Advenedizos en la agenda mediática: el permanente conflicto entre la lucha obrera y los medios de comunicación

Los medios de comunicación no han sido nunca prolijo campo de estudio en relación a las necesidades de la lucha inmediata de la clase obrera. Y desde luego, así debería haber seguido siendo de no ser por la sobreexposición mediática que han sufrido algunos de los conflictos obreros más importantes de los últimos años y, a su vez, cierta “fiebre del estrellato” que han no pocas luchas durante parte de su recorrido. Son cinco años ya de crisis económica en los que la rabia, la impotencia y el resentimiento que han cundido entre los trabajadores ante las deplorables condiciones de trabajo y vida a las que se han visto abocados se han abierto paso a codazos en el relato del acontecer en multitud de noticias, reportajes, entrevistas, crónicas y algunos otros géneros de lo noticioso. Y para mayor impotencia, vergüenza y oprobio para todos cuantos nos reivindicamos de los intereses inmediatos e históricos del proletariado, los trabajadores mismos han hecho un esfuerzo de inventiva y creatividad en sus protestas para tratar de atraer sobre sí el foco mediático (con poco éxito, dicho sea de paso), bien con trabajadores en huelga bailando sevillanas, escenificando el entierro de sus derechos laborales, crucificándose en la plaza del pueblo o gastando gasolina y contaminando estúpidamente con supuestos propósitos reivindicativos. A la luz de tales hechos, incluso podría concluirse que llegamos con bastante retraso a la hora de establecer parámetros de análisis clasista desde los que abordar la mediatización de la lucha obrera y la dinámica de relaciones que se dan o podrían darse entre grupos de trabajadores en conflicto por la mejora o la defensa de sus condiciones de trabajo, y los medios de comunicación que se hagan eco/tergiversen/vituperen/escondan tales combates. Y como punto de partida, es importante reseñar que la mediatización y espectacularización del conflicto obrero que se viene dando en los últimos tiempos (y que sólo puntualmente culmina su propósito y se materializa en forma de un titular en un periódico, una entrevista en una tertulia o en la radio, unas notas en un blog o medio digital; apenas teselas de un mosaico que se construye sin orden, concierto ni propósito de conjunto) deja translucir ciertas limitaciones y dificultades que encuentra la lucha inmediata para desplegarse a cada paso. Por tanto, en la medida en la que los trabajadores puedan reconocer estas trabas y la clase retome la senda del conflicto de clases de manera sostenida y de intensidad creciente, más allá de conatos aislados, trabajarán para superarlas. Y a tal efecto, sirvan estas líneas como base para el ulterior desenvolvimiento de la crítica práctica de la mediatización del conflicto obrero.

La extensión de los medios y redes de comunicación a nivel global camina de la mano del desarrollo técnico y tecnológico de la sociedad capitalista, de la permanente revolución de las fuerzas productivas y de los modos de producción en mercados internacionalizados y sometidos a una competencia entre las economías nacionales como nunca antes se había conocido. Procesos análogos se han vivido en la misma producción industrial: las redes de comunicación físicas y telemáticas han desplazado el grueso de los trabajadores de la cadena productiva de los centros de fabricación a aquellos de distribución y logística. Por tanto, si la sociedad de la información se encuentra cada más “mediatizada”, más dependiente de las redes de interconexión y transmisión de información y más expuesta que nunca a las dinámicas en ellas generadas, es sólo en virtud de su complejidad y del altísimo grado de desarrollo de la capacidad productiva misma de la organización social del trabajo capitalista. Y trasladado al terreno que nos ocupa, si nunca antes en la historia había existido una exposición tan alta de los trabajadores a los medios de comunicación, tanto como consumidores como por ser eventualmente objeto de la noticia, su razón de ser la encuentra, en primer término, en el desarrollo mismo del sistema capitalista de producción. No existe, pues, una “sociedad de la información”, “sociedad de la comunicación y el conocimiento” o la crítica impostada a las nociones anteriores, “sociedad del espectáculo”, distintas o antagónicas a la sociedad capitalista. Ni la información ni el espectáculo han abolido o hecho volatilizarse al proletariado, por lo que no hay estrategias o tácticas sustancialmente distintas que involucren a los medios de comunicación en términos distintos a los de su toma y socialización como medios de producción[1].

Por supuesto, son muchos los factores que se conjugan a la hora de que sectores de la clase obrera en lucha se sientan tentandos a mover cuantos hilos sean necesarios para terminar dando a conocer su caso en los medios de comunicación, para reescribir alguna página de la agenda mediática; pero lo importante es que, en ningún caso, tales circunstancias tienen relación directa o inmediata con las características intrínsecas del periodismo como praxis social o las estructuras mediáticas, y sí mucho que ver con la organización, la fuerza y determinación en la defensa de las reivindicaciones esgrimidas, en fin, el modo en el que los trabajadores participan en su propia lucha. Esta constatación tiene una doble implicación: por un lado, los problemas presentes en el seno de la lucha obrera que se dejan translucir a través de la relación (real o pretendida) de esta con los medios de comunicación, fútilmente pueden subsanarse con la mera prescripción de un decálogo de formas de actuar ante situaciones consideradas ad hoc. Por otro lado, resulta alentador poder hablar de las pretensiones de notoriedad públicas que muchos trabajadores en lucha albergan sólo como síntoma (si bien de enfermedades muy graves). Que ciertas dinámicas en la lucha obrera conduzcan a la mediatización del conflicto importa no por la mediatización misma, sino por qué nos cuenta ese síntoma sobre las dolencias que padece la lucha obrera a lo ancho y largo de todo el mundo. Por eso, de lo que menos se va a hablar en este texto es de información y periodismo.

El periodismo tiene una historia… y dueños

Parece una obviedad decirlo, pero los medios de comunicación son empresas que producen información, un sector más de inversión, negocio y enajenación de plusvalía, que crece y acumula en virtud del despliegue de las fuerzas productivas que el capitalismo ha engendrado[2]. Y lo ha sido desde el surgimiento mismo del periodismo en tanto que praxis social. Es por ello ciertamente fascinante y muy ilustrativo profundizar en los entresijos de la historia para dilucidar hasta qué punto el periodismo moderno (con su periodicidad, con sus criterios sociales de noticiabilidad, de lo que resulta de interés para el conjunto de la población; y, sobre todo, su clara vocación comercial) está estrechamente ligada al surgimiento, desarrollo y apogeo de la burguesía como clase social.

Aunque existe cierta disparidad de opinión a la hora de situar los orígenes del ejercicio periodístico tal y como lo conocemos, que algunos pretenden remontar hasta los sumerios y otros  postergan hasta la llegada de la Revolución industrial, bien es cierto que las tres grandes cualidades mencionadas más arriba del periodismo se reunieron por primera vez en los avissi o gacetas[3], manuscritos en formato cuartilla que recogían la relación de precios de los productos comerciados en una ciudad costera cualquiera, y que se vendían en otras a comerciantes y mercaderes. Esta primera expresión de comunicación periodística moderna facilitó el comercio por el Mediterráneo en la medida en la que florecía al albur de las sucesivas cruzadas y la apertura de nuevos canales de intercambio, con el subsiguiente desarrollo de la burguesía comercial. Tal éxito alcanzaron gracias a   la extensión de las vías de comercio manu militari, que llegó a darse una importante profesionalización en los gaceteros, capaces por primera vez de vivir de la venta de información.

El periodismo, como práctica social, nace intrínsecamente ligado al ascenso de la burguesía, primero, social y económicamente, luego, políticamente. Por su parte, ya dejó escrito Marx en La ideología alemana sobre la distinción entre los medios de producción material y los medios de producción inmaterial, siendo ambos propiedad de la clase histórica y estructuralmente antagónica al proletariado[4]. Cabe hacerse pues pocas ilusiones respecto a lo que una praxis social capitalista objetivada en y desarrollada a través de un ámbito productivo más para el capital pueda deparar a los trabajadores, pero hay quienes se obcecan en ver “potencialidades revolucionarias” (justo de lo que carecen sus propios postulados) por todos lados para distraer al proletariado en causas que no son la suya y conducirlo a estrategias políticas suicidas. La podredumbre del hediondo bersteinismo es el alimento de las más dispares conjeturas de la intelectualidad radical e izquierdista cuando de hablar de medios de comunicación se trata; tomando como punto de partida de todas sus enrevesadas teorizaciones el concepto de hegemonía acuñado por Antonio Gramsci. Para estos exégetas del populista italiano (populista en tanto que todo su corpus teórico partía de una estrategia más o menos subrepticia de colaboración de clases), todas las instituciones sociales que conforman el espacio público acogen en su seno las tensiones y choques que se producen entre las clases de una sociedad, y los mass media no serían sino un ámbito más. Por tanto, y conforme a la vieja pretensión contrarrevolucionaria de Berstein y adláteres (de entonces y de ahora) de democratizar el capitalismo, los trabajadores deben tener presencia en los medios de comunicación, o incluso llegar a controlar algunos, para que su voz y su opinión lleguen al debate público y puedan intervenir en él en igualdad de condiciones[5].

Como si la victoria del proletariado fuera una cuestión de grados y no de términos absolutos, de un quítese usted, que ahora hablo yo, un toma y daca constante entre dos clases principales que tratan de arrogarse los intereses de todo el “pueblo”, todos los intelectuales, sociólogos y politólogos izquierdistas que comparten estas tesis caen en el más burdo y ramplón liberalismo burgués, luego de haber dado una vuelta tan larga y por un camino tan agreste como es el del gramscianismo y sus derivas frankfurtianas. Si analizamos con cierto detenimiento esta teoría, el Estado y sus organismos, los medios de comunicación, las instituciones del saber científico y religiosos, etcétera, no serían más que entidades neutrales por encima de las clases sociales a las que éstas afluyen para competir y luchar por imponer su visión del mundo y de la sociedad[6]. Un Estado neutral frente a una sociedad civil en la que bullen fuerzas antagónicas que buscan imponer su poder a través de este, pero sin tocarlo en lo más mínimo. ¿Hace falta señalar lo obvio? No existen “entidades neutrales” en el seno de una sociedad de clases, como tampoco existen clases “neutrales” que puedan oscilar a un lado o a otro en función de quién muestra más arrojo frente a la opinión pública. No existen términos relativos a la hora de que la burguesía imponga su dominio político sobre el proletariado, como tampoco han de existir cuando el proletariado destruya hasta los cimientos el Estado burgués[7]. Con poco menos, los partidos de la II Internacional acabaron votando los créditos de guerra.

La idea de que las estructuras de la comunicación mediática están, en cierta medida, por encima y al margen de la organización social del trabajo, se remonta a las primeras formulaciones coherentes de los albores del liberalismo. En efecto, para los autores liberales de primera época, los medios de comunicación ejercían de vaso comunicante entre el Estado (neutral, faltaría más) y la sociedad civil. Su papel sería el de fiscalización de la vida política, manteniendo informados a los ciudadanos sobre las decisiones tomadas por los dirigentes políticos, para poder juzgarlas en consecuencia y, de ser necesario, actuar frente a ellas. A lo largo de los años, los estudios sobre periodismo y medios de comunicación han confrontado multiplicidad de tesis sobre cómo prensa y públicos interactúan y se influyen entre sí, pero el planteamiento de partida permanece inalterable: por descripción o prescripción, los medios de comunicación deben/tratan de relatar lo que la ciudadanía es y la ciudadanía quiere para que “el poder” se encuentre frente al espejo los problemas que la sociedad sufre, tome buena cuenta de ello y actúe en consecuencia. Parangonando, caer en semejante puerilidad por parte de tan rebuscados pensadores equivale a dar por válida la fábula de John Locke sobre el surgimiento del capitalismo y la reproducción originaria del capital[8]. No, no fue agregando esfuerzo y trabajo individual a los frutos de la naturaleza para transformarlos de algún modo como el capitalismo y la propiedad privada surgieron; sino con la exacción, la violencia militar para extender el mercado capitalista, y la explotación de recursos productivos y mano de obra barata en vastísimos territorios de todo el globo. Toda la benevolencia con la que la burguesía se veía y teorizaba a sí misma es la que no debe emplearse con los oportunistas y falsos amigos del proletariado, que sólo pretenden ponerle un grillete al pie con sus combates para los crédulos y sus estrategias de substitución de la forma por el fondo, del espectáculo por el contenido político y la organización.

La información no es poder

Surge un conflicto en una empresa que presta un servicio municipal en calidad de concesionaria, el cual deriva en huelga. Ciertos intereses político-mediáticos entreverados en el conflicto salen a escena y el interés de los medios de comunicación por la huelga crece enormemente. La sobreexposición mediática es tal que incluso los propios trabajadores comienzan a perder referencia de las potencialidades y límites de su huelga, su grado de repercusión real. Sin capacidad ninguna para influir o determinar el impacto económico de la lucha sobre la empresa en cuestión, los medios de comunicación sí pueden performar las actitudes de los huelguistas respecto a su propio conflicto, puesto que si algo logran los media es, ante todo, conducir a los trabajadores a una interlocución permanente con toda la sociedad (con sus opiniones, sus ideologías), obligados a interactuar y entenderse con los más dispares intereses en concurrencia tras las pantallas de televisión; quedando desarmados una y otra vez ante unos criterios de noticiabilidad y espectáculo, los marcos referenciales en los que se produce ese debate público, unas rutinas productivas determinadas y cuantos otros sesgos operen en la construcción de la realidad que llevan a cabo los periodistas, de enorme influencia sobre la percepción final de la información y sobre las que los trabajadores, como se verá a continuación, no tienen ningún control. Si bien es cierto que un impacto mayor puede llegar a generar un debate/ruido superior, el proceso contrario no opera bajo ninguna circunstancia; y ésa es la perspectiva que, de hecho, se puede llegar a perder muy fácilmente cuando te conviertes en la fecha marcada en rojo del calendario mediático.

Considerado el caso anterior, ya sea un interés mediático perseguido por los propios trabajadores o sobrevenido, ¿en qué medida beneficia a la lucha esa sobreexposición informativa? Hay que partir de la base de que la información es una de las pocos ámbitos de su lucha que no pueden llegar a controlar completamente. Cuando la información sale del círculo restringido de los trabajadores en huelga, cuando se extiende por todo el tejido social previo filtro de la praxis periodística, deja de ser patrimonio de los intereses de los trabajadores: se mueve, se transforma y metamorfosea, se bifurca y expande a los múltiples y fragmentarios públicos que la reciben; quienes, a su vez, la piensan, la intercambian, incorporan sus marcos de referencia y sus saberes para procesarla, la vuelven a construir. La unidireccionalidad del mensaje es más una pretensión que una realidad. Ni siquiera los estudios más sencillos y vulgares sobre medios de comunicación la admiten ya.

Ahora bien, lo dicho al punto puede aplicarse por igual a otros sistemas más convencionales de información sobre los conflictos obreros y difusión de convocatorias, tales como las hojas volanderas, los panfletos y, en general, la propaganda (digital o en papel). Pero lo cierto es que hay una diferencia sustancial: tal y como no ocurre con los contenidos mediáticos, los trabajadores sí pueden articular mecanismos organizativos para controlar esa información en origen, para ejercer como verdaderos emisores del mensaje. Esta posibilidad queda excluida de jure cuando se trata de información periodística, puesto que son los trabajadores de los medios de comunicación quienes producen esos contenidos conforme a unos criterios que escapan al control (y, en no pocos casos, la comprensión) de los trabajadores objeto de la información. No obstante, este primer aspecto sobre la información y la propaganda en el seno de la lucha obrera nos pone frente a una evidencia incontestable: a los trabajadores se les ha arrebatado cualquier posibilidad de control y fiscalización sobre su propaganda en el marco de un conflicto cualquiera.

Que los trabajadores no puedan controlar el relato de su huelga o sus exigencias evidencia que, efectivamente, no controlan absolutamente nada en su propia lucha. La capacidad de decisión se le ha sustraído a la asamblea, único organismo verdaderamente unitario de organización y movilización de la clase trabajadora en lucha. Si la asamblea no sirve para decidir, sólo ratifica.  Partidos políticos y, sobre todo, sindicatos, tratan de ganarse a los trabajadores para convertirlos en arietes de sus postulados o programa más o menos izquierdistas y definitivamente antiobreros[9]. Y sus ardides para lograrlo no tienen fin. Retomando el caso de la propaganda, tan fácil es arrebatarle a los trabajadores su control sobre la misma prometiendo que la estructura sindical (cualquiera que sea) corre con los gastos. Tan fácil, tan efectivo. La asamblea de trabajadores, el órgano de decisión en la lucha, no necesita ya crear una comisión específica, con cargos revocables y sometidos a vigilancia permanente, para tal ocupación. Y si no hay que imprimir propaganda, tampoco es necesaria una caja de resistencia común. Los sindicatos se encargan. Y tampoco han de llevar las huchas a los piquetes o a otras empresas del sector, las cuotas de los afiliados y las subvenciones estatales (el que las tenga) cubren de sobra.

Los eslabones de esta cadena lógica conducen al punto en el que la asamblea resulta totalmente innecesaria, apenas un órgano de asentimiento acrítico. Y regresamos a la casilla de salida: la forma en la que participan los trabajadores en su lucha es absolutamente pasiva. Les han secuestrado su combatividad. Les impiden participar en su propio combate.

La falsa ley de los grandes números

Organizarse y organizar, tomar decisiones colectiva y asambleariamente, extender el ejemplo de lucha y la solidaridad a otros trabajadores,… la labor detrás de cualquier conflicto es extenuante e ingrata en no pocas ocasiones. El problema es que las canonjías no existen en la lucha obrera, como tampoco hay atajos a la hora de concienciar y movilizar.

En términos de economía del tiempo, el esfuerzo y el dinero, buscar que los medios de comunicación se hagan eco de la lucha en una empresa o sector es lo más eficaz. La ley de los grandes números lo justifica: la propaganda llega a cientos, a miles. La televisión, a millones. Pero ese argumento tiene trampa y esconde un cepo. ¿A quiénes apelamos cuando se usan los medios de comunicación como altavoz? No sólo es que no podamos controlar la información que trata de nosotros, es que ni tan siquiera tenemos una percepción clara de a quién pretendemos influir ni qué podemos lograr buscando hacernos hueco en la agenda de los medios.

Se tiene por incontestablemente sabido que los medios de comunicación se dirigen a públicos dispersos, anónimos y heterogéneos. Más recientemente se ha añadido la consideración de “fragmentados”, en relación con la búsqueda de un posicionamiento específico en el mercado de la información en base a perfiles de consumidores muy concretos. Aunque cada vez más aparecen nuevos modelos de negocio con la información periodística[10], espoleados por el hundimiento del vetusto mercado publicitario y el arraigo de Internet y las nuevas tecnologías de la información, el modo predominante para la valorización de la plusvalía objetivada en la información (como mercancía final) sigue siendo el mismo: los medios de comunicación venden a las empresas de publicidad bloques de consumidores, perfiles de audiencia generales o más específicos hacia los que dirigir una estrategia publicitaria determinada[11]. Pero dentro de toda esta diversidad, que puede arrojar los resultados más dispares respecto a la reacción al conocer que cierto sector laboral se ha movilizado en defensa de sus intereses inmediatos, hay dos elementos de unificación de todos esos públicos, al menos, desde la perspectiva de los trabajadores que buscan atraer hacia sí el foco mediático: todos esos individuos son sujetos de derecho en el marco del Estado y la ley burgueses y, además, potenciales consumidores del producto o servicio que la empresa o empresas involucradas en el conflicto ofrecen. Et voilá! Un segundo problema de gravísimo calado en los derroteros actuales de la lucha de clases: los trabajadores se encuentran completamente desposeídos de una conciencia de clase que les permita identificarse y reconocerse colectivamente como tales frente a sus explotadores. Apenas intuyen la posición que ocupan en el proceso productivo; desconocen por completo que su fuerza, frente al resto de las clases que se alimentan directa o indirectamente de su explotación, reside en su número, en su organización y en su adquisición de consciencia de clase.

Como sujetos de derecho supuestamente agraviados, los trabajadores buscan la complicidad de los ciudadanos que se encuentran al otro lado de las pantallas para hacer causa común frente a quienes los vulneran, como si esos “derechos” no fueran la sanción escritudiaria de una determinada correlación de fuerzas en la lucha de clases, el marco jurídico-constitucional en el que se desenvuelve el accionar del Estado capitalista, y sí algo adquirido por el mero hecho de nacer y existir. Este procedimiento parece más que justificado dado que la crisis económica haya acabado por dinamitar buena parte de los colchones sociales de los que gozaba la pequeña burguesía, que ha padecido en sus carnes el deterioro de sus condiciones de vida antaño privilegiadas y la represión ejercida por los estratos superiores de la burguesía encaramados en el Estado burgués. Y tampoco es nada nuevo que los trabajadores converjan con la ciudadanía en pos de una cierta reivindicación (se cuentan por millones las veces que los panfletos de sindicatos y partidos “obreros” han apelado al pueblo en el contexto de un conflicto local o más generalizado), lo que ocurre es que ahora existe la mediación de los periodistas. Nada nuevo bajo el sol.

Luego está la otra condición que homogeneiza a quienes se encuentran tras las pantallas, las radios y los periódicos, su carácter de potenciales consumidores del producto o servicio que ofrezcan los trabajadores. Este proceso de pretendida confluencia de intereses no es menos espeluznante que el anterior, sólo que en vez de operar sobre la base del derecho, lo hace sobre la base de la oferta y la demanda. Se busca que los consumidores reales o potenciales de cierto producto o servicio presionen a la empresa haciendo valer su “fuerza como consumidores”, para que la empresa se vea derrotada económicamente y se vea obligada a actuar conforme a lo que los trabajadores le exigen. Así, aparecen todas esos llamados al boicot de tal o cual producto, o tal o cual empresa. El sindicato CNT es asiduo de estas formas de protesta tan postmodernas y postfordistas (cimentadas sobre la supuesta disolución de la clase obrera en un capitalismo completamente terciarizado), que también han sido usadas por centrales sindicales de mayor tamaño en conflictos varios, a destacar el del cierre de la planta de Coca-Cola en Fuenlabrada o la lucha de Panrico en la planta de Santa Perpetua[12]. Pero emplear una táctica de presión basada en el boicot del consumidor es ya la constatación de una derrota de partida, al reconocerse tácitamente que es imposible detener la producción o prestación de servicio mediante la huelga, que el daño que los trabajadores pueden causar a la empresa es mínimo. El paroxismo de este proceder se ha alcanzado en las últimas huelgas generales en el Estado español, en las que se popularizó la consigna “hoy no se trabaja, hoy no se consume”, y que fueron proclamadas también como huelgas de consumo. El capote que echaron las asociaciones que más promovieron este carácter anticonsumo de la huelga a los sindicatos fue notorio, aun cuando su verdadero impacto no trascendiera el ámbito del discurso y la impostura mediática: la mejor manera de influir en los datos de consumo que se suelen emplear para baremar el impacto de una huelga ante el boicoteo de la misma por parte de sus convocantes (si es que una huelga de 24 horas en la que toda actividad piquetera acaba a medio día puede darse tal nombre), es pedir que no se haga gasto de electricidad en los hogares o que no se consuma en tiendas. Por supuesto, el boicot entendido en estos términos está muy ligado a las nuevas formas de activismo y protesta tan del gusto de la pequeña-burguesía y de ciertos sectores de la juventud estudiantil radicalizada, pero realmente vienen a vituperar el verdadero sentido de la palabra boicot en el marco de la lucha obrera: el entorpecimiento del proceso de enajenación de plusvalía y valorización del capital por parte de los trabajadores para hacer que la empresa ceda ante sus reivindicaciones. Ésta es otra de las obviedades que parece mentira que haya que decir, pero visto lo visto, quizás haya que recordar que si algo no se produce, no se puede consumir. La verdadera lucha se encuentra en todas las fases que llevan el producto desde la fábrica hasta el punto de venta, no la que se pretende dar desde este hasta llegar al consumidor final[13].

El signo demencial de que los trabajadores pretendan extender su lucha, agravar el impacto económico a la empresa y buscar la confluencia desde parámetros no clasistas es fácilmente parangonable y asimilable a un grupo de trabajadores que, ante un abuso patronal, decidiesen ir a reclamar ayuda al dueño o gerente de alguna empresa de la competencia. ¿No es también un sujeto de derecho ese empresario? ¿No es acaso un consumidor más, particularmente, de fuerza de trabajo? Pues esta aberración política no sólo existe, sino que se encuentra muy extendida en multitud de conflictos laborales que aparecen aquí y allá en estos últimos años. Y uno de los ámbitos en el que más base para actuar tiene es en el de las empresas públicas o concesionarias de la Administración pública. Aquí es donde la apelación ciudadana encuentra más razón de ser, pues en todos los ciudadanos convergen, frente a la empresa estatal/concesionaria, los dos factores de homogeneización antes mencionados: sujetos de derecho en tanto que tienen reconocido por ley el poder acceder a este servicio; potenciales consumidores en tanto que, en cualquier momento, puedan hacer uso del mismo. A todo ello hay que sumar, además, que los medios de comunicación cuentan con una especial sensibilidad en lo que a “lo público” se refiere (en particular, por el uso político que se puede hacer de tal información), así que no dudan un instante en dedicarle tiempo y espacio a todo conflicto que se origine en/a colación de un servicio público.

El caldo de cultivo no podría ser más favorable para que, en caso de conflicto laboral, la táctica para atraer la atención de los medios se priorice respecto a cualquier intento de dotarse de una organización o unas reivindicaciones. Pero estamos hablando de sectores económicos y laborales singulares, sufragados por capital público parcial o totalmente, por lo que las reacciones frente a la posible lucha de estos sectores laborales se ven interferidas por aspectos que no se conjugan en otros casos relativos al ámbito del negocio privado. Ese enconamiento en las posturas, que se mueven sobre el eje defensa cervil de la lucha por lo público – rechazo absoluto de que el servicio se vea afectado por la protesta, en ningún caso implica un subsiguiente análisis del papel del Estado y el capital público en la acumulación del capital, de cómo se forma y reproduce el capital público, para qué sirven todos esos servicios públicos desde el punto de vista de la reproducción de la fuerza de trabajo y el descargo de importantes costes de espaldas de los empresarios que se trasladan a la esfera de “lo público”. Con todas las energías entregadas a la escenificación de la lucha, no hay espacio alguno para que los trabajadores puedan alcanzar cierto grado de claridad respecto a estas cuestiones. Y sólo partiendo de tal base genuinamente clasista puede llegarse a articular una confluencia con otros sectores de trabajadores en lucha, sean del ámbito público o del privado. Todo lo demás, todas esas tácticas mediáticas para atraer la atención y el apoyo de los ciudadanos, son pura impostura frente a la cámara. O peor aún, clavos que van sellando la tumba en la que será enterrada la lucha de la clase obrera.

Salir en la tele tiene un coste

Al comenzar el texto, se decía que todos los aspectos tratados en la relación lucha obrera – medios de comunicación sintomatizaban algunos problemas respecto a cómo los trabajadores participan de su propia lucha. Pues bien, llegados a este último punto, cabe volver a afirmar que la mediatización del conflicto obrero, especialmente si es perseguida, puede llegar a performar el modo en el que los trabajadores se apropian y hacen suyo el conflicto del que son promotores y parte interesada, al depositar la confianza en que aquel se resuelva de manera no traumática en unas convenientes estrategias de márketing que atraigan el interés de los medios, generen debate público y, finalmente, apelen a la conmiseración de los patrones. Así pues, no es sólo que los sindicatos y sus ardides secuestren la combatividad de los trabajadores, sino que ciertas ilusiones respecto al uso que pueden hacer de los media para con la defensa de sus intereses, terminan por narcotizar y esclerotizar la voluntad de los más aguerridos combatientes de la clase obrera. Y los sindicatos se saben esta lección al dedillo. No sólo es que los medios de comunicación los reconozcan como la única voz autorizada y legitimada en el seno de la clase obrera, sino que muchos de sus cuadros encuentran en el interés mediático una fantástica plataforma de lanzamiento para encaramarse a posiciones superiores en la jerarquía interna de su organización[14]. Por eso, los sindicalistas de raza conocen como nadie las rutinas productivas propias de los periodistas. Por eso, todos los sindicatos de cierto tamaño y entidad cuentan con potentes gabinetes de prensa.

El convertir las protestas en algaradas y francachelas de consignas pareadas, banderas y timborradas no es algo nuevo ni reciente, pues ya iba apareciendo de manera subrepticia, aquí y allá, en muchas de las movilizaciones asociadas a las más variadas protestas sociales. No obstante, en el 15-M vinieron a converger y concentrarse todos los ámbitos de reivindicación social de los últimos tiempos y, con ellos, las teatralizaciones que se habían pergeñado. Desde entonces, las nuevas y “divertidas” modalidades de protesta vinieron a incorporarse casi a cualquier lucha, también en el campo de lo laboral. Y es que las fronteras entre las clases bajas son móviles e, incluso, delicuescentes, máxime dadas las condiciones actuales en las que se encuentra la clase obrera; la reivindicación siempre ejerce una fuerza de arrastre en un contexto de falta de luchas y el efecto contagio, en este escenario, no es sólo predecible sino también inevitable. El interés por los medios de comunicación fue omnímodo y tocó todos los palos. Las “Comisiones de medios” de las asambleas se extendieron por cada ciudad, por cada plaza y en cada sector movilizado por influjo del 15-M. Sin pasar por las facultades de periodismo, muchos hicieron gala de verdadera experticia en comunicación corporativa. Bien sabían, desde luego, que el secreto de las estrategias de márketing es el de convertir cualquier hecho en objeto de noticia, ser siempre portador de una opinión sobre cualquier cosa que declarar en los medios y, englobando todo lo anterior, buscar del modo que sea mantener la atención y el interés de los medios de comunicación sobre ti mismo hasta convertirte en un interlocutor consagrado más de cuantos pugnan en el espacio de la opinión pública.

Pero la factura de mantener a los medios atentos a cualquier mínimo movimiento que se haga es muy, muy alta. Cuando el conflicto transita del hecho al relato, cuando va del «hacer» al «decir que se ha hecho», ya se pierde cualquier noción de la importancia de un pliego de reivindicaciones, de una organización sólida o, simplemente, de continuar con la actividad piquetera. Las reivindicaciones son ahora un guión, los trabajadores organizan su performance como si en un plató de televisión estuviesen, y por principal actividad, el llamar la atención. Hay un ejemplo que supera con creces, por descabellado, todo lo vivido hasta la fecha en lo que a ficcionalización de la protesta respecta. Y lo protagoniza, como no podía ser de otra manera, uno de los sindicatos que mejor sabe manejar la atención mediática. Primera semana de agosto de 2012. Ni una triste noticia que llevarse a la boca. Toda la actividad política y parlamentaria, paralizada. Los medios no saben con qué llenar los espacios. Y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) se lo ofrece: varias decenas de militantes de la organización asaltan dos supermercados en Cádiz y Sevilla, llevándose algunos carros de la compra que van a parar al banco de alimentos local. Su propósito confeso es el denunciar la situación de “emergencia social” que vive buena parte de la población por mor de la crisis económica; su propósito real, tener a los media tras suya durante las dos semanas de marcha recorriendo Andalucía que el sindicato había organizado para una semana después de producirse el asalto. Jugada redonda: dos meses con las siglas SAT traídas y llevadas de aquí para allá, la comidilla de todas las reuniones. ¿Y qué había tras el asalto o la caminata cruzando Andalucía? Nada, absolutamente nada. Solamente el interés de llegar a Sevilla al final del trayecto y coronar la marcha con una multitudinaria manifestación en la capital. Desde entonces, el SAT no pierde una oportunidad de aparecer frente a las cámaras. Quienes sí las pierden son los trabajadores enrolados en este sindicato creado por un cura y cuya obra la continúan zascandiles de la talla de Diego Cañamero.

Algunas de las luchas obreras más importantes que se están viviendo en la actualidad no parecen haber aprendido todas las lecciones que han sembrado todos los conflictos anteriores en su paso; insisten en reclamar sobre sí una atención granjeada mediante performance de todo tipo, haciendo que la inventiva y la imaginación ocupen el espacio que deberían tener el análisis, el debate y la autocrítica respecto a los términos en los que su conflicto se desarrolla. La acción mediática (el márketing corporativo de los grupos en lucha) se ha trasladado allí donde ahora se encuentra la opinión pública, en Internet y redes sociales, sin que ello suponga avanzar un milímetro en que las filas se mantengan prietas en base un programa o la lucha se reproduzca y extienda en otros lugares u otros sectores. La opinión pública, esté tras la pantalla de la televisión o del ordenador, no depara nada positivo para los trabajadores. Y los medios de comunicación, como vehículos de aquella, tampoco.

Por Proletario para sí.


[1] Don’t hate the media, be the media es el lema aglutinante dentro del mundo de la contrainformación y el periodismo alternativo. Autoproclamados espacios de ruptura con la hegemonía informativa y la construcción mediática de la realidad dominantes, los medios de contrainformación suelen atraer activistas de muy distinto signo particularmente interesados en transferir sus energías del campo de la movilización social al del relato sobre la movilización social; esto es, pasan del «hacer» al «decir que se hace». Se importan algunas rutinas productivas del periodismo convencional, pero lo que cambia es el objeto de la noticia y, en todo caso, el propósito perseguido al dar cobertura a aquellos hechos noticiosos que no encuentran cabida en las grandes empresas informativas. Este ejercicio informativo es considerado como todo un acto político por parte de quienes participan y consumen de tales contenidos, como si el mero hecho de informar de otra manera o sobre otros temas fuese a hundir la estructura mediática imperante. Más aún, en ningún caso se cuestiona en profundidad el origen del periodismo, su recorrido histórico o las determinaciones de clase entretejidas en la praxis social periodística; ni siquiera cuando tales proyectos logran aumentar su esperanza de vida (por otro lado, bastante corta) incorporando todo aquello de lo que reniegan en sus comienzos: una verdadera profesionalización periodística, una estructura organizativa estable y una fuente más o menos regular de ingresos. Uno de los casos más destacados de éxito de un espacio de información contrahegemónica en España es el de Diagonal, periódico quincenal y web que vive de ventas directas, suscripciones y la publicidad de librerías, editoriales y otras empresas de lo alternativo.

[2] Las grandes agencias de noticias internacionales surgieron hacia mitad del siglo XIX en los grandes centros imperialistas de la época: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Con ellas, magnates del periodismo de aquella época pretendían reducir costes (plantilla) a la hora de cubrir los hechos noticiosos derivados de la lucha militar de sus respectivos ejércitos para el anexionamiento de nuevas colonias. Este desarrollo del periodismo internacional vía la extensión imperialista es análogo al de muchas ciencias físicas y sociales, tales como la biología, la zoología, la antropología o la filología. Periodistas y científicos acompañaban a las tropas en sus ejercicios y batallas en territorios inexplorados y por conquistar.

[3] Así lo sostiene la doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla Rosalía Romero Domínguez.

[4] Son esos mismos medios de producción inmaterial los que dan a conocer, distribuyen y, si fuera necesario, performan la ideología dominante de la clase dominante de la sociedad, entre ellos, los medios de comunicación o las enseñanzas regladas. Forman parte de la superestructura de la sociedad capitalista, y con ella deben perecer en el fuego de la victoria histórica de la clase obrera.

[5] En virtud esta lógica, en Sudamérica han proliferado multitud de radios comunitarias vinculadas a algún sector laboral, destacando muy particularmente las “radios mineras” peruanas y bolivianas. Estos proyectos forman parte de convenios marco de cooperación internacional, nacional y regional con los que se busca que la población conozca de primera mano cómo funcionan los medios de comunicación, cómo se crean los relatos del acontecer diario. Pero su funcionalidad trasciende la de la mera “alfabetización mediática”: son una herramienta más con la que gobiernos de izquierdas se ganan el favor de los trabajadores y los aherrojan a la suerte del capital nacional; y, al mismo tiempo, han demostrado una notable efectividad a la hora de que los empleados acepten de buena gana el incremento de la intensidad del trabajo en los pozos, al sentir la plantilla minera que cuenta con una voz, que sus opiniones son escuchadas. Son una aplicación sui generis de las lógicas del toyotismo. Por supuesto, en caso de que la tensión entre los intereses de los trabajadores y el capital alcance un grado superior, ninguna radio o cualquier otra prebenda puede hacer de muro de contención por largo tiempo, pero el grado de compromiso adquirido por los trabajadores para con el capital que les explota (que suele ser público) supone una nueva traba a superar.

[6] El filósofo esloveno Slavoj Žižek, que algunos hacen pasar por marxista, tiene una percepción muy parecida. Para él, sobre las instituciones de una sociedad actúan dos vectores de fuerza opuestos, como son la burguesía y el proletariado, que buscan hacerse con su control.

[7] En el libro de Grandizo Munís Jalones de derrota, promesas de victoria, el autor enfatizaba que la reconstrucción del aparato del Estado burgués tras su desintegración en el 18 de julio de 1936 se había apuntalado en unas cuantas armas que todavía tenían en sus manos guardias civiles, militares y guardias de asalto. Esos “compañeros guardias”, como les llamaban los ácratas de la CNT en Solidaridad Obrera, eran los últimos vestigios del orden burgués; y la no disolución inmediata de tales cuerpos represivos y la entrega inmediata de sus armas a los grupos obreros armados, permitió el vertiginoso rearme de la burguesía y de su Estado.

[8] El cuento para niños que se saca de la manga John Locke para emplearlo como metáfora de la reproducción originaria o primitiva del capital, puede encontrarse en su obra Segundo tratado del gobierno civil.

[9] No se trata de hacer aquí una defensa cerrada de ese sindicalismo apolítico, puro, que tanto gustó y gusta a reformistas economicistas, anarquistas y “radicales” como Díaz-Valcárcel. Los sindicatos no pueden ser apolíticos en ningún caso, y ello debido a dos motivos: 1. Todos sirven en mayor o menor grado como correa de transmisión de grupos políticos con aspiraciones de lograr hacerse oír entre sectores de trabajadores organizados; 2. Es imposible pensar en una organización sindical que no adopte una posición política en el fragor de la lucha de clases, es decir, que configure una determinada visión de la realidad, forjada en unas premisas teóricas determinadas y que desarrolle una praxis en consecuencia. La función económica que la sociedad capitalista les ha conferido a los sindicatos es tanto económica como política: negociar el precio de la fuerza de trabajo no es una mera ocupación técnica, sino que, conforme a las mismas contradicciones del sistema capitalista, implica conflicto, confrontación de intereses, tomar partido ante los movimientos en la correlación de fuerzas entre las clases. Si los sindicatos no fuesen “políticos”, no existirían. Ni siquiera es plausible pensar en un único sindicato pura y llanamente “apolítico” (lo cual, de hecho, también sería una posición política).

Esto nos lleva a que es lógico que diversos sindicatos y grupos políticos desarrollen su propia propaganda y traten de imponer sus tesis y líneas de actuación al conjunto de los trabajadores ante un conflicto de cierta magnitud. Eso forma parte de la dinámica misma de la lucha de clases, y sólo un rearmamiento político de los trabajadores puede hacerles combatir los planteamientos que la izquierda del capital les proponen. Avanzar hacia la unidad de la lucha de clases sólo puede lograrse en términos políticos. Cualquier otro aserto al respecto es una quimera.

[10] Lo verdaderamente “novedoso” de estas incipientes formas de negocio es que se apuesta por el elemento diferencial de la calidad informativa, renunciando a la publicidad (aunque sólo de manera relativa) y sosteniéndose por las suscripciones de los consumidores. Medios como The Washington Post o infoLibre, entre otros, han iniciado una senda en el mundo web que nadie antes había transitado: el pagar por información en red cuando toda la información que busques puede ser encontrada de manera gratuita.

[11] Los “clics” en Internet valen mucho dinero. Por eso existen nuevas técnicas para construir perfiles de audiencia cada vez más individualizados y específicos, englobadas bajo el nombre genérico de mining. Las empresas mercadean con la información que ofrece cada internauta sobre su búsqueda y consulta de información en la red. Saben dónde clican, dónde se detienen más tiempo a consultar algo, qué patrones de consulta informativa tienen y cuanto esté relacionado con el comportamiento del usuario en la web. Si Internet y las nuevas tecnologías de la información han logrado robar a los medios de comunicación tradicionales gran parte de su audiencia, es evidente que la inversión publicitaria se traslade a la red. Y si, en ella, resulta bien difícil crear perfiles de audiencia dada las particularidades de tal tecnología, hay que agudizar el ingenio y crear herramientas que logren reducir la incertidumbre de las empresas a la hora de invertir. El negocio no está en la información que yo ofrezco al público, sino la que logro obtener del usuario a través de aquella.

[12] Aparte del llamamiento al boicot de los productos de estas multinacionales, ambas luchas comparten otra forma de proceder por parte de los sindicatos: la huelga fue focalizada en una sola planta, mientras la producción continuaba con toda normalidad en el resto de las fábricas de la marca. Un nuevo escalón en el esquriolaje sindical organizado.

[13] El camino entre el producto ya exhibido en los estantes y el consumidor final es el que recorre la publicidad y el  márketing de las empresas, lo cual ya nos dice mucho sobre el verdadero carácter de las estrategias de “lucha” y “empoderamiento del consumidor” cacareadas: puro márketing.

[14] Según uno de los entrevistados en el documental Autonomía obrera, dirigentes de las Comisiones Obreras de Barcelona en los años sesenta se hacían detener durante las reuniones clandestinas, mediante autochivatazos a la policía, con propósito de salir en los periódicos y convertirse en héroes ante el resto de militantes de la organización y los demás trabajadores.

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