo de la UGT[6].

El entusiasmo por la nueva posición conquistada fue incontenible el día en que las bases estuvieron listas para su presentación. En su carta, los alba­ñiles de “El Trabajo” habían invitado a los del Único a presentar las bases, una vez elaboradas, «a la patronal por medio del jurado mixto». La presenta­ción fue sin embargo bien distinta: el SUC había contestado que no admitiría «en manera alguna [la] injerencia de elementos extraños» y mantuvo su pala­bra. Las bases se aprobarían en una asamblea conjunta de la FLE y del SUC, en el cinema Europa y se presentarían, también a la manera sindicalista, en el transcurso de lo que entonces se llamaba una asamblea magna convocada en el lugar de mayor aforo posible, la Plaza de Toros, algo desusado en la tradicio­nal práctica de la UGT. En la Plaza, hablarían a los congregados tres dirigen­tes de la Federación Local y otros tres del Único. Todavía resuena en los re­cuerdos de Cipriano Mera la satisfacción que le embargaba el día en que «en calidad de presidente del Sindicato de la Construcción de la CNT presidí en la nueva plaza de Toros de Madrid la magna asamblea CNT-UGT, la cual, con la asistencia de sesenta mil adherentes y la participación de los ugetistas Ed­mundo Domínguez y Polo, y de los cenetistas David Antona, Teodoro Mora y Julián Fernández, declaró la huelga»[7].

Allí, en la plaza de toros y de forma solemne, y aunque los comunistas quisieran templar algo unos ánimos que les parecían demasiado exaltados y moderar unas reivindicaciones que les parecían claramente exageradas, los congregados, dirigentes, afiliados y simpatizantes de la Federación Local y del Sindicato Único, se comprometieron a no ceder en sus bases de trabajo: 36 horas de jomada semanal; sustancial aumento de salarios; reducción notable de diferencias entre las distintas categorías de la industria, con jornales de 2.70 ptas. por hora para el oficial, 2.50 para el ayudante y 2.35 para el peón; tres semanas de vacaciones; nombramiento de delegados de la UGT y CNT en to­das las obras, que estarían en contacto con los patronos para todo lo relativo a despidos, suspensiones y demás incidentes; abono de jornales cuando por in­clemencias del tiempo no se pudiera trabajar en las obras[8]. Y sobre todo: nada de mixtos ni gobierno que intentara hacer de mediador. La huelga se convo­caba a la manera sindicalista y se llevaría a término sin apartarse de lo que los sindicalistas entendían sustancia de la lucha obrera: verse las caras directa­mente con la patronal. Estamos, escribía un editorial de su periódico, en los «prolegómenos de una de las luchas más formidables que hemos de librar contra la burguesía»[9].

Pero todavía habrían de manifestar los ugetistas de manera más expresa la pérdida de su anterior hegemonía al aceptar otras dos nuevas iniciativas del Único. Primera, la dirección del movimiento recaería en un comité de huelga unitario, formado por tres dirigentes de la Federación y otros tres del Sindi­cato. Nadie más que ese comité estaría capacitado para emitir instrucciones, dar órdenes, entablar negociaciones. Las siglas UGT-CNT comenzaron a apa­recer juntas en los comunicados y llamamientos dirigidos “A todos los obre­ros de la Construcción” y si las primeras de estas hojas sólo llevaban el sello de la Federación Local era porque los locales del Único estaban cerrados y no tenían acceso a los sellos. Pero nadie debía confundirse: la clase obrera madri­leña estaba unida y así se hacía constar desde el primero de los llamamientos que el mismo día 1 de junio ambas organizaciones dirigieron a todos los obreros de la Construcción[10].

Y segunda concesión, y principal: en las conversaciones preliminares, en la plaza de toros y en las circulares dirigidas “a todos los obreros de la construcción” se repetía una y otra vez que los trabajadores irían a ver a los patronos en cualquier parte, «salvo en el Jurado Mixto, puesto que en este or­ganismo no creíamos que pudiera resolverse un problema de esta enverga­dura»[11]. La más preciada conquista de la UGT, el que fuera organismo básico de la Organización Corporativa Nacional en tiempos de Primo de Rivera, el instrumento más mimado por la legislación laboral emanada del ministerio de Trabajo cuando Largo Caballero era su titular, se veía relegado y despreciado por unos ugetistas que marchaban a la huelga del brazo de los sindicalistas y que pretendían, como éstos, verse también con los patronos cara a cara, sin ningún tipo de intermediarios.

Era lógico, pues, que Egido reconociera ante los delegados al VI Con­greso de la Federación Nacional que algunas veces Madrid, aun si permanecía fiel a la táctica de la Unión General, se veía «obligada a hacerse eco de movi­mientos que no son consecuentes con nuestra táctica». Pero situados ante un movimiento iniciado sin consultas previas ¿qué hacer, ir a la cola o ponerse en cabeza? La Federación Local, aun en contra de su voluntad, había preferido situarse a la cabeza.

¿A la cabeza? Quizá esa era la ilusión que habían abrigado los ugetistas cuando decidieron ir con los sindicalistas a la huelga general. Pero ni la deci­sión de sus secciones, ni la confección de las bases, ni siquiera su contenido con esa reivindicación de las 36 horas antes de conseguir las 40, ni en fin la negativa a usar del gobierno o de sus órganos como mediadores ante la patro­nal, indicaban que, aun si habían formado con el Sindicato un comité de huelga unitario, fueran ellos quienes orientaban el movimiento. El movi­miento era sindicalista y mostraba en su gestación y desarrollo que los sindi­calistas se habían situado a la cabeza de los obreros de la construcción madri­leños. Algo que Pablo Iglesias, si viviera, no se habría podido creer.

Porque, en efecto, los sindicalistas eran bien poca cosa en Madrid en los tiempos del fundador de la UGT. Y lo siguieron siendo años después. Al echar a andar la República, no debían de llegar, en este ramo de la construcción, ni siquiera a los dos mil: mil afiliados, tirando por alto, al sindicato de albañiles y 900 al de carpinteros de hormigón armado. Pero esos números -1.000 y 900-, que son los obreros representados en el Congreso Extraordinario de la CNT de junio de 1931, llevan demasiados ceros como para ser creíbles. Puestos a representar a la clase obrera, los dirigentes madrileños no tuvieron empacho alguno en redondear las cifras. Y se sabe bien que cuando se redondea siempre se tira hacia arriba[12].

En todo caso, los mil albañiles sindicalistas de 1931 se habían multipli­cado en los años siguientes hasta constituir, en 1936, el más fuerte de los sindicatos de la CNT de la capital: el Sindicato Único de la Construcción, que rompía la tradicional relación de los distintos oficios dentro de la misma clase para poner en su lugar un solo sindicato de trabajadores de la construcción. 16.919 eran los afiliados a ese sindicato representados en el Segundo Con­greso Extraordinario de la CNT celebrado en Zaragoza en los primeros días de mayo de 1936, cuando se gestaba la huelga madrileña de la construcción[13]. 16.919, un número en el que habían desaparecido todos los ceros y que indica una nueva mentalidad de registro de altas y bajas; un número, sobre todo, que expresaba su penetración en medios hasta entonces hostiles o indiferentes al sindicalismo y que les permitía editar en la capital, desde el 28 de marzo de 1936, el semanario Construcción, «órgano del Sindicato Único del Ramo»[14].

Si se creen las cifras de afiliados que la CNT publica como representados en su Congreso de 1936 y se comparan con las de 1931 podría decirse que, en sólo esos cinco años, el sindicalismo había realizado espectaculares progresos en Madrid. El avance es evidente sobre todo en el sector de la construcción, donde las cifras se multiplicaron casi por 20, pero también en otras industrias en las que hasta 1930 la presencia cenetista había sido menor. Los metalúrgi­cos, por ejemplo, pasaron de 500 a 2.400; los de la madera, que eran también 500 en 1931, se habían multiplicado por tres en 1936. Avances menores se habían producido en oficios en los que de siempre había existido una presencia sindicalista: entre los gastronómicos, los barberos con sus peluquerías colec­tivistas, los camareros cuando lucharon por la dignificación del oficio con la supresión de las propinas. Precisamente, en este último oficio se acababa de producir en Madrid, cuando los de la construcción anunciaban la suya, una huelga general que terminó en duros enfrentamientos con los de la correspon­diente sociedad obrera de la UGT. En total, los 6.057 afiliados al sindicalismo libertario de 1931 se habían convertido, cinco años después, en 32.112.

¿Cómo explicar este crecimiento? Evidentemente, por lo ocurrido en el sector de la construcción: de los 26.000 nuevos afiliados al sindicalismo, nada menos que 16.000 vienen de esa masa laboral que constituye en Madrid desde mediados del siglo anterior la mayor parte del censo de población activa -si se exceptúa al servicio doméstico que es el sector que más gente emplea en Ma­drid hasta la guerra civil-: los jornaleros, los trabajadores de la construcción. Habían llegado a Madrid en cantidades masivas durante la anterior década, rompiendo así el ya débil equilibrio en los distintos oficios de la industria. Estos nuevos trabajadores no conocían, si se cree a sus mayores, el oficio: sencillamente, fueron contratados para trabajos sin cualificación en la expan­sión constructora de la Dictadura, cuando llegó a su punto más alto el número de licencias expedidas por el Ayuntamiento. Luego, con el fulminante y drás­tico descenso de la edificación que produjo la crisis económica, pasaron a tra­bajar en las obras públicas emprendidas por el Ministerio para absorber el paro y dar, de paso, mayo lustre a la capital orientando su crecimiento por el eje de la Castellana, tal como se venía proponiendo desde principios de siglo y como se decidió por vez primera de forma clara con la República al iniciarse los trabajos del ferrocarril subterráneo y emprenderse las obras de acondicio­namiento y remodelación de los terrenos del antiguo hipódromo[15]. Los obre­ros abandonaron las pequeñas cuadrillas al mando de un oficial o de un maes­tro y comenzaron a engrosar la masa de peonaje a las órdenes de capataces di­rectamente relacionados con ingenieros, empleados a su vez por sociedades anónimas. El obrero abstracto frente al empleador abstracto sucedió en La Castellana y en muy pocos años al obrero de la cuadrilla que trataba perso­nalmente con su patrono.

La Castellana, como eje del nuevo Madrid, se convirtió así, frente a una estrecha y pueblerina Puerta del Sol, en nueva representación simbólica de la capital de la República y, a la vez, en espacio propicio para el crecimiento del nuevo sindicalismo libertario. No que únicamente allí sea donde progresan: siempre que se trate de obras de gran envergadura, con empleo de más de 500 y hasta de más de mil trabajadores, como ocurre en las obras de la Ciudad Universitaria y del Hospital Clínico, los sindicalistas afirmarán de inmediato su presencia con llamadas a la movilización y convocatorias de huelga. La Castellana, la Ciudad Universitaria, serán los espacios propicios para esa mo­vilización: grandes avenidas abiertas, grandes obras públicas, trabajos de des­monte, contratación intermitente, lugar de confluencia de parados. Al princi­pio, en los primeros años de República, tales llamadas tropiezan con la resis­tencia bien organizada de las tradicionales sociedades de oficio federadas en la Federación Local. A medida, sin embargo, que la crisis acentúa sus efectos y el paro aumenta, habrá más obreros dispuestos a secundar las llamadas del Único: no tienen nada que perder, pues muchos de ellos ya han perdido lo único que tenían, el trabajo.

Es sumamente significativo que el más aireado de los motivos para declarar la huelga general el día 1 de junio de 1936 sea precisamente el reparto de trabajo, como lo es el tipo de cuentas que se hacen los sindicalistas: mil obreros trabajan hoy 44.000 horas -escribe uno de ellos-; mañana trabajarán 36.000. Hay por tanto una diferencia de 8.000 que, para cumplirse, harán ne­cesarios 222 obreros más. El trabajo a realizar, como se ve, es una cantidad fija, constante, intercambiable; es sólo una magnitud, no una especialidad. El trabajo, el mismo trabajo, que mil obreros realizan a la semana con una jor­nada de 44 horas lo harán en adelante 1.222 obreros porque la jomada quedará reducida a 36 horas[16].

Pero la circunstancia de escasez de trabajo y la consiguiente reivindicación de su reparto eran las que tradicionalmente había presentado la UGT como menos propicias para declarar huelgas. Si la huelga era el arma de la lucha económica, entonces debía usarse únicamente cuando las condiciones para ob­tener mejoras económicas fueran favorables: abundancia de trabajo, buena or­ganización, capacidad de resistencia. A partir de 1932 y 1933, lo que abundaba no era el trabajo sino el paro y, por tanto, la capacidad de resistencia de las organizaciones obreras estaba en su punto más bajo, puesto que los obreros en paro difícilmente podían satisfacer sus cuotas de asociados.

Esas mismas condiciones eran, sin embargo, las óptimas para emprender la tradicional lucha sindicalista, en la que huelga no era sólo un medio ex­tremo para alcanzar mejoras económicas sino la forma más alta de lucha di­recta contra la patronal. «Venceremos, señores de la patronal» escribe el co­mité del Sindicato Único cuando ya van veinte días de huelga y la otra parte comienza a flaquear. Y vencerán «por la Acción directa íntegra», no por me­diación del Estado «organización defensiva del capitalismo»[17]. Una huelga ganada por medio de la acción directa no era una victoria sólo porque los obreros hubieran obtenido mejoras sino porque se demostraba la fuerza de la clase obrera, se tensaban los ánimos, se adelantaba la revolución y, sobre todo, se infligía una derrota a la patronal. Clase obrera, tal como aparecía ahora físicamente en su fuerza numérica en las obras de la Castellana o de la Universitaria, frente a la patronal: la derrota de los patronos era, en sí misma, motivo suficiente para mantener la huelga, pues el terreno de esa derrota era la calle y en la calle lo que abundaban eran trabajadores de la construcción.

De ahí que la huelga de la construcción de Madrid se convirtiera en la prueba de fuego del nuevo poderío conquistado por el sindicato en la capital: «el proletariado de toda la península tiene los ojos fijos en lo que el proleta­riado de Madrid sea capaz de conquistar», se escribía al presentar las nuevas bases[18]. Con ese convencimiento fueron a la huelga los sindicalistas: el proletariado de la península les miraba para saber si en efecto vencían a la pa­tronal en un combate directo.

Ese cúmulo de circunstancias explica la conducta seguida por los dirigen­tes del SUC en el desarrollo de la huelga: había que vencer a la patronal y de­mostrar, al mismo tiempo, que el sindicalismo era una «organización potente, responsable y capaz», la organización que conduciría al proletariado a la victoria. Por eso, mientras la Federación Local aceptara plantear la lucha en los mismos términos que los sindicalistas, bienvenida sería a las asambleas magnas, a los comités unitarios, a la firma de llamamientos comunes, a las negociaciones con la patronal. Con todo eso se demostraba que el SUC era tan poderoso que hasta sus tradicionales adversarios tenían que adoptar sus tácticas. Pero desde el instante en que la Federación comenzara a vacilar y aceptar el terreno que pretendía marcar el gobierno, los sindicalistas no duda­rían en reanudar sus viejos ataques a la UGT, tachándoles de dirigentes de re­baños dormidos, de traidores a la palabra dada, y seguir luego su propio ca­mino, seguros de ser seguidos por la mayoría del proletariado madrileño. La huelga era una lucha contra la patronal pero también una demostración de quién tenía ahora la fuerza obrera en Madrid.

Los caminos comenzaron, efectivamente, a bifurcarse cuando, transcurri­das ya casi tres semanas de huelga, la Federación Local aceptó la propuesta del gobierno de crear un Jurado mixto circunstancial para discutir las nuevas ba­ses. En el acto de la plaza de toros había quedado claro que los obreros se ve­rían con los patronos donde y cuando quisieran, pero nunca en el jurado mixto. Y ahora los «elementos socialistas», responsables del «suicida viraje que se pretende dar a la huelga», reniegan del espíritu de octubre y no cumplen sus pactos y compromisos[19]. Los sindicalistas contemplaron con auténtica decepción la convocatoria por la Federación Local de un referéndum entre sus asociados para decidir si acudían o no al jurado mixto que había propuesto el ministerio de Trabajo y al que les instaba el ministro de la Gobernación. En su convocatoria, la Federación Local -que vuelve a dirigirse ahora por su cuenta a sus propios afiliados- admite que al discutir en el comité de huelga la respuesta que habría de darse al gobierno surgieron discrepancias y que se decidió aplazar la resolución. «Mas como las cosas apremian», decía, «hemos creído que teníamos que plantear a los trabajadores en huelga la necesidad de asistir o no al jurado mixto». La Federación aclara que ir al referéndum no significa poner fin a la huelga, sino únicamente aceptar el jurado mixto como terreno de la discusión de las bases[20].

La propuesta del gobierno y la convocatoria de la Federación fue juzgada inmediatamente por los sindicalistas como una maniobra para dividir a la clase obrera. Hasta ese momento, todos los obreros de la construcción habían seguido unánimes la huelga en la convicción de que se trataba de una especie de batalla final contra la patronal y la burguesía al margen del Estado. No ha­bía motivo alguno para romper ese frente único introduciendo un motivo de discordia en el conjunto de los huelguistas. La Federación, por su parte, juz­gaba las cosas de otra manera y creía llegado el momento de alcanzar un acuerdo con la patronal. Su propuesta de referéndum era, en realidad, una invitación a acudir al jurado mixto circunstancial, pues estaba convencida de que la mayoría de los obreros afiliados era partidaria de volver a los métodos tradicionales.

Y así fue, en efecto, pues de los cerca de 19.000 trabajadores que acudie­ron el día 21 de junio, a las tres semanas justas del comienzo de la huelga, a depositar la papeleta, 18.337 -de los que 17.164 de la capital y 1.173 de la provincia- lo hicieron a favor de acudir al jurado mixto y sólo 553 se manifestaron en contra. A la vista del resultado, El Sol aseguraba que «el obrero madrileño, en su inmensa mayoría sigue siendo el que era» y que sólo «habían cambiado sus líderes, o mejor dicho, un grupo de ellos»[21]. Pero esta afirmación podía tomar lo que tal vez no era más que un deseo por la realidad, pues el problema, para la Federación y para la futura fuerza de cualquier reso­lución que pudiera adoptarse en el marco del jurado mixto, era que esos 18.000 obreros no representaban, si acaso, más que una cuarta parte de la totalidad de trabajadores en huelga, que debían de rondar los 80.000. ¿Qué ha­ría el resto si el jurado mixto aprobaba, como era presumible, unas bases dis­tintas de las presentadas en el cine Europa y en la plaza de toros?

Pues mucho de lo que haría iba a depender de la actitud que tomara ese otro “grupo” de dirigentes a que se refería El Sol, los del Sindicato, ante la iniciativa de la FLE. Y el SUC lo que hizo fue, como su propia tradición mandaba, renovar sus esfuerzos por tratar directamente con la patronal y con­vocar grandes asambleas de obreros de la construcción para hacer visible la oposición de la clase obrera en su conjunto a los traidores individuales que habían acudido al referéndum y votado por el retorno al jurado mixto. A la mediación oficial o ministerial, opone el contacto directo con los patronos y al voto como libre decisión individual, opone la asamblea como manifesta­ción de la voluntad de la clase.

Por lo que respecta a la primera iniciativa, el SUC se muestra dispuesto a mantener las formas. En una carta de 27 de junio -poco después de iniciarse las actividades del jurado mixto y cuando se habían elaborado ya las bases de un acuerdo- el SUC se dirige a los patronos como «muy señores nuestros» para hacerles saber que «el Sindicato no está dispuesto a facilitar ninguna so­lución que no esté encuadrada dentro de los acuerdos de la asamblea magna del 19 de mayo». Eso, por lo que se refería al contenido del posible pacto. Y, respecto a la forma de alcanzarlo, los patronos debían estar seguros de que no se daría solución al conflicto «si no es mediante la firma por ambas partes del nuevo contrato de trabajo al margen de toda determinación oficial o ministe­rial». Los sindicalistas quedaban «de ustedes atentos», pero eran inflexibles: todo lo que los patronos tenían que hacer era firmar las bases de la plaza de toros en una entrevista directa con el sindicato[22].

El segundo aspecto de su estrategia lo pondrán en práctica cuando los pa­tronos, advertidos de la inanidad de un posible acuerdo en el jurado, desistan también de asistir a él y de firmar las nuevas bases, y coloquen al ministerio en el trance de dictar un laudo que ponga fin al conflicto. Es el momento, co­nocido el laudo y las sustanciales concesiones que contiene -pero con una re­ducción de la jomada a sólo 40 horas semanales, cuando en Sevilla se acaba­ban de obtener las 36- de responder con la convocatoria de nuevas asambleas magnas, que se desarrollarán en el corazón del Madrid obrero, al nuevo refe­réndum convocado por la Federación para poner fin al conflicto y retomar al trabajo[23].

Así lo hicieron una vez conocido el resultado de la votación entre los afi­liados de la Federación: ahora estaba en juego no sólo la victoria sobre la pa­tronal sino la demostración de que el Sindicato era la única fuerza capaz de al­canzar esa victoria. A los 14.940 trabajadores que -contra 4.592- habían vo­tado por la vuelta a las obras, el Sindicato responde con una asamblea magna que tendrá lugar en el solar que fue Colegio de Maravillas, en Bravo Murillo esquina a Palencia, en Cuatro Caminos[24]. Sin pedir carnet ni exigir afiliacio­nes, participando «sin control todos los compañeros y personas que quisieron, no practicándose votación formal de los trabajadores afectos a la CNT» -como les reprochaba la Federación[25]– el Sindicato demostró que miles de obreros madrileños no eran ya lo que habían sido, pues a pesar de las mejoras salaria­les y de la reducción de jomada contenidas en el laudo, estaban dispuestos a mantener la huelga y seguir adelante.

Adelante ¿hacía dónde? «Si los elementos sindicalistas tienen interés en convertir en una huelga política la presente de la construcción, nosotros declaramos haber ido solo y exclusivamente a esta lucha por reivindicaciones económicas», decía la Federación “A todos los compañeros” en una mani­fiesto distribuido el día 15 de julio. “Huelga política” tenía, en lenguaje socialista, un contenido sensiblemente distinto al que podía tener en el sindi­calista, para el que la política era sencillamente abominable. Pero si se pres­cinde de lo que cada cual entendía por esta palabra, es evidente que a los sindi­calistas les importaban más los contenidos políticos -en el sentido de relati­vos al poder- de su huelga que las ventajas económicas. Contenidos políticos que, si se les obligaba, si se les empujaba, llegarían a “acciones insurgentes”, pues si se les echaba «a la calle para medir nuestras fuerzas con quien sea, si no hay más salida que la incautación de las obras con todas sus consecuencias, a ella iremos»[26]. Como siempre, los sindicalistas pensaban la huelga general como prolegómeno de una acción insurgente, manifestación suprema de la «certidumbre absoluta de que la revolución social en España está asegurada»[27]. Y la revolución, como era bien sabido, comenzaba, tras el silencio provocado por la huelga, con la incautación de las obras.

En esa diferencia de objetivos, como en las de convocatoria y desarrollo de las huelgas, radica toda la distancia que separaba en Madrid a las organiza­ciones de la UGT y de la CNT. Pues esa diferencia imponía unas formas de lucha en las que el voto individual, la negociación de las bases, la aceptación mediadora del Estado, los acuerdos tomados a través de mecanismos formales, no contaban para nada. Había que resistir porque un triunfo definitivo, tal vez la misma revolución, esperaba en el horizonte inmediato. Construcción se había presentado a sus lectores asegurando que no había «más salvación que la fuerte unión de los explotados» y que la hora del capitalismo había pasado y «está sonando la nuestra, la hora de los parias, de los irredentos, de los ham­brientos, de los descamisados; la hora de las masas oprimidas, de las muche­dumbres esclavizadas; la hora de los que por espacio de miles de años han permanecido sojuzgados por todos los tiranos, inclinados ante todos los abusos, humillados y vencidos ante todas las iniquidades». En la primavera de 1936 parecía haber sonado la hora de que todos ellos se levanten «y miren desafiantes a sus verdugos y reciban en sus retinas, obscurecidas por las tenebrosidades de épocas pasadas la luz deslumbrante del sol»[28]. Si éstas eran las cosas que se escribían, ya se puede imaginar lo que esos mismos escritores dirían situados no ante las cuartillas sino ante una compacta asamblea de humillados y vencidos dispuestos a mirar el sol de frente.

El caso es que, legitimados por sus respectivos medios de lucha obrera, ambas organizaciones mantuvieron sus órdenes: de volver al trabajo, la Fede­ración; de vigilar para que nadie entrara en las obras, el Sindicato. No sin en­frentamientos, en los que dos sindicalistas perdieron la vida, las obras perma­necieron cerradas. La Federación acusaba al Sindicato de favorecer «a la clase patronal y a los fascistas» y que la situación creada por la obstinación de no volver al trabajo sirve «para que la reacción y los patronos cada día más enva­lentonados… hagan posible el advenimiento de un poder dictatorial». Pero eso mismo era lo que achacaban los sindicalistas a los ugetistas: aceptar el laudo equivalía a entregarse atados «de pies y manos a una patronal intransigente y fascista». Este laudo, aseguraban para justificar la orden de no volver al tra­bajo, «es una maniobra infame hecha por la patronal y el gobierno para dar un golpe de muerte a la gloriosa huelga de la construcción»[29]. Tal vez no todos lo creyeron así -no lo creían desde luego los 14.500 trabajadores que habían votado por la vuelta a las obras- pero como muchos estaban dispuestos a no permitir la entrada en el trabajo, la mayoría se abstuvo. Nada estaba aún deci­dido cuando corrieron por Madrid las primeras noticias de la rebelión militar.

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La huelga de la construcción, iniciada en Madrid el 1 de junio de 1936 y no finalizada del todo todavía cuando los militares se sublevan el 17 de julio, es en su convocatoria y desarrollo la mejor prueba de los cambios en la tradi­cional relación de fuerzas, y en la capital de la República, entre los dos gran­des sindicatos de la clase obrera española. La UGT se suma para no ir a la cola, pero decididamente no está a la cabeza, orientando a los huelguistas. No lo está cuando se presentan las bases en una plaza de toros, ni cuando se nombra un comité de huelga y se divulgan en octavillas instrucciones firma­das conjuntamente por las dos organizaciones, o se llama a cada oficio para que forme comités que vigilen el exacto cumplimiento de la huelga y conmi­nen a todos los patronos a cerrar sus almacenes; ni cuando la huelga se ex­tiende a toda la provincia, y se rechaza toda mediación institucional y, sobre todo, el jurado mixto.

Todo eso constituía, en verdad, el meollo de la táctica sindicalista, lo que las comisiones ejecutivas de la UGT y de la propia Federación Nacional re­criminaban a la Local. Tampoco era nuevo ese reproche. Ya en 1933 y 1934 se les había afeado su conducta y acusado de ir a remolque del Sindicato. Pero ahora se trataba de decidir, de una vez por todas, quien controlaba a los traba­jadores y orientaba las huelgas de Madrid. La Federación Local, que conocía bien la disposición de los obreros de ir a la huelga, no podía quedarse en la Casa del Pueblo. Era preciso salir a la calle y tratar de encauzar el movi­miento.

Y esto fue lo que intentó, siguiendo primero a los sindicalistas y recu­rriendo después a sus armas tradicionales. Cuando habían pasado ya veinte días de huelga sin que nadie se moviera de sus posiciones, el gobierno anun­ció por su cuenta la creación de un jurado mixto circunstancial en el que pa­tronos, obreros y representantes del ministerio de Trabajo debatieran las bases presentadas por los trabajadores. El solo hecho de aceptar la invitación del gobierno y enviar una delegación al jurado mixto significaba la renuncia a una de las consignas aclamadas en la plaza de toros y a la sustancia de la táctica sindicalista. Se podía ir al ministerio o a donde fuera a tratar con los patronos. Pero no, de ninguna manera, al jurado mixto.

Esa fue la actitud que adoptaron los sindicalistas. De su capacidad de mantener la huelga sin acudir al jurado ni aceptar un laudo ministerial iba a depender el veredicto sobre su pretendida hegemonía entre el proletariado ma­drileño. Si, en efecto, los cenetistas eran capaces de triunfar en una huelga contra el gobierno, contra la patronal y contra la Federación Local de la UGT, entonces Madrid obrero habría salido definitivamente del «letárgico sopor producido por la morfina politiquera, castradora de actividades», habría dejado de ser «feudo de la UGT», para convertirse en el Madrid confederal, soñado desde que decidieron salir a la conquista de la capital. Pero decidir si Madrid obrero se había convertido ya en una capital confederal y dejado de ser ugetista en julio de 1936 es asunto que debe quedar a la pura especulación: ni la Fede­ración ni el Sindicato tuvieron la ocasión o la posibilidad de poner fin a su manera a la huelga general de la construcción. Otros lo harían por ellos.


[1] Historia contemporánea, 6, 1991, pp. 207-220.

[2] “Acta de la sesión celebrada por el Congreso de la Federación Nacional de la Edificación el día 24 de junio de 1936”, Archivo Histórico Nacional. Salamanca. Fondo Madrid, carpeta 2174 (en adelante AHNS-M y nú­mero de carpeta).

[3] Carta de la Comisión ejecutiva de la Federación Local de Edificación a la Federación Nacional de 25 de mayo de 1936, AHNS-M 1614.

[4] Para número de federados, Federación Local de la Edificación de Madrid y sus Limítrofes, Prorrateo de los gastos ocasionados con motivo de la huelga de 1936, AHNS-M 1914.

[5] La carta de la sociedad de albañiles “El Trabajo” y la respuesta del SUC, en Construcción, 11.4.1936.

[6] “Por las nuevas bases”, Construcción, 30.5.1936.

[7] Cipriano Mera, Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalista. París, Ruedo Ibérico, 1976, p. 15.

[8] Comisión Ejecutiva de la Federación Local de la Edificación, Circular n° 15, 30 abril 1936. AHNS-M 1614.

[9] “El contrato de trabajo”, Construcción 11 de abril 1936. A esta huelga dediqué varias páginas, sin conocer todavía los fondos del Archivo de Salamanca, en La izquierda del PSOE, 1935-1936. Madrid, Siglo XXI, 1977, pp. 256-264. De las huelgas de 1933 y 1934 hay un relato en Madrid, 1931-1934. De la fiesta popular a la lucha de clases. Madrid, Siglo XXI, pp. 242-257 y 350-365.

[10] Una buena colección de estas circulares, en AHNS-M 1558.

[11] Así se dice en “UGT CNT. A todos los trabajadores de la construcción”, 1 junio 1936, AHNS-M 1558.

[12] CNT, Memoria del Congreso extraordinario. Madrid, 11-16 junio 1931, p. 239.

[13] Solidaridad Obrera, 6 junio 1936.

[14] Hay una colección de este semanario en la Hemeroteca Municipal de Madrid.

[15] La propuesta de una Gran Vía Norte-Sur para Madrid fue realizada en 1901 por José Grases y Riera y constituye el núcleo del Anteproyecto del trazado viario y urbanización de Madrid presentado por Zuazo y Jansen al concurso internacional de 1929: Femando de Terán, Planeamiento urbano en la España contempo­ránea (1900-1980), Madrid, Alianza, 1982.

[16] Juan Ortega, “De poder a poder”, Construcción, 30 mayo 1936.

[17] Comité del Sindicato Unico de la Construcción, “Nuestras bases son justas”, Construcción, 20 junio 1936.

[18] “Por las nuevas bases”, Construcción, 30 mayo 1936.

[19] Ver: “Los grupos de defensa del SUC a los trabajadores…”, “CNT. Trabajadores de la Construcción. Alerta” y “CNT-AIT, Sindicato Unico de la Construcción, 21 junio 1936”, todos en AHNS-M 1558.

[20] Federación Local de Edificación, “A todos los compañeros federados”, AHNS-M 1558.

[21] “La lección del referéndum”, El Sol, 24 junio 1936.

[22] Una copia de esta carta a los “Señores Patronos de la industria de la Construcción”, en AHNS-M 1558.

[23] Convocatoria del referéndum para el lunes, día 6, entre nueve de la mañana y seis de la tarde, en Federa­ción Local de Obreros de la Construcción de Madrid y sus Limítrofes, “A todos los trabajadores de la Cons­trucción”, 5 julio 1936, AHNS-M 1558.

[24] El “resultado terminante del referéndum”, en Federación Local de la Edificación “A todos los compañe­ros”, 7 julio 1936; la convocatoria de la asamblea, en Sindicato Unico de la Construcción, “Huelguistas de la Construcción”, 6 julio 1936, ambos en AHNS-M 1558.

[25] Federación Local de la Edificación, “A todos los compañeros”, 7 julio 1936. AHNS-M 1558.

[26] CNT. “Trabajadores de la Construcción. Alerta”, AHNS-M 1558.

[27] “Ante el Congreso de la CNT”, Construcción, 18 abril 1936.

[28] “El Sindicato Unico de la Construcción ante el momento actual” y “Nuestra hora”. Construcción, 28 marzo y 25 abril 1936.

[29] De la Federación “A todos los compañeros “, 12 y 15 julio 1936; del Sindicato “Huelguistas de la Cons­trucción”, 6 julio 1936, todos en AHNS-M 1558.

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