Salarios y Plusvalía

Las bases materiales para la explotación de la fuerza de trabajo y la consiguiente división de la sociedad en clases son la propiedad privada y el desarrollo hasta cierto grado de las fuerzas productivas, de la productividad del trabajo. Por un lado, el progreso de la capacidad productiva del trabajo humano da lugar a una riqueza social excedente. Por otro, la propiedad privada, el poder económico, permite a la clase propietaria  adueñarse de ese producto sobrante mediante el poder político, el régimen jurídico que legitima esa apropiación y las instituciones que se encargan de defenderla y garantizarla: el Estado.

Todo régimen de explotación de la fuerza de trabajo se basa, pues, en la apropiación, por parte de la clase dominante, de la riqueza producida por la clase explotada. Con el desarrollo de las fuerzas productivas a lo largo de la historia, el régimen de explotación se ha ido transformando, variando tanto el modo de producir la riqueza como la forma que adopta la apropiación por la clase propietaria y el reparto entre la clase explotada. Bajo el antiguo régimen de esclavitud, que se corresponde con el estadio inferior del desarrollo histórico de las fuerzas productivas, la riqueza no se repartía, pues toda pertenecía al dueño del esclavo. Al ser considerado como mero objeto y medio de producción, como una herramienta más o una bestia de carga, al esclavo no le corresponde ninguna porción de la riqueza que él genera. El coste de su manutención corre a cargo del esclavista, y para él es un gasto más que lleva acarreado su uso, como el combustible de un vehículo o el forraje para el ganado. Bajo la servidumbre medieval, las cosas eran algo distintas. Aquí la nobleza y el clero no se apropiaban de toda la riqueza producida por el campesino, sino tan sólo de una parte a través de los impuestos, los diezmos, tributos y las prestaciones personales. Con la llegada de la industria moderna y el paso del feudalismo al capitalismo, cuando se generaliza la explotación de la fuerza de trabajo mediante el salariado, la parte de riqueza que le corresponde al proletariado es el salario, y la porción que se apropia la burguesía adopta la forma de plusvalía.

Bajo todo régimen de explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación de riqueza por parte de una clase a expensas de otra se manifiesta como poder sobre el tiempo de trabajo social. El tiempo que la clase explotada trabaja para producir la riqueza que se agencia la clase propietaria es también tiempo libre para esta clase. La explotación de la fuerza de trabajo, al crear riqueza ajena, genera también tiempo libre para los que no trabajan (que ese tiempo se emplee en gestionar este sistema de dominio y usurpación es otra historia). La moderna desposesión del Trabajo por el Capital también se manifiesta, pues, a través de este doble aspecto que implica la sustracción de riqueza a través del tiempo. Si el esclavista se apropia de todo lo producido por el trabajo del esclavo, es porque la vida del esclavo, y por tanto todo su tiempo de trabajo, le pertenecen como un objeto más. El campesino servil, en cambio, aunque dispone de una parte de su tiempo de trabajo y del fruto producido en su intervalo, se ve obligado a invertir la otra en producir lo que paga en tributos o en trabajar directamente en la tierra de su señor. Pero con el salariado aparentemente se desvanece esta división del tiempo de trabajo en dos partes, una de las cuales le correspondería al proletario y otra al burgués. Al trabajar unas determinadas horas a cambio de un cierto sueldo, parece que el tiempo de trabajo no pagado ha desaparecido y junto con él la explotación de la fuerza de trabajo.

Pero los capitalistas sólo pueden enriquecerse mediante la explotación, arrebatando a los asalariados el fruto de una parte de su tiempo de trabajo. El pago del tiempo de trabajo a través del salario camufla esta explotación, pero no puede suprimirla.

Si el salariado logra ocultar la explotación capitalista, es porque el pago del salario se opera en la esfera del mercado, del intercambio y la circulación de mercancías, mientras que la explotación de la fuerza de trabajo se realiza en la esfera de la producción de dichas mercancías. El mercado capitalista es el reino de la igualdad. En el mercado se intercambian mercancías de valores equivalentes. El burgués y el proletario que entran al mercado se convierten en ciudadanos libres e iguales, consumidores con los mismos derechos. Considerados pues como consumidores, las diferencias de clase desaparecen. Pero además de ser consumidores de mercancías frente a terceros, dentro del mercado capitalista el burgués y el proletario entablan una relación particular, determinada por un factor en principio ajeno al mercado: la propiedad. El proletario, carente de propiedad y medios de vida, se ve obligado a vender en el mercado la única mercancía que tiene: él mismo, su tiempo, su fuerza de trabajo. El burgués, por su parte, cuando acude al mercado en su condición de capitalista y no de mero ciudadano, lo hace para comprar la fuerza de trabajo que necesita para valorizar su capital, que de otro modo se consumiría hasta desaparecer. Como mercancía, la fuerza de trabajo tiene un determinado valor que depende del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla [1]. Para producir fuerza de trabajo, se necesita suministrar al trabajador los medios de vida necesarios para que continúe trabajando y, quizá, para reproducirse. El burgués entrega al proletario un salario, que representa el poder de compra con el que puede adquirir en el mercado lo necesario para seguir siendo fuerza de trabajo. El proletario, a cambio, entrega al burgués su fuerza de trabajo durante un determinado tiempo. En apariencia, le pagan por todo su tiempo de trabajo. Se intercambian valores equivalentes y el trato es justo.

Pero al desplazarnos a la esfera de la producción, al lugar de trabajo, esta igualdad se esfuma y reaparece el imperio de la propiedad privada, de la apropiación de riqueza y de la desposesión de tiempo. El capitalista ha comprado en el mercado una cierta cantidad de tiempo de trabajo a cambio de un salario, pongamos que 170 horas de trabajo (aproximadamente un mes a jornada completa) por 900 €. Con este salario el proletario puede malvivir durante un mes, pero durante las 170 horas en las que está trabajando, con las modernas fuerzas productivas que el capitalismo no deja de desarrollar, el proletario produce una riqueza con un valor muy superior a su salario. Toda esta diferencia entre el valor del salario y el de la riqueza producida durante ese tiempo constituye la plusvalía que se adueña el capitalista (dejamos de lado aquí la porción de valor que el proletario se limita a transferir de las materias primas y la maquinaria al producto final). Así, conforme se desarrolla la productividad del trabajo y se genera un volumen mayor de riqueza en menos tiempo, el proletario cada vez tarda menos tiempo en producir el equivalente a su salario y cada vez trabaja más tiempo para el capitalista.

El grado de explotación de la fuerza de trabajo lo determina, por tanto, la relación entre el volumen de la riqueza que va a parar a la fuerza de trabajo y el volumen que se apropia la clase dominante, o lo que es lo mismo, la relación entre el tiempo de trabajo pagado y tiempo de trabajo no pagado. En la sociedad capitalista esta relación se expresa en la siguiente fórmula:

Grado de explotación de la Fuerza de Trabajo = Masa total de plusvalía / Masa salarial total.

Los intereses inmediatos del proletariado, de la clase que constituye la fuerza de trabajo en la sociedad capitalista, consisten por tanto en reducir el grado de explotación al que le somete la burguesía hasta hacerla desaparecer. Y teniendo en cuenta que el doble aspecto que presenta la explotación, como desposesión de riqueza y de tiempo, esto pasa por aumentar la porción de riqueza que le corresponde al proletariado y reducir el tiempo de trabajo que realiza para enriquecer y mantener ociosa a la burguesía, es decir, por aumentar los salarios y reducir la jornada de trabajo.

Un aumento de la masa salarial supone un descenso de la riqueza relativa que se adueña la burguesía, mientras que la reducción de la jornada va encaminada al reparto del tiempo de trabajo total en una sociedad en la que un buen porcentaje de la fuerza de trabajo está en situación de paro parcial o completo. Pero además ambos movimientos, al converger en una reducción de la masa de plusvalía absoluta susceptible de apropiación por parte de la burguesía, van dirigidos también a obstaculizar el enriquecimiento y el ocio a costa del trabajo ajeno, y tienden por tanto a arrastrar a capas cada vez más gruesas de pequeños y grandes propietarios a la esfera del Trabajo. En última instancia esta lucha proletaria organizada por el aumento del salario y la reducción de la jornada conduce a la liquidación de la burguesía, del trabajo asalariado, la explotación y la sociedad de clases.


 

[1] En la sociedad capitalista la riqueza producida socialmente adquiere la forma de mercancías. El paisaje capitalista se compone de mercancías en proceso de consumo, mercancías por consumir y deshechos de mercancías ya consumidas. Como expresión de riqueza social, las mercancías contienen una cierta cantidad de tiempo de trabajo materializado en ellas que, al margen del uso al que estén destinadas, permite valorarlas, compararlas entre sí e intercambiarlas en el mercado. El hecho de que el trabajo sea fuente de valor y generador de riqueza se manifiesta en que el valor de las mercancías aumenta conforme crece el tiempo de trabajo que la sociedad necesita para producirlas.