Los problemas de la moneda (y III)

En esta última parte del estudio sobre los problemas de la moneda en un contexto de crisis capitalista internacional, J.B. Mélis analiza los efectos de las políticas burguesas de devaluación monetaria, como las que estamos viendo hoy día (los programas QE de los bancos centrales de los grandes países imperialistas, las sucesivas depreciaciones del bolivar venezolano, etc.). Las conclusiones son claras: “La devaluación, pues, lejos de elevar los salarios reales, persigue su reducción, y la fuerza de trabajo, que ya se paga bajo la influencia de la ‘deflación’ por debajo de su valor, es decir, por debajo del precios de su manutención ‘normal’, se depreciará aún más bajo la influencia de la política de ‘renovación económica’ y de ‘ampliación del poder adquisitivo de las masas’.” Y para el proletariado, también: “la necesidad de luchar por la defensa de su salario real“.¿Cómo se efectúa este equilibrio interno y relativo que busca la devaluación? Esto es lo que vamos a ver a continuación, analizando su mecanismo y descomponiéndolo en esquemas sucesivos.

Al comparar estos esquemas podremos llegar a unos resultados que, sin llegar a tener un valor absoluto, muestran al menos la tendencia, la orientación general del ciclo productivo.

Para simplificar y hacer más claros los cálculos, partiremos de las siguientes condiciones:

  1. El volumen de la producción permanece constante.
  2. Los precios que se consideran son los precios al por mayor que determinan la ganancia
  3. Antes de la devaluación, la fuerza de trabajo se paga por su valor y la cuota de explotación del trabajo es del 100%.
  4. Las proporciones correspondientes a la composición orgánica de un nivel técnico medio son obligatoriamente arbitrarias, pero no afectan a la tendencia resultante.
  5. El Capital Fijo considerado no es más que la fracción de este capital que representa el valor del utillaje, que debe incorporarse rápidamente a la producción y constituye el elemento rígido de los precios de coste. Consideraremos que es capital prestado (créditos bancarios, obligaciones) y que por tanto puede verse afectado por la devaluación.
  6. El Capital Circulante representa el valor de las materias primas o productos a trasformar.

I. CICLO PRODUCTIVO ANTES DE LA CAIDA DE LOS PRECIOS

Precios de valor comercial (en valores oro).

Capital Constante

 
Capital Fijo Capital Circulante Capital Variable Plusvalía Valor del producto Precio de mercado Capital
Total
Masa de ganancia Tasa de ganancia
500 300 200 200 1.200 1.200 1.000 200 20%

Si suponemos un descenso de los precios del 50% (que prácticamente se corresponde a la bajada mundial en 1934) y que los salarios han sufrido un descenso proporcional, este esquema se convierte en este otro:

II. CICLO PRODUCTIVO TRAS LA CAIDA DE LOS PRECIOS

(En valores oro).

Capital Constante

 
Capital Fijo Capital Circulante Capital Variable Plusvalía Valor del producto Precio de mercado Capital
Total
Masa de ganancia Tasa de ganancia
500 150 100 100 850 600 750 Pérdida de 150 Pérdida del 20%

De este segundo esquema resulta que la plusvalía, a pesar de haberse producido realmente en el curso del ciclo y aunque efectivamente suponga una tasa de explotación del obrero del 100%, no sólo no ha podido realizarse en el mercado, sino que además al Capital desembolsado se le ha amputado un 20%.

En estas condiciones el proceso de trabajo no se puede renovar sino a un nivel inferior, incluso aunque la mano de obra fuera gratuita no se lograría amortizar todas las pérdidas. Podemos ver, también, que si el valor del Capital fijo siguiera el descenso de los precios la producción se podría realizar con la ganancia primitiva, ya que todos los elementos de la producción se habrían reducido un 50%.

Supongamos ahora que la unidad monetaria se devalúa un 33%, lo que se corresponde a una depreciación real de la nueva unidad del 50%[1]. Supongamos también que los precios al por mayor se adaptan al alza[2] y que el volumen de la producción no varía. El capital circulante (materias de procedencia extranjera) se compra tras haber subido un 50%.

El capital variable de momento no sube, pero el valor total del trabajo (en papel) aumenta evidentemente un 50%, lo que eleva la tasa de explotación al 200%[3].

Llegamos a esto:

III. CICLO PRODUCTIVO TRAS LA DEVALUACIÓN

(En valores papel).

Capital Constante

 
Capital Fijo Capital Circulante Capital Variable Plusvalía Valor del producto Precio de mercado Capital
Total
Masa de ganancia Tasa de ganancia
500 225 100 200 1.025 900 825 75 9%

Subrayamos que se ha podido realizar el 37’5% de la masa de plusvalía[4].

Convirtiendo las cifras de arriba en oro, tendremos un nivel del 66’66%:

(En valores oro).

Capital Constante

 
Capital Fijo Capital Circulante Capital Variable Plusvalía Valor del producto Precio de mercado Capital 
Total
Masa de ganancia Tasa de ganancia
333 150 66 133 682 600 549 51 9%

Comparando esta tabla con el Esquema II, resulta que permaneciendo constantes los precios de coste en oro, la primitiva pérdida del 20% se trasforma en una ganancia del 9%.

Por otra parte, para un volumen equivalente de producción, el valor en oro del capital desembolsado ha podido reducirse de 750 a 549, es decir, un 26%. Esta diferencia proviene de:

  1. La amortización de un tercio del capital fijo en gastos de acreedores.
  2. Una depreciación de la fuerza de trabajo equivalente a un tercio de su valor (en realidad la “deflación” ha reducido el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor.).

Suponiendo que los salarios se adapten a una subida de los precios al por menor del 50%, tendremos:

 IV. CICLO PRODUCTIVO CON UNA SUBIDA DE LOS SALARIOS DEL 50%

(En valores papel).

Capital Constante

 
Capital Fijo Capital Circulante Capital Variable Plusvalía Valor del producto Precio de mercado Capital
Total
Masa de ganancia Tasa de ganancia
500 225 150 150 1.025 900 875 25 3%

Pero en realidad el alza de los precios al por menor siempre se retrasa con respecto a la de los precios al por mayor; además, la presión del capital monopolista sobre el campesinado y el pequeño comercio (gracias al comercio estandarizado) permite contener el alza de los precios al por menor por debajo de la tasa de depreciación monetaria; por no hablar de que puede llevarse a cabo fácilmente una falsificación de estos índices.

La compresión del valor-oro del capital variable se efectuará, pues, en parte en detrimento del obrero en la medida en que el poder adquisitivo de su salario disminuye, y en parte también en detrimento de la pequeña burguesía, en la medida en que la no adaptación de los precios al por menor a la depreciación monetaria reducirá sus ingresos.

La devaluación, pues, lejos de elevar los salarios reales, persigue su reducción, y la fuerza de trabajo, que ya se paga bajo la influencia de la “deflación” por debajo de su valor, es decir, por debajo del precios de su manutención “normal”, se depreciará aún más bajo la influencia de la política de “renovación económica” y de “ampliación del poder adquisitivo de las masas”.

La devaluación no provoca una ampliación del poder adquisitivo de las masas, sino todo lo contrario, debe contraerlo, tal y como refleja la reducción de los ingresos del proletariado y la pequeña burguesía, así como la expropiación parcial de los acreedores del Estado, de los titulares de depósitos bancarios o de libretas de Cajas de Ahorro, y también de la gran masa de poseedores de billetes de banco, cuyo expolio reflejará cínicamente el capital financiero en los balances de los bancos llamados “nacionales”, bajo el título de : ¡“revalorización de las reservas de oro”!

En estas condiciones la reanimación económica temporal que puede producirse inmediatamente tras la devaluación se debe a que la tendencia al alza de los precios-papel moviliza el poder de compra potencial, atesorado, que no es más que el producto no consumido de las pasadas actividades productivas; se trata únicamente de aquella parte de los fondos de acumulación o de los fondos de consumo que la crisis había rechazado del proceso de renovación de la producción o de la esfera de la circulación y que el “choque” de la devaluación incita a transformarlos en objetos de consumo, pero no en capital, pues las condiciones estructurales del capitalismo se oponen a ello.

Una reactivación fundada en una extensión de la base económica sólo sería concebible si existieran posibilidades reales de extender del mercado capitalista o si se modificara el reparto capitalista, aumentando el consumo de las masas mediante la reducción de los ingresos de la burguesía. Sabemos que lo que ocurre es todo lo contrario, y los autores de los Planes Cegetistas, los Planes de Trabajo y demás extravagancias contrarrevolucionarias, que proponen una extensión del mercado interior, no se preocupan de poner en evidencia lo absurdas que son sus hipótesis.

***

Ya hemos indicado que la devaluación no era sino el producto de un determinado clima económico y social y que sólo podía representar una solución temporal, una de las formas que tiene el capitalismo de adaptarse a su estadio decadente. El restablecimiento de la rentabilidad capitalista no tenía más que un valor precario y episódico; el capitalismo no había llegado a un equilibrio definitivo. Las economías que recurrieron a la devaluación pudieron medir sus resultados con la ampliación de su base imperialista y de su peso específico en la esfera de los intercambios internacionales.

Tal es así que el “secreto” de la guerra monetaria no puede comprenderse sin tener en cuenta que el problema de los mercados ha cambiado radicalmente de aspecto.

Bajo la influencia de una regresión continua del comercio internacional que acelera más “la autodefensa” de los nacionalismos exacerbados, para las economías imperialistas no se trata tanto de desarrollar sus mercados exteriores como de conservar y proteger los que ya tiene. El objetivo de la devaluación no es asegurarse una prima a las exportaciones, pues éstas chocan con las barreras de los cupos, las tarifas, los clearings, etc.; la “libre” competencia internacional se ha quedado anticuada. “Vencer” al competidor antagonista que se esconde tras la muralla proteccionista ya no tiene ningún sentido, es decir, que el grupo capitalista que devalúa no trata de que los precios de coste se reduzcan al paso de los precios de venta; al contrario, se esforzará por mantener el nivel de los precios-oro, si no los eleva, pues no puede permitir que la “victoria” económica sobre el grupo rival le cueste la ruina. No es que la devaluación no implique una nueva bajada de los precios-oro, pues esto se verifica en la medida en que extiende su radio de acción (y el ejemplo inglés es concluyente a este respecto). Pero este descenso de los precios-oro sólo aniquilará los resultados positivos de la devaluación si se contrae al mismo nivel que los elementos que determinan los precios de coste. Retomando el segundo aspecto del Esquema III, es evidente que si los precios caen de nuevo un 26% la primitiva pérdida del 20% reaparecerá.

No hay duda de que la acentuación de las contradicciones imperialistas no puede más que empujar sin cesar los precios a la baja. Pero, entre tanto, el grupo que opera la devaluación puede sanear su producción y consolidar sus posiciones en el mercado mundial.

En el terreno internacional, el problema se reduce esencialmente a esto: crear las condiciones que permiten, mediante una acción conjugada sobre los precios internos y la cotización de la moneda, mantener el poder adquisitivo interno de la moneda por debajo de su poder de compra exterior.

En otras palabras, hay que conseguir que la unidad monetaria permita comprar más mercancías extranjeras que nacionales. O dicho de otra forma, que el valor de un determinado volumen de mercancías exportadas permita comprar un volumen mayor de mercancías importadas; esto quiere decir que un grupo imperialista tratará de vender lo más caro posible el volumen de exportaciones que se le asigna en el contexto del nacionalismo económico; la masa de ganancia que antes resultaba de un aumento de la producción y de las exportaciones, debe restablecerse mediante un aumento del valor de una producción más restringida. No es que el capitalismo renuncie a desarrollar sus exportaciones, sino que renuncia en la medida en que esto puede trabar su ganancia.

Prefiere sustituir la prima a la exportación por una prima a la importación que le permite comprar a mejor precio los productos necesarios para su producción (materias primas y productos agrícolas), recurriendo a su mecanismo proteccionista para cortar el paso a los productos extranjeros capaces de competir con los productos nacionales.

La prima a la importación se convierte así en una “moneda de cambio” de cara al desarrollo de las exportaciones: se comprará más si se puede vender más; cuando los métodos “deflacionistas” amplían las posibilidades de reducir los precios de manera “rentable”, la prima que refleja la diferencia entre los precios interiores y los precios mundiales permite reducir los precios de venta para mantener, si no para ampliar, los mercados exteriores.

***

En nuestro estudio sobre la evolución del imperialismo inglés ya hemos subrayado la importancia de la capacidad de compra del mercado inglés y el carácter universal de la libra esterlina, dos elementos que han jugado un considerable papel en la política monetaria que ha seguido Inglaterra tras el abandono del patrón-oro.

El descuelgue de la libra respecto al oro no implicó la modificación del estatuto monetario inglés, y hoy la depreciación monetaria aún no se ha consagrado legalmente; sólo se ha suspendido la convertibilidad del billete.

Pero la depreciación de la libra aceleró la bajada de los precios mundiales, pues la mitad del comercio internacional se efectuaba con moneda inglesa. Si bien por una parte ello supuso una agudización de la crisis en los imperialismos rivales, particularmente en los Estado Unidos, por otra parte la ampliación del radio de atracción del Imperio Británico provocó que las economías vasallas se adhirieran a su política monetaria: los Estados escandinavos y los países de América del Sur, terminando por agrupar un bloque que hoy reúne a 50 naciones.

Mientras el poder de compra del oro proseguía su ascenso, el poder de compra de la libra-papel, en cambio, retrocedía: los precios mundiales continuaban bajando y entre 1931 y 1933 su caída llegó al 20% en los Estados Unidos y al 18% en Francia; en Inglaterra, en cambio, la bajada se contuvo.

Llegó entonces el giro de la política económica inglesa. Para darle la máxima eficacia posible, el imperialismo británico intervino con el enorme poder de atracción de su capacidad de compra e hizo valer su peso aplastante como principal comprador del mundo; una acción consciente sobre el mercado de cambio (Fondos de Control), junto al juego de las tarifas preferentes establecidas en los acuerdos de Ottawa, le permitió actuar eficazmente sobre el movimiento de los precios mundiales, sobre todo respecto los precios norteamericanos.

El antagonismo anglo-americano se desarrolló bajo nuevas formas, que reflejaban la importancia que habían adquirido las variaciones monetarias y la influencia que ejercían sobre los precios.

Habiendo arrebatado los ingleses a los norteamericanos la prima de importación de la que estos disfrutaban hasta septiembre de 1931, la emplearon para comprar a buen precio los productos necesarios, mientras levantaban una muralla imperial a los fabricantes competidores.

De esta forma Inglaterra empleó su prima para tratar de desarrollar sus exportaciones hacia países productores de materias primas y productos agrícolas (Estados Unidos, Argentina, países escandinavos, Francia).

Pero a comienzos de 1933 llegó la respuesta norteamericana. Bajo la presión del crack bancario que amenazaba con hundir toda la economía, Roosevelt, armado con plenos poderes y dando resueltamente la espalda a los métodos “deflacionistas” de Hoover, orientó el imperialismo norteamericano hacia una nueva política económica que buscaba aumentar los precios, operar una amputación del capital fijo industrial y reducir las deudas de los granjeros (cuya agitación se estaba convirtiendo en una amenaza social), mientras otorgaba al dólar libertad de movimientos en el mercado internacional de cotizaciones, descolgándolo del oro.

La áspera lucha entre la libra y el dólar se invirtió: los Estados Unidos recuperaron la prima de importación que se habían visto obligados a ceder en 1931 y la consolidaron reforzando considerablemente su sistema aduanero.

La batalla económica anglo-americana minó las posiciones del Bloque del Oro que se formó tras el fracaso de la Conferencia Económica de 1933.

De este modo, a finales de 1934 las cargas fijas de Inglaterra y los Estados Unidos se habían reducido sensiblemente; el poder de compra de la libra y el dólar se acercó al nivel de 1929 y mejoró la rentabilidad capitalista. En cambio, en los países del Bloque del Oro, sobre todo en Francia, las cargas fijas del capital eran un 50% más altas, mientras seguía el descenso de los precios al por mayor. Francia, aunque teóricamente se “beneficiaba” de una prima a la exportación frente a Inglaterra y los Estados Unidos, pagaba con una moneda “apreciada” los productos ingleses y americanos, más caros que sus propios productos.

Cada vez era más evidente que si no quería salir derrotada de esta gigantesca batalla monetaria, la burguesía francesa tendría que recurrir a su vez a esa gran medida expropiadora capaz de aportarle la reactivación indispensable, “alineando” su moneda y su economía con la moneda y la economía de los imperialismos rivales.

Pero esta “alineación” no implica en absoluto una estabilización monetaria internacional, algo que es imposible en el periodo de progresiva descomposición del capitalismo, que se dirige irresistiblemente hacia su única salida “natural”: la Guerra. La resolución de la Conferencia de Londres de 1933, que señalaba que “todos estamos interesados en lograr, en la medida en que lo permitan las circunstancias, una estabilidad en el terreno monetario internacional, siendo los países interesados quienes deben determinar en cada caso la fecha y la paridad”, reunió en este cubo de basura todos los deseos ya expresados a favor del restablecimiento del comercio internacional, el desarme económico y militar, etc.

Si los imperialismos buscan acuerdos es porque todos saben que no pueden consolidar sus posiciones respecto al resto. Si hoy los Estados Unidos proponen una estabilización monetaria, es porque ésta les permitiría conservar las ventajas ya adquiridas gracias a la política de Roosevelt. Si Inglaterra rechaza la oferta norteamericana, es porque no le parece oportuna. En fin, si la Francia imperialista hasta ahora ha sido la “defensora” del oro, es porque teme el resultado del conflicto entre la libra y el dólar.

La búsqueda de un equilibrio transitorio entre fuerzas antagónicas, esto es a lo que debe limitarse el capitalismo mundial, y no a la búsqueda de un ilusorio equilibrio económico universal que supuestamente se regiría y se garantizaría mediante un mecanismo monetario cuyo funcionamiento excluyese toda fluctuación del poder de compra del oro.

Hace ya 75 años, en su “Crítica de la Economía Política”, Marx se burlaba de semejante utopía: “podemos juzgar la profundidad de la crítica que pretende suprimir los ‘inconvenientes’ de la producción burguesa aboliendo los ‘privilegios’ de los metales preciosos e introduciendo un supuesto sistema monetario racional”.

La estabilidad monetaria está condicionada por la estabilidad de los precios, por la estabilidad del poder de compra del oro”, repiten los agentes del capitalismo. “Los intereses del obrero”, dice Blum, “exigen la estabilidad del valor de compra, y por tanto una relación constante entre el oro y las mercancías. No basta con que un salario determinado represente una cantidad fija de unidades monetarias, sino que estas unidades deben representar una cantidad fija de mercancías”. Y añade: “Si se devalúa, se altera la relación de la moneda con el oro; si se mantiene la paridad con el oro, se deja vía libre al fenómeno de la subida del oro, se altera la relación del oro con las mercancías. ¡Tanto en una como en otra hipótesis, los trabajadores se ven directamente o indirectamente afectados!”. (Le Populaire, 28-9-1934).

El proletariado no tiene evidentemente nada que ver con semejantes concepciones, pues no reflejan más que los deseos capitalistas de escapar de la acción de sus propias leyes, persiguiendo el envilecimiento del valor de la fuerza de trabajo hasta que llegue el día que pueda aniquilarlo materialmente en la hoguera de la guerra. Blum nos dice que frente a las maniobras monetarias de la burguesía “la clase obrera debería elegir la menos nociva, haciendo un balance de las ventajas y las desventajas” (al igual que en la “democracia”). Ante esta argucia contrarrevolucionaria nosotros proponemos al proletariado la necesidad de luchar por la defensa de su salario real, lo que le llevará a constatar que es imposible mejorar su suerte en el contexto del sistema capitalista y le convencerá de que la lucha por el poder es inevitable.

Mitchell.


[1] Una devaluación monetaria del 33% equivale a una subida de precios de un 50%. Si 100 unidades monetarias que representan un valor de 100 gramos de oro se devalúan un 33%, ahora se necesitarán 150 unidades monetarias para representar el mismo poder de compra de 100 gramos de oro.

[2] Es decir, que el precio de mercado reflejado en la tabla sufre también el alza correspondiente.

[3] Aunque la fuerza de trabajo se siga pagando a 100, para calcular el valor real de su trabajo sí que hay que partir de la subida del 50% del precio (en papel). Por lo que a un capital circulante de 150 con el 100% de plusvalía le correspondería una masa de plusvalía de 150. Como los salarios no suben, se quedan en 100 y los 50 restantes van a parar a la plusvalía, que de este modo pasa a ser del 200%, con una masa también de 200, en este ejemplo.

[4] Teniendo en cuenta que la masa de plusvalía es de 200 y la masa de ganancia 75.