¿Renta Básica? ¿Trabajo Garantizado? ¡Salario Básico Garantizado!

¿Renta Básica o Trabajo Garantizado? Cuando la deriva del capitalismo arrastra inevitablemente a la proletarización a millones de trabajadores, las fuerzas de la izquierda del capital que aspiran a representar el papel de defensores de los intereses del “pueblo” en el teatro parlamentario saben que la importancia de la clase obrera como caladero de votos aumenta de manera proporcional a la intensidad de la crisis. Podemos, el partido en ascenso capitaneado por unos mediocres profesores con talento para el circo de la demagogia y el ímpetu de los parvenus, ha recogido en su programa la propuesta de Renta Básica (que llevaba años circulando por esa nebulosa llamada “movimientos sociales”). Izquierda Unida, también mediocre pero sin talento alguno, tratando de reaccionar como ese viejo que se obstina en asumir su decrepitud, se ha sacado de la manga la propuesta de Trabajo Garantizado, la última novedad salida de la cabeza de los intelectuales progresistas.

Veamos en qué consisten estas propuestas y si de verdad responden a los intereses de los proletarios.

Renta Básica

Según la Red Renta Básica, que lleva en marcha desde el 2001, “la Renta Básica es un ingreso pagado por el estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho o residente de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva.” Aunque Podemos ha rectificado su propuesta inicial de Renta Básica, limitándola y convirtiéndola en una especie de “renta mínima garantizada”, en este artículo nos vamos a fijar en la idea original.

Pero antes de nada hay que aclarar algunos conceptos. La inocente palabra “renta”, pensamos, oculta un significado y unas relaciones que hay que tener en cuenta. No es lo mismo la renta que recibe el casero en forma de alquiler, que la renta que recibe el trabajador en forma de sueldo, o la renta que recibe el inversor por la revalorización de sus acciones. Hay “rentas” y “rentas”, y para poder entender mejor la realidad del mundo capitalista debemos profundizar un poco en esta cuestión.

En última instancia, en la sociedad capitalista hay dos tipos de rentas, que son las que reciben las dos clases fundamentales que se desarrollan y luchan en la sociedad capitalista: la burguesía y el proletariado. La primera recibe su renta bajo la forma de plusvalía[1], la segunda bajo la forma de salario. Toda esta masa de riqueza, por supuesto, se redistribuye luego posteriormente, mediante la propia circulación mercantil y a través del Estado, entre todas las clases o estratos intermedios e incluso también entre las capas inferiores marginales. El poder adquisitivo de la clase obrera está pues limitado a esa masa salarial total que percibe como fuerza de trabajo, masa que a su vez depende de las necesidades de la acumulación de capital y también de la correlación de fuerzas que existe entre el proletariado y la clase capitalista.

Por tanto, cuando hablamos de la renta que recibe la clase obrera como mercancía que es (fuerza de trabajo) para el capital, estamos hablando de salarios. Si bien es cierto que formalmente la renta que reciben los parados, el ejército laboral de reserva que también forma parte del proletariado, no se presenta como salario, no lo es menos que los subsidios proceden en su mayor parte de los impuestos a las rentas del trabajo, es decir, de los salarios. En cualquier caso, cuando se habla de los impuestos, hay que tener en cuenta que, ya procedan de los salarios del obrero o de las rentas del empresario (plusvalía), su origen común son las espaldas del proletariado: la explotación del trabajo asalariado.

No existen por tanto los “ingresos pagados por el Estado” de los que nos habla la propuesta de la Red Renta Básica. Lo que paga el Estado procede o bien de los salarios o bien de la plusvalía, y en última instancia de todo el tiempo que ha tenido que emplear la fuerza de trabajo para generar toda esa riqueza. Y por tanto, un “derecho de ciudadanía” en forma de ingreso asegurado a todos, o se extrae de la plusvalía o se extrae de los salarios: o lo paga la burguesía o lo paga el proletariado.

El que escribe estos párrafos recuerda que hace unos 15 años, en una charla que trataba el tema de la Renta Básica, al preguntar un tanto ingenuamente si era económicamente viable ese tipo de derecho en la sociedad capitalista, le respondieron que esa no era la cuestión, pues si esa inviabilidad fuese cierta, demostraría los límites de la sociedad capitalista para asegurar el bienestar ciudadano y por tanto serviría de acicate para la transformación social.

A primera vista, este es el punto fuerte de esta iniciativa. ¿Acaso la capacidad productiva de la economía no ha llegado a un grado de desarrollo capaz de asegurar unas mínimas condiciones de vida a toda la humanidad? ¿Qué mejor forma que reflejar esta contradicción con la reivindicación del derecho ciudadano universal a una renta básica?

Pero por desgracia esta propuesta tiene el defecto del que adolecen en general todas las ideas económicas, políticas y sociales de la pequeña burguesía: se despliega en el terreno de la ilusión, de la imaginación, más que de la realidad. Y es que la afición de las clases intermedias por el teatro, la representación, los gestos, la apariencia e incluso el delirio es algo recurrente.

Para el pequeño burgués, como miembro que es de una clase intermedia entre el proletariado y la burguesía, no existen las clases, sino el pueblo con sus ciudadanos y los ciudadanos con sus derechos. A primera vista, pues, no hay más que proclamar derechos sobre el papel (toda representación requiere de un guion escrito), y quien proclama y concede derechos es el Estado. Si el Estado no concede los buenos derechos, es porque existe un mal gobierno, no hay “voluntad política”, una “casta” ha secuestrado la democracia y por tanto hay que “asaltar” y conquistar las instituciones para proclamar esos derechos que supuestamente garantizan el bienestar del “pueblo”, tal y como está escrito en las leyes constitucionales. Donde esté el derecho y el Estado, ¿qué papel tienen las clases?

Pero si nos apartamos de la perspectiva pequeño burguesa y descendemos al punto de vista del proletariado, nos encontramos con que el Estado no es sino la expresión formal de un dominio de clase. Tratándose del Estado capitalista, hablamos de un Estado burgués, de una ley burguesa para la que en última instancia existen solamente dos derechos: el derecho a la propiedad y el derecho del proletariado a ser explotado para conservar y aumentar dicha propiedad. Por supuesto, dentro de este derecho burgués entran las modificaciones coyunturales que provoca la alteración de la correlación de fuerzas entre las dos clases fundamentales.

Es la fuerza organizada de clase la que da y quita derechos, y no al revés. Como la pequeña burguesía confunde la apariencia con la realidad, como para ella no existen las clases ni la explotación del trabajo, piensa que basta con asaltar el baluarte estatal, el demiurgo social, para dictar las leyes de la justicia eterna y proclamar todos los derechos habidos y por haber. Pero el Estado, como hemos dicho, sólo es la expresión formal de un poder de clase que se sustenta realmente en el dominio de la fuerza organizada. Y por tanto, si pretendemos que la riqueza que se quiere redistribuir con la Renta Básica salga de los bolsillos del capitalista y no del trabajador, no basta con dictar una ley que el dinero siempre ayuda a eludir, sino que hay que arrebatar esa porción de plusvalía mediante la fuerza y la lucha.

Por otra parte, al adoptar una perspectiva clasista, cabe preguntarse qué sentido tiene que los asalariados apoyemos una reivindicación que pretende garantizar una renta tanto a los explotados como a los explotadores. Los capitalistas ya tienen garantizada su renta “básica”, constitucionalmente por cierto, a través del derecho a la propiedad privada y la explotación del trabajo ajeno. ¿Dónde se ha visto que los esclavos concedan derechos a los esclavistas? Desde luego, la pequeña burguesía no se preocupa de todo esto, pues para ella la riqueza, las “rentas”, no son fruto de la explotación de la fuerza de trabajo, sino a lo sumo del esfuerzo de todo “pueblo trabajador”, de la nación soberana.

Trabajo Garantizado

Ante la iniciativa de Renta Básica abanderada hoy por Podemos, que a pesar de huir de toda perspectiva obrera es susceptible de recabar apoyo popular, IU ha salido al contra-ataque con la propuesta de Trabajo Garantizado. Si los abanderados de la Renta Básica lo hacen en nombre del derecho a una renta universal, los paladines del trabajo garantizado lo hacen en nombre del “derecho al trabajo”. “Sin trabajo no hay democracia”, dice Alberto Garzón, siguiendo el eslogan de “el trabajo dignifica”. El “marxista” Garzón olvida que en la sociedad capitalista el derecho al trabajo es el derecho a ser explotado mediante el trabajo asalariado. Si bien para nosotros la esclavitud asalariada no es digna de seres humanos, no por ello nos sentimos indignos al constituir la fuerza de trabajo de la sociedad. Pero no obstante estamos muy lejos de pensar que enriquecer a otros es la forma de adquirir dignidad.

Esta joven promesa televisiva de IU pretende crear un millón de puestos de trabajo con unos salarios en torno a los 900 y 1.200 € netos (más que el SMI, pero menos que el salario medio, es decir, salarios de miseria), con un coste neto de 9.600 millones de euros. Dada la rapidez con la que los actuales salvadores de la “soberanía nacional” rompen sus promesas y alteran sus programas, no nos extrañaría que estos 900-1.200 € se convirtieran rápidamente en 500-700 € o incluso menos. Pero al margen de eso, si nos fijamos en los datos que ofrece Hacienda, podemos ver que en el 2013, bajo el gobierno anti-proletario del PP, algo más de 1’7 millones de parados recibieron como único ingreso, en forma de prestación, algo menos de 8.500 millones netos (tras restar las retenciones). Las medidas salvadoras de IU consisten en repartir una cantidad similar entre un 40% menos de trabajadores, eso sí, a cambio de que trabajen. Desde luego, con semejantes “amigos” a la izquierda la clase obrera no necesita enemigos a la derecha.

Del “trabajo garantizado” en nombre del “derecho al trabajo” al trabajo obligatorio en nombre del derecho a la explotación del trabajo no hay más que un paso, que la burguesía está además dispuesta a dar allí donde se le presenta la oportunidad. Fieles a su pasado, los viejos estalinistas se muestran como los mejores garantes de los intereses de la burguesía cuando la situación requiere del látigo: si los trabajadores quieren una “renta básica” (¡y tan básica!), que la suden. Si quieren comer, que trabajen.

Salario Garantizado

La respuesta proletaria a estas aberrantes iniciativas de la izquierda del capital podría resumirse en la reivindicación clasista del Salario Garantizado, que parte de la defensa de los intereses del conjunto de la clase, y en primer lugar de sus sectores más desguarnecidos.

A primera vista, parece que no hay mucha diferencia entre esta propuesta y las anteriores. Vamos a verlo más de cerca. La Renta Básica pretende dar poder adquisitivo a quien carece de él (y también a quién le sobra), pero fiel reflejo del pensamiento pequeño burgués, olvida que la riqueza social se crea a través del trabajo, no cae del cielo. El Trabajo Garantizado sí que tiene en cuenta el papel que juega el trabajo en la sociedad, y a pesar de que también pretende ofrecer poder adquisitivo a las capas más desfavorecidas, no está dispuesto a entregarlo sino a cambio de tiempo de trabajo, siguiendo las normas que impone el capitalismo. El Salario Garantizado reúne la porción de verdad que encierran cada una de estas propuestas, pero dentro de una perspectiva proletaria coherente y en línea con los intereses del Trabajo.

Sabemos que el trabajo es el que crea riqueza y permite que la humanidad viva y se reproduzca. Pero bajo las condiciones que rigen en el modo de producción capitalista, la mayor parte de esta riqueza va a parar a los bolsillos de la clase propietaria, que además no trabaja[2]. La fuerza de trabajo es una mercancía en la sociedad capitalista[3]. A cambio del tiempo que nos pasamos trabajando recibimos nuestros salarios (precio de la fuerza de trabajo). Pero a medida que la productividad del trabajo se desarrolla, cada vez hacen falta menos obreros para producir lo mismo o más que antes. Es decir, cada vez son más los asalariados expulsados del trabajo y que pasan a engrosar el ejército laboral de reserva que no recibe salarios: los parados.

Pero no obstante los parados y los asalariados activos sin reservas forman una misma clase con intereses comunes frente a los capitalistas. Sus condiciones de vida y su poder de compra dependen de las necesidades contingentes de la burguesía. Ante esta situación, nuestro papel como explotados, pues, no es exigir que se garantice el trabajo a toda nuestra clase, ni que se garantice una renta a toda la población[4], sino reivindicar un salario para toda la fuerza de trabajo (ya trabaje efectivamente o esté en paro), capaz de asegurar unas condiciones de vida mínimas a toda nuestra clase, al mismo tiempo que combatimos por reducir el grado de explotación al que nos someten. No se trata por tanto de reclamar a los capitalistas que nos consuman (exploten) como mercancías que somos, ni de conceder derechos a quien ya goza del derecho supremo que otorga la propiedad: enriquecerse con el trabajo ajeno. Se trata de ganarnos mediante la lucha nuestro derecho a recibir una porción creciente de la riqueza que producimos nosotros y que se apropia la clase dominante, hasta lograr arrebatar a los capitalistas todo derecho privado sobre un producto social que no contribuyen a generar, es decir, hasta acabar con la explotación de la fuerza de trabajo y el dominio de una clase sobre otra. Entonces estarán garantizados tanto el trabajo como la renta para todos[5], pero para ello primero hay que obligar a que los capitalistas y todas sus clases y sectores subalternos se pongan realmente a trabajar.

En la medida en que formamos la clase productora de plusvalía a escala mundial, luchamos por aumentar el salario a costa de la ganancia capitalista. En la medida en que la constante revolución de las fuerzas productivas, bajo las condiciones capitalistas, crea un excedente de fuerza de trabajo, luchamos para que los trabajadores “sobrantes” (para el capital) tengan también un salario (y que salga de la plusvalía, no de la masa salarial de los que trabajamos).

Salario Garantizado y en constante aumento hasta la supresión de toda ganancia y toda plusvalía, he ahí el sendero por el que transitan los intereses proletarios. Y nada luminoso, por cierto, pues está lleno de trampas, obstáculos y enemigos. No es, en definitiva, más que una guerra de clases.


[1] La plusvalía es el valor añadido al producto por la fuerza de trabajo durante el proceso de producción. Considerada así como magnitud, como masa de valor, la plusvalía se puede identificar con la ganancia obtenida por el capitalista. En cambio, el concepto de tasa o cuota de plusvalía no es equivalente a la tasa de ganancia. La Tasa de Plusvalía (grado de explotación de la fuerza de trabajo), se obtiene al relacionar la masa de plusvalía con el capital variable desembolsado por el capitalista (salarios).

TP = PCV

Siendo P la masa de plusvalía y CV el capital variable o salarios. De esta forma, al aumentar la masa de plusvalía o al reducirse los salarios aumenta el grado de explotación de la fuerza de trabajo. Para hallar la Tasa de Ganancia, en cambio, hay que relacionar la masa de plusvalía no ya con el capital desembolsado en salarios únicamente, sino con el capital total desembolsado, que incluye tanto los salarios (CV) como el coste de las materias primas y la maquinaria (capital constante).

TG = P(CV + CC)

A medida que se desarrollan las fuerzas productivas aumenta el valor del capital constante (maquinaria, instalaciones, etc.), por lo que la Tasa de Ganancia tiende a reducirse inexorablemente, reducción que el capitalista solo puede compensar aumentando la masa de plusvalía y reduciendo el capital variable, es decir, aumentando la explotación.

[2] Pues no podemos considerar como tal la gestión y organización del trabajo ajeno y de sus réditos.

[3] Para el capital somos objetos, y únicamente nos revelamos como sujetos, como seres humanos, cuando nos rebelamos contra nuestra condición de mercancías para la explotación.

[4] ¡Precisamente quienes no tenemos garantizada una renta somos los que trabajamos!

[5] Aunque esta renta ya no tendrá la forma mediadora del salario ni de la plusvalía, pues el consumo de los productos del trabajo social será directo, abandonando la circulación mercantil. Es decir, el concepto de renta dejará de tener sentido y desaparecerá, junto con los salarios, los precios y las ganancias. El patrón para medir el valor de los productos ya no será el dinero, sino directamente el tiempo de trabajo que la sociedad necesita para producirlos.

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