El sindicalismo a la luz de la Revolución rusa (J. Maurín, 1922)

El sindicalismo a la luz de la Revolución rusa (Los problemas que plantea la revolución social) es una recopilación de artículos escritos por Joaquín Maurín y publicados en el periódico Lucha Social de Lérida, durante el primer semestre de 1922.
En la reunión clandestina de la CNT celebrada en abril de 1921 en Barcelona, Joaquín Maurín (1896-1973) y Andrés Nin, entonces secretario nacional de la CNT, son nombrados como parte de la delegación que debe representar al sindicato en el tercer congreso de la III Internacional y en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja, que se celebraron en Moscú durante el verano. Poco después de regresar a España, en octubre, Maurín es designado secretario nacional de la CNT, pues Nin se había visto obligado a permanecer en Rusia. Maurín ocupa el cargo hasta su detención en febrero de 1922. Es de suponer, pues, que los artículos que se publican en Lucha Social se escriben desde la prisión.
Al salir de la cárcel, cuando la CNT ya se ha desvinculado de la III Internacional y de la Revolución rusa, Maurín encabeza la fundación de los Comités Sindicalistas Revolucionarios, que se constituyen oficialmente en una conferencia celebrada el 24 de diciembre en Bilbao.
El sindicalismo a la luz de la Revolución rusa, pues, se puede considerar como la reflexión teórica sobre la que se forman los Comités Sindicalistas Revolucionarios, que empiezan a publicar La Batalla ya a finales de 1922. El periódico será más tarde el órgano de la Federación Comunista Catalano-Balear, del Bloque Obrero y Campesino y finalmente del POUM, hasta que las autoridades republicanas prohíban su publicación tras los sucesos de mayo de 1937.
La heterodoxia del pensamiento de Maurín en esta época demuestra que los CSR no constituyeron ninguna “tendencia bolchevique” dentro la CNT. Al contrario, Maurín lleva a cabo una singular síntesis entre el marxismo, el anarquismo y el sindicalismo revolucionario, o más bien una reivindicación de éste último como síntesis revolucionaria de los otros dos (“El sindicalismo revolucionario es el retorno al es­píritu que habían informado las directivas de la I Inter­nacional”). El texto es asimismo un esfuerzo teórico por analizar los cambios operados en el capitalismo a partir de la primera guerra mundial y las consecuencias de estas transformaciones sobre la organización y la lucha proletaria revolucionaria.
Reivindicadas como tradición del sindicalismo revolucionario en su lucha contra la degeneración de la II Internacional, Maurín recoge la crítica de la democracia y la defensa de la violencia como medio de resolución de la lucha de clases. Pero frente a la violencia terrorista individual, que entonces gana adeptos entre las filas de los jóvenes sindicalistas anarquistas, Maurín defiende la violencia colectiva y subraya los efectos negativos que tiene el terrorismo individual sobre la moral de los trabajadores y la lucha de clases en general.
Su crítica de la experiencia de la Revolución de 1917 en algunos momentos le lleva a posiciones cercanas a las de la Oposición Obrera rusa, que acababa de ser derrotada cuando Maurín visita Moscú en el verano de 1921 y es mencionada en el texto. Aunque defiende el papel político que juega la dictadura del proletariado de cara a la represión de la clase enemiga y la supervivencia de la revolución, Maurín destaca los límites que tiene esta organización política de la dictadura (“¿Se quiere llamar a esto Estado, Organización, Comité de Salud Pública, Seguridad, etc.? Es lo mismo.”) en lo que respecta a la construcción de una economía comunista, y se muestra crítico con la dictadura de partido: “la dictadura de la clase obrera debe ser ejercida por toda la clase. No un partido que la lleve a cabo por encima de los sindicatos, los Consejos de Obreros, por encima de la clase obrera, …”.
Pero la Revolución de octubre y las transformaciones operadas en el capitalismo, que llevan al Estado a asumir cada vez mayor protagonismo económico, también empujan a Maurín a criticar los viejos métodos de lucha: la huelga parcial y la huelga general. La experiencia rusa demuestra que el método adecuado para la revolución es la insurrección, o “Asalto General”: “…la incu­bación y la explosión revolucionarias casi pueden su­jetarse a principios científicos”.
A pesar de que en ocasiones le falta fuerza argumentativa, en El sindicalismo a la luz de la Revolución rusa Maurín demuestra una gran visión revolucionaria, llegando incluso a esbozar una crítica al “socialismo en un solo país”:
“Un país sólo no puede existir con un sistema económico de base diferente de los que le circundan.”
O a la política del Frente Popular en julio de 1936:
“Conseguido el triunfo momentáneo ha de rechazar­se toda colaboración con aquellos elementos que van a la Revolución no de grado, sino arrastrados por la impetuosidad del oleaje. La asimilación de un débil no da fuerzas; al contrario, debilita. En Hungría, por una equivocación que fue fatal se quiso unir a la dirección de la revolución con los elementos reformistas. Estos no hicieron otra cosa que sabotearlo aprovechando el momento oportuno para ponerse de acuerdo con el enemigo declarado y darle el golpe de gracia. La di­rección de la revolución incumbe a los verdaderamente revolucionarios; ha de evitarse que solapadamente quieran asaltarla aquellos individuos o fracciones cuyo interés primordial es ocasionar un retroceso.”
Agradecemos al CRAI Biblioteca del Pavelló de la República (Universitat de Barcelona) el habernos facilitado una reproducción de este documento que se conserva en sus estanterías.

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EL SINDICALISMO A LA LUZ DE LA REVOLUCIÓN RUSA.

(PROBLEMAS QUE PLANTEA LA REVOLUCIÓN SOCIAL)

“No es suficiente en modo alguno con­servar las nociones tradicionales: un pensamiento que no se renueva es un pensamiento muerto.”

LAGARDELLE

“Las ideas no conquistan el mundo como ideas, sino como fuerzas.”

ROMAIN ROLLAND

La Revolución rusa

Según William James todos los sistemas filosóficos aparecidos en el mundo pueden reducirse a dos gran­des corrientes: la idealista o racionalista, y la empírica. Es decir, de un lado, los sistemas que creen que las ideas y los hombres, por tanto, construyen la historia; de otra parte, los que sobre los hechos levantan las doc­trinas, los que teniendo un concepto determinista del devenir social, creen que las ideas surgen de los acontecimientos. De ahí dos interpretaciones diferentes de la historia: la que estudia los hombres y las ideas, considerándolos como promotores de las transformaciones a través de los tiempos, y la concepción histó­rica que sigue a lo largo de la vida de la humanidad los antagonismos de intereses, ve la cristalización de los grandes acontecimientos y la radiación que ellos producen en todas las direcciones de la actividad humana. Mientras que para unos la historia va de Aníbal a Lenin, para otros corre de la colonización griega a la invasión de los bárbaros, al Renacimiento, a la Revolución francesa y a la Revolución rusa. Están en pugna, pues, la tendencia que quiere dirigir los hechos —el racionalismo—, y la que solo pretende interpretarlos —el empirismo.

Estas páginas son una contribución al ensancha­miento de la órbita del sindicalismo, el cual hijo de la realidad, tiene una fundamentación lógica en la co­rriente filosófica que parte de los hechos para consti­tuir un cuerpo de doctrina. El sindicalismo es eminen­temente empírico, brota de la realidad como el rayo salta de la nube. Por eso se sitúa delante de los acon­tecimientos sociales con las ventanas de la compren­sión abiertas de par en par para que el caudal de ex­periencias surgidas pase a nutrir su ideario.

La Revolución rusa ha sido un fenómeno de una formidable transcendencia en todos los dominios del pensamiento y de la actividad. Una conmoción tan honda marca un surco profundo en el tiempo, señalando su paso con caracteres indelebles. La Revolución lo ha revuelto y lo ha transmutado todo. Producida por la disparidad existente entre dos clases, ocasio­nada por la pugna constante entre el principio de la libertad y el de autoridad, ella produce el alum­bramiento de toda una vasta gama de nuevas inquietu­des e incuba una renovación de valores. Hace entrar nuevamente la humanidad en esa gran dinámica, en la fiebre y en la turbulencia que preceden a los momentos de creación y de surgimiento de una nueva fase de desenvolvimiento humano.

La civilización había entrado en una época de idiotismo. Literatura, arte, trabajo, relaciones sociales, todo estaba marcado con el sello del interés, todo estaba calculado desde un punto de vista de grosero materialismo. Desaparecía la vibración del espíritu, se extinguía la llama de la individualidad. Triunfaba un concepto mercenario de la vida. Todas las pasiones, los gestos románticos, la idealidad, se esfumaban ante la avalancha de una moral estúpida, fruto inmediato del monopolio social ejercido por la casta más desprovista de fuego espiritual que haya existido en la historia.

La Revolución rusa significa la iniciación de una nueva época. Empieza a escribir sobre tablas nuevas los valores de una nueva civilización. Su potencia de acción es asombrosa. Ha quebrantado, hundiéndolo para siempre, el feudalismo que sobrevivía aún en la tierra. La autocracia y la nobleza han desaparecido con rapidez vertiginosa. La iglesia ha sido herida de muerte. La mujer ha salido por primera vez de su sumisión para entrar de lleno en la vida. Millones de campesinos han visto cómo desaparecía el poder de los propietarios, encontrando en la liberación de la tierra, la suya propia. Las nacionalidades sojuzgadas han podido desprenderse de la cadena que el zarismo tenía anudado a su cuello.

Y fuera de la esfera nacional, como transcendencia amplia, se oye el lejano rumor de todo el continente asiático que se levanta clamando contra el dominador extranjero y se apresta a una lucha que le ha de dar la libertad y le hará entrar en un nuevo período de desenvolvimiento. Toda el Asia se estremece; el andamiaje europeo montado allá para explotar los pueblos orientales cruje y empieza a derrumbarse. La política de cada país, las relaciones internacionales, el movi­miento proletario, la coordinación económica de la so­ciedad, todo ha sido cambiado de eje por obra de la Revolución rusa. Las doctrinas sociales anteriores a la guerra no han experimentado menos esta tremenda sacudida. Toda la ideología en la que se parapetaba la social democracia se desmorona como una pirámide de arena ante el estremecimiento producido por un te­rremoto. Las ideas que constituían el credo del socia­lismo de la II Internacional caen como hojas de un árbol a quien se le han secado las raíces.

Por primera vez se pasa de la teoría a la acción, de las concepciones y de la abstracción a lo concreto, a la plasmación de la realidad. Las doctrinas no se han ajustado a los hechos. Estos han tomado formas es­peciales, características propias, sin que sirvieran para nada las normas trazadas por los «evangelistas del socialismo».

Pero el hecho existe. De él es posible deducir un cúmulo de experiencias de un valor incalculable. Las lecciones que puede proporcionarnos la efectividad de esta concreción valdrán mil veces más que todas las divagaciones, los ensayos, los sueños, las forjaciones de los que durante cerca de un siglo no han parado de fabricar teorías sociales.

Si tan grande ha sido la influencia de la Revolución rusa, ¿cuál es su alcance para el sindicalismo revolucionario? El sindicalismo no es un sistema y como tal, circular, cerrado. Es una armonización de experiencias constituidas en un cuerpo de doctrina; crece en forma de espiral. Su potencialidad aumenta merced a las aportaciones diarias. El hecho ruso tiene que haber influido en él de un modo extraordinario. El sindicalismo anterior a la Revolución no puede ser el mismo que el posterior. Si así no ocurriera se evidenciaría que el sindicalismo o era una doctrina perfecta, o un sistema incapaz de superación. No se encuentra en ninguno de estos casos. Con el deseo de constante progresión se coloca delante de los hechos para adquirir todos aquellos principios que al asegurarle la base, le constituyan una doctrina de edificación social lo más acertada posible.

El sindicalismo revolucionario antes de la guerra

El marxismo había brotado con un impulso avasa­llador. Su tendencia revolucionaria fue mixtificándose a medida que elementos intelectuales surgidos del campo burgués se introducían en las filas del socialis­mo. De doctrina de lucha de clases, condensación de los anhelos de transformación rápida que sentía el proletariado, se trocó en una ideología de evolución que favorecía la estabilidad del régimen capitalista. Tan grande había llegado a ser la impurificación de la social democracia que al sobrevenir la guerra la ma­yor parte de sus leaders tomaron partido por la matanza, entregando las masas obreras a la carnicería.

Como reacción contra esa desviación reformista, a últimos del pasado siglo apareció el sindicalismo. Las masas obreras que sentían la emoción revolucionaria se apartaron de los partidos políticos que derivaban hacia la derecha, encerrándose en los organismos de clase, los sindicatos, para continuar desde ellos la batalla contra el capitalismo.

El sindicalismo revolucionario es el retorno al es­píritu que habían informado las directivas de la I Inter­nacional. Por eso es posible la convergencia del so­cialismo y del anarquismo. Teóricamente, el sindica­lismo es la vuelta al marxismo primitivo. Lagardelle, Berth, Sorel, Panunzio, Leone, Labriola son marxistas que ven en la social democracia una adulteración de las doctrinas fundamentales del autor del «Capital» y vuel­ven a las primeras fuentes para encontrar la verdadera intensidad revolucionaria.

El ingreso de los anarquistas en las organizaciones obreras es un fenómeno de alta transcendencia. Re­presenta para el anarquismo el paso de su época de crítica a la fase de construcción. Sus hombres car­gados de energía entran en la verdadera lucha de cla­ses. Esta evolución anarquista se hace lentamente. Pelloutier marca el principio de esta corriente que ad­quiere una importancia decisiva en el Congreso anarquista de Amsterdam, en la discusión entre Monatte y Malatesta.

Ideológicamente el sindicalismo es una armonización del marxismo y del anarquismo. Recoge todo lo que en Marx hay de formidable, asimilándose del anarquismo las ideas de federalismo de Proudhon y la crítica del Estado, y aumenta sus doctrinas con el caudal de experiencias que le proporciona la lucha de todos los días.

El sindicalismo revolucionario vuelve a entronizar la verdadera lucha de clases y el concepto de la violencia colectiva que la social democracia había abandonado al entregarse a las conquistas graduales. Y sobre estos dos pilares fundamenta su acción. Establece como sistema de lucha la acción directa, es decir, la intervención constante de toda la masa obrera en las contiendas sociales. Acción directa quiere decir acción de masas. Que no sea una minoría de delegados o de militantes solamente los que lleven la lucha, en tanto que el resto de los trabajadores permanece en la inactividad, sino que sea la clase por entero la que intervenga. Esta lucha será así una maniobra constante de todo el ejército proletario, adiestrándose para librar el combate decisivo.

El sindicalismo hace de la huelga el instrumento de guerra de la clase obrera contra el patronaje. Ve en ella la escuela de la solidaridad y de la fortaleza. Y establece como mito revolucionario la Huelga General, esto es, el cese total de la producción, en el que entrevé el principio de la caída inevitable del capitalismo.

Mientras que la social democracia por influjo de las ideas del liberalismo burgués se va apartando del materialismo histórico, el sindicalismo revolucionario vuelve a él y considera al organismo económico de clase, el sindicato, como la célula que ha de dar vida a todo el cuerpo de la sociedad comunista de mañana. Establece como base de todo el desarrollo y de la actividad social las funciones económicas.

El marxismo escueto había desconocido el hombre; solo había entrevisto el ente económico. Por su parte el anarquismo tradicional establecía la primacía del individuo. El sindicalismo, al recibir la inspiración de las dos tendencias, las sintetiza considerando al productor como hombre y como técnico a la vez, armonizando su individualidad con las funciones sociales.

El sindicalismo, en el período anterior a la Revolución rusa, puede llamarse sindicalismo militante, ya que toda su acción es la de combate incesante contra el capitalismo y el Estado burgués.

Hoy, al producirse una formidable transformación de las relaciones económicas y después de las enseñanzas de la primera revolución proletaria, el sindicalismo no puede permanecer en una posición expectativa. Tiene que entrar en la fase triunfante. Ha de constituirse en doctrina de organización de la sociedad proletaria. Ha de revisar sus armas de lucha para modificarlas o cambiarlas, si es preciso, ya que la correlación de fuerzas sociales existente en la actualidad y las bases del sistema capitalista han sufrido una gran modificación durante estos últimos años. Una doctrina social si quiere encarnar continuamente el espíritu de la época debe ser flexible, apta para las transformaciones, capaz de evolución. No puede existir continuamente una misma táctica y un mismo instrumento de combate. Las variaciones sociales imponen una modificación tanto de la primera como del segundo. Si el sindicalismo se empeñara en mantenerse inmutable, la ola de los acontecimientos saltaría por encima de él inundándolo. Pero esta suposición está en contradicción con el fundamento del sindicalismo cuya preocupación constante es la adquisición de nuevas enseñanzas y el ensanchar de su órbita espiritual merced a las lecciones de la realidad.

El sindicato, germen de una organización social nueva, ha crecido en sus funciones, ha amplificado su eficacia, ha ensanchado su radio de acción. De fórmula vaga que era al principio, de caracteres indistintos que poseía, ha adquirido una gran luminosidad, ha entrado en el terreno de lo concreto, en la esfera de la práctica y de las realizaciones inmediatas.

Sindicalismo militante y sindicalismo triunfante

Hasta la Revolución rusa el sindicalismo había sido una doctrina de lucha contra el capitalismo. El imperio de las condiciones económicas en que vivía el proletariado había obligado a que el antagonismo de intereses entre él y la clase poseyente cristalizara en una lucha incesante que tenía su manifestación más viva en la huelga. La clase obrera, en batallas que ponían a prueba la fortaleza y la abnegación, conseguía con frecuencia romper los límites estrechos de un salario estatuido.

En estas luchas se entrevió la posibilidad del hundimiento capitalista. Fueron idealizadas, y casi toda la acción proletaria giró en torno de ellas. El sindicato fue el castillo que servía de fortaleza al ejército proletario. Toda la actividad sindical estaba consagrada a la preparación de nuevas contiendas económicas. Después de un triunfo o de una derrota, las tropas de la clase obrera se retiraban de sus fuertes para preparar un nuevo plan de campaña que ponían en práctica tan pronto como la oportunidad parecía propicia.

Este período es la fase de lo que hemos llamado sindicalismo militante.

La Revolución rusa, al poner de relieve la verdade­ra estrategia revolucionaria, y evidenciando a la vez que la Revolución entra en los dominios de la realiza­ción inmediata, imprime al sindicalismo un impulso de transformación haciéndole entrar en la fase triunfante. Es decir, le obliga a amplificarse para que pueda abarcar toda la complejidad de los fenómenos sociales. La misión del sindicalismo no podrá, naturalmente, ser la misma después de la Revolución que antes de ella. Mientras el capitalismo subsiste, su esfuerzo es de lucha para demoler las bases en que se asienta; pero cuando haya desaparecido, entonces tiene que devenir en doctrina de construcción social y de solución de los problemas económicos planteados dentro de la colectividad. Es necesario, pues, que rápidamente el sindica­lismo se transforme para que pueda ser una doctrina de coordinación social.

La idea del sindicalismo tal como ha venido entendiéndose hasta ahora es demasiado circunscrita. Ha sido excelente para su fase militante. Pero para devenir en doctrina triunfante requiere una gran modificación.

Se ha dicho —y este ha sido el lema del sindicalismo de antes de la Revolución— el sindicato como medio y el sindicato como fin. Esto es impreciso y vago; no dice nada. Dentro de la comunidad hay una infinidad de cuestiones que resolver. En la base está la economía con sus procesos de producción, intercambio y distribución. Luego vienen los problemas de índole social y moral en número siempre creciente. Hablar del sindicato como medio y como fin sería tanto como decir que él puede ser instrumento de producción, de distribución, de intercambio, de relaciones sociales, escuela, hospital, aparato de compulsión, etc.

El sindicato, en su fase militante, ha sido la espada de guerra que el proletariado ha esgrimido en sus luchas contra el capitalismo. Pero el arma de combate no sirve para la época de construcción. Preciso será transformar la espada en martillo o en arado.

En su forma actual el sindicato no puede satisfacer ninguna de las necesidades que surgen inmediatamen­te después del triunfo de la Revolución. Precisa que se cambie profundamente para convertirse en capaz de desempeñar su misión. Aun para resolver el proceso económico de la producción, al cual está más íntimamente ligado, requiere una plena evolución.

Hacer de la producción el único problema y constituir sobre él una doctrina limitada es caer en una exageración de materialismo histórico tal, que elimina al hombre y a una multitud de manifestaciones sociales sin las cuales la comunidad no puede existir.

Hay una doctrina de la Revolución social y de la coordinación de funciones dentro de la comunidad proletaria. Es amplia y compleja porque abraza todos los órdenes de la actividad humana. La Revolución proletaria no deja nada en pie; destruye el sistema capitalista en todas sus manifestaciones. Y si el proletariado pretende levantar un nuevo edificio, si quiere demostrar su capacidad de ordenación dentro de la vida social, si no desea que sobre los escombros del régimen demolido reine la muerte, es forzoso que tendrá que entregarse con afán a sustituir por un nuevo organismo el aparato capitalista desaparecido. Y hay que convencerse que esta labor no es extremadamente fácil. Pone a prueba todas las condiciones de valor y de preparación de la clase vencedora.

La misión del sindicalismo, pues, es la de entrever el panorama de cuestiones que presenta la Revolución para prepararse con objeto de ser apto para solucionarlas. A la vez, debe amplificarse, crecer, abrazar toda la inmensidad de las preocupaciones sociales para que pueda ser consagrada en doctrina completa. Que no quede ninguna manifestación de la vida social sin encontrar en la doctrina del sindicalismo una plena satisfacción. Que sea su doctrina la posibilidad de solución de todas las modalidades de la actividad social.

 Los procesos económicos

1. Producción

La economía se fundamenta sobre tres procesos: producción, intercambio y distribución. Una doctrina social completa ha de saber resolver estas tres manifestaciones de la vida económica.

El feudalismo se hundió por su incapacidad para la producción. Ni el gremio en la industria, ni la propiedad señorial con sus siervos en la tierra, podían dar abasto a las necesidades crecientes. El antagonismo entre las fuerzas productoras y el sistema de producción abocó a la revolución burguesa que entronizó el sistema capitalista.

Por eso Marx apoyándose en la historia enuncia que asimismo el hundimiento capitalista será ocasionado por la contradicción entre las fuerzas productoras y el sistema de producción. Pero el capitalismo ha demostrado hasta la saciedad que está capacitado para el proceso de producción. Aun después de una paralización casi absoluta durante los años de la guerra, hoy la industria experimenta una crisis enorme no por falta sino por exceso de producción. Es para­dójico que se haya llegado a un paro forzoso jamás igualado, cuando parecía evidente que, debido al des­pilfarro ocasionado por la guerra, se requeriría una su­ma enorme de trabajo para salvar el déficit ocasionado. El punto débil del capitalismo no está en la producción, sino en la distribución. No puede solucionar este pro­ceso. Las guerras surgidas son hijas de la rivalidad por la conquista de los mercados a donde llevar las mercancías fabricadas y por la lucha de tarifas aran­celarias. El capitalismo ofrece el espectáculo absurdo de tener stocks enormes de objetos manufacturados, en tanto que millones de personas se ven obligadas a paralizar su trabajo y a experimentar la necesidad de todo aquello que se pudre en los almacenamientos, y el espectáculo no menos incoherente de países que perecen por completo de inanidad mientras otros lan­zan al paro ramos enteros de industria por una sobra de producción. Hoy día toda la fiebre del capitalismo está en la captura de mercados en donde colocar los objetos manufacturados. Se encuentra imposibilitado para dar solución a la distribución de los productos precisamente porque hay un antagonismo formidable entre la base de su sistema y las necesidades colec­tivas.

Un sistema económico requiere una armonización entre los procesos de producción, intercambio y distribución. No puede haber una producción comunista y un sistema capitalista de distribución e intercambio, o viceversa. Los tres procesos tienen que formar parte del mismo sistema. El capitalismo se ha encontrado en que su forma de distribución no estaba de acuerdo con las necesidades sociales. Y, fatalmente, ha nacido la imprescindible necesidad de modificar todo el sis­tema. Es decir, que debe establecerse un sistema comunista de producción, de intercambio y de distribu­ción.

El capitalismo tiene montado el proceso de produc­ción sobre estos tres factores: trabajo, instrumentos de trabajo y dirección o lo que es lo mismo, fábrica, obreros y técnica. Estas tres condiciones son impres­cindibles. Al sobrevenir la Revolución social puede des­aparecer la última, ya porque la dirección técnica sea ejercida por el mismo patrono o ya también porque los ingenieros o técnicos, por su condición de clase agre­gada al capitalismo, se nieguen a trabajar. Este sabotaje de los intelectuales fue la causa principal del desmoronamiento de la industria rusa. Los obreros, care­ciendo de la preparación técnica necesaria, se vieron obligados a paralizar las fábricas. Más tarde los téc­nicos e ingenieros han vuelto en su inmensa mayoría a ocupar sus puestos, pero han obligado a que se les reconociera una jerarquía mayor en el tratamiento. Ha aparecido un superior en la fábrica. Y esto está en con­tradicción con el espíritu de igualdad dentro de la clase.

El sindicalismo se ha de preocupar de que ninguno de estos conflictos pueda presentarse. Ha de estable­cer previamente el aparato que haga posible que el proletariado se encargue de la producción y ésta siga una marcha normal. Lo ocurrido en Rusia sería gene­ral en todas parles, si igualmente las gentes que hasta ahora han tenido la dirección de las industrias deser­taran de sus puestos, dejando que los obreros por sí mismos hicieran funcionar el complicado mecanismo de la producción.

El instrumento adecuado para encargarse de la dirección de cada industria es el comité de fábrica. Los trabajadores eligen los miembros del comité y éste sustituye al patrono. El sindicato de industria entonces no es otra cosa que la federación de los comités de fábrica de cada ramo. Como se ve, para transformarse en órgano de producción el sindicato pierde su primi­tivo carácter. El andamiaje del sindicato viejo con sus comités, delegados, etc. no sirve para las nuevas funciones. Al ensancharse el círculo de su actuación tiene que transformarse necesariamente.

Impulsados por esta necesidad, en Inglaterra y en Alemania, las corrientes nuevas que dominan en la ac­ción sindical son la rápida destrucción de los antiguos sindicatos para convertirlos en federaciones de comi­tés de fábrica. Aparte del valor que adquieren al capacitarse para el proceso de la producción, los comités de fábrica tienen la gran ventaja de que son el mismo sindicato dentro de la fábrica, actuando en todas las manifestaciones y siendo siempre la verdadera expre­sión de los obreros que trabajan en ella.

Los comités de fábrica desempeñan ya una labor revolucionaria aun antes de la caída definitiva del capitalismo, consagrando todas sus fuerzas a la conquista del control obrero. Por medio de él adquieren la plena capacidad para encargarse de la producción sin necesidad de patronos y de técnicos burgueses.

2. Intercambio

En el sistema económico patriarcal el intercambio de los productos no tenía importancia. La producción familiar abastecía a las necesidades. Pero el desarrollo de la industria ha surgido precisamente merced al desenvolvimiento del intercambio. El régimen capitalista estableció como eje de todos los procesos económicos la libertad. Y con arreglo a esta idea se regula­rizó la economía. Libertad para la producción, libertad para la distribución, libertad para el intercambio. El proletariado ha experimentado las consecuencias de la aplicación del liberalismo a la economía.

La producción en un régimen proletario exige asi­mismo un sistema de intercambio adecuado. La forma capitalista se basa en la libre concurrencia, en el indi­vidualismo, por tanto. Un régimen social comunista ha de modificar forzosamente el modo de llevar a cabo este proceso económico.

Este problema es más difícil de resolver que el de la producción. La Revolución rusa ha puesto de manifies­to que esta cuestión era una de las más intrincadas de la economía. Hay un doble intercambio: el que se rea­liza entre productos de la industria y el que se hace entre la producción industrial y la agrícola. El primero es sencillo. La producción de las fábricas pasa a los grandes almacenes y se establece una circulación de mercancías. El trabajador industrial es comunista, tiene desarrollado el concepto de solidaridad social y tiende a la colectividad más que al individuo. Pero ya no ocu­rre lo mismo en el segundo caso. El campesino es individualista, está infiltrado del espíritu que ha domi­nado a la economía capitalista. Lo ocurrido en Rusia tiene un alto valor experimental.

La Revolución dio las tierras a los campesinos. Es­tos se las distribuyeron y empezaron a sembrar. La ciudad, es decir el proletariado industrial, necesitaba trigo, patatas, lana, carne, manteca, madera, etc., es decir, artículos de producción agrícola. Los campesi­nos los entregaron a crédito; los dieron a crédito, esto es, a cambio de papel moneda que mañana trocarían en objetos manufacturados. Pero por la falta de pre­paración técnica de los obreros, por el sabotaje de los intelectuales, por la guerra que absorbió los mejo­res trabajadores, por haber caído en poder del ejército enemigo los centros de producción como la nafta de Bakú, el algodón del Turkestán, el carbón del Donetz, etc., por el bloqueo y, en fin, por una compleji­dad de circunstancias que trae consigo la Revolución, la industria quedó paralizada en un porcentaje aterra­dor. Al parar las fábricas no hubo producción industrial. La circulación natural entre el campo y la ciudad, entre la agricultura y la industria, se interrumpía, por tanto. El campesino, por la mentalidad individualista que le caracteriza, en Rusia como en todas partes, al ver que con el papel moneda no podía adquirir nin­gún objeto de producción industrial, se negó a admitir más rublos papel. La Revolución durante cierto tiempo poniendo en marcha todas las fábricas de papel mo­neda pudo subvenir a las necesidades de la ciudad y del ejército. La circulación fiduciaria creció en pro­porciones fantásticas. Basta decir que solamente du­rante el año 1920 se estamparon 943.532 millones de rublos. El aumento de billetes y la disminución indus­trial elevaron los precios a esta proporción, tomando el coeficiente 100 para el año 1914: en 1917, a 702; en 1918, a 2.900; en 1919, a 18.100; en 1920, a 214.300; en 1921, a 2.000.000. Los campesinos contaban el papel moneda que poseían no por miles, ni millones, sino por kilos. Cuando empezaron a negarse a entregar trigo hubo necesidad de apelar a la requisa. La guerra latía en todos los frentes, las ciudades perecían de hambre y de frío, ¿qué hacer? ¿No imponerse a los campesinos? El dilema era fatal: o el exterminio de la Revolución u obligar a que el campo proporcionara todo aquello que tenía a su disposición. La muerte de la Revolución equivalía al retorno de los antiguos pro­pietarios y con ellos otra vez la esclavitud en toda la inmensidad de Rusia. La compulsión proletaria sobre los campesinos salvaba a estos de la servidumbre. El espíritu simplista de los campesinos se manifestaba entonces diciendo que ellos eran partidarios de los bolcheviques, pero que no así de los comunistas. Para ellos el bolchevique era quien le diera la tierra y el co­munista el que hacía la requisa.

El descontento de los campesinos tuvo una forma sarcástica de manifestarse: puesto que hay hambre en la ciudad y a nosotros nos obligan a entregar el trigo —se dijeron ellos—, no sembraremos más que lo que necesitamos para nuestro consumo. La proporción de superficie cultivada decreció de un modo aterrador. Rusia entraba en el agotamiento definitivo. La dictadu­ra del proletariado había servido para aniquilar todos los numerosos intentos de los contrarrevolucionarios, pero no podía evitar que una masa de 130 millones de campesinos tomara una decisión que de proseguir ori­ginaría la catástrofe completa de todo el país. Hubo necesidad de cambiar de procedimiento: se estableció el impuesto alimenticio. Al campesino se le reconoce durante un plazo de nueve años el derecho a disponer del usufructo de las tierras que cultive a cambio de entregar para las ciudades de un 8 a un 15 por cien de la producción. Esta medida ha sido muy bien reci­bida y la superficie de tierras sembradas ha crecido notablemente.

El divorcio se manifiesta con caracteres trágicos y de muy difícil solución entre dos sistemas de producción y dos mentalidades distintas. La industria es comunista, los proletarios tienen un concepto socialista de la economía, en tanto que el campo es de tendencia burguesa, el campesino quiere la propiedad de los instrumentos de trabajo y de la producción obtenida; triunfa en él el individualismo económico. ¿Cómo eliminar este antagonismo? Así como para el feudalismo su punto débil fue la incapacidad para la producción y para el capitalismo la imposibilidad de solucionar la distribución, al régimen comunista se le presenta la gran dificultad, en su primera época, de resolver la contradicción que surge en el intercambio entre la industria y el campo, al tenerse que hacer entre dos modos diferentes de producción.

Los países como Norteamérica y Alemania, en donde la casi generalidad de los trabajadores de la tierra están proletarizados, el cultivo se halla industrializado, el problema no existe. La circulación eco­nómica se establecerá automáticamente al triunfar la Revolución. Pero en naciones como Rusia, Francia, Italia, España en las que hay una gran parte de peque­ña propiedad y la mentalidad del campesino es pequeño-burguesa la cuestión es ardua. ¿Se conservará la moneda? ¿Se impondrá un tributo al campo? ¿Se logra­rá normalizar el intercambio a base de un amplio sistema cooperativista? He aquí la cuestión. Rusia mo­mentáneamente ha encontrado una solución, poco sa­tisfactoria, es cierto, pero la única posible dadas las condiciones en que se encontraba.

Un hecho hay indiscutible para asegurar la marcha de la Revolución una vez se ha conseguido el triunfo: que entre el campo y la ciudad, entre la agricultura y la industria, tiene que existir una coordinación. El antagonismo que se ofrece tiene que ser eliminado. Es imposible establecer una norma universal para arreglar esta cuestión. Depende de las particularidades de cada país. El campo tiene su psicología, sus características especiales que difieren del proletariado. No es posible allí donde quiera que la masa campesina tenga una gran importancia, adoptar medidas que estén en abierta contradicción con sus puntos de vista. El campo, si hace la huelga de brazos caídos, acaba por triunfar siempre. El problema está planteado para cada país: hay que solucionarlo.

3. La distribución

El sindicalismo, doctrina basada en la producción, se ha inquietado poco por los problemas de la distribución de los productos que se plantearían al advenir la sociedad proletaria.

Rusia ha encontrado aquí como en los otros procesos económicos extraordinarias dificultades. La socialización de los comercios fue una de las primeras medidas adoptadas. Pero en la distribución como en la producción la falta de los técnicos burgueses ocasionó el desconcierto. Los trabajadores no poseían los resortes del mecanismo económico del capitalismo y el aparato funcionaba mal. Para un nuevo sistema se requiere fatalmente órganos diferentes. La distribución en su forma de libre concurrencia no puede quedar en pie en un régimen comunista. La modificación de una de las partes del régimen económico no permite que prosigan los viejos procedimientos en otras ramas de la vida económica.

De primer momento las cooperativas fueron un excelente recurso. Pero detrás de la cooperativa había un espíritu político. Dominadas por los mencheviques quisieron constituirse en un Estado dentro del régimen sovietista para derrocar el comunismo tan pronto como la oportunidad se presentara. Pasando por encima del Estado proletario intentaban entablar relaciones económicas con el extranjero. Esto creaba una separación total entre la fuerza política y la económica. Y siendo ésta la base de la vida social, la primera hubiese tenido que capitular muy pronto. El gobierno soviético suprimió las cooperativas dominadas por los mencheviques y para reemplazarlas en sus funciones dio un mayor radio e intensidad de acción al Comisariado de la Distribución, es decir, puso en manos del Estado el cumplimiento de este proceso económico.

Surgió en seguida un aparato burocrático centralizado que más que auxiliar entorpecía la circulación de productos. Para el desempeño de la función fueron necesarios un número tan enorme de empleados que si algo hubiese habido para distribuir hubiese quedado en sus propias manos. El engranaje oficinesco ponía trabas a la marcha económica. Por otra parte, tal procedimiento distraía de las funciones de producción un caudal extraordinario de fuerzas. El sistema era costosísimo y además no daba buenos resultados. Precisaba nuevamente introducir modificaciones. Se adoptó un sistema mixto fomentando la creación de cooperativas, sin eliminar por completo la actuación del Comisariado de la distribución. Actualmente se tiende a que cada fábrica posea su cooperativa de cuyo fondo, para establecer el intercambio, pasa a formar parte el 4 o el 5% de la producción. Esta modificación evitará los inconvenientes y las deficiencias del aparato de Estado como medio de distribución.

La lección es extremadamente aprovechable. Hay que evitar que la separación entre el productor y el consumidor sea muy grande. El capitalismo para enlazarlos se ha visto obligado a crear una casta de intermediarios que en nada contribuyen a la producción. El régimen social comunista debe tender a disminuir la distancia entre la producción y el consumo.

El sindicalismo si no se amplifica no puede dar solución a este grave problema. En los sindicatos hay que establecer una división fundamental: los que se basan en la producción y los que se fundamentan en la distribución. Los primeros para desempeñar su misión tienen que transformarse en federaciones de Comités de fábrica y de taller y así podrán satisfacer por completo todas las necesidades de la producción. Los segundos no pueden abarcar en modo alguno toda la complejidad de la distribución. Necesitan que se cree un órgano apropiado para llevar a cabo todas las funciones de este proceso económico. El aparato de Estado como instrumento para la distribución ha fracasado en Rusia y es probable que fracasara allí donde quiera que fuese ensayado. No queda otro recurso que tomar la cooperativa y adaptarla a los funciones.

Una parte del sindicalismo ha repugnado a la co­operativa. Pero para que la economía tenga vida no puede prescindirse de ninguna función, las cuales ne­cesitan órganos y aparatos para el desempeño. La cooperativa en su forma actual es sólo el germen de lo que puede ser mañana. La evolución que ha expe­rimentado el sindicato y su capacitación definitiva, para la producción puede adquirirla la cooperativa si el proletariado, comprendiendo su alcance, hace que se intensifique su acción.

Se trata de que la clase trabajadora salte por encima del estrecho círculo de las preocupaciones inmediatas; que además de la batalla que lleva contra el capitalismo y su Estado se plantee ya los problemas que se ofrecerán con la Revolución, para que se pierda el tiempo y la energía en la cantidad inferior posible en la obra de edificación de una nueva sociedad. Después de la experiencia de la Revolución rusa, los obreros del resto del mundo están obligados a no incurrir en las equivocaciones en que fatalmente tenían que caer los primeros artífices de un mundo nuevo. Y así como ya no esperamos a que el capitalismo se hunda para crear los órganos de producción, asimismo debe exis­tir la preocupación para que los problemas de la distribución encuentren una solución rápida en el mismo instante en que triunfe la Revolución social.

En economía, ni autoridad ni libertad: organización

Ha sido un error lamentable querer aplicar a la solución de las cuestiones económicas directivas que únicamente corresponden al campo de la filosofía. Se ha pretendido armonizar la metafísica con asuntos que pertenecen por completo a otra esfera. Tan equivocada es la concepción de la libertad como la de la autoridad cuando quieren referirse a los problemas de la economía. La cuestión de la libertad y la autoridad son de índole ética y política, no económica. Hablar de ideas morales en la economía sería tan absurdo como que­rer basarla sobre la virtud o el vicio. La producción y la distribución son realidades tangibles, algo concreto. Las ideas morales son abstracciones; pertenecen a di­ferente campo.

La aplicación de la autoridad al problema económico lleva al fracaso. La abolición de la esclavitud se debe a esto. El capitalismo comprendió que el trabajo impuesto era siempre menos productivo. Si en la actividad humana no hay una proyección de la propia per­sonalidad, el trabajo pierde en intensidad y en alcance desapareciendo el estímulo creador.

El ensayo hecho en Rusia con la militarización de los trabajadores es asaz concluyente. Trotsky se ena­moró de esta idea y la puso en práctica. Quiso llevar a la economía el autoritarismo, estableciendo un frente de trabajo y un ejército de trabajadores. Los hechos evidenciaron que tal sistema no era posible. La com­pulsión tiene efectos momentáneos como el latigazo sobre el caballo. Pero ni el latigazo ni la compulsión dan fuerzas; al contrario, antes las quitan. Sobreviene a no tardar la reacción, y el desfallecimiento es mayor. En el trabajo tiene que haber un reflejo del hombre para que pueda ser sostenido. La única autoridad po­sible es la que saliendo del propio individuo, éste se impone a sí mismo. La Autoridad viene del autor, es decir, del trabajador; no de fuera de él.

También la libertad como idea absoluta es inaplica­ble a la economía. El capitalismo ha surgido precisa­mente basándose en principios liberales. Si dejáis que sea la libertad la que solucione la economía, pronto tendréis el triunfo de unos individuos sobre otros, siguiendo la economía una dirección no según las con­veniencias sociales, sino según la voluntad y los inte­reses del individuo. La escuela del individualismo eco­nómico que ha dado a luz al capitalismo ha dejado marcado un hondo surco en la espiritualidad de las generaciones. Abolid el sistema actual y proclamad de nuevo la libertad en economía y otra vez aparecerá el régimen presente de explotación y de libre concurrencia. El campesino querrá conservar su tierra, vender el sobrante de la producción, establecer ganancias. Surgirá como consecuencia fatal el tráfico libre, el comercio actual. Y ya hemos visto que no puede existir un sistema de producción comunista si la distribución e intercambio corresponden aun a la esfera del capitalismo.

El régimen feudal de producción y distribución se basaba en la autoridad; el capitalista, en la libertad. Ambos han fracasado porque no es posible coordinar la economía con los principios abstractos.

La economía comunista se basa en la función, no en la autoridad ni en la libertad. Son cuestiones totalmente diferentes como la gravedad no tiene que ver nada con la bondad, pongo por caso. En la función no intervienen para nada las ideas abstractas. En la respiración, en la circulación humanas no es posible aplicar la teoría de la libertad ni la de la autoridad. Así en las funciones de la economía. Veamos un ejemplo. Un tren corre por la vía férrea, se para en las estaciones, recibe viajeros, deja vagones cargados de mercancías, se le enganchan otros, etc. ¿cómo es posible aplicar aquí el problema de la autoridad y la libertad?

Se trata de funciones de organización, esto es, de coordinación de órganos y de acciones, no de problemas de ética.

Es pueril la ilusión de los que creen que una libertad absoluta o una autoridad completas aplicadas a la esfera económica resuelven las complejidades que encarna. No; ni la libertad es la panacea, ni lo es tampoco la autoridad. La solución no está en el dominio de lo abstracto, sino en lo concreto. La clave se encuentra en el trabajo. Ahora bien; el trabajo requiere organización, coordinación de sus acciones para que la función sea perfecta. He ahí la doctrina del sindicalismo revolucionario: organización del trabajo para satisfacer todas las funciones de la economía.

Un sistema económico comunista asentado sobre la autoridad del Estado llevaría al fracaso. Querer reglamentarlo sobre la idea de la libertad nos volvería al capitalismo. El sindicalismo, al establecer la primacía de la función, de lo concreto y de las cosas, sobre la autoridad y la libertad, es decir, sobre las ideas abstractas y sobre los hombres, echa las bases de un régimen económico social verdaderamente sólido, completamente indestructible. Ni Estado, ni caos: sindicalismo.

El marxismo ha sido la doctrina formidable que ha hecho la crítica definitiva del régimen capitalista. Pero el marxismo ortodoxo no ha vislumbrado una forma de coordinación económica nueva. Se ha basado en el  Estado como órgano económico. Por medio de la transferencia de poderes y funciones individuales al Estado, el marxismo pretendía organizar una nueva sociedad.

El anarquismo, en cambio, ha hecho la crítica del Estado, pero no ha establecido ninguna doctrina económica en que pudiera basarse el nuevo régimen social. El anarquismo ha sido más bien una doctrina de índole moral.

El sindicalismo al recoger del anarquismo la crítica del Estado y del marxismo la del capital establece una doctrina económica nueva de la que se elimina al Es­tado como órgano económico. «Cuando la explotación inherente al organismo de la empresa sea eliminada por la unificación y la asociación libre de los factores productivos, en posesión ya de los obreros sindicados, seguirá habiendo grupos que tendrán necesidad de un régimen técnico, de una dirección que resulte inevitablemente de las superiores necesidades técnicas del trabajo y la producción, existirá hasta en el régimen económico obrero, sin clase patronal y sin Estado, instituido por los sindicatos. Habrá una sociedad nue­va que no será el Estado, sino lo contrario, el régimen técnico y pedagógico de la actividad humana, el self-gouvernement del trabajo»[1].

Centralismo y federalismo económicos

La idea del federalismo aplicada a la economía es anterior al gran desarrollo de la industria. A medida que la evolución industrial se ha intensificado han tenido que modificarse también las interpretaciones que habían surgido sobre su organización. Las colectividades de gran atraso económico tienden siempre hacia la independencia. Por eso en los países en donde la agricultura tiene un predominio sobre la industria, el criterio de organización económica que triunfa es el federalista. Las ideas de la comuna libre que tanto en­tusiasmaron a los hombres de hace cuarenta años, hoy son tachadas de pueriles. Solamente encuentran toda­vía un lejano arraigo en aquellos medios en donde el desarrollo industrial no se ha dejado sentir. En los países como Norteamérica y Alemania, en los cuales la industria ha obtenido un formidable grado de desenvolvimiento, la idea del federalismo económico es desconocida. La organización sindicalista de los Estados Unidos, los I.W.W., han rechazado las doctrinas del federalismo económico así que las circunstancias les han evidenciado el proceso de concentración de la moderna economía. La aparición entre nosotros del Sindicato Único —sindicato de industria— es otra manifestación de la necesidad de concentración económica que se manifiesta en la clase obrera.

Ayer, el capitalismo, viviendo en un régimen de libre concurrencia, daba nacimiento a la posibilidad de existencia de un federalismo en el campo de la econo­mía. Pero con paso rápido, las cosas se han modifi­cado extraordinariamente. El capitalismo huye de lo que había sido la base de su origen, se aleja de la libre concurrencia. Forma trusts cada vez más potentes, crea los monopolios, tiende al capitalismo de Estado. Se trata, en fin, de un hecho real, indiscutible: el desarrollo industrial aboca a la concentración de la economía. En los países de mayor prosperidad industrial la concentración ha llegado a ser enorme. Primeramente el capitalismo formaba sus trusts en forma horizontal. Así están constituidos los de Norteamérica. La industria del acero estaba concentrada bajo una dirección; la del hierro, la del transporte, petróleo, etc. bajo otras. Pero el nuevo avance económico ha originado una forma de concentración más intensa aún: ha surgido la combinación de trusts, en forma horizontal y en forma vertical a la vez. Hugo Stinnes ha llegado por este procedimiento de concentración a ser el dueño absoluto de casi la mitad de Europa. ¿Cómo se verifica esto? Un determinado ramo de industria, la metalurgia, por ejemplo, forma un trust, es decir, un trust de forma horizontal. Veamos cómo aparece el trust vertical y de qué manera se combinan ambos. La metalurgia puede encontrarse en que si el trust horizontal de minas se pone en rivalidad con el de la metalurgia, a éste le fallará la materia prima. Es necesario, pues, unir el trust de minas al de la metalurgia, esto es, concentrar ambas industrias. Pero aun agrupadas estas dos industrias, si surge la discrepancia con el trust de transportes, la vida económica peligra. Urge, pues, incorporar también los transportes. Y como esta mutua relación, esta interdependencia es total en la industria, toda ella se concentra. Pero la concentración llega a más todavía. Se requiere el monopolio de la prensa y para disponer de ella no basta tener periódicos y periodistas, hay que tener fábricas de papel, para cuya alimentación hay necesidad de poseer grandes bosques. Pero el monopolio absoluto de la producción puede chocar con un trust horizontal de distribución, y fatalmente, aparece la necesidad de unir la distribución a la producción. De modo, que la evolución económica moderna conduce a una concentración ineludible tanto en la esfera de la producción como en la de la distribución.

Ahora; lo que se trata de entrever es si en un régimen proletario ha de proseguir la industria impulsando cada vez más su desarrollo o bien debe herírsele de muerte retornando a las ocupaciones agrícolas. Conocida es la teoría de Tolstoy que moteja de parásitos a todos los que viven de la industria y su doctrina de abandonar las fábricas y volver a los campos consagrándose a una vida patriarcal. Sin embargo, esta concepción no encuentra, como es natural, adeptos. Únicamente el campesino puede simpatizar con tales orientaciones.

Si el proletariado como clase quiere dirigir la vida social de los pueblos, si ha de suceder al capitalismo ha de demostrar una mayor capacitación que él. Porque si el triunfo de la Revolución social hubiese de tener como consecuencia la paralización de la industria sería tanto como querer condenar a la miseria a la Humanidad entera. Pero el proletariado es hijo de la industria y precisamente porque encuentra un antagonismo entre las necesidades sociales y la organización económica actual, quiere romper el cuadro que ha creado el capitalismo para dar un mayor impulso todavía al industrialismo. El ideal remoto del proletariado ha de ser la industrialización de la misma agricultura. Pues bien; ¿cómo es posible compaginar con esta concentración necesaria la descentralización que preconiza el federalismo económico?

Hemos partido del principio de que a la economía no es posible aplicarle ideas abstractas; se trata de una función con la que nada tienen que ver las cues­tiones de índole moral. En una sociedad proletaria la fabricación de máquinas estará íntimamente ligada a la producción del carbón, y al transporte de éste; la producción a la distribución; la industria a la agricul­tura. ¿Cómo establecer una separación, pues? La des­centralización económica lleva, naturalmente, a la pe­queña industria. Es el camino inverso que ha seguido el desarrollo económico. ¿Es que se considera prefe­rible que lo que puede hacer una gran fábrica con diez obreros, lo hagan cien talleres, viéndose obligados por esta descentralización cada uno de los operarios a un trabajo diez veces mayor? ¿Será más útil que el aca­rreo que puede hacer un tren lo hagan mil carros em­pleando más fuerzas humanas y mucho más tiempo? ¿Cómo se podrían entrar en New York a una hora dada los 4 millones de litros de leche que consume todos los días? Hoy existen rotativas que cada hora pueden tirar 50.000 ejemplares de un periódico de ocho páginas, en tanto que la prensa de Gutenberg tiraba en una jorna­da de catorce horas 300 hojas. ¿Será mejor volver al viejo procedimiento?

La evolución económica tiende a un ahorro de energías humanas y a una disminución del tiempo em­pleado en la producción. Y esto sólo es posible por medio de una concentración económica cada vez ma­yor. El ideal sería que para cada industria no existiese más que una gran fábrica y que el trabajo exigido a cada operario por la producción de un objeto llegase a la cantidad inferior posible.

En la sociedad futura se llegará a un régimen de abundancia plena, de bienestar completo, si la producción de lo que es necesario para la humanidad supera a la demanda. Y esta posibilidad de producción en escala cada vez mayor no se hará retornando al raquitismo industrial, abandonando la gran fábrica e instalando el antiguo taller, sino, por el contrario, impulsando cada día más las posibilidades de la in­dustria.

La confusión que se apodera de las ideas sociales cuando se debaten estas cuestiones dimana de no desdoblar las actividades del hombre en económicas y en político-administrativas. La idea del federalismo, asimismo, hay que considerarla con relación a la economía y con respecto a la vida social. En economía no hay descentralización posible, tiene que existir for­zosamente una cohesión intensa entre todas sus fun­ciones. No es posible concebir que en una máquina puesta en movimiento, cada biela, volante, corredera, etc. se muevan sin coordinación. La economía es eso: una máquina, en la que cada rodaje de ella tiene su función precisa que si no se cumple hace paralizar todo el mecanismo. El federalismo, que es corolario de libertad, no tiene campo en la economía; corresponde a la esfera política, como veremos más adelante.

Ahora bien; existe por encima de esta concentra­ción, y sirviendo precisamente a ella, un federalismo industrial que en la sociedad proletaria tendrá plena confirmación. Es el federalismo que surge de las doctrinas sindicalistas de Proudhon y que se manifies­ta en la federación, en línea horizontal, de los sindica­tos de la misma industria. Toda la metalurgia, todo el transporte, toda la minería, etc. forman el sindica­to general de industria. En la sociedad proletaria este sindicato viene a sustituir al trust horizontal que ha creado el capitalismo a medida que el desarrollo industrial ha tomado un rápido incremento. El ca­pitalismo moderno ha obligado a que el proletariado creara sus sindicatos de industria, porque la existencia de los trusts horizontales exigía el sindicato horizontal en la misma industria. La combinación del trust horizontal y vertical, tanto si residen en manos de un Stinnes, como en las del Estado, origina en el pro­letariado la creación a la vez de una combinación de fuerzas sindicales, con una coordinación sólida que permita encargarse de la economía sin que ocurra un retroceso, en el momento del hundimiento Capitalista.

Órgano político del proletariado: el Consejo de Obreros (Soviet)

Hemos visto cómo el proletariado para organizar una nueva economía tenía que crear órganos que sustituyeran a los que posee el capitalismo. La clase trabajadora no tiene que copiar nada del régimen burgués, pero sí que puede y debe deducir lecciones de la historia. En toda sociedad organizada, patriarcal, feudal, capitalista o proletaria hay dos campos de funciones completamente distintas: las económicas y las políticas o de coordinación social. Para el desempeño de ellas hay necesidad de órganos apropiados. Así el feudalismo para la cuestión económica se basó en la servidumbre en el campo y en el gremio en la in­dustria; las funciones políticas eran resueltas por el capricho de los autócratas o los consejos de la nobleza. El capitalismo deja la economía a la libre concurrencia en un principio, más tarde monta los trusts que se convierten en los aparatos del sistema. Y para la solución de los problemas políticos instituye el Estado.

El proletariado así como en los dominios de la economía no hereda el aparato capitalista, sino que lo sustituye por otro, en la esfera de las relaciones políticas crea un órgano nuevo que no tiene nada que ver con las cámaras legislativas del capitalismo. Aparece como órgano de poder de la clase trabajadora el Con­sejo de Obreros o Soviet.

Las Revoluciones tienen un gran valor creador. Cuando surge la necesidad de satisfacer una función social, inmediatamente brota el instrumento adecuado. En la Revolución rusa ha hecho aparición una fórmula de gobierno proletario no entrevista jamás por los teóricos de la Revolución social. Durante largos años el socialismo había hecho una crítica formidable del régimen capitalista, pero no había logrado crear un tipo de organización que difiriera por completo de aquel sobre el cual se asentaba la burguesía. El socialismo tendía al asalto del Estado, dominando los ór­ganos de poder burgués, esto es diputaciones, ayunta­mientos y Parlamentos. Quería apoderarse de ellos, pero no destruirlos. No llegaba a establecer un apa­rato de gobierno proletario diferente del que poseía el capitalismo. La acción es más fecunda que la teoría. La primera Revolución social ha alumbrado una fór­mula proletaria de dominación que no conserva ningún resabio de las del régimen burgués. Crea un tipo original, el verdaderamente apropiado para las fun­ciones de la clase obrera. El Soviet o Consejo de Obreros es uno de los descubrimientos más importan­tes de la Revolución. En torno de él se debatirá la cuestión social hasta el triunfo total del proletariado. Veamos cómo funcionan los Soviets o Consejos de Obreros para comprender el alcance de su importancia y su capacidad para el desempeño de las fun­ciones políticas de la clase trabajadora.

Los obreros del pueblo o aldea eligen sus de­legados en número que dictan las circunstancias y ellos constituyen el Soviet o Consejo de Obreros de la localidad. Los miembros que componen el Con­sejo se distribuyen en secciones cada una de las cuales se encarga de una determinada función local: enseñanza, higiene, vivienda, alumbrado, calefacción, suministros, etcétera, es decir, las funciones político-sociales que corresponden a la localidad. El Consejo se reúne en Asamblea en intervalos que varían. Mien­tras tanto, queda constantemente en funciones un Co­mité Ejecutivo cada uno de cuyos miembros forma parte de una de las diferentes secciones en que se distribuyen las funciones de la vida local. Los cargos de delegados no tienen duración fija, pueden ser revo­cados en todo momento si los obreros lo creen conve­niente.

Los Soviets de localidad eligen sus delegados para componer los de distrito, el cual, asimismo, distribuye sus miembros en secciones para cuidarse de las dife­rentes funciones que incumben al distrito y nombra un comité ejecutivo que funciona en los intermedios que van de una a otra Asamblea.

El Soviet de distrito manda sus delegados para constituir el de provincia que se organiza de modo idéntico.

Ahora inmediatamente viene el Congreso General de los Soviets, pero como las delegaciones si se hicieran desde el Soviet de provincia estarían ya dema­siado alejadas de la base, se vuelve al pueblo cuyo Soviet así como el de distrito y el de provincia pueden mandar delegados al Congreso General que se reúne una vez al año. Este Congreso trata de las cuestiones que se refieren a la vida social de todo el país: la orientación en la industria, en la agricultura, la fuerza armada del Proletariado, el plan de instrucción, la hi­giene, las relaciones exteriores, etc., etc. Terminada la discusión y adoptada ya la norma de actuación que tendrá que seguirse durante el año siguiente si no sur­gen graves complicaciones que obliguen a una nueva convocatoria, el Congreso se disuelve, después de haber elegido un Comité Central Ejecutivo de trescien­tos miembros que queda encargado de poner en vigor los acuerdos tomados. Este Comité se distribuye en tantas secciones como ramificaciones haya de vida nacional, formando las Comisarías de defensa, ma­rina, agricultura, beneficencia, relaciones exteriores, instrucción pública, etc. Los presidentes de cada una de estas secciones forman el Consejo de Comisarios del Pueblo que es responsable ante el Comité Central Ejecutivo quien a su vez lo es ante el Congreso Gene­ral de los Soviets, autoridad suprema de la república de los trabajadores.

Este es esbozado sucintamente el mecanismo de los Consejos de Obreros. La elección va, como se ve, de abajo a arriba, desde la célula, pueblo, al conjunto, nación. Teóricamente no es posible establecer un plan más perfecto de auto-gobierno. Es el gobierno de todos, puesto que todos los trabajadores tienen intervención en él. El obrero se ve obligado a interesarse por todas las cuestiones de la vida social pasando a ser un factor en completa actividad.

El capitalismo, siguiendo la fórmula dada por Montesquieu, dividió su poder político en legislativo, ejecutivo y judicial, encargando a órganos diferentes el desempeño. Esta separación no existe el régimen de los Consejos de Obreros. Todo el poder político resi­de en los Soviets, el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

La elección de los delegados para los Soviets se hace a razón de uno por un determinado número de obreros de una fábrica o por barrios de población. Si la elección fuese hecha por cada sindicato de industria, dada la gran influencia corporativa que todavía se ma­nifiesta entre los trabajadores, el Soviet no sería una representación genuina de la colectividad obrera, sino una superposición de delegados de diferentes ramos de industria. El Soviet no es órgano económico de la clase trabajadora, pues esta función corresponde al sindicato, sino que es el órgano encargado de las fun­ciones políticas. Aquí el delegado debe ir como hom­bre, pues su plaza como técnico está en el sindicato, en los comités de fábrica y en las asambleas de técnicos. Si los delegados al Soviet fueran con el carácter de metalúrgicos, de mineros, de tipógrafos, etc., es decir, según sus ocupaciones técnicas, surgirían inevi­tablemente ciertos antagonismos y diferenciaciones corporativas que dificultarían la armonización de todo el conjunto de la vida social. El ejercicio de una deter­minada actividad pertenece por completo a su órgano respectivo, por ejemplo, la instrucción pública al sin­dicato general de enseñanza, la edificación y repara­ción de las viviendas al sindicato de la construcción, etc. Pero la orientación no puede de ningún modo in­cumbir por completo a cada sindicato porque entonces se eliminaría la gran masa de la comunidad que tiene forzosamente que interesarse. El ramo de la enseñanza tendrá que adoptar la norma que trace la colectividad, no el que el sindicato voluntariamente quiera estable­cer, que podría estar en pugna con los intereses y la voluntad general. Si cada federación de Sindicatos obrara por sí difícilmente se coordinarían todas las funciones sociales.

Hay una doctrina de organización de la sociedad obrera comunista. No es posible que un solo órgano pueda desempeñar toda la variedad de funciones, del mismo modo que tampoco es factible que una máquina sirva para toda clase de fabricaciones. El proletariado ha de crear sus aparatos, establecer el organismo con toda la diversidad de órganos y rodajes. La ley de evolución señala el paso de lo uno a lo múltiple, de la unidad a la variedad. Nadie podría sustraerse, aunque quisiera, a este imperio de la ley biológica que se manifiesta tanto en los individuos como en las colectividades. Al sindicato como federación de comités de fábrica le incumbe el proceso económico de la producción. El Consejo de Obreros ha de encargarse de las funciones políticas de la clase obrera.

Así como los comités de fábrica se crean ya en el seno de la propia sociedad capitalista, también el proletariado debe poner manos a la obra en la organización de los Consejos de Obreros, que de instrumentos de batalla hoy, mañana se convertirán en órganos de poder de los trabajadores.

La doctrina de la libertad

La doctrina de la libertad corresponde al campo de ­la ética. En economía no tenemos necesidad de las ideas morales. El régimen comunista de producción y distribución se aleja tanto de la autoridad de la econo­mía feudal, como de la libertad del capitalismo: se basa en la función.

La doctrina de la libertad no debe rebasar sus límites invadiendo actividades sociales que no le co­rresponden. Una defensa absoluta y una sistematización de la doctrina de la libertad puede llevar a los extre­mos más paradójicos.

Violencia y libertad son términos contrapuestos. El sindicalismo recoge la primera del marxismo y la se­gunda del anarquismo.

¿Hasta dónde ha de llegar la violencia y hasta dón­de la libertad? ¿Cómo armonizar ambas doctrinas? He aquí la cuestión.

Para dar solución a este problema, en primer tér­mino, el sindicalismo se ha de considerar en el terreno de clase. Si se habla de la libertad en general y de la violencia en general, entonces se mixtifica el asunto y no es posible establecer un punto de apoyo. El prole­tariado ha de tener su doctrina de clase y en torno del interés de clase, no del interés general, ha de girar su actuación. Pues bien; establecido ya esto, es fácil en­contrar una coordinación de la libertad y de la vio­lencia. Contra la clase enemiga, empleo de la violencia y negación de toda libertad hasta el exterminio total. Si la finalidad de la revolución proletaria es la desapa­rición de las clases, no puede existir una defensa racional de la clase enemiga. Todo humanitarismo que tienda a disminuir la violencia y a aumentar la libertad a la clase opuesta es un retorno a las ideas del libera­lismo burgués. No se puede salir de la doctrina de la clase sin hacer traición a ésta.

Pues surge la pregunta: libertad, ¿para qué? Si ha de servir para arraigar el capitalismo, para favore­cer su resurrección una vez hundido, dentro de la verdadera doctrina de clase, la idea de la libertad no tiene defensa posible. Pártase del principio de que el interés general y el interés de clase se encuentran frente a frente. Y quien se incline por favorecer el primero reniega de la lucha de clases y de su doctrina.

Ahora la cuestión de la violencia y de la libertad se presenta dentro de la propia clase, en el interior de los trabajadores mismos. Si no se olvida que el sindicalismo es una doctrina socialista, esto es, si se tiene en cuenta que por la esencia misma de su constitución no puede ser individualista, se encontra­rán en seguida los límites de la violencia y de la libertad. Hay dos esferas diferentes dentro de las actividades humanas: la económica y la político-moral. En la primera, la cuestión de la violencia y la libertad están eliminadas desde el momento que la intervención del individuo en las funciones económicas es el postulado sobre que descansa el edificio económico que pretende levantar el sindicalismo. Hemos repetido que en economía no hay por qué aplicar las ideas abstractas; se trata de una función con la que nada tienen que ver los principios de la libertad y de violencia. Hay que referirlo únicamente al campo de las preocupaciones ético-políticas. Y aquí aparece en seguida la idea de la libertad, pero no en sentido individual, sino la libertad en función social, es decir, la coordinación de los intereses del individuo con los de la sociedad. Hay dos conceptos de libertad: el que aboca al individualismo y aquel que armoniza los individuos para constituirlos en sociedad. El primero es hijo de la Revolución francesa. Según él todo son derechos para el individuo; el campo de la libertad es ilimitado. Esto infaliblemente lleva al triunfo del individualismo en lo moral y al capitalismo en lo económico. Una doctrina socialista exige forzosamente una interdependencia entre los miembros que componen la colectividad. No puede existir una proclamación de derechos sin que haya otra de deberes. La coordinación del derecho y del deber forma la disciplina social. Esto es todo lo con­trario de sumisión, de esclavitud. Es norma de actua­ción, es self-gouvernement. No se concibe la exis­tencia de un todo sin una perfecta armonización de las partes que lo componen. Una falta de cohesión ocasiona en donde quiera que se manifieste la disgregación. La cohesión social debe encontrarse en una reciprocidad de libertad y deber dentro de la comunidad.

Aplicación del federalismo y de la libertad a la esfera política del proletariado

En el terreno económico no encontrábamos plaza para la aplicación del federalismo y de su corolario la libertad. Su campo de acción no está en la economía, sino en la esfera de las preocupaciones políticas del proletariado. La teoría de los Consejos de Obreros que hemos expuesto tiene su base en el federalismo. Este sistema es el tipo perfecto de auto-gobierno. Empieza por el individuo, cuya participación es requerida, y va ascendiendo gradualmente siempre en completa armonización federal. Lo que pueda realizar el individuo lo hará por sí, sin otra intromisión; lo que pueda llevar a cabo el pueblo sin el concurso del distrito o comarca, a él corresponde; lo que el distrito pueda hacer se debe poner en práctica sin la ayuda de la provincia, y lo que la provincia y la región sin la intervención toda de la nación, a la provincia y a la región corresponde. Esta gradación de autonomías es indispensable para una buena administración, para un buen gobierno proletario. Si se aplica el centralismo a la esfera de la administración política el proletariado éste pierde su capacidad de intervención y se convierte en un rodaje exclusivo de la gran máquina. Hay que despertar en el individuo y en las colectividades naturales —pueblo, comarca, provincia, región, etc.— el estímulo de la iniciativa y de la superación. Que cada cual tome una parte directa en todos los órdenes de las cuestiones procurando alcanzar la mayor capacitación posible en las preocupaciones administrativas. Sin embargo, autonomía no quiere decir independencia. El pueblo no puede hurtarse a las necesidades de la comarca, ni ésta a las de la provincia o región, etc. Tiene que existir no una independencia, sino una interdependencia mutua. La sociedad no es un conglomerado de partes, sino un todo constituido por la armonización de las partes que le constituyen. En el cuerpo humano, por ejemplo, los brazos, los centros nerviosos, el corazón, el páncreas, etc., tienen todos una misión que cumplir; ningún órgano puede invadir el campo de acción de otro, pero hay entre ellos una total coordinación, pues no sería posible la existencia sin esta solidaridad. Así en la colectividad: no independencia, sino solidaridad, federalismo, cohesión en el funcionamiento.

El sistema federalista de administración o gobierno proletario da a cada individuo o colectividad un papel en el desempeño de las funciones. Todos se ven obli­gados a una intervención. De este modo desaparece el peligro de concentración de poder en unas cuantas manos —dictadura de fracción— para estar repartido entre todos los miembros de la comunidad. Aparece el self-gouvernement.

El régimen obrero constituido así abraza las doc­trinas de Marx y Bakunin a la vez: Centralismo econó­mico y federalismo político. Salvador Seguí sintetizaba admirablemente esta idea diciendo: «los sindicalistas somos socialistas en economía y anarquistas en po­lítica».

 El sindicalismo y la dictadura del proletariado

El sindicalismo no es una doctrina de paz social. Precisamente llegó a la palestra cuando el socialismo de la II Internacional, desviándose de su cauce revolu­cionario, amenazaba con infiltrar en el corazón de las masas proletarias la ponzoña de las ideas de­mocráticas, hijas de la mentalidad pequeño-burguesa que se había introducido dentro del movimiento obrero. El sindicalismo brotó recogiendo todo el empuje de la primera fase del revolucionarismo proletario. Sobre el postulado de la violencia de clase levantó toda su doctrina. La historia de la humanidad no es otra cosa que la historia de la lucha de clases. La guerra social ha perpetuado a través de toda la historia. La experiencia de todos los cataclismos y Revoluciones sociales pone bien de manifiesto que no se ha dado ningún caso en que una clase abandonara voluntariamente sus prerrogativas. Pues bien, la lógica imperiosa que brotaba de la experiencia, obligaba al reconocimiento de una lucha incesante contra la clase enemiga. Pero esta lucha no tenía que manifestarse en la esfera de las preocupaciones éticas, sino en el dominio de los intereses, y el proletariado, además, había de disciplinar su acción con el propósito de suplantar a la clase opuesta en el disfrute de la hegemonía económica y política.

Lucha de clases quiere decir sistematización de la doctrina de la violencia colectiva. La clase obrera se ha convencido en todas partes de que voluntariamente el capitalismo no cede ningún ápice de su dominio. Aun para las conquistas graduales que no ponen en peligro la estabilidad del régimen, la clase patronal libra una batalla encarnizada antes de hacer ninguna concesión. El sindicalismo ha hecho gimnasia de combate aplicando la violencia por los procedimientos que ha tenido a su alcance. Si ha repugnado ciertas manifestaciones, si tiene que abandonar determinados ensayos de violencia—acción individual—no es por vagos conceptos de humanitarismo, sino por la evidenciación de su ineficacia o por el hecho de que se troquen en contraproducentes.

El capitalismo ofrece una resistencia formidable a las exigencias del proletariado, y cuando la ocasión le parece propicia no vacila en poner en juego todo el rodaje de su mecanismo de represión para derrotar a la clase obrera.

El capitalismo y el proletariado están frente a frente; son dos clases opuestas que se disputan el dominio del mundo, del mismo modo que ayer estaban en la pelea la burguesía y la nobleza. El capitalismo tiene en sus manos un poderoso aparato de opresión —el Estado— por medio del cual opera para impedir que el proletariado le desplace del lugar que ocupa. El ca­pitalismo aniquilaría totalmente al proletariado para alejar así la sombra de su total hundimiento, si el ex­terminio de la clase trabajadora no trajera consigo la muerte del capitalismo. Este necesita del proletariado para existir. En cambio los obreros no necesitan del capitalismo. Antes al contrario, con su desaparición la sociedad podrá organizarse moralmente mejor y sin el derroche de energías humanas que ahora tiene que hacerse. El proletariado, pues, debe imponerse la obli­gación de apartar el capitalismo de su dominio económico y político. Ahora bien; este propósito puede intentarse o por medio de un proceso evolutivo o por medio de la Revolución.

El sindicalismo tiene señalado su camino: es revolucionario. Quiere ir al quebrantamiento del régimen imperante por un ataque intenso; pretende asaltar la fortaleza social por medio de la Revolución.

En la Revolución hay dos fases: el momento de convulsión y de hundimiento y la época de consolida­ción. Durante el primer instante, para socavar los cimientos capitalistas, para destruir toda la red y toda la complejidad de su aparato de dominación, la con­centración de la violencia debe llevarse al mayor grado posible. ¿Puede alguien creer que la burguesía abandonará de buen grado el poder, sabiendo que la pérdida de su prepotencia política significa a la vez la desaparición de su dominio económico? El ejemplo de la Revolución alemana, y el ejemplo de todas las Re­voluciones, es bastante concluyente. En el momento en que los cimientos capitalistas flaquean, la burguesía hace esfuerzos desesperados, atrayéndose así para librarse del naufragio toda aquella parte de la clase obrera que tiene aún un concepto de la continuidad de clases. Sus procedimientos de violencia no tienen límite cuando ve la proximidad de su desaparición. Biológicamente se concibe esto, tanto en el individuo como en la clase.

Acostumbrados a ver el desarrollo de las revolu­ciones políticas que en ocho días se resolvían, se ha formado el criterio equivocado de que la Revolución social era también casi instantánea. Pero el ejemplo de Rusia indica que es cuestión no de días, sino de años el aseguramiento total de la Revolución.

El capitalismo una vez hundido, no se resigna a perder la plaza que ocupaba. Todo el recuerdo de la pasada dominación, de su bienestar, de su poder, se agolpan en él y sus esfuerzos son entonces inauditos para intentar la reconquista. La concentración de la violencia proletaria —la dictadura del proletariado— es entonces imprescindible. A una fuerza hay que oponer otra; a la violencia de clase del capitalismo para recobrar su dominio, hay que oponer la violencia de clase del proletariado para mantener sus conquistas.

El capitalismo pierde de momento la supremacía de fuerzas, pero no todas las fuerzas. A su lado quedan las clases medias, los intelectuales, gran parte de los campesinos y aún una parte del propio proletariado, que educado en la escuela del reformismo, es hostil a la Revolución. Todas estas fuerzas, disgregadas un momento, no tardan en concitarse para hacer un es­fuerzo supremo. Rusia da una prueba brillante. Desde las sublevaciones de Kaledin, Korniloff, Dutow y Petliura, hasta las guerras de Judenicht, Kolchak, los checoslovacos, los ingleses en Murmania, Denikin, Wrangel, Polonia, Finlandia, etc., todo el período de la Revolución es una lucha formidable entre la clase desposeída y el proletariado. Este sólo podrá asegurar su triunfo por medio de la violencia organizada, por medio de la dictadura.

El sindicalismo conduce a la idealización de la dictadura proletaria. Nervio de él durante la fase anterior a la Revolución ha sido la violencia de clase, y no abandonará la piedra angular de su valor en los momentos difíciles en que haya que aniquilar en definitiva a la burguesía. Si se abandona el punto de vista de clase para caer en el punto de vista del interés general, se cae en la democracia, y nada tan lejos del sindicalismo como las ideas democráticas. Todo lo que es conveniente a la clase proletaria está dentro del círculo de la ética de la Revolución. No puede haber vagas concepciones de humanitarismo ni de piedad. Una Revolución no se hace con lágrimas y con súplicas. Cuesta torrentes de sangre y esfuerzos gigantescos. Contra la clase hundida, la dictadura más implacable hasta su desaparición total.

Los que creyéndose revolucionarios se oponen a la aceptación de la violencia organizada, son víctimas de frases y palabrería del ideario burgués. ¿Es que al día siguiente de la Revolución podrá dejarse que aparezca la prensa burguesa? ¿Es que no podrán expropiarse los inmuebles, los bancos, las tierras, las fábricas? ¿Es que no se podrán reprimir con mano de hierro los levantamientos contrarrevolucionarios? ¿Es que no se obligará al trabajo a todos los pa­rásitos? Y esto no se hará precisamente en nombre de la libertad en general, se llevará a cabo en nombre de la libertad de clase operando por medio de su potencia organizada. Y quien renuncie a la aceptación de esta imposición de la fuerza, ese estará bien en las filas de los anarquistas tolstoyanos, pero no podrá figurar en las avanzadas de la Revolución.

La finalidad de la doctrina revolucionaria es la des­trucción completa de las clases para pasar a un comu­nismo libre. Pero esto no se conseguirá en breve tiempo. Preciso será antes aniquilar la clase vencida por medio de la violencia organizada. Durante este período transitorio, durante la fase de lucha heroica de la Revolución, el proletariado necesitará tener ocupa­das las dos manos: con la una trabajará por el levantamiento de una nueva economía social y con la otra empuñará el revolver para impedir que la clase burgue­sa recobre el poder. La compasión y la blandura no pueden formar parte de la Revolución. El caso de la Revolución húngara, contribuyendo a su hundi­miento la debilidad en sus medios de represión, impo­ne el deber de prepararse para ser inexorable, para ser inflexible. La idea de organización de la violencia, esto es, la dictadura del proletariado, debe formar parte de todos los revolucionarios. Ella les dará la confianza en el triunfo total, a pesar de los embates furiosos de la clase lanzada del poder.

La burguesía ejerce su dictadura sobre la clase obrera. Todas las concesiones democráticas hechas no disminuyen absolutamente en nada el poderío bur­gués. Ella posee en sus manos un temible aparato de opresión, ella dispone de la propiedad de los medios de producción, intercambio y distribución, ella tiene a sus órdenes el formidable instrumento de la prensa con el que consigue extraviar la verdadera orientación de gran parte del proletariado, ella monopoliza la en­señanza por medio de la cual siembra los prejuicios e impide el libre vuelo de las conciencias. Para suprimir esta dictadura de clase, forzoso será una dictadura implacable de la clase oprimida. Hay que convencerse que el griterío de las trompetas sólo hizo caer las mu­rallas de Jericó. Pero el fuerte capitalista necesita un empuje mayor que el de la plaza de la leyenda bíblica.

Ahora bien, la dictadura de la clase obrera debe ser ejercida por toda la clase. No un partido que la lleve a cabo por encima de los sindicatos, los Consejos de Obreros, por encima de la clase obrera, sino que la clase toda debe tener una intervención completa crean­do si fuese necesario un órgano adecuado. Todo el proletariado sin excepción ha de tomar parte en las funciones de la sociedad comunista, tanto en las económicas, como en las ético-políticas, como en las de seguridad. Del mismo modo que el individuo con el sistema sindicalista no puede hurtarse a la producción, y con el régimen de los Consejos de Obreros forzosamente ha de tomar parte en el gobierno de la colectivi­dad, de igual modo ningún proletario puede eximirse de sus funciones de opresión contra la clase burguesa. La consigna para el sindicalismo debe ser: no dictadu­ra de un órgano especial de la clase obrera, sino dictadura de todo el proletariado contra la clase vencida.

El Estado y el sindicalismo

A Marx no le fue posible entrever una forma de organización proletaria sin la existencia del Estado. Discípulo él de Hegel, uno de los teóricos del Estado moderno, sus doctrinas se encuentran fuertemente influidas por la concepción estatista.

El socialismo de la II Internacional, basándose en las doctrinas de Marx, iba a la conquista del Estado. Esta marcha del socialismo se encontraba de completo acuerdo con las formas radicales del liberalismo bur­gués. Los unos querían un socialismo de Estado y los otros un capitalismo de Estado. Convergían en el mismo punto. ¿Dónde acababa el capitalismo y dónde empieza el socialismo? La evolución de la concentra­ción industrial, la unificación de trusts en el régimen capitalista conducía a la existencia de un solo patrón: el Estado. Y esto era lo que deseaban asimismo los socialistas. De modo, pues, que el socialismo no pensó ni por un momento en desprenderse del Estado. Era el eje en torno del cual giraba su doctrina. Sin el concepto de Estado el socialismo no tenía base, se hundía sin remedio. Constituía el armazón de toda su doctrina. Claro está que Marx y más que él, Engels, entreveían una época lejana en que el Estado «figuraría en los museos de antigüedades como la rueca y la hoz de bronce de los egipcios». Pero la social-democracia no se atenía para nada a esta apartada evolución.

El anarquismo hizo la crítica del Estado exponien­do la necesidad de su abolición, ya no en tiempos remotos, sino tan pronto como el proletariado arrojara a la burguesía del poder. Pero el anarquismo era solo una doctrina de crítica. No aportaba ninguna nueva forma de organización que hiciese posible la existencia social sin necesidad del Estado. Las ideas vagas de la comuna libre son completamente infantiles. Son fruto inmediato de una visión rural de la economía. Para que una ciudad como Barcelona, pongamos por caso, esté en plena actividad, se requiere una coordinación de relaciones ya no solo con toda España sino con todo el mundo. Barcelona necesitará productos alemanes, máquinas norteamericanas, lana de la Australia, especias del Asia, trigo de la Argentina, maderas del Canadá, pieles de Siberia, papel de Suecia, queso de Suiza, carbón inglés, etc., etc. No es posible la vida moderna sin una interrelación cada vez más in­tensa. Las doctrinas individualistas conducen, como ­es natural, a esa visión individual de la economía. Y ese individualismo casi siempre es hijo de los medios campesinos, nunca de la industria, cuya existencia no se concibe sin una interdependencia completa. Tolstoy, que ha sido uno de los mayores defensores de la comuna libre, no hacía sino interpretar fielmente el deseo de la gran masa campesina rusa, vegetando todavía en completo feudalismo. La idea de la no coor­dinación conduce fatalmente a la desarticulación eco­nómica y al retorno inmediato a la industria patriarcal. La vitalidad económica se acrece a medida que la in­terrelación es mayor.

Como consecuencia inmediata de la crítica del Estado formulada por el anarquismo y de la crítica del capital hecha por el marxismo, apareció en el estrado una nueva teoría social que además de unir la parte negativa del anarquismo y del socialismo llevaba en sí los gérmenes de una doctrina de construcción social, de edificación económica de la sociedad prole­taria, completamente nueva. Era el sindicalismo.

El socialismo buscaba en el Estado el órgano eco­nómico de la colectividad obrera. Esto era un error fundamental. Quería emplear un aparato construido por el capitalismo para realizar el socialismo. Un nuevo régimen social requiere una modificación de mecanismo. Los instrumentos que poseía el feudalismo no han sido empleados por el capitalismo. No eran adecuados. Por eso, apoyándose en Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Hegel, etc. la burguesía ha constituido un órgano especial que fuera apropiado a su dominación. Pero el capitalismo hasta la actualidad ha empleado el aparato de Estado no como órgano económico, sino como instrumento político, es decir, como arma pare el mantenimiento de su poder. La única diferencia respecto al Estado existente con el socialismo era que este quería hacer del Estado un órgano económico y político a la vez, en tanto que el capitalismo, hasta su fase presente, lo dejaba relegado a este segundo aspecto. Sin embargo, ya hemos visto cómo las formas modernas del capitalismo, el radicalismo burgués, tienden también a conceder al Estado esa doble función.

No bastaba rechazar el Estado como hizo el socia­lismo anárquico. Era preciso ofrecer una fórmula capaz de sustituirle. Y esto, precisamente, hizo el sin­dicalismo al presentar su organización sobre la base de la producción como medio capaz de sustituir al ré­gimen económico capitalista. El sindicalismo rechazaba el Estado como instrumento económico y exponía un nuevo sistema que en la sociedad proletaria sustituiría al aparato capitalista de producción, sin necesidad de recurrir al Estado como quería el socialismo.

El sindicalismo es una doctrina en formación. Na­ció ayer y no ha logrado aún dar una solución defini­tiva a todas las cuestiones que se presentan. Ha sido en su época de ayer sindicalismo militante, esto es, instrumento de lucha contra la sociedad capitalista. Además ha bosquejado la posibilidad de un nuevo régimen de producción. Ahora bien, procesos como el de la distribución e intercambio no ha logrado aún el sindicalismo darles una modalidad nueva y completamente satisfactoria hasta ahora. La Revolución rusa abre un ciclo enorme de experiencias que servirán para aquilatar las concepciones y para formular en definitiva una teoría sindicalista total.

El sindicalismo tampoco entrevió la fórmula de dominación política del proletariado. Rechazaba el Estado como aparato económico y político a la vez, pero no indicaba cual sería la forma en que el poder político de la clase trabajadora tendría que establecerse. La idea de la Revolución era una concepción vaga todavía. Se iba a la Revolución pero se ignoraba las formas que ella adoptaría. El hecho ruso ha proyectado la luz necesaria. No todas las directivas del socialismo de la II Internacional fueron unánimes, sin embargo, Lenin adoptó una posición intermedia entre el sindicalismo y el socialismo estatal. Para el teórico de la Revolución rusa, el Estado no era el órgano económico del proletariado sino únicamente el instrumento de opresión con el cual se impediría el levantamiento de la clase vencida. Esta era la concepción bolchevista del Estado antes de que se hiciese la Revolución. Pero a causa de la deficiencia de organización sindical que existía en Rusia, la Revolución dio una importancia excesiva a la idea marxista del Estado proletario. Se vio en la destrucción del Estado capitalista y en la erección del Estado de la clase obrera la panacea revolucionaria. El error de la Revolución ha sido grande al aceptar las directivas del socialismo de Estado. No teniendo el grado de desenvolvimiento industrial que poseen otros países de Europa, tal vez la orientación marcada era fatal, impulsada por la complejidad de circunstancias. Se ha levantado el Estado proletario. Pero la experiencia ha demostrado que si bien en el terreno político el aparato de opresión contra el capi­talismo era formidable, en la esfera económica su fracaso era palpable. La producción, la distribución y el intercambio comunistas no podían ser realizados por el Estado, pues no poseía capacidad para la misión económica. Para poner en marcha el mecanismo se requería un enjambre de burócratas que complicaban las relaciones y dificultaban la vida económica.

Después de la experiencia de la Revolución rusa el sindicalismo adquiere como doctrina de la producción en un régimen comunista una consagración definitiva. Incluso dentro del Partido comunista ruso se ha bosquejado claramente una tendencia hacia la fundamentación económica en el sindicalismo. El grupo de la «oposición obrera» de Kollontai y Schliapnikov y el mismo Bujarin defendieron en el Congreso de los Soviets de principios del año 1921 una orientación netamente sindicalista.

Pero si el Estado proletario fracasa en la ordena­ción económica comunista, como órgano de compul­sión para impedir la resurrección burguesa su triunfo es indiscutible. Si el capitalismo puede adquirir otra vez algo de vida en Rusia no será por la deficiencia del Estado como órgano de opresión sobre la clase desposeída, sino por su incapacidad como órgano de economía comunista.

Hemos visto anteriormente que la forma perfecta de régimen político del proletariado es el sistema federa­lista de los Consejos de Obreros. Pero aparte de la vida económica, que corresponde a la organización sindical, y de las funciones de dirección social, que pertenecen a los Consejos de Obreros, hasta que la clase burguesa haya desaparecido para siempre, se hace indispensable la organización de la dictadura de la clase obrera, es decir la coordinación de la violen­cia. No apellidemos Estado a esta conjunción de fuer­zas obreras para evitar equívocos. Llamémosle como queramos, puesto que el nombre es lo de menos: Di­gámosle «Organización», si se quiere. Pero la conclu­sión final es la misma: que momentáneamente tendrá que montarse un aparato de fuerza, expresión exacta de la voluntad de la clase, para asegurar la existencia del proletariado como dueño de lo que hasta el día de la Revolución había usufructuado el capitalismo. Habrá necesidad de constituir una guardia roja para aplastar la contrarrevolución, una organización de vigilancia para descubrir los manejos de la clase desposeída, un aparato de compulsión para evitar el parasitismo y para impedir los fraudes a la propiedad social. Todo esto, indispensable hasta que la clase enemiga haya sido aniquilada, constituirá el arma de dominación del proletariado. ¿Se quiere llamar a esto Estado, Organización, Comité de Salud Pública, Seguridad, etc.? Es lo mismo.

Anarquismo, socialismo y sindicalismo

Tanto el anarquismo como el socialismo son doc­trinas que pretendiendo adivinar los acontecimientos sufren con frecuencia grandes equivocaciones. Los hechos no suceden según una pauta mercada. Advie­nen condicionados por una infinidad de circunstancias. Hay un determinismo de causas que los fabricantes de hipótesis pretenden desconocer. La tormenta no toma un determinado curso porque un sabio en su gabinete lo haya indicado. De los hechos pueden sacarse de­ducciones, no dirigirlos. Encontramos en las doctrinas sociales las dos posiciones de la filosofía que desde la antigüedad vienen disputándose la hegemonía del pensamiento: idealismo o racionalismo de un lado, y em­pirismo de otro.

El marxismo con su doctrina de la interpretación económica de la historia, fue la aplicación del empi­rismo a la cuestión social. Pero lo cierto es que el socialismo, a medida que se iba impurificando, perdía este contacto con la realidad. El concepto de demo­cracia hacia el cual evolucionó el socialismo de la II Internacional no era otra cosa que el principio raciona­lista de Rousseau influyendo sobre la cuestión social. El socialismo se desnaturalizaba al admitir influencias filosóficas que estaban en evidente contradicción con la doctrina de la interpretación materialista. Los teóri­cos social-demócratas incurrieron, como era natural, en una infinidad de errores. Decía Sorel: «¿Cuántas veces los teóricos del socialismo han sido derrotados por la historia contemporánea? Ellos habían cons­truido magníficas fórmulas bien emparejadas, simé­tricas; pero no concordaban con los hechos; más bien que abandonar sus tesis, preferían declarar que los hechos, los más graves, eran simples anomalías, que la ciencia debía apartar para comprender verdaderamente el conjunto».

El sindicalismo, precisamente por su basamento empírico, por su fundamentación en los hechos, está más exento de caer en contradicciones.

El socialismo pretende que la Revolución tome una marcha que esté de acuerdo con la fórmula que él ha preestablecido. El anarquismo desea lo mismo. El sin­dicalismo no toma una posición dogmática; quiere atenerse a la realidad, pues lo posible es que la Revo­lución tome un rumbo no previsto. Si se lleva a cabo sujetándola a las directivas del socialismo democrático no se hace otra cosa que entronizar un capitalismo de Estado. El anarquismo carece de doctrina  económica, y por tanto como sistema puro no puede establecerse. El sindicalismo por sí solo, si no se am­plifica, sólo puede resolver el problema de la producción, el que está a la base de todos los demás, cierta­mente, pero en la economía hay todavía otros procesos y en la vida social una infinidad de problemas de orden político-moral.

La Revolución rusa evidencia cómo una síntesis armónica de las tres doctrinas puede realizarse consiguiéndose una interpretación exacta de la ordenación revolucionaria. Aceptamos del anarquismo la crítica de Estado como órgano político y económico de la sociedad proletaria. Recogemos del socialismo la críti­ca del Capital. Y con el sindicalismo levantamos una economía de base comunista. Además, el anarquismo nos ofrece su sentido moral, la visión para la humani­dad de un porvenir de bienestar posible y el concepto de federalismo y libertad aplicados a la vida administrativa y política de la sociedad. El socialismo nos da su orientación sobre la concentración económica y el desarrollo industrial y el aparato de fuerza de la clase para exterminar con mano de hierro el poderío y los intentos de resurrección de la clase vencida. El sindi­calismo proyecta su espíritu de violencia de clase y sustituye la vida económica del capitalismo por una nueva organización.

La idea del comunismo es completa. Pretender que su cristalización se realice de tal o cual modo es impo­sible. Su consolidación se verificará sin atender a dogmas e ideas rígidas. El hecho ruso indica claramente que un hermanamiento de anarquismo, sindicalismo y socialismo tiene una consistencia sólida para poder asegurar la revolución social de la clase trabajadora.

La huelga parcial

El sistema de huelgas parciales fue la base práctica del sindicalismo. Momentáneamente sobrevenía la ruptura entre patronos y obreros y la guerra quedaba declarada. El paro concertado ponía a prueba la po­tencia de organización de la clase obrera, les adies­traba en el combate, creando una moral de batalla e incubando un espíritu de solidaridad y de confianza en sí mismo. La huelga fue calificada de gimnasia revolucionaria. Las huelgas sistematizadas se convirtieron en eje de acción de la clase obrera. La agrupación de los trabajadores en los sindicatos manifestándose por medio de la violencia colectiva lograba imponer al patronaje condiciones que por un instante rompían el cerco de la ley de bronce de los salarios.

La burguesía no creía en la inminencia de su caída y manteniéndose en libre concurrencia no alcanzaba un grado de concentración que impidiera los asaltos del proletariado. Por otra parte, el Estado, aunque instrumento político del capitalismo, en los conflictos sociales tomaba más bien un papel de mediador, situándose entre los dos bandos contendientes y procurando dejar sentir su influencia para armonizar las discrepancias surgidas.

En los primeros momentos el capitalismo hizo una gran oposición a la huelga. Pero pronto se acostumbró a ella. Todo método de combate que se sistematiza pierde su eficacia, pues el atacado prepara una defensa conveniente para desvirtuar la eficacia del empuje. La innovación de táctica de lucha tiene un bri­llante resultado en los primeros tiempos, hasta que el enemigo logra darse cuenta dónde se halla el peligro para preparar adecuadamente la defensa. Esto ocurrió con la huelga parcial. Por un momento los obreros lograban conseguir un mejoramiento en los salarios. El patronaje elevaba el coste de las mercancías y al cabo de poco tiempo, el trabajador se encontraba en la misma situación de antes. La ley de bronce le atenaza­ba constantemente. Emprendía otro ataque, y si triun­faba, el capitalismo procedía a la misma operación. Era la tela de Penélope del régimen capitalista. De este modo jamás se hubiese logrado el hundimiento del régimen burgués.

Sin embargo, la huelga tuvo su valor. Se la consi­deraba como un episodio de la Gran Huelga que se entablaría un día, derrumbándose merced a ella todo el andamiaje del poder capitalista. Se elevó la idea de la Huelga General a la categoría de «mito».

Pero desde la guerra la correlación de fuerzas sociales ha experimentado una honda transformación en todo el mundo. El capitalismo, viéndose en inmi­nente peligro, de súbito ha modificado su posición y esto ha traído como consecuencia natural una reper­cusión extraordinaria sobre el proletariado, creando la necesidad de proceder a una variación de instrumentos de lucha y de modos de organización.

Georges Sorel, el teórico del sindicalismo, en esta como en otras cuestiones, tuvo una intuición genial.

En 1905, al referirse a la relativa facilidad con que se obtenían las conquistas graduales sin que la burguesía pusiera una resistencia encarnizada para impedirlo, decía que este espíritu que animaba entonces al capitalismo podría modificarse profundamente si se producían dos acontecimientos: una gran guerra extranjera que podría intensificar las energías y que llevaría, sin duda, al poder a hombres con voluntad de gobernar; o una gran extensión de la violencia proletaria que hiciera ver a los burgueses la realidad revolucionaria. Ambos han sobrevenido. La guerra imperialista ha hecho que el capitalismo llevara a regir los destinos de sus Estados a los hombres más calificados que posee. Así vemos que en casi todos los países hombres de extracción socialista como Lloyd George en Inglaterra, Branting en Suecia, Bonomi en Italia, los socialistas en Alemania y Austria, son los que hoy montan la guardia de los intereses capitalistas. La Revolución rusa, por su parte, ha infundido el pánico en la burguesía internacional, que delante de la posibili­dad de su rápido hundimiento, ha formado en cuadro, estrechándose entre sí fuertemente y formando un todo completo con los Estados.

Con rapidez pasmosa ha variado totalmente la po­sición del capitalismo. El proletariado, no dándose cuenta inmediata de la transformación experimentada, ha sufrido serias derrotas. Los mineros ingleses lle­varon a cabo una huelga que duró cerca de tres meses y salieron derrotados. Los obreros del ramo textil del norte de Francia sostuvieron durante varias semanas un conflicto de gran importancia y fueron vencidos a la postre. En España, las tres últimas huelgas impor­tantes habidas, la de los mineros de Riotinto, la de los transportes y la de los metalúrgicos de Barcelona, fueron asimismo tres descalabros. Hoy ha cesado casi en absoluto el movimiento huelguístico en todas par­tes. Conflicto de importancia que se plantee, su de­rrota está descontada. ¿Qué ha ocurrido? ¿Es que ha disminuido el empuje de la clase trabajadora?

No. Ha sido el capitalismo el que viéndose durante el año 1919 seriamente amenazado de muerte en toda Europa, ha reaccionado vivamente cohesionándose entre sí y consolidándose a la vez con el Estado. En la actualidad, la lucha ya no es contra la burguesía sino contra el Estado contra quien hay que dirigirla. No hay movimiento que no devenga en un combate contra el poder político del capitalismo. El Estado ha empleado su aparato de opresión haciéndole intervenir en todos los conflictos sociales. Ha montado sus guardias cívicas, somatenes, «acción ciudadana», bandas de asesinos, etc. El ejército interviene en los menores movimientos. Dado el engranaje de la vida  económica contemporánea todo conflicto planteado puede transformarse en revolucionario. De ahí que el Estado ponga todos los recursos que están a su alcance para sofocarlo desde el primer momento.

La burguesía al darse cuenta de la fuerza enorme que con esta variación ha conseguido, ha adquirido una insolencia que solo tiene precedentes en la primera época del desarrollo del maquinismo. Se burla de las conquistas que anteriormente obtuviera la clase trabajadora, implantando las condiciones que le parecen, volviendo a imperar con su absolutismo en el dominio de la producción. Este hecho es general en todo el mundo; el proletariado ha tenido que pasar a la defensiva, sufriendo en su batida en retirada sensibles pérdidas. El desaliento ha cundido en gran parte, y en todos los países se nota un gran decrecimiento en los efectivos de los sindicatos.

El capitalismo, que había incubado las ideas del liberalismo dando vida a la doctrina de la democracia, se sitúa en planos de una absorbente y brutal dictadura de clase. Una gran solidaridad internacional ha surgido en él. Ve la amenaza para todo el sistema si un grupo nacional es atacado y derrotado. La intervención en Hungría y Rusia, la constitución de la Liga de las Naciones y la Conferencia de Washington revelan claramente este aunamiento capitalista.

Si el proletariado no quiere entrar en una fase de impotencia ha de erguirse con energía redoblada, de­lante de las fuerzas burguesas. Pero esto no basta. Ha de condicionar sus métodos de lucha al cambio que se ha producido. Así como el capitalismo, él también ha de buscar un grado de concentración que le haga posible defenderse en la batalla y aun emprender el ataque. Además, la dirección de su acción ha de variar. La lucha contra el burgués en particular no tiene ya ningún resultado. Ha de ser dirigida contra el agrupamiento total de la burguesía: contra el Estado. Toda escaramuza llevada en la forma antigua no tendrá otro resultado que un desgaste inútil de energías y la incubación de una moral de derrota. No hay más que una lucha posible: la Revolución. El combate ha de ser de toda una clase contra la otra; la guerra implacable por la destrucción de todo el poder político-económico de la burguesía. Pero esta estrategia, impuesta por la transformación que se ha producido, impone una va­riación asimismo en la manera de organizar los cua­dros de los combatientes. El sistema de las falanges macedónicas no hubiese servido para las guerras en que intervenía la artillería.

La Huelga General

La Huelga General, como instrumento revoluciona­rio, fue propagada por el sindicalismo francés. La Huelga General fue una invención maravillosa. Se constituía en piedra de toque de la sociedad capitalista que evidenciaba la pobreza de sus fundamentos al ve­rificarse el paro total de las fuerzas productoras. La Huelga General abría momentáneamente un abismo delante del capitalismo, quien presenciaba aterrado la posibilidad de un definitivo hundimiento. Por eso So­rel hizo de la Huelga General el mito revolucionario. Creía que la fe en ella llevaría consigo una prepara­ción tal del proletariado que a la postre conseguiría el triunfo de la Revolución social. Pero la burguesía salió muy pronto de esta inquietud.

Frente al peligro creó una defensa para evitar su caída. La Huelga General era el principio de su desas­tre. Por eso procuró contrarrestar la violencia de su ataque. La naturaleza levanta una defensa cuando se amenaza la existencia de los seres vivos. Es una reacción natural. La enfermedad origina una fuerza contraria que se opone a la tendencia destructora. Y esto que ocurre en los dominios de la biología pasa también en la sociedad. La Huelga General apareció como el fermento que haciendo presa en el cuerpo del capitalismo había de dar al traste con él. En aquellos primeros momentos era efectivamente el medio apro­piado para provocar un derrumbamiento completo. Pero luego perdió la oportunidad, y al cabo de poco tiempo la burguesía pudo vivir satisfecha viendo que había logrado destruir el arma revolucionaria que re­presentaba la Huelga General. Desaparecido el pánico de los primeros momentos, supo rehacerse y oponer medios de defensa.

La Huelga General es el paro total de la produc­ción. Pero los burgueses que apenas trabajan, en un caso así ponen a prueba todas sus energías. Mueven los transportes, la maquinaria más indispensable, fabrican lo más necesario y salen del apuro. Por lo tanto la producción no se paraliza del todo. Además, los Estados en tiempos de paz van preparando al ejército para obligarle a reemplazar a los huelga-generalislas. Así entrenan cuerpos de ferrocarriles, telégrafos, electricistas, panaderos, etc. Y luego, aparte, los sindicatos amarillos, las ligas cívicas, etc. salen a la palestra en el momento en que el buen orden burgués lo exige.

Los preconizadores de la Huelga General no pu­dieron prever la forma en que el capitalismo lograría oponerse. Briand se creía que el soldado se pasaría inmediatamente a las masas huelguistas. Mas la reali­dad ha sido muy otra. El soldado ha ido acostum­brándose a ejercer de esquirol. Cuando los regimien­tos no han sabido rebelarse para acabar la guerra, mucho más difícil es que se logre su alzamiento con motivo de una lucha de clases. Por otra parte hay que tener en cuenta que al venir las dificultades económi­cas con motivo de la Huelga General los primeros que experimentan las consecuencias no serán precisamente los burgueses. El pan falta antes en el hogar del tra­bajador que no en el del capitalista.

Todo cuanto pueda decirse del valor moral de la Huelga General en la actualidad es palabrería más o menos anticuada. El trabajador no tiene simpatía por el paro. Claro que ve en él una magnífica coordinación de solidaridad, pero esto no es todo precisamente. En ensayos de Huelga General nos pasaríamos el tiempo y la Revolución estaría sin venir.

La Huelga General como instrumento revoluciona­rio ha fracasado. Por este medio no se ha logrado el derrocamiento de ningún Estado burgués. Ni la Commune, ni el triunfo de la Revolución rusa y de la de Hungría se obtuvieron con ella. Se ha dicho que las Huelgas Generales eran las maniobras de la acción decisiva. Podrá ser así, pero lo cierto es que ha pa­sado ya la época de hacer ensayos y maniobras. Es tiempo de abandonar los simulacros para pasar al terreno de lo positivo.

La Huelga General ha devenido solamente en medio de protesta. Así lo indicaba acertadamente Trotski en su «Carta a un sindicalista francés». Como acto de protesta tiene una importancia formidable. Como for­jador de la Revolución carece de valor, actualmente. Se ha dado excesivo tiempo al capitalismo para que pudiese prevenirse contra sus efectos. El Estado toma una intervención directa con todo su aparato represivo y la Huelga General pacífica fracasa inevitablemente.

Hay más todavía. Una Revolución social es hija de una acción común de las masas del campo y de la ciudad. El sindicalismo revolucionario, hijo de los me­dios industriales, no se ha dado cuenta del enorme papel que el campo desempeña en la Revolución, sobre todo en países en donde la industria no tiene un gran predominio sobre la agricultura. El campesino contribuye a ganar la Revolución y sin él no puede sostenerse más tarde. En los países de atraso industrial como España, si el campo no se incorpora a la Revolución, el fracaso de ésta, como se dio en Hun­gría, es inevitable. Y al campesino la Huelga General no le dice nada. Lo que él quiere es apoderarse de la tierra y libertarse de las trabas del Estado, no perma­necer sin trabajar.

Si la experiencia demuestra que la Huelga General no puede conseguir la ruina del actual régimen social, hay que buscar otro instrumento contra el cual no haya tenido aún ocasión de prepararse. La Revolución rusa nos ha enseñado cuál es este medio: el asalto ge­neral a todos los reductos del capitalismo y la insurrec­ción armada. En vez de Huelga General, Trabajo Ge­neral; es decir, asalto de las fábricas, de los talleres, de las minas, de los bancos, de las casas, de la ferrovía, de los almacenes, de la tierra.

El patrono no tiene miedo a aquellos movimientos cuyo fundamento es el respeto a la propiedad de los instrumentos de trabajo. Desde el momento en que el trabajador abandona la fábrica es que renuncia a su posesión; reconoce un propietario. Los obreros no deben abandonar su trabajo, han de constituirse en los únicos usufructuarios de lo que tienen entre manos. La fórmula de Asalto General adquiere entonces una simpatía unánime. En caso de Huelga hay que contar con las dificultades del huelguista, y con la influencia depresiva que ejerce sobre él una familia con necesi­dades no satisfechas. Con el Asalto General esta dificultad desaparece del todo. El trabajador tiene a su disposición medios suficientes para resistir indefinida­mente. En cambio el capitalista se encuentra entonces sitiado por todas partes.

La Huelga General obliga a que la lucha se haga en la calle; el trabajador se encuentra, pues, sin fuertes donde guarecerse para atacar. Sólo puede ofrecer su energía individual sin encontrar más murallas que las que ofrecen los pechos de los demás huelguistas. Con el Asalto General no ocurre así; desde la fábrica, la mina o la tierra, se defiende o se ataca. Se convierte en una fortaleza inexpugnable en donde los operarios se hacen irreductibles.

Un movimiento de Asalto General, si no fuera acompañado de la insurrección armada, lograda mediante la descomposición de las fuerzas proletarias puestas al servicio del capitalismo, a la larga se hun­diría también. El soldado ha de incorporarse con los hombres de la fábrica, del taller y de la tierra. Lograr que esto sea posible, hacer la preparación adecuada, corresponderá una organización de combate de la que hablaremos más adelante.

La revolución y los campesinos

La Revolución social que subvierta el actual orden de cosas tiene que ser hija de un movimiento total de masas, hemos dicho antes. La ideología revoluciona­ria se ha concentrado principalmente en las aglome­raciones proletarias, dejando descuidado el campo, como si su intervención en la lucha social fuese secundaría. Mas la luz de los acontecimientos sobrevenidos ha puesto de manifiesto el papel que el campo juega en el desarrollo de las revoluciones.

La vida económica de un pueblo depende de la re­gularidad de circulación entre los centros productores de materias primas y los centros transformadores, entre la Agricultura y la Industria, principalmente. Por eso se había dicho que al proletariado industrial incum­bía ganar la Revolución y al campesino el sostenerla. Esto es verdad, pero aún debe ampliarse más la esfera de acción y la importancia de los trabajadores de la tie­rra. Ellos han de contribuir también a ganar la Revo­lución. Un movimiento general de masas no ha de quedar limitado a la ciudad; ha de abarcar todo el país. El Estado capitalista ha de sentir flaquear todos sus fundamentos, a derecha e izquierda ha de encontrar el espíritu de insurrección y de hostilidad.

Para que el campesino se subleve es necesario que él vea una satisfacción inmediata en la Revolución. Las masas se lanzan a la pelea de un modo preponde­rante por estímulos materiales. En un país como España, de gran predominio agrícola, si la Revolución triunfara por un empuje del proletariado industrial, e inmediatamente el campesino no palpara los resultados beneficiosos, la reacción no tardaría en volver a asaltar el poder. Es el caso de la Hungría comunista. For­mado el poder soviético al dimisionar Karoly, con el propósito de llevar el comunismo a la tierra, Bela Kun se abstuvo de distribuir las tierras entre los siervos de las grandes propiedades. Naturalmente, al campesino no le decía nada tal revolución. Su espíritu de descontento fue manifestándose ostensiblemente; el conflicto entre el campo y la ciudad fue agravándose y a los ejér­citos de Rumania y a los guardias blancos, no encon­trando la oposición del campo, les fue fácil invadir todo el país asestando una puñalada postrera a aquella República proletaria tan fugaz corno heroica. Si inmediatamente que el poder estuvo en manos de los trabajadores se hubiera dado la orden de asalto general de las propiedades territoriales el campesino hubiese formado la alambrada protectora de la Revolución.

Los bolcheviques, con una visión acertada de los acontecimientos y conocedores de la psicología de las masas campesinas, levantaron la bandera de “Tierra” antes de asaltar el poder. Toda la Rusia agraria fue tras de ellos. Dueños de la Revolución, las tierras fueron distribuidas en gran parte, en seguida. El campesino comprendió que el sostenimiento de un régimen tal iba ligado a su posesión de la tierra. Y él ha sido el héroe formidable que ha derrotado en todos los frentes a las tropas asalariadas del capitalismo. Aun no satisfecho del todo del sistema bolchevique, dado que la guerra obligaba a la requisa, y los sacrificios se sucedían unos a otros, ha visto bien a las claras el campesino ruso que la caída de los Soviets representaría el nuevo entronizamiento de los antiguos señores feudales y su vuelta a la condición de miserable siervo. Trotsky nos decía, en una conversación, que las guerras de la Revolución se debían principalmente a los ataques por la retaguardia. Con esta frase gráfica quería indicar la hostilidad que manifestaban por los invasores las regiones que fueron ocupadas por los ejércitos de la reacción. Si la masa campesina no hu­biese visto en la Revolución la garantía de una trans­formación que le afectaba directamente, el poder soviético no hubiese durado más allá de unas se­manas.

Ahora bien, existe una contradicción fundamental entre una Revolución social que quiere implantar el comunismo, y el reparto de las tierras para unir al campesino a los destinos de la causa revolucionaria. La Revolución social proletaria se hace para abolir la propiedad y, en cambio, en el campo se establece la pequeña propiedad. Pero las cosas son como son y no como desearíamos. España, como Rusia y como gran parte de la Europa oriental, está todavía en la cuestión agraria en completo feudalismo. Y fatalmente han de aparecer dos tipos de Revolución diferentes: una proletaria en la ciudad, y una burguesa en el campo. El valor de los revolucionarios consistirá, una vez hecha la Revolución, en acelerar el proceso de transforma­ción agraria para llevar por medio de una evolución rápida, el campo, de la forma de propiedad individual, al comunismo.

Se comprende por este hecho que la dirección de la Revolución debe estar constantemente en manos del proletariado — dictadura del proletariado — para evitar que lo que debe ser una etapa transitoria, es decir, la propiedad campesina, no se convierta en un hecho consumado. Si el poder o dirección de la Revolución cayera en manos de los campesinos trocados en pro­pietarios, con su mentalidad pequeño burguesa, a no tardar se consumaría el triunfo de una república demo­crática que basándose en el reconocimiento de la pro­piedad, alejaría el comunismo para tiempos remotos.

El malestar del proletariado industrial se ha polari­zado y no ve otra solución que un movimiento revolu­cionario que abata el régimen político y económico del capitalismo. En el campo hay asimismo una gran inquietud. Ahora lo que urge es organizar este des­contento para que cristalice en un movimiento coincidente con la insurrección armada del proletariado. Hay cada día manifestaciones esporádicas de la tra­gedia en que viven los habitantes del terruño. Ningún país de Europa tiene un parecido tan grande a la an­tigua Rusia en su forma de ordenación agraria como España. Las tres cuartas partes del suelo nacional están en pleno periodo feudal aún. Hasta ahora ha podido impedirse una explosión general, mediante la corriente emigratoria al extranjero que ascendía a cerca de un millón de hombres anualmente y con la proletarización de gran número de campesinos que iban del campo a la ciudad. Hoy ha empezado la inmi­gración hacia el campo. La crisis económica, la debacle capitalista en todas las partes del mundo rechaza a millones y millones de trabajadores que tienen que volver al campo. Alemania podrá mandar su excedente de población a Rusia, el Japón al Asia oriental, Ingla­terra, a las colonias. España encuentra cerrados sus mercados de carne humana: Norte y Sud América y Francia. La población crecerá rápidamente y con ella la necesidad de destruir las bases en que descansa el actual régimen agrario. La época de la Revolución campesina sobrevendrá de un modo ineludible. Si el capitalismo no inventa el medio de exterminar un millón de españoles cada año, con la precisión de lo inexora­ble, el momento del parto se presentará.

Para los revolucionarios —y revolucionario quiere decir poseer, además de un gran temple combativo, una intuición capaz de percibir las relaciones de las cosas y la coordinación de los hechos— se presenta una gran tarea: aprovechar el malestar campesino para darle un cauce que se hermane con el espíritu del proletariado a fin de que la llamarada revoluciona­ria arda en la misma hora en todos los rincones de la nación. Una manifestación de malestar que no fuera canalizada convenientemente podría llevar las masas agrarias al reformismo. Por esto se comprende que la obra de preparación revolucionaria siendo ardua y requiriendo una gran inteligencia, necesita ser preparada en los laboratorios revolucionarios por un instrumento apropiado: la organización de combate.

Sindicalismo y terrorismo

El sindicalismo ha idealizado la violencia de clase cuando se ha dado cuenta de que únicamente por la imposición colectiva era posible vencer las fuerzas capitalistas. La violencia de clase ha tenido sus manifestaciones en las huelgas, principalmente. Pero el capitalismo por un proceso elemental de defensa biológica ha concentrado de tal manera sus recursos económicos y políticos que las huelgas, a pesar de un formidable esfuerzo de la clase obrera, fracasaban la mayor parte de las veces, en los últimos tiempos. La tendencia a la manifestación de la violencia degeneró entonces, siendo, sobre todo en España, en donde de un modo más intenso se evidenció esta traslación. Surgió el terrorismo, esto es la violencia individual. Momentáneamente la variación de táctica lleva el desconcierto a las filas burguesas y los resultados son sorprendentes. Pero el capitalismo no tarda en reafirmarse y emprender la contraofensiva.

La violencia individual acaba siempre por fracasar. Los mayores heroísmos, los sacrificios más grandes tienen una eficacia escasísima. Las masas no intervie­nen en la pelea, se desentrenan y cuando sobreviene el fracaso, siempre inevitable, el pesimismo hace presa en ellas. No hay nada peor para la moral de un ejército, que su derrota sobrevenga sin tomar parte en el combate.

El ejercicio del terrorismo en Rusia antes de la Revolución abocó a las masas al escepticismo, y a los mili­tantes a la desesperación.

El terrorismo no es aceptable como sistema, no porque los que son víctimas de él nos produzcan com­pasión, no. Sino por la refracción de sus manifesta­ciones y porque paraliza las acciones de masa. El mal no está en que caigan uno, dos, veinte, cien represen­tantes del capitalismo, sino en que no se logre abatir­los todos de vez. Casi siempre el terrorismo equivoca la puntería; va dirigido a los brazos en vez de ir derecho a la cabeza. Un gobernador es un instrumento del Estado. Si desaparece por un acto de terrorismo, otro le sustituirá inmediatamente. Los patronos individualmente no tienen ninguna importancia. Es la concentra­ción de patronos operando por medio del Estado la que domina e impone su voluntad.

Hasta antes de la guerra el Estado y la clase pa­tronal no se habían unificado en absoluto. Hoy sí, son una misma cosa. Y el esfuerzo de la clase obrera ha de ir dirigido contra el Estado, que al fin y al cabo no es otra cosa que la concentración del poder capitalista.

La acción individual, sobre no tener consecuencias definitivas, de rechazo hiere al propio proletariado. El capitalismo dispone de su aparato de fuerza y vigilancia, de la riqueza y del amor a la vida. Sería imbécil creer que no ha de contestar a los ataques que se le dirijan en forma individual. Su ferocidad llega al paroxismo.

El único terrorismo que tiene consecuencias favorables es la acción de masas. Delante de la coalición de trabajadores, el capitalismo tiene probabilidades de experimentar un serio desastre. Y si el fracaso sobreviene para la clase trabajadora, se diluye entre todos, y el espíritu vivificador enardece de nuevo las energías reapareciendo otra vez el espíritu de la batalla y la sed del triunfo final.

Terrorismo y sindicalismo son incompatibles. El sindicalismo tiene su fundamentación doctrinal en el materialismo histórico; cree que la cuestión económica es el eje de la vida social. Si la acción sale de la esfera que abraza su doctrina para caer en el terrorismo, renuncia automáticamente a la ideología que constituye su fortaleza. Para el sindicalismo no son los hombres y las doctrinas lo que hay que combatir, principalmente, sino los hechos. De lo que se trata más bien que de ejecutar unos cuantos bandidos del capitalismo, es de destruir el sistema capitalista, cosa que solamente podrá lograrse por un movimiento revolucionario, es decir, por una acción de masas, de la mayor amplitud posible.

Además, el terrorismo es la negación absoluta de la acción directa, que es la táctica preconizada por el sindicalismo revolucionario. Acción directa quiere de­cir intervención constante de toda la masa en las lu­chas sociales. Que sea el proletariado en total el que intervenga en la guerra contra el capitalismo. Por me­dio de esta gimnasia revolucionaria, la clase trabaja­dora adquiere los hábitos del combate y deviene en un ejército cuyo espíritu es propicio a entablar la pelea en cualquier momento. La acción individual viene a ser como una delegación de la masa para que la batalla no se lleve a cabo entre todas las fuerzas, sino solamente entre un grupo de seleccionados y el enemigo. Naturalmente, el grueso del ejército obrero queda sin combatir, pero esto no impide que caiga sobre él un formidable ataque del capitalismo. La desmoralización cunde y sobreviene el desfallecimiento.

El terrorismo individual a la postre es siempre ineficaz. No tiene fuerza procreadora. Es sólo una mas­turbación de energías.

Contra el poder omnímodo del capitalismo coaligado nacional e internacionalmente, se impone una tác­tica de acción de masas que rompa el cuadro estrecho de las fronteras nacionales para devenir en una acción internacional de conjunto. De otro modo, en una acción de guerrillas o en el ataque individual, la ventaja del enemigo será siempre extraordinaria.

La organización de combate

Si el sindicalismo no tuviese otra finalidad que la de ir arrancando poco a poco pequeñas mejoras al capitalismo, su organización y sus métodos de lucha podrían pasarse sin experimentar una gran modifica­ción. Pero el sindicalismo es una doctrina revolucionaria que repugna a la posibilidad de que el mundo capitalista pueda subsistir por mucho tiempo. Por eso ha de ajustarse a las modalidades que requiere la moderna estrategia revolucionaria.

La época anterior a la guerra, el período de la II Internacional, ha sido la fase de crítica del capitalismo. Se han analizado todas las diversas manifesta­ciones de la actividad burguesa, y el proletariado ha adquirido la firmeza doctrinal de que ha de operarse un cambio profundo en la sociedad que eleve a la clase trabajadora a regir los destinos del mundo. El hecho ruso es la primera manifestación del paso de la idea a la acción. Ha nacido el momento de dejar el terreno de la discusión teórica para pasar al de las realizaciones prácticas. Ya no más literatura de crítica demostrando la necesidad de la Revolución. Después de la guerra imperialista, está suficientemente evidenciado que el ca­pitalismo, habiendo ya cumplido su misión histórica, se ha convertido en rémora para el ulterior desenvolvi­miento social. Hay que extirparlo; hay que reempla­zarlo por un régimen social diferente. Los momentos actuales han de trocarse en instantes de acción revolu­cionaria para acelerar el proceso del definitivo hundi­miento del capitalismo. Y las directivas del sindicalis­mo han de condicionarse de modo que concuerden con esta finalidad. Si se perdiera de vista que el objetivo único es la Revolución, realizada a breve plazo, nos extraviaríamos nuevamente en un sistema de organi­zación y de lucha social que esterilizaría el arma com­bativa consintiendo el reafirmamiento capitalista. O reformismo con todas sus consecuencias o Revolución inmediata: no hay otro dilema. Quien tenga espíritu revolucionario, quien anhele subvertir todo el orden social existente no puede vacilar un momento.

La experiencia de las revoluciones indica que son siempre hijas de un movimiento de masas. En la revo­lución intervienen dos factores importantes: las masas y los militantes. Si uno de los dos falta, la Revolución no triunfa. Las masas tienen un valor potencial formi­dable, pero dentro de ellas ha de haber fuertes individualidades para entrenarlas a la acción, para impul­sarlas a la batalla. Por sí solas se angostarían en explosiones de rebeldía que serían fácilmente reprimi­das por el aparato del Estado capitalista. En cambio, un puñado de hombres audaces sin el grueso del ejér­cito, sin las masas, se inutilizarían sin lograr resultado satisfactorio. Ambos, masas y minorías actuantes, se complementan. Los militantes son la levadura revolucionaria; son el espíritu dentro de la masa, el alma de la masa.

Hay extendido cierto fatalismo, hijo de la fórmula que diera Marx de la concentración capitalista, que cree que la Revolución surgirá por sí sola. Se oye decir con frecuencia: «¡Cuando la Revolución venga!» No. Las revoluciones no vienen por sí solas; hay que forjarlas. Se presentan momentos oportunos para de­terminar la explosión, pero se requiere tener prepa­rado el aparato revolucionario, poseer un espíritu audaz y lanzarse con ímpetu a la acción en la cir­cunstancia precisa. Esta preparación revolucionaria y la determinación del instante apropiado para lanzarse al asalto definitivo no corresponden a las masas. Es­tas tienen un instinto combativo aprovechable, pero no una capacidad de organización revolucionaria. Esta labor corresponde a los militantes, a las minorías ac­tuantes. Una Revolución en su fase de asalto, es un problema matemático. Se trata de superar una fuerza mediante otra fuerza. Si el capitalismo posee una po­tencia de resistencia que consideraremos por 4 y el proletariado revolucionario sólo alcanza por 3, la Revolución fracasa. Precisa, pues, adquirir un grado de fortaleza que pueda superar al enemigo. El capitalismo en su lucha contra el proletariado busca su superioridad atrayéndose fuerzas obreras o neutralizando de­terminadas zonas de la clase trabajadora. El proleta­riado ha de seguir una táctica parecida, ha de tender a inutilizar las fuerzas capitalistas y aun atraerlas hacia sí. Las revoluciones hoy no triunfan si no es por medio de la insurrección armada, esto es, por la transformación de las fuerzas de que dispone el capitalis­mo, en enemigas de él.

Hemos visto anteriormente cómo la concentración burguesa en torno del Estado se ha hecho general en todas partes. No hay otra lucha revolucionaria hoy día que la que se lleva a cabo por la descomposición de las fuerzas que sostienen el Estado. Toda la energía revolucionaria debe ir encaminada a este fin. Para ello se requiere una cohesión orgánica de los militantes. Se hace imperiosa una unificación de todas las indivi­dualidades revolucionarias en un haz apretado, que pueda llevar una acción subterránea de conjunto. En tiempos de paz es posible vivir con una gran relajación de vínculos. La preparación para la guerra y la guerra misma no consienten esto. Se impone un plan unifi­cado para que la ofensiva no se realice de un modo desarticulado. No es lo mismo la fuerza de siete indi­viduos separados, que la de todos juntos. No hay que perder de vista el valor de la unificación de esfuerzos.

La división de los revolucionarios en la época actual sobre las decisiones que tendrá que seguir la Revolución así que obtenga su triunfo, es profundamen­te incomprensible. Es pueril creer que la Revolución tomará una u otra marcha porque lo digamos ahora nos­otros. Sería tanto como que un Congreso de sabios determinara que la luna dejara de dar vueltas alrededor de la Tierra. Los hombres y las ideas son juguetes de los grandes acontecimientos. Las revoluciones son creadoras por sí mismas y la dirección que emprenden depende de la complejidad de circunstancias que se presentan en su desarrollo y que nadie puede prever con anterioridad. La Revolución será como sea. Es inútil que nos afanemos en querer que sea de un modo o de otro. Todo el tiempo que gastemos en discutir esto será perdido en la preparación. No es hora esta para gastar saliva: es instante de acción.

Hay un común denominador que ha de unir a todos los revolucionarios: la Revolución. Ya discutiremos cuando la tengamos en las manos si es conveniente que siga ésta o aquella norma, que, por otra parte, los hechos mismos se encargarán de señalar.

Hay que crear una unión de combate, una liga de revolucionarios, estableciendo una cohesión de todos los elementos que quieran arrojar su corazón al fuego de las tormentas revolucionarias. Una organización clandestina tal, operando dentro de las masas, iría en­trenándolas para que estuvieran dispuestas en los momentos propicios, además de entregarse a la labor de propaganda y de descomposición de las fuerzas que sostienen él régimen burgués. La Revolución no se hará por sí misma; hay que incubarla por medio de una labor sistemática llevada a cabo por los hombres de temple.

España es uno de los países del mundo que tiene más espíritu combativo. Las masas tienen gestos de rebeldía momentánea, pero no son persistentes. Esta psicología especial de la clase obrera española ha de tenerla en cuenta el revolucionario para saber aprove­char los instantes precisos. Hay que formar una legión de revolucionarios; hay que crear la Escuela de la Re­volución. No basta tener audacia, ser rebelde; hay que ser revolucionarios por sistema, revolucionarios profe­sionales, según la frase de Lenin.  Y para esta prepara­ción rápida de hombres y para traducir inmediatamente en una realidad el ansia general de las masas, urge que pongamos manos a la obra en la formación de los laboratorios revolucionarios.

La técnica revolucionaria

Acostumbrados al estruendo de las revoluciones políticas que en pocos días, y aún en horas, introdu­cían ciertas modificaciones en el régimen directivo de los Estados capitalistas, nos hemos formado una con­cepción equivocada de la Revolución social; hemos creído que era también cuestión de dar el «golpe». Sin embargo, la Revolución que tiene que llevar a cabo la clase trabajadora difiere en gran manera de las que los partidos burgueses realizaron durante el pasado siglo. Como dijo Liebknecht, la revolución proletaria será un largo malestar.

En la Revolución social hay tres momentos bien delimitados: la gestación, el momento de asalto y la consolidación. Para cada uno de ellos el proleta­riado ha de tener una norma de acción. Después de la Revolución francesa del siglo XVIII, la Commune, y las Revoluciones de Alemania, Hungría y Rusia, la incu­bación y la explosión revolucionarias casi pueden su­jetarse a principios científicos. Es verdad que siempre surgen nuevas modalidades, pero ciertas circunstan­cias presentadas en el desarrollo de las anteriores re­voluciones indefectiblemente concurrirán asimismo en los procesos de todos los hechos revolucionarios que aparezcan en lo sucesivo.

En el siglo pasado las formas de organización revolucionaria eran el club y la sociedad secreta, principalmente. La transcendencia de las revoluciones políticas era escasa y por eso la resistencia que se encontraba para consumar el asalto no era extraordi­naria. Hoy ha cambiado totalmente: es todo un mundo económico, político y moral el que hay que derrocar; es toda una clase la que ha de ser desplazada del lugar que ocupa. Para esta labor el esfuerzo ha de ser titá­nico. Una pequeña legión de héroes nada conseguiría. La Revolución social ha de ser obra de un movimiento insurreccional de la mayoría de la clase trabajadora. Sin una movilización general de masas, sus destinos estarían condenados al fracaso.

Las masas han de estar encuadradas en una organización determinada para que las organizaciones de combate —las minorías actuantes— puedan ejercer su influjo sobre ellas. El sindicato, el Consejo de obreros, el partido, la cooperativa, etc. son formas de organización obrera que pueden desempeñar un papel magnífico en la Revolución. A la Iglesia le ha sido po­sible triunfar merced a la gran red de congregacio­nes que ha constituido. Así el proletariado; las insti­tuciones de las que forme parte la masa serán las unidades de choque en la hora de la batalla. Lo que precisa, tanto como evitar que ningún obrero esté sin organizar de un modo o de otro, es que estas organi­zaciones reciban un impulso revolucionario continua­mente. Todos los instrumentos pueden ser ofensivos o defensivos según el espíritu de quien los maneja. Los militantes revolucionarios han de poner especial cuidado en que todas las organizaciones proletarias estén animadas de un mismo deseo de transformación violenta.

Actualmente nosotros estamos en la primera fase de la Revolución, en la primera parte del «largo malestar». El capitalismo ha salido de la guerra quebrantado y le es imposible restablecer el equilibrio económico del mundo. El espíritu insurreccional del proletariado se ha acrecido enormemente y sólo apelando a la compulsión por medio de su aparato de Estado, puede la burguesía sostenerse todavía. El proletariado ha de socavar más los fundamentos del Estado creando continuamente nuevas dificultades a la estabilidad capitalista, al mismo tiempo que forma en las masas una conciencia revolucionaria de clase.

Los momentos de asalto no se eligen a capricho. Se presentan ellos por sí mismos. Lo necesario es tener en efervescencia el espíritu de las multitudes para lanzar­se en el momento preciso. El aprovechamiento de la oportunidad juega un papel decisivo en la Revolución. La toma del poder por los bolcheviques se hizo a pla­zo fijo. Uno de los grandes méritos de los revolucio­narios rusos fue la intuición del instante propicio para perpetrar el golpe de gracia al gobierno de Kerensky. Ocho días más tarde, lo que fue una victoria hubiera sido un desastre. En el desarrollo de los acontecimientos de la Revolución rusa se ve una precisión casi matemática. Precediendo a la explosión definitiva, se verifica la conquista total de las masas. En estos momentos se requiere una gran serenidad y una total coordinación para que el parto no se verifique antes del tiempo necesario para no constituir un aborto. El fracaso puede surgir y hacerse irreparable si no existe una disciplina férrea entonces entre todas las fuerzas revolucionarias. El enemigo, para evitar el peligro que se cierne sobre él, hará todos los posibles para provocar una explosión prematura ocasionando así el de­sastre. Los impacientes y los indisciplinados son peligrosísimos en estas horas. Las revoluciones necesitan de una gran audacia, pero requieren también inteligencia y sangre fría. La hora y el terreno para el ataque son esencialísimos y han de ser no los que favorezcan al enemigo, sino los que se presten mejor a nuestros fines. En julio de 1917, los impacientes, en Rusia, contra los consejos de quienes veían mejor la Revolución, se decidieron lanzarse al asalto. El fracaso advino. El fruto no estaba aún bastante sazonado. Sin embargo, el fracaso no fue tan irreparable para que en cuatro meses no fuese posible un restablecimiento del frente revolu­cionario. El caso de la insurrección comunista alemana de marzo de 1921 es altamente aprovechable. Severing, desde el ministerio del Interior, sabiendo que se estaba fraguando un movimiento revolucionario, supo hacerlo estallar antes de hora. El heroísmo y el sacrificio de los comunistas no bastaron para evitar una hecatombe. La precipitación había originado el desastre.

Los planes revolucionarios deben ser completos, es decir, ha de conseguirse que en todo el país arda a la vez la llamarada de la Revolución. Si la explosión se hace sólo de un modo regional su fracaso es inmi­nente. El aparato represivo del Estado capitalista aísla el resto del país del foco revolucionario y luego cae sobre él sembrando el exterminio. Ningún pueblo en la historia ha dado pruebas de un espíritu tan revolu­cionario como el alemán. Desde noviembre de 1918 sus gestos insurreccionales se suceden los unos a los otros. Y no obstante una larga cadena de fracasos ha ido coronando las explosiones proletarias. La falta de coordinación en la acción ha sido el causante de la debacle. Cuando los marineros del Báltico se suble­vaban queriendo implantar la república de los Conse­jos, el resto del país permanecía quieto. A Noske le era fácil caer sobre los insurrectos y aplastarlos. Se levantaba luego Baviera, y ocurría lo mismo. Todo el tesón revolucionario de aquella fugaz república proletaria no podía impedir que las guardias blancas caye­ran como hordas desmandadas esparciendo la desola­ción. Más tarde eran los mineros del Ruhr los que en marzo de 1920 se erguían en un gesto de supremo esfuerzo, y su destino estaba señalado con el signo fatal de la derrota. La falta de cohesión revolucionaria ha sido desastrosa. La Revolución francesa y la de Rusia son dos brillantes confirmaciones del triunfo cuando la insurrección es general. El París revolucio­nario de fines del siglo XVIII era el centro de toda la Francia en revuelta. En las ciudades, en las aldeas, en las casas de campo, cundía el río de fuego insu­rreccional. En Rusia ocurrió lo mismo. Antes que ofi­cialmente se declarara extinto el gobierno menchevi­que, los soldados al frente y los campesinos en el campo, habían levantado ya la bandera roja de la Revolución. La Commune, como las revoluciones ale­manas, fue ahogada por quedar localizada. Permaneciendo Francia en la quietud, le fue fácil a Thiers apoyarse en ella para sitiar a París. Las carnicerías de Gallifet eran inevitables desde el momento en que la Commune no se ramificaba por todo el país.

A la explosión revolucionaria ha de concurrir el campesino y el obrero industrial, la ciudad y el más pequeño pueblo. El incendio ha de ser general; no ha de quedar ningún rincón sin ser iluminado por el fulgor de la Revolución. Una región o una determinada agru­pación obrera que permanezcan en la quietud favore­cen al enemigo quien puede apoyarse sobre ellas para emprender la contraofensiva. Conviene que al hundi­miento de la fortaleza capitalista contribuya tanto la impetuosidad del ataque como la sensación que se forme ella de que la capitulación es forzosa no dispo­niendo de terreno firme. El pánico que se apodera del Estado juega aquí un brillante papel.

Pudiera ocurrir que la Revolución se quedara en la mitad del camino como aconteció en Alemania en noviembre de 1918, y en Austria al formarse gobiernos social-demócratas. El instinto biológico de la clase burguesa tiene una gran vivacidad y la degeneración democrática del socialismo de la II Internacional hizo que el Estado Mayor de los partidos del proletariado estuviese formado por hombres de mentalidad completamente burguesa. Nada tan peligroso como consentir que esta pandilla pudiera tener en sus manos los des­tinos de la Revolución. Se convertirían en los verdugos de la clase obrera favoreciendo de buen grado la restauración del capitalismo. El ejemplo de los mayoritarios alemanes con el asesino Noske a la cabeza es definitivo. La Revolución ha de llegar hasta los límites más extremos. Cuanto mayor sea la destrucción que se haga del aparato montado por el capitalismo más difícil le será a éste encontrar apoyo para intentar la restauración.

Conseguido el triunfo momentáneo ha de rechazar­se toda colaboración con aquellos elementos que van a la Revolución no de grado, sino arrastrados por la impetuosidad del oleaje. La asimilación de un débil no da fuerzas; al contrario, debilita. En Hungría, por una equivocación que fue fatal se quiso unir a la dirección de la revolución con los elementos reformistas. Estos no hicieron otra cosa que sabotearlo aprovechando el momento oportuno para ponerse de acuerdo con el enemigo declarado y darle el golpe de gracia. La di­rección de la revolución incumbe a los verdaderamente revolucionarios; ha de evitarse que solapadamente quieran asaltarla aquellos individuos o fracciones cuyo interés primordial es ocasionar un retroceso.

Para asegurar la Revolución hay que ser implaca­ble. La dulzura y la contemporización no deben existir. La energía y la dureza han de formar parte de los bata­llones proletarios. Energía no quiere decir crueldad. La salud de la Revolución ha de estar por encima de todas las razones del corazón. Lo moral de la lucha no puede ser la misma que la de la paz. Una revolu­ción no se hace con agua de rosas; preciso es para asegurarla un cúmulo de sacrificios. La idea de forta­leza después del triunfo ha de formar parte del espíritu del proletariado porque para tales momentos no son pacifistas y filósofos los que hacen falta, sino legiones de luchadores que estén dispuestos a llegar al pináculo de todos los heroísmos para que la clase desposeída no logre arrebatar jamás las conquistas del proleta­riado.

 La moral sindicalista debe estar basada en el concepto de la violencia

Dos doctrinas han aparecido en el mundo cuya extensión ha sido la plaga más tremenda que podía aque­jar a la Humanidad: el cristianismo y la democracia.

El cristianismo fue el triunfo del ideal de los débi­les; fue la consagración plena de la decadencia. Fren­te al concepto helénico de la vida apareció el cristianismo, encubriendo bajo la capa de su humildad todo el cortejo de las influencias asiáticas. El helenismo encarnaba la fortaleza, el amor a la vida, la alegría, el triunfo de los viriles. Y el cristianismo aparecía exal­tando los débiles, preconizando el renunciamiento a la violencia, despreciando la vida y predicando la vic­toria de la muerte. El sermón de la montaña —concre­ción del espíritu asiático—, es la página más inmoral que haya podido escribirse. Toda la miseria que ha arrastrado el mundo dimana de ahí. El cristianismo aparecía ante la Pallas Atenea, que estaba rebosante de amor y de vida, como un mendigo andrajoso queriendo entronizar el decadentismo más abyecto. Las doctrinas del cristianismo, encontrando el mundo ro­mano extremadamente quebrantado a causa de haber perdido su primitivo impulso guerrero, pudieron extenderse acelerando la caída definitiva del imperio.

La invasión de los bárbaros vino a inyectar una cantidad de energía a todo un mundo que se disolvía rápidamente. Pero el cristianismo no tardó en hacer presa en las hordas impetuosas del norte, aniquilán­doles su fortaleza y su virilidad. Durante la Edad Media, el cristianismo llegó a acogotar casi por com­pleto a la humanidad; por un momento pareció que el apostrofe de Juliano «¡triunfaste Galileo!» iba a ser cierto. La muerte amenazaba con triunfar sobre la vida; el espíritu de decadencia lo envolvía todo como una sombra fatídica.

Pero un supremo esfuerzo salvó el mundo. Apare­ció el Renacimiento, es decir, el salto sobre el cristia­nismo para volver a buscar la luz del helenismo. La humanidad estaba extenuada después de tantos siglos de prédicas de sumisión, de paz, de amor a la muerte. El afán impulsivo, la rebeldía, la dinámica, el concepto de la violencia, el santo amor a la vida volvían a brotar.

En adelante, el peligro desapareció para siempre. El cristianismo, aunque conservando un caudal enor­me de influencias, estaba puesto en derrota. Tenía que batirse en retirada; su amenaza había sido conju­rada.

Volvía a nacer el ansia de crecimiento, la energía, la pasión, la vida, en fin. El mundo entró rápidamente en una fase nueva. Abandonada la Escolástica, la ciencia abría ante sí horizontes cargados de posibilidad, se descubrían nuevos mundos, se forjaban siste­mas filosóficos que pretendían una mutación total del orden existente. La clase que durante toda la Edad Media había estado sometida a la esclavitud, manifes­taba ahora sus deseos de asalto y su voluntad de do­minio; se sentía fuerte, había creado en su pecho la fortaleza del guerrero, se encontraba impulsada por una tromba de energías. Se generalizó la lucha, se manifestó la vida mediante las explosiones de la vio­lencia de clase y por fin, la burguesía abatió el viejo mundo y entronizó su poder.

El primer periodo del dominio burgués es la consagración de la energía de clase; se impone, hace triunfar sus concepciones, extiende su actividad por doquier, vive en incesante inquietud por la fiebre de aumentar la intensidad de su acción, recorre todo el planeta buscando nuevos campos donde asentarse, recoge las invenciones de la ciencia para aumentar su poderío, crea una moral que dé cumplida satisfacción a su sed creciente de poder. El capitalismo se conso­lida merced a una energía formidable. Triunfa el concepto de violencia y con ella toda la clase que ha sis­tematizado su empleo.

La era capitalista da origen a una clase social nue­va: el proletariado. Inmediatamente aparece una doc­trina que recogiendo las aspiraciones de él, las traduce en una forma de actuación: el socialismo. La nueva doctrina evidencia el triunfo de la violencia colectiva a través de la historia y establece el principio de la lucha de clases. La liberación del proletariado no podrá realizarse más que por un esfuerzo titánico de toda la clase. La experiencia del pasado pone de manifiesto ante la clase explotada que únicamente no perdiendo jamás de vista el concepto de lucha, la idea de la vio­lencia, será posible un ataque con resultados satisfac­torios contra el régimen capitalista.

Pero lo que el cristianismo fue para el helenismo, la democracia lo fue para el socialismo. Con razón Marx había dicho que la democracia era cristiana. Se extendieron las ideas democráticas exaltando la idea de paz social, de transformaciones evolutivas, de abandono absoluto de la violencia de clase. El prole­tariado, por influjo de doctrinarios de la burguesía que mediante esta nueva doctrina confiaba aniquilar el es­píritu combativo de la clase trabajadora, fue desvián­dose de su cauce verdadero de lucha de clases y de idealización de la doctrina de la violencia. A medida que la democracia se extendía en los medios obreros, estos perdían rápidamente su valor guerrero, trocándose en manadas de hombres que habiendo perdido su espíritu de lucha, estaban a merced del enemigo. La época de la II Internacional fue la Edad Media del socialismo. El proletariado estuvo a punto de naufragar convir­tiéndose a una esclavitud voluntaria. Abandonadas o arrebatadas hábilmente las ideas-fuertes que consti­tuían el nervio de toda su doctrina, perdía toda característica de clase y se diluía dentro de la sociedad capitalista, la que de este modo apartaba la posibilidad de un derrumbamiento.

El sindicalismo revolucionario fue el Renacimiento del socialismo. Saltó por sobre de la democracia y volvió a buscar en las fuentes primitivas las normas directivas que habían de influenciar la marcha de la clase trabajadora. Recogió de nuevo el principio de la lucha de clases y exaltó el concepto de la violencia colectiva. Rompió totalmente con la democracia que sembraba entre el proletariado normas de paz, para predicar y exaltar las ideas de guerra social implacable entre la burguesía y el proletariado. Este vol­vía a adquirir su verdadero carácter de legión comba­tiva. Arrojaba de su espíritu todas las influencias decadentistas de la democracia para hacer revivir en él la impulsividad, la energía, el afán del asalto y del triunfo de los fuertes.

Sindicalismo y democracia se colocan frente a frente: el uno representa la guerra, y la otra la paz. El primero es ideal de violencia y la segunda es doctrina de decadencia. Están situados en dos polos opuestos; no puede haber entre ambos una conciliación, puesto que son dos ideologías distintas.

La democracia lleva consigo la moral de compasión y de blandura propia de los andrajosos de espíritu. La extensión de su influencia en el proletariado ahogaría en él toda posibilidad de superación.

El aliento que mueva a la clase obrera ha de ser un heroísmo de clase creador de nuevos valores. Ha de agitarle constantemente el deseo de una destrucción total de la sociedad capitalista. Para llevar en el alma la fortaleza capaz para levantar una vida nueva basada en la organización de los productores, se requiere que el fuego arrollador de la pasión abrase el corazón del proletariado. Ha de ser una moral de epopeya, de tor­menta espiritual, la que discipline al nuevo ejército. Nada de paz, nada de quietud. La moral de la guerra y del combate incesante. La vida no es placer y tran­quilidad; es lucha y heroísmo.

En la historia han triunfado los pueblos y las ideas que, como el guerrero de Nietzsche, han tenido el campamento establecido a la sombra proyectada por la es­pada. El afeminamiento, la pérdida de la energía ha sido siempre el generador del desastre. La paz: he ahí el cristianismo y la democracia, es decir, las sombras fatídicas que avanzan para sumir el mundo en el caos.

Al proletariado le está reservado el formidable papel de desentumecer el mundo del sueño hipnótico de la democracia. Como los bárbaros cayeron sobre el decadente imperio romano prostituido por el cristia­nismo, el proletariado, formando una legión bárbara de combatientes, ha de irrumpir con estrépito en el mundo capitalista profanándolo y destruyéndolo hasta sus fundamentos.

Si el proletariado crece con una moral raquítica, con un espíritu débil, no será capaz nunca de demoler la civilización presente. Ha de manifestar su voluntad de potencia, su deseo de imposición. Su alma debe forjarse para la batalla. La idealización de la doctrina de la violencia ha podido preservar a una parte de la clase trabajadora de las contaminaciones del virus de­mocrático. Pero no basta que haya una minoría con audacia. Debe alumbrarse en todo el proletariado el fondo de energía que en él reside, despertar sus fuer­zas y entrenarle al heroísmo. La primera condición que requiere un ejército para asegurar sus victorias es el amor a la pelea, la embriaguez de la lucha. Los cobardes no sirven para combatir. Por eso debe inculcarse al proletariado el espíritu de la guerra social y del heroísmo. Con esta moral será posible que las legiones obreras ganen en rudas batallas los dominios del mundo. Pero si es la sombra de la paz la que anida en ellas, jamás lograrán vencer a los usufructuarios de la sociedad presente.

Epílogo

Las páginas anteriores han sido escritas rápida­mente al calor de la impresión producida por la Revo­lución rusa.

La Revolución bolchevista es todo lo contrario de lo que predicaba el socialismo de la II Internacional: ha sido una Revolución de tipo sindicalista, es decir, del socialismo de la I Internacional. (Lagardelle decía que el verdadero nombre del sindicalismo, era el de socia­lismo obrero). Como el sindicalismo, la Revolución rusa ha renegado de la democracia y la teoría de la dictadura del proletariado no es otra cosa que la doc­trina de la violencia de clase coordinada, después de la destrucción del aparato capitalista, para impedir la resurrección de la burguesía como fuerza dominadora. El sistema de los soviets es la forma más perfecta que pueda inventarse de self-gouvernement. Basado en el más completo federalismo, es la concreción de las as­piraciones del sindicalismo en la esfera de las preocu­paciones políticas de la clase trabajadora.

A medida que el proletariado europeo ha eviden­ciado más su incapacidad para hundir el capitalismo, la Revolución rusa ha tenido que ir arrojando jirones de su carne a la voracidad imperialista para impedir un asalto que ocasionara su muerte definitiva. No es culpa de los revolucionarios rusos si hoy el tipo pri­mero de Revolución se ha mixtificado. A nosotros y no a ellos incumbe la responsabilidad de este retroceso. Y esta marcha hacia la derecha, esta batida en retirada que aceleradamente tiene que llevar a cabo la Revolu­ción, se proseguirá forzosamente hasta colocarse en un plano de democracia, si las clases obreras de Eu­ropa no hacen la Revolución. Un país sólo no puede existir con un sistema económico de base diferente de los que le circundan.

Pero la Revolución rusa, la de sus más puras horas sindicalistas, es un mito que debe mover al proletaria­do. Este debe coordinar sus directivas y sus esfuerzos para la obtención de sus aspiraciones finales. Para esto debe existir una educación revolucionaria de las masas. Hay que inculcarles la convicción de que con huelgas o sin ellas, mientras tanto que el actual régi­men económico persista, el mejoramiento social no podrá sobrevenir. Una fe en un mito ha de mover el proletariado. El mito ha sido el motor de todas las grandes conmociones de la historia. El mahometismo logra hacer de tribus de pastores una raza aguerrida mediante el mito del paraíso. La Revolución francesa triunfa con el mito del triple lema. Los soldados de Napoleón pelean embriagados pensando en la gloria de morir por el caudillo. El capitalismo tiene su mito en la patria, al que lo sacrifica todo y por el que llega a la comisión de los mayores crímenes. En la guerra imperialista hubo que colocar el mito en la «civiliza­ción», en el «derecho», etc. El cristianismo logró extenderse preconizando el mito de la muerte. El mito del proletariado ha de ser colocado en la Revolución.

La existencia de un mito supone un encauzamiento de fuerzas para su logro. El proletariado, pues, ha de constituir sus laboratorios revolucionarios en los que sea posible preparar los materiales necesarios para emprender la gran ofensiva.

Las masas disponen de un cúmulo formidable de energías. Lo que incumbe al revolucionario es crear los acumuladores y los apararos transformadores de esta potencia. Si se espera que esa energía se concen­tre por sí sola, no se logrará jamás. Precisa la acción de los técnicos para montar las máquinas que puedan aprovecharla. Hay que crear los verdaderos instru­mentos revolucionarios.

Hoy se plantean nuevas modalidades de organiza­ción para hacer eficaz el esfuerzo impulsivo. Aunque parezca paradójico hay gran cantidad de revoluciona­rios conservadores. Lo son todos aquellos que se empeñan en mantener formas anticuadas que han sido sobrepasadas por los acontecimientos. Debe tenerse las ventanas del espíritu abiertas a toda modificación saludable. Los sistemas de ataques varían incesantemente tanto en las guerras como en la lucha social. La misión del revolucionario es prever toda variación para ponerse al tono de los tiempos. En la actualidad, después de lo de Rusia, la Revolución casi entra en el dominio de lo científico: no es ya una fórmula abstrac­ta, es algo concreto que puede planearse con datos proporcionados.

Por lo que a los españoles particularmente se refie­re, no hay ningún país de tanta semejanza a Rusia como España. Esto quiere decir que nosotros estamos en el deber de que la República federativa de los Con­sejos y de los Sindicatos de España sea la segunda que logre izar la bandera roja de la emancipación proletaria.


[1] Pannunzio.