INDIA. Obreras en lucha, como explotadas y como mujeres

Traducido de la revista Échanges nº 153, otoño 2015.

LA LUCHA DE CLASES EN LA INDIA

Se habla mucho de China y de las diversas luchas que se desarrollan allí, pero muy poco de la India, cuya población es hoy superior a la del antiguo Reino del Medio[1] (1.300 millones de habitantes en un territorio 3 veces más pequeño).

Sin duda, desde el punto de vista económico, India está bastante lejos de China, con un PIB que representa un 20% del chino y que incluso es inferior al de Francia. Pero este país no deja de ser un elemento importante en el tablero económico y político mundial, y tiene unas altas tasas de crecimiento. Como sucede en todos los países en desarrollo, el impulso económico conlleva importantes migraciones, con el desplazamiento de población desde el campo a las ciudades, el paso de la condición de campesino a la de explotado por el capital, y la relativa supresión de los particularismos locales tradicionales, culturales y de los lazos familiares. Pero, también como en todas partes, esta proletarización provoca el surgimiento de la lucha de clases, con tanta más fuerza en la medida en que la propia lucha demuestra abiertamente que las condiciones de explotación son como ya nos las imaginamos. Junto a esta lucha central, existen otras luchas específicas ligadas al desarrollo del capital industrial: contra la apropiación de tierras para los proyectos de infraestructuras y contra las distintas formas de contaminación del agua y del aire que implican estos proyectos[2].

LA SITUACIÓN DE LA MUJER Y DE LAS MUJERES PROLETARIAS

En India, las relaciones de clase se han vuelto más complejas debido a la persistencia del sistema de castas y la situación de hecho de las mujeres, sobre todo de las que trabajan. Con una situación industrial y agrícola particular en sus diferentes Estados, la India atraviesa los mismos problemas de emigración hacia el centro que el resto de países. Pero, sea cual sea la naturaleza de su trabajo, la mujer sometida a la explotación, a la que en general ya se considera de por sí inferior al hombre, tiene que sufrir en la empresa, además de su situación específica como mujer que trabaja, además del dominio de los hombres en el hogar si está casada, también la coerción de una dirección casi en su totalidad masculina (aunque el 80% de los trabajadores son mujeres). En la jerarquía sindical, el aparato burocrático del sindicato también es totalmente masculino, incluso en estas ramas industriales de mano de obra femenina.

En pocas palabras, a la mujer que trabaja, sobre todo si está soltera, se la considera prácticamente una prostituta: el sitio de las mujeres está en el hogar, bajo la férula del marido, y en ningún otro sitio. El 65% de los indios piensan que hay que maltratar a las mujeres[3]. Los ejemplos que vamos a citar están ligados, como muchas otras luchas del conjunto de los trabajadores de la India, a su situación como trabajadoras, empezando por la cuestión de los salarios. Se trata de luchas de base, más o menos salvajes, reprimidas con mayor o menor dureza, normalmente localizadas o regionales, a veces huelgas generales que recorren todo el país.

Pero en aquellas industrias en las cuales las mujeres son mayoría entra en juego otro factor más en las luchas: el despido, cuando no la represión bajo la forma de un acoso sexual particularmente duro y favorecido por esa mentalidad general tradicional sobre el trabajo de las mujeres. Las dos luchas de las que vamos a hablar han ido mucho más allá de la simple reivindicación. Y el carácter general de los problemas que afrontan se demuestra en el hecho de que ambas han adquirido características similares, en dos Estados indios distintos y en ramas diferentes: las recolectoras de té y las costureras de una fábrica textil.

LAS RECOLECTORAS DE TÉ DEL ESTADO DE KERALA

India es, después de China, uno de los mayores productores mundiales de té (25% de la producción mundial), pero la competencia se ha hecho más dura con la aparición de nuevos productores. Esta concurrencia, por su parte, va a estar muy presente en el conflicto que se va a desarrollar en una plantación de Kerala.

Kerala es un Estado del sureste de India, en la costa de Malabar (Océano Índico). Tiene 34 millones de habitantes, el 16% de los cuales viven de la agricultura, entre otras cosas de las plantaciones de té. Una parte de estas plantaciones está concentrada en una aislada región montañosa (la estación más cercana está a 64 Km.), Munnar, ciudad de 70.000 habitantes, la ciudad del té, cuyas numerosas plantaciones recorren todo el suelo hasta el punto de que la fauna y la flora han desaparecido. Estas plantaciones son producto de la colonización británica. Esta no es una cuestión secundaria, pues el Estado colonizador llegó a deportar como esclavos hacia esta región a tamiles procedentes de las regiones limítrofes[4]. Estos migrantes forzosos tamiles poblaron y aún pueblan las plantaciones de té, que constituyen una especie de Estado dentro del Estado[5], y la población de origen tamil que habla su lengua propia no se considera una casta, sino una subclase, lo cual para las mujeres supone una nueva carga de discriminación social, al margen de las que ya son objeto como mujeres en toda la India.

De hecho, en el Estado de Kerala, la mayoría de las mujeres de origen tamil desempeñan los peores trabajos: recolectando té, pelando crustáceos[6], en el tratamiento de algas, el descascarillado de anacardos, la industria del gusano de seda, etc. Entre todas estas labores, tan cansadas y repetitivas, la de las recolectoras de té es de las peor consideradas y peor pagadas. El 90 % de las trabajadoras son de origen tamil, procedentes del vecino Tamil Nadu[7]. Casi todas viven solas o en familia, en cabañas de chapa de una sola habitación y sin ninguna comodidad (ni agua corriente, ni baño, ni desagüe); son casi analfabetas y sus hijos prácticamente no están escolarizados; los hombres se entregan a la bebida y suelen dejar a las mujeres a cargo de todo el trabajo doméstico, mientras con sus libaciones van comprimiendo su ya de por sí magro salario.

Las condiciones de trabajo están a la altura de esta miseria. El trabajo de las recolectoras les destroza la espalda. Se levantan muy temprano por la mañana y, tras realizar las labores domésticas, se ponen en marcha hacia los cerros, a trabajar agachadas durante 12 horas al día y a cargar luego a la espalda con sacos de 50 o 70 Kg. de cosecha diaria hacia los almacenes. Por conseguir el mínimo exigido de 20 Kg. de hojas de té al día reciben el salario mínimo mensual de 83 euros por 10 horas de trabajo, pero para sobrevivir se ven obligadas a prolongar la jornada durante dos horas más, para poder así recoger hasta 60-70 Kg. de hojas de té, lo cual les da derecho a un plus de 175-250€ mensuales en su salario, los más bajos de toda Kerala[8]. De esta forma, el plus es una especie de garantía de supervivencia, lo que explica la explosión social que ha sobrevenido cuando las plantaciones han intentado modificar las bases del cálculo de los salarios, operando de hecho una reducción. El objetivo de esta maniobra de las plantaciones era hacer frente a la competencia mundial, que ha hecho mella en la tradicional industria de Kerala. El plus en cuestión estaba antes fijado en un 20% del salario anual, y ahora las plantaciones querían reducirlo al 10%.

Esta medida ha sido la gota que ha colmado el vaso.

UNA LUCHA PROLETARIA, PERO TAMBIÉN UNA LUCHA DE LAS MUJERES PROLETARIAS

Las recolectoras de té han fundado su propia organización de lucha, con el nombre de Pembillai Orumai (Mujeres Unidas), de la que están excluidos los hombres.

El 1 de septiembre, organizaron una marcha a Munnar, que terminó en una sentada silenciosa. Luego caminaron hacia la sede del sindicato, cuyas banderas arrancaron. Cuando un líder sindical intentó penetrar en la manifestación, fue violentamente apartado, atacado a golpes de zapato, y tuvo que ser salvado por la madera. Otros líderes llegaron a tirar piedras al cortejo de mujeres.

Las consignas que coreaban las mujeres sin duda iban dirigidas contra los líderes sindicales: “Nosotras curramos todo el día, vosotros nos robáis”; “Nosotras cargamos el té en las canastas, vosotros os metéis en la bolsa la pasta”; “Malvivimos en chabolas de chapa, mientras vosotros os relajáis en vuestros chalés”; “Cosechamos el té y cargamos los sacos, vosotros os quedáis con el dinero, esto se va a acabar”; “Nuestra vida es hambre y sufrimiento, el hambre nos da igual, pero no consentiremos la explotación”.

La combatividad de las recolectoras de té se basa también en otros motivos: en cierto sentido, su rango social es parecido al de los intocables. El trabajo, incluso en semejantes condiciones, las ha hecho salir de sus pueblos y de la coacción social heredada del pasado, y las han llevado a abordar una vida libre de aquella opresión. El cierre de algunas plantaciones las ha obligado a volver, sumergiéndolas de nuevo en esas relaciones sociales de las que en parte habían logrado escapar.

El 7 de septiembre, en la plantación Munnar Kannan Devan Hills Plantation Ltd., cerca de Munnar, 7.000 recolectoras de té se pusieron en huelga por el aumento de los salarios y el restablecimiento del plus. Expulsan a los líderes sindicales, y parece ser que habrían secuestrado al director y ocupado las oficinas. Tras nueve días de huelga, logran que se restablezca el plus, pero casi nada en lo que se refiere a los salarios. Esta semi-victoria, sin embargo, va a tener enormes repercusiones en todas las actividades feministas, casi todas encuadradas por unos sindicatos cuya burocracia es totalmente masculina. Hay que señalar que a posteriori estallan huelgas en toda la India, no solo en Kerala, sino también en Tamil Nadu, Asam, Darjeeling, todas al margen y en contra de los sindicatos oficiales.

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Movilización en Munnar durante la huelga de septiembre.

Por una parte, estos sindicatos están particularmente corrompidos e integrados en el aparato de gestión de la patronal. Los líderes sindicales de Kerala se dan a la buena vida: alojamiento gratuito, empleos bien pagados y poco cansados, estudios de los hijos pagados por los patrones, etc. Por otra parte, utilizan su posición y este tipo de relaciones con los patrones para reclamar prácticamente derecho de pernada sobre aquellas que pretenden plantear una reivindicación o que se defienden de manera personal. Esto explica que entre las primeras reivindicaciones de las recolectoras de té figuren el fin de la represión mediante el acoso sexual y también la práctica exclusión de los hombres de la nueva organización y de las manifestaciones. Hay que decir que estos sindicatos también colaboran estrechamente con las autoridades del Estado. Esta colaboración a todos los niveles se demuestra en el hecho de que una ley de 1951, la Plantation Labour Act, que instituía una especie de seguridad social y un estatuto que imponía unas condiciones mínimas de trabajo en las empresas, en la práctica se ignora y supone una derrota, más o menos deliberada.

Los sindicatos “reconocidos”, no obstante, van a intentar reintroducirse en las negociaciones sociales, aprovechando el hecho de que si bien la organización de mujeres ha logrado recuperar el plus, no ha conseguido modificar sensiblemente el salario base. Así, tratando de cortar la hierba bajo los pies de la organización de mujeres, un cártel de sindicatos oficiales (excepto el controlado por el partido comunista)[9] convoca una huelga en las plantaciones de todo el Estado a partir del 1 de octubre de 2015.

El trabajo cesa casi totalmente, pues Pembillai Orumai se suma a la huelga, aunque se mantiene estrictamente al margen del cártel de sindicatos. Éste ordena la vuelta al trabajo el día 14 de octubre, tras firmar un acuerdo endeble con la organización patronal PLC, que agrupa a todas las plantaciones. Parece incluso que a cambio de un ligero aumento, que queda lejos de la reivindicación del 100% (doblar los salarios), los sindicatos han aceptado que aumente el peso de hojas de té que permite el cobro del plus. El acuerdo se firmó junto cuando Pembillai Orumai lograba intensificar la presión huelguística bloqueando Munnar hasta el punto de convertirla en una ciudad muerta.

Lo que sucedió después no fue una nueva huelga, pues evidentemente, tras los días de huelga no cobrados, las obreras atravesaban por una miseria aún más negra. Los sindicatos y las autoridades aprovecharon este debilitamiento para asestar golpes bajos y tratar de acabar con esta nueva organización de mujeres. En un intento de aumentar su influencia local, Pembillai Orumai se ha presentado como partido con candidatos propios a las elecciones municipales (panchayat) de los alrededores de Munnar, abriendo un hueco espectacular. Es difícil decir qué representa esto realmente, pero es cierto que la actividad de esta organización de obreras cuyo funcionamiento interno apenas se conoce incomoda considerablemente a las organizaciones políticas y sindicales establecidas.

El 9 de noviembre, 5 militantes de Pembillai Orumai fueron atacadas por sindicalistas y heridas de suficiente gravedad como para ser hospitalizadas. El 20 de noviembre, una de estas militantes, Gomathi Augustin, fue hallada con sobredosis, a la que sobrevivió sin que se haya podido determinar si fueron las presiones, las amenazas o los golpes recibidos los que la llevaron a tratar de calmarse con tranquilizantes o incluso al suicidio.  En cualquier caso, esta revuelta de mujeres, al mismo tiempo contra la explotación, su situación y el dominio machista, si por una parte es un ejemplo a seguir, por otra parte seguirá siendo objeto de todo tipo de maniobras por parte de las diversas autoridades institucionales y las plantaciones, en sus intentos de destruir, quebrar o al menos canalizar este movimiento, cuya presencia como poco es síntoma de la evolución por la que están pasando las relaciones sociales en la India.

LA INDUSTRIA TEXTIL DE KARNATAKA

No es casualidad, ni emulación a distancia, que en una industria distinta (la textil), y en otro Estado indio, se haya desarrollado un movimiento idéntico, aunque haya adquirido otra forma.

Karnataka es un Estado del sur de la India, situado sobre la costa oeste que se abre al Mar de Omán, al norte de Kerala, y poblado por 65 millones de habitantes. Es un Estado agrícola, que no obstante pasa por un desarrollo industrial bastante clásico, con una industria textil que explota a 500.00 trabajadores en 1.200 empresas, 80% mujeres procedentes de las capas más pobres y más discriminadas, exactamente igual que ocurre en Kerala. Estas fábricas de confección están en su mayor parte concentradas alrededor de la capital del Estado, Bangalore (9 millones de habitantes).

En un contexto económico diferente, las condiciones de trabajo y de vida no son muy distintas a las que sufren las recolectoras de té. Como ellas, proceden de los campos circundantes, y dada la carencia de transportes públicos, tienen entre 2 y 2 horas y media de trayecto hasta el lugar en el que las explotan. Las obreras deben coser durante 9 horas, 150 piezas cada hora (hace 8 años eran 40-50), en unas máquinas de coser obsoletas: no pueden lograrlo si no es haciendo horas extra no pagadas; si no alcanzan el cupo marcado, les imponen multas, o se arriesgan a ser despedidas o aún peor, a las invitaciones sexuales de la dirección, por no mencionar los asaltos verbales o físicos de los capataces[10]. En el mejor de los casos, logran un sueldo de 4€ al día, a lo que hay que añadir el 12% de las cotizaciones sociales patronales, para el seguro de salud y accidentes. Trabajan en talleres mal iluminados y mal ventilados, tienen dolencias de espalda, problemas respiratorios y de irritación causados por los polvos, los tintes y demás tratamientos químicos de los tejidos[11].

Como en Kerala, la burocracia del sindicato reconocido, el Garment and Textile Workers Union (GTWU), es totalmente masculina y se aprovecha tanto de los compromisos con las compañías como del acoso sexual. Esta situación se hay vuelto tan intolerable que las obreras han decidido fundar un nuevo sindicato, únicamente compuesto por mujeres, el Garment Labour Union (GLU), al margen de toda afiliación con cualquier otro sindicato o partido. En enero de 2015, a pesar de la oleada de críticas y presiones, el nuevo sindicato sumaba 2.000 miembros.

El sindicato está administrado por un colectivo de 19 trabajadoras; se dota de una estructura no jerárquica, formada por reuniones horizontales de grupos de solidaridad de entre 15 y 20 obreras que discuten de sus problemas, tanto laborales como domésticos y financieros (cada grupo recauda unas cotizaciones que pasan a una caja de resistencia). Parece que se han formado más de 20 grupos de este tipo. Esto puede parecer poco, dado el número de obreras explotadas en esta rama industrial, pero aunque sea menos espectacular que el caso de Kerala, esta actividad no deja de constituir otro ejemplo de la evolución de la sociedad india, una toma de consciencia por parte de las obreras de las condiciones que les reserva la sociedad capitalista, como trabajadoras explotadas y como mujeres. El hecho de haberse atrevido a levantarse y actuar forma parte de un combate global por otro mundo.

H.S.


[1] Nombre usado para designar a China.

[2] No es posible citar aquí todas las luchas cotidianas que se desarrollan en la India. Una buena referencia se puede encontrar aquí, o en la web de Gurgaon Workers News.

[3] Informe del Centro Internacional de Estudios sobre la Mujer (International Center for Research on Women), 2011. Las mujeres deben afrontar la violencia y la discriminación en su familia, pero también en el conjunto de la sociedad. La familia no es un lugar seguro a causa del modelo patriarcal seguido. Pero actualmente la sociedad se ha vuelto más agresiva, competitiva y ávida de ganancias, y la familia defiende esos valores. Muchas mujeres son acosadas sexualmente en el trabajo.

[4] Las “migraciones forzosas” empezaron en 1823, para poner en marcha las plantaciones de té, y aún hoy a estos emigrantes se les llama “los desconocidos”.

[5] La mayor parte de las plantaciones de la región son gestionadas por una especie de cooperativas en las que, en teoría, los trabajadores son los cooperativistas mayoritarios; pero de hecho carecen de influencia alguna sobre la gestión, controlada completamente por una especie de mafia ligada a las autoridades locales y de hecho bajo el control de las multinacionales.

[6] Sólo en Kerala, 6.000 mujeres se matan a trabajar en 250 talleres de pelado de crustáceos, algunas desde hace más de 45 años.

[7] En época romana, Tamil Nadu fue un importante reino que abarcaba todo el sur de la India y la isla de Ceilán. Luego declinó hasta desaparecer en el siglo XV, y ya no queda de él sino lo que hoy es el Estado indio de Tamil Nadu. Esta etnia ha desarrollado así su propia lengua, y una cultura y arquitectura originales. La población tamil trató de formar un Estado propio, lo cual llevó de hecho a la partición de la isla (que se convirtió en Sri Lanka en 1972). Un largo conflicto que, bajo su envoltura religiosa, ha provocado unas 200.000 víctimas entre 1984 y 2009. Un conflicto, en parte, consecuencia de la colonización británica, que favoreció a los tamiles frente al resto de la población.

[8] A título de comparación, los recolectores de nuez de coco, todos hombres, ganan entre 700 y 1.200 dólares al mes, también es cierto que debido a que son pocos los candidatos dispuestos a trepar a lo alto de los cocoteros.

[9] Es difícil explicar de qué forma los conflictos laborales implican distintas intervenciones y manipulaciones por parte de los partidos y sindicatos, a los que se hallan más o menos sometidos. De ahí el rechazo total de Pembillai Orumai a toda afiliación o contacto con los partidos o los sindicatos.

[10] Declaración de una obrera: “Las cuotas son demasiado elevadas. Quieren 150 piezas la hora, y si no llegas empiezan los malos tratos. Es una presión muy fuerte, como una tortura. No puedes parar ni para beber agua ni para ir al baño. El capataz está siempre detrás de ti. Te llama burro, lechuza, criatura asociada al diablo, perra, todo insultos…”.

[11] La supervivencia de una familia requiere de 13.000 rupias al mes, y una obrera de la confección cobra unas 4.000.

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