Los sucesos de mayo de 1937 y sus consecuencias (A. Bueso)

Capítulo 16 de los Recuerdos de un cenetista. El autor, Adolfo Bueso, escribe en tercera persona sus memorias, adoptando el nombre de Alfredo Bosch.

LOS SUCESOS DE MAYO DE 1937 Y SUS CONSECUENCIAS

Pero antes de tratar de los sucesos de mayo, bueno será apercibir sus antecedentes, ya que aquellos sucesos, en sí, no fueron más que la culminación de todo un plan comunista, empezado a desarrollar desde tiempo anterior y llevado a la práctica muy metódicamente, con la frialdad jesuítica de que el fin justifica los medios. Se trataba de echar por la borda a Largo Caballero y con él a cuantos no obedecían ciega­mente a Moscú, es decir, socialistas sanos, anarquistas y poumistas.

Cuando en Moscú se percataron de que Largo Caballero no se prestaba al juego, empezó una dura campaña contra él, y el «Lenin es­pañol», se convierte en un «burócrata», un «cacique», un «saboteador de la unidad».

Largo Caballero se enfada, y como sabe de dónde salen las órde­nes, manda al embajador ruso a tomar el aire; es decir, envía, oficial­mente, una nota a Moscú en la cual indicaba que, como Rosemberg estaba enfermo, le sería muy conveniente cambiar de aires. El 27 de febrero de 1937, Rosemberg sale para Moscú y es reemplazado por un tal León Gaikin, agudizándose simultáneamente la campaña anti-caballerista.

Álvarez del Vayo y González Peña, considerados hasta entonces romo amigos de Largo Caballero, se vuelven bruscamente de espaldas y pactan con los comunistas. Y Prieto, por su parte, por odio al que consideraba su rival, también le ataca y llega a proponer la fusión de los partidos.

No sólo se murmuraba contra el jefe de gobierno, sino que se ata­caba a sus hombres de confianza, como por ejemplo al general Asensio, militar que no quiso entrar en componendas con los rusos. Se pre­tende hacerle responsable de la caída de Málaga. Asensio, asqueado, acaba por dimitir.

Por entonces Largo Caballero propuso desarrollar una ofensiva militar contra el sector Mérida-Badajoz, en Extremadura, a fin de romper la continuidad del frente faccioso, privando así al sector anda­luz del concurso del norte. Todos los elementos manejados por los co­munistas se opusieron y el proyecto fracasó.

Prieto no se conforma con desacreditar a su rival, entre bastido­res, sino que conspira activamente para echarle de la cabeza del go­bierno, proponiendo, en su lugar, a Negrín, ya claramente comunistoide. No sabemos si el líder bilbaíno hacía este trabajo consciente de trabajar para Moscú. Supongamos que, queriendo actuar de eminencia gris, consideraba que Negrín era más manejable que Largo Caballero.

El viejo, cada vez más solo, pretende contemporizar y ello le obli­ga a seguir una política semiburguesa, actitud que disgusta a sus pro­pios amigos, anarquistas y poumistas, que reclaman que se haga la guerra con el máximo esfuerzo, pero sin que se ahogue el espíritu revo­lucionario, que es la mejor garantía de combatividad. Esta actitud es considerada por los comunistas como una traición y obran en conse­cuencia.

El grupo anarquista de Barcelona «Los Amigos de Durruti» pu­blica un manifiesto denunciando las maniobras comunistas, las cuales sabotean la revolución. Hacen un balance de lo perdido, y afirman que en ocho meses se han perdido todos los avances revolucionarios.

El italiano Berneri, profesor emigrado de su país a causa de Mussolini, publica en su periódico Guerra di classe una serie de artículos haciendo historia de los procesos criminales de Moscú, que relaciona con la política comunista en España. Reprocha a los anarquistas espa­ñoles su «simplismo» político y les aconseja que estén alerta, pues ya en el horizonte se vislumbra la silueta de Noske, el traidor alemán que aplastó el movimiento de Liebknecht y Rosa Luxemburgo. «No hay más que un dilema —dice—: la victoria revolucionaria sobre Franco, o la derrota…» Y ya sabemos que Berneri fue asesinado durante los su­cesos de mayo.

En Madrid y Barcelona las Juventudes Libertarias y las del POUM se muestran de acuerdo en el sentido revolucionario, y en las mismas tribunas hablan Fidel Miró y Alfredo Martínez, anarquistas, y Wilevaldo Solano, del POUM.

Frente a esta coalición se alza la otra coalición llamada Juventu­des Socialistas Unificadas y unas supuestas Juventudes Republicanas, inexistentes. Tan cínica es la posición de Santiago Carrillo y los suyos, que provoca la protesta de muchos afiliados. En Asturias, Rafael Her­nández, secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas, dice, en nombre de su federación, que rechaza la línea política de Carrillo, denuncia la falta de democracia del organismo y firma un pacto con las Juventudes Libertarias. Lo mismo ocurre en Levante, donde José Gregori, secretario, dimite su cargo del comité nacional.

Esta actitud claramente revolucionaria de la juventud amenaza socavar la influencia comunista y es una de las causas de la prepara­ción urgente del golpe de mayo en Barcelona. Los propósitos que tie­ne se reflejan en aquella célebre frase de Comorera, Secretario General del Partit Socialista Unificat de Catalunya: «Antes de tomar Zarago­za, hay que tomar Barcelona».

Y llegamos a los famosos sucesos de mayo de 1937, de los cuales nadie quiere hablar, unos porque sienten remordimientos de concien­cia, otros por no confesar su ignorancia; muchos porque suponen, como el clásico, que es mejor no meneallo. Sin embargo, acaso haya lle­gado el momento de decir las cosas claras, y para ello nada mejor que recordar lo que Alfredo vio y vivió durante aquellos días, precedidos esos recuerdos de unos antecedentes curiosos que demuestran amplia­mente los orígenes irrebatibles de la intromisión de los rusos en la vida española. (Recuérdese que esto fue escrito en el exilio, y, por tanto, antes del libro de Manuel Cruells.)

Con la pérdida de Irún y San Sebastián, la comunicación telefóni­ca con la embajada de París quedó cortada por aquella parte, tenién­dose que efectuar por la línea Toulouse-Barcelona-Valencia. Como la central telefónica estaba en manos de la CNT, jamás se prestaron a que los agentes rusos escucharan lo que se decían el embajador en Pa­rís y el ministro de Negocios Extranjeros.

Arthur Koestler, en su libro Hiéroglyphes, publicado en París, en 1945, explica lo que supo de todo esto, por lo que le había dicho Otto Kratz, comunista alemán, encargado de la propaganda republi­cana en Londres y París, a través de las agencias Spanish News Agency y Agence Espagnole. Dice Koestler que por aquellos días, en octubre de 1936, la comunicación del Ministerio de Negocios Ex­tranjeros con la Embajada en París tenía que hacerse por Barcelona, cuya central telefónica estaba en manos de los anarquistas de la CNT, y el ministro Álvarez del Vayo creía a los anarquistas incapaces de guardar un secreto. Por suerte, el embajador en París era Luis Araquistain, cuñado de del Vayo. Los dos estaban casados con dos her­manas de origen suizo-alemán, que sabían hablar el dialecto Schwitzer-Deutsch, de las montañas suizoalemanas. Los cenetistas eran capaces de descifrar un código cifrado, pero no de saber el dicho dialecto. Y era así como las dos hermanas se entendían y comunicaban a sus maridos órdenes e informaciones. Esto acabó cuando los dos cu­ñados se enfadaron. Vayo se había entregado completamente a los co­munistas, mientras que Araquistain, que se esforzaba en conservar su independencia, fue, como era cosa corriente, acusado de trotskismo, y destituido. Era, pues, imprescindible para los rusos, expulsar a los anarquistas de la Telefónica de Barcelona y colocar allí a siervos co­munistas. Y animados por el éxito de la ofensiva contra Puigcerdá, Rodríguez Salas planeó, de acuerdo con el cónsul ruso, la ofensiva contra la Telefónica, que, además del objetivo de apoderarse del edifi­cio y sus servicios, era una prueba para ver si el campo estaba abonado para atacar a fondo a la CNT.

Ya el Gobierno había prohibido toda manifestación pública para conmemorar el Primero de mayo, como en los mejores tiempos de las derechas.

El día 2 de mayo, al principio de la tarde, se presentó Rodríguez Salas en el edificio de la Telefónica, en el ángulo de la plaza Catalun­ya y Puerta del Ángel, y presentó una orden de incautación del edifi­cio y sus servicios, firmada por el consejero de Seguridad de la Generalitat, el señor Artemi Aiguadé. (Por entonces se dijo que la firma era falsa.)

El delegado cenetista de la Telefónica se negó, rotundamente, a obedecer la orden, aduciendo que no lo podía hacer sin el consenti­miento de su propia organización, y que, además, teniendo en cuenta que por allí pasaban todas las comunicaciones con el extranjero del gobierno de Valencia, le parecía normal que la orden del consejero de la Generalitat fuera avalada por una orden del gobierno central. Y como esa resistencia era lo que precisamente quería el «Manco», se re­tiró y dio las órdenes de ataque, cuyo plan se había estudiado previa­mente.

Y en pleno día, en sitio tan céntrico como la plaza Catalunya, aparecieron fuerzas de asalto, con ametralladoras pesadas, carros de asalto y fusiles, que ocuparon todas las entradas a la plaza, excepto la calle Vergara, sin duda porque un mal estratega consideró que había bastante con cegar la entrada a la plaza por la calle Pelayo, sin acor­darse de que existe el camino de la calle Balmes. Tomada militarmen­te la plaza, el «Manco», escoltado por una veintena de guardias, na­ranjero en mano, se presentó en el vestíbulo de la Telefónica, e incitó a los guardias-milicianos a que se rindieran y franquearles el paso. Los milicianos no se anduvieron por las ramas, y empuñando bombas de mano, mandaron salir a los intrusos, pues de lo contrario allí quedarían la mayoría de las fuerzas en presencia. Ante esta decidida actitud, el sargento que mandaba a los guardias optó por retirarse y el «Man­co» les siguió. Los milicianos cerraron las puertas y dieron inmediata­mente la alarma al local de la CNT de la Vía Layetana. Tres minutos más tarde empezaron a sonar los primeros disparos contra la Telefóni­ca. A notar que aquellos disparos fueron hechos desde los balcones del que fue Hotel Colón, en el ángulo con el Paseo de Gracia, donde se había establecido el comité central de la UGT, manejada por los co­munistas. Fueron estos disparos los que enteraron a Alfredo de que algo anormal ocurría. Aquel día, Alfredo y Pepita habían convenido pasar la tarde juntos en su refugio de aquella señora que les acogía en la calle Calabria, pero ocurrió que, cuando apareció a la salida de las escaleras del tren de Sarria, por la parte de la calle Vergara, sonriendo algo tristemente, le comunicó que las «circunstancias periódicas», ade­lantándose, habían trastornado los propósitos. Entonces decidieron entrar en el cine titulado Ascaso (antes y después Vergara). Y apenas había empezado la proyección, cuando se oyeron los primeros dispa­ros, causando la consiguiente alarma. Se encendieron las luces y un empleado aconsejó calma, pues allí dentro no había peligro alguno, y que el público podía desfilar, con seguridad, hacia la parte de la calle Balmes, pero nadie sabía lo que ocurría. Alfredo y Pepita salieron a la calle y en seguida vieron el aparato militar puesto en plaza y se dieron cuenta de que los disparos salían del Hotel Colón y de unos guardias parapetados tras las estatuas de la plaza. Ésta estaba vacía. Las gentes que hacían comentarios en las entradas de las casas de la calle Verga­ra, no acertaban a comprender lo que estaba ocurriendo, ni contra quién se disparaba. Alfredo pidió permiso al encargado del cine para telefonear al local del POUM, dándose a conocer previamente. La comunicación fue inmediata, y desde aquel local le informaron, breve­mente, de que «aquello» era un ataque de los comunistas contra la Te­lefónica, que querían ocupar. Además, le indicaron que si podía se pre­sentara en el local de la Rambla de los Estudios. Alfredo enteró de lo que ocurría a los empleados del cine y todos convinieron en aconsejar a las personas que estaban a la expectativa, en el vestíbulo, que podían abandonar el local tranquilamente, siempre que no atravesaran la pla­za Catalunya. Pepita optó por marchar a su casa en el tren de Sarrià, si funcionaba, y como era así, se despidieron en el gran pasaje subte­rráneo, muy animado por la mucha gente que se había refugiado allí desde los primeros disparos. Alfredo, después de salir al exterior, atra­vesó la calle Pelayo, poco frecuentada, y por la de Gravina descendió hasta la calle Tallers, que estaba muy animada, con muchos grupos que comentaban, tratando de saber qué estaba ocurriendo. Por la calle Ramalleras salió a la plaza Buensuceso y por la calle del mismo nom­bre llegó a las Ramblas, limpia de transeúntes en su calzada central, pero con muchos curiosos en las aceras laterales. Atravesó la gran arte­ria, aparentando tranquilidad, y llegó al edificio donde se alojaba el POUM, antiguo Banco de Cataluña. Allí había una gran actividad. Casi todos los que subían y bajaban, salían y entraban, estaban arma­dos de carabinas y fusiles, además de las indispensables pistolas. En seguida le informaron de la verdad de lo que pasaba, y de cómo, de acuerdo con la CNT, se había decidido ofrecer la máxima resistencia, ya que si se dejaban arrollar por los comunistas, la vida de la CNT y del POUM, y sus mismos afiliados, era cuestión de horas. Nin prego­naba, a gritos, la lucha a muerte, conocedor, como era, de los métodos soviéticos. Por todo esto se estaba estableciendo contacto con todas las secciones de las barriadas para que, puestos de acuerdo con los de la CNT, se aprestaran, primero, a defenderse, y después, si era preci­so, a atacar implacablemente. Todos comentaban y comprendían en­tonces la verdadera finalidad de la campaña de «Todas las armas al frente». Los comunistas buscaban ser los únicos armados para hacerse los amos de la retaguardia.

Durante toda la tarde siguió el tiroteo a la Telefónica, sin resulta­do positivo. Cuando se hizo de noche, parecía como si se hubiera pac­tado una especie de alto el fuego, pues los disparos eran muy escasos. En realidad ocurría que se aprovechó la noche para concentrar fuerzas por los dos lados. Todos los hombres disponibles de la CNT y del POUM acudieron, armados, a hacer frente a las fuerzas atacantes. No eran muchos, porque esos dos organismos tenían casi todos los hombres ágiles en el frente. Pero a pesar de ello, antes del mediodía del día 3, la ciudad estaba en manos de los cenetistas y sus aliados del POUM. Los que obedecían las órdenes del «Manco» habían queda­do aislados en un perímetro que abarcaba la plaza Catalunya, la Puer­ta del Ángel y plaza Santa Ana, siguiendo por aquel lado hasta la Vía Layetana para subir por la calle Jaime I hasta la plaza de la República con los edificios de la Generalitat y el Ayuntamiento, defendidos por los mozos de escuadra.

Los comunistas habían montado su Estado Mayor en el Hotel Colón, desde donde daban órdenes y contraórdenes sin pies ni cabeza, pues como no contaban con la resistencia que encontraban, todo su plan se les venía al suelo.

En las barriadas la vida era casi normal: todo el pequeño comer­cio estaba abierto, lo mismo que los mercados, y el tránsito era casi como a diario. Solamente los tranvías que tenían que pasar por la pla­za Catalunya sufrían perturbaciones de tránsito debidas a las desvia­ciones que tenían que efectuar.

Durante todo el segundo día el tiroteo fue muy intenso en la plaza Catalunya y sus alrededores. Se habían definido perfectamente dos fuerzas en presencia: de un lado, los guardias de asalto, la guardia na­cional (ex guardia civil), los mozos de escuadra (que protegían la Generalitat), y los paisanos del PSUC y el Estat Catalá; estos últimos se habían instalado en el café Oro del Rhin, en el chaflán de la Gran Vía con la Rambla Catalunya. Eran pocos y estaban en crítica situación por su aislamiento. Del otro lado estaban los hombres de la CNT y los del POUM, la mayoría mozalbetes, pero también hombres ya ma­duros y bastantes con uniforme, que eran cuantos se habían encontra­do en el «fregado» mientras disfrutaban de un permiso, procedentes del frente.

Como el edificio donde se redactaba e imprimía La Batalla, órga­no del POUM, quedó dentro del perímetro ocupado por las fuerzas «gubernamentales», a éstas les fue fácil incautarse del mismo e impe­dir que se confeccionara el periódico; pero los del POUM no eran gente que se amilanaran por cosas como ésas, y aquella misma noche se incautaron, a su vez, de una imprenta sita en la calle San Ramón, en pleno barrio obrero de Atarazanas, y allí se imprimió La Batalla tres días. Alfredo acudió a aquella imprenta, que ya conocía por haber tra­bajado en ella hacía unos años, cuando allí se confeccionaba el sema­nario satírico La Tomasa.

Era como una rara mezcla de revolución romántica y procedi­mientos y armas modernos. Alfredo, cerrada la noche, se encaminó hacia aquella imprenta, pasando por las calles de Joaquín Costa, Car­men, Riera Baja, Hospital y el célebre Arco de Bernardino. El tránsi­to era casi nulo, y tuvo que hacer alto y parlamentar en tres o cuatro barricadas levantadas con todos los requisitos de entrada, salida y as­pilleras. En todas ellas parecía que no había nadie tras los adoquines, casi artísticamente colocados, pero al aproximarse a ellas surgía un hombre, con el fusil terciado, que preguntaba al intruso dónde iba. Al­fredo daba sus explicaciones, enseñaba su carnet y pasaba, sin más requisitos. Sin embargo, al llegar al cruce de la calle San Pablo con la de San Ramón, tuvo que hacer un prolongado alto, porque había la con­signa de que por allí no pasara nadie hacia la imprenta. Como adujera que era redactor de La Batalla, le hicieron esperar a que llegara al­guien que le conociera. Tras un buen rato llegó su amigo Solé, el cual salió fiador.

Entraron en la imprenta por un estrecho portal sin luz alguna; en el taller había gran actividad. Allí vio a todo el grupo de Artes Gráfi­cas del POUM, además de Molinero (a. el «Machacatrapos»), los hermanos Fernández, otro conocido por Pedro el «Malagueño» y al­gunos cenetistas que se habían ofrecido. Los redactores trabajaban so­bre las platinas, en pie y en mangas de camisa. Allí estaban Gorkin, Pagés, Andrade y algún otro.

El taller que entonces veía Alfredo había cambiado mucho respec­to a la época en la cual había trabajado allí. La parte de litografía ha­bía desaparecido y se habían instalado linotipias y dos máquinas pla­nas modernas. Como no había ninguna rotativa, era preciso cerrar la edición muy pronto, a fin de tirar el mayor número posible de ejem­plares.

Alfredo quedose, como los demás, en mangas de camisa, y buscó un componedor, que encontró fácilmente. Herramienta en mano, em­pezó a componer titulares, en ayuda de Solé y Saló, que se afanaban en una platina. Cuando menos se lo esperaba, se presentó allí su hijo Ángel, que no quedó menos sorprendido que el padre. Como en otras ocasiones, ahora también le asaltó el temor al peligro, y ello cuando no había más remedio que afrontarlo. Le vino a la mente que acaso las «fuerzas del orden» atacaran la imprenta, y tan fuerte era la obsesión, que aprovechó el momento en que entraban dos páginas en máquina para proceder a un examen estratégico de los lugares. Seamos claros: buscaba un sitio por donde poder escapar en caso desesperado. En el fondo del local había dos ventanas que daban a un patio… pero tenían magníficas rejas de gruesos barrotes. Salió al portal de la casa y explo­ró el fondo. Vio una puerta, la abrió y salió a un patio, en el que había tres puertas, todas bien cerradas. Todo esto no le tranquilizaba porque aquello parecía una ratonera. Solamente se le ocurrió que acaso había una posibilidad de escapatoria echando escaleras arriba, saliendo al te­rrado, pero, claro, no era cosa de aventurarse en aquel momento a comprobar si era factible, y más al ver la aparente tranquilidad con que todos trabajaban en el taller. ¿Sería él el único que buscaba tomar precauciones, o acaso los otros disimulaban como él mismo?

Se asomó a la calle. Sentados en el borde de la acera, con el fusil entre las piernas, había diez o doce hombres, fumando y charlando tranquilamente. Como quien no quiere la cosa, les hizo hablar para en­terarse de que las «fuerzas de protección» de la imprenta estaban bien situadas en cien metros a la redonda, cubriendo todos los accesos posi­bles. Un poco más tranquilo, se volvió al taller, donde ya se daban los últimos toques a las dos páginas centrales.

Serían las dos de la madrugada cuando llegaron unos milicianos cargados con grandes cestos llenos de comida y bebidas, obsequio de los amigos que controlaban el Hotel Falcón. Y mientras las máquinas rezongaban, sacando hoja tras hoja de La Batalla, el personal y re­dactores se agruparon en torno a una platina convertida en mesa y engullieron alegremente aquella pitanza fraternal. Cuando estaban a me­dio yantar llegaron Bonet, Nin y Tarafa, los cuales explicaron que ve­nían de una reunión con los de la CNT y que no habían logrado po­nerse de acuerdo, pues mientras unos querían apoderarse aquella mis­ma noche de la Generalitat, constituyendo un gobierno catalán obre­rista, los otros estaban llenos de dudas por el hecho de tener ministros en el gobierno nacional de Valencia. Apoderarse de la Generalitat hu­biera sido cosa fácil. Los hombres de la CNT y del POUM tenían cercado el edificio, pues si por un lado estaban ya en la calle del Call, a veinte metros de la plaza de la República, por el otro habían desalo­jado a los mozos de escuadra de la plaza Santa Ana, y en aquellos mo­mentos se miraban, sin gestos de odio, unos en la calle del Obispo y otros ya en la Plaza Nueva. No faltaba más que una orden para que el avance se hubiera producido y seguramente la Generalitat se habría rendido más fácilmente que en 1934. Pero aquella orden no se dio por pusilaminidad de los anarquistas, que no acababan de decidirse, y ello fue un profundo error, porque los comunistas aprovecharon aque­lla actitud y la incalificable de los ministros cenetistas para recuperar el terreno perdido y sacar adelante parte de su tenebroso proyecto.

El local del Sindicato de Industrias Gráficas, en el cual todavía tenían preponderancia los del POUM, estaba en un edificio del Paseo de Gracia, en el número 5, propiedad de un monárquico llamado Mateu, que seguía la carrera política actuando de gobernador en peque­ñas provincias, en espera del momento propicio de ser director general de algún ramo, y después, acaso, ministro. Desde aquellos pisos que ocupaba el sindicato se veía perfectamente todo lo que ocurría en el te­rrado posterior del Hotel Colón, a la altura del primer piso, y por ello, al día siguiente, tercero de aquellos acontecimientos, Alfredo y Sagrera, bajando por el Paseo de Gracia, bien pegados a las casas, lo­graron entrar en su sindicato. El conserje y su esposa les acogieron muy bien, a pesar de que antes habían dado muestras de veleidades comunistas, pero acaso en aquellos momentos llegaron a creer que los del POUM llevaban las de ganar, y ello porque habían podido obser­var en los ocupantes del Hotel Colón muchos síntomas de decaimien­to. Alfredo y Sagrera salieron a la amplia galería acristalada que daba al patio lindero con el hotel, y lo primero que vieron fue que unos hombres procedían, activamente, a confeccionar sacos terreros, va­ciando todos los tiestos que allí había y que eran muy grandes. Lógi­camente, supusieron que se trataba de fortificar, en lo posible, la entra­da al hotel por temer un ataque de los contrarios. Es decir, que los co­munistas pasaban de la ofensiva a la defensiva.

En esto llegó el conserje avisando de que por teléfono llamaban a «alguno de la Junta». Alfredo tomó el teléfono y resultó que llamaban del local del POUM y querían saber en qué manos estaba aquel local, tan próximo al Hotel Colón. Alfredo quedó suspenso porque no sabía si era ciertamente alguno del POUM quien hablaba, o acaso era una coartada de los «chinos». Por ello optó por dar una respuesta de «cla­ve», y dijo que al aparato estaba «Ángel Rojo», y después colgó el auricular. En seguida explicó a Sagrera por qué había obrado así, es decir, que si el que había telefoneado era, verdaderamente, uno de los directores del partido, no dejaría de saber que «Ángel Rojo» era el seudónimo de escritor del propio Alfredo, y, por lo tanto, sacarían la consecuencia de que era él quien se había puesto al aparato. La combi­nación resultó perfectamente lógica, como pudieron comprobarlo un cuarto de hora más tarde, cuando el timbre de la puerta de entrada so­nó largamente. El conserje, observando por la mirilla, reconoció a So­lé, el chófer al servicio de la Junta del Sindicato, y le abrió la puerta. Solé, que era un tipo pintoresco y medio loco, apareció vestido como un jefe militar, es decir, guerrera, polainas y gorra de plato y, además, en la mano, un magnífico naranjero, amén de tres bombas de mano colgadas a la cintura. Sin duda, para acabar su presentación guerrera, sin hablar, llevó a los otros al mirador que daba al Paseo de Gracia y les enseñó que, junto a la puerta, estaba parada una tanqueta nuevecita, ocupada por dos individuos armados lo mismo que Solé, y que ha­cían señas, sonriendo a los de arriba.

Tras toda esa mímica, el recién llegado se dignó hablar para decir que aquella tanqueta era una supervivencia de las desaparecidas patru­llas de control, que él sabía dónde estaba escondida y que había ido a buscarla en compañía de los otros dos; que en el partido le habían en­cargado se llegara hasta el sindicato, para ver si era posible un ataque desde allí al Hotel Colón, y que después fueran todos al partido para trazar el posible plan de ataque.

Alfredo le adujo que todo aquello estaba muy bien, pero que le parecía mal que se fueran todos al local del POUM, abandonando el sindicato, que podía caer en manos de los comunistas. Como la obje­ción era razonable, Solé se puso al habla, por teléfono, con el POUM, diciendo que al aparato estaba «el número 3». Cuando le dijeron que podía hablar, se expresó en términos guerreros, diciendo que la prime­ra parte de la misión estaba cumplida, pero que no podían, todos, abandonar el objetivo, por lo que solicitaba autorización para efectuar un reparto de efectivos. Alfredo no pudo por menos que reír ante la fantasía de que hacía gala el chófer. Éste explicó después que todo aquello lo hacía para despistar, y acaso tuviera razón. Como por el hilo telefónico le dijeron, con un tantico de sorna, que procediera a su leal saber y entender, y según las normas, Solé hizo subir a los que es­taban en la tanqueta y les ordenó que se quedaran allí, en el sindicato, con la consigna de que no entrara ni saliera nadie hasta que ellos vol­vieran. El conserje y su mujer pusieron muy mala cara ante aquellas órdenes, pero no se atrevieron a decir nada.

Con el convencimiento de que existía la posibilidad del ataque por la retaguardia del Hotel Colón, con todo su Estado Mayor comu­nista, decidieron los tres ir a entrevistarse con los responsables del par­tido, en el local de la Rambla. Descendieron, pues, Sagrera, Solé y Al­fredo, y montaron en la tanqueta. Solé tuvo la coquetería de pasar, pausadamente, por delante del Oro del Rhin, donde estaban los ele­mentos de Estat Catalá, los cuales no supieron qué hacer ante aquella tanqueta, cuyos ocupantes no sabían a qué partido pertenecían. Des­pués descendieron por el lado izquierdo de la plaza Catalunya, frente a la calle Vergara y tomando en contradirección la derecha de las Ramblas fueron a detenerse ante la casa que ocupaba el POUM.

Arriba, en el segundo piso, tuvo lugar la entrevista que pudo ha­ber sido decisiva para la guerra y la revolución… si no hubiera empe­zado, precisamente en aquellos momentos, la ofensiva derrotista desde Valencia.

Los «estrategas» estudiaron las posibilidades del ataque proyecta­do y convinieron que era posible si podían alcanzar los puntos siguien­tes:

1° Disponer de unos veinticinco hombres bien armados y deci­didos. 2° Cortar las comunicaciones telefónicas con el Hotel Colón. 3° Simultanear el ataque por detrás, con un simulacro de ataque fron­tal, como diversión, y, además, para evitar la escapada por delante. 4° Modo de hacer llegar al sindicato de Industrias Gráficas, a los atacantes, sin llamar la atención de los del hotel. 5° El ataque debía tener lugar durante la noche.

Y no sólo hicieron planes, sino que inmediatamente empezaron a tomar las medidas necesarias. Alfredo, Sagrera y Solé volvieron, por el mismo camino, al local del sindicato, pero Solé volvió a salir de allí con sus dos amigos, que habían permanecido de vigilancia, en busca de los hombres que deberían concentrarse allí mismo para llevar a cabo el ataque. Alfredo llamó, por teléfono, a la tienda de comestibles de la calle Valldonzella, donde se suministraba la familia y rogó a Ra­món, el dueño de la tienda, que avisara a su casa diciéndoles que pro­bablemente aquella noche no acudiría a dormir, procurando, así, evi­tar inquietudes.

A la caída de la tarde, la tanqueta había hecho tres viajes y en ellos había llevado nueve hombres bien armados. Además, habían lle­vado suministros de boca que fueron muy bien recibidos y que consu­mieron en el comedor del conserje. Había allí un aparato de radio, por medio del cual se iban enterando de lo que manifestaban las autorida­des de la Generalitat, por las ondas de Radio Barcelona, los comunis­tas por Radio Associació de Catalunya, y la CNT y el POUM por sus propias emisoras. Y cada emisora decía una cosa diferente. La Generalitat se limitaba a dar cuenta de los muertos y heridos, incitando a que cesara la lucha fraticida. Los comunistas ya empezaron a acusar a la CNT y al POUM de agentes del fascismo. La CNT aconsejaba la calma y firmeza, sin decir para qué. El POUM proclamaba que había llegado el momento de hacer la verdadera revolución.

Pasaron dos horas y no llegaron más refuerzos al sindicato. Alfre­do y Sagrera no querían telefonear por el peligro de ser interferidos. Por fin, cerca de las diez, llegó Solé, esta vez solo, para manifestar que la «operación» quedaba suspendida, porque ocurrían cosas graves, que parecían increíbles, pero sin poder decir cuáles, por la sencilla ra­zón de que en el partido no le habían dicho más. Entonces acordaron «evacuar el dispositivo» (fraseología de Solé) y lo hicieron en tres via­jes de la tanqueta.

Volvieron a quedar solos Sagrera y Alfredo, escuchando la radio. No tardaron en saber lo que ocurría porque todas las emisoras, excep­to la del POUM, empezaron a radiar comunicados del gobierno de Valencia, y de los ministros de la CNT García Oliver y Federica Montseny, haciendo un llamamiento a la fraternidad y ordenando un alto el fuego. Estas emisiones duraron toda la noche. Sagrera se había dormido sobre un diván. Los conserjes se habían retirado a sus habita­ciones. Alfredo, curioso, subió al piso superior con la esperanza de ver algo desde arriba, pero la plaza Catalunya estaba desierta de transeún­tes, lo mismo que el Paseo de Gracia y la calle Caspe. Volvió abajo, se sentó en un sillón… y se quedó dormido.

La luz del día despertó a los dos «terribles revolucionarios», y casi al mismo tiempo aparecieron los conserjes, que prepararon café con leche para los cuatro.

Mientras desayunaban, siguieron escuchando, por la radio, las lla­madas a la paz, y también que el ministro García Oliver había salido, en avión, para Barcelona.

La calma parecía haber renacido por lo que respectaba a los dis­paros. Sin embargo el paro en el tráfico era absoluto. Telefonearon al POUM, pidiendo el envío de un coche o la tanqueta de Solé, a fin de poder llegar hasta las Ramblas; les dijeron que Solé no estaba allí y que, de momento, no disponían de coche alguno. No tuvieron otro re­medio que emprender el camino a pie, sin gran tranquilidad, pues aquel silencio se les antojaba más peligroso que los disparos, ya que és­tos anunciaban su procedencia, y el silencio es más traidor. Optaron por subir Paseo de Gracia arriba, hasta la calle Diputación, a fin de evitar la plaza Catalunya, batida por el Hotel Colón, y no pasar tam­poco por la Gran Vía, por precaución a lo que pudieran hacer los de Estat Catalá, que todavía estaban en el Oro del Rhin. Para Alfredo resultaba un suplicio tener que seguir el paso lento de Sagrera, que arrastraba, siempre, su bota ortopédica. Atravesaron todo lo ancho de la Rambla Catalunya, pasando un mal rato, porque en el Oro del Rhin se veía claramente a los escamots, carabina en mano y en actitud vigilante, y por el otro lado se veían hombres armados que cualquiera sabía quiénes eran. Pasaron, no obstante, sin novedad. Por la calle Diputación siguieron hasta la de Aribau, no encontrando alma vivien­te. Bajaron hasta la plaza Universidad, donde un grupo de paisanos armadlos estaban sentados, tranquilamente, ante los veladores de la acera del Café El Tostadero. Como habían sido vistos, tuvieron que optar por avanzar hacia el grupo, afectando la más completa tranquili­dad. Acaso la cojera de Sagrera y el aspecto pacífico de Alfredo hicie­ron creer a los armados que no eran gente peligrosa, pues no iniciaron movimiento hostil alguno. Alfredo aventuró saludar con un «¡Salud!» en tono natural, que fue contestado de la misma manera por los otros, y así pasaron adelante, entrando por la calle Tallers. Ya en el ángulo de la calle Valldonzella, Alfredo dijo a Sagrera que esperara unos mi­nutos, pues quería subir a su casa, a tranquilizar a la familia. No tuvo necesidad de subir al piso, pues en la portería encontró a su hija y a su hermana, charlando con la portera. Lloraba de alegría la hermana y le abrazaba la hija. Para no entretenerse, optó por prometer volver a la hora de comer, no sin enterarse antes de dónde estaba el hijo, diciéndole, ellas, que había pasado la noche en casa, pero que hacía un buen rato que había marchado a la Juventud.

Se reunió, de nuevo, con Sagrera y se acercaron a las Ramblas por la calle Tallers. Allí había un buen grupo de hombres y mujeres, ha­blando animadamente. Inquirieron qué ocurría y les explicaron que en el café Moka había un grupo de guardias que no dejaban pasar a na­die por las Ramblas, así como tampoco pasar al otro lado. Como el POUM estaba instalado al lado del edificio donde estaba el café Moka, y la Juventud en la misma casa del café, Sagrera y Alfredo convinieron que la situación debería ser enojosa para las gentes que es­tuvieran en los dos locales. Con todas las precauciones, Alfredo aso­mó la cabeza, agachado, y pudo ver, en la amplia acera, junto al Mo­ka, cuatro guardias, fusil en ristre, dos mirando hacia la plaza Cata­lunya y los otros dos en sentido contrario. Los balcones del partido y los de la Juventud estaban abiertos, pero no había nadie en ellos. Aquello no era tranquilizador, y les hizo pensar si «ya» habrían dete­nido a cuantos pudiera haber allí. Cuando volvieron atrás y se diri­gían por la plaza Buensuceso hacia el local del POUM del distrito V, en un local incautado a la Esquerra, en la calle Mendizábal, encontra­ron a un grupo de muchachos, armados hasta los dientes, que les reco­nocieron, y con gran animación les explicaron que venían precisamen­te del local de la calle Mendizábal, donde habían recibido un aviso del comité ejecutivo, pidiendo el envío de refuerzos en vista de la llegada al Moka de un grupo de guardias, no se sabía con qué intenciones, pues no habían intentado subir a los locales.

Llegaron todos a la salida a las Ramblas por la calle Buensuceso y vieron que los guardias seguían en la misma actitud. Los chicos deci­dieron que había que acabar con aquella incertidumbre, y tres de ellos salieron decididos a las Ramblas. Los guardias empezaron a dar gritos de «¡Alto! ¡Alto!», pero como los muchachos siguieron avanzando, dos de los guardias dispararon las carabinas, seguramente al aire, pues no hicieron blanco a nadie. Los del POUM echaron cuerpo a tierra y el que estaba más avanzado empuñó una bomba de mano, tiró de la anilla y la arrojó diestramente contra un árbol del otro lado. La explo­sión fue tremenda y cuando se disipó el humo se pudo ver que los guardias habían desaparecido de la acera, dejando tras sí unas sillas tiradas por el suelo. Los muchachos se levantaron y avanzaron, bombas en mano, hacia el café, parapetándose tras los árboles. En los balcones del POUM aparecieron algunos hombres armados con fusiles, los cuales gritaban algo que no se entendía desde abajo. En la puerta del Moka apareció un oficial, con la carabina colgada al hombro y ha­ciendo aspavientos con los brazos, en signo de paz. Los de las bombas salieron de detrás de los árboles y avanzaron, pero sin dejar las bom­bas de la mano. Distanciados unos metros unos de otros, tuvieron lu­gar unas explicaciones, manifestando el oficial que ellos no llevaban malas intenciones, sino todo lo contrario, como podían apreciar que no habían subido al local del POUM, y, además, que los disparos que habían hecho lo habían sido al aire, pero que tenían orden de estar allí y tenían que cumplirla. El que tomó la palabra para parlamentar con el oficial preguntó si podían subir al POUM los recién llegados y como les dijo el oficial que no tenía orden en contrarío, el muchacho hizo gestos con la mano y entonces salieron de la calle Buensuceso el resto de los muchachos, acompañados de Sagrera y Alfredo. Bajo el dintel de la puerta de la escalera quedaron dos muchachos y el resto subió a los pisos. Los guardias, por su parte, colocaron también dos números en la entrada del Moka. A los pocos minutos estaban los cua­tro en franca conversación, mientras se invitaban a fumar. A notar que aquellos muchachos no pasaban de los 17 o 18 años, pues los de más edad estaban todos en el frente.

Arriba no se había perdido la moral, pero había gran indignación contra los ministros cenetistas y los comités que obedecían las consig­nas de Valencia. Se veía que se perdía la ocasión de combatir a los co­munistas, pero la verdad es que no se preveía la tremenda represión que iba a seguir…

Y llegó aquello que pasó a la historia con el nombre jocoso de «La leyenda del beso». García Oliver había llegado al aeropuerto del Prat, trasladándose en automóvil a la Generalitat, desde donde se di­rigió al pueblo, por la radio, desgranando una alocución que hizo re­chinar los dientes a los del POUM y a los cenetistas, pero hizo bañar­se en agua de rosas a los comunistas.

García Oliver, en tono patético, dijo que al llegar a su querida ciudad y encontrar en la calle un muerto de la CNT, se arrodilló y le besó en la frente, después hizo lo mismo con otro muerto poumista, y cuando «cruzado en la acera vio un muerto con el uniforme de guar­dia, se arrodilló, emocionado, y lo besó…»

Y así, según él, fue besando a diestro y siniestro, a tantos muertos como iba encontrando, y acababa exhortando a todos, los de un lado y los del otro, a deponer las armas y besarse fraternalmente.

Claro es que no besó muerto alguno, porque todos estaban en el depósito de cadáveres, y, además, en su marcha hacia la Generalitat, «su coche» no paró ni un minuto y se guardó muy bien de pasar por el centro de la ciudad.

También llegó Federica Montseny, ministro de Sanidad. Ésta no besó a nadie, pero también hizo un llamamiento a la paz y a la frater­nidad. Los dos ministros se entrevistaron con el comité nacional de la CNT, y allí se acordó pactar una paz en la que no hubiera vencedo­res ni vencidos. Jamás se ha publicado nada que hiciera vislumbrar có­mo se manifestaron los diferentes individuos del comité cenetista. Por ello recae sobre todos ellos la enorme responsabilidad de lo que fue, en realidad, una claudicación, cuando todos los triunfos estaban de parte de quienes, defendiéndose, derrotaron a los comunistas.

Hubo algunos grupos de cenetistas que no quisieron obedecer las claudicantes órdenes y siguieron en las barricadas del distrito V. Especialmente el grupo «Los amigos de Durruti», en un periódico titulado El amigo del pueblo, publicaron un manifiesto denunciando el «pastel» y solidarizándose con el POUM, el cual por medio de manifiestos y en La Batalla afirmó que acabarían vencidos, pero no avergonzados.

Así fue como el día 5, en la Generalitat, se firmó el pacto de «alto el fuego», que tardó todavía dos días en ser plenamente efectivo, por­que, si bien la mayoría de barricadas fueron abandonadas, los guar­dias seguían disparando a diestro y siniestro.

El día 7 se produjo una crisis en el gobierno de la Generalitat, en­trando a formar parte del mismo el aventurero Sesé, el cual supo su nombramiento parapetado «heroicamente» en la casa conocida por La Pedrera, en el Paseo de Gracia, chaflán con la calle Provenza. Al verse nada menos nombrado consejero de la Generalitat, se apresuró a salir inmediatamente para tomar posesión del cargo, pues el hecho de­bería parecerle un sueño. Ocupó un coche y se puso en camino, evitan­do prudentemente el Paseo de Gracia, bajando por la calle Lauria… y habrá que creer en el destino, porque la precaución fue fatal para él, ya que, a la altura de la calle Caspe, una ráfaga de metralleta acribilló el automóvil y allí acabó la historia de Antonio Sesé, el pobre tipo que había jugado todos los papeles con tal de no trabajar.

Para apoyar el «pacto», el día 7, por la noche, llegaron a Barce­lona unos batallones de guardias de asalto, uniformados en gris. Por su procedencia, se les llamó en seguida los «jaramas». Desde la madruga­da del día 8 se desparramaron por la ciudad, exactamente lo mismo y con el mismo espíritu de «ocupantes» que lo habían hecho los legiona­rios en octubre de 1934.

Se obligaba a pacíficos ciudadanos a desmontar las barricadas; se registraba, con malos modos, a los traseúntes, y, la vergüenza mayor, hartamente repetida, fue romper en trozos los carnets de la CNT que encontraban en los bolsillos de los registrados, y muchas veces los tro­zos eran arrojados a la cara de las víctimas, que no tenían armas que oponer a los naranjeros de los fachendosos guardias.

Y, como los legionarios del 34, los jaramas se permitían atrevi­mientos groseros con las mujeres, lo que motivó serios incidentes.

Al segundo día de esta vergüenza ciudadana, avanzaban por la Ronda San Antonio, en el tramo comprendido entre las calles de Tallers y Joaquín Costa, Solé, Miralles, Sagrera y Alfredo, en dos pare­jas, a poca distancia una de otra. Del bar La Giralda salieron cuatro jaramas, bien armados, y detuvieron la marcha de Solé y Miralles, pi­diéndoles la documentación y haciéndoles poner después las manos en la cabeza, para registrarles. Como encontraron carnets de la UGT, no los rompieron, pero se quedaron con la pistola que encontraron a Miralles. Sagrera y Alfredo vieron todo aquello, y cuando Alfredo había iniciado la «retirada», quedó asombrado viendo al pacífico Sagrera avanzar, decidido, hacia los guardias, y siguióle, a ver qué pasaba… y por no ser menos. Y lo que ocurrió fue esto:

Llegó Sagrera ante los guardias y les entregó el carnet, sin decir palabra. Mientras un guardia lo examinaba, el otro, con malos modos, le preguntó si llevaba armas; Sagrera dijo que sí, que una pistola, para lo cual tenía permiso, lo que provocó grandes risotadas de los jaramas, los cuales le ordenaron que la entregara inmediatamente. Sagrera sacó la pistola, con toda calma, y, con el dedo en el gatillo, dijo:

—Si la queréis, tomadla por el cañón.

Los jaramas quedaron bien sorprendidos, y lo fueron más al ver que, antes que pudieran terciar los naranjeros, Alfredo estaba allí, pis­tola en mano, apuntando a los vientres. Entretanto se había formado un buen grupo de gentes que rodearon a los guardias y empezaron a dedicarles frases poco fraternales. Los «bravos jaramas» palidecieron y no sabían qué actitud tomar ante aquella agresividad popular, con la que no contaban. Y acabaron por entrar de nuevo en el bar La Giral­da, afectando una tranquilidad que estaban lejos de sentir.

Puede afirmarse que en mayo de 1937, en Barcelona se empezó, seriamente, a perder la guerra. Si entonces, como pudo hacerse, se hu­biese procedido a la exterminación de los comunistas, y roto toda rela­ción con la Unión Soviética, muy probablemente la posición interna­cional hubiera sido otra y las consecuencias muy diferentes.

Por el contrario, de dejación en renuncia, esquerristas y cenetistas fueron perdiendo todo control y los comunistas fueron ocupando, im­punemente, muchos puestos clave en mandos y directivas.

El balance de aquellos días aciagos fue de unos quinientos muer­tos y más de mil heridos.

El día 8 aparecieron muertos a tiros, ante las tapias del cemente­rio de Sardanyola, Alfredo Martínez y 16 jóvenes más de las Juventu­des Libertarias.

Durante la noche del 4 al 5, fueron detenidos en la casa en que vi­vían en la plaza del Ángel, 2, el profesor italiano Berneri y su amigo Barbieri, los dos voluntarios italianos en las filas combatientes, y que estaban disfrutando de un corto permiso. No se supo más de ellos has­ta que fueron descubiertos sus cadáveres en el depósito del Hospital Clínico. La autopsia demostró que habían sido asesinados a pistola, a poca distancia y por la espalda.

Se supo después que los jaramas, a su paso por Barbera y Tortosa, camino de Barcelona, al enterarse de que «estaban en Catalunya» empezaron a robar cuanto encontraban y a molestar a todo el mundo, asegurando que llegaban para acabar con todos los catalinos.

Dos compañías de jaramas fueron enviadas a Lérida, a «reconsti­tuir el orden», porque allí los comunistas no lograron asustar a cenetistas y poumistas. Llegaron los guardias con los mismos humos que gas­taban en Barcelona, pero pronto se les hizo saber que la 29 División no esperaba más que un aviso para bajar del frente, y esta advertencia fue bastante para que en Lérida no hubiese, de momento, tropelías, aunque más tarde llegase una terrible represión, como en toda Cata­lunya. Se afirmó, por entonces, que además de elementos de la 29 Di­visión del POUM, estaba preparada en Barbastro una parte de la 26 División.

De hecho, el gobierno de la Generalitat pasó a ser una sombra, que no pinchaba ni cortaba. De Valencia llegó la orden de que la Jefa­tura General de Orden Público, para toda Catalunya, fuese ocupada por el teniente coronel Torres, que dependía del gobierno de Valen­cia, y el mando militar pasó a manos del general Pozas.

Es indudable que en Barcelona existía una emisora clandestina, en manos de los falangistas, pues cada día el general Queipo de Llano, desde Sevilla, daba noticias, casi exactas, de lo que ocurría en la Ciu­dad Condal. Pero la policía tenía harto trabajo persiguiendo a revolu­cionarios para dedicarse un poco a buscar verdaderos enemigos.

Ocurrieron, entonces, cosas muy graves que apenas tienen expli­cación, y que ahora, a través de los años, no acaban de ser claras. Ya, con todos los recursos policíacos en la mano, los comunistas empren­dieron la persecución del POUM, dejando para más adelante atrever­se con la CNT. Es indudable que todas las órdenes de persecución emanaban del consulado ruso, donde Antonov, el cónsul general, mandaba y disponía en toda Catalunya, lo que no fue óbice, a pesar de su obediencia ciega a Moscú, para que un año más tarde, fuera «li­quidado» en la célebre «purga» de 1938.

Robert Luzón, el conocido sindicalista francés, comentó lo enton­ces ocurrido en Barcelona, en un artículo publicado en la revista La Révolution Prolétarienne, del cual son estos párrafos:

« Los anarquistas dirigentes de la CNT que veían que los obreros, en la calle, eran los amos, no se atrevieron a dar la orden de asalto fi­nal a la Generalitat, porque, seguramente, no hubieran sabido qué ha­cer con el poder. Además, tenían sus hombres en el gobierno de Va­lencia. Habían entrado en la colaboración y no podían volverse atrás. Pero de eso ‘a la claudicación’ hay mucho trecho porque la frase de Companys ‘No debe haber vencedores ni vencidos’ no fue, jamás, rea­lidad. Éste fue el principio de la muerte del espíritu revolucionario y la muerte de muchos revolucionarios, vilmente asesinados.

Y por lo que respecta a los dirigentes de la CNT-FAI, basta citar la declaración de la Casa CNT, que dice:

‘La CNT y la FAI continuarán colaborando lealmente, como en el pasado, con todos los sectores políticos y sindicales del frente anti­fascista. La prueba evidente es que la CNT continúa colaborando en el gobierno central y en la Generalitat y en todas las municipalidades’.

Y no se conformaron con esto, sino que agravaron su conducta sacudiéndose la responsabilidad y echándola sobre los que se habían batido en la calle, publicando después esta otra nota:

‘Inmediatamente que tuvimos noticia de la extensión de lo que ocurría, lanzamos órdenes a todas las organizaciones para que mantu­vieran la serenidad y evitaran la propagación de hechos que pudieran tener consecuencias fatales para todos’.

‘Match nulo’, quería Companys; la verdad es que todo vino de­masiado ‘a pedir de boca’ para la victoria de los comunistas, con la casi anulación del gobierno de la Generalitat y la caída de Largo Ca­ballero.»

Hubo crisis en el gobierno de la Generalitat y del mismo salió Comorera; también desapareció de la vista el criminal Rodríguez Sa­las.

En junio, el POUM celebró un mitin en el Gran Price. El local estaba repleto y, en medio de una gran expectación, Andreu Nin de­nunció la maniobra comunista del mes anterior, y como conocedor de los procedimientos rusos, afirmó que si no se estaba alerta los comu­nistas llegarían a la exterminación física de quienes se opusieran a sus negros designios… y lo que no tiene explicación es que, sabiendo eso, y habiéndolo profetizado, se dejara sorprender y fuera asesinado co­barde e impunemente.

Sin ruido, pero constantemente, se procedía a detener a los afilia­dos del POUM, y encerrarlos, no en las cárceles oficiales, sino en las diferentes checas que el Partido Comunista había montado. Principal­mente eran conducidos a una checa instalada en una casa del Portal del Ángel, otra en la calle Aribau, y una tercera en la barriada de San Gervasio. No se puede concretar ahora, exactamente, los números de las casas ni algunas calles, porque las referencias se supieron por algu­nos poumistas que tuvieron la suerte de poder salir de las checas antes de la caída de Barcelona, pero al salir les conducían, con los ojos tapa­dos, lejos de la checa, y durante la noche (como lo hicieron a la detención), y sólo sabían, aquellos liberados, el sitio aproximado donde ha­bían estado, por retazos de conversaciones escuchadas.

En las checas el trato era malísimo. Se tenía a los detenidos en habitaciones interiores, sin luz natural, durmiendo en el suelo, sin ropas ningunas, ocho o diez personas en espacios de cuatro o cinco metros. La comida, casi inexistente, y el agua racionada. Los malos tratos a diario, y el convencimiento de que de allí sólo se salía para recibir el tiro en la nuca. Más tarde se supo que fueron pocos los asesinados, pero entonces todos vivieron semanas y meses con esa tremenda con­vicción.

Pero lo más deprimente era que los hacían convivir con los otros detenidos fascistas; unos y otros tratados de la misma manera.

Ya en Francia, Luis García, un ferroviario, le explicó a Alfredo cómo había sido detenido en las oficinas de la estación de Francia de Barcelona (antigua estación término de MZA, hoy RENFE) y con­ducido, en coche cerrado, a la checa de la calle Aribau. Allí le metie­ron en una habitación cuyas vidrieras del balcón estaban tapadas con tablas y las puertas del mismo clavadas, para que no se pudieran abrir. La luz era eléctrica y muy fuerte, proporcionada por una lámpara de ocho brazos. En aquel encierro había seis hombres que le recibieron con el brazo derecho en alto, al estilo fascista, y prorrumpieron en gri­tos de «¡Arriba España!», y con aquellos fascistas tuvo que convivir tres meses, durmiendo en el suelo, pegados unos a otros. No salían de aquel cuarto más que dos veces al día para ir al retrete, de dos en dos, y custodiados por los «carceleros», armados de pistolas. No comían más que lentejas cocidas, sin nada más. En los tres meses nadie le inte­rrogó, y jamás pudo saber por qué le habían detenido, ni qué pensa­ban hacer con él. Temió, seriamente, volverse loco, y cuando, tan a menudo, llegaba un bombardeo aéreo y se apagaba la luz, oyéndose perfectamente las explosiones, lejos de tener miedo, alimentaba la es­peranza de que una bomba cayera sobre la casa y la derrumbara, por­que así, o bien moriría, o podría escapar.

Sacaron a García de aquella checa una noche y le llevaron en co­che hasta las afueras de la estación de Francia. Allí le encerraron en un vagón de mercancías, junto con una docena más, a quienes no cono­cía. Una hora más tarde arrancó el tren y ninguno de los allí encerra­dos sabía qué dirección podía llevar el convoy. El vagón era tal vez de los empleados para trasladar ganado, pues tenía una ventanilla en lo alto. Ya cerca de mediodía pararon en una estación. Como García oyese voces, haciendo un esfuerzo, se subió, a pulso, con las manos agarradas al marco de la ventanilla, y empezó a dar gritos desgarrado­res, pidiendo auxilio. Acudieron unos ferroviarios, preguntando qué ocurría. García les dijo que también era ferroviario, y que le llevaban allí, preso. Fuera se oía una viva discusión entre unos, que querían abrir el vagón, y los que se oponían a ello, los cuales deberían ser los guardianes del convoy. De pronto se oyeron ruidos como de rotura de alambres y se corrió la puerta un poco, dejando entrar una cabeza, preguntando quién era el ferroviario. García sacó fuerzas de flaqueza y empujó la puerta lo suficiente para poder pasar, dando un salto has­ta el andén, quedando sentado en el suelo. Saltaron dos detenidos más, pero los guardianes volvieron a cerrar la puerta rápidamente.

Un guardia de asalto no hacía más que jurar y gritar que iba a fu­silar a los detenidos y a los ferroviarios que habían abierto el vagón. Sus otros tres compañeros, más sosegados, no parecía que tenían ga­nas de matar a nadie. García se puso en pie y se refugió entre el grupo de ferroviarios que allí se habían juntado. Dijo su nombre, el cargo que tenía en el sindicato y las oficinas donde prestaba sus servicios. Los ferroviarios comprendieron que decía verdad, y dijeron a los guardias que aquel ferroviario se quedaba allí, bajo la responsabilidad de todos ellos. El guardia escandaloso no quería saber nada y se dis­ponía a encerrar de nuevo a los tres que habían bajado del vagón. En esto llegó el jefe de estación y resultó que conocía perfectamente a García. Se abrazaron, emocionados. El jefe de estación, sin andarse por las ramas, les dijo a los guardias que su amigo quedaba allí y que hicieran lo que quisieran con los otros presos. Se ofreció a extender un recibo como si se tratara de una mercancía cualquiera. Como el núme­ro de ferroviarios había aumentado considerablemente, con la llegada de otros compañeros y gentes curiosas, que nunca faltan, los guardias optaron por dejar allí a García, pero volvieron a encerrar en el vagón a los otros dos.

Cuando García avanzaba hacia el edificio de la estación, se dio cuenta de que estaba en Ripoll. Allí permaneció bien atendido, los po­cos días que pasaron hasta que todos los ferroviarios tuvieron que eva­cuar la localidad, camino de Francia.

Dejando de lado la CNT, como hueso muy duro de roer, los co­munistas concentraron la represión en los elementos del POUM. La imprenta de La Batalla no fue, jamás, devuelta al partido, y menos mal que Pestaña la reclamó para editar su periódico El Sindicalista, evitando así que allí se editara un periódico comunista. Porque es ver­dad, diremos ahora que los del Partido Sindicalista se portaron muy noblemente con el POUM, y que tanto en los locales de redacción y administración, como en la imprenta, los poumistas encontraron siem­pre solidaridad y apoyo.

A pesar de que se veía venir la represión, lo cierto es que un mal día (el 6 de junio) fueron detenidos cuantos se encontraban en las ofi­cinas del POUM, del local de la Rambla de los Estudios. No sabe­mos si fue fatalidad o chivatazo, pero cuando llegaron los guardias de asalto y policías secretas, en número imponente, estaban reunidos casi todos los elementos directivos del Partido, y todos fueron detenidos, siéndolo después, otros en sus casas, y otros en el propio frente de Aragón.

Durante bastantes días nadie sabía dónde habían sido conduci­dos, hasta que se supo que estaban en Madrid, no sabiéndose a dispo­sición de quién, pero Nin, desde el primer momento, fue separado del resto de sus compañeros, llevado de checa en checa, y finalmente ase­sinado. La muerte de Nin acaso fue causa de que se salvaran todos sus compañeros del comité, porque se armó una gran efervescencia en toda la nación, y el gobierno de Valencia no tuvo más remedio que to­mar cartas en el asunto, exigiendo el respeto de las vidas de los deteni­dos.

Como consecuencia de esta intervención gubernamental, los di­rectivos del POUM fueron trasladados a la prisión de Valencia, don­de parece ser que estaban en relativa seguridad, disfrutando de un ré­gimen liberal.

En el Sindicato de Industrias Gráficas de Barcelona, los comunis­tas empezaron a sentir impaciencia para apoderarse de la junta. Vale decir que los entonces llamados comunistas, todos pertenecientes al nuevo partido titulado PSUC, eran los elementos turbios que jamás habían estado sindicados o lo habían estado en los tristemente célebres Sindicatos Libres, además del numeroso grupo de obreros de prensa, que formaron, años antes, la Asociación de Obreros de la Prensa, co­múnmente conocida por el Poll (el piojo), gente sin idea alguna, como no fuera conservar sus plazas en los periódicos.

Los comunistas, pues, al igual que habían hecho en otros oficios, juntaron a todos los elementos indeseables, y, aprovechando que mu­chos sindicalistas sinceros habían marchado al frente, se dispusieron a apoderarse de los cargos. Para ver si se podía evitar tal anomalía, se reunieron todos los componentes de la junta, una noche, y estudiaron el asunto. Alfredo propuso una conducta a seguir. Resultaba que el sindicato estaba en una posición falsa, porque pertenecía, de nombre, a la UGT, pero no a la FGE (Federación Gráfica Española), lo cual estaba en contradicción con lo establecido por la UGT. En estas condiciones, lo que procedía era en­trar en la normalidad y para ello pedir el ingreso en la federación, de forma y manera que la prevén los estatutos, y, mientras tanto, no pro­ceder a cambio alguno de titulares de cargos. Y, a fin de hacer las co­sas como es debido, propuso que se nombrara una comisión, salida de la junta, para trasladarse a Valencia, a entrevistarse con los directivos de la FGE, así como con los directivos ejecutivos de la UGT.

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