Dos marxistas en la fundación de la CNT

Entre los numerosos (y en su mayoría anónimos) protagonistas de la fundación de la CNT, la presencia anarquista, aparte de resultar en sí misma bastante variada en sus matizaciones ideológicas, no fue exclusiva. El conocimiento de mucha militancia anónima durante los años sesenta-setenta, me permitió apreciar que por abajo, entre la masas de afiliados, dicha variedad era todavía más amplia.

En cuanto al componente marxista –lo que significa la militancia libre en un partido–, tal como había sucedido en Francia o en Estados Unidos, se dieron numerosos casos de colaboración o al menos de coexistencia. Aquí creo que no está de más anotar que en pueblos y ciudades donde la CNT carecía de implantación, sus afiliados se integraban en la UGT, donde funcionaban obviamente como una “tendencia” más radical, esto por más que no emplearan nunca dicha palabra u otras parecidas. Otro detalle es que dicha base solía votar, la abstención era más bien una posición de los elementos más destacados, con mayor carga doctrinal. En Cataluña, ese voto se iba preferentemente hacia ERC, antes que los “hermanos enemigos” adscritos al marxismo.

Y los obreros de inclinaciones marxistas que jugaron un papel nada desdeñable en el antes, el durante y el después de la formación de la CNT –la más alta expresión de sindicalismo revolucionario en la historia del movimiento obrero español–, fueron unos cuantos, y entre ellos se registran al menos dos con biografías bastante relevantes.

Uno de ellos fue Adolfo Bueso García (Valladolid, 1889-Barcelona, 1979). Destacado mi­litante, discutido por sus ambivalencias políticas que le llevaron desde el anarcosindicalismo al marxismo, trayectoria que recordará en unas esforzadas memorias, Recuerdos de un cenetista (Ed. Ariel, BCN, 1979), que Iñiguez trata como hostil al anarquismo y con las que “mal que bien, trata de justificar su tortuosa existencia”, cuando cabe hablar más bien de un militante fronterizo sujeto a diferentes influencias; lo que no significa ninguna excepción, y mucho menos una “traición” a los ideales obreristas. Su hermano mayor, Joaquín Bueso (Valladolid, 1878-Barcelona, 1920), fue tipógrafo, tomó parte en la fundación de la CNT, y en 1911 se afilió al PSOE, donde destacó en la tendencia sindicalista catalana. Adolfo había emigrado a Bar­celona en plena infancia y como obrero tipógrafo se afilió a la Sociedad del Arte de Imprimir en el seno de la cual participa en la Semana Trágica y en Ia fundación de la CNT; esto último lo contará en Cómo fundamos la CNT (Avance, Barcelona, 1976). Hará su servicio mili­tar en África (1911-14), y al regresar forma parte de un comité de defensa confederal y se inaugura como orador al lado de Pestaña (con el que mantendrá una estrecha relación). Por esta época se afilia primero a las juventudes socialistas y después (1917) al PSOE, al parecer in­fluido por su hermano; conoce a Andreu Nin, que también ejer­cerá una influencia sobre él.

Adolfo retorna a la CNT a finales de la década y cubre puestos de responsabilidad, esta vez desde el sindicato de gráficas; se verá involucrado en el “caso Sallent”, lo que le causará pro­blema legales durante varios años. Durante la época del pistolerismo figurará en las “listas negras” de la patronal y tendrá que ejercer oficios muy dispares, entre ellos el de ayudante de “managers” de boxeo, lo que le permitirá recorrer mundo; será igualmente amigo de Seguí, otra influencia que le empuja a cuestionarse el apoliticismo revolucionario. Después de pertenecer al grupo anarquista “Redención” en 1921, y de traba­jar para Solidaridad Obrera en Valencia, se acerca a los comités sin­dicalistas revolucionarios que editan La Batalla y que tratan de ganar para el naciente comunismo a la base cenetista. Encarcelado entre 1925 y 1927, al salir ingresara en el BOC, junto con Maurín, y trabaja en la CNT con posiciones bloquistas, más tarde será uno de los animadores del FOUS (sindicatos expulsados de la CNT), ya como militante del POUM, toma parte en la en los combates callejeros contra la sublevación fascista, y en mayo de 1937, tiene que huir a Valencia. Después de un pasaje por la UGT, regresará a la CNT donde encontrará cobijo frente a las tentativas estalinianas.

Adolfo permanecerá en el exilio durante tres décadas, y a su vuelta publicó en la editorial Ariel de Barcelona (1976) un formidable testimonio, Recuerdos de un cenetista, subtitulado Desde la Semana Trágica (1909) a la Segunda República (1931), una obra obviamente ya descatalogada y que sería de justicia reeditar para el conocimiento de las nuevas generaciones y para las más veteranas que ignoran o han olvidado la existencia de personajes como Adolfo y Joaquín Bueso, que siguieron siendo sindicalistas revolucionarios como militantes del BOC, y luego del POUM.

Otro igualmente destacado sería Daniel Rebull i Cabré (Tivissa, Ribera del Ebro, 1889–Barcelona, 1958), sobre el que no hay mucho escrito. Su nombre aparece “de pasada” en algunos libros de historias o de memorias como las mencionadas de Adolfo Bueso, del que, claro está, era camarada y amigo de confianza. Cuando David aparece en los libros, lo hace a la sombra de otros o de los acontecimientos, sin un perfil propio. Sin embargo, su trayectoria militante se extiende a lo largo de medio siglo, comenzó antes y acabó después que muchos más conocidos. Sus datos son densos y apretados, de formación autodidacta y residente desde muy joven en la capital catalana, comenzó su actuación de militante obrero en 1904, a los quince años de edad, ingresando en la Sociedad de Resistencia de Mecánicos de Barcelona. Desde este momento su cronología es la de quien en términos clásicos se dice un “profesional de la revolución”, alguien que actúa cuando los demás descansan, o que mantiene la red en medio de la represión, y lo hace sin que su nombre ocupe nunca un “rol” estelar.

Daniel Rebull
[Fotografía en la Casa Azul a principios de enero de 1937. En primera fila, Natalia Sedova, esposa de Trotsky, Frida y Cristina Kahlo y Ruth Ageloff. Detrás Trotsky, Costa-Amic, Martínez, Daniel Rebull y un desconocido.]

Más tarde, en su pueblo natal, donde residía por temporadas, fundó el grupo de afinidad anarquista llamado “Los trece”. Con motivo de los acontecimientos revolucionarios de julio de 1909 conocidos como la Semana Trágica, este grupo trató de interceptar las comunicaciones telefónicas de la Estación de Guiamets, por lo que sus miembros fueron objeto de persecución. Durante la prolongada represión que siguió a aquella insurrección, vivió en continua y estrecha relación con los grupos de militantes anarquistas de Barcelona, participando en cuantas huelgas generales de ramo se plantearon. Al constituirse la CNT en 1910, se afilia a este sindicato, y será secretario del sindicato metalúrgico.

Daniel se trasladó a Alemania a principios de 1914. Allí trabajó como mecánico en Mannheim hasta 1917, año en que regresó a España para asistir a las luchas en las que un joven escritor anarquista todavía desconocido ve “el nacimiento de nuestra fuerza”. A su llegada, se incorporó inmediatamente al Sindicato de Mecánicos, que tenía su local en la calle de Ataúlfo, y por su constancia y actividad fue nombrado vicesecretario del mismo. Participó en la huelga general revolucionaria que se produjo con motivo de la Asamblea de Parlamentarios, actuando en ella al lado de Manuel Buenacasa, Josep Viadiu, y Salvador Seguí, al que considerara su modelo de sindicalista, un criterio compartido tanto por Nin como por Maurín. Interviene activamente en la organización de los Sindicatos Único de la Metalurgia y de la Piel. En ese mismo año fue nombrado para tareas de tesorería y organización por los metalúrgicos delegados a la Federación Local de Barcelona, donde actuó junto con Emilio Mira, que representaba al Sindicato de la Madera; Ricardo Fornells, representante del Sindicato de Vidrieros, etc.

Su nombre figura entre los delegados del Congreso regional cenetista de 1918 (Congreso de Sans), que entre sus acuerdos más importantes destaca la constitución de los sindicatos únicos de industria. Durante la célebre huelga de La Canadiense (la primera que exigió en España las ocho horas emblemáticas del Primero de Mayo), David[1] fue nombrado director y administrador de la Solidaridad Obrera clandestina que se imprimía en Villafranca del Penedés, hasta fue detenido el 21 de abril. Todo se realizó en la pobre imprenta de un modesto impresor, pero el caso es que la Soli salió a la calle, y en ello colaboraron entre otros Ángel Pestaña, Nin, Canela, Peronas…. Se trabajaba día y noche. Salía dos veces por semana y de cada número se hacía la tirada máxima que permitía la imprenta. El 6 de febrero, en plena actividad, fue detenido y trasladado al Cuartel de Caballería de Numancia, en calidad de incomunicado y a disposición de la autoridad militar. Se estaba en Estado de Guerra y la Soli ofrecía un vibrante alegato antimilitarista. Rey actúa como un sindicalista revolucionario cuya filiación ha pasado sin trauma desde el anarquismo hacia el “bolcheviquismo”. Con este criterio fue elegido como delegado de la Federación barcelonesa, al histórico Congreso nacional celebrado en Madrid, en el Teatro de la Comedia, en 1919, y las actas recogen su defensa apasionada de la adhesión a la Internacional Comunista.

Por entonces, Rebull es ya una pequeña leyenda en los medios confederales. Será en esta fase álgida que transcurre entre 1917 y 1919, cuando ofrecerá mayor muestra de sus dotes de organizador y de su audacia. De ahí que el Comité local barcelonés le encargara junto con otros compañeros, una tarea tan ardua como la organización del Sindicato Único Tranviario. Conviene ajustar que por entonces esta rama se encontraba militarizada. A pesar de los riesgos –la policía tenía carta blanca contra los sindicalistas, y más sí se metían en semejante terreno–, el éxito fue tan evidente que a los pocos meses después, se declaraba una huelga general que conectaba con el conflicto de La Canadiense, que hará que Barcelona sea también conocida como “La Rosa de Fuego”. Los tranviarios dieron ese día un ejemplo de disciplina y de unidad de acción que tiempo atrás parecía impensable. Se le instruyó proceso por insultos e incitación a la rebelión, condenándolo a seis años de prisión correccional. Paralelamente a este proceso y también por la jurisdicción de guerra se le instruyó otro por asociación ilegal –la organización del Sindicato de Tranviarios–, condenándolo asimismo a seis años, más seis meses por empleo de nombre supuesto. Su nombre volverá a aparecer como parte de la corriente encabezada por Joaquín Maurín y Pere Bonet, que desde finales de 1919 publica Lucha Social, y más tarde, La Batalla.

David actúa como delegado del Comité local, para impulsar el comité de huelga de camareros y cocineros, la primera huelga de conjunto que plantearon codo con codo las dos secciones de Alimentación. En el curso de la lucha, y aconsejado por David, haría sus primeras armas como sindicalista el luego famoso faísta y también ministro García Oliver. Con motivo del atentado contra el conde de Salvatierra, en Valencia, David fue nuevamente procesado, entonces se le acusa de haber inspirado aquel acto. Durante todo el periodo las bandas terroristas de la patronal y de Martínez Anido asesinaban casi diariamente a militantes obreros, pero Rebull permanece en su puesto, desplegando una infatigable actividad hasta que en noviembre de 1920 es detenido nuevamente. Primero fue encerrado en el buque La Giralda, anclado en el puerto de Barcelona, pero después fue deportado al Castillo de la Mola en Mahón, en unión de Companys, Seguí, Viadiu, y otros sindicalistas más, hasta treinta y seis. Con motivo de un indulto general, fue puesto en libertad en enero de 1924, incorporándose inmediatamente, de manera activa, al incipiente movimiento comunista, siendo nombrado secretario general de la Federación Comunista Catalano-Balear.

Como tal, David asistió a la reunión del CC ampliado que tuvo lugar en Bilbao, donde se le eligió para formar parte del Ejecutivo del PCE. En esta reunión se acordó la publicación de un semanario ilegal, La Vanguardia, orientado contra la guerra de Marruecos, del que se publicaron varios números bajo su responsabilidad. Volvió a la cárcel con la instauración de la dictadura de Primo de Rivera, y el 14 de octubre de 1923 firmó una carta desde la prisión Modelo de Barcelona en representación de unos cuarenta sindicalistas presos y orientada a favor de los sindicatos de la Metalurgia y el Transporte para denunciar la actitud sectaria tomada por grupo anarquistas de imponer por la violencia sus propios criterios “libertarios”. En 1925 solo gozó de cinco meses de libertad. Le cayó encima otro proceso por incitación a la rebelión e insultos al dictador Primo de Rivera, siendo condenado a seis años de prisión por publicación clandestina e insultos, a otros seis años por incitación a la rebelión y a tres años más por reincidencia. Paralelamente a este proceso se le siguió otro en Bilbao, por reunión clandestina, en el que figuraron Maurín y otros camaradas, condenándosele a tres años y medio de cárcel. Sus mayores actividades en la prensa obrera se desarrollaron por lo tanto, desde la cárcel, no en vano a David se le ha comparado con el legendario revolucionario francés August Blanqui.

En 1929 salió del penal de Burgos, gracias también a un indulto general, para ocupar inmediatamente su puesto de combate. Estableció su residencia en Sabadell, pero vuelve a sufrir prisión gubernativa en octubre de 1930. Se incorporó al sindicato y al advenimiento de la República, el 14 de abril de 1931, en plena reunión del pueblo con las nuevas autoridades municipales, exigió el desarme inmediato del somatén y el armamento del pueblo, lo cual fue llevado a cabo en menos de veinticuatro horas. Formaron el Comité revolucionario nombrado por dicha asamblea Beltrán, Rosos y otro, por la CNT, y David, junto con Molins, por el Bloque en cuya constitución había tomado parte. Es elegido tanto para su Ejecutivo como para la organización de estructuras de defensa paralela a la oficial del partido. En 1931 representa a sindicato de Trabajadores de Tárraga, en el Congreso extraordinario que celebra la CNT en Madrid. El mismo año será candidato del Bloque en las elecciones municipales de abril de 1931 por Barcelona y Sabadell, y más tarde entre los candidatos a diputados para las Cortes Constituyentes de junio de 1931 en Madrid, así como a las del Parlamento catalán, etc., etc.

Está claro que el terreno de David no es el Parlamento sino la lucha. Así, se le encuentra en plena acción en el desarrollo de la Alianza Obrera, así, y especialmente durante las jornadas del 6 y 7 de octubre en Barcelona, actuó valientemente en la calle, motivo por el que nuevamente fue encarcelado. Se le encuentra de nuevo en las jornadas del 19 de julio, esta vez en las barricadas que detendrán el alzamiento militar en Barcelona. Inmediatamente después fue puesto al frente de las oficinas de alistamiento para la formación de las milicias del POUM. Su casa en la Ronda de Sant Antoni de Barcelona es un lugar de encuentros y discusiones constantes. Su cuñada Teresa Rebull rememora una de ellas, en la que se hacía hincapié que en España no debía pasar lo mismo que en Alemania.

Por octubre de 1936 marchó junto con su amigo Costa-Amic al frente de una comisión a México, de donde regresó en el mes de febrero siguiente, habiendo realizado durante su estancia en la República mejicana 130 mítines de propaganda en favor de la causa del proletariado español. En este tiempo realizó una vista a Trotsky en la Casa Azul, donde dio diversas recomendaciones para su fortificación. La delegación llegada bajo la apariencia de equipo de fútbol, para comprar armas, había visitado al presidente Cárdenas, y le había entregado una carta de Andrés Nin pidiéndole asilo para Trotsky. La entrevista entre David Rey y Trotsky fue cordial, lo que quedó reflejado en su declaración ante los jueces: “El POUM no es “trotskista”, yo he expresado muchas veces mi crítica a su política, a pesar de la ferviente simpatía que siento por sus militantes, sobre todo por los que están luchando en el frente”. Esta visita, y la petición de asilo para Trotsky, se convertirán en una de las “pruebas” del proceso contra el POUM. En su declaración precisó su opinión sobre Trotsky, declarando: “Siento una gran admiración por el pasado revolucionario de Trotsky, admiración que se agranda ante la feroz persecución de que es objeto…”

De regreso a Barcelona se encontró inmerso en las jornadas de mayo de 1937, y fue detenido nuevamente, esta vez por la policía estalinista, y permaneció en la prisión de Deu i Mata de Barcelona durante el resto de la guerra, y fue uno de los procesados por “alta traición”, manteniendo en todo momento una absoluta integridad. Iglesias le dedica en su libro sobre el proceso hasta tres páginas en las que se recoge lo básico de su trayectoria, base para otros retratos ulteriores como éste. Juzgado en octubre de 1938, fue absuelto, sin embargo no fue liberado, y tuvo que escapar poco antes de la entrada victoriosa del ejército franquista. No quiso exiliarse por no abandonar a su compañera de siempre, Antonia Closas, una mujer sencilla pero valiente y abnegada e igualmente militante que le había acompañado a lo largo de décadas de luchas y cárceles, que agonizaba por estas fechas. Fue detenido y condenado a muerte. Indultado, salió de prisión en 1946, entonces retomará desde primera línea la actividad militante, tomando parte en el ejecutivo clandestino del POUM, por lo que volvió a ser encarcelado en otras ocasiones, la última en 1952, a los 63 años. Falleció unos años después olvidado en una clínica de Sarriá…

En resumen: dos militantes que realzan con sus trayectorias la historia de un movimiento todavía no afectado por una enfermedad llamada burocracia sindical.

Pepe Gutiérrez-Álvarez.


[1] A Daniel Rebull se le conocía por el seudónimo de David Rey.