El sol naciente de la lucha de clases

El “milagro económico chino” jamás hubiera tenido carta de existencia de no haber cargado sobre los trabajadores del país del sol naciente el peso y los costes del impulso económico que asombró al mundo en los noventa, que sitúa actualmente a China como segunda potencia económica en términos de Producto Interior Bruto. Sometidos a una disciplina laboral de corte casi militar, instaurada por el Partido-Estado Comunista y el único sindicato oficial del régimen, los proletarios chinos han sido capaces de sobreponerse a cuantas dificultades han encontrado en el despliegue de una conflictividad obrera como no se recordaba desde el periodo de reconversión industrial y apertura económica de los años 80 y 90.
Por Proletario para sí.

[Imagen: Miembros del sindicato oficial, con gorras amarillas (!), conminando a los huelguistas de Honda a volver al trabajo.] 

Semanas atrás, nuestra atención se centraba en los trabajadores mineros de Sudáfrica, quienes llevan más de tres años en liza por alcanzar una mejora substancial de sus condiciones de trabajo y salarios. Una lucha encarnizada frente a la cual se han encontrado al Estado y sus huestes armadas, los covachuelas de los grandes sindicatos y las sabandijas oportunistas de los más pequeños y “radicales”; y, como no podría ser de otra manera, a los patrones, los empresarios (nacionales e internacionales) y sus hijuelas. Al mismo tiempo, pero a millones de kilómetros de allí, otros trabajadores se alzaban igualmente contra las agónicas jornadas de trabajo y los salarios de miseria, enfrentando los mismos problemas en la lucha y tratando de resolverlos con las mismas armas: la autoorganización y la solidaridad. Plomo, fuego y sangre también estuvieron presentes en los conflictos protagonizados por el proletariado chino; pero aquí, como allí, la fuerza de la unidad de la clase y su determinación en la lucha han hecho cimbrear todo el edificio de la dominación política capitalista y han asfaltado el camino de la recuperación de la conciencia proletaria.

Los analistas económicos señalaban en 2008 que los salarios en China tenderían inexorablemente a un aumento sustancial. Y si se nos permite el juego de palabras, son las luchas obreras que se han venido dando en estos años las que han substanciado esos aumentos salariales previstos y asimilados por el sistema capitalista, que, sin embargo, no los ha aceptado como hecho consumado sin revolverse con ferocidad en muchos casos, como veremos más adelante. Según pronósticos de InterChina Consulting, entre 2010 y 2020, los sueldos en el país asiático se revalorizarían en torno a un 150%, luego del incremento del 148% que ya se había dado entre 2001 y 2009. Las cifras resultan mareantes, máxime si en los países occidentales (hablar del “centro” y la “periferia” capitalistas en relación a la segunda potencia económica mundial parece una auténtica aberración) a duras penas los salarios regulados por convenio logran aumentar[1]. Sin embargo, hay un motivo para que los sueldos de los asalariados chinos escalen de esa manera: la economía nacional, pese a la crisis económica, no ha pisado el freno y sigue creciendo a ritmos constantes de entre el 7 y el 10% sobre el Producto Interior Bruto, según datos del Banco Mundial. Además, si los salarios puedieron crecer en un 148% entre 2001 y 2009, fue porque las exportaciones (principal motor económico) lo hicieron a más del 436%. O dicho de otra manera, la masa salarial tiene una participación proporcionalmente menor en el conjunto de la economía china. Para 1983, los salarios globales constituían el 53% del PIB. Para 2005, esa cifra desciende en más de diecisiete puntos. En román paladino, lo anterior supone que la participación de los trabajadores chinos en la riqueza que ellos mismos generan es cada vez menor. Y el número total de asalariados no ha dejado de crecer hasta 2013. Más para repartirse menos.

China constata, una vez más, que no cabe hacerse ninguna ilusión sobre aumentos sustantivos del salario sino en condiciones de crecimiento sostenido del capital, de rápida y vigorosa acumulación. Y en la medida en que el capital se internacionaliza más y más, revolucionando constante y permanentemente las técnicas productivas y la organización del trabajo, ligando la suerte de los trabajadores igualmente a nivel internacional en la concurrencia global, un incremento salarial de enjundia a nivel local o nacional cifra su suerte a una perspectiva económica positiva de las dinámicas mundiales. Tanto es así, que pese a que China no ha sufrido tan virulentamente la crisis económica internacional, las exangües conquistas salariales pretéritas de los proletarios chinos ya se están viendo amenazadas.

Para muestra, un botón. En 2008, el Boletín Laboral Chino se refereía a una serie de huelgas violentas que se desarrollaban en la región de Manchuria. Trabajadores del textil se lanzaron contra la seguridad privada de las empresas y el ejército desplegado por las autoridades locales del Partido Comunista para lograr un incremento de sus salarios, situados en los 0,22$/hora, el salario por hora más bajo del mundo. En el textil bangladesí, que tiene a día de hoy el ominioso honor de ser el de peores salarios de todo el planeta, la hora de trabajo se pagaba entonces a 0,44$. Así es como ha de entenderse el “milagro económico chino” y toda la faramalla en torno a los logros económicos de los países emergentes: países de una Composición Orgánica del Capital relativamente baja (no se necesita reducir los costes de reproducción de la mano de obra a través de la incorporación de maquinaria), y en los que la mano de obra es muy, muy barata; y lo es, entre otras cosas, porque carece de gran parte de los colchones sociales que el Estado articula mediante la redistribución de la plusvalía sobreacumulada y que garantizan su reproducción (sanidad, educación, pensiones de jubilación). No parecían los obreros chinos dispuestos a resignarse a que el crecimiento económico les pasara por encima sin embargo, y dieron así al mundo una lección de fuerza y determinación como desde hacía años no se había visto. Era, en fin, el renacer de la lucha de clases en el país del sol naciente.

Miles de conflictos pequeños se van dando a diaro. En empresas y factorías más grandes o pequeñas, los trabajadores se organizan para plantarse frente al patrón y exigir mejoras salariales. Poco a poco, tajo a tajo, en una labor subterránea y oscura, guiados sólo por la luz que arroja el desenvolvimiento de las contradicciones del capitalismo y las acuciantes necesidades materiales, los trabajadores chinos van ganando conquistando posiciones y extendiendo su ejemplo, hasta que la energía soterrada encuentra la superficie y se libera de manera incontenible. Entonces, el mundo entero tiene que girar la cabeza para asistir perplejo, con muda fascinación, a cómo el proletariado chino es capaz de medirse en el campo de batalla, movido por el impulso ciego de la necesidad material, a las hordas del Estado (uno de los más militarizados del mundo) movilizadas para defender los intereses del capital nacional e internacional. Y fue en las factorías de Honda en las que la lucha en empresas anónimas se sustantivó, no precisamente por la fama internacional asociada a los letreros que rematan las fachadas de las fábricas paralizadas.

A mediados de mayo de 2010, la factoría Honda Nahai, en Guandong, entra en huelga[2]. Los bajos salarios y las deplorables condiciones de trabajo detienen la producción de los sistemas de transmisión que se envían a las otras cuatro empresas auxiliares de Honda en la región. En lugar de las piezas necesarias, a estas últimas arriban noticias de lo que ocurre en Nahai. A la vuelta de dos semanas, todas las plantas de Honda están paralizadas, en reivindicación de un aumento de salario del 30%, que alcance los 2.000 o los 2.500 yuanes según categorías. La confluencia en las reivindicaciones camina pareja a las similitudes en lo que respecta a las dinámicas organizativas de las que se dotan en cada taller: los trabajadores se reúnen diariamente a las puertas de la fábrica en asamblea, deliberando conjuntamente sobre las acciones a emprender -casi todas las asambleas acababan en manifestaciones, luego violentamente dispersadas por la policía- y eligiendo a los representantes encargados de negociar con la empresa, quienes tenían que asumir como propio el mandato imperativo del resto de sus compañeros[3].

La autoorganización de los trabajadores en liza contra el empresario y el Estado es una constante que se ha venido dando en estos últimos años de convulsión social en el país del sol naciente; y lo es a tenor de la concomitancia de circunstancias substancialmente distintas a las que se conjugaron durante los combates del proletariado minero sudafricano a los que nos referíamos más arriba. Allí, la inmovilidad del NUM (sindicato “de gobierno”, pues pertenece al Congreso Nacional Sudafricano) y la falta de confianza en el ACMU hicieron que los trabajadores llamados a la huelga optaran por darse sus propios mecanismos de organización; aquí, el único sindicato oficialmente reconocido por el Partido-Estado no despierta sino las más furibundas hostilidades entre los trabajadores, que han experimentado en sus propias carnes lo que esta herramienta del Estado capitalista les tiene preparado si osan ponerse en huelga y se enfrentan a los intereses del capital nacional e internacional. Y, así, todas las huelgas son huelgas salvajes, convocadas al margen del sindicato del régimen de Pekín.

Pese a estas diferencias contingentes, en ambas luchas subyace la asamblea obrera como mecanismo organizativo del que los trabajadores se dotan para aglutinar fuerzas, deliberar y tomar decisiones; como medio catalizador de la necesaria unificación que requiere toda lucha obrera que aspire a triunfar. Ya lo decía el comunista holandés Anton Pannekoek, el número, la organización y la conciencia de clase son los tres puntales de la lucha proletaria[4]. Y las asambleas y comités de huelga son las mejores herramientas organizativas para que el proletariado se foguee en la lucha inmediata por el salario y las condiciones de trabajo, adquiriendo consciencia de su propia condición como única clase explotada y enfrentada estructural e históricamente al sistema capitalista, cuya única fuerza reside en la unidad; y aprendiendo en el ínterin de sus aciertos y errores, de las potencialidades y límites de esa lucha parcial que tan necesaria y a la vez fútil le resulta. Necesaria, porque su propia existencia, la reproducción de su fuerza de trabajo depende de ella. Fútil, porque todo logro arrancado bajo las más adversas condiciones y frente a la más cruenta represión no se sale de los parámetros predefinidos por la propia evolución capitalista para la reproducción de la fuerza de trabajo, como más arriba ya había quedado constatado con números.

Como las presiones y las prebendas de los directivos de Honda no hacía mella en los trabajadores de las fábricas, se envió al ejército a disolver las asambleas y manifestaciones diarias que protagonizaban en los distintos enclaves fabriles de la región de Guangdong. Y como la fuerza bruta no fructificase una victoria para las factorías semi-públicas (las plantas de Honda en China son resultado de un joint venture entre el gigante automovilístico nipón y el Estado “comunista”), se envió a doscientos delegados sindicales para que, combinando intimidación física y verbal, los trabajadores se resignasen y se reenganchasen a las máquinas. Como de nada sirviera mandar a los covachuelas del megasindicato Federación Nacional de Sindicatos de China (FNS), la empresa optó por organizar el esquirolaje: comenzó a anunciar contratos temporales en las ciudades aledañas a las factorías (especialmente, en la de Honda Nahai, origen de la huelga) para reemplazar a los trabajadores. Pero nada funcionó, salvo el aumento final del 34% del salario base.

Este pequeño capítulo de la lucha de clases nos hace reflexionar sobre dos cuestiones. En primer lugar, sobre la importancia fundamental que cobra el intentar extender el conflicto a otras fábricas y sectores, creando comités de coordinación entre fábricas en huelga que permitan integran también a los trabajadores eventuales (60 millones de trabajadores chinos están empleados a través de empresas de trabajo temporal) y, por supuesto, a los desempleados de la zona. No existe mejor ejercicio de solidaridad activa que este, ni mejor remedio contra el esquirolaje. Por otro lado, cabe detenerse un momento para hablar del papel de los sindicatos en China y el papel que juegan en la fábrica. En China sólo existe un sindicato, la antemencionada Federación Nacional de Sindicatos de China (FNS). Y, desde 2008, todas las empresas (incluyendo las extranjeras) tienen que contar obligatoriamente con un núcleo sindical asociado a la FNS. La cosa tiene su gracia, porque pese a tener 350 millones de afiliados y una implantación en el 100% de las empresas (con delegados para cada factoría), hacia el año 2010 sólo en un 32,5% de las susodichas las condiciones de sus trabajadores se regían por un convenio colectivo. Así pues, ¿para qué sirve la sección sindical en China? Según consigna el secretario de Acción Sindical Internacional de Comisiones Obreras, Isidor Box, los delegados sindicales tienen por costumbre reunirse a espaldas de los trabajadores con la dirección de la empresa cuando de asuntos respectivos al precio de la fuerza de trabajo se refiere[5]. Cuando no están en los despachos con los patrones que los nombraron, están organizando actividades recreativas dentro de la fábrica, las cuales se celebran al término de la semana laboral.

Lo que llama la atención de la FNS, atendiendo a su recorrido histórico, es que fuera refundada en 1978 tras veintinueve años desaparecida por obra de Mao Tse Tung para que, cuatro años después, la Constitución china consignase que todo derecho de huelga estaba prohibido, al carecer de sentido en el marco de una sociedad en la que han sido abolidas todas las contradicciones de clase antagónicas. ¿Y por qué ha de existir un sindicato que organice la explotación de la fuerza de trabajo si, sobre el papel, la explotación de la mano de obra ha sido pasto de la historia en China? ¿No será acaso que la supuesta dictadura del proletariado ha resultado ser una efectiva dictadura contra el proletariado? Quizás es sólo que los dirigentes chinos consideraron que la Revolución Cultural no aherrojó lo suficiente a la clase obrera china a los intereses del capital nacional  y, ahora, es necesario organizar actividades de asueto en la fábrica para forjar una regia “cultura obrera” que, como toda cultura (producto superestructural del orden social del que emana y al que, por extensión, se debe), a nada sirve sino a la reproducción de la organización social capitalista.

Entre 2011 y 2013, el Boletín Laboral Chino contabiliza más de 1.171 huelgas, más del 40% de las mismas concentradas en la industria manufacturera, particularmente golpeada por la crisis económica global dada su alto componente exportador y, por ende, una particular exposición a las dinámicas del mercado internacional. La recesión ha golpeado con menos fuerza a las grandes potencias asiáticas, pero todas han visto cómo sus economías se resentían. Y en China, el acreedor del mundo, no podía ser menos. En este momento, el cariz de muchas de las consignas enarboladas por los huelguistas cambia sustancialmente, por lo que el tono general de la conflictividad obrera se convierte en un abigarrado compendio de reivindicaciones laborales de todo corte y laya, de la época precrisis y de la época postcrisis, como si en el crisol de la lucha proletaria se fundiesen las disputas por mejoras de salarios en los sectores por los que, hasta el momento, las mejoras en las remuneraciones pasaron de largo, y aquellas en las que se trata de defender lo anteriormente conquistado. En un momento de impasse económico, en el que China sigue tirando de los países emergentes pero la velocidad de acumulación es menor, la tasa decreciente de ganancia vuelve a presionar a los salarios en un sentido descendente para incrementar la masa de plusvalía, y los trabajadores sienten el suelo hundirse bajo sus pies. Poco importa que el mercado de trabajo cada vez se encuentre más regulado, que el Estado quisiera impulsar la contratación indefinida o que cada región fije un salario mínimo que ha de cumplirse escrupulosamente. Las empresas, amparadas con la ley y las armas por el Estado “comunista”, tienen sus propios mecanismos para reducir el coste de la fuerza de trabajo[6]. La tarta es cada vez más pequeña y la porción del obrero tiene que menguar proporcionalmente más que ninguna otra. 2011, 2012 y 2013 son años de estallido exponencial de conflictos obreros por todo el país; aunque, desgraciadamente, la generalizada presión hacia abajo de los salarios no activa una presión ascendente e igualmente generalizada de la clase obrera en confluencia entre empresas, sectores y regiones.

Es el descubrimiento de uno de los artificios empleados por la empresa taiwanesa Pou Chen Group para reducir el coste de la mano de obra el que espolea la huelga más multitudinaria en una sola empresa de la historia reciente de China. En Yuen Yuen, 40.000 operarios decidieron el año pasado entrar en huelga luego de conocerse por parte de un extrabajador jubilado de la factoría que la empresa, en lugar de cotizar por el salario efectivo del trabajador, lo hacía conforme al salario mínimo establecido en la región, por lo que las pensiones resultantes eran ostensiblemente inferiores. A ello había que sumar unos salarios especialmente prolíficos en bonus y tramos variables (muy dependientes de la carga de trabajo de las marcas para las que trabaja Yuen Yuen, como Asics, Adidas o Nike) e incrementos de la intensidad del trabajo. El aislamiento de los trabajadores, de los que no se tiene constancia que trataran con denuedo de dar a conocer su conflicto y extenderlo a las empresas de la región, hizo que no dudaran en aceptar un timorato incremento del salario luego de que la policía sí empleara la determinación que a ellos les faltó para reprimirles.

Sin ninguna duda, 2015 y los próximos años serán prolijos en nuevas luchas obreras, sobre todo atendiendo a que las perspectivas de crecimiento económico para China no son nada buenas (difícil es ya hallar nuevos filones de mercado en un contexto de desaceleración económica en Sudamérica, aunque podría llegar a suceder, por ejemplo en el improbable caso de que Grecia salga del euro) y a la cada vez más extendida amenaza de recolocación industrial de muchas empresas multinacionales que asisten con horror mortal a cómo los costes laborales se disparan, y que ven más fácil trasladarse a África o Vietnam que incoporar maquinaria para aumentar la plusvalía relativa. Si, dado el dinamismo del mercado laboral chino, en estos conflictos no se había hablado en ningún momento de la “defensa intransigente del puesto de trabajo”[7], no es descartable que consignas del tipo se sumen a las que claman por la renovación del aparato burocrático del sindicato vertical “comunista”, o que incluso piden la formación de sindicatos independientes y el ejercicio efectivo de la libertad sindical. Serán nuevos escollos que el proletariado chino deba ir superando, avanzando hacia la unidad en su lucha económica y en sus perspectivas y objetivos políticos; habiendo de contar para ambos, tras de sí y a su lado, con el resto del proletariado mundial.


[1] En el momento en el que se escriben estas líneas, las negociaciones entre sindicatos y patronal a colación de los salarios se enfangan a causa del 1% de subida que piden los primeros en caso de que la economía crezca en 2015 menos del 2% del PIB.

[2] Una crónica profusa en detalles sobre los aconteceres que sucedieron al estallido de esta huelga se puede encontrar, en francés, aquí.

[3] A modo anecdótico, cabe señalar que muchos comités de huelga se negaban a reunirse con los empresarios por miedo a ser encerrados y atacados. A tal punto llega los procedimientos de intimidación y represión matoniles que emplean los dueños y directivos en las fábricas chinas.

[4] Ver Pannekoek, Anton. Las divergencias tácticas en el movimiento obrero. Ediciones Espartaco, 2007.

[5] China 2010, ¿qué sindicato mañana?, Isidor Boix.

[6] Es lugar común encontrar en aquellas plataformas reivindicativas relativas o circunscritas a la lucha parcial del proletariado una defensa de la reducción o incluso supresión de las horas extra, así como de la integración de los bonos y pluses de productividad al salario base. Pues bien, fueron las mismas empresas chinas las que, para capear las subidas del salario, las que limitaron el número de horas extra. Algo que nos debería hacer reflexionar en profundidad sobre los límites de la lucha salarial del proletariado, de cómo el capitalismo tolera (porque le resulta ineludiblemente necesario a largo) todas esas mejoras de las condiciones salariales y laborales en general.

[7] Reivindicación muy extendida en los conflictos laborales de los países occidentales ante la escasa inversión del capital y el volumen de efectivos del ejército de reserva, que hace muy difícil encontrar un puesto de trabajo en otra empresa y con condiciones salariales similares. Las experiencias históricas, más antiguas o recientes, muestran prístinamente lo que esta consigna realmente encierra: la defensa de la empresa, en primer lugar; la de la economía nacional, en segundo; la de la explotación capitalista de la mano de obra, por extensión.