Sobreproducción, devaluación y salchichón. Fugaz panorámica de la situación del proletariado occidental.

prole.info

Por más que los políticos de todo color repitan sin cesar en todos los países que lo peor de la crisis ya ha pasado, los capitalistas no logran superar una sobreproducción que inunda los mercados de mercancías sin poder venderse. Dado que el capitalismo no se ocupa de las necesidades humanas sino en la medida en que están respaldadas por dinero, pronto la burguesía se verá obligada a destruir parte de este excedente de mercancías, riqueza inútil para ella, intentando restablecer los precios y las ganancias, como ya hizo en los años 30 del siglo pasado. ¿Pero qué planes tiene la clase propietaria con toda esa fracción de fuerza de trabajo sobrante que el desarrollo de las fuerzas productivas, en este régimen capitalista, lanza al paro y la miseria y que suponen una constante amenaza subversiva y un terreno abonado para el retorno de un movimiento clasista? Tampoco es descartable que el capitalismo trate de resolver de nuevo estas contradicciones lanzando a los trabajadores de todas las naciones al campo de batalla, al mutuo exterminio.

Con el progresivo declive del poder norteamericano, el endeudamiento de las economías occidentales y el ascenso de los países emergentes, el mundo entero se sumerge en una situación de “equilibrio” inestable entre las distintas potencias que se reparten el control del globo y gestionan el reparto de la plusvalía que genera la fuerza de trabajo mundial, equilibrio que presumiblemente antes o después tendrá que romperse a favor del claro dominio de uno de los bloques imperialistas en disputa. Echando una ojeada a la historia, podemos ver que en los pasados siglos la primera potencia mundial siempre ha sido “la fábrica del mundo”, por lo que hay que pensar que este mando le corresponde hoy a China. Esta situación de equilibrio de potencias también se refleja en la clase obrera, que sufre un proceso de homogeneización y nivelación de las condiciones de vida a escala internacional.

Ahora bien, los viejos capos occidentales, la burguesía de Estados Unidos y la UE, aunque está hermanada con la burguesía china contra el proletariado de todo el mundo, no piensan ceder el bastón de mando sin lucha. Para ello cuentan además con toda la riqueza acumulada durante las décadas de esplendor, que adopta sobre todo la forma de un enorme poder político y militar sobre el conjunto del globo. Así pues, mientras China trata de transformar su dominio económico en una fuerza política y militar decisiva, la burguesía occidental, diezmada por la crisis, echa mano de todas las artimañas posibles y, llegado el caso, también hace uso de la fuerza y la violencia (Ucrania, Siria) para tratar de salvaguardar sus intereses y el status quo.

La otra cara que tiene la agudización de la competencia entre la burguesía de todas las naciones por el reparto de la plusvalía mundial, es un ataque implacable contra el proletariado en todos los países. En occidente, esto se traduce en que el progresivo deterioro de las condiciones de vida y de trabajo que venía produciéndose desde los años 70 ha llegado a su punto culminante con la crisis, que ha puesto en el punto de mira de la burguesía también a las capas de asalariados que disfrutaban de ciertos estatutos especiales y condiciones privilegiadas. Los funcionarios, los empleados públicos y algunos sectores de profesionales (sobre todo los jóvenes recién salidos de las universidades) que hasta entonces prácticamente habían logrado salir indemnes, han visto como empeoraba su situación y sus perspectivas de futuro. Son ellos principalmente quienes suministran apoyo en la calle y las urnas a los partidos en ascenso en Europa, desde el Front National en Francia a Syriza en Grecia, pasando por Podemos en España.

Al igual que sucedió en los años 30, las medidas económicas que ha adoptado la burguesía en todas partes, buscando esa “recuperación” que nunca llega, pueden resumirse en dos: la contracción directa, es decir, una drástica deflación del nivel de vida de las masas (denominada oficialmente devaluación interna y que consiste en la reducción de salarios, la intensificación del trabajo, el equilibrio presupuestario, la reducción de los gastos sociales del Estado, etc.) y la devaluación monetaria (reduciendo los tipos de interés y con los programas de flexibilización monetaria o QE).

El primer método, con el que los capitalistas intentan reducir el peso del capital variable y aumentar el grado de explotación, tiene ciertos límites más allá de los cuales se corre el peligro de que estallen violentas protestas. No obstante, en occidente, el moderno aparato de sometimiento que mantiene la burguesía (que cuenta con la inestimable ayuda de todas las fuerzas “de izquierda”) dota de cierta elasticidad a esos límites. En otros países y en otras circunstancias, el peligro de los estallidos sociales también se puede aplacar con una política dictatorial y de mano de hierro contra el proletariado.

El segundo método, la devaluación monetaria, es una forma indirecta de hacer lo mismo, jugando con los tipos de cambio. En definitiva, se trata de reducir el coste de la fuerza de trabajo de cara al exterior, aunque la devaluación también tiene también el efecto de aligerar el peso de las enormes deudas a las que tienen que enfrentarse los capitalistas, sobre todo en occidente. Evidentemente, cuando ponen en marcha los programas de “flexibilización cuantitativa” y se sacan todos esos millones de la manga, los bancos centrales de las distintas naciones no pretenden que estos lleguen a lo que se llama la “economía real”, pues si todo este dinero que permite a burguesía occidental alargar su agonía llegase a la esfera de la circulación de mercancías, se produciría una hiper-inflación más brutal quizá que la que asoló Alemania a comienzos de los años 20. No son sino maniobras que permiten a los capitalistas salir del paso temporalmente y que muestran el grado de desesperación en el que se encuentran.

Son dos métodos que se complementan, dos herramientas de las que dispone el capital en esta guerra terrible que libra contra el proletariado, que hoy por hoy no tiene capacidad de respuesta. La tradición de lucha del viejo movimiento obrero de los países desarrollados se ha roto, con la pérdida que eso conlleva en lo que se refiere a la transmisión de experiencias, ideas y principios de una generación de trabajadores a otra.

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Sin embargo, son las propias contradicciones de la sociedad capitalista, la crisis y la miseria a la que nos arrastra, las que provocan la reacción de los asalariados, de momento de forma aislada y débil. Y esto sucede tanto en aquel sector de trabajadores favorecidos que suelen contar con cierto respaldo de los sindicatos amarillos que han vendido al resto de la clase obrera, como en las capas de la clase más precarizadas y desorganizadas, que constituyen el grueso de la fuerza de trabajo.

En Estados Unidos, Grecia, Francia, España, Italia, Alemania y Reino Unido, los trabajadores a los que la mutua competencia sitúa en peores condiciones empiezan a espabilarse, reaccionando en defensa sus condiciones de vida mediante una lucha común que transforma esa competencia en solidaridad y fuerza. Esta respuesta, de momento, permanece localizada en el espacio y en el tiempo. A los trabajadores en lucha les cuesta entrar en contacto y generalmente una vez acabado el conflicto retoman su habitual despreocupación, aunque quede un poso de experiencia en esos combates. Aún estamos lejos de que los proletarios comprendan que no pueden dejar a otros la defensa de sus condiciones de vida, que esto es precisamente lo que nos ha llevado a la actual postración y que es necesario que dediquemos tiempo y esfuerzo en ocuparnos activamente de la organización de la defensa de nuestros intereses, y esto de manera continuada en el tiempo.

Estas semanas hemos podido ver a los obreros metalúrgicos de Estados Unidos, Alemania y Turquía en huelga, un buen ejemplo de la reacción de esos sectores que en occidente están viendo como empeora su situación y hoy se ven también machacados por la burguesía. En Estados Unidos, se trata de la primera huelga nacional indefinida convocada por la United Steelworkers Union desde 1980. El conflicto ha estallado por las negociaciones del nuevo convenio colectivo del sector y de momento varios miles de trabajadores de diversas plantas relacionadas con la industria petrolífera (en situación crítica por la bajada del precio del crudo) llevan 5 días de huelga. En Alemania se trata de la negociación con la patronal por la subida anual de los salarios. El poderoso sindicato IG Metall ya ha logrado otros años mantener los salarios de este sector de la clase obrera gracias a las movilizaciones. En Turquía, el gobierno ha empleado sus prerrogativas legales para poner fin a la huelga de 15.000 metalúrgicos que peleaban por su convenio colectivo. Se ha suspendido durante 60 días con la excusa de que ponía en peligro el “interés nacional”, es decir, los intereses de los patrones.

Son ejemplos que ilustran sin duda que, cuando está organizada, la clase obrera tiene capacidad para presionar a los capitalistas y hacer valer sus intereses mediante la lucha conjunta, pero también muestran los límites a los que está abocado este combate cuando los grandes sindicatos nacionales aparecen como los representantes de los obreros. Estos sindicatos oportunistas, instrumentos al servicio de la gerencia en las empresas, no es que se vean impotentes a la hora de defender al conjunto del proletariado, sino que su función consiste precisamente en dividir a la clase obrera, sirviendo en bandeja a los patrones al grueso de las masas laboriosas, sumidas en el paro y la precariedad, y haciendo un poco de teatro cuando el reducido sector que disfruta de condiciones y estatutos especiales más favorables ve amenazados sus intereses, sector que le aporta el grueso de sus afiliados y al que no obstante tratará de mantener siempre disperso y aislado del resto.

Y sin embargo, toda esta masa de desempleados, subempleados, precarios, eventuales, subcontratados, temporales, etc., cuyos intereses representan los intereses del conjunto del proletariado, a pesar de hallarse desorganizados y abandonados, a merced de la competencia y de los patrones, empieza a moverse, quizá demasiado despacio, pero anunciando lo que está por venir.

Ya hemos hablado aquí de la lucha de los trabajadores eventuales de los espectáculos en Francia el año pasado. También hemos mencionado en otra parte el movimiento de trabajadores de la industria de comida rápida norteamericana Fight for 15$, al que merecería dedicarle más espacio en otra parte. En Alemania, los trabajadores de los centros de Amazon se pusieron en huelga el pasado diciembre, reclamando que sus condiciones de trabajo se rijan por un convenio distinto al que emplea la compañía para explotarlos. A pesar de que la lucha fue copada por el sindicato Verdi, la movilización de los asalariados peor pagados siempre es digna de tener en cuenta. En el Reino Unido, la revista que publican los Angry Workers of the World nos revela a las claras que la situación de la clase obrera es la misma en todas partes, al menos en occidente, y que en todos los países los proletarios se enfrentan a las mismas dificultades a la hora de organizarse y luchar, entre las cuales una de las más arduas de superar es lo que la burguesía llama mercado de trabajo dual, es decir, la división de la clase obrera entre una minoría que aún conserva ciertas condiciones privilegiadas y el resto del proletariado. Un problema que por lo demás viene siendo analizado por el movimiento obrero desde finales del siglo XIX y que ha tomado su formulación teórica en la noción de la aristocracia del trabajo.

En España, la resaca del movimiento 15M, que juntó a los asalariados con sus empleadores para exigir a los representantes de la burguesía que al menos fueran menos descarados en el latrocinio y se limitaran al método prescrito: la extracción de plusvalía a través del trabajo asalariado, nos ha dejado varados en la playa a los pescadores de ríos revueltos, esos demagogos que arropados con la bandera nacional un día critican a la corrupción de “la casta” y al día siguiente defraudan 200 mil euros a Hacienda. Es la moderna política del salchichón, bien conocida por los caudillos de todo pelaje y que se reduce a la vieja máxima de que cuando vienen mal dadas, apelar a la patria y al pueblo y excitar a las masas contra los ricos barrigones no sólo es muy fácil, sino también muy rentable.

Un grupo salido de las movilizaciones del 15M, no obstante, se ha acercado a los intereses del Trabajo y ha formado la Oficina Precaria, que aunque de momento parece empeñada en buscar nuevas soluciones a viejos problemas, ha cosechado algunos pequeños triunfos y es algo a destacar. Las manifestaciones y movilizaciones relacionadas con los problemas laborales son relativamente importantes, aunque el pasado año se redujo el número de huelgas. Algo en lo que seguro que están involucrados los sindicatos colaboracionistas, sus estrechas relaciones con el Estado de los patrones y su compromiso en la defensa de la economía nacional a costa de la fuerza de trabajo. Estas movilizaciones y huelgas suelen ser respuestas puntuales a los ataques de los empresarios (EREs, reducción de salarios, etc.), muchas veces cuando ya es tarde y hay poco que hacer. Y cuando presentan cierto carácter autónomo, les cuesta coordinarse entre sí y aún arrastran toda una serie de inevitables carencias fruto de la falta de costumbre, de tradición y de cultura de lucha. Pero no hay nada que no se adquiera con la práctica, y por suerte para nosotros la burguesía parece dispuesta a entrenarnos a la espartana, mediante la disciplina del hambre.

Y terminamos hablando un poco de las Marchas por la Dignidad, que se manifestarán en Madrid el próximo 22 de febrero bajo las reivindicaciones de “No al pago de la deuda”, “Ni un recorte más”, “Fuera los gobiernos de la troika” y “Pan, trabajo y techo para todos y todas”. Estas coordinadoras formadas por partidos, sindicatos, asociaciones de vecinos, asambleas populares, del 15M, etc., proporcionan un marco estupendo para que todas estas fuerzas de la izquierda del capital desplieguen su labor de zapa anti-proletaria bajo la cobertura de un movimiento que formalmente se presenta como “asambleario” y “autónomo”. Esto les sirve para canalizar las reacciones proletarias y mantenerlas bajo control, pero también para transformar estos impulsos de clase en las fuerzas de choque del oportunismo político, en una especie de Frente Popular contra los partidos de “derecha” o el “neoliberalismo”, despliegue que también constituye la avanzadilla de los intereses del imperialismo ruso y chino en Europa, como demuestra el caso de Syriza y Podemos[1]. De esta forma, las necesidades del proletariado terminan siempre en segundo plano o directamente desaparecen. “Pan, trabajo y techo” se convierte rápidamente en “soberanía nacional, República y Proceso Constituyente”, siguiendo los intereses partidistas de la facción burguesa de izquierda. La única forma de garantizar “Pan, trabajo y techo para todos y todas” es luchar por el aumento del salario mínimo, de las pensiones mínimas y por un salario garantizado a los parados. Pero eso sería convertir unas vagas reivindicaciones que pretenden servirse de la clase obrera para las más bajas maniobras políticas en una plataforma clasista en defensa de los intereses del Trabajo, capaz de reunir y movilizar además al conjunto de la clase, cosa que las fuerzas de izquierda del capital no están dispuestas a hacer.


[1] El partido salido de la formación Izquierda Anticapitalista y capitaneado por los profesores de la Universidad Complutense ha recibido financiación de Irán y Venezuela, y se ha beneficiado de la propaganda de medios rusos como RT (Rusia Today, propiedad del gobierno ruso).