¿Qué era el sindicalismo revolucionario?

Desde hace aproximadamente un año, se viene desarrollando en la web Alasbarricadas.org un debate sobre el sindicalismo revolucionario desde una perspectiva más teórica que práctica. Este enfoque es comprensible en una discusión de carácter tan general. Sin embargo, se han dejado así de lado algunas cuestiones más terrenales que quizá darían más frutos que estos debates de ideas.
Por ejemplo, en el estado de debilidad organizativa en el que se encuentra hoy la clase trabajadora, ¿tiene sentido concentrar nuestras escasas fuerzas en un sector o en un área concreta, de una manera parecida a como hacen los Angry Workers of the World en el oeste de Londres? ¿Qué papel pueden jugar las redes de solidaridad “externas” en los conflictos laborales, cuando por las razones que sean los trabajadores no tienen la fuerza suficiente para imponerse a la empresa por sí mismos? ¿O cómo impulsar la organización independiente de los trabajadores en las grandes empresas, donde los sindicatos subvencionados tienen vía libre para desplegar todo tipo de maniobras? ¿Y en las pequeñas, donde no existe apenas organización sindical? O, yendo un poco más allá, ¿cómo se podría transformar la indignación pública hacia la situación y las condiciones de trabajo de las camareras de piso en una colaboración orientada a ampliar la base asociativa de las trabajadoras y a reunir la fuerza que necesitan para imponerse a los hoteleros y las subcontratas?
Estas cuestiones tienen al menos la virtud de estar orientadas hacia el desarrollo sobre el terreno de lo que podría ser un nuevo sindicalismo revolucionario (o el viejo sindicalismo revolucionario de una nueva clase obrera) a partir de la situación actual.
Sobre el debate en sí, aún a riesgo de simplificar demasiado, se puede decir que dos de los temas que más se repiten son la democracia, como crítica al burocratismo sindical, y las cooperativas. La democracia obrera sabemos que es condición necesaria pero no suficiente, hacen falta también métodos y orientaciones definidas. Y eso es precisamente lo que podría aportar el viejo sindicalismo revolucionario a la nueva clase obrera, en la medida en que este sindicalismo representa el grado de madurez política al que llegó la clase trabajadora hace un siglo. Era esa madurez la que les hacía confiar su suerte en la lucha de clases y su desenlace revolucionario, más que en el progresivo desarrollo de un movimiento de empresas cooperativas y o en la extensión del control obrero sobre la producción capitalista.
En fin, en lo que respecta a las cuestiones más prácticas, la lectura de este manual de Labor Notes ofrece a los militantes sindicales y a los trabajadores cabreados un puñado de consejos, orientaciones y experiencias que quizá sean de utilidad en algunos centros de trabajo. Y en lo referente a las cuestiones teóricas, se reproduce abajo unos extractos del libro La CNT en los años rojos (pag. 54 y ss.) en los que el autor explica cuáles eran los caracteres fundamentales del sindicalismo revolucionario, pues a veces se corre el riesgo de que de tanto querer renovar, la cosa se transforma tanto que queda irreconocible.

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La Carta de Amiens y los caracteres fundamentales del sindicalismo revolucionario

 El Congreso de Amiens, celebrado en esta ciudad francesa del 8 al 14 de octubre de 1906, formuló las líneas maestras del sindicalismo revolucionario en una declaración fundamental, carta básica del sin­dicalismo, que habría de conocerse históricamente como la Carta de Amiens. El texto de esta carta, que, por su interés y en tanto en cuan­to traza las líneas fundamentales del sindicalismo revolucionario, analizaremos detenidamente, decía lo siguiente[1]:

«El Congreso Confederal de Amiens confirma el artículo 2, constitutivo de la CGT[2].

La CGT agrupa, fuera de toda escuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha que hay que llevar a cabo para la desaparición del salario y del patronato.

El Congreso considera que esta declaración es un reconoci­miento de la lucha de clases que opone, en el terreno económi­co, a los trabajadores en rebeldía contra todas las formas de explotación y de opresión, tanto materiales como morales, uti­lizadas por la clase capitalista contra la clase obrera.

El Congreso precisa esta afirmación teórica en los siguien­tes puntos:

En la acción reivindicativa cotidiana, el sindicalismo persi­gue la coordinación de los esfuerzos obreros, el incremento del bienestar de los trabajadores mediante la realización de mejo­ras inmediatas, tales como la disminución de las horas de tra­bajo el aumento de los salarios, etc.

Pero esta tarea sólo es un aspecto de la actividad del sindi­calismo; éste prepara la total emancipación, que sólo se puede conseguir mediante la expropiación capitalista; preconiza co­mo medio de acción la huelga general y considera que el sindi­cato, que hoy es una agrupación de resistencia, será en el futu­ro la agrupación de producción y de distribución, base de reorganización social.

El Congreso declara que esta doble tarea, diaria y futura, deriva de la situación de asalariados que gravita sobre la clase obrera y que impone a todos los trabajadores, cualesquiera que fueren sus opiniones o sus tendencias políticas o filosóficas, el deber de pertenecer a la agrupación esencial que es el sindicato.

En consecuencia, y en lo que atañe a los individuos, el Congreso afirma la total libertad para el sindicado de partici­par, fuera de la agrupación corporativa, en aquellas formas de lucha que correspondan a su concepción filosófica o política, limitándose a exigirle, en reciprocidad, que no introduzca en el sindicato las opiniones que profesa en el exterior.

En lo concerniente a las organizaciones, el Congreso decla­ra que, a fin de que el sindicalismo obtenga su máximo de eficacia, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, no teniendo las organizaciones confederadas, en tanto que agrupaciones sindicales, que preocuparse de los par­tidos y de las sectas que, fuera y paralelamente a ellas, puedan perseguir, con toda libertad, la transformación social

El texto de la Carta de Amiens consta de dos partes bien diferen­ciadas: una primera, en la que se establecen las concepciones básicas de las que se parte; un análisis de la sociedad capitalista, de los prin­cipales elementos que la forman, de la explotación económica que se produce en ella y de la necesidad de la lucha de clases y de la derrota de la clase capitalista, para lograr la superación de esa situación de explotación; y una segunda parte, en la que se define el sindicalismo y la función del sindicato en el medio específico que constituye la so­ciedad capitalista, en el proceso revolucionario y en la sociedad futu­ra, sin clases. Pero veámoslo con mayor detalle:

1) El sindicalismo revolucionario se basa en una concepción de la sociedad dividida en clases: por un lado la «clase obrera» o «traba­jadores» y por otro la «clase capitalista» —por emplear los propios términos de la Carta—. Esta división determina la situación de «explotación» en que se encuentra la clase obrera con respecto a la capitalista; explotación que se manifiesta, se materializa, en la rela­ción de trabajo, por la que el trabajador —«asalariado»— vende su trabajo a cambio de un salario al «patrono». Pero la explotación ma­terial va acompañada de otras «formas de explotación y de opresión, tanto materiales como morales», que perpetúan aquélla.

El reconocimiento de la división clasista de la sociedad, pero, sobre todo, la diferenciación en clases en base al papel que cada una representa en la producción, es algo que el sindicalismo toma directamente del marxismo.

2) La división clasista de la sociedad trae consigo el «reconoci­miento de la lucha de clases», como base fundamental en la que el sindicalismo centra su acción revolucionaria. La lucha de clases, «que opone, en el terreno económico, a los trabajadores», a la «clase obrera», contra la «clase capitalista», es una consecuencia lógica de la concepción de la sociedad como dividida en clases. Elemento teórico fundamental del sindicalismo revolucionario, es algo que, en íntima relación con la concepción clasista de la sociedad, se toma también del marxismo.

De la concepción clasista de la sociedad y de la lucha de clases se derivan, para el sindicalismo revolucionario, tres consecuencias:

a) La independencia de la clase trabajadora con respecto a la burguesía y sus instituciones, y la necesidad de mantener y fomentar esta independencia mediante la educación y concienciación de los tra­bajadores. Esto quiere decir que la clase trabajadora tiene un conjun­to de intereses y fines a conseguir que nada tienen que ver con los fi­nes e intereses de la clase explotadora, y que, por lo tanto, los medios a emplear para conseguirlos han de ser los adecuados a esos fines, es decir, medios propios y específicos de la clase trabajadora. Y el me­dio propio y específico de la clase trabajadora, como un todo, es el Sindicato, y su modo de acción el sindicalismo revolucionario.

Así pues, el enfrentamiento entre el trabajador y el capitalista, la lucha de clases, proviene de la situación de explotación en que se en­cuentra el primero con respecto al segundo; es, por tanto, algo que se produce en el terreno puramente económico y que, por ello, en ese mismo terreno debe resolverse. Lo demás, las otras «formas de opre­sión materiales y morales» no son sino una derivación de lo funda­mental: la explotación económica de la clase trabajadora. La derro­ta, la expropiación de la clase capitalista, supondrá la emancipación social, la desaparición de las clases y de todas las formas de opresión moral y material. Ello, sin embargo, no quiere decir que el sindicato no deba luchar frente al Estado y todas las formas de opresión; por el contrario, la lucha contra el Estado va íntimamente unida a la lucha contra el «patronato», dado que el primero no es más que un elemen­to que emplea el segundo para realizar su explotación. Ahora bien, se trata de una lucha contra el Estado y contra el patronato; no por el Estado y contra el patronato, como lo entiende el socialismo marxista[3].

De lo dicho obtiene el sindicalismo las siguientes consecuencias:

  1. que la lucha se plantea a la clase capitalista en «el terreno eco­nómico». «La acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal»[4].
  2. que el medio específico de lucha de la clase trabajadora, que representa a toda la clase e interviene específicamente en el terreno económico es el Sindicato. Ello significa que los demás medios de lucha no son adecuados para conseguir el fin que pretende la clase trabajadora, bien porque introducen en ella divisiones de tipo ideoló­gico —con lo que no la pueden representar en su totalidad—, bien porque no actúan en el puro terreno económico y desvían la lucha de su marco fundamental.
  3. que el Sindicato ha de ser independiente ideológicamente; su único fin es la emancipación de la clase trabajadora de la explotación económica en que se encuentra, no cabe en ello matización ideológica alguna que pueda suponer un peligro de división de la clase. El sindi­calismo es ideológicamente «neutral», su único patrón ideológico es el que corresponde a la pretensión de emancipación total de la clase trabajadora y, por tanto, de la sociedad. Es apolítico en el sentido de que no sigue a corriente política alguna, y de que no participa en el juego político, pero es político en el sentido de que pretende, a través de la lucha económica contra la clase capitalista, la transformación total de la sociedad, la revolución social.
  4. que el Sindicalismo ha de ser independiente orgánicamente. Ello es una consecuencia lógica de lo anterior. Si el sindicato ha de permanecer al margen de toda ideología política, con mayor razón aún ha de permanecer independiente de toda organización política o ideológica; cada uno tiene su propio fin y su marco de actuación, y, aunque puedan coincidir en algo, el sindicato es superior por respon­der a los específicos de la clase obrera; no puede, pues, delimitarse por las directrices o por el control de ninguna organización que trans­cienda o reduzca los fines y los marcos de actuación propios de la cla­se obrera.
  5. que el rechazo de todas las «formas de opresión», aunque así no se diga expresamente, incluye necesariamente la condena del Esta­do y de todo autoritarismo. Esta condena es vieja en los medios sin­dicalistas, pero adquiere nueva dimensión al ponerla en contacto con la teoría de la lucha de clases, dado que, al considerar a ésta como una lucha puramente económica y al Estado como un elemento más de los que emplea la clase capitalista para perpetuar su explotación, la importancia del Estado se relativiza y queda en un segundo plano. Si se derrota a la burguesía, si se le arrancan los medios de produc­ción, en base a cuya propiedad explota al trabajador, mediante la lucha de clases, la guerra social, el Estado desaparecería por sí solo, por carecer de función. De ello se deriva: primero, que la importancia del Estado en la guerra social es mínima, secundaria; lo importan­te es expropiar a la burguesía.

En definitiva, pretender hacer la revolución social en base a la toma del Estado, no es sino desviar a la clase trabajadora de su propio destino y perpetuar el dominio de la clase capitalista. Ello no quiere decir, sin embargo, que el Sindicato no deba luchar contra el Estado; por el contrario, la lucha del Sindicato por la emancipación de la clase obrera quedaría un tanto coja si no se ejerciese también contra el mecanismo que la burguesía emplea para realizar su explo­tación económica.

b) La necesidad de la unión y la solidaridad de todos los tra­bajadores en esta lucha contra la burguesía. La explotación es algo que recae por igual sobre todos los trabajadores, ocupa a toda la cla­se obrera, de aquí que la única posibilidad que éstos tienen de liberar­se de ella consiste en que todos se unan y luchen conjuntamente en contra del enemigo común, la «clase capitalista».

c) La necesidad de derrotar a la clase capitalista en esta lucha, de lo cual se derivaría, tras la expropiación de la misma, la desapari­ción de «todas las formas de explotación y de opresión» y la emanci­pación social. Es decir, no sólo la emancipación de la clase trabaja­dora, sino la emancipación de toda la sociedad, mediante la «desapa­rición del asalariado y del patronato».

3) La lucha de clases determina, para el sindicalismo revolu­cionario, la necesidad de que la clase obrera se una, se agrupe, en un órgano de defensa y de lucha propio; este órgano de lucha específico de la clase obrera no es otro que el El Sindicato es, como dice la Carta, la «agrupación esencial» de la clase obrera, común a toda ella, que «persigue la coordinación de los esfuerzos obreros», «en la acción reivindicativa cotidiana» y para «la total emancipa­ción, que sólo se puede conseguir mediante la expropiación capitalis­ta».

La especificidad del sindicato como arma de lucha de la clase trabajadora viene determinada —como ya vimos en cierto modo anteriormente— por el contenido que el sindicalismo revolucionario atribuye a la lucha de clases. Es decir, la lucha de clases, que termina en la revolución expropiadora de la burguesía, tiene un contenido fun­damentalmente económico: se trata de arrancar a ésta, poco a poco, parcelas de su poderío económico, hasta que las circunstancias so­ciales hagan favorable la realización de una huelga general que pro­voque la caída de todo el entramado político social y permita la total expropiación de los medios de producción, hasta entonces en manos de la clase capitalista[5].

4) Pero, reconocida su superioridad, ¿cuál es la función específica del Sindicato? Para el sindicalismo revolucionario, como la propia Carta dice, el Sindicato tiene una doble función: por una parte, «el incremento del bienestar de los trabajadores mediante la realización de mejoras inmediatas, tales como la disminución de las horas de trabajo, el aumento de salarios, etc.»; pero, por otra parte, y ello es lo específicamente distintivo del sindicalismo revolucionario, el Sindicato «prepara la total emancipación, que sólo puede conse­guirse mediante la expropiación capitalista», y si hoy «es una agrupa­ción de resistencia, será en el futuro la agrupación de producción y de distribución, base de reorganización social».

Aparte de otras cuestiones teóricas, es precisamente aquí donde el sindicalismo revolucionario se va a distinguir de otras concep­ciones sociales y políticas de matiz revolucionario.

El sindicalismo revolucionario aparece así a los ojos de los sindi­calistas como una nueva concepción socialista revolucionaria científica, por cuanto se basa en la más estricta realidad social y en el desarrollo de las fuerzas naturales que nacen como respuesta a la explotación capitalista y que, por lo tanto, suponen su verdadera al­ternativa. Pero también por cuanto supone, como hemos visto, una tercera vía superadora de las dos concepciones socialistas hasta en­tonces más extendidas en el mundo obrero, el marxismo y el anar­quismo, en las que, por otra parte, basa la mayoría de sus concep­ciones.

a) La primera función del sindicato, la lucha por las mejoras inmediatas, tiene para el sindicalismo revolucionario un contenido diferente al que el anarquismo y las primeras concepciones sindicalis­tas le atribuyeron. Así, mientras que para éstos la conquista de mejo­ras inmediatas constituía una labor inútil, algo que el capitalismo podía permitirse conceder y que compensaba con otras prestaciones; mientras que éstos consideraban que la lucha por estas mejoras suponía una pérdida inútil de fuerzas que deberían acumularse para el esfuerzo final que exigiría la huelga general revolucionaria[6], los sindicalistas revolucionarios consideraban que estas mejoras cons­tituían ya una expropiación parcial de la burguesía, una conquis­ta, una plataforma para ir a más en este proceso expropiador[7].

Pero, la lucha por las mejoras inmediatas suponía para los sindicalistas re­volucionarios algo útil, no sólo en el sentido de que servían para ali­viar parcialmente la situación, en el más amplio sentido de la pa­labra, sino que esta lucha significaba al mismo tiempo un «ejercicio revolucionario» y una capacitación del obrero para regir sus propios destinos. Es decir, la lucha por las mejoras inmediatas, lejos de cons­tituir una pérdida de fuerzas, suponía, además de la realización de pasos adelante en el proceso expropiador de la burguesía, un ejerci­cio, una preparación constante del obrero que le mantenía en forma, dispuesto para cuando el momento revolucionario le exigiese su es­fuerzo definitivo[8]; pero, además, esta lucha suponía una dinamización de la conciencia obrera, una movilización que desarrollaba la solidaridad de clase y hacía comprender al obrero la situación de explotación en la que se encontraba, por encima de la problemática inmediata planteada[9]. Finalmente, la lucha reivindicativa suponía, para el sindicalismo revolucionario, una capacitación del obrero para cuando tuviese que dirigir por sí mismo el proceso económico en la sociedad emancipada, por cuanto le ponía en contacto directo con toda la problemática de éste, favoreciendo por medio de la lucha el desarrollo del grupo básico de acción —el Sindicato—, alternativa orgánica de la sociedad futura; desarrollando la preocupación y el conocimiento de las cuestiones económicas, etc.[10].

En este sentido, aunque se puedan apreciar algunas diferencias en los diversos teóricos del sindicalismo revolucionario al respecto, puede decirse que cualquier tema era bueno para realizar una lucha reivindicativa, y que cualquier lucha reivindicativa era buena, fuese cual fuese su motivación[11]. Sin embargo, la cuestión estaba en la for­ma de realizar esta lucha. La desconfianza hacia toda la maquinaria estatal y la concepción estricta del modo de producción capitalista les llevaba a desconfiar de toda mejora que no hubiese sido arrancada a la burguesía o al Estado mediante el ejercicio de la acción directa. Ello no quiere decir, sin embargo, que no se aceptasen todas aquellas mejoras que fuesen objeto de concesión más o menos gratuita, sino que se aceptaban en cuanto supusiesen un avance en el camino eman­cipador, pero se consideraba que las conquistas importantes sólo se podrían conseguir a través de la acción directa, de la lucha directa contra la burguesía.

No vamos a analizar aquí las diferentes formas o modos de ac­ción que puede adoptar el sindicalismo «reformista», sin embargo, sí hay que precisar que la denominación de «reformista», aplicada por el sindicalismo revolucionario a todo aquél que no es tal, es muy amplia y que en ella se incluyen tanto a aquellas corrientes sindicales que no pretenden una transformación revolucionaria de la sociedad —como el sindicalismo puramente reivindicativo, o, más tarde, el ca­tólico, etc.—; como a aquéllas que no emplean exclusivamente la ac­ción directa en su actuación y que caen, por tanto, en peligro de la conciliación de clases —como el sindicalismo político, que siga o apoye las directrices de un determinado partido o corriente política; el mutualista o cooperativista, que pueda desarrollar entre los obre­ros intereses capitalistas, el corporativista, etc.—.

Así pues, la lucha reivindicativa es también algo esencial para el sindicalismo revolucionario, y, en ello, sólo se distingue del sindicalis­mo reformista por la valoración de las conquistas —«expropiaciones parciales»— y por el medio empleado para arrancarlas —la acción directa—.

b) La segunda función que el sindicalismo revolucionario atribuye al sindicato es precisamente la que le caracteriza: la revolucionaria. Dicho en términos de la Carta de Amiens, el Sindicato «prepara la total emancipación» y constituye la «base de reorganiza­ción social». Es decir, la función revolucionaria que asume el sindi­cato es doble, se realiza en dos momentos diferentes. En un primer momento, en la sociedad capitalista, el sindicato lucha contra la burguesía propietaria de los medios de producción, creando las bases adecuadas para la realización de la revolución, que consistirá en la declaración de la huelga general revolucionaria, como ya veremos más tarde. En un segundo momento, tras la revolución, el sindicato se encarga de la reorganización de la nueva sociedad emancipada en base a su propia estructura, al menos en el aspecto social más impor­tante —que determinaba la explotación y la opresión en la sociedad burguesa—, el económico; así, como la propia Carta dice, el Sindica­to «será en el futuro la agrupación de producción y de distribución» básica.

5) Otra de las características fundamentales del sindicalismo re­volucionario es que toda la actuación del Sindicato ha de realizarse a través de una única vía: la acción directa.

Si las características del sindicalismo revolucionario que hasta ahora hemos estudiado tenían un aspecto predominantemente ideo­lógico, la acción directa es fundamentalmente un principio táctico; es decir, es uno de los planteamientos teóricos del sindicalismo en los que predomina más el aspecto táctico. La acción directa es el patrón, el modo de actuar por el que se rige el sindicalismo.

El concepto de acción directa es una derivación lógica del concep­to de lucha de clases y del papel de clase independiente que juega el proletariado en esta lucha social. La clase obrera actúa sola, con su arma específica, el Sindicato, contra la «clase capitalista», su enemi­ga irreconciliable; por tanto, en esta lucha no puede esperar en­contrar ningún tipo de apoyo ni colaboración que no sea la que venga dada por la propia solidaridad de los trabajadores organizados en el Sindicato. La sociedad capitalista está organizada y dominada por y de acuerdo con los intereses de la burguesía, por lo que todos los mecanismos de la misma están puestos a su servicio. Los trabajadores no pueden, por tanto, emplear en esta lucha más que sus propios me­dios. Pero la burguesía puede aún emplear toda una serie de recursos para asegurar su predominio, atrayéndose a los trabajadores a toda una serie de mejoras relativas, a una participación en el juego político, creando la ilusión de la posibilidad de la emancipación en base a esa participación, logrando así el engaño y la sumisión de los trabajadores al sistema de explotación capitalista. De aquí que de la necesidad fáctica de actuar sola que tiene la clase trabajadora para lograr su propia emancipación, se pase a la imposición teórica de esa necesidad. Así, la táctica de acción directa que el sindicalismo revolucionario impone no es sólo la constatación real de la independencia y autonomía de la clase trabajadora, sino que es fundamentalmente un rechazo de toda esa serie de mecanismos que la burguesía impone pa­ra evitar el enfrentamiento directo con la clase trabajadora, asegu­rando su predominio mediante tácticas conciliatorias e instancias in­termedias que crean la ilusión de justicia y de la posibilidad de progreso.

El sindicalismo revolucionario adoptó como bandera, en este sen­tido, el lema de la Primera Internacional: «La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos». Así pues, la acción directa significa que el sindicalismo resolverá sus conflictos con el patronato de una manera directa, sin la intervención de ningún intermediario; pero, al mismo tiempo, implica que, desde el punto de vista de la lucha general por su emancipación, la clase trabajadora actuará directamente contra la burguesía y su instrumento de poder, el Estado, rechazando, por tanto todos los instrumentos que tienen como fin la participación en el mismo o su utilización. Por tanto, la acción directa implica el rechazo de todos los mecanismos conciliato­rios y de todos los instrumentos que desvíen la lucha contra la burguesía y el Estado del enfrentamiento directo, como los arbitra­jes, los tribunales, los partidos políticos, el parlamento, etc.

La acción directa implica, pues, una negación sustancial de todo el sistema político y de la legalidad vigente, aún de la más progresis­ta. La lógica es tan simple como contundente: el proletariado no puede esperar nada de la burguesía ni de su órgano, el Estado, dado que ésta no puede actuar contra su propio interés, bien concediendo mejoras materiales o bien ampliando el campo de las libertades, de tal manera que se fortalezca la posición de la clase trabajadora. La consecuencia es, por tanto, obvia: la acción directa, la lucha directa contra la burguesía y el Estado es la única que puede permitir a la clase traba­jadora salir de la situación de explotación en la que se encuentra. En definitiva, por una parte, las mejoras inmediatas obtenidas por los trabajadores siempre serán más radicales y efectivas si han sido con­seguidas a través de la acción directa[12]; pero, por otra parte, y ello es lo más importante, la emancipación de la clase obrera sólo podrá re­alizarse en el marco de la acción directa, dado que es la única que permite su actuación autónoma, independiente, sin ataduras ni limi­taciones ajenas de ningún tipo, desarrollando las formas de lucha que le son propias, y llevando esta lucha al campo que le es propio, el económico, y no al que le interesa a la burguesía, el político.

Pero la acción directa que propugna el sindicalismo revoluciona­rio es esencialmente colectiva; es decir, el sindicalismo revolucionario propugna la acción de masas, la acción colectiva de la clase trabaja­dora contra la burguesía, propietaria de los medios de producción, y su elemento de dominación, el Estado. Rechaza, por tanto, la acción individual, aunque sea directa; es decir, rechaza todo tipo de táctica que reduzca esta lucha al enfrentamiento individual, que elimine la actuación de la masa obrera, sustituyéndola por la acción aislada de uno o de unos pocos, de una élite revolucionaria. El protagonismo revolucionario fundamental corresponde, según el sindicalismo revo­lucionario, al conjunto de la clase obrera, organizada en su medio específico de acción, que no es otro que el Sindicato.

Así pues, la acción directa es lo que determina las formas o mo­dos de actuación del sindicalismo revolucionario, pero ¿cuáles son éstos?

a) La huelga es, para el sindicalismo revolucionario, el arma por excelencia de la clase trabajadora, dado que implica por parte del trabajador la negativa a realizar la prestación a que le obliga el papel que desempeña en la sociedad. Afecta, por lo tanto, a lo esencial, a la prestación del trabajo, origen de la producción y base de todo el sis­tema económico, en el que se apoya la sociedad. De aquí la trascen­dencia y la importancia de este arma.

La huelga demuestra al asalariado la importancia de su papel en la sociedad, le hace ver la trascendencia, el valor, del trabajo, sin el cual la sociedad no podría ser concebida, no podría subsistir. Ello le permite ser consciente de la injusticia del sistema económico capita­lista y fomenta en él la necesidad de regir su propio trabajo. Pero, además, la huelga supone una primera ruptura dentro del sistema je­rárquico de la sociedad que imponen la división del trabajo y el do­minio privado de los medios de producción. La huelga implica la ne­gación de la autoridad patronal dentro de la empresa; implica una ruptura dentro del sistema tradicional de relaciones en la producción, por el cual el trabajador se encuentra sometido a la autoridad del patrono. Y, dado que todo el entramado de la estructura social se ba­sa precisamente en estas relaciones, la huelga supone algo más que la mera desobediencia al patrono, supone una negación global de la estructura autoritaria de la sociedad[13].

b) El boicot[14], junto a la táctica que implica su acción contra­ria, el «label», es una de las tácticas más recientes del sindicalismo re­volucionario, y su generalización no se produce sino desde finales del siglo pasado y principios de éste. Los sindicalistas franceses adoptarían formalmente esta arma, a propuesta de De Lasalle y de Pouget, en el Congreso de Toulouse, de 1897. Al contrario que la huelga, que implica una acción colectiva de los trabajadores contra su patrono, el boicot es un arma que tiene como base necesaria la so­lidaridad de la clase trabajadora; en ella el agente activo no son tanto los propios trabajadores afectados por el conflicto, como el resto de los trabajadores; requiere pues el concurso del resto de la población. Anselmo Lorenzo lo definió como la «sentencia a la privación de clientela a que se condena al burgués recalcitrante»[15].

c) El label, término de origen inglés, implicaba la acción contraria al boicot. Menos estudiada aún por el sindicalismo revolu­cionario, esta arma fue utilizada con relativa frecuencia por el sindi­calismo más reciente, siendo prácticamente desconocida por los ini­ciadores del mismo. Generalmente, este arma tenía un doble signifi­cado: declarada aisladamente, o tras una huelga, venía a recomendar la utilización de los productos o servicios —mediante una marca o sello, en algunos casos, de aquí su denominación— de una determi­nada empresa, por haber reconocido ésta las exigencias de los trabaja­dores, ya de tipo laboral, ya de cualquier otro tipo (en algún caso fue utilizada para recomendar el consumo en empresas que ofrecían pre­cios especiales a los trabajadores, bien por estar afiliados a un deter­minado sindicato, o sin más; o bien por ofrecer productos de especial calidad, etc.).

d) El sabotaje[16] es, al contrario que las dos anteriores, una de las armas más antiguas de la acción obrera. Quizá pueda decirse que, con la huelga, las primeras manifestaciones de la protesta obrera se hicieron en forma de sabotaje, en la forma más contundente del sa­botaje: la destrucción violenta de los productos y de las máquinas que amenazaban dejar sin empleo a los trabajadores, en el período del desarrollo del maquinismo. Sin embargo, como el boicot, sólo sería formalmente adoptado por los sindicalistas franceses en el Congreso de Toulouse, de 1897, también a propuesta de Pouget y De Lasalle. Así, por sabotaje se entendía en el sindicalismo revoluciona­rio toda una serie de actividades que afectaban al conjunto del proce­so productivo, tanto al proceso de fabricación en sí, como al produc­to y a su distribución.

Considerando en conjunto las diversas formas de actuación del sindicalismo revolucionario que hasta ahora hemos expuesto[17], se podría decir que sólo la huelga y el sabotaje responden de una mane­ra estricta a la concepción de acción directa, que implica la actuación de los propios interesados frente al capitalista. El boicot y el label su­ponen la actuación, no sólo de los interesados en el conflicto, sino, fundamentalmente, del resto de los trabajadores, como consumido­res de los productos que vende el capitalista; son un acto de solidari­dad de clase. Así, sólo en este sentido, como movilización de la clase obrera contra un patrono, lo que implica un enfrentamiento directo entre un sector de la clase obrera con otro de la clase capitalista —lucha de clases—, pueden ser considerados el boicot y el label ac­ción directa, dado que, aunque los que lo declaren, los que pongan en acción estas armas, sean los obreros afectados por el conflicto, los verdaderos agentes activos de las mismas son unos terceros, ajenos al mismo. Ello es, por tanto, básicamente contrario a los principios de la acción directa y sería equiparable a la utilización de un mecanismo de conciliación, donde un tercero presiona para que se llegue a una solución del conflicto, con la única diferencia de que en el boicot y en el label la presión se ejerce sobre una sola de las partes. Sin embargo, a pesar de todo, el sindicalismo revolucionario no consideró en abso­luto este aspecto de la utilización de estas armas y valoraba en ellas fundamentalmente el hecho de la solidaridad de clase que implica­ban, considerando a ésta —la clase trabajadora— como protagonista en su conjunto.

6) La vía que el sindicalismo revolucionario prevé que llevará a la revolución social es la huelga general. Según decía la Carta de Amiens, «la total emancipación, que sólo se puede conseguir me­diante la expropiación capitalista», solamente se puede realizar a tra­vés de un medio de acción: la huelga general. La huelga general es pues el hecho revolucionario por excelencia; es la acción organizada de los sindicatos que determina la paralización total de la producción hasta la caída del régimen burgués. Es la «expresión suprema de la acción directa»[18].

El mismo hecho de que la huelga general se iniciase en la legali­dad, en un conflicto parcial, venía a recalcar, junto con las ya cono­cidas argumentaciones, la importancia de las huelgas parciales a efec­tos de la revolución. Las huelgas parciales son, así, una labor previa necesaria, que refuerzan la unidad de la clase obrera, al mismo tiem­po que educan y preparan al obrero para hacerse con la dirección del proceso económico.


[1] Bastante conocido y citado por diversos autores, tomo aquí la traducción cas­tellana del libro de A. Barjonet «La CGT…», cit. La Carta de Amiens sería con pos­terioridad ratificada por los Congresos de la CGT de Marsella (1908), Toulouse (1910) y El Havre (1912), quedando consagrada como el documento básico del sindicalismo revolucionario.

[2] El texto del art. 2 —actual art. 1— decía: «La Confederación General del Tra­bajo tiene por objeto: 1) La agrupación de los asalariados para la defensa de sus inte­reses morales, materiales, económicos y profesionales. 2) Agrupa, fuera de toda es­cuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha que hay que llevar a ca­bo para la desaparición del asalariado y del patronato. Nadie puede hacer uso de su título de confederado o de un cargo en la Confederación en un acto electoral político cualquiera» (A. Barjonet, op. cit., p. 21).

[3] Como decía Griffuelhes «… el trabajador no debe esperar nada del patronato. Este no puede, sin atentar directamente contra sus intereses, reducir su autoridad y sus beneficios (…). Así, pues, el sindicalismo afirma que el trabajador no debe esperar na­da del Estado, que no puede entregarse de una manera desinteresada a la tarea de for­talecer la acción obrera o de aumentar las libertades necesarias al proletario para la lucha de cada día. De ahí la oposición existente entre sindicalismo, de una parte, y patronato y Estado de otra. De esta oposición resulta la lucha: el trabajador, que no debe contar más que consigo mismo, obra para exigir del uno ventajas y del otro liber­tades» (V. Griffuelhes, «El Sindicalismo revolucionario», Valencia, s.f., pp. 19-20).

[4] La acción económica del proletariado supone para el sindicalismo, por una par­te, un beneficio propio inmediato, pero, por otra, un beneficio social remoto, por

cuanto tiende, mediante la expropiación de la burguesía, a generalizar socialmente el beneficio económico. En este sentido, el proletariado no debe tener reparos en la bús­queda de su propio interés, que es un interés social. En palabras de Sorel: «los capita­listas, en su furor innovador, no se ocupaban de su clase o su patria; cada uno de ellos consideraba únicamente el mayor beneficio inmediato. ¿Por qué los sindicatos han de subordinar sus reivindicaciones a los altos intereses de la economía nacional y no se han de aprovechar todo lo posible de sus ventajas cuando las circunstancias les son fa­vorables? El poder y la riqueza de la burguesía se basaban en la autonomía de los di­rectores de empresa. ¿Por qué no se ha de basar la fuerza revolucionaria del proleta­riado en la autonomía de las rebeliones obreras?» (G. Sorel, op. cit., p. 62).

[5] «Todo sindicado sabe hoy —decía Yvetot— que, en principio, una mejora no es positiva para los explotados, sino en tanto que se toma en perjuicio directo de los explotadores, sin que haya repercusión de perjuicio sobre los obreros consumidores.» Pero «llegada a cierto grado de madurez —abundaba Griffuelhes—, a cierto nivel de desenvolvimiento, a cierto estado de desarrollo; habiendo adquirido por el entrena­miento de los combates de cada día la mirada certera, la seguridad, la confianza, el ímpetu, la tenacidad, la clase obrera realizará su liberación con la huelga general», así «la revolución social, es decir, la liberación del trabajo y del provecho, será el resulta­do de un movimiento total de la clase obrera, produciéndose en el terreno de la pro­ducción» (G. Yvetot, «ABC sindicalista», Barcelona, s.l., p. 2; y V. Griffuelhes, op. cit., p. 24).

[6] El propio Pelloutier había escrito en contra de las huelgas parciales, subordi­nándolas a la huelga general. En su folleto «Qu’est-ce que la greve générale?» llegaría a decir: «Sabéis bien que todas las huelgas son funestas. Es inútil decir por qué lo son las que fracasan; y las que tienen éxito lo son por dos razones: la primera es que, salvo el caso, muy raro, en que la necesidad de entregar los pedidos previstos obligue al patrono a ceder inmediatamente, el aumento de sueldo conseguido no se equiparará nunca a los sacrificios hechos… La segunda razón es que, incluso después de una huel­ga victoriosa, los obreros se sienten tan hastiados por el escaso resultado obtenido que, durante mucho tiempo no se puede contar con ellos para apoyar un movimiento revo­lucionario. ¡Hermoso resultado!» (citado en G. Lefranc, op. cit., p. 53).

[7] En este sentido se manifestaba Pouget, cuando decía que el fin primero del sin­dicato consiste: «en hacer frente constantemente al explotador; en obligarle a respetar las mejoras conquistadas; en oponerse a toda tentativa de regresión; en atenuar la explotación exigiendo mejoras fragmentarias, como disminución de horas de trabajo, aumento de salarios, mejora higiénica, etc., modificaciones que aunque se refieran só­lo a detalles, no dejan de ser atenuaciones favorables al trabajo y golpes eficaces contra los privilegios capitalistas» y recalcaba que «cualquiera que sea la mejora con­quistada, debe constituir siempre una disminución de los privilegios capitalistas, ha de ser una expropiación parcial» (E. Poucíkt, op. cit., pp. 11 y 16). Subrayado en el origi­nal.

[8] Como decía Yvetot, hablando del medio más común de lucha en pos de mejo­ras parciales, «la huelga parcial es un ejercicio, una gimnasia saludable que fortifica al proletariado en vista de una lucha suprema que será la huelga general revolucionaria» (G. Yvetot, op. cit., p. 6).

[9] «Las victorias obtenidas por el proletariado en este campo, modificaciones de horario, elevación de los salarios, mejoras de los contratos de trabajo, etc. —decía el italiano Leone— son las señales, las huellas de su paso; son los puntos intermedios de esa fuerza de concurrencia que tiende a desembocar, como último resultado, en el res­cate colectivo de los medios de producción, de las condiciones externas de la produc­ción monopolizadas por el capitalismo, lo cual implica precisamente la supresión de las bases materiales de existencia del capitalismo. Así la misión revolucionaria se expresa a través de esas ventajas inmediatas. De la confusa nube —si se me permite expresarme así— de los ciegos intereses que empujan a las masas trabajadoras a mejo­rar las condiciones del vivir, brota más tarde la luz de la conciencia de clase, no a pesar de los egoísmos inmediatos y particulares de los trabajadores, sino a través de su expli­cación y a causa de su afirmación dentro de la forma inevitable de la confraternidad del oficio» (E. Leone, op. cit., p. 52).

[10] «Las continuas luchas por la conquista del pan cotidiano y el mejoramiento de la situación general de la vida —decía Rocker— son la mejor escuela educativa de los trabajadores para el empleo y el profundizamiento práctico de sus sentimientos so­ciales y de sus iniciativas personales en los cuadros de la ayuda mutua y de la coopera­ción solidaria. Así se convierte el Sindicato en lugar de educación para el desenvolvi­miento continuo de las capacidades intelectuales y morales del proletariado y en cam­po de acción para el desarrollo de sus mejores cualidades individuales y sociales. La organización económica de lucha se transforma para él, de ese modo, en palanca de sus luchas constantes contra los poderes de la explotación y de la opresión y al mismo tiempo en el puente para llegar desde el infierno del sistema estatal capitalista al reino del socialismo y de la libertad» (R. Rocker, op. cit., p. 74).

[11] G. Yvetot, por ejemplo, que escribía en los momentos más importantes de la lucha por el establecimiento de la jornada de 8 horas, consideraba, por el contrario, que el sindicalismo no debía conformarse con simples mejoras corporativas, mientras apuntaba la disminución de las horas de trabajo como la reivindicación fundamental en la que deberían concentrarse todos los esfuerzos.

[12] «Los resultados son siempre más duraderos y mejores si dependen absoluta­mente de la presión obrera espontánea o metódica, sin el concurso de personas intermediarias» decía Yvetot (op. cit., p. 3); y añadía Pouget (op. cit., p. 15): «pero de que los sindicatos desconfíen mucho de la benevolencia gubernamental no se sigue que rechacen beneficios fragmentarios; por eso, en vez de esperarlos de la buena voluntad del Poder, los arrancan por la lucha, por su acción directa».

[13] V. Griffuelhes, op. cit., p. 21.

[14] El término proviene del inglés y tiene su origen en la actitud de vacío que los campesinos irlandeses decidieron adoptar en 1880 contra el funcionario británico Charles C. Boycott, administrador de las tierras del conde de Erne (en Irlanda), a causa del mal trato que tenía con ellos.

[15] A. Lorenzo, «Hacia la emancipación», Mahón, 1914, Biblioteca de «El Por­venir Obrero», p. 156.

[16] Del francés sabotage: trabajo mal hecho.

[17] Algunos autores añaden otras muchas formas de lucha del sindicalismo (el pro­pio Yvetot habla de «agitación en las calles», como forma de obligar «al Parlamento a votar una ley más o menos útil a la clase obrera o a denegar otra que le es perjudicial»); sin embargo, sólo las expuestas responden de manera coherente y específica al contenido ideológico del sindicalismo revolucionario, tal y como aquí lo hemos detallado.

[18] J. Puyol Alonso, «Proceso del…», cit., p. 22.