¡Por un sindicalismo de clase!

 

El Comunista nº 8 (Partido Comunista Internacional), noviembre 1977.

Tras el desmantelamiento gradual del sindicato vertical, los flamantes sindicatos legalizados hacen alarde de “clasismo”. Una competencia se desarrolla entre CC.OO., UGT, USO, CSUT y SUT para mejor hacer valer las supuestas “recetas” que transformarían milagrosamente todos estos sindicatos amarillos en sindicatos de clase. El caso de la CNT merece un párrafo aparte.

Antes de abordar en el futuro una crítica precisa de cada uno de ellos, de sus principios, de sus programas y de su práctica, recordemos brevemente lo que siempre ha sido, en el curso de más de siglo y medio de movimiento proletario, los postulados esenciales del sindicalismo de clase.

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Expresión del antagonismo permanente e irreductible entre Capital y el Trabajo, entre ganancia del capital y salario del obrero, entre plusvalía y valor de la fuerza de trabajo, la gue­rra civil larvada que es la lucha sin­dical trata esencialmente – pero no exclusivamente – de impedir que el nivel de los salarios descienda por debajo del monto pagado tradicionalmente en las diferentes ramas de la industria, de impedir que el precio de la mercancía fuerza de trabajo caiga por debajo de su valor, y de impedir que la jornada de trabajo tienda a alargarse, usando prematuramente esta mercancía, de cuya venta cotidiana vive el proletario.

Nacidos como primera tentativa – limitada e incompleta, pero esencial – para atenuar y superar la competencia mortífera que los proletarios se li­bran entre sí en el mercado de traba­jo, los sindicatos tienden a hacerle colectivamente la competencia a los capitalistas, coaligando para ello a los trabajadores, y elevándolos así por encima de la condición de simples esclavos.

El nacimiento, la extensión y ge­neralización de las luchas y de las organizaciones sindicales de clase cum­plen un papel necesario y fundamental para el despertar de capas obreras ca­da vez más extensas a la consciencia de la necesidad de izarse por encima de la calidad de simple mercancía, buena para ser estrujada a voluntad en los periodos fastos del capitalismo, y para ser arrojada en sus períodos de crisis; para crear en su seno el sentimiento y la realidad de una solidaridad obrera que esté por encima de las categorías, empresas, regiones y naciones; para forjar una fuerza capaz de emprender un día movimientos de más vasto alcance, pues masas que no son capaces de sentir la exigencia de defender con intransigencia sus más mínimas condiciones de existencia tampoco pueden sen­tir la exigencia de superar su situación actual de esclavitud asalariada. El asociacionismo obrero se vuelve así un momento embrionario (pero im­prescindible) de la forja de una fuerza proletaria opuesta a la clase capitalista.

Consciente de que la lucha sindi­cal es impotente contra las grandes causas que determinan el valor de la fuerza de trabajo, como también con­tra los grandes efectos que las cri­sis capitalistas causan a la clase obrera, el sindicalismo de clase está libre de toda ilusión en supuestas “conquistas estables” en régimen capita­lista y no exagera el resultado final de estas luchas cotidianas, ni olvida que combate los efectos de la explotación pero no sus causas, que solo pue de retardar la caída tendencial del valor de la fuerza de trabajo pero no cambiar su dirección, que aplica pa­liativos sin curar el mal.

Consciente a su vez de que no puede salirse del círculo vicioso en que está encerrada la lucha sindical sin la destrucción del capitalismo mismo, el sindicalismo de clase – que com­prende que el verdadero resultado de estas luchas no es el éxito inmediato sino la unión cada vez más extensa de los obreros – apunta a la constitución de centros de organización de la cla­se con miras a su emancipación definitiva del capitalismo, e inscribe en su bandera: ¡abolición del sistema asalariado!

Considerándose a sí mismo como uno de los frentes de la batalla históri­ca y general por la emancipación pro­letaria, ayuda y apoya todo movimiento social y político en esta dirección, toda lucha general o particular de la clase.

Lejos de todo espíritu mezquino de categoría, el sindicalismo de cla­se se prefija la organización y defensa consecuente de las masas más explotadas e indefensas (obreros agríco­las, peones, mujeres, parados, inmi­grantes), haciendo nacer en ellas la convicción de que su objetivo tiende a la emancipación de todos los obre­ros.

Abierto a las más extensas masas proletarias, defensor irreductible de sus condiciones de vida y de trabajo, el sindicato de clase no impone ningu­na traba religiosa, racial, nacional o política a la adhesión de los trabajadores que, precisamente en el curso mismo de la guerrilla sindical, han de comprender su comunidad de intere­ses y la necesidad de integrar esta guerrilla en la lucha general por la destrucción de las causas mismas de la explotación capitalista.

Por otra parte, consciente de que la burguesía, para anular o esterilizar esta lucha y estas organizaciones de sus inmensas potencialidades en cuanto “escuelas de guerra del comunismo”, ha tratado (y ampliamente logrado) atraér­selas a su órbita, al terreno de la colaboración de clases, de la democracia y de la legalidad burguesa, del “supremo interés de la economía nacional”, es decir, de las necesidades del capita­lismo, de las mil redes y canales de la “negociación” y del “diálogo” institucionalizados por el Estado capitalista, el sindicalismo de clase se mantiene fuera y contra todo ese andamiaje antiproletario que sólo tiene por mira la conservación social y el sometimiento del movimiento obrero a las exigen­cias cada vez más férreas de la conservación social y del curso cada vez más catastrófico del Capital. Rechaza pues su sometimiento a los órganos “parita­rios”, “tripartitos”, de “concilia­ción”; a las “reglas de juego” que so­meten la lucha entre las clases al despotismo de la clase dominante, con sus huelgas bien esterilizadas, “decididas” en votación secreta, y comunicadas por carta certificada; y a los otros innu­merables medios que constituyen otros tantos amortiguadores y torpedos con­tra la lucha de defensa del proletariado, así como contra la forja de una fuerza resueltamente anticapitalista.

Su terreno propio es el de la ac­ción directa es decir, el de la orga­nización y movilización decidida de las masas obreras. Sus métodos pro­pios son los de la guerra de clase, siendo el primero de ellos el de la huelga vista no como “instrumento ultimo” ni como “mal inevitable”, sino como arma elemental del combate sindical.

Tal sindicalismo, es inútil recordarlo, hoy día ya no existe; ha sido sepultado internacionalmente por las fuerzas coaligadas de la burguesía do­minante y del reformismo “obrero” (socialdemócrata y estalinista), que pre­tendía transformar “desde adentro” la sociedad burguesa, gracias a “refor­mas” sociales y parlamentarias. Dicha alianza de hierro ha vaciado a los sindicatos de su savia, integrándolos en una política de colaboración de clase en las mallas del Estado y de las em­presas, trastocando íntegramente su función de defensa, por una parte, y su función de palanca y semillero de energías con vistas a la emancipación pro­letaria, por otra. CC.OO., UGT, USO y CSUT nos ofrecen ejemplos acabados de este sindicalismo amarillo.

En otro plano – ya tendremos ocasión de volver sobre el tema -, la CNT, el sindi­cato revolucionario dirigido por el anarquismo, fue arrastrado en la bancarrota de este último durante la guerra civil; pero aún entonces el proletariado español, en so­bresaltos vigorosos, la man­tuvo como centro de una in­tensísima vida de clase. El curso nada honroso del anarquismo español después de la guerra marca aún más con su estigma la tentativa actual de reconstituirlo.

El sindicalismo de clase es una exigencia permanente, material e histórica, de las más vastas masas obreras. El sindicato de clase podría re­nacer antes, durante o después de la victoria revolu­cionaria, pero ésta presupo­ne, en particular, la exis­tencia de un gran movimiento asociativo con contenido económico que abrace una parte imponente del proletariado. Para preparar el uno y la otra, para hacer de las lu­chas económicas un terre­no de la unión creciente de los trabajadores y una escuela de guerra por su emancipación, la vanguardia comunis­ta ha de fecundar el terreno haciendo penetrar en las lu­chas de hoy – dentro y fuera de las organizaciones amari­llas existentes – los principios intangibles del sindicalismo de clase, forjando a sí las condiciones que harán de las organizaciones económicas que el proletariado se dará, en el curso de su lu­cha, fortalezas proletarias de defensa y puntos de apoyo del ataque, centros de vida proletaria en los que han de forjarse batallones ente­ros de proletarios resuelta­mente dispuestos a conducir un combate permanente e in­transigente por su clase.

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