Hoy más que nunca, ¡abajo la unión nacional!

130 muertos e innumerables heridos, traumatizados de por vida tras la noche de horror parisina que vivieron ayer, 13 de noviembre de 2015. Los terribles sucesos se desarrollaron apenas a unos cientos de metros del periódico Charlie Hebdo, donde perecieron los caricaturistas Cabu, Charb, Wolinski, Honoré y Tignous. Y sucede poco tiempo después de que Al-Qaeda o Daesh hicieran estallar un avión con 240 turistas rusos sobre el Sinaí.

No se trata de un terrorismo artesanal, sino de una guerra de guerrillas en la retaguardia de los distintos Estados capitalistas, grandes y pequeños, sea cual sea su ideología: yihadista, “democrática”, “totalitaria”, “panturca” o “panárabe”.

No es una guerra entre el Estado Islámico (Daesh) y Occidente, y menos aún un conflicto entre civilizaciones, ni tampoco una guerra de religión a escala planetaria, mediatizada a golpe de macabras escenificaciones (decapitaciones, voladura de Palmira y crucifixión de su arqueólogo).

La guerra es hoy un fenómeno omnipresente, en un sistema que atraviesa una crisis mundial: crisis económica, crisis ecológica del medio ambiente capitalista, migraciones masivas (provocadas por la guerra o los desastres ecológicos), descomposición de los Estados más débiles, repetidas guerras civiles en Oriente Medio, África, Asia central (Afganistán, Turquestán chino).

El trazado de fronteras en Próximo y Medio Oriente, tras la intervención norteamericana en Irak en 2003, aún se está completando, a golpe de cinturones explosivos, sables de la yihad, bombardeos (turcos, rusos y occidentales en Siria e Irak, y saudíes en Yemen), drones, e incursiones militares sobre el terreno, donde se juntan los que ayer eran enemigos (iraníes, rusos y comandos norteamericanos).

Tampoco se trata de una guerra en lejanos “teatros de operaciones”, empleando la expresión que tanto gusta a los estados-mayores de todos los países, que son quienes deciden si hay que matar a algunos actores o destruir todo el teatro.

La guerra recorre actualmente todo el planeta, que atraviesa una verdadera agonía. Y todos son responsables: los Estados pequeños y los grandes, y también los que se están gestando, sea cual sea su ideología, ya escondan sus fines guerreros bajo una fraseología religiosa de “guerra santa”, o “democrática” contra el “terrorismo”, o incluso –no os riáis– “humanitaria”, también contra el “terrorismo” (desde Putin hasta los ayatolás iraníes, cuyo emblema es la grúa que emplean en los ahorcamientos).

La muerte recorre ahora todo el planeta, no sólo París, el sur de Beirut o los cielos del Sinaí. Durante la década que viene, todos los rincones del planeta se convertirán en el “teatro de operaciones” de un capitalismo agonizante.

La victoria del terrorismo, de las “democracias” y de las dictaduras capitalistas (China, Rusia) consiste en presentarnos unos atentados como los de París como si se tratara de un entremés, una guerra ideológica. Todos los Estados, pequeños, grandes o en gestación (como Daesh), son Estados capitalistas. Su objetivo es conservar, reforzar y ampliar a través de la guerra su Capital nacional. Tras la Biblia o el Corán, están las tablas de la ley capitalista: matarás hasta eliminar a todos los competidores o adversarios; amarás a tus enemigos como a ti mismo cuando ellos se postren en dirección a la Meca del Capital y adopten las sagradas leyes capitalistas (propiedad privada, economía mercantil, creación-destrucción de la Naturaleza-Mercancía).

Tras los atentados, el discurso es el mismo que cuando los asesinatos de Charlie Hebdo, la “unión nacional”, “la unión sagrada”.

El proletariado, que es la clase universal anti-nacional por definición (“los proletarios no tienen patria”) sólo tiene una posible respuesta: guerra de clases contra todos los capitalismos, cualquiera que sean sus etiquetas, en todos los frentes clasistas, contra el capital y sus burgueses, grandes o pequeños, disfrazados de “la City” o de la Yihad.

Sólo un rápido despertar del proletariado internacional puede impedir el triunfo de la unidad nacional en todos los frentes de guerra, que lleva a una única salida: la generalización de las repetidas guerras locales en un conflicto mundial.

Aceptar la unión nacional, en Francia y en el resto de países, es aceptar una muerte capitalista ya programada. Quienes se adhieran a ella como borregos dispuestos a entregarse al altar de sacrificio del capital deberían ir comprándose un ataúd. Los capitalistas tienen muy buenas ofertas.

Karlchen.